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Domingo 32 del Tiempo Ordinario C - 'Serán como ángeles' - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - La resurrección de los muertos (Lc.20,27-40)

Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Artículo 11 "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"

Comentario Teológico: Xavier Leon – Dufour - Resurrección

Santos Padres: San Agustín - El que no conoce las Escrituras no cree en la resurrección de los muertos

Santos Padres: San Ambrosio - La mujer de los siete maridos (Lc 20, 27-37)

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Nuestra feliz esperanza

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - "Yo soy la resurrección y la vida" Lc 20, 27-38

Aplicación: San Juan Pablo II - "Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro"

Aplicación: S.S. Francisco p.p. - La vida eterna es otra vida

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

Directorio Homilético - Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Alois Stöger - La resurrección de los muertos (Lc.20,27-40)

Jesús, después de haberse manifestado como Señor de la Iglesia naciente, inicia al pueblo, que le presta su adhesión, en las principales doctrinas que profesa el nuevo pueblo de Dios: en la verdad de la resurrección de los muertos (v. 27-40), en la confesión de la realeza de Jesús (v. 41-44), en la entrega a Dios (v. 45-47).

27 Acercáronse luego algunos de los saduceos -quienes niegan que haya resurrección-, y le preguntaron: 28 Maestro, Moisés nos dejó escrito que, si un hermano muere teniendo mujer, pero sin hijos, otro hermano suyo debe tomar esa mujer, para dar sucesión al hermano difunto.

Los saduceos eran, más que un partido, un grupo aristocrático, político-religioso; entre ellos se contaban las ricas familias patricias y la nobleza sacerdotal; nunca pudieron ganarse al pueblo sencillo. En teología representan la tendencia conservadora, que no participó en la evolución de la religión judaica iniciada en el siglo II d.C. Sólo reconocen la Escritura y rechazan la "tradición de los mayores". Se distinguen marcadamente de los fariseos y demás partidarios de una religiosidad como la de los doctores de la ley, pues niegan la resurrección (Cf. también Hec 4:1 s; Hec 23:6 ss).
Jesús comparte con los fariseos y con el pueblo la convicción de que hay una resurrección de los muertos. Por eso quieren ponerlo en ridículo algunos de los saduceos. Quieren demostrar con la Escritura que es absurda la creencia en la resurrección. La ley del levirato reza así: "Cuando dos hermanos habitan uno junto al otro y uno de los dos muere sin dejar hijos, la mujer del muerto no se casará fuera con un extraño; su cuñado irá a ella y la tomará por mujer, y el primogénito que de ella tenga llevará el nombre del hermano muerto, para que su nombre no desaparezca de Israel" (Deu 25:5 s). ¿Qué se deduce de esta ley respecto a la resurrección de los muertos?

29 Pues bien, eran siete hermanos: el primero tomó mujer y murió sin hijos. 30 Y el segundo 31 y el tercero la tomaron, y así también los siete, que no dejaron hijos y murieron. 32 Finalmente, murió también la mujer. 33 Ahora bien, esta mujer, en la resurrección, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer.

La ley no cuenta con la resurrección de los muertos, pues al fin y al cabo no puede dar lugar a ese caso grotesco de que hablan los saduceos. Según la ley, en la que habla Dios, no puede haber resurrección. Pero también se puede entender mal la ley y abusar de ella. Su clave es Jesús: él y su palabra.

34 Y Jesús les contestó: Las hijos de este mundo se casan ellos, y ellas son dadas en matrimonio. 35 Pero los que logren ser dignos de aquel mundo y de la resurrección de los muertos, ni ellos se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio; 36 porque no pueden ya morir, pues serán semejantes a los ángeles, y son hijos de Dios, pues son hijos de la resurrección.

La creencia de los judíos en la resurrección suponía que los resucitados continuaban la vida de la tierra, aunque provista de todo en abundancia, de todo lo que uno puede desear. Un renombrado doctor de la ley decía: "Entonces (después de la resurrección) dará a luz la mujer todos los días"; el gozo de tener un niño será colmado con creces. Contra esta idea de la resurrección se dirige la argumentación de los saduceos. Jesús no comparte con los judíos esta creencia acerca de la resurrección. Quien resucite de entre los muertos no se casará ni (la mujer) será tomada por esposa. La vida de los resucitados no continúa la vida de la tierra.

Los resucitados no pertenecen ya a este mundo terreno, sino al nuevo y venidero. En la concepción de la historia de los autores apocalípticos se habla de dos eones, mundos o eras del mundo: de este mundo y del otro. A este mundo de la injusticia, de las tribulaciones, de la caducidad y de la corrupción del pecado sigue el futuro, sin fin, un mundo nuevo, del que estará desterrada la corrupción, expulsado el desenfreno, borrada la incredulidad, mientras que la justicia será practicada y en él tendrá su asiento la verdad. También el Nuevo Testamento utiliza esta concepción de la historia. Los hijos de este mundo están sujetos al pecado y a la caducidad; en cambio, los hombres que por elección de Dios y por su gracia pertenecen al otro mundo, reciben vida eterna y la resurrección de los muertos (...).

El matrimonio pertenece al mundo presente. En el mundo venidero no será ya necesario, puesto que en él tienen los hombres la facultad de no morir ya nunca. La procreación de los hombres es la que da sentido al matrimonio (Gen 1:28). Ahora bien, cuando los hombres sean inmortales, no habrá ya necesidad del matrimonio. La argumentación de los saduceos no da en el blanco. El matrimonio se acaba con el mundo presente.

Los hombres del mundo venidero son inmortales, porque son semejantes a los ángeles. Tienen el modo de ser de los ángeles. Éstos lo tienen porque son hijos de Dios. Los ángeles son designados en la Escritura como "hijos de Dios" (por ejemplo: Job 1:6; Job 2:1). Tienen participación en la gloria de Dios, en su poder y en su esplendor (Hec 12:7). Los resucitados reciben la filiación divina (1Jn 3:2; Rom 8:21), la gloria (Rom 8:18), un "cuerpo espiritual" (1Co 15:44). "Así también será la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en vileza, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en fortaleza; se siembra cuerpo puramente humano, se resucita cuerpo espiritual" (1Co 15:42 ss).

Los resucitados tienen el poder de no volver a morir. Lo que los piadosos entre los griegos paganos de entonces anhelaban y esperaban alcanzar mediante los cultos mistéricos o mediante el conocimiento (gnosis), era una vida bienaventurada en un estado de deificación que no estaba amenazado por la muerte. Pero no veían lo que era deseable en la resurrección de los cuerpos; en efecto, el cuerpo era sentido como una carga, como una cárcel y un sepulcro del alma. La resurrección no es sólo inmortalidad; los muertos resucitarán en un estado de incorruptibilidad, y nosotros "seremos transformados" (1Co 15:52): no sólo vivirá el alma, sino el hombre entero en cuerpo y alma.

El que resucita ha llegado a ser digno del mundo venidero. La resurrección es un don divino de gracia, inmerecido, como lo es el reino de Dios (2Tes 1.5). Pero no sólo resucitarán los elegidos y hechos dignos por Dios, sino todos, pecadores y justos. Pablo conoce esta esperanza de que habrá una resurrección de los justos y de los injustos (Hec 24:15). Sólo para los justos redundará la resurrección en gloria (Lc 14:14). En la resurrección de éstos se piensa cuando se dice que son dignos del mundo venidero.

37 Y que los muertos resucitan, ya Moisés lo dio a entender en aquello de la zarza, cuando llama Señor al Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob; 38 él no es Dios de muertos, sino de vivos. Porque para él todos viven.

"El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Exo 3:6). Dios se da a conocer a Moisés en primer lugar como al que habían venerado los patriarcas. Jesús comprende estas palabras de la Escritura en sentido más profundo. Al designarse Dios como el Dios de los patriarcas, quiere con ello decir que los patriarcas siguen venerándolo todavía como Dios. Viven, por tanto, pues de lo contrario no podrían venerarlo.

Dios es Dios de los vivos, porque para él todos viven, son hijos de la resurrección. También el que ha muerto, vive; el Dios de los vivos no se rodea de muertos. El hombre vive para Dios; su ser se cifra en estar destinado a servir y glorificar a Dios. Dado que Dios lo ha llamado así a la vida, por eso quiere también que viva. Con estas palabras no se da luz acerca de cómo vive el hombre tras la muerte y a pesar de la muerte, de cómo vive en el período intermedio entre la muerte y la resurrección, de qué naturaleza será su inmortalidad: pervivencia, revivificación del cuerpo... Sólo se dice una cosa fundamental: para él todos viven; viven porque para él existen. Vive quien vive para Dios...

39 Entonces, algunos escribas le respondieron: Maestro, has hablado bien. 40 Por lo mismo, ya no se atrevían a preguntarle nada más.

