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Entrada: «El Señor nos ha
introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios
la Ley del Señor. Aleluya (Ex 13,5-9). O bien «El Señor ha resucitado de entre
los muertos, como lo había dicho; alegrémonos y regocijémonos todos, porque
reina para siempre. Aleluya» Colecta (del Misal
anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor Dios, que por medio del
bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos; concede a
cuantos han renacido en la fuente bautismal, vivir siempre de acuerdo con la fe
que profesaron». Ofertorio: «Recibe, Señor,
en tu bondad, las ofrendas de tu pueblo, para que, renovados por la fe y el
bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza». Comunión: «Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio
sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9). Postcomunión: «Te pedimos,
Señor, que la gracia del misterio pascual llene totalmente nuestro espíritu,
para que, quienes estamos en el camino de la salvación, seamos dignos de tus
beneficios».
–Hechos 2,14.22-32: Dios resucitó a
este Jesús y todos nosotros somos testigos. Sigue Pedro anunciando a todos
la resurrección de Jesucristo, en quien se cumplieron las profecías de la
Escritura. Este es el tema central de la primera proclamación del mensaje
cristiano: el Misterio de Cristo muerto y resucitado, según el plan de
salvación de Dios. La celebración eucarística, al hacer presentes de nuevo los
acontecimientos salvíficos, en-rola y compromete toda nuestra vida actual en el
plan salvífico de Dios, que se manifestará en plenitud cuando experimentemos la
liberación definitiva en la vida gloriosa. Dice San Juan Damasceno:
«El Señor recibió en herencia
los despojos de los demonios, o sea, aquellos que desde antiguo habían muerto,
y liberó a todos los que se hallaban bajo el yugo del pecado. Habiendo sido
contado entre los malhechores, él fue quien implantó la justicia. La semilla de
los incrédulos se abolió; el luto se cambió en fiestas y el llanto en himnos de
gozo. En medio de las tinieblas brilló para nosotros la luz; de un sepulcro
surgió la vida y del fondo de los infiernos brotaron la resurrección, la
alegría, el gozo y la exultación» (Homilía sobre el Sábado Santo 27).
–La resurrección de Cristo es esperanza de
incorrupción. Ella hace posible que las afirmaciones del autor del Salmo
15 tengan plenitud de sentido en los labios cristianos. Por Cristo el
cristiano puede vivir su vida en esperanza de inmortalidad: «Protégeme,
Dios mío, que me refugio en Ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor
es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano. Bendeciré al
Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente
al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se
gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena; porque no me entregarás a la
muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de
la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu
derecha».
–Mateo 28,8-15: Id a comunicar a
mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Las santas mujeres se
encuentran con Jesús resucitado, que les encarga que avisen a sus discípulos
que vayan a Galilea. Entre tanto, los guardianes de la tumba reciben dinero
para que defiendan la idea de que han robado el cuerpo de Jesús, mientras ellos
dormían. Es una preparación para la manifestación a los Apóstoles, que serán
los verdaderos testigos de la Resurrección. San Agustín dice atinadamente:
«Pusieron guardas para
custodiar el sepulcro. Tembló la tierra y resucitó el Señor. Sucedieron tales
milagros junto al sepulcro que aun los mismos soldados, que habían ido a
custodiarlo, habrían servido de testigos, si hubieran querido decir la verdad.
Mas aquella avaricia que se apoderó igualmente de los soldados los inutilizó.
“Os damos este dinero, les dijeron, y decid que, estando vosotros dormidos,
llegaron sus discípulos y se lo llevaron”. Verdaderamente se cansaron en vano
discurriendo tales cavilaciones. ¿Qué es lo que has dicho, infeliz astucia?
¿Hasta ese extremo abandonas la luz de la verdadera prudencia y te sumerges en
el abismo de la malicia que dices: “afirmad que estando nosotros dormidos,
llegaron sus discípulos y se lo llevaron”? ¿Alegas testigos dormidos?
