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Domingo 5 del Tiempo Ordinario C - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Los primeros discípulos - (Lc 5, 1-11)

Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - La primera pesca milagrosa (Lc 5, 1-11)

Comentario Teológico: P. Raniero Cantalamessa OFMCap - Pescadores de hombres

Santos Padres: San Jerónimo - “Dejando al instante las redes…”

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El seguimiento de Cristo

Aplicación: Joseph Ratzinger - Reflejos de la imagen sacerdotal en los relatos de vocaciones de Lc. 5, 1-11 y Jn 1, 35–42

Aplicación: R.P. Carlos M. Buela, I.V.E. - Mar adentro ¡Duc in altum!

Aplicación: San Alberto Hurtado - ¿Sabes lo que es el sacerdocio?

Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Navega mar adentro

Ejemplos Predicables

 

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - Los primeros discípulos - (Lc 5, 1-11)

1 Sucedió, pues, que mientras él estaba de pie junto al lago de Genesaret, el pueblo se fue agolpando en torno a él, para oír la palabra de Dios. 2 En esto vio dos barcas atracadas a la orilla del lago; pues los pescadores habían salido de ellas y estaban lavando las redes. 3 Subió a una de estas barcas, que era de Simón, y le rogó que la apartara un poco de la orilla; se sentó y enseñaba a las multitudes desde la barca.

Es por la mañana, junto al lago de Genesaret. Jesús está de pie en la orilla y anuncia la palabra de Dios. El pueblo se agolpa en su derredor, lo asedia. Entonces sube a una barca de las que estaban atracadas allí, se sienta en la barca como maestro y enseña a las masas del pueblo que escuchaban desde la orilla. La palabra de Dios atrae a los hombres, y los atrae en grandes masas.

La barca a que sube Jesús era de Simón. Jesús lo había conocido ya, había estado en su casa, había curado a su suegra y había sido su huésped. Ahora aprovecha sus servicios, para sí y para el pueblo. También Simón conoce a Jesús, su poder de curar y el poder de su palabra. El que se adhiera a Jesús tan pronto como se siente llamado por él, es algo que ha sido bien preparado y resulta comprensible. La palabra poderosa de Dios se posesiona del hombre humanamente.


4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Navega mar adentro y echad vuestras redes para pescar. 5 Y respondió Simón: Maestro, toda la noche hemos estado bregando, pero no hemos pescado nada; sin embargo, en virtud de tu palabra, echaré las redes. 6 Lo hicieron así, y recogieron tan grande cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos; acudieron y llenaron tanto las dos harcas, que casi se hundían.

Jesús dirige una palabra imperiosa a Simón. La orden lo destaca de las muchedumbres del pueblo incluso de los que están con él en la barca. Le da la preferencia y lo distingue entre todos. Las largas redes (de 400 a 500 metros) formadas por un sistema de tres redes, han de arrojarse al lago, allí donde hay profundidad. Para ello hacen falta por lo menos cuatro hombres. La orden representa una prueba para la fe de Pedro. Según cálculos humanos basados en una larga experiencia de los pescadores, es inútil echar ahora las redes. (Si no se ha capturado nada durante la noche, que es el tiempo de la pesca, ahora -por la mañana- se pescará mucho menos. La elección y la vocación exigen fe, aunque no se comprenda, exigen «esperanza contra toda esperanza» (Rom 4:18). Así creyó y esperó María, así también Abraham (Rom 4:18-21; Gen 15:5).

Simón reconoce que la palabra de Jesús ordena con autoridad y que es capaz de realizar lo que no se puede lograr con fuerzas humanas. Maestro, en virtud de tu palabra... La interpelación «Maestro» es característica del Evangelio de Lucas. Con ella se reproduce el título de doctor o de rabí. Con ello quería evidentemente indicar Lucas que Jesús enseña con autoridad y con fuerza imperativa.

La fe en la palabra imperiosa del Maestro no se ve frustrada. Las redes estaban a punto de romperse debido al peso de los peces. Como Pedro no exige ningún signo, recibe el signo que se amolda a su vida, a su inteligencia y a su vocación. Dios procede con él como con María. Así procede Dios con su pueblo. La salvación exige fe, pero Dios apoya la fe con sus signos.


8 Cuando Simón Pedro lo vio, se echó a los pies de Jesús, diciéndole: Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador. 9 Es que un enorme estupor se había apoderado de él y de los que con él estaban, ante la redada de peces que habían pescado. 10a Igualmente les sucedió a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban asociados con Simón.

Simón ve en Jesús una manifestación (epifanía) de Dios.1 Ha visto y vivido el milagro, el poder divino que actúa en Jesús. La manifestación de Dios suscita en él la conciencia de su condición de pecador, de su indignidad, el temor del Dios completamente otro, del Dios santo. La manifestación del Dios santo a Isaías remata en esta confesión del profeta: «¡Ay de mí, perdido soy!, pues siendo hombre de impuros labios..., he visto con mis ojos al Rey, Yahveh Sebaot» (Isa 6:5). La admiración por Jesús atrae a Simón hacia él, la conciencia de su pecado le aleja de él. En la palabra «Señor» expresa la grandeza de aquel al que ha reconocido en su milagro.

Lucas no emplea ya sólo el nombre de Simón, sino que añade también el de Pedro. Simón Pedro: Simón, la roca. En esta hora en que Simón opta por creer en la palabra de Jesús, se sientan las bases para la promesa futura: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», como también para la vocación de Pedro, de fortalecer a los hermanos: «Tú, en cambio, confirma a tus hermanos» (22,32), y para la transmisi6n del cargo pastoral (Jua 21:15 ss). Con la fe se prepara Pedro para ser roca.

El estupor y sobrecogimiento por la pesca inesperada se había apoderado no sólo de Pedro, sino también de los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Lucas se fija sólo en estos tres, aunque seguramente había también un cuarto para manejar la red. Simón, Santiago y Juan son los tres apóstoles preferidos, los testigos de las íntimas revelaciones de Jesús, de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración y de la agonía en el huerto de los Olivos. Santiago y Juan estaban ya unidos con Simón en el oficio de la pesca, eran sus asociados y colegas. Sobre la vieja comunidad edifica Jesús una nueva.


10b Pero Jesús dijo a Simón: No tengas miedo. Desde ahora serás pescador de hombres. 11 Y cuando atracaron las barcas a la orilla, dejándolo todo, le siguieron.

Jesús quita el temor a Pedro y le da su encargo. Lo mismo sucedió cuando el ángel transmitió a María el encargo de Dios. El temor reverencial del Dios santo es fundamento de la vocación, en la que Dios quiere mostrarse el Santo y el Grande.

Así como Pedro hasta ahora había cogido en la red peces del lago, en adelante pescará hombres para el reino de Dios. Los encerrará como con una llave. ¿Se insinúan aquí las palabras acerca de la llave del reino de los cielos, que un día recibirá Pedro? La palabra promete, llama y va acompañada de poderes.

El llamamiento de Jesús obra con autoridad. Jesús llama a los que quiere y los constituye en lo que él quiere. Así procedió Dios también con los profetas. Simón, juntamente con Santiago y Juan arrastraron las barcas a la orilla y abandonaron el oficio de pescador, lo dejaron todo: barca, redes, padre, casa. La vida comienza a adquirir nuevo contenido. Siguieron a Jesús como discípulos, como los discípulos de los rabinos seguían a su maestro para apropiarse su palabra, su doctrina y su forma de vida. Lo que desde ahora llena su vida es Jesús, el reino de Dios, la pesca de hombres. Simón vivió en Jesús la epifanía de Dios, se reconoció pecador y recibió la vocación para la obra salvadora. El tiempo de salvación ha comenzado: conocimiento de la salvación mediante el perdón de los pecados (Hec 1:77). La soberanía de Dios se revela en la acogida de los pecadores.

El comienzo de la actividad en Galilea está consagrado a Simón Pedro. Jesús se ha visto repudiado por la ciudad de sus padres, pero en los límites de la tierra de Galilea lo acoge Pedro y se le adhiere. La expulsión del demonio en la sinagoga, la curación de la suegra, los numerosos milagros al atardecer delante de su casa tienen remate y coronamiento en la pesca milagrosa. Los lugares de su vida pasada, en los que había orado, había vivido con su familia, había trabajado, son ahora, mediante los hechos salvíficos de Dios, liberados de su miseria, de la influencia del diablo, de la enfermedad y de la pena, del fracaso. Ahora se ve Pedro segregado de todo lo anterior y en adelante será pescador de hombres para el reino de Dios, al servicio de Jesús y de su palabra poderosa.
(STÖGER, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

(1) En la epifanía se hace Dios de repente visible o audible en el mundo, de modo que la persona que la experimenta puede responderle. De los materiales de tradición que utiliza Lucas para su Evangelio y para los Hechos elige descripciones de epifanías (por ejemplo: Luc 3:21 ss; Hec 5:19; Hec 12:17), porque sus destinatarios procedentes de Ia gentilidad eran especialmente sensibles a éstas.



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Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - La primera pesca milagrosa (Lc 5, 1-11)


La Pesca Milagrosa es un milagro repetido, lo mismo que la Multiplicación de los Panes y la Echada de los Mercaderes del Templo. Cuando Cristo repita el mismo gesto, eso tiene misterio; y la segunda vez no significa lo mismo que la primera; porque de no, bastaba la primera. Este milagro significa el poder de Dios sobre los animales irracionales... y los racionales.

La Primera Pesca Milagrosa está junto con la Segunda Llamada de los Apóstoles (la llamada a ser Apóstoles y no ya meros creyentes) y la segunda “ricapesca” –como traduce Lutero– está después de la Resurrección en la penúltima –y no en la última, como dice Lagrange– ­aparición de Jesús: la última, antes de la Ascensión; junto con la confirmación de Pedro, pecador contrito, como jefe de la Iglesia: “Apacienta mis ovejas”.

