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Domingo 12 del Tiempo Ordinario C - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - El Mesías sufriente (Lc.9, 18-50)

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La confesión de Pedro

Santos Padres: San Ambrosio - Testimonio de Pedro

Aplicación: Papa Francisco - Perder la vida por la causa de Jesús

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El verdadero Mesías

Aplicación: Benedicto XVI - La identidad profunda de Jesús y el camino de cruz

Aplicación: Padre Juan E. Vecchi - Educar a los jóvenes en la fe: el encuentro con Cristo

Aplicación: Antonio Luis Mtnez - El Mesías de Dios

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - El Mesías sufriente (Lc.9, 18-50)


1. Mesías y Siervo de Yahveh (Lc.9, 18-27)

a) Confesión de Pedro (Lc.9, 18-20)

18 Estaba él un día haciendo oración en un lugar aparte; y los discípulos estaban con él. Y les preguntó ¿Quién dicen las gentes que soy yo? 19 Ellos le respondieron: Unos, que Juan el Bautistas otros, que Elías, y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado.

Jesús oraba en la soledad antes de situar a los discípulos ante grandes decisiones. Así lo hizo cuando la elección de los apóstoles (6,12), así lo hace también ahora que se dispone a iniciarlos en el misterio de su misión (9,18), así lo hará también antes de que asistan a la pasión y muerte de Jesús (22,32s). Cada uno de estos momentos tiene un sentido de formación de Iglesia. La Iglesia está incorporada a la oración de Jesús. La pregunta de Jesús quiere verificar el resultado de su actividad en Galilea y a la vez sentar las bases para la acción ulterior. La doctrina sobre el reino se concentra en su misión y en su posición en la historia salvífica. Los discípulos conocen también las opiniones del pueblo sobre Jesús, que habían llegado hasta la corte de Herodes. Los discípulos se las enumeran al Maestro. Jesús es tenido por el profeta de los últimos tiempos; representa el retorno de uno de los profetas que habían de preparar para el tiempo final.


20 él les dijo: Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo? Tomando la palabra Pedro, dijo: El Mesías de Dios.

La actividad en Galilea dividió al pueblo y a los discípulos. A los discípulos se dieron a conocer los misterios del reino de Dios. Pudieron presenciar los grandes hechos de Jesús en los que se manifestaba su dominio sobre la naturaleza desencadenada, sobre los demonios y la muerte. Les fue dado cooperar en la milagrosa multiplicación de los panes. Jesús tiene derecho a esperar de ellos un juicio distinto del formulado por el pueblo. La pregunta que hizo Jesús a los apóstoles, se les había planteado con frecuencia: como pregunta que a ellos mismos se les había ofrecido ya en el asombro y en el sobrecogimiento, y en los títulos que le daban: Maestro, Señor, profeta. Hasta aquí han dejado hablar al pueblo. La pregunta que ahora se les dirige los sitúa ante una respuesta clara y decisiva. Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro responde en nombre de los apóstoles. Su llamamiento representa en Lucas el comienzo de los llamamientos de discípulos. Pedro ocupa el primer lugar en la lista de los apóstoles; juntamente con Juan y Santiago, a los que es antepuesto, ha sido testigo de la resurrección de la hija de Jairo.

La confesión de Pedro designa a Jesús (literalmente) como ungido de Dios, que quiere decir también Cristo o Mesías. El título empalma con la predicción de Isaías: «El espíritu del Señor, Yahveh, descansa sobre mí, pues Yahveh me ha ungido. Y me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos...» (Isa_61:1). Jesús es el portador del tiempo de la salud, provisto del espíritu de Dios, el que publica el año de perdón del Señor (Isa_61:2).



b) Primer anuncio de la pasión (Lc 9, 21-22)

21 Pero él, con severa advertencia, les ordenó que a nadie dijeran esto. 22 EI Hijo del hombre -añadió- tiene que padecer mucho; será reprobado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y los escribas, y ha de ser llevado a la muerte; pero al tercer día tiene que resucitar.

Jesús prohíbe severamente a los discípulos que comuniquen a nadie la confesión de Pedro. Es que ésta reclama todavía un complemento esencial: el Hijo del hombre... ha de ser llevado a la muerte. Jesús no insiste en el título que le ha otorgado Pedro: ungido de Dios. Habla más bien del Hijo del hombre, como él mismo se designa. Este Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, tiene que ser reprobado y llevado a la muerte. Aquí se oye el eco de oráculos proféticos sobre el siervo de Yahveh: «Tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Isa_53:4). «Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores..., ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada» (Isa_53:3). «Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa cuando era arrancado de la tierra de los vivientes y muerto por las iniquidades de su pueblo» (Isa_53:8). En este someterse a la pasión cumple él los designios de Dios expresados en la Sagrada Escritura; por esto debía suceder todo así. El profeta da su profundo significado a esta pasión y a esta muerte: es una pasión y una muerte expiatoria; el Hijo del hombre intercede por muchos, por todos (cf. Isa_53:12). El tercer día resucitará. «Sacado de una vida de fatigas contempla la luz, sacia a muchísimos con su conocimiento. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres y recibirá muchedumbres por botín» (cf. Isa_53:1ls).

El comienzo de la actividad de Jesús en Galilea estaba presidido por el pasaje de la escritura relativo al salvador ungido por el Espíritu (Isa_61:1); Pedro vuelve sobre esta profecía aplicada a Jesús. Pero Jesús la completa con Is 53, que habla del siervo de Yahveh que sufre y expía por los pecados de los hombres. La acción y la misión de Jesús se comprende por la palabra de Dios. Como Hijo de Dios es ambas cosas: Salvador de los últimos tiempos y siervo sufriente de Yahveh.


c) Seguir a Cristo en la pasión (Lc.9, 23-27)

23 Decía luego a todos: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue cada día con su cruz y sígame. 24 Pues quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la pondrá a salvo. 25 Porque ¿qué provecho saca un hombre ganando el mundo entero si se echa a perder o se daña a sí mismo?

El discípulo de Jesús va en pos de Jesús, sigue a Jesús. Puesto que él se somete a la pasión y a la muerte, también el discípulo tiene que estar dispuesto a seguir por amor de Jesús el camino de la pasión y de la muerte. Ser discípulo es seguirle en la pasión. Seguir a Jesús en la pasión consiste en negarse uno a sí mismo y cargar con la cruz. Dado que los discípulos siguen al Maestro que es entregado a la muerte, deben estar dispuestos a no conocerse ya a sí mismos, a decir un no a sí mismos y a su vida, a odiar su propia vida (Lc.14:26) y a cargar con la cruz como Jesús.1 Más aún, a dejarse clavar en la cruz, que entonces se consideraba como la manera más ignominiosa, más cruel y más horrorosa de morir. El seguimiento en la pasión exige prontitud para sufrir el martirio ( Isa_6:22).

Al decir que el discípulo ha de cargar con la cruz añade Lucas: cada día. El martirio es cosa que sucede una sola vez, mientras que el seguimiento de Jesús en la pasión debe reanudarse cada día. «Por muchas tribulaciones tenemos que pasar para entrar en el reino de Dios» (Hec_14:22). El que se declara por Jesús, el que vive según su palabra y cumple la voluntad de Dios tal como él la proclamó, ha de tropezar con oposición desde fuera y desde dentro. Los hombres odiarán y escarnecerán a los discípulos por causa del Hijo del hombre (Hec_6:22). Hay que dar una negativa decidida a las preocupaciones excesivas, a la riqueza y al ansia de placeres, a fin de que no se ahogue la palabra de Dios (Hec_8:14).

Jesús da fuerzas para negarse a sí mismo y para cargar con la cruz. Con lo que parece echarse a perder a sí mismo se logra salvar la vida. Por el camino de la pasión y de la cruz entra Jesús en la gloria de la resurrección. También para los discípulos, después de seguir a Cristo en la pasión viene la gloria de la vida eterna. Una paradoja acuñada por Jesús. Quien pone a salvo la vida, la pierde; sacrificándola, se gana. Quien se aferra desesperadamente a la vida y no quiere perder nada de lo que hace la vida más bella y más aceptable, el que rechaza todo lo que le resulta desagradable, éste pierde la vida en el mundo futuro y la segura esperanza de salvación. Se salva, no el que quiere ponerse en salvo, sino el que practica la entrega; no se pone en salvo el que se apega nerviosamente al propio yo y a sus propios deseos, sino el que se da. No salva la vida y el propio yo el que lo protege con ansiedad, sino el que se entrega generosamente.

Con un cálculo muy sobrio, en cierto modo mercantil, invita Jesús a su seguimiento en la pasión. El que quiera seguir al siervo sufriente de Yahveh, a Jesús, debe estar pronto al martirio, a muchas tribulaciones, a perjudicarse a sí mismo. Tal seguimiento plantea una decisión. Por un lado está como ganancia la preservación de la vida terrena y la satisfacción del ansia de gozar, por el otro lado el logro de la vida eterna, verdadera satisfacción del ansia de vivir, en el reino de Dios. El que no quiera seguir al Cristo de la pasión, tampoco podrá entrar en el reino de Dios.

¿Cómo se ha de efectuar la elección? Lo decisivo es la salvación de uno mismo. ¿Qué provecho saca el hombre ganando el mundo entero, si se echa a perder a sí mismo? Lucas se sirve de dos expresiones: se echa a perder o se daña a sí mismo. También adapta estas palabras de Cristo a la vida cristiana de cada día. No todo lo que no puede conciliarse con seguir a Jesús y con su palabra, destruye la vida eterna; algunas cosas sólo la dañan. Aun lo que sólo la daña debe descartarse con serena ponderación.



(STÖGER, ALOIS, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)

(1) «Cargar con su cruz» lo entendió seguramente Lc en el sentido de que el discípulo debe estar dispuesto, como Jesús, a tomar sobre sí los oprobios, los dolores y la muerte que acompañan a la cruz. ¿Cómo se explica en labios de Jesús este «cargar con la cruz»? En la predicción de la pasión sólo habló de que le darían muerte. ¿Quería con las palabras dirigidas a los discípulos determinar más en concreto su muerte violenta como muerte en cruz? ¿O acaso no habló todavía de cruz, sino quizá de «yugo» (Mat_11:29), o de una señal de pertenencia (cf. Eze_9:4-6 : tau, T), mientras que después de la muerte de Jesús, una vez entendidas mejor las cosas, se puso el término «cruz»? En todo caso, la antigua literatura judía no tiene ninguna locución que corresponda a las palabras de Jesús.



