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Las Fiestas de Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada dí­a del Tiempo Pascual


Las Fiestas:
Pentecostés

Santísima Trinidad Ciclo A - Ciclo B - Ciclo C

Corpus Christi Ciclo A- Ciclo B - Ciclo C

Sagrado Corazón de Jesús Ciclo A - Ciclo B - Ciclo C


Domingo de Pentecostés
Misa del día.
Entrada: «El Espíritu llena el mundo, y Él, que mantiene todo unido, habla con sabiduría. Aleluya» (Sab 1,7). O bien: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado. Aleluya» (ROM 5,5).
Colecta (del Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios!, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de los fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica».
Ofertorio (del Sacramentario de Bérgamo): «Te pedimos, Señor, que según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender la realidad misteriosa de este sacrificio y nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada».
Comunión: «Se llenaron todos del Espíritu Santo y cada uno hablaba de las maravillas de Dios. Aleluya» (Hch 2,4.11).
Postcomunión (con textos del Veronense y de la antigua liturgia hispana o mozárabe): «¡Oh Dios!, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo, haz que el Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza y la Eucaristía que acabamos de recibir acreciente en nosotros la salvación».
Con la donación solemne del Espíritu Santo, el Padre vinculó definitivamente la persona y la obra de su Verbo encarnado, muerto y resucitado a la realidad visible e histórica de su Iglesia, realizando así el misterio del Cristo histórico y Cristo total: Cabeza y Miembros vivificados por el mismo Espíritu de Cristo, que Él envió con el Padre, hasta la consumación de los siglos.

–Hechos 2,1-11: Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar. La venida del Espíritu Santo es, en la historia de la salvación, un acontecimiento paralelo a la Encarnación del Verbo.

–1 Corintios 12,3-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo Cuerpo. El Espíritu es el que da vida y sostiene la unidad en el seno de la Iglesia. Nos hace sintonizar misteriosamente con el Corazón de Jesucristo.

–Juan 20,19-23: Como el Padre me ha enviado así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo. En virtud de la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo, se realiza nuestra reconciliación con Dios en el misterio de Cristo. Oigamos a San Ireneo:
«Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas y que éstos profetizarían. Por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios que se había hecho Hijo del Hombre, para así, permaneciendo en Él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.
«San Lucas nos narra cómo después de la Ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y dar su plenitud a la nueva alianza. Todos a una los discípulos alaban a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad a los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.
«Por esto el Señor había prometido que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios: del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiésemos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto. Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.
«El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor: Espíritu de prudencia y de sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y de temor del Señor; y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo... Recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (Contra las herejías 3,17,1-3).
San Basilio dice a su vez:
«Ante todo, ¿quién habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de Verdad, que procede del Padre. Espíritu firme. Espíritu generoso. Espíritu Santo es su nombre propio y peculiar... Hacia Él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa y su soplo es para ellos a manera de riego que les ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Capaz de perfeccionar a los otros, Él no tiene falta de nada...Él no crece por adiciones, sino que está constantemente en plenitud; sólido en Sí mismo, está en todas partes. Él es fuente de santidad, Luz para la inteligencia; Él da a todo ser racional como una Luz para entender la verdad.
«Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de su fe. Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen de Él, pero Él permanece íntegro, a semejanza del rayo del sol, cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar... Por Él se elevan a lo alto los corazones; por su mano son conducidos los débiles; por Él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es Él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y, al comunicarse a ellos, los vuelve espirituales...» (Tratado sobre el Espíritu Santo 9).


La Santísima Trinidad
Entrada: «Bendito sea Dios Padre y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros».
Colecta (del Misal anterior): «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la Verdad y el Espíritu de la santificación, para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa».
Ofertorio (del Misal anterior): «Por la invocación de tu santo nombre, santifica, Señor, estos dones que te presentamos y transfórmanos en ofrenda perenne a su gloria».
Comunión: «Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá! Padre”» (Gál 4,6).
Postcomunión: «Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible, concédenos, Señor y Dios nuestro, encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido».

