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Año litúrgico patrístico: 3ª Semana de Adviento

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada día de Adviento y Navidad

 

Domingo 3º de Adviento
CICLO A

CICLO B

CICLO C

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes



Domingo
Este Domingo manifiesta una gran alegría por la proximidad de la solemnidad de Navidad: «Estad alegres siempre en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca» (entrada: Flp 4,4-5). Por eso la Iglesia exhorta en la comunión: «Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios, que va a venir a salvaros» (Is 35,4).
En la oración colecta (Rótulus de Rávena), al Señor que ve cómo su pueblo espera con fe el Nacimiento de su Hijo, le pedimos nos conceda llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, de modo que podamos celebrarla con alegría desbordante.
En el ofertorio (Veronense) pedimos al Señor que, al presentarle nuestras ofrendas, lleve a cabo en nosotros las obras de salvación que ha querido realizar por el sacramento eucarístico. Y lo mismo se suplica en la postcomunión (Gregoriano): «que la comunión que hemos recibido nos prepare a las fiestas que se acercan, purificándonos del pecado».


CICLO A
La nota característica de este Domingo tercero de Adviento es la del gozo. Al recorrer los formularios litúrgicos de este Domingo, nos encontramos con términos que crean una atmósfera dilatada de gozo, de alegría: canto de entrada, oración colecta… No se trata de una alegría frívola, vacía y pagana de hombres irresponsables, sino de la alegría profunda de sabernos amados por Dios y redimidos por Cristo. Esta alegría de nuestra fe nos lleva también al gozo de darla a conocer a los demás.
–Isaías 35,1-6.10: Dios vendrá y nos salvará. Al tiempo de la promesa ha seguido la plenitud de la realidad. En Cristo Jesús, superado ya el tiempo de la esperanza, hemos podido contemplar la belleza y la gloria de Dios Salvador. Él ha venido en persona a salvarnos.
Tres ideas principales se nos ofrecen en esta lectura: un nuevo Éxodo, el renacimiento de una fe y el culmen de la salvación. Es una síntesis y una conclusión de toda la Historia de la Salvación. Dios y su pueblo se han reencontrado de nuevo. El retorno a la Tierra prometida significa la esperanza escatológica que tiene como objeto el reino universal de Dios. Todos hemos sido rescatados por Cristo. El Redentor nuevo, que se nos ha dado, quiere que todos los hombres retornen a Dios con un gozo profundo y perdurable.
–Con el Salmo 145 expresamos nuestro anhelo de salvación: «Ven, Señor, a salvarnos». El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos del ciego, endereza a los que se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda…El Señor reina eternamente.
–Santiago 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. La fidelidad, la esperanza y la responsabilidad activa nos son ahora necesarias para prepararnos a la segunda venida del Señor, de Cristo-Juez, y alcanzar de este modo el fruto de la salvación: nuestra identificación con Él.
La paciencia, fruto del Espíritu Santo, es el signo característico del cristiano. Es un atributo de Dios: «Lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 102, 8). Mostrarse pacientes es la primera característica de la caridad. Dios recompensa la paciencia fiel de sus héroes sufridos. Esto es lo que vemos en tantos ejemplos bíblicos y en la misma historia de la Iglesia.
–Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Juan el Bautista envía sus emisarios para cerciorarse de la realidad del Cristo-Mesías. Él es un ejemplo viviente frente al riesgo de una vida frívola, vacía y antievangélica por ignorancia de Cristo. ¡Cuántos hay en el mundo que aún no lo conocen!
¿Qué hemos de hacer? No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Hemos de hacer todo lo posible para que todos conozcan a Cristo y vayan a Él. Juan solo se preocupa de que sus discípulos vayan a Jesús. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» ¡He ahí el gran interrogante de los discípulos de Juan, del pueblo de Israel, de toda la humanidad! Y Jesús da su respuesta, clara, dictada por la plena conciencia de su divina misión:
Sí, soy yo. Y esto nos lo dice Jesús con hechos bien ciertos: «los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, la alegre nueva es anunciada a los pobres» Un amor práctico, desinteresado: he ahí el signo de todo cristianismo auténtico. En Cristo ha aparecido el verdadero reino del amor que salva y ayuda, que se entrega a los pobres, que se inclina hacia los enfermos y los cura, que no retrocede ante los mismos leprosos y que domina la muerte.
Así viene Él a nosotros, hoy y todos los días, para hacernos felices con su amor. Y esto es lo que también hemos de hacer nosotros con los demás: amarlos como Él los amó.


