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Domingos y Ferias del Tiempo Ordinario semanas 1-9: Año Litúrgico Patrístico A-B-C

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada día del Tiempo Ordinario

 

 

Semanas 1-9
1ª Semana 2ª Semana  3ª Semana  4ª Semana  5ª Semana  6ª Semana  7ª Semana  8ª Semana  9ª Semana

 

1ªSemana
Entre Semana:
Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

 

Domingo

En lugar del primer domingo del Tiempo Ordinario se celebra la fiesta del Bautismo del Señor. En todo caso, los elementos propios de ese domingo primero, que se emplean en las misas feriales de esta semana, son los que siguen: Entrada: «En un trono excelso vi sentado a un hombre, a quien adora muchedumbre de ángeles, que cantan a una sola voz: “su imperio es eterno”». Colecta (Gregoriano): «Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla». Ofertorio (Veronense): «Dígnate, Señor, aceptar la ofrenda de tu pueblo; que ella nos santifique y nos alcance lo que ahora imploramos de tu misericordia». Comunión: «Señor, en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz» (Sal 35,10). «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante, dice el Señor» (Jn 10,10).Postcomunión (Gregoriano): «Te suplicamos, Dios todopoderoso, que concedas a quienes alimentas con tus sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad».

 

01Lunes

Años impares

–Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. La primera parte de esta Carta está destinada a proclamar la superioridad de Cristo sobre los profetas, y abarca una rápida visión de la historia de la salvación, hasta la venida de Cristo en la plenitud de los tiempos. Observamos en ella tres antítesis: antiguamente-últimos tiempos; nuestros padres-nosotros; profetas-Cristo, el Hijo de Dios. En esa plenitud de los tiempos todo queda polarizado por Cristo. Él es el centro de la historia. ¿Lo es de nuestra vida? Dice Orígenes:«¿Cuál es, pues, la imagen de Dios, a semejanza de la cual ha sido hecho el hombre, sino nuestro Salvador? Él es, en efecto, el primogénito de toda criatura (Col 1,15), de Él se ha escrito que es el resplandor de la luz eterna, la imagen clara de la sustancia de Dios (Heb 1,3). Y Él dice también de Sí mismo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí” y “quien me ha visto a Mí, ha visto a mi Padre” (Jn 14,10 y 9). En efecto, como el que ve la imagen de alguien ve a aquel cuya imagen es, así también, quien ve al Verbo de Dios (Jn 1,1), que es la imagen de Dios, ve a Dios» (Homilías sobre el Génesis 1,13).Y en otro lugar el mismo autor hace decir a la Amada del Cantar bíblico: «Yo soy aquella etíope, soy negra, ciertamente, por la condición plebeya de mi linaje, pero hermosa por la penitencia y por la fe, pues en mí he acogido al Hijo de Dios, he recibido al Verbo hecho carne. Me llegué al que es imagen de Dios, primogénito de toda criatura (Col 1,15) y además resplandor de su gloria e impronta de su esencia (Heb 1,3), y me volví hermosa» (Comentario al Cantar de los Cantares 2).

–A la Palabra de Dios, que nos ha hablado de la excelencia y grandeza de Cristo Jesús sobre todas las cosas, aun sobre los ángeles, respondemos con el Salmo 96, cantando a Cristo resucitado: «El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables; justicia y derecho sostienen su trono. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblos contemplan su gloria. Ante Él se postran todos los dioses. Porque Tú eres Señor, Altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses».

 

Años pares

–1 Samuel 1,1-8: Dios premia a los humildes y escucha su oración. Ana, esposa estéril de Elcaná, insultada por su rival, sufre, se humilla y ora al Señor, que escucha a los humildes de corazón. Son muchos los Santos Padres que hacen el elogio de la humildad. Recordamos aquí un bello párrafo de San Juan Crisóstomo:«¡Cuál es –me preguntas– la cabeza de la virtud? La cabeza de la virtud es la humildad. De ahí que Cristo empezara por ella sus Bienaventuranzas diciendo: “bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5,3). Esta cabeza no tiene ciertamente preciosa cabellera ni trenzas; pero sí tal belleza que enamora al mismo Dios... Esta cabeza, en lugar de cabellos y cabellera, ofrece a Dios sacrificios agradables. Ella es el altar de oro y el propiciatorio espiritual. Porque sacrificio es para Dios “un espíritu contrito” (Sal 50,19)...«Tiene también la virtud sus pies y sus manos, que son las buenas obras; tiene un pecho de oro y más duro que el diamante, que es la fortaleza. Todo es fácil vencerlo antes que romper ese pecho. El espíritu, en fin, que reside en el cerebro y en el corazón la caridad» (Homilías sobre San Mateo 47,3).

–Con el Salmo 115 cantamos al Señor: «Te ofreceré, Señor un sacrificio de alabanza. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo; en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén». Este salmo de agradecimiento recuerda el cántico de Ana, cuando por fin recibe de Dios un hijo, Samuel (1 Sam 2).

 

–Marcos 1,14-20. Convertíos y creed la buena noticia. La presencia de Jesús, el Salvador, es la realización plena de la acción salvífica del Padre. Él dice a todos: «convertíos y creed la Buena Noticia». San Máximo de Turín comenta: «Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 2).Y San Clemente Romano: «Recorramos todas las etapas de la historia, y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él» (1 Carta a los Corintios 7).«Jesús les dijo: “venid conmigo y os haré pescadores de hombres”» (Mc 1,17). ¡Feliz cambio de pesca! Jesús les pesca a ellos para que, a su vez, ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros... Observa San Jerónimo: «“Y le siguieron”. La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto oye, cree, sigue, y convierte al hombre en pescador... Yo pienso que dejando las redes dejaron los pecados del mundo... No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes» (Comentario al Evangelio de San Marcos).

 

01Martes

 Años impares

–Hebreos 2,5-12: Dios juzgó conveniente perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. La condición de Cristo en su vida terrena es aparentemente contradictoria. Comenta San Agustín: «Considera como dicho de Él: “ha sido hecho un poco inferior a los ángeles” (Heb 2, 7). Y si ya has puesto tus ojos en su forma de siervo, no te quedes en ella, levántate por encima y confiesa que Cristo es igual al Padre. ¿Por qué oyes con tanto agrado: “El Padre es mayor que yo”? Escucha con mayor satisfacción aún: “Yo y el Padre somos una misma cosa” (Jn 10,30).«Ésta es la fe católica, que navega como entre Escila y Caribdis, como se navega en el estrecho entre Sicilia e Italia: por una parte rocas que provocan el naufragio; y por otra, remolinos que devoran las naves. Si la nave va a dar contra las rocas, se destrozan; si va a parar al remolino, es engullida» (Sermón 229 G,4).El pensar en Cristo o en cualquier otro punto del campo de la fe, hay que tener  cuidado de ir siempre por el buen camino, sin desviarse, sin caer ni en excesos ni en defectos. Lo conseguiremos siempre si seguimos la doctrina de la Iglesia. Como dice el concilio Vaticano II,«la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros. Los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum 10).

–La grandeza del hombre adquiere su verdadera dimensión al contemplar la humanidad de Cristo, exaltada en la resurrección. La verdadera humanidad se alcanza al compartir la grandeza y la gloria de Jesús resucitado. Es la obra de Dios en Jesucristo y en nosotros, cantada por el Salmo 8: «¡Señor, Dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad...» Diste a tu Hijo «el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies».

 

Años pares

–1 Samuel 1,9-20: El Señor se acordó de Ana, que vino a ser madre de Samuel. El Señor escucha la súplica de los humildes y éstos glorifican a Dios. Siempre la aflicción será una escuela de ferviente oración; una oración no solo de palabras, sino nacida del corazón. Muchas veces los Santos Padres nos hablan bellamente de la oración. Oigamos a Tertuliano: «En el pasado la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora en favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. Y ¿qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y poderosa para el bien...«La oración fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie... ¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos» (La oración 29,2).

–Dios manifiesta su fuerza en la debilidad de las criaturas, como se ha visto en el caso de Ana. Ella viene a ser madre de Samuel por el poder misericordioso de Dios, al que había implorado con una oración salida de lo más íntimo de su corazón. Y nosotros mismos, que tenemos experiencia de los favores de Dios, cantamos con júbilo el mismo cántico de Ana (1 Sam 2, 1ss), anunciando a todos los hombres la misericordia de Dios salvador: «Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador. Mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor. Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan... El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece. Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria».

 

–Marcos 1,21-28: Les enseñaba con autoridad. Jesús se manifiesta en la sinagoga, enseñando con autoridad y curando a un poseso. Los testigos de tales acontecimientos quedan estupefactos y la fama de Jesús comienza a extenderse. Cristo tiene todo el poder salvador del Padre, domina sobre todas las cosas, y puede comunicar a los hombres el amor del Padre. Por eso una de las manifestaciones de este poder es su capacidad de expulsar al demonio, es decir, de dominar al «anti-poder», al enemigo del Padre, quitándole el señorío que tiene sobre los hombres. También nosotros estamos dominados con frecuencia por el poder enemigo, que es todo lo que ahoga en nosotros el amor de Dios. Y esa cautividad nuestra solo puede superarse dejándonos dominar por el poder salvador de Cristo. Comenta San Agustín:«¿Qué dijeron los demonios?: “Sabemos quién eres tú, el Hijo de Dios”. Y escucharon: “¡Callad!”. ¿No dijeron ellos lo mismo que dijo Pedro, cuando [Jesús] les preguntó [a los discípulos]: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Después de que escuchó lo que opinaban las gentes de fuera, volvió a interrogarles, diciendo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Respondió Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Lo que dijeron los demonios, eso mismo lo dijo Pedro. Pero los demonios escucharon: “¡Callad!” Y en cambio a Pedro le dijo: “Dichoso eres tú”.«Pues bien, distínganos a nosotros lo que les distinguía a ellos. ¿Qué movía a los demonios? El temor. ¿Y a Pedro? El amor. Elegid y amad. Es la fe también la que distingue a los cristianos de los demonios... Pero si nos distinguimos en la fe, distingámonos de igual manera en las costumbres y en las obras, inflamándonos de la caridad de que estaban privados los demonios» (Sermón 234,3).

 

01Miércoles

Años impares

–Hebreos 2,14-18: Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo y Pontífice fiel. El sacerdocio de Cristo fue eficacísimo: venció al príncipe de la muerte y libró la humanidad. El plan de salvación querido por Dios no era salvar al hombre sin el hombre. Pero esto sólo pudo hacerlo Cristo: Dios y hombre al mismo tiempo. Es un sacerdocio el de Cristo muy diverso al de los judíos y al de los paganos. Cristo tomó para Sí una naturaleza humana. Comentando ese texto de los Hebreos, dice San Juan Crisóstomo:«¿Qué quiere decir “tiende una mano” [a los hijos de Abrahán]? ¿Por qué no dijo: asumió, sino que utilizó esta expresión: tiende una mano? Porque este verbo hace referencia a los que persiguen a sus adversarios, y ponen todos los medios para capturar a los fugitivos y apresar a los que se resistan. En efecto, la naturaleza humana había huido de Él y había huido muy lejos, porque dice [el Apóstol] que estábamos muy lejos de Dios y “sin Dios en el mundo” (Ef 2,12). Por eso Él mismo nos persiguió y nos tomó para Sí. El Apóstol hace ver que hizo todo esto por puro amor a los hombres, por caridad y por solicitud hacia nosotros» (Homilía sobre Hebreos 2).

–En Jesucristo, que es el «sí» a todas las promesas, Dios nos reconcilió consigo mismo. En el realismo de su Encarnación y muerte, Dios mismo llevó la obra redentora a su perfección. Es la manifestación más definitiva y clara de la fidelidad de Dios a sus promesas. Por eso cantamos con el Salmo 104:«El Señor se acuerda de su Alianza eternamente. Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro».

 

Años pares

–1 Samuel 3,1-10.19-20: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Samuel es llamado al ministerio profético. Él fue fiel al Señor. Es admirable y ejemplar la relación de Samuel y el sacerdote Elí. Jerarquía y profetismo proceden de Dios y se completan. El profetismo insumiso, descarado y separado de la jerarquía no es de Dios. Así lo enseña San Ignacio de Antioquía: «Es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento, porque no es a éste o aquél obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que el engaño iría dirigido contra el obispo invisible; es decir, en este caso ya no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está patente» (Carta a los Magnesios 1).Y San Bernardo: «¿Qué más da que Dios nos manifieste su voluntad por Sí mismo o por sus ministros, ya sean ángeles, ya sean hombres?» (De los preceptos y disposiciones 9).

–La vocación de Samuel es modelo de prontitud en la respuesta. Éste es el mejor sacrificio de alabanza que se puede ofrecer a Dios. Hay que ofrecer a Dios una obediencia total y sincera, y tener en Él plena confianza, total abandono en sus manos. Digamos, pues, con el Salmo 39:«Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras, que se extravían con engaños. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído. No pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: “Aquí estoy”, como está escrito en mi libro, “para hacer tu voluntad”. Dios mío, llevo tu ley en las entrañas. He proclamado tu salvación ante la gran asamblea: no he cerrado los labios; Señor, Tú lo sabes».

 

–Marcos 1,29-39: Curó a muchos enfermos de muchos males. Las curaciones milagrosas son señales del poder salvador de Cristo. Con sus milagros manifiesta Jesucristo que el reino mesiánico, anunciado por los profetas, está ya presente en su persona. Así atrae la atención a Sí mismo y hacia la Buena Nueva del Reino que Él encarna; y suscita una admiración y un temor religioso. Comenta San Jerónimo:«¡Ojalá venga [Jesús] y entre en nuestra casa y, con un mandato suyo, cure la fiebre de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los Apóstoles que intercedan ante Jesús para que venga a nosotros y nos tome de la mano; pues si Él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. Él es un médico egregio, el verdadero protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano.«Aquella mujer tenía la fiebre porque no poseía obras buenas. Primero, por tanto, hay que sanar las obras y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho sin podernos levantar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad» (Comentario a San Marcos 3,5).

 

01Jueves

Años impares

–Hebreos 3,7-14: Animaos unos a otros mientras dura este hoy. Este texto de la carta a los Hebreos está centrado en el Salmo 94, por medio del cual el Señor nos exhorta a la fidelidad. Hemos de escuchar la voz del Señor en el tiempo presente, para que nuestros corazones no se endurezcan. Debemos mantener viva la fe, para anticipar la visión de las realidades que nos han sido prometidas. La fe garantiza a los cristianos que su dispersión y su actual situación en el desierto del mundo es el preludio de una bienaventurada escatología real. Los fieles han de servirse del mundo y vivir en él, sin sustraerse de él. Es decir, han de vivir en el mundo, como si vivieran fuera de él. Muchos Padres han tratado del valor inmenso de la fe. Escuchemos a San Clemente Romano: «Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron al principio. ¿Cómo obtuvo nuestro Padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe?... «También nosotros, llamados por su beneplácito en Cristo Jesús, somos justificados no por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia, ni por nuestra piedad, ni por las obras que hayamos practicado con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso justificó a todos desde el principio. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Carta a los Corintios 31-33).

–A la palabra de Dios recibida en la lectura anterior respondemos con el mismo Salmo 94. Oigamos la llamada: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis el corazón». Ese «hoy» ha sido ya inaugurado por Jesucristo. Estamos viviendo los tiempos definitivos. Éste es el tiempo de la gracia y nosotros hemos de responder con gran fe. Así entraremos en el descanso del Señor. Ese «hoy» es un grito de urgencia: «Ojalá escuchéis la voz del Señor. No endurezcáis el corazón. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía». Sólo teniendo un gran espíritu de fe podemos poner en práctica cuanto se nos dice en este Salmo.

 

Años pares

–1 Samuel 4,1-11: Derrotaron a los israelitas, y el arca de Dios fue capturada. Nuestra vida en la tierra es un combate continuo. No basta, pues, para nuestra vida religiosa un culto externo, como muchas veces advierten los profetas. Es necesaria la práctica de las virtudes y la verdadera interioridad en el culto, de modo que éste proceda del corazón. Cuando esto falta, Dios detesta el culto y el pueblo es castigado. «No todo el que dice Señor, Señor»... (Mt 7,21) «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de Mí» (Mt 15,8; Is 29,13). Por eso hemos de luchar con las armas de la fe y de la verdadera religiosidad, como dice San Gregorio de Nisa: «El enemigo de nuestra alma tiende muchas trampas ante nuestros pasos, y la naturaleza humana es, de por sí, demasiado débil para conseguir la victoria sobre el enemigo... Por eso es necesario que quien desprecia las grandezas de este mundo y renuncia a su gloria vana, renuncie también a su propia vida. Renunciar a la propia vida significa no buscar nunca la propia voluntad, sino la voluntad de Dios y hacer del querer divino la norma única de la propia conducta; significa también renunciar al deseo de poseer cualquier cosa que no sea necesaria o común.«Quien así obra se encontrará más libre y dispuesto para hacer lo que le mandan los superiores, podrá realizarlo prontamente con alegría y con esperanza, como corresponde a un servidor de Cristo, redimido para el bien de sus hermanos» (Tratado de la conducta cristiana).Quien es fiel en su vida a la voluntad de Dios es el que le da el culto que Él merece, y que Él no desprecia, pues ve que procede de un corazón contrito y humillado.

–Los israelitas no obraron el bien y hubieron de sufrir por mano de los filisteos el castigo merecido. El Arca de Dios fue capturada, y así perdieron lo más sagrado que ellos tenían. También nosotros hemos pecado. También tenemos necesidad de la misericordia divina. Y la pedimos con el Salmo 43:«Redímenos, Señor, por tu misericordia. Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas; nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea. Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones. Señor, ten misericordia de nosotros, no olvides nuestra desgracia y opresión». La muerte del pecado se realizó ciertamente en el bautismo. Sin embargo aún permanecen en nosotros las secuelas del pecado con sus concupiscencias. Sentimos viva la ley del pecado, que domina nuestros miembros (Rom 7,32). Tenemos, pues, necesidad de conversión y de un culto sincero, que proceda de la fe y de lo más hondo del corazón, y que se refleje en nuestras obras.

 

–Marcos 1,40-45: Se le quitó la lepra y quedó limpio. Este milagro es signo del poder del Hijo de Dios. El hecho prodigioso se divulga, contra la voluntad del Salvador, y se enciende el entusiasmo del pueblo. Verdaderamente solo en Cristo está nuestra salvación. Los Santos Padres ven muchas veces en la lepra un símbolo de la enfermedad profunda del pecado. Así, por ejemplo, San Atanasio: «Sin contentarse con haber encontrado el mal, el alma humana, poco a poco, se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y olvidando que ella es imagen del Dios bueno, el poder que obra en ella no le deja ver ya al Dios Verbo, la semejanza a la que ella fue hecha; y saliendo de sí misma, no piensa ni imagina sino la nada. Ella ha escondido en los repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella; por el cual solo podía ver la imagen del Padre. Y así ahora no ve ya más aquello en lo que un alma debe pensar. Al contrario, vuelta hacia todos los lados, sólo ve aquello que cae bajo los sentidos.«Así, llena el alma de toda clase de deseos carnales y ofuscada por la falsa opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse como las cosas corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las apariencias el nombre de Dios. Ella no aprecia más que aquello que ve y contempla como algo agradable. Ello es, pues, el mal, la causa y el origen de la idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).Solo el Salvador puede sanarnos de esta lepra. «La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio».

 

01Viernes

Años impares

–Hebreos 4,15.11: Esforcémonos en entrar en el descanso del Señor. Para llegar a ello es menester evitar los ejemplos de incredulidad del antiguo Israel. Es necesario adherirnos por la fe al mensaje de salvación que Cristo nos enseñó con su palabra, su vida, su muerte y resurrección. Entrar en el «descanso» es entrar en la intimidad de Dios. La paz interior del hombre es don de la gracia de Dios recibida en una colaboración ascética fiel. Comenta San Juan Crisóstomo: «Pensemos que nuestra vida no es otra cosa que un combate, y nunca buscaremos el reposo. Nunca consideremos la aflicción como algo extraordinario. Hemos de parecemos al atleta, que no mira la lucha como algo inesperado. No es todavía tiempo de descansar; hace falta que nos perfeccione el sufrimiento» (Homilía sobre Hebreos 5).Así llegaremos a la unión con Dios. Por la cruz a la luz, por el combate a la paz eterna, al gozo espiritual.

–Todo el Antiguo Testamento se escribió para lección nuestra. La historia del pueblo de Israel fue la historia de su negativa a los beneficios de Dios. Por eso, no entraron en su descanso. Se olvidaron de los preceptos del Señor. No cumplieron sus mandatos. Ahora nosotros tenemos acceso a la íntima unión con Dios gracias a Cristo, siguiendo sus ejemplos, obedeciendo su doctrina. Así lo confesamos en el Salmo 77: «No olvidéis las acciones de Dios. Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor y su poder. Que lo cuenten a sus hijos, para que guarden Sus mandamientos. Para que no imiten a sus padres, generación rebelde y pertinaz, generación de corazón inconstante, de espíritu infiel a Dios».

 

Años pares

–1 Samuel 8,4-7.10-22: Gritaréis contra el rey, pero Dios no os responderá. El pueblo quiere tener un rey, pero Samuel ve ese deseo con reticencia: Yahvé es el único rey de Israel. De hecho, la monarquía sólo se impuso y consolidó con David. También nosotros hemos de poner nuestra confianza en la autoridad del Señor, ejercitada en las autoridades de la Iglesia, evitando apoyar nuestra esperanza en poderes humanos. Escuchemos la exhortación de San Ireneo: «Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en una despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y ésta es la puerta de la vida; todos los demás son salteadores y ladrones. Por esto hay que evitarlos, y en cambio hay que poner suma diligencia en amar las cosas de la Iglesia y en captar en ella la tradición de la verdad» (Tratado contra las herejías 3,4).La misma doctrina viene dada por San Vicente de Lerin:«El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica. No les antepone la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que, despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído» (Conmonitorio 20).

–A pesar de la contumacia del pueblo, que exige un rey humano, Yahvé será eternamente el Rey de Israel. Ése es el gran privilegio del Pueblo elegido, por haber pactado una alianza con Dios. Pero Israel muchas veces es infiel a la alianza con Dios, y en la plenitud de los tiempos no acoge al Mesías, Cristo Jesús. Para el nuevo Israel, la Iglesia, no hay mayor honor y bienaventuranza que tener a Cristo como Señor, pastor y guía. Así lo rezamos en el Salmo 88:«Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro. Tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo. Porque Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo y el Santo de Israel, nuestro Rey».

 

–Marcos 2,1-12: El Hijo del hombre tiene potestad para perdonar los pecados. Él es Dios. El vino para eso, para quitar el pecado del mundo. Por eso nosotros nos presentamos ante el Señor como pecadores, como pobres paralíticos, cargados de pecados. Y Cristo nos sana y nos perdona. El establece en la Iglesia un sacramento: el de la penitencia o reconciliación, para perdonar los pecados de todos los que con buena disposición se acerquen al sacerdote. Comenta San Ambrosio: «El Señor es grande: a causa de unos perdona a otros, y mientras prueba a unos, a otros les perdona sus faltas. ¿Por qué, oh hombre, tu compañero no puede nada en ti, mientras que en cambio ante el Señor su siervo tiene un título para interceder y un derecho para impetrar? Tú que juzgas, aprende a perdonar; tú que estás enfermo, aprende a implorar. Si no esperas el perdón de faltas graves, recurre a los intercesores, recurre a la Iglesia, que ora por ti y, en atención a ella, el Señor te otorgará lo que El ha podido negar.«Hemos de creer que el cuerpo de este paralítico ha sido curado verdaderamente, y reconocer también la curación del hombre interior, a quien le han sido perdonados sus pecados. Por su parte, los judíos, afirmando que solo el Señor puede perdonar los pecados, confesaron vigorosamente la divinidad del Señor, y con su juicio traicionaron su mala fe, puesto que a la vez exaltan la obra y niegan la persona.«Es, pues, gran locura que este pueblo infiel, habiendo conocido que sólo Dios puede perdonar los pecados, no crea en [Cristo] cuando perdona los pecados.  El Señor, que quiere salvar a los pecadores, demuestra claramente su divinidad por su conocimiento de las cosas ocultas y por sus acciones prodigiosas» (Comentario a San Lucas lib. 5,11-12).

 

01Sábado

Años impares

–Hebreos 4,12-16: Acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia. La palabra de Dios es viva y eficaz: juzga a quien la escucha. Llenos de la fuerza de Jesús, Hijo de Dios y Sumo Sacerdote, en todo semejante a nosotros menos en el pecado, permanezcamos firmes en la fe para alcanzar la misericordia de Dios. Dos verdades preciosas se nos revelan en ese texto: el valor de la Palabra de Dios y la condición de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Así contempla San Gregorio Nacianceno a Jesucristo, como Palabra y como Pontífice, al tiempo que le reconoce otros altos títulos: «Tú eres llamado Palabra y estás sobre todas las palabras; tú, que estás sobre toda luz, eres llamado Luz (Jn 1,9; 8,12; 12,46). Tú eres llamado Fuego, pero no porque incides sobre los sentidos, sino porque purificas la materia ligera y viciosa (Dt 4,24; Heb 12,29). Tú eres Espada, porque divides y separas el mal del bien (Ef 6,13; Heb 4,12); Bieldo, porque limpias y quitas aquello que es ligero y llevado por el viento, y guardas lo que está lleno en los graneros de arriba (Mt 3,12; Lc 3,17); Hacha, porque, habiendo tenido paciencia tanto tiempo, cortas la higuera estéril (Mt 3,10; Lc 3,9; Lc 13,6-9); Puerta, porque introduces (Jn 10,7-9); Camino, para que nosotros andemos por el camino recto (Jn 14,6); Oveja, porque eres la víctima (Is 53, 7); Pontífice, que ofreces tu Cuerpo (Heb 4,14; 8,1-9; 9,11); Hijo,  porque lo eres del Padre (Mt 3,17; 17,5; Mc 1,11; 9,7; Lc 2,22; 9,35)» (Sermón 37,4).

–Reconocemos la eficacia de la Palabra de Dios, que es espíritu y vida, descanso y alegría, luz y felicidad, con el Salmo 18: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos; la voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandatos del Señor son verdaderos y enteramente justos».

 

Años pares

–1 Samuel 9,1-4.17-19–10,1: Saúl regirá a su pueblo: Dios lo escogió. Pero esta elección exige de él un comportamiento digno. De lo contrario le retirará su favor, como así fue. Hay que corresponder, pues, a la gracia divina, a los dones del Señor. Cuando no hay una correspondencia fiel, el corazón se endurece y la vida se hace triste y estéril. San Juan Crisóstomo dice: «Si eres obediente a la voz de Dios, ya sabes que te está llamando desde el cielo; pero si eres desobediente y de voluntad torcida, aunque le oyeras físicamente, no te bastaría. ¿Cuántas veces no le oyeron los judíos? A los ninivitas les bastó la predicación de un profeta. Aquellos, en cambio, permanecieron más duros que piedras en medio de profetas y de milagros continuos. En la misma Cruz se convirtió un ladrón con sólo ver a Cristo y, junto a ella, los que habían visto resucitar muertos, le insultaban» (Homilía en honor de San Pablo 4).El Señor nos da constantemente gracias para ayudarnos en el cumplimiento del deber de cada momento. Al cristiano le corresponde acoger fielmente esa gracia y así dar el fruto que Dios quiere darle.

–En todos los momentos de su historia supo Israel, llevado por sus profetas, descubrir la presencia del Señor. Cuando comenzó la monarquía, descubrieron en el rey la presencia protectora de Israel. Las victorias, los éxitos, la vida, las bendiciones que recaen sobre el rey son manifestaciones del cuidado del Señor que dirige a su pueblo. Así continúa hoy la historia de la Iglesia, y con ella, los que reconocemos a Cristo como Rey, rezamos el Salmo 20: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza y ¡cuánto goza con tu victoria! Te adelantaste a bendecirlo con el éxito y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida y se la has concedido, años que se prolongan sin término. Tu victoria ha engrandecido su fama, lo has vestido de honor y de majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia». El salmo, pues, se refiere a Cristo, a su reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

 

–Marcos 2,13-17: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. A la vocación del Leví siguió un banquete en el que los puritanos se escandalizan porque Cristo come con los pecadores: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos». Cristo ofrece siempre a los pecadores la posibilidad de salvar sus vidas. Sólo quiere que acojan la gracia del arrepentimiento. Que se adhieran a su persona y al Padre por la senda del amor. Comenta San Agustín: «Allí estaban [los fariseos], allí mostraban su crueldad: ellos eran quienes le lanzaban reproches y le decían: “Ved que come con publicanos y pecadores”. Formaban parte del mismo pueblo que daba muerte al médico, a aquel que con su sangre les preparaba el antídoto. Como el Señor no sólo derramó sus sangre, sino que hasta se sirvió de su muerte para confeccionar el medicamento, del mismo modo resucitó para dar una prueba de la resurrección. Con paciencia padeció para enseñarnos la paciencia a nosotros, y en su resurrección nos mostró el premio de esa virtud» (Sermón 175,3).La verdadera justicia se compadece de los pecadores, pero la falsa justicia se aparta de ellos. Por eso Cristo recibió con amorosa compasión al publicano y a la Magdalena, la pecadora. ¡Con qué magnífica plasticidad nos pinta Jesús su infinito amor hacia los pecadores en las parábolas del Buen Pastor y del hijo pródigo! ¿Dónde estaríamos si el Señor no nos hubiera reconciliado con su infinito amor?

 

2ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Que se postre ante Ti, oh Dios, la tierra entera; que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre» (Sal 65,4).
Colecta (Gregoriano): «Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escuche paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz».
Ofertorio (Veronense): «Concédenos, Señor, participar dignamente de estos santos misterios, pues cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención».
Comunión: «Preparas una mesa ante mí y mi copa rebosa» (Sal 22,5). «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» (1 Jn 4,16).
Postcomunión (como las dos oraciones anteriores, se encontraba en el Misal anterior, y ésta ha sido retocada según el Veronense): «Derrama, Señor, sobre nosotros tu espíritu de caridad, para que, alimentados por el mismo pan del cielo, permanezcamos unidos en el mismo amor».

 

02CICLO A

La finalidad de la Encarnación del Verbo se manifiesta en el ansia profunda del Corazón de Cristo Redentor para llevar a los hombres, purificados de sus pecados, hasta la condición de hijos de Dios. Para conseguirlo, los ilumina primero con su palabra y su vida, y los santifica, al fin, con su propio sacrificio, como Cordero destinado a expiar los pecados de todos los hombres. Así lo vemos en las lecturas siguientes:

–Isaías 49,3.5-6: Te hago Luz de las naciones, para que seas mi salvación. Todo hombre, de cualquier condición y origen, necesita de la salvación. Jesús es el Siervo de Dios, que tiene poder para iluminar y reconciliar a todos los hombres hasta el último confín de la tierra. El Siervo, en su condición difícil, pero preciosa, experimenta la dureza del corazón del Pueblo elegido. Pero sufre pacientemente, para que todos podamos ser como Él. Comenta San Gregorio Nacianceno: «Vengamos a ser como Cristo, ya que Cristo es como nosotros. Lleguemos a ser dioses por Él, ya que Él es hombre por nosotros. Él ha tomado lo que es inferior para darnos lo que es superior. Se ha hecho pobre para que su pobreza nos enriquezca (2 Cor 8,9); ha tomado forma de esclavo (Flp 2,7) para que nosotros recobremos la libertad (Rom 8,1); se ha abajado para alzarnos a nosotros; aceptó la tentación para hacernos vencedores; ha sido deshonrado para glorificarnos; murió para salvarnos y subió al cielo para unirnos a su séquito, a nosotros que estábamos derribados a causa del pecado» (Sermón 1,5).

–Con el Salmo 39 unimos nuestra voz a la de Cristo y cantamos: «“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... He proclamado su salvación ante la gran asamblea».

 

–1 Corintios 1,1-3: Gracia y paz os dé nuestro Padre y Jesucristo, nuestro Señor. Es por Cristo, Salvador por quien el Padre nos ofrece la gracia que nos reconcilia y la paz que nos salva. En la Carta a Diogneto leemos: «Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero Él ha querido manifestarse a Sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios es Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún Él, es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo. «Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para Sí, parecía abandonarnos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad? «Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados... Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales... «¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea cubierta por un solo justo, y que la justicia de uno solo justifique a tantos impíos!» (Diogneto 8).

 

–Juan 1,29-34: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Tras proclamar la necesidad de la penitencia y de la conversión, el Bautista coronó su misión de Precursor, señalando en Jesús la presencia santificadora del Cordero de Dios. Unas ocho veces ha comentado San Agustín este pasaje evangélico :«Demuestra que tienes amor al Pastor amando a las ovejas, pues también las ovejas son miembros del Pastor. Para que las ovejas se conviertan en miembros suyos, fue conducido al sacrificio como una oveja (Is 53, 7); para que las ovejas se hicieran miembros suyos, se dijo de Él: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). Pero, grande es la fortaleza de este Cordero. ¿Quieres conocer cuánta fortaleza mostró tener? Fue crucificado el Cordero y resultó vencido el león. Ved y considerad con cuánto poder rige el mundo Cristo, el Señor, si con su muerte venció al diablo. Amémosle, pues; nada tengamos en mayor aprecio» (Sermón 225,1-2).Jesús es el único justo en  medio de aquella muchedumbre que confesaba sus pecados. Él es «el Cordero de Dios». ¿A quién se refiere esta imagen?: ¿Al cordero sacrificado en el templo?, ¿al cordero pascual?, ¿al Siervo de Yahvé? A los tres al mismo tiempo. Y esa imagen significa que Él es inocente, lleno de mansedumbre, de perfección ritual y de santidad, y que será sacrificado en la Cruz para salvar a todos los hombres de sus pecados, para irradiar en todas partes la Luz sin ocaso con su palabra y con su vida.

