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Entrada: «La misericordia
del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6). Colecta: (textos del
Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno,
que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo;
concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el
débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor». Ofertorio (del Misal
anterior, retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Concédenos,
Señor, darte gracias siempre por estos misterios pascuales, para que esta actualización
repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante» Comunión: «Ha resucitado
el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey.
Aleluya». Postcomunión (del
Veronense,
Gelasiano y Gregoriano): «Pastor bueno, vela con solicitud sobre
nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar
eternamente de las verdes praderas de tu Reino».
Ciclo A
En este Domingo pascual la Iglesia nos presenta la
figura inefable de Cristo, Buen Pastor, que nos lleva al Padre, que da su vida
por nosotros, que nos alimenta con los pastos ubérrimos de su Palabra y de su
Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del lobo rapaz del demonio y de sus
secuaces.
–Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha
hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo
que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que
es la Iglesia.
Pedro les contestó: “Convertíos y bautizaos todos en
nombre de Jesucristo y recibiréis el Espíritu Santo“. El Buen Pastor nos da al
Espíritu Santo. San Basilio dice:
«De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al
recibir los rayos de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las
almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también
espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo
proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los
misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los
dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría
que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más
sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios» (Del Espíritu Santo 9,23).
–Con el Salmo 22 decimos: «El Señor es
mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...»
–1 Pedro 2,20-25: Habéis vuelto al
Pastor y guardián de vuestras vidas. Por el bautismo hemos sido
incorporados al redil de salvación que es la Iglesia de Cristo. Es en ella
donde podremos vivir en la autenticidad su amor de Buen Pastor que nos redime y
santifica. San Bernardo, tras repasar los padecimientos de Jesucristo, decía:
«Esto me sostiene en la adversidad, me conserva humilde en la
prosperidad y me hace andar con paso firme y seguro en el regio sendero de la
salvación, a través de los bienes y males de la presente vida, librándome de
los peligros que me amenazan a diestra y siniestra» (Sermón 43,4 sobre el
Cantar).
–Juan 10,1-10: Yo soy la puerta de
las ovejas. Cristo mismo, como Buen Pastor es el único que tiene el derecho
a reunirnos en el redil del Padre. Él es siempre la única puerta de salvación.
Comenta San Agustín:
«Escuchadle deciros tan encarecidamente: “Yo soy el Buen Pastor, todos
los demás, todos los pastores buenos, son miembros míos”, porque no hay sino
una sola Cabeza y un solo Cuerpo: un solo Cristo. Sólo hay, por tanto ,un
Cuerpo, un rebaño único, formado por el Pastor de los pastores, bajo el cayado
del Pastor supremo. ¿No es esto lo que dice el Apóstol? “Porque lo mismo que,
siendo uno mismo el cuerpo, tiene muchos miembros, y todos los miembros del
cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así también Cristo” (1 Cor 12,12).
Luego, si también Cristo es así y si tiene incorporados a Él todos los pastores
buenos, con razón no habla sino de uno solo al decir: “Yo soy el Buen Pastor,
Yo el único; todos los demás forman conmigo una sola unidad. Quien apacienta
fuera de Mí, apacienta contra Mí; quien conmigo no recoge, desparrama”» (Sermón
138,5).
Y San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor:
«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a
toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo,
llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida
eterna» (Homilía 2 sobre el Cantar).
Ciclo B
Cristo, el Buen Pastor, es el centro vital que debe
polarizar las vivencias de todas las almas integradas en su Iglesia. Signos
visibles de Cristo, Príncipe de pastores (1 Pe 5,4) son nuestros pastores,
puestos por Dios para regir nuestras almas en su Iglesia hasta que vuelva.
–Hechos 4,8-12: Ningún otro puede
salvar. Pedro, el Primer Pastor-Vicario de Cristo en su Iglesia, inicia su
misión de proclamar ante el mundo que sólo en Cristo, Buen Pastor, es posible
nuestra salvación. Cristo es la piedra angular. En Él nos apoyamos y nos
sostenemos todos. Es el gran fundamento de nuestra fe, de toda nuestra vida
cristiana.
–Decimos con el Salmo 117: «Dad
gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse
en el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor, que
fiarse de los jefes».
–1 Juan 3,1-2: Veremos a Dios tal
cual es. Toda la autoridad redentora de Cristo y de sus Vicarios o Pastores
en la Iglesia, se cifra en hacer visible la amorosa paternidad de Dios sobre nosotros sus hijos. Comenta San Agustín:
«¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo
hizo Hijo del Hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.
Busca dónde está tu mérito; busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia;
y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de
Dios» (Sermón 185),
También San Ambrosio lo dice:
«El que tiene el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Hasta
tal punto es hijo de Dios que no recibe un espíritu de servidumbre, sino
el espíritu de los hijos, de modo que
el Espíritu Santo testimonia a nuestro espíritu que nosotros somos hijos de
Dios» (Carta 35,4).
–Juan 10,11-18: El Buen Pastor da
la vida por sus ovejas. La garantía de nuestra salvación está en el Corazón
de Cristo Jesús que, como Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas. Nos amó y se
entregó por nosotros (Ef 2,4).
Véase el comentario al Evangelio en el ciclo A.
Ciclo C
En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra
atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo
Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta
cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús
en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión
con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el
problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos
de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción
pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este
designio divino sobre sus vidas.
–Hechos 13,14.43-52: Nos dedicamos
a los gentiles. La misión y la obra salvadora de Cristo, Buen Pastor, y la
de quienes hacen sus veces en la Iglesia, no pueden quedar limitadas por
privilegios raciales o religiosos. Es universal, por cuanto todos los hombres
necesitan, por igual, de Cristo Redentor. La Iglesia es universal y aunque los
judíos hubieran aceptado el mensaje salvífico del Evangelio, la Iglesia se
extendería por doquier. Comenta San Agustín: «Admirable es el testimonio de
San Fructuoso, obispo. Como uno le dijera y le pidiera que se acordara de rogar
por él. El santo respondió: “Yo debo orar por la Iglesia católica, extendida de
Oriente a Occidente”. ¿Qué quiso decir el
santo obispo con estas palabras? Lo entendéis, sin duda, recordadlo
ahora conmigo: “Yo debo orar por la Iglesia Católica; si quieres que ore por
ti, no te separes de aquélla por quien pido en mi oración”» (Sermón 273).
–Con el Salmo 99 decimos: «Servid al
Señor con alegría; entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es
Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. El Señor
es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades»
–Apocalipsis 7,9.14-17: El Cordero
será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. La Iglesia
triunfante en los cielos será el fruto de una comunidad de creyentes, elegida
de toda nación, raza o lengua, y santificada por la sangre universalmente
redentora del Cordero. La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la
sangre del Cordero no son únicamente los mártires de la persecución neroniana,
sino también todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El
sacramento del bautismo recibe de la sangre del Cordero, que es también Pastor,
la virtud de lavar y purificar las almas.
–Juan 10,27-30: Yo doy la vida
eterna a mis ovejas. Fue designio del Padre hacer de su Hijo encarnado el
único Pastor para el único Pueblo de elegidos para la salvación.
Véase el comentario al Evangelio en el ciclo A. Entrada: «Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio
sobre Él. Aleluya» (Rom 6,9). Colecta (del Misal
anterior y ha sido retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Oh
Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la Humanidad
caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido
librados de la esclavitud del pecado alcancen la felicidad eterna».
Ofertorio: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu
Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste
motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno». Comunión: «Jesús se puso
en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Aleluya» (Jn 20,19). Postcomunión: «Mira, Señor,
con bondad a tu pueblo, y, ya que has querido renovarlo con estos sacramentos
de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa».
–Hechos 11,1-18: También a los
gentiles les ha concedido Dios la salvación que lleva a la vida. Después de
la milagrosa efusión del Espíritu Santo sobre los convertidos no judíos de
Cesarea, Pedro los bautizó. Seguidamente sube a Jerusalén, donde cuenta su modo
de proceder y convence a todos, que glorifican a Dios por la llegada de los
paganos a la Iglesia. La acción del Espíritu Santo es expuesta por los Santos
Padres de modo diverso. Oigamos a San Cirilo de Jerusalén: «Su actuación en el alma es
suave y apacible, su experiencia es agradable y placentera y su yugo es
levísimo. Su venida va precedida de los rayos brillantes de su luz y de su
ciencia. Viene con la bondad de genuino protector; pues viene a salvar, a
curar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar, en primer
lugar la mente del que lo recibe y después, por las obras de éste, la mente de
los demás. Y del mismo modo que el que se hallaba en tinieblas, al sentir el
sol, recibe su luz en los ojos del cuerpo y contempla con toda claridad lo que
antes no veía, así también al que es hallado digno del don del Espíritu Santo
se le ilumina el alma y, levantado por encima de su razón natural, ve lo que
antes ignoraba» (Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo).
Algo semejante sucedió a aquellos no judíos de
Cesarea y que fue tan eficiente para la expansión de la Iglesia y mentalización
de los primeros cristianos judíos.
–Convertirse a Dios es abrirse a la vida. Con el Salmo
41 cantamos y subrayamos nuestro carácter de peregrinos gozosos por
caminar hacia el que es Luz, Verdad y Vida: «Como busca la sierva corriente de
agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed del Dios, del Dios
vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Envía tu luz y tu verdad: que
ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me
acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la
cítara, Dios, Dios mío».
–Juan 10,1-10.11-18: Yo soy la
puerta de las ovejas. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Ante los
malos pastores Jesús se presenta a sí mismo como el Pastor legítimo, que conoce
a cada una de sus ovejas y camina delante de ellas. Seguidamente aparece una
segunda imagen: Jesús es la puerta del aprisco, la única vía de acceso al Padre.
Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; más aún, tiene el poder
para entregar su vida y recuperarla. Hay en este evangelio una alusión a la
pasión y resurrección. Pero también nos enseña la intimidad entre el Padre y el
Hijo y entre el Hijo y sus seguidores, así como el de la unidad de su rebaño.
San Agustín comenta:
«Aunque camine en medio de la sombra de la muerte; aun cuando camine
en medio de esta vida, la cual es sombra de muerte no temeré los males, porque
Tú, oh Señor, habitas en mi corazón por la fe, y ahora estás conmigo a fin de
que, después de morir, también yo esté contigo. Tu vara y tu cayado me
consolaron; tu doctrina, como vara que guía el rebaño de ovejas y como cayado
que conduce a los hijos mayores que pasan de la vida animal a la espiritual,
más bien me consoló que me afligió, porque te acordaste de mí» (Comentario
al Salmo 22,4). Entrada: «Con alegría y
regocijo demos gloria a Dios, porque ha establecido su reinado el Señor,
nuestro Dios Todopoderoso. Aleluya» (Ap 19,7.6). Colecta (del Gregoriano):
«Te pedimos, Señor Todopoderoso, que la celebración de las fiestas de Cristo
resucitado aumente en nosotros la alegría de sabernos salvados». Ofertorio: «Concédenos,
Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que
continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo
incesante». Comunión: «Cristo tenía
que padecer y resucitar de entre los muertos para entrar en su gloria. Aleluya»
(cf. Lc 24,46.26) Postcomunión: «Escucha, Señor,
nuestras oraciones, para que este santo
intercambio, en el que has querido realizar nuestra redención nos sostenga
durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas».
–Hechos 11,19-26: Se pusieron
también a hablar a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. La Iglesia en
Antioquía se muestra decididamente inclinada a la evangelización de los paganos
y logra la conversión de un gran número de ellos. Bernabé, enviado de la
Iglesia en Jerusalén, se alegra y va en busca de San Pablo en Tarso. Llamados a
colaborar personalmente en la expansión de la Iglesia, nos reunimos en asamblea
eucarística para recibir la fuerza del Espíritu, que nos haga proclamar
universalmente, de palabra y de obra, la Buena Noticia del Señor.
Los predicadores de Antioquía son cristianos
corrientes, por eso comenta San Juan Crisóstomo:
«Observad cómo es la gracia la que lo hace todo. Considerad también
que esta obra se comienza por obreros desconocidos y sólo cuando empieza a
brillar, envían los Apóstoles a Bernabé» (Homilía sobre los Hechos 25).
En Antioquía es donde por vez primera los discípulos
de Cristo se llamaron cristianos. Así lo expone San Atanasio:
«Aunque los santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han
entregado el Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos
nuestro nombre, sino que somos
cristianos por Cristo y por Él se nos llama de este modo» (Sermón
primero contra los arrianos 2).
–Cantamos la maravillosa propagación de la Buena
Nueva de Cristo y de su Iglesia con el Salmo 86, que es un canto
a la Jerusalén terrenal, figura de la Iglesia: «Alabad al Señor todas las
naciones. El Señor ha cimentado a Sión sobre el monte santo, y prefiere sus
puertas a todas las moradas de Jacob. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad
de Dios! Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles; filisteos, tirios y
etíopes han nacido allí. Se dirá de Sión: “Uno por uno todos han nacido en
ella; el Altísimo en persona la ha fundado”. El Señor escribirá en el registros
de los pueblos: “Este ha nacido allí”; y cantarán mientras danzan: “Todas mis
fuentes están en ti”».
–Juan 10,22-30: Yo y el Padre somos
uno. Con ocasión de una controversia con los incrédulos fariseos, Jesús
vuelve a valerse de la imagen del Pastor. El Padre es quien le ha dado los que
creen en Él. El los protege, puesto que el Padre y Él no son sino una sola
cosa. A todos los pastores que han apacentado el pueblo de Dios el Buen Pastor
los aventaja por la entrega voluntaria de su vida en favor de sus ovejas. Así
lo dice San Gregorio Magno:
«Por ello dice también el Señor en el texto que
comentamos: “Igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo doy mi
vida por las ovejas” (Jn 10,15). Como si dijera claramente: “La prueba de
que conozco al Padre y el Padre me conoce a Mí está en que entrego mi vida por
mis ovejas, es decir, en caridad con que muero por mis ovejas, pongo de
manifiesto mi amor por el Padre”» (Homilías sobre los Evangelios 14, 3). Jesús, como Pastor y Cordero, es objeto de especial atención en los inspirados versos de San Efrén:
«Oh Hijo de Dios, Tú viniste al mundo Entrada: «Te daré gracias
entre las naciones Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya» (Sal
17,50;12,23). Colecta (del Gelasiano):
«Señor, Tú que eres la vida de los fieles, la gloria de los humildes y la
felicidad de los santos, escucha nuestras súplicas, y sacia con la abundancia
de tus dones a los que tienen sed de tus promesas». Ofertorio: «¡Oh Dios!, que
por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu
divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta
verdad que conocemos». Comunión: «Dice el Señor:
“Yo os he escogido sacándoos del mundo y os he destinado para que vayáis y deis
fruto y vuestro fruto dure”. Aleluya» (cf. Jn 15,16.19). Postcomunión: «Ven, Señor, en
ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz
que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la
novedad de la vida eterna».
–Hechos 12,24-13,5: Apartadme a
Bernabé y a Saulo. En Antioquía, en el transcurso de una celebración
litúrgica, el Espíritu Santo designa a Saulo y a Bernabé para una gran empresa
de evangelización dentro del mundo gentil. De este modo, comienzan por Salamina,
la isla de Chipre, el primer viaje misionero del Apóstol de los gentiles. En la
celebración eucarística, congregados en torno al altar, experimentamos la
actuación del Espíritu Santo, que ha de impulsar y orientar nuestra vida de
testimonio cristiano. El Espíritu Santo deja oir su voz en la Iglesia de
Cristo. Oigamos a Nicetas de Remecían:
«¿Quién puede, pues, silenciar aquella dignidad del Espíritu Santo?
Pues los antiguos profetas clamaban: “Esto dice el Señor” (Ez 22,28). En su
venida Cristo aplicó esta expresión a su persona diciendo: “Y yo os digo”
(Mt 5,22,43). Y los nuevos profetas ¿ qué clamaban? Como Agabo que profetiza y
dice en los Hechos de los Apóstoles: “Esto dice el Espíritu Santo” (21,11). Y
el mismo Pablo en la Carta a Timoteo: “El Espíritu Santo dice claramente” (1 Ti
4,1). Y Pablo dice que él ha sido llamado por Dios Padre y por Cristo:
“Pablo, dice, apóstol no por los hombres, ni por medio de un hombre, sino por
medio de Jesucristo y Dios Padre ”(Gál 1,1). Y en los Hechos de los Apóstoles
se lee que fue segregado y enviado por el Espíritu Santo. En efecto, así está
escrito (13,2)» (El Espíritu Santo, 15).
–En Cristo nos ha bendecido Dios con toda clase de
bendiciones espirituales. Por eso, agradecidos, alabamos al Señor con el Salmo
66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre
nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que
canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los
pueblos con rectitud, y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te
alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que
le teman hasta los confines del orbe».
–Juan 12,44-50: Yo he venido al
mundo como Luz. Cristo, Palabra del Padre, es la Luz del mundo que condena
a los que viven las tinieblas de la incredulidad. Amad a Cristo y desead la Luz
que es Cristo. Comenta San Agustín:
«No les dijo: “Vosotros sois la luz, habéis venido al mundo para que
quien crea en vosotros no permanezca en las tinieblas”. Yo os aseguro que no
leeréis esto en ningún lugar. Candelas son todos los Santos. Pero la Luz
aquella que les da la luz no puede separarse de sí misma, porque es
inconmutable. Creemos, pues, a las candelas encendidas, como son los profetas y
los apóstoles, pero de tal modo les damos fe, que no creemos en la misma
candela iluminada, sino que por medio de ella creemos en aquella Luz que las
ilumina, para que nosotros seamos también iluminados, no por ellas, sino con
ellas, por aquella Luz de quien ellas reciben la suya.
«Y al decir que vino “para que todo aquel que crea en Mí no permanezca
en tinieblas”, claramente manifiesta que a todos encontró envueltos en las
tinieblas; pero para que no permanezcan en las tinieblas en que fueron hallados
deben creer en la Luz que vino al mundo, porque por Ella fue hecho el mundo» (Tratado
54,4 sobre el Evangelio de San Juan). Entrada: «Oh Dios, cuando
salías al frente de tu pueblo y acampabas con ellos y llevabas sus cargas, la
tierra tembló, el cielo destiló. Aleluya» (cf. Sal 67,8-9.20). Colecta (textos del
Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Oh Dios, que has restaurado la
naturaleza humana elevándola sobre su condición original, no olvides tus
inefables designios de amor y conserva, en quienes han renacido por el
Bautismo, los dones que tan generosamente han recibido». Ofertorio: «Que nuestra
oración, Señor, y nuestras ofrendas sean gratas en tu presencia, para que así,
purificados por tu gracias, podamos participar más dignamente en los
sacramentos de tu amor». Comunión: «Sabed que estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 18,20). Postcomunión: «Dios
Todopoderoso y eterno, que en la resurrección de Jesucristo nos has hecho
renacer a la vida eterna; haz que los sacramentos pascuales den en nosotros
fruto abundante, y que el alimento de salvación que acabamos de recibir
fortalezca nuestras vidas».
–Hechos 13,13-25: Dios sacó de la
descendencia de David un salvador para Israel, Jesús. San Pablo presentó el
mensaje cristiano en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, haciendo un resumen
de la historia de la salvación, desde la elección de Israel en Egipto hasta el
rey David, de cuya descendencia Dios suscitó como Salvador a Jesucristo. Se
manifiesta la continuidad de Israel y de la Iglesia y el carácter único e
irrepetible de Cristo, centro y clave de la historia. Por eso los Apóstoles
exaltan tanto la pertenencia a la Iglesia. Orígenes decía: «Si alguno quiere salvarse,
venga a esta Casa, para que pueda conseguirlo. Ninguno se engañe a sí mismo:
fuera de esta Casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva» (Homilía
sobre Jesús en la barca 5).
Y San Agustín llega a decir algo increíble:
«Fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la
salvación. Se puede tener honor, se pueden tener los sacramentos, se puede
cantar aleluya, se puede responder amén, se puede sostener el Evangelio, se
puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla,
pero nunca, si no es en la Iglesia Católica, se puede encontrar la salvación» (Sermón
6).
– El Señor ha sido fiel y del linaje de David nos ha
dado un Salvador. Jesús, hijo de David, tiene un trono eterno, vence a los
enemigos y extiende su poder a todo el mundo por medio de su Iglesia. Él es el
Ungido que recibe una descendencia perpetua: los hijos de la Iglesia que se
perpetuará en la Jerusalén celeste. Con el Salmo 88 cantamos la
fidelidad y la misericordia del Señor: «Cantaré eternamente la
misericordia del Señor. Anunciaré su fidelidad por todas las edades. Porque
dije: “Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu
fidelidad”. Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para
que esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y
misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará:
“Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”».