CICLO B
Cristo vino hace veinte siglos. No obstante todavía no lo hemos tomado en serio: aún no tenemos exacta conciencia de la necesidad que tenemos de Él; aún no hemos decidido conformar nuestra conducta con su doctrina salvadora y santificadora; aún no estamos identificados plenamente con Él. Por todo esto, el misterio de Navidad debe suponer para nosotros una revisión auténtica y profunda de nuestra vida y conducta a la luz de Cristo.
–Isaías 61,1-2.10-11: Desbordo de gozo con el Señor. Isaías proclama el anuncio de la venida de Cristo como un tiempo de gracia, como un año jubilar que debe rehacer y renovar exterior e interiormente nuestras vidas, en plena fidelidad al amor de Dios Salvador. El principio que mueve al profeta es típicamente bíblico: Dios quiere dar a su pueblo una gloria nueva y espléndida para mostrar así a las naciones que lo habían humillado, que Él es poderoso y socorre a los humildes.
Dios no tiene necesidad de nadie para realizar sus proyectos, pero se complace en utilizar a los hombres como sus instrumentos, incluso a los menos aptos. Israel, concretamente, fue reducido casi a la nada y ahora es instrumento válido para Dios.
Este año de gracia sirve, pues, para consolar a los tristes, a los fieles abatidos de que hablaba antes. En este año se ve la manifestación misericordiosa de Dios. Una nueva era se abre para los afligidos de Sión, los cuales dejarán la ceniza del duelo para recibir la diadema, el signo de la alegría. La liberación está cerca. Esto es lo que nos inculca la liturgia de hoy con estos textos bíblicos.
«¡El Señor está cerca!» No tengáis miedo ni preocupación alguna. Más aún: manifestadle a Él, en vuestras oraciones y en vuestras acciones de gracias, todas vuestras inquietudes y preocupaciones. Él está cerca y viene como Libertador y Salvador: «Señor, tú has bendecido a tu tierra y has destruido el cautiverio de Jacob», es decir, del pueblo de Israel, que gemía en la cautividad de Babilonia.
Sufrimos actualmente la cautividad de la humanidad, y la de cada uno de nosotros, pues siempre estamos necesitados de alguna liberación, de un progreso más perfecto en la vida espiritual. Y por eso hoy, con la liturgia de la Iglesia, clamamos: «¡El Señor está cerca!» ¡Pusilánimes, tened valor, no os asustéis! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. ¡El Salvador está cerca!
–Y por eso entonamos también ahora con la Virgen María el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… A los hambrientos los colma de bienes… Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia». El espíritu de humildad y alegría expresado por la Virgen María en el Magníficat, es repetido de generación en generación. San Ildefonso de Toledo le suplica con gran ternura:
«Señora mía, dueña y poderosa sobre mí, Madre de mi Señor, Sierva de tu Hijo, engendradora del que creó el mundo, a tí te ruego, te oro y te pido que yo tenga el espíritu de tu Hijo... Tú eres la elegida de Dios, recibida por Dios en el Cielo, próxima a Dios e íntimamente unida a Dios... Me llego a ti, la única Virgen y Madre de Dios. Te suplico, la sola hallada esclava de tu Hijo, que me otorgues también consagrarme a Dios y a ti, ser esclavo de tu Hijo y tuyo, servir a tu Señor y a ti. A Él como a mi Hacedor, a ti como Madre de nuestro Hacedor... Que ame a Jesús en aquél espíritu en quien tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo...
«Alegrándome yo con los ángeles, gozoso con las palabras angélicas, me congratulo con mi Señora, me alegro con aquélla de la cual el Verbo de Dios se hizo carne, porque creí lo que ella conoció, porque conocí que es Virgen y Madre, porque por medio de ella sucedió que la naturaleza de mi Dios se viniese a mi naturaleza» (De Virginitate perpetua Sanctæ Mariæ I y XII).
–1 Tesalonicenses 5,16-24: Que todo vuestro ser, alma y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la Parusía del Señor. La verdadera alegría cristiana, que nos proclama San Pablo, es el gozo de ser de Cristo y para Cristo, y solo puede consistir en la renuncia al mal y en la fidelidad amorosa al Espíritu de Jesús. Tal es la voluntad del Padre para nuestra salvación.
La alegría del cristiano consiste en comprobar la continua presencia amorosa y solícita de Dios en la propia vida, y en reconocer la posibilidad de responder por la gracia a su amor. La oración cristiana no es solo de petición y acción de gracias, es también de afectos y de coloquio contemplativo sobre las perfecciones divinas. La oración, en su sentido más profundo, es fruto de la vida divina que invade al hombre y hace de el un verdadero hijo de Dios. A Él le llamamos Padre, y lo hacemos con toda propiedad.
–Juan 1,6-8.19-28: En medio de vosotros hay uno que no conocéis. Con su vida y su mensaje de purificación espiritual, el Bautista nos invita hoy a buscar con sincera ansiedad a Cristo, actuante ya en nosotros por la gracia y el Evangelio. Hemos de compenetrarnos con su Corazón sagrado. Comenta San Agustín:
«Le preguntan los judíos: “¿Eres tú el Cristo acaso?” Si no fuera porque todo valle ha de ser rellenado y todo monte rebajado, él hubiese encontrado la ocasión para engañarles. Ellos querían escuchar de su boca lo que creían respecto a él. Tan maravillados estaban de su gracia que, sin duda, hubiesen creído lo que él les hubiera dicho… Pero hubiese perdido el mérito propio…
«En efecto, Juan no alumbra a todo hombre. Cristo sí. Juan reconoce que es una lámpara, para que no la apague el viento de la soberbia. Una lámpara puede encenderse y apagarse. La Palabra de Dios no puede apagarse, pero sí la lámpara» (Sermón 289,4, predicado antes del año 410. Unas 16 veces trata San Agustín de esto en sus Sermones. En el 380,7, dice que Juan Bautista es la luz iluminada y Cristo la luz que le ilumina).