 

02CICLO B

Dios nos ha hablado con impresionante realismo en la Encarnación de su Verbo eterno, hecho hombre como nosotros, igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Por eso todo diálogo auténtico entre el hombre y Dios se ha de hacer a través de Jesucristo. Quien rechaza a Cristo, rechaza a Dios y se coloca fuera de la salvación redentora.

 

–1 Samuel 3,3-10.19: Habla, Señor, que tu siervo escucha. El episodio de la vocación del profeta Samuel es un claro exponente del derecho de Dios a condicionar decisivamente la vida del hombre con su libre llamamiento. Y es también un ejemplo de la auténtica respuesta humana ante la vocación divina. Oigamos a Casiano: «Hay tres géneros de llamamiento. Uno cuando nos llama Dios directamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres; y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad» (Colaciones 3).«Muchos son los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe seguir con decisión irrevocable el modo de vida que primero abrazó, manteniéndose fiel en su dirección primera. Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser perfecto en ella» (ib. 14).«Aquí estoy, dice Samuel, porque me has llamado». San Jerónimo escribe al monje Heliodoro: «Recuerda el día en que entraste en filas, cuando sepultado con Cristo en el bautismo, juraste las palabras del sacramento: que por el nombre del mismo Cristo, no tendrías cuenta con padre ni madre. Mira que el enemigo tiene empeño en matar a Cristo en tu pecho. Mira que el donativo o soldada que, al entrar en la milicia, recibiste es codiciado por los campamentos contrarios... Secos los ojos, vuela al estandarte de la cruz. En este caso, es verdadera piedad ser cruel» (Carta 14).

–Con el Salmo 39 le decimos al Señor una vez más: «“Aquí estoy, para hacer tu voluntad”. Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas».

 

–1 Corintios 6,13-15.17-20: Vuestros miembros son miembros de Cristo. La vocación cristiana es integral. Afecta también a nuestro cuerpo para la santidad. No se es cristiano con sólo el pensamiento y el alma. Dios llama al hombre entero, le reclama hasta lo más íntimo de su corazón. Así lo explica San Gregorio de Nisa «Considerando que Cristo es “la luz verdadera” (Jn 1,9), sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos; para que “dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos, como en pleno día, con dignidad” (Rom 13, 1) y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas, obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, como es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.«Y si tenemos en cuenta que “Cristo es nuestra santificación” (1 Cor 1,10), nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación, no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.«Además, cuando decimos que Cristo es nuestra redención, lo consideramos como el precio que nos gana la inmortalidad y nos hace posesión suya, comprados a la muerte por su vida (1 Tim 2,6). Y si somos de Aquel que nos redimió, sigamos en todo al Señor, de manera que ya no seamos dueños de nosotros mismos, sino que el Señor es Aquel que nos compró (1 Cor 6,20) y nosotros somos sus siervos. Su voluntad es, pues, para nosotros ley de vida» (Tratado sobre el perfecto modelo de cristiano 4.6).

 

–Juan 1,35-42: Vieron donde vivía y se quedaron con El. En toda vocación cristiana Cristo es el centro, y es quien pone al hombre en sintonía garantizada con la voluntad de Dios, que así le elige y le llama. Jesús quiere que los dos discípulos vean y contemplen personalmente. Lo que ellos «vieron» debió de ser algo impresionante, según deducimos de lo que después «hicieron». Estos apóstoles comunican a otros su inmenso gozo, para ganarlos también para Jesucristo. Comenta San Agustín: «Los dos discípulos, al oírle hablar así, van en pos de Jesús. Se vuelve Jesús, ve que le siguen y les dice: “¿qué buscáis?” Responden ellos: “Maestro, ¿dónde moras?” Ellos todavía no le siguen, como para quedarse a vivir con Él... Pero Él les muestra dónde vive, y ellos están con El. ¡Qué día tan feliz pasan y qué noche tan deliciosa! ¿Hay quien sea capaz de decirnos lo que oyeron de la boca del Señor?«Edifiquemos también nosotros mismos y hagamos una casa en nuestro corazón, adonde venga El a enseñarnos y hablar con nosotros» (Sermón 203,2).

 

02CICLO C

La Iglesia nos invita en estos domingos que hoy comienza a seguir al Corazón de Cristo en los primeros pasos de su vida pública, y nos enseña a escuchar su palabra, asimilarla y seguirla; y también a recibir sus hechos, es decir, a aprender lecciones de vida y de santidad evangélica. Ser cristiano no consiste solamente en recordar unos hechos y conocer unas doctrinas, sino en aprender a vivir una vida nueva, la misma vida de Jesús, según el Evangelio, identificándonos con Él.

 

–Isaías 62,1-5: El marido se alegrará con su esposa. Este texto ha sido escogido en razón de la lectura evangélica: las bodas de Caná. La obra de la salvación es fruto de una elección de Dios absolutamente libre y gratuita. El Señor se eligió un pueblo, como el esposo elige a su esposa en una alianza perpetua. Escribe Casiano: «“La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo”. Éste y otros textos bíblicos, como los de Oseas y Jeremías, han sugerido a los místicos el matrimonio espiritual del alma con Dios. Es una doctrina elevada a la que todos estamos llamados. Es una intimidad perfecta con Dios.«Éste ha de ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que le aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar puramente secundario o, por mejor decir, el último de todos. Inclusive debemos considerarlo como un daño positivo» (Colaciones 1).

–Con el Salmo 95 proclamamos: «Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria, contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: “el Señor es Rey, Él gobierna a los pueblos rectamente”».

 

–1 Corintios 12,4-11: El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a Él le parece. Dios mismo es quien, con la riqueza de su Espíritu y con la variedad de sus dones, trata de hacer de la Iglesia su Esposa santa, la madre única de todos los redimidos por Cristo. El Espíritu Santo ha obrado siempre en la Iglesia de un modo nuevo, intenso y creativo. Así lo muestra la historia de la Iglesia. Ministerios y carismas han sido siempre para ella un don continuo, en medio de gozos y penalidades. Oigamos a San Juan Crisóstomo: «El tiempo que ha precedido al bautismo era un campo de entrenamiento y de ejercicios, donde la caídas encontraban su perdón. A partir de hoy, la arena está abierta para vosotros, el combate tiene lugar, estáis bajo la mirada pública, y no sólo los hombres, también innumerables ángeles contemplan vuestros combates. Pablo confiesa en su Carta a los Corintios: “nosotros hemos sido presentados como espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Cor 4,9). En efecto, los ángeles nos contemplan y el Señor de los ángeles es el que preside el combate. Para nosotros no sólo es un honor, sino también una seguridad. Cuando el juez de estos asaltos es precisamente Aquel que ha entregado su vida por nosotros ¿qué honor y qué seguridad no habremos de tener?» (Ocho catequesis bautismales 3,8).

 

–Juan 2,1-12: En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos por intercesión de la Virgen María. Jesús eligió, como marco de su primera manifestación redentora, la ceremonia de unas bodas. Más tarde elevaría el matrimonio cristiano a signo sacramental de la unión de Él mismo con su Iglesia. Éste es el primer milagro público de Jesús. Oigamos el comentario de Fausto de Riez: «Por obra de Cristo se produce en Galilea un vino nuevo, esto es, cesa la ley y sucede la gracia; es retirada la sombra y se hace presente la realidad; lo carnal viene a hacerse espiritual; la antigua observancia se transforma en el Nuevo Testamento. Como dice el Apóstol: “lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5,17). Y del mismo modo que el agua contenida en las tinajas, sin mermar en su propio ser, adquiere una nueva entidad, así también la ley no queda destruida con la venida de Cristo, al contrario, queda clarificada y ennoblecida.«Como faltase el vino, Cristo suministra un vino nuevo. Bueno es el vino del Antiguo Testamento, pero el del Nuevo es mejor. El Antiguo Testamento que observan los judíos se diluye en la materialidad de la letra; mientras que el Nuevo, al que pertenecemos nosotros, nos comunica el buen sabor de la vida y de la gracia»  (Sermón 5 sobre la Epifanía).

 

02Lunes

Años impares

–Hebreos 5,1-10: A pesar a ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. La perfecta humanidad de Cristo entre los hombres se subraya ahora con la definición de «sacerdote», que solo en Él se verifica plenamente. En efecto, Jesucristo, elegido por Dios entre los hombres, los representa en el culto a Dios, y ofrece dones y sacrificios por los pecados. El sacrificio de Cristo fue en realidad el que consiguió el perdón de los pecados, y Él no lo ofreció por Sí mismo, pues no tenía pecado alguno. Oigamos a Orígenes: «Fijémonos en nuestro verdadero y sumo sacerdote, el Señor Jesucristo. Él, habiendo tomado la naturaleza humana, estaba con el pueblo todo el año, aquel año, a saber, del cual dice Él mismo: “Me envió a evangelizar a los pobres y a proclamar el año de gracia del Señor”. Y una vez durante este año, el día de la expiación, “entró en el Santuario”; es decir, cumplida su misión, penetró en los cielos, y entró en la presencia del Padre, para hacerle propicio al género humano y para interceder en favor de todos los que creen Él...«En el Antiguo Testamento se celebraba el rito de la propiciación ante Dios; pero tú, que has venido a Cristo, verdadero sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios propicio y te reconcilió con el Padre, transciende con tu mirada la sangre de las antiguas víctimas y considera más bien la sangre de Aquél que es la Palabra, escuchando lo que Él mismo te dice: “Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros para el perdón de los pecados”.«El hecho de rociar el lado oriental tiene también su significación. De Oriente nos viene la propiciación, pues de allí procede el varón cuyo nombre es Oriente, el que ha sido constituido Mediador entre Dios y los hombres. Ello te invita a que mires siempre hacia el Oriente, de donde sale para ti el sol de justicia, de donde te nace continuamente la Luz para que no camines nunca en tinieblas, ni te sorprenda en tinieblas aquel día último; para que no se apodere de ti la noche y la oscuridad de la ignorancia, sino que vivas siempre en la Luz de la Sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la Luz de la caridad y de la paz» (Homilía 9 sobre el Levítico 5,10).

–Con el Salmo 109 proclamamos el sacerdocio de Cristo. Constituido por Dios Sumo y Eterno Sacerdote, Él ha realizado en su vida, compartida con la de sus hermanos, los hombres, el puente de unión entre el cielo y la tierra. Él, víctima de su propio ofrecimiento, se ha convertido para todos en autor de la salvación eterna: Dios le dice por eso: «“tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. Desde Sión extenderá el Señor el poder de su cetro: somete en la batalla a los enemigos. “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento; entre esplendores sagrados yo mismo te engendré como rocío, antes de la aurora”», antes de la aurora del mundo, desde toda la eternidad. Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos unirnos a sus súplicas, a su alabanza, a su acción de gracias. Y el Señor, haciéndonos suyos, nos escuchará y nos librará. Depositemos todo en Él: nuestro yo, nuestra esperanza y nuestros temores, nuestro presente, nuestro pasado y nuestro porvenir... Él es Sacerdote eterno.

 

Años pares

–1 Samuel 15,16-23: Obedecer vale más que un sacrificio. El Señor rechaza como rey a Saúl, que le ha sido infiel. San Agustín dice: «La obediencia con toda verdad ha de decirse la virtud propia de la criatura racional, que actúa bajo la potestad de Dios. Y también ha de decirse que el primero y el mayor de todos los vicios es el orgullo, que lleva al hombre a querer más potestad para su ruina, y tiene el nombre de desobediencia» (Tratado sobre el Génesis 8).El cristiano ha de  rechazar la tentación de interpretar la obediencia como un sometimiento indigno del hombre, propio de personas con escasa madurez. Quienes piensan así no han considerado que Cristo «se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). –La sinceridad de vida es el mejor sacrificio. La Escritura y los Padres insisten una y otra vez en que el culto externo sin interioridad de corazón no es por Dios querido, sino rechazado.

Por eso el Señor nos dice en el Salmo 49: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante Mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre mi alianza en tu boca, tú que detestas mis enseñanzas y te echas a la espalda mis mandatos? Esto haces ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias ése me honra; al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios». Es verdad que nuestra ofrenda, Cristo, es infinitamente más preciosa que todos los costosos sacrificios del Antiguo Testamento; pero no olvidemos aquellas palabras: «no todo el que dice: “Señor, Señor”...» Hemos de sacrificar a Dios todo lo que no sea compatible con Su voluntad. Hemos de ofrecerle sacrificios que nos cuesten algo real y sensible. Hemos de morir a nosotros mismos, al pecado, y procurar «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).

 

–Marcos 2,18-22: El novio está con ellos. La observancia de la ley mosaica no está ya vigente para los discípulos de Cristo, que son amigos del Esposo. El ministerio salvador de Jesús proclama unos principios fundamentales de vida, que no encajan en el sistema religioso entonces vigente entre los judíos. La doctrina de Jesús tiene una gran fuerza renovadora. Cristo declara aquí su divinidad y llama a sus discípulos «los amigos del Esposo», sus amigos. Están con Él y por eso no necesitan ayunar. Sin embargo, cuando no esté Él presente visiblemente, será necesario el ayuno y la mortificación para poder verle con los ojos del alma. Dice San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la propia carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera Luz de la castidad» (Sermón 73).Y San Basilio:«Al ser nocivo para el cuerpo el demasiado cuidado y un obstáculo para el alma, es locura manifiesta servirle y mostrarse sumiso con él» (Discurso a los jóvenes 3).Con razón, pues, dice la Iglesia al Señor en un prefacio de Cuaresma: «con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa».

 

02Martes

Años impares

–Hebreos 6,10-20: La esperanza que se nos ha ofrecido es para nosotros un ancla segura y firme. Hemos de llevar una vida auténticamente cristiana, pues Dios es fiel a sus promesas y nuestra esperanza es como un ancla que nos aferra a él, Cristo Jesús, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El ancla siempre ha sido desde los primeros siglos del cristianismo un signo de la firmeza y seguridad de la fe. Muchas veces aparece pintada en las catacumbas. Los cristianos somos hombres que esperamos la futura gloria que se revelará en nosotros. San Basilio dice: «Un único motivo te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo» (Homilía 20, sobre la humildad).San Agustín afirma que toda la  esperanza del hombre «estriba solo en la gran misericordia de Dios» (Confesiones 10). Y San Juan Crisóstomo: «No desesperéis nunca. Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción, cuando las cosas van bien, y la desesperación, después de la caída. Éste segundo enemigo es mucho más terrible» (Homilía sobre la penitencia).

–Dios es siempre fiel a sus promesas salvadoras. Él se ha comprometido y no miente. Por eso, con gran ánimo y fortaleza, cantamos con el Salmo 110: «El Señor recuerda siempre su alianza. Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. El Señor ha hecho maravillas memorables, es piadoso y clemente; Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza. Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza; su nombre es sagrado y temible; la alabanza del Señor dura por siempre».

 

Años pares

–1 Samuel 16,1-13: David es ungido y la acción del Espíritu le invade. Dios muestra su benevolencia hacia David y su pueblo. Los planes de Dios no son los de los hombres (Is 55,8), y así lo comprueba Samuel, que se ve obligado a rechazar uno a uno todos los hermanos mayores de David. El cumplimiento de la voluntad del Señor es siempre la guía más segura para el cristiano. Esta voluntad de Dios, que se va manifestando a lo largo de la vida, puede ser acogida con resignación, con generosidad o con pleno abandono en Él, que es lo más perfecto. «Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (Carta llamada de Bernabé 9). Y San Agustín: «El Señor conoce mejor que el hombre lo que le conviene en cada momento» (Carta 138).

–Cantamos la elección y unción de David con el Salmo 88. En lo más pequeño se ha revelado el poder del Señor. Así se ve más claro que es Dios el que da la fuerza, el valor y la victoria a los que siguen plenamente su voluntad: «He ceñido la corona a un héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo. Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él, y mi brazo lo haga valeroso. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”, y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra». Como es obvio, David es figura de Cristo, y lo que dice el Señor de aquél lo dice  más plenamente de Cristo, Rey del universo. Él es el cumplidor exacto de la voluntad del Padre, como lo confesó varias veces: «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4,34). El camino que Él nos señaló es el cumplimiento de la voluntad divina: oír la palabra de Dios y practicarla. Es ahí donde se demuestra realmente el amor a Dios, y donde se expresa de verdad nuestro grado de unión con El: «no el que dice: “Señor, Señor”..., sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).

 

Marcos 2,23-28: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. La salvación, tema central del mensaje de Jesús, no es cuestión de antiguas observancias legales, sino de relación personal con Dios, que sólo es posible por el camino del amor. Cristo, como Hijo de Dios, es «Señor del sábado». A la nueva alianza entre Dios e Israel ha sucedido una alianza nueva entre Dios y la humanidad. Esta alianza, nueva, perfecta y definitiva, está fundada en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio: «No sólo por la ternura de sus palabras y por el ejemplo de su actos, el Señor Jesús comenzó a despojar al hombre de la observancia de la ley antigua y a revestirlo del nuevo vestido de la gracia. Así lo conduce ya en día de sábado por los sembrados, es decir, lo aplica a obras fructuosas. ¿Qué quiere decir sábado, mies, espigas? No se trata de un misterio sin importancia. El campo es todo el mundo presente; la mies del campo es, por la semilla del género humano, la cosecha abundante de los santos; las espigas del campo son los frutos de la Iglesia, que los apóstoles remueven por su actividad, nutriéndose y alimentándose de nuestros progresos.«Se levantaba ya la mies, fecunda de virtudes, con muchas espigas, a las cuales son comparados los frutos de nuestros méritos; pues, como a ellas, el mal tiempo los deteriora, o los quema el sol, o los humedecen las lluvias, o los destrozan las tempestades, o bien los segadores los amontonan en los depósitos de los graneros dichosos.«La tierra ha recibido ya la palabra de Dios, y sembrada con la semilla celestial, ha producido en el campo ubérrimo una mies abundante. Los discípulos tenían hambre de la salvación de los hombres, y [arrancando espigas] parecían extraer el alimento de las almas y atraer a la luz de la fe por los prodigios deslumbrantes que realizaban. Pero los judíos pensaban que “eso no estaba permitido en sábado”. Cristo, sin embargo, por un nuevo beneficio de su gracia, subraya la ociosidad de la ley y la acción de la gracia» (Comentario al Evangelio de San Lucas 5, 28-29).

 

02Miércoles

Años impares

Hebreos 7,1-3.15-17: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec. Quedan perfilados los rasgos del sacerdocio de Cristo: será el suyo un sacerdocio totalmente nuevo, cuya imagen puede ser la figura misteriosa de Melquisedec. De éste no se conoció su ascendencia ni su descendencia (Gen 14,17-20). Por eso es tipo del sacerdocio eterno de Cristo. Era rey de Salén, esto es, rey de paz. Abrahán lo considera superior. Todo esto es propio de Cristo. Por Él, que es nuestro Mediador, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, la Iglesia puede ofrecer y ofrece al Padre una acción de gracias, una eucaristía, perfecta y digna de Él. En la maravilla sagrada de la Eucaristía se actualiza sacramentalmente el sacrificio único de Cristo. Oigamos a San León Magno: «Está presente el Señor Jesucristo en medio de los creyentes. Por eso nuestra confianza no es temeraria, sino fiel. Pues, aunque Él está sentado a la derecha de Dios Padre, hasta que ponga a todos sus enemigos por escabel de su pies (Sal 109,1), sin embargo, no falta nunca el Sumo Pontífice de la asamblea de sus pontífices, y con razón se le canta por boca de toda la Iglesia y de todos los sacerdotes: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”. «Él mismo es Aquel cuya figura pre-significaba el pontífice Melquisedec, que no ofrecía las oblaciones judaicas, sino que inmoló el sacrificio de aquel sacramento que nuestro Redentor consagró en su Cuerpo y en su Sangre. Él mismo es aquel cuyo sacerdocio no había de pasar con el tiempo de la ley, como pasó el establecido según el orden de Aarón, sino que fue instituido con la firmeza de un juramento indisoluble, que había de celebrarse perennemente según el orden de Melquisedec. Pues, así como entre los hombres el juramento que se presenta con estas fórmulas queda sancionado como pacto perpetuo, así también la declaración del juramento divino, que se encuentra en estas promesas, fijadas en decretos inconmovibles. Y puesto que el arrepentimiento indica el cambio de voluntad, Dios no se arrepiente en aquel en que, según el beneplácito eterno, no puede querer otra cosa distinta de lo que quiso...«Honramos, pues, el día en que fuimos consagrado obispo, ya que piadosa y verdaderamente confesamos que, en todas las cosas que hacemos rectamente, Cristo es quien realiza la obra de nuestro ministerio» (Sermón 5, 3-4).

–Volvemos a cantar el sacerdocio de Cristo con el Salmo 109: «“Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”. Oráculo del Señor a mi Señor: “siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”... El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”» .El sacrificio de la Misa es una reactualización sacramental del sacrificio redentor del Calvario. Jesús en él se da a Sí mismo y se entrega sin límites a los hombres, como Sacerdote y Víctima. Toda su vida ha sido una donación continuada. Él «vino para dar su vida» (Mt, 20,28), y en la hora suprema consumó su donación en el sacrificio de la Cruz.

 

Años pares

–1 Samuel 17,32-33.37.40-51: David venció al filisteo Goliat. Comenta San Agustín: «El enemigo te da la muerte con tu misma espada; con tus mismas armas te vence y te asesina. Acepta el precepto, sabiendo que no es un arma con la que el enemigo te da muerte, sino con la que tú se la das a tu enemigo. Pero no presumas de tus fuerzas. Contempla al joven David contra Goliat: contempla al pequeño contra el grande; pequeño pero presumiendo del nombre de Dios: “Tú con escudo y lanza; yo en nombre del Señor omnipotente”. Así, así y no de otra manera has de luchar; no hay otra manera de derrotar al enemigo. Quien presume de sus fuerzas, antes de la lucha ya está derrotado» (Sermón 153,11).

–David es pequeño e insignificante, pero va hacia el enemigo «en el nombre del Señor de los ejércitos». Dios que es Roca, Alcázar, Baluarte, Escudo y Refugio, es el único que da la victoria. Esto se cumple siempre, pero más en el Reino de Cristo, en la Iglesia. Los que confían en el Señor alcanzan la salvación. Pasan los perseguidores, pasan los herejes, pasan los que niegan a Cristo, pero Él sigue reinando y reinará siempre, y con Él también su Iglesia. Lo proclamamos con el Salmo 143:«Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea. Mi Bienhechor, mi Alcázar, Baluarte donde me pongo a salvo, mi Escudo y mi Refugio, que me somete los pueblos. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo, tocaré para Ti el arpa de diez cuerdas; para Ti, que das la victoria a los reyes y salvas a David, tu siervo. Defiéndeme de la espada cruel».

 

Marcos 3,1-6: ¿Está permitido en sábado salvar a un hombre o dejarlo perecer? Sigue el problema de la legislación mosaica ante el mensaje de Cristo, que viene a salvar a todos los hombres. Los contemporáneos de Jesús no quieren recibir la verdad, no aceptan el verdadero sentido de la ley, no reconocen la hora del amor supremo que Cristo viene a instaurar. No entienden que Jesucristo, con su doctrina y con su conducta, aunque aparentemente rompe el orden religioso de Moisés, «no viene a abrogar la Ley, sino a consumarla» en el amor (Mt 5,17). Es ésta una de las características más auténticas de la vida cristiana. Dice San Bernardo: «El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal que se recurra a su principio y origen, con tal que vuelva siempre a su fuente y sea una misma emanación de sí mismo» (Sermón 83).  San Agustín decía: «cuanto más amo, me siento todavía más deudor» (Carta 192).

 

02Jueves

Años impares

–Hebreos 7,25–8,6: Cristo, ofreciéndose a sí mismo, ofreció su sacrificio de una vez para siempre. En clara distinción respecto del sacerdocio del Antiguo Testamento, Jesús, único y eterno Sacerdote, que vive por siempre junto al Padre para interceder en favor de nosotros, ofreció un sacrificio único, la ofrenda que hizo de sí mismo en el Calvario. San Fulgencio de Ruspe dice muy bellamente: «Él es quien en Sí mismo hace lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención. Es decir, Él mismo es el sacerdote y el sacrificio; es Dios y templo; es el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos y el Dios con quien nos hemos reconciliado. Ten, pues, por absolutamente seguro y no dudes en modo alguno, que el mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios en olor de suavidad, como sacrificio y hostia. «El mismo, en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían en tiempos del Antiguo Testamento sacrificio de animales; Él mismo es aquél a quien ahora, en el tiempo del Nuevo Testamento, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer por todo el universo de la tierra, como sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (De fide ad Petrum 22).

–Como en días anteriores, también hoy empleamos el Salmo 109: Oh Cristo, «tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec».

 

Años pares

–1 Samuel 18,6-9; 19,1-7: Mi padre, Saúl, te busca para matarte. Saúl siente envidia del éxito logrado por David entre el pueblo. Pero Jonatán, su hijo, que es amigo íntimo de David, le previene del peligro. Sobre la amistad nos ofrece el Beato Elredo estas palabras: «Esta es la verdadera, perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la que a pesar de tantos golpes, no cae; la que batida por tantas injurias, se muestra inflexible» (Tratado sobre la amistad espiritual 3).Y San León Magno: «Amándonos Dios, nos restituye a su imagen. Y para que halle en nosotros la imagen de su bondad, nos concede que podamos hacer lo que Él hace, iluminando nuestras inteligencias e inflamando nuestros corazones, a fin de que no solamente le amemos a Él, sino también a cuanto Él ama. Si entre los hombres se da una firme amistad cuando los ha unido la semejanza de costumbres (aunque sucede muchas veces que la conformidad de costumbres y deseos conduce a malos afectos), ¡cuánto más debemos desear y esforzarnos por conformarnos con aquellas cosas que Dios ama!» (Sermón 12, 1 sobre el ayuno del mes de diciembre).

–Por muy grande que sea la persecución y por mucho que aumenten las dificultades, el alma piadosa confía siempre en Dios. Confesamos, por eso, con el Salmo 55: «En Dios confío y no temo. Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me cercan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa. Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío... En Dios, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo. ¿Qué podrá hacerme un hombre? Te debo, Dios mío, los votos que hice; los cumpliré con acción de gracias». Esa confianza inalterable, aún en medio de las mayores angustias, se fundamenta en la amistad del alma con Dios. Así dice San Gregorio Magno:«¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! Ni siquiera somos siervos dignos suyos, y nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre al ser amigo de Dios! » (Homilía 27 sobre los Evangelios).

 

–Marcos 3,7-12: Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Aquellos espíritus, reconociendo su derrota, manifestaban el poder salvífico de Jesucristo. ¿Reconocen ese poder cuando nos tientan a nosotros? ¿Por qué permite Dios nuestras tentaciones? Porque nos son útiles. Oigamos a San Juan Crisóstomo: Permite Dios que seas tentado, «primero, para que te des cuenta de que ahora eres ya más fuerte. Luego, para que tengas moderación y humildad y no te engrías por los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Además de eso, la malicia del demonio, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por las pruebas de las tentaciones puede tener certidumbre plena que te has apartado de él definitivamente. Hay un cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Y un quinto: te hacen comprobar mejor lo preciosos que son los tesoros que se te han confiado, porque si no viera el demonio que estás ahora constituido en más alto honor, no te hubiera atacado» (Homilía 13 sobre San Mateo).El Pastor de Hermas dice que «el diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en El. Puede, sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Hermas 2).Nosotros no confiemos en sus halagos y fascinaciones. A veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14).

 

02Viernes

Años impares

–Hebreos 8,6-13: Cristo es Mediador de una alianza mejor. El tema de la alianza es central en la Carta a los Hebreos. Allí se encuentra esa palabra más veces que en los demás libros del Nuevo Testamento. La comparación entre las dos alianzas, la Antigua, dada a Moisés y grabada en piedra, y la Nueva, dada por Cristo y grabada en la inteligencia y en el corazón de los fieles por el Espíritu Santo, desarrolla el texto de Jeremías (Jer 31,31-34), donde el profeta anuncia la alianza interior de Yahvé con su pueblo. Orígenes comenta: «Todos los que hemos recibido la palabra del Señor somos “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 Pe 2, 9). Si, pues, alguno de nosotros, que hemos sido constituidos en el orden de la estirpe real, ha sido llevado por el diablo cautivo, sin duda ha sido trasladado del cortejo real a Babilonia y hace alianza con Nabucodonosor porque despreció la alianza con Dios.«Es imposible que el hombre viva sin una u otra alianza. Si mantienes en ti el testamento de Dios, Nabucodonosor no puede hacer alianza contigo. Y si rechazaste el testamento de Dios, por la prevaricación de sus mandatos, has hecho pacto con Nabucodonosor. Pues está escrito: “hizo con él un pacto” (Ez 17,13), y “se vistió como un traje la maldición” (Sal 108,18)» (Homilía 12,17 sobre Ezequiel).

–Lo que fue promesa se ha hecho ahora realidad en Jesucristo, y lo que fue anuncio de la constante misericordia de Dios se ha manifestado plenamente en Cristo con el carácter de lo definitivo. Él es al mismo tiempo misericordia y fidelidad. Celebramos orantes ese misterio de gracia con el Salmo 84: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra... La justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo».

 

Años pares

–1 Samuel 24 3-21: No extenderé la mano contra él, porque es el ungido del Señor. Saúl persigue a muerte a David. Y cuando éste lo encuentra solo y lo tiene a su merced, sin embargo, no levanta la mano contra él por respeto al ungido del Señor. No se venga. Saúl conoce por esto y por otros signos que David es el elegido del Señor, pero no por eso cambia hacia él sus sentimientos. Pueden más en él la envidia y la soberbia. El perdón otorgado por David a su mayor enemigo es un ejemplo perfecto. Pudo vengarse y no lo hizo, guardado del mal por temor de Dios. También San León Magno exhorta al perdón: «Amadísimos, acordándonos de nuestras debilidades, que nos han hecho caer en toda clase de faltas, guardémonos de descuidar este remedio primordial [del perdón] y este medio tan eficaz en la curación de nuestras heridas. Perdonemos, para que se nos perdone; concedamos la gracia que nosotros pedimos. No busquemos la venganza, ya que nosotros mismos suplicamos que se nos perdone. No nos hagamos el sordo a los gemidos de los pobres; otorguemos con diligente benignidad la misericordia a los indigentes, para que podamos encontrar también nosotros misericordia el día del juicio» (Sermón 39,6).

–El ejemplo de David, acosado y salvado, nos mueve a elevar a Dios un canto de confianza con el Salmo 55. La fuerza protectora de Dios es más poderosa que la acción de los enemigos: «En Dios confío y no temo. Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa. Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco y así sabré que eres mi Dios. En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo; ¿qué podrá hacerme un hombre? Te debo, Dios mío, los votos que hice; los cumpliré con acción de gracias».

 

–Marcos 3,13-19: Llamó a los que quiso y los hizo sus compañeros. Jesús elige a sus apóstoles para que estén siempre con Él y para enviarlos a predicar. No es posible ser apóstol de Cristo si no se está unido íntimamente a Él. Difícilmente se podrá misionar si no estamos llenos de Cristo por la oración. San Agustín insiste en ello con frecuencia: «Antes de permitir a la lengua que hable, el apóstol debe elevar a Dios su alma sedienta, con el fin de dar lo que hubiese bebido y esparcir aquello de que le haya llenado» (Doctrina Cristiana 1,4). El cristiano, «para que aprenda a amar a su prójimo como a sí mismo, debe antes amar a Dios como a sí mismo» (Comentario al Salmo 118). Y San Ambrosio: «Recibe a Cristo para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo... Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede humedecida y regada por sus propias fuentes» (Carta 2,1-2). En fin, San Gregorio: «San Juan Bautista escuchaba en su interior la voz de la Verdad para manifestar al exterior lo que oía» (Homilía 20 sobre los Evangelios). Ésta ha sido la doctrina constante de la Iglesia: de la unión vital con Cristo depende la fecundidad de todo apostolado. Si no «estamos con Él», no podemos ser «enviados a predicar».

 

02Sábado

Años impares

–Hebreos 9,2-3.11-14: Entró una vez para siempre en el Santuario con su sangre. Gran diferencia entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio de Aarón: no hay en la Cruz sangre de cabritos, sino la suya; no se ofrece muchas veces el sacrificio, sino una sola vez. Es la eficacia infinita del sacerdocio y sacrificio de Cristo. Comenta San León Magno: «Oh admirable poder de la Cruz... En ella está el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del Crucificado. En ella “atrajiste a todos hacia Ti”, Señor, a fin de que el culto de todas las naciones del orbe, celebrara, mediante un sacrificio pleno y manifiesto, lo que se realizaba en el Templo de Judea como sombra y figura. Ahora, en efecto, es más ilustre el orden de los levitas, más alta la dignidad de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes; porque tu Cruz es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia. Por ella, los creyentes reciben de la debilidad la fuerza, del oprobio la gloria y de la muerte la vida» (Sermón octavo sobre la Pasión 4).