Verdaderamente tú mismo dormías, cuando en tales cavilaciones caíste» (Comentario
al Salmo 63). Entrada: «Les dio a beber
del agua de la sabiduría; en ellos se hizo fuerza y no cederá; los ensalzará
por encima de todos para siempre. Aleluya» (cf. Eclo 15,3-4). Colecta (del Misal
anterior y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Tu, Señor, que nos has salvado
por el misterio pascual, continúa favoreciendo con dones celestes a tu pueblo,
para que alcance la libertad verdadera y pueda gozar de la alegría del cielo
que ya ha empezado a gustar en la tierra». Ofertorio: «Acoge, Señor,
con bondad las ofrendas de tu pueblo,
para que, bajo tu protección, no pierda ninguno de tus bienes y descubra los
que permanecen para siempre». Comunión: «Ya que habéis
resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado
a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba. Aleluya» (Col 3,1-2). Postcomunión: «Escúchanos,
Dios Todopoderoso, y concede a estos hijos tuyos, que han recibido la gracia
incomparable del bautismo, poder gozar un día de la felicidad eterna».
–Hechos 2,36-41: Convertíos y
bautizaos todos en nombre de Jesucristo. Ante el mensaje apostólico sólo
cabe una actitud por parte de los judíos y para los paganos que sean de recto
corazón: dejar la senda descarriada por medio de la conversión, la fe y el
bautismo, que confiere el perdón de los pecados y el don del Espíritu. Para
todos es necesario estar en estado de conversión permanente, pasar de un grado
menos perfecto a un grado más perfecto en la vida cristiana. Esto es para
nosotros vivir continuamente en misterio pascual. Sobre esta permanente
conversión, Rabano Mauro dice:
«Todo pensamiento que nos
quita la esperanza de la conversión proviene de la falta de piedad; como una
pesada piedra atada a nuestro cuello, nos obliga a estar siempre con la mirada baja, hacia la tierra, y no nos
permite alzar los ojos hacia el Señor» (Tres libros a Bonosio 3,4).
Y Juan Pablo II ha escrito: «El auténtico conocimiento de Dios, Dios
de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de
conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como
disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este
modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar
a Él. Viven, pues, en un estado de conversión, es este estado el que traza la
componente más profunda de la peregrinación de todo el hombre por la tierra en
estado de viador» (Dives in misericordia 13).
–En el plan salvador de Dios, fruto de su
misericordia, la resurrección ocupa un lugar central. Dios resucitó a Jesús y
resucitará a todos los que creen en Él, en una resurrección de gloria, porque
de su misericordia está llena la tierra. Así lo proclamamos con el Salmo
32: «La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. Los ojos
del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros
aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia,
Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».
–Juan 20,11-18: He visto al Señor y
ha dicho esto. Jesús se aparece a María Magdalena, que ha venido a llorar
junto al sepulcro. Tras un momento de duda, ella reconoce al Maestro y recibe
de éste la orden de anunciar a los discípulos que va a subir al Padre. Comenta
San Agustín:
«Al volverse los hombres, un afecto más fuerte sujetaba al sexo más
débil en el mismo lugar. Y los ojos que habían buscado al Señor, sin
encontrarlo, se deshacían en lágrimas, sintiendo mayor dolor por haber sido
llevado del sepulcro que por haber sido muerto en la Cruz, porque ya no quedaba
recuerdo de su excelente Maestro, cuya vida les había sido arrebatada. Este
dolor sujetaba a la mujer al lado del sepulcro» (Tratado 121,1 sobre el
Evangelio de San Juan).