CICLO C
La liturgia de la palabra constituye hoy, en relación con otros textos litúrgicos de este domingo, un pregón de alegría evangélica, cifrada para el creyente, en el gozo íntimo de ser de Cristo, por vocación predestinada y por el don de la fe. Es, además, la alegría de quien se sabe destinado al encuentro con Jesucristo en su segunda venida.
La próxima Navidad nos proclamará el misterio del Emmanuel –Dios con nosotros– y la posibilidad que el misterio de Cristo nos ofrece: la alegría de vivir ahora en la más entrañable intimidad con Él en su Iglesia a través de su liturgia.
–Sofonías 3,14-18: El Señor se alegrará en ti. En los días amargos de la cautividad de Babilonia, el Espíritu puso en los labios de Sofonías un mensaje de esperanza para su pueblo: Dios mismo habitará entre sus elegidos.
El profeta subraya la responsabilidad de los dirigentes del pueblo: sacerdotes y profetas son acusados severamente, pues se les atribuye la corrupción en las diversas clases del pueblo. Pero también el pueblo es culpable. Solo hay, pues, un remedio: la conversión, que se traduce en la observancia de las normas de la ley. Justicia para con todos, que no se oprima a los débiles, sino que se preste ayuda a los pobres, respeto a los extranjeros, puntual cumplimiento de los deberes del culto para con Dios.
De este modo se restablecerá la amorosa relación entre Dios y su pueblo, como en los años más felices de la historia de Israel. El tono de estas palabras hace resaltar más la alegría que Dios prepara a su pueblo elegido. El Señor nos ama infinitamente y nos ayuda en todas nuestras necesidades. El Señor está cerca.
Pues bien, éste es el mismo Redentor que nació en Belén hace unos dos mil años. Es el mismo que esperamos hoy como Libertador en su segunda venida, al fin de los tiempos. Es el mismo que «transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3, 21).
«¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20), suplicaban los cristianos de los primeros siglos y ahora lo hacemos también nosotros siempre en la celebración la Eucaristía, después de la consagración. Y hoy, concretamente, hemos de estar preparados a esa venida ante la proximidad de la Navidad. Hemos de revestirnos de una cordial y santa bondad para con todos y cada uno de nuestros hermanos, todos los hombres.
–Como Salmo, cantamos con el profeta Isaías: «El Señor es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor… Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas» (Is 12).
–Filipenses 4,4-7: El Señor está cerca. Vivir en la cercanía de Dios, en la intimidad del Verbo encarnado, constituye la raíz más profunda de la alegría cristiana y la clave de una vida destinada a la eternidad. Comenta San Agustín:
«¿Qué es gozarse en el mundo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en las cosas deshonrosas y deformes. En todas estas cosas encuentra su gozo el mundo… Por lo tanto, hermanos, “alegraos en el Señor”, no en el mundo, es decir, gozaos en la verdad, no en la maldad; gozad con la esperanza de la eternidad, no con la flor de la vanidad. Sea ése vuestro gozo dondequiera, y cuando os halléis así, “el Señor está cerca; no os inquietéis por nada”» (Sermón 171,4-5).
–Lucas 3,10-18: ¿Qué hemos de hacer? La alegría de ser de Cristo nos da a todos una actitud de sinceridad para adaptar nuestra vida incondicionalmente a la voluntad amorosa de Dios: ¿Qué tenemos que hacer?
El Adviento, en cuanto tiempo de preparación para Navidad, es decir, para el encuentro salvífico con Cristo, entraña profundas actitudes penitenciales: disponibilidad por la renuncia, disponibilidad por la esperanza, disponibilidad por la alegría.
La Virgen María es el modelo perfecto. Su Fiat decisivo y total es la actitud de conversión más perfecta alcanzada por una criatura humana en la historia de la salvación. «¡Alegraos en el Señor!» Él purificará y elevará vuestros pensamientos, curará vuestra desmedida afición a lo terreno y orientará hacia Dios vuestros afanes, vuestras preocupaciones, vuestro amor y toda vuestra vida. «Olvidad vuestras preocupaciones». No os angustie el tener que renunciar a las cosas terrenas y caducas. Depositad en Dios todas vuestras inquietudes. Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón al Señor, que viene, que está en medio de nosotros, y decidle: «¡Muestra, Señor, tu poder y ven a salvarnos!»