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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La confesión de Pedro


En los tres Evangelios sinópticos, aparece como un hito importante en el camino de Jesús el momento en que pregunta a los discípulos acerca de lo que la gente dice y lo que ellos mismos piensan de Él (cf. Mc 8, 27-30; Mt 16, 13-20; Lc 9, 18-21). En los tres Evangelios Pedro contesta en nombre de los Doce con una declaración que se aleja claramente de la opinión de la «gente». En los tres Evangelios, Jesús anuncia inmediatamente después su pasión y resurrección, y añade a este anuncio de su destino personal una enseñanza sobre el camino de los discípulos, que es un seguirle a Él, al Crucificado. Pero en los tres Evangelios, este seguirle en el signo de la cruz se explica también de un modo esencialmente antropológico, como el camino del «perderse a sí mismo», que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo (cf. Mc 8, 31-9.1; Mt 16, 21-28; Lc 9, 22-27). Y, finalmente, en los tres Evangelios sigue el relato de la transfiguración de Jesús, que explica de nuevo la confesiónde Pedro profundizándola y poniéndola al mismo tiempo en relación con el misterio de la muerte y resurrección de Jesús (cf. Mc 9, 2-13; Mt 17, 1-13; Lc 9, 28-36).

Sólo en Mateo aparece, inmediatamente después de la confesión de Pedro, la concesión del poder de las llaves del reino —el poder de atar y desatar— unida a la promesa de que Jesús edificará sobre él —Pedro— su Iglesia como sobre una piedra. Relatos de contenido paralelo a este encargo y a esta promesa se encuentran también en Lucas 22, 31s, en el contexto de la Última Cena, y en Juan 21, 15 -19, después de la resurrección de Jesús.

Por lo demás, en Juan se encuentra también una confesión de Pedro que se coloca igualmente en un hito importante del camino de Jesús, y que sólo entonces le da al círculo de los Doce toda su importancia y su fisonomía (cf. Jn 6, 68s). Al tratar la confesión de Pedro según los sinópticos tendremos que considerar también este texto que, a pesar de todas las diferencias, muestra elementos fundamentales comunes con la tradición sinóptica.

Estas explicaciones un tanto esquemáticas deberían haber dejado claro que la confesión de Pedro sólo se puede entender correctamente en el contexto en que aparece, en relación con el anuncio de la pasión y las palabras sobre el seguimiento: estos tres elementos —las palabras de Pedro y la doble respuesta de Jesús—van indisolublemente unidos. Para comprender dicha confesión es igualmente indispensable tener en cuenta la confirmación por parte del Padre mismo, y a través de la Ley y los Profetas, después de la escena de la transfiguración. En Marcos, el relato de la transfiguración es precedido de una promesa —aparente— de la Parusía, que por un lado enlaza con las palabras sobre el seguimiento, pero por otro introduce la transfiguración de Jesús y de este modo explica a su manera tanto el seguimiento corno la promesa de la Parusía. Las palabras sobre el seguimiento, que en Marcos y Lucas están dirigidas a todos —al contrario que el anuncio de la pasión, que se hace sólo a los testigos—, introducen el factor eclesiológico en el contexto general; abren el horizonte del conjunto a todos, más allá del camino recién emprendido por Jesús hacia Jerusalén (cf. Lc 9, 23), del mismo modo que su explicación del seguimiento del Crucificado hace referencia a aspectos fundamentales de la existencia humana en general.

Juan sitúa estas palabras en el contexto del Domingo de Ramos y las relaciona con la pregunta de los griegos que buscan a Jesús; de este modo, destaca claramente el carácter universal de dichas afirmaciones. Al mismo tiempo están aquí relacionadas con el destino de Jesús en la cruz, que pierde así todo carácter casual y aparece en su necesidad intrínseca (cf. Jn 12, 24s). Con sus palabras sobre el grano de trigo que muere, Juan relaciona además el mensaje del perderse y encontrarse con el misterio eucarístico, que en su Evangelio, al final de la historia de la multiplicación de los panes y su explicación en el sermón eucarístico de Jesús, determina también el contexto de la confesión de Pedro.

Centrémonos ahora en las distintas partes de este gran entramado de sucesos y palabras. Mateo y Marcos mencionan corno escenario del acontecimiento la zona de Cesarea de Felipe (hoy Banyás), el santuario de Pan erigido por Herodes el Grande junto a las fuentes del Jordán. Herodes hijo convirtió este lugar en capital de su reino, dándole el nombre en honor a César Augusto y a sí mismo.

La tradición ha ambientado la escena en un lugar en el que un empinado risco sobre las aguas del Jordán simboliza de forma sugestiva las palabras acerca de la roca. Marcos y Lucas, cada uno a su modo, nos introducen, por así decirlo, en la ambientación interior del suceso. Marcos dice que Jesús había planteado su pregunta «por el camino»; está claro que el camino de que habla conducía a Jerusalén: ir de camino hacia las «aldeas de Cesarea de Felipe» (Mc 8, 27) quiere decir que se está al inicio de la subida a Jerusalén, hacia el centro de la historia de la salvación, hacia el lugar en el que debía cumplirse el destino de Jesús en la cruz y en la resurrección, pero en el que también tuvo su origen la Iglesia después de estos acontecimientos. La confesión de Pedro y por tanto las siguientes palabras de Jesús se sitúan al comienzo de este camino.

Tras la gran época de la predicación en Galilea, éste es un momento decisivo: tanto el encaminarse hacia la cruz como la invitación a la decisión que ahora distingue netamente a los discípulos de la gente que sólo escucha a Jesús pero no le sigue, hace claramente de los discípulos el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús: la futura Iglesia. Una característica de esta comunidad es estar «en camino» con Jesús; de qué camino se trata quedará claro precisamente en este contexto. Otra característica de esta comunidad es que su decisión deacompañar al Señor se basa en un conocimiento, en un «conocer» a Jesús que al mismo tiempo les obsequia con un nuevo conocimiento de Dios, del Dios único en el que, como israelitas, creen.

En Lucas —de acuerdo con el sentido de su visión de la figura de Jesús— la confesión de Pedro va unida a un momento de oración. Lucas comienza el relato de la historia con una paradoja intencionada: «Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos» (9, 18). Los discípulos quedan incluidos en ese «estar solo», en su reservadísimo estar con el Padre. Se les concede verlo como Aquel que habla con el Padre cara a cara, de tú a tú, como hemos visto al comienzo de este libro. Pueden verlo en lo íntimo de su ser, en su ser Hijo, en ese punto del que provienen todas sus palabras, sus acciones, su autoridad. Ellos pueden ver lo que la «gente» no ve, y esta visión les permite tener un conocimiento que va más allá de la «opinión» de la «gente». De esta forma de ver a Jesús se deriva su fe, su confesión; sobre esto se podrá edificar después la Iglesia.

Aquí es donde encuentra su colocación interior la doble pregunta de Jesús. Esta doble pregunta sobre la opinión de la gente y la convicción de los discípulos presupone que existe, por un lado, un conocimiento exterior de Jesús que no es necesariamente equivocado aunque resulta ciertamente insuficiente, y por otro lado, frente a él, un conocimiento más profundo vinculado al discipulado, al acompañar en el camino, y que sólo puede crecer en él. Los tres sinópticos coinciden en afirmar que, según la gente, Jesús era Juan el Bautista, o Elías o uno de los profetas que había resucitado; Lucas había contado con anterioridad que Herodes había oído tales interpretaciones sobre la persona y la actividad de Jesús, sintiendo por eso deseos de verlo. Mateo añade como variante la idea manifestada por algunos de que Jesús era Jeremías.

Todas estas opiniones tienen algo en común: sitúan a Jesús en la categoría de los profetas, una categoría que estaba disponible como clave interpretativa a partir de la tradición de Israel. En todos los nombres que se mencionan para explicar la figura de Jesús se refleja de algún modo la dimensión escatológica, la expectativa de un cambio que puede ir acompañada tanto de esperanza como de temor. Mientras Elías personifica más bien la esperanza en la restauración de Israel, Jeremías es una figura de pasión, el que anuncia el fracaso de la forma de la Alianza hasta entonces vigente y del santuario, y que era, por así decirlo, la garantía concreta de la Alianza; no obstante, es también portador de la promesa de una Nueva Alianza que surgirá después de la caída. Jeremías, en su padecimiento, en su desaparición en la oscuridad de la contradicción, es portador vivo de ese doble destino de caída y de renovación.

Todas estas opiniones no es que sean erróneas; en mayor o menor medida constituyen aproximaciones al misterio de Jesús a partir de las cuales se puede ciertamente encontrar el camino hacia el núcleo esencial. Sin embargo, no llegan a la verdadera naturaleza deJesús ni a su novedad. Se aproximan a él desde el pasado, o desde lo que generalmente ocurre y es posible; no desde sí mismo, no desde su ser único, que impide el que se le pueda incluir en cualquier otra categoría. En este sentido, también hoy existe evidentemente la opinión de la «gente», que ha conocido a Cristo de algún modo, que quizás hasta lo ha estudiado científicamente, pero que no lo ha encontrado personalmente en su especificidad ni en su total alteridad. Karl Jaspers ha considerado a Jesús como una de las cuatro personas determinantes, junto a Sócrates, Buda y Confucio, reconociéndole así una importancia fundamental en la búsqueda del modo recto de ser hombres; pero de esa manera resulta que Jesús es uno entre tantos, dentro de una categoría común a partir de la cual se les puede explicar, pero también delimitar.

Hoy es habitual considerar a Jesús como uno de los grandes fundadores de una religión en el mundo, a los que se les ha concedido una profunda experiencia de Dios. Por tanto, pueden hablar de Dios a otras personas a las que esa «disposición religiosa» les ha sido negada, haciéndoles así partícipes, por así decirlo, de su experiencia de Dios. Sin embargo, en esta concepción queda claro que se trata de una experiencia humana de Dios, que refleja la realidad infinita de Dios en lo finito y limitado de una mente humana, y que por eso se trata sólo de una traducción parcial de lo divino, limitada además por el contexto del tiempo y del espacio. Así, la palabra «experiencia» hace referencia, por un lado, a un contacto real con lo divino, pero al mismo tiempo comporta la limitación del sujeto que la recibe. Cada sujeto humano puede captar sólo unfragmento determinado de la realidad perceptible, y que además necesita después ser interpretado. Con esta opinión, uno puede sin duda amar a Jesús, convertirlo incluso en guía de su vida. Pero la «experiencia de Dios» vivida por Jesús a la que nos aficionamos de este modo se queda al final en algo relativo, que debe ser completado con los fragmentos percibidos por otros grandes. Por tanto, a fin de cuentas, el criterio sigue siendo el hombre mismo, cada individuo: cada uno decide lo que acepta de las distintas «experiencias», lo que le ayuda o lo que le resulta extraño. En esto no se da un compromiso definitivo.