Los milagros de Cristo tuvieron por fin mostrar Su poder, que es el poder de Dios: son la confirmación divina de lo que Él enseñó. Cristo mostró su poder sobre las cosas inanimadas caminó sobre las aguas), sobre los productos del hombre (multiplicó el pan y el vino), sobre las plantas (secó la higuera maldita), sobre los animales (en este caso) y también sobre el cuerpo humano (curó enfermos), sobre los demonios (los exorcizó y dominó) y sobre la Muerte, el gran conquistador del género humano, como la llamó el poeta Schiller, “der Erobner”, resucitando tres muertos y resucitando El mismo. Pero ninguno de estos poderes podían hacer impresión tan inmediata sobre los Apóstoles, pescadores de profesión, como su poder sobre los peces: bicho que no tiene rey. Así, por ejemplo, usted puede ser el matemático, literato o filósofo más grande del mundo y su mujer de usted no se asombrará; pero si un día llega a mostrarle que sabe más que ella de cocina, se quedará impresionadísima. Y así Simón Pedro hijo de Juan se impresionó como nunca en su vida y sintió el pavor de la divinidad delante de Él: que eso significa claramente su extraño grito: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!”. Bueno, si era pecador, tenía que decir lo contrario: “¡Acércate a mí, Señor, salud de los pecadores!”, comenta Maldonado con bastante simpleza. No se trataba allí de devoterías, y San Pedro no era una beata. “No temas: desde hoy yo te haré ser pescador de hombres.”

Hay un sentimiento profundo y primordial en el ser humano, consistente en que, delante de lo infinito –es decir, de lo divino– el hombre se queda chuto. Los que han estado en una tempestad en el mar o en la cumbre de una alta montaña lo conocen; y muchos otros, además. Es el sentimiento que los ingleses llaman awe y que no tiene nombre en castellano: la palabra reverencia, que en latín equivale a awe y significa temer el doble (revereor) se ha gastado y no significa más temor al doble. Eso lo llaman hoy sentimiento de inferioridad, de indigencia o de anonadamiento; y constituye el fondo del sentimiento religioso, oh Maldonado ¿Es posible que nunca lo hayas sentido, oh ratón de biblioteca? Es lo que sintió San Pedro; sintió una sublimidad, una infinitud delante de Él; y se espantó. Y era para espantarse, porque en seguida Cristo le dijo que lo iba a hacer “pescador de hombres”. “Y enseguida, llevadas las canoas a la ribera, y abandonando allí todo, lo siguieron.” Algún tiempo después tras una noche de oración, bajó Cristo del Monte, se sentó entre ellos, y señalándolos y nombrándolos uno por uno, designó a los Doce. Hoy día todos somos “Apóstoles”, de labios afuera. Ser apóstol es difícil, es tremendo: pide muchas etapas y son pocos los verdaderos.

En la segunda pesca, Pedro no se espantó, Cristo resucitado apareció en un fiordo del Lago, haciéndose el forastero; y les gritó: “Muchachos ¿habéis pescado?”. Era demasiado evidente que no habían pescado nada en toda la noche, y así lo reconocieron bruscamente. Sucedió la otra pesca milagrosa, después de la instrucción del forastero: “Echad a estribor.” San Juan reconoció a Cristo y advirtió a San Pedro: “Es el Señor.” San Pedro, “que estaba desnudo, se puso la túnica y se tiró a nado”, dice la Vulgata latina; por donde se ve que el traductor de la Vulgata, a pesar de ser dálmata, no sabia nadar: no se puede nadar con una túnica. San Pedro estaba en traje de gimnasta –que es la palabra del texto griego: “éen gar gimnós”– es decir, en zaragüelles o shorts, como dicen ahora; y lo que hizo fue ceñírselos fuertemente (“se ciñó”, dice el griego) porque el agua es una gran quitadora de zaragüelles, si uno se descuida. San Pedro, pues, se pasó un cinturón sobre la vestidura sumaria que tenía para el trabajo. En esta ocasión después que comieron juntos, y después de preguntarle solemnemente tres veces si lo amaba más que los otros Cristo le dijo también por tres veces delante de todos: “Pastorea mis ovejas”, y le predijo su martirio.

Este doble milagro significa pues con toda claridad el milagro moral de la Iglesia. Mas la primera pesca representa la Iglesia en este mundo; y la segunda, la Iglesia de la Resurrección, la Iglesia Triunfante. Y así todas las diferencias entre los dos milagros apuntan a ese sentido: en la primera, Cristo no les dice: “Echad a la derecha”, como en la segunda: la derecha siendo la señal de los elegidos en la parábola del Juicio Final; en la primera se rompen las redes y en la segunda no; en la primera llenan los botes con la pesca y en la segunda la arrastran a tierra firme; en la primera Pedro se espanta y en la segunda salta al agua apresuradamente para ir a Cristo; en la primera no se cuentan los peces y en la segunda Cristo les manda contarlos muy cuidadosamente, rechazando los chicos; y el resultado son 153 peces grandes. Finalmente, la primera tiene lugar al comienzo del ministerio eclesiástico de Cristo; y la segunda a la vista de Cristo resucitado. Y Cristo no está más en la barquilla: está en la ribera.

En ningún otro Evangelio los símbolos son tan claros como en éste: la derecha es el lugar de los elegidos, ya lo hemos dicho; el romperse las redes significa las herejías y cismas que acompañan a la Iglesia en este mundo; la tierra firme en contraposición al mar significa siempre en los profetas lo divino con respecto a lo terrenal, la religión contrapuesta al mundo; el contar los peces significa el juicio y la elección; e incluso el número 153 significa algo. De modo que los pescadores de hombres pescarán dos veces: una durante la duración de este mundo y otra al final de él; la primera pesca llenará la barquilla de Pedro, la segunda el convite de la bienaventuranza y eso por virtud de lo Alto y no por virtud humana, porque “sin Mí nada podéis”; las dos pescas son milagrosas. Cristo figuró siempre en sus parábolas la alegría de la vida bienaventurada como un convite; y en afecto, allí al llegar a las márgenes del fiordo (la desembocadura del arroyo Hammán, según se cree) les tenía preparado un almuerzo no por modesto menos alegre; había un pez asado al fuego, pan y miel; y había sobre todo la presencia gloriosa del Maestro amado. Los ciento cincuenta y tres peces grandes resultaron pues un lujo. No dice el Evangelio que los tiraron de nuevo al mar; pero bien puede ser que hayan seguido a Cristo olvidados de todo y “abandonándolo todo”, como la primera vez –yo, conque Dios me dé en el cielo “olvidarlo todo”, me doy por satisfecho. ¡Qué convite de bodas! Dormir es lo que necesito–.

¿Es esto que hemos hecho con estos dos evangelios paralelos una alegoría? No es una alegoría, no es el sentido alegórico que llaman. Es el segundo sentido literal: o sea el sentido religioso, místico o anagógico, como dicen los pedantes. En la Encíclica Divino Afflante Spiritu, S. S. Pío XII recomienda mucho a los exégetas que busquen el sentido literal; y que sobre él, como es obvio, funden todos los demás; y los previene y desanima contra la “alegoría” o “sentido traslaticio”, como allí se llama; de la cual abusaron bastante, conforme al gasto de su época, que no es el nuestro, los exégetas antiguos. Para dar un ejemplo de estos diversos sentidos de la Escritura, legítimos en sí mismos pero subordinados entre sí, sirva este evangelio: en afecto, San Agustín interpretó alegóricamente el número 153; y San Jerónimo en el sentido literal segundo.

¿Quiere decir algo ese número? Ciertamente; porque no de balde Cristo hizo numerar los peces, y el Evangelista lo escribió. ¿Qué quiere decir? San Agustín nota que 153 es igual a la suma de todos los números enteros de uno hasta diecisiete; y el número diecisiete se descompone en diez más siete: diez significa los Preceptos del Decálogo y siete los dones del Espíritu Santo: he aquí juntas la Ley Antigua y la Nueva. Esta alegoría matemática es muy ingeniosa, pero si Cristo hubiera querido dar a entender eso, los Apóstoles se hubiesen quedado en ayunas; y todos los cristianos hasta el siglo IV; y los demás, también.

San Jerónimo, que estaba en Palestina en el mismo tiempo en que San Agustín profería su sermón N° 251 –el más hermoso de sus sermones– descubrió el acertijo quizá por un casual: averiguó que los pescadores palestinenses creían que 153 especies diversas de peces existían y nada más; y parece que esta creencia era general, puesto que Jerónimo cita como autoridad sobre ella a Oppiano de Cilicia, poeta que vivió 180 años después de Cristo. De ese modo, el símbolo era transparente, aun para los Apóstoles; significaba que en el Reino de los Cielos habría hombres de todas las especies –y hay una repetición del mismo símbolo en la visión que tuvo San Pedro en Joppe en el mismo sentido–, judíos y gentiles, orientales y occidentales, chinos y franceses, blancos y mulatos, inocentes y pecadores, empleados públicos y vendedores ambulantes de ojos artificiales; e incluso algún ex ladrón y alguna ex prostituta: excepto solamente los usureros y los politiqueros, gracias a Dios. Ésos, aunque solemos llamarlos pejes, son sapos y culebras en realidad –esto último es sentido alegórico; y no lo inventó San Agustín, sino yo–.

“Los hechos del Verbo también son verbos”, dice San Ambrosio: los milagros de Cristo, además de ser un beneficio a sus receptores son también y muy principalmente un símbolo, una parábola en acción: “uno eodemque sermone, dum narrat gestum, prodit mysterium”, dice Gregorio el Magno. De modo que este doble milagro, al mismo tiempo que significa el poder de Cristo sobre los animales, es también signo de la Iglesia en sus dos estados: Militante y Triunfante; y de la bienaventuranza. ¡Dichoso pues el que sea pescado de esa suerte y sea sacado de las tinieblas a la luz; y de animal salvaje se convierta en manjar sabroso, asado por el fuego de la tribulación, aderezado con la miel de la gracia divina, digno de la mesa de Dios!
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 259-264)

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Comentario Teológico: P. Raniero Cantalamessa OFMCap - Pescadores de hombres

En la Iglesia nadie es sólo pescador, o sólo pastor, y nadie es sólo pez u oveja. Todos somos, a título diverso, una y otra cosa a la vez


La pesca milagrosa era la prueba que hacía falta para convencer a un pescador, como era Simón Pedro. Al llegar a tierra, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!». Pero Jesús le respondió con estas palabras que representan la cima del relato y el motivo por el cual el episodio ha sido recordado: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres».