La fiesta de la Santísima Trinidad comenzó a celebrarse en algunos monasterios benedictinos ya en el siglo IX. Antes San Benito de Aniano había redactado un formulario litúrgico en honor de la Santísima Trinidad para el Suplemento del Sacramentario Gregoriano-Adriano. Esta fiesta se extendió a varias diócesis de Francia y Alemania. En 1334 Juan XXII la extendió a toda la Iglesia.

Ciclo A
La Santísima Trinidad es el misterio que, con amor infinito, Dios mismo nos ha revelado en la plenitud de los tiempos: El amor del Padre que nos eligió, predestinándonos desde la eternidad para ser hijos suyos adoptivos. El amor del Hijo, que se entregó hasta dar su vida por nosotros. El amor del Espíritu Santo, que se nos ha dado para que more en nosotros toda la Santísima Trinidad.

–Éxodo 34,4-6.8-9: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso. Somos el pueblo de Dios. Desde el comienzo de la Revelación, el Señor, único y eterno, se nos manifestó como el solo Dios verdadero, en medio de los dioses paganos. Comenta San Ambrosio:
«Donde está el corazón del hombre, allí está también su tesoro; pues el Señor no suele negar la dádiva buena a los que se la han pedido. Y ya que el Señor es bueno, y mucho más bueno todavía para los que son fieles, abracémonos a Él, estemos de su parte con toda nuestra alma, con todo el corazón, con todo el empuje de que somos capaces, para que permanezcamos en su luz, contemplemos su gloria y disfrutemos de la gracia del deleite sobrenatural. Elevemos, por tanto, nuestro espíritu hasta el Sumo Bien, estemos con Él y vivamos con Él, unámonos a Él, ya que su ser supera toda inteligencia y todo conocimiento y goza de paz y tranquilidad perpetuas, una vez que supera también toda inteligencia y toda percepción» (Sobre la huida del mundo 6,36).

–Como Salmo responsorial usamos el Himno de Daniel 3,52-56: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, a Ti gloria y alabanza por los siglos».

–2 Corintios 13,11-13: La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo. Llegada la plenitud de los tiempos, este único y eterno Dios nos reveló sus designios de amor, manifestándose como Padre, haciéndonos hijos por Cristo, su Hijo amado, otorgándonos su Espíritu de santificación.
Testimonio claro de la Santísima Trinidad, en el que, según Santo Tomás de Aquino, van incluidos todos los bienes sobrenaturales necesarios:
«La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos» (Comentario a 2 Corintios).

–Juan 3,16-18: Dios mandó al mundo a su Hijo para que se salve por Él. Por la fe y el bautismo, todos formamos un nuevo pueblo de Dios, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
«Consumada, pues, la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para que indeficientemente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu... Así se manifiesta toda la Iglesia como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”» (Lumen Gentium 4)
Comenta San Agustín:
«Pues el médico en cuanto tal viene a curar al enfermo, a sí mismo se da la muerte quien se niega a observar las prescripciones del médico. El Salvador ha venido al mundo para salvarlo, no para que condenarlo? ¿No quieres que Él te salve? Por tu conducta serás juzgado. Pero: ¿qué digo: “serás juzgado”? Mira lo que dice: “El que cree en Mí, no es juzgado; mas el que no cree”... ¿Qué esperas que se diga sino que será juzgado? “Ya –dice– está juzgado”. El juicio aún no se ha publicado, pero ya está hecho. Sabe el Señor quiénes son los suyos, sabe quiénes quedarán para la corona, quiénes para las llamas; conoce en su era cuál es el trigo y cuál es la paja, como cuál es la mies y cuál la cizaña. Ya está juzgado quien no cree. ¿Por qué juzgado ya? Porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito de Dios (Tratado 12,12 sobre el Evangelio de San Juan).
El misterio trinitario que hoy hemos proclamado y celebrado es siempre centro de nuestra fe y debe constituir el punto de referencia de nuestra autenticidad cristiana.