Y San Gregorio Magno dice también:
«Llorando, pues, María se inclinó y miró en el sepulcro. Ciertamente
había visto ya vacío el sepulcro, ya había publicado que se habían llevado al
Señor. ¿Por qué, pues, vuelve a inclinarse y renovar el deseo de verle? Porque
al que ama, no le basta haber mirado una sola vez, porque la fuerza del amor
aumenta los deseos de buscar. Y, efectivamente, primero le buscó, y no le
encontró; perseveró en buscarle y le encontró. Sucedió que, con la dilación,
crecieron sus deseos, y creciendo, consiguió encontrarle» (Homilía 25
sobre los Evangelios). Entrada: «Venid vosotros,
benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la
Creación del mundo. Aleluya» (Mt 25,34). Colecta (del Misal
anterior y antes de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh Dios, que
todos los años nos alegras con la solemnidad de la resurrección del Señor;
concédenos, a través de la celebración de estas fiestas, llegar un día a la
alegría eterna». Ofertorio: «Acepta, Señor,
este sacrificio, con el que has redimido a todos los hombres, y concédenos
bondadosamente la salud del alma y del cuerpo». Comunión: «Los discípulos
conocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya» (Lc 24,35). Postcomunión: «Te pedimos,
Señor, que la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros
antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos».
–Hechos 3,1-10: Te doy lo que
tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. Lo que actúa en San
Pedro al curar a este lisiado de la
Puerta Hermosa del Templo en Jerusalén, es el Nombre de Jesucristo, esto es, su
Persona y su fuerza.
Sobre el Nombre de Jesús dice San Bernardo:
«El nombre de Jesús no es solamente Luz, es también manjar. ¿Acaso no
te sientes confortado cuantas veces lo recuerdas? ¿Qué otro alimento como él
sacia así la mente del que medita? ¿Qué otro manjar repara así los sentidos
fatigados, esfuerza las virtudes, vigoriza la buenas y honestas costumbres y fomenta las castas afecciones?
Todo alimento del alma es árido si con este óleo no está sazonado; es insípido
si no está condimentado con esta sal. Si escribes, no me deleitas, a no ser que
lea el nombre de Jesús. Si disputas o conversas, no me place, si no oigo el
nombre de Jesús. Jesús es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el
corazón. ¿Está triste alguno de vosotros? Venga a su corazón Jesús, y de allí
salga a la boca. Y he aquí que apenas aparece el resplandor de este nombre
desaparecen todas las nubes y todo queda sereno» (Sermón 15 sobre el Cantar 1.2).
–Las grandes maravillas de Dios en favor de su
pueblo culminan con la resurrección de Jesús, primicia de los que resucitaremos.
Cantemos con el Salmo 104 al Señor, que ha sido fiel a sus
promesas, haciendo maravillas con su pueblo al nombre de Jesús: «Dad
gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos,
cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su
nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su
poder, buscad continuamente su rostro. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de
Jacob, su elegido! Él Señor es nuestro Dios, Él gobierna toda la tierra».
–Lucas 24,13-35: Reconocieron a
Jesús al partir el pan. Aparición a los discípulos de Meaux. A Jesús se le
sigue encontrando en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, en los
pobres y necesitados. Comenta San Gregorio Magno:
«En verdad les dirigió la palabra, les reprendió su dureza de
entendimiento, les descubrió los misterios de la Escritura Sagrada que a Él se
referían... Fingió ir más lejos. Convenía probarlos por si podían amarle, al
menos como extraño, los que como a Dios no le amaban todavía. Pero, como no
podían ser extraños a la caridad los hombres con quienes la Verdad caminaba, le
ofrecen hospitalidad... Ponen pues la mesa, presentan pan y manjares; y en el
partir el pan conocen a Dios, a quien en la explicación de la Sagrada Escritura
no habían conocido. Al escuchar, por lo tanto, los preceptos de Dios, no fueron
iluminados; pero sí lo fueron al cumplirlos, porque escrito está: “No son
justos ante Dios los oyentes de la ley, sino que serán justificados los que la
observen”. Así pues, todo el que quiera entender lo que ha oído, apresúrese a
poner por obra todo lo que ha podido oir. He aquí que el Señor no es conocido
mientras habla, y se digna ser reconocido cuando le sustentan» (Homilía 23
sobre los Evangelios). Entrada: «Ensalzaron a
coro tu brazo victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los mudos y
soltó la lengua de los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21). Colecta (del Misal
anterior y antes de los Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «Oh
Dios, que has reunido pueblos diversos en la confesión de tu nombre; concede a
los que han renacido en la fuente bautismal una misma fe en su espíritu y una
misma caridad en su vida». Ofertorio: «Recibe, Señor,
en tu bondad, las ofrendas que te presentamos en acción de gracias por los
nuevos bautizados, para que venga sobre ellos la ayuda del cielo» Comunión: «Pueblo
adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la
tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9). Postcomunión: «Escucha, Señor,
nuestras oraciones, para que este santo intercambio, en el que has querido
realizar nuestra redención, nos sostenga durante la vida presente y nos dé las
alegrías eternas».