Jesús se sirvió de dos imágenes para ilustrar la tarea de sus colaboradores. La de pescadores y la de pastores. Las dos imágenes requieren actualmente de explicación, si no queremos que el hombre moderno las encuentre poco respetuosas de su dignidad y las rechace. ¡A nadie le gusta hoy ser «pescado» por alguien, o ser una oveja del rebaño!

La primera observación que hay que hacer es ésta. En la pesca ordinaria, el pescador busca su provecho, no ciertamente el de los peces. Lo mismo el pastor. Él apacienta y custodia el rebaño no por el bien de éste, sino por el suyo, porque el rebaño le proporciona leche, lana y corderos. En el significado evangélico sucede lo contrario: es el pescador el que sirve al pez; es el pastor quien se sacrifica por las ovejas, hasta dar la vida por ellas. Por otro lado, cuando se trata de hombres, ser «pescados» o «recuperados» no es desgracia, sino salvación. Pensemos en las personas a merced de las olas, en alta mar, tras un naufragio, de noche, en el frío; ver una red o una chalupa que se les lanza no es una humillación, sino la suprema de sus aspiraciones. Es así como debemos concebir la tarea de pescadores de hombres: como echar un bote salvavidas a quienes se debaten en el mar, frecuentemente tempestuoso, de la vida.

Pero la dificultad de la que hablaba reaparece bajo otra forma. Supongamos que tenemos necesidad de pastores y de pescadores. ¿Pero por qué algunas personas deben tener el papel de pescadores y otros el de peces, algunos el de pastores y otros el de ovejas y rebaño? La relación entre pescadores y peces, como entre pastores y ovejas, sugiere la idea de desigualdad, de superioridad. A nadie le gusta ser un número en el rebaño y reconocer a un pastor por encima.

Aquí debemos acabar con un prejuicio. En la Iglesia nadie es sólo pescador, o sólo pastor, y nadie es sólo pez u oveja. Todos somos, a título diverso, una y otra cosa a la vez. Cristo es el único que es sólo pescador y sólo pastor. Antes de ser pescador de hombres, Pedro mismo fue pescado y recuperado varias veces. Literalmente repescado cuando, caminando sobre las aguas, tuvo miedo y comenzó a hundirse; fue recuperado sobre todo después de su traición. Tuvo que experimentar qué significa encontrarse como una «oveja perdida» para que aprendiera qué significa ser buen pastor; tuvo que ser repescado del fondo del abismo en el que había caído para que aprendiera qué quiere decir ser pescador de hombres.

Si, a título diverso, todos los bautizados son pescados y pescadores a la vez, entonces aquí se abre un gran campo de acción para los laicos. Los sacerdotes estamos más preparados para hacer de pastores que para hacer de pescadores. Hallamos más fácil alimentar, con la Palabra y los sacramentos, a las personas que vienen espontáneamente a la iglesia, que ir nosotros mismos a buscar a los alejados. Queda por lo tanto en gran parte desasistido el papel de pescadores. Los laicos cristianos, por su inserción más directa en la sociedad, son los colaboradores insustituibles en esta tarea.

Una vez echadas las redes por la palabra de Jesús, Pedro y los que estaban con él en la barca capturaron tal cantidad de peces que las redes se rompían. Entonces, está escrito, «hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos». También hoy el sucesor de Pedro y cuantos están con él en la barca –los obispos y los sacerdotes- hacen señas a los de la otra barca –los laicos- para que vayan a ayudarlos.




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Santos Padres: San Jerónimo - “Dejando al instante las redes…”


Y bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores1. Simón, que todavía no era Pedro, pues todavía no había seguido a la Piedra (Cristo)2, para que pudiera llamarse Pedro; Simón, pues, y su hermano Andrés estaban a la orilla y echaban las redes al mar y cogieron peces. «Vio—dice—a Simón y a Andrés, su hermano, largando las redes al mar, pues eran pescadores». El Evangelio afirma tan sólo que echaban las redes, más no que cogieran algo. Por tanto, antes de la Pasión se afirma que echaron las redes, mas no hay constancia de que capturaran algo. Después de la pasión, sin embargo, echan la red y capturan tanto que las redes se rompían3. «Largando las redes en el mar, pues eran pescadores». Y Jesús les dijo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.»4. ¡Feliz cambio de pesca!: Jesús les pesca a ellos, para que a su vez ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros. «Jesús les dice: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

Y al instante, dejando sus redes, le siguieron5. «Y al instante». La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto se oye, cree, sigue, y se convierte en pescador. «Al instante, dejando las redes». Yo pienso que en las redes dejaron los pecados del mundo. «Y le siguieron». No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes. Y caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes6. Cuando se dice arreglando, se indica que se habían roto. Echaban, pues, las redes en el mar, pero, como estaban rotas, no podían capturar peces. Arreglaban las redes en el mar, es decir se sentaban en el mar, se sentaban en una pequeña barca, con su padre Zebedeo, y arreglaban las redes de la ley. He dicho esto, siguiendo una interpretación espiritual. Los que arreglaban las redes en la barca eran justamente los mismos que estaban en ella. Estaban en la barca, no en el litoral, no en tierra firme, sino en la barca, golpeados de uno y otro lado por las olas. Y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca, con los jornaleros, se fueron tras él7. Tal vez alguien diga: temeraria es la fe. Pues, ¿qué signos habían visto, qué majestad se les había manifestado, para que, al ser llamados, inmediatamente le siguieran? Realmente aquí se nos da a entender que los ojos y el rostro de Jesús irradiaban un algo divino y atraían hacia sí poderosamente la atención de quienes lo miraban8. De lo contrario, cuando Jesús les decía: seguidme, nunca le habrían seguido. Pues si le hubieran seguido sin una razón, más que fe habría sido temeridad. Es como si a mí, que estoy ahora aquí sentado, cualquiera que pasa me dice: ven, sígueme, y le sigo, ¿habría fe acaso en ello? ¿Por qué digo todo esto?9. Porque la palabra del Señor de suyo era eficaz y hacía lo que decía. Si, pues, «habló y fueron hechas todas las cosas, ordenó y fueron creadas»10, del mismo modo los llamó y ellos al instante le siguieron.

Y al instante los llamó, y ellos al instante, dejando a su padre Zebedeo..., etc. «Escucha, hija, mira y pon atento oído, olvida a tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza»11. «Y dejando a su padre Zebedeo en la barca». Escuchad, monjes, imitad a los apóstoles: escucha la voz del Salvador y olvídate de tu padre carnal. Mira al verdadero padre del alma y del espíritu y deja al padre corporal. Los apóstoles dejan al padre, dejan la nave, dejan todas las riquezas en un instante: dejan el mundo y todas sus infinitas riquezas. Pues todo lo que tenían lo abandonaron. Dios no se fija en la cantidad de las riquezas, sino en el espíritu de quien las deja. Quienes dejaron poco, igualmente hubieran dejado mucho. «Dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron». Poco antes hemos dicho algo de modo enigmático sobre los apóstoles, que arreglaban las redes de la ley. Rotas como estaban, no podían capturar peces; corroídas por la salobridad del mar, no podían ser reparadas si no hubiera venido la sangre de Jesús y las hubiera renovado. Dejan, por ende, a su padre Zebedeo, es decir, dejan la ley, y lo dejan plantado en la barca, en medio de las olas del mar.

Y fijaos en lo que sigue. Dejan, dice el evangelista, a su padre, es decir, la ley, con los jornaleros. Pues todo lo que hacen los judíos, lo hacen para la vida presente y son, por ello, jornaleros. «Quien cumple la ley vivirá por ella»12, dice, no en el sentido de que gracias a la ley podrá vivir en el cielo, sino en el sentido de que por lo que hace recibe recompensa en el presente. También está escrito en Ezequiel: «Les di preceptos no buenos y mandatos no perfectos, siguiendo los cuales, vivirán según ellos»13. Según ellos viven los judíos: no buscan otra cosa que tener hijos, poseer riquezas, gozar de buena salud. Buscan todas las cosas terrenales y no piensan en ninguna de las celestes. Por ello son jornaleros. ¿Queréis saber por qué los judíos son jornaleros? El hijo aquel, que había disipado su hacienda, y que es figura de los gentiles, dice: «¡Cuántos jornaleros hay en la casa de mi padre!»14. «Y dejando a su padre en la barca con los jornaleros, le siguieron». Dejaron a su padre, es decir, la ley, en la barca con los jornaleros. Hasta hoy los judíos navegan, y navegan en la ley, y están en el mar, y no pueden llegar a puerto. No creyeron en el puerto, por tanto, no consiguen llegar a él.

Entran en Cafarnaúm15. ¡Feliz y hermoso!: dejan el mar, dejan la barca, dejan los vinculas de las redes, y entran en Cafarnaúm. El primer cambio es éste: dejar el mar, dejar la barca, dejar el antiguo padre, dejar los antiguos vicios. Pues en las redes y en los vínculos de las redes se dejan todos los vicios.
(SAN JERÓNIMO, Comentario al Evangelio de San Marcos, II, Mc 2, 13-31)

(1) Mc 1, 16
(2) La piedra es Cristo, prefigurado en aquella roca, de la que los hebreos bebieron agua hecha brotar milagrosamente por Moisés. Aquí San Jerónimo une concisamente el episodio del Éxodo (17, 5-6) con las aplicaciones que saca San Pablo (1 Co 10, 4).
(3) Lc 5, 6; Jn 21, 11.
(4) Mc 1, 17.
(5) Mc 1, 18.
(6) Mc 1, 19.
(7) Mc 1, 20.
(8) Mc 11, 15.
(9) Como habrá notado el lector, esta pregunta, que sirve para recapitular y concluir, («Hoc totum quare dico?», o «... quare dixi?») es habitual en San Jerónimo.
(10) Sal 148. 5.
(11) Sal 44, 11 ss.
(12) Lv 18, 5; Rm 10, 5
(13) Ez 20, 25.
(14) Lc 15, 17; cf. Jerón., Epis. 21, 14.
(15) Mc 1, 21.