Ciclo B
En profunda actitud de adoración y de amor responsable nos reunimos para vivir en común los lazos entrañables que nos vinculan al misterio insondable de la vida íntima de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, para cobrar conciencia de nuestra condición de criaturas suyas que, por el bautismo, fuimos elegidos y consagrados para ser testigos del amor del Padre, coherederos del Hijo y santificados por el don de Espíritu Santo.
–Deuteronomio 4,32-34.39-40: El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra. No hay otro. Una amorosa iniciativa divina nos hizo Pueblo de Dios; más aún, nos hizo hijos suyos. No podemos degradarnos con el culto de dioses falsos, que son también el dinero, los honores, la fama, el poder, el orgullo... Oigamos a San Ireneo:
«Así, pues, según la condición natural, podemos decir que todos somos hijos de Dios, ya que todos hemos sido creados por Él. Pero, según la obediencia y la enseñanza seguida, no todos son hijos de Dios, sino sólo los que confían en Él y hacen su voluntad. Los que no se le confían ni hacen su voluntad son hijos del diablo, puesto que hacen las obras del diablo. Que esto sea así se deduce de Isaías: “Engendré hijos y los crié, pero ellos me despreciaron” (Is 1,2). Y en otro lugar: “Los hijos extraños me han defraudado” (Sal 17, 46)» (Tratado contra las herejías 4,41).

–Proclamamos con el Salmo 32: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque Él lo dijo y existió, Él lo mandó y surgió. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».

–Romanos 8,14-17: Habéis recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abbá! Padre. Por el don de su Espíritu, Dios nos ha hecho además hijos suyos, coherederos con Cristo, su Hijo amado. Comenta San Basilio:
«Por el Espíritu se nos restituye el Paraíso, por Él podemos subir al Reino de los cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda la bendición, tanto en la vida presente como en la futura. Por Él podemos contemplar como en un espejo, cual si estuvieran ya presentes, los bienes prometidos que nos están preparados y que por la fe esperamos llegar a disfrutar» (Sobre el Espíritu Santo 15,35-36).

–Mateo 28,16-20: Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por la fe y el bautismo todos hemos sido elegidos de Dios. San Ambrosio dice:
«Tú has sido bautizado en nombre de la Trinidad. Has profesado -no lo olvides- tu fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios... Descendiste a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la Cruz se refiere únicamente a la Persona del Señor» (Sobre los Misterios 21 y 38).


Ciclo C
La solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda la total identidad de las tres divinas Personas, a las que estamos consagrados por nuestro bautismo y cuyo amor multiforme sigue realizando la obra de nuestra salvación y santificación. En Dios confesamos tres Personas distintas, que son idénticas en su esencia.

–Proverbios 8,22-31: Antes de comenzar la tierra, la Sabiduría ya había sido engendrada y se nos mostró en sombras y figuras como un eco de la presencia vi-va del Verbo, el Hijo muy amado, en el seno del Padre. San Agustín, comentando el prólogo del Evangelio de San Juan, dice:
«Él es la Sabiduría de Dios y en el salmo se lee: “todo lo hiciste en la Sabiduría”. Si Cristo es la Sabiduría de Dios y el Salmo dice que lo hiciste todo en la Sabiduría, se sigue que todo ha sido hecho en Él y por Él... La tierra es hechura suya, pero no es criatura que tenga vida. Lo que es vida es la forma espiritual, según la cual la tierra ha sido hecha y existe en la misma Sabiduría... Esta Sabiduría contiene en Sí la forma de todo antes que salga al exterior, y por eso todo lo producido según esta forma tiene vida en el Verbo, aunque en sí mismo no la tenga. La tierra, el cielo, la luna y el sol, que vuestra vista contempla, existen primero en su arquetipo y en Él son vida y fuera de Él son cuerpos sin alma» (Tratado 1,16-17 sobre el Evangelio de San Juan).

–Con el Salmo 8 cantamos al Señor, Dueño nuestro, cuyo nombre es admirable en toda la tierra: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar que trazan sendas por el mar».