–La lectura anterior nos mueve a cantar con el Salmo 46 la exaltación de Cristo en la Cruz. Es el Misterio Pascual: Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión del Señor a los cielos. Jesús se anonadó y Dios lo exaltó: «Dios asciende entre aclamaciones, al son de trompetas... Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con grito de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra..., porque el Señor es el Rey del mundo: tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones. Dios se sienta en su trono sagrado».

Años pares

–2 Samuel 1,1-4.11-12.19.23-27: Lealtad de David ante la muerte de Saúl y Jonatán. Emotiva y bella elegía de David:  «¡cómo cayeron los valientes!»... Saúl es y sigue siendo el ungido del Señor, y es gravemente escandaloso que un hombre elegido por Dios tenga semejante destino. Serán necesarios todavía muchos siglos antes de que la humanidad aprenda a unir en Jesucristo unción divina y muerte escandalosa. Pero, en realidad la muerte de Jesús no es vergonzosa, sino sublime. Reina Cristo desde la Cruz. Destruye en ella el pecado y la muerte. San Teodoro Estudita escribe: «La Cruz es el madero al cual subió Cristo, como un Rey a su carro de combate, para desde allí, vencer al demonio, que ostentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud del tirano» (Sobre la Cruz).

–Israel entendió siempre sus desgracias como castigo de Dios por sus infidelidades. La voz de los elegidos se alza entonces en un grito de socorro. El mismo pueblo, aunque humillado y castigado, continúa siendo el pueblo de Dios. La misericordia de Dios prevalecerá sobre la miseria de su pueblo, y lo sacará de la desgracia. Su misericordia y fidelidad son eternas, como lo cantamos en el Salmo 79:«Que brille tu rostro, Señor, y nos salve. Pastor de Israel, escucha; Tú que guías a José como a un rebaño; Tú que te sientas sobre querubines, resplandece, ante Efraín, Benjamín y Manasés. Despierta tu poder y ven a salvarnos. Señor, Dios de los Ejércitos ¿hasta cuándo estarás airado mientras tu pueblo te suplica? Le diste a comer llanto, a beber lágrimas a tragos: nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros». Así oraba Israel. Pero nosotros sabemos que Cristo vence y que con Él venceremos también nosotros en todos nuestros peligros.

 

–Marcos 3,20-21: Su familia decía que no estaba en sus cabales. Un grupo de familiares de Jesús sale a su encuentro, porque corría la voz de que estaba loco. Esa misma calumnia vuelve a ser aludida en ese mismo Evangelio. Oigamos a San Gregorio Magno: «Un sector del pueblo enjuicia peyorativamente la obra y el mensaje de Cristo. Al no aceptar con sencillez su excelsa doctrina lo juzgan como a un iluso. Hasta allí llegó la humillación del Salvador, que se agrandará en la hora de la Pasión y Muerte. Hemos de aprender de la entereza de Cristo al sufrir tan gran difamación y calumnia.«¿Qué importa que los hombres nos deshonren, si nuestra conciencia nos defiende? Sin embargo, de la misma manera que no debemos excitar intencionadamente las lenguas de los que injurian para que no perezcan, debemos sufrir con ánimo tranquilo las movidas por su propia malicia, para que crezca nuestro mérito. Por eso se dice: “gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es muy grande en los cielos” (Mt 5,12)» (Sermones sobre el Evangelio 17).

 

3ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra. Honor y majestad le preceden, fuerza y esplendor están en su templo» (Sal 96,1.6).
Colecta (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto».
Ofertorio (Veronense): «Señor, recibe con bondad nuestros dones, y haz que lleguen a ser para nosotros dones de salvación».
Comunión cantamos: «Contemplad al Señor y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará» (Sal 33,6). O bien: «Yo soy la luz del mundo el que me sigue no camina vida» (Jn 8,12).
Postcomunión (del Misal anterior, y antes del Gelasiano): «Dios todopoderoso, que cuantos hemos alcanzado tu gracia vivificadora, nos alegremos siempre de este don admirable que nos haces».

 

03CICLO A

Nuestro Salvador comienza a evangelizar precisamente en Galilea, región menospreciada desde Judea y tenida por escasamente religiosa

.–Isaías 9,1-4: En la Galilea de los Gentiles el pueblo vio una luz grande. Isaías proclama la condición mesiánica del Emmanuel, como Luz divina destinada a disipar las tinieblas de la vida humana. El tema de la luz es de gran importancia en la Sagrada Escritura. Aquí el tema de la luz anuncia la liberación ya próxima de las provincias caídas en manos de los asirios. Se trata de una liberación vinculada a la persona del futuro Rey, que no es otro que el Mesías. La luz, elemento esencial de la felicidad futura, significa a la vez salvación, liberación de la opresión y del pecado, participación en la gloria del personaje mesiánico. Como veremos en la lectura evangélica, esa profecía la ve cumplida San Mateo cuando comienza la predicación de Jesucristo en Galilea

.–Con razón, pues, cantamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, espera en el Señor».

 

–1 Corintios 1,10-13.17: Poneos de acuerdo y no andéis divididos. Jesús sigue siendo en la Iglesia la única luz verdadera que ilumina y salva. Los valores humanos pueden deslumbrar las conciencias, con el riesgo de oscurecer en ellas la primacía absoluta de Cristo, la necesidad del Salvador. El gran principio que surge de esta lectura paulina es el hecho de la unidad de los cristianos en la única fe en Cristo, ya que los ministros del Evangelio no son más que instrumentos de una única salvación, realizada por Jesucristo. San Gregorio de Nisa dice que «si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación (1 Cor 1,30), nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación, no con palabras, sino con los actos de nuestra vida» (Tratado sobre el perfecto modelo cristiano).

 

–Mateo 4,12-23: Vino a Cafarnaún para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías. Al Corazón redentor de Cristo se llega mediante una conversión que nos disponga a ser iluminados por Él, y que nos permita seguirle con fidelidad de discípulos. Y no debe maravillarnos que la luz del Salvador llegue a veces a hombres que están muy lejos de Él. Así dice San Juan Crisóstomo: «“El pueblo sentado en las tinieblas vio una luz grande”. Tinieblas llama aquí el profeta no a las tinieblas sensibles, sino al error y a la impiedad. De aquí que añade: “A los sentados en la región y sombras de la muerte una luz les ha salido”. Para que os dierais cuenta de que ni la luz ni las tinieblas son aquí las tinieblas y la luz sensibles, hablando de luz, no la llamó así simplemente, sino “luz grande”, la misma que en otra parte llama la Escritura “luz verdadera” (Jn 1,9); y, explicando las tinieblas, les dio el nombre de “sombras de muerte”.«Luego, para hacer ver que no fueron ellos quienes, por haberle buscado, encontraron a Dios, sino que fue éste quien del cielo se les apareció, dice: “una luz salió para ellos”, es decir, la luz misma salió y brilló para ellos, no que ellos corrieran primero hacia la luz. Y ésta es la verdad, pues antes de la venida de Cristo, la situación del género humano era extrema. Porque no solamente caminaban los hombres en tinieblas, sino que estaban “sentados” en ellas, que es señal de no tener ni esperanza de salir de ellas. Como si no supieran por dónde tenían que andar, envueltos por las tinieblas, se habían sentado en ellas, pues ya no tenían fuerza ni para mantenerse en pie» (Homilía sobre San Mateo 14,1).

 

03CICLO B

El llamamiento a la salvación, garantizado por la presencia de Jesús Redentor en medio de los hombres, no puede ser acogido sin un profundo cambio personal y colectivo. No podemos alcanzar la salvación sin un cambio radical de nuestra vida. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para hacer de los hombres hijos de Dios. Pero quiere una opción personal por parte de los hombres. Él no coacciona. Nos deja en el uso pleno de nuestra libertad, que ha de ejercitarse hacia el bien y no degenerar en el libertinaje. Se requiere una decisión vital, un compromiso profundo de fidelidad al Corazón de Cristo Redentor, que cambia toda nuestra vida interior y externamente. El encuentro con el Salvador ha de producir en nosotros una «conversión», un cambio de vida, de mentalidad y de costumbres.

–Jonás 3,1-5.10: Los ninivitas se convirtieron de su vida. El libro profético de Jonás constituye todo él una parábola reveladora. En él se manifiesta claramente la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Oigamos a San Ireneo: «Dios toleró con paciencia que Jonás fuese engullido por el cetáceo, no para que fuese absorbido y destruido definitivamente, sino para que, una vez arrojado de nuevo, fuera más sumiso a Dios y diese mayor gloria a aquél que le había otorgado una salvación tan inesperada, induciendo a los ninivitas a una firme penitencia y convirtiéndolos al Señor, que los había de librar de la muerte, con el estupor que les causó aquel milagro de Jonás. Porque así dice de ellos la Escritura: “todos se retractaron de sus malos caminos y de la injusticia de sus manos, diciendo: ¿quién sabe si Dios se arrepentirá y apartará de nosotros su ira, y así no pereceremos?”. «De manera semejante, Dios toleró pacientemente en los comienzos que el hombre fuese engullido por aquel gran cetáceo, que era el autor de la prevaricación, no para que fuese absorbido y pereciese definitivamente, sino estableciendo y preparando de antemano un medio de salvación, que fue llevado a la práctica por el Verbo mediante “el signo de Jonás” (Lc 11,29-30), para aquellos que tienen con respecto al Señor los mismos sentimientos que Jonás, confesándolo con sus mismas palabras: “siervo del Señor soy yo, y adoro al Dios Señor del cielo, que hizo el mar y la tierra” (Jon 1,9).«De esta forma, el hombre, recibiendo de Dios una salvación inesperada, resucita de entre los muertos y glorifica a Dios y pronuncia las palabras proféticas de Jonás: “Grité al Señor mi Dios en mi tribulación y me oyó desde el seno del infierno” (Jon 2,2). Así el hombre permanece para siempre glorificando a Dios y le da gracias sin interrupción por la salvación que obtuvo de Él» (Contra las herejías III,19, 3ss)

.–Con el Salmo 24 pedimos al Señor que nos instruya en sus sendas, para que caminemos con lealtad. La ternura y la misericordia del Señor son eternas. Él es bueno y recto y enseña su camino a los pecadores. Él hace caminar a los humildes con rectitud.

 

–1 Corintios 7,29-31: La apariencia de este mundo se termina. Para el verdadero creyente, la brevedad de la vida temporal no significa sino la oportunidad de aceptar la gracia y llegar a esa salvación próxima y definitiva que Cristo Jesús nos ofrece. Esa esperanza viva de los bienes eternos inminentes es lo que permite a los fieles actuar con total libertad de espíritu, y no como esclavos de las cosas temporales. Es verdad, sin embargo, que en el camino de la vida presente hay muchos enemigos y tentaciones. Escribe Casiano: «Que estos enemigos se oponen a nuestro progreso lo decimos solamente en cuanto nos mueven al mal, no porque creamos que nos determinen efectivamente a él. Por lo demás, ningún hombre podría en absoluto evitar cualquier pecado, si esos enemigos tuvieran tanto poder para vencernos, como lo tienen para tentarnos. Si, por una parte, es verdad que tienen el poder para incitarnos al mal, por otra, es también cierto que se nos ha dado a nosotros la fuerza de rechazar sus sugestiones y la libertad de no consentir en ellas.«Y si su poder y sus ataques engendran en nosotros el temor, no perdamos de vista que contamos con la protección y la ayuda del Señor. Su gracia combate a nuestro favor con un poder incomparablemente superior al de toda esa multitud de adversarios que nos acosan. Dios no se limita únicamente a inspirarnos el bien, sino que nos impulsa a cumplirlo... Es, pues, un hecho cierto que el demonio no puede reducir a nadie, si no es a aquél que libremente le presta el consentimiento de su voluntad» (Colaciones 7,8).

 

–Marcos 1,14-20: Convertíos y creed la Buena Noticia. El camino de salvación, que el Evangelio nos ofrece, exige una sincera renuncia personal a nuestra anterior vida tarada o pagana, para seguir fielmente a Cristo Salvador. La conversión evangélica es la apertura decidida del corazón del hombre al Corazón de Jesucristo. San Clemente Romano escribe: «Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo, y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos de Dios y Padre suyo, ya que derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.«Recorramos todas las etapas de la historia, y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentimiento a todos los que han querido convertirse a El. Noé predicó la penitencia, y los que le hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero ellos, haciendo penitencia de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de Dios.«Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo, hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló también de la conversión, avalando sus palabras con un juramento: “por mi vida, dice el Señor, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambien de conducta” [Ez 33,11]... Queriendo, pues, que todos los que Él ama se beneficien de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente.«Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad e, implorando humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia, abandonando las obras vanas, las riñas y las envidias, cosas que llevan a la muerte. Seamos, pues, hermanos, humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia y altanería, toda insensatez [...] Recordemos las palabras del Señor Jesús con las que enseña la equidad y la bondad» (Carta a los Corintios VII,4–XIII,1).

 

03CICLO C

La Iglesia, ante todo por su acción litúrgica, renueva y verifica la presencia viva de Jesús en medio de su pueblo. Cristo, después de treinta años de vida oculta en Nazaret, se manifiesta públicamente para mostrar a los hombres el camino de la salvación. Pero muchos no quisieron seguirlo; más aún le contradijeron, le calumniaron y, al final, le dieron muerte. También a nosotros nos puede suceder lo mismo, si no queremos secundar los preceptos del Señor y preferimos seguir nuestros caprichos y malos deseos. La Palabra de Dios proclamada en la liturgia nos interpela hoy, y pide nuestro asentimiento de fe y también nuestra correspondencia a ella con una conducta recta

.–Nehemías 2, 1-4.5-6.8-10: Leyeron el libro de la ley, y todo el pueblo estaba atento. En la historia de la salvación Dios se sirvió de Esdras y de Nehemías para reafirmar la fe y renovar la vida religiosa de su pueblo, preparándolo para una Alianza nueva y definitiva, la perfecta Alianza de salvación y de santidad que Cristo selló con su Sangre. San Efrén afirma: El Señor «escondió en su Palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse. La Palabra de Dios es el árbol de la vida, que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus ramas, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos sus lados una bebida espiritual» (Comentario sobre el Diatesarón 1).Y San Agustín dice: «No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del Pastor. Retiraos a los montes de las Santas Escrituras; allí encontraréis las delicias de vuestro corazón, y nada hallaréis allí que os pueda envenenar o dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran» (Sermón 46 sobre los Pastores).

–Con el Salmo 18 bendecimos a Dios, que con su Palabra luminosa nos reveló los caminos que llevan a la vida eterna: «Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos».

 

–1 Corintios12,12-30: Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y cada uno es su miembro. Llegada la plenitud de los tiempos, Cristo mismo fue el autor y el consumador de la Nueva Alianza, santificando a su Iglesia con los dones y gracias de su Espíritu. San Agustín ha comentado este texto paulino en sus sermones unas diecisiete veces. Escogemos aquí un párrafo: «“Nadie sube al cielo, sino quien bajó del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo”. Parece que estas palabras se refieren únicamente a Él, como si ninguno de nosotros tuviese acceso a Él. Pero tales palabras se dijeron en atención a la unidad que formamos, según la cual Él es nuestra Cabeza y nosotros su Cuerpo. «Nadie, pues, sino Él, puesto que nosotros somos Él, en cuanto que Él es Hijo del Hombre por nosotros y nosotros hijos de Dios por Él. Así habla el Apóstol: “de igual manera que el Cuerpo es único y tiene muchos miembros, y todos los miembros del Cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Cor 12,12). No dijo: “así Cristo”, sino “así también Cristo”. A Cristo lo constituyen muchos miembros, que son con Él un único Cuerpo» (Sermón 263, A, 2).

 

–Lucas 1,1-4: 4,14-21: Hoy se cumple esta Escritura. En la Nueva Alianza es Jesús, personalmente, la última Palabra viva del Padre y la plenitud definitiva de la Revelación divina para los hombres. En la sinagoga de Nazaret nos da Jesús un solemne testimonio del valor profético de la Palabra de Dios. Comenta San Ambrosio: «Tomó después el libro para mostrar que Él es el que ha hablado en los profetas y atajar las blasfemias de los pérfidos, los que enseñan que hay un Dios del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, o bien que Cristo comenzó a partir de la Virgen. ¿Cómo Él toma origen de la Virgen si antes de la Virgen Él hablaba?«“El Espíritu está sobre Mí”. Descubre, pues, aquí la Trinidad perfecta y coeterna. La Escritura nos afirma que Jesús es Dios y hombre, perfecto en lo uno y en lo otro. Él también nos habla del Padre y del Espíritu Santo... ¿Qué testimonio podemos encontrar más grande que el de Él mismo, que afirma haber hablado por los profetas? El fue ungido con un óleo espiritual y una fuerza eclesial, a fin de inundar la pobreza de la naturaleza humana con el tesoro eterno de la resurrección, para eliminar la cautividad del alma, para iluminar la ceguera espiritual, para proclamar el año del Señor, que se extiende sobre los tiempos sin fin y no conoce las jornadas de trabajo, sino que concede a los hombres frutos y descanso continuos» (Comentario a San Lucas IV, 44-45).

 

03Lunes

Años impares

Hebreos 9, 15,24-28: Él se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados. La segunda vez se aparecerá a los que lo esperan. La Nueva Alianza, de la que Cristo es el Mediador, es una Alianza eterna, no sólo por ser interminable, sino porque pertenece a la eternidad del Santuario divino. En el sacrificio de la Nueva Alianza, se ofreció Cristo para nuestra salvación, y ahora quiere ofrecernos también a nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. Así lo explica Orígenes: «Si yo renuncio a todas las cosas que poseo y tomo mi cruz y sigo a Cristo, ofrezco el holocausto en el altar de Dios. Si castigo mi cuerpo, de modo que esté encendido en el fuego de la caridad, o si alcanzo la gloria del martirio, me ofrezco a mí mismo como holocausto en el altar de Dios. Si amo a mis hermanos hasta entregar mi vida por ellos y lucho hasta morir en aras de la justicia y de la verdad, ofrezco un holocausto en el altar de Dios. Si mortifico mis miembros de toda concupiscencia, y el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, ofrezco un sacrificio en el altar de Dios.«Así es como yo me hago sacerdote de mi propia ofrenda. De este modo se ejerce el sacerdocio en la primera estancia y se ofrecen sacrificios. Desde ella, el pontífice, revestido con los ornamentos sagrados, se adelanta y entra en lo interior del velo, según las palabras de San Pablo citadas anteriormente: “pues no entró Jesús en un santuario hecho de mano humana, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora en el acatamiento de Dios a favor nuestro” (Heb 9,24). Así es como los cielos y el trono mismo de Dios están prefigurados por la imagen de la estancia interior» (Homilía sobre el Levítico 16,9).

–Jesucristo resucitado, Mediador de todos los hombres, cancelando el pecado mediante su muerte, se ha constituido en el «ahora» de la salvación. Al librarlo por la resurrección de todo lo caduco, Dios en Él ha hecho a todos posible vencer las ataduras del pecado y del tiempo, y abrirse así a la última venida gloriosa del Salvador, en la que se establecerá plenamente una salvación en la que ya estará definitivamente ausente el pecado. Por eso cantamos jubilosos con el Salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios».

Años pares

–2 Samuel 5,1-7.10: Tú serás el pastor de mi pueblo Israel. David es proclamado rey de Israel. Ya lo era de Judá. No logró esa ampliación de su poder real sin derramamiento de sangre: Saúl, Jonatán, Isabael... Estas muertes favorecían a David, pero él no tuvo parte en ellas. Los planes de Dios se cumplen, no obstante las ignorancias y los errores de los hombres. Por eso nosotros hemos de estar siempre dispuestos a cumplir la voluntad de Dios con todo amor y confianza. San León Magno nos asegura que la voluntad de Dios es siempre buena, y no puede dejar de serlo: «Dios todopoderoso y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya acción es misericordia, desde el mismo instante en que la malignidad del diablo nos hubo emponzoñado con el veneno mortal de la envidia, señala ya los remedios con que su piedad se proponía socorrer a los mortales. Esto lo hizo desde el principio del mundo...«Ha sido, pues, amadísimos, el plan de un profundo designio, en el que un Dios, que no se muda, y cuya voluntad no puede dejar de ser buena, ha cumplido, mediante un misterio aún más profundo, la primera disposición de su bondad, de manera que el hombre, arrastrado hacia el mal por la astucia y malicia del demonio, no pereciese, trastornando el plan divino» (Sermón 22,1).Y en otra ocasión  añade: «El diablo y sus ángeles dirigen sus insidias y se aplican a tentar de innumerables maneras al hombre que tiende hacia las alturas, ya sea amedrentándole en lo adverso o corrompiéndole en la prosperidad. Pero “el que está con nosotros es mayor que el que está contra nosotros” (1 Jn 4,4). A los que están en paz con Dios y que continuamente dicen de todo corazón a su Padre: “hágase tu voluntad”, no podrá vencerlos ningún combate ni dañarlos ningún conflicto» (Sermón 26,4).

–David ha comenzado a actuar, y la mano del Señor está con él. Pronto se convierte en signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por eso, su victoria y su fuerza salvadora nos llevan a cantar con el Salmo 88 la misericordia y la fidelidad de Dios, que ha hecho maravillas con nosotros por la salvación realizada en Cristo, figurado siglos antes por David: «Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán. Un día hablaste en visión a tus  amigos: “He ceñido la corona a un héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo. Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso... Por mi nombre crecerá su poder: extenderé su izquierda hasta el  mar y su derecha hasta el Gran Río”». La autoridad que el Señor confiere a ciertos hombres ha de ser siempre un servicio de amor, como San Agustín dice: «En la casa del justo, que vive de la fe y peregrina aún lejos de la ciudad celeste, sirven también los que mandan a aquellos a quienes parecen dominar. Y es que no les mandan por deseo de dominio, sino por deber de caridad; no por orgullo de reinar, sino por bondad de ayudar» (Ciudad de Dios 19,14).

 

–Marcos 3,22-30: El corazón endurecido, bajo el influjo de Satanás, blasfema contra el Espíritu Santo. San Agustín explica en que consiste esa blasfemia: «La caridad perfecta es el don del Espíritu Santo. Pero antes de todo está el perdón de los pecados. Por este beneficio somos sacados del poder de las tinieblas, y “el príncipe de este mundo es arrojado fuera” por la fe, pues en los hijos de la infidelidad obra precisamente con la fuerza que tiene por la ligadura del pecado. Y en el poder de ese Espíritu Santo, por el que el pueblo de Dios es congregado en la unidad, es arrojado el príncipe de este mundo, que contra sí mismo se divide. «Pues bien, contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios, habla el corazón impenitente. Y esa misma impenitencia es el espíritu de blasfemia, que no se perdona ni en este siglo ni en el futuro. Es así como pronuncia una palabra muy mala, demasiado impía, contra el Espíritu Santo, en el que son bautizados aquellos cuyos pecados son perdonados. La Iglesia, en cambio, recibe ese Espíritu para que le sean perdonados los pecados a aquel a quien ella los perdona. «Por el contrario, aunque la paciencia de Dios llama a penitencia, el pecador, por la dureza de su corazón, por su corazón impenitente, atesora ira para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno según sus obras. Con este especial nombre de impenitencia podemos designar de algún modo a la blasfemia y a la palabra contra el Espíritu Santo, que nunca será perdonada. Es la impenitencia final. El pecador no ha querido arrepentirse» (Sermón 71).

 

03Martes

Años impares

–Hebreos 10,1-10: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad. Desde la Encarnación Cristo ha llevado a la práctica estas palabras del salmista (39,7-8), en las que se anuncia que Él había de cumplir en todo la voluntad de Dios, en lo cual consiste el sacrificio perfecto. Así establece Jesucristo un nuevo y definitivo culto, en el que hay ofrenda de la voluntad interna y oblación externa. Una vez más, la Antigua Alianza aparece como figura de la Nueva. Cristo es la Víctima perfecta por la oblación total de su naturaleza humana. San León Magno enseña: «Para reconciliar a los hombres había de ser ofrecida una víctima que fuera de nuestra raza, pero ajena a nuestra corrupción. Por eso, el plan de Dios, que era borrar el pecado del mundo, había de extenderse a todas las generaciones, a todos los siglos y a los misterios, según las diversas épocas» (Sermón 23,3). «La sangre inocente vertida en favor de los culpables fue, en efecto, tan poderosa para conseguir la gracia, tan rica para pagar la deuda, que, si todos los cautivos creyesen en su Redentor, ninguno se vería retenido por las cadenas del tirano... Digan ellos con qué sacrificio han sido reconciliados, con qué sangre han sido redimidos... ¿Qué sacrificio fue alguna vez más sagrado que aquel que el auténtico Pontífice realizó sobre el altar de la cruz, inmolando sobre ella su propia carne?... Podemos, pues, gloriarnos del poder del que, en la debilidad de nuestra carne, se ha enfrentado con un enemigo soberbio, y ha hecho partícipe de su victoria a aquellos en cuyo cuerpo ha triunfado» (Sermón 64,3).

–Oremos, pues, con Cristo las palabras del Salmo 39: «Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito: me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: “Aquí estoy”. He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. No he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad, ante la gran asamblea. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Éste Salmo señala el que es también nuestro camino. Así seguimos a Cristo en todo, para hacer en todo la voluntad del Padre.

 

Años pares

–2 Samuel 6,12-15.17-19: Iban llevando los israelitas el arca del Señor entre vítores a la Ciudad de David. Por el camino van ofreciendo muchos sacrificios. Y el mismo rey David danza ante el arca... Si esto se hizo ante el arca, ¿qué no hemos de hacer ante la sagrada Eucaristía?... Dice Orígenes: «Conocéis vosotros, los que soléis asistir a los misterios divinos, cómo cuando recibís el Cuerpo del Señor lo guardáis con toda cautela y veneración, para que no caiga ni un poco de él, ni desaparezca algo del don consagrado. Pues os creéis reos, y rectamente por cierto, si se pierde algo de él por negligencia» (Homilía 13 sobre el Éxodo). Lo mismo dicen también Tertuliano, San Gregorio de Nisa, San Cirilo de Jerusalén, San Agustín y otros muchos Padres. Todos muestran gran veneración por el Cuerpo y la Sangre del Señor, por su presencia eucarística. ¿Y nosotros?

–Con el Salmo 23 cantamos la gloriosa presencia del Señor, que invade el Santuario. Si el arca era signo de esa presencia, mucho más aún lo es la sagrada Eucaristía: «¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en persona. ¡Portones! alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra. ¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos: Él es el Rey de la gloria». Esta devota veneración por lo sagrado, tan propia de Israel, hemos de tenerla nosotros, cristianos, por todo lo sagrado, pero muy especialmente por la Eucaristía, la suprema sacralidad cristiana, que contiene al Santo de los Santos, el mismo Jesucristo, nuestro Señor. San Juan Crisóstomo decía: «Los ángeles rodean al sacerdote. Todo el Santuario y el espacio que circunda al altar están ocupados por las potencias celestes, para honrar a Aquél que está presente en el altar»  (Homilía 6 sobre el sacerdocio).

 

–Marcos 3,31-35: El que cumple la voluntad de Dios ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Éste fue un elogio grande que Jesús hizo de la Virgen María, pues ninguna persona humana ha cumplido la voluntad de Dios como Ella. Su fíat fue sumamente meritorio y eficaz para la salvación de los hombres. Dice San Bernardo: «Ya que en Su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5)Y San Agustín afirma: «El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir, y cuándo lo ha de hacer» (Carta 138).El abandono en Dios lleva consigo una confianza en Él sin límites. Por él se ve a Dios, como un Padre providente, en todos y en cada uno de los momentos de la propia existencia, también en la cruz y en la tribulación. Eso es lo único que puede guardar siempre nuestras vidas en una gran paz y alegría.

 

03Miércoles

Años impares

–Hebreos 10,11-18: Cristo ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. El sacrificio único ofrecido por Jesucristo, aceptado por el Padre, que le glorifica en la resurrección, obtiene para los hombres el perdón de los pecados. En esto consiste la nueva y definitiva Alianza. Nada entendemos de la Carta a los Hebreos si no tenemos una conciencia muy profunda de la malicia del pecado, como muerte que separa de Dios, fuente de la vida. Dice San Agustín: «Se ofrece al Padre un sacrificio nuevo y verdadero de reconciliación, no en el Templo, cuya dignidad ha ya terminado, ni dentro de los muros de la ciudad, que en castigo de su crimen ha de ser destruida, sino en el exterior, “fuera de las puertas de la ciudad” (Heb 13,12), para que, en lugar del misterio abolido de las antiguas víctimas, fuese presentada una nueva hostia sobre un nuevo altar, y fuese la cruz de Cristo no un altar del templo, sino del mundo» (Sermón 59,5).Esta imagen bellísima indica bien la universalidad del sacrificio redentor de Cristo, expresado ya en la Escritura y muy difundido en la doctrina de los Santos Padres, desde los Padres Apostólicos. Uno de los textos más  elocuentes en este sentido es el de Mario Victorino: «Fue asumido todo el hombre, asumido y liberado. Y en éste fueron liberadas todas las cosas universales, toda la carne, toda el alma, y en la cruz se quitaron y purificaron por Dios Salvador, Palabra Universal de todos los universales» (Contra Arrio 4).

–De nuevo nos trae la liturgia de hoy el Salmo 109: «Tú eres sacerdote según el rito de Melquisedec», que ya rezábamos en el miércoles de la semana segunda.

Años pares

–2 Samuel 7,4-17: Consolidaré tu reino. Es el oráculo del profeta Natán sobre el futuro Mesías. El reino del Mesías será eterno. Cristo vino para fundar el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la gracia y de la santidad, el Reino de la justicia, del amor y de la paz. Escribe San Juan Crisóstomo: «Ya nos ha preparado el Señor para la guerra con el recuerdo de nuestro enemigo, ya ha eliminado de nosotros toda indolencia; ahora nos anima y nuevamente levanta nuestros pensamientos al recordarnos al Rey bajo cuyas órdenes luchamos y al mostrarnos que Él es más potente que todos. Porque, dice, “tuyo es el reino y el poder y la gloria”. «Por tanto, si Suyo es el reino, a nadie hay que temer, como quiera que nadie puede enfrentarse con Él, ni interferir en el mando. Porque cuando se dice: “Tuyo es el reino”, ponemos de manifiesto que también el enemigo que nos hace la guerra le está sometido, por más que aparentemente se le enfrente, en cuanto así lo permite Dios temporalmente. Pero en realidad, también él es uno de sus siervos, aunque de los deshonrados y reprobados, y no se atrevería él jamás a atacar a ninguno de los que son siervos Suyos, como él lo es, de no recibir para ello potestad de lo alto» (Homilías sobre San Mateo 19,6).

–Cantamos con el Salmo 88 la alianza de Dios con David. La misericordia del Señor jamás le retirará su favor. Pero esto se realiza plenamente en Cristo, y en los miembros de su Cuerpo místico: «Le mantendré eternamente mi favor. Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo. “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades”. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora”. Y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra. Le mantendré eternamente mi favor; y mi alianza con él será estable, le daré un trono duradero como el cielo». Nuestro Señor Jesucristo es Rey, «Rey del Universo». Él dirige y gobierna con poder su reino, la santa Iglesia, nuestras almas. Todo será finalmente sometido a Él. Seamos fieles súbditos de este Reino, sirvamos a nuestro Rey, vivamos para Él. Reconozcamos con gozo que Jesús es nuestro Señor. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

 

–Marcos 4,1-20: Salió el sembrador a sembrar. Todo cuanto se menciona en esta parábola es muy valioso: el Sembrador, la semilla que se siembra, que es la Palabra de Dios, y la forma y generosidad con que es acogida en el corazón humano. Comenta San Agustín en un sermón, al comienzo de su episcopado: «Ved cómo salió el sembrador a sembrar. Sale el sembrador y siembra sin pereza. Pero ¿cómo es que parte cae en el camino, parte en tierra pedregosa, parte entre las espinas? Si hubiera temido a esas tierras malas, no hubiera venido tampoco a la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena, para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre demos fruto de trigo.«No seamos camino, donde el enemigo, cual ave, arrebata la semilla pisada por los transeúntes; ni seamos pedregal, donde la escasez de tierra hace germinar pronto lo que luego no puede soportar el calor del sol; ni seamos espinas, que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y disoluta. ¿Y qué cosa peor que la preocupación por la vida no permita llegar a la Vida? ¿Qué cosa más miserable que perder la Vida por preocuparse por la vida? ¿Hay algo más desdichado que caer, por temor a la muerte, en la misma muerte? «Estírpense las espinas, prepárese el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca el temor del fuego» (Sermón 101,3).