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El seguimiento de Cristo

En el evangelio de hoy San Lucas nos relata el llamado de los cuatro primeros discípulos. Su narración es mucho más detallada que las de los relatos paralelos de San Mateo y San Marcos. Tres hechos se destacan en ella: la predicación del Señor, el milagro de la pesca superabundante y el llamado hecho a Simón Pedro y sus compañeros. Es, sobre todo, el llamado de Cristo, enmarca­do por las dos primeras lecturas, lo que la Iglesia nos propone de manera especial.

Nunca será inoportuno que los fieles sean invitados a admi­rar la grandeza de este llamado, que es, en última instancia, el llamado al sacerdocio. Y ello por dos razones: primero, porque su propia vida espiritual depende de que haya siempre hombres que secunden fielmente dicho llamado, permitiendo así que Cristo se apodere de ellos y resplandezca en sus personas; segundo, porque la vocación sacerdotal es como el arquetipo de las demás vocaciones, todas las cuales se ordenan indirectamen­te a lo que ella tiene como fin propio: la gloria de Dios y la salvación de los hombres.


La elección divina
Desde toda la eternidad Dios tiene un proyecto peculiar sobre cada persona: el conocimiento y el amor de Dios son personales.

Y cada hombre está llamado a seguir un camino particular, ocupando un lugar único e inintercambiable en la historia. De forma que puede afirmarse con propiedad que todos y cada uno de los seres humanos tienen una especial vocación, puesto que han recibido una llamada singular. Ya respondan a ella, o ya no lo hagan, la invitación de Dios permanece.

Sin embargo, no sin razón se prefiere reservar el término vocación para designar aquel llamado especial que consiste en ser invitado a renunciar a todo para consagrarse totalmente a la expansión del Reino de Dios.

Vocación significa, entonces, que, desde toda la eternidad, Dios elige libremente a alguien, a quien le manifiesta dicha elección en un momento determinado de su vida: unas veces directamente, como a Isaías, o a San Pablo (camino de Damas­co), o a San Pedro y sus compañeros, según escuchamos en el evangelio de hoy; otras, por intermediarios, como hizo con Natanael; otras, finalmente, valiéndose de las circunstancias, cual se hubo con Iñigo de Loyola y tantos otros.

La vocación, en este sentido, es la oportunidad que Dios brinda al hombre no sólo de acceder al misterio, sino de ponerse al servicio del mismo, centrando su vida en lo que es el Centro de todo lo que existe. Por eso el sacerdote es el hombre del Misterio. A él se le confía el Misterio hecho alimento espiritual de la humanidad, de manera especial cuando en sus manos sostiene el Cuerpo Vivo del Dios hecho Hombre, Mysterium fidei: "éste es el misterio de la fe".

Puesto frente al misterio, la actitud del que es llamado no puede ser otra que la de San Pedro. La realidad divina es, de por sí, sublime e inefable. En presencia de ella, la creatura se siente al mismo tiempo seducida y anonadada. Tal es la paradoja del misterio: estremecer y fascinar (tremendum et fascinan). Por eso Simón grita: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador".

Pero también por eso, en lugar de escapar a nado por el lago, "se echó a los pies de Jesús", como dice el evangelio. Bajo la luz de Dios aparece nuestra miseria y nuestra necesidad: sólo quien las reconoce humildemente puede escuchar a Cristo que le dice: "No temas". La palabra de Jesús comunica la paz al alma.

Por eso, si la humildad es el cimiento del edificio espiritual, esta virtud ha de resplandecer de una manera especial en el ministro de Dios. Porque su corazón debe ser como un inmenso templo capaz de albergar a todos los que se aproximan a él buscando el encuentro con Dios. Pero si los cimientos del conocimiento y desprecio de sí no son lo suficientemente profun­dos, corre el riesgo de que su presencia, lejos de ser el espacio espiritual que posibilita el contacto con lo divino, sea como una atmósfera asfixiante que impida que quienes se le acercan puedan acceder al ámbito de lo sagrado.


La purificación
Cuando Dios habla, no deja las cosas en el mismo estado en que se encuentran, sino que las transforma. Cuando Dios llama a un hombre para que lo siga, no lo deja como está, sino que lo convierte, lo purifica, para hacerlo un instrumento apto y dócil en sus manos. Así como vence la turbación del hombre diciéndole "No temas", así disuelve su impureza expurgando su alma con el fuego sagrado de su Corazón Sacerdotal, como limpió los la­bios del profeta Isaías mediante la brasa tomada del altar.

Conversión es sinónimo de purificación, de mortificación, de sufrimiento. Por eso, luego de manifestarse a Saulo, camino de Damasco, para hacer de él el apóstol por excelencia, el Señor, refiriéndose al recién convertido, le dijo a Ananías: "Yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir por mi nombre".

La actitud durante las purificaciones de Dios, de parte de quien ha sido llamado por Cristo, ha de ser de filial resignación, lo que no significa una mera aceptación pasiva sino un secundar la obra de la gracia, según aquello que recomendaba San Pedro: "Inclinaos bajo la poderosa mano de Dios, para que a su tiempo os eleve".

Esta obra de purificación divina, cuando no es obstaculizada, afianza en el espíritu la virtud de la pureza. Podríase decir que en el ejercicio de la guarda del corazón se condensan todas las cualidades que deben impregnar la obra sacerdotal. El corazón del hombre consagrado al servicio del misterio, y que verdade­ramente se ha vaciado en el molde del Corazón de Cristo, es un corazón virgen. Porque, precisamente, el sentido profundo de la virginidad consiste en el reconocimiento de la condición creatural, es decir, en entender que estamos en continua dependencia de solo Dios. La virginidad consiste, en última instancia, en renun­ciar a buscar ni la más ínfima migaja de felicidad en algo o alguien distinto de Dios. Y la importancia de que esto se verifique en la vida del ministro sagrado viene del hecho de que él está puesto, justamente, para ser el mediador, el puente y, por decir así, el cordón umbilical que permita la afluencia de la gracia de Dios a los hombres y conserve en éstos el amor filial, que se sabe en todo dependiente del Padre de los Cielos.


La separación
La elección de Dios implica también una separación. Jesús sube a la barca de Simón y le pide que se aleje de la orilla para predicar a la multitud. Así como en aquella ocasión usó de aquella barca como de cátedra, así a lo largo de los tiempos usa de la humanidad de sus ministros como de "lugares" en los cuales Él obra y desea ser reconocido. Bien ha dicho el autor de la epístola a los Hebreos que el sacerdote es "tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres”. El Sacerdote –señala San Juan Crisóstomo– debe descollar en santidad sobre el común de los fieles; como Saúl sobresalía en estatura respecto de pueblo. Porque ha sido puesto como signo, como bandera, "fortaleza enclavada en un monte". Hacia él se dirigen las miradas de todos, hijos o enemigos de Dios: para los demás, él es un punto inobviable de referencia.

De forma que la ejemplaridad es la consecuencia necesaria de la elección y de la purificación. Hay en el alma de un sacerdote algo que, en comparación al resto de los mortales, lo cualifica y, en cierto modo, lo especifica: tocado por el dedo de Dios, está en cierta manera por encima del rebaño que se le confía, sin dejar, por cierto, de ser él también, una oveja de Dios. Es aquí donde se manifiesta más claramente su carácter de mediador, de intercesor, de canal. Su vida debe ser una invitación permanente a entrar en diálogo con Dios.

Tal es la sublime misión y el ideal que debe plasmar en su vida el ministro de Dios. Tan grande es el premio que se le reserva como la responsabilidad que tiene de velar por quienes le han sido confiados. De allí también la necesidad de que el pueblo fiel comprenda lo que es el sacerdocio, y acompañe la tarea de los sacerdotes, no sólo llegándose a ellos para recibir los dones de Dios, sino también rezando constantemente por su perseveran­cia. De manera especial, en la celebración del Santo Sacrificio, deberá implorar para ellos la gracia de la fidelidad y de la for­taleza. Al continuar ahora la celebración de la Misa, presentemos a Dios nuestras súplicas para que nunca permita que falten en su Iglesia ministros dignos de sus misterios.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pp. 87-91)



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Aplicación: Joseph Ratzinger - Reflejos de la imagen sacerdotal en los relatos de vocaciones de Lc. 5, 1-11 y Jn 1, 35–42

Para empezar he elegido el texto de Lc 5,1-11. Se trata de aquel precioso relato de vocación en el que se cuenta cómo Pedro y sus compañeros, después de haber estado pescando inútilmente durante toda la noche, se hacen de nuevo a la mar, fiados de la palabra del Señor. Consiguen una captura tan abundante que las redes amena­zan romperse. Viene a continuación la llamada: Serás pescador de hombres. Siento una especial predilección por este relato, porque en él se en­cierra el aura matinal del primer amor, de un co­mienzo lleno de esperanzas y de disposición, en cuya meditación me llega siempre la luminosidad y el frescor que es propio de los inicios: aquella alegría en el Señor de la que hemos hablado, si­guiendo el antiguo Salterio, al principio de la mi­sa: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios que ale­gra mi juventud» (Sal 42,4). Al Dios a cuyo lado se renueva siempre la alegría juvenil, porque al ser la vida, es también la fuente de la auténtica juventud.

Pero volvamos al texto. Se nos cuenta que las gentes se aglomeraban en torno a Jesús porque querían escuchar la palabra de Dios. Jesús se en­cuentra a orillas del mar, los pescadores están limpiando las redes y el Maestro sube a una de las dos barcas que allí había, la de Pedro. Le pide alejarse un poco de la orilla, se sienta en la barca y desde allí enseña. La barca de Pedro se ha con­vertido en cátedra de Jesucristo. Luego le dice a Simón: Boga mar adentro y echa las redes. Los pescadores han pasado toda la noche anterior tra­bajando en vano y parece absurdo salir a pescar ahora, en esta hora de la mañana. Pero ya Jesús se ha hecho tan importante para Pedro, tan deter­minante, que éste puede decir: Lo hago fiado de tu palabra. La palabra cobra, pues, más realidad que lo al parecer empíricamente real y seguro. La mañana galilea, cuyo frescor parece poderse respirar en esta descripción, se convierte en imagen del nuevo amanecer del evangelio tras la noche de infructuosas actividades a que nos conduce una y otra vez nuestro hacer y querer. Cuando Pedro regresa a tierra con sus compañeros con tal cantidad de peces que las dos barcas juntas apenas podían transportarlos —la pesca había si­do tan abundante que amenazaba con romper las redes— no dejaba a sus espaldas sólo un camino exterior, una profesión artesana. Este viaje se ha­bía convertido en un camino interior, cuya ampli­tud ha indicado Lucas mediante dos palabras que le sirven de marco.