–Hechos 3,11-26: Matasteis al Autor
de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos. La curación del
paralítico ofrece a San Pedro una nueva ocasión para proclamar el mensaje de
salvación. Jesús, el Crucificado, ha resucitado. Dios ha dado cumplimiento a
las Escrituras e invita a la conversión mediante el perdón de los pecados,
mientras aguardamos el retorno de Cristo, que volverá a restaurar todo el
universo. La ignorancia que llevó al pecado se debe cambiar en el
arrepentimiento. Cristo es el tesoro escondido en el campo de este mundo y en
el frondoso bosque de las sagradas Escrituras. Así dice San Ireneo:
«Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan
de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro escondido
en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el campo es el mundo (Mt
13,48); tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de
figuras y parábolas, que no podían entender según la capacidad humana antes de
que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el
advenimiento de Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: “Cierra estas
palabras y sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos
lleguen a comprender y abunde el conocimiento” (Dan 12,4)» (Contra las
Herejías 4,26,1).
–Cristo resucitado, a quien se somete toda la
Creación, da la respuesta a la pregunta del salmista en el salmo 8:
El hombre tiene vocación de resurrección. ¡Qué admirable es, Señor, tu nombre.
«¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el
hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste
poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el
mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de
ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del
mar, que trazan sendas por el mar».
–Lucas 24,35-48: Estaba escrito: el
Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día. Jesús se
aparece a los Once, mostrándoles la autenticidad de su cuerpo resucitado: come
con ellos y luego les demuestra que las Escrituras han tenido cumplimiento en
su pasión y resurrección y en la futura predicación de su obra a todos los
pueblos. Jesús es condescendiente y ayuda a los incrédulos. Se muestra como
Hijo de Dios que persigue amorosamente a su pueblo. Los apóstoles se
transforman. Jesús se hace presente a ellos y les entrega sus poderes. Comienza
la era de la Iglesia. Jesús vive hoy presente en medio de nosotros; pero la fe
es fruto de la gracia y no del caminar humano. Hemos de estar siempre abiertos
a la gracia divina. San Ambrosio habla de esta aparición de Jesús a los
Apóstoles:
«Cosa maravillosa es cómo una naturaleza corpórea pasó a través de un
cuerpo impenetrable; cómo una carne visible entró de un modo invisible, y,
siendo asequible al tacto, era difícil comprender. Asustados los discípulos,
juzgaron, en definitiva, ver un espíritu. Por eso el Señor, para darnos una
prueba de su resurrección, les dijo: “Tocadme y ved que el espíritu no tiene
carne ni hueso, como veis que yo tengo”... Resucitaremos, pues, con nuestro
cuerpo. Porque se siembra el cuerpo animal y resucitará como cuerpo espiritual;
éste más sutil, aquél más grosero y material, por sentir aún el peso de la
enfermedad terrestre. Y ¿cómo podrá dejar de ser cuerpo, aquél que tenía las
señales de las llagas y los vestigios de las cicatrices que el Señor les dio a
tocar? Con lo cual no sólo corrobora la fe, sino que excita también devoción,
ya que prefirió llevar al cielo las llagas que padeció por nosotros y no quiso
borrarlas, a fin de presentarlas a Dios Padre como precio de nuestra
libertad...» (Comentario a San Lucas lib. 10,c. 24), Entrada: «El Señor
condujo a su pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar cubría a sus enemigos.