Jesús es un Maestro que habla bien; los doctores de la ley le dan este testimonio. Los saduceos no osan ya hacer más preguntas; los doctores de la ley (fariseos) reconocen la sabiduría de su enseñanza. Jesús es un maestro ante el que se inclinan los maestros más consumados. Se presenta como el gran maestro ante el pueblo, ante la Iglesia. De él tiene la Iglesia la doctrina sobre la resurrección de los muertos. Esta doctrina distingue a cristianos y fariseos, a cristianos y saduceos, a cristianos y gentiles. La predicación cristiana anuncia el mensaje de "Jesús y la resurrección" (Hec 17:18).
(STöGER, ALOIS, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)



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Comentario Teológico:Catecismo de la Iglesia Católica - Artículo 11 "CREO EN LA RESURRECCION DE LA CARNE"

988 El Credo cristiano -profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora- culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.

989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990 El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

991 Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano, res. 1.1):
¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1 Co 15, 12-14. 20).

I LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la Resurrección
992 La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:
El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).

993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error" (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que "no es un Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 27).

994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del "signo de Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo de su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos" (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). "En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne" (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?
Cómo resucitan los muertos

997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: "los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El "todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora" (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3, 21), en "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44):
Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano..., se siembra corrupción, resucita incorrupción; ... los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000 Este "cómo" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:
Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).

1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:
El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).

Resucitados con Cristo
1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:

Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos... Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece "escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3) "Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús" (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos "manifestaremos con El llenos de gloria" (Col 3, 4).

1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:
El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?... No os pertenecéis... Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).
(CATECISMO DE LA IGLESIA CATóLICA, nº 988 - 1004)

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Comentario Teológico: Xavier Leon – Dufour - Resurrección

La idea bíblica de resurrección no se puede en modo alguno comparar con la idea griega de inmortalidad. Según la concepción griega, el alma del hombre, incorruptible por naturaleza, entra en la inmortalidad divina tan luego la muerte la ha liberado de los lazos del cuerpo. Según la concepción bíblica, la persona humana entera está destinada por su condición presente a caer en poder de la *muerte: el *alma será prisionera del seol mientras que el *cuerpo se pudrirá en la tumba; pero esto sólo será un estado transitorio del que el hombre resurgirá vivo por una gracia divina, como se reincorpora uno levantándose de la tierra en que yacía, como vuelve uno a despertar del sueño en que había caído. La idea, formulada ya en el AT, ha venido a ser el centro de la fe y de la esperanza cristianas desde que Cristo mismo volvió a la vida en calidad de “primogénito de entre los muertos”.

AT. I. EL SEÑOR DE LA VIDA. Los cultos naturistas del antiguo Oriente asignaban un lugar importante al mito del Dios muerto y resucitado, traducción dramática de una experiencia humana común: la del resurgir primaveral de la vida después de su sopor invernal. Osiris en Egipto, Tammuz en Mesopotamia, Baal en Canaán (convertido en Adonis en baja época) eran dioses de este género. Su drama, acaecido en el *tiempo primordial, se repetía indefinidamente en los ciclos de la naturaleza; actualizándolo en una representación sagrada contribuían los ritos -así se creía – a renovar su eficacia, tan importante para poblaciones pastoriles y agrícolas.

Ahora bien, desde los comienzos, la revelación del AT rompe absolutamente con esta mitología y con los rituales que la acompañan. El *Dios único es también el único señor de la vida y de la muerte: “él da la muerte y da la vida, hace bajar al seol y subir de él” (1Sa 2,6; Dt 32,39), pues tiene poder sobre el seol mismo (Am 9,2; Sal 139,8). También la resurrección primaveral de la naturaleza es efecto de su *palabra y de su *Espíritu (cf. Gén 1,11s.22. 28; 8,22; Sal 104,29s). Con más razón tratándose de los hombres: él es quien rescata su alma de la fosa (Sal 103,4) y les devuelve la vida (Sal 41,3; 80,19); no abandona en el .seol el alma de sus amigos ni les dejó ver la corrupción (Sal I6,10s).

Estas expresiones se entienden sin duda en forma hiperbólica para significar una preservación temporal de la muerte. Pero los milagros de resurrección operados por Elías y Eliseo (1Re 17,17-23; 2Re 4,33ss; 13, 21) muestran que Yahveh puede vivificar a los muertos mismos sacándolos del seol, al que habían descendido. Estos retornos a la vida no tienen evidentemente ya nada que ver con la resurrección mítica de los dioses muertos, a no ser esta representación espacial que hace de ellas una subida del abismo infernal a la tierra de los vivos.

II. LA RESURRECCIÓN DEL PUEBLO DE DIOS. En una primera serie de textos se emplea esta imagen de la resurrección para traducir la *esperanza colectiva del pueblo de Israel. Éste, herido por los *castigos divinos, se puede comparar con un enfermo acechado por la muerte (cf. Is 1,5s) y hasta con un cadáver al que la muerte ha convertido en su presa. Pero si se convierte, ¿no lo volverá Yahveh a la vida? “Venid, volvamos a Yahveh… A los dos días nos devolverá la vida; al tercer día nos levantará y viviremos delante de él” (Os 6,Is).

No es esto un mero voto de los hombres, pues no faltan promesas proféticas que atestiguan expresamente que sucederá así. Después de la prueba del *exilio resucitará Dios a su pueblo como se vuelven a la vida osamentas ya áridas (Ez 37,1-14). Despertará a *Jerusalén y hará que se levante del polvo donde yacía como muerta (Is 51,17; 60,1). Devolverá la vida a los muertos, hará que se levanten sus cadáveres, que se despierten los que están acostados sobre el polvo (Is 26,19). (…). Dios triunfa, pues, de la muerte en beneficio de su pueblo.

Incluso la parte fiel de Israel pudo caer por un tiempo en poder de los infiernos, como el *Siervo de Yahveh, muerto y sepultado con los malvados (Is 53,8s.12). Pero día vendrá en que, también como el Siervo, este *resto justo prolongue sus días, vea la *luz y comparta los trofeos de la *victoria (Is 53,10ss). Primer esbozo, todavía misterioso, de una promesa de resurrección, gracias a la cual los justos que sufren verán al fin surgir a su defensor y tomar su causa en su mano (cf. Job 19,25s, reinterpretado por la Vulgata).

III. LA RESURRECCIÓN INDIVIDUAL. La revelación da un paso adelante con ocasión de la crisis macabea. La persecución de Antíoco y la experiencia del martirio plantean entonces en forma aguda el problema de la *retribución individual. Es una certeza fundamental que haya que aguardar el reinado de Dios y el triunfo final del pueblo de los santos del Altísimo, anunciados desde muy atrás por los oráculos proféticos: (Dan 7,13s.27; cf. 2,44).

Pero ¿qué será de los *santos muertos por la fe? El apocalipsis de Daniel responde: “Gran número de los que duermen en el país del polvo despertarán; éstos son para la vida eterna; los otros, para el oprobio, para el horror eterno” (Dan 12,2). La imagen de resurrección empleada por Ezequiel e Is 26 se debe, pues, entender en forma realista: Dios hará que los muertos vuelvan a subir del seol para que tengan participación en el *reino. Sin embargo, la nueva *vida en que entren no será ya semejante a la vida del mundo presente: será una vida transfigurada (Dan 12,3). Tal es la esperanza que sostiene a los *mártires en medio de su *prueba: se les puede arrancar la vida corpórea; el Dios que crea es también el que resucita (2Mac 7,9. 11.22; 14,46); al paso que para los malos no habrá resurrección a la vida (2Mac 7,14).

A partir de este momento la doctrina de la resurrección se convierte en patrimonio común del judaísmo. Si la secta saducea, por prurito de arcaísmo, no la admite (cf. Act 23,8) y hasta se burla de ella planteando a propósito de la misma cuestiones ridículas (Mt 22,23-28 p), los fariseos la profesan, así como la secta de la que proviene el libro de Henoc (probablemente el antiguo esenismo). (…)

NT. I. EL PRIMOGÉNITO DE ENTRE LOS MUERTOS. 1. Preludios. Jesús no cree sólo en la resurrección de los justos el último día. Sabe que el misterio de la resurrección debe ser inaugurado por él, a quien Dios ha dado el dominio de la *vida y de la *muerte. Manifiesta este poder que ha recibido de Dios volviendo a la vida a varios difuntos por los que habían venido a suplicarle: la hija de Jairo (Mc 5,21-42 p), el hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11-17), su amigo Lázaro (Jn 11). Estas resurrecciones que recuerdan los milagros proféticos son ya el anuncio velado de la suya, que será de un orden muy diferente.
Jesús añade predicciones claras: el Hijo del hombre debe morir y resucitar al tercer día (Mc 8.31; 9, 31; 10,34 p). Es, según Mt, el “signo de Jonás”: el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra (Mt 12,40)).

Es el signo del *templo: “Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días…”; ahora bien, “hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,19ss; cf. Mt 26,61 p). Este anuncio de una resurrección de los muertos se hace incomprensible aun a los mismos doce (cf. Mc 9,10); con más razón a los enemigos de Jesús, que toman pretexto de él para poner guardias en su sepulcro (Mt 27,63s).
2. La experiencia pascual. Los doce no habían, pues, comprendido que el anuncio de la resurrección en las Escrituras concernía en primer lugar a Jesús mismo (In 20,9); por eso su muerte y su sepultura los habían desesperado (cf. Me 16,14; Lc 24,21-24.37; Jn 20,19). Para inducirlos a creer se requiere nada menos que la experiencia pascual. La del sepulcro vacío no es suficiente para convencerlos, pues podría explicarse por un sencillo rapto del cadáver (Le 24,11s; Jn 20,2): sólo Juan cree en seguida (Jn 20,8).