A la opinión de la gente se contrapone el conocimiento de los discípulos, manifestado en la confesión de fe. ¿Cómo se expresa? En cada uno de los tres sinópticos está formulado de manera distinta, y de manera aún más diversa en Juan. Según Marcos, Pedro le dice simplemente a Jesús: «Tú eres [el Cristo] el Mesías» (8, 29). Según Lucas, Pedro lo llama «el Cristo [el Ungido] de Dios» (9, 20) y, según Mateo, dice: «Tú eres Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios vivo» (16, 16). Finalmente, en Juan la confesión de Pedro reza así: «Tú eres el Santo de Dios» (6, 69).

Puede surgir la tentación de elaborar una historia de la evolución de la confesión de fe cristiana a partir de estas diferentes versiones. Sin duda, la diversidad de los textos refleja también un proceso de desarrollo en el que poco a poco se clarifica plenamente lo que al principio, en los primeros intentos, como a tientas, se indicaba de un modo todavía vago. En el ámbito católico, Pierre Grelot ha ofrecido recientemente la interpretación más radical de la contraposición de estos textos: no ve una evolución, sino una contradicción. La simple confesión mesiánica de Pedro que relata Marcos refleja sin duda correctamente el momento histórico; pero se trata todavía de una confesión puramente «judía», que interpreta a Jesús como un Mesías político según las ideas de la época. Sólo la exposición de Marcos manifestaría una lógica clara, pues sólo un mesianismo político explicaría la oposición de Pedro al anuncio de la pasión, una intervención a la que Jesús —como hiciera cuando Satanás le ofreció el poder— responde con un brusco rechazo: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8, 33). Esta áspera reacción sólo sería coherente si con ella se hiciera referencia también a la confesión anterior y se la rechazara como falsa; no tendría lógica en cambio en la confesión madura, desde el punto de vista teológico, que aparece en la versión de Mateo.

(…)

Pero es el momento de volver a la confesión que Pedro hace de Cristo y, con ello, a nuestro tema principal. Hemos visto que Grelot considera la confesión de Pedro narrada por Marcos como totalmente «judía» y, por ello, rechazada por Jesús. Pero este rechazo no aparece en el texto, en el que Jesús sólo prohíbe la divulgación pública de esta confesión, que la gente de Israel podría efectivamente malinterpretar, conduciendo, por un lado, a una serie de falsas esperanzas en Él y, por otro, a un proceso político contra Él. Sólo después de esta prohibición sigue la explicación de lo que significa realmente «Mesías»: el verdadero Mesías es el «Hijo del hombre», que es condenado a muerte y que sólo así entra en su gloria como el Resucitado a los tres días de su muerte.

La investigación habla, en relación con el cristianismo de los orígenes, de dos tipos de fórmulas de confesión: la «sustantiva» y la «verbal»; para entenderlo mejor podríamos hablar de tipos de confesión de orientación «ontológica» y otros orientados a la historia de la salvación. Las tres formas de la confesión de Pedro que nos transmiten los sinópticos son «sustantivas»: Tú eres el Cristo; el Cristo de Dios; el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Señor pone siempre al lado de estas afirmaciones sustantivas la confesión «verbal»: el anuncio anticipado del misterio pascual de cruz y resurrección. Ambos tipos de confesión van unidos, y cada uno queda incompleto yen el fondo incomprensible sin el otro. Sin la historia concreta de la salvación, los títulos resultan ambiguos: no sólo la palabra «Mesías», sino también la expresión «Hijo del Dios vivo». También este título se puede entender como totalmente opuesto al misterio de la cruz. Y viceversa, la mera afirmación de lo que ha ocurrido en la historia de la salvación queda sin su profunda esencia, si no queda claro que Aquel que allí ha sufrido es el Hijo del Dios vivo, es igual a Dios (cf. Flp 2, 6), pero que se despojó a sí mismo y tomó la condición de siervo rebajándose hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 7s). En este sentido, sólo la estrecha relación de la confesión de Pedro y de las enseñanzas de Jesús a los discípulos nos ofrece la totalidad y lo esencial de la fe cristiana. Por eso, también los grandes símbolos de fe de la Iglesia han unido siempre entre sí estos dos elementos.

Y sabemos que los cristianos —en posesión de la confesión justa— tienen que ser instruidos continuamente, a lo largo de los siglos, y también hoy, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino a lo largo de todas las generaciones no es el camino de la gloriay el poder terrenales, sino el camino de la cruz. Sabemos y vernos que, también hoy, los cristianos —nosotros mismos— llevan aparte al Señor para decirle: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16, 22). Y como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras artes. Y así, el Señor tiene que decirnos siempre de nuevo también a nosotros: « ¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mc 8, 33). En este sentido, toda la escena muestra una inquietante actualidad. Ya que, en definitiva, seguimos pensando según «la carne y la sangre» y no según la revelación que podemos recibir en la fe.

Hemos de volver una vez más a los títulos de Cristo que se encuentran en las confesiones. Ante todo, es importante ver que la forma específica del título hay que comprenderla cada vez dentro del conjunto de cada uno de los Evangelios y de su particular forma de tradición. Siempre es importante la relación con el proceso de Jesús, durante el cual vuelve a aparecer la confesión de los discípulos como pregunta y acusación. En Marcos, la pregunta del sumo sacerdote retoma el título de Cristo (Mesías) y lo amplía: « ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?» (14, 61). Esta pregunta presupone que tales interpretaciones de la figura de Jesús se habían hecho de dominio público a través de los grupos de discípulos. El poner en relación los títulos de Cristo (Mesías) e Hijo procedía de la tradición bíblica (cf. Sal2, 7; Sal 110). Desde este punto de vista, la diferencia entre las versiones de Marcos y Mateo se relativiza y resulta menos profunda que en la exegesis de Grelot y otros. En Lucas, Pedro reconoce a Jesús —según hemos visto— como «el Ungido (Cristo, Mesías) de Dios». Aquí nos volvemos a encontrar con lo que el anciano Simeón sabía sobre el Niño Jesús, al que preanunció como el Ungido (Cristo) del Señor (cf. Lc 2, 26). Como contraste, a los pies de la cruz, «las autoridades» se burlan de Jesús diciéndole: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido» (Lc 23, 35). Así, el arco se extiende desde la infancia de Jesús, pasando por la confesión de Cesarea de Felipe, hasta la cruz: los tres textos juntos manifiestan la singular pertenencia del «Ungido» a Dios.

Pero en el Evangelio de Lucas hay que mencionar otro acontecimiento importante para la fe de los discípulos en Jesús: la historia de la pesca milagrosa, que termina con la elección de Simón Pedro y de sus compañeros para que sean discípulos. Los experimentados pescadores habían pasado toda la noche sin conseguir nada, y entonces Jesús les dice que salgan de nuevo, a plena luz del día, y echen las redes al agua.Para los conocimientos prácticos de estos hombres resultaba una sugerencia poco sensata, pero Simón responde: «Maestro... por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5). Luego viene la pesca abundantísima, que sobrecoge a Pedro profundamente. Cae a los pies del Señor en actitud de adoración y dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (5, 8). Reconoce en lo ocurrido el poder de Dios, que actúa a través de la palabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo en Jesús le impresiona profundamente. A la luz y bajo el poder de esta presencia, el hombre reconocesu miserable condición. No consigue soportar la tremenda potencia de Dios, es demasiado imponente para él. Desde el punto de vista de la historia de las religiones, éste es también uno de los textos más impresionantes para explicar lo que ocurre cuando el hombre se siente repentinamente ante la presencia directa de Dios. En ese momento el hombre sólo puede estremecerse por lo que él es y rogar ser liberado de la grandeza de esta presencia. Esta percepción repentina de Dios en Jesús se expresa en el título que Pedro utiliza ahora para Jesús: Kyrios, Señor. Es la denominación de Dios utilizada en el Antiguo Testamento para remplazar el nombre de Dios revelado en la zarza ardiente que no se podía pronunciar. Si antes de hacersea la mar Jesús era para Pedro el «epistáta» —que significa maestro, profesor, rabino—, ahora lo recoríbce como el Kyrios.

Una situación similar la encontramos en el relato de Jesús que camina sobre las aguas del lago encrespadas por la tempestad para llegar a la barca de los discípulos. Pedro le pide que le permita también a él andar sobre las aguas para ir a su encuentro. Como empezaba a hundirse, la mano tendida de Jesús lo salva, subiendo después los dos a la barca. En ese instante el viento se calma. Entonces ocurre lo mismo que había sucedido en la historia de la pesca milagrosa: los discípulos de la barca se postran ante Jesús, un gesto que expresa a la vez sobrecogimiento y adoración. Y reconocen: «Realmente eres el Hijo de Dios» (cf. Mt 14, 22-33). La confesión de Pedro narrada en Mateo 16, 16 encuentra claramente su fundamento en esta y en otras experiencias análogas que se relatan en el Evangelio.En Jesús, los discípulos sintieron muchas veces y dedistintas formas la presencia misma del Dios vivo.

Antes de intentar componer una imagen con todas estas piezas del mosaico, debemos examinar brevemente aún la confesión de Pedro que aparece en Juan. El sermón eucarístico de Jesús, que en Juan sigue a la multiplicación de los panes, retoma públicamente, por así decirlo, el «no» de Jesús al tentador, que le había invitado a convertir las piedras en panes, es decir, a ver su misión reducida a proporcionar bienestar material. En lugar de esto, Jesús hace referencia a la relación con el Dios vivo y al amor que procede de Él, que es la verdadera fuerza creadora, dadora de sentido, y después también de pan: así explica su misterio personal, se explica a sí mismo, a través de su entrega como el pan vivo. Esto no gusta a los hombres; muchos se alejan de Él. Jesús les pregunta a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro responde: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna: nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios» (in 6, 68s).