Aleluya» (Sal 77,53). Colecta (del Misal
anterior y antes del Gregoriano):
«Dios Todopoderoso y eterno, que por el misterio pascual has restaurado tu
alianza con los hombres; concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la
fe». Ofertorio: «Realiza,
Señor, en nosotros el intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que
el amor a las cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del
cielo». Comunión: «Jesús dijo a
sus discípulos: “Vamos, comed”. Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya» (cf.
Jn 21,12-13). Postcomunión: «Dios Todopoderoso,
no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que así, quienes
hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
Resurrección».
–Hechos 4,1-12: Ningún otro pudo
salvar. Los apóstoles, al ser interrogados por los sumos sacerdote luego de
su arresto, responden por boca de Pedro: «Dios resucitó de entre los muertos a
Jesús a quien vosotros crucificásteis; se han cumplido las Escrituras y nadie,
fuera de Él, puede otorgar la salvación». La causa de la persecución es la
proclamación del poder salvífico de Jesucristo muerto y resucitado, en el que
se cumplen las Escrituras. Los apóstoles no saben ni quieren dar otro mensaje
distinto del que ellos han sido testigos, aunque tengan que sufrir persecución
y castigos por ello, y más tarde la muerte. Todo por Jesús, muerto y
resucitado. Oigamos a San Hipólito:
«Antes que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el
sol sobre todos los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en Él, se
instaura un día de Luz largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa,
prodigio de la virtud divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y
memorial eterno, impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye
de la muerte. Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga,
resurrección que se origina de la caída y ascensión que surge del descanso...
Este árbol es para mí una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él
me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija
y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi
tienda y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de
rocío... Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando
temo a Dios, Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi
premio; y cuando triunfo, mi trofeo...» (Homilía de la Pascua).
–Este es el día en que actuó el Señor. Cristo
rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas.
Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un
milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da
a nuestra fe: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia. Diga la Casa de Israel: “eterna es su misericordia”. Digan los
fieles del Señor: “eterna es su misericordia”... La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un
milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y
nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el
que viene en el nombre del Señor; el Señor es Dios; Él nos ilumina».
–Juan 21,1-14: Jesús se acerca,
toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Jesús resucitado se muestra
junto al lago de Galilea a sus discípulos, que han vuelto a sus ocupaciones
habituales: la pesca milagrosa va acompañada de una comida del Resucitado con
los suyos. Comenta San Agustín:
«Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos
suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con algunos de
los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto, según la narración.
El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el pan bajado del cielo. A este
pan se incorpora la Iglesia para participar de la eterna bienaventuranza. Y por
eso dice: “Traed los peces que ahora habéis cogido”, para que cuantos abrigamos
esta esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales se
puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en tan excelente
sacramento y quedar asociados a la misma bienaventuranza. Esta es la comida del
Señor con sus discípulos, con lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo
muchas cosas que decir de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación
de cosas excelsas, concluye su Evangelio» (Tratado 123,2 sobre el Evangelio
de San Juan). Entrada: «El Señor sacó a
su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo. Aleluya» (Sal
104,43). Colecta (compuesta con
textos del Gelasiano y del Gregoriano) : «Oh Dios, que con la abundancia
de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los
que has elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por
el Bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa». Ofertorio: «Concédenos,
Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que
continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo
incesante». Comunión: «Los que os
habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo.