 

03Jueves

Años impares

–Hebreos 10,19-25: Llenos de fe, mantengámonos en la esperanza que profesamos. Ayudémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad. Siguiendo la ruta trazada por Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, acerquémonos a Dios por el camino de la sinceridad y de la fe. San Clemente Romano nos invita a no apartarnos nunca de esa esperanza en las promesas del Señor: «Tomemos ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales, cayendo sobre la tierra seca y desnuda, empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto...«Si así obra Dios en la naturaleza, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el Artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente, apoyando su esperanza en una fe auténtica?... Apoyados, pues, en esa esperanza, únanse nuestras almas a Aquel que es fiel en sus promesas y justo en su juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será Él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la mentira. Reavivemos en nosotros la fe en Él, y pensemos que todo está cerca de Él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que Él ha decretado...» (1 Carta a los Corintios 24-27).

–El Sacerdocio de Cristo es en favor de nosotros, y nos posibilita la entrada en el Santuario. La senda se inicia en el bautismo. La gracia del Salvador nos va comunicando las cualidades requeridas para entrar en el Templo y servir en su culto. Así lo cantamos en el Salmo 23: «Éstos son los que buscan al Señor. Del Señor es la tierra y cuantos la llenan, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob».

 

Años pares

–2 Samuel 7,18-19.24-29: ¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia? Ciertamente es un altísimo honor el que Dios hace a David al prometerle que su Casa permanecerá para siempre y que el Mesías nacerá de su linaje. Estas promesas grandiosas suscitan en David un acto de profunda humildad y acción de gracias. Los santos Padres tratan muchas veces de la humildad. Así lo hace en una exposición San Agustín: «Son “pobres de espíritu” los humildes y temerosos de Dios, es decir, los que no tienen el espíritu inflado. No podían empezar de otro modo las bienaventuranzas, porque ellas deben hacernos llegar a la suma sabiduría, pues “el principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Eclo 21,16), mientras que, por el contrario, el primer origen del pecado es la soberbia (ib.10, 13ss). Apetezcan, pues, y amen los soberbios el reino de la tierra; mas “bienaventurados son los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3)» (Sermón de la Montaña 1, 1,3).

–La elección de David, no obstante sus muchas miserias, fue una predilección por parte de Dios. También tuvo grandes virtudes, entre ellas la humildad, como lo hemos visto, y una profunda devoción religiosa. Con el Salmo 131 decimos: «Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, como juró el Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob. “No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob”. El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará: “a uno de tu linaje pondré sobre tu trono. Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos por siempre se sentarán sobre su trono. Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella. Ésta es mi mansión por siempre; aquí viviré porque lo deseo”». En realidad, algunos de los descendientes de David se apartaron del Señor. A pesar de eso, Dios fue fiel a su promesa, y Cristo nació en Belén de Judá, del linaje de David.

 

Marcos 4,21-25: La luz sobre el candelero. La medida que usareis la usarán con vosotros. Dos ideas principales: el cristianismo ha de ser proclamado. Y no hemos de hacer a los demás lo que no queremos que se haga con nosotros. Las dos cosas vienen impulsadas por la caridad. Sobre ella dice San Agustín: «Vino el Señor mismo, como doctor de la caridad, rebosante de ella, llevando a plenitud la palabra divina sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad. Así pues, hermanos, recordad conmigo aquellos dos preceptos. En efecto, tienen que sernos en extremo familiares, y no han de venirnos a la memoria solamente cuando ahora los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en nuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a uno mismo.«He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor a Dios es el primero en la jerarquía del precepto, el primero en el rango de la acción. Pues el que te puso ese amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después. Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces mérito para verlo. Con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como claramente dice San Juan: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Al amar al prójimo y cuidarte de él vas haciéndote capaz de amar a quién tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser.«Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta a Aquel con quien deseas quedarte para siempre» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 17,7-9).

 

03Viernes

Años impares

–Hebreos 10,32-39: Soportasteis múltiples combates con gran valentía. No desfallezcáis en ella. El motivo para perseverar en la lucha es la seguridad que tenemos de que la Promesa de Dios se cumplirá, y se cumplirá pronto. Es la eternidad divina la que sostiene y dirige el curso de los tiempos. Por tanto, valentía y confianza en el Señor. Dice Orígenes «Lo que falta a causa de la debilidad humana, lo completa Dios, que “hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Cf. Rom 7,28) (Tratado sobre la oración 29,19).Y San Bernardo: «Entre los éxitos y fracasos de los momentos inestables, conservarás, como imagen de la eternidad, una sólida ecuanimidad. Bendecirás al Señor en todas las ocasiones y así, en medio de un mundo vacilante, encontrarás la paz, una paz inquebrantable» (Sermones sobre el Cantar de los Cantares 21,4-6).

–Con el Salmo 36 proclamamos que toda nuestra fuerza viene de Dios: «El Señor es quien salva a los justos. Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y Él actuará, hará tu justicia como el amanecer, tu derecho, como el mediodía. El Señor asegura los pasos del hombre, se complace en sus caminos; si tropieza no caerá, porque el Señor lo tiene de la mano. El Señor es quien salva a los justos. Él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a Él».

 

Años pares

–2 Samuel 11,1-4.5-10,13-17: Te has burlado de Mí casándote con la mujer de Urías. Ha pecado David gravemente. Observa San Agustín: «Todo lo que quieres y deseas es bueno. No quieres tener una bestia mala, un siervo malo, un vestido malo, unos hijos malos. Pues si tú todo lo quieres bueno, sé tú también bueno, que todo lo quieres bueno. ¿Dónde has tropezado para que, entre todas las cosas buenas que quieres, tú solo quieres ser malo?» (Sermón 297). Y San Basilio: «En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien» (Regla monástica, resp. 2,1).

–Al pecado de David le siguió el arrepentimiento, como veremos mañana. Pero ya hoy, ante nuestros muchos pecados, pedimos perdón a Dios con el Salmo 50, que el mismo David compuso después de haber pecado: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra Ti, contra Ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón. Mira en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa». El Señor nos devuelve en el sacramento de la penitencia todo lo que culpablemente hemos perdido por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de Dios. Es un don inmenso el que ha hecho Jesucristo a su Iglesia: le ha dado poder de perdonar los pecados de los hombres.

 

–Marcos 4,26-34: De día y de noche, la semilla va creciendo sin que el sembrador sepa cómo. La obra de Dios se realiza no obstante las limitaciones humanas. Tiene fuerza eficaz por sí misma. ¿Cómo es posible que la Iglesia se extienda rápidamente por todo el mundo a través de medios personales e instrumentales tan pobres? ¿De dónde le viene su fuerza para resistir y vencer tan grandes persecuciones como las que en un principio sufre de los judíos, luego de los romanos y ahora de tantos enemigos del Evangelio de Cristo? Responde San Ambrosio: «Es cosa normal que, en medio de este mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la piedra de los Apóstoles, permanezca estable y se mantenga firme sobre esta base inquebrantable contra los furiosos asaltos de la mar (Mt 16,18). Ella está rodeada por las olas, pero no se bambolea, y aunque los elementos de este mundo retumban con un inmenso clamor, ella, sin embargo, ofrece a los que se fatigan la gran seguridad de un puerto de salvación» (Carta 2,1-2).Y San Juan Crisóstomo: «La nave de Jesús no puede hundirse... Las olas no quebrantan la roca, sino que ellas mismas se convierten en espumas. Nada hay más fuerte que la Iglesia... Es inútil pelear contra el cielo. Dios es siempre el más fuerte» (Homilía antes del exilio).

 

03Sábado

Años impares

–Hebreos 11,1-2.8-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba ser Dios. Abrahán y Sara permanecen en la fe y por ellos son recompensados. Perseveremos en la fe a toda costa. San Ireneo, «En Abrahán estaba prefigurada nuestra fe: él fue el patriarca y, por decirlo así, el profeta de nuestra fe, como lo enseña claramente el Apóstol en su Carta a los Gálatas (3,5-9)... El Apóstol no sólo lo llama profeta de la fe, sino padre de aquellos de entre los gentiles que creen en Cristo Jesús. La razón es que su fe y la nuestra son la misma y única fe: él, en virtud de la promesa de Dios, creyó en las cosas futuras como si ya se hubieran realizado; y nosotros, de manera semejante, en virtud de la promesa de Dios, contemplamos como en un espejo por la fe aquella herencia que tendremos en el reino» (Contra las herejías IV, 21,1).

–La fe de Abrahán, la promesa de Dios, el cumplimiento de todas las promesas en Jesucristo..., son, con tantos otros, signos formidables de la visita de Dios a su Pueblo. Abrahán creyó a Dios y por su fe fue justificado, y toda su descendencia sigue perseverando en la fe, ahora en la plena fe de Jesucristo. Recitamos por eso el Cántico del Benedictus (Lc 1,69-75): «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo. Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo; según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza. El juramento que juró a nuestro padre Abrahán, para concedernos que libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días».

 

Años pares

–2 Samuel 12,1-7.10-17: Arrepentimiento de David: He pecado contra el Señor. Tertuliano dice de la conversión y la penitencia: El Señor «ha prometido que todos los pecados, ya fueren cometidos por la carne o por el espíritu, ya de obra o de intención, pueden alcanzar perdón por la penitencia. Lo ha prometido el mismo que fijó la pena por el juicio, pues dice al pueblo: “haz penitencia y te daré la salvación” (Ez 18,21). Por tanto, la penitencia es vida cuando antecede a la muerte. Tú, pecador, entrégate, pues, a la penitencia, abrázala como el náufrago que pone su confianza en una tabla; ella te levantará cuando estés para ser hundido en las olas de los pecados, y te llevará al puerto de la divina clemencia... Arrepiéntete de tus errores, una vez que has descubierto la verdad. Arrepiéntete de haber amado aquello que Dios no ama, cuando ni siquiera nosotros toleramos que nuestros esclavos no odien aquello que nos molesta... Te preguntas: ¿me será útil la penitencia, o no? ¿Por qué le das vueltas a eso? Es el mismo Dios quien manda que la hagamos...» (Sobre la penitencia 4).

–Seguimos con el Salmo 50, en el que David confiesa su pecado y pide la misericordia de Dios. Sin ese reconocimiento de la culpa y esa vuelta suplicante a la misericordia de Dios, no hay salvación para el hombre. Pero si el hombre admite la gracia de la humilde contrición, entonces Dios le perdona, y el pecador vuelve a nacer. Triunfa en él así la misericordia de Dios: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme: no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a Ti. Líbrame de la sangre, oh Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza». San Agustín comenta: «¡Qué cercano está Dios de quien se confiesa a su misericordia! Sí, Dios no anda lejos de los contritos de corazón» (Sermón 11).Y San Gregorio Magno: «Consideremos cuán grandes son las entrañas de Su misericordia, que no solo nos perdona nuestras culpas, sino que promete el reino celestial a los que se arrepienten de ellas» (Homilías sobre los Evangelios 19)

 

Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! En este milagro los Padres han visto siempre figurada la protección de Cristo sobre su Iglesia. Las olas de la persecución tienden a hundirla, pero Cristo está con ella y no lo consiente. Es claro, pues, que la razón de la indestructibilidad de la Iglesia está en su íntima y sustancial  unión con Cristo, que es su fundamento primario. Jesucristo edificó su Iglesia sobre roca viva, y desde el principio prometió a su Esposa que los poderes del infierno no prevalecerían contra ella (Mt 16,18). La fe nos atestigua que esta firmeza en la constitución de la Iglesia y en la veracidad de su doctrina durará siempre. San León Magno dice: «Sobre esta piedra firme edificaré un templo eterno, y la alta mole de mi Iglesia, llamada a penetrar en el cielo, se apoyará en la firmeza de esta fe. Los poderes del infierno no podrán impedir esta profesión de fe, los vínculos de la muerte no la sujetarán, porque estas palabras son palabras de vida. Ellas introducen en el cielo a los que la aceptan, y hunden en el infierno a los que la niegan» (Sermón 4,2-3).

 

4ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Sálvanos, Señor Dios nuestro, reúnenos de entre los gentiles: daremos gracias a tu santo nombre, y alabarte será nuestra gloria» (Sal 105,17).Colecta (Veronense): «Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres». Ofertorio (Veronense): «Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como signo de nuestra servidumbre; concédenos que, al ser aceptadas por ti, se conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención». Comunión: «Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia, Señor, que no me avergüence de haberte invocado» (Sal 30,17-18). «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,3-4).Postcomunión (del Misal anterior, inspirada en el Veronense): «Reanimados por los dones de nuestra salvación, te suplicamos, Señor, que el pan de vida eterna nos haga crecer continuamente en la fe verdadera».

04CICLO A

Las bienaventuranzas nos exhortan a una profunda regeneración interior. Solo si las recibimos podremos «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).

 
–Sofonías 2,3; 3.12-13: Dejaré en medio de ti un resto pobre y humilde. Ya desde el Antiguo Testamento, y a pesar de la universalidad de la Redención prometida, los destinatarios directos de la salvación de Dios son los humildes de corazón. Ellos son ese «resto de Israel», que solo espera de Dios su salvación. Todos los hombres estamos llamados a formar parte de ese pueblo de quienes se reconocen pobres ante el Señor, según ese texto de Sofonías. Muchas veces los Santos Padres llaman a la humildad, presentándola como la condición primera de los que pertenecen a Cristo. Así lo hace San Juan Crisóstomo: «Puesta la humildad por fundamento, el arquitecto puede construir con seguridad sobre ella todo el edificio. Pero si ésta se pierde, por más que tu santidad parezca tocar el cielo, todo se vendrá abajo y terminará catastróficamente. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad, cualquier otro bien que juntes, si falta la humildad, todo se escurre como el agua y todo se pierde» (Homilía sobre San Mateo 15, 2).

–Con el Salmo 145 proclamamos: «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y le da vida... El Señor reina eternamente». Adoptando esta actitud de humildad y de disponibilidad radical, el creyente participa de la gloria de los tiempos nuevos. Cristo ha vivido esta realidad. Él ha dicho: “aprended de Mí a ser mansos y humildes” (Mt 11,29). Él es en la Cruz el representante por antonomasia del pueblo pobre y humilde. Resucitado, es el centro vivificante para todo hombre y para todo pueblo, a condición de que sigamos su camino, que entremos en su escuela de santidad, en la que Él nos comunica la difícil fortaleza de su mansedumbre y la grandeza formidable de su humildad.

 

–2 Corintios 1,26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo. Los criterios de Dios no son los criterios de los hombres (cf. Is 55,8). Unas diez veces ha comentado San Agustín este pasaje paulino: «Hemos dicho, hermanos, que el Dios humilde descendió hasta el hombre soberbio. Reconózcase el hombre como hombre y manifiéstese Dios al hombre. Si Cristo vino para que el hombre se humillara y a partir de esa humildad creciera, convenía que cesara ya la gloria del hombre y se exaltara la de Dios, de modo que la esperanza del hombre radicase en la gloria de Dios y no en la suya propia, según las palabras del Apóstol: “quien se gloríe que se gloríe en el Señor” (1 Cor 1,31)...«He aquí, hermanos, que la gloria de Dios es nuestra propia gloria, y cuanto más dulcemente se glorifique a Dios tanto es mayor el provecho que obtendremos nosotros. Dios no ganará en excelsitud por el hecho de que le honremos nosotros. Humillémonos y ensalcémoslo a Él... Confiese, pues el hombre su condición de hombre; mengüe primero, para crecer después» (Sermón 380,6).

 

–Mateo 5,1-12: Dichosos los pobres de espíritu. La carta magna de la autenticidad cristiana ha quedado en el Evangelio con el nombre de Bienaventuranzas. Ellas reflejan exactamente las maneras de ser el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacernos a los hombres hijos de Dios. San Juan Crisóstomo comenta: «Escuchemos con toda diligencia Sus palabras. Fueron pronunciadas para los que las oyeron sobre el monte, pero se consignaron por escrito para cuantos sin excepción habían de venir después. De ahí justamente que mirara el Señor, al hablar, a sus discípulos, pero sin limitar a ellos sus palabras. Las bienaventuranzas se dirigen, sin limitación alguna a todos los hombres. No dijo en efecto: “bienaventurados vosotros, si sois pobres”, sino: “bienaventurados los pobres”. Cierto que a ellos se lo dijo, pero el consejo tenía validez para todos...«Hay muchas maneras de ser humilde. Hay quienes son humildes moderadamente, y hay quienes llevan la humildad a su último extremo. Ésta es la humildad que alaba el bienaventurado profeta cuando, describiéndonos un alma no contrita simplemente, sino un alma hecha pedazos por el dolor, nos dice: “mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias” (Sal 50,19). Ésta es la humildad que Cristo proclama ahora bienaventurada» (Homilía 15,1).También San Agustín ha comentado muchas veces las bienaventuranzas: «Escucha y compréndeme, a ver si con Su ayuda consigo explicarme. Que Él nos ayude a comprender los deberes y recompensas, de que hemos hablado, y a entender cómo se corresponden entre sí. ¿Qué premio fue mencionado, en efecto, [en cada bienaventuranza] que no vaya de acuerdo con la obligación respectiva? Ved cómo, una a una, todas tienen el complemento apropiado, y nada se promete como premio que no se ajuste al precepto.«El precepto es que seas pobre de espíritu; el premio consiste en la posesión del reino de los cielos. El precepto es que seas manso, el premio consiste en la posesión de la tierra. El precepto ordena que llores, el premio es ser consolado. El precepto es que tengas hambre y sed de justicia, el premio es ser saciado. El precepto es que seas misericordioso, el premio conseguir misericordia. Del mismo modo el precepto es que tengas el corazón limpio, el premio es la visión de Dios» (Sermón 53).

 

04CICLO B

En este Domingo se considera a Cristo como Profeta, y ciertamente lo fue de modo excepcional, verdadero, definitivo y único. Por eso su magisterio es de supremo valor para todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las naciones y culturas. El profetismo, como medio de comunicación de los designios divinos a los hombres, fue ya una institución querida por Dios en el Antiguo Testamento. Así lo quiso Dios, a pesar del riesgo inevitable de los falsos profetas, hijos de la presunción y de la osadía humana, que son posibles en todos los tiempos. Después del Concilio Vaticano II, concretamente, se ha utilizado mucho el calificativo de «profeta», a veces exageradamente y sin fundamento. Para ser profeta hace falta ser elegido, enseñado y enviado por el mismo Dios; hay que saber interpretar la situación presente a la luz de la Palabra divina, y es necesario también ser personalmente un ejemplo vivo y fidedigno de esa Palabra divina, que viene ya expuesta por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Son éstas las condiciones señaladas, por ejemplo, en el concilio Vaticano II  (Dei Verbum 10). Por eso, el que se dice profeta, pero no reúne todas y cada una de esas condiciones, se engaña a sí mismo y engaña a los demás. Es un falso profeta.

–Deuteronomio 18,15,20. Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca. Es bueno tener presente lo que en el siglo primero se decía ya en un documento venerable, la Didajé: «Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.«Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya, no tome nada consigo, si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.«No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso... Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta...» (cp.11-12).

–A esta lectura conviene bien el Salmo 94: «Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia, dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro; porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». Dios nos sigue hablando por medio de su Palabra, proclamada en la celebración litúrgica, en los documentos del Magisterio de la Iglesia, y comunicada también por sus inspiraciones en lo más íntimo de nuestros corazones. Escuchemos siempre con docilidad la voz del Señor.

 

–1 Corintios 7,32-35: El célibe se preocupa de los asuntos del Señor. El don vocacional del celibato facilita en la Iglesia una imitación más plena de Cristo, nuestro Salvador, y muestra un signo de la dedicación personal al servicio evangélico de los demás. Comenta San Agustín: «No es Dios capaz de dar riquezas al hombre exterior y dejar en la miseria al interior; al invisible hombre interior le dio riquezas invisibles y lo enalteció de forma invisible. Suspirando por estas joyas, las hijas de Dios, las vírgenes santas, no desearon lo que les era lícito, ni dieron su consentimiento a algo a lo que a veces se las obligaba. Muchas de ellas vencieron  con el fuego del divino amor los esfuerzos en dirección opuesta de sus padres. El padre se llenó de ira y la madre lloraba; pero esto a ella no le hizo desistir, pues tenía puestos sus ojos en el más hermoso de los hijos de los hombres: Cristo. Pensando en Él, deseaba verse embellecida para “preocuparse de las cosas del Señor” (cf. 1 Cor 7,34). «Fijaos en lo que es el amor. No dice: “se preocupa de que no la condene Dios”. Esto es todavía temor servil, que guarda sin duda a los malos, para que se abstengan de obrar perversamente y, absteniéndose, se hagan dignos de admitir en su interior la caridad. Pero ellas no piensan en cómo evitar el castigo, sino en cómo agradarle con la hermosura interior... con la belleza del corazón. Sean las vírgenes quienes enseñen a los casados y casadas para no caer en el adulterio. ¡Al menos ellas! Si ellas sobrepasan lo lícito, ellos no se salgan de lo lícito» (Sermón 161,11-12).

 

–Marcos 1,21-28: Les enseñaba con autoridad. «Dios ha hablado a nuestros padres muchas veces y de muchos modos en el pasado por el ministerio de los profetas. Ahora, en la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,2). El Corazón de Cristo es la plena revelación del Padre... Oigamos a Orígenes: «Así, pues, quien investigue, y no de pasada, la naturaleza de las cosas, no podrá menos de admirar profundamente a Jesús, que dejó atrás a cuantos gloriosos en el mundo han sido. En efecto, han sido muy pocos los hombres gloriosos que fueron capaces de ganar renombre por más de un concepto al mismo tiempo. Unos han sido admirados y se han hecho gloriosos por su ciencia; otros por el arte de la guerra; algunos bárbaros, por los prodigios obrados en virtud de sus fórmulas mágicas; otros, en fin, por otros motivos que nunca han sido muchos a la vez.«Jesús, sin embargo, es admirado al mismo tiempo por su sabiduría, por sus prodigios y por su inmensa autoridad. Y es así que Él no persuade a los suyos, como lo hace un tirano, a que, como él, se aparten de las leyes, ni como un forajido arma a sus bandas contra los hombres, ni como un ricachón provee a cuantos se le acercan, ni es tampoco como alguno que, acusados por todos, merecen reprobación. No. Jesús habló como Maestro de la doctrina acerca del Dios supremo, del culto que se le debe y de toda la materia moral, que puede unir con el Dios de todas las cosas a cualquiera que viva como Él enseña» (Contra Celso 1,30).

 

04 CICLO C

Cristo es el gran Profeta. En Él culmina el profetismo del Antiguo Testamento. Hemos de escucharle con amor y humilde obediencia. Su palabra es vida para todos los hombres. Muchos, sin embargo, permanecen sordos a sus enseñanzas. No quieren oír su voz, que es la del Buen Pastor. Los que somos de su rebaño, oímos su voz, y así, dirigidos por Él, podemos caminar con seguridad en medio de tantas dificultades y errores que nos acechan en el mundo.

 

–Jeremías 1,4-5.17-19: Te nombré profeta de los gentiles. En el Antiguo Testamento el profeta es el prototipo perfecto del hombre elegido, por iniciativa divina, para transmitir a su pueblo los designios de Dios. Por eso es figura simbólica del verdadero y definitivo profeta: Cristo Jesús. La revelación del misterio de Cristo está, pues, realizada en un contexto profético. Como enseña el Vaticano II, todo el Antiguo Testamento es una revelación profética que lleva a Cristo (Dei Verbum 2,3,14-15). Dice San León Magno: «Nada hay, amadísimos, en la religión cristiana que sea diverso de las antiguas promesas, y los justos de los tiempos pasados no esperaron la salvación más que en el Señor Jesucristo. La economía salvífica, cierto, ha variado, según lo ha dispuesto la voluntad divina; mas sobre Él proyectan su luz los testimonios de la Ley, los oráculos de los profetas y los sacrificios de las víctimas.«Convenía, pues, que estos pueblos fuesen instruidos de tal manera, que lo que ellos no podían conseguir en su plena luz, lo recibiesen bajo el velo de las figuras, y de este modo fuese aumentada la autoridad del Evangelio por el hecho de que las páginas del Antiguo Testamento hubiesen puesto a su servicio tantos símbolos y misterios» (Sermón 66,2).

–Con el Salmo 70 proclamamos el verdadero profetismo querido por Dios: «Mi boca anunciará tu salvación. A Ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; Tú, que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé Tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres Tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa. Porque Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza desde mi juventud... Mi boca cantará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas».

 

–2 Corintios 12,32-13-13: Quedan la fe, la esperanza y el amor; pero la más grande es el amor. En el Nuevo Testamento el Corazón de Cristo, en su condición de profeta, nos ha revelado la ley de la caridad como nunca se había hecho hasta entonces, como plenitud de todos los carismas y dones divinos. Comenta San Agustín: «Si de ti mismo te viene la caridad, ¡qué lejos te hallas de la divina dulzura! Te amarás a ti mismo, porque a la fuerza has de amar a la fuente de tu amor. Pero, en tal caso, yo te pruebo que no tienes caridad, y prueba de que no la tienes es que te atribuyes un bien de tanto valor. Si la tuvieses realmente, sabrías de dónde la tienes. ¿Tan leve cosa, tan de poco más o menos es la caridad, que la tienes de tu propia cosecha?... «¡Qué valor el de la caridad, que sin ella nada vale nada! ¿No es empequeñecer a Dios pretender que sea tuya esta caridad que sobresale por encima de todo?... ¿“Qué tienes tú que no lo hayas recibido” (cf. 1 Cor 4,7)? ¿Quién es mi dador y el tuyo? Dios. Reconócele dador, para que no tengas que sentirle condenador. Si damos fe a la Escritura, es Dios quien te dio la caridad, don sublime, superior a todo (cf. 1 Cor 13)» (Sermón 145,4).

 

Lucas 4,21-30: Jesús, como Elías y Eliseo, no es enviado sólo a los judíos. Cristo es el Profeta definitivo del Padre ante los hombres creyentes, y como ya profetizó Simeón (Lc 2,34), es al mismo tiempo «signo de contradicción» para cuantos se niegan a aceptar su testimonio y su mensaje de salvación. Comenta San Ambrosio: «La envidia no se traiciona medianamente: olvidando el amor, convierte en odios crueles las causas del amor. Tú esperas en vano el bien de la misericordia celestial, si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y retira las maravillas de su poder a los que fustigan en otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y “lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles” (Rom 1,20).«El Señor se disculpa de no haber hecho milagros en su patria, para que nadie piense que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: Él, amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas. Pero fueron ellos los que, por su envidia, renunciaron al amor de su patria... Cuando distribuía sus beneficios entre los hombres, ellos [los judíos] lo llenaban de injurias. No es sorprendente que, habiendo perdido ellos la salvación, quisieran desterrar de su territorio al Salvador. El Señor se modera sobre su conducta: Él ha enseñado con su ejemplo a los apóstoles cómo hacerse todo a todos» (Comentario a San Lucas IV, 46 y 55).

 

04Lunes

Años impares

–Hebreos 11,32-40: Por medio de la fe subyugaron reinos. Dios tiene preparadas maravillas para nosotros. La historia de los jueces y profetas de Israel se propone como modelo para los cristianos, quienes han obtenido el cumplimiento de la promesa divina. De nuevo la Carta a los Hebreos encarece el valor de la fe. Es lo que enseña San Ambrosio: «Si el Señor se cuida de las aves, animales de escaso valor, y de los hombres malvados, haciendo que les nazca el sol y la tierra les sea fructífera; y si reparte con largueza el don de su misericordia a todos, en modo alguno se puede dudar que tiene en una consideración muy presente los méritos de sus fieles. Por eso admirablemente construyó su doctrina, poniendo como cúspide la fe, al mismo tiempo que la colocó como fundamento de las virtudes; porque así como la fe es estímulo de la virtud, así también la virtud constituye la firmeza de la fe» (Comentario a San Lucas VII,118)

.–La lectura anterior nos ha mostrado los frutos de la fe. Ha resaltado su grandeza, capaz de las más grandes conquistas y de los más extremados sacrificios. Y en el Antiguo Testamento, toda esa vivencia de fe apunta a Cristo. Pensando en Él cantamos el Salmo 30: «Los que esperáis en el Señor sed fuertes y valientes de corazón. Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles y concedes a los que a Ti se acogen a la vista de todos. En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas; los ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras. Bendito el Señor que ha hecho por mí prodigios de misericordia en la ciudad amurallada... Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a su leales».

 

Años pares

–2 Samuel 15,13-14.30; 16,5-13: Dejad que me maldiga. El brillante reinado de David se ensombrece con la insurrección. Pero David es fuerte en la humildad: «dejad a Semeí, que me maldiga, porque quizá se lo mandado el Señor»... San Jerónimo escribe: «Nada tengas por más excelente, nada por más amable que la humildad. Ella es la que principalmente conserva las virtudes, pues es una especie de guardiana de todas ellas. Nada hay que nos haga más gratos a los hombres y a Dios como ser grandes por el merecimiento de nuestra vida, y hacernos pequeños por la humildad» (Carta 148,20).Y Orígenes: «El humilde, según el profeta, no obstante caminar en cosas grandes y maravillosas, que están por encima de él, como son los dogmas verdaderamente grandes y los maravillosos pensamientos, “se humilla bajo la poderosa mano de Dios” (1 Pe 5,6)... Y es tan grande esta doctrina de la humildad que por maestro de ella tenemos no a cualquiera, sino a nuestro Salvador mismo, que dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29)» (Contra Celso 6,15).

–Ante los insultos, David no se ha tomado la justicia por su cuenta. Con actitud humilde confía al Señor su defensa. Se mantiene humilde, confiando en Él. También nosotros, en medio de injurias y contrariedades, hemos de rezar con ese mismo espíritu el Salmo 3: «Levántate, Señor, sálvame, Señor. Cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí, cuántos dicen de mí: “ya no lo protege Dios”. Pero, Tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, Tú mantienes alta mi cabeza. Si grito invocando al Señor, Él me escucha desde su monte santo. Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor». Tengamos en el Señor una confianza sin límites. San Juan Crisóstomo, que en medio de muchos sufrimientos y persecuciones mantuvo esa confianza, afirma: «Las oleadas son numerosas, y peligrosas las tempestades, pero no tememos el naufragio. Estamos consolidados sobre la Roca, y aunque el mar se enfurezca, no demolerá la Roca. Aunque las olas se agiten, no podrán hundir la barca de Jesús» (Homilía antes del exilio).

 

–Marcos 5,1-20: Espíritu inmundo, sal de este hombre. La lepra, los demonios, todas las miserias que puedan oprimir a los hombres, todas son vencidas por Cristo Salvador con suprema facilidad. San Máximo el Confesor escribe: «La fuerza de los demonios disminuye cuando la práctica de los mandamientos debilita en nosotros las pasiones; y es eliminada cuando, por efecto de la libertad interior, estas pasiones desaparecen finalmente del alma; porque ellos no encuentran ya en ella las complicidades que sirven de base a sus ataques» (Centurias sobre la caridad 2,22).Siempre estamos nosotros expuestos a las tentaciones del diablo. Por eso San León Magno nos exhorta: «Fundados, amadísimos, en esta esperanza [en el triunfo de Cristo], guardaos  de todos los artificios del diablo, que no sólo busca sorprender por los placeres corporales, sino que también siembra la cizaña de la mentira en el buen trigo de la fe, e intenta profanar el campo de la verdad, para hacer caer por los errores malvados a los que no ha podido corromper por sus malas acciones... Nosotros, libertados de estos peligros por el Señor Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, soportemos con una fe gozosa todas las pruebas y todos los combates de la vida presente» (Homilía 69,5).

 

04Martes

Años impares

Hebreos 12,1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin desfallecer. Con «los ojos fijos en Jesús», corramos en el estadio de esta vida, sin retirarnos. Progresemos con la gracia divina cada día en nuestra vida interior. San Cipriano dice: «Pedimos y rogamos por nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, para que perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos cada día ser purificados mediante esta continua y renovada santificación» (Tratado sobre la oración 11-12).Y Casiano afirma: «Éste debe ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar puramente secundario o, por mejor decir, el último de todos. Incluso debemos considerarlo como un daño positivo» (Colaciones 1)
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–Animados por «la cantidad ingente de testigos» que nos contempla, nos vemos en el estadio muy estimulados en nuestra carrera hacia la perfección cristiana. Corremos confiando plenamente en Dios, y así lo proclamamos con el Salmo 21: «Te alabarán, Señor, los que te buscan. Cumpliré mis votos delante de tus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre. Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos... Me hará vivir para Él». Éste ha de ser nuestro deseo constante.

Años pares

2 Samuel 18,9-10.14.24-25: ¡Hijo mío, Absalón, ¡ojalá hubiera yo muerto en vez de ti!. Grande es el dolor de David por la muerte de su hijo Absalón, que se había rebelado contra él. ¡Y grande es también la lección que nos da sobre el perdón de las injurias! San Cipriano dice:«Es imposible alcanzar el perdón de los pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna injuria. Por ello dice también el Señor en otro lugar: “con la medida que midáis se os medirá a vosotros” (Mt 7,2). Aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonar a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo» (Tratado sobre la oración 23-24).

–El drama del corazón de David, en cuanto padre, pone en nuestros labios el Salmo 85, que es la oración de un desgraciado que pide la protección de Dios ante una prueba extrema. El Señor, que es bueno y misericordioso, escucha la oración de los humildes que lo invocan: «Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado, protege mi vida que soy un fiel tuyo, salva a tu siervo que confía en Ti. Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti estoy llamando todo el día. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti. Porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica». Sigue San Cipriano: «“Perseveraban unánimes en la oración” (Hch 2,42), manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que sólo Dios admite en la Casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu» (Tratado sobre la oración 8-9).