Lunes
En la entrada, con textos de Jeremías y de Isaías, decimos a todos los pueblos: «Escuchad la palabra del Señor; anunciadla en las islas remotas. Mirad a nuestro Salvador, que viene; no temáis» (Jer 31,10; Is 35,4). Y en la oración colecta (Gelasiano), pedimos al Señor que escuche nuestra súplica e ilumine las tinieblas de nuestro espíritu con la gracia de la venida de su Hijo.
En la comunión pedimos al Señor que venga, que nos visite con su paz, y entonces nos alegraremos en su presencia con todo nuestro corazón (Sal 105,4.5; Is 38,3).
–Números 24,2-7.15-17: Surge un astro, nacido de Jacob. Lo anuncia la profecía de Balaán: «La estrella y el cetro surgirán en Israel». La tradición judeo-cristiana ha interpretado esa frase en referencia al Mesías. Ésos son símbolos de la realeza del Cristo, del Hijo de David y Rey espiritual del pueblo elegido, la Iglesia, que llevará a cabo la liberación de todos los hombres.
Entre la palabra profética y Jesús, Verbo de Dios y cumplimiento de las promesas, hay una relación de interpretación recíproca. Todas las frases de la Escritura, llenas de la palabra de Dios, se comprenden solo si son consideradas como referidas a Jesucristo. Y se comprende mejor a Jesucristo cuando se le ve esperado por Abrahán, Moisés o David, según las promesas que a ellos les hizo la Palabra divina.
A los paganos que entran en la Iglesia, no se les imponen las observancias de la ley mosaica y, sin embargo, su entrada es un ingreso en el pueblo de Dios (Rom 11,16-24), una participación en la promesa, en la esperanza de Israel (Ef 2,12). La importancia del Antiguo Testamento para la Iglesia está en el hecho de que, si Dios habla siempre a cada hombre, esta palabra consiste en proponerle a cada uno la única Palabra, pronunciada en la historia: Jesús, hijo de Abrahán, Hijo de Dios. La meditación del Antiguo Testamento y del Nuevo no es para el cristiano un gusto meramente arqueológico, sino la búsqueda del propio presente y del propio futuro en la historia del Israel de Dios.
–Con el Salmo 24 pedimos al Señor que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que haga que caminemos con lealtad, porque Él es nuestro Dios y nuestro Salvador. Le rogamos que recuerde que su ternura y su misericordia son eternas, y que se acuerde de nosotros con misericordia, por su bondad. «El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes».
Nosotros solos nada podemos. Somos incapaces de conseguir nuestra salvación. Necesitamos la luz, la gracia, la dirección, la fuerza del Salvador para poder salir del pecado, para evitar recaer en el mismo y para crecer en la gracia, practicar la justicia y la bondad sobrenaturales, para poder orar, para poder vivir la vida divina, para poder ejercitar las virtudes, para poder realizar obras meritorias, para poder progresar en la vida espiritual.
–Mateo 21,23-27: ¿De dónde venía el bautismo de Juan? Jesús es la respuesta de Dios a las esperanzas más profundas del hombre. La espera y la petición pueden llegar a ser principio de la respuesta y de la escucha. Comenta San Agustín:
«Apareció la lámpara, huyeron las tinieblas. Efectivamente, aunque se hallasen corporalmente presentes, huyeron [de la luz] con el corazón, diciendo que ignoraban lo que sabían. Y la prueba de esa huida es el temor del corazón. Temían que el pueblo los apedrease si decían que el bautismo de Juan procedía de los hombres; pero temían también quedar convictos por Cristo si decían que procedía del cielo. Huyeron, pues, confundidos. Mencionado el nombre de Juan, temieron y, llenos de turbación, callaron…
«Así, pues, a Cristo, nuestro Señor, se le preparó la lámpara: Juan Bautista. Sus enemigos, que le interrogaban capciosamente, se alejaron confundidos, nada más aparecer la luz de la lámpara. Pero, nosotros, hermanos, reconocemos al Señor gracias a Juan Bautista, el precursor, y, más aún creemos en Cristo por el testimonio del mismo Señor. Hagámonos cuerpo de la Cabeza que es Él, para que haya un solo Cristo, Cabeza y Cuerpo, y así se cumplirá en nosotros, hechos unidad, aquello: “sobre Él florecerá mi santificación”» (Sermón 308 A,7-8).
Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso. Y el Señor nos librará. Está cerca con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.