Pero luego comienzan las apariciones del Resucitado. (…) Jesús aparece “durante muchos días” (Act 13,31); en otro lugar se precisa: “durante cuarenta días” (1,3), hasta la escena significativa de la ascensión. Los relatos subrayan el carácter concreto de estas manifestaciones: el que aparece es ciertamente Jesús de Nazaret; los apóstoles lo ven y lo tocan (Lc 24, 36-40; Jn 20, 19-29), comen con él (Lc 24,29s.41s; Jn 21,9-13; Act 10, 41). Está presente, no como un fantasma, sino con su propio cuerpo (Mt 28,9; Lc 24,37ss; Jn 20,20.27ss). Sin embargo, este cuerpo está sustraído a las condiciones habituales de la vida terrenal (Jn 20,19; cf. 20, 17). Jesús repite, sí, los gestos que realizaba durante su vida pública, lo cual permite reconocerle (Lc 24,30s; Jn 21,6.12); pero ahora se halla en el estado de *gloria que describían los apocalipsis judíos.

El pueblo, en cambio, no es espectador de estas apariciones como lo había sido de la pasión y de la muerte. Jesús reserva sus manifestaciones a los *testigos que él se ha escogido (Act 2,32; 10,41; 13.31), siendo el último Pablo en el camino de Damasco (lCor 15,8): de los testigos hace sus *apóstoles. Se les muestra a ellos “y no al mundo” (Jn 14,22), pues el *mundo está cerrado a la fe. Incluso los guardias del sepulcro, aterrorizados por la teofanía misteriosa (Mt 28,4), no veían a Cristo mismo. Igualmente el hecho de la resurrección, el momento en que Jesús resurge de la muerte, es imposible de describir. Mateo se limita a evocarlo en un lenguaje convencional tomado de las Escrituras (Mt 28, 2s): temblor de tierra, claridad deslumbradora, aparición del *ángel del Señor… Entramos aquí en una esfera trascendente que sólo pueden traducir las expresiones preparadas por el AT, aun cuando la realidad a que se aplican es en sí misma inefable.

3. El evangelio de la resurrección en la predicación apostólica. Desde el día de *pentecostés se convierte la resurrección en el centro de la predicación apostólica, porque en ella se revela el objeto fundamental de la fe cristiana (Act 2,22-35). Este *evangelio de pascua es ante todo el testimonio tributado a un hecho: Jesús fue crucificado y murió; pero Dios lo resucitó y por él aporta a los hombres la salvación. Tal es la catequesis de Pedro a los judíos (3,14s) y su confesión ante el sanedrín (4, 10), la enseñanza de Felipe al eunuco etiópico (8,35), la de Pablo a los judíos (13.33; 17,3) y a los paganos (17,31) y su confesión delante de sus jueces (23,6…). No es otra cosa que el contenido mismo de la experiencia pascual.

Un punto importante se hace notar siempre a propósito de esta experiencia: su conformidad con las Escrituras (cf. lCor 15,3s). Por una parte la resurrección de Jesús realiza las promesas proféticas: promesa de la exaltación gloriosa del *Mesías a la diestra de Dios (Act 2,34; 13,32s), de la glorificación del *Siervo de Yahveh (Act 4,30; Flp 2,7ss), de la entronización del *Hijo del hombre (Act 7,56; cf. Mt 26,64 p). Por otra parte, para traducir este misterio que se sitúa más allá de la experiencia histórica común, los textos escriturarios suministran un arsenal de expresiones que esbozan sus diversos aspectos: Jesús es el *santo, al que Dios libra de la corrupción del Hades (Act 2,25-32; 13,35ss; cf. Sal 16,8-11); es el nuevo *Adán, a cuyos pies ha puesto Dios todo (lCor 15,27; Heb 1,5-13; cf. Sal 8); es la *piedra desechada por los constructores y convertida en piedra angular (Act 4, 11; cf. Sal 118,22)… Cristo glorificado aparece de esta manera como la clave de toda la Escritura, que anticipadamente se refería a él (cf. Lc 24,27.44ss).

4. Sentido y alcance de la resurrección. A medida que la predicación apostólica confronta la resurrección y las Escrituras, elabora una interpretación teológica del hecho. La resurrección, siendo la glorificación del Hijo por el Padre (Act 2,22ss; Rom 8,11; cf. Jn 17,1ss), pone el *sello de Dios sobre el acto de *redención inaugurado por la encarnación y consumado por la *cruz. Por ella es constituido Jesús “Hijo de Dios en su poder” (Rom 1,4; cf. Act 13,33; Heb 1,5; 5,5; Sal 2,7), “*Señor y Cristo” (Act 2,36), (cabeza y salvador” (Act 5,31), “juez y Señor de los vivos y de los muertos” (Act 10,42; Rom 14,9; 2Tim 4,1). Habiendo retornado al Padre (Jn 20,17), puede ahora dar a los hombres el *Espíritu prometido (Jn 20,22; Act 2,33). Así se revela plenamente el sentido profundo de su vida terrenal: ésta era la manifestación de Dios acá en la tierra, de su amor, de su gracia (2 Tim 1,10; Tit 2,11; 3,4). Manifestación velada, en la que la *gloria sólo era perceptible bajo signos (Jn 1, 11) o durante breves momentos, como el de la *transfiguración (Le 9,32. 35 p; cf. Jn 1,14). Ahora que Jesús ha entrado definitivamente en la gloria, la manifestación continúa en la Iglesia, por sus *milagros (Act 3,16) y por el don del Espíritu a los hombres que creen (Act 2,38s; 10,44s).
De este modo Jesús, “primogénito de entre los muertos” (Act 26,23; Col 1,18; Ap 1,5) ha entrado el primero en este mundo *nuevo (cf. Is 65, 17…) que es el universo rescatado. Siendo el “señor de la gloria” (ICor 2,8; cf. Sant 2,1; F1p 2,11), es para los hombres el autor de la salvación (Act 3,6…). Fuerte con el poder divino, se crea un pueblo santo (lPe 2, 9s), al que arrastra en pos de sí.

II. EL PODER DE LA RESURRECCIÓN. La resurrección de Jesús resuelve el problema de la *salvación tal como se nos plantea a cada uno de nosotros. Objeto primero de nuestra fe, es también la base de nuestra esperanza, cuyo alcance determina. Jesús resucitó “como *primicias de los que duermen” (lCor 15,20); esto funda nuestra espera de la resurrección el último día. Más aún: él es en persona “la resurrección y la vida : quien crea en él, aunque hubiese muerto, vivirá” (Jn 11,25); esto funda nuestra certeza de participar desde ahora en el misterio de la vida nueva, que Cristo nos hace accesible a través de los signos sacramentales.

1. La resurrección el último día. La fe judía en la resurrección de los cuerpos fue avalada por Jesús, con sus perspectivas de integridad corporal recobrada (Lc 14,14) y de radical transformación (Mt 22,30ss p); (…) Sin embargo, esta fe no adquiere su significado definitivo sino después de la resurrección personal de Jesús. La comunidad primitiva tiene conciencia de mantenerse en este punto fiel a la fe judía (Act 23,6; 24,15; 26,6ss); pero la resurrección de Jesús le da ahora ya una base objetiva. Resucitaremos todos porque Jesús ha resucitado: “El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11; cf. lTes 4,14; lCor 6,14; 15,12-22; 2 Cor 4,14).

En el evangelio de Mateo el relato de la resurrección de Jesús subraya ya este punto en forma concreta: en el momento en que Jesús, descendido a los infiernos, vuelve de ellos *vencedor, los justos que aguardaban allí su acceso al gozo celestial surgen para hacerle un cortejo nupcial (Mt 27,52s). (…) Es una anticipación de lo que sucederá el último día. (…)

San Pablo desarrolla mucho más la escenificación de la resurrección general: voz del ángel, trompeta para reunir a los elegidos, *nubes de la parusía, procesión de los elegidos… (lTes 4,15ss; 2Tes 1,7s; lCor 15,52). Este marco convencional es clásico en los apocalipsis judíos; pero el hecho fundamental es más importante que estas modalidades. Contrariamente a las concepciones griegas, en las que el alma liberada de los lazos del cuerpo va sola hacia la inmortalidad, la esperanza cristiana implica una restauración integral de la persona; supone al mismo tiempo una total transformación del *cuerpo, hecho espiritual, incorruptible e inmortal (ICor 15,35-53). Por lo demás Pablo, en la perspectiva en que se sitúa no aborda el problema ‘de las resurrecciones de los malos; sólo piensa en la de los justos, participación en la entrada de Jesús en la gloria (cf. ICor 15,12…). La espera de esta “redención del cuerpo” (Rom 8,23) es tal que para expresarla el lenguaje cristiano confiere a la resurrección una especie de inminencia perpetua (cf. ITes 4,17). Sin embargo. la impaciencia de la *esperanza cristiana (cf. 2Cor 5,1-10) no debe conducir a’ vanas especulaciones sobre la fecha del *día del Señor.