Aleluya (Gál 3,27)». Postcomunión: «Mira Señor con
bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de
vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 4,13-21: No podemos menos
de contar lo que hemos visto y oído. Pedro y Juan se niegan a hacer caso a
las prohibiciones de los jefes del Sanedrín, para que no hablen más que de
Jesús, puesto que, como ellos mismos dicen, tienen que obedecer a Dios antes
que a los hombres. A pesar de todas las amenazas, prosiguen proclamando el
mensaje de la resurrección de Jesús. Así manifiesta el nombre de Jesús toda la
plenitud de su poder salvífico; no sólo salva de la enfermedad, sino que es la
única fuente de salvación, que infunde una valentía, un poder superior, contra
el que chocan todos los planes humanos que intentan destruirlo.
Nuestra participación eucarística nos pone en
contacto experimental con la situación de Jesús resucitado. Adquirimos de este
modo un compromiso de obediencia y de testimonio y recibimos la fuerza del
Espíritu para vivir y proclamar libre y valientemente la salvación que hemos
experimentado.
La profundidad y amplitud del misterio de Cristo se
expresa en la inefable riqueza de los nombres con que es designado el Salvador.
Así se expresa Nicetas de Remesiana:
«Se llama Verbo, porque ha sido engendrado sin pasión alguna por Dios
Padre... O bien porque por su medio habló Dios Padre a los ángeles y a los
hombres. Se dice Sabiduría, porque por medio de Él se ordenó todo sabiamente al
principio. Se llama Luz, porque Él iluminó las primeras tinieblas del mundo y
con su venida hizo desaparecer la noche de los corazones de los hombres. Se
llama Potencia, porque ninguna criatura
lo puede vencer. Se dice Diestra y Brazo, porque por su medio fueron creadas
todas las cosas y Él las abarca todas. Se llama Ángel del Gran Consejo, porque
Él es personalmente nuncio de la Voluntad paterna. Se llama Hijo del Hombre,
porque por nosotros los hombres se dignó nacer como hombre. Se dice Cordero,
por su inocencia singular. Se llama Oveja para que quede patente su Pasión. Se
dice Sacerdote, bien porque ofreció a Dios Padre en favor nuestro su Cuerpo
como oblación y sacrificio, bien porque se digna ofrecerse cada día por
nosotros. Se dice Camino, porque por medio de Él llegamos a la salvación.
Verdad, porque rechazó la mentira. Se llama Vida, porque destruye la muerte. Se
llama Vid, porque al extender los ramos de sus brazos en la Cruz proporcionó al
mundo el gran fruto de la dulzura... Se llama Médico, porque con su visita curó
nuestras enfermedades y heridas... Se dice Paz, porque reunió en la unidad a
los que estaban dispersos y nos reconcilió con Dios Padre. Se llama
Resurrección, porque resucitará todos los cuerpos... Se llama Puerta, porque
por su medio se abre a los fieles la entrada del Reino de los cielos» (Catecumenado
de adultos B P 16,32-38).
–El salmo responsorial es el mismo que
ayer.
–Marcos 16,9-15: Id al mundo entero
y predicad el Evangelio. La fe de los apóstoles se basa en la experiencia
directa y en una renovación de la convivencia con el Señor. Así quedan
constituidos en testigos y reciben el homenaje del Resucitado para difundirlo
por todo el mundo. San Juan Crisóstomo dice:
«El mensaje que se os comunica
no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el
mundo. Porque no os envío a dos
ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envio a toda una nación,
como en otro tiempo a los profetas; sino a la tierra, al mar y a todo el mundo,
y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto. Porque al decir: “Vosotros sois la
sal de la tierra”, enseña que los hombres han perdido su sabor y están
corrompidos por el pecado. Por ello exige a todos sus discípulos aquellas
virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (Homilía
sobre San Mateo 15, 6).
Lo único
importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado. Él es el que actúa
por medio de los apóstoles de entonces y de ahora. Así lo expresa San Agustín: «Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz, pero si dentro no está el que enseña, vano es nuestro sonido... Os hable Él, pues, interiormente, ya que ningún hombre está allí de maestro» (In 1 Jn. 2,4). |
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