Hemos de reflexionar con más detalle sobre esta versión de la confesión de Pedro en el contexto de la Última Cena. En dicha confesión se perfila el misterio sacerdotal de Jesús: en el Salmo 106, 16 se llama a Aarón «el santo de Dios». El título remite retrospectivamente al discurso eucarístico y, con ello, se proyecta hacia el misterio de la cruz de Jesús; está por tanto enraizado en el misterio pascual, en el centro de la misión de Jesús, y alude a la total diferencia de su figura respecto a las formas usuales de esperanza mesiánica. El Santo de Dios: estas palabras nos recuerdan también el abatimiento de Pedro ante la cercanía del Santo después de la pesca milagrosa, que le hace experimentar dramáticamente la miseria de su condición de pecador. Así pues, nos encontramos absolutamente en el contexto de la experiencia de Jesús que tuvieron los discípulos, y que hemos intentado conocer a partir de algunos momentos destacados de su camino de comunión con Jesús.


¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? En primer lugar hay que decir que el intento de reconstruir históricamente las palabras originales de Pedro, considerando todo lo demás como desarrollos posteriores, tal vez incluso a la fe postpascual, induce a error. ¿De dónde podría haber surgido realmente la fe postpascual si el Jesús prepascual no hubiera aportado fundamento alguno para ello? Con tales reconstrucciones, la ciencia pretende demasiado.

Precisamente el proceso de Jesús ante el Sanedrín pone al descubierto lo que de verdad resultaba escandaloso en Él: no se trataba de un mesianismo político; éste se daba en cambio en Barrabás y más tarde en Bar-Kokebá. Ambos tuvieron sus seguidores, y ambos movimientos fueron reprimidos por los romanos. Lo que causaba escándalo de Jesús era precisamente lo mismo que ya vimos en la conversación del rabino Neusner con el Jesús del Sermón de la Montaña: el hecho de que parecía ponerse al mismo nivel que el Dios vivo. Éste era el aspecto que no podía aceptar la fe estrictamente monoteísta de los judíos; eso era lo que incluso Jesús sólo podía preparar lenta y gradualmente. Eso eratambién lo que — dejando firmemente a salvo la continuidad ininterrumpida con la fe en un único Dios—impregnaba todo su mensaje y constituía su carácter novedoso, singular, único. El hecho de que el proceso ante los romanos se convirtiera en un proceso contra un mesianismo político respondía al pragmatismo de los saduceos. Pero también Pilato sintió que se trataba en realidad de algo muy diferente, que a un verdadero «rey» políticamente prometedor nunca lo habrían entregado para que lo condenara.

Con esto nos hemos anticipado. Volvamos a las confesiones de los discípulos. ¿Qué vemos, si juntamos todo este mosaico de textos? Pues bien, los discípulos reconocen que Jesús no tiene cabida en ninguna de las categorías habituales, que Él era mucho más que «uno de los profetas», alguien diferente. Que era más que uno de los profetas lo reconocieron a partir del Sermón de la Montaña y a la vista de sus acciones portentosas, de su potestad para perdonar los pecados, de la autoridad de su mensaje y de su modo de tratar las tradiciones de la Ley. Era ese «profeta» que, al igual que Moisés, hablaba con Dios como con un amigo, cara a cara; era el Mesías, pero no en el sentido de un simple encargado de Dios.

En Él se cumplían las grandes palabras mesiánicas de un modo sorprendente e inesperado: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal2, 7). En los momentos significativos, los discípulos percibían atónitos: «Este es Dios mismo». Pero no conseguían articular todos los aspectos en una respuesta perfecta.

Utilizaron —justamente— las palabras de promesa de la Antigua Alianza: Cristo, Ungido, Hijo de Dios, Señor. Son las palabras clave en las que se concentró su confesión que, sin embargo, estaba todavía en fase de búsqueda, como a tientas. Sólo adquirió su forma completa en el momento en el que Tomás tocó las heridas del Resucitado y exclamó conmovido: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Pero, en definitiva, siempre estaremos intentando comprender estas palabras. Son tan sublimes que nunca conseguiremos entenderlas del todo, siempre nos sobrepasarán. Durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que sólo se nos pueden hacer comprensibles en el contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión.
(JOSEPH RATZINGER - BENEDICTO XIV, Jesús de Nazaret, Primera Parte, Ediciones Planeta, 2007, pp. 337-356)




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Santos Padres: San Ambrosio - Testimonio de Pedro


93. Y díjoles: ¿quién decís vosotros que soy yo? Respondió Simón Pedro: El Cristo de Dios.

La opinión de las masas tiene su interés: unos creen que ha resucitado Elías, que ellos pensaban que había de venir; otros Juan, que reconocían había sido decapitado; o uno de los profetas antiguos. Pero investigar más sobrepasa nuestras posibilidades: es sentencia y prudencia de otro. Pues, si basta al apóstol Pablo no conocer más que a Cristo, y crucificado (1 Co 2,2), ¿qué puedo desear conocer más que a Cristo? En este solo nombre está expresada la divinidad, la encarnación y la realidad de la pasión. Aunque los demás apóstoles lo conocen, sin embargo,Pedro responde por los demás: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Así ha abarcado todas las cosas al expresar la naturaleza y el nombre, en el cual está la suma de todas las virtudes. ¿Vamos nosotros a solucionar las cuestiones sobre la generación de Dios, cuando Pablo ha juzgado que él no sabe nada fuera de Cristo Jesús, y crucificado, cuando Pedro ha creído no deber confesar más que al Hijo de Dios? Nosotros investiguemos, con los ojos de la debilidad humana cuándo y cómo Él ha nacido, y cuál es su grandeza. Pablo ha reconocido en esto el escollo de la cuestión, más que una utilidad para la edificación, y ha decidido no saber otra cosa que Cristo Jesús. Pedro ha sabido que en el Hijo de Dios están todas las cosas, pues el Padre lo ha dado todo al Hijo (Jn 3,35). Si dio todo, transmitió también la eternidad y la majestad que posee. Pero ¿para qué ir más lejos? El fin de mi fe es Cristo, el fin de mi fe es el Hijo de Dios; no me es permitido conocer lo que precede a su generación, pero tampoco me está permitido ignorar la realidad de su generación.

94. Cree, pues, de la manera en que ha creído Pedro, a fin de ser feliz tú también, para merecer oír tú mismo también: Pues no ha sido la carne ni la sangre la que te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Efectivamente, la carne y la sangre no pueden revelar más que lo terreno; por el contrario, el que habla de los misterios en espíritu no se apoya sobre las enseñanzas de la carne ni de la sangre, sino sobre la inspiración divina. No descanses tú sobre la carne y la sangre, no sea que adquieras las normas de la carne y de la sangre y tú mismo te hagas carne y sangre. Pues el que se adhiere a la carne, es carne el que se adhiere a Dios es un solo espíritu (con El) (1 Co6,17). Mi espíritu, dice, no permanecerá nunca más con estos hombres, porque son carnales (Gn 6,3).

95. Más ¡ojalá que los que escuchan no sean carne ni sangre, sino que, extraños a los deseos de la carne y de la sangre, puedan decir: No temeré qué pueda hacerme la carne! (Sal 55,5). El que ha vencido a la carne es un fundamento de la Iglesia y, si no puede igualar a Pedro, al menos puede imitarle. Pues los dones de Dios son grandes: no sólo ha restaurado lo que era nuestro, sino que nos ha concedido lo que era suyo.

96. Sin embargo, podemos preguntarnos por qué la multitud no veía en Él otro más que Elías, Jeremías o Juan Bautista. Elías, tal vez, porque fue llevado al cielo; pero Cristo no es Elías: uno es arrebatado al cielo, el otro regresa; uno, he dicho, ha sido arrebatado, el otro no ha creído una rapiña ser igual a Dios (Flp 2,6); uno es vengado por las llamas que él invoca (1 R 18,38), el otro ha querido mejor sanar a sus perseguidores que perderlos. Mas ¿por qué lo han creído Jeremías? Tal vez porque él fue santificado en el seno de su madre. Pero Él no es Jeremías. Uno es santificado, el otro santifica; la santificación de uno ha comenzado con su cuerpo, el otro es el Santo del Santo. ¿Por qué, pues, el pueblo creía que era Juan? ¿No será porque estando en el seno de su madre percibió la presencia del Señor? Pero Él no es Juan: uno adoraba estando en el seno, el otro era adorado; uno bautizaba con agua, Cristo en el Espíritu; uno predicaba la penitencia, el otro perdonaba los pecados.

97. Por eso Pedro no ha seguido el juicio del pueblo, sino que ha expresado el suyo propio al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El que es, es siempre, no ha comenzado a ser, di dejará de ser. La bondad de Cristo es grande porque casi todos sus nombres los ha dado a sus discípulos: Yo soy, dice, la luz del mundo (Jn 8,12); y, sin embargo, este nombre, del que Él se gloría, lo ha dado a sus discípulos cuando dijo: Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5,14). Yo soy el pan vivo (Jn 6,51); y todos nosotros somos un solo pan (1 Co 10,17). Yo soy la verdadera vid (Jn 15,1); y Él te dice: Yo te planté de la vid más generosa, toda verdadera (Jr 2,21). Cristo es piedra —pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1 Co 10,4)—, y Él tampoco ha rehusado la gracia de este nombre a su discípulo, de tal forma que él es también Pedro, para que tenga de la piedra la solidez constante, la firmeza de la fe.

98. Esfuérzate también tú en ser piedra. Y así, no busques la piedra fuera de ti, sino dentro de ti. Tu piedra es tu acción; tu piedra es tu espíritu. Sobre esta piedra se edifique tu casa,para que ninguna borrasca de los malos espíritus puedan tirarla. Tu piedra es la fe; la fe es el fundamento de la Iglesia. Si eres piedra, estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está fundada sobre piedra. Si estás en la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán sobre ti:las puertas del infierno son las puertas de la muerte, y las puertas de la muerte no pueden ser las puertas de la Iglesia.