–Romanos 5,1-5: Caminamos hacia Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu. En la plenitud de los tiempos, Dios ha querido revelarnos su intimidad divina, para hacernos hijos de Dios-Padre, por la redención de Dios-Hijo, en virtud de la gracia de Dios-Espíritu Santo que se nos ha dado. Comenta San León Magno:
«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Esta bienaventuranza, amadísimos, no se refiere a cualquier concordia y armonía, sino a aquélla de la cual dice el Apóstol: “Tened paz para con Dios ” (Rom 5,1) y de la que habla el profeta David (Sal 118,16). Esta paz no se la apropian los lazos estrechísimos de la amistad ni las indiferentes semejanzas de ánimo si no están en completa armonía con la voluntad de Dios. Fuera de la dignidad de esta paz están las consideraciones de las apetencias mundanas, las federaciones de los pecados y los pactos de los vicios.
«El amor del mundo no concuerda con el amor de Dios ni llega a la sociedad de los hijos de Dios el que no se aparta de la generación carnal. Mas los que están siempre solícitos de conservar la unidad con el vínculo de la paz (Ef 4,3), por la unidad de su mente con Dios, jamás se apartan de la ley eterna, diciendo fielmente la oración: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Estos son los pacíficos. Estos son los que están perfectamente unánimes y santamente concordes» (Sermón 95, sobre las Bienaventuranzas).
El Espíritu Santo se nos ha dado y con Él el amor de Dios para que seamos verdaderamente pacíficos.

–Juan 16,12-15: Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu recibirá de lo mío y os lo anunciará. Jesús, revelador del Padre, nos envió a su Espíritu para santificarnos y hacernos vivir su propia vida divina y los sentimientos más profundos de su Corazón de Hijo muy amado del Padre. Comenta San Agustín:
«El Espíritu Santo, que el Señor prometió enviar a sus discípulos para que les enseñase toda la verdad, que ellos no podían soportar en el momento en que les hablaba y del cual dice el Apóstol que hemos recibido ahora en prenda para darnos a entender que su plenitud nos está reservada para la otra vida, ese mismo Espíritu Santo enseña ahora a los fieles todas las cosas espirituales de que cada uno es capaz, mas también enciende en sus pechos un deseo más vivo de crecer en aquella caridad que los hace amar lo conocido y desear lo que no conocen» (Tratado 97,1 Sobre el Evangelio de San Juan).

El Cuerpo y la Sangre del Señor
Entrada: «Con flor de harina los alimentó, y con miel silvestre los sació» (Sal 80,17).
Colecta (del Misal anterior): «¡Oh Dios, que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de tu redención».
Ofertorio (del Misal anterior): «Concede, Señor, a tu Iglesia, el don de la paz y de la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que le presentamos».
Comunión: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en Mí y yo en él, dice el Señor» (Jn 6,57).
Postcomunión (del Misal anterior): «Tu cuerpo y tu sangre, Señor, signo del banquete del Reino, que hemos gustado en nuestra vida mortal, nos llenen del gozo eterno de tu divinidad».

Hacia el año 1000 hubo un despertar eucarístico en la Iglesia, pero la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor hay que relacionarla más concretamente con la visión que tuvo la Beata Juliana de Rétine, priora del monasterio de Monte Cornelio, cerca de Lieja (1193-1228) y al milagro de Bolsena. La Beata Juliana (que algunos la consideran canonizada) tuvo una visión en la que veía un disco resplandeciente con una franja oscura y entendió que eso significaba la ausencia de una fiesta eucarística en el año litúrgico. Esta visión fue recibida positivamente y el obispo de Lieja, Roberto de Thorote la introdujo en su diócesis el jueves después de la octava de Pentecostés. Entre los teólogos que dictaminaron en sentido positivo sobre la fiesta estaba el provincial de los dominicos Hugo de Thierry, que más tarde fue cardenal y legado de la Santa Sede, que confirmó la fiesta el 1252.
Más tarde, en 1261, subió al solio pontificio Santiago Pantaleón, antiguo archidiácono de Lieja, con el nombre de Urbano IV. El obispo de Lieja le sugirió que extendiese a toda la Iglesia esa fiesta. Dudó un poco, pero lo decidió el milagro de Bolsena: un sacerdote en la consagración tuvo grandes tentaciones sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía y entonces de la sagrada forma salió sangre que manchó los corporales, que se conservan en la catedral de Orvieto, donde se encontraba Urbano IV. Éste decidió la extensión de la fiesta del Corpus a toda la Iglesia con la Bula «Transiturus de hoc mundo». Este hecho tuvo una acogida entusiasta en general, con procesión solemnísima y otros actos piadosos y folclóricos, que todavía se conservan en muchos lugares. El formulario litúrgico se debe a Santo Tomás de Aquino.