Martes
La liturgia de hoy, en la entrada de la misa, nos anuncia y asegura que «vendrá el Señor, y con Él todos sus Santos; aquel día brillará una gran luz» (Zac 15,5.7). Por eso la oración colecta (sacramentario de Bérgamo) pide al Señor, Dios nuestro, que, ya que por medio de su Hijo nos ha transformado en nuevas criaturas, mire con amor esta obra de sus manos y, por la venida de Cristo, su Unigénito, nos limpie de las huellas de nuestra antigua vida de pecado.
–Sofonías 3,1-2.9-13: La salvación del Mesías es para los pobres. El profeta anuncia la aparición de un pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor. Ese día todas las naciones de los gentiles presentarán ofrendas al Dios de Israel, el único Dios verdadero. Ser pobre es para Sofonías ser justo, vivir sumiso a la voluntad de Dios. La indefectibilidad de Israel y, en el Nuevo Testamento, de la Iglesia, está fundada sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Esa fidelidad, a veces, no excluye, sino exige que Dios rechace tentativas de reformas dirigidas por las autoridades que gobiernan al pueblo, como en el caso de la reforma de Josías (2 Re 23,25-27).
Es verdad que Dios ligó su causa a la de su pueblo, cuando estrechó un pacto con él. Pero, si la Alianza llega a ser un motivo de autocomplacencia y de orgullosa seguridad, el Señor, a través de la prueba de la humildad, guía a su pueblo a la conversión, a la confianza. La humillación del pueblo no es humillación de Dios. El Señor muestra su grandeza frente a Israel mediante su juicio, pero igualmente lo muestra frente a los gentiles, a través del juicio sobre Israel, manteniendo siempre su fidelidad a la Alianza, su amor, su presencia en la historia.
Nosotros somos ahora el pueblo pobre y humilde que confía en el nombre del Señor. Él, como Cabeza, vive en nosotros, sus miembros; y por eso nos impulsa a convertirnos en una viva irradiación de su bondad, de su alma, dulce y nobilísima. Un cristianismo de bondad, de abnegación desinteresada, de generosos servidores, de alegres operarios: he aquí lo quiere hacer de nosotros la liturgia de este tiempo de Adviento, que nos prepara a la solemnidad de Navidad.
–Dios quiere obrar en nosotros una conversión constante, un perfeccionamiento continuo de nuestra vida espiritual. Por eso decimos con el Salmo 33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor; que los humildes lo escuchen y se alegren. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostros no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias… Cuando uno grita al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias».
Nosotros a veces comprendemos muy mal nuestro cristianismo, nuestro vivir en Cristo y en su Iglesia. Permanecemos todavía muy apegados a nosotros mismos, muy cortos de espíritu, con gran egoísmo. Hemos de vivir más intensamente la vida de Cristo en nosotros. En definitiva, hemos de convertirnos cada vez con mayor perfección.
–Mateo 21,28-32: Los publicanos y prostitutas creyeron en Juan. El cristiano verdadero se compromete con Cristo. Cristo es radical en su llamada. Nos quiere llevar por el camino de la cruz y quiere que le amemos más que a todas las cosas. Hay cristianos que tardan en comprometerse, pero lo hacen (Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo...) Otros quisieran comprometerse, pero no se deciden a dejarlo todo. Tratan de servir a dos señores: a Dios y al diablo.
Tenemos necesidad de redención. No todo en nosotros es perfecto. Sintiendo con la liturgia, nos consideramos hoy como noche, como tinieblas, como vasto, horrido y estéril desierto; como ciegos, paralíticos, mudos, pusilánimes; somos los cautivos que languidecen entre las cadenas del pecado, de las costumbres y aficiones desordenadas, de las pasiones, del amor propio, de la propia estima, de la vanidad…
Todos nosotros no somos todavía lo que debiéramos ser. En muchas cosas permanecemos aún esclavos de muchas imperfecciones; no estamos completamente libres para Dios, para Cristo, para un amor perfecto… Necesitamos con urgencia al Salvador. Por eso la Iglesia en su liturgia de Adviento grita: «¡Lloved, cielos, de arriba! ¡Nubes, mandadnos al Justo! ¡Ábrete, tierra, y germina al Salvador!»...
La vida que Cristo nos da es una participación en la vida divina. Nosotros disfrutamos de ella mediante la gracia de la filiación divina. ¡Verdaderamente estamos salvados! ¡Redención! La vida divina desciende hasta nosotros y nuestra vida es elevada hasta lo divino. Ésta es la gracia que esperamos en la Navidad del Señor.