99. Pero ¿qué son las puertas de la muerte, es decir, las puertas del infierno, sino las diversas especies de pecados? Si fornicas, has pasado las puertas de la muerte. Si dejas la fe buena, has franqueado las puertas del infierno. Si has cometido un pecado mortal, has pasado las puertas de la muerte. Más Dios tiene poderde abrirte las puertas de la muerte, para que proclames sus alabanzas en las puertas de la hija de Sión (Sal 9,14). En cuanto a las puertas de la Iglesia, éstas son las puertas de la castidad, las puertas de la justicia, que el justo acostumbra a franquear: Ábreme, dice, las puertas de la justicia, y, habiendo pasado por ellas, alabaré al Señor (Sal 117,19). Pero como la puerta de la muerte es lapuerta del infierno, la puerta de la justicia es la puerta de Dios; pues he aquí la puerta del Señor, los justos entrarán por ella (ibíd., 20). Por eso, huye de la obstinación en el pecado, para que las puertas del infierno no triunfen sobre ti; porque, si el pecado se adueña en ti, ha triunfado la puerta de la muerte. Huye, pues, de las riñas, disensiones, de las estrepitosas y tumultuosas discordias, para que no llegues a traspasar las puertas de la muerte. Pues el Señor no ha querido al principio ser proclamado, paraque no se levantase ningún tumulto. Exhorta a sus discípulos quea nadie digan: El Hijo del hombre ha de padecer mucho, serrechazado de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes, yde los escribas, ser muerto, y resucitar al tercer día (Lc 9,22).

100. Tal vez el Señor ha añadido esto porque sabía que susdiscípulos difícilmente habían de creer en su pasión y en su resurrección. Por eso ha preferido afirmar El mismo su pasión y suresurrección, para que naciese la fe del hecho y no la discordiadel anuncio. Luego Cristo no ha querido glorificarse, sino queha deseado aparecer sin gloria para padecer el sufrimiento; y tú, que has nacido sin gloria, ¿quieres glorificarte? Por el camino que ha recorrido Cristo es por donde tú has de caminar. Esto es reconocerle, esto es imitarle en la ignominia y en la buena fama(cf.2 Co 6,8), para que te gloríes en la cruz, como El mismo se ha gloriado. Tal fue la conducta de Pablo, y por eso se gloría al decir: Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Ga 6,14).

101. Pero veamos por qué según San Mateo (16,20), nosotros encontramos que son avisados los discípulos de no decir a nadie que Él es el Cristo, mientras que aquí se les increpa, según está escrito, de no decir a nadie que Él ha de padecer mucho y que ha de resucitar. Advierte que en el nombre de Cristo se encierra todo. Pues Él mismo es el Cristo que ha nacido de una Virgen, que ha realizado maravillas ante el pueblo, que ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado de entre los muertos. Suprimir una de estas cosas equivale a suprimir tu salvación. Pues aun los herejes parecen tener a Cristo con ellos: nadie reniega el nombre de Cristo; pero es renegar a Cristo no reconocer todo lo que pertenece a Cristo. Por muchos motivos. Él ordena a sus discípulos guardar silencio: para engañar al demonio, evitar la ostentación, enseñar la humildad, y también para que sus discípulos, todavía rudos e imperfectos, no queden oprimidos por la mole de un anuncio completo.

102. Examinemos ahora por qué motivo manda callar también a los espíritus impuros. Nos descubre esto la misma Escritura, pues Dios dice al pecador: ¿Por qué cuentas tú mis justicias? (Sal 49,16). No sea que, mientras oye al predicador, siga que yerra; pues mal maestro es el diablo, que muchas veces mezcla lo falso con lo verdadero, para cubrir con apariencias de verdad su testimonio fraudulento.

103. Consideremos también aquí: ¿Es ahora la primera vez que Él ordena a sus discípulos no digan a nadie que Él es el Cristo? ¿O lo ha recomendado ya cuando envió a los doce apóstoles y les prescribió: No vayáis a los gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel; curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios, e informaos de quien hay en ella digno y quedaos allí hasta que partáis (Mt 10,5ss). No se ve en esta ordenación que predicasen a Cristo Hijo deDios.

104. Hay, pues, un orden para la discusión y un orden para la exposición; también nosotros, cuando los gentiles son llamados a la Iglesia, debemos establecer un orden en nuestra actuación: primero enseñar que sólo hay un Dios, autor del mundo y de todas las cosas, en quien vivimos, existimos y nos movemos, y de la raza del cual somos nosotros (Hch 17,28); de tal modo que debemos amarle no sólo por los beneficios de la luz y de la vida, sino, más aún, por cierto parentesco de raza. Luego destruiremos la idea que ellos tienen de los ídolos, pues la materia del oro, de la plata o de la madera, no puede tener una energía divina. Ha­biéndoles convencido de la existencia de un solo Dios, tú podrás, gracias a Él, mostrar que la salvación nos ha sido dada por Jesucristo, comenzando por lo que Él ha realizado en su cuerpo y mostrando el carácter divino, de modo que aparezca que Él es más que un hombre, habiendo vencido la muerte por su fuerza propia, y que este muerto ha resucitado de los infiernos. Efectivamente, poco a poco es como aumenta la fe: viendo que es más que un hombre, se cree que es Dios; pues sin probar que Élno ha podido realizar estas cosas sin un poder divino, ¿cómo podrías demostrar que había en Él una energía divina?

105. Más, si, tal vez, esto te parezca de poca autoridad y fe, lee el discurso dirigido por el Apóstol a los atenienses. Si al principio Él hubiera querido destruir las ceremonias idolátricas, los oídos paganos hubieran rechazado sus palabras. El comenzó por un solo Dios, creador del mundo, diciendo: Dios que ha hecho el mundo y todo lo que en él se encuentra (Hch 17,24). Ellos no podían negar que hay un solo autor del mundo, un solo Dios, un creador de todas las cosas. El añade que el Dueño del cielo y de la tierra no se digna habitar en las obras de nuestras manos; puesto que no es verosímil que el artista humano encierre en la vana materia del oro y de la plata el poder de la divinidad; el remedio para este error, decía, es el deseo de arrepentirse. Luego vino a Cristo y no quiso, sin embargo, llamarlo Dios más que hombre: En el hombre, dice, que Él ha designado a la fe de todos resucitándole de la muerte.En efecto, el que predica ha de tener presente la calidad de las personas que le escuchan, para no ser burlado antes de ser entendido. ¿Cómo habrían creído los atenienses que el Verbo se hizo carne, y que una Virgen ha concebido del Espíritu Santo, si se reían cuando oían hablar de la resurrección de los muertos? Sin embargo, Dionisio Areopagita ha creído y creyeron los demás en este hombre para creer en Dios. ¿Qué importa el orden en que cada uno cree? No se pide la lección desde el principio, sino que desde elprincipio se llegue a la perfección. Él ha instruido a los atenienses siguiendo esemétodo, y éste es el que nosotros debemos seguir con los gentiles

106. Más cuando los apóstoles se dirigen a los judíos, ellos dicen que Cristo es Aquel que nos ha sido prometido por los oráculos de los profetas. Ellos no lo llaman desde el principio y por su propia autoridad Hijo de Dios, sino un hombre bueno, justo, un hombre resucitado de entre los muertos, el hombre del que habían dicho los profetas: Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado (Sal 2,7). Luego también tú, en las cosas difíciles de creer, acude a la autoridad de la palabra divina y muestra que su venida fue prometida por la voz de los profetas; enseña que su resurrección había sido afirmada también mucho tiempo antes por el testimonio de la Escritura —no aquella que es normal y común a todos—, a fin de obtener, estableciendo su resurrección corporal, un testimonio de su divinidad. Habiendo constatado, en efecto, que los cuerpos de los otros sufren la corrupción después de muertos, para éste, del cual se ha dicho: Tú no permitirás que tu Santo vea la corrupción (Sal 15,10), reconocerás la exención de la fragilidad humana, muestras que El sobrepasa las características de la naturaleza humana y, por lo tanto, ha de acercarse más a Dios que a los hombres.

107. Si se trata de instruir a un catecúmeno que quiere recibir los sacramentos de los fieles, es necesario decir que hay un solo Dios, de quien son todas las cosas, y un solo Jesucristo, por quien son todas las cosas(1 Co 8, 6);no hay que decirle que son dos Señores; que el Padre es perfecto, perfecto igualmente el Hijo,pero que el Padre y el Hijo no son más que una sustancia;que el Verbo eterno de Dios, Verbo no proferido, sino que obra, es engendrado del Padre, no producido por su palabra.

Luego les está prohibido a los apóstoles anunciarlo como Hijo de Dios, para que más tarde lo anuncien crucificado. El esplendor de la fe es comprender verdaderamente la cruz de Cristo. Las otras cruces no sirven para nada; sólo la cruz de Cristo me es útil, y realmente útil; por ella el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6,15). Si el mundo está crucificado para mí, yo sé que está muerto; yo no lo amo; yo sé que él pasa: yo no lo deseo; yo sé que la corrupción devorará a este mundo: yo lo evito como maloliente, lo huyo como la peste, lo dejo como nocivo.

108. Más, ciertamente, no pueden creer inmediatamente que la salvación ha sido dada a este mundo por la cruz. Muestra, pues, por la historia de los griegos que esto fue posible. También el Apóstol, con ocasión de persuadir a los incrédulos, no rehúsa los versos de los poetas para destruir las fábulas de los poetas. Si se recuerda que muchas veces legiones y grandes pueblos han sido librados por el sacrificio y la muerte de algunos, como lo afirma la historia griega;si se recuerda que la hija de un jefe ha sido ofrecida al sacrificio para hacer pasar los ejércitos de los griegos; si consideramos, en nosotros, que la sangre de los carneros, de los toros y la ceniza de una ternera santifica por su aspersión para purificar la carne, como está escrito en la carta a los Hebreos (9,13); si la peste, atraída a ciertas provincias por tales pecadosde los hombres, ha sido conjurada, se dice, por la muerte de uno solo, lo cual ha prevalecido por un razonamiento o resultado por una disposición, para que se crea más fácilmente en la cruz de Cristo, estará propenso a que los que no pueden renegar su historia confirmen la nuestra.

109. Mas como ningún hombre ha sido tan grande que haya podido quitar los pecados de todo el mundo —ni Enoc, ni Abrahán, ni Isaac, que aunque fue ofrecido a la muerte, sin embargo, fue dejado, porque él no podía destruir todos los pecados, ¿y qué hombre fue bastante grande que pudiese expiar todos los pecados? Ciertamente, no uno del pueblo, no uno de tantos, sino el Hijo de Dios, que ha sido escogido por Dios Padre; estando por encima de todos, Él podía ofrecerse por todos; Él debía morir, a fin de que, siendo más fuerte que la muerte, librase a los otros, habiendo venido a ser, entre los muertos, libre, sin ayuda (Sal 87,5), libre de la muerte sin ayuda del hombre o de una criatura cualquiera, y verdaderamente libre, puesto que rechazó la esclavitud de la concupiscencia y no conoció las cadenas de la muerte.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.6, 93-109, BAC, Madrid, 1966, pp. 334-344)

 

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Aplicación: Papa Francisco - Perder la vida por la causa de Jesús

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el evangelio de este domingo resuena una de las palabras más incisivas de Jesús: "El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc. 9,24).