Ciclo A Corpus Christi
Con inmenso gozo abre la Iglesia hoy sus templos para manifestar su fe ardiente y su alegría fervorosa por la Presencia Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía: Sacramento-Presencia, Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión. Todo fue obra del inmenso amor de Cristo Redentor, que pide nuestra correspondencia de amor a Él y a los hermanos, todos los hombres.

–Deuteronomio 8,2-3.14-16: Te alimentó con el maná que no conocías, ni conocieron tus padres. Era figura de la Eucaristía. San Ambrosio compara el maná con el pan eucarístico:
«Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial... Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a la corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia... Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad... Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el Cuerpo del Creador más que el maná del cielo» (Sobre los Misterios 43,47-49).

–Con el Salmo 147 glorificamos al Señor, que «ha reforzado los cerrojos de la puertas de Jerusalén y ha bendecido a sus hijos dentro de ella. Él los sacia con flor de harina y envía su mensaje a la tierra»

–1 Corintios 10,16-17: El Pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos formamos un solo cuerpo. En el Nuevo Testamento el amor entrañable de Dios a su Hijo muy amado se ha extendido a todos nosotros mediante nuestra comunión con Él. Todos, en comunión con el Corazón de Cristo, formamos un solo Cuerpo místico, que es la Iglesia. El efecto principal de la Sagrada Eucaristía es la unión íntima con Cristo. San Juan Crisóstomo dice:
«¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo. No muchos cuerpos, sino un solo cuerpo... Porqué no te alimentas tú de un cuerpo y aquél de otro, sino que todos nos alimentamos del mismo... Si, pues, todos participamos del mismo Pan y todos nos hacemos una misma cosa ¿por qué, pues, no manifestamos la misma caridad y con ello nos convertimos en una misma cosa?» (Homilía 24, 2).

–Juan 6,51-54: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Por la Eucaristía, la misma Vida divina que se injertó en la humanidad mediante el misterio de la Encarnación del Verbo se hace también vida en nosotros. Sin comunión vital con Cristo Jesús no hay realmente vida cristiana. Comenta San Agustín:
«Los fieles conocen el Cuerpo de Cristo si no se olvidan de que son cuerpo de Cristo. Hazte Cuerpo de Cristo si quieres vivir del espíritu de Cristo... El Cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. De aquí que hablándonos el Apóstol San Pablo de este Pan, dijo: “Porque el Pan es uno, somos muchos un solo Cuerpo” (1 Cor 10,17). ¡Oh sacramento de misericordia! ¡Oh símbolo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! Quien quiera vivir aquí tiene donde vivir, tiene de donde vivir. Acérquese, crea, forme parte de este Cuerpo para ser vivificado. No recele de la unión de los miembros, no sea un miembro canceroso que merezca ser cortado, ni miembro dislocado de quien se avergüencen; sea hermoso, esté adaptado, esté sano, esté unido al Cuerpo, viva de Dios, para Dios; trabaje ahora en la tierra, para que después reine en el cielo» (Tratado 26,13 Sobre el Evangelio de San Juan).


Ciclo B Corpus Christi
Por el acontecimiento eucarístico, puede gozar la Iglesia entera de una continua presencia viviente de Cristo en medio de su pueblo. Se actualiza sacramentalmente el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor y así podemos participar personalmente de la misma vida divina del Corazón del Hijo de Dios, hecho hombre para hacernos a los hombres hijos de Dios.