Miércoles
Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1 Cor 4,5). En la oración colecta (Gelasiano), pedimos a Dios todopoderoso que la fiesta, ya cercana, del Nacimiento de su Hijo nos reconforte en esta vida y nos obtenga la recompensa eterna.
–Isaías 45,6-8.18.21-26: Ábrase la tierra y brote al Salvador. El oráculo profético anuncia la llegada de la salvación que será el Justo en persona, el Mesías, que trae la victoria a su pueblo. Yahvé se revela como el Señor único de la naturaleza y de la historia. La creación es signo y escenario de la salvación, que desciende y cala como el rocío, germina como un fruto de la tierra, con la fuerza de Dios. San Buenaventura resume esta historia:
«Ya en el principio de la creación de la naturaleza, colocados en el Paraíso los primeros padres y justamente arrojados después por divino decreto en pena de haber comido del fruto vedado, la soberana misericordia no dilató el retraer al camino de la penitencia al hombre extraviado, dándole esperanza de perdón en la promesa de un Salvador futuro. Y porque ni la ignorancia o la ingratitud hiciesen ineficaz a nuestra salud tan grande dignación de Dios, en las cinco edades de este siglo dejó de anunciar, prometer y revelar con figuras la venida de su Hijo por medio de los patriarcas, jueces, sacerdotes, reyes y profetas, desde el justo Abel hasta Juan el Bautista, a fin de que, multiplicados en el discurso de muchos miles de tiempos y de años los grandes y maravillosos oráculos, levantase nuestras inteligencias a la fe e inflamase nuestros corazones con ardientes deseos» (El árbol de la vida, Del misterio del origen I,2)
Solo Dios puede salvar al hombre. A esa salvación invita a todos. Y es Jesucristo el que de hecho realiza esa salvación universal. Estamos habituados a pensar que Dios hace uso de las capacidades y de la actividad de los cristianos para actuar en la historia. Pero el profeta Isaías subraya que Dios se sirve a veces de instrumentos desconocidos y no necesariamente santos. No podemos encerrar la acción de Dios en nuestros pobres esquemas.
Todo radica en la obediencia a la voluntad de Dios. El cristiano descubrirá el valor de la sumisión a las circunstancias cuando la fe le revele en ello la mano de Dios. Él sabrá esperar, no tanto las etapas de una evolución de la que es artífice consciente, sino el tiempo de Dios. El Señor lo dice claramente. Solo Él es el Dios único y verdadero. No hay otro.
Él nos ha salvado por medio de Jesucristo. No podemos esperar otros mesianismos. Dios es un juez justo y salvador y no hay ninguno más… Él lo ha jurado por su nombre; de su boca sale una sentencia, una palabra irrevocable: «Ante Él se doblará toda rodilla y por Él jurará toda lengua». Todos hemos de proclamar: «Solo el Señor tiene la justicia y el poder». El torrente de vida divina se desborda e invade a la naturaleza humana, asumida por el Hijo al encarnarse entre nosotros. Abramos, pues, nuestra alma a esta invasión de vida divina. Acerquémonos a ella, llenos de fe, de veneración, de amor, de agradecimiento y de fervientes deseos.
–Al volver de Babilonia, Israel experimentó una vez más el amor que Dios le tenía. Dios anuncia la paz a su pueblo. Por el libertador Ciro la anuncia a Israel en el destierro, por la venida de Cristo la anuncia al mundo pecador; por su venida gloriosa la anunciará finalmente a todos los hombres. ¡Que venga este anuncio de paz! ¡Que las nubes lluevan al Justo! Así nuestra tierra dará su fruto.
Es lo que pedimos con el Salmo 84: «Voy a anunciar lo que dice el Señor. Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».
–Lucas 7,19-23: Jesús curó muchas enfermedades y libró de malos espíritus. Para Juan, como para los cristianos contemporáneos, vale el principio de que Dios escucha no nuestros deseos, sino sus promesas. Nosotros, en general, creemos saber lo que Dios debería hacer para ser Dios: y cuando la verdadera obra de Dios se manifiesta, no sabemos reconocerla. Pero sigue siendo verdad que Dios es el Señor de la historia, tanto de cada persona, cuanto del mundo, y dirige los acontecimientos para servir a su designio de amor y de salvación.
Por eso se ha de evitar una lectura superficial de los acontecimientos y hay que procurar descubrir en todo el signo de la venida del Reino. Es objeto de una especial misericordia divina quien no se escandaliza de Él. Para el bien de los hombres Él realiza milagros, pero no quiere la popularidad. Encarna la misión del Siervo que sufre. Él ha de morir en la cruz y resucitar.
Jesús se define por sus obras. Y éstas son signos de su misterio. Pero el encuentro con Él nos introduce siempre en su misterio. Y por no avenirse a esto muchos se escandalizaron de Él. No comprendieron la realidad sublime de su misión santificadora. Y lo mismo sucede ahora. El encuentro con Jesucristo se produce a través del misterio de la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia. El Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, 10, da las claves definitivas de la fe que salva: Escritura, Tradición y Magisterio.