El Apocalipsis traza un cuadro impresionante de la resurrección de los muertos (Ap 20,11-15). La muerte y el Hades los restituyen a todos para que comparezcan ante el juez, tanto a los malos como a los buenos. Mientras que los malos se hunden en la “muerte segunda”, los elegidos entran en una vida nueva, en el seno de un universo transformado que se identifica con el *paraíso primitivo y con la *Jerusalén celestial (Ap 21-22). ¿Cómo expresar de otra manera sino bajo la forma de símbolos una realidad indecible que la experiencia humana no puede alcanzar? Este fresco no está reproducido en el cuarto evangelio. Pero constituye el trasfondo de dos breves alusiones que subrayan sobre todo el papel asignado al Hijo del hombre: los muertos surgirán a su llamada (Jn 5, 28; 6,40.44), los unos para la vida eterna, los otros para la condenación (Jn 5,29).

2. La vida cristiana, resurrección anticipada. Si Juan desarrolla tan poco el cuadro de la resurrección final, es que lo ve realizado anticipadamente desde el tiempo presente.
Lázaro saliendo de la tumba representa concretamente a los fieles arrancados a la muerte por la voz de Jesús (cf. Jn 11,25s). También el sermón sobre la obra de vivificación del Hijo del hombre contiene afirmaciones explícitas: “Llega la *hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la hayan oído vivirán” (Jn 5,25). Esta declaración inequívoca coincide con la experiencia cristiana tal como la expresa la primera epístola de san Juan: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida…” (1Jn 3,14). Quienquiera que posea esta vida no caerá nunca en poder de la muerte (Jn 6,50; 11.26; cf. Rom 5,8s). Esta certeza no suprime la espera de la resurrección final; pero desde ahora transforma una vida que ha entrado en relación con Cristo.

San Pablo decía ya lo mismo subrayando el carácter pascual de la vida cristiana, participación real en la vida de Cristo resucitado. Sepultados con él en el *bautismo, hemos resucitado también con él, porque hemos creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos (Col 2,12; Rom 6,4ss). La vida *nueva en que entonces entramos no es otra cosa que su vida de resucitado (Ef 2,5s). En efecto, en aquel momento se nos dijo: “¡Despierta, tú que duermes! Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,14). Esta certeza fundamental rige toda la existencia cristiana. Domina la moral que ahora ya se impone al *hombre nuevo *nacido en Cristo: “Resucitados con Cristo buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1ss). Esta certeza es también la fuente de su *esperanza. En efecto, si el cristiano aguarda con impaciencia la transformación final de su cuerpo de miseria en cuerpo de gloria (Rom 8,22s; Flp 3,1Os.20s), es que ya posee las arras de este estado futuro (Rom 8,23; 2Cor 5,5). Su resurrección final no hará sino manifestar claramente lo que ya es en la realidad secreta del misterio (Col 3,4).
(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)


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Santos Padres: San Agustín - El que no conoce las Escrituras no cree en la resurrección de los muertos

17. Él estaba hablando de la resurrección de los muertos, pues así se expresaba: Pero dirá alguien: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo volverán a la vida?» Por eso había dicho: El primer hombre, nacido de la tierra, es terreno; el segundo, del cielo. Como es el terreno, así son los terrenos, y como el celeste, así los celestes, a fin de que esperemos que se ha de realizar en nuestro cuerpo lo que ya tuvo lugar antes en el de Cristo. Aunque aún no lo tenemos en realidad, hemos de retenerlo mediante la fe. Por eso había añadido: Como llevamos la imagen del hombre terreno, así debemos llevar también la del que procede del cielo. Para que no creyéramos que íbamos a resucitar para las mismas cosas que hacíamos corruptiblemente según el primer hombre, añadió en seguida: Esto os digo, hermanos: que la carne y la sangre no heredarán el reino de Dios. Quiso mostrar también que llama carne y sangre no a esas realidades corporales, sino que bajo esos nombres significa la corrupción, corrupción que allí no existirá.

Al cuerpo sin corrupción no se le ha de llamar propiamente carne y sangre, sino cuerpo, sin más. Pues, si es carne, es corruptible y mortal; si, por el contrario, ya no muere, ya no es corruptible; por eso, permaneciendo la misma realidad, pero incorruptible, ya no se la llama carne, sino cuerpo. Y, si se la llama carne, no se habla con propiedad, sino en base a una semejanza externa. En base a esa misma semejanza, quizá pudiéramos hablar de carne en los ángeles, puesto que se aparecieron a los hombres en forma de hombre, a pesar de ser un cuerpo; pero no carne, puesto que carecen de corrupción. Así, pues, dado que por una cierta semejanza, podemos llamar carne también al cuerpo que ya no se corrompe, el Apóstol se preocupó de indicar en seguida qué entendía por carne y sangre, puesto que se refería a la corrupción, no al aspecto exterior, y añadió a continuación: Ni la corrupción heredará la incorrupción; como si dijera: «Mis anteriores palabras: La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios, equivalen a estas otras: La corrupción no poseerá la incorrupción».

18. Y para que nadie diga: «Entonces, si la incorrupción no puede ser poseída por la corrupción, ¿cómo estará allí nuestro cuerpo?», escucha lo que sigue. Parece como si se le preguntara al Apóstol: «¿Qué es lo que estás afirmando? ¿Es que creemos en vano en la resurrección de la carne? Si la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios, en vano creemos que nuestro Señor resucitó de entre los muertos con el mismo cuerpo con que nació y en el que fue crucificado, y que ascendió al cielo en presencia de sus discípulos, desde el que te gritó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Con estas preguntas se encontró el santo y bienaventurado apóstol Pablo, quien con piadoso amor da a luz a sus hijos, engendrados en Cristo por el Evangelio, a los que todavía estaba alumbrando hasta que Cristo se formase en ellos, es decir, hasta que llevasen por la fe la imagen del hombre del cielo. No quería que quedasen en la perdición de pensar que en el reino de Dios, en la vida eterna, iban a hacer lo mismo que hacían en esta vida, es decir, entregarse al placer de comer y beber, de tomar marido, de tomar mujer y de engendrar hijos.

Estas son obras de la corrupción de la carne, no la realidad de la carne. Que no hemos de resucitar para tales cosas, como ya lo he mencionado antes, lo dejó claro el Señor en la lectura evangélica que hemos leído hace poco. Los judíos creían ciertamente en la resurrección de la carne, pero pensaban que iba a ser tal que la vida de entonces sería igual a la que llevaban aquí. Al pensar de esta forma carnal no pudieron responder a los saduceos, quienes, a propósito de la resurrección, les proponían la siguiente cuestión: «¿De quién será esposa la mujer que tuvieron sucesivamente siete hermanos, queriendo cada uno de ellos suscitar descendencia a su hermano?» Los saduceos formaban una secta dentro del judaísmo que no creía en la resurrección. Los judíos, fluctuando y dudando, no podían dar respuesta a los saduceos que les proponían tal cuestión, porque pensaban que la carne y la sangre podían poseer el reino de Dios, es decir, que la corrupción podía poseer la incorrupción.

Llegó la Verdad, y los saduceos, engañados y engañadores, interrogan al Señor proponiéndole la misma cuestión. El Señor, que sabía lo que decía y deseaba que nosotros creyéramos lo que desconocíamos, responde, con la autoridad de su majestad, lo que hemos de creer. El Apóstol lo expuso en la medida en que le fue concedido; nosotros hemos de entenderlo en cuanto nos sea posible. ¿Qué dijo, pues, el Señor a los saduceos? Erráis al no conocer la Escritura ni el poder de Dios.

En la resurrección no se casan ni se toman mujeres, ni empiezan a morir, sino que serán iguales a los ángeles de Dios. Grande es el poder de Dios. ¿Por qué no se casan ni toman mujeres? Porque no empezarán a morir. Todo sucesor sucede a alguien. Allí no habrá tal corrupción. Y el Señor pasó por todas las edades, desde la infancia hasta la juventud, porque llevaba todavía la mortalidad de la carne; después de resucitar en la misma edad que tenía cuando fue sepultado, ¿hemos de creer que envejece en el cielo? Serán, dijo, semejantes a los ángeles de Dios. Hizo desaparecer lo que sospechaban los judíos y refutó las calumnias de los saduceos, puesto que los judíos creían, sí, que los muertos habían de resucitar, pero pensaban carnalmente por lo que respecta a las obras para las que iban a resucitar. Serán, dijo, semejantes a los ángeles de Dios. Has oído lo que se refiere al poder de Dios; escúchalo también en las Escrituras. ¿No habéis leído, a propósito de la resurrección, cómo habló el Señor a Moisés desde la zarza, diciéndole: «Yo soy el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob»? No es un Dios de muertos, sino de vivos.

19. Que hemos de resucitar, ya está dicho; que hemos de resucitar para una vida semejante a la de los ángeles, lo hemos escuchado de la boca del Señor; qué aspecto hemos de tener al resucitar, lo mostró él mismo en su resurrección. Que nuestra forma exterior ha de carecer de corrupción, lo dice el Apóstol: Esto es lo que digo: la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción, mostrando que bajo los términos de «carne» y «sangre» quiso entender la corrupción del cuerpo mortal y animal.