–Éxodo 24,3-8: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros. En la historia de la Salvación el sacrificio y la sangre con que se selló la Alianza Pascual primitiva fue signo y figura del sacrificio definitivo de la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo. Comenta el Ambrosiaster:
«Esto fue imagen del Testamento al que llamó nuevo el Señor por los profetas; de modo que es viejo aquel que dio Moisés. Así, pues, con Sangre se ha establecido el Testamento, ya que la sangre es testigo del beneficio divino. En tipo de lo cual nosotros recibimos el místico cáliz de la sangre para defensa de nuestro cuerpo y alma; porque la Sangre del Señor redimió nuestra sangre, es decir, salvó a todo hombre. Pues la carne del Salvador, por la salvación del cuerpo, y la sangre se derramó por nuestra alma como antes había sido prefigurado por Moisés» (Comentario a 1 Cor 11,20-24.26).

–Por eso clamamos con el Salmo 115: «Alzaré la copa del Señor invocando su nombre. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo».

–Hebreos 9, 11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia. Cristo, Sacerdote eterno, con su sacrificio definitivo en la Cruz, perpetuado sacramentalmente por la Eucaristía, ha garantizado la nueva y definitiva Alianza. San Juan Crisóstomo habla del inmenso valor de la sangre de Cristo:
«¿Quieres saber el valor de la Sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras y recordemos los antiguos relatos de Egipto. San Juan Crisóstomo comenta: “Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa”... ¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta Sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente: empezó a brotar de la misma Cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues, muerto ya el Señor, dice el Evangelio, “uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado y al punto salió agua y sangre”: agua como símbolo del bautismo; sangre como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada» (Catequesis bautismales, 3, 13-19).
Y Orígenes:
«Cuando vieres que los gentiles abrazan la fe, que se construyen iglesias, que los altares se tiñen con la sangre preciosa de Cristo, cuando vieres a los sacerdote y levitas como ministros no de la sangre de toros y de machos cabríos (Heb 9,13), sino de la palabra de Dios por la gracia del Espíritu Santo, di entonces que después de Moisés tomó y obtuvo el principado Jesús, no aquel Jesús hijo de Neve, sino Jesús el Hijo de Dios» (Homilía 2,1 sobre Josué).

–Marcos 14,12-16.22-26: Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. La comunión eucarística, fruto de una acción sacrificial instituida y verificada sacramentalmente por el propio Jesucristo, nos hace participar realmente en el misterio de la Muerte, Pasión y Resurrección de Jesucristo. Comenta San Efrén:
«Después que comieron los discípulos el pan nuevo y santo, y entendieron por la fe que por él habían comido el Cuerpo de Cristo, siguió Cristo desarrollando y dando el sacramento completo. Tomó y mezcló el cáliz de vino; después lo bendijo, signó y santificó, declarando que era su Sangre que había de ser derramada... “Cuando os reunáis en mi nombre en la Iglesia, en cualquier parte de la tierra, haced en memoria mía lo que hice: comed mi Cuerpo y bebed mi Sangre”. Testamento Viejo y Nuevo... Fue una tarde perfectísima en la cual Cristo llevó a cabo la verdadera Pascua» (Homilía 4, en la Semana Santa, 6-7).


Ciclo C Corpus Christi
La solemnidad del Corpus deja viva en nuestra conciencia la real presencia de Cristo en la Eucaristía. Sin esto, sería Cristo para nosotros una realidad pasada y su Evangelio una simple filosofía religiosa. Por la Eucaristía su Sacratísimo Corazón sigue palpitando en nuestros altares, y en los Sagrarios, al alcance de nuestro amor y de nuestra vida.