 

Marcos 5,21-43: Jesús resucita a la hija de Jairo y cura a la mujer enferma. Ninguno de los males del hombre puede resistirse al poder maravilloso de Cristo Salvador. Los milagros que realiza son los signos de su mesianismo, de su bondad, de su misericordia, de su amor. Comenta San Jerónimo: El Señor «pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había tocado. ¿O sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿para que preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero queriendo ponerlo de manifiesto. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: “¿quién me ha tocado?”, nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: “no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse”. Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado...«Cristo es la Verdad. Y como había sido curada por la Verdad, la mujer confesó la verdad... Resucitó la Iglesia y murió la Sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor, al jefe de la sinagoga: “no temas, ten sólo fe”. Digamos también nosotros hoy a la Sinagoga, digamos a los judíos: “ha muerto la hija del jefe de la Sinagoga, mas creed y resucitará”...Dice el Maestro: «“la niña que ha muerto para vosotros, vive para Mí: para vosotros está muerta, para Mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado”... He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Y “la niña se levantó inmediatamente y echó a andar”. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados» (Comentario al Evangelio de San Marcos 5,21).

 

04Miércoles

Años impares

–Hebreos 12,4-7.11-15: Dios reprende a los que ama. El sufrimiento ha de ser considerado como una prueba pasajera, como una corrección medicinal que Dios procura a sus hijos buscando su bien. Nosotros, imágenes Suyas, también en esto debemos imitar a nuestro Padre al procurar el bien de nuestros hermanos. Así lo enseña San Agustín: «Para que no se moleste el hijo pecador de ser corregido con azotes, también Él, el Hijo único sin pecado, quiso ser azotado. Por tanto aplica tú el correctivo, pero evitando la ira del corazón. El Señor mismo, refiriéndose a aquel deudor al que exigió de nuevo toda la deuda por haber sido despiadado con su consiervo, dice así: “del mismo modo obrará vuestro Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdona de corazón a su hermano” (Mt. 18,35)«Por tanto, [...] sin perder la caridad, practica tú una saludable severidad. Ama y castiga, ama y azota. A veces acaricias, y actuando así te muestras cruel. ¿Cómo es que acaricias y te muestras cruel? Porque no recriminas los pecados, y esos pecados han de dar muerte a aquel a quien amas perversamente, perdonándole. Pon atención al efecto de tu palabra, a veces áspera, a veces dura y que ha de herir. El pecado desola el corazón, destroza el interior, sofoca el alma y la hace perecer. Apiádate, pues, y castiga» (Sermón 114,A,5).

–Con el Salmo 102 cantamos la misericordia paternal del Dios, que dura siempre con sus hijos, también en la corrección: «Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro».

 

Años pares

2 Samuel 24,2.9-17: Soy yo el que he pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas? Tras el pecado viene el castigo. En esta ocasión, David, compadeciéndose de su pueblo, quiere sufrir él solo el castigo por su pecado, para expiarlo. Esta historia nos muestra la misteriosa solidaridad de unos con otros tanto en el pecado como en la gracia. El pecado de uno solo puede causar la desgracia de muchos; pero también la oración y la expiación de uno solo pueden ser suficientes para evitar el castigo de todos. San Agustín dice: «Padece enfermedad el género humano; no tanto enfermedad de cuerpo, sino de pecados. Yace en toda la redondez de la tierra, de oriente a occidente, el gran enfermo. Y para curar al gran enfermo descendió el Médico omnipotente. Se humilló hasta su carne mortal, o digamos, hasta el lecho del enfermo» (Sermón 87).Los cristianos somos solidarios con Cristo Redentor, que se anonadó, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, para curarnos y para salvarnos. También nosotros hemos de ser solidarios con el mal físico y moral de nuestros hermanos, procurando siempre su sanación o su alivio.

–Cuando existe el reconocimiento humilde del pecado, Dios da su perdón, y en seguida viene el gozo y la dicha de sentirse perdonado. Y a veces el arrepentimiento procede de la experiencia de algún sufrimiento. Confesamos este misterio de gracia con el Salmo 31: «Perdona, Señor, mi culpa. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio; me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

 

–Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra. La culpa principal de los nazarenos, entre otras, está en que no reconocen el valor trascendente de la humanidad de Jesús. Esa actitud les hace imposible recibir al Salvador y entrar en su camino de salvación, que es Él mismo. Así lo afirma San Agustín, «Hombre verdadero y Dios verdadero... Ésta es la fe católica; quien ambos términos confiesa, es católico, que tiene [en Cristo] una patria y un camino. Él es la patria a donde vamos. Y Él es el Camino por donde vamos. Vayamos por Él a Él, y no nos extraviaremos» (Sermón 93).Jesús es la fuente de vida. Su santa Humanidad es instrumento, perfectamente unido a su divinidad, para comunicarnos la vida sobrenatural. Incluso para comunicarnos su vida divina ha utilizado su santa Humanidad. Más aún, esa misma Humanidad santísima, unida al Verbo, es también para nosotros fuente de vida corporal. El Evangelio, en efecto, nos dice que de Él salía una virtud que sanaba a todos (Lc 6,17-18). San Agustín dice: «¿Qué felicidad más segura que la nuestra, siendo así que el mismo que ora con nosotros es el que da lo que pide? Porque Cristo es Hombre y Dios. Como hombre pide; como Dios otorga» (Sermón 217).Hemos de tener hacia la Humanidad sagrada de Jesucristo una gran fe y devoción. Así la tuvieron los santos, como San Bernardo, San Francisco de Asís o Santa Teresa.

 

04Jueves

Años impares

–Hebreos 12,18-18.21-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo. Los creyentes de la Nueva Alianza no se acercan ya a la montaña humeante y terrible del Sinaí, sino a «la Jerusalén celeste», llamada «visión de paz», a la esplendorosa «ciudad del Dios vivo». Oigamos a Orígenes que habla de la Iglesia. Si la reina de Sabá buscaba la ciencia en Salomón, la Iglesia la busca en Cristo Maestro, nuevo Salomón: «En realidad, cuando esta negra y hermosa (Cant 1,5) llegue a la Jerusalén celeste (Heb 12,22), y entre en la visión de paz, contemplará muchas más cosas y mucho más magníficas de las que ahora se le prometen. Pues ahora ve como en un espejo y en enigma, pero entonces verá cara a cara (1 Cor 13,12), cuando consiga aquello que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni logró entrar en el corazón del hombre” (1 Cor 2,9). Entonces verá que lo que oyó mientras estaba en la tierra no llegaba a la mitad de la realidad» (Comentario al Cantar de los Cantares 2).

– Con el Salmo 47 cantamos a la Jerusalén del cielo, a la que nos dirigimos con nuestros hermanos de la Iglesia terrestre: «Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. Su monte santo, una altura hermosa, alegría de toda la tierra. El monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran Rey. En tus palacios, Dios descuella como un alcázar. Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor de los Ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios, que Dios ha fundado para siempre... Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia».

 

Años pares

1 Reyes 2,1-4.10-12: Yo emprendo el viaje definitivo. ¡Ánimo, Salomón, sé un hombre!. Son las últimas exhortaciones de David a su hijo Salomón antes de morir. Le recomendó sobre todo que permaneciera fiel a la Ley de Moisés, observando exactamente los mandatos del Señor. Así dice San León Magno: «Sabéis, pues os lo enseña Dios, que la observancia de los mandamientos os aprovechará para el gozo eterno. En el cumplimiento de los cuales, el Señor, clemente y misericordioso, nos ha dado remedio y ayuda para que podamos obtener el perdón, ya que la fragilidad humana se cansa muchas veces y ofende en muchas cosas a causa de su debilidad. ¿Quién podrá evadir tantos engaños del mundo, tantas insidias del diablo y tantos peligros de su volubilidad, si la clemencia del Rey eterno no quisiese más bien socorrernos que perdernos?» (Sermón 15,1).

–Con el Libro I de las Crónicas confesamos el poder soberano de Dios: «Tú eres Señor del universo. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro Padre Israel, por los siglos de los siglos. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tú eres el Rey soberano de todo; de Ti viene la riqueza y la gloria. Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, Tú engrandeces y confortas a todos». Todo esto es verdad. Pertenecemos a Dios con todo cuanto somos y poseemos. Nuestra vida está completamente en sus manos, y permanece siempre dulcemente sometida a su omnipotente providencia. Él es nuestro Creador. Así dice Orígenes: «De la misma manera que confesamos que Dios es incorpóreo, omnipotente, invisible, confesamos también, como dogma seguro e incontrovertible, que Él tiene cuidado de las cosas humanas, y que ninguna se señala en el cielo ni en la tierra fuera del alcance de su providencia.«Recuerda que hemos dicho que ninguna cosa se cumple sin su providencia, no sin su voluntad. Ya que muchas cosas se hacen sin su voluntad, pero ninguna sin su providencia.«En efecto, mediante la providencia que Él procura, provee las cosas que se suceden; mientras que, mediante su voluntad, quiere o no quiere alguna cosa» (Homilía 3, 2 sobre el Génesis).

 

Marcos 6,7-13: Jesús llama a los Doce para enviarlos de dos en dos. Ellos se dedicarán a prolongar la actividad profética de su Maestro. Todo lo van haciendo bajo el signo de la pobreza, de la que han de dar testimonio la Iglesia y todos y cada uno de sus hijos. Así dice San Ambrosio: «Los preceptos del Evangelio indican qué debe hacer el que anuncia el reino de Dios: “sin báculo, sin alforja, sin calzado, sin pan, sin dinero”, es decir, no buscando la ayuda de los auxilios mundanos, abandonado todo a la fe y pensando que, mientras menos anhelemos los bienes temporales, más podremos conseguirlos.«Este pasaje parece tener por fin formar un estado de alma enteramente espiritual, que parece se ha despojado del cuerpo como de un vestido, no sólo renunciando al poder y despreciando las riquezas, sino también apartando aun los atractivos de la carne» (Comentario a San Lucas VI,65).Y San León Magno: «Que los falsos placeres de la vida presente no frenen el empuje de aquellos que vienen por el camino de la verdad, y que los fieles se consideren como viajeros en el itinerario que siguen hacia su patria; que comprendan que en el uso de los bienes temporales, si a veces hay algunos que agraden, no deben apegarse bajamente, sino continuar valientemente la marcha» (Sermón 72).Y San Beda: «Se equivoca quien se figura que podrá encontrar paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas» (Homilía 12, sobre la Vigilia de Pentecostés).

 

04Viernes

Años impares

Hebreos 13,1-8: Jesucristo es siempre el mismo, ayer, hoy y siempre. Los fieles han de brillar en el amor, la pureza, el desprendimiento de los bienes materiales, «sin ansias de dinero», en la presencia de Jesucristo, que vive para siempre. En efecto, el Cristo histórico vive ya en un eterno «hoy», y Él es al mismo tiempo el objeto de la fe y el autor de la salvación. Así escribe Clemente de Alejandría: «Todos los poderes del Espíritu, unificados en un solo ser, se consuman en Él mismo, en el Hijo; pero Él es irreductible a un límite definido, si se intenta dar noción de cada uno de esos poderes. Por eso, el Hijo no es el Hijo sino en cuanto uno, no múltiple como partes, sino uno, como unión de todas las cosas. Por donde viene a ser también todas las cosas. En efecto, Él mismo es como un círculo de todos los poderes, que se resuelven y unifican en uno.«Con razón el Logos se dice “Alfa y Omega” (Ap 1,8). Por Él solo el fin viene a ser principio, y vuelve de nuevo al principio inicial, sin permitir ninguna interrupción. Por eso creer en Él y por Él significa fundarse en la unidad, uniéndose en Él, sin distanciamiento alguno (1 Cor 7,35). Y no creer significa estar en la ambigüedad, estar desunido y dividido» (Stromata 4,25, 156-157).Difícilmente podemos encontrar un comentario más profundo y bello a la expresión: «Cristo, ayer, hoy y siempre»

.–Todo nuestro auxilio y apoyo lo encontramos en el Señor. Así lo confesamos en el Salmo 26: «El Señor es mi Luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres mi auxilio; no me deseches».

 

Años pares

Eclesiástico 47,2-13. De todo corazón amó David a su Creador, entonando salmos cada día. Esta Escritura hace el elogio de David, y celebra sus grandes hazañas. En la tradición  cristiana los Salmos se llaman «Salmos de David». Aunque no los compuso todos, es cierto que compuso algunos, y que los usaba para cantar al Señor. El mejor recuerdo que nos ha quedado de David son los Salmos. En ellos está la gloria de David, más que sus victorias guerreras. Escribe San Ambrosio:«¿Qué cosa más hermosa que los salmos? Como dice bellamente el salmista: “Alabad al Señor, que la música [los salmos] es buena: nuestro Dios merece una alabanza armoniosa”. Y con razón: Los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, la aclamación de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante.«Los salmos calman nuestras iras, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría. Ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y concordia, son como la cítara que aúna en un sólo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día y con los salmos celebramos su ocaso. En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la vez un canto que deleita y un texto que instruye» (Comentario al Salmo 1,9-12).

El Salmo 17 es como un canto del rey David por su liberación y su victoria sobre los enemigos. David, como en su tiempo Abrahán, ha recibido una promesa de Dios y vive de la fe en esa promesa. En su propia vida puede ir descubriendo el cumplimiento sucesivo de dicha promesa por caminos extraños y maravillosos. Su vida, iluminada por la promesa, se hace así una «teofanía», es decir, una manifestación continua de Dios. Su camino es el camino de Dios. Pero la promesa desborda la persona histórica de David, avanza en la historia por la dinastía davídica, hasta que se cumple de modo desbordante en el descendiente de David, nuestro Señor Jesucristo: «Sea ensalzado mi Dios y Salvador. Perfecto es el camino de Dios, acendrada es la promesa del Señor, Él es escudo para los que a Él se acogen. Viva el Señor, bendita sea mi Roca... Te daré gracias entre las naciones, Señor, y tañeré en honor de tu nombre. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido, de David, y su linaje por siempre».

El Mesías, Cristo, que nace del linaje de David, reza con frecuencia los Salmos, y da a su canto acentos nuevos y bellísimos.

 

 Marcos 6,14-29: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado. Eso es lo que llega a pensar el brutal rey Herodes. Comenta San Agustín: «La lectura del Santo Evangelio presentó ante nuestros ojos un cruel espectáculo: la cabeza de Juan en una bandeja. Él, testimonio de la crueldad de una bestia, fue decapitado por el odio a la verdad. Danza una joven, su madre siente rebosar crueldad, y entre los placeres y lascivias de los comensales el rey jura tremendamente e impíamente cumple lo jurado.«Así vino a realizarse en Juan lo que él mismo había predicho: “conviene que Él crezca y que yo mengüe” (Jn 3,30). Juan menguó al ser decapitado y Cristo creció levantado en la Cruz. La verdad suscitó el odio. No podían soportarse con ánimo sereno los reproches de aquel santo hombre de Dios, que ciertamente buscaba la salvación de aquellos a quienes los dirigía. Ellos le devolvieron mal por bien. ¿De qué podría hablar él sino de lo que estaba lleno? ¿Y qué podían responderle ellos sino de lo que estaban llenos?» (Sermón 307,1).«La boca mentirosa da muerte al alma» (Sab 1,11). El Bautista tenía que hablar rectamente y dar «testimonio de la verdad» (Jn 5,33), como Jesús (Jn 18,37), aunque tuviera que sufrir, aunque hubiera de morir. Nada tiene que ver con esto, ni siquiera lo entiende, un espíritu frívolo y una vida mundana.

 

04Sábado

Años impares

Hebreos 13,15-17.20-21: Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor, os haga perfectos en todo bien. Comenta San Agustín: «En todas mis palabras presento un espejo. Y no son palabras mías, sino que hablo por mandato del Señor, por cuyo temor no callo. Pues, ¿quién preferiría callar y no dar cuenta de vosotros? No. Ya que aceptamos la carga, ni podemos ni debemos sacudirla de nuestros hombros.«Escuchasteis, hermanos, cuando se leía la Carta a los Hebreos (13,17)... ¿Cuándo velamos por vosotros con gozo? Cuando vemos a los hombres progresar por el camino de la palabra de Dios. ¿Cuándo trabaja con alegría el labrador en su campo? Cuando mira el árbol y ve sus frutos; cuando mira la cosecha y ve la abundancia cosechada en la era. No fue en vano su trabajo, no dobló los riñones en vano, no fue inútil el que sus manos estén encallecidas, no resultó inútil el frío y el calor soportado...«Pues a los superiores les conviene entristecerse a causa de vuestras maldades. Esa misma tristeza a ellos les resulta provechosa; pero a vosotros no os conviene... No queremos nada que nos convenga a nosotros, si no os conviene también a vosotros. Por tanto, hermanos, hagamos el bien al mismo tiempo en el campo del Señor, para que disfrutemos juntos de la recompensa» (Sermón 82,15).

–La vida cristiana, y concretamente el ministerio pastoral, puede implicar no pocas penalidades. Pero todas las sobrellevamos con buen ánimo, fiados en Cristo, el Buen Pastor, y por eso cantamos con el Salmo 22: «El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... Preparas una mesa ante mí [la Eucaristía]... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida. Habitaré en la Casa del Señor por años sin términos».

 

Años pares

–1 Reyes 3,4-13: Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo. En respuesta a la desinteresada oración de Salomón, Dios promete al nuevo rey la sabiduría, junto con la riqueza y la gloria. Una vez más se manifiesta el gran poder de la oración. Así lo enseña San Juan Crisóstomo: «La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella, nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos, y recibe unos bienes que superan todo lo material y visible» (Homilía 6 sobre la oración).Y Orígenes: «Quien siempre ora, es siempre escuchado» (Tratado sobre la oración 13).

–La oración del joven rey Salomón, pidiendo a Dios inteligencia y prudencia para saber gobernar, nos hace cantar las maravillas de la ley del Señor con el Salmo 118,9-14: «Enséñame, Señor, tus leyes, ¿Cómo podrá un joven andar honestamente? Cumpliendo tus palabras. Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra Ti. Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes. Mis labios van enumerando los mandamientos de tu boca. Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas». El cumplimiento de la voluntad de Dios es la norma de la sabiduría y de la prudencia. Observar sus mandatos es causa de alegría y fuente de la más alta riqueza.

 

 –Marcos 6,30-34: Jesús sintió lástima de la muchedumbre, viendo que andaban como ovejas sin pastor. Esta visión tan angustiosa del Corazón de Cristo le lleva a hacerse Él mismo Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Y el distintivo del Pastor bueno es su abnegada e incansable solicitud por el rebaño. Así escribe San Gregorio de Nisa:«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Toda la humanidad que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja. Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo; llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna... Enséñame, pues –dice el sagrado texto–, dónde pastoreas, para que yo pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda allí mismo acudir a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que brota de tu costado, fuente de agua abierta por la lanza, que se ha convertido para todos los que de ella beben en “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14).«Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé en paz y descansaré bajo la luz, sin mezcla de sombra... Enséñame, pues, cómo tengo que recostarme y pacer, y cuál es el camino del reposo a mediodía, no sea que, por ignorancia, me sustraiga de tu guía y me junte a un rebaño que no sea el tuyo» (Homilía 2 sobre el Cantar de los Cantares).

 

5ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios» (Sal 9,6-7).
Colecta (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que ella sólo en ti ha puesto su confianza».
Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos que sean también para nosotros sacramento de eternidad».
Comunión: «Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los colmó de bienes» (Sal 106,8-9). «Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,5-6).
Postcomunión (del propio de los dominicos, e inspirada en textos del Nuevo Testamento: Rom 12,5; 1 Cor 10,16; Jn 15,16; 17,11-21): «Oh Dios, que has querido hacernos partícipes de un  mismo pan y de un mismo cáliz, concédenos vivir tan unidos a Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo».

 

05CICLO A

Por el Bautismo pasamos de las tinieblas a la luz. Por eso siempre hemos de ser luz para los demás, llevando una vida cristiana irreprochable.

 

–Isaías 58,7-10: Entonces nacerá tu luz como la aurora. El profeta Isaías anuncia la regeneración mesiánica como una irrupción en la vida de los hombres de la luz divina, que es capaz de transformar toda su existencia. Cristo también se presenta como Luz, que ilumina las tinieblas del mundo. El tema de la luz es riquísimo en la Sagrada Escritura y en la doctrina patrística. En el prólogo del Evangelio de San Juan el Verbo eterno del Padre es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre. Oigamos a San Agustín: «El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. Él ha sido enviado no porque sea desemejante al Padre, sino porque es una emanación de la claridad de Dios Omnipotente. El caudal y la fuente son una misma sustancia. No es como agua que salta de los veneros de la tierra o de las hendiduras de la roca, sino como “Luz de Luz”. Cuando se dice “esplendor de la Luz eterna”, ¿qué otra cosa queremos significar sino que es Luz de Luz eterna? ¿Qué es el esplendor de la luz sino luz?El Verbo encarnado es, «en consecuencia,  coeterno a la Luz de la que es el esplendor. Se dice “esplendor de la Luz”, para que nadie crea más oscura la Luz que emana que la Luz de la cual emana» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 4, 20,27).

–El cristiano, viviendo en Cristo, vive en la Luz. Por eso con razón cantamos el Salmo 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor...»Nadie más justo que el Señor Jesús, nadie tan clemente ni tan compasivo como Él. Por eso nadie brilla en las tinieblas con una Luz tan esplendorosa como la Suya.

 

–2 Corintios 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado. No es la filosofía humana, ni la filosofía de los hombres la que puede iluminar nuestra vida para la salvación, sino el misterio de Cristo crucificado y el poder renovador del Espíritu Santo, que nos transforma profundamente, iluminándonos en la fe. Comenta San Agustín: «Aunque sólo sepa esto [el misterio de la Cruz], nada le queda por saber. Cosa grande es el conocimiento de Cristo crucificado, pero es mostrado a los ojos de los pequeños como un tesoro encubierto... ¡Cuántas cosas encierra en su interior ese tesoro...! ¡Cristo crucificado! Tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.«Quieren engañarnos, pues, bajo el pretexto de la sabiduría... ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿Cuál es el precepto [del Señor], sino que creamos en Él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? Creer en Cristo crucificado. Escuche, pues, la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia... Es éste el mandato: que creamos en Cristo crucificado. Pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada la garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados, se burla de Cristo crucificado» (Sermón 160,3).

 

–Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo. Las lecturas de este día tienen una gran unidad temática. El Nuevo Testamento muestra al auténtico cristiano como un hombre iluminado por Cristo, esto es, como un «hijo de la luz» (Lc 16,8; Jn 12,36; Ef 5,8; 1 Tes 5,5). Por tanto el cristiano, con su conducta, ha de purificar e iluminar el mundo, glorificando a Dios en medio de la humanidad. Comenta San Agustín: «Cuando dije que vosotros erais luz, quise decir que erais lámparas. Pero no exultéis, llenos de soberbia, no sea que se os apague la llama. No os pongo bajo el celemín, sino en el candelabro, para que deis luz. ¿Y cuál es el candelabro para la lámpara? Escuchad cuál. La Cruz de Cristo es el gran candelabro. Quien quiera dar luz, que no se avergüence de ese candelabro de madera...«Si no habéis podido encenderos vosotros para llegar a ser lámparas, tampoco habéis podido colocaros sobre el candelabro; sea glorificado quien os lo ha concedido... Dice el Apóstol: “lejos de mí gloriarme, si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). Por tanto, “esté crucificado el mundo para vosotros, y vosotros para el mundo” (ib.)... Pon tu gloria en estar en el candelabro [de la Cruz]. Conserva siempre, oh lámpara, tu humildad en ese candelabro, para que no pierdas tu resplandor. Y cuida de que la soberbia no te apague» (Sermón 289,6).

 

05CICLO B

Todos tenemos profunda necesidad de la redención de Cristo. Y esta necesidad tiene sus raíces en nuestra propia condición humana: débil, limitada y siempre amenazada por el misterio del pecado, del dolor y del sufrimiento. Esto es un enigma, que sólo a la luz de la fe cristiana encuentra su interpretación exacta y salvífica. Una concepción racionalista de la vida no hace más que aumentar el dolor y la angustia del hombre e, incluso, puede llevarle hasta la desesperación. Por el contrario, la Iglesia nos enseña, como hoy lo hace en su liturgia, a iluminar el problema del dolor a la luz de la revelación divina. El Vaticano II dice: «Éste es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida» (Gaudium et spes 22).

 

–Job 7,1-4.6-7: Me asignan noches de fatiga y mis días se consumen sin esperanza. El libro de Job proclama la trascendencia de Dios eterno sobre las limitaciones de la vida humana en el tiempo. El dolor y el sufrimiento son, para el hombre, un signo de sus limitaciones y de su debilidad, y al mismo tiempo una llamada providencial, para purificar su vida y buscar en Dios la salvación. Comenta San Agustín:«... Viéndose en el padecimiento de tantos males, dice Job: “¿acaso no es la vida humana una milicia sobre la tierra?” (7,1). Hallándose, pues, Job en esta vida humana, se halla, sin duda, en medio de la tentación. Y quiere verse libre de tal prueba. Hasta él echa de menos la vida en que no existe tentación. Si la echa de menos, eso significa que aún no es feliz.«En consecuencia, tampoco es feliz ningún hombre que puedas imaginar, describir, diseñar o desear. No lo encontrarás. En esta tierra nadie puede ser feliz... Y qué gran bien hay en la paciencia... Resistimos en esta vida terrena gracias a ella. Quien no la tenga desfallecerá y quien desfallezca no llegará a la patria deseada» (Sermón 396 A, 6-7).

–El Señor es roca en nuestra debilidad y alegría en nuestras penas. Por eso en el Salmo 146 proclamamos: «Alabad al Señor que sana los corazones quebrantados. Alabad al señor que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel. Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes»..

 

.–1 Corintios 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! La Iglesia, responsable y depositaria de la obra redentora de Cristo, siente a diario hondamente la necesidad que todos los hombres tienen del Evangelio de salvación. Y la evangelización es misión de todos los cristianos, cada uno según su vocación y circunstancia. Dice San Gregorio Nacianceno: «Jesús, que desde el principio acogió a los pecadores, va de un lugar a otro (Mt 19,1). ¿Con qué fin? No sólo para ganar un mayor número de hombres para el amor de Dios, frecuentando su trato, sino también, a mi parecer, para santificar un mayor número de lugares. Se hizo judío para el judío, para ganar a los judíos. Para rescatar a los que estaban bajo la Ley, se sujetó a la Ley. Con los débiles se hizo débil, a fin de salvar a los débiles; se hizo, en fin, todo a todos, para ganar a todos (1 Cor 9,19-23)» (Sermón 37,1).Y San Gregorio de Nisa: «Considerando que Cristo es la Luz verdadera, sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la Luz verdadera. Los rayos del Sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos... y para que, obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras» (Tratado sobre la ejemplaridad cristiana).

 

Marcos 1,29-30: Curó de diversos males a muchos enfermos. Cristo Jesús, el Siervo de Dios, padeciendo por los pecados de los hombres (Is 52,13ss.), ha tomado sobre su Corazón redentor nuestras miserias y debilidades, y ha orientado eficazmente nuestras vidas hacia la salvación definitiva y eterna. San Cirilo de Alejandría escribe: Jesús, «una vez vencido Satanás, y coronada la naturaleza humana con la victoria conseguida sobre él, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu, utilizando su poder para obrar milagros varios y causando gran admiración. Obraba milagros, recibiendo la gracia no del exterior y dada por el Espíritu, como ocurría en los otros santos, sino porque es el Hijo natural y verdadero de Dios Padre, y heredero de todo lo que le es propio» (Comentario al Evangelio de San Lucas).

 

05 CICLO C

La liturgia de este Domingo, a través de las tres lecturas propone un idéntico tema: los creyentes forman una comunidad de enviados, es decir, de apóstoles. Dios se ha revelado a ellos. Ellos lo han conocido, han sido llamados y han sido enviados. Todo cristiano ha de transmitir ante todo lo que él mismo ha recibido. El bien es difusivo de sí mismo. En la asamblea litúrgica de cada domingo es donde el cristiano se ha de preparar y encender para difundir después el mensaje de salvación por todas partes, según sus propias circunstancias y posibilidades, con su palabra, con su ejemplo y con su oración. «Salvado para salvar». Eso es el creyente. Ésa es la vocación cristiana. Por iniciativa divina fuimos elegidos para injertarnos en el misterio de Cristo y servir, así, de testigos y de continuadores de la obra de la salvación sobre otros hombres. La vocación cristiana es por su naturaleza una vocación apostólica.

 

–Isaías 6,1-2.3-8: Aquí estoy, envíame. Toda vocación, aunque nace de iniciativa divina, supone en el elegido una actitud de disponibilidad generosa ante la voluntad de Dios. Yahvé tiene su trono en el cielo, pero también establece su sede en medio de su pueblo. San Jerónimo dice: «Hay cuatro clases de apóstoles: una que no es por los hombres ni por el hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre; otra, que ciertamente es por Dios, pero también por el hombre; la tercera que es por el hombre, no por Dios; la cuarta, ni por Dios ni por el hombre, sino por sí mismo.«Al primer grupo pueden pertenecer Isaías (Is 6,8), los demás profetas y el mismo Pablo, que fue enviado no por los hombres ni por un hombre, sino por Dios Padre y por Cristo. Del segundo grupo, Josué, hijo de Nun, que fue constituido apóstol por Dios ciertamente, mas por medio de un hombre, Moisés (Dt 34,9). La tercera clase, cuando alguno se ordena por el favor o la astucia; como ahora vemos que muchos han venido al sacerdocio no por voluntad de Dios, sino habiéndose ganado el favor del vulgo. El cuarto, es el gremio de los pseudoprofetas y pseudoapóstoles, de los que dice el Apóstol: “esos individuos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, disfrazados de apóstoles de Cristo” (2 Cor 11,13)» (Comentario a la Carta de los Gálatas 2,43).

–Con el Salmo 137 proclamamos: «Delante de los ángeles tañeré para Ti, Señor. Te doy gracias, Señor, de todo corazón; me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad. Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor de mi alma... Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos»

 

.–1 Corintios 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. El verdadero cristiano es el hombre elegido por Dios para configurarse a la imagen del Hijo (Rom 8,29), de modo que venga a ser así en medio de los hombres testigo de la nueva vida pascual. San Agustín predica en un sermón: «Contempla a Pablo, una partecita de esa heredad [del Señor}, míralo enflaquecido, diciendo: “no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios”. ¿Por qué entonces apóstol? “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Enflaqueció Pablo, pero Tú lo perfeccionaste. Y pues es lo que es por la gracia de Dios, mira lo que sigue: “y su gracia en mí no fue vana, sino que trabajé más que todos ellos”. ¿Comienzas a atribuir a ti mismo lo que antes atribuías a Dios? Atiende lo que sigue: “pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Bien, hombre débil. Serás engrandecido en la fortaleza, ya que eres agradecido. Tú eres Pablo, pequeño en ti, grande en el Señor. Tú eres quien rogaste tres veces al Señor que retirase de ti el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que te abofeteaba. Y ¿qué se te dijo? ¿Qué se te respondió cuando esto pedías? “Te basta mi gracia, pues la fuerza se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,7-9)» (Sermón 76,7).

 

–Lucas 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron. La vocación cristiana, como respuesta fiel a la llamada de Cristo, exige siempre un cambio de vida personal, que convierta a quienes la reciben en auténticos testigos del Evangelio. Oigamos a San Agustín: «Recibieron de Él las redes de la palabra de Dios, las echaron al mundo, cual a un hondo mar, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y que nos causa admiración. Aquellas dos barcas simbolizaban los dos pueblos: el de los judíos y el de los gentiles, el de la Iglesia y el de la Sinagoga...«¿Y qué hemos escuchado? Que entonces las barcas amenazaban hundirse por la muchedumbre de peces. Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes, pues si no se hubiesen roto las redes no hubiesen existido cismas» (Sermón 248,2).

 

05Lunes

–Génesis 1,1-19: Dijo Dios y así fue. Ninguna cuestión más fascinante que el del origen del mundo y de la humanidad. Los hombres sin fe siguen torturados por él. Nosotros, los cristianos, tenemos la respuesta en las primeras páginas de las Sagradas Escrituras. El Libro de los orígenes, al comienzo de la Biblia, presenta, dentro de un magnífico poema litúrgico, el misterio de la creación del mundo. Todo cuanto existe es obra de la Palabra de Dios y expresión de su voluntad. San Agustín ha comentado este pasaje bíblico muchas veces: «Hermoso es el mundo, pero más hermoso Aquél por quien el mundo fue hecho. Suave es el mundo, pero más suave es Aquél por quien fue hecho el mundo. ¿Cómo es que el mundo es malo, siendo bueno quien hizo el mundo? ¿No hizo Dios todas las cosas y “eran todas buenas”?... ¿Cómo, pues, es malo ahora el mundo y bueno quien hizo el mundo?  Porque “el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció” (Jn 1,10). Por Él fue hecho el mundo, es decir, el cielo y la tierra, y todo cuanto hay en ellos. Pero el mundo no lo conoció, es decir, los amantes del mundo, los que aman al mundo y desprecian a Dios: éste es el mundo que no lo conoció. Por tanto, el mundo es malo, porque son malos los que prefieren el mundo a Dios» (Sermón 96,4-5).