El evangelista nos transmite, en efecto, que antes de la pesca Pedro se dirige al Señor con un epistata, equivalente a nuestro «profesor», o «maestro» (rabbi). Pero al volver, se postra de ro­dillas ante Jesús y ya no le llama rabbi sino kyrie, es decir, le aplica expresiones propias de la di­vinidad. Pedro había recorrido el trayecto que va desde el rabbi al Señor, del maestro al Hijo. Tras esta peregrinación interior, ya está capacitado pa­ra recibir la vocación.

Se hace aquí patente el paralelismo con Jn 1,35-42, el primer relato de vocación del cuarto Evangelio. Se narra aquí cómo se unieron a Jesús los dos primeros discípulos —Andrés y otro del que no se da el nombre— impresionados por las palabras del Bautista: «He aquí el cordero de Dios.» Se sienten impresionados de un lado por la conciencia de su condición de pecadores que resuena en esta sentencia y, del otro, por la espe­ranza que trae a los pecadores el cordero de Dios. Se puede barruntar cómo ambos se sienten to­davía inseguros: su discipulado es todavía va­cilante. Van tras él cautelosamente, sin decir na­da; al parecer, aún no se atreven a dirigirle la palabra. Entonces él se vuelve hacia ellos y les pregunta: ¿Qué queréis? La respuesta sigue sien­do indecisa, un poco tímida y perpleja, pero no obstante lleva a lo esencial: Rabbi, ¿dónde vives? O con traducción más literal: ¿Dónde permaneces? ¿Dónde está tu lugar o morada permanente, lo propio tuyo, para que podamos ir allá? Conviene recordar en este punto que la palabra «perma­nencia» es una de las de más hondo y denso con­tenido del Evangelio de Juan.

Jesús les respondió: «Venid y lo veréis.» La fórmula se repite en la conclusión del segundo relato de vocación, el referente a Natanael, donde al final se dice: «Verás cosas mayores» (1,50). Así, pues, el contenido del venir es ver; venir es un entrar en un ser visto por él y en un ver con él. Donde él permanece, está abierto al cielo, el espa­cio oculto de Dios (1,51); allí se encuentra el hom­bre en la luminosidad de Dios. «Venid y lo veréis» concuerda también con el Salmo de co­munión de la Iglesia: «Gustad y ved cuán bueno es el Señor» (Sal 33[34], 9). El venir, y sólo el ve­nir, lleva al ver. El gustar abre los ojos. Así como en el pasado, en el paraíso, al gustar del fruto prohibido se abrieron de manera funesta los ojos, también ahora, pero en sentido inverso, el gustar de lo verdadero abre los ojos, de modo que pueda verse la bondad del Señor. Sólo en el venir, en la permanencia de Jesús, acontece el ver. Sin el ries­go del venir, no puede darse un ver. Juan añade una observación: era la hora décima (1,39); es de­cir, una hora ya muy tardía, en la que de ordina­rio no se piensa ya en emprender nuevas tareas; pero justamente en este momento acontece lo inaplazable, lo decisivo. Según ciertos cálculos apocalípticos, se pensaba que en esta hora se pro­duciría el fin de los tiempos. Quien viene a Jesús entra en lo definitivo, en el tiempo del fin; entra en contacto con la parusía, que es ya realidad pre­sente de la resurrección y del reino de Dios.

En el venir acontece, pues, el ver. Juan ilustra esta idea mediante el mismo procedimiento que vimos antes en Lucas. A las primeras palabras de Jesús responden los dos con un rabbi. Pero cuan­do regresaron del lugar donde «permanecía», di­jo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encon­trado a Cristo» (1,41). Viniendo a Jesús, permaneciendo a su lado, recorrió el camino que del rabbi lleva a Cristo, aprendió a ver en el maestro a Cristo. Sólo en la permanencia puede aprenderse esta lección. Se hace así visible la unidad interna entre el tercero y el cuarto Evangelios: en ambas ocasiones, tras una primera palabra aparece el va­lor para caminar con Jesús. Las dos veces se em­prende, por una palabra suya, el experimento de la vida y las dos veces sucede que el venir se transforma en ver.

Todos nosotros hemos iniciado ya, con el re­conocimiento pleno del Hijo de Dios a través de la Iglesia, nuestro camino, pero aquel venir «fiado en tu palabra», aquel entrar en su «perma­nencia» sigue siendo, también para nosotros, condición previa del auténtico ver. Y sólo quien ve por sí mismo, quien no cree como «de segunda mano», puede llamar a otros. Este venir, este atreverse fiados de su palabra es, también hoy y por siempre, el presupuesto indispensable del apostolado, del llamamiento al servicio sacer­dotal. Siempre tendremos necesidad de pregun­tarle: ¿Dónde vives (permaneces)? Y también será siempre necesario dirigirse, desde el interior, hacia la morada-permanencia de Jesús. Deberemos arrojar una y otra vez las redes fiados de su pala­bra, por absurdo que pueda parecer. Siempre se­rá preciso tener a su palabra por más real que aquello que pretende ser lo único realmente vá­lido: la estadística, la técnica, la opinión pública. A menudo nos parecerá que es ya la hora décima y que deberíamos aplazar para más tarde la hora de Jesús. Pero precisamente así puede ser la hora de su cercanía.

Hay todavía algunos rasgos más, comunes a ambos Evangelios. En Juan los dos discípulos se sienten llamados por la sentencia sobre el corde­ro. Saben, evidentemente por propia experiencia, que son pecadores. Y esto no es para ellos un distante lenguaje religioso, sino algo que palpan y sienten en su interior, que constituye para ellos una realidad. Y como lo saben, el cordero es su esperanza y por eso empiezan a caminar tras él. Cuando Pedro regresa con su abundante pesca, sucede algo inesperado. Contra lo que cabría imaginar, no abraza efusivamente a Jesús por el buen resultado del negocio, sino que cae de rodi­llas a sus pies. No intenta retenerlo, como una sólida garantía de éxito, sino que le ruega que se aleje, porque se siente temeroso ante el poder de Dios. «Aléjate de mí, que soy un hombre pe­cador» (Lc 5,8). Cuando experimenta el hombre a Dios, conoce su condición de pecador, y sólo cuando ha conocido y reconocido verdaderamen­te a Dios se conoce tal como él mismo es en realidad. Pero también así es como llega el hombre a la autenticidad. Sólo cuando el hombre sabe que es pecador y ha comprendido el carácter funesto del pecado entiende también el sentido de la llamada: «Convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1,15). Sin conversión no es posible acercarse a Jesús ni al evangelio. Hay, a este propósito, una paradoja de Chesterton que expresa con sumo acierto esta conexión: Se conoce a un santo en que sabe que es pecador. El oscurecimiento de la experiencia de Dios se manifiesta hoy en la des­aparición de la experiencia del pecado; y a la inversa, la desaparición de este conocimiento aleja al hombre de Dios. Aunque sin caer en una falsa pedagogía del temor, debemos aprender una vez más la verdad de la sentencia: Initium sapientiae timor Domini: la sabiduría, el verdadero conocimiento, empieza con el justo temor de Dios. Debemos aprenderlo de nuevo, para apren­der también el verdadero amor y para compren­der qué significa que podemos amarle y que él nos ama. También, pues, esta experiencia de Pe­dro, de Andrés y de Juan es un presupuesto bá­sico del apostolado y, por ende, del sacerdocio. Sólo puede anunciar la conversión —la primera palabra del cristianismo— quien previamente se siente invadido por el sentimiento de su necesidad y ha comprendido, por consiguiente, la grandeza de la gracia.

En los elementos fundamentales del camino espiritual del apostolado que aquí se van descu­briendo se perfila también, al mismo tiempo, la conexión sacramental básica entre la Iglesia y el servicio sacerdotal. Si a la experiencia del pecado corresponden el bautismo y la penitencia, al venir y ver, al entrar en la morada permanente de Je­sús, corresponde el misterio de la eucaristía. Ella es, en un sentido que antes de su institución no era posible ni tan siquiera imaginar, la permanen­cia de Jesús entre nosotros. «Allí veréis.» La euca­ristía es el lugar donde se cumple la promesa he­cha a Natanael, de que podremos ver el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre (Jn 1,51). Jesús mora y «per­manece» en el sacrificio, en el acto de amor con el que se transfiere al Padre y, mediante su amor vicario, también a nosotros nos devuelve a él. El salmo de comunión (Sal 33[34]), que habla del gustar y ver, contiene esta otra frase: «Entrad y seréis iluminados» (ver. 6, según la Vulgata). Co­mulgar con Cristo es comulgar con la luz verda­dera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9).

Consideremos ahora el siguiente punto co­mún a las dos narraciones que nos ocupan: la abundante pesca amenaza romper la red. Pedro y los suyos no conseguían alcanzar la orilla. A con­tinuación se nos dice que entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, los cuales vi­nieron en su ayuda. Las dos barcas se llenaron tanto que casi se hundían (Lc 5,7). La llamada de Jesús es al mismo tiempo una convocatoria, una llamada a syllabesthai, como se dice en el texto griego, a trabajar juntos, a la cooperación y ayuda mutua, a la labor en equipo de las dos barcas. La misma idea reaparece en Juan. Cuando Andrés regresa del lado de Jesús, no puede mantener en secreto su descubrimiento. Conduce hasta Jesús a su hermano Simón y también a Felipe, que, por su parte, hace lo mismo con Natanael (Jn 1,41-45). La llamada lleva a la unión, a la concor­dia, a la convivencia. Introduce en el discipulado y pide retransmisión. En toda vocación hay tam­bién un elemento humano, la dimensión de la fraternidad, del estímulo, del impulso proporcio­nado por otros. Cuando reflexionamos sobre nuestro propio camino, cada uno de nosotros sa­be que el resplandor de Dios no ha descendido directamente sobre él, sino que de alguna manera me vio interpelado por algún creyente, fue acompañado y sostenido por otros. Es cierto que la vocación sólo puede mantenerse en pie cuando no creemos únicamente como «de segunda na­no», «porque lo ha dicho éste o el otro», sino cuando, guiados por los hermanos, somos nos­otros mismos quienes encontramos a Jesús (cf. Jn 4,42). Ambas cosas están indisolublemente unidas: guiar, hablar, acompañar, sostener, y aquel «venid y veréis». Por eso creo que deberíamos desplegar mucho más valor para ha­blarnos los unos a los otros y para no tener en poco aceptar la compañía de otros, fiados del tes­timonio ajeno. El «con» es parte constitutiva de la vertiente humana de la fe. Es uno de sus compo­nentes. En este «con» debe madurar el encuentro personal con Jesús. Del mismo modo que el acompañar y el tomar consigo, también es impor­tante soltar, liberar lo que cada vocación personal tiene de peculiar, por muy diferente que sea de lo que nosotros habíamos atribuido al interesado.