Jueves
La entrada de la misa hoy suplica: «Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí tus preceptos, porque Tú existes desde siempre» (Salmo 118,151-152). En la oración colecta (Gelasiano), pedimos al Señor que alegre con la venida salvadora de su Hijo a los que somos sus siervos indignos, afligidos por nuestros pecados.
–Isaías 54,1-10: El amor de Dios para con su pueblo es indefectible. Dios mismo será quien redima a su pueblo, ofreciéndole una Alianza de paz. El tema de los desposorios ha sido en algunos profetas signo de la unión del alma con Dios. Por el pecado, la esposa se ha mostrado infiel. Esta ruptura con Dios es, por tanto, como un adulterio. Pero el Señor, en su gran amor misericordioso, reanuda ese lazo de amor esponsal. Es bien conocida la historia de los pactos entre Dios e Israel, la infidelidad de éste, y la restauración del pacto por parte de Dios, siempre fiel a la Alianza.
Así también sucede con cada alma rescatada. Redimida por el bautismo, rechaza luego el amor de Dios por el pecado. Pero Dios la atrae de nuevo con el perdón de su misericordia. Los místicos han vivido a fondo esos desposorios del alma con Dios. Escribe Santa Teresa:
«Ya tendréis oído muchas veces que se desposa Dios con las almas espiritualmente. ¡Bendita sea su misericordia que tanto se quiere humillar! Y, aunque sea grosera comparación, yo no hallo otra que más pueda dar a entender lo que pretendo, que el sacramento del matrimonio. Porque, aunque de diferente manera, porque en esto que tratamos jamás hay cosa que no sea espiritual –esto corpóreo va muy lejos, y los contentos espirituales que da el Señor, y los gustos, al que deben tener los que se desposan , van mil leguas lo uno de lo otro), porque todo es amor con amor, y sus operaciones son limpísimas y tan delicadísimas y suaves, que no hay cómo se decir; mas sabe el Señor darlas muy bien a sentir» (5 Moradas 4,3).
«Gran misterio es éste, pero entendido de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5,32). El desposorio da acceso al alma a un estado superior y lo prepara a la unión perfecta con Dios.
–Ante el anuncio de la salvación, cantamos al Señor con el Salmo 29: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad de por vida; al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo. Escucha, Señor, y ten piedad de mí». Mis deseos son estar siempre contigo, unido siempre a ti con un inmenso amor que solo Tú puedes darme.
–Lucas 7,24-3: La misión de Juan fue abrir el camino a Jesucristo. Vivió la tragedia de los perseguidos por confesar la verdad. Solo los humildes y los pecadores entendieron su mensaje. Juan vivió solamente para anunciar al que había de venir. Es nuestro modelo en el seguimiento de Cristo. Vivamos solo para Él. Comenta San Agustín:
«Reconózcase, pues, el hombre humilde: reconozca por la confesión del pecado que el Dios excelso se ha humillado, y así sea exaltado por la consecución de la justicia. Hay, por tanto, dos realidades: el Señor y Juan, la humildad y la grandeza. Dios, humilde en su grandeza; y el hombre humilde en su debilidad. Dios humilde por el hombre, y el hombre humilde por sí mismo. Dios hecho humilde en beneficio del hombre, y el hombre humilde para no hacerse daño… Disminuya, pues, la honra del hombre y aumente la de Dios, para que el hombre encuentre su honra en la honra de Dios» (Sermón 380,7-8).
Cristo hace ver que Juan Bautista no solo es un profeta, sino más que cualquiera de ellos, porque es el Precursor del Mesías. Los otros vieron al Mesías desde lejos en sus vaticinios, pero el Bautista lo presenta oficialmente al pueblo. Por eso se cumple la profecía de Malaquías, interpretado por los Rabinos: que Elías en persona presentaría y ungiría al Mesías. Ésta fue la obra de Juan: presentarlo y ungirlo en el bautismo que lo proclamaba Mesías. Preparó Juan los caminos morales para la venida de Cristo. Pero el ingreso en el reino es superior que la preparación al mismo. En el Nuevo Testamento tenemos la realización del Antiguo. Por lo mismo, aquél es superior a éste, como la Ley de Cristo lo es con respecto a la de Moisés.