A continuación resuelve ya él mismo la cuestión que los oyentes solícitos pudieran exigirle; él mismo se preocupa de que los hijos entiendan más de lo que los hijos se preocupan por las palabras de los padres. Añade estas palabras: Ved que os anuncio un misterio. Cese tu pensamiento, ¡oh hombre! , quienquiera que seas. Tomando apoyo en las palabras del Apóstol, habías comenzado a pensar que la carne humana no resucita, al haber escuchado: la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios; más aplica tu oído a las palabras que siguen y corrige la presunción de tu corazón. Ved, dijo, que os anuncio un misterio: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados. ¿Qué significa esto? La transformación puede ser para bien o para mal. Si se ha hablado de una transformación, sin ver todavía cómo será, si para algo mejor o para algo peor, sigamos leyendo, que él nos lo aclare; ¿para qué entrar en suposiciones? Quizá la autoridad del Apóstol te evite el ir detrás de tus conjeturas y resbalar en el error por medio de la sospecha humana; quizá indique claramente qué transformación quiere que se entienda.

Habiendo dicho: Todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados, yo advierto que hemos de resucitar todos, buenos y malos; más veamos quiénes serán transformados, y, a partir de aquí, comprenderemos cómo ha de ser la transformación, si para mejor o para peor. Si esta transformación se da en los malos, será para peor; si en los buenos, para mejor. En un instante, dice, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta. Sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados. Así, pues, esta transformación será para mejor, puesto que dice: Y nosotros seremos transformados. Pero aún no ha expresado como conviene hasta qué punto nuestro cuerpo será transformado para mejor. Aún no ha dicho en qué consiste esa mejoría. Pues, incluso cuando se da la transformación de la niñez a la adolescencia, puede hablarse de una mutación para mejor, a pesar de que, aunque la debilidad sea menor, sigue existiendo al lado de la mortalidad.

20. Por tanto, volvamos a considerar punto por punto. En un instante, dice. Difícil parece a los hombres el que los muertos resuciten; pero es admirable cómo el Apóstol eliminó todas las dudas y dificultades de los corazones de los fieles. Dices tú: «Los muertos no resucitan»; yo no sólo digo que resucitan, sino que acaecerá con una rapidez tal que no tuviste ni para ser concebido y nacer. ¡Cuánto tiempo pasa un hombre en el seno materno hasta formarse, perfeccionarse, nacer y fortalecerse con el paso del tiempo! ¿Acaso ha de resucitar de idéntica manera? No, sino en un instante, dijo. Muchos ignoran lo que es un instante (atomus). El término atomus se deriva de tomé, que significa sección, división; átomos, en griego, significa lo que no puede seccionarse ni dividirse. El término se emplea tanto para los cuerpos como para el tiempo. Referido a los cuerpos, se aplica en el caso de que pueda hallarse algo que se muestre imposible ser dividido; algo tan diminuto que no admita la posibilidad de ser seccionado. Referido al tiempo, es un momento breve que tampoco puede dividirse.

Para que los corazones más lentos puedan comprender lo que digo, voy a poner un ejemplo. Toma una piedra; divídela en varias partes; esas partes divídelas en chinas, y las chinas en granos, como son los de arena; divide todavía los granos de arena en polvo menudísimo hasta que llegues, si puedes, a una menudencia tal que ya no admita ser dividida. Esto es un «átomo» referido a los cuerpos. Aplicado al tiempo, se entiende de esta manera: un año, por ejemplo, se divide en meses; los meses, en días; los días aún pueden dividirse en horas; las horas, aún en otras partes espaciosas que admiten divisiones hasta que llegues a un punto de tiempo y a una como gota de un momento que ya no se puede alargar lo más mínimo y que, por tanto, no puede dividirse. Esto es el «átomo» temporal. Decías, pues, que los muertos no resucitan; no sólo resucitan, sino que lo hacen con tanta rapidez que la resurrección de todos tendrá lugar en un átomo o instante de tiempo.

Y, explicándote la rapidez del instante, después de haber dicho: en un instante, añadió a continuación qué acción o movimiento puede realizarse en ese espacio de tiempo: En un golpe de ojo, dijo. Sabía, en efecto, que no estaba claro eso de en un instante, y quiso decir más claramente algo que fuese más inteligible. ¿Qué significa en un golpe de ojo? No se refiere al abrir y cerrar los ojos mediante los párpados, sino que llama golpe de ojo a la proyección de sus rayos para ver algo. Efectivamente, nada más proyectar tu mirada, el rayo emitido llega al cielo, donde contemplamos el sol, la luna, las estrellas y los demás astros, separados de la tierra por tan inmensa distancia. Pero menciona la última trompeta, la última señal. Sonará, dice, la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados. Se refiere, ciertamente, a nosotros los fieles, a los primeros en resucitar para la vida eterna. Por tanto, aquella transformación, propia de los piadosos y santos, será para mejor, no para peor.

21. Pero ¿en qué consiste esta transformación? ¿Qué significan las palabras seremos transformados? ¿Se pierde el aspecto exterior actual o sólo la corrupción, con referencia a la cual se dijo: La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción? Para que esto no condujese a sus oyentes a perder la esperanza de resucitar en la carne, añadió: Ved que os anuncio un misterio: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados.

Y para que no pensásemos que esa transformación iba a ser para peor, dijo: Y nosotros seremos transformados. Sólo queda, pues, que diga cuál ha de ser esa transformación. Conviene, dijo, que esto corruptible se vista de incorrupción, y que esto mortal se revista de inmortalidad. Si esto corruptible y mortal se viste de incorrupción e inmortalidad, dejará de ser carne corruptible. Por tanto, si deja de ser carne corruptible, desaparecerá el nombre de corrupción aplicado a la carne y a la sangre; desaparecerá hasta el nombre de carne y sangre, porque todos son términos propios de la mortalidad. Y si es así y la carne resucitará, dado que se ha transformado y convertido en incorrupta, la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios.

Si alguien quiere entender que tal transformación se dará en los que se encuentren aún en vida aquel día, de forma que los ya muertos resuciten y los que aún vivan, en cambio, sean transformados, admitiendo que el Apóstol haya hablado en su nombre al decir: Y nosotros seremos transformados, por la misma lógica se sigue que la incorrupción pertenecerá ciertamente a todos, cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad.

Entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?» Al cuerpo que ya no es mortal no se le llama con propiedad carne y sangre; eso lo son los cuerpos terrenos; se llama cuerpo a lo que puede calificarse ya de celeste. Lo mismo acontece cuando el Apóstol habla de la diferencia entre las carnes: No toda carne es la misma. Una es la carne humana, otra la de las bestias, otra la de los peces, la de las aves y la de los reptiles. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres.

 Nunca hablaría él de carnes celestes, aunque a las carnes se las pueda llamar cuerpos, pero terrestres. Así, pues, toda carne es cuerpo, pero no todo cuerpo es carne; no sólo porque al cuerpo celeste no se le llama carne, sino también porque no son carne otros cuerpos terrestres como la madera, y las piedras, y cosas del estilo, si las hay. Es cierto, por tanto, que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios, porque la carne, al resucitar, se transformará en cuerpo tal que no admitirá ya la corrupción de la muerte y, en consecuencia, ni siquiera la denominación de carne y sangre.
SAN AGUSTÍN, Sermones (6º) (t. XXVI), Sermones sobre diversos temas, Sermón 362, 17-21, BAC Madrid 1985, 377-87



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Santos Padres: San Ambrosio - La mujer de los siete maridos (Lc 20, 27-37)

37. Si el hermano de alguno viene a morir... Los saduceos, que eran la parte más detestable de los judíos, tientan al Señor con esta cuestión. Abiertamente les reprende su malicia y, en sentido místico, retuerce su posición, precisamente con la doctrina de una castidad ejemplar, tomando pie del problema que ellos le propu-sieron; ya que, según la letra, una mujer debería casarse aún contra su voluntad para que el hermano del difunto le diese un heredero. De aquí ese dicho de la letra mata (2 Co 3, 6), como una propagadora de vicios, mientras que el Espíritu es el maestro de la castidad.
38. Por tanto, miremos a ver si esta mujer no representa a la Sinagoga. También ésta tuvo siete maridos, como dijo a la Samaritana: Tuviste cinco maridos (Jn 4, 18); y es que la Samaritana no seguía más que a los cinco libros de Moisés, mientras que la Sinagoga seguía principalmente siete, y, a causa de su mala fe, no recibió de ninguno descendencia, posteridad ni herederos. Y por eso, en el día de la resurrección no podrá tener consorcio con sus esposos, puesto que ella ha cambiado un mandamiento espiritual dándole un contenido enteramente carnal; pues no se trata de que sea un hermano según la carne quien suscite la descendencia del hermano

difunto, sino aquel Hermano que recibió del pueblo muerto de los judíos el conocimiento del culto divino, como para una esposa, con el fin de tener de ella una descendencia en la persona de los apóstoles, los cuales, como restos del todo distintos de los judíos difuntos, permaneciendo todavía en el seno de la Sinagoga, merecieron ser conservados, por una gracia de elección, en la unión con la nueva semilla.

39. Es cierto que la Sinagoga recibió frecuentemente la estola, que es la insignia del matrimonio, puesto que ella es la madre de los creyentes y ha sido con frecuencia también repudiada, porque fue la madre de los sin fe. Para ella la Ley, literalmente tomada, es muerte, mientras que, aceptada en sentido espiritual, la hace resucitar. Por tanto, si el santo pueblo de Dios ama los siete libros de la Ley como con un amor conyugal y obedece sus órdenes como si se tratara de las de su marido, tendrá en la resurrección esa unión celestial, donde ninguna mancha del cuerpo avergonzará su pudor, antes, por el contrario, allí se enriquecerá con los dones de la gracia divina.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.9, 37-39, BAC Madrid 1966, pág. 548-50)


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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S. J. - Nuestra feliz esperanza

Es una realidad que el mundo que nos toca vivir, cambiante y compulsivo, desprecia y tergiversa los grandes valores que Jesús nos enseñó, como la verdad, la vida, la libertad, la trascendencia, el amor, la felicidad. Es un mundo que nos induce y empuja a buscar placeres pasajeros, nos propone una vida basada en sentimientos, en gustos personales, en el "aquí y ahora", donde sólo es bueno lo productivo, lo eficiente, y donde sólo debo creer en aquello que se prueba, en lo "científico". Frente a este aluvión anti-cristiano, y por qué no, anti-humano, no hay mejor consejo que el que da San Pablo a los cristianos de Tesalónica, en el capítulo que precede a la segunda lectura de hoy: "Hermanos, manteneos firmes y conservad fielmente las tradiciones que aprendisteis de nosotros, sea oralmente o por carta". Será preciso mantenernos así, firmes en la fe recibida en el bautismo, roca sobre la cual hemos de construir nuestra vida, y que no debe ser derrumbada por los vientos y tormentas de las falsas doctrinas. Así lo afirmó Cristo en una oportunidad: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán".

Por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo, llamados por Dios a vivir, conservar y desarrollar nuestra fe, con la cual anunciarnos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección hasta que vuelva. Si mantenemos firmemente la fe recibida, alcanzaremos aquello que, al decir del Apóstol en este domingo, nos ofrece gratuitamente nuestro Señor Jesucristo, así como Dios, nuestro Padre, a saber, "un consuelo eterno y una feliz esperanza", o sea, la esperanza de la gloria eterna, de la resurrección para la Vida, del premio celestial. Frente al desconcierto de doctrinas horizontalistas y puramente humanas, la Iglesia, maestra en la fe, nos habla de una verdad tan clara como cierta: la resurrección para la Vida es nuestra feliz esperanza.

Ya durante el Antiguo Testamento se vislumbró esta verdad en la epopeya nacional de los Macabeos, quienes juntamente con su madre, dieron un testimonio muy patente de su fe en la resurrección. Testimonio tan heroico como el de los primeros mártires de la Iglesia. Testimonio de fidelidad a la Ley. Ellos no quisieron ceder a la presión del rey pagano que perseguía a los judíos amenazándolos con torturas y la misma muerte si no aceptaban transgredir la ley mosaica, o sea, sus principios, su fe, sus normas de vida. Más aún, cuando sus cuerpos fueron efectivamente sometidos a torturas, se declararon seguros y convencidos de que un día recuperarían sus miembros mutilados resucitando a la vida eterna. "Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes".

El ejemplo de fe de esta familia es modelo para tantos cristianos que sólo se conforman con una fe teórica, sin compromiso, que nunca termina reflejándose en la vida cotidiana. Bien dijo, el beato Juan Pablo II "La fe, más que conocida, exige ser vivida". Aquélla fe de los Macabeos los llevó a despreciar esta vida terrena con tal de no traicionar lo que aprendieron por tradición: "Estamos dispuestos a morir, antes que violar las leyes de nuestros padres"; La fe en la resurrección estaba tan arraigada en aquellos jóvenes judíos que les dio fuerzas suficientes para mantenerse firmes ante el atropello, aceptando la muerte sobre la base de dicha esperanza. Y así, el cuarto de los Hermanos, no trepidó en decir: "Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por él".

En tiempos de Jesús, la resurrección de los muertos era ya verdad de fe para el judaísmo, rechazada sólo por la secta de los saduceos. Los saduceos conformaban un grupo oportunista en política y relajado en la moral. Desde el punto de vista teológico, eran conservadores, permaneciendo anclados en las viejas concepciones de los judíos que no creían en la resurrección. Por esto se acercaron a Jesús para proponerle una extraña cuestión, con un objetivo concreto: poner en ridículo la creencia en la resurrección, y de esta manera desacreditar públicamente a los fariseos, quienes la defendían con argumentos de la Escritura y la tradición.

Tras plantearle a Jesús el caso de una mujer que quedó sucesivamente viuda de siete hermanos, le preguntaron: "Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?". La pregunta no fue desestimada por Jesús. Después de decirles que se trataba de una cuestión vana, ya que en la vida futura los resucitados no se casarían, aprovechó la ocasión para explicar la verdad de la resurrección. En orden a instruirlos de manera adecuada, Cristo se valió, precisamente, de uno de los libros más antiguos de la Biblia, el Éxodo, donde Moisés llamó al Señor "el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob", y luego de citarles ese texto indiscutido, agregó en forma clara y contundente: "Dios no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él". Con esto, Cristo se proponía afirmar directamente la inmortalidad y la supervivencia de las almas.

La enseñanza del Maestro es categórica. El matrimonio es una institución, un compromiso y una responsabilidad que pertenece sólo al mundo presente, "hasta que la muerte los separe". En la vida futura no será necesario, porque seremos inmortales, semejantes a los ángeles, no hará falta el matrimonio para asegurar la conservación de la especie humana. Allí la gracia de la adopción divina, recibida como semilla en el bautismo, llegará a su pleno desarrollo, apoderándose de todo el hombre, y por lógica consecuencia, también del cuerpo, que experimentará la transfiguración de la gloria. Es lo que enseñó San Pablo en su carta a los corintios: "Así es la resurrección de los muertos se siembra corrupción resucita incorrupción..., se siembra cuerpo material, resucita espiritual".

La doctrina de la resurrección, anticipada con el testimonio valeroso de los Macabeos, confirmada y profundizada por el mismo Salvador, quien dio el testimonio de su propia resurrección le permitió al Apóstol poder animar a los filipenses con estas palabras consoladoras: "Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo".

Las lecturas escuchadas nos ofrecen suficientes razones para expresar con convicción nuestra fe. Pero ello no es todo. Será menester que traslademos dichas verdades a nuestra vida como testigos auténticos y cualificados, frente a este mundo que, como decíamos, sólo piensa en el "aquí y ahora", en el momento presente, desestimando la certeza del futuro.

Jesús nos anima a reavivar nuestra feliz esperanza en la resurrección, sabiendo que somos peregrinos, hombres y mujeres de paso, que debemos vivir como si ya estuviésemos en el cielo, pues todo aquel que vive en gracia de Dios, fortificada ésta y alimentada por los sacramentos, tiene como un pedazo de cielo en el alma, es conciudadano de la gloria, lleva el germen de la vida eterna en el corazón. Será preciso que nos convenzamos de que todo sufrimiento en esta vida es nada comparado con la gloria y felicidad que Dios tiene preparada para aquellos que le aman y viven esta fe. Mucho nos ayudará consolarnos y animarnos mutuamente con palabras que nacen de la fe, ya que poseemos la viva esperanza de que nos volveremos a encontrar con todos aquellos seres queridos que ya partieron de este mundo y gozan del premio anunciado.

Prosigamos ahora la celebración de la Sagrada Eucaristía, de este admirable sacramento que, reviviendo la Cena del Señor, nos anticipa el banquete celestial. Participemos conscientemente del Santo Sacrificio de manera que al recibir el Cuerpo glorioso del Señor resucitado se avive esta esperanza y se prepare nuestro cuerpo para la resurrección final, teniendo siempre presentes las palabras del Señor: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene ya la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día".
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed.Gladius, 1994, pp. 30-305).



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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - "Yo soy la resurrección y la vida" Lc 20, 27-38

Los saduceos negaban la resurrección y queriendo ponerlo en apuros al joven Rabí de Nazaret le[1] plantean un caso hipotético basado en la ley del leviratocreyendo con esto justificar su posición o al menos hacer inconsistente la doctrina de la resurrección que para ellos no pasaba de ser una hipótesis.

Los saduceos sólo aceptaban la autoridad de la Ley de Moisés, la Torah, es decir el Pentateuco y por lo tanto la refutación a su doctrina debía usar la Escritura allí contenida.

Jesús primero les dice que yerran porque no entienden las Escrituras ni tampoco el poder de Dios. La Escritura no se puede tomar siempre literalmente porque puede llevar a una interpretación carnal. De hecho los saduceos al negar la existencia de los espíritus tenían que negar la resurrección porque para ellos el espíritu sólo podía existir unido al cuerpo y la muerte ponía fin a ambos. El caso hipotético que ponen para negar la resurrección carnalizaba a Dios. Los saduceos eran materialistas.
Jesús los refuta diciendo que la vida de los resucitados será distinta. Será una vida como la de los ángeles, que no mueren, es decir, será una vida para siempre y ya no habrá matrimonios porque no se necesitará perpetuar la especie ya que la muerte desaparecerá.

Por otra parte, el poder de Dios es infinito. Dios es todopoderoso y puede, si Él quiere y de hecho quiere, que los hombres vivan eternamente.

Para que su enseñanza tuviera fundamento Jesús interpreta el pasaje del Éxodo[2] donde Dios habla a Moisés a través de un hecho milagroso mostrando con ello su poder, aunque ellos no podían negar tantos milagros de Dios revelados en el Pentateuco, y les dice: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios
de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob"[3] y comenta: "no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven". Jesús enseña a los fariseos por tanto la inmortalidad del hombre porque Dios lo ha creado para la vida participándole su misma vida eterna. Jesús no profundizará más sobre el tema de la resurrección ni dará mayor explicación de lo que sucederá con los cuerpos de los resucitados. Les ha demostrado que el alma es inmortal y que para Dios todo es posible. El fundamento de la resurrección: el poder de Dios. Este poder se manifiesta en toda la Escritura.

Dios nos ha creado para la vida y para una vida sin fin "Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas"[4]. Dios no nos ha creado para vivir estos pocos años de vida terrenal ni nos ha creado para sufrir y llorar sino para ser felices sin fin. Esta vida es un peregrinar en tierra extraña.
Dios es la vida en plenitud, la vida eterna, la vida sin límites, es la vida y nos ha comunicado su misma vida para que vivamos con El eternamente.

Es verdad que por el pecado entró la muerte en el mundo[5], pues no existía cuando el hombre fue creado, pero la muerte es la separación temporal de alma y cuerpo. El alma sigue viviendo unida a Dios o separada de Él en espera de la resurrección del cuerpo para unirse a él. Pertenecemos a la naturaleza humana, alma y cuerpo, y en esa naturaleza permaneceremos eternamente unidos o separados de Dios.

Dios cerró el camino al árbol de la vida[6] pero no definitivamente porque como leemos en las Escrituras a lo largo de la historia fue alentando, por su alianza con los hombres, la esperanza de tomar el fruto del árbol de la vida. En el pasaje del Evangelio aparecen los principales protagonistas de la alianza entre Dios y los hombres, Abraham, Isaac, Jacob y Moisés. Pero la alianza definitiva por la cual se cumplen las promesas de Dios es la alianza sellada con la sangre del hombre-Dios. Jesús por su muerte en cruz y su resurrección nos abre definitivamente el camino al árbol de la vida y a sus frutos de vida eterna. El testimonio más sublime del poder de Dios y de su amor y fidelidad a los hombres es el misterio pascual.

Jesús nos da la vida eterna, "Yo soy la resurrección y la vida, El que cree en mí, aunque muera,
vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás"[7]. Él es el Camino para llegar a la vida[8].

Todos tendremos que experimentar la dolorosa separación del cuerpo y del alma que es la muerte temporal o primera, pero seguiremos viviendo. Nuestra alma es inmortal. En la segunda venida del Señor, a la voz de la trompeta, resucitarán nuestros cuerpos para vivir eternamente unidos a Dios, propiamente esta será la vida sin fin. Los que estén separados de Dios, morirán eternamente pues no tendrán la fuente de la vida, resucitarán para la muerte eterna.

Esta es la esperanza del cristiano: la vida sin fin.
El mundo de hoy, neopagano, se promueve por el gozo sin límites y esta propaganda atrae a los incautos que se olvidan de pensar en el futuro. ¿Qué pasará después de la muerte? El cristianismo promete la vida eterna para los que en esta vida imiten a Jesús, lo cual, significa cargar con la cruz, que no sólo es dolor sino que incluye también el gozo y la paz cuando se lleva bien.

El mundo neopagano es materialista porque niega la inmortalidad del alma y se esfuerza por perpetuar la vida, aspiración que es insuprimible, pero quiere la vida eterna por sus propias fuerzas al margen del poder de Dios y esto es utopía. No puede arrebatar el fruto de la vida porque está bien custodiado. Hay un solo sendero para llegar al árbol de la vida, Jesucristo.

Así como el planteamiento carnal de los saduceos, en el mundo actual pululan teorías, ideologías, burlas, mentiras para negar la resurrección que arrastran a muchos hombres a la muerte segunda. El momento clave se da en el encuentro con la muerte temporal. En ese momento quedan dos opciones: o la esperanza de una vida sin fin o la desesperanza que es preludio de la muerte eterna.

¿En qué fundamentamos los cristianos la resurrección? En el poder de Dios. Ya poseemos una prenda de ella en Jesús. El murió y resucitó de entre los muertos, el primero de todos, venciendo a nuestro temido enemigo, la muerte. Nosotros esperamos, por el poder de Dios, resucitar a una vida sin fin. Creemos en Dios que nos ha revelado nuestra vocación a la vida eterna junto a Él y esperamos por su poder y por su gracia alcanzarla. Este es el secreto más hermoso del cristianismo una vida eterna plenamente feliz.

[1] Cf. Dt 25, 5s
[2] Ex 3, 1-3
[3] Ex 3, 6
[4] Sb 11, 24-12, 1
[5] Cf. Gn 2, 17
[6] Gn 3, 24
[7] Jn 11, 25-26
[8] Cf. Jn 14, 6




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Aplicación: San Juan Pablo II - "Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro"

Celebramos hace pocos días la conmemoración solemne de todos los fieles difuntos; y estamos todavía en un clima de reflexión y de oración por nuestros queridos difuntos. La triste peregrinación que durante el mes de noviembre lleva a tanta gente a los cementerios es un gesto de piedad y afecto, y una manifestación coral de fe y comunión eclesial.

La Iglesia proclama, al mismo tiempo, su fe en Cristo vencedor de la muerte: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Estos dos artículos del Credo o Símbolo apostólico cobran un significado singular a la luz de la memoria de los fieles difuntos. Nos recuerdan que no nos encaminamos hacia la nada. Por el contrario, nuestra existencia tiene una meta precisa y la fe abre, en medio de la tristeza de la separación humana, el horizonte luminoso de una vida que va más allá de esta existencia terrena y que será el puerto de llegada de todos los hijos de Dios, en Jesucristo.

Las lecturas de la santa misa de este XXXII domingo del tiempo ordinario hablan de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro.

Niegan que haya resurrección de los muertos, y quieren lograr que Jesús tome una posición al respecto, pero Él les responde, como siempre, con una claridad cristalina.

El Señor afirma que los muertos resucitan. Ésta es la afirmación más importante y solemne. Observa: "Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven" (Lc 20,37-38).

Explica también cómo será la vida eterna, partiendo de la pregunta provocadora de los saduceos. A éstos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20,35-36).

Así pues, en estas breves expresiones, el divino Maestro reafirma dos veces consecutivas la verdad de la resurrección, agregando claramente que la existencia, después de la muerte, será diferente de la existencia en la tierra: desaparecerá la procreación, necesaria en el tiempo, según las palabras del Creador: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla" (Gn 1,28). Y dado que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, nos da a entender que la persona humana estará libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.

Gracias a otros pasajes de la Sagrada Escritura y a la reflexión de los padres de la Iglesia sabemos que el paraíso constituye la respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios.

San Agustín escribió: "ibi vacabimus, et videbimus; videbimus, et amabimus; amabimus, et laudabimus. Ecce quod erit in fine sine fine" (De civitate Dei, XXII, 30,5). En el paraíso "descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin".
Un ejemplo de fe inquebrantable en el más allá nos lo propone también la primera lectura, tomada del libro de los Macabeos. Es el relato de los siete hermanos que, junto con su madre, afrontaron heroicamente la muerte con tal de no violar las prescripciones de la ley mosaica. Lo dicen, casi lo gritan, al rey pagano que quería obligarlos a realizar una acción mala: "El rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna" (2 Mc 7,9). Su testimonio heroico anticipa el testimonio de miles de mártires cristianos, orgullo y corona de la Iglesia primitiva. Muchos de ellos sacrificaron su vida, derramando su sangre por el Evangelio, precisamente en Roma.

El martirio a causa del Evangelio ha estado presente siempre en la Iglesia, y sigue estándolo aún hoy. Hay muchos otros martirios también en nuestro siglo. Se trata de una llamada divina singular dirigida a almas privilegiadas que, a través de la inmolación de su vida, imitan mucho más de cerca al Salvador Jesús, fecundando con el don total de sí mismas el amplio "campo de Dios" (1 Cor 3,9).

Aunque sólo a algunas personas se les pide este sacrificio extraordinario, todos los fieles que quieran servir a Cristo con generosidad auténtica, antes o después deberán sufrir, precisamente a causa de esa fidelidad, una especie de martirio: del corazón, de los sentidos, de la voluntad o de los sentimientos.

En las horas difíciles, teniendo presente la valentía de los mártires y de los santos, no hemos de olvidar nunca las palabras del Símbolo apostólico: "Espero en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro" Son fuentes de fortaleza y esperanza; luz y apoyo en la prueba.

Sólo la certeza de la resurrección puede evitar que el creyente ceda frente a la seducción del mundo e imite a cuantos ponen toda su confianza en la condición mortal presente, preocupados únicamente de su interés inmediato.

San Pablo en la epístola a los Tesalonicenses dice: Aquel "que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena" (2 Tes 2,16-17).
Los sostenga y los ayude María Santísima, la Madre de Dios.

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Aplicación: S.S. Francisco p.p. - La vida eterna es otra vida

Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús enfrentando a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Y es precisamente sobre este tema que ellos hacen una pregunta a Jesús, para ponerlo en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Parten de un caso imaginario: «Una mujer tuvo siete maridos, que murieron uno tras otro», y preguntan a Jesús: «¿De cuál de ellos será esposa esa mujer después de su muerte?». Jesús, siempre apacible y paciente, en primer lugar responde que la vida después de la muerte no tiene los mismos parámetros de la vida terrena.

La vida eterna es otra vida, en otra dimensión donde, entre otras cosas, ya no existirá el matrimonio, que está vinculado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados —dice Jesús— serán como los ángeles, y vivirán en un estado diverso, que ahora no podemos experimentar y ni siquiera imaginar. Así lo explica Jesús.

Pero luego Jesús, por decirlo así, pasa al contraataque. Y lo hace citando la Sagrada Escritura, con una sencillez y una originalidad que nos dejan llenos de admiración por nuestro Maestro, el único Maestro. La prueba de la resurrección Jesús la encuentra en el episodio de Moisés y de la zarza ardiente (cf. Ex 3, 1-6), allí donde Dios se revela como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. El nombre de Dios está relacionado a los nombres de los hombres y las mujeres con quienes Él se vincula, y este vínculo es más fuerte que la muerte.

Y nosotros podemos decir también de la relación de Dios con nosotros, con cada uno de nosotros: ¡Él es nuestro Dios! ¡Él es el Dios de cada uno de nosotros! Como si Él llevase nuestro nombre. A Él le gusta decirlo, y ésta es la alianza. He aquí por qué Jesús afirma: «No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos» (Lc 20, 38). Y éste es el vínculo decisivo, la alianza fundamental, la alianza con Jesús: Él mismo es la Alianza, Él mismo es la Vida y la Resurrección, porque con su amor crucificado venció la muerte. En Jesús Dios nos dona la vida eterna, la dona a todos, y gracias a Él todos tienen la esperanza de una vida aún más auténtica que ésta. La vida que Dios nos prepara no es un sencillo embellecimiento de esta vida actual: ella supera nuestra imaginación, porque Dios nos sorprende continuamente con su amor y con su misericordia.

Por lo tanto, lo que sucederá es precisamente lo contrario de cuanto esperaban los saduceos. No es esta vida la que hace referencia a la eternidad, a la otra vida, la que nos espera, sino que es la eternidad —aquella vida— la que ilumina y da esperanza a la vida terrena de cada uno de nosotros. Si miramos sólo con ojo humano, estamos predispuestos a decir que el camino del hombre va de la vida hacia la muerte. ¡Esto se ve! Pero esto es sólo si lo miramos con ojo humano. Jesús le da un giro a esta perspectiva y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena. Nosotros estamos en camino, en peregrinación hacia la vida plena, y esa vida plena es la que ilumina nuestro camino.

Por lo tanto, la muerte está detrás, a la espalda, no delante de nosotros. Delante de nosotros está el Dios de los vivientes, el Dios de la alianza, el Dios que lleva mi nombre, nuestro nombre, como Él dijo: «Yo soy el Dios de Abrahán, Isaac, Jacob», también el Dios con mi nombre, con tu nombre, con tu nombre…, con nuestro nombre. ¡Dios de los vivientes! … Está la derrota definitiva del pecado y de la muerte, el inicio de un nuevo tiempo de alegría y luz sin fin. Pero ya en esta tierra, en la oración, en los Sacramentos, en la fraternidad, encontramos a Jesús y su amor, y así podemos pregustar algo de la vida resucitada.

La experiencia que hacemos de su amor y de su fidelidad enciende como un fuego en nuestro corazón y aumenta nuestra fe en la resurrección. En efecto, si Dios es fiel y ama, no puede serlo a tiempo limitado: la fidelidad es eterna, no puede cambiar. El amor de Dios es eterno, no puede cambiar. No es a tiempo limitado: es para siempre. Es para seguir adelante. Él es fiel para siempre y Él nos espera, a cada uno de nosotros, acompaña a cada uno de nosotros con esta fidelidad eterna.
(Ángelus, Plaza de San Pedro, domingo 10 de noviembre de 2013)

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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario


1.- El Evangelio de hoy nos narra la escena de la discusión de Cristo con los saduceos, que eran materialistas y no creían en la resurrección de los muertos.

2.- En otros sitios del Evangelio se nos habla también de la resurrección de los muertos. San Mateo nos escenifica la escena del juicio final, después de la resurrección de los muertos, donde los de la izquierda son lanzados al infierno y los de la derecha recibidos en la gloria eterna.

3.- Por eso la resurrección final es dogma de fe. Además, está definido en el Concilio Lateranense IV.

4.- También San Juan, hablando de la Eucaristía, nos trasmite la promesa de Jesucristo a los que comulgan: «Yo los resucitaré en el último día».

5.- En opinión de los teólogos, resucitaremos en la plenitud de la vida, y sin los defectos que hayamos tenido. Con cuerpo glorioso.

6.- En la resurrección tendremos identidad de persona, seremos nosotros mismos, pero no identidad de materia. Tampoco en esta vida tenemos ahora la misma materia que a los siete años, pues la materia del cuerpo se renueva continuamente. Somos LOS MISMOS, pero no LO MISMO.

7.-Hay que distinguir la resurrección con la reencarnación, propia del budismo y del hinduismo.

8.- La ciencia actual confirma la imposibilidad de la reencarnación, pues el ADN es irrepetible. Ninguna otra persona de la humanidad puede tener nuestro ADN.

9.- Dice la Biblia que el hombre muere una sola vez, y después de la muerte, cielo o infierno.

10.- Cada uno es responsable de sus obras. Ni nosotros pagamos los pecados de otros, ni nadie pagará por los nuestros.


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Directorio Homilético - Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

CEC 992-996: la revelación progresiva de la Resurrección
CEC 997-1004: nuestra resurrección en Cristo
CEC 1023-1029: el cielo
CEC 1030-1032: la purificación final o Purgatorio

I LA RESURRECCION DE CRISTO Y LA NUESTRA
Revelación progresiva de la Resurrección
992 La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:

El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13).

993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: “Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error” (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que “no es un Dios de muertos sino de vivos” (Mc 12, 27).

994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en él. (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, El habla como del “signo de Jonás” (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995 Ser testigo de Cristo es ser “testigo de su Resurrección” (Hch 1, 22; cf. 4, 33), “haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos” (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne” (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

Cómo resucitan los muertos
997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3, 21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15, 44):

Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano…, se siembra corrupción, resucita incorrupción; … los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000 Este “cómo” sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección (San Ireneo de Lyon, haer. 4, 18, 4-5).

1001 ¿Cuándo? Sin duda en el “último día” (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar (1 Ts 4, 16).
Resucitados con Cristo

1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo:
Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 2, 12; 3, 1).

1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3) “Con El nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con El llenos de gloria” (Col 3, 4).

1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser “en Cristo”; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre:

El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… No os pertenecéis… Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.(1 Co 6, 13-15. 19-20).

II EL CIELO
1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos … y de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;… o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte … aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).

1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo” . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

1025 Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven “en El”, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):

Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc. 10,121).

1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha “abierto” el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.

1027 Estes misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9).

1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica”:

¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios, …gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).

1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El “ellos reinarán por los siglos de los siglos’ (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).

III LA PURIFICACION FINAL O PURGATORIO
1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).

1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su Padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41, 5).

IV EL INFIERNO
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

1034 Jesús habla con frecuencia de la “gehenna” y del “fuego que nunca se apaga” (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad…, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:” ¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes’ (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)

 

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Ejemplos

La Leyenda del Monje Félix

San Pedro, el Portero
El día del Juicio Final. Había gran alboroto en la puerta del Cielo. Salió Pedro y dijo: «De parte del Jefe, que pasen los pobres, los presos, los enfermos, los hambrientos». Y pasaban sin trámites. Quedaban fuera «los importantes». Pedro volvió a salir y dijo: «Completo, no cabe más». Y se armó un griterío de protesta. Aquello era intolerable, no podía quedar así. Entonces salió Jesús y dijo: «Pedro, no te he dicho que estaba completo, sino 'ya están todos', que no es lo mismo. Ya están todos los que entran por derecho propio. Ahora pasarán todos ante esta mesa. El jurado serán los niños y los pobres. A ellos tendrán que demostrarles que ustedes los trataron bien. Si los reconocen, ¡adentro!, y ¡suerte!, que allí los espero, en la fiesta» (Por el P. Justo López Melús).

 

Premio igual para grandes y pequeños cielo o infierno
Un rey preguntó a un pastor: ¿Cuánto ganas? Tanto como tú. ¿Cómo puedes decir eso? Mira, replicó el pastor, yo gano con ello o el cielo o el infierno; y gobernando tú tampoco puedes ganar otra cosa. Li 77

 

 


(Cortesía: iveargentina.org et alii)

 

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