He aquí un resumen del mensaje de Cristo, y se expresa en una paradoja muy eficaz, que nos hace conocer su forma de hablar, casi nos hace sentir su voz ...

Pero ¿qué significa "perder la vida por la causa de Jesús"? Esto puede suceder de dos maneras: ya sea explícitamente confesando la fe, o defendiendo implícitamente la verdad. Los mártires son el mejor ejemplo de perder la vida por Cristo. En dos mil años, son una legión inmensa los hombres y las mujeres que sacrificaron su vida para permanecer fieles a Jesucristo y al evangelio.

Y hoy en día, en muchas partes del mundo, hay muchos, más que en los primeros siglos, muchos mártires que dan su vida por Cristo, que son llevados a la muerte por no renegar de Jesucristo. Esta es nuestra Iglesia. ¡Hoy tenemos más mártires que en los primeros siglos!

Pero también existe el martirio cotidiano, que no implica la muerte pero eso también es un "perder la vida" por Cristo, cumpliendo con su deber con amor, según la lógica de Jesús, la lógica del don y sacrificio. ¡Pensemos en la cantidad de papás y mamás que cada día ponen en práctica su fe, ofreciendo concretamente la propia vida por el bien de la familia! ¡Pensemos en todos ellos! ¿Cuántos sacerdotes, frailes y religiosas desarrollan con generosidad su servicio por el Reino de Dios? ¿Cuántos jóvenes renuncian a sus propios intereses para dedicarse a los niños, a los discapacitados, a los ancianos..?. ¡Estos también son mártires! ¡Mártires cotidianos, mártires de la vida cotidiana!

Y luego hay tanta gente, cristianos y no cristianos, que "pierden la propia vida" por la verdad. Y Cristo dijo: "Yo soy la verdad", por lo tanto, quien sirve a la verdad sirve a Cristo.

Una de estas personas, que dio su vida por la verdad, es Juan el Bautista: propiamente mañana, 24 de junio, es una gran fiesta, la solemnidad de su nacimiento. Juan fue elegido por Dios para preparar el camino delante de Jesús, y lo ha presentado al pueblo de Israel como el Mesías, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn. 1,29). Juan se dedicó por completo a Dios y a su enviado, Jesús.

Pero al final ¿qué fue lo que pasó? Murió por la causa de la verdad, cuando denunció el adulterio de Herodes y Herodías. ¡Cuántas personas pagan un alto precio por su compromiso con la verdad! ¡Cuántos hombres justos prefieren ir contra la corriente, para no negar la voz de la conciencia, la voz de la verdad! ¡Personas rectas, que no tienen miedo de ir contracorriente! Y nosotros, ¡no debemos tener miedo!

Y a ustedes jóvenes, les digo: No tengan miedo de ir contracorriente, cuando les quieran robar la esperanza, cuando les propongan esos valores dañados, que son como una comida descompuesta, y cuando una comida está descompuesta nos hace mal; estos valores nos hacen mal. ¡Debemos ir contracorriente! Y ustedes jóvenes, sean los primeros: vayan contra la corriente tengan esa altura de ir contra la corriente, ¡Adelante, sean valientes y vayan contracorriente! ¡Y siéntanse orgullosos de hacerlo!

Queridos amigos, acojamos con alegría esta palabra de Jesús. Es una regla de vida propuesta a todos. Y que san Juan Bautista nos ayude a ponerla en práctica. En este camino nos precede, como siempre, nuestra Madre, la Santísima Virgen María: ella ha perdido su vida por Jesús, hasta la Cruz, y lo recibió en plenitud, con toda la luz y la belleza de la Resurrección. Que María nos ayude a hacer siempre nuestra la lógica del evangelio.

Recuerden bien: ¡No tengan miedo de ir contra la corriente! ¡Sean valientes! Y así, como no queremos comer una comida en mal estado, no carguemos con nosotros estos valores que están deteriorados y que arruinan la vida, y que quitan la esperanza. ¡Vamos adelante!
(Papa Francisco, Angelus 23 de junio de 2013)

 



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El verdadero Mesías


El evangelio que nos propone la Iglesia en este domingo contiene la reveladora "confesión de Pedro". Tras ella, el Señor declaró cuál era la condición para poder seguirlo: cargar cada uno su propia cruz.

1. La confesión de Pedro

Vayamos a lo primero. Es el mismo Cristo quien interroga a aquellos que son sus más allegados, acerca de su persona y de la opinión que la gente tenía de Él: "¿Quién dice la gente que soy yo?".

Los apóstoles respondieron dando cuenta de las opiniones más benévolas que del Señor se escuchaban: que era Juan el Bautista, o el profeta Elías, u otro de los profetas que había resucitado.

Es verdad que también se oían otros comentarios sobre la persona de Jesús: unos decían que "estaba loco", o "endemoniado"; para otros era "un glotón y un borracho", un "impostor", un "blasfemo", etc. De tales apodos, los apóstoles no dicen ni una palabra. Eran las opiniones que sus contemporáneos se habían formado del Señor. Todas ellas nos confirman lo que dice San Juan en el prólogo de su evangelio: "El mundo no lo conoció". El pueblo elegido, el pueblo de la Alianza y de las promesas, no sólo no quiso recibir a su Mesías sino que incluso falsificó su imagen.

Los judíos soñaban con un Mesías mundano, rodeado de gloria terrena, un gran conquistador, y sobre todo un liberador del sometimiento al yugo romano. Esperaban al que iba a "restaurar el reino de Israel", al Mesías victorioso.

He aquí la gran tentación: fabricarse un mesías propio, a gusto de cada cual. A partir de ello se seguiría todo lo demás. Si no era el Mesías esperado, era un borracho, un loco, un endemoniado, etc. Es ésta una tentación que no ha dejado de tener vigencia, prolongándose a lo largo de los siglos. No sólo los fariseos, los sumos sacerdotes o lo contemporáneos de Jesús se equivocaban. Muchos erraron asimismo en las filas de la Iglesia católica, no sólo durante los primeros siglos, como los herejes Arrio, Nestorio, y otros, negando la divinidad o la humanidad de Jesucristo, sino también en nuestros propios tiempos, como aquellos que ven en Cristo "un profeta más", "un guerrillero", "un gran moralista", "el flaco", "el buscado", etc.

Según la imagen o el concepto que tengamos de Cristo, así será la imagen del cristianismo y de Iglesia que daremos al mundo. Actualmente existe la tendencia a dejar de lado la divinidad del Señor. A la idea de un Cristo meramente hombre corresponde la idea de una Iglesia humana, compuesta por empleados y funcionarios. Ello es gravísimo, ya que si Cristo no fuese Dios, aún no habríamos sido redimidos, ni la Iglesia tendría el poder de "santificar". Si Cristo fuese un guerrillero, o un político más, la Iglesia serviría esencialmente a fines terrenos e intramundanos. Sería una Iglesia secularizada.

Si nos quedamos solamente con la humanidad de Cristo, estamos mutilando la figura del Señor. Hagamos nuestra la ardorosa confesión de Pedro: "Tú eres el Mesías de Dios", es decir, el Verbo encamado, el Dios hecho hombre.


2. Cargar la Cruz

Inmediatamente de la confesión de Pedro, el primero en confesar pública y certeramente la humanidad y la divinidad de Cristo, el Señor ordenó a sus apóstoles que guardasen el "secreto mesiánico".

Los judíos no entendían las Escrituras. Esperaban, como dijimos, otro tipo de mesías. No estaba en sus planes un Salvador que naciese en un pesebre y que muriese en una cruz. No se equivocaban, por cierto, cuando pensaban en un mesías victorioso, triunfante y glorioso. Pero ignoraban que para llegar allí tendría que pasar por el dolor; no podían concebir a un Mesías paciente, sacrificado, humillado y traspasado.

Todavía hoy, muchos que se dicen cristianos creen que seguir a Cristo es participar de sus misterios gozosos y gloriosos. ¡De los dolorosos... ni mencionarlos! Lo terrible es que habiendo pasado tantos años persista la misma tentación: un Mesías sin Cruz.

Leamos nuevamente el texto evangélico: "El Hijo del hombre –les dijo– debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día".

El Mesías en cruz no debe escandalizarnos: así las profecías lo habían anunciado y así se cumplió. La Cruz es la "hora del Señor", es la salvación de la humanidad, es la revelación del amor que Dios tiene a los hombres. Lo que sí debe llenarnos de asombro es la dificultad que tenemos para entender este misterio de la Cruz y cuánto nos cuesta tomar sobre los hombros la propia cruz. El Señor nos lo ha dicho de manera categórica: Si quieres seguirme, es decir, si quieres ser "cristiano", "carga tu cruz".

Bien decía Tomás de Kempis que "muchos son los que siguen a Jesús en la última cena, pero cuán pocos son los que los acompañan hasta el Calvario".

La Cruz es el misterio central de nuestra redención y todavía hoy le tenemos miedo; frente a ella sentimos repulsión, asco. De todas las maneras posibles tratamos de evacuarla. Cuando asoma en el horizonte de nuestra vida decimos como San Pedro: "Eso no sucederá". Al igual que los judíos, queremos que Jesús baje de la Cruz. Que no nos exija tanto. Pretendemos la resurrección sin pasar por la muerte, la mística sin transitar por la ascética. ¡Nada de noches oscuras! Hoy la Cruz sigue escandalizando, como a los fariseos de ayer, y para muchos es aún una locura. ¡Nada nuevo bajo el sol!

No nos engañemos. De la misma manera que resulta imposible pensar en un Mesías sin la Cruz, tampoco existe un cristianismo sin Cruz. Cristo no nos impele a seguirlo de manera coercitiva. Se dirige a nosotros a modo de invitación: "El que quiera venir detrás de mí...". Dice San Juan Crisóstomo que "el Señor usó esta fórmula para darle más fuerza a sus propias palabras; cuando se nos impone algo doloroso, nos rebelamos interiormente. Pero cuando se nos invita con súplica y con amor, eso nos atrae, nos conquista".