–Contemplando la creación, brota de nuestros labios una gran alabanza a Dios, la del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas. De los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes... ¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! ¡Bendice, alma mía, al Señor!»

 

Años pares

1 Reyes 8,1-7.9-13: Llevaron el Arca al Santuario, y la nube llenó el Templo. La gloria divina llena el templo del Señor. La gloria es Dios mismo, en cuanto que se revela habitando entre los suyos. Cristo es el resplandor de la gloria del Padre (Heb 1,3). Su presencia es, por tanto, protección y salud para los que a Él acuden. También hemos de considerar la dignidad sublime del templo cristiano, donde se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario, donde se guarda la Eucaristía y se administran los sacramentos... Y no hemos de olvidar tampoco que el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por eso todo en él debe ser santo: santos los pensamientos, deseos, afectos, palabras, obras... santa toda su vida. Exhorta San León Magno: «Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a las antiguas vilezas con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino luminoso de Dios (Col 1,13). Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes, pues, a tan excelso huésped con acciones pecaminosas; no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad» (Sermón 21,3).

–Desde Efrata el Arca es llevada y establecida en una mansión definitiva. El Salmo 131 repite toda la liturgia de la entronización: gala de los sacerdotes, aclamación del pueblo, lugar prominente del rey, el Ungido, que viene en presencia de Yahvé y del Arca: «Levántate, Señor, ven a tu mansión. Oímos que estaba en Efrata, la encontramos en el Soto de Jaar: entremos en su morada, postrémonos ante el estrado de sus pies... Ven con el arca de tu poder; que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen. Por amor a tu siervo David, no niegues audiencia a tu Ungido». Para nosotros el Ungido por antonomasia es Cristo. Dice San Ambrosio: «Cristo es la luz eterna de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo» (Comentario al Salmo 43).

 

Marcos 6,53-56: Los que tocaban a Jesús se ponían sanos. Después de la multiplicación de los panes y de sosegar la tempestad, un nuevo resumen nos describe la actividad de Jesús en una serie de milagros. En muchos de ellos se da un encuentro personal de Jesús con los hombres, y por parte de éstos, vemos una aceptación de la persona de Jesús, el Salvador, a cuyo encuentro salen. San Juan Crisóstomo observa: «Ya no se le acercan como al principio: no le obligan a que vaya a sus propias casas, ni a que impongan las manos a los enfermos, ni a que lo mande de palabra. Ahora se ganan la curación de modo más elevado, más sabiamente por medio de una fe mayor. La mujer del flujo de sangre les había enseñado a todos esta sabiduría. Por lo demás, el mismo Evangelista nos da a entender que, de mucho tiempo atrás, había estado el Señor en aquellas partes... Sin embargo, no sólo no había el tiempo destruido la fe de aquella gente en el Señor, no sólo la había mantenido viva, sino que la había aumentado.«Toquemos también nosotros la orla de su vestido; más aún, pues la verdad es que su Cuerpo mismo está ahora puesto delante de nosotros. No toquemos solo su vestido, sino su Cuerpo. No solo está presente para tocarle, sino para comerle y hartarnos de su carne. Acerquémonos, pues, a Él con viva fe, llevando cada uno nuestra enfermedad» (Homilías sobre San Mateo 50,2).

 

05Martes

Años impares

Génesis 1,20–2,4: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. La obra de Dios llega a su culmen en la creación del hombre. El Señor, por una decisión especial, lo hace a su imagen y lo establece como rey de la creación. Comenta San Agustín: «Amadísimos, mucho nos insiste Dios en la unidad entre todos. Fijaos bien en que al principio de la creación, cuando hizo todas las cosas, los astros en el firmamento y en la tierra las hierbas y los árboles, Dios dijo: “produzca la tierra, y aparecieron los árboles y cuanto verdea”... Pero llegó a la creación del hombre, y creó solo uno, y de ese uno, todo el género humano. Y ni siquiera quiso hacer dos, varón y mujer, por separado, sino uno solo, y de ese primer hombre hizo una sola mujer.«¿Por qué así? ¿Por qué el género humano tomó comienzo de un solo hombre, sino porque así se intima la unidad del género humano? También Cristo, el Señor, nació de solo una mujer, pues la unidad es virginal: conserva la unidad y se mantiene incorruptible» (Sermón 268,3).

–Entre todas las obras de la creación sobresale el hombre. Así lo proclamamos con el Salmo 8: «¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies».

 

Años pares

–1 Reyes 8,22-23.27-30: Dios no puede ser encerrado en un lugar, por muy digno que éste sea. Dios lo trasciende todo. Salomón suplica al Señor que escuche benigno las súplicas y oraciones que le dirija su pueblo en el Templo. Clemente de Alejandría escribe: «Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: “a Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, que está en el seno del Padre, éste lo manifestó” (Jn 1,18). Por eso algunos lo llamaron Abismo, pues aunque abarcando y conteniendo en su seno todas las cosas, es en sí mismo ininvestigable e interminable. «Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque, ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes?«No se le puede llamar adecuadamente el Todo, porque el todo se aplica a lo extenso, y Él es más bien el Padre de todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o límites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, estos no se aplican en el sentido estricto: cuando le llamamos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo hacer otra cosa, hemos de usar esas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo y no ande errante en cualquier cosa. Cada una de estas apelaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente.«Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras; pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es ingénito. Sólo resta que el Desconocido llegue a ser conocido por la gracia divina y por la Palabra que de Él procede» (Stromata 5,12,81).

–Dios, que no cabe en el cielo ni en la tierra, ha querido manifestar algo de su gloria en el antiguo templo de Jerusalén, y de un modo más especial en nuestras iglesias, con la Eucaristía. El Salmo 83 nos ofrece ideas sublimes sobre esta realidad: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Fíjate, oh Dios, en nuestro escudo, mira el rostro de tu Ungido. Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados». Todo esto se realiza más exactamente en nuestras iglesias, con la presencia real  de Cristo Sacramentado, con la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, con la oración litúrgica y extralitúrgica.

 

–Marcos 7,1-13: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. La base de la religiosidad está en la limpieza del corazón, en el amor al Padre y en la expresión de este amor en la convivencia humana. Dice San Juan Crisóstomo: «Cuando escribas y fariseos quieren presentar a los discípulos como transgresores de la ley, Él les demuestra que son ellos los verdaderos transgresores, mientras que sus discípulos están exentos de toda culpa. Porque no es ley lo que los hombres ordenan. De ahí que Él la llama “tradición”, y tradición de hombres transgresores de “la ley”. Y como no lavarse las manos no era realmente contrario a la ley, les saca a relucir otra tradición de ellos que era francamente opuesta a ella. De este modo viene a decirles que, bajo apariencia de religión, ellos enseñaban a los jóvenes a despreciar a sus padres...«Habiendo, pues, demostrado el Señor a escribas y fariseos que estaban acusando sin razón [a sus discípulos] de transgredir la tradición de los ancianos –ellos, que pisoteaban la ley de Dios–, les demuestra ahora lo mismo por el testimonio del profeta. Ya les había rebatido fuertemente, y ahora prosigue adelante. Es lo que hace siempre, aduciendo también el testimonio de las Escrituras, y demostrando de este modo su perfecto acuerdo con Dios.«¿Y qué es lo que dice el profeta? “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí”  (Is 29,13). ¡Mirad con qué precisión concuerda la profecía con las palabras del Señor, y cómo ya desde antiguo denuncia la maldad de escribas y fariseos!» (Homilías sobre San Mateo 51, 2).

 

05Miércoles

Años impares

Génesis 2,4-9.15-17: El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén. Situado en el jardín paradisíaco, el hombre es rey de todo. Así lo quiso el Señor; pero, al mismo tiempo, lo quiso dependiente de Él, como no podía ser menos, pues era criatura suya. Dice San Gregorio Nacianceno: «Dios puso al hombre en el paraíso, cualquiera que éste fuera, considerándolo digno del libre albedrío; para que el bien permaneciera en quien lo elige, como quien ha puesto en él capacidad de hacerlo. Lo hizo hortelano de árboles inmortales, los pensamientos divinos, los más simples y los más perfectos. Estaba desnudo por su sencillez y forma de vida sin artificio, lejos de todo encubrimiento y recelo. Pues así era conveniente que fuera quien había sido creado en el principio.«Y le fue dada la ley, que es el objeto sobre el que ejercitar la libertad. Le dió, en efecto, el mandato de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén 2,16); no porque éste hubiera sido mal plantado, y tampoco porque se le prohibiera por envidia –no desaten aquí sus lenguas los enemigos de Dios, imitando a la serpiente–, sino porque comer de él era bueno sólo en el momento oportuno. Este árbol, creo yo, representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era solo conveniente para quienes tuvieran una conveniente disposición...» (Sermón 38,12).

–La grandeza de la creación no se agota en el acto creador, sino que se continúa en la conservación y en el cuidado que Dios dispensa a sus criaturas. Este cuidado llegó a su más alta expresión en el hombre. Toda la narración de la colocación del hombre en el jardín del Edén es una imagen expresiva y fuerte del Dios cercano y amigo. Ante este designio amoroso de Dios, brota la alabanza del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y de majestad, la luz te envuelve como un manto. Todos ellos aguardan a que les eches la comida a su tiempo. Abres tu mano, y se sacian de bienes. Le retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo. Envías tu aliento, y los creas y repueblas la faz de la tierra».

 

Años pares

1 Reyes 10,1-10: La reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón. La crónica del reino de Salomón describe admirativamente la sabiduría, la magnificencia, la justicia y la fama del rey. En realidad, lo que se intenta mostrar es que es Dios quien se ha complacido en Salomón y, por amor a su pueblo, le ha dado sabiduría y riquezas. Y Cristo es más que Salomón (Mt 12,42). Escribe San Ambrosio: «Todo lo tenemos en Cristo; Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico; si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial; si tienes necesidad de ayuda, Él es fuerza; si temes la muerte, Él es vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si buscas refugio de las tinieblas, Él es  Luz; si buscas manjar, Él es alimento» (Sobre la virginidad 19,99).

–La proverbial sabiduría de Salomón se refleja bien en el Salmo 36: el fiel cumplimiento de la alianza nos guarda en la verdadera sabiduría. La mayor prudencia se da en el cumplimiento de la voluntad del Señor: «Encomienda tu camino al Señor y Él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho, como el mediodía. La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan. El Señor es quien salva a los justos, El es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a El».

 

–Marcos 7,14-23: Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. La enseñanza de Jesús sobre lo puro e impuro es una aplicación de su principio general sobre la verdadera religiosidad. San Juan Crisóstomo comenta: «El Señor, tanto en lo que afirma, cuanto en lo que legisla, se apoya en la verdad misma de las cosas. Por eso sus enemigos no se atreven a replicarle, y no le arguyen: “¿pero qué es lo que dices? ¿Dios nos manda tantas cosas acerca de la observancia de los alimentos, y tú nos vienes ahora con esa ley?” Y es que el Señor los había enmudecido eficazmente no sólo por sus argumentos, sino haciendo patente su mentira, sacando a pública vergüenza lo que ellos ocultamente habían hecho, y en fin, revelando los íntimos secretos de su alma. Por eso ellos, sin chistar, optan por la retirada. Pero considerad aquí, os ruego, por otra parte, cómo todavía el Señor no estima prudente romper abiertamente con la ley de los alimentos, y se limita a decir: “no es lo que entra en la boca lo que mancha al hombre”» (Homilía sobre San Mateo  51,3).De dentro del corazón salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad... Todas las maldades salen de dentro, y eso es lo que hace impuro al hombre. Pero esto no querían verlo los fariseos, sino que se aferraban a sus tradiciones, que miraban sobre todo a lo exterior del hombre.

 

05Jueves

Años impares

Génesis 2,18-25: Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos en una sola carne. El relato de la creación de la mujer pone de manifiesto su relación originaria con el hombre. La mujer es un don de Dios al hombre, una criatura no idéntica a él, pero sí complementaria; y lo mismo el varón para la mujer. Fundándose Jesús en este pasaje, proclamará la indisolubilidad del matrimonio, establecida por Dios desde el principio. Comenta San Agustín: «“Serán dos en una sola carne”; no son ya dos, sino una sola carne, se entiende según esa realidad que se da en Cristo y en la Iglesia. Como se habla de esposo y de esposa, así también de Cabeza y de Cuerpo, puesto que el varón es la cabeza de la mujer. Sea que yo hable de cabeza y cuerpo, sea que hable de esposo y de esposa, entended una misma cosa» (Sermón 341,12).

–La creación de la mujer nos lleva a cantar la bienaventuranza de la vida familiar, que expresa el designio de Dios sobre la vida del hombre, y lo hacemos con el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida». Es ocasión de orar por las familias del mundo, llamadas por Dios a un ideal tan alto y hermoso, y tan amenazadas por tantos peligros.

 

Años pares

1 Reyes 11,4-13: Por haber sido infiel al pacto, voy a arrancar el reino de tus manos; pero dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a David. Es la tragedia constante del Antiguo Testamento: la Alianza quebrantada tantas veces por la infidelidad, y siempre renovada por la misericordia de Dios. Por sus pecados, Salomón se precipita en su ruina; pero el Señor guarda su reino para un descendiente suyo, Jesucristo. Veamos lo que dice San Atanasio sobre el pecado: «El primer hombre, que se llama en hebreo Adán, al principio, según las Sagradas Escrituras, conservaba su espíritu vuelto hacia Dios, en la libertad más limpia, y vivía con los santos en la contemplación de las cosas inteligibles, de las que gozaba en el lugar que el santo Moisés ha llamado en figura el paraíso. Porque la pureza del alma le hacía capaz de contemplar a Dios en ella misma, como en un espejo...«Pero el alma humana, sin contentarse con haber encontrado el mal, poco a poco se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y olvidando que ella es la imagen del Dios bueno, el poder que hay en ella no ve ya al Dios Verbo, a cuya semejanza ella misma fue hecha; y saliendo de sí misma, no piensa ya ni imagina sino la nada. Porque ella ha escondido en los repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella, por el que sólo podía ver la imagen del Padre. Y así ya no ve más aquello en que un alma debe pensar; al contrario, vuelta hacia los lados, sólo ve aquello que cae bajo los sentidos.«Así, llena de toda suerte de deseos carnales, y ofuscada por la falsa opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse al modo de las cosas corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las apariencias el nombre de Dios. Ella ahora no aprecia más que aquello que ve y contempla como algo agradable. Ése es, pues, el mal, la causa y el origen de la idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).

–En el corazón de Salomón se introdujo la malicia y fue infiel al pacto, caminando tras otros dioses. Es el gran pecado del pueblo, la idolatría: dar culto a dioses extraños, pero también dar culto al dinero, a la ambición, al poder, a la violencia, al placer... Pero Dios misericordioso se compadece siempre de la miseria del hombre. A Él acudimos, pues, con el Salmo 105: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo. Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia... Visítame con tu salvación. Emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos, y cayeron en sus lazos. Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas; la ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad». Sin embargo, triunfa la misericordia del Señor sobre nuestro pecado, pues se compadece de su pueblo, del hombre que Él creó. Dios se acuerda siempre de nosotros con bondad, pero nosotros tenemos siempre necesidad de arrepentimiento.

 

Marcos 7,24-30: Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Jesús sana a la hija de la cananea, mujer de fe sumamente admirable. Comenta San Agustín: «Esta mujer cananea nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad. Nos enseña a subir desde la humildad hasta la altura. Al parecer, no pertenece al pueblo de Israel, al que pertenecían los patriarcas, los profetas... y también la Virgen María, que dio a luz a Cristo. La cananea no pertenece a este pueblo, sino a los gentiles... Ella gritaba, ansiosa de obtener el beneficio, y llamaba con fuerza. Él disimulaba, pero no para negar la misericordia, sino para estimular el deseo; y no sólo para acrecentar el deseo, sino también para tener ocasión de ensalzar la humildad.«Clamaba, pues, ella al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a realizar... Tengamos, pues, humildad, y si aún no la tenemos, aprendámosla. Si la tenemos, no la perdamos. Si no la tenemos, adquirámosla, para ser injertados; si la tenemos, retengámosla, para no ser amputados» (Sermón 77,2 y 15).Oigamos el sumo elogio que de la humildad hace Casiano: «La humildad, maestra de todas las virtudes, es, a la par, el fundamento inconmovible del edificio sobrenatural, el don por antonomasia y la gracia más excelsa del Salvador» (Colaciones 15,7).

 

05Viernes

Años impares

Génesis 3,1-8: Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal. No tiene por qué Dios deciros qué es lo bueno y qué lo malo. Vosotros mismos tenéis capacidad y autoridad para discernirlo. Ésta, la soberbia, es la tentación fundamental de los primeros padres, pero también de los hombres de todos los siglos. Comenta San Agustín: «La soberbia es gran malicia, la primera de todas, el principio y el origen, la causa de todos los pecados. Ella arrojó a los ángeles del cielo e hizo al diablo. Éste, arrojado de allí, dio a beber el cáliz de la soberbia al hombre, que aún se mantenía firme; elevó hasta la soberbia a quien había sido hecho a imagen y semejanza de Dios, que ahora ya se hace indigno, por la soberbia. El diablo sintió envidia de él, y lo convenció para que despreciara la ley de Dios y disfrutara de su propio poder autónomo. ¿Y cómo lo convenció? “Si coméis [de ese fruto], les dijo, seréis como dioses”. Ved, pues, si no los persuadió por la soberbia.«Dios hizo al hombre, y él quiso ser dios; tomando lo que no era, perdió lo que era; no digo que perdiera la naturaleza humana, sino que quedó privado de la felicidad presente y futura. Perdió aquello hacia lo que había de ser elevado, engañado por quien de allí había sido expulsado» (Sermón 340,A,1).

–Nuestra actitud después de pecar no ha de ser como la de nuestros primeros padres, «escondernos» de Dios. Sería tan perjudicial como inútil. Por el contrario, con toda humildad y confianza, hemos de reconocer ante el Señor nuestra culpa. De este modo obtendremos Su perdón. Así lo cantamos con el Salmo 31: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí; no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia; la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio; me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

Años pares

1 Reyes 11,29-32; 12,19: Se separó Israel de la casa de David. Un profeta anuncia a Jeroboán, de una manera pública, la disolución del reino unificado por David. Las tribus del norte reivindicarán su autonomía. Pero aunque parezca derrumbarse la casa de David, la fidelidad de Dios a sus promesas permanecerá para siempre, y de esa casa y linaje nacerá el Salvador de los hombres. Él es la Luz del mundo, el que iluminando a todos los pueblos, congrega a todos en un solo Reino. Escuchemos a Clemente de Alejandría:  «¡Salve, luz! Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esta luz es la vida eterna, y todo lo que de ella participa vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose por el miedo, deja el puesto al día del Señor. El universo se ve iluminado por la luz indefectible, y el ocaso se ha transformado en aurora... Cristo fue el que transformó el ocaso en amanecer, quien venció la muerte con la vida por la resurrección, quien arrancó al hombre de su perdición y lo levantó al cielo... Él es quien diviniza al hombre con una enseñanza celeste» (Exhortación a los paganos 11, 114,1-5).

–La división del reino fue fruto de la infidelidad. Ésta es la lectura sapiencial de la historia. La gran tentación de Israel, siendo la nación que Yahvé se había escogido como heredad, fue siempre la de asemejarse a las demás naciones. Y entonces, cuando Israel se aparta del plan salvífico de Dios, experimenta la ruina, el exilio, el desastre.– Pero la fidelidad de Dios permanece para siempre, como lo confiesa el Salmo 80: «Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, que te sacó de Egipto. Pero mi pueblo no escuchó mi voz. Israel no quiso obedecer. Los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios».

 

Marcos 7,31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Jesús llega a la Decápolis, donde cura a un sordomudo. Su fama se difunde por doquier. La muchedumbre lo glorifica. Este milagro de sanación nos hace recordar el rito sacramental de la iniciación cristiana: por él se nos abren los oídos para oír la palabra de Dios, y se nos desata la lengua para proclamar su gloria. La Escritura relaciona el mutismo con la falta de fe (Ex 4,10-17; Is 6; Mc 4,12). Y a esa luz se nos muestra la curación del mudo como un bien mesiánico. En efecto, los últimos tiempos nos sitúan en un clima de relaciones filiales con Dios, nos capacitan para oír su palabra, para responderla y también para hablar de Él a los demás. El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así en profeta, experto en la Palabra divina, apóstol, misionero, catequista; más aún, en familiar y amigo de Dios. Eso implica que puede escuchar la Palabra, responderla y proclamarla a los hombres. Necesita, pues, los oídos y los labios de la fe. Y la fe, como dice San León Magno, es don de Cristo: «No es la sabiduría terrena quien descubre esta fe, ni la opinión humana quien puede conseguirla; el mismo Hijo único es quien la ha enseñado y el Espíritu quien la instruye» (Sermón 75).Dios es la luz sobrenatural de los ojos del alma, que sin ella permanece en tinieblas.

 

05Sábado

Años impares

–Génesis 3,9-24: El Señor los expulsó del jardín del Edén para que labrasen el suelo. Los progenitores de la humanidad se ven excluidos de la felicidad, a la que en su origen los había destinado el Creador. Pero el Señor no los abandona. Ya entonces les anuncia una salvación por gracia: la que ofrece Cristo Jesús. Las consecuencias del pecado tienen siempre forma de rupturas: ruptura del hombre con Dios, ruptura del hombre consigo mismo, ruptura con la creación. Todo esto desbarata el estado anterior de la armonía primera. Todo queda dañado, menos el amor de Dios. Los descendientes de Adán nacemos con ese pecado, llamado original, y sufrimos todas sus consecuencias. Pero el amor de Dios, en la plenitud de los tiempos, resplandeció en Cristo, el nuevo Adán, el Redentor, el Reconciliador, el Mediador y Pontífice. Dice San Agustín: «Cuando vencemos en nosotros mismos las apetencias de los bienes temporales, vencemos en nosotros a aquel que reina mediante esas apetencias del hombre. Cuando le dijeron al diablo: “tierra comerás”, le dijeron al pecador: “tierra eres y en tierra te convertirás” (Gén 3,14-19). El pecador fue hecho así alimento del diablo. No seamos, pues, tierra, si no queremos ser devorados por la serpiente» (El combate cristiano 2).

–Hasta en el momento más ruinoso de la historia de la humanidad brilla la luz de la salvación, la fidelidad de Dios, su amor misericordioso. Así lo proclamamos con el Salmo 89: «Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre Tú eres Dios. Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: “retornad, hijos de Adán”. Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos».

 

Años pares

1 Reyes 12,26-32–13,33-34: Jeroboán hizo dos becerros de oro, y puso uno en Betel y otro en Dan. Pretende así asegurar la división entre los reinos de Israel y de Judá, no solo en lo político, sino también en lo religioso. Otra vez, como había sucedido en el Éxodo, las tribus del Norte representan a Yahvé como un «becerro» de oro. Recayendo así en la idolatría, son infieles a la alianza, y se apartan de Yahvé. También ahora muchos miembros del Pueblo de Dios se fabrican no pocos «becerros» de oro: el poder, la ambición, las riquezas, los placeres... La vida de muchos bautizados se cierra así a los designios de Dios, queda sorda a la Palabra de Dios, encarnada y escrita en Cristo. Los bautizados infieles se hacen dioses a su medida. La fe de los cristianos, como dice San León Magno, puede corromperse: «En esta misericordia de Dios, cuya grandeza no podemos explicar, los cristianos deben tener mucho cuidado de no dejarse atrapar por los lazos del demonio y envolverse de nuevo en los errores a los que han renunciado (cf. 2 Pe 2,20). En efecto, el antiguo enemigo, “transfigurándose en ángel de luz” (2 Cor 11,14), no cesa de tender por todas partes las redes de sus engaños y trabaja sin descanso para corromper de todas formas la fe de los creyentes... Sabe a quién conturbar con la tristeza, a quién engañar con la alegría, a quién abatir con el temor, a quién seducir con la adulación...«Engaña también a los que afirman mentirosamente que toda la vida humana depende de la influencia de las estrellas, y a los que atribuyen a una inevitable fatalidad lo que solo ha sido hecho por voluntad de Dios o de la nuestra. Para causar mayor daño, promete que las circunstancias pueden ser cambiadas mediante plegarias a los astros adversos... Arrojen de sí los fieles la costumbre de esta condenable perversidad, y guárdense de mezclar el honor debido solo a Dios con los ritos de los hombres, que son esclavos de las criaturas» (Sermón  27,4-5).

–El pecado de Jeroboán ha sido grande: ha incitado al pueblo a la infidelidad y a violar su alianza con Él. Es un episodio más en la historia de la prevaricación y del pecado, que se prolonga, ciertamente, en nuestros días. Volvámonos, pues, a Dios, rezando el Salmo 105, perfectamente actual: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo. Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas. En Horeb se hicieron un becerro de oro; adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo»

.Quien habiendo llegado a la fe en Jesucristo, se deja después dominar por la avaricia, se enaltece con los falsos honores, se abrasa con la envidia, se contamina con los deleites inmundos, y se goza con las prosperidades mundanas, renuncia a seguir a Cristo, en quien creyó.

 

–Marcos 8,1-10: La gente comió hasta quedar satisfecha. Segunda multiplicación de los panes y peces. Muchos autores ven en este prodigio un símbolo anticipador de la Eucaristía. En el acto de la sagrada comunión se realiza una inefable, íntima, viva y fecunda unión del hombre con Cristo Salvador. San Cirilo de Jerusalén describe así esta maravillosa unión: «Mezclad dos gotas de cera derretida y ambas se fundirán en una sola. De igual modo, cuando nosotros recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se realiza entre Él y nosotros tal unión que Él se encuentra en nosotros y nosotros en Él» (Catequesis 23,4).Y San León Magno: «La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, la sagrada Comunión, no aspira sino a que nos transformemos en lo que recibimos, a que llevemos en el alma y en el cuerpo a Aquél con quien hemos muerto, con quien  fuimos enterrados y con quien hemos resucitado» (Homilía 24,2).

 

6ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú, que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame» (Sal 30,3-4).
Colecta (Gelasiano): «Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios y sinceros de corazón, concédenos vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros».
 Ofertorio (del Misal anterior, con retoques tomados del Veronense): «Señor, que esta oración nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa para los que cumplen tu voluntad».
Comunión: «Comieron y se hartaron; así el Señor satisfizo su avidez» (Sal 77,29-30). «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16).
Postcomunión (del Misal anterior, con retoques tomados del Gelasiano): «Alimentados con el manjar del cielo, te pedimos, Señor, que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera».

06CICLO A

La Encarnación del Verbo, con su palabra y su vida, compromete toda nuestra conducta moral. Tiene fuerza para cambiar radicalmente nuestra vida, renovándola por el Evangelio, por obra del Espíritu Santo.

 

–Eclesiástico 15,16-21: Delante del hombre están la muerte y la vida. Y él, libremente, se orienta hacia lo que elige. La libertad del hombre fundamenta su responsabilidad teológica ante Dios y ante su propia conciencia. Es una libertad que puede y debe ser sanada por la gracia divina, con la que puede y debe colaborar. Solo así podrá ser una libertad perfecta. Esta antigua lectura es uno de los testimonios más claros de la libertad del hombre. Las consideraciones sapienciales que contiene meditan sobre el misterio del bien y del mal. ¿Cuál es la responsabilidad del hombre en el bien y en la culpa? El mal no proviene de Dios, sino del hombre, que, siendo dueño de su destino, usa mal de su libertad. Taciano enseña: «No fuimos creados para la muerte, sino que morimos por nuestra culpa. La libertad [el mal uso de la libertad] nos perdió. Esclavos quedamos los que éramos libres; por el pecado fuimos vencidos. Nada malo fue hecho por Dios; fuimos nosotros los que produjimos la maldad. Pero los mismos que la produjimos somos también capaces de rechazarla» (Discurso contra los griegos 11).

 – Con el Salmo 118 decimos: «Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor. Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor. Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón».–1 Corintios 2,6-10: Dios predestinó para nuestra gloria una Sabiduría que no es de este siglo. Cristo es, personalmente, la Luz de la Sabiduría divina, e ilumina amorosamente toda nuestra existencia. Sin Cristo, la vida del hombre permanece en las tinieblas, y corre el riesgo gravísimo de degradarse en el tiempo y para la eternidad

.Las discordias en la comunidad de Corinto nacen de una mentalidad y de una sabiduría meramente humana, que está contrapuesta a la Sabiduría de Dios, es decir, que se opone a su misterioso designio de salvación, fundamentado en la Cruz de Cristo. San Agustín comenta: En Cristo «fue crucificada su humanidad. Dios no cambió ni murió y, sin embargo, en cuanto hombre, sufrió la muerte. “Si lo hubieran reconocido, dice el Apóstol, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria” (1 Cor 2,8). Afirma que [Cristo] es “el Señor de la gloria”, y al mismo tiempo confiesa que fue crucificado... Él es el Señor, es el Hijo único del Padre, es nuestro Salvador, es el Señor de la gloria, y no obstante, fue crucificado, pero en la carne; y fue sepultado, pero en la carne» (Sermón 213,4).La falsa sabiduría es la que pertenece a este mundo, a «los príncipes de este siglo», es decir, a los que en él están vigentes y prestigiados, y consecuentemente, a las oscuras fuerzas del mal y de la mentira.

 

Mateo 5,17-37: Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo. Cristo se nos manifiesta como expresión de la voluntad definitiva del Padre. No ha venido a abrogar esa Voluntad divina, manifestada en la Ley, sino para consumarla en la verdadera santidad y en el pleno amor de Dios. San Juan Crisóstomo dice: «Imposible quede nada sin cumplirse, pues hasta la más leve parte [de la Ley] ha de cumplirse. Esto es exactamente lo que Él hizo, cumpliéndola con toda perfección. Pero aquí nos quiere dar a entender el Señor que el mundo entero ha de transformarse. Aquí pretende levantar a su oyentes, haciéndoles ver que Él viene a introducir en el mundo una nueva manera de vida,  que la creación entera va a ser renovada, y que el género humano es llamado a otra patria y a una vida más elevada...«Habiendo, pues, amenazado a los que infringen la ley, y propuesto grandes premios a los que la cumplen; habiendo además demostrado que con razón nos exige más de lo que pedían las antiguas medidas, pasa ya a establecer su propia ley, en parangón con la antigua. Con esto quiere hacernos ver dos cosas: primero, que no establece sus preceptos en pugna con los pasados, sino muy en consecuencia con ellos; y segundo, que muy razonable y oportunamente añade los nuevos» (Homilías sobre San Mateo 16,3 y 5).

 

06CICLO B

La realidad salvadora de Cristo se hace luz para nosotros por el don de la fe. Ella es la luz sobrenatural que nos infunde los mismos criterios y sentimientos propios del Corazón de Jesús, en su relación con el Padre y con los hombres. La santidad cristiana no depende, pues, del formalismo puritano de una fidelidad material a unos preceptos, sino de la fe y del amor a Dios que, a través de la fidelidad a esos preceptos, aseguran nuestra conducta de hijos y nos impulsan a buscar en cada momento su Voluntad amorosa, que está empeñada en perfeccionar la vida nuestra de cada día.

 

Levítico 13,1-2.44-46: El leproso vivirá solo, y tendrá su morada fuera del campamento. La ley mosaica, además de proclamar la santidad trascendente del Señor, velaba también por el bien común del pueblo a Él consagrado. Ésta es la razón de sus preceptos sobre la pureza cultual y comunitaria. La lepra aquí aparece como símbolo del pecado y de sus consecuencias. En efecto, cuando el hombre peca gravemente, se arruina para sí mismo y para Dios. Anda perdido, sin sentido y sin dirección, pues el pecado desorienta y extravía. El pecado es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano. En unos pocos momentos de malicia ha negado a Dios y se ha negado también a sí mismo. Su vida honrada, su vocación, las promesas que un día hiciera él mismo o hicieron por él en el bautismo, las esperanzas que Dios había puesto en él, su pasado, su futuro, todo se ha venido abajo... Queda como un leproso, solo, fuera del campamento, sin participación en la vida de la Iglesia, de la que se ha excluido. Por eso dice San Juan Crisóstomo: «El pecado no sólo es nocivo para el alma, sino también para el cuerpo, porque a causa de él el fuerte se hace débil, el sano enfermo, el ligero pesado, el hermoso deforme y viejo» (Homilía sobre 1 Corintios 99). Pero toda esa ruina podrá ser restaurada, por la misericordia del Salvador, con el arrepentimiento y con el sacramento de la penitencia.

– Con el Salmo 31 proclamamos: «Tú, Señor, eres mi refugio; me rodeas de cantos de liberación. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta su delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado».

El sacramento de la penitencia nos hace pasar de la muerte a la vida, de la enfermedad a la salud espiritual.–2 Corintios 10,31–11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. En la ley nueva no basta la santidad legalista o cultual. La salvación evangélica es obra de la fe, que da siempre la primacía a la caridad interior y exterior (Gál 5,6). Es la santidad de un corazón nuevo. La ley fundamental de la convivencia entre cristianos es la caridad. En la medida en que nos amamos, encontramos los puntos de acuerdo y de fraternidad, sabiendo todos renunciar a cualquier cosa en favor de los hermanos. El criterio último de nuestra conducta es siempre imitar a Cristo, que en todo ha buscado la gloria del Padre y el bien de los hombres. La vida cristiana ha de ser en todas sus manifestaciones una fiel imitación de Cristo, abriéndose a la acción de su Espíritu. San Gregorio Magno afirma: «Tanto los predicadores del Señor como los fieles deben estar en la Iglesia de tal manera que compadezcan al prójimo con caridad; pero sin separarse de la vía del Señor por una falsa compasión» (Homilía 37 sobre los Evangelios).

 

–Marcos 1,40-45: Le desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús ha venido a perfeccionar la ley. Él no desprecia la fidelidad a los preceptos, pero supera el formalismo puritano con una caridad verdadera ante las necesidades de los hombres, sus hermanos. Cristo tiene compasión del leproso, no sólo por lo horrible de la enfermedad, sino también por el estado de muerte civil y religiosa que, según la ley, implicaba. Nosotros podemos ver en el leproso del Evangelio no solo una imagen del pecador, sino también un símbolo de todos los marginados de la sociedad. A todos hemos de tender nuestra mano en una ayuda fraternal y verdadera. Pero hemos de tener siempre conciencia de que no seremos solidarios con los demás, sino en la medida en que seamos fieles al Padre. Nada frena tanto el buen desarrollo de la ciudad terrena como la pretensión del hombre de bastarse a sí mismo en su búsqueda personal y comunitaria de la felicidad. Siempre lleva a Dios el amor que procede de Él mismo. San Pedro Crisólogo elogia la fuerza transformadora de la verdadera caridad, aquella que participa de la fecundidad del amor divino: «La fuerza del amor no mide las posibilidades, ignora las fronteras, no reflexiona, no conoce razones. El amor no se resigna ante la imposibilidad, no se intimida ante ninguna dificultad» (Sermón 147).

 

06CICLO C

El Corazón de Cristo Redentor proclamó un día las actitudes fundamentales de los corazones elegidos por el Padre para realizar en ellos sus designios de salvación. No se trata de cumplir simplemente los mandamientos del decálogo, como en el Antiguo Testamento. Se requiere en el Nuevo un modo de vivir y de obrar totalmente nuevo. Pero esto sólo es posible con la fuerza del Espíritu Santo, que nos comunica el espíritu evangélico de las bienaventuranzas.

 

Jeremías 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre, y bendito aquel que confía en el Señor. Dos senderos se abren ante nuestra libertad: un camino de salvación divina, para cuantos confían en la Palabra y en el amor de Dios; y un camino de maldición, para cuantos ponen su confianza idolátrica en los bienes de la tierra. Comenta San Agustín:«¿Qué es “negarse a sí mismo”? No presuma el hombre de sí mismo; advierta que es hombre y escuche el dicho profético: “¡maldito todo el que pone su esperanza en el hombre!”. Así pues, sea el hombre guía de sí mismo, pero no hacia abajo; sea guía de sí mismo, pero para adherirse a Dios. Cuanto tiene de bueno atribúyalo a Aquél por quien ha sido hecho; y entienda que cuanto tiene de malo es de cosecha propia. No hizo Dios lo que de malo existe en él. «Por tanto, pierda el hombre lo que hizo, si fue algo que le llevó a la ruina. “Niéguese a sí mismo, dice el Señor, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). ¿A dónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde fue... Resucitó y subió al cielo; allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino por la promesa de Dios. El cielo estaba lejos de nosotros, antes de que nuestra Cabeza subiese a él. ¿Por qué perder ahora la esperanza, si somos miembros de la Cabeza? Allí hemos de seguirle» (Sermón 96,2-3).

–Con el Salmo 1 proclamamos: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia. Da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

 

1 Corintios  15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Las bienaventuranzas de Cristo tienen su garantía plena en su Resurrección redentora. Por el contrario, las bienaventuranzas humanas quedan todas ahogadas en el sepulcro. La resurrección de Cristo es el tema fundamental de la predicación de San Pablo y de toda la Iglesia. En nuestro tiempo, en que todo se centra sobre el progreso técnico y el bienestar material del hombre, es preciso acentuar lo que está en el origen de nuestra fe: la Resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección futura. La revelación nos pone en guardia para que no centremos nuestra atención en el mundo presente, porque esto podría perdernos, al hacernos olvidar la meta a la que nos dirigimos, y al sofocar en nosotros la esperanza de la patria celestial, la Jerusalén celeste. Hagamos nuestra la actitud de los santos, como San Ignacio de Antioquía, que escribe camino de su martirio: «Mi amor está crucificado, y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos. Únicamente oigo en mí interior la voz de un agua viva, que me habla y me dice: “ven al Padre”» (Romanos 4, 1-2).Y San Cipriano: «¡Qué gran dignidad, salir glorioso en medio de la aflicción y de la angustia, cerrar los ojos, con los que vemos a los hombres y el mundo, para volverlos a abrir en seguida y contemplar a Dios!» (Tratado a Fortunato 13).

 

–Lucas 6,17.20-26: Dichosos los pobres; y ay de vosotros, los ricos. Cristo es personalmente la clave necesaria para interpretar sus bienaventuranzas. Son ellas un autorretrato fidelísimo de su Corazón ante el Padre y ante los hombres. Las comenta San Ambrosio: «San Lucas no ha consignado más que cuatro bienaventuranzas del Señor; San Mateo, ocho; pero en las ocho se encuentran las cuatro, y en las cuatro las ocho... Ven, Señor Jesús, enséñanos el orden de tus bienaventuranzas. Pues, no sin un orden, has dicho Tú primero: bienaventurados los pobres de espíritu; en segundo lugar, bienaventurados los mansos y en tercer lugar, bienaventurados los que lloran.«Aunque conozco algo, no lo conozco más que en parte; pues, si San Pablo conoció en parte (1 Cor 13,9), ¿qué puedo yo conocer, que soy inferior a él, tanto en la vida cuanto en las palabras?... ¡Cuánto es más sabio San Pablo que yo! Él se gloría en los peligros, yo en los buenos acontecimientos; él se gloría, porque no se exalta en las revelaciones; yo, si tuviese revelaciones, me gloriaría en ellas. Mas, Dios, sin embargo, puede “suscitar hombres de la piedras” (Mt 3,9), sacar palabras de las bocas cerradas, hacer hablar a los mudos; y si abrió los ojos de la borriquilla para que viese al ángel (Num 22,27), Él tiene poder también para abrir nuestros ojos, a fin de que podamos ver el misterio de Dios...«Aunque la abundancia de riquezas implica no pocas solicitaciones al mal, también en ellas hay más de una invitación a la virtud. Sin duda alguna, la virtud no tiene necesidad de ayudas, y la contribución de los pobres es más digna de elogios que la liberalidad de los ricos; sin embargo, a los que Él condena por la autoridad de la sentencia celestial, no son aquéllos que tienen riquezas, sino aquéllos que no saben usarlas» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. V, 49,52 y 69).

 

06Lunes

Años impares

–Génesis 4,1-15.25: Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. El mal se difunde por el mundo pecador y el primer homicida es una muestra de esa progresión. Caín obra el mal, tiene «el pecado a su puerta», envidia a su hermano, se enfurece y acaba matándolo. La ruptura del hombre con Dios provoca necesariamente la ruptura mutua entre los hombres. Y a la inversa, la reconciliación con Dios trae como consecuencia necesaria la reconciliación mutua y fraternal entre los hombres. El pecado de Caín comenzó por la envidia. Oigamos a San Juan Crisóstomo: «La envidia es más lamentable que la guerra. El que hace la guerra, una vez suprimida la causa, depone su enemistad; el envidioso nunca puede ser amigo; aquél se empeña en una guerra abierta; éste, en una oculta; aquél puede aducir muchas y probables causas para emprender la guerra; éste, solo su ira y su satánica voluntad. «¿A quién comparar un alma así? ¿A qué víbora? ¿A qué áspid? ¿A qué gusano? ¿A qué pez? Nada es  más dañino, nada peor que un alma así. Lo diré: es esto lo que perturba las Iglesias, lo que da a luz las herejías; lo que arma la mano fraterna, y hace que quede manchada con la sangre del justo; la que abre las puertas de la muerte, llevando hasta la ejecución su propósito maldito; no deja que aquel desgraciado se acuerde de su nacimiento, ni de sus padres, ni de nadie, movido con ese delirio de ira y de locura. Ni siquiera cede ante la exhortación de Dios: el pecado “acecha a la puerta” y tiende su lazo hacia ti, aunque podrás dominarlo (Gén 4,7)» (Comentario a la Carta a los Romanos 6).

–Dios acepta el verdadero sacrificio de alabanza, el de Abel, pero rechaza el sacrificio de Caín porque es falso, porque su espíritu está enfermo de envidia fratricida. Oremos con el Salmo 49: «Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. El Dios de los dioses, el Señor habla, convoca la tierra de Oriente a Occidente: “No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante Mí ¿Por qué recitas mis preceptos, tú que detestas mis enseñanzas, y te echas a la espalda mis mandatos? Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre; esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara”».

 

Años pares

Santiago 1,1-11: Al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante, y así seréis perfectos. Comenta San Agustín: «Si es verdad que no hemos de temer que nos sobrevengan tentaciones, según dice el Apóstol Santiago (1,2), que eso sea porque nuestra esperanza está fundada en lo que dice el apóstol Pablo: “fiel es Dios, que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas” (1 Cor 10,13).«Mantengámonos, pues, vigilantes, hermanos, y oremos para no que no vayamos a parar en una tentación que no seamos capaces de soportar; y para que con cualquiera de ellas en que nos veamos se nos dé salida para resistir o resistencia para poder salir, no sea que nos hallemos dentro sin salida, como los pies en un cepo, o como una fiera en la red, o como un pájaro en el lazo» (Sermón 223,1).–La exhortación del apóstol Santiago a soportar las pruebas con aguante nos hace meditar en la función que tiene el sufrimiento en nuestra vida. En la escuela providencial del dolor aprendemos a afirmarnos en la voluntad de Dios y a guardar sus mandamientos. Estas penalidades presentes se nos muestran entonces leves y breves, comparadas con la felicidad eterna que el Señor promete a sus fieles.

 – Con el Salmo 118 decimos: «Cuando me alcance tu compasión viviré, Señor. Antes de sufrir, yo andaba extraviado; pero ahora me ajusto a tus promesas. Tú eres bueno y haces el bien; instrúyeme en tus leyes. Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos, que con razón me hiciste sufrir. Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo».

 

Marcos 8,11-13: ¿Por qué esta generación reclama un signo? Los fariseos exigen a Cristo un signo, cuando ya los estaba haciendo, y grandes. Es una excusa para no aceptar su palabra; un signo evidente de su falta de fe. San Jerónimo dice que «los milagros fueron precisos al principio, para confirmar con ellos la fe. Pero una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios» (Comentario al Evangelio de San Marcos 8,12).Y San Agustín: «Aunque el Señor realizó muchos milagros, no todos se escribieron, como atestigua el mismo evangelista Juan. Cristo dijo e hizo innumerables cosas que no se escribieron (Jn 20,30). Se eligieron para ser escritos aquellos que parecían bastar para la salvación de los creyentes» (Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan).Jesús sabe que sus enemigos no están dispuestos a creer, aunque vieran muchos signos admirables. Los milagros tienen un valor apologético indudable, pero pueden ser ignorados o mal interpretados. Sin buena voluntad, no se llega a la fe –«hombres de poca fe»–, no puede recibirse el don de la fe. Pero cuando ésta existe –«¿Crees?... Ten fe»–, Cristo obra sus prodigios. San Juan Crisóstomo dice: «no se contenta el Señor con una fe solamente interna, sino que exige una confesión exterior de ella, urgiendo así a una mayor confianza y a un mayor amor» (Homilía 35 sobre San Mateo).

 

06Martes

Años impares

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10: Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado. Hay en Dios justicia y misericordia. El pecado exige una adecuada reparación. Su plena malicia nos es desconocida, porque no abarcamos con nuestra mente la dignidad infinita de Dios al que ofendemos. Por los castigos de Dios al pecador podemos conocer algo de la perversidad del pecado. Y en el último día lo entenderemos mejor, cuando se manifieste el Señor como juez de vivos y difuntos. Hay, sin embargo, un resto, que permanece en Cristo Salvador, que guarda sus mandatos y le sigue fielmente, y que con Él será el origen de la renovación de toda la creación. Casiano escribe: «En las cosas humanas lo único que merece ser tenido por bueno, en el pleno sentido de la palabra, es la virtud... Y a la inversa, nada hay que se haya de considerar malo en cuanto tal, es decir, intrínsecamente, más que el pecado. Es lo único que nos separa de Dios, que es el Bien supremo, y que nos une al demonio, que es el mal por antonomasia» (Colaciones 60).

–El dominio del Creador sobre todas las criaturas hace de ellas instrumentos o ministros para el cumplimiento de su voluntad. Las aguas del diluvio, por ejemplo, fueron perdición de los pecadores y salvación de los justos, de aquel pequeño resto formado por la familia de Noé. Por eso cantamos con el Salmo 28: «El Señor bendice a su pueblo con la paz. Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor; postraos ante el Señor en el atrio sagrado. La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Señor de la gloria ha tronado; en su templo un grito: “¡Gloria!” El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como Rey eterno».

 

Años pares

–Santiago 1,12-18: Dios no tienta a nadie. No nos inclina al mal, que es lo propio de la tentación. Dios permite la tentación, y concede la vida eterna a los que, con la ayuda de su gracia, la superan. Teodoro de Mopsuestia dice: «Ante todo, pedimos a Dios que la tentación no nos alcance; pero si entramos en ella, pedimos fuerza para soportarla heroicamente, y que termine cuanto antes. No es un secreto que en este mundo muchas y variadas tribulaciones turban nuestros corazones. La misma enfermedad corporal, en efecto, si se prolonga y agrava, turba profundamente a los enfermos. También las pasiones corporales nos reducen a veces, sin quererlo, y nos desvían de nuestro deber...El Señor «por eso dijo: “no nos induzcas en la tentación”; y añadió: “mas líbranos del maligno”. Pues en todo esto nos procura un daño grande la malicia de Satanás, quien pone en obra varias y numerosas astucias para conseguir lo que –según él espera– le permitirá desviarnos del discernimiento y de la elección de lo debido» (Homilía 11,17).

–Dios nos educa de muchos modos, también a veces poniéndonos a prueba. Por eso con el Salmo 93 cantamos la dicha del hombre que es educado por Dios. Aunque a veces su providencia nos parezca dura, sabemos que en su misericordia hallamos siempre nuestro apoyo firmísimo: «Dichoso el hombre a quien Tú educas, Señor, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros. Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad; el justo obtendrá su derecho, un porvenir, los rectos de corazón. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia».

 

Marcos 8,14-21: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Los discípulos no han llevado consigo en la barca más que un pan, y se inquietan. Jesús conoce sus pensamientos, y los invita a reflexionar sobre la pasada multiplicación de los panes y de los peces, y les llama a tener confianza, al mismo tiempo que les recomienda la vigilancia para no contaminarse con el mal. La «levadura» aquí parece significar el principio radical de actuación. La levadura de los fariseos es el rechazo del mensaje salvífico de Cristo, y en Herodes, la corrupción moral. Unos y otros se cierran al mensaje evangélico. San Juan Crisóstomo afirma: «Si eres obediente a la voz de Dios, ya sabes que te está llamando desde el cielo; y si eres desobediente y de voluntad torcida, no te bastaría aunque le oyeses físicamente. ¿Cuántas veces no oyeron Su voz los judíos? A los ninivitas les bastó la predicación de un profeta. Aquellos en cambio permanecieron más duros que piedras en medio de profetas y de milagros continuos. En la misma Cruz se convirtió un ladrón con solo ver a Cristo (Lc 23,42) y, al lado de ella, le insultaban aquellos que le habían visto resucitar muertos» (Homilía en honor de San Pablo).Y Casiano: «De nosotros depende corresponder o no al impulso de la gracia. Según esto merecemos el premio o el castigo en la medida en que hayamos cooperado al plan divino, que su paternal providencia ha concebido sobre nosotros» (Colaciones 3).

 

06Miércoles

Años impares

Génesis 8,6-13.20-22: Miró Noé y vio que la superficie estaba ya seca. Así contempla San Ambrosio el significado de ese suceso simbólico: «El ramo de olivo traído por la paloma es el signo del final del castigo y el símbolo de la reconciliación entre Dios y la humanidad. Dios garantiza su protección a la nueva humanidad no obstante el pecado. El juicio de Dios tiene en la Biblia un doble aspecto: juicio de condenación para los impíos y de salvación para los justos. Toda carne había sido corrompida a causa de los vicios. “Mi espíritu, dijo Dios, no permanecerá en los hombres por siempre, porque ellos son carne” (Gén 6, 3). Dios manifiesta de este modo que por la impureza de la carne y por la mancha de un pecado tan grave se pierde la gracia espiritual. Por eso, queriendo Dios restaurar lo que había dado, hizo el diluvio y mandó al justo Noé subir al arca. Cuando cesó el diluvio, Noé soltó primero un cuervo, que no volvió. Después soltó una paloma que, según leemos, volvió con un ramo de olivo (Gén 8, 6-11). ¿Ves tú el agua, ves la madera, miras la paloma y dudas del misterio?«El agua es en la que se sumerge la carne, para que se limpie todo pecado de la carne. En ella se sepulta toda la maldad. El madero es aquel en el que fue crucificado el Señor Jesús, cuando sufrió por nosotros. La paloma es aquella bajo cuya figura descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el Nuevo Testamento (Mt 3, 16), aquel que te inspira la paz del alma y la tranquilidad de tu espíritu. El cuervo es la imagen del pecado, que sale y no vuelve, con tal de que perseveres en la observancia y en el ejemplo del justo» (De los Misterios 10-11).

–El salmista acude al Señor y es salvado. Y compone el Salmo 115, que ahora rezamos nosotros: «¿Cómo pagaré al Señor por el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo; en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén».

 

Años pares

Santiago 1,19-27: Llevad a la práctica la Palabra, y no os limitéis a escucharla. Escucha la Palabra de Dios con buenas disposiciones aquel que la pone en práctica. Este hombre, dice Cristo, tiene su casa cimentada sobre roca firme (Mt 7,24-27). Oye la Palabra, clama a Cristo, pidiendo su gracia para cumplirla, y pone en ello todo su empeño. Dice San Agustín:«¿Qué significa el clamar a Cristo, hermanos míos, sino responder con buenas obras a la gracia de Cristo? Digo esto para que no seamos tal vez gritones para invocar y mudos para obrar... ¿Quién es el que clama a Cristo? Clama a Cristo el que desprecia al mundo, clama a Cristo el que desprecia los placeres del siglo, clama a Cristo el que dice: “el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14); clama a Cristo quien distribuye y da a los pobres, para que permanezca su justicia por los siglos de los siglos» (Sermón 82,13).

–La Palabra de Dios tiene que dar fruto en nosotros, con el auxilio de su gracia. No es cuestión solo de escucharla. Así nos lo enseña el Salmo 14:  «¿Quién puede habitar en tu monte santo, Señor? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua, el que no hace mal al prójimo ni difama a su vecino... el que honra al que teme al Señor, el que no presta dinero a usura, ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará». Jesús, al entregar su vida por amor a todos los hombres, da testimonio decisivo de la ley del Amor incondicional que viene a revelarnos. Esta caridad de Cristo ha de inspirar toda la vida moral de los cristianos que, por medio de la Eucaristía, se disponen más y más a escuchar la Palabra divina con toda fidelidad y a cumplirla en toda su vida.

 

–Marcos 8,22-26: El ciego quedó curado, y veía con toda claridad. Una vez más, hay que considerar el milagro de la curación del ciego de Betsaida como un signo de la gran misericordia de Cristo en favor de los miserables. San Jerónimo comenta la escena: «El ciego es sacado de la casa de los judíos, de la aldea de los judíos, de la ley de los judíos, de las tradiciones de los judíos. El que no había podido ser sanado en la ley, es sanado en la gracia del Evangelio, y se le dice: “vuelve a tu casa, no a aquella de donde saliste, sino a la casa de donde fue también Abrahán, ya que Abrahán es el padre de los creyentes. Abrahán vio mi día y se alegró (Jn 8,56). Vuelve a tu casa, esto es, a la Iglesia”.«“Has de ver, dice San Pablo, cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo” (1 Tim 3,15). La casa de Dios, en efecto, es la Iglesia. Por ello se le dice al ciego: “ve a tu casa”, es decir, a la casa de la fe, es decir, a la Iglesia, y no vuelvas a la aldea de los judíos» (Comentario a San Marcos 8,24).

 

06Jueves

Años impares

–Génesis 9,1-13: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Dios bendice a Noé y a su descendencia, como si en él hubiera creado por segunda vez al hombre, y con él establece una alianza de alcance universal y cósmico. El arco iris queda establecido por Dios como un signo más de su misericordia hacia los hombres, y como una llamada para que éstos aprendan de Él a obrar siempre la paz en la misericordia. San León Magno exhorta: «Reconoce, oh cristiano, la dignidad de tu sabiduría, y entiende cuál ha de ser tu conducta y a qué premios eres llamado. La misericordia quiere que seas misericordioso; la justicia, que seas justo, a fin de que en la misma criatura se manifieste el Creador, y en el espejo del corazón humano resplandezca expresada por la imitación la imagen de Dios» (Sermón 95,7).

–Dios jamás se desentiende de los hombres. Él se ha fijado y continúa fijándose en la tierra. Éste es el sentido del pacto que hace con Noé, cuya conducta debe ser en adelante un reflejo continuo de la misericordia del Omnipotente.– Con el Salmo 101 proclamamos: «Los gentiles temerán su nombre, los reyes del mundo, su gloria... Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor: que el Señor ha mirado desde su excelso santuario, desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar el gemido de los cautivos, y librar a los condenados a muerte»

 

Años pares

Santiago 2,1-9: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres? Vosotros, en cambio, habéis afrentado a los pobres. Dios ha querido elegir lo pobre y lo pequeño. Y esa elección establece un camino para todos: pobres y ricos. Ninguno ha de estar apegado a los bienes de la tierra; todos hemos de ser siempre pobres de espíritu. San Gregorio Magno dice: «Son engañosas las riquezas, porque no pueden permanecer siempre con nosotros, y porque no pueden satisfacer las necesidades del corazón. Las riquezas verdaderas son las que nos hacen ricos en las virtudes» (Homilía 15 sobre los Evangelio).Y San Basilio: «La virtud es la única de las riquezas que es inamovible, y que persiste en vida y en muerte» (Discurso a los jóvenes). La Iglesia siempre ha tenido un cuidado especial de los pobres; siempre, ya desde su comienzo, cuando instituyó a los diáconos. Innumerables son los testimonios de esto que encontramos en la historia. Oigamos a San Agustín: «No ocultaré a vuestra caridad por qué me vi obligado a pronunciar este sermón. Desde que estamos aquí, al ir para la iglesia y al volver de ella, los pobres vienen a mí para rogarme os diga que les deis algo. Ellos nos ruegan que os hablemos; y cuando después nada se les da, piensan que con vosotros estamos perdiendo el tiempo. También esperan algo de mí, y yo les doy cuanto tengo y puedo; con todo, ¿acaso puedo aliviar las necesidades de todos? No pudiendo, en consecuencia, subvenir a las necesidades de todos, me hago legado de ellos ante vosotros. ¿Qué menos?» (Sermón 61,13). Leamos este magnífico texto de San Pedro Crisólogo: «¿No es extraordinario y sublime escuchar que precisamente Aquel que viste el cielo está desnudo en el pobre? ¡La riqueza del universo tiene hambre en el hambriento, la fuente de las fuentes tiene sed en sediento! ¿ Cómo no nos hace dichosos el entender que sea tan pobre Aquel para quien resulta tan angosto el cielo; que sea pobre en el pobre quien enriquece el mundo; que suplique un pedazo de pan, un vaso de agua, Aquel que es dispensador de todos los bienes; que, por amor al pobre, Dios se humille hasta el punto de no socorrer al pobre, sino de ser pobre Él mismo?: “tuve hambre y me disteis de comer”, dice (Mt 25, 35). No dice: “tuvo hambre el pobre y le disteis de comer”, sino “yo tuve hambre y me disteis de comer”. Declara como dado a Él lo que recibe el pobre; dice que es Él quien come lo que ha comido el pobre, y afirma que lo que bebe el pobre se le ha dado a Él.«¡De lo que es capaz el amor al pobre! Dios se gloría en el cielo de aquello que hace sonrojarse al pobre en la tierra, considerándose honrado con lo que es considerado como algo vergonzoso. Bastaría haber dicho: “me disteis de comer y me disteis de beber”; pero dice más bien: “tuve hambre, tuve sed”. Hubiera sido menor el amor al pobre si, después de haberlo acogido, no hubiese acogido también los sufrimientos del pobre. Cierto: el verdadero amor no se demuestra sino sufriendo. Amor verdadero es haber hecho propias las angustias del que está angustiado.«Es extraordinario que agrade a Dios la comida del pobre. El que no tiene hambre de toda la creación se declara saciado con la comida del pobre en el reino de los cielos, delante de todos los ángeles, en la asamblea de los bienaventurados... Lo primero en el cielo es el cuidado al pobre, la limosna dada al pobre. Es lo primero que se trae a examen. Es la recompensa del pobre lo que, ante todo, está escrita en el Libro divino. ¡Dichoso aquel cuyo nombre es leído por Dios tantas veces cuantas en el cielo se respeta el derecho del pobre!» (Sermón 14).

–Afrentar al pobre es enfrentarse con Dios, despreciarlo, pues en toda la historia de la salvación ha mostrado su predilección por los pobres. Los pobres de Yahvé son los que heredarán el Reino de los cielos. Y la comunidad mesiánica es una comunidad de pobres salvados por pura gracia de Dios.– Bien expresa todo esto el Salmo 33: «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor; que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias». No podemos afrentar a nadie. Con todos hemos de tener caridad y benevolencia, pero sobre todo con los más necesitados. Y muchas veces éstos son los ricos, pues, si están apegados a sus bienes, son unos verdaderos desgraciados.

 

–Marcos 8,27-33: Tú eres el Mesías. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho. Después de que Pedro hace la profesión de fe, Jesús habla por primera vez de su pasión. Pedro, entonces, muestra sus sentimientos de reprobación, y el Señor le reprende con gran severidad. El reconocimiento de la mesianidad de Cristo implica aceptarle en toda su integridad, también en la pasión que va a sufrir por voluntad del Padre. Esta voluntad nos parece incomprensible, porque incomprensible nos resulta el Amor de Dios. San Juan Crisóstomo pone estas palabras en labios de Jesús: «Yo te serviré, porque vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro, y cabeza, y hermano, y hermana y madre. Todo lo soy, y solo quiero contigo una amistad íntima. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti. En el cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra, soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?» (Homilía 76 sobre San Mateo).Y San Agustín: «Ningún pecador, en cuanto tal, es digno de amor; pero todo hombre, en cuanto tal, es amable por Dios» (Sobre la doctrina cristiana 1).

 

06Viernes

Años impares

–Génesis 11,1-9: Voy a bajar y a confundir su lengua. El pecado de orgullo trae consigo en la Torre de Babel la confusión de lenguas y la división de la humanidad. Solamente el Espíritu Santo de Pentecostés, con su fuerza divina, podrá restablecer la unidad. Una vez más vemos que la ruptura del hombre con Dios trae consigo la ruptura con los demás hombres. San Agustín comenta: «Después del diluvio, la impía soberbia de los hombres construyó una torre muy alta contra Dios. A consecuencia de lo cual, el género humano mereció la división por la diversificación de las lenguas, de forma que cada pueblo hablaba la suya, sin que la entendiesen los demás.«De idéntica manera, la humilde piedad de los fieles aporta a la unidad de la Iglesia la diversidad de lenguas, de modo que la caridad reúne lo que la discordia había dispersado, y los miembros dispersos del género humano, como si fuera un solo cuerpo, son restituidos y unidos a Cristo, única Cabeza, y se fusionan en la unidad del Cuerpo santo gracias al fuego del Amor. De este don del Espíritu Santo están totalmente alejados los que odian la gracia de la paz, aquellos que no perseveran en la comunión de la unidad» (Sermón 27, Pentecostés).

–El plan de salvación querido por Dios culmina en Cristo. Dios tiene que deshacer muchas veces los planes de los hombres, que intentan salvarse por sí mismos, y que solo son capaces de construir la torre de Babel. Así lo confesamos en el Salmo 32: «El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como heredad».

 

Años pares

Santiago 2,14-24.26: Así como un cuerpo que no respira es un cadáver, también la fe sin obras. Comenta San Agustín: «Lo que voy a decir se encuentra en la Carta del apóstol Santiago: “tú crees que hay un solo Dios y haces bien. También los demonios creen y tiemblan”. Quien esto escribió había dicho en la misma Carta: “si uno tiene fe, pero no tiene obras, ¿puede acaso salvarle la fe?”...«Si nos distinguimos en la fe, distingámonos de igual manera en las costumbres y en las obras, inflamándonos de caridad, de la que están privados los demonios. Ése es el fuego que hacía arder el corazón de aquellos dos en el camino [de Emaús]... Arded en el fuego de la caridad, para que os distingáis de los demonios. Este ardor os empuja, os lleva hacia arriba, os levanta al cielo... Sea cualquiera que sea la dirección que tome la antorcha, la llama no conoce más que una: tiende hacia el cielo. Que el fuego de la caridad inflame vuestro espíritu y lo llene de ardor. Hervid en alabanzas a Dios y en santas costumbres» (Sermón 234,3).

–La fe viva es «la fe operante por la caridad» (Gál 5,6). Contra todo idealismo puramente teórico se ha alzado la voz del apóstol Santiago. Y con el Salmo 111 cantamos la dicha de la buena conducta, fundamentada en la unión con el Señor y en el amor a sus mandatos: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo». Así escribe San Juan Clímaco: «No se entiende el amor a Dios si no lleva consigo el amor al prójimo. Es como si yo soñase que estaba caminando. Sería sólo un sueño: no caminaría. Quien no ama al prójimo no ama a Dios» (Escala del paraíso 33). Y San Gregorio Magno: «Así como todas las ramas de un árbol reciben su vida de la raíz, así también las virtudes, siendo muchas, proceden todas de la caridad. Y no tiene verdor alguno la rama de las buenas obras, si no están enraizadas en la caridad» (Homilía 27 sobre los Evangelios).

 

–Marcos 8,34-39: El que pierde su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará. El discípulo no es de mejor condición que su Maestro. Le sigue de cerca, ha de imitarlo, y para eso es necesario tomar cada día la propia cruz. Los apóstoles vieron en la Transfiguración un adelanto de la gloria futura. Aprendieron que por la Cruz se llega a la resurrección y a la vida. Comenta San Agustín: «Tal fue la determinación y el empeño común de todos los mártires: despreciar lo pasajero para adquirir lo que permanece; morir para vivir, para no morir por vivir; vivir siempre a cambio de una sola muerte... Esto lo aprendieron de quien es, al mismo tiempo, su Maestro, Redentor y Señor, puesto que a todos dijo: “quien ama su alma la perderá, pero quien la pierde por Mí la hallará en la vida eterna” (Mc 8,35).«Así, pues, cuando se ama el alma, ella perece, y se la gana cuando se la pierde. Piérdala, pues, si la amas, para no perderla cuando la amas. Lo dicho puede entenderse de dos maneras: “quien ama a su alma en este mundo la perderá en el mundo futuro”. O también: “quien ama su alma para el mundo futuro la perderá en éste”. Según la primera forma de entenderlo, quien ama su alma, temiendo morir por Cristo, la perderá y no vivirá con Cristo; y quien la ama para vivir en Cristo, la perderá, muriendo por Cristo... Y advierte que quien dijo “por Mí” es el Dios verdadero y la vida eterna» (Sermón 313, C,1).

 

06Sábado

Años impares

Hebreos 11,1-7: Por la fe sabemos que la palabra de Dios configuró el universo. Las primeras páginas del Génesis son interpretadas por el autor de la Carta a los Hebreos desde el punto de vista de la fe. Solo la fe proporciona en este mundo el verdadero conocimiento de Dios. La fe no es meramente un argumento racional que afirma la vida futura, sino una garantía absoluta, un posesión anticipada y segura de la misma. Ésa es la fe que guió la vida de los Patriarcas del Antiguo Testamento y por ella fueron agradables a Dios. El creyente está convencido de que Dios está presente en la historia, y que sus planes se van manifestando en los acontecimientos de la misma. Las Escrituras nos muestran que el antagonismo actual entre fe e incredulidad es tan viejo como el hombre, y solo tendrá fin al término de la historia humana. Entre tanto, al paso de los siglos, la Iglesia se fundamenta sobre la roca de la fe. San Ireneo dice: «Por diversos que sean los lugares, los miembros de la Iglesia profesan una misma y única fe: la que fue transmitida por los Apóstoles a sus discípulos» (Tratado sobre las herejías 1,10).

– Las hazañas de Dios hay que contemplarlas a la luz de la fe, pues de otro modo pasan inadvertidas. El Autor de la Carta a los Hebreos contempla esas maravillas de Dios en el Antiguo Testamento, que alcanzan su plenitud en el Nuevo. De esa gozosa contemplación nace el Salmo 144: «Día tras día te bendeciré, y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza. Una generación pondera tus obras a la otra, y le cuenta tus hazañas; alaban ellos la gloria de tu majestad, y yo repito tus maravillas. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas».

 

Años pares

Santiago 3,1-10: Ningún hombre es capaz de domar la lengua. Ésta es capaz de provocar grandes estragos. Debe servir para alabar a Dios, y no para maldecirlo ni blasfemarlo; debe servir para hacer el bien a los hombres, y no para injuriarlos. La importancia de la lengua radica en el poder grande que la palabra tiene, y en el sentido que se le da en la Biblia: expresa lo más íntimo y profundo de la persona. Dice San Ambrosio:

«Recibe de Cristo para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo... Llena, pues, de esta agua tu interior, y tu razón quede humedecida y regada por su propia fuente» (Carta 2,1-2).

–La verdad es de Dios, la mentira es del Diablo, padre de la mentira. El Salmo 11 describe el poder maléfico de la lengua cuando dice la mentira. En contraste con esa posible mendacidad humana, la Palabra divina es siempre sincera y auténtica. Ella nos protege contra toda lengua mala y perversa: «Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos, que desaparece la lealtad entre los hombres; no hacen más que mentir a su prójimo, hablan con labios embusteros y con doblez de corazón. Extirpe el Señor los labios embusteros y la lengua fanfarrona de los que dicen: “la lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden, ¿quién será nuestro amo?” Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata limpia de ganga, refinada siete veces. Tú nos guardarás, Señor, nos librarás para siempre de esa gente».

 

Marcos 9,1-12: Se transfiguró ante ellos. La Transfiguración es el anticipo del retorno glorioso de Cristo. De ella fueron testigos de excepción Pedro, Santiago y Juan. La teofanía del Salvador en la soledad de la montaña no aparece con poder y fuerza, como en las teofanías del Antiguo Testamento, sino en una atmósfera de luz y de amor. San Jerónimo dice: «Observad que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube, y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos aparte, a un monte alto, y se transfigura delante de ellos, y sus vestidos se vuelven resplandecientes y blanquísimos (Mc 9,2-3). Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús, y son las turbas que no pueden subir al monte –al monte suben tan solo los discípulos, las turbas se quedan abajo–. Si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios»...Y los tres apóstoles, «si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos [los judíos] hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio...«“Éste es mi hijo amadísimo, escuchadle”. Lo que viene a decir el Evangelio es esto: “oh Pedro, que dices: os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, ¡no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle. Éste es mi Hijo. No Moisés. No Elías. Ellos son siervos. Éste es Hijo, es decir de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en Mí y es totalmente lo que yo soy. Éste es mi hijo amadísimo. También aquéllos son amados, pero Éste es amadísimo: a Éste, por tanto, escuchadle. Aquéllos lo anuncian, pero vosotros tenéis que escuchar a Éste: Él es el Señor, aquéllos son siervos, como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios”» (Comentario al Evangelio de San Marcos 9,7-8).

 

7ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho» (Sal 12,6).
Colecta (del Misal anterior, retocada con el Gelasiano): «Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación de tu doctrina le enseñe a cumplir siempre de palabra y de obra lo que a ti te complace». <
Ofertorio (Veronense): «Al celebrar tus misterios con culto reverente, te rogamos, Señor, que los dones ofrecidos para glorificarte nos obtengan de ti la salvación».
Comunión: «Proclamo tus maravillas, me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo» (Sal 9,2-3). «Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27).
Postcomunión (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Concédenos, Dios todopoderoso, alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos ha entregado en estos sacramentos».

 

07CICLO A

La fe y la caridad cristiana se ejercitan necesariamente en nuestra convivencia diaria con los hombres. El amor, incluso a los enemigos, el perdón sincero de toda injuria y el esfuerzo constante de pasar por el mundo haciendo a todos el mayor bien posible, constituyen el gran signo que autentifica nuestra fe y que es al mismo tiempo la garantía cierta de nuestro amor real a Dios.

 

Levítico 19,1-2.17-18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor a Dios nos exige una actitud de fidelidad amorosa a su voluntad. Pero es también urgencia de amor fraterno entre quienes conviven con un mismo Dios y Padre. La lectura presente del Levítico está tomada del llamado Código de Santidad. La exigencia de justicia, que en él se manifiesta con respecto al prójimo, alcanzará su perfección en los profetas, y sobre todo en Cristo, en el Nuevo Testamento. Escribe Orígenes: «Esto es lo que sucede cuando el hombre se hace “perfecto, como es perfecto el Padre celestial” (Mt 5,48), cuando obedece al mandamiento que dice: “sed santos, porque yo, el Señor Dios vuestro, soy santo” (Lev 19,2), y cuando presta atención al que dice: “sed imitadores de Dios” (Ef 5,1). Sucede entonces que el alma virtuosa del hombre recibe los rasgos de Dios; y también el cuerpo del que tiene tal alma se convierte en templo del que, recibiendo los rasgos de Dios, ha llegado a ser imagen de Dios, y ha alcanzado a tener en su alma, por razón de esta imagen, al mismo Dios...» (Contra Celso 6,63).Una persona así está dispuesta a amar a Dios con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, y al prójimo, sinceramente, como a sí mismo.

– Con el bellísimo Salmo 102 decimos: «El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades». Todos esos beneficios proceden de que Él es bueno, y porque es bueno, nos ama.

 

1 Corintios 3,16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios. En el Corazón de Cristo Jesús, que es Dios y Hombre, la misma santidad divina se ha hecho modelo y fuente para nosotros. Y su caridad se ha constituido entre nosotros vínculo de unidad y de perfección. San Agustín comenta: «Tu mismo cuerpo es el templo del Espíritu Santo en ti. Mira, pues, qué has de hacer en el templo de Dios. Si eligieses cometer un adulterio en la iglesia, dentro de estas paredes ¿quien habría más criminal que tú? Ahora bien, tú mismo eres templo de Dios. Cuando entras, cuando sales, cuando estás en tu casa, cuando te levantas, tú eres templo. Mira lo que haces; procura no ofender al que mora en él, no sea que te abandone y te conviertas en ruinas... Si desprecias tu cuerpo, considera tu precio: “habéis sido comprados a gran precio” (1 Cor 6,20)» (Sermón 82, 13).Somos de Cristo, somos de Dios, y hemos de actuar en consecuencia. Todos somos corresponsables en la edificación de la Iglesia. No podemos estar divididos entre nosotros.

 

–Mateo 5,38-48: Amad a vuestros enemigos. Jesucristo, que nos ha garantizado con su vida y su sacrificio la bondad del Padre para con nosotros, nos comunica a nosotros por su Espíritu Santo la bondad humilde y generosa para todos los hombres, incluso para quienes nos quieren mal. Así dice San Juan Crisóstomo:«¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a ceder la túnica; no sólo a andar la milla a que nos esfuerzan, sino otra más por nuestra cuenta, todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo eso. «“¿Y qué hay, me dices, superior a eso?” Que a quien cometa todos esos desafueros con nosotros, ni siquiera le tengamos por enemigo. Y todavía algo más, porque el Señor no dijo: “no le aborrecerás”, sino: “le amarás”. No dijo: “no le harás daño”, sino: “hazle el bien”.«Y si examinamos atentamente las palabras del Señor, aún descubrimos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también “rogar por ellos”. ¡Mirad por cuantos escalones nos ha ido subiendo, y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la virtud!» (Homilías  Sobre San Mateo 18,3-4).

 

07CICLO B

El drama existencial del hombre, de todo hombre, es el pecado. Por eso la misión salvífica más profunda del Corazón de Cristo Redentor consiste en hacer posible nuestra regeneración. La hace posible, en efecto, por su poder divino para perdonar nuestros pecados, por ser el Hijo muy amado del Padre, por haberse hecho Víctima reparadora por nuestras culpas (Is 53). Por tanto, solo en Él y por Él ha sido posible nuestra redención. Toda nuestra vida ha de ser una correspondencia de gratitud y de amor.

 

 –Isaías 43,18-19.21-22.24-25: Yo soy el que  borro tus crímenes. El Señor, aunque abate el orgullo humano con castigos providenciales, nunca renuncia a sus designios de salvación. Más se complace en salvar a los contritos de corazón, que en aniquilar a los obstinados en la culpa. Colaborando con la gracia del Salvador, nuestra conversión, nuestra lucha contra el pecado, ha de ser permanente, siempre sostenidos por la esperanza. Tenemos confianza en la misericordia de Dios, que es eterna, fiel a sí misma.

–Con el Salmo 40 decimos: «Sáname, Señor, que he pecado contra ti. Dichoso el que cuida del pobre y desvalido, en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor. El Señor lo guarda y lo conserva en vida para que sea dichoso en la tierra y no lo entrega a la saña de sus enemigos. El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije: “Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra Ti”. A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén».

 

2 Corintios 1,18-22: Jesús no fue «sí y no», sino «sí». Toda la historia de la salvación es fruto de un designio inmutable de redención. El Corazón de Jesucristo es el «sí» y el «amén» (Ap 3,14) de la salvación para los hombres. Dios ha cumplido en Él sus promesas. Jesucristo es la única medicina de nuestros males. Escribe San Agustín: «Para eso el Hijo de Dios asumió al hombre y en él padeció los achaques humanos. Esta medicina de los hombres es tan alta, que no podemos ni imaginarla. Porque ¿qué orgullo podrá curarse, si con la humildad del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué avaricia podrá curarse, si con la pobreza del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué iracundia podrá sanarse, si con la paciencia del Hijo de Dios no se cura? ¿Qué impiedad podrá curarse si con la caridad del Hijo de Dios no se cura? En fin, ¿qué debilidad podrá curarse, si con la resurrección del cuerpo del Hijo de Dios no se cura? Levante su esperanza el género humano, y reconozca su naturaleza. Vea qué alto lugar ocupa entre las obras de Dios» (El combate cristiano 11).

 

–Marcos 2,1-12: El Hijo del Hombre tiene en la tierra potestad para perdonar los pecados. Jesús entendió siempre que su misión en este mundo era manifestar sus poderes redentores, hasta renovar al hombre por el perdón de los pecados. En la medida en que el hombre moderno ha perdido el sentido de Dios, ha sofocado en sí mismo el sentido del pecado y, por eso mismo, se ha hecho incapaz de recibir a un Cristo Salvador, que viene como Cordero inmaculado, para quitar el pecado del mundo con su muerte. Clemente de Alejandría escribe: «Nuestro buen Pedagogo, Él, que es la Sabiduría y el Logos del Padre, y que ha creado al hombre, asume el cuidado de su criatura por entero. Él cuida a un mismo tiempo del cuerpo y del alma, Él, el Médico de la humanidad, capaz de curarlo todo. El Salvador dice al que está tendido: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt. 9, 6; Mc. 2, 1-12). Y al que ya está difunto le dice: “Lázaro, sal fuera”, y el muerto sale del sepulcro, tal como estaba antes de expirar, obrando así su resurrección (Jn 11,43-44). Cierto, Él cura igualmente al alma, en sí misma, por sus preceptos y por sus gracias. Para seguir los consejos, ella necesita tiempo; pero para recibir las gracias, Él es lo bastante rico para decir a los pecadores, que somos nosotros: “tus pecados te son perdonados”» (El Pedagogo 1,2,2-4).

 

07CICLO C

Si por la fe reconocemos a Dios como Padre nuestro; si por la esperanza confesamos la bondad de Dios, que nos ha redimido a todos para una vida común eterna; si por la caridad vivimos el mandato de Cristo Jesús, de amarnos como Él mismo nos amó..., nuestra vida se hace un reflejo constante de la misma bondad divina.

 

–1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22-23: El Señor te puso hoy en mis manos, pero yo no he querido atentar contra ti. David figura en la historia de la salvación como un símbolo viviente de Cristo Rey. Su bondadosa magnanimidad ante su enemigo Saúl es solo una sombra de la infinita caridad de Cristo para con nosotros. Todos sabemos cómo es fácil caer en la tentación de la venganza, del odio, de hacer la justicia por uno mismo, de responder con dureza a los agravios recibidos. David, figura anticipadora de Jesús, sabe compadecerse y perdonar. San Juan Crisóstomo dice: «El amor que se tiene, cuando su motivo es Cristo, es un amor firme, inquebrantable e indestructible. Nada, ni las calumnias, ni los peligros, ni la muerte, ni cosa semejante, será capaz de arrancarlo del alma. Quien así ama, aun cuando tenga que sufrir cuanto se quiera, no dejará nunca de amar, si mira el motivo por el que ama. En cambio, al que ama por ser amado se le terminará su amor apenas sufra algo desagradable. Pero quien está unido a Cristo jamás se apartará de ese amor» (Homilía 60 sobre San Mateo).

–Con el Salmo 102 proclamamos: «El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor es lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por su hijos, siente el Señor ternura por sus fieles».

 

1 Corintios 15,45-49: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Oigamos a San León Magno: «Dice el Apóstol: “el primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo fue del cielo. Cual es el terreno, tales son los terrenos; cual es el celestial, tales son los celestiales. Y como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial” (1 Cor 15,47-49). Debemos alegrarnos mucho de este cambio, que nos hace pasar de la oscuridad terrestre a la dignidad celeste, por un efecto de la inefable misericordia de aquel que, para elevarnos hasta sus dominios, ha descendido al nuestro, pues no ha tomado sólo la sustancia, sino también la condición de la naturaleza pecadora, y ha permitido que su inefable divinidad sufra todo lo que, en su extrema miseria, experimenta la humana mortalidad» (Sermón 71).

 

–Lucas 6,27-38: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. La bondad y el amor, superando toda enemistad, odio o indiferencia ante nuestros hermanos los hombres, nos hacen realmente semejantes a nuestro Padre celestial. Nos hacen, como dice San Pablo, «hombres celestiales». Enseña San Ambrosio: «La virtud no sabe medir el beneficio que hace; en efecto, no se contenta con dar lo que ha recibido, quiere acumular sobre lo que se le ha dado, para no ser inferior en el beneficio, aunque sea igual en el servicio...«El cristiano está formado en esta escuela, de tal modo que, no contento con el derecho natural, busca la delicadeza [del amor]. Si todos, aun los pecadores, están de acuerdo en corresponder al afecto, aquél cuyas convicciones son de un orden más elevado, debe inclinarse más generosamente a la virtud, hasta llegar a amar también a aquellos que no le aman... Así como te avergonzaría no corresponder al que te ama, y así como el deseo de hacer un beneficio hace nacer en ti el amor del que antes no amabas, así también debes amar al que no te ama por amor a la virtud, de tal modo que, amando la virtud, comenzarás a amar al que no amabas.«Débil y caduco es, por otra parte, el salario del amor; y eterno el premio de la virtud... “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. V,74-75).

 

07Lunes

Años impares

Eclesiástico 1,1-10: La Sabiduría fue creada antes que todo. La Escritura presenta y personifica a la Sabiduría junto a Dios, como preexistente al mundo creado. La tradición cristiana ha visto en este texto una revelación anticipada del Verbo de Dios, que está en el seno del Padre desde toda la eternidad. San Agustín dice: «El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. ¿Qué maravilla, pues, si ha sido enviado, no porque sea desemejante al Padre, sino porque es una emanación pura de la claridad del Dios omnipotente (Sal 7,26)? Allí el caudal y la fuente son una misma sustancia... Nuestra ciencia es Cristo; y nuestra sabiduría es también Cristo. El plantó en nuestras almas la fe de las cosas temporales y, en las eternas, nos manifiesta la verdad. Por Él caminamos hacia Él, y por la ciencia nos dirigimos a la Sabiduría, pero sin apartarnos de la unidad de Cristo, “en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3)» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 4,2 0,27 y 13,19,24).

–En el Salmo 92 se canta el dominio cósmico de Dios, que domina todas las fuerzas hostiles y establece un orden justo por medio de sus mandatos. De este modo la Sabiduría cósmica de que habla el Eclesiástico queda completada con la Ley. El temor de Dios hace guardar sus preceptos y conduce a la suma sabiduría: «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder; así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre y Tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término».

 

Años pares

Santiago 3,13-18: La Sabiduría que viene de arriba es pura y amante de la paz. Otra hay que es terrena, animal, diabólica. Los actos de cada uno muestran qué clase de sabiduría es la que los inspiran. Las disensiones surgen de una sabiduría orgullosa, nacen del egoísmo y el desprecio de los hermanos, e introducen la confusión y la desunión en la Iglesia. En cambio, la verdadera sabiduría se otorga a los pequeños y se adquiere por don de Dios, no por el esfuerzo humano. San León Magno dice:«La sabiduría cristiana no consiste en la abundancia de palabras, ni en la sutileza de los razonamientos, ni en el deseo de alabanza y gloria, sino en la verdadera y voluntaria humildad que nuestro Señor Jesucristo, desde el seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz,  eligió y enseñó como plenitud de fuerza» (Sermón 37).«La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia»...

–La mejor sabiduría es la buena conducta, aquella que se ajusta al cumplimiento fiel de los mandatos de Dios. Ella es alegría, luz y fuerza para el hombre. En su fidelidad sencilla y alegre refleja al hombre la sabiduría que le viene de arriba. Así lo cantamos en el Salmo 18: «Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón del hombre. La ley del Señor es perfecta y descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Que te agraden las palabras de mi boca y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío».

 

Marcos 9,13-28: Tengo fe, pero dudo; ayúdame. Con ocasión del relato de la curación de un niño epiléptico, Jesús recrimina la falta de fe de los discípulos. Una oración de súplica, hecha con fe, consigue del Señor lo que pide. Tertuliano exalta esta fuerza inmensa de la oración:«¡Hemos leído tantos testimonios ciertos de la eficacia de la oración! La oración antigua era capaz de salvar del fuego, de las fieras, del hambre; y eso que aún no había recibido la forma que le dio Cristo. Y la eficacia de la oración cristiana es ahora mucho mayor. Ella no envía ángeles que apaguen las llamas, ni mantiene cerradas las fauces de los leones, ni trae pan a los hambrientos, ni suprime ninguna impresión de los sentidos por un don de la gracia. Ella concede la fe, que hace comprender lo que el Señor reserva a los que sufren por Su nombre» (Sobre la Oración 28-29).Y San Agustín: «Si la fe falla, la oración es inútil. Por eso, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe» (Sermón 243,2).Hasta el fin de los tiempos la Iglesia dirigirá ese clamor suplicante a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, porque son muchos los peligros y continuas las necesidades de sus hijos. Éste es el primer oficio de la Iglesia y, por tanto, el primer deber de los sacerdotes, religiosos y laicos.

 

07Martes

Años impares

–Eclesiástico 2,1-13: Prepárate para las pruebas. En el momento de la tentación es necesario ante todo desconfiar de uno mismo y confiar en el Señor, pidiendo y esperando su misericordia. Comenta San Agustín. «La paciencia no parece necesaria para las situaciones prósperas, sino para las adversas. Nadie soporta pacientemente lo que le agrada. Por el contrario, siempre que toleramos, que soportamos algo con paciencia, se trata de algo duro y amargo; por eso no es la felicidad, sino la infelicidad lo que necesita la paciencia» (Sermón 359, A, 2).Y San Ignacio de Antioquía: «Mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. A un gran atleta corresponde vencer a pesar de los golpes. Sobre todo soportándolos por Dios, para que Él también nos soporte» (Carta a San Policarpo).

–Con el Salmo 36 proclamamos: «Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará. Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón. El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre; no se agostarán en tiempo de sequía, en tiempo de hambre se saciarán. Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. Los inicuos son exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá. El Señor es quien salva a los justos. Él es su alcázar en el peligro. El Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a Él»

 

Años pares

Santiago 4,1-10: Pedís y no recibís, porque pedís mal. El Señor no escucha la súplica que no está inspirada por su Espíritu, sino por el espíritu del mundo y por sus avideces. Comenta San Agustín: «Como el hombre no puede servir a dos señores, así tampoco puede gozarse al mismo tiempo en el mundo y en el Señor. Estos dos gozos son muy diferentes y hasta totalmente contrarios. Cuando uno se goza en el mundo, no se goza en el Señor, y cuando se goza en el Señor, no se goza en el mundo. Venza el gozo en el Señor y disminuya continuamente el gozo en el mundo, hasta que desaparezca» (Sermón 171,1).Mala es la oración que va dominada por el egoísmo, y que no pretende sino satisfacer los deseos terrenales

.–Después de la lectura de Santiago, nos invita el Salmo 54 a centrar en Dios nuestros esperanza. Aunque las dificultades sean muchas y graves, y la tendencia al mal sea fuerte en el corazón humano, el cristiano debe permanecer en una confianza serena en el Señor, que tiene sobre él una especial providencia: «Pienso, ¿quién me diera alas para volar y posarme? Emigraría lejos, habitaría en el desierto. Me pondría enseguida a salvo de la tormenta, del huracán que me devora, Señor, del torrente de sus lenguas. Veo en la ciudad violencia y discordia: día y noche hacen la ronda sobre sus murallas. Encomienda a Dios tus afanes, que Él te sustentará; no permitirá jamás que el justo caiga». «Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (Carta de Bernabé 19).Cuando el cristiano vive de la fe —con una fe que no sea mera palabra, sino realidad de oración personal—, la seguridad del amor de Dios se manifiesta en alegría, en libertad interior, en paz, en gozo espiritual, en confianza segura.

 

Marcos 9,29-36: El Hijo del Hombre va a ser entregado y lo matarán. Quien quiera ser el primero, que sea el último.  Jesús llega a Cafarnaúm, y después de  anunciar su Pasión por segunda vez, enseña a sus discípulos que el servicio a los demás es la única grandeza verdadera. Ese servicio, además, ha de ser especialmente solícito con los pobres, con los menores, con los niños. Por eso, en la comunidad cristiana el puesto de mayor honor es el de mayor servicio a los demás. Mantener en ella puestos honoríficos, basados en clases sociales, riquezas o cargos, daña directamente el corazón mismo de la comunidad. Como enseña San Gregorio Magno,  nada agrada a Dios si no va hecho con humildad: «Aun las buenas acciones carecen de valor cuando no están sazonadas por la virtud de la humildad. Las más grandes, practicadas con soberbia, en vez de ensalzar, rebajan. El que acopia virtudes sin humildad, arroja polvo al viento, y donde parece que obra provechosamente, allí incurre en la más lastimosa ceguera. Por tanto, hermanos míos, mantened en todas vuestras obras la humildad» (Homilía sobre los Evangelios 7). Lo mismo dice Casiano: «Nadie puede alcanzar la santidad si no es a través de una verdadera humildad» (Instituciones 12,23).Es el camino andado por Cristo, el que mismo que siguió la Virgen María y por el que han marchado los santos.

 

07Miércoles

Años impares

Eclesiástico 4,12-22: Dios ama a los que aman la sabiduría. Ella es manantial de vida y felicidad para los que la sirven. La Sabiduría, en lugares de la Escritura como éste, se muestra personificada, como un Maestro que llama hijos a sus discípulos. Altísimos son los bienes que ella ofrece: favor, bendición, amor del mismo Dios. Actúa como mediadora para conducir y levantar al hombre hacia Dios. Ser sabio es aceptar los propios límites, sin cegarse con falsas soluciones, ni dormirse con seguridades falsas. En lugar de amilanarse en cada contratiempo, el sabio ejerce con humildad la prudencia. La Sabiduría es anterior a él, y nunca le faltará a aquél que le guarda fidelidad. Más que en los libros y en los maestros de este mundo, el cristiano aprende la Sabiduría en su propia fuente, que es Cristo Jesús, el Verbo divino encarnado, que nos ha dejado en los Evangelios unos mensajes de vida, y nos ha comunicado palabras de vida eterna, que no pasan y que superan toda sabiduría mundana.

–Una vez más el Salmo 118, el más largo de todo el Salterio, nos ofrece versos preciosos para meditar en la Sabiduría. Aprendemos en él que la voluntad de Dios, hecha Palabra, guía al hombre en el camino de la vida, es decir, en Cristo, pues Él es el Camino verdadero: «Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar. Guardo tus decretos, y Tú tienes presentes mis caminos. De mis labios brota la alabanza, porque me enseñaste tus leyes. Mi lengua canta tu fidelidad, porque todos tus preceptos son justos. Ansío tu salvación, Señor; tu voluntad es mi delicia. Que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien».

 

Años pares

Santiago 4,13-17: Debéis decir: «si el Señor lo quiere». ¿Quiénes somos nosotros para disponer de nuestra vida, como si fuera nuestra propia, y no de Dios? Comenta San Agustín:«¿Qué consejo puedo daros?... ¿He de presentaros acaso libros para mostraros cómo las cosas son inciertas, pasajeras, casi nada y cuán cierto es lo que está escrito? “¿Qué es vuestra vida? Un vapor, que aparece un instante, y pronto se disipa” (Sant 4,15). Ayer vivía, hoy ya no existe; hace poco que se le veía, pero ahora no hay nadie a quien ver. Se conduce al sepulcro a un hombre; los acompañantes vuelven tristes, y en seguida se olvidan. Se dice: “¡Qué poca cosa es el hombre!” Y esto lo dice el hombre mismo, pero no se corrige, a fin de ser algo y dejar de ser nada» (Sermón 302,7).

–A esa lectura de Santiago le conviene bien el Salmo 48, que en tono sapiencial medita sobre la suerte de ricos y pobres a la luz del común destino: la muerte. Ante lo provisional de la vida, lo más cuerdo es adherirnos a la voluntad de Dios con toda confianza: «Oíd esto, todas las naciones, escuchadlo, habitantes del orbe; plebeyos y nobles, ricos y pobres. ¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando se acerquen y acechen los malvados que confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas? ¿Si nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate? Es tan caro el rescate de la vida, que nunca bastará para vivir perpetuamente, sin bajar a la fosa. Mirad: los sabios mueren lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y legan sus riquezas a extraños».

 

Marcos 9,37-39: El que no está contra nosotros está a nuestro favor. El seguir a Jesucristo y cumplir la misión que nos encomienda no da ningún derecho a privilegio alguno. No podemos apropiarnos el Evangelio con criterios partidistas, ni mirando propios intereses humanos. Nuestra entrega al mensaje salvífico de Cristo ha de brotar de un amor puro a su persona, a su obra y a las almas, a las que procuramos que llegue por todos los medios a nuestro alcance, buscando su plena incorporación a la Iglesia de Jesucristo y su salvación.Hemos de tener amplitud de miras en toda obra apostólica. Hemos de vivir fraternalmente unidos, y desear que sean muchos los que trabajen en el apostolado de la Iglesia. Sería absurdo tirar piedras al propio tejado. Hemos de alegrarnos del éxito de todas las empresas apostólicas de la Iglesia. San Gregorio Magno dice: «Examine cada uno lo que hace, y vea si trabaja en la viña del Sembrador. Porque el que en esta vida procura el propio interés no ha entrado todavía en la viña del Señor. Pues para el Señor trabajan quienes buscan no su propia ganancia, sino la del Señor..., aquellos que se desvelan por ganar almas, y se dan prisa por llevar a otros a la viña del Señor» (Homilía sobre los Evangelios 19).

 

07Jueves

Años impares

–Eclesiástico 5, 1-10: No tardes en volver al Señor. No hay que fiarse de las riquezas ni de las apariencias exteriores. Es necesario por encima de todo dar de lado a los razonamientos engañosos sobre las consecuencias del pecado. Hay dos formas de presunción: la confianza arrogante del hombre en las riquezas y el poder que acumula, y la presunción de apoyarse en la misericordia de Dios para seguir pecando. Es algo increíble, pero hasta ahí llega la miseria del hombre. Comenta San Agustín: «No queráis ahogar con las codicias y cuidados seculares la buena semilla que nuestro ministerio va sembrando en vosotros. Sed tierra buena... Hoy me dirijo a la cizaña; también hay ovejas que son cizaña. ¡Oh, cristianos malos! Con vuestro número y mala vida oprimís a la Iglesia. Corregíos antes de que llegue la siega. “No digáis: pequé, ¿y qué me ha sucedido?” (Eclo 5,4). Dios no ha perdido su potencia, pero exige de ti la penitencia. Esto lo digo a los malos, aunque son cristianos» (Sermón 73,3).

El Salmo 1 nos ofrece una meditación adecuada a la lectura anterior: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde que la acequia; da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

 

Años pares

Santiago 5,1-6: El jornal defraudado a los obreros está clamando contra vosotros ante el Señor. El apóstol advierte a los ricos sobre lo precario de sus bienes materiales, y les pide que recuerden el juicio de Dios, ante el que han de dar cuenta. San León Magno dice: «Amar la justicia no es otra cosa sino amar a Dios. Y como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el hambre de justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia» (Sermón 95).Y San Gregorio Magno: «Si queréis, dejáis lo que tenéis, aun reteniéndolo, siempre que administréis lo temporal aspirando con toda vuestra alma hacia lo eterno» (Homilías sobre los Evangelios 36).

– Las apariencias engañan. Los que parece que lo poseen todo y de todo disfrutan, están muchas veces pobres, miserables y orientados a la propia destrucción. Es lo que medita el Salmo 48, exhortando a no poner la confianza en el dinero: «Éste es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos: son un rebaño para el abismo; se desvanece su figura, y el abismo es su casa. Pero, a mí Dios me salva, me saca de las garras del abismo y me lleva consigo. No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa; cuando muera no se llevará nada, su fasto bajará con él. Aunque en vida se felicitaba: “ponderan lo bien que lo pasas”, irá a reunirse con sus antepasados, que no volverán nunca a la luz». Oigamos a San Basilio: «Se ven gentes que arrojan sus fortunas a los luchadores, a los comediantes, a repugnantes gladiadores, en los teatros, por la gloria de un momento y por ruidoso aplauso del pueblo. Y a ti ¿te preocuparán unos gastos con los que puedes ganar una gloria tan grande? Será Dios el que te aplaudirá, serán los ángeles los que te aclamarán, serán todos los hombres que han existido desde la creación los que celebrarán tu dicha: recibirás una gloria imperecedera, una corona de justicia: el Reino de los cielos, tal será el premio que tú recibirás por haber administrado bien tus bienes perecederos» (Homilía sobre la caridad).

 

Marcos 9,40-49: Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al abismo. Cristo hace resaltar la gravedad del escándalo, que el discípulo debe evitar cueste lo que cueste. Estar con Cristo supone estar con todos los hombres. Su amor lleva siempre a una solidaridad humana. Todo amor al Señor y al prójimo se han de traducir en un espíritu de servicio a todos. Hay que sacrificar todo al Amor divino. Hay que hacer un sacrificio agradable a Dios. El discípulo de Cristo y candidato al Reino ha de ser despiadado consigo mismo, si advierte que existe en él un obstáculo que impide el fin para el que ha sido llamado por Dios desde toda la eternidad. San Basilio hablaba así a los jóvenes: «No hay que buscar lo superfluo, ni se debe mimar al cuerpo más de lo necesario, para que sirva al alma... Si un cuidado excesivo del cuerpo es nocivo y perjudicial para el alma, es una locura manifiesta servirle y mostrarse sumiso a él» (Discurso a los jóvenes).

 

07Viernes

Años impares

Eclesiástico 6,5-17: Un amigo fiel no tiene precio. Es necesario guardarse de la falsa amistad; pero ¡dichoso el que tiene un amigo fiel! Los Santos Padres han tratado muchas veces sobre la falsa y verdadera amistad. El Beato Elredo tiene un Tratado sobre la amistad espiritual, en el que dice: «Ésta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia, la que no se enfría por las sospechas, la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la que, a pesar de muchos golpes, no cae; la que, batida por muchas injurias, se muestra inflexible» (3).Y San Juan Crisóstomo: «Si una desatención, un perjuicio en los intereses, la vanagloria, la envidia o cualquier otra cosa semejante, bastan para deshacer la amistad, es que esa amistad no dio con la raíz sobrenatural» (Homilía 60 sobre San Mateo).San León Magno: «Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia, y en el acuerdo que parte del vicio, nada tiene que ver con el logro de la paz» (Sermón 95)

–Una vez más el Salmo 118 nos señala que el camino a seguir es la voluntad de Dios: «Bendito eres, Señor, enséñame tus leyes. Tu voluntad es mi delicia, no olvidaré tus palabras. Ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad. Instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas. Enséñame a cumplir tu voluntad, y a guardarla de todo corazón. Guíame por las sendas de tus mandatos, porque ella es mi guía».«Esforcémonos en guardar sus mandamientos para que su voluntad sea nuestra alegría» (Carta de Bernabé 2).

 

Años pares

Santiago 5,9-12: Mirad que el juez está a la puerta. Ante la venida del Señor, que puede venir cuando menos lo pensemos, Santiago exhorta al amor fraterno y a la paciencia. No es perfecto el amor si todavía hay tensiones y conflictos entre los hombres. El amor que Cristo quiere comunicarnos va mucho más allá que la mera simpatía de los paganos. Aviso semejante da San Gregorio Magno: «Ved cómo va pasando todo cuanto hacéis cada día. Queráis o no, os aproximáis más al juicio. El tiempo no perdona. ¿Por qué, pues, amar lo que se ha de abandonar? ¿Por qué no prestar más atