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7ª Semana de Pascua A-B-C: Año litúrgico patrístico

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MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada dí­a del Tiempo Pascual
7ª Semana

Domingos: Ciclo A - Ciclo B - Ciclo C
Entre semana: Lunes - Martes - Miércoles - Jueves - Viernes - Sábado

Domingo: Ascensión del Señor
Entrada: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse. Aleluya» (Hch 1,11).
Colecta (del Sermón 73 de San León Magno): «Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria y Él, que es la Cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su Cuerpo».
Ofertorio (textos del Gelasiano y del Sacramentario de Bérgamo): «Te presentamos, Señor, nuestro sacrificio en este día de la gloriosa Ascensión de tu Hijo; que este divino intercambio nos haga vivir en el reino de Jesucristo resucitado».
Comunión: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Aleluya» (Mt 28,20).
Postcomunión (textos del Veronense, Gelasiano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que mientras vivimos aún en la tierra nos das ya parte de los bienes del cielo; haz que deseemos vivamente estar junto a Cristo, en quien nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria».
Cristo desapareció visiblemente de entre los hombres para seguir actuando en medio de la humanidad a través de su presencia invisible y salvífica en su Iglesia.

–Hechos 1,1-11. Se elevó a la vista de ellos. Con perfecta lógica inicia San Lucas la historia de la Iglesia naciente, como Cuerpo místico de Cristo, allí donde culmina la desaparición temporal o histórica de Cristo, su Cabeza. Jesús ha concluido históricamente su obra. Ahora nos toca continuarla a nosotros a diario.

–Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo. Jesús entronizado ya en la gloria del Padre por su Ascensión a los cielos, sigue actuando en medio de la humanidad mediante su Cuerpo místico visible, la Iglesia.

–Ciclo A) Mateo 28,16-20: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

Ciclo B) Marcos 16,15-20: Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ciclo C) Lucas 24,46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

Desde su Ascensión a los cielos, Jesús tiene transferido a su Iglesia el mandato de seguir realizando su obra de evangelización y salvación hasta el fin de los tiempos.
Oigamos a San León Magno, que en sus Sermones 73 y 74 expuso el Misterio de la Ascensión del Señor:
«El misterio de nuestra salvación, que el Creador del universo estimó en el precio de su Sangre, se fue realizando, desde el día de su nacimiento hasta el fin de su Pasión, mediante su humildad. Aunque bajo la forma de siervo, se manifestaron muchas señales de su divinidad; con todo, su acción durante este tiempo estuvo encaminada a mostrar la verdad de su naturaleza humana. Pero, después de su Pasión, libre ya de las ataduras de la muerte, las cuales habían perdido su fuerza al sujetar a Aquel que estaba exento de todo pecado, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en inmortalidad, la ignominia en gloria. Esta gloria la declaró nuestro Señor Jesucristo, mediante muchas y manifiestas pruebas (Hch 1,3), en presencia de muchos, hasta que el triunfo de la victoria conseguida con la muerte fue patente con su Ascensión a los cielos.
«Por lo mismo, así como la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría en la solemnidad pascual, así su Ascensión a los cielos es causa del gozo presente, ya que nosotros recordamos y veneramos debidamente este día, en el cual la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Jesucristo en compañía de Dios Padre, fue elevada sobre los órdenes de los ángeles, sobre toda la milicia del cielo y la excelsitud de todas las potestades (Ef 1,21). Gracias a esta economía de las obras divinas, el edificio de nuestra salvación se levanta sobre sólidos fundamentos... Lo que fue visible a nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (a los ritos sagrados) y, a fin de que la fe fuese más excelente y firme, la visión ha sido sustituida por una enseñanza, cuya autoridad, iluminada con resplandores celestiales, han aceptado los corazones de los fieles» (Sermón 74,1-2).


Lunes
Entrada: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén y hasta los confines del mundo. Aleluya» (Hch 1,8).
Colecta (del Veronense y del Gelasiano): «Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonios de ti con nuestras obras».
Ofertorio: «Este sacrificio santo nos purifique, Señor, y derrame en nuestras almas la fuerza divina de tu gracia».
Comunión: «No os dejaré desamparados, volveré –dice el Señor– y se alegrarán vuestros corazones. Aleluya» (Jn 14,18;16,22).
Postcomunión: «Ven, Señor, en ayuda de tu pueblo, y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».

–Hechos 19,1-8: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Pablo encontró en Éfeso a unos discípulos y les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo, a lo que le respondieron que ni siquiera habían oído hablar de Él. Los catequizó, los bautizó, les impuso las manos y lo recibieron. La Eucaristía renueva en nosotros la fuerza profética del Espíritu que hemos recibido y en la confirmación. San Gregorio Nacianceno dice:
«Espíritu recto, principal, Señor, que envía, que segrega, que se construye un templo mostrando la vida, operando a su arbitrio y repartiendo sus gracias. Es Espíritu de adopción, de verdad, de sabiduría, de entendimiento, de ciencia, de piedad, de consejo, de fortaleza, de temor, como son enumerados (Is 11,2). Por quien el Padre es conocido, y el Hijo glorificado, y por los cuales Él mismo es conocido solamente... ¿Para qué más palabras? Todo lo que tiene el Hijo lo tiene el Padre, menos el ser engendrado» (Sermón 41).
Y San Basilio:
«Por la iluminación del Espíritu contemplamos propia y adecuadamente la gloria de Dios; y por medio de la impronta del Espíritu llegamos a Aquél de quien el mismo Espíritu es impronta y sello» (Sobre el Espíritu Santo, 26).

–La gran marcha de Dios que camina delante de su pueblo desde el Sinaí a Sión, simboliza la marcha de Dios en Cristo, que deja la tierra para subir al cielo. En la acción litúrgica nosotros nos asociamos a esta grandiosa procesión de júbilo y lo expresamos con el Salmo 67: «Se levanta Dios y se disipan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios. Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor, alegraos en sus presencia. Padre de huérfanos, protector de viudas. Dios vive en su Santuario, en su santa morada; Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece».

–Juan 16,29-33: Tened valor. Yo he vencido al mundo. Jesús anuncia que todos los abandonarán en el transcurso de su Pasión. Pero el Padre está con Él. La cruz será la victoria de Cristo Redentor. Comenta San Agustín:
«Como si dijera: “Entonces llegará vuestra turbación, hasta el punto de abandonar lo que ahora creéis”; porque llegarán a tal desesperación y, por decirlo así, muerte de su fe antigua, como se ve en aquel Cleofás, que, hablando con Él, sin conocerlo, después de su resurrección y contándole lo sucedido dijo: “Nosotros esperábamos que Él había de rescatar a Israel”. Ahí tenéis cómo le habían abandonado, perdiendo también la fe que antes habían tenido en Él.
«En cambio no le abandonaron en aquella tribulación que padecieron después de su glorificación, recibido ya el Espíritu Santo; y, aunque huyeron de ciudad en ciudad, no huyeron de Él, sino que en medio de las persecuciones del mundo conservaron en Él la paz, sin abandonarle, antes buscando en Él su refugio. Recibido el Espíritu Santo, se verificó en ellos lo que les había dicho: “Confiad: Yo he vencido al mundo”. Confiaron y vencieron. ¿Por quién sino por Él? No hubiera Él vencido al mundo, si el mundo alcanzase la victoria sobre sus miembros» (Tratado 103,3 Sobre el Evangelio de San Juan).


Martes
Entrada: «Yo soy el primero y el último. Estaba muerto y, veis, vivo por los siglos de los siglos. Aleluya» (Ap 1,17-18).
Colecta (del Misal anterior): «Te pedimos, Dios de poder y de misericordia que envíes tu Espíritu Santo, para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria».
Ofertorio: «Con estas ofrendas, Señor, recibe las súplicas de tus hijos, para que esta eucaristía, celebrada con amor, nos lleve a la gloria del cielo».
Comunión: «El Espíritu Santo, que enviará el padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 14,26).
Postcomunión: «Después de recibir los santos misterios, humildemente te pedimos, Señor, que esta eucaristía, celebrada como memorial de tu Hijo, nos haga progresar en el amor».

–Hechos 20,17-27: Lo que importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor. Al final de su tercer viaje misional, San Pablo, en camino hacia Jerusalén, anuncia a los ancianos de la Iglesia de Efeso que el Espíritu Santo le ha revelado las graves pruebas que tendrá que padecer en la ciudad santa. Les asegura que ya no le volverán a ver más en este mundo. La participación en el sacrificio eucarístico de Cristo nos dará fuerzas para confirmar nuestra vida según la imagen de Cristo crucificado al que sigue tan de cerca el santo Apóstol. Comenta Orígenes:
«Conviene saber que seremos juzgados ante el tribunal divino no sólo por nuestra fe, como si no hubiéramos de responder de nuestra conducta; ni sólo por nuestra conducta, como si la fe no hubiera de sufrir examen. Es la rectitud de ambas la que nos justifica y la falta de una u otra nos haría merecedores de castigo» (Diálogo con Heraclidas 9) .
«Desde el mismo día en que la Palabra divina se introduce en nuestra alma, es necesario que se entable una batalla de las virtudes contra los vicios. Antes de que la Palabra llegara a atacarlos, los vicios permanecían en paz; desde el momento en que la Palabra comienza a juzgarlos uno a uno se produce un gran movimiento y nace una guerra sin cuartel. ¿Qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? (2 Cor 6,14)» (Homilía 3 sobre el Éxodo 3).

–Jesús, que ha subido al cielo, no se despreocupa de nosotros. Sigue derramando en su heredad, en la Iglesia, una lluvia copiosa de gracias. Ha ascendido para mostrarnos el camino. Así lo proclamamos con el Salmo 67: «Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa; aliviaste la tierra extenuada y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte».

–Juan 17,1-11: Padre, glorifica a tu Hijo. Jesús anuncia que ha llegado la hora de su glorificación. Es como el testamento de Jesús. Él será glorificado con la misma gloria que tenía antes de bajar y de ella participa su humanidad santísima. Los suyos, todos los que pertenecerán a su Iglesia, tienen su Palabra, su Vida eterna, la fe en su misión. La obra consumada por Jesucristo es la Hora por antonomasia. Comenta San Agustín:
«En verdad que si la vida eterna es el conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más adelantemos en este conocimiento. No moriremos en la vida eterna, el conocimiento de Dios será perfecto cuando la muerte deje de existir. Entonces será la suma glorificación de Dios, porque será la suma gloria... Los antiguos han definido la gloria, que hace gloriosos a los hombres, de este modo: “gloria es la constante fama con loa de una cosa”. Y si el hombre es alabado cuando se da crédito a su fama, ¿cómo será Dios alabado cuando sea visto?... La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del mismo Dios será pleno; y porque este conocimiento será pleno, será suma la clarificación o glorificación» (Tratado 105,3 Sobre el Evangelio de San Juan).


Miércoles
Entrada: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Aleluya» (Sal 46,2).
Colecta (del Veronense y del Gregoriano): «Padre lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad».
Ofertorio: «Recibe, Señor, este sacrificio que tú mismo has querido que te ofreciéramos, y por esta eucaristía, que celebramos para glorificarte, dígnate santificarnos y darnos tu salvación».
Comunión: «Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 15,26-27).
Postcomunión: «La participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad, y, al purificarnos de nuestros pecados, nos haga cada vez más capaces de recibir tus dones».

–Hechos 20,28-38: Os dejo en manos de Dios, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia. Pablo anuncia las dificultades que van a sufrir dentro de la propia comunidad y les hace sus últimas recomendaciones. Un cristianismo auténtico es una vida de íntimo contacto con Dios, que no ahoga, sino que abre cauces a la expansión de una intensa emoción humana. La palabra y la acción de gracias nos edifican como Iglesia y nos dan la herencia de los santos.
San Gregorio de Nisa, expone unas normas seguras para el gobierno de las almas:
«Es necesario que los que gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección... Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y los dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como ejemplo de servicio y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado... No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio»(De Institución Cristiana).

–En la Ascensión del Señor, Dios ha desplegado su poder. Ha resplandecido su majestad. Jesús desde el cielo da fuerza y poder a su pueblo. Ha avanzado por los cielos y ahora reina junto al Padre. Así lo proclamamos con el Salmo 67: «Oh Dios, despliega tu poder, tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro. A tu templo de Jerusalén traigan los reyes su tributo. Reyes de la tierra cantad a Dios, tocad para el Señor que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos, que lanza su voz, su voz poderosa: Reconoced el poder de Dios. Sobre Israel resplandece su majestad y su poder, sobre las nubes. ¡Dios sea bendito!».

–Juan 17,11-19: Que sean uno como nosotros. Jesús pide por la unidad de los que han de ser sus discípulos, de toda la Iglesia. Son muchos los santos Padres que han tratado de la unidad de la Iglesia. Dice San Cipriano:
«Esta unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo por el Espíritu Santo en el Cantar de los Cantares, cuando dice: “Una sola es mi paloma, mi hermosa es única de su madre, la elegida de ella” (6,8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia?» (Sobre la unidad de la Iglesia, 5).
Y San Ireneo:
«Por diversos que sean los lugares, los miembros de la Iglesia profesan una misma fe y única fe, la que fue transmitida por los Apóstoles a sus discípulos» (Tratado sobre las herejías 1,10). Cristo nunca habla de Iglesias, sino de la Iglesia, de su Iglesia y por ella oró en la última Cena.