Es evidente que esta invitación debe ser escuchada con los oídos de la fe. Humanamente hablando no es alentadora. Todo lo contrario. No es frecuente que alguien invite a sus amigos a tomar la cruz, al dolor, al sufrimiento, a la burla, a la soledad, a la entrega de la propia vida. Estamos acostumbrados a escuchar promesas de felicidad, soluciones para todo, proyectos que nos aseguran el paraíso en la tierra, etc. Nuestro Señor es muy diferente: pone ante nuestros ojos un programa arduo y lo hace sin engaños. A la gloria, pero pasando por la cruz. A la vida, pero por la muerte.

Vista con los ojos de Dios, la Cruz se convierte en el tesoro más grande que puede poseer una persona. Cristo no nos quiso coaccionar a que la carguemos porque, como afirma San Juan Crisóstomo, ¿dónde se vio que se obligue a alguien a aceptar un tesoro que se le ofrece?

En todos los tiempos y en todas las espiritualidades que enriquecen a la Iglesia, el seguimiento de Cristo crucificado ha implicado que el cristiano se niegue a sí mismo. Lo hemos oído del mismo Señor: "El que quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo". No podemos seguir a Cristo, esto es, amarle e imitarle, si no nos negamos a nosotros mismos, si no renunciamos al espíritu del mundo, si no aceptamos plenamente su voluntad.

San Ignacio encabeza el libro de los Ejercicios con la siguiente fórmula: "Ejercicios espirituales para vencer el hombre a sí mismo". De lo que se trata es de renunciar a toda afición desordenada, a dejar de lado los caprichos de la propia voluntad, disponiéndonos así a conocer y seguir la voluntad divina.

Lo mismo enseña San Juan de la Cruz en su subida al Monte Carmelo. Allí nos exhorta a vaciar nuestros sentidos, potencias, afectos, etc., de todo lo que no sea Dios.

Cristo crucificado nos da la gran lección del amor que se hace renuncia. "Amar es el don de sí mismo", decía Mons. Adolfo Tortolo. No hay amor sin don, sin renuncia, sin negación, sin entrega. Si quiero saber cuánto amo a Dios o al prójimo debo preguntarme a cuántas cosas soy capaz de renunciar, si estoy dispuesto a negarme por el Otro o por los otros. La pregunta más revelante sería: ¿Cuánto soy capaz de sufrir por el otro? Porque la medida del amor es el sufrimiento
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 204-208)




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Aplicación: Benedicto XVI - La identidad profunda de Jesús y el camino de cruz


1. Evangelio que hemos escuchado nos presenta un momento significativo del camino de Jesús, en el que pregunta a los discípulos qué piensa la gente de él y cómo lo consideran ellos mismos. Pedro responde en nombre de los Doce con una confesión de fe que se diferencia de forma sustancial de la opinión que la gente tiene sobre Jesús; él, en efecto, afirma: «Tú eres el Cristo de Dios» (cf. Lc 9, 20). ¿De dónde nace este acto de fe? Si vamos al inicio del pasaje evangélico, constatamos que la confesión de Pedro está vinculada a un momento de oración: «Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él» (Lc 9, 18). Es decir, los discípulos son incluidos en el ser y hablar absolutamente único de Jesús con el Padre. Y de este modo se les concede ver al Maestro en lo íntimo de su condición de Hijo, se les concede ver lo que otros no ven; del «ser con él», del «estar con él» en oración, deriva un conocimiento que va más allá de las opiniones de la gente, alcanzando la identidad profunda de Jesús, la verdad. Aquí se nos da una indicación bien precisa para la vida: en la oración estamos llamado a redescubrir el rostro siempre nuevo del Señor y el contenido más auténtico de su misión. Solamente quien tiene una relación íntima con el Señor es aferrado por él, puede llevarlo a los demás, puede ser enviado. Se trata de un «permanecer con él» que debe acompañar siempre el ejercicio del ministerio sacerdotal; debe ser su parte central, también y sobre todo en los momentos difíciles, cuando parece que las «cosas que hay que hacer» deben tener la prioridad. Donde estemos, en cualquier cosa que hagamos, debemos «permanecer siempre con él».

2. Quiero subrayar un segundo elemento del Evangelio de hoy. Inmediatamente después de la confesión de Pedro, Jesús anuncia su pasión y resurrección, y tras este anuncio imparte una enseñanza relativa al camino de los discípulos, que consiste en seguirlo a él, el Crucificado, seguirlo por la senda de la cruz. Y añade después —con una expresión paradójica— que ser discípulo significa «perderse a sí mismo», pero para volverse a encontrar plenamente a sí mismo (cf. Lc 9, 22- 24). ¿Qué significa esto para cada cristiano? El seguimiento jamás puede representar un modo para alcanzar la seguridad en la vida o para conquistar una posición social. El que aspira aumentar su prestigio personal y su poder entiende mal en su raíz el sentido de este seguimiento. Quien quiere sobre todo realizar una ambición propia, alcanzar el éxito personal, siempre será esclavo de sí mismo y de la opinión pública. Para ser tenido en consideración deberá adular; deberá decir lo que agrada a la gente; deberá adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, así, se privará de la relación vital con la verdad, reduciéndose a condenar mañana aquello que había alabado hoy. Un hombre que plantee así su vida, no ama verdaderamente a Dios y a los demás; sólo se ama a sí mismo y, paradójicamente, termina por perderse a sí mismo.

3. Quiero proponer a vuestra reflexión un tercer pensamiento, estrechamente relacionado con el que acabo de exponer: la invitación de Jesús a «perderse a sí mismo», a tomar la cruz, remite al misterio que estamos celebrando: la Eucaristía. Ciertamente, Jesús ofrece su sacrificio, su entrega de amor humilde y completo a la Iglesia, su Esposa, en la cruz. Es en ese leño donde el grano de trigo que el Padre dejó caer sobre el campo del mundo muere para convertirse en fruto maduro, dador de vida. Pero, en el plan de Dios, esta entrega de Cristo se hace presente en la Eucaristía. Cuando celebramos la santa misa tenemos en nuestros altares el pan del cielo, el pan de Dios, que es Cristo, grano partido para multiplicarse y convertirse en el verdadero alimento de vida para el mundo. Es algo que no puede menos de llenaros de íntimo asombro, de viva alegría y de inmensa gratitud: el amor y el don de Cristo crucificado y glorioso. ¡Cómo no rezar, por tanto, al Señor para que nos dé una conciencia siempre vigilante y entusiasta de este don, que está puesto en el centro de la Iglesia! Por eso, en lo más íntimo de vuestro corazón os unirá a los sentimientos de Jesús que ama hasta el extremo, hasta la entrega total de sí, a su ser pan multiplicado para el santo banquete de la unidad y la comunión. Esta es la efusión pentecostal del Espíritu, destinada a inflamar vuestra alma con el amor mismo del Señor Jesús. Es una efusión que, mientras manifiesta la absoluta gratuidad del don, graba en vuestro corazón una ley indeleble, la ley nueva, una ley que os impulsa a insertaros y a hacer que surja en el tejido concreto de las actitudes y de los gestos de vuestra vida de cada día el mismo amor de entrega de Cristo crucificado.

Volvamos a escuchar la voz del apóstol san Pablo; más aún, reconozcamos en ella la voz potente del Espíritu Santo: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo» (Ga 3, 27) Ya con el Bautismo, habéis sido revestidos de Cristo. Que al cuidado por la celebración eucarística acompañe siempre el empeño por una vida eucarística, es decir, vivida en la obediencia a una única gran ley, la del amor que se entrega totalmente y sirve con humildad, una vida que la gracia del Espíritu Santo hace cada vez más semejante a la de Jesucristo, siervo de Dios y de los hombres.

Queridos hermanos, el camino que nos indica el Evangelio de hoy es la senda de vuestra espiritualidad, de su eficacia e incisividad, incluso en las situaciones más arduas y áridas. Más aún, este es el camino seguro para encontrar la verdadera alegría. María, la esclava del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que siguió a su Hijo hasta el pie de la cruz en el acto supremo de amor, os acompañe cada día de vuestra vida. Gracias al afecto de esta madre tierna y fuerte podréis ser gozosamente fieles a la consigna que se os da hoy: la de configuraros a Cristo, que supo obedecer a la voluntad del Padre y amar al hombre hasta el extremo.
(Homilía del Santo Padre BENEDICTO XVI en la Basílica Vaticana el Domingo 20 de junio de 2010)



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Aplicación: Padre Juan E. Vecchi - Educar a los jóvenes en la fe - el encuentro con Cristo

Nos sentimos comprometidos a ofrecer a las nuevas generaciones la posibilidad de un encuentro con Cristo. El encuentro con Cristo es el punto crucial de la educación en la fe. A él se dirige, de él se parte: el hecho, la cualidad y la continuidad del encuentro. La palabra es lo más concreto que hay para expresar el comienzo, la experiencia y la naturaleza de la fe. Tiene una abundante correspondencia en los evangelios. Estos se detienen en narrar los encuentros de Jesús con las personas más diversas: los que se convertirían luego en apóstoles, la samaritana, la adúltera, Zaqueo, Marta y María, el joven rico, los discípulos que caminaban hacia Emaús. No sólo insinúan los encuentros, sino que refieren hasta los mínimos gestos y las palabras de Jesús, así como las reacciones más profundas de sus interlocutores.

Encuentros con Jesús en los Evangelios

El primer impulso parte siempre de Jesús. Él tiene la iniciativa y provoca el encuentro. Entra en una casa, se acerca al pozo donde una mujer va a buscar agua, se para ante un recaudador, dirige la mirada hacia quien ha trepado a un árbol para verle, se añade a quien está recorriendo un camino. De sus palabras, de sus gestos y de su persona emana una fascinación que envuelve a su interlocutor. Es admiración, amor, confianza y atracción.

Para muchos el primer encuentro se transformará en deseo de escucharle más todavía, de hacer amistad con Él, de seguirle. Se sentarán en torno a Él para interrogarle, le ayudarán en su misión, le pedirán que les enseñe a orar, serán testigos de sus horas felices y dolorosas. En otros casos el encuentro termina con una invitación a un cambio de vida.

Los encuentros del Evangelio narran la fe, nos dicen cómo nace y qué es. Es la autorevelación de Jesús: "El Mesías soy yo que hablo contigo".

Jesús se manifiesta por medio de gestos y palabras. Quien se ha encontrado con Él lo conoce, no sólo según lo que comenta y dice de él la gente, sino personalmente. Hace la experiencia de su sabiduría y de su bondad. La vida entonces comienza a cambiar en sus perspectivas, sentimientos, hábitos y proyectos. La familiaridad con Jesús y sus revelaciones llevará a conocerlo y confesarlo como Hijo de Dios.