En Lucas estas ideas se amplían hasta ofrecer una visión total de la Iglesia. A los hijos del Ze­bedeo, Santiago y Juan, se les llama koinonoi «compañeros», o más exactamente, «socios» de Pedro. Esto significa que entre los tres habían montado una pequeña asociación pesquera, una cooperativa, en la que Pedro figuraba como direc­tor y propietario principal. Jesús dirigió su primera llamada a este grupo, a esta, koinonia (communio), a la cooperativa de Simón se convierte en imagen de lo nuevo, de lo que está por venir. La asociación pesquera hacer la communio de Jesús. Los cristianos forman la communio de esta barca de pescador, en virtud de la llamada de Jesús, unido en el milagro de la gracia que, tras las noches sin esperanza, regala las riquezas del mar. Y, como en el don, también están unidos en la misión.

Hay en Jerónimo una hermosa interpretación de la expresión «pescador de hombres» que en esta transformación interior de la profesión, pasa a ser una visión de futuro. Dice Jerónimo que sacar a los peces del agua significa arrancarlos de su elemento vital y entregarlos, por tanto, a la muerte. Pero, en cambio, sacar a los hombres del agua del mundo significa arrancarlos del elemento de muerte y de la noche sin estrellas para darles el aire y la luz del cielo. Significa tras­ladarlos al elemento de la vida, que da al mismo tiempo luz y contemplación de la verdad. La luz es vida, porque el elemento vital del hombre, aquello de lo que vive en lo más hondo de sí, es la verdad, que es a la vez amor. Es cierto que el hombre que nada en las aguas del mundo ignora estas cosas. Por eso se resiste a ser sacado del agua. Cree, por decirlo de algún modo, que es uno que morirá sin remedio si es arrancado del agua de las profundidades. Se trata, en realidad, de un acontecimiento mortal. Pero esta muerte lleva a la vida verdadera, sólo en la cual el hombre a su auténtica realidad. Ser discípulo significa dejarse capturar por Cristo, que es el Pez misterioso que ha descendido hasta el agua del mundo, el agua de la muerte; que se ha hecho pez para dejarse primero capturar por nosotros, para ser nuestro pan de vida. Se deja capturar para que nosotros seamos capturados por él y hallemos el valor suficiente para dejarnos sacar con Él de las aguas de nuestra rutina y de nuestras comodidades. Jesús se ha convertido en pescador le hombres al tomar sobre sí la noche del mar, al descender a la pasión de las profundidades. Pes­cador de hombres sólo puede ser quien, como él, se entrega a sí mismo. Y esto sólo puede hacerse cuando se confía en la barca de Pedro, cuando se entra en la comunión de Pedro. La vocación no es asunto privado, no es un perseguir por iniciativa propia la causa de Jesús. Su espacio es la Iglesia entera, que sólo puede existir en comunión con Pedro y en comunión, por tanto, con los apósto­les de Jesucristo.
(RATZINGER, J., Servidores de vuestra alegría, Ed. Herder, Barcelona, 1989, pp. 92-103)



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Aplicación: R.P. Carlos M. Buela, I.V.E. - Mar adentro ¡Duc in altum!

“No es éste el momento para indecisiones,
ausencias o faltas de compromiso.
Es la hora de los audaces, de los que tienen esperanza,
de los que aspiran a vivir en plenitud el Evangelio
y de los que quieren realizarlo en el mundo actual
y en la historia que se avecina”.
(Juan Pablo II, Lima, Perú, 1985).


Cuenta el Evangelio de San Lucas (5,4) que “en una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la palabra de Dios, y Él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. (...) Jesús subió a la barca de Simón Pedro y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después, se sentó y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «¡Navega mar adentro!...»”.

Palabra profunda, de muy profundo contenido, de hondas resonancias místicas... ¡Duc in altum!...¡Navega mar adentro!

Palabra especialmente dicha para jóvenes llenos de grandes ideales, que no quieren hacer de su vida una monotonía gris e informe...

Palabra que entienden los jóvenes de acción, de mirada amplia, de corazón decidido y generoso, que por la nobleza de su alma se JÓVENES EN EL TERCER MILENIO sonríen con alegría al saber que Jesús mismo les dice: “¡Duc in altum!... ¡Navega mar adentro!”.

Palabra que es una invitación a realizar grandes obras, empresas extraordinarias donde hay mucho de aventura, de vértigo, de peligro...

Joven: ¡Navega mar adentro! Donde las olas sacuden la barca, donde el agua salada salpica el rostro, donde la proa va abriéndose paso por vez primera, donde no hay huellas y las referencias sólo son las estrellas, donde la quilla es sacudida por remolinos encontrados, donde las velas desplegadas reciben el furor del viento, donde los mástiles crujen... y el alma se estremece...

¡Mar adentro! Lejos de la orilla y de la tierra firme de los pensamientos meramente humanos, calculadores y fríos... donde el agua bulle, el corazón late a prisa, donde el alma conoce celestiales embriagueces y gozos fascinantes.

Es quemar las naves como Hernán Cortés, con española arrogancia..., “abandonándolo todo...”.

Navegar mar adentro es tomar en serio las exigencias del Evangelio: vé, vende todo lo que tienes... (Mt 19,21).

Es la única aventura...

Es el ansia de poseer al Infinito en nuestro corazón inquieto...

Es lo propio de los pescadores: hombres humildes, laboriosos, no temen los peligros, vigilantes, pacientes en las prolongadas vigilias, constantes en repetir sus salidas al mar, prudentes para sacar los peces..., curtidos por la sal y el sol... Es ser “rebelde por Cristo contra el espíritu del mundo”.

¡Duc in altum! A vivir el cristianismo a “full” en una mezcla de bravura y de coraje, que ha de cautivar a los hombres, a los niños, a los jóvenes.

Es no tener miedo de amadrinarse con el peligro, a vivir en la desenfadada intrepidez del amor total, absoluto, irrestricto e indiviso a Dios.

A vivir en un delirio de coraje para vencer día a día y hora a hora, al mundo, al Demonio y a la carne.

A vivir con todo el ímpetu de los santos y de los mártires que lo dieron todo por Dios.

A vivir mojándole la oreja al Anticristo. Y si su sucia pezuña nos aplastase, bramar : “¡Viva Cristo Rey!”... y escupir a esa piltrafa humana.

Y para ello hay que romper amarras, pecados, ocasiones, malas amistades...

¡Mar adentro!: en el abismo de la oración insondable con el Abismo.

Es disponerse a morir como el grano de trigo para verlo a Cristo en todas las cosas.

¡Mar adentro!
(BUELA, C., Jóvenes en el tercer milenio, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael (Mendoza, Argentina), 2007, pp. 375-377)




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Aplicación: San Alberto Hurtado - ¿Sabes lo que es el sacerdocio?

Al tratar los jóvenes el problema de elección de carrera, pocos son los que se proponen entre los caminos que podrían elegir el del sacerdocio. Muchos no lo conocen suficientemente; otros tienen ideas falsas sobre su misión, y los más carecen de una noción exacta de lo que constituye una vocación al Sacerdocio.

Una campaña de denigración del sacerdocio ha sido dirigida intensa y hábilmente por los enemigos de la Iglesia: se los insulta, se los esquiva, se los llama, cuervos... se les grita ¡cuá! ¡cuá!, la gente supersticiosa toca hierro a su paso; les achacan crímenes…

Si un cura es malo, todos los curas son malos.

En más de una ocasión se los apedrea y en las revoluciones últimas, las primeras y más numerosas víctimas han sido los sacerdotes: en la revolución, de España, sacerdotes y religiosos dieron su vida, por Cristo; en Méjico cerca de 300 fueron asesinados, en la revolución cuyo recuerdo está todavía tan fresco.

Muchos católicos los estiman sí, pero ¡de lejos! Sola para ellos ministros religiosos que ejercitan ciertas ceremonias sagradas indispensables; se les ha de amar para el bautizo y para el entierro de los seres queridos, pero se les niega ese aprecio íntimo que se traducirá en la entrega de sus hijos cuando Dios los llama a participar de su vida.

Pero también hay católicos y ¡muchos felizmente! Para quienes el Sacerdocio Católico es lo más grande que hay sobre la tierra. El sacerdote es el padre, doctor, consejero, consolador, amigo, dispensador de la gracia, Cristo viviendo permanentemente en el mundo. Procuremos desentrañar lo que es el sacerdote católico.



Cristo el primer Sacerdote

El ser más grande que ha existido en este mundo es Cristo-Jesús. Dios y hombre verdadero, causa de nuestros bienes todos, esperanza ciertísima de los que pronto alcanzaremos. Para el cristiano que conoce su fe sabe que ella se resume toda en Cristo. Sus bienes compendia en Cristo. Su vida debiera pretender como la de Pablo, ser prolongación de la vida de Cristo.

Ahora bien, Cristo fue sacerdote, y todo sacerdote es otro Cristo. Las características del sacerdocio católico no son más que repetición de las que Cristo ostentó en su persona; los poderes y la acción de nuestros sacerdotes son un eco de los poderes y de la acción de Cristo.

Jesús ungido sacerdote con la unción de su unión hipostática a la divinidad, ofreció el gran sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, en redención de los pecados, perdonó las culpas de los pecadores, no dio los sacramentos, canales de gracia; predicó la Buena Nueva, el Evangelio de nuestro rescate y divinización, consolar y aliviar dolores; y finalmente buen Pastor, dio la vida por sus ovejas. Él es con toda verdad el primero y el gran sacerdote, y aunque todas sus acciones fueron de valor infinito porque eran divinas, sin embargo la más trascendentales para la humanidad fueron las que practicó como sacerdote: las que constituyeron su sacrificio que nos redimió y nos hizo hijos y herederos del cielo.


Sacerdotes, continuadores del sacerdocio de Cristo

La misión que Jesús vino a realizar a la tierra de glorificación del Padre y de redención de los hombres quiso Él continuarla en el mundo primariamente por sus sacerdotes. De entre la muchedumbre que lo seguía escogió doce los separó para que estuviesen con Él, les dio poder de consagrar su Cuerpo, de predicar su doctrina, de perdonar los pecados. Fueron sus amigos, sus íntimos. Con Él vivían. Para ellos sus explicaciones más íntimas, la promesa de perpetua insistencia espiritual hasta el poder de hacer milagros.

Estos sacerdotes, los Apóstoles por encargo dc1 mismo Cristo comunicarnos poderes a otros hombres llamados invisiblemente en el fondo de su alma; por Cristo, y a quienes en forma sensible ellos imponían las manos y les comunicaban los poderes que les ha­bía conferido el Maestro... Otros y otros... Millo­nes ha habido en el mundo. Unos trescientos mil hay hoy en el mundo que han recibido el sacerdocio de Cristo y han consagrado su vida, a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Son ellos los que han recibido una misión que se parece más que ninguna a la misión de Cristo, el Salvador.


Llamado y ungido

“No me elegisteis vosotros a mí, sino yo os escogí vosotros”. Elegidos por Cristo, y ungidos porque electos.

¡Qué bien entendió la grandeza del sacerdote, incluso de su cuerpo consagrado, el Padre Guillermo Doyle quien escribió los hermosos pensamientos que vamos a transcribir! Tanto respeto sentía el Padre Doyle por el cuerpo humano santificado por la gracia que cuando actuaba como capellán de ejército durante la guerra de 1914, trabajaba sin descanso, por enterrar hasta los miembros dispersos de sus soldados; porque formaron parte de un templo del Espíritu Santo. ¡Qué bien podía él comprender la grandeza y Santidad de un cuerpo ungido para Ministro de Dios!.

Respeto merecen los vasos consagrados al servicio del altar por la mano del Obispo: su contacto con Cuerpo y Sangre de Cristo les ha comunicado algo de su santidad. El cuerpo del sacerdote es también consagrado con el crisma de la ordenación, alejado de los placeres de la tierra por el voto de castidad. “No toquéis a los ungidos del Señor! Yo os he
separado de las demás gentes para que seáis míos”, dice el mismo Dios. Tú eres, dice San Pablo, “Sacerdote excelso, santo, inocente, inmaculado, segregado de los pecadores y hecho más alto que los cielos".

El día de su ordenación el sacerdote arrodillado ante el altar extiende las palmas de sus manos: en ellas el Obispo, con el santo crisma, traza una cruz y le dice : "Dígnate, Señor, consagrar y santificar estas manos, para que todo lo que bendigan sea bendito y todo lo que consagren sea consagrado y santi­ficado, en el nombre de Jesucristo Señor Nuestro. Amén".

En estas manos consagradas en adelante va a consagrar el Cuerpo del Salvador. Ellas van a sostener la hostia consagrada y a repartir el pan de la vida a millares de almas hambrientas. Estas manos santas se levantarán en alto para bendecir al inocente y absolver al pecador; derramarán el agua del bautismo sobre la criatura recién nacida; consagrarán vínculos sagrados del matrimonio y ungirán el cuer­po del cristiano moribundo para prepararlo a su jornada de la eternidad. Muchas veces se unirán en la oración y se extenderán ante el trono del altar en silenciosa súplica por las almas de los hombres; su secreto poder romperá las cadenas del pecado; y apartará del mundo perverso las iras de un Dios ofendido.

"¡Qué hermosas aparecen sobre las montañas las plantas de aquel que trae la buena nueva y que pre­dica la paz!" ¿A quién mejor que al sacerdote se pueden aplicar estas palabras cuyos pies están siem­pre prontos a correr al lecho del enfermo y del mo­ribundo llevándoles esperanzas, consuelos, reconcilia­ción y paz?

¡Oh!, los pasos del buen sacerdote son dirigidos hacia el altar a consagrar a Cristo, al tribunal del perdón para absolver, a las calles y suburbios y a los campos con calor, con lluvia, con frío a, llevar a las almas su alimento y su consejo. Frecuentemente, porque los pies del Maestro están cansados de tanto ir tras los pecadores en busca de la oveja perdida.

Llena de estos sentimientos, Santa Catalina de Sena besaba de rodillas las huellas de las plantas de los sacerdotes que pasaban ante ella para desempeñar su misión apostólica.

Los labios del sacerdote profieren palabras que no ¡modo pronunciar otro hombre alguno. Cada día rezan yo el oficio divino las alabanzas de Dios, interceden por el pecador y a su oído murmuran la palabra de reconciliación. "Vete en paz, tus pecados te son perdonados". El alma moribunda, mientras va desplomándose entre los brazos de su Creador, oye de esos labios palabras que le aseguran su reconciliación y que puede mirar el rostro de su Hacedor llena de confiada y robusta esperanza... Cada mañana esos labios hacen bajar sobre el altar al Señor de toda la creación: "Éste es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre"... esa sangre que va pronto a enrojecer esos mismos labios sacerdotales.

¡Labios santos!, los labios del sacerdote cuya misión es santificar, perdonar y consolar; a sus palabras obedece el Dios eterno, la tierra se ilumina y se alegra y se inclinan los cielos.

Los ojos del sacerdote han de estar cerrados para las cosas terrenas, ya que tan a menudo han de fijarse en la belleza arrebatadora de la Hostia santa. Oídos santos del amigo fiel de innumerables almas a las cuales se confían secretos que a nadie más es lícito oír; en los cuales se depositan los pecados, los dolores, las miserias del corazón para aligerar un poco la carga de nuestra penosa peregrinación sobre la tierra.

“Tú eres sacerdote para siempre”, es el carácter que lleva impreso el alma de cada sacerdote. San Francisco de Asís solía decir: "Si yo me encontrara con un ángel y un sacerdote, saludaría al sacerdote antes que al ángel". Y esta concepción no es extraña en el sentido intimo que encierra a la mente de los buenos cristianos: porque comprenden lo que es el sacerdote, los hombres descubren su cabeza ante éste y en algunos países las mujeres lo saludan con una inclinación, y recuerdo haber visto a los niños de la católica Irlanda, que en señal de reverencia, ya que no llevaban sombrero, se tiraban un mechón de pelo simulando el descubrir su cabeza. Estas señales van dirigidas no al hombre pecador, sino al amigo predilecto de Dios, escogido para una obra santa. “Yo, el gran Dios, te he escogido”,

Las antiguas crónicas nos recuerdan que comía San Martín de Tours a la mesa del emperador Máximo, quien estaba acompañado de todos sus dignatarios de la corte. El emperador llenando de vino su copa la presentó al santo, pidiéndole que la llevara al más distinguido de los comensales. Levantóse San Martín y después de pasar junto a los príncipes y nobles del séquito real, fue a poner su copa delante del Capellán, diciendo: "¿quién es más digno de este honor que el sacerdote de Jesucristo?"
(ALBERTO HURTADO, SJ, Elección de Carrera, Ed. Difusión, Buenos Aires, 1943, pp. 45-52)




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Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Navega mar adentro

Jesús se ingenia para hablar a la muchedumbre con más comodidad. Inventa su propio escenario, por otra parte hermoso y natural, a orillas del mar y sobre una barca. Ya la elección de la barca de Simón y de sus compañeros y el alejamiento de la orilla sugieren una consagración implícita, la separación del común de la gente.

A medida que el pasaje avanza la vocación a una vida separada se explicita cada vez más hasta convertirse en un seguimiento, respuesta libre a un llamado.

Boga mar adentro alejado del mundo y de las cosas terrenas, de la seguridad de lo material y de los afectos carnales. En lo profundo del mar, en lo interior, en la soledad, el alma se vuelve más atenta a las palabras del Señor. Navega mar adentro. Palabra profunda, de muy profundo contenido, de hondas resonancias místicas, que impele a grandes ideales, que entienden quiénes son hombres de acción, de mirada amplia, de corazón decidido y generoso, que por la nobleza de su alma se sonríen con alegría al saber que Jesús mismo es quien les dice Navega mar adentro. Es una invitación a realizar grandes obras, empresas extraordinarias donde hay mucho de aventura, de vértigo, de peligro, donde las olas sacuden la barca, el agua salada salpica el rostro, la proa va abriéndose paso por vez primera, donde no hay huellas y las referencias sólo son las estrellas, donde la quilla es sacudida por remolinos encontrados, las velas desplegadas reciben el furor del viento, los mástiles crujen... y el alma se estremece... ¡Mar adentro!, lejos de la orilla y de la tierra firme de los pensamientos meramente humanos, calculadores y fríos..., donde el agua bulle, el corazón late a prisa, donde el alma conoce celestiales embriagueces y gozos fascinantes. Navegar mar adentro es tomar en serio, a fondo, las exigencias del Evangelio: ve, vende todo lo que tienes...1, es el ansia de nuestro corazón inquieto, que anhela poseer el Infinito, es el ímpetu de los santos y de los mártires, que lo dieron todo por Dios. Es lo propio de los pescadores: hombres humildes, laboriosos, que no temen los peligros, vigilantes, pacientes en las prolongadas vigilias, constantes en repetir sus salidas al mar, prudentes para sacar los peces, curtidos por la sal y por el sol. Es disponerse a morir, como el grano de trigo, para ver a Cristo en todas las cosas2.

Navega mar adentro es un primer desapego. Desapego necesario para quien quiera ser un hombre religioso3.

Los que estaban en las barcas eran Simón, Andrés, Santiago y Juan.

“Y echad las redes”. Este segundo desapego es más difícil que el primero pero también es necesario para estar con Cristo. Simón le replica haciéndole conocer su trabajo infecundo de toda la noche pero se abandona en Jesús. Es el abandono del propio juicio y de la propia voluntad. Desapego de nosotros mismos, “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”4. La pesca es abundantísima. Los pescadores se asombran y reconocen la santidad de Jesús y el ambiente sacro al que los ha llevado. Pedro se confiesa pecador e indigno de estar en la presencia de Jesús. Reconoce su pequeñez rodeada de miserias, reconoce humildemente su verdad existencial. Pedro percibe el contraste entre la santidad de Jesús, el Santo de Dios5 y su miseria, su condición de pecador. Es el instante propicio y Jesús los llama “desde ahora serás pescador de hombres”. Y Pedro se asombra mucho más ante el llamado. Jesús lo llama incluso siendo pecador como le ocurrió al profeta Isaías6. El fundamento de la vocación es el poder de Dios que elije y sostiene al llamado con su gracia. Al llegar a la orilla abandonaron todo y se fueron con El.

Boga mar adentro es el llamado de Jesús a todos los hombres. Llamado a vivir la vida religiosa. En el caso de Pedro y sus compañeros Jesús les indicó una vocación especialísima: ser pescadores de hombres.

La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo7.

Boga mar adentro y echad las redes es una palabra de Jesús que invita a la vida religiosa a los primeros discípulos. Jesús buscó el ambiente propicio, condescendió con los llamados irrumpiendo en su oficio y por medio de un milagro manifestó su autoridad para quererlos en una vida entregada totalmente a su servicio. Palabra muy profunda que produce el encuentro entre la voluntad de Jesús para que lo sigan totalmente desapegados de todo y la voluntad de los discípulos que responden con un sí incondicional fundamentado en el abandono total en su Maestro. Profunda palabra que los hace dar un giro total en el caminar de la vida. Un nuevo estado de vida. “Y dejándolo todo lo siguieron”.

(1) Mt 19, 21
(2) Cf. Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado nº 251. Editrice del Verbo Incarnato Italia 2004.
(3) No hablo aquí de la vida religiosa como consagración especial sino de la vida religiosa a la que está llamado cada cristiano.
(4) Mc 8, 34
(5) Mc 1, 24; Lc 4, 34; Jn 6, 69
(6) Cf. Is 6, 1-8
(7) Juan Pablo II, Exhortación Apostólica sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo, Vita Consacrata nº 3, Del Verbo Encarnado San Rafael 1996.




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Ejemplos Predicables

El misioneros fracasado

Vocación - Humildad - Obediencia: Isaías, apóstol
Voy a contaros cómo llamó el Señor a Isaías al apostolado profético, y a deciros cómo su vocación puede ser modelo de nuestra propia vocación.
Hacía poco tiempo que había muerto Ozías. El estado del pueblo era lamentable. Había vuelto las espaldas a Dios y, como siempre, Dios le había vuelto las espaldas a él. Sobre los altos se erguían los ídolos, y en las ciudades pululaban como plantas malditas las costumbres corrompidas de los gentiles,

El Señor quiere salvarlos y elige un Profeta. Pero como son tan inescrutables los juicios de Dios, manda a ese Profeta para que endurezca el corazón del pueblo, para que cierre sus ojos, para que tapone sus oídos. Esto que a primera vista parece tan extraño, tenía en la intención de Dios una explicación. El Profeta predicaría la penitencia y la conversión. El pueblo se endurecería, no le haría caso, y daría a Dios ocasión para el castigo. Y el castigo sería tan grande que el pueblo abriría por fin los ojos y se salvaría de la desventura y el dolor.

Y ved cómo cuenta el mismo Profeta la vocación de Dios.

«El año de la muerte del rey Ozias vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus vestiduras llenaban el templo. Había ante El serafines, que cada uno tenía seis alas; con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con las otras dos volaban, y los unos a los otros se gritaban y se respondían: ¡Santo, Santo, Santo, Yavhé Sabaoth! ¡Está la tierra llena de tu gloria!

A estas voces temblaron las puertas en sus quicios, y la casa se llenó de humo. Yo me dije:
- "¡Ay de mí, perdido soy, pues siendo un hombre de impuros labios que habita en medio de un pueblo que también tiene los labios impuros, he visto con mis ojos al Rey Yavhé Sabaoth!".

Pero uno de los serafines voló hacia mí, teniendo en sus manos un carbón encendido, que con las tenazas tomó del altar, y tocando con él mi boca, dijo:
- "¡Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa te ha sido quitada y borrado tu pecado!".

Y oí la voz del Señor que decía:
- "¿A quién enviaré y quién irá de nuestra parte?".

Y yo le dije:
- "¡Heme aquí! ¡Envíame a mí!".

Y Él me dijo:
- "Ve y di a ese pueblo: oíd y no entendáis; ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda su corazón, ni sea curado de nuevo".

Y yo dije:
- "¿Hasta cuándo, Señor?".
Y Él respondió:

- "¡Hasta que las ciudades queden asoladas y sin habitantes, y las casas sin moradores, y la tierra hecha un desierto. Hasta que Yavhé arroje lejos a los hombres y sea grande la desolación en el mundo!"».

No he querido añadir ni quitar nada, mis hermanos, a esta narración del Profeta, en la que es para nosotros una lección cada palabra. El Profeta se prepara su vocación, y lo primero que hace es ver a Dios. Y verle en su trono alto y sublime llenando toda la tierra su gloria.

Si queremos nosotros que Dios nos llame a la vocación de su apostolado, hagamos lo mismo. No hay vocación sin humildad. El que ve a Dios se ve a sí mismo; ve cuánta distancia hay entre Dios y él; qué poca cosa es; mejor dicho, qué nada. Y cuanto más claro ve a Dios y más admira y reverencia su gloria, más se desprecia a sí mismo. Esta es la señal infalible de una verdadera vocación. Por el contrario, es señal infalible de una vocación falsa ensoberbecerse con ella, ponderar sus hazañas, creerse docto, santo, perfecto. Mirad lo que hicieron todos los grandes llamados de la historia. Abraham decía: « ¿Hablaré al Señor, siendo polvo y ceniza?» Moisés, cuando iba a ser llamado, viendo al Señor en la zarza, «ocultaba su rostro y no se atrevía a mirar a Dios». Jeremías, al ser llamado por Dios, decía: «Señor, yo soy como un niño, que no sé hablar». El mismo Isaías decía asustado: « ¡Perdido soy, pues siendo un hombre de impuros labios he visto con mis ojos al Rey!». Por eso San Francisco de Asís, llamado por Dios a convertir al mundo de su tiempo, decía en éxtasis: « ¿Quién eres Tú, Señor, y quién soy yo? Tú, abismo de ser, de verdad y de gloria; yo, abismo de nada, de vanidad y de miseria».

La segunda señal de la verdadera vocación es la obediencia. Todo apostolado tiene a quién obedecer: el apostolado religioso, a sus Superiores; el apostolado sacerdotal, a sus Obispos; el apostolado seglar, a sus Jerarquías. Y todos, al Papa, supremo director del apostolado de la Iglesia.

Este ejemplo se lo daban los ángeles a Isaías en el día de su vocación. Tenían el rostro tapado, diciendo al apóstol que tiene que obedecer a ciegas, con los ojos vendados, sin discutir, sin criticar, sin juzgar temerariamente los mandatos del superior. Tenían los pies ocultos, dándole a entender que él no debe ir por sus propios caminos, sino por los caminos que le señale el representante de Dios. Estaban llenos de alas, para significar la prontitud con que debemos estar dispuestos a volar, a cumplir los mandatos de nuestro superior. Le hemos de escuchar con alas en los oídos, lo hemos de cumplir con alas en el juicio y con alas en los pies. Y como los ángeles de Isaías, hemos de reservar siempre dos alas para volar: el entendimiento y la voluntad, la meditación y el amor, la contemplación y la acción.

Y notad que en la visión de Isaías los ángeles están al mismo tiempo de pie y vuelan. Comentaba la aparente contradicción un Santo Padre y decía agudamente: «Estar de pie delante de Dios es lo mismo que volar. ¿Quieres volar a Dios?, ponte delante de El en el silencio y en la oración, y entonces volarás y llegarás al trono del Altísimo».

Isaías nos da el ejemplo de esta perfecta obediencia cuando, al oír la voz de Dios que le dice: « ¿A quién enviaré?», responde prontamente: «Aquí estoy yo; ¡mándame a mí!». He aquí la disposición del perfecto obediente. Siempre dispuesto a obedecer, y a veces antes de ser mandado. Porque decía San Alberto el Magno. «El verdadero obediente no espera nunca el mandato, sino que en cuanto sabe o sospecha cuál es la voluntad del Superior, fervientemente y con toda prontitud la cumple». Y decía San Bernardo: «El obediente fiel no sabe de tardanzas, aborrece el mañana, ignora la pereza, se adelanta al que manda, tiene prontos los ojos para ver, los oídos para oír, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. No piensa en otra cosa que en cumplir la voluntad del superior».

Aprended además dos cosas, que sólo he de insinuaros. Primera, que nadie puede ser apóstol si no ha sido llamado por Dios. A los apóstoles que se metían por su cuenta a la predicación de la verdad, los llamaba Cristo rateros y ladrones. A nosotros no nos toca más que presentarnos a la Iglesia y decirle: Aquí estoy yo, ¡envíame! Y si la Iglesia nos envía, trabajar bajo su dirección por el reino de Dios.

Hay otra cosa que aprender: antes de salir al apostolado hay que purificarse los labios con el ascua encendida del altar. Unos labios impuros no pueden predicar a un pueblo impuro y traerlo a Dios. Nosotros también vemos a Dios llenando con su majestad todo el templo. También vemos a los ángeles rodeando el altar. En medio del altar, la hoguera encendida de las Hostias blancas en las que palpita el Corazón de Jesús. El sacerdote toma una de las ascuas de esa hoguera y nos la pone en los labios diciéndonos como el ángel a Isaías: Mira, esto ha tocado tus labios; ya estás puro, ya está borrado tu pecado. Ya puedes ir al pueblo y decirle: se acerca a vosotros el reino de Dios.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, pp. 35-38)

Cortesía: ive.org et alii





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