Jueves
Entrada: «Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia; a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia en el tiempo oportuno. Aleluya» (Heb 4,16).
Colecta (del Veronense): «Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad».
Ofertorio: «Santifica, Señor, con tu bondad, estos dones, acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».
Comunión: «Lo que os digo es verdad: “os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito”. Aleluya» (Jn 16,7).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que los santos misterios nos hagan comprender tus designios y nos comuniquen tu misma vida divina, para que así logremos vivir en plenitud las riquezas de tu Espíritu»

–Hechos 22,30-23.6-11: Tienes que dar testimonio de Mí en Roma. Defensa de Pablo ante el sanedrín con gran éxito. Siente que el Señor lo llama a Roma. Tiene que dar testimonio allí de su fe en Cristo. San Pablo es un fiel cumplidor de la voluntad de Dios. A esta voluntad hemos de someternos todos. Oigamos a San Cipriano:
«Nunca hemos de olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando Él nos llama para salir de este mundo!» (Tratado sobre la muerte 18,24).
San Juan Crisóstomo dice: «Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad. No lo que quiere éste o aquél”. Este es mi alcázar, esta es mi roca inaccesible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así sea haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande le doy gracias también» (Homilía antes del exilio 1,3).

El Salmo 15 tiene una plena realización en Cristo, a quien el Padre no permite experimentar la corrupción, sino que lo levanta a su presencia y lo sienta a su derecha. Por Cristo el cristiano conoce la realidad de la vida celeste, espera en ella, la pregusta en las celebraciones litúrgicas: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti. Yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y copa, mi suerte está en tu mano. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

–Juan 17,20-26: Que sean completamente uno. Persiste Jesús en la unidad de su Iglesia, de todos los que han de creer en Él. El Padre nos ama como ama a Cristo. Comenta San Agustín:
«El amor con que Dios ama es incomprensible y, al mismo tiempo, inmutable. Porque no comenzó a amarnos desde que fuimos con Él reconciliados por la Sangre de su Hijo, sino que nos amó antes de la formación del mundo, para que juntamente con su Hijo fuésemos hijos suyos, cuando nosotros no éramos absolutamente nada. Pero, al decir que hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, no debemos oírlo ni tomarlo como si el Hijo nos hubiera reconciliado con Él para comenzar a amar a quienes antes odiaba, al modo que un enemigo se reconcilia con otro enemigo para hacerse amigos, amándose después los que antes se odiaban; sino que fuimos reconciliados con el que ya nos amaba y cuyos enemigos éramos por el pecado» (Tratado 110,6 Sobre el Evangelio de San Juan).

Viernes
Entrada: «Aquél que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su Sangre, nos ha convertido en un reino y hechos sacerdotes de Dios, su Padre. Aleluya» (Ap 1,5-6).
Colecta: (del Veronense y del Sacramentario de Bérgamo): «¡Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe».
Ofertorio: «Mira complacido, Señor, las ofrendas de tu pueblo, y haz que el Espíritu Santo nos purifique para que podamos presentarte un sacrificio agradable»
Comunión: «Os enviaré el Espíritu Santo de la Verdad –dice el Señor–; Él os comunicará toda la verdad. Aleluya» (Jn 16,13).
Postcomunión: «Tus sacramentos, Señor, nos han purificado y alimentado; haz que nuestra participación en la eucaristía nos lleve también a la posesión de tu reino».

–Hechos 25,13-21: Se trataba de ciertas cuestiones de un difunto, llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo. Él gobernador Festo expone al rey Agripa el asunto de Pablo. Es un testimonio valiosísimo de la fe cristiana. Cristo resucitó. Cristo está vivo. Esta es nuestra fe. Este es nuestro convencimiento. Este es el fundamento de la predicación apostólica, de modo especial de San Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. San Pablo subraya el carácter pascual de la vida cristiana: participación real en la vida de Cristo resucitado. Oigamos a San Jerónimo:
«No es de poco estudio que sepamos la esperanza de la vocación y la riqueza de la heredad de Dios en los santos. Necesitamos de ellas para conocer estas cosas por el poder que también usó Dios en su Hijo, resucitándolo no una vez, sino siempre, de entre los muertos, y haciéndolo libre entre los muertos, no manchado por contagio alguno de muerte (Sal 87,6;15.10). Todos los días resucita Cristo entre los muertos, todos los días se despierta en los penitentes. No porque no tenga poder según la carne para entregar su alma y volver a tomarla (Jn 10,18); nadie se la quita si El no la da por sí mismo, sino porque, según la disposición de la carne y del Hijo, se diga que ha resucitado hombre e Hijo por Dios Padre» (Comentario los Efesios 2,5).