–Juan 13,16-20: El que recibe a mi
enviado me recibe a Mí. Después del lavatorio de los pies a sus discípulos,
Jesús anuncia el cumplimiento de las profecías en la traición de Judas. Seremos
bienaventurados si aprendemos esto: que no es el siervo mayor que su señor. Y
lo que hizo Cristo fue darles un ejemplo de humildad por caridad. Esto es lo
que todos hemos de practicar: la humildad
por caridad. Es lo que les dirá muy pronto como un precepto nuevo: amar como Él
ha amado. Lo que les dice en enseñanza sapiencial es lo que, con el lavatorio
de los pies, les enseña con una parábola en acción. Los Apóstoles y todos los
discípulos retendrán el espíritu de esta acción concreta, practicándolo con
otras obras cuando la necesidad lo reclame. Con la humildad se relacionan todas
las demás virtudes, pero de modo especial: la alegría, la obediencia, la
castidad, el deseo de recomenzar, etc. De ahí procede una paz profunda, aun en medio
de las debilidades y flaquezas. Entrada: «Con tu sangre,
Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación;
has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya» (Ap
5,9-10) Colecta (tomada del
Misal Gótico): «Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra
salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y puesto que nos has
salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre de Ti y en Ti
encontremos la felicidad eterna». Ofertorio: «Acoge, Señor,
con bondad las ofrendas de tu pueblo, para que, bajo tu protección, no pierda
ninguno de tus bienes y descubra los que permanecen para siempre». Comunión: «Cristo Nuestro
Señor Jesús fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra
santificación. Aleluya» (Rom 4,25). Postcomunión: «Dios
Todopoderoso, no ceses de proteger con amor a los que has salvado, para que
así, quienes hemos sido redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos
en su resurrección».
–Hechos 13,26-33: Dios ha cumplido
la promesa resucitando a Jesús. San Pablo evoca en Antioquía de Pisidia, la
condena a muerte de Jesús en Jerusalén y la subsiguiente resurrección de la que
fueron testigos los Apóstoles. Así se han cumplido las promesas hechas por Dios
y las profecías. El plan salvífico se lleva a cabo mediante el cumplimiento de
las Escrituras. Constantemente se están cumpliendo en nosotros el plan
salvífico de Dios, sobre todo con la celebración eucarística. De este modo
hemos de ser continuadores de los Apóstoles en la proclamación de este mensaje
de salvación.
San Juan Crisóstomo llama a las Sagradas Escrituras «cartas enviadas
por Dios a los hombres» (Homilía sobre el Génesis, 2).
San Jerónimo exhortaba a un amigo suyo con esta
recomendación:
«Lea con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca
abandones la lectura sagrada» (Carta 52). La Iglesia
lee en la celebración de la Eucaristía
las Escrituras Sagradas tanto del Antiguo cuanto del Nuevo Testamento. Allí
encontramos las promesas, las profecías y su realización en Cristo Jesús, como
Él mismo lo dijo a sus discípulos y luego estos lo tuvieron presente en la
proclamación del mensaje salvífico.
–El Salmo 2 se refiere a la
entronización de un rey de la dinastía davídica. Es un Salmo mesiánico. La
Iglesia lo ha referido a Cristo. En Él se cumplen las promesas de Dios y las
profecías, sobre todo con su resurrección. Con este sentido lo cantamos
nosotros: «Yo mismo he establecido a mi rey, en Sión, mi monte santo. Voy a
proclamar el decreto del Señor. Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, yo te he
engendrado hoy. Pídemelo: Te daré en herencia las naciones, en posesión los
confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como
jarro de loza”. Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la
tierra. Servid al Señor con temor».
–Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida. Mientras Jesús está ausente, los discípulos han de
defenderse de la turbación y afirmar su fe en Dios y en Él mismo, puesto que
llegará un día en que volverá el Señor a colocarlos junto a Sí en la vida
bienaventurada. Cuando Jesús responde a Tomás, se da a conocer como Camino,
Verdad y Vida. Comenta San Agustín:
«Si lo amas, vete detrás de Él. Lo amo, contestas, ¿por qué camino
seguirlo? Si el Señor Dios tuyo te hubiera dicho: “Yo soy la Verdad y la Vida”,
tu deseo de la Verdad y tu amor a la Vida te llevarían ciertamente a la
búsqueda del camino que te pudiera conducir a ellas y te dirías a ti mismo:
“Magnífica cosa es la Verdad y magnífica cosa es la Vida, si existiera el
camino de llegar a ellas mi alma”. ¿Buscas el camino? Oye lo primero que te
dice: “Yo soy el Camino”... Dice primero por dónde has de ir y luego
adónde has de ir. En el Señor del Padre está la Verdad y la Vida; vestido de
nuestra carne es el Camino» (Tratado 34,9 sobre el Evangelio de San
Juan). Entrada: «Pueblo
adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la
tiniebla y entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9). Colecta (del
Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos vivir
siempre en plenitud el Misterio Pascual para que, renacidos en el Bautismo,
demos frutos abundantes de vida cristiana y alcancemos finalmente las alegrías
eternas». Ofertorio: «Santifica,
Señor, con tu bondad estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio
espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne». Comunión: «Padre, este es
mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen
la gloria que me has dado. Aleluya» (Jn 17,24). Postcomunión: «Después de
recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta
Eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».
–Hechos 13,44-52: Nos dedicamos a
los gentiles. En vista de la oposición suscitada por los judíos de
Antioquía de Pisidia, Pablo declara que, puesto que ellos lo rechazan, se
dedicará a los gentiles. Ante esto, los judíos declaran una
persecución: Pablo y Bernabé son expulsados y parten a Iconio. Aceptar con
sencillez, humildad y generosidad la Palabra de Dios, así quedaremos llenos de
la alegría del Espíritu Santo, camino hacia la vida eterna, no obstante las
dificultades y la misma persecución, pues, como dice San Agustín:
«El vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus
recursos a que nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que
intercede por nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos
fuera del navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo en él navegan no sólo
los discípulos, sino el mismo Cristo. Por esto, no te apartes de la nave y
ruega a Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las
velas rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza
en la ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios» (Sermón 63).
Y San Juan Crisóstomo anima también:
«No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes
peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis
todas las dificultades» (Homilía sobre San Mateo, 46).
–La
persecución hace que el Evangelio se extienda por otras partes y así, al
anuncio de la resurrección de Jesús, se difunde por doquier y todas las
naciones conocen la revelación de la victoria del Señor. Esto es lo que motiva
que la Iglesia cante y proclame la misericordia y la fidelidad del Señor y lo
hace ahora con el Salmo 97: «Cantaré al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó
de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel –la Iglesia, el
alma cristiana–. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de
nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».
–Juan 14,7-14: Quien me ha visto a
Mí ha visto a mi Padre. Una pregunta del Apóstol Felipe ofrece a Jesús la
ocasión propicia para dar cuenta de su íntima unidad con el Padre: Quien ve a
Cristo, ve al Padre y el Padre habla y actúa en Cristo y los discípulos de Éste
actuarán por Él, resucitado, y su oración será escuchada. No quedan
desamparados. Esta es la fe y confianza de la Iglesia en medio de todas sus
dificultades y persecuciones. San Agustín comenta esta materia en sus Tratados 70
y 71 sobre el Evangelio de San Juan. He aquí un párrafo:
«Así, pues, prometió que Él mismo haría aquellas obras mayores. No se
alce el siervo sobre su Señor, ni el discípulo sobre su Maestro. Dice que ellos
harán obras mayores que las suyas, pero haciéndolas Él en ellos y por ellos, y
no ellos por sí mismos. A Él se dirige la alabanza...Y ¿cuáles son esas
obras mayores? ¿Acaso que su sombra, al pasar, sanaba los enfermos? Pues es
mayor milagro sanar con la sombra que con el contacto de la fimbria de su vestido.
Esto lo hizo Él mismo; aquello por ellos, pero ambas cosas las hizo Él, pues es
el gran Mediador» (Tratado 71, 3) |
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