Viernes
Comenzamos con la siguiente aclamación en el canto de entrada: «El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna». En la colecta (Veronense), pedimos al Señor que su gracia nos disponga y nos acompañe siempre; así los que anhelamos vivamente la venida de su Hijo, a su llegada encontremos auxilio para el tiempo presente y para la vida futura.
–Isaías 56,1-3.6-8: El Señor salva a judíos y a extranjeros. En un oráculo, en el que se anuncia que Dios acepta como fieles suyos a todos los pueblos, se proclama que su salvación está para llegar ya y su victoria a punto de revelarse. Según el Nuevo Testamento, es Cristo quien trae esta anunciada salvación de Dios, el mismo que, en expresión de San Pablo, es justicia de Dios (1 Cor 1,30) para salvación de todo el que cree, sea judío o gentil (Rom 1,16). Basta practicar el derecho, hacer justicia, reconocer a Dios y someterse a Él, entregarse a Él con todo el corazón, mediante la fe en Cristo Jesús y ser recibido en el bautismo.
La observancia del derecho divino y de modo particular del sábado, tiene su fundamento en la espera de la salvación y del juicio de Dios. Y esto no tanto porque la observancia constituya un título merecedor de la salvación futura, cuanto porque en la celebración del sábado, según la teología de Israel, se anticipa y se pregusta el sábado eterno, la presencia definitiva de Dios gozada en su Casa.
Israel sabe vivir en una realidad provisional, en la cual es llamado al trabajo y a la fatiga. Pero el sábado, el cese del trabajo, es indicio de la presencia de Dios entre su pueblo; es dar lugar a Dios, a su obra de orden y de armonía, de justicia y de paz. Es obra aún velada e inicial, pero que lleva consigo la promesa del cumplimiento. En ese cumplimiento es donde está realmente la salvación que el Antiguo Testamento añora y anhela.
Es un gran misterio que cuando llegó a Israel la verdadera salvación, la realidad que esperaba, solo un grupo reducido la aceptó. Pero sigue siendo verdad que él fue el pueblo elegido. Por eso hemos de orar mucho por ese pueblo, para que se entregue a Cristo.
–Pronto va a venir la salvación, pero se trata de una salvación universal y sin fronteras, que abarca a todos los hombres que buscan a Dios con sincero corazón. Este misterio no fue entendido por la mayoría de los judíos, y a veces tampoco por algunos cristianos. Sin embargo, el Salmo 66 canta abiertamente: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. El Señor tenga piedad y nos bendiga. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe» con santa devoción.
–Juan 5,33-36: Juan es la lámpara que arde y brilla. Entre los testigos de Cristo, uno de los más fidedignos es Juan el Bautista. Pero el testimonio más apodíctico de Cristo son sus propias obras. Para los judíos de su tiempo el Bautista era una lámpara que ardía y brillaba. Él era el precursor. Su misión era mostrar oficialmente a Cristo. El prestigio que el Bautista tuvo entonces en Israel fue excepcional. No solo se refleja en los Evangelios, sino que es recogida también por el historiador judío Josefo.
Juan negó que él fuera el Mesías. Solo tenía la misión de señalarlo. Tenían que haberlo recibido, ya que apelaban a un testimonio humano. Mas aquella embajada de los judíos al Bautista fue una frivolidad sin efecto alguno. Juan era la lámpara, que arde y alumbra en la noche a falta del sol. Buena era la lámpara, la misión del Bautista, como buena es la luz de la lámpara al anochecer. Pero no quisieron verla. Cerraron los ojos. No supieron seguirla para encontrar el camino que conduce a Cristo. Solo unos pocos judíos reconocieron a Cristo y lo siguieron.
Pero, además de la luz de esta lámpara, existía el resplandor mucho mayor de las obras de Cristo. Y tampoco los judíos quisieron abrir los ojos a esas espléndidas realidades que Cristo manifestaba con su doctrina y sus milagros. San Juan Crisóstomo afirma que la soberbia y la incredulidad les cegaron:
«Hay motivo sobrado para maravillarse y quedar perplejo si se considera que quienes habían sido educados con los libros proféticos y escuchado a diario a Moisés y a los profetas de las épocas siguientes, que tantas cosas habían predicho acerca de la venida de Cristo, cuando vieron a Cristo mismo obrar prodigios constantemente... después de que fueran obrados tantos prodigios en su provecho, a pesar de haber escuchado a diario la lectura de los profetas y la propia voz del mismo Cristo, que les enseñaba sin concederse reposo, fueran ciegos y sordos hasta el punto de no permitir que ninguna de esas cosas les llevara a aceptar la fe en Cristo...
«Escuchad a San Pablo, que nos da la explicación: “ignorando la justicia de Dios, buscaron establecer su propia justicia sin someterse a la justicia de Dios” (Rom 10,3)... O sea, que la causa de sus males fue la incredulidad. Y la incredulidad, por su parte, era resultado de su soberbia y obstinación... Nada aleja tanto de la benevolencia de Dios y nada arrastra tantas almas a la eterna condenación como la tiranía de la soberbia. Cuando nos domina, toda nuestra vida se hace impura, por mucho que practiquemos la castidad, la virginidad, el ayuno, la plegaria, la limosna y el resto de las virtudes... El Dios de los humildes, mansos y bondadosos os dé a vosotros y nosotros un corazón contrito y humillado» (Homilía IX sobre el evangelio de San Juan)




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