–Estamos invitados a la alabanza del Señor, que puso en el cielo su trono. Nosotros bendecimos a Jesús, que ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre y gobierna el universo. Lo hacemos con el Salmo 102: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Él Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes».

–Juan 21,15-19: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. La misión de Pedro es confirmada por Jesús después de la triple negación y de la triple manifestación de amor. Comenta San Agustín:
«Este fue el fin de aquel negador y amador; engreído con la presunción, postrado con la negación; purgado con las lágrimas, coronado con la pasión; este fin halló: morir en caridad perfecta por el nombre de Aquél con quien había prometido morir, arrastrado por una perversa precipitación. Confirmado con su resurrección, realiza lo que a destiempo su flaqueza prometía. Convenía que Cristo muriese antes para salvar a Pedro y después muriese Pedro por la predicación de Cristo. Sucedió en segundo lugar lo que había comenzado a osar la humana temeridad, siendo éste el orden dispuesto por la Verdad... La triple negación es compensada con la triple confesión, para que la lengua sea menos esclava del amor que del temor» (Tratado 123, 4-5, Sobre el Evangelio de San Juan).


Sábado
Entrada: «Los discípulos se dedicaban a la oración en común con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya» (Hch 1,14).
Colecta (del Misal anterior): «Dios Todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar».
Ofertorio: «Que la venida del Espíritu Santo nos prepare, Señor, a participar fructuosamente en tus sacramentos, porque Él es el perdón de todos los pecados»
Comunión: «El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando –dice el Señor–. Aleluya» (Jn 16,14).
Postcomunión: «Señor de misericordia, escucha nuestras súplicas, y, ya que nos has hecho pasar de los ritos antiguos a los sacramentos de la nueva alianza, ayúdanos a pasar de la vida caduca, fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu».

–Hechos 26,16-20.30-31: Pablo vivió en Roma predicándoles el Reino de Dios. En régimen de semilibertad, el Apóstol no deja de continuar la misión para la que fue elegido por el Señor predicar el Reino de Dios. El plan salvífico de Dios realizado en Cristo por su Muerte-Resurrección e impulsado por el Espíritu tiene una dimensión universal. La Iglesia como comunidad y sacramento de salvación, debe actualizar y llevar a cumplimiento el plan de Dios. Nos toca a nosotros continuar esa misión con todos los medios que podamos: nuestra oración, nuestra palabra, nuestra vida... Dice San Gregorio de Niza:
«Esta es la verdadera perfección, no detenerse nunca en el camino hacia lo que es mejor y no poner límites a lo perfecto» (De la perfecta forma cristiana). «La gracia del Espíritu Santo se concede a cada hombre con la idea de que debe aumentar e incrementar lo que recibe» (Institución cristiana).
Y San Gregorio Nacianceno:
«Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre... Sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza llena de vida para los demás hombres»(Disertación 39).

–Jesús está en el cielo y los buenos lo verán. El cristiano vive con ansias de ver el rostro del Señor, convencido de que verá a Dios cara a cara. Con esta confianza caminamos hacia el gran día de la segunda venida del Señor. Por eso proclamamos con el Salmo 10: «El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres. El Señor examina a los inocentes y culpables, y al que ama la violencia Él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia. Los buenos verán su rostro».

–Juan 21,20-25: Este es el discípulo que ha escrito todo esto y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Comenta San Agustín:
«“Sígueme”, porque por él padeció Cristo, del cual dice el mismo Pedro: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas”. Por eso le fue dicho: “Sígueme”. Pero hay otra vida inmortal en la que no hay males: allí veremos cara a cara lo que aquí vemos en espejo y figuras cuando se ha progresado mucho en la verdad.
«Así, pues, la Iglesia tiene conocimiento de dos vidas que le han sido predicadas y encomendadas por divina inspiración, de las cuales una es en la fe y la otra en la contemplación; la una en el tiempo de la peregrinación, la otra en la eternidad de la mansión; la una en el trabajo, la otra en el descanso; la una en el camino, la otra en la patria; la una en el trabajo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación; la una se afana por conseguir la victoria, la otra vive segura en la paz de la victoria..., en conclusión, la una es buena, pero llena de miserias, la otra es mejor y bienaventurada...» (Tratado 124,5 Sobre el Evangelio de San Juan).



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