[_Sgdo Corazón de Jesús_] [_Ntra Sra del Sagrado Corazón_] [_Vocaciones_MSC_]
 [_Los MSC_] [_Testigos MSC_
]

MSC en el Perú

Los Misioneros del
Sagrado Corazón
anunciamos desde
hace el 8/12/1854
el Amor de Dios
hecho Corazón
y...
Un Día como Hoy

y haga clic tendrá
Pensamiento MSC
para hoy que no se repite
hasta el próximo año

Los MSC
a su Servicio


Free Sitemap Generator

 

free counters

Domingo 32 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

 

 

A su disposición
Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La ofrenda de la viuda (Mc 12, 41-44)

Comentarios Teológicos: Xavier Léon-Dufour - Limosna

Comentarios Teológicos: Santo Tomás de Aquino I - La simulación y la hipocresía

Comentarios Teológicos: Santo Tomás de Aquino II - Comentario a la Epístola a los Hebreos 9, 24-28

Santos Padres: San Agustín I - La limosna

Santos Padres: San Agustín II - La limosna verdadera

Santos Padres: San Agustín III - Se amonesta al hombre cristiano que haga limosna

Santos Padres: San Juan Crisóstomo I - HOMILÍA 71 Contra la vanagloria en la limosna

Santos Padres: San Juan Crisóstomo II - Voracidad de escribas y fariseos

Aplicación: San Alberto Hurtado - El Cottolengo

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La viuda que lo dio todo

Aplicación: Benedicto XVI - La viuda pobre

Aplicación: San Juan Bosco - Justicia y caridad

Aplicación: Manuel de Tuya - Censura a los fariseos. 12,38-40 (Mt 23,6-8; Lc 21,1-4) Cf. Comentario a Mt 23,6-8.

Aplicación: Dr. D. Isidro Gomá - Discurso de Jesús contra los fariseos, su ambición e hipocresía Mt. 23, 1-12 (Mc. 12, 38-39; Lc. 20, 45-46)

Aplicación: Juan Pablo II - La limosna

Aplicación: Bossuet - El verdadero valor del dinero

Aplicación: San Juan María Vianney - Para animaros a dar limosna

Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa OFMCap. - Llegó una pobre viuda

Ejemplos predicables

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La ofrenda de la viuda (Mc 12, 41-44)

Este pequeño episodio presenta un profundo contraste con el precedente reproche a la piedad aparente de los escribas. La pobre viuda con su espíritu de sacrificio y su adoración práctica de Dios avergüenza a la gente de largas oraciones y de palabras altisonantes. (…) Mateo, a quien preocupaba más la disputa con los escribas, la ha omitido; pero Lucas, el evangelista «social», no la ha dejado escapar, siguiendo la pauta de Marcos.

Dentro del recinto del templo, en el llamado atrio de las mujeres, se encontraba una sala -la cámara del tesoro- en la que había trece cepillos en forma de trompeta. Los recipientes servían para recoger las ofrendas con distintos fines, incluso para las ofrendas libres sin ninguna finalidad concreta. Los visitantes del templo no depositaban ellos mismos el dinero en los cepillos, como ocurre entre nosotros, sino que lo entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el arca correspondiente, según el deseo del donante. Esto explica cómo Jesús pudo advertir la ofrenda de la viuda. Ella indicó la cantidad y su destino al sacerdote y Jesús pudo oírlo. Por los detalles ella aportaba su modestísima cantidad como ofrenda libre sin objetivo concreto, para lo que estaba previsto el cepillo decimotercero. Con el dinero allí recogido se ofrecían los holocaustos; la mujer no quería, pues, sino hacer una obra en honor de Dios. Las ofrendas para ayuda de los pobres se depositaban en otro lugar o se recogían en un bote.

La enseñanza que Jesús imparte a los discípulos, y con ellos a la comunidad posterior, es clara: la verdadera piedad es una entrega a Dios, un ponerse por completo a su disposición. Esta mujer no dio de lo superfluo, sino de su misma pobreza y de lo que le era necesario. Todo lo que tenía, tal vez -según la expresión griega- lo que necesitaba aquel día para su sustento, lo da sin reservas. Las dos monedillas judías más pequeñas indican que aún podía haberse quedado con algo, pero de hecho lo entregó todo a Dios y con ello a sí misma. Una persona así no puede por menos de mirar por las otras personas indigentes y, si es necesario, comparte con ellas hasta el último bocado.

La mujer ama a Dios «con todas sus fuerzas», según la interpretación judía, es decir con toda su hacienda terrena, con todos sus bienes y posesiones. Hay también testimonios extra-cristianos valorando al máximo la intención y el hecho, sin tener en cuenta el montante de la cantidad ni la grandeza externa de una acción. Lo específicamente cristiano se pone de manifiesto a la luz del mandamiento supremo: el hombre se da a sí mismo por amor, se ofrece a Dios en sacrificio, y por Dios también a los hombres. Es un bello testimonio del primitivo pensamiento cristiano que se haya conservado el recuerdo de un episodio tan insignificante, se haya seguido refiriendo y que Marcos haya elegido precisamente la escena como cierre de ministerio público de Jesús y de sus enseñanzas en el templo de Jerusalén.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)



Volver Arriba



Comentario Teológico: Xavier Léon-Dufour - Limosna

1. Los sentidos de la palabra. El hebreo no tiene término especial para designar la limosna. Nuestra palabra española viene del griego eleemosyne, que en los LXX designa ora la *misericordia de Dios (Sal 24,5; Is 59,16), ora (raras veces) la respuesta leal del hombre a Dios (Dt 6,25), ora, finalmente, la misericordia del hombre con sus semejantes (Gén 47,29). Esta última sólo es auténtica si se traduce en actos, entre los cuales tiene un puesto importante el apoyo material de los que se hallan en la necesidad. La palabra griega acabará por limitarse a este sentido preciso de "limosna", en el NT y ya en los libros tardíos del AT: Dan, Tob, Eclo. Sin embargo, estos tres libros conocen todavía la eleemosyne de Dios para con el hombre (Dan 9,16; Tob 3,2; Eclo 16,14; 17,29): para toda la Biblia la limosna, gesto de bondad del hombre para con su hermano, es ante todo una imitación de los gestos de Dios, que fue el primero en dar muestras de bondad para con el hombre.

2. El deber de la limosna. Si la palabra es tardía, la idea de la limosna es tan antigua como la religión bíblica, que desde los orígenes reclama el *amor de los *hermanos y de los *pobres. La *ley conoce así formas codificadas de limosna, que son ciertamente antiguas: obligación de dejar parte de las cosechas para el espigueo y la rebusca después de la vendimia (Lv 19,9; 23,22; Dt 24, 20s; Rut 2), el diezmo trienal en favor de los que no poseen tierras propias: levitas, *extranjeros, huérfanos, viudas (Dt I4,28s; cf. Tob 1,8). El pobre existe y hay que responder a su llamada con generosidad (Dt 15,11; Prov 3,27s; 14,21) y delicadeza (Eclo 18,15ss).

3. Limosna y vida religiosa. Esta limosna no debe ser mera filantropía, sino gesto religioso. La generosidad con los pobres, ligada con frecuencia a las celebraciones litúrgicas excepcionales (2Sa 6,19; Neh 8,10ss; 2Par 30,21-26; 35,7ss), forma parte del curso normal de las *fiestas (Dt 16,11.14; Tob 2,1s). Más aún, este gesto adquiere su valor del hecho de alcanzar a Dios mismo (Prov 19,17) y crea un derecho a su *retribución (Ez 18,7; cf. 16,49; Prov 21,13; 28,27) y al *perdón de los pecados (Dan 4,24; Eclo 3,30). Equivale a un sacrificio ofrecido a Dios (Eclo 35,2). El hombre, al privarse de su bien, se constituye un tesoro (Eclo 29,12). "Bienaventurado el que piensa en el pobre y en el débil" (Sal 41,1-4; cf. Prov 14,21). El viejo Tobías exhorta así a su hijo con ardor: "No apartes el rostro de ningún pobre y Dios no lo apartará de ti. Si abundares en bienes, haz de ellos limosna, y si éstos fueren escasos, según esa tu escasez no temas hacerlo... Todo cuanto te sobrare, dalo en limosna, y no se te vayan los ojos tras lo que dieres..." (Tob 4,7-11.15).

NT. Con la venida de Cristo la limosna conserva su valor, pero se sitúa en una economía nueva que le confiere un sentido nuevo.

1. La práctica de la limosna. Es admirada por los creyentes, sobre todo cuando es practicada por *extranjeros, por personas que "temen a Dios", que así manifiestan su simpatía por la fe (Lc 7,5; Act 9,36; 10,2). 'Por lo demás, Jesús la había contado, juntamente con el *ayuno y la *oración, como uno de los tres pilares de la vida religiosa (Mt 6,1-18).

Pero Jesús, al recomendarla, exige que se haga con perfecto desinterés, sin la menor ostentación (Mt 6,1-4), "sin esperar nada a cambio" (Lc 6, 35; 14,14), hasta sin medida (Lc 6, 30). En efecto, no podemos contentarnos con alcanzar un máximo codificado: el diezmo tradicional parece sustituirlo Juan Bautista por una repartición por mitades (Lc 3,11), que Zaqueo realiza efectivamente (Lc 19,8); más aún, no hay que hacerse sordos a ningún llamamiento (Mt 5,42 p), porque los *pobres están siempre entre nosotros (Mt 26, 11); finalmente, si uno no tiene ya nada propio (cf. Act 2,44), queda todavía el deber de comunicar por lo menos los dones de Cristo (Act 3,6), y de *trabajar para venir en ayuda a los que se hallan en la necesidad (Ef 4,28).

2. La limosna y Cristo. Si la limosna es un deber tan radical, es que halla su sentido en la fe en Cristo, lo cual puede tener un significado más o menos profundo.

a) Si Jesús sostiene con la tradición judía que la limosna es fuente de *retribución celestial (Mt 6,2.4), que constituye un tesoro en el cielo (Lc 12,21.33s), gracias a los *amigos que se granjea uno allí (Lc 16,9), no lo hace por razón de un cálculo interesado, sino porque a través de nuestros *hermanos desgraciados alcanzamos a Cristo en persona : "Lo que hiciereis a uno de estos pequeñuelos..." (Mt 25,31-46).

b) Si el discípulo debe darlo todo en limosna (Lc 11,41; 12,33; 18,22) es, en primer lugar, para *seguir a Jesús sin echar de menos los propios bienes (Mt 19,21s p), y después, para ser liberal como Jesús mismo, que "siendo rico se hizo pobre por vosotros a fin de enriqueceros con su pobreza" '(2Cor 8,9).

c) Finalmente, para impedir que se degrade la limosna rebajándola a mera filantropía, no tuvo Jesús reparo en defender contra Judas el gesto gratuito de la mujer que acababa de "perder" el valor de trescientas jornadas de trabajo derramando su precioso perfume: "A los pobres los tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre" (Mt 26,11 p). Los pobres pertenecen a la economía ordinaria (Dt 15,11), natural en una humanidad pecadora; en cambio, Jesús significa la economía mesiánica sobrenatural; y la primera no halla su verdadero sentido sino por la segunda: a los pobres no se les socorre cristianamente sino con referencia al amor de Dios manifestado en la pasión y en la muerte de Jesucristo.

3. La limosna en la Iglesia. Aun cuando sean necesarios ciertos gestos gratuitos para impedir que se confunda el Evangelio del reino con la extinción del pauperismo, todavía hay que socorrer a nuestro *prójimo para alcanzar al "esposo que nos ha sido arrebatado" (Mt 9,15): "¿cómo mora la caridad de Dios en el que cierra sus entrañas ante su hermano necesitado?" (lJn 3,17; cf. Sant 2, 15). ¿Cómo celebrar el sacramento de la *comunión eucarística sin compartir fraternalmente los propios bienes? (ICor 11,20ss).

Ahora bien, la limosna puede tener un alcance todavía más vasto y significar la *unión de las iglesias. Es lo que san Pablo quiere decir cuando da un nombre sagrado a la cuestación, a la colecta que hace en favor de la Iglesia madre de Jerusalén: es una diaconía (2Cor 8,4; 9, 1.12s), una liturgia (9,12). En efecto, para colmar el foso que comenzaba a cavarse entre la Iglesia de origen pagano y la Iglesia de origen judío, se preocupa Pablo por traducir en limosnas sustanciosas la unión de estas dos categorías de miembros del mismo *cuerpo de Cristo (cf. Act 11,29; Gál 2,10; Rom 15,26s; lCor 16,1-4); ¡con qué ardor pronuncia un verdadero "sermón de caridad" destinado a los corintios! (2Cor 8-9). Hay que aspirar a establecer la igualdad entre los hermanos (8,13), imitando la liberalidad de Cristo (8,9);para que Dios sea glorificado (9,11-14) hay que "*sembrar abundantemente", pues "Dios ama al que da con alegría" (9,6s).
(LEON-DUFOUR, XAVIER, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)



Volver Arriba

 


Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino I - La simulación y la hipocresía


ARTICULO 1: ¿Es pecado toda simulación?

Sed Contra : está el que la Glosa dice, comentando aquel texto de Is 16,14: Dentro de tres años, etc.: Comparados entre sí estos dos males, es más leve el pecar abiertamente que el simular la santidad. Ahora bien: pecar abiertamente siempre es pecado. Luego la simulación siempre es pecado.

Solución . Hay que decir: Como antes indicamos (q.109 a.3 ad 3), es propio de la virtud de la verdad el que uno se manifieste, por medio de signos exteriores, tal cual es. Pero signos exteriores son no sólo las palabras, sino también las obras. Luego así como se opone a la verdad el que uno diga una cosa y piense otra, que es lo que constituye la mentira, así también se le opone el que uno dé a entender con acciones u otras cosas acerca de su persona lo contrario de lo que hay, que es a lo que propiamente llamamos simulación. Luego la simulación, propiamente hablando, es una mentira ex- presada con hechos o cosas. Ahora bien: lo de menos es el que se mienta con palabras o con otro hecho cualquiera, como antes dijimos (q.110 a.1 ad 2). Luego como toda mentira es pecado, conforme a lo dicho (a.3), síguese el que lo es también toda simulación.

ARTICULO 2: ¿Son una misma cosa la hipocresía y la simulación?

Solución . Hay que decir: Como escribe en ese mismo pasaje San Isidoro, el nombre de hipócrita se toma de los actores, que en el teatro van con el rostro cubierto, maquillándose con diversos colores, que hacen recordar a tal o tal otro personaje, según sea el papel, unas veces de hombre, otras de mujer, que representan. Por lo cual, dice San Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, que lo mismo que los comediantes (hipócritas), en sus diferentes papeles, hacen de lo que no son (porque el que hace de Agamenón no es tal, aunque finge serlo), así también en la iglesia y en la vida humana quien quiere aparentar lo que no es, es un hipócrita: porque finge ser justo, aunque no lo es. Hay que decir, por tanto, que la hipocresía es simulación, pero sólo una clase de simulación: aquella en que una persona finge ser distinta de lo que es, como en el caso del pecador que quiere pasar por justo.

ARTICULO 3: ¿La hipocresía se opone a la virtud de la verdad?

Sed contra : toda simulación, como antes se dijo (a.1), es una mentira. Pero la mentira es lo opuesto a la verdad. Luego también lo es la simulación o hipocresía.

Solución . Hay que decir: Como escribe el Filósofo, en X Metaphys., contrariedad es la oposición en la forma, refiriéndose a la forma por la cual se especifican las cosas. Por consiguiente, se ha de afirmar que la simulación o hipocresía puede oponerse a una virtud de dos modos: primero, directa- mente; segundo, indirectamente. La oposición o contrariedad directa se ha de medir atendiendo a la especie en sí del acto, la que éste recibe de su objeto propio. De ahí el que, por ser la hipocresía cierta especie de simulación mediante la cual se finge tener una dignidad que no se tiene, conforme a lo que acabamos de decir (a.2), de ello se sigue su oposición directa a la verdad, por la que uno se manifiesta de obra y de palabra tal cual es, como se nos dice en IV Ethic. En cambio, la oposición o contrariedad indirecta se la puede evaluar atendiendo a cualquier elemento accidental (por ejemplo, al fin remoto), a alguna de las causas instrumentales del acto o a otras cosas por el estilo

ARTICULO 4: ¿La hipocresía es siempre pecado mortal?

Sed Contra : En cambio está el que la hipocresía consiste en mentir con las obras, por ser cierta clase de simulación. Pero no toda mentira de palabra es pecado mortal. Luego tampoco toda hipocresía. Por otra parte, la intención del hipócrita es el que parezca que es bueno. Pero esto no se opone a la caridad. Luego la hipocresía no es de suyo pecado mortal.

Además, la hipocresía nace de la vanagloria, según dice San Gregorio en XXXI Moral. Pero la vanagloria no siempre es pecado mortal. Luego tampoco la hipocresía.

Solución . Hay que decir: Se dan en la hipocresía dos elementos: falta de santidad y simulación de que se tiene. Ahora bien: si hipócrita se llama al que intenta lo uno y lo otro, a saber: no preocuparse de tener la santidad, sino tan sólo de aparecer como santo, que es el sentido que suele tener esta palabra en la Sagrada Escritura, entonces, sin duda alguna, es pecado mortal: porque nadie es privado totalmente de la santidad a no ser por el pecado mortal.

Si, en cambio, se llama hipócrita a quien intenta simular la santidad que perdió por el pecado mortal, en este caso, a pesar de estar en pecado mortal, de donde proviene el que se vea privado de la santidad, con eso y con todo no siempre su simulación es pecado mortal, sino que es venial a veces. Se discernirá si lo es o no por el fin. Si éste se opone a la caridad de Dios o del prójimo, será pecado mortal: por ejemplo, cuando se simula la santidad para sembrar falsas doctrinas, para conseguir, aun siendo indigno, una dignidad eclesiástica o cualesquiera otros bienes temporales que uno se propone como fin. Pero si el fin intentado no es contrario a la caridad, será entonces pecado venial. Tal es, por ejemplo, el caso en que uno se complace en su misma ficción, y acerca de un hombre así dice el Filósofo, en IV Ethic., que tiene, según parece, más de mentiroso que de malo : pues una misma razón vale para la mentira y la simulación. Acontece , sin embargo, que en ciertos casos la perfección de santidad que alguien simula no es necesaria para su salvación. Tal simulación ni es siempre pecado mortal ni va acompañada de pecado mortal siempre.
(Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 111)



Volver Arriba



Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino II - Comentario a la Epístola a los Hebreos 9, 24-28

Lección V

Demuéstrase que la purificación del Nuevo Testamento es de calidad Superior a la que se hacía en el Antiguo.

-"Porque no entró Jesús en el santuario hecho de mano de hombres" . Demuestra que a las cosas celestiales corresponde una purificación con víctimas de superior calidad; ya que el pontífice expiaba un santuario hecho por mano de hombres, mas Cristo "no entró en santuario hecho por mano de hombres, que, por lo que mira a nosotros, era figura del verdadero, sino que entró en el cielo mismo", que, como va dicho, no lo expió en sí mismo, sino en orden a nosotros, mas no con víctimas carnales, que Cristo no vino a eso (Salmo 39; 50; He. 7; Mt. 28; Hch. 1).

Entonces, ¿a qué? "para presentarse ahora por nosotros en el acatamiento de Dios". Y habla el Apóstol aludiendo al rito de la antigua ley, según el cual el pontífice que entraba al Sancta Sanctorum poníase de pie ante el propiciatorio para orar por el pueblo; de modo semejante Cristo, en cuanto hombre, entró en el cielo para presentarse a Dios y orar por nuestra salvación; mas no de la misma manera, ya que el sacerdote, por impedírselo el humo, que subía del turíbulo, no veía ni el Sancta ni algún rostro; Cristo, en cambio, preséntase en el acatamiento de Dios, no porque haya ahí rostro corporal o alguna niebla, sino conocimiento manifiesto.

Mas ¿por ventura, estando en la tierra, no podía Cristo presentarse en el acatamiento de Dios, viendo como ve Dios todas las cosas? Respondo: así como San Agustín hablando con Dios dice: conmigo estabas y yo no estaba contigo; quiere decir: que así como Dios está en todas las cosas por esencia, presencia y potencia, pero los malos no están por gracia con Dios; de semejante modo dícese que Cristo entró para presentarse en el acatamiento de Dios; porque, aunque como perfectamente dichoso siempre lo viese con clara visión, con todo, el estado de viador, en cuanto tal, de su cosecha no tiene esto, sino sólo el estado celestial. Por consiguiente, cuando subió bienaventurado por sus cabales en cuerpo y alma, entró para presentarse en el acatamiento de Dios, esto es, entró en el lugar donde se ve a Dios a cara descubierta, y esto "por nosotros"; pues para esto subió, para aparejarnos el camino (Jn. 14; Mi. 12); que a do va la cabeza debe seguir el cuerpo (Mt. 24).

-"Y no para ofrecerse muchas veces a Sí mismo".

Muestra con eso que la purificación del Nuevo Testamento es más perfecta que la del Viejo; y lo demuestra por dos capítulos:

1) porque aquélla se repetía cada año; ésta, en cambio, una vez;

2) porque aquélla no podía quitar los pecados, y ésta si.

Pero el Apóstol 3 cosas había dicho de Cristo:

a) que es pontífice;

b) ¿qué dignidad tiene el lugar donde entró?;

c) ¿cómo entró?, es a saber, con sangre; 3 cosas ya declaradas;

3) ¿cuándo entró? -que ahora declara- porque así como el pontífice de la Ley sólo una vez al año, lo mismo Cristo.

Acerca de lo cual muestra qué es lo que se hacía en el Antiguo Testamento; segundo, que no era conveniente se hiciese lo mismo en el Nuevo; tercero, qué es lo que se hace en el Nuevo; porque en el Antiguo Testamento el pontífice, aunque no entrase sino una vez al año con todo eso, cada año, por precepto legal, convenía entrase como dice el Levítico: con sangre ajena; mas "Cristo no entró en santuario hecho por mano de hombres, ni para ofrecerse muchas veces a Sí mismo, como entraba el pontífice de año en año en el Sancta Sanctorum con sangre ajena, y no propia".

-"De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces" . Prueba que no era conveniente se hiciese lo mismo en el Nuevo Testamento por el gravísimo inconveniente que de ahí se seguiría; pues, entrando Cristo como entró por su propia sangre, la secuela obligada era tener que padecer "muchas veces desde el principio de mundo".