El encuentro, y lo que en él acontece, es misterioso e incomprensible como el amor humano: lo es aún más. Jesús afirma que nadie viene a Él si el Padre no lo atrae. A los discípulos les dice: "No me habéis elegido vosotros, soy yo quien os he elegido". Así, el encuentro no aparece como una casualidad ni como habilidad de las personas, sino precisamente como don de Dios. Para cada joven la fe personal comienza en el momento en que Jesús se le manifiesta como aquel de quien obtener un sentido para su vida, a quien dirigirse en la búsqueda de la verdad, a través de quien entender la relación con Dios e interpretar nuestra condición humana.

El encuentro momentáneo no basta. Crecemos en la fe en la medida en que este encuentro se convierte en conocimiento personal y adhesión permanente. Uno se topa a menudo con alguien que cuenta haber hecho una "experiencia" religiosa. Y se ve que ésta ha dejado en él un grato recuerdo. A veces, sin embargo, ésta no tiene continuidad. La fe no es sólo sentimiento, fascinación o admiración por Jesucristo. Como el amor humano no es el "enamoramiento". En el clima de subjetivismo que respiramos, esta confusión está siempre al acecho. Nos sentimos satisfechos con un momento intenso y fugitivo.

Del primer entusiasmo a la amistad con Jesús

El primer entusiasmo es ciertamente una gracia. Pero la fe es tal cuando ésta conduce a la acogida de la persona de Jesús en la propia vida, a la confianza en su enseñanza, al cambio de actitudes según sus indicaciones. Esto es lo que deja entender el Evangelio en las narraciones sobre la fe. A lo largo de las riberas del Jordán, Juan ve pasar al Señor: siente la llamada y experimenta el sobresalto. Le sigue, cultiva su amistad, se siente amado y cambia. Jesús se convierte para él en una compañía indispensable. No alcanzaría a concebir su existencia sin Él. Se convierte en discípulo predilecto. He aquí qué es la acogida: es referirse a Jesús para orientarse y optar, es deseo de oírle de nuevo, es caminar haci Él, renovar la admiración, asumir su proyecto.

A Pedro, que toda la noche había pescado en vano, Jesús le propuso echar de nuevo las redes. Quizá apareció de improviso una duda en la mente del experto pescador: Echar todavía las redes donde no habían pescado nada? Y en pleno día? Pero Pedro se fió: "Si tú lo dices..." La fe implica confianza en aquello que Jesús indica y promete: una confianza que se traduce en las opciones vitales. En la pequeña ciudad de Jericó, Zaqueo, conquistado por Jesús, lo acoge en su casa. A la luz de sus palabras y de sus gestos intuye cuán mezquina es una vida entregada al dinero, sin piedad. Reniega de ella, promete no robar y restituir, cuatro veces más, cuanto había sustraído. La fe comporta el cambio de criterios, gustos y relaciones.

Muchos han escuchado una vez a Cristo con admiración, como las multitudes que querían hacerlo rey. Bastantes lo han encontrado y no se han preocupado de cultivar su amistad. Otros, buscados por Él de un modo singular, algunos de ellos incluso entre los más próximos, no le han acogido. No todos se han fiado de su juicio, de su equilibrio mental (Está fuera de sí!), de sus capacidades (No es éste el hijo del carpintero?), de su sabiduría (Nosotros tenemos la Ley!), de su rectitud (Está poseído por el demonio!). También hoy se dice: está fuera del mundo, es un idealista, predica lo imposible, es una creación de la Iglesia, es un personaje mítico.

Ámbitos y lugares del encuentro

La confianza mira hacia tres ámbitos en los que el hombre juega todas sus fuerzas: la felicidad, la verdad, el bien; juntos determinan la "vida" y la "salvación: "Qué sentido se da a la existencia?, cómo se piensa?, cómo se actúa?" Sobre todo ello, frente a la multiplicidad de propuestas y a los márgenes de incerteza, el joven creyente dice: "Sólo tú tienes palabras de vida eterna".

La acogida de Jesús conducirá a un cambio de mentalidad y a una orientación nueva de la vida según el código de la felicidad proclamado por Jesús, las Bienaventuranzas: la pobreza, la paz, la dulzura de corazón, la justicia, la misericordia. Conforme a este código aprenderá a juzgar los bienes materiales, el amor humano, el uso del cuerpo, la relación con semejantes y extraños, los acontecimientos y el proyecto de Dios sobre él. En definitiva, un cambio que tiene necesidad de brújula , de acompañamiento, de verificaciones y apoyos.

Provocar el encuentro, preparar la ocasión de éste y fijar una cita es hoy una de las preocupaciones de la pastoral juvenil. No siempre es fácil. El lugar privilegiado del encuentro es la comunidad cristiana. Pero con frecuencia entre ésta y la mayoría de los jóvenes se da una distancia física y psicológica. Por otra parte, las expectativas sobre Cristo que yacen en el ánimo de los jóvenes son por lo demás muy variadas. Hoy se difunden imágenes superficiales e incompletas, de consumo, talk show o "camiseta". Hay en el ambiente un desfile de personajes que conduce a reducir la relación con todos a simpatía sentimental. Se está a la espera de algo sensacional. La sobreabundancia de mensajes, la escasez de tiempo y las tendencias actuales del lenguaje hacen ardua una exposición sistemática de lo que la reflexión cristiana ofrece sobre Jesús.

Pero todo esto no es definitivo. El Espíritu y el Padre mueven cada joven hacia Cristo. Él suscitará siempre una fascinación y una energía que deben ser sostenidas y motivadas. El pastor-educador ensaya, por lo tanto, todos los caminos que conducen al encuentro: el testimonio de los creyentes que es necesario poner en relación con la presencia de Cristo en ellos, la reflexión sobre la vida y sus interrogantes, sus aspiraciones, que el educador ayudará a hacer emerger, a llamar por su nombre, interpretar y llevar a confrontación con la historia y la palabra de Jesús; las experiencias de valores, situaciones y relaciones que ponen de manifiesto nuevas dimensiones; el anuncio directo que tiene una elocuencia interna capaz de tocar la mente y el corazón.

El encuentro es un "momento" que no se debe quemar, ni tan solo retardar o aplazar. También el educador debe fiarse de Cristo y del joven.
(Padre Juan E. Vecchi, Rector Mayor de los Salesianos)


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Aplicación: Antonio Luis Mtnez - El Mesías de Dios

En la lectura evangélica, San Lucas enmarca la escena narrada en un momento de oración de Jesús. No es atrevido leer todo lo que presenta el evangelista como surgido por ese encuentro de intimidad que Jesús había tenido con su Padre.

Por el contexto, el diálogo de Jesús con el Padre debió versar sobre su misión y destino mesiánico y desde ese diálogo con su Padre debió surgir la pregunta que inmediatamente lanzó a los discípulos.

Llevaba ya un tiempo suficiente entregado a su misión de dar la Buena Noticia y confirmarla con los milagros. Entre El y el Padre todo estaba claro, pero le saltaría una duda: quién dice la gente que soy yo?.

La respuesta de Pedro no ha cerrado el interrogante de Cristo porque, aunque fue teológicamente exacta, fueron sólo palabras y eso no basta para responder a la pregunta de Cristo.

Para poder decir quien es Cristo no es suficiente ni una catequesis ni una tesis doctoral sobre cristología, bien lo quedó claro el Señor al unir su destino mesiánico al seguimiento de los suyos.

Es necesario conocer el destino de cruz, de muerte y resurrección de Cristo. Pero para hablar de El, para poder decir a los demás quien es el Señor sólo hay un camino eficaz y es el propuesto por El mismo: el testimonio de un seguimiento que comienza con el despojo de todo egoísmo, el coraje de encarar la vida cristiana con todos sus trabajos y ponerse tras el Nazareno pisando sus huellas.

Así, si El pudo manifestar el rostro misericordioso del Padre no le bastó sus parábolas le fue necesario llegar hasta la cruz para testimoniar la seriedad del amor del Padre que nos entregó a su propio Hijo.
(Antonio Luis Mtnez, Semanario "Iglesia en camino", Número 259. 21 de junio de 1998)

 

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Ejemplos

Las santas llagas

Cristo ¿el jefe?

¿Quo vadis?

La cruz demasiado pesada
Cuenta la leyenda que un hombre recibió su cruz para carminar con ella hacia el cielo. Le parecía demásiado pesada. Así que cortó algo del palo vertical y luego algo del palo horizontal. Continuaba cortando hasta que tenía la cruz con el tamaño que le parecía razonable. Junto con él cominaban muchos otros cargando su cruz.. Llegaron a un abismo que les impedía cruzar. Los demás simplemente colocaban su cruz como puente y cruzaron camino al cielo. Nuestro hombre no pudo pasar. (Haga clic en las imágenes para verlas grandes).

 

        Cargar la cruz y seguir a Jesús - domingo12 C TO

  Cargar la cruz y seguir a Jesús - domingo12 C TO   



Las santas llagas

Vio Zacarías en medio de sus visiones a Cristo, y a Cristo en la Cruz. Con sus llagas abiertas, derramando la sangre y el agua de la redención.

“Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la impureza”.

¿Y qué fuente es esa que ve el profeta, mis hermanos, más que Cristo en la cruz, que es la fuente inexhausta que mana para los hombres de todos los siglos la gracia y la doctrina? El mismo Señor decía: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba”. Por eso permitió que una lanza le abriera el costado y brotara de él el agua del Bautismo y la Sangre de la Eucaristía, y con ellas la gracia de la redención. Todas las heridas son fuentes, y a ellas se refería el profeta que decía: “mirarán al que traspasaron”, y luego preguntaba: “¿qué significan esas llagas en tus manos?”.

San Ambrosio, siguiendo el concejo del profeta: “mirarán al que traspasaron”, escribe estas palabras: “Todo lo tenemos en Cristo, y Cristo es para nosotros todas las cosas. Si necesitas curar una herida, es médico; si ardes con el fuego de la fiebre, es fuente; si eres víctima de la iniquidad, es justicia; ni necesitas ayuda, es fortaleza; si temes la muerte, es vida; si ansías el cielo, es camino; si odias las tinieblas, es luz; si buscas comida, es alimento”. Cristo es la fuente de la sabiduría, de la caridad, de la gracia y de todo bien. Tenía razón el profeta: “En aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, donde puedan lavar sus pecados”.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo V, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 140)

 

(Cortesía: iveargentina.org et alii)




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