–Génesis 14,18-20: Melquisedec ofreció pan y vino. Por su condición de Sacerdote único y eterno, Jesús sigue siendo el gran Mediador entre el Padre y nosotros. Por su sacrificio eucarístico verifica constantemente en nosotros su obra de salvación. San Cipriano explica la semejanza entre Melquisedec y Cristo:
«También vemos en el sacerdote Melquisedec prefigurado el misterio del sacrificio del Señor, según lo que Atestigua la Escritura divina: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 109,3). El cual orden, ciertamente, es éste que procede de aquel sacrificio y que desciende de haber sido Melquisedec sacerdote del Dios sumo, de haber ofrecido pan y vino, de haber bendecido a Abrahán. Porque ¿quién más sacerdote del Dios sumo que nuestro Señor Jesucristo, que ofreció sacrificio a Dios Padre y ofreció aquello mismo que había ofrecido Melquisedec: pan y vino, es decir, su Cuerpo y su Sangre? Y la bendición de entonces a Abrahán se refería a nuestro pueblo. Porque Abrahán creyó a Dios y le fue tomado en cuenta de justicia, ciertamente quienquiera que cree a Dios y vive por la fe, es hallado justo; y aparece ya en el fiel Abrahán, bendecido y justificado, como afirma el bienaventurado Apóstol Pablo en Gálatas 3,6-9» (Carta 63,4).

–Con razón proclamamos el sacerdocio de Cristo con el Salmo 109: «Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos. Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec».

–1 Corintios 11,23-26: Cada vez que coméis y bebéis proclamáis la muerte del Señor. Sacerdote Jesucristo sigue siendo también Víctima inmolada, puesta a nuestro alcance en el tiempo, hasta que vuelva. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Por tanto, si te acercas a la Eucaristía, no hagas indigno de ello: no avergüences a tu hermano, no desprecies al que tiene hambre, no te embriagues, no deshonres a la Iglesia. Te acercas a dar gracias por lo que has recibido: por tanto, da tu también algo en cambio y no te apartes de tu prójimo. Pues Cristo dio a todos por igual, diciendo: “tomad y comed”. Él dio a todos por igual su Cuerpo y ¿tú ni si quieras das por igual el pan ordinario? E igualmente por todos fue partido, y para todos fue Cuerpo por igual» (Homilía 27 sobre 1 Corintios, 4).

–Lucas 9,11-17: Comieron todos y se saciaron. Para garantizarnos su poderes eucarísticos, Jesús ofreció un día los signos visibles de su divinidad: su impresionante poder sobre los elementos materiales de una comida en el desierto. San Ambrosio explica este milagro relacionado con la Eucaristía:
«Tiene también sentido místico el que, comiendo el pueblo, se sacie, y que sirvan los Apóstoles; porque también en la sociedad se designa un indicio de que el hambre ha sido para siempre rechazada, porque no tendrá hambre el que reciba el manjar de Cristo, y en el ministerio de los Apóstoles se anuncia la futura separación del Cuerpo y la Sangre del Señor» (Comentario al Evangelio de San Lucas 6,84).
Hemos de ser siempre custodias vivientes, convertidos por la comunión eucarística en ostensorios vivos de Cristo y de su Evangelio en medio de los hombres, con la palabra y con la propia vida.

El Sagrado Corazón de Jesús
Entrada: «Los proyectos de su Corazón, de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre» (Sal 32,11.19).
Colecta (de nueva redacción): «Dios todopoderoso, al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito recordamos los beneficios de tu amor para con nosotros; concédenos recibir de esa fuente divina una inagotable abundancia de gracia». O también (del Misal anterior): «¡Oh Dios!, que en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación».
Ofertorio (del Misal anterior): «Mira, Señor, el amor del corazón de tu Hijo, para que este don que te ofrecemos sea agradable a tus ojos y sirva para el perdón de nuestras culpas».
Comunión: «Dice el Señor: el que tenga sed que venga a Mí, el que cree en Mí, que beba. De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,37-38). O bien: «Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34).
Postcomunión (de nueva redacción): «Este sacramento de tu amor encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».