No sucedía lo mismo con las víctimas de la ley vieja, que se ofrecían por los pecados de los hijos de Israel; mas aquel pueblo empezó su vida espiritual cuando fue dada la Ley ; por tanto, no era necesario se ofreciesen desde el principio del mundo. Cristo, en cambio, ofrecióse a Sí mismo por los pecados de todo el mundo, puesto que se hizo propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo (1 Jn. 2); y así si se ofreciese repetidas veces hubiera sido necesario que náciese y padeciese desde el principio del mundo, lo cual hubiese sido un grandísimo inconveniente. Pero el Apocalipsis parece decir lo contrario: "el Cordero que fue sacrificado desde el principio del mundo" (13, 8). Respondo: verdad es, fue muerto desde el principio del mundo, si lo entendemos de muerte figurada, como en la muerte de Abel.

-"cuando ahora una sola vez se presentó" . Muestra lo que se hace en el Nuevo, y da dos razones, y las explica, de por qué no se multiplican las víctimas en el Nuevo Testamento. Dice, pues: "cuando ahora una sola vez, al cabo de los siglos, se presentó para destrucción del pecado, con el sacrificio de Sí mismo". (1 Cor. X, 11). Y dice esto por el número de años, que asciende ya a más de un millar desde que lo dijo; pues las edades del mundo tómanse en conformidad con las edades del hombre, que se distinguen principalmente, no según el número de años, sino según el estado de su aprovechamiento; de suerte que la primera edad fue la de antes del diluvio, la cual como infantil no tuvo ni ley escrita ni recompensa de premio o castigo. La siguiente, de Noé a Abraham, y así de las otras, de modo que la última es el estado presente, en pos del cual ya no hay otro estado de salvación, como ni después de la vejez hay otra edad para el hombre. Porque, así como las otras edades del hombre están circunscritas a un cierto número de años, no así la vejez, que empieza a los 60 y puede prolongarse en algunos hasta los 120; de la misma manera, no está determinado qué número de años deba durar este estado del mundo; con todo eso, ya es el fin de los tiempos, pues no queda otro para salvarse. Ahora bien, en este tiempo apareció Cristo una vez sola, y pone dos razones de por qué se ofrecía una sola vez:

1ª) porque en el Antiguo Testamento las víctimas no quitaban los pecados, prerrogativa que es exclusiva de la víctima Cristo;

2ª) porque el sacerdote de la antigua ley no ofrecía su propia sangre, como Cristo. De ahí que diga que "se presentó para destrucción del pecado con el sacrificio de Sí mismo"; por eso aquéllas se repiten, no así ésta (1 P. 3).

-"Y así como está decretado a los hombres el morir una vez". Da la explicación de las razones precedentes, empezando con la segunda, que explica por semejanza con los otros hombres, pues muestra primero lo que les sucede a los otros, después lo que a Cristo. Ahora bien, en todo hombre hallamos que por fuerza ha de morir y resucitar, no empero para ser limpiado sino juzgado de lo que hizo.

Refiérese a lo primero, al decir: "y así como está decretado a los hombres el morir una vez". Mas parece que no hay tal, que esté decretado, sino más bien que el hombre con su pecado haya determinado que sea así, pues dice la Sabiduría (1, 13) que "Dios no hizo la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes", sino que "los impíos con sus hechos y palabras llamaron a la muerte, y, reputándola como amiga, vinieron a corromperse hasta hacer pacto con ella".

Respondo que 3 cosas hay que considerar en la muerte:

a) la causa natural, y en este sentido, por exigirlo así la naturaleza, está determinado que el hombre muera una vez, por ser compuesto de contrarios;

b) el don por el cual concediósele al hombre el beneficio de la justicia original, por cuyo medio el alma sostenía al cuerpo para que morir no pudiese;

c) el merecimiento de la muerte, es a saber, que por el pecado hizo méritos el hombre para perder aquel beneficio, y de este modo incurrió en la muerte. De ahí que diga que los impíos con sus manos, es a saber, tocando la manzana prohibida, señas hiciéronle a la muerte para que viniese. Así que el hombre, por desmerecerlo, es causa de la muerte, más Dios como juez (Ro. 6).

-"Una vez" . Lo cual verdad es por lo que sucede comúnmente, no obstante que algunos resucitaron, pero luego murieron, como Lázaro y el hijo de la viuda;

-"y después el juicio" ; pues, luego de resucitar, no morirán otra vez, sino que luego seguiráse el juicio, siendo como es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo (II Cor. V, 10).

-"Así también Cristo. . ." Muestra cómo lo antedicho, aplicándolo a Cristo, está bien dicho; y conviene con los otros en que "ha sido inmolado una sola vez", pero difiere

1) en que, por no descender de Adán del modo corriente y común que los demás, sino sólo en tomar cuerpo, no contrajo el pecado original y, por tanto, no salió condenado a pagar las deudas de aquel estado (Gn. 2), mas de su bella gracia, porque quiso, murió (Jn. X). Por eso dice: "ofrecióse en sacrificio porque El mismo lo quiso" (Is. 53; 1 P. 3);

2) porque nuestra muerte es efecto del pecado (Ro.6); mas la de Cristo, destructora del pecado; por lo cual dice: "para agotar los pecados de muchos", esto es, quitarlos. Mas notemos que no dice: de todos, ya que la muerte de Cristo, aunque suficiente para todos, de hecho no tiene eficacia sino para los elegidos, pues no todos se le someten por la fe y las buenas obras.

-"Y otra vez aparecerá, no para expiar los pecados ajenos" . De la segunda venida dice dos cosas: pone primero la diferencia entre ésta y la primera venida, porque la segunda será sin pecado; que, aunque en la primera no tuvo pecado, mas vino vestido con el gabán de pecador (Ro. 8), asimismo para ser víctima por los pecados del mundo (II Co. V); pero en la segunda no habrá estas cosas; por eso dice que "en la segunda aparecerá sin pecado". Pone, además, lo característico de la segunda venida: que no aparecerá para ser juzgado, mas para juzgar y dar a cada uno según sus obras; por lo cual dice: aparecerá; y aunque para todos, aun para los mismos verdugos que le traspasaron según la carne, con todo, según la divinidad, sólo para los elegidos que "le esperan con viva fe para darles la salud" (Salmo 30; Fil. 3).
(Santo Tomás de Aquino, Comentario de San Pablo a la Epístola de San Pablo a los Hebreos, c. 9, l . 5, Ed. Tradición, Mexico, 1979, 304-314)



Volver Arriba



Santos Padres: San Agustín I - La limosna

Cristo, el Gran Consejero
-No hay hombre alguno que atribulado y sin luces para salir con su empeño, no busque un consejero avisado que le diga qué ha de hacer. Imaginémonos, pues, al mundo entero cómo a un hombre solo. Desea evitar el no; te agitas, y te agitas en vano, según te dice quien no sabe engañar. Atesoras, en efecto, y para salir bien de tus empresas, no hablemos de pérdidas, ni de riesgos, ni de tantas muer­tes corno ganancias; muertes, digo, no de los cuerpos, sino de los malos pensamientos; para que venga el oro, perece la fe; por el vestido del cuerpo desnudarás el alma. Mas, olvidando eso y silenciando aquello, y dejando a un lado contratiempos, pen­semos sólo en las cosas prósperas. Atesoras, pues, y de todas partes afluyen a ti las ganancias, y las monedas corren a chorro como una fuente; arde el mundo de pobreza, y nadas tú en riqueza. ¿No has oído decir: Si afluyen las riquezas, no pongáis en ellas el corazón? Ganas, no luchas en vano; pero te agitas en vano. "¿Por qué, dices, me agito en vano? Lleno mis tale­gos y apenas puede mi casa contener mis adquisiciones; ¿por qué, pues, me agito en vano?" "Atesoras, y no sabes para quién; de saberlo, ruégote me lo digas. Si no te agitas en vano, dime para quién atesoras." "Para mí." "Y ¿osas decirlo tú, hombre mortal?" "Para mis hijos." "¿Osas decirlo de quienes han de morir? Gran piedad es en el padre atesorar para los hijos, pero tam­bién vanidad, porque atesora para quienes han de morir quien ha de morir. ¿A qué amontonar para ti si has de morir. ¿A qué amontonar para ti, si has de morir? E igual es el destino de los hijos: han de pasar, tampoco se han de quedar." No quiero preguntarte cómo serán tus hijos, mas temo disipen la liviandad y el lujo lo que allegó la avaricia, Otro derrochará gentilmente lo que tú ahorraste con tantos sudores; dejo, empero, esto a un lado. Quizá serán buenos hijos, quizá no desenfrenados; cuidarán lo que dejaste, acrecerán el capital que reuniste, no esparcirán lo que amontonaste; mas, si tal hacen, los hijos son tan vanos como el padre al imitarte en eso, y les digo a ellos lo que te dije a ti. Al hijo para quien atesoras le digo: Atesoras, y no sabes para quién. Ni lo supiste tú ni él lo sabe tampoco. Si heredó tu vanidad, ¿fallará en él la verdad?

Para quién se atesora muchas veces

—Omito decir que tal vez consumes la vida en atesorar para el ladrón. Una noche ene, y encuentra preparado lo que en tantos días y noches acumulado. Tal vez atesoras para un ladrón o para un pirata. Y pasemos a otro lado, por no refrescar la memoria de pasa­os dolores ¡Cuántas cosas halló la enemiga crueldad acumula­das por la necia vanidad! Lejos de mí desearlo, mas todos ceden temerlo. No lo quiera Dios. Basten sus propios azotes. Pidamos todos que aleje Dios eso, y perdónenos aquel a quien lo rogamos. Pero si él nos pregunta para quién ahorramos, qué le responderemos? Tú, pues, hombre—y aquí hablo a todos los hombres—, tú que atesoras en vano, ¿qué responde­s cuando examine contigo y busque salida en este asunto común? Respondíasme antes diciendo: "Atesoro para mí, para mis hijos, para los sucesores"; y yo te dije cuánto se puede temer de los mismos hijos. No hablemos de que tus hijos hayan e vivir puniblemente, cual te lo desea tu enemigo; vivan según lo desean los padres. Hícete memoria do cuantos dieron en tales peligros, y te horrorizaste, pero no te enmendaste. ¿Qué otra cosa puedes responderme sino: "Acaso no"? Y te hablé así: "Quizá allegas para el ladrón y el pirata." No te dije cier­tamente, sino quizá. Y entre un quizá sí y un quizá no ignoras qué sucederá; luego te conturbas en vano.
(SAN AGUSTÍN, Sermones, Sermón 60, Ed. BAC, Madrid, 1964, pp. 623 ss.)



Volver Arriba


Santos Padres: San Agustín II - La limosna verdadera


PUREZA EXTERIOR DE LOS FARISEOS.- por el santo evangelio habéis entendido cómo en esto que a los fariseos decía envolvía el Señor Jesús una advertencia para sus discípulos: no fuesen a imaginar se hallaba la santidad en la limpieza del cuerpo. A diario, en efecto, antes de comer se lavaban el cuerpo en agua, como si este lavado pudiera limpiar el corazón manchado. Con este motivo pónelos el Señor al descubierto. Y se lo dice quien los estaba viendo; no era sólo el rostro lo que les veía; tampoco lo interior se le huía. Esto lo echaréis de ver en no haber el fariseo a quien respondió Cristo dicho nada vocalmente; díjolo para sus adentros, mas él lo oyó. Reprendió, pues, entre sí al Señor Cristo de haber entrado en el festín sin lavarse. El se lo pensaba y Jesús se lo escuchaba; por eso le contestaba. ¿Qué le respondió? Mirad; vosotros, los fariseos, limpiáis lo exterior del plato; mas por dentro estáis llenos de hipocresía y rapacidad. ¡Cómo! ¿Aceptar una invitación a comer y tratar sin miramiento a quien le había convidado? No; la corrección fue una delicadeza; ya corregido, le trataría con suavidad en el juicio. ¿Qué otra lección nos dio allí? El bautismo, el cual una sola vez se confiere, purifica por la fe. Ahora bien, la fe se halla dentro de nosotros, no fuera. De ahí que se diga y lea en los Hechos de los Apóstoles: Purificando con la fe sus corazones. Y el apóstol Pedro en su primera Epístola dice: Una semejan -del bautismo- os la dio tomada del arca de Noé, donde ocho personas se salvaron por el agua; y añadió: Lo cual era figura del bautismo de ahora, el cual os hace salvos: no la purificación de las inmundicias de la carne, sino la interrogación de la buena conciencia. Esta interrogación de la buena conciencia teníales a los fariseos muy sin cuidado limpiaban lo exterior, y eran interiormente malvados a remate.

¿PUEDE PURIFICAR LA LIMOSNA SIN LA FE? - ¿Qué les dice después? Sin embargo, dad limosna, y todo será puro para vosotros... Es el panegírico de la limosna, hacedlo vosotros haced la experiencia. Un poco de atención, no obstante. Estas palabras fueronles dichas a los fariseos que constituían entre los judíos un modo de aristocracia o selección. Por aquel entonces, en efecto se daba el nombre de fariseos a los más linajudos y doctos. No habían recibido el lavatorio bautismal de Cristo, ni aún habían creído fuera el Cristo que andaba entre ellos y ellos conocían el Hijo unigénito de Dios. ¿Cómo, pues, les dice: Dad limosna, y todo será puro para vosojtros? Si hubiesen los fariseos escuchado este requerimiento y diesen limosnas, todas las cosas fueran puras ya para ellos, según El se lo decía; ¿tuvieran necesidad de creer en El? Mas si no podían ser purificados sino creyendo en El, que limpia el corazón a virtud de la fe, ¿qué significa eso de Dad limosna, y todo será limpio para vosotros? ¡Atención! Quizá nos lo exponga El mismo.

INSUFICIENCIA DE LA LIMOSNA FARISAICA. -A buen seguro que, oyéndole decir esto, pensaron en las limosnas que hacían. Y ¡cómo las hacían! Diezmaban todos sus bienes, sacaban de todos sus frutos la décima parte, y ésa daban. No es fácil hallar, un cristiano que a tanto llegue. Pues ahí veis; lo hacían los judíos. No sólo diezmaban el trigo, sino el vino y el aceite; no sólo esto diezmaban, sino productos contentibles, porque Dios así lo mandaba: el comino, la ruda, la menta y el eneldo: de todo ello sustraían el décimo para limosnas. Figúrome yo, pues, que se trajeron esto a la memoria, y pensaron hablaba el Señor Cristo sin fundamento. ¡Como si ellos no hicieran limosnas! ¡Si no sabrían ellos muy bien lo que hacían y cómo diezmaban los frutos másj insignificantes y de menos valor para limosna! Y se burlarían a socapa de quien tales cosas les decía, cual si hablase a hombres nada limosneros. Sabiendo esto el Señor, añadió in continenti: Sin embargo, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres! Esto para que sepáis que sé vuestras limosnas. Cierto que para limosnas tenéis estos diezmos, y aun despreciables menudencias de vuestros frutos diezmáis, pero dejáis lo de más peso en la ley, el juicio y la caridad. Fijaos; descuidáis la justicia y la caridad y diezmáis las legumbres. No se hace así la limosna. Es menester hacer esto, les dice, y no dejar aquello. Hacer ¿qué? El juicio y la caridad, el juicio y la misericordia, y no dejar lo demás. Haced aquello, mas anteponed esto.

CUÁL SEA LA VERDADERA LIMOSNA. - Si esto es así, ¿qué significa lo que antes les dijo: Haced limosna, y todo será puro para vosotros? ¿Qué significa: Haced limosna? Haced misericordia. ¿Qué significa: Haced misericordia? Si eres hombre discreto, comienza por ti mismo. ¿Cómo has de ser misericordioso para otro, si eres cruel para ti? Dad limosna, y todo es puro para vosotros; haced la verdadera limosna. ¿Qué cosa es la limosna? Una misericordia. Pues entonces oye la Escritura: Ten misericordia de tu alma para ser grato a Dios. Haz esta limosna; ten misericordia de tu alma, y serás grato a Dios. Tu alma está delante de ti como un mendigo; recógete a tu interior. Tú, que vives mal; tú, que llevas una vida desleal a tu fe, entra en tu conciencia, donde hallarás a tu alma mendicante, desproveída, pobre, arrastrada; y si no la ves necesitada, es que, de puro depauperada, ya no puede decir nada. Si tu alma mendiga, tiene hambre de justicia. Cuando, pues, hallares así tu alma (dentro, en el corazón, tienen asiento estas mendigueces), comienza por darle a ella limosna, dale pan. ¿Qué pan? Si un fariseo le hubiera preguntado, el Señor le hubiera dicho: "Da limosna a tu alma." Realmente lo dijo, pero no lo entendieron; se lo dijo cuando les refirió las limosnas que hacían, ignoradas, según ellos, de Cristo. Se lo dijo a todos: Sé que las hacéis; diezmáis la menta y el eneldo, el comino y la ruda; pero yo hablo de otras limosnas: el juicio y la caridad, que os tienen sin cuidado. Hazle a tu alma una limosna en juicio y en caridad. ¿Qué significa en juicio? Mira y lo hallarás: Desplácete a ti mismo, falla contra ti. Y en caridad, ¿qué significa? Ama al Señor Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, totalmente; ama a tu prójimo como a ti mismo, y habrás hecho primero misericordia con tu alma dentro de ti. Si esta limosna no haces, ya puedes dar lo que gustes y en la cantidad que gustes; ya puedes sustraer a tus bienes, no digamos la décima parte, sino la 'mitad; ya puedes dar, de diez partes, nueve, reservándote una sala para ti, porque todo es nada; cuando contigo no lo haces, eres avaro contigo. Si oyeres, y entendieres, y creyeres al Señor, El te diría: Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. ¿No fuera justo darle, ante todo, este pan a tu alma y hacerla esta limosna? Si, pues, tienes fe, lo primero que has de hacer es alimentar a tu alma. Cree en Cristo, y lo interior y lo exterior, todo quedará limpio.
(San Agustín, Sermón 106, Obras de San Agustín, tomo X, B.A.C., Madrid, 1965, 392-397)

Volver Arriba



Santos Padres: San Agustín III - Se amonesta al hombre cristiano que haga limosna

"Juicio sin misericordia para aquel que no hizo misericordia". Cualquiera que sea tu aprovechamiento, esperarás en la misericordia, porque si se presentase la justicia sin la misericordia, en cualquiera cosa hallará el Señor que condenar. ¿Qué escritura nos consuela? La que nos exhorta a que hagamos la misericordia, para que totalmente crezcamos en distribuir lo que tenemos sobrante. Tenemos en verdad muchas cosas superfluas, si nos contentamos con solas las necesarias; porque si buscamos las vanas, entonces nada basta. Hermanos, buscad lo que es suficiente para la obra de Dios, y no lo que satisfaga a vuestra codicia. Vuestra codicia no es la obra de Dios. Vuestra forma es vuestro cuerpo y vuestra alma; ésta es toda la obra de Dios. Busca las cosas que bastan, y verás qué pocas son. Dos maravedís bastaron a la viuda del Evangelio para obrar la misericordia; dos maravedís le bastaron para comprar el reino de los cielos. Ved que no solo es poco lo que os basta, sino que ni aun el mismo Dios busca de vosotros cosas grandes.

Busca todo lo que te diere y toma de el lo que te es suficiente; lo demás que es superfluo para ti es necesario para otros. Las cosas superfluas de los ricos son las necesarias a los pobres. Retiénense las cosas ajenas cuando se retienen las superfluas. (Enar. in Sal 147, n. 12).

Sed cristianos; pero es demasiado poco el llamaros tales. ¿Cuánto dais a los cómicos? ¿Cuánto dais a los aduladores? ¿Cuánto a las personas torpes? Lo dais a los que os matan, pues que por medio de la representación de los deleites quitan la vida a nuestras almas; y con todo deliráis por darles a cuál más. Si deliraseis por guardar a cuál más, tampoco se os aprobaría. El delirio por guardar a cuál más es propio de la avaricia; y el delirio por dar a cuál más es propio de la prodigalidad. Dios no te quiere ni avaro ni pródigo. Quiere que coloques lo que tienes, y no que lo disipes. Tenéis contienda por quién venza en lo peor, y nada hacéis por ser cada uno mejor; y ojalá nada hicieseis por ser cada uno peor. Y sin embargo decís: Somos cristianos. Arrojáis vuestras cosas en gracia del pueblo, y retenéis vuestras cosas contra los mandatos de Cristo. Ved que Cristo no manda eso, Cristo ruega, Cristo padece necesidad. Cristo dice: Tuve hambre, y no me disteis de comer. Quiso ser necesitado por ti, para que tuvieras donde sembrar lo terreno que te dio y cogieses la vida eterna. (Serm. 9, n. 21).
El mismo que te dio lo que tienes te pide. Avergüénzate. Él siendo rico quiso hacerse pobre, para que tuvieses pobres a quienes dar. Da algo a tu hermano, da algo a tu prójimo, da algo a tu compañero. Tú eres rico, y él es pobre. Esta vida es el camino, y andáis juntos. Acaso dices: Yo soy rico, y él es pobre. ¿Pero camináis juntos, o no? ¿Qué otra cosa dices en esas palabras: Yo soy rico, y el es pobre, sino yo camino cargado, y el aligerado? Yo rico, y el pobre. Recuerdas tu carga y alabas tu peso. Y lo que es peor, has atado contigo tu carga, y por lo mismo no puedes alargar la mano. Cargado y ligado ¿por qué te jactas? ¿Por qué te alabas? Desata tus ligaduras, y disminuye tu carga; da a tu compañero de camino, y a él ayudas y te relevas. Entre estas voces tuyas que alaban tu carga, todavía te pide Cristo, y no recibe; y alegando tú el nombre de la piedad con voces crueles, dices: ¿Y qué guardo para mis hijos? Yo te pongo delante a Cristo, y tu repones a tus hijos. ¿Y es en verdad gran justicia que tu hijo tenga de dónde entregarse al lujo, y tu Señor padezca necesidad? "Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos, a mí lo hicisteis". ¿No has leído, no has advertido? "Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos, a mí lo hicisteis''.

¿No lo has leído, no has temido? Sabes quién es el que padece necesidad, cuentas tus hijos? Por ultimo, cuenta tus hijos, y añade entre ellos a uno, a tu Señor. Si tienes uno, sea él el segundo; sí tienes dos, sea el tercero; y si tienes tres, sea el cuarto. (Tract. de Discipl. Christ., cc. 7 y 8).

Da un lugar a Cristo entre tus hijos, alléguese a tu familia tu Señor, alléguese a la prole tu Criador, alléguese al número de tus hijos tu Hermano. Mediando tan gran diferencia, se dignó hasta de ser tu hermano; y siendo el Unigénito del Padre, quiso tener coherederos. ¡Ve cuán dadivoso es él! ¿Y qué eres tú tan ruin? No quiero decir más: guarda a tu Señor el lugar de un hijo tuyo. Lo que das a tu Señor, aprovechará por cierto a ti y a tus hijos; mas lo que guardes malamente para tus hijos, a ti y a ellos dañará. (Serm. 86, n. 13).

PIENSE EL HOMBRE CRISTIANO QUE DA A CRISTO LO QUE DA A LOS POBRES
Los hombres procuran tener lugares sumamente resguardados donde poner con la mayor seguridad lo que aman en la tierra, guardándolo cuanto es posible donde los ladrones no pueden acercarse. ¿Y cuándo pueden tener esa seguridad los que quieren guardar en la tierra aquello que aman? Quizá el mismo custodio será el ladrón. Atendiendo nuestro Señor Jesucristo a lo que quieren y procuran los hombres cuando guardan sus cosas en la tierra, les dio su consejo, diciéndoles: Guardadlas en el cielo; encomendádmelas a mí. Por consiguiente, el que te mandó que las dieses, no quiso que las perdieses sino que las transportases. Vaya tu cosa delante de ti que has de seguirla. Lo que no envías antes allí, perderás aquí donde no estarás largo tiempo, y donde no sabes quién poseerá después de ti lo que guardaste. Levanta, pues, de aquí lo que amas, no sea que amándolo aquí tea apegues a ello, y apegándote lo pierdas y perezcas.

Tu Señor mismo es el custodio tuyo y de tus cosas. Si ignorando tú el modo de conservar tu trigo, te aconsejase un amigo tuyo familiar que lo trasladases del sitio bajo a otro alto donde lo conservases mejor, ¿no tomarías acaso el consejo? Pues ese mismo consejo te da tu Señor, porque no quiere que tu ni tus cosas os corrompáis. Ponlas donde te dice, sí no quieres perderlas. ¿Quieres saber lo que ha de hacerse? Yo se que ninguno puede aconsejar acerca de esta fábrica mejor que el que la hizo. Tú dices: ¿Dónde guardaré mis bienes? Y el Señor te responde: En el cielo; así dice por cierto: "Atesorad vuestros tesoros en el cielo, donde el ladrón no socave, ni la polilla corrompa: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón"

Toma el consejo, ya que se te ofrece la opción de tan gran panera.
¿Buscas acaso el modo de subir allí tus bienes? No te fatigues en discurrir escalera o en buscar algunas otras máquinas; y sí haz un transporte del modo que suele hacerse para los ciudadanos que viven lejos. Muchos en verdad hacen esto, y cuando hallan conductores fieles, hacen la entrega sin tardanza. Esto ha hecho tu Señor Jesucristo, rico en el cielo y pobre en la tierra. Aquí padece hambre: exige de ti el transporte, y te devolverá lo justo. ¿Por qué dudas, pues? ¿Por qué difieres el dar? ¿O no es fiel para pagar? Da a los pobres; no lo perderás; no temas: cuando das a uno de sus pequeñuelos, a él mismo das. Oye al Evangelio. Cuando enumeradas ciertas necesidades, se admiren los colocados a la diestra, y digan: "¿Cuándo te vimos padeciendo esas cosas?" Responderá el Señor: "Cuando lo hicisteis a uno de mis pequeñuelos, a mí lo hicisteis". Yo digo, lo recibí, cuando lo recibió el pobre; en el tenía yo hambre, y en el me saciaba. Da con seguridad; el Señor lo recibe, y el Señor lo pide. No tendrías tú cosa alguna que darle, si antes no la recibieras de el. Si dieses con usura a los hombres, los gravarías; mas el Señor no es tal que sea gravado con la usura. Dios te dice: Sí quieres ser usurero, solo conmigo; dame a mí, que pago con usuras.

Ahora ya levántate, y ensancha tu avaricia. Quizá por una moneda has de recibir, no diez, no ciento, no mil; no la tierra, sino el cielo. Si dieras una libra de cobre y la recibieses de plata, o una libra de plata y la recibiese de oro, te alegrarías feliz. Pues lo que das de limosna se mudará en verdad, y se hará para ti no plata, no oro, sino vida eterna. Se mudará porque te mudarás tú. El que dio se hará Ángel, y lo que dio se hará silla evangélica. (Serm. 330, nn. 1 y 2).

Nada trajiste a este mundo, y nada has de llevarte de él. Envía arriba lo que has encontrado, y no tendrás que perderlo. Dalo a Cristo, porque ha querido recibirlo aquí; dalo a Cristo, y así no lo pierdes. ¿No lo pierdes si lo encomiendas a tu siervo, y lo pierdes si lo encomiendas a tu Señor? ¿No lo pierdes entregando a tu siervo lo que has adquirido, y lo pierdes entregando a tu Señor lo que de él mismo has recibido? Cristo quiso padecer aquí necesidad, pero por nosotros. Cristo ha podido alimentar a todos los pobres que veis, como alimentó a Elías por medio de un cuervo; no obstante retiró también el cuervo al mismo Elías, y el ser alimentado por la viuda lo concedió a ésta, y no a Elías. Por tanto cuando Dios hace a los pobres, porque el mismo no quiere que tengan; cuando hace a los pobres prueba a los ricos. Así por cierto está escrito: "El pobre y el rico se encontraron". ¿Dónde se encontraron? En esta vida. Nació el uno, y nació también el otro; halláronse y salieron a su encuentro. ¿Y quién hizo a ambos? El Señor; al rico para con el auxiliar al pobre, y al pobre para con el probar al rico.

Haga cada uno cuanto pueda; pero no haga de modo que el mismo padezca necesidades. No decimos esto. Tus bienes superfluos son necesarios a otro. Al leerse el Evangelio habéis oído: "Cualquiera que diere por mi un vaso de agua fría a uno de mis pequeñuelos, no perderá el premio". ¡Propúsonos en venta el reino de los cielos, y quiso que su precio fuera un vaso de agua fría! Mas cuando el pobre hace las limosnas, entonces es cuando éstas han de ser vaso de agua fría. El que tiene más, de más. La viuda del Evangelio dio dos maravedís, y Zaqueo die, la mitad de sus bienes, reservando la otra mitad para restituir sus fraudes. Las limosnas aprovechan a los que han mudado de vida. Da por cierto a Cristo necesitado para redimir tus pecados pasados; porque sí das con el fin de que te sea siempre permitido pecar impunemente, en tal caso no alimentas a Cristo, así pretendes corromper al juez. (Serm. 39, n. 6).

CONSIDERE EL HOMBRE CRISTIANO QUE SU LIMOSNA DADA AL POBRE APROVECHA MAS A ÉL MISMO QUE A ÉSTE
Amonéstanos el Señor en la lección evangélica que os hablemos del modo de alcanzar el pan celestial. Este pan terreno es por cierto necesario para la tierra, porque nuestra carne es tierra: mas no podía suceder que nuestra carne tuviese su pan y el alma no tuviese el suyo. Porque, ciertamente, nuestra alma, rodeada en este mundo de cierta indigencia, necesita de su pan como el cuerpo necesita del suyo. Dios es el que no necesita de pan; de consiguiente, sólo el pan es el que no necesita de pan. Es por cierto el pan de nuestra alma aquel mismo que no necesita de otro pan, antes bien bastándose a sí mismo, nos nutre también a nosotros.

Así está manifiesto el pan celestial con que nuestra alma se alimenta. Pero para saber de qué modo hemos de llegar a ese pan para saciarnos de él donde apenas alcanzamos las migajas, y no perecer en este desierto famélico; para saber de qué modo hemos de llegar a la hartura de ese pan, del cual dice el Señor: "El que comiere este pan, no tendrá hambre, y el que bebiere la bebida que yo diere, no tendrá sed eternamente", prometiendo cierta hartura y saciedad sin fastidio; para saber de qué modo hemos de llegar a esta saciedad del pan cuando nos hallamos lejos de ella y puestos en este hambre, necesitamos de consejo. Si despreciamos el tal consejo, en vano llamamos para recibir este pan. O mejor dicho, este consejo que voy a dar, o más bien que voy a recordar (porque no diré de mí lo que he aprendido con vosotros), este consejo, digo, que voy a dar, cualquiera que le despreciare, no digo que llama en vano, sino que no llama absolutamente; porque el seguir y cumplir este consejo es el llamar.

¿Pensáis acaso, hermanos míos, que Dios tiene en verdad cierta puerta material, la cual tenga cerrada a los hombres, y que por lo mismo ha dicho: ''Llamad", para que lleguemos y golpeemos la puerta, hasta que lo oiga el padre de familias colocado en algún Lugar secreto, y mande que se nos abra, diciendo: ¿Quién es el que llama? ¿Quién es el que molesta mis oídos? ¿Dadle lo que pide, y retírese de aquí? No es así; sin embargo existe alguna semejanza. Ciertamente, cuando llamas a la puerta de alguno, lo haces con las manos; y cuando con las manos llamas a la puerta del Señor, tienes que hacer alguna cosa. Obra efectivamente con las manos, y con las manos llama.

Si no lo haces así, no digo que llamas en vano, sino que no llamas; y por cuanto no llamas, ni merecerás ni recibirás. Pero me dirás: ¿y de qué modo quieres que llame? Ve lo que diariamente ruego: Haz bien. Porque también está dicho esto: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Estas tres cosas están dichas: pide, busca y llama. Pides orando, buscas controvirtiendo, y llamas distribuyendo. No descanse, pues, la mano. El Apóstol, amonestando a la plebe acerca de las limosnas, dice: ''Doy en este consejo, porque esto aprovecha a vosotros, que comenzasteis no solo a saberlo, sino también a quererlo desde el año anterior''. Y Daniel dijo así al rey Nabucodonosor: "Recibe, oh Rey, mí consejo, y redime con limosnas tus pecados".

Si, pues, es consejo el que recibimos cuando se nos manda, o se nos amonesta que demos a los necesitados alguna cosa de lo que tenemos, no nos ocupa la soberbia cuando lo damos. Si es consejo el que has recibido, aprovecha por cierto más a ti que al que diste la limosna. Por tanto, no tengamos presunción de nuestras obras, como agradándonos a nosotros mismos por los beneficios que hacemos a los favorecidos. El que quiera recibir el consejo, quiere recibir lo que a él mismo aprovecha, y el que da el consejo atiende a lo mismo. Si atiende a lo mismo, aprovecha a aquél a quien da el consejo. Un pobre cualquiera recibe tu limosna rendido; porque sí no es permitido que tu la des con soberbia, ¿cuánto menos lícito será que con soberbia la reciba el? Recibe el pobre humildemente tu limosna, y recibiéndola te da las gracias; mas tú sabe y ten presente no sólo lo que des, sino también lo que recibes. Porque si el tal pobre, al verse acaso ensoberbecido con el, tuviese libertad para responderte, podría decirte: ¿De qué te ensoberbeces? ¿Por qué te ensalzas al darme a limosna? ¿Qué es lo que me has dado? Pan. Si dejaras en tu casa este pan, y le desatendieras, se cubriría de moho, del moho pasaría a la corrupción, y de la corrupción a la tierra, convirtiéndose la tierra en tierra. Tú ciertamente has alargado tu mano para dar a la mía alargada para recibir; Pero recuerda de dónde fue hecha tu mano, y de dónde es lo que has puesto en la mía; has puesto tierra de tierra para tierra. Después de esto, ¿qué hago yo de tu pan? Cómolo, y reprimo la molestia del hambre; recibo el beneficio; no soy ingrato.

No obstante, piensa tú lo que te amonestó el mismo Salvador: Que "todo lo que entra en la boca pasa al vientre y se arroja al lugar secreto". Y lo que además te dijo el Apóstol San Pablo: -La comida para el vientre, y el vientre para las comidas, mas Dios evacuará ésta y aquellas". Así que el pan, como he dicho, es tierra de la tierra para la tierra, para que la tierra se sostenga, para que la tierra se alimente. Pones la consideración en lo que diste, y no la pones en lo que has de recibir. Da, pues, no sea que yo te de más recibiendo, que tú a mí dando; porque si no hubiera quien de ti recibiera, no darías la tierra, y no recibirías el cielo. Llama yo a la puerta, y me oyes; mandas que se me de con que socorrer mi hambre y librarme de la molestia que me causa. Hiciste bien. No quieras oírme cuando llame, si te atreves. Desprecia mis ruegos, si es que tú no tienes que rogar. Despréciame, si es que nada tienes que pedir al que nos hizo a mí y a ti. Pero si tienes que pedir tú lo mismo que me das, el oírme es conseguir para ti que seas oído.

Da gracias al Señor que quiere que compres una cosa tan preciosa por un precio tan vil. Das lo que perece con el tiempo, y recibes lo que permanece eternamente. Das lo que arrojarías a poco de retenerlo, recibes lo que gozarás para siempre. Das de donde se socorra al hombre de los hombres, y recibes de donde seas compañero de los Ángeles. Das de donde sacia el hambre el que dentro de poco ha de padecerla de nuevo, y recibes de donde jamás padezcas hambre ni sed. Luego, al ver lo que das y lo que recibes, no quieras darlo si te atreves. Veamos quién es el que padecerá mayor daño; yo a quien no das la tierra o tu que no llegarás al que hizo el cielo y la tierra.
Si, pues, recibimos el consejo, hagámoslo por nosotros; y nadie diga que en ello da al pobre, porque da más para sí mismo que para el pobre. (Serm. 389, n. 1 y sig.).
(San Agustín, Doctrina de vida espiritual, Ed. Emecé, Buenos Aires, pg. 561-571)


Volver Arriba



Santos Padres: San Juan Crisóstomo I - HOMILÍA 71 Contra la vanagloria en la limosna

¿Contra quiénes, pues, daremos primero la batalla? Por que no basta para todos uno solo y mismo discurso. ¿Os parece, pues, que ataquemos primero a los que buscan la vanagloria en la limosna? A mí así me parece, pues amo ardientemente la limosna y me apena verla viciada y que la vanagloria atente contra ella, como una mala nodriza e institutriz contra una imperial doncella. La cría, sí, pero juntamente la prostituye para vergüenza y el castigo. Ella le enseña a despreciar a su padre y a adornarse para agradar a hombres muchas veces abominables y viles. El adorno que le pone no es el que su padre quiere sino el que quieren los extraños, vergonzoso e ignominioso. Ea, pues, volvámonos contra éstos. Supongamos una limosna hecha con generosidad, pero por ostentación ante el vulgo. Esto es ante todo como sacar a la imperial doncella de la cámara paterna. Su padre no quiere que sea vista ni de su mano izquierda, y ella se muestra a los esclavos, a los primeros que topa, a gentes que ni la conocen. Mirad esa ramera y prostituta cómo la conduce al amor de hombres torpes, y como ellos le mandan, así se compone. ¿Queréis ver cómo la vanagloria no hace sólo ramera al alma, sino también loca? Considerad la intención con que obra. Esa alma deja el cielo y corre desalada detrás de esclavos y pordioseros por caminos y encrucijadas y va siguiendo a los mismos que la aborrecen a gentes torpes y deformes, a quienes no quieren ni verla a ella, a quienes más la odian justamente por perecerse de amor por ellos. ¿Puede darse mayor locura que ésta? A nadie, en efecto, aborrece tanto la gente como a quienes ve que necesitan de su gloria. Por lo menos, a éstos gusta de envolver en sus acusaciones. Es como si uno, haciendo bajar del trono imperial a una doncella hija del emperador, la mandara entregarse a hombres sin vergüenza y que por añadidura la aborrecieran. Porque ésos, cuanto más los sigues, más abominan de ti; Dios, empero, cuanto más busques la gloria que de Él viene, más te atrae hacia Sí, más te alaba y mayor recompensa te prepara. Y si quieres comprender, por otro lado, el daño que te acarreas dando por ostentación y vana gloria, considera la tristeza que se apoderará de ti, la pena continua que te atenazará cuando resuene la voz del Cristo y te diga que perdiste toda tu paga. Porque siempre es un mal la vana gloria, pero nunca mayor que cuando busca satisfacerse por medio de la misericordia, que se convierte entonces en la más dura crueldad, sacando a pública plaza las desgracias ajenas y poco menos que insultando a los que están en la miseria. Por que, si es ya un insulto echar en cara los propios beneficios, ¿qué piensas que es pregonarlos entre la gente? Ahora bien, ¿cómo huiremos este mal? Aprendiendo a dar limosna, viendo qué opinión o alabanza hemos de buscar, Porque, dime: ¿quién es, digámoslo así, el verdadero técnico de la limosna? Indudablemente, el que ha inventado la cosa, es decir, Dios es el que mejor la conoce de todos, como que Él la ejercita de modo infinito. Ahora bien, cuando aprendes la lucha, ¿a quién miras o a quiénes quieres mostrar tus ejercicios, al vendedor de verduras o peces o al maestro de gimnasia? Y, sin embargo, vendedores de verduras y pescados hay muchos; el maestro de gimnasia es uno solo. ¿Qué decir, pues, si el maestro te alaba y los otros te desprecian? ¿No es así que tú con tu maestro te reirás de ellos? ¿Qué harás si aprendes el pugilato? ¿No es así que mirarás sólo al que puede enseñártelo? Si te dedicas a la elocuencia, ¿no aceptarás las alabanzas del rétor y despreciarás todas las otras? Pues ya, ¿no es absurdo que en todas las otras artes mires a un solo maestro y aquí hagas todo lo contrario, a pesar de que el daño no es igual? Porque allí, si luchas a gusto de la gente y no a gusto del maestro, el daño no pasa de la palestra; aquí, empero, te haces semejante a Dios en la limosna por toda la vida eterna. Hazte, pues, semejante también a Él en no buscar la ostentación en la limosna. El Señor, en efecto, cuando curaba, mandaba que no se dijera nada a nadie. Mas tú quieres que los hombres te llamen misericordioso. ¿Y qué sacarás de ahí? Provecho ninguno, daño sin límites; Esos mismos a quienes tú llamas para testigos, se convierten en salteadores de tus tesoros del cielo; o, por mejor decir, no son ellos, somos nosotros mismos quienes nos despojamos de nuestros bienes, quienes tiramos lo que allá arriba teníamos depositado. ¡Oh desgracia nueva, oh loca pasión ésta! Donde la polilla no destruye ni el ladrón perfora, la vanagloria desparrama y tira. Ésta es la polilla de los tesoros de allí, éste es el ladrón de nuestras riquezas del cielo, ésta la que nos sustrae aquellos bienes inviolables. Vio el demonio que aquel lugar era inaccesible a salteadores, gusanos y demás malandanzas, y se vale de la vana gloria para sustraernos aquella riqueza.

LA LIMOSNA ES UN MISTERIO O COSA OCULTA

¿Pero tú deseas gloria? Muy bien. ¿Y no te basta la misma del que recibe tu limosna, la gloria de Dios misericordioso, sino que buscas también la de los hombres? Mira no te encuentres con lo contrario. Mira no te condene alguno, no por misericordioso, sino de fastuoso y ambicioso, como quiera que haces trágico espectáculo de las ajenas desdichas. A la verdad, la limosna es un misterio. Cierra, pues, las puertas a fin de que nadie vea lo que no es lícito mostrar. Nuestros misterios, en realidad, eso son principalmente: misericordia y benignidad de Dios, pues por su gran misericordia, cuando aún éramos desobedientes, se compadeció de nosotros. Así, la primera oración, en que rogamos por los energúmenos, está llena de misericordia. La segunda, igualmente, por los penitentes, no otra cosa busca que la infinita misericordia. La tercera, en fin, que es por nosotros mismos, presenta ante Dios a los niños inocentes, a fin de que ellos supliquen a Dios misericordia. Porque, ya que nosotros hemos condenado nuestros propios pecados; por quienes mucho han pecado y deben ser acusados, clamamos a Dios nosotros mismos; pero por nosotros clamen los niños, a los imitadores de cuya sencillez les espera el reino de los cielos. Porque lo que esta figura representa es que quienes son humildes y sencillos como los niños, son los que mejor pueden alcanzar el perdón de los culpables. Y el misterio mismo-la Eucaristía-de cuánta misericordia, de cuánta benignidad esté lleno, sábenlo bien los iniciados.

EXHORTÁCIÓN FINAL: HUYAMOS LA VANAGLORIA PARA ALCANZARLA VERDADERA GLORIA

Pues tú también, según tus fuerzas, cierra las puertas al hacer limosna y sólo la conozca el que la recibe, y, si fuere posible, ni ése. Mas si las abres de par en par, profanas tu misterio. Pues piensa que aun ese mismo cuya gloria buscas, te ha de condenar., Si es amigo tuyo, te condenará secretamente; si es enemigo, te pondrá en solfa delante de los demás y hallarás lo contrario de lo que andabas buscando. Tú deseabas que te llamara misericordioso, y él te llamará vanidoso, amigo de agradar a los hombres y otras cosas peores. Mas si te ocultas, dirá todo lo contrario, que eres caritativo y misericordioso. Porque Dios no consiente que una buena obra quede oculta. Si tú la escondes, Él la manifiesta, y entonces es mayor la admiración y más copioso el provecho. De suerte que, aun para con seguir la gloria, no hay nada tan contrario como la ostentación. Nada tan derechamente se opone a lo mismo que con tanto afán andamos buscando. Porque no sólo no conseguimos opinión de misericordiosos, sino de todo lo contrario. Y por añadidura, nos acarreamos también enorme daño. Por todo ello, pues, apartémonos de la vanagloria y sólo amemos la gloria de Dios. Porque de este modo alcanzaremos la gloria de la tierra y gozaremos de los bienes eternos, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
(San Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, 444-449)

Volver Arriba



Santos Padres: San Juan Crisóstomo II - Voracidad de escribas y fariseos

Ahora saca el Señor a la pública vergüenza la voracidad de escribas y fariseos, y lo malo era que no llenaban sus vientres de los bienes de los ricos, sino de la miseria de las viudas, agravando una pobreza que debieran haber socorrido. Porque no era simplemente que comían, sino que devoraban. Y aun era más grave el modo como ejercían semejante tráfico: Con pretexto -dice- de hacer largas oraciones. Indudablemente, todo el que hace algún mal es digno de castigo; mas el que toma por causa la religión y de ella se vale como capa de su maldad, merece más grave suplicio. Y ¿por qué motivo no los depuso el Señor de su puesto? -Porque el tiempo no lo permitía todavía. De ahí que de momento los deja; pero por sus palabras de condenación previene todo engaño por parte del pueblo, no fuera que, en atención a la dignidad, se dejaran también arrastrar a imitarlos. Como antes había dicho: Cuanto os mandaren hacer, hacedlo, ahora determina qué cosas debían hacerse: aquellas en que ellos no se extraviaban. No fuera que la gente ignorante, fundada en su recomendación, pensara que permitía a escribas y fariseos mandar cuanto quisieran.

NI ENTRAN NI DEJAN ENTRAR

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Porque ni vosotros entráis ni dejáis que entren los que querrían entrar. Ya es culpa no hacer bien a los demás. ¿Qué perdón tendrá, pues, el hacerles daño e impedirles el bien? Mas ¿qué quiere decir a los que querrían entrar? A los que son aptos para ello, Porque cuando tenían que mandar a los otros, hacían las cargas insoportables; mas cuando se trataba de cumplir ellos mismos su deber, era todo lo contrario. No sólo no hacían ellos nada, sino -lo que es maldad mucho mayor- corrompían a los demás. Tales son esos hombres llamados "pestes", que tienen por oficio la perdición de los demás, diametralmente opuestos a lo que es un maestro. Porque oficio del maestro es salvar lo que pudiera perecer; el del hombre pestilencial, perder aun lo que debía salvarse.

LOS DISCÍPULOS, PEORES QUE EL MAESTRO

Viene seguidamente otra acusación: Porque recorréis el mar y la tierra para hacer un solo prosélito, y, cuando le habéis hallado, le hacéis hijo de la gehena doblemente que vosotros. Es decir, que ni el haberle ganado a duras penas y con tantos trabajos, hace que le tengáis miramiento. Lo que con dificultad adquirimos, lo tratamos con más miramiento. Mas a vosotros ni eso os hace ser más moderados. De dos cosas les acusa aquí el Señor. La primera, de lo inútiles que son para la salvación de los otros, pues tantos sudores les cuesta atraerse a un solo prosélito. La segunda, cuán perezosos y negligentes son para guardar lo que han ganado; o, por mejor decir, no sólo negligentes, sino traidores, pues lo corrompen y hacen peor por la maldad de su vida. Y es así que cuando el discípulo ve que sus maestros son malos, él se hace peor; pues no se detiene en el límite de la maldad de sus maestros. Si el maestro es virtuoso, el discípulo le imita; pero, si es malo, el discípulo le sobrepasa en maldad por la facilidad misma del mal. Por lo demás, hijo de la gehena llama el Señor al destinado a ella. Y díceles que el prosélito lo está doblemente que ellos, para infundir miedo al prosélito mismo y herirles a par más vivamente a los maestros, por serlo de maldad. Y no sólo son maestros de maldad, sino que ponen empeño en que sus discípulos sean peores que ellos, empujándolos a mayor maldad que la que ya de suyo tienen ellos. Obra propia y señalada de un alma corrompida.

EL DIEZMO DE LA MENTA Y EL ANÍS

Luego los reprende por su insensatez, pues mandaban despreciar los mandamientos mayores. A la verdad, antes había dicho lo contrario, a saber, que ataban fardos pesados e insoportables. Pero también lo otro lo hacían, y en realidad todo lo ordenaban a la corrupción de quienes les obedecían, buscando la perfección más acabada en las minucias y desdeñando lo verdaderamente importante. Porque: Pagáis el diezmo-dice de la menta y el anís y habéis abandonado lo grave de la ley: el juicio, la misericordia y la fidelidad. Había que hacer aquello, pero no omitir esto. Ahora bien, con razón habla así aquí, donde se trata de diezmo y de limosna. Porque ¿qué daño puede haber en dar limosna? Pero no los reprende que guarden la ley, pues tampoco Él mismo dice que no se haya de guardar. De ahí que aquí añadiera: Aquello debía hacerse y no omitirse esto. Cuando trata, en cambio, de lo puro o impuro, ya no añade nada de eso, sino que distingue y muestra que a la pureza interior se sigue necesariamente la exterior. Pero no al revés. Cuando la cuestión era sobre actos, al fin, de caridad, pasa indiferentemente por ellos, tanto por ellos mismos como por no ser aún tiempo de suprimir clara y terminantemente la antigua ley; pero, tratándose de purificaciones corporales, el Señor las rechaza más decididamente. De ahí que en el caso de la limosna de los diezmos diga: Aquello debía hacerse y no omitirse esto. No así en las purificaciones. ¿Pues qué? Limpiáis-dice exterior de la copa y plato, y su interior está lleno de rapiña y de avaricia. Limpia, pues, el interior de la copa y del plato, a fin de también lo exterior quede limpio. El ejemplo lo tomó de cosa corriente y manifiesta: una copa y un plato.
(San Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, 463-467)



Volver Arriba



Aplicación: San Alberto Hurtado - El Cottolengo

Pobre canónigo de Turín, chiflado por los pobres, sin dinero ni relaciones. ¿Qué hacer? Echarse en brazos de la Divina Providencia. Empezó su obra con la teoría que a Dios lo mismo le cuesta mantener a dos que a mil, y que el que ora sin vacilar cuenta con la Divina Providencia.

Buscaba desvalidos y oraba los tiempos desocupados delante del Santísimo Sacramento. Desde el principio daba sin contar el dinero que daba. Decía: “si Cristo dice que no debe saber la mano izquierda, tampoco el ojo. Por otra parte, si vemos a Cristo en los pobres, ¿vamos a andar contando lo que le damos?” (cf. Mt 6,3).

La Divina Providencia empezó con una casucha de dos cuartos, un establo y un corral. No pedía a nadie sino a Dios y así hasta ahora. “Una Universidad de la oración y caridad cristiana”.

Su salario de canónigo lo da fuera de la Piccola Casa, porque si lo diera dentro, la casa se arruinaría. Cuando sale fuera no se vuelve a acordar de la Piccola Casa para que Dios la cuide. La oración se dilata por nuestra debilidad en pedir y por nuestras culpas. La Piccola Casa no podría quebrar mientras su dinero estuviese guardado en el Banco de la Piccola Casa.

Un día la superiora de las Hermanas de San Vicente se queja: carece de lo más indispensable; sólo una moneda de oro. “¿Dónde está esa moneda?”. Se la pasa temblando, [Cottolengo la] arroja por la ventana... “Ahora váyase en paz, que Dios proveerá!”. Y esa tarde...

La hermana:
– Las niñas no podrían desayunar.
– ¿Y las niñas murmurarán?
– No, pero tendrán hambre.
– Mándelas desayunar.
Se va a la capilla, y llega una limosna suficiente.

La Piccola Casa, casa de oración. Se les enseña a orar sin vacilar. Les pasa con los milagros lo que a nosotros con la radio: no nos llama la atención. “Aquí nada hay mío”, dice [Cottolengo]. Dispuesto a echar abajo la casa, ladrillo por ladrillo, cuando entienda que esa es la voluntad de Dios.

Acusado ante el Señor Arzobispo por deudas. Al ir a presentarse le entregan una cantidad superior.

Un tendero furioso viene a insultarle por deudas. Pasa la noche en oración, y al siguiente día viene de nuevo el tendero, él cree que a retarle, pero viene a agradecerle el dinero enviado. ¿Por quién?

Al panadero a punto de quebrar, acreedor de 18.000 liras, le dice:

– Tenga paciencia.
– Tanta he tenido.
Al volver, un caballero:
– ¿Cuánto debe don Cottolengo? Déle el recibo.

Diálogo del Ministro del Rey:
– ¿Usted es el director de la Piccola Casa?
– No, un agente de la Divina Providencia.
– ¿Con qué recursos?
– Con los de la Divina Providencia.
– Debe tener fondos determinados para sostener tanta gente.
– Sí, los tenemos, los de la Divina Providencia ¿Cree que le van a faltar fondos?
– Sea... es deber del gobierno asegurarse garantías para esta obra. Si usted falla, deberá cargar el Gobierno con tantos destituidos.
– Excelencia, confíe. Dios seguirá proveyendo.

El Rey quiso tomar la Piccola Casa bajo su protección.
– No, porque el patrocinio de Dios es superior al del Rey.
El oficial anuncia que el Rey va a honrar la Piccola Casa con su visita.
– Gracias, pero Su Majestad hará un favor mayor no visitándola, pues la protección humana disgustaría a la Divina Providencia.

¿Y el sucesor? No, hay que renovarse como la guardia, una palabra pasada de soldado a soldado y éste reemplaza, y el otro a descansar.

El Rey:
– Lleve contabilidad.
– ¿Cuántos años la Divina Providencia gobierna el mundo?
– Unos 6.000.
– ¿Alguna vez en bancarrota? Nunca ha faltado nada.

La Piccola Casa de la Divina Providencia, prodigios diarios durante un siglo. Niños expósitos, deformes, idiotas, tullidos, cancerosos, epilépticos, viejos y viejas repugnantes, pilluelos de la calle, magdalenas arrepentidas.

Todos desechos del mundo físico y moral, excepto locos. 9.000 enfermos y 1.000 religiosos sostenidos por el Banco de la Divina Providencia. Al frontis de la institución: “El que confía en el Señor no será defraudado”.

Visita del Padre Heredia al director. ¿Fondos? 45 liras en la mesa... eso es todo; en cambio tenía cuentas por más de 30.000 liras. Y sin más comentarios, a recorrer la institución. Lo primero, la capilla, 10 minutos, de rodillas, con las palmas al cielo, como un pordiosero. Tranquilamente por la casa... dos horas. Nunca tanta miseria y tanta caridad. Nueva visita [al Santísimo], aquel hombre no podía pasar cerca de la capilla sin saludar [al Señor]. Despacho: cartas, un montón, y paquetes no por correo, porque estaban sin sello. ¡Siéntese, Padre! Primera carta: acreedor en lenguaje robusto cobraba 2.000 liras; abrió otras, un cheque de 50 liras; letra de 200 libras; 2.000 francos; 500 dólares; todos pagados excepto dos. Monedas, muchas de oro. Yo, “atontado”. Llama a otro religioso y, sin contar, le entrega el montón de cheques y el paquete de cuentas, para que pague al momento. Vamos a la capilla media hora a dar gracias.

“Qui confidit in Domino non minorabitur”.

“El que confía en el Señor no será defraudado”.
(SAN ALBERTO HURTADO, La búsqueda de Dios, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, pp. 226-228)



Volver Arriba




Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La viuda que lo dio todo

Las lecturas de hoy nos inclinan a tratar de algo que es muy caro al cristianismo, la práctica de la limosna. En el primero de los textos hemos escuchado el relato del encuentro entre Elías y la viuda de Sarepta. Esta viuda, a pesar de ser paupérrima —tan pobre que estaba a punto de morirse de hambre juntamente con su hijo— no vaciló en dar lo poco que tenía al profeta, que así se lo solicitaba. Y, según se lo había anticipado Elías, su generosidad se vio premiada por Dios de manera exuberante. Asimismo en el evangelio advertimos cómo el Señor encomia a la humilde viuda que, sin ostentación alguna, echó en la alcancía del templo dos monedas de cobre: "Os aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir".

Ante semejantes ejemplos nos sentimos impelidos a practicar la limosna. Porque, como dijo el Señor, "mejor es dar que recibir". La dadivosidad ya era un mandato de Dios en el Antiguo Testamento, según leemos en el Deuteronomio: "Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por eso te doy este mandamiento, abrirás tu mano al necesitado y al pobre”. Frente a la miseria, no clausuremos nuestro corazón. Cunado entregamos algo a un pobre, Dios lo guarda en el banco del cielo. Y así, mientras damos limosna en la tierra, vamos acumulando un tesoro en las alturas, donde no lo roe la polilla ni lo saquean los ladrones. Porque el Señor mismo es quien lo custodia.

Tan grande es el valor de la limosna que Jesús describe el juicio final en función de ella. Leamos el texto: "Cuando el Hijo del hombre llegue en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros... Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba preso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; de paso, y me vinisteis a ver'. Los buenos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso y fuimos a verte?'. Y el Rey les responderá: 'Os aseguro que en la medida en que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo ". A la luz de estas palabras de Cristo, cuánta verdad parece trasuntar aquel texto que se lee en un epitafio: "He perdido lo que he gastado; he dejado a los demás lo que tenía; sólo me queda lo que he dado". Haciendo limosna, atesoramos en el cielo. El Señor nos podrá decir: Toma lo que guardaste, entra en posesión de lo que adquiriste, yo te lo he reservado para alegría tuya eterna.

Y volviéndose después a los de la izquierda, les mostrará sus cofres, vacíos de limosnas. Y les dirá: "Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis'. Estos, a su vez, le preguntarán: `Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso y no te hemos socorrido? Y él les responderá: 'Os aseguro que en la medida que no lo hicisteis con el más pequeño obras de misericordia corporal, como las que hemos considera­do, pero también con de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo’ estos irán al castigo eterno, y los buenos a la vida eterna” Así concluye el Señor. Como si dijera: Yo había puesto en el mundo a esos pobres menesterosos; yo, la Cabeza, estaba sentado a la diestra de Dios, ésos, mis miembros, padecían en la tierra. Dando limosna a los miembros de mi cuerpo, me la dabais a mí. Y como nada pusisteis en manos de ellos, nada habéis encontrado en mí.

Al fin y al cabo nosotros, amados hermanos, hemos recibido tantos beneficios del Señor. Podríase decir que somos una gran limosna de Dios. Es hora de retornar tan ingente beneficencia vistiendo y alimentando al Señor en los necesitados. No le pareció a Cristo bastante la cruz y la muerte; se hizo pobre y peregrino, viajero y desnudo, sufrió la cárcel y el dolor, para ver si podía lograr que nosotros lo atendiésemos. ¿Veis a este hombre en harapos? Yo estuve desnudo por vosotros en la cruz, y ahora lo estoy por vosotros en este pobre. Yo fui preso por vosotros, ahora para vosotros lo vuelvo a estar en los encarce­lados. No os pido que los libréis. Sólo quiero que me hagáis una visita. ¡Ojalá que mis cadenas antiguas o presentes os muevan a compasión! Pasé hambre por vosotros, y ahora la padezco otra vez en los que carecen de alimentos. Tuve sed por vosotros en la cruz, y ahora la siento en mis pobres que os piden un vaso de agua. Sólo os imploro vestido, agua; y un poco de alivio para mi hambre. Yo, que puedo alimentarme por mí mismo, prefiero dar vueltas a vuestro alrededor, y extender mi mano a vuestro paso.

Así es, queridos hermanos. Cristo ha querido hacerse visible en la persona de los pobres, ha querido tener "parientes pobres", para que pudiésemos mostrar en ellos nuestro amor por Él. Si damos a los pobres lo que tanto nos cuesta, el dinero, Él nos dará lo que más estima y lo que más le costó: nuestra salvación. La limosna es como un préstamo que le hacemos a Dios para que nos devuelva su perdón, según se afirma en el libro de los Proverbios: "A Dios presta el que da al pobre". La limosna impetra, así, en favor nuestro. A los ojos de Dios es como nuestra abogada, que está intercediendo perpetuamente por nosotros. “Coloca la limosna en el corazón del pobre y ella pedirá por ti”, dice la Escritura. Despojándonos del dinero, continuamos en cierto modo el despojo, la desnudez bautismal, nos libramos del viejo ropaje del pecado, para revestir el vestido nuevo de la clemencia de Dios.

Eso sí, al ser generosos, no hagamos alarde, como aquellos escribas y ricos del evangelio de hoy, a quienes Jesús fustiga. El mismo Señor nos dijo: "Cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti... para que tu limosna quede en secreto; tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará".

Hoy hay quienes sostienen que hay que acabar con la mala costumbre de dar limosna, que es cosa denigrante. Escuchemos al respecto un hermoso texto del Papa León XIII: “Los socialistas reprueban la limosna y quieren suprimirla, como injuriosa a la nobleza ingénita del hombre”. Mas cuando se da limosna según la prescripción evangélica y conforme al uso cristiano, ni alienta la soberbia en quien la hace ni avergüenza a quien la recibe. Tan lejos está de ser indecorosa al hombre la limosna, que antes bien sirve para estrechar los vínculos de la sociedad humana, fomentando la necesidad de deberes ante los hombres, porque no hay nadie, por rico que sea, que no necesite de otro, ni nadie absolutamente pobre que no pueda ayudar en algo a otro. Armonizadas de esta suerte entre sí la justicia y la caridad, abrazan de modo maravilloso todo el cuerpo de la sociedad humana y conducen providencialmente a cada uno de los miembros a la consecución del bien individual y común". Claro que la limosna estaría mal si se convirtiese en excusa para eludir los deberes de la justicia. Primero hay que hacer justicia, dar lo que se debe. Lo cual no obsta a que en un segundo momento hagamos nuestra limosna, que es, en cierto modo, la flor de la justicia, su planta más preciada.

Animémonos, pues, hermanos, a mostrar más generosidad que hasta ahora. Seamos misericordiosos, no sólo ayudando a los demás en el orden económico, sino de todas formas. Con obras de misericordia corporal, como las que hemos considerado, pero también con obras de misericordia espiritual: dando consejo, enseñando, corrigiendo, etc. Dios ha querido transmitir sus beneficios a través de los hombres. ¡Tantas cosas que podemos ofrecer a los demás: desde ayuda material… hasta los conocimientos de la fe, desde un vaso de agua hasta un vaso de gracia!

Sigamos celebrando el Santo Sacrificio de la Misa, renova­ción de la Pasión de Jesús. En la Cruz, el Señor se despojó de todo, se hizo menesteroso, pidió agua, se dejó desnudar. Él, que era rico, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros, que éramos pobres, nos enriqueciéramos con su pobreza. En la misa se hace presente el sacrificio de la Cruz. Inmolémonos con Cristo, desnudémonos de nuestra codicia, clavémonos con El en su cruz, para que luego, al recibirlo en el alimento eucarístico, nos sintamos impelidos a verlo, con los ojos de la fe, en nuestros hermanos más necesitados.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida, Homilías dominicales y festivas. Ed. Gladius, 1993 pp. 289-292)



Volver Arriba




Aplicación: Benedicto XVI - La viuda pobre

Queridos hermanos y hermanas:
Es grande mi alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía aquí, en el corazón de la diócesis de Brescia, donde nació y recibió su formación juvenil el siervo de Dios Giovanni Battista Montini, Papa Pablo VI. Os saludo a todos con afecto y os agradezco vuestra cordial acogida. Doy las gracias en particular al obispo, monseñor Luciano Monari, por las palabras que me ha dirigido al inicio de la celebración, y con él saludo a los cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y los diáconos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los agentes pastorales. Doy las gracias al alcalde por sus palabras y su regalo, y a las demás autoridades civiles y militares. Dirijo un saludo especial a los enfermos que se encuentran dentro de la catedral.

En el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo, trigésimo segundo del tiempo ordinario, encontramos el personaje de la viuda pobre, o más bien, nos encontramos ante el gesto que realiza al echar en el tesoro del templo las últimas monedas que le quedan. Un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, se ha convertido en proverbial: "el óbolo de la viuda" es sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee. Ahora bien, antes quisiera subrayar la importancia del ambiente en el que se desarrolla ese episodio evangélico, es decir, el templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y el corazón de toda su vida. El templo es el lugar del culto público y solemne, pero también de la peregrinación, de los ritos tradicionales y de las disputas rabínicas, como las que refiere el Evangelio entre Jesús y los rabinos de aquel tiempo, en las que, sin embargo, Jesús enseña con una autoridad singular, la del Hijo de Dios. Pronuncia juicios severos, como hemos escuchado, sobre los escribas, a causa de su hipocresía, pues mientras ostentan gran religiosidad, se aprovechan de la gente pobre imponiéndoles obligaciones que ellos mismos no observan. En suma, Jesús muestra su afecto por el templo como casa de oración, pero precisamente por eso quiere purificarlo de usos impropios, más aún, quiere revelar su significado más profundo, vinculado al cumplimiento de su misterio mismo, el misterio de su muerte y resurrección, en la que él mismo se convierte en el Templo nuevo y definitivo, el lugar en el que se encuentran Dios y el hombre, el Creador y su criatura.

El episodio del óbolo de la viuda se enmarca en ese contexto y nos lleva, a través de la mirada de Jesús, a fijar la atención en un detalle que se puede escapar pero que es decisivo: el gesto de una viuda, muy pobre, que echa en el tesoro del templo dos moneditas. También a nosotros Jesús nos dice, como en aquel día a los discípulos: ¡Prestad atención! Mirad bien lo que hace esa viuda, pues su gesto contiene una gran enseñanza; expresa la característica fundamental de quienes son las "piedras vivas" de este nuevo Templo, es decir, la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la oferta de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma.

Queridos amigos, a partir de esta imagen evangélica, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, del templo vivo de Dios, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran Papa Pablo VI, que consagró a la Iglesia toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios. Como dice la carta a los Hebreos, también en el texto que acabamos de escuchar, a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido "una sola vez", para salvar al mundo entero (cf. Hb 9, 26.28), porque en esa única oblación está condensado todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre, como en el gesto de la viuda se concentra todo el amor de aquella mujer a Dios y a los hermanos: no le falta nada y no se le puede añadir nada. La Iglesia, que nace incesantemente de la Eucaristía, de la entrega de Jesús, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega totalmente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza. Me alegra saber que estáis profundizando en la naturaleza eucarística de la Iglesia, guiados por la carta pastoral de vuestro obispo.

Esta es la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y trató de hacer comprender y amar con todas sus fuerzas. Releamos su "Meditación ante la muerte", donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. "Puedo decir —escribe— que siempre la he amado... y que para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese". Es el tono de un corazón palpitante, que sigue diciendo: "Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría —continúa el Papa— abrazarla, saludarla, amarla en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla". Y a ella le dirige las últimas palabras como si se tratara de la esposa de toda la vida: "Y, ¿qué diré a la Iglesia, a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de agosto de 1979, p. 12).

¿Qué se puede añadir a palabras tan elevadas e intensas? Sólo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia "pobre y libre", que recuerda la figura evangélica de la viuda. Así debe ser la comunidad eclesial para que logre hablar a la humanidad contemporánea. En todas las etapas de su vida, desde los primeros años de sacerdocio hasta el pontificado, Giovanni Battista Montini se interesó de modo muy especial por el encuentro y el diálogo de la Iglesia con la humanidad de nuestro tiempo. Dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarse con ella, el hombre contemporáneo pudiera encontrarse con Jesús, porque de él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del Papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quiso exponer de forma programática algunos de sus aspectos más importantes en su primera encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.

Con aquella primera encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia de entablar entre la comunidad eclesial y la sociedad una relación de mutuo conocimiento y amor (cf. Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). "Conciencia", "renovación", "diálogo": estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus "pensamientos" dominantes —como él los define— al comenzar su ministerio petrino, y las tres se refieren a la Iglesia. Ante todo, la exigencia de que profundice la conciencia de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse contemplando el modelo que es Cristo; y, por último, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cf. ib., pp. 203-205, nn. 166-168). Queridos amigos —y me dirijo de modo especial a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio—, ¿cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, sigue siendo hoy absolutamente central? Más aún, ¿cómo no ver que el desarrollo de la secularización y de la globalización han radicalizado aún más esta cuestión, ante el olvido de Dios, por una parte, y ante las religiones no cristianas, por otra? La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. "El misterio de la Iglesia —leemos en la encíclica Ecclesiam suam— no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia" (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es "el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano" (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior.

Queridos hermanos, ¡qué don tan inestimable para la Iglesia es la lección del siervo de Dios Pablo VI! Y ¡qué alentador es cada vez aprender de su ejemplo! Es una lección que afecta a todos y compromete a todos, según los diferentes dones y ministerios que enriquecen al pueblo de Dios por la acción del Espíritu Santo. En este Año sacerdotal me complace subrayar que esta lección interesa y afecta de manera particular a los sacerdotes, a quienes el Papa Montini reservó siempre un afecto y una atención especiales. En la encíclica sobre el celibato sacerdotal escribió: "Apresado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno Sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella. (...) La virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión" (Sacerdotalis caelibatus, 26). Dedico estas palabras del gran Papa a los numerosos sacerdotes de la diócesis de Brescia, aquí bien representados, así como a los jóvenes que se están formando en el seminario. Y quisiera recordar también las palabras que Pablo VI dirigió a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7 de diciembre de 1968, mientras las dificultades del posconcilio se añadían a los fermentos del mundo juvenil: "Muchos —dijo— esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa considera que tiene que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie. Él calmará la tempestad... No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración. Esta es la condición que Jesús escogió para nosotros a fin de que él pueda actuar en plenitud. También el Papa necesita ayuda con la oración" (Insegnamenti VI, [1968], 1189). Queridos hermanos, que los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Giovanni Battista Montini os guíen siempre, y que interceda por vosotros san Arcángel Tadini, a quien acabo de venerar en mi breve visita a Botticino.

Al saludar y alentar a los sacerdotes, no puedo olvidar, especialmente aquí, en Brescia, a los fieles laicos, que en esta tierra han demostrado una extraordinaria vitalidad de fe y de obras, en los diferentes campos del apostolado asociado y del compromiso social. En las "Enseñanzas" de Pablo VI, queridos amigos de Brescia, podéis encontrar indicaciones siempre valiosas para afrontar los desafíos actuales, sobre todo la crisis económica, la inmigración y la educación de los jóvenes. Al mismo tiempo, el Papa Montini no perdía ocasión para subrayar el primado de la dimensión contemplativa, es decir, el primado de Dios en la experiencia humana. Por ello, no se cansaba nunca de promover la vida consagrada, en la variedad de sus aspectos. Él amó intensamente la multiforme belleza de la Iglesia, reconociendo en ella el reflejo de la infinita belleza de Dios, que se trasparenta en el rostro de Cristo.

Oremos para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada una de nuestras comunidades y la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos alcance esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del concilio ecuménico Vaticano ii, Madre de la Iglesia. Amén.
(BENEDICTO XVI, Homilía del domingo 8 de noviembre de 2009, Brescia)



Volver Arriba



Aplicación: San Juan Bosco - Justicia y caridad

I. Naturaleza de las riquezas
Dios ha hecho al pobre para que se gane el cielo con la resignación y la paciencia; pero ha hecho al rico para que se salve con la caridad y la limosna.

Por eso pueden considerarse los bienes de fortuna como una llave destinada abrir el cielo o el infierno.

Os digo esto con el fin de que aprendáis a considerar los bienes de la tierra como se merecen. Sólo las buenas obras son las verdaderas riquezas que nos preparan un puesto allá en el cielo No miréis los bienes del mundo a través de gruesas lentes sino a simple vista, porque los anteojos agigantan mucho las cosas, de tal manera que un granito de arena parece una montaña. Todas las cosas del mundo juntas no son nada. Así dice Salomón después de haber gozado de todos los placeres posibles: todo es vanidad y aflicción de espíritu. Estas cosas del mundo las tenemos que dejar. Si las dejamos ahora, el Señor nos recompensará; si no las queremos dejar ahora, debernos dejarlas igualmente en la muerte, pero entonces sin ningún mérito.

Yo rezo todos los días para que las riquezas, que son espinas, se os truequen en obras buenas, o sea, en flores con las que los ángeles tejan una corona que luego os ceñirá la frente por toda la eternidad.

Este ha sido siempre mi empeño: hacer todo lo posible por despegar de las cosas miserables de este mundo el corazón de los amigos y elevarlos a Dios, al Bien eterno. Ya veis, pues, que yo trato de haceros ricos, o mejor, de hacer fructificar las riquezas de la tierra, que se conservan por muy poco tiempo, y cambiarlas en tesoros eternos.

Yo por mi parte quiero morir de tal forma que se diga: Don ha muerto sin una moneda en el bolsillo.

II. Peligros de las riquezas

a) Responsabilidad ante Dios. -He vivido entre los pobres y he tenido que frecuentar a los ricos. En general, he visto que se hace poca limosna y que muchos señores hacen poco buen uso de sus riquezas. Nadie puede imaginarse cuán estrecha cuenta pedirá el Señor de cuanto les ha dado para que se emplee en beneficio de los pobres. Algunos creen lícito el gozar sólo para sí de aquellos bienes de fortuna que el Señor les ha concedido; lícito conservarlos, hacerlos fructificar, emplearlos como les plazca, sin hacer partícipes de ellos en absoluto a los menesterosos. Otros juzgan haber hecho bastante cuando dan alguna monedita o cuando, rara vez y a duras penas, proporcionan un socorro. Esto es un engaño.

A cristianos de tal hechura se podrían dirigir las palabras que San Pedro pronunció en una ocasión contra Simón Mago: "Pecunia tas tecum sit in perditionem": Tu dinero perezca contigo. Tales cristianos deberían reflexionar que Dios les pedirá cuenta un día de todos los bienes que les ha concedido. Él dirá a cada rico: "Yo te había dado riquezas a fin de que dispusieses de una parte de ellas para mi gloria y para provecho de tu prójimo; tú, en cambio, ¿qué has hecho de ellas? El lujo, las diversiones, los viajes de placer, los banquetes, las fiestas, los saraos: he ahí el uso de tus bienes".

Alguno dirá: "Yo no malgasto mis bienes; los conservo con cariño, los aumento cada año, compro casas, campos, viñas y otras cosas". También a éstos dirá el Señor: "Los acumulaste, los acrecentaste, sí, es verdad; pero entre tanto, los pobres sufrían hambre; entre tanto, millares de niños abandonados crecían en la ignorancia de la religión y en el Vicio; entre tanto, las almas redimidas por mi sangre caían en el infierno.- Habéis amado más vuestro dinero que mi gloria; os fueron más queridas vuestras bolsas que las almas de vuestros hermanos. Ahora, con vuestros placeres, con vuestros tesoros, con vuestras riquezas, "id a la perdición": Pecunia tua tecum sit in perditionein.

b) Responsabilidad ante la sociedad. - ¡Cuántos robos, incendios, desastres…: se lamentan hoy día! Son males y desórdenes muy dolorosos. Pero digámoslo también: de una gran parte de estos males son causa aquellos que, pudiendo, no hacen limosna. Si aquel rico alargase un poco más la mano hacía los Institutos de caridad, si hiciese recoger ¿sus expensas a aquellos jovencitos abandonados, libraría a muchos individuos del peligro de hacerse ladrones y malhechores. Si aquellos señores y señoras, si aquellos que poseen hiciesen limosna, preservarían a muchas personas de la mala vida y ellos serían más amados de los pobres, más respetados sus campos, sus negocios, sus posesiones, y así no se deplorarían tantos delitos.

En cambio, con la avaricia, con el Interés, con la dureza de corazón, mientras dejan crecer a tantos malhechores, se atraen los odios del pueblo, que un día se cebará en ellos, al mismo tiempo que atraen las Iras de Dios, que grita con Jesucristo: Vae vobis divitibus Y con el apóstol Santiago: Agite nunc, divites, plorate ullulantes in miseriis vestris, quae advenient vobis.

Hay tantos pobres niños abandonados que hoy corretean sucios, descalzos, andrajosos por las calles, y que, viviendo de limosna y yendo por la noche a tirarse malamente en ciertas posadas, sin nadie que se tome cuidado - ni de su cuerpo ni de su alma- crecen ignorantes de las cosas de Dios, de la religión y de sus deberes morales; blasfemos, ladrones, impúdicos, engolfados en todos los vicios y capaces de las acciones más depravadas, muchos de: los cuales van después a caer miserablemente en manos de la justicia, que los arrojará a pudrirse en alguna prisión.

Impedid que tantos jóvenes sean el azote de la sociedad. Creedlo de verdad: si no entregáis vuestro óbolo para su educación, vendrán tal vez un día a quitároslo de vuestro mismo bolsillo. Si, en cambio, procuráis venir en su ayuda, cambiará el panorama. Ellos serán los que os bendigan, los que verán en vosotros sus bienhechores, y, si llegara el caso, estarían dispuestos a defenderos y hasta dar su vida por defender la vuestra. Además ellos rezarán siempre por sus bienhechores, y la oración del pobre es siempre escuchada por Dios.

c) Ante la muerte- ¡Qué difícil les es a los ricos despegar el corazón de los bienes de esta tierra y qué dolorosa es para ellos tal separación en punto de muerte!

Visité en cierta ocasión a una señora muy rica que se hallaba gravemente enferma. Después de la confesión me preguntó:
- ¿Entonces me hallo al fin de mi vida?
- Y me miraba con la vista extraviada. Le respondí que sólo Dios conocía el último día, y que nosotros debemos reposar tranquilos en sus brazos, dejando que disponga de nosotros como le agrade.
- ¿Por lo tanto -empezó a exclamar agitada por la fiebre-; por lo tanto, debo dejar este mundo? ¿Las riquezas de mi casa y cuanto poseo me será quitado? La pobrecita no se daba cuenta de lo que decía, y volvía a exclamar:
-Por lo tanto, debo dejar este palacio, estas habitaciones, mi hermosa sala... ¡Y me parecía que me hallaba tan bien en este mundo! ¡Y debo abandonarlo!...

Diciendo esto llamó a algunos criados para que la llevaran a la sala. Era una locura, y, sin embargo, tanto insistió, que creí conveniente se le diera gusto, porque el contrariarla hubiera podido ocasionarle mayor exaltación. Los criados tomaron el lecho y la llevaron a una sala tapizada de mil cosas preciosas. Ella quiso que la colocaran cerca de una mesa cubierta con un preciosísimo tapete de Persia. Y, tomando una punta de éste entre sus manos, lo palpaba, lo alisaba, lo contemplaba con atención, diciendo:

- ¡Qué bello! ¡Qué bonito! ¡Y es la última vez que lo veo! ¡Me costó cuarenta mil liras! ¡Y dejará de ser mío!

Y se volvía en su riquísimo lecho de un lado a otro como diciendo adiós a cada cosa. Y allí, pocos momentos después, expiró.

¡Oh vanidad de las cosas mundanas! Yo pensaba para mi; mis muchachos son más felices que los ricos y potentados de este mundo, porque aguardan la muerte alegres, deseosos más bien de librarse del cuerpo, para ir a gozar del Señor, como se ha visto por aquellos que murieron en el Oratorio; mientras los ricos, aunque no ciertamente malos, no pueden no temer la muerte próxima… nosotros vivamos siempre en el santo temor de Dios, y al fin de la vida afrontaremos intrépidos las agonías de la muerte.

d) Condenación - Yo os digo quien no da lo superfluo, roba al Señor y con San Pablo: Regnum Dei non possi debit.

Se ahorra hoy, se ahorra mañana; a lo ahorrado en los años anteriores, se añade lo del año siguiente, crece en el ánimo el amor al dinero y el espíritu de avaricia; con el aumentar de la fortuna, el corazón se hace cada vez más duro hacia los potecitos, y poco a poco un cristiano es arrastrado al infierno por su propio dinero… considerad que a estos corazones duros dice Jesucristo: "Tu no te ocupas en salvar las almas con los medios que yo mismo te he dado; por tanto, tu dinero sea contigo para tu perdición.

¡Oh, no quisiera yo, por cierto, encontrarme en el lugar de estos cristianos a la hora de la muerte! ¡No quisiera estar en su puesto el día del juicio!

Escuchad la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro: había un rico señor que gastaba sus dineros en espléndidas comidas y hermosos vestidos, y al mismo tiempo un mendigo que le pedía inútilmente con qué calmar su hambre. Después de algún tiempo, ambos murieron. Murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió el rico, y ¿cuál fue su suerte? Oigámosla de boca de Jesucristo mismo: "Murió el rico y fue sepultado en el infierno: Mortuus est dives et sepultus "est in inferno". ¿Y por qué culpa? ¿Acaso porque blasfemaba? ¿Tal vez porque era deshonesto? ¿Quizá por injusto o ladrón? El Evangelio no dice otra cosa sino que aquel rico gozaba de sus bienes sin dar parte a los necesitados: Induebatur purpura et bysso et epulabatur quotidie splendide.

Esto me lleva, a desearos que muráis pobres y que o des apeguéis totalmente de las cosas de la tierra para que podáis llevaros al cielo el fruto de todas vuestras obras de caridad.

A quien me pidió un consejo para asegurarse la salvación eterna, no dudé en responderle: "Usted, para salvarse, deberá hacerse pobre como Job". Y aquella persona hacia mucha caridad; pero es que a los señores no hay quien se atreva a decirles la verdad.

Si queréis, pues, evitar -tan grande desgracia, estáis obligados coger el dinero que no aprovecha a nadie y hacer con él lo que manda Jesucristo. ¿Queréis conservarlo? Conservadlo, pues; pero escuchad: el demonio vendrá, y de aquel dinero hará una llave para abriros el infierno.

Tal vez alguno de vosotros dirá: "Estas cosas son muy graves y espantosas". Tenéis razón. Sin embargo, es necesario recordárselas a ciertos señoras y señores que malgastan el dinero en adquirir y mantener ejemplares de soberbios caballos, que podrían ahorrar sin merma del propio decoro; a ciertos señoras y señores que gastan y tiran el dinero en comidas y cenas, en mobiliario en veladas, en bailes, en teatros, etc., mientras con una vida más cristiana hubieran podido socorrer tantas miserias, en tantas lágrimas y salvar tantas almas. Es necesario hacer resonar en sus oídos las terribles palabras de Jesucristo: "Murió el rico, y fu sepultado en el infierno"

III. Fines y empleo de las riquezas

Los cristianos cuerdos no acumulan dinero para un tiempo que pasa como un relámpago; dinero que, al fin y a la postre, se puede llamar dinero de muerte; los cristianos cuerdos, con obras buenas, llevan a la eternidad el dinero de la vida…. ¿Queréis llevar con vosotros vuestro dinero no a la tumba, no a la perdición, no a la eternidad del infierno, sino a la eternidad del infierno, sino a la eternidad del paraíso? Haced limosna a los pobres especialmente cuando se trata de coadyuvar a la salvación de sus almas.

Los pobres sean vuestros depositarios, vuestros banqueros, y la Virgen se hará fiadora de vuestro desembolso. Llevad vuestros intereses al banco de la Virgen, y será grande el fruto que obtendréis.

Con la limosna se contribuye a quitar seres dañosos a la sociedad civil, para hacerlos hombres provechosos a sí mismos, a sus semejantes y a la religión; seres que están en peligro de hacerse el flagelo de la autoridad, infractores de las leyes públicas y de ir a consumir los sudores de otros en las prisiones; y que, por el contrario, se nos pone así en grado de honrar a la humanidad, de trabajar, y con el trabajo ganarse honesto sustento; y esto con decoro de los países en que habitan y con honor de las familias a que pertenecen.

Con las riquezas así empleadas se sirve al Señor, se le da gloria, se favorece la religión, la Salvación de las almas y se sufraga del mejor modo por las almas de los difuntos.

Vosotros diréis: "¿cuándo debemos continuar ayudando a estas obras de beneficencia? ¿Hasta cuándo?" ¡Queridos míos! Mientras haya almas que salvar, mientras la pobre juventud esté rodeada de insidias y de engaños; hasta que se encuentren en las puertas de la eternidad, en el paraíso, donde solamente se encontrarán seguros contra las asechanzas que les tiende el enemigo.

Animémonos, pues, y sigamos el aviso que nos dejó el divino Salvador: "Con vuestros bienes haceos amigos, para que cuando vengáis a menos, al fin de vuestra vida, éstos os reciban en la eterna morada": Facite vobis amicos de mammona iniquitatis, ut cum defeceritis recipiant vos in aeterna tabernacula. Amigos nuestros serán entonces tantas almas salvadas por nuestro medio; amigos nuestros, los ángeles custodios de esas mismas almas; amigos nuestros, los santos, a quienes habremos procurado compañeros en el cielo; y, lo que más importa, amigo nuestro será Jesucristo, que nos asegura considerar como hecho a sí mismo todo el bien que hagamos al más pequeño de sus discípulos: Amen dico vobis quamdiu fecistis uni ex his frafribus meis minimis, mifli fecistis.


Limosna

A) Es precepto - Pruebas

Soñé una noche que veía a la Virgen, que me reprochaba por mi silencio sobre la obligación de la limosna. Pero insistió especialmente sobre el mal uso de las riquezas. Si superfluum darefur orphanis, decía, major essef numeras electorum; sed mulfi vene fose conservant. Y se lamentaba de que el sacerdote tema explicar desde el púlpito el deber de dar lo superfluo a los pobres, y así el rico acumula el oro en sus arcas.

Creen algunos que el dar limosna es un consejo y no un precepto; así pues, piensan hacer bastante para salvarse no usando mal de sus bienes. Esto es un engaño fatal, que impide tantas obras buenas en el mundo y conduce a muchas almas a la eterna perdición, como le pasó al rico epulón.

Jesucristo ordena la limosna: Quod superest, date eleemosynam: Haced limosna, ¿Y de qué? De lo que sobra a vuestro honesto sustento.

Y no se me diga que esto es consejo y no precepto. Con el Evangelio en la mano, yo os respondo que es de consejo abandonar todo para hacerse voluntariamente pobre, como los religiosos; pero es de precepto hacer limosna de lo superfluo. Quod superest date eleemosynam. Estas palabras no son mías, sino de Jesucristo, que nos ha de juzgar, y ante cuyo tribunal no valdrán pretextos ni excusas.

Que el hacer limosna no esté solamente aconsejado, sino mandado, -lo demuestra el divino Salvador especialmente con el relato de la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro y lo declara con diversos pasajes.

- "Es más fácil, ha dicho, que un camello pase por el ojo de uña aguja que un rico se salve", si pone su corazón en las riquezas y no se acuerda de los pobres. Estos ricos, si se quiere, no pecarán contra la justicia, pero pecarán contra la caridad; y ¿que qué mas da el irse al infierno por haber faltado a la justicia o por haber faltado a la caridad? Ya en la antigua ley había dicho Dios: "No faltarán pobres en la tierra en que habitas; por eso te mando que abras la mano al pobre y al necesitado": Idcirco ego praecipio tibi ut apenas manum team fratri tao egeno. Y el divino Salvador, al hablar de la limosna, usa el imperativo, diciendo: Quod superest date eleemosynam. Y para no dejar ninguna duda en esta materia, declaró que el día del juicio llamará al reino eterno a aquellos que durante la vida hayan hecho obras de caridad y mandará al infierno a aquellos que hayan rehusado hacerlas.

En otro lugar declara: "No el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haya hecho la voluntad de mi Padre", que no se contenta con palabras, sino que quiere buenas obras.

San Juan Apóstol dice que la misma fe no nos alcanza la salvación si no va unida con las obras, y afirma que "la fe sin obras es una fe muerta": Fides sine operibus mortua est.

¿Qué más se necesita para hacer entender que Dios quiere a toda costa que el rico haga la caridad y se muestre misericordioso para con los pobres?

B) Cantidad y medios

Según esta doctrina-alguno preguntará-, ¿qué parte de lo que sobra, de lo superfluo, deberá cada uno dar de limosna para buenas obras?

Para mí tengo que la cuestión está ya resuelta por las palabras del Evangelio, que no pueden ser más sencillas ni más claras: Quod superest date eleemosynam: Lo que os sobra, dadlo en limosna .

Hay quien dice que un quinto (de lo superfluo); quién, un cuarto, y quiénes, otra cantidad

Yo no puedo dar otra respuesta sino la del mismo Salvador: "Dad lo superfluo". El no ha querido fijar límites, y yo no tengo el atrevimiento de cambiar su doctrina. Yo solamente os digo que el Señor, por temor de que los cristianos no comprendieran bien estas palabras y no las quisiesen dar gran importancia, añadió que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico se salvé, sí no hace buen uso de las riquezas dando lo superfluo a los pobres.

Pero me diréis vosotros: "¡Qué entiende usted por superfluo?" Escuchad: Todos los bienes temporales, todas las riquezas, nos han sido dadas por Dios, y al dárnoslas nos ha otorgado la libertad de escoger todo lo que es necesario para nosotros, no más. Pero Dios, que es Señor de nuestra persona, de nuestras propiedades y de todo nuestro dinero, nos pide severa cuenta de todas las cosas que no nos son necesarias, si nosotros no las damos según su mandamiento.

Si uno tiene mil francos de renta y puede vivir decorosa mente con ochocientos, los doscientos restantes caen bajo las palabras: Date eleemosynam.

Yo no deseó meteros escrúpulos y enseñar que no sea lícito vivir según vuestro estado, según vuestra condición que una mujer, que una señora esté obligada despojarse de todos los adornos conformes con su estado; si no lo permiten las conveniencias sociales, téngalos pero debo decirle que no está obligada a vivir a la última moda, a correr detrás de las vanidades del mundo; y si está obligada a observar si tiene algo superfluo en los muebles de casa, en su persona, en relaciones sociales, y, silo halla, está obligada, repito, a disponer de eso en favor de la religión y en provecho de su prójimo.

Quiero, sobre todo, inculcaros que no dejáis entrar en vuestro corazón la gran plaga, el gran flagelo del lujo, ni en grande ni en pequeño. Entonces sí estaréis en disposición de contribuir también materialmente a las obras de beneficencia.

Porque, si no tiene dinero, se pueden dar objetos de vestuario, se pueden dar comestibles, se puede instar a otros a que lo hagan. Si no se posee absolutamente nada, está la obra de las obras: la oración.

Pero por pobre que uno sea, si quiere, estará siempre en disposición de concurrir, aun materialmente, a una obra de caridad, muy pobre era aquella viuda de que habla el Evangelio; no tenía más que unos céntimos, dos monedas; no obstante, quiso también ella concurrir con los ricos al decoro del templo, y recibió el elogio de Jesucristo.

Por lo demás, os he de decir que hay muchos que, cuando se les invita a hacer una obra buena, a vestir a un pobre huérfano, a socorrer a una familia pobre, a adornar una iglesia, cantan sus miserias; pero cuando se trata de una comida, de una partida, de un viaje de recreo, de una fiesta, de un baile, de una tertulia, ¡oh!, entonces no hay pobreza. Entonces, si no hay dinero, se busca; entonces se encuentra el modo de quedar bien y se aparenta un lujo superior a la propia condición.

Hace poco tiempo, un individuo dio en Turín un sarao. Quien me lo contó me dijo que la fiesta había resultado estupenda, magnífica, regia. "¿Cuánto habrá costado?", pregunté yo. "Setenta mil liras", me respondí. ¡Setenta mil liras en una diversión! ¡Oh ceguedad humana! Con setenta mil liras se habría podido recoger a setenta niños y hacerlos estudiar, y acaso dárselos a la Iglesia; setenta sacerdotes que con el auxilio divino habrían ganado con el tiempo millares de almas para Dios. Y tened en cuenta que aquel señor, pocas semanas antes, había rechazado una súplica insistente que se le había hecho para que pagara por tres meses la pensión de un pobre niño, que rogaba se le recibiera en un instituto, ciertamente que Dios pedirá cuenta de esa diversión; más entre tanto, ved cómo se obra hoy para inhabilitarse para las obras de beneficencia.

Hay otros que siempre tienen miedo de que les falte la tierra bajo los pies; ven siempre el presente y el futuro con los colores más tétricos. Estos son de aquellos que según la expresión del Señor, están siempre preguntándose asustados: ¿Qué comeremos mañana?¿Qué beberemos?¿Con qué nos vestiremos? Y con esa preocupación reúnen siempre, atesoran continuamente, todo lo conservan, y mientras tanto viene la muerte sin que hayan hecho el bien, y dejan sus bienes a la ambición de sus parientes, que en breve los consumirán o los gastarán en abogados y procuradores. No los imitemos.

Otros me objetarán:

- pero mi casa es pobre; tengo necesidad de renovar el mobiliario, ya demasiado viejo y pasado del estilo que hoy se usa.

- si me lo permitís, entro en vuestra casa. Veo allá un mueble muy rico, aquí una mesa con un riquísimo servicio; en otro lugar, un tapete todavía en muy buen estado. ¿No se podría omitir el cambio de estos objetos y, e lugar de adornar las paredes, el suelo, cubrir a tantos pobres niños que sufren, y que , sin embargo, son miembros de Jesucristo y templos del Espíritu Santo? Veo doquiera resplandecer plata y oro y adornos tachonados de brillantes.

- pero son un recuerdo…

- ¿esperáis a los que los ladrones vengan a robarlos? Vosotros ni los usáis ni os son necesarios. Tomad estos objetos, vendedlos y dad el precio a los pobres: los dais a Jesucristo y conquistáis una corona en el cielo. De esta manera no desequilibráis vuestra hacienda ni os priváis de lo necesario.

- ¿y aquella cajita tan bien cerrada?
- no es nada.
- ¿no es nada? Dejádmela ver.
- Hela aquí. Son unos mil napoleones de oro; los guardo porque puede venir una enfermedad. Además, tengo un vecino que me molestas, y quisiera comprarle la casa; así quedaría muy mejorada la mía…
- ¡He aquí lo superfluo!, os digo yo.

Entrad en vuestras casas, y encontraréis alguna cosa superflua en los adornos, en los muebles, en la mesa, en los viajes, en los gastos y en la conservación del dinero y de otras cosas que no os son necesarias.

En todo esto podéis encontrar lo superfluo, que ha de destinarse a beneficio de los pobres.

C) Beneficios que reporta

1. Beneficios temporales.- pero vosotros diréis: "¿Qué recompensa tendremos nosotros por todo esto?" y es justa esta pregunta, porque es razonable y siempre se la propone el hombre antes de emprender una buena obra.

Es recompensa el placer que uno experimenta en su corazón al hacer una obra buena y haberse ganado el corazón de la persona socorrida. Cierto día vino a yerme un ardiente democrático que, encontrándose en grandes estrecheces, me pidió que le diese al menos la pequeña cantidad de tres francos para comprarse una camisa, pues la que tenía estaba rota, y me aseguró que pronto volvería a devolverme el dinero. Saqué mi cartera, pero estaba casi vacía. Vueltos mis ojos hacia la cama, vi una hermosa y limpia camisa que me habían regalado y puesto allí para que me cambiara.

-He aquí-le dije-: Aurum et argentúm non est mihi; quod autem habeo tibi do.
Me miró con aire de estupor y me dijo:
- ¿Y usted?
-No se preocupe por esto. La Providencia, que hoy provee a usted, mañana sabrá proveerme a mí.
Conmovido ante tal acto, se arrojó a mis pies bañado en lágrimas y exclamando: -
- ¡Oh, cuánto bien puede hacer un sacerdote! -

Fijaos: aquel hombre se hizo un gran amigo de los sacerdotes. En este mundo tenemos que conquistarnos los corazones de los hombres.

Pero hay más Dios es infinitamente rico y de generosidad infinita. Como rico, puede daros abundante galardón por todo lo hecho por su amor; como padre de generosidad infinita, paga con buena y abundante medida cualquier cosa aun pequeña que hagamos por su amor. No daréis, dice el Evangelio, un vaso de agua fresca en mi nombre a uno de mis pequeños, o sea a un menesteroso, sin que tenga su recompensa.

Todos tenemos necesidad de recibir limosna de Dios. Necesitamos que el Señor nos dé la salud del cuerpo, tanto la nuestra como la de nuestros familiares; necesitamos que Dios fertilice los campos, que haga prosperar nuestros negocios...

Ahora bien, escuchad de labios del mismo Jesucristo el medio más eficaz para obtener esta limosna de Dios: Date et dabitur vobis: Haced limosna a otros, y Dios os la hará a vosotros.

Por eso demos mucho si queremos obtener mucho.

En otro lugar, el mismo Cristo promete el ciento por uno a cuanto se da por amor suyo: Centuplum accipiet in tempore hoc.

Este céntuplo, Dios lo da no sólo en bienes espirituales sino también, como explican los Santos Padres, en bienes temporales.

Porque Dios, Padre de bondad, conociendo que nuestro espíritu está pronto, pero que la carne es muy débil, quiere que nuestra caridad tenga el céntuplo aun en la vida presente.

De cuántos modos nos da el Señor en esta tierra el céntuplo de las buenas obras!

¿Quién de vosotros no daría gustosamente, si en este momento viniese uno diciendo: "El que quiera poner dinero al interés del ciento por uno, venga aquí"? Yo creo que ninguno se privaría de dar su óbolo. Pues yo conozco un banco de garantías tales, que hacen imposible cualquier bancarrota, y que produce un interés no digo de un cinco, diez, treinta o cincuenta por ciento, sino del ciento por uno.

¿Quién es este admirable banquero? Es Dios, Padre del cielo y de la tierra, que ha prometido dar ahora, nunc, en este tiempo, in tempore hoc, el ciento por uno al que emplea sus bienes para mayor gloria de Dios y beneficio de los pobres. El que deje por mí sus bienes, recibirá el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna.

Recibirá el céntuplo en las bendiciones que Dios concederá a su persona, a sus bienes, a sus trabajos, a sus negocios; el céntuplo en la paz del corazón, en las gracias espirituales durante la vida y en la hora de la muerte.

El céntuplo da el Señor en esta tierra, ya conservando la vida de un hijo, ya haciendo fructificar los campos; con la paz y concordia de la familia; con la salud de los parientes y de los amigos, librándolos de graves enfermedades, en las que se debería, emplear parte o la casi totalidad del dinero para pagar médicos y medicinas; evitando tal vez litigios, que terminarían en la ruina material de la familia; con el respeto del hijo hacia sus padres y el afecto de los padres hacia sus hijos; defendiendo de ciertas desgracias y en otras mil circunstancias en que encuentra el Señor ocasión de bendecir y dar el céntuplo en la vida presente

Os hago también notar cómo en este tiempo, en que tanto se hace sentir la falta de medios materiales para educar en la fe y buenas costumbres a los niños pobres y abandonados, la Santísima Virgen se ha constituido personalmente su protectora, y por consiguiente, favorece a sus bienhechores y bienhechoras con gracias extraordinarias, tanto espirituales como temporales.

Yo mismo, y conmigo todos los salesianos, somos testigos de que muchos bienhechores nuestros que poseían escasos 'bienes de fortuna, favorecidos por Dios, los han visto aumentar gradualmente desde el momento en que comenzaron a ser generosos con nuestros huerfanitos.

Por este motivo, y satisfechos de la experiencia hecha, varios de ellos, quién de una manera, quién de otra, me dijeron varias veces estas o semejantes frases; "No tiene usted que darme las gracias cuando hago algún donativo para sus huerfanitos; yo soy el que tengo que darle las gracias cuando me pide la limosna, pues desde que he empezado a socorrer sus obras, mis bienes se han triplicado". Otro señor, el comendador D. Antonio Cotta, venía a menudo él mismo a traer sus donativos y me decía; "Cuanto más dinero destino a sus obras, tanto más me prosperan mis negocios. Yo experimento prácticamente que el Señor me da aun en la vida presente el céntuplo de cuanto yo doy por amor suyo".

Si queremos que prosperen nuestros intereses.., materiales, procuremos sobre todo hacer que prosperen los intereses de Dios y promovamos el bien espiritual y moral de nuestro prójimo por medio de la limosna.

Si queréis obtener más fácilmente cualquier gracia, haced vosotros la gracia, o sea la limosna, a los otros antes que la Virgen o el Señor os la hagan a vosotros.

2. Beneficios espirituales. -Pero nosotros, como cristianos, debemos obrar por motivos más elevados.

La limosna, nos dice Dios en el libro de Tobías, libra de la muerte, purifica el alma de pecados, hace hallar misericordia en la presencia de Dios y nos conduce a la vida eterna: Eleemosyna est quae a morte liberat, purgat peccata, facit invenire misericordiam et vitam aeternam.

-La limosna libra de la muerte. Esto puede entenderse de tres maneras: libra de la muerte del alma, u obteniéndonos la gracia de no caer en pecado mortal o la gracia del arrepentimientos, si hemos pecado, y de confesarnos con las debidas disposiciones, alcanzando así el perdón. Libra de la muerte eterna, en cuanto que nos obtiene el don de la perseverancia final. Libra también de la muerte corporal, no ya en sentido absoluto, como si nos hiciera inmortales, sino relativamente, alejando de nosotros ciertos males que nos acarrearían más pronto la muerte, obteniendo la curación de enfermedades, aun graves e incurables. La Sagrada Escritura nos cita a cierta Tabita resucitada por San Pedro a causa de sus limosnas.

-La limosna borra los pecados en esta vida y en la otra.

Una persona que dé limosna por amor de Dios y del prójimo, ejercita un acto de caridad. Ahora bien: un acto de caridad perfecta hacia Dios borra del a no solamente los pecados veniales, sino también los mortales, con tal de que vaya acompañado del deseo, de confesarlos cuando se presente la ocasión. Los expía además, obteniendo más fácilmente el perdón de Dios y disponiendo mejor el alma a recibir en mayor abundancia las gracias de los sacramentos de la confesión y comunión. Y no sólo en ésta, sino también en la otra vida, porque la limosna, especialmente cuando se hace con algún sacrificio satisface por los pecados cometidos, nos libra de la pena que por causa de los mismos deberemos sufrir en este o en el otro mundo e impide que caigamos o permanezcamos por mucho tiempo en el purgatorio.

Finalmente, la limosna hace hallar misericordia y la vida eterna. ¡Ay de nosotros si el Señor nos tratara con todo rigor de justicia! Tenemos, por lo tanto, absoluta necesidad de que Dios use de su misericordia para con nosotros, de su piedad y de su compasión. Y Él usará de esta compasión de esta misericordia y de esta piedad para con nosotros si nosotros hemos usado de ella para con los otros por medio de nuestras limosnas Jesucristo nos lo prometió: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". Y, por el contrario, ha amenazado por boca del, apóstol Santiago un juicio sin misericordia a aquel que no hubiera tenido misericordia: Iudicium sine misericordia ei qui non facif misericordiam.

También hace hallar la vida eterna. El divino Redentor nos lo asegura cuando, hablando del juicio universal, nos dice las palabras con que decretará el premio a los elegidos y el castigo a los réprobos: "Venid, benditos de mi Padre...", puesto que en la persona de los pobres yo tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo y encarcelado, y me visitasteis.

Sí: Eleemosyna a morte liberat. purgat peccata, ef facif in venire misericordiam et vitam aeternam.

Entre las grandes recompensas está también ésta: que el divino Salvador considera hecha a sí mismo toda caridad hecha a los infelices. Si viésemos al Salvador caminar mendigo por nuestras plazas, llamar a la puerta de nuestras casas, ¿habría algún cristiano que no le ofreciese generosamente hasta el último céntimo de su bolsa? Pues en la persona de los pobres, de los más abandonados, está representado el Salvador.

Todo aquello, dice ¿lo, que hagáis a los más abyectos, lo hacéis a mí mismo. Por tanto, no son pobres niños quienes piden caridad, sino que es Jesús en la persona de sus pobrecitos.

Así vosotros obtendréis las bendiciones de Dios.

No lo dudéis: Dad mucho a los pobres, si queréis llegar a ser ricos Dad mucho a los pobres en la tierra, y el Señor os hará ricos un día en el paraíso. "Quien protege a los pobres será largamente recompensado por Dios ante su divino tribunal.

Cuando entréis en el cielo, el Señor os mostrará las almas que con vuestras limosnas habéis contribuido a salvar. Entonces experimentaréis la verdad de aquellas palabras: Animam salvasti, tuam praedestinasti .

Termino recordándoos, una vez más, las bellas promesas que Dios hace a quien se muestra caritativo, a quien usa cristiana mente de sus bienes, a quien promueve y sostiene las obras de beneficencia. Dad y se os dará, dice el Señor. ¿Y qué os dará? El céntuplo en este- mundo y la vida eterna en el otro: Centuplum in tempore hoc et in saeculo futuro vitam aeternam.
Reavivemos nuestra fe y estudiamos el modo de proporcionarnos tan grandes bienes
(San Juan Bosco, Biografía y Escritos, B.A.C., Madrid, 1955, p. 735-749)



Volver Arriba




Aplicación: Manuel de Tuya - Censura a los fariseos. 12,38-40 (Mt 23,6-8; Lc 21,1-4) Cf. Comentario a Mt 23,6-8.

La dura censura de Cristo contra los fariseos ha sido recogida por Mt en su capítulo 23. La inserción aquí de la ostentación de los "escribas", casi todos fariseos, tiene probablemente una finalidad por contraste, evocada por el episodio siguiente de la pobre viuda, frente a su inmensa ostentación de ser siempre los primeros en toda la vida social. Mientras buscaban que recayese sobre ellos el prestigio religioso de la Ley, sin lo cual, para ellos, nada valía (Jn 7,49), no tenían inconveniente en "simular largas oraciones", para ser tenidos por ejemplares, y "en devorar las casas de las viudas". Ya los profetas censuraban la indefensión de estas gentes. Este tema es el que le va a hacer presentar lo que significa la ofrenda de una pobre viuda, frente a toda la ostentación y latrocinio farisaicos.


El óbolo de la viuda. 12,41-44 (Lc 21,1-4)

El gazofilacio, o tesoro del templo, estaba situado en el atrio de las mujeres. Probablemente había varias cámaras para la custodia de estos tesoros. En la parte anterior, según la Mishna, había trece cepos, en forma de trompetas, de abertura muy grande en el exterior, por donde se echaban las ofrendas.

Cristo está "sentado frente al tesoro". Observaba cómo las gentes iban depositando sus diversas ofrendas. Algunos echaban "mucho". Pero una pobre viuda echó dos "leptos". Marcos lo interpreta diciendo que hacen un "quadrans". Probablemente lo dice para los lectores gentiles, aunque convenía esta precisión para todos, ya que el "lepton" no era una moneda que todos conociesen. Valía la dieciseisava parte de un denario. No sólo era una insignificancia, puesto que el "denario" venía a ser considerado como el sueldo diario de un trabajador (Mt 20,2), sino que, mientras los demás echaron de lo que les sobraba, ésta echó, "de su miseria, cuanto tenía: todo su sustento".

La lección era clara. Lo que pesa en la ofrenda al templo, a Dios, no es lo material, sino lo espiritual del que lo ofrece. Por eso "esta viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro". Una cosa es el amor, y otra la ostentación.
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 710-711)



Volver Arriba



Aplicación: Dr. D. Isidro Gomá - Discurso de Jesús contra los fariseos, su ambición e hipocresía Mt. 23, 1-12 (Mc. 12, 38-39; Lc. 20, 45-46)

Explicación. - Triunfante Jesús de toda serie de sus soberbios enemigos, y confundida la impostura de unos hombres que, so capa de religión, oprimían y explotaban al pueblo, mientras vivían ellos en el fausto y molicie, arremete con brío contra todos ellos, denunciando al pueblo su hipocresía y ambición, y fulminando contra ellos terribles anatemas, en un discurso que sólo Mateo nos ha conservado y del que tienen breves reminiscencias los otros dos sinópticos, Lucas (11- 39-52) tiene una serie de reproches dirigidos por el Señor contra los fariseos, semejantes a los de este discurso: lo que prueba que el Señor condenaría sus principios y conducta más de una vez. En esta primera parte del discurso, Mateo describe la

HIPOCRESÍA Y AMBICIÓN DE LOS FARISEOS. - Las turbas, que en número extraordinario habían confluido al Templo con ocasión de fiestas de la Pascua, habían sido testigos de la petulancia y perversidad de los fariseos, de la humillación que Jesús les había causado, de la sabiduría invencible del Señor; los ánimos estaban preparados para oír la tremenda requisitoria; al pueblo, pues, y a los discípulos dirige la palabra el Maestro: Entonces Jesús habló a la multitud y a sus discípulos, diciendo en sus instrucciones... Empieza Jesús reconociendo la autoridad de los escribas y fariseos: ellos eran los sucesores de Moisés en la interpretación y aplicación de la ley: Sobre la cátedra de Moisés sentáronse los escribas y los fariseos: la metáfora está tomada de la antigua costumbre de sentarse sobre un lugar elevado los que ejercen un magisterio. La consecuencia es obvia: si su autoridad es legítima, deben observarse sus prescripciones: Guardad, pues, y haced todo lo que os dijeren; referíanse las leyes que del Sinedrio emanaban al culto externo de Dios, sacrificios, purificaciones, días festivos, tributos, etc. Jesús, por lo mismo, mientras oficialmente perdura la Sinagoga, quiere que el pueblo se atenga a su autoridad.

Pero otra cosa es si se trata de la conducta personal de los legisladores: ellos no cumplen según la ley, de la que son custodios e intérpretes; hay, por lo mismo, que atender a la ley, pero no imitar sus obras: Mas no hagáis según sus obras: porque dicen, y no hacen. A esta aserción general añade Jesús la prueba, expresiva de todo un sistema jurídico: Pues atan cargas pesadas e insoportables, a la manera como se atan muchos objetos en haces; uno a uno son los objetos llevaderos, pero el haz es pesadísimo: Y las ponen sobre los hombros de los hombres: eran las mil prescripciones de detalle, con las que querían asegurar el respeto a la ley, ya de sí pesada (Act. 15, 10), pero que en junto resultaban intolerables. Contrastaba con este rigor la relajación de los fariseos y escribas legisladores, que rehuían en absoluto el cumplimiento de las leyes que promulgaban: Mas ni aun con su dedo las quieren mover: eran inexorables con los demás.

A la relajación y dureza, añaden los escribas la ambición e hipocresía: Y hacen todas sus obras por ser vistos de los hombres: y así, prueba de su vana ostentación, ensanchan sus filacterias, gustan andar con largos hábitos y extienden sus franjas. Eran las filacterias unas membranas o pergaminos en que se inscribían estas cuatro secciones de la ley mosaica: (Ex. 13, 19; 13, 11-16; Deut. 6, 4-9; 11, 13-21: encerradas en pequeñas cajas de piel negra, se ataban, por medio de cintas, especialmente en las horas de oración, en la frente y en el brazo izquierdo: así creían cumplir el precepto de Deuteronomio (6, 8): "Las atarás (las palabras de Dios) como por señal en tu mano, y estarán y se moverán entre tus Ojos": para ostentación de su piedad, los fariseos las llevaban muy grandes. Lo mismo hacían con las franjas o fimbrias, y vistiendo túnica hasta los pies, señal de cierta preeminencia y majestad.

A esta ostentación religiosa añadían los fariseos la ambición descocada de toda suerte de preeminencias: Y quieren los primeros puestos en los convites, y en las sinagogas las primeras sillas, colocándose en las asambleas en los lugares más honoríficos y vistosos: Y los saludos en la plaza, recibiendo públicas y exageradas manifestaciones de respeto: Y que los hombres los llamen Rabí: era una denominación reciente en tiempo del Señor, equivalente a "mi maestro": la vanidad del fariseo se nutría de todas estas futilidades.

A la hipocresía y ambición de los fariseos opone Jesús la insistente recomendación de la sinceridad y de la humildad. Mas vosotros no queráis ser llamados Rabbi: no que no deba haber dignatarios y titulares del magisterio, sino que no debe ponerse el afecto en los títulos por vanagloria. La razón es, porque pequeña es la sabiduría y la dignidad magistral de los hombres delante del único Maestro que posee todos los tesoros de la ciencia de Dios, que es Dios mismo, o su Cristo, porque uno solo es vuestro Maestro, ante quien, como hermanos, todos somos iguales: Y vosotros todos sois hermanos.

Como a los doctores se les llamaba también con frecuencia "padre", y de esta paternidad espiritual estaban ufanos los fariseos, recomiéndales que no les imiten en esto tampoco: Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra. Y da una razón semejante a la anterior: Porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos, de quien viene toda paternidad, natural y sobrenatural en el orden del cuerpo y del espíritu, porque toda filiación intelectual de El trae origen.

Tampoco quiere que los doctores de la nueva Ley se llamen jefes espirituales, guías, maestros de maestros, como los doctores-cumbres de las dos grandes facciones o partidos doctrinales, Hillel y Schammai, en tiempo de Jesús: Ni os llaméis maestros. La razón e que es único maestro que ilumina las almas, camino, verdad y vida de las inteligencias, por el magisterio externo y por el interno de la gracia: Porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.

Por fin, el discípulo de Jesús debe obrar inversamente conducta de los fariseos: éstos quieren elevarse sobre los demás; aquéllos aun ejerciendo autoridad o magisterio sobre los otros, reputarse siervos de los demás: El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo. De ello da Jesús una razón, que es al propio tiempo un estímulo para los humildes, una amenaza para los ambiciosos y vanos: Porque el que se ensalzare, será humillado: y el que se humillare, será ensalzado: el camino de la gloria es la humildad; el orgullo lleva a la ruina. Jesús nos dio el ejemplo de lo primero; en los fariseos vemos la realización de lo segundo.

Lecciones morales
- A) y. 2. - Sobre la cátedra de Moisés sentáronse los escribas y los fariseos. - Siéntanse sobre la cátedra de Moisés, dice Orígenes, los que se glorían de profesar su ley e interpretarla: los que no se apartan de la letra se llaman escribas; y fariseos los que añaden algo más, profesando mayor perfección que los otros. No eran malos porque se sentaran en la cátedra de Moisés, antes era ello un ministerio necesario para la custodia de la ley y régimen del pueblo. Lo malo era que con su modo de obrar profanaban la santidad de su cátedra. Porque, dice el Crisóstomo, debe atenderse cómo alguien se sienta en su cátedra: porque no es la cátedra la que hace el sacerdote, sino el sacerdote la cátedra; no es el lugar el que santifica al hombre, sino el hombre al lugar; por lo mismo, el mal sacerdote deriva del sacerdocio, no la dignidad, sino el crimen. ¡Tremenda responsabilidad la que importa el lugar que ocupamos, si es elevado y santo! Sacerdotes, padres, maestros, gobernantes, publicistas, debieran pesar el valor de estas palabras de Jesús: "Sobre la cátedra..."

B) v. 3. - No hagáis según sus obras... - Nada hay más miserable, dice Orígenes, que aquel doctor cuyos discípulos se salvan cuando no le siguen, se pierden cuando le imitan. Lo cual demuestra que se halla, en el orden de la vida, en el polo opuesto de la verdad. ¿Qué importa para él que enseñe la verdad, si con su vida la desmiente? No sola la verdad es la que salva, sino la verdad que informa todos los actos de la vida. Si por desdicha nuestra nos hallamos sometidos a un magisterio tal, dice el Crisóstomo, hagámoslo como acostumbramos con los frutos buenos de la tierra: cogemos los frutos y dejamos la tierra; así debemos cosechar la buena doctrina que nos da el doctor de mala vida, y dejar de lado sus perversos ejemplos.

C) v. 5. -Y hacen todas sus obras por ser visto de los hombres... - De las entrañas mismas de todas las cosas nace lo que las destruye: de la madera, el gusano; del vestido, la polilla, dice el Crisóstomo. Así se empeña el diablo en corromper y destruir el ministerio de los sacerdotes, que están puestos para la edificación del pueblo, en forma que el mismo bien lleve en sus entrañas el mal. Quitad del clero este vicio, de la ostentación y vanagloria, y fácilmente se remediará todo lo demás. Atenuado este concepto del santo Obispo de Constantinopla, diremos que, gracias a Dios, no es la vanidad lo que esterilice la acción sacerdotal de nuestros días: pero sí que los ministros de Dios deben cuanto puedan rectificar su intención e informarla del sentido y del espíritu de Jesús, para que sus obras tengan la eficacia que de ellas puede esperarse en el Señor.

D) v. 8. - Vosotros no queráis ser llamados Rabí... - A fin de que, dice el Crisóstomo, no nos levantemos con una gloria que es de sólo Dios. Porque si la gloria de adoctrinar a los hombres fuese de los doctores, dondequiera que hubiese doctores, habría quienes aprendiesen la doctrina. Pero ahora no sucede así, sino que muchos se quedan sin aprender. Y es que Dios es el que da la inteligencia, no el doctor, que no hace más que ejercitarla en los que le oyen. Y siendo muy glorioso el oficio de doctor, esta consideración le da su legítimo valor, inferior al que nosotros juzgamos. Dios es siempre quien da el incremento.

E) v. 9 - Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra... - Se entiende, atribuyéndole en absoluto la paternidad sobre nosotros. Tenemos padres según el cuerpo y según el espíritu; pero unos y otros no ejercen más que un ministerio de paternidad en nombre del Padre de nuestros cuerpos y de nuestras almas que está en los cielos, y "de quien viene toda paternidad en los Cielos y en la tierra" (Eph. 3, 15). Dios es vida esencial, de quien procede toda vida; así es también Padre de quien procede toda filiación, porque de El arranca toda paternidad. Agradezcamos a nuestros padres, del cuerpo y del espíritu, cuantos beneficios de ellos recibimos, pero acostumbrémonos a referirlos al " Padre de las luces, Dios, de quien viene toda óptima dádiva y todo don perfecto" (Iac. 1, 17).

F) v. 11. - El que es mayor entre vosotros, será vuestro siervo. - No sólo no quiere el Señor, dice el Crisóstomo, que ambicionemos los lugares de preeminencia, sino que nos manda tener tendencia a lo contrario. Es la única manera de refrenar este afán de subir, que es innato en el hombre. Como al caballo se le hace tascar el freno y se le tira de las riendas para que no se desboque, así hemos de hacerlo con las fuerzas bajas de nuestra vida.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p.394-398)

Volver Arriba



Aplicación: Juan Pablo II - La limosna

Al oír la palabra "limosna", vuestra sensibilidad de jóvenes amantes de la justicia y deseosos de una equitativa distribución de la riqueza, podría sentirse herida y ofendida. Me parece poderlo intuir. Por otra parte, no creáis que sois los únicos en advertir semejante reacción interior; está en sintonía con la innata hambre y sed de justicia que cada hombre lleva consigo. También los Profetas del Antiguo Testamento, cuando dirigen al pueblo de Israel la invitación a la conversión y a la verdadera religión, indican la reparación de las injusticias hacia los débiles e indefensos, como camino real para el restablecimiento de una genuina relación con Dios (cf. Is 58, 6-7).

Sin embargo, la práctica de la limosna está recomendada en todo el texto sagrado, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; desde el Pentateuco a los Libros Sapienciales, desde el Libro de los Hechos a las Cartas Apostólicas. Pues bien, a través de un estudio de la evolución semántica de la palabra, sobra la que se han formado incrustaciones menos genuinas, debemos volver a encontrar el significado verdadero de la limosna, y sobre todo la voluntad y la alegría de dar limosna.

Limosna, palabra griega, significa etimológicamente compasión y misericordia. Circunstancias diversas e influjos de una mentalidad restrictiva han alterado y profanado en cierto modo su primigenio significado, reduciéndolo tal vez a un acto sin espíritu y sin amor.

Pero la limosna, en sí misma, se entiende esencialmente como actitud del hombre que advierte la necesidad de los otros, que quiere hacer partícipes a los otros del propio bien. ¿Quién diría que no habrá siempre otro que tenga necesidad de ayuda, ante todo espiritual, de apoyo, de consuelo, de fraternidad, de amor? El mundo está siempre muy pobre de amor.

Definida así, la limosna es acto de altísimo valor positivo, de cuya bondad no está permitido dudar, y que debe encontrar en nosotros una disponibilidad fundamental de corazón y de espíritu, sin la cual no existe verdadera conversión a Dios.

Aun cuando no dispongamos de riquezas y de capacidades concretas para subvenir a las necesidades del prójimo, no podemos sentirnos dispensados de abrir nuestro espíritu a sus necesidades y de aliviarlas en la medida de lo posible. Acordaos del óbolo de la viuda, que echó en el tesoro del templo sólo dos pequeñas monedas, pero juntamente todo su gran amor: "Esta echó de su indigencia todo lo que tenía para el sustento" (Lc 21, 4).

Queridísimos, el tema es atrayente, nos llevaría lejos; lo dejo a vuestra reflexión. Os acompañen hacia la alegría pascual mi afecto, mi simpatía, mi bendición.
(DISCURSO DEL SANTO PADRE A LOS JÓVENES PRESENTES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO Miércoles 28 de marzo de 1979)

 

Volver Arriba



Aplicación: Bossuet - El verdadero valor del dinero

Apenas acabó de hablar de los fariseos y escribas y de las artimañas que empleaban para rapiñar el dinero de las viudas, pasó a manifestar en qué estimación se debe tener el dinero y cuál es su verdadero valor.

Jesús se sentó y miró a los que echaban en el cepo o tesoro. Una pobre viuda echó dos ochavos. Dio más que todos, dijo el Salvador.
Rico es el hombre. Su dinero vale todo lo que quiere, su voluntad le da el valor y precio.

Más vale un ochavo que los más ricos presentes. ¿Os falta dinero? Se os recibirá en cuenta un vaso de agua frías y ni aun tendréis trabajo de calentarla. ¿No lo tenéis? Basta un deseo, un suspiro, una palabra suave, una muestra de compasión, las cuales cosa hechas con sinceridad, valen la vida eterna.

¡Oh, qué rico es el hombre que tiene tantos tesoros en sus manos! Felices los cristianos, pues tienen un Señor que sabe dar tanto valor a las buenas obras de sus siervos.

Luego que vio a aquella viuda que dio los dos ochavos, encantado de su liberalidad, convoca a sus discípulos como a un grande y magnífico espectáculo.
Más ha dado ella que todos los otros. No obstante que los otros hubiesen dado mucho. Pero los otros han dado de lo que les sobraba, y no les hacía falta, mas esta viuda dio todo lo que tenía y todo su vivir, confiando en la Divina Providencia.

Ved ahí las limosnas que Jesucristo alaba: las que se hacen de lo necesario, porque estas son las únicas que merecen el nombre de sacrificio.
(Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio, Ed. Difusión, Bs As, 1943, p.204)

 

Volver Arriba

 
Aplicación: San Juan María Vianney - Para animaros a dar limosna


Para animaros a dar limosna, siempre que vuestras posibilidades lo permitan, y a darla con Pura intención, solamente por Dios, voy ahora a mostraros: 1° cuán poderosa sea la limosna ante Dios para alcanzar cuanto deseamos; 2° cómo la limosna lira, a los que la hacen, del temor del juicio final; 3° cuán ingratos seamos al mostrarnos ásperos para con los pobres, ya que, al despreciarlos, es al mismo Jesucristo a quien menospreciamos.
I. - Sí, bajo cualquier aspecto que consideremos la limosna, hallaremos ser ella de un valor tan grande que resulta imposible haceros comprender todo su mérito; solamente el día del juicio final llegaremos a conocer todo el valor de la limosna. Si queréis saber la razón de esto, aquí la tenéis: podemos decir que la limosna sobrepuja a todas las demás buenas acciones, porque una persona caritativa posee ordinariamente todas las demás virtudes.
El profeta Daniel nos dice: "Si queremos inducir al Señor a olvidar nuestros pecados, hagamos limosna, y en seguida el Señor los borrará de su memoria". Habiendo el rey Nabucodonosor tenido un sueño que le aterrorizó, llamó ante su presencia al profeta Daniel y le suplicó le interpretara aquel sueño. Díjole el profeta : "Príncipe, vais a ser echado de la compañía de los hombres, comeréis hierbas como una bestia, el rocío del cielo mojará vuestro cuerpo y permaneceréis siete años en tal estado, a fin de que reconozcáis que todos los reinos pertenecen a Dios, que los entrega y los quita a quien le place. Príncipe, añadió el profeta, he aquí el consejo que voy a daros: satisfaced por vuestros pecados mediante la limosna, y libraos de vuestras inquietudes mediante las buenas obras que realicéis en favor de los desgraciados". En efecto, el Señor dejóse conmover de tal manera por las limosnas y por todas las Buenas obras que hizo el rey en favor de los pobres, que le devolvió el reino y le perdonó sus pecados.

Vemos también que, en los primeros tiempos del cristianismo, parecía que los fieles solamente se complacían en poseer bienes para tener el gusto de entregarlos a Jesucristo en la persona de los pobres; leemos en los Hechos de los Apóstoles que su caridad era tan grande, que nada querían poseer en particular. Muchos vendían sus bienes para dar el dinero a los indigentes. Nos dice San Justino: "Mientras no tuvimos la dicha de conocer a Jesucristo, siempre estábamos con el temor de que el pan nos faltase; mas desde que tenemos la suerte de conocerle, ya no amamos las riquezas. Si nos reservamos algunas, es para hacer participantes de ellas a nuestros hermanos pobres; y ahora que solo buscamos a Dios, vivimos mucho más contentos".

Escuchad lo que el mismo Jesucristo nos dice en el Evangelio: "Si dais limosnas, yo bendeciré vuestros bienes de un modo especial. Dad, nos dice, y se os dará; si dais en abundancia, se os dará también en abundancia". El Espíritu Santo nos dice por boca del Sabio: ¿Queréis haceros ricos? Dad limosna, ya que el servo del indigente es un campo tan fértil que rinde ciento por uno". San Juan, conocido con el sobrenombre de "el Limosnero", por razón de la gran caridad que por los pobres sentía, nos dice que cuanto más daba, más recibía: "Un día, refiere él, encontré a un pobre sin vestido, y le entregué el que yo llevaba. En seguida una persona me facilitó medios con que proporcionarme muchos". El Espíritu Santo nos dice que quien desprecie al pobre será desgraciado todos los días de su vida.

Vemos de ello un ejemplo elocuente en la persona de la viuda de Sarepta. El Señor envióla al profeta Elías para que la socorriese en su pobreza, mientras dejó que todas las viudas de Israel padeciesen los rigores del hambre. ¿Queréis saber la razón de ello? "Es porque - dice el Señor a su profeta - ella había silo caritativa todos los días de su vida." Y el profeta dijo a la viuda: "Tu caridad te mereció una muy especial protección de Dios; los ricos, con todo su dinero, perecerán de hambre; mas ya que fuiste tan caritativa para con los pobres, serás aliviada, pues tus provisiones no disminuirán hasta que termine el hambre general".

II. - Hemos dicho, en segundo lugar, que aquellos que habrán practicado la limosna, no temerán el juicio final. Es muy cierto que aquellos momentos serán terribles: el profeta Joel lo llama el día de las venganzas del Señor, día sin misericordia, día de espanto y desesperación para el pecador. "Mas, nos dice este Santo, ¿queréis que aquel día deje de ser para vosotros de desesperación y se convierta en día de consuelo? Dad limosna y podéis estar tranquilos". En efecto, Jesucristo, al anunciar el juicio a que nos habrá de someter, habla únicamente de la limosna, y de que dirá a los buenos: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba encarcelado, y me visitasteis. Venid a poseer el reino de mi Padre, que os está preparado, desde el principio del mundo". En cambio, dirá a los pecadores: "Apartaos de mí, malditos: tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba desnudo, y no me vestisteis; estaba enfermo y encarcelado, y no me visitasteis".

¿En qué ocasión, le dirán los pecadores, dejamos de practicar para con vos todo lo que decís?" "Cuantas veces dejasteis de hacerlo con los ínfimos de los míos que son los pobres". Ya veis, pues, cómo todo el juicio versa sobre la limosna.

¿Os admira esto tal vez? Pues, no es ello difícil de entender. Esto proviene de que quien está adornado del verdadero espíritu de caridad, solo busca a Dios y no quiere otra cosa que agradarle, posee todas las demás virtudes en un alto grado de perfección, según vamos a ver ahora. No cabe duda que la muerte causa espanto a los pecadores y hasta a los más justos, a causa de la terrible cuenta que habremos de dar a Dios, quien en aquel momento no dará lugar a la misericordia. Este pensamiento hada temblar a San Hilarión, el cual por espacio de más de setenta años estuvo llorando sus pecados; y a San Arsenio, que había abandonado la corte del emperador para dejar consumir vida entre dos peñas y allí llorar sus pecados hasta el fin de sus días. Cuando pensaba en el juicio, temblaba todo su cuerpo achacoso. El santo rey David, al pensar en sus pecados, exclamaba: "¡Ah ! Señor, no os acordéis más de mis pecados". Y nos dice además: "Repartid limosnas con vuestras riquezas y no temeréis aquel momento tan espantoso para el pecador". Escuchad al mismo Jesucristo cuando nos dice: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". En otra parte habla así: "De la misma manera que tratareis a vuestro hermano pobre, seréis tratados". Es decir, que si habéis tenido compasión de vuestro hermano pobre, Dios tendrá compasión de vosotros.

Leemos en los Hechos de los Apóstoles que en Joppe había una viuda muy buena que acababa de morir. Los pobres corrieron en busca de San Pedro para rogarle la resucitara; unos le presentaban los vestidos que les había hecho aquella buena mujer, otros le mostraban otra dádiva. A San Pedro se le escaparon las lágrimas: "El Señor es demasiado bueno, les dijo, para dejar de concederos lo que le pedís". Entonces acercóse a la muerta, y le dijo: "Levántate, tus limosnas te alcanzan la vida por segunda vez". Ella se levantó, y San Pedro la devolvió a sus pobres. Y, no serán solamente los pobres, los que rogarán por vosotros, sino las mismas limosnas, las cuales vendrán a ser como otros tantos protectores cerca del Señor que implorarán benevolencia en vuestro favor.
III - En tercer lugar, hijos míos, la razón que debe inducirnos a dar limosnas de todo corazón y con alegría, es el pensar que las damos al mismo Jesucristo. Leemos en la vida de Santa Catalina de Sena que, al encontrarse una vez con un pobre, le dio una cruz; en otra ocasión, dio su ropa a una pobre mujer, algunos días después, apareciósele Jesucristo, y le manifestó haber recibido aquella cruz y aquella ropa que ella había puesto en manos de sus pobres, y que le habían complacido tanto que esperaba el día del juicio, para mostrar aquellos presentes a todo el universo.

San Juan Crisóstomo nos dice: "Hijo mío, da un mendrugo de pan a tu hermano pobre, y recibirás el paraíso; da un poco, y recibirás mucho; da los bienes perecederos, y recibirás los bienes eternos. Por los presentes que hicieres a Jesucristo en la persona de los pobres, recibirás una recompensa eterna; da un poco de tierra, y recibirás el cielo". San Ambrosio nos dice que la limosna es casi un segundo bautismo y un sacrificio de propiciación que aplaca la cólera de Dios y nos ayuda a hallar gracia delante de El. Sí, y es tan cierto esto, que cuando damos algo, es al mismo Dios a quien lo damos.

Sé muy bien, que el hombre de corazón duro es avaro e insensible a las miserias del prójimo; hallará mil excusas para no tener que dar limosna. Así, algunos de vosotros me diréis: "Hay pobres que son buenos, pero hay otros que no valen nada: unos gastan en las tabernas lo que se les da; otros lo disipan en el juego o en glotonerías". Esto es muy cierto, muy pocos son los pobres que emplean bien los dones que reciben de manos de los ricos, lo cual demuestra que son muy pocos los pobres buenos. Unos murmuran de su pobreza, cuando no se les da tanto como ellos quisieran; otros envidian a los ricos, hasta los maldicen, y les desean que Dios les haga perder sus riquezas, a fin, dicen ellos, de que aprendan lo que es la miseria.

Convengamos en que todo esto está muy mal; tales gentes son precisamente lo que se llaman malos pobres. Pero a todo esto solo he de contestar con una palabra: y es que esos pobres a quienes recrimináis porque malgastan las limosnas, porque no se portan bien, porque sufren una pobreza buscada, no os piden la limosna en nombre propio, sino en el de Jesucristo. Que sean buenos o malos, poco importa, ya que es al mismo Jesucristo a quien entregáis vuestra limosna, según acabamos de ver en lo que hemos dicho anteriormente. Es, pues, el mismo Jesucristo quien os recompensará.

Pero, me diréis, éste es un mal hablado, un vengativo, un ingrato. - Mas, amigo mío, esto no te afecta a ti: ¿tienes con qué dar limosna en nombre de Jesucristo, con la mira de agradar a Jesucristo, de satisfacer por tus pecados? Deja a un lado todo lo demás; tienes que entendértelas con Dios; queda tranquilo; tus limosnas no se perderán, aunque vayan a parar en los malos pobres que tanto desprecias. Además, amigo mío, aquel pobre que te escandalizó, que aun no hace ocho días sorprendiste abusando del vino o metido en cualquier otro desorden, ¿quién te dice que a estas horas no esté ya convertido, y sea ya agradable a Dios? ¿Quieres saber, amigo mío, por qué hallas tantos pretextos para eximirte de la limosna? Escucha lo que voy a decirte, que en ello habrás de reconocer la verdad, si no en estos momentos, a lo menos a la hora de la muerte: es que la avaricia ha echado raíces en tu corazón; arranca esa maldita planta, y hallarás gusto en dar limosna; quedarás contento al hacerla, cifrarás en ello tu alegría. - Ahí, dirás, cuando me hace falta algo, nadie me da nada- ¿Nadie te da nada? ¡Ah! amigo mío, ¿de quién procede todo cuanto tienes? No viene de la mano de Dios que te lo dio, con preferencia a tantos otros que son pobres y no tan pecadores como tú? Piensa, pues, en Dios, amigo mío. Si quieres dar algo con creces, dalo; de este modo te cabrá la dicha de satisfacer por tus pecados haciendo Bien al prójimo.

¿Sabéis, por qué nunca tenemos algo para dar a los pobres, y por qué nunca estamos satisfechos con lo que poseemos? No tenéis con qué hacer limosna, pero bien tenéis con qué comprar tierras; siempre estáis temiendo que la tierra os falte. ¡Ah! amigo mío, deja llegar el día en que tengas tres o cuatro pies de tierra sobre tu cabeza, entonces podrás quedar satisfecho. No es verdad, padre de familia, que no tienes con qué dar limosna, pero ¿lo posees abundante para comprar fincas? Di mejor, que poco te importa salvarte o condenarte, con tal de satisfacer tu avaricia. Te gusta aumentar tus caudales, porque los ricos son honrados y respetados, mientras que a los pobres se les desprecia. ¿No es verdad, madre de familia, que no tienes nada para dar a los pobres, pero es porque has de comprar objetos de vanidad para tus hijas, has de comprarles pañuelos con encajes, han de llevar bien adornado el cuello y el pecho, has de regalarles pendientes, cadenas, una gargantilla? - ¡Ah! me dirás, aunque les haga llevar todo esto, que es necesario, no pido nada a nadie; no puede Ud. enojarse por ello - Madre de familia, yo te digo ahora esto porque viene a tono, para que en el día del juicio tengas bien presente que te lo advertí: no pides nada a nadie, es verdad; mas debo decirte que no resultas menos culpable, tan culpable como si, yendo de camino, hallases a un pobre y le quitases el poco dinero que lleva. - ¡Ah! me diréis, si gasto este dinero para mis hijos, sé muy bien lo que me cuesta - Mas yo te diré también, aunque no me hagas caso, que a los ojos de Dios eres culpable, y esto es suficiente para perderte.-Me preguntarás: ¿Por qué razón?-Amigo mío, porque tus bienes no son más que un depósito que Dios ha puesto en tus manos; fuera de lo necesario para tu sustento y el de tu familia, lo demás es de los pobres. ¡Cuántos hay que tienen atesorada gran cantidad de dinero, al paso que tantos pobres mueren de hambre! ¡Cuántos otros poseen gran abundancia de vestidos, mientras muchos pobres padecen frío!

¿Es que, amigo mío, no estás en condiciones, no tienes con qué hacer limosna, puesto que solo dispones de tu salario? Si quisieras, tendrías fácilmente algo que dar a los pobres; bien tienes para llevar tus hijas a la condenación, bien tienes con qué ir al café, a la taberna, al baile - Me dirás, empero: Nosotros somos pobres; apenas tenemos lo necesario para vivir. - Amigo mío, si el día de la fiesta mayor no gastases tan superfluamente, algo te quedaría para los pobres. ¡Cuántas veces habrás ido a Villafranca, o a otras partes solamente para recrearte sin tener nada que hacer allí, ¡Ay hermanos! Si los santos hubieran sido como nosotros, tampoco habrían hallado con qué dar limosna. Pero ellos sabían muy bien cuán necesaria les era para su santificación.

La caridad no se practica solo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso.

No obstante, en honor de la verdad, hay que reconocer que sentís generalmente inclinación a socorrer a los desgraciados, y os compadecéis de sus miserias. Mas veo también como son contados los que dan la limosna en forma adecuada para hacerse acreedores a una espiritual recompensa, según vais a ver: unos lo hacen a fin de ser tenidos por personas de bien; otros, por sentimentalismo, porque se sienten conmovidos ante las miserias ajenas; otros, para que se los aprecie, se les diga que son buenos y sea alabada su manera de vivir; tal vez hasta algunos para que se les pague con algún servicio, o en espera de algún favor. Pues bien, todos esos que, al dar limosnas, tienen únicamente tales miras, carecen de las cualidades necesarias para hacer que la caridad sea meritoria. Hay quienes tienen sus pobres predilectos a los cuales les darían cuanto poseen; mas para los otros muestran un corazón cruel. Portarse así, no es más que obrar como los gentiles, los cuales, a pesar de todas sus buenas obras, no lograrán su salvación.

Mas, pensaréis vosotros, ¿cómo debe hacerse la limosna para que sea meritoria? Atended bien, en dos palabras voy a decíroslo: en todo el bien que hacemos a nuestro prójimo, hemos de tener como objetivo el agradar a Dios y salvar nuestra alma. Cuando vuestras limosnas no vayan acompañadas de estas dos intenciones, la buena obra resultará perdida para el cielo. Esta es la causa por qué serán tan escasas las buenas obras que nos acompañen en el tribunal de Dios, pues las realizamos de una manera tan humana. Nos complace que se nos agradezcan, que se hable de ellas, que se nos devuelvan con algún favor, y hasta nos gusta hablar de nuestras buenas acciones para manifestar quo somos caritativos. Tenemos nuestras preferencias; a unos les damos sin medida, mas a otros nos negamos a darles nada, antes bien los despreciamos.

Cuando no queramos o no podamos socorrer a los indigentes, cuidemos, de no despreciarlos, pues es al mismo Jesucristo a quien despreciamos. Lo poco que damos, démoslo de corazón, con la mira de agradar a Dios y de satisfacer por nuestros pecados. El que tiene verdadera caridad no guarda preferencias de ninguna clase, lo mismo favorece a sus amigos que a sus enemigos, con igual diligencia y alegría da a unos que a otros. Si alguna preferencia hubiésemos de tenor, sería para con los quo nos han dado algún disgusto. Esto es lo que hacía San Francisco de Sales. Algunos, cuando han favorecido a alguien, si los favorecidos les causan después algún disgusto, en seguida les echan en cara los servicios que les prestaron. Con esto os engañáis, ya que así perdéis toda recompensa.

¿No sabéis que aquella persona os ha implorado caridad en nombre de Jesucristo, y que vosotros la habéis socorrido para agradar a Dios y satisfacer por vuestros pecados? El pobre no es más que un instrumento del cual Dios se sirve para impulsaros a obrar Bien. Ved todavía otro lazo que el demonio os tenderá con frecuencia, y con el cual sorprende a muchas almas: consiste en representar nuestras buenas acciones ante nuestra mente, para que nos gocemos en ellas, y así, de este modo, hacernos perder la recompensa a que nos hicimos acreedores. Así pues, cuando el demonio nos pone delante tales consideraciones, hemos de apartarlas presto como un mal pensamiento.

¿Qué debemos sacar de todo esto? Vedlo: que la limosna es de gran mérito a los ojos de Dios, y tan poderosa para atraer sobre nosotros sus misericordias, que parece cómo si asegurase nuestra salvación. Mientras estamos en este mundo, es precise, hacer cuantas limosnas podamos; siempre seremos bastante ricos, si tenemos la dicha de agradar a Dios y salvar nuestra alma; mas es necesario pacer la limosna con la más pura intención, esto es: todo por Dios, nada por el mundo. Cuán felices seríamos si todas las limosnas que habremos hecho durante nuestra vida nos acompañasen delante del tribunal de Dios para ayudarnos a ganar el cielo. Esta es la dicha que os deseo.
(San Juan María Vianney, Sermones escogidos (Tomo I), Ed. Apostolado Mariano, Sevilla, pg. 258; 262-268; 275-280)

 

Volver Arriba

 

Aplicación: Raniero Cantalamesa - Llegó una pobre viuda



Allá arriba ya no habrá rivalidad en el amor o celos. Estas cosas no pertenecen al amor verdadero, sino a la limitación intrínseca de la criatura


Un día, estando frente al arca del tesoro del templo, Jesús observa a los que allí echan limosnas. Se fija en una viuda pobre que deposita allí todo cuanto tiene: dos moneditas, o sea, la cuarta parte de un as. Entonces, se vuelve a sus discípulos y dice: «Os digo en verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

Podemos llamar a este domingo el «domingo de las viudas». También en la primera lectura se relata a historia de una viuda: la viuda de Sarepta que se priva de todo cuanto tiene (un puñado de harina y algo de aceite) para dar de comer al profeta Elías.

Es una buena ocasión para dedicar nuestra atención a las viudas y, naturalmente, también a los viudos de hoy. Si la Biblia habla con tanta frecuencia de las viudas y jamás de los viudos es porque en la sociedad antigua la mujer que se quedaba sola está en mucha mayor desventaja que el hombre que se queda solo. Actualmente no existe gran diferencia entre ambos; es más, dicen que la mujer que se queda sola se las arregla, en general, mejor que el hombre en la misma situación.

Desearía, en esta ocasión, aludir a un tema que interesa vitalmente no sólo a los viudos y viudas, sino a todos los casados, y que es particularmente actual en este mes de difuntos. La muerte del cónyuge, que marca el final legal de un matrimonio, ¿indica también el final total de toda comunión? ¿Queda algo en el cielo del vínculo que unió tan estrechamente a dos personas en la tierra, o en cambio todo se olvidará al cruzar el umbral de la vida eterna?

Un día algunos saduceos presentaron a Jesús el caso límite de una mujer que había sido sucesivamente esposa de siete hermanos, y le preguntaron de quién sería mujer tras la resurrección de los muertos. Jesús respondió: «Cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas maridos, sino que serán como ángeles en los cielos» (Marcos 12, 25). Interpretando de manera errónea esta frase de Cristo, algunos han sostenido que el matrimonio no tiene ninguna continuidad en el cielo. Pero con esta frase Jesús rechaza la idea caricaturesca que los saduceos presentan del más allá, como si fuera una sencilla continuación de las relaciones terrenas entre los cónyuges; no excluye que ellos puedan reencontrar, en Dios, el vínculo que les unió en la tierra.

De acuerdo con esta perspectiva, el matrimonio no termina del todo con la muerte, sino que es transfigurado, espiritualizado, sustraído a todos aquellos límites que marcan la vida en la tierra, como, por lo demás, no se olvidan los vínculos existentes entre padres e hijos, o entre amigos. En un prefacio de difuntos, la liturgia proclama: «La vida no termina, sino que se transforma». También el matrimonio, que es parte de la vida, es transfigurado, no suprimido.

Pero ¿qué decir a quienes tuvieron una experiencia negativa, de incomprensión y de sufrimiento, en el matrimonio terreno? ¿No es para ellos motivo de temor, en vez de consuelo, la idea de que el vínculo no se rompa ni con la muerte? No, porque en el paso del tiempo a la eternidad el bien permanece, el mal cae. El amor que les unió, tal vez hasta por poco tiempo, permanece; los defectos, las incomprensiones, los sufrimientos que se infligieron recíprocamente caen. Es más, este sufrimiento, aceptado con fe, se convertirá en gloria. Muchísimos cónyuges experimentarán sólo cuando se reúnan «en Dios» el amor verdadero entre sí y, con él, el gozo y la plenitud de la unión que no disfrutaron en la tierra. En Dios todo se entenderá, todo se excusará, todo se perdonará.

Se dirá: ¿y los que estuvieron legítimamente casados con varias personas? ¿Por ejemplo los viudos y las viudas que se vuelven a casar? (Fue el caso presentado a Jesús de los siete hermanos que habían tenido, sucesivamente, por esposa a la misma mujer). También para ellos debemos repetir lo mismo: lo que hubo de amor y donación auténtica con cada uno de los esposos o de las esposas que se tuvieron, siendo objetivamente un «bien» y viniendo de Dios, no se suprimirá. Allá arriba ya no habrá rivalidad en el amor o celos. Estas cosas no pertenecen al amor verdadero, sino a la limitación intrínseca de la criatura.
(R. P. Raniero Cantalamessa)

 

Volver Arriba



Ejemplos Predicables

Un rico banquero que sólo poseía 4,000 marcos

El futuro Papa Pío X

Sólo tres preguntas

Pues no somos ni mejores ni peores

Moriréis tal como vivisteis

Darlo todo


Un rico banquero que sólo poseía 4,000 marcos
El Rey de Prusia, Federico Guillermo IV (1840-1861), preguntó cierta vez al jefe de una gran casa de banca: "Dígame usted en confianza, ¿a cuánto asciende su fortuna?" Aquel hombre tan rico respondió: "Majestad, hablando con el corazón en la mano, no poseo más que 4.000 marcos". "Me estáis burlando, caballero, repuso el Rey, 4.000 marcos los vale ya el caballo que tira de vuestro coche, ¿y vuestras casas y haciendas, que todos conocemos?" A lo que contestó el banquero: "No olvidéis, Majestad, que todo cuanto poseo puedo perderlo en una noche. Pero cuatro mil marcos que di a beneficio de los enfermos de un hospital, esto es lo único que no puedo perder. Es mi única riqueza estable." El parecer de este banquero era exactísimo. Los bienes terrenos no hacen al hombre más rico, son sus buenas obras las que le enriquecerán por toda la Eternidad. Como ya nos dijo Jesucristo (Mateo, 6, 20), sólo los actos virtuosos son tesoros inmutables, y contra ellos nada podrán las polillas, ni el moho, ni las trazas y mañas de los ladrones.
(Dr. Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos (tomo III), Ed Políglota, Barcelona, 1931, pg. 92)

 
El futuro Papa Pío X
Presentóse un día a las puertas del Seminario de Padua un niño de familia pobre. Modestamente vestido y con la timidez del que solicita un favor, entregó al Rector una carta de recomendación firmada por el Cura de la parroquia.

- Señor, balbuceó con embarazo el niño, dicen que tengo vocación sacerdotal, pero soy muy pobre... no tengo como educarme; por eso vengo aquí para que Vd. vea lo que se puede hacer conmigo. El Rector, cuyo seminario pasaba por muy duras estrecheces, con dolor bubo de decirle:

- Mira hijo, por ahora no se puede... vuelve más tarde...tal vez entonces... en fin veremos.

Pero llegado el hecho a noticia de una caritativa señora, se ofreció gustosa, aun con notable sacrificio, a costear la educación de ese niño, que era aquel día el modestísimo José Sarto y que más tarde fue el santo Pío X muerto en 1914 después de once años de glorioso pontificado.
A esto se llama en verdad cooperar a la gloria de Dios.

Piense el rico que no es el dueño, sino el guardador y administrador de lo que atesoró

Tres preguntas
Llegó cierta vez un pobre viajero al palacio de un Príncipe y rogó a éste que le diese cobijo por aquella noche. Y el Príncipe, que por azar cruzaba el umbral de la puerta, exclamó, oyendo las razones del caminante: "¡Válgame Dios, que no es esta casa una hospedería!". Respondióle impasible el forastero: "Si me dais licencia de que os haga tres preguntas, proseguiré mi camino sin importunaros lo menos del mundo": "Vengan acá las preguntas y terminemos pronto el negocio", contestó el Príncipe. "¿Quién moró antes que vos en este palacio?", fueron las palabras del viajero: "mi padre", respondía el Príncipe. "¿y antes de vuestro Padre?"; "mi abuelo", contestóle el noble Señor. "¿y después de vos, quien habitará en él?"; el Príncipe guardó silencio.

El viajero proseguía: "cada uno vive aquí un poco de tiempo, y al cabo de unos años deja el sitio para que otro que le va a la zaga; no sois en vuestro palacio más que unos huéspedes, conforme vais entrando y saliendo de él con presteza. Cosa poco discreta y harto vana es gozarse en adornarlo y aderezarlo, tan a fuerza de dinero, si tenéis que dejarlo un día no muy lejano. Más os valdría dar tanta riqueza a los pobres, vuestros hermanos, y andar con ánimo humilde y compasivo, que sería ésta manera de adornar y aderezar un pulido y luciente castillo donde moraréis toda la Eternidad". Estas palabras ablandaron el corazón de aquel Príncipe y regaló muy ricamente al peregrino en el palacio y colmóle de presentes. Desde aquel instante fue aquel noble señor muy hombre de bien y amigo de socorrer a los menesterosos. En este mundo, el hombre es tan sólo el administrador y usufructuario de los bienes terrenos.


Pues no somos ni mejores ni peores
Un rico y poderoso director de prósperas industrias, muy compasivo y liberal, paseaba una vez con sus hijos, muchachos de corta edad a quienes había recogido en la escuela. Acertó a pasar por el mismo camino que ellos iban, un rapazuelo roto y astroso, con un cesto casi desfondado en una mano, y que no quitaba ojo del suelo avizorando los trozos de carbón que, caídos de los carros que por allí pasaron, escombraban el pavimento de tanto en tanto. Así que distinguía un trozo, lo guardaba con presteza en el cesto. Como en aquella hora del anochecer era muy vivo el frío, dijo el bueno del rico pobrete: "se te deben helar los dedos, infeliz, según los tienes de fríos", cogiéndole la mano y calentándola entre las suyas. El muchacho respondíale: "estoy aterido. Pero más lo están mi madre y mis hermanitos en nuestra casa, que ni cristales tiene. Para que puedan calentarse, ando recogiendo los trozos de carbón que a lo mejor caen de los carros". El fabricante quiso saber dónde vivía, y se dirigió, acompañado de sus hijos, a la casa del pobre; consoló con muy buenas palabras a la desamparada viuda, y sin andar escaso en donativos que aliviasen tanta tribulación, le dijo emplearía toda su diligencia en procurarle el auxilio de las asociaciones de San Vicente de Paúl.
Saliendo ya de la casa, observaban los muchachos al padre: "Padre, estas gentes no se nos parecen en nada". Y el padre les respondió: "pues no somos ni mejores ni peores, la diferencia estriba tan solo en las haciendas. Es por lo que debemos estar tan sobremanera agradecidos a Dios, y de puro reconocidos no abandonar a los menesterosos en su acosadora necesidad". No es la riqueza que nos hará mejores, sino el buen uso que hagamos de ella.
(Spirago, Francisco, Catecismo en ejemplos, tomo II, Ed. Políglota, Barcelona, 363)



La generosidad será recompensada por Dios

Cierta vez celebraba Napoleón I una gran parada militar. Ente los soldados que iban desfilando se percató el Emperador de uno cuyo rostro le era familiar. Napoleón quiso saber en qué batallas se había encontrado aquel valiente, ya anciano (se llamaba Noel). Mandó parar aquella compañía y que el veterano fuese llamado. Ya en esto, le fue preguntado en cuantas batallas tomara parte y decía: "¿Estuviste en Wagram, en Marengo, en Austerlitz, en Jena? A cada hombre respondía el soldado: "allí estuve". Como a pesar de haber luchado en tantas batallas aquel hombre no era más que soldado raso, Napoleón le nombró capitán y le colgó sobre el pecho el distintivo de la Legión de Honor. La alegría del viejo soldado no es para describirla.
De manera semejante procederá el Padre Eterno el día de la gran parada del Juicio Final. Aquellos que aliviaron las necesidades de sus semejantes, los que estuvieron en todas las batallas de la generosidad y del noble desprendimiento (juntas de beneficencia, instituciones de caridad, etc.) serán distinguidos por el Juez Supremo de manera especialísima.


Moriréis tal como vivisteis
El avaro es codicioso hasta la hora de la muerte. Un hombre muy tacaño se estaba muriendo. Sus deudos enviaron a buscar a un sacerdote. Llegó el buen religioso y dióse toda la pena que una pueda imaginar para convertir el hombre moribundo, pero todo fue en vano. Le habló de la infinita de la infinita misericordia de Dios, de la muerte de Jesucristo en la cruz, del Juicio Final, del Cielo, del Infierno, pero el avaro no se conmovía. Al fin le dio a besar un crucifijo de plata. Los ojos del moribundo se encendieron de nuevo y una animación especial se reflejó en toda su cara. El sacerdote comenzaba a creer que sus afanes iban a ser coronados por un éxito lisonjero; hubo unos instantes de silencio, y luego se oyó que el moribundo decía: "Padre, ¿qué cuesta ese crucifijo?" Aquí se ve claramente la verdad de aquella sentencia: "Moriréis tal como vivisteis".
(Spirago, Francisco, Catecismo en ejemplos, tomo III, Ed. Políglota, Barcelona, 244)


Darlo todo
En una tempestad furiosa, un barco está yéndose a pique. Un pasajero, viendo que con el barco se va a ir al fondo del mar todas sus riquezas, procura agarrar cuanto puede, se ciñe cinturones y bolsas alrededor del cuerpo llenas de dinero. Otro pasajero le dice:
- "Lo pagarás caro; con ese peso te irás al fondo".
- "Soy buen nadador – le responde- ya me las arreglaré yo para no perder tanta riqueza".
El otro en cambio se despoja de todo, de dinero, de ropas, hasta de los zapatos.
El barco se hunde. El pasajero cargado de dinero se hunde también, y de nada le sirve saber nadar. El otro en cambio, libre de todo, lucha con las olas, nada vigoroso, al fin se agarra a una tabla y se salva del naufragio.
Eso es lo que pasa, mis hermanos, con los ricos poseedores de riquezas, cuando llega el momento de la última tempestad. Hay algunos que quieren salvarse con sus riquezas, y como pesan mucho se hunden. Hay otros que saben a su tiempo desprenderse de ellas para dárselas a los pobres en caridad, y éstos son los que se salvan del naufragio y llegan a puerto.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 635)

 


(cortesia: iveargentina.org et alii)

Volver Arriba



[_Principal_]     [_Aborto_]     [_Adopte_a_un_Seminarista_]     [_La Biblia_]     [_Biblioteca_]    [_Blog siempre actual_]     [_Castidad_]     [_Catequesis_]     [_Consultas_]     [_De Regreso_a_Casa_]     [_Domingos_]      [_Espiritualidad_]     [_Flash videos_]    [_Filosofía_]     [_Gráficos_Fotos_]      [_Canto Gregoriano_]     [_Homosexuales_]     [_Humor_]     [_Intercesión_]     [_Islam_]     [_Jóvenes_]     [_Lecturas _Domingos_Fiestas_]     [_Lecturas_Semanales_Tiempo_Ordinario_]     [_Lecturas_Semanales_Adv_Cuar_Pascua_]     [_Mapa_]     [_Liturgia_]     [_María nuestra Madre_]     [_Matrimonio_y_Familia_]     [_La_Santa_Misa_]     [_La_Misa_en_62_historietas_]     [_Misión_Evangelización_]     [_MSC_Misioneros del Sagrado Corazón_]     [_Neocatecumenado_]     [_Novedades_en_nuestro_Sitio_]     [_Persecuciones_]     [_Pornografía_]     [_Reparos_]    [_Gritos de PowerPoint_]     [_Sacerdocip_]     [_Los Santos de Dios_]     [_Las Sectas_]     [_Teología_]     [_Testimonios_]     [_TV_y_Medios_de_Comunicación_]     [_Textos_]     [_Vida_Religiosa_]     [_Vocación_cristiana_]     [_Videos_]     [_Glaube_deutsch_]      [_Ayúdenos_a_los_MSC_]      [_Faith_English_]     [_Utilidades_]