El amor infinito con que Dios ha realizado espontáneamente sus designios de salvación se nos ha revelado en una constante alianza de amor permanente: «Dios es caridad» (1 Jn 4,8.16). La prueba definitiva es este Corazón que tanto ha amado a los hombres. El culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene sus bases firmísimas en las Sagradas Escrituras. Los Santos Padres lo revelaron profusamente, sobre todo con el hecho histórico de la lanzada del soldado al costado de Cristo. En el Medievo, la meditación de este pasaje bíblico recordado en la liturgia llevó a profundizar mucho en la devoción al Corazón de Jesucristo, principalmente en el monasterio benedictino de Helfta (Alemania) sobre todo con Santa Matilde y Santa Gertrudis.
En el siglo XVII la divulgó mucho su culto San Juan Eudes, que compuso un texto litúrgico para su fiesta. En ese mismo siglo las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque le llevaron a propugnó que se aprobase por Roma como fiesta litúrgica para toda la Cristiandad. Esta difusión se abrió camino sobre todo por mediación de los obispos polacos, en tiempos de Clemente XIII, en 1765. El culto se fue extendiendo por doquier y en 1856 Pío IX extendió la fiesta a toda la Iglesia universal. León XIII consagró el mundo al Corazón de Jesús el 11 de junio de 1899. Pío XI elevó la fiesta al rango de primera clase con octava privilegiada, en 1928. Después del Concilio Vaticano II, con la renovación del Calendario Litúrgico, esta fiesta tiene el carácter de solemnidad.

 

Ciclo A Sagrado Corazón
–Deuteronomio 7,6-11:
El Señor se enamoró de vosotros y os eligió. El amor salvífico de Dios es absolutamente gratuito. Nos ama por iniciativa propia, no porque nosotros lo hayamos merecido primero.

–1 Juan 4,7-16: Él nos amó. Dios, que es la perfección toda y en todo, ha querido revelársenos explícitamente como Amor. ¡Dios es caridad tan infinita que llegó a darnos a su propio Hijo como Víctima por nuestros pecados!

–Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de Corazón. En Cristo se nos ha manifestado la plenitud del Amor que Dios nos tiene y el modelo perfecto del amor que nos pide en correspondencia.


Ciclo B  Sagrado Corazón
–Oseas 11,1.3-4.8-9:
Se me revuelve el Corazón. El profeta Oseas proclama la razón última de la alianza de Dios con su pueblo: El Amor eterno con que determinó desde el principio salvar a sus elegidos.

–Efesios 3,8-12.4-19: Comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Jesucristo es la Encarnación real y palpitante del Amor del Padre: «tanto amó Dios al mundo que llegó a entregarle a su propio Hijo» (Jn 3, 16).

–Juan 19,1-37: Le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua. Por amor Jesús se entregó todo entero como Redentor y Víctima inmolada. La lanzada del Calvario fue un hecho providencial, que nos señalaba el Corazón que tanto ha amado a los hombres.


Ciclo C Sagrado Corazón
–Ezequiel 34,11-16:
Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré sestear. Toda la historia de la salvación ha sido un proceso intensivo de acercamiento de Dios a su pueblo, como un Pastor en medio de su rebaño. La historia culmina en Cristo: el Buen Pastor por antonomasia.

–Romanos 5,5-11: Dios nos da prueba de su amor. Sin Cristo estaríamos perdidos, como ovejas sin pastor. Pero el amor de Dios nos reconcilió en Cristo Jesús, el Pastor de nuestras almas.

–Lucas 15,3-7: He encontrado la oveja perdida. Es una gran alegría en el cielo la conversión del pecador. Ante el Corazón de Jesucristo todo hombre es siempre recuperable. Es Él quien ha hecho posible, y sólo Él podía hacerlo, nuestra reconciliación con el Padre.
La Iglesia, en el Oficio de esta solemnidad, nos presenta un bello texto de San Buenaventura:
«Corre con vivo deseo al Corazón de Jesús traspasado, a esa Fuente de Vida y de Luz quienquiera que seas. ¡Oh alma, amante de Dios! y con toda la fuerza de tu corazón exclama: ¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna Luz! ¡Vida que vivificas toda vida, Luz que ilumina toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad! ¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la Fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!» (El árbol de la vida 29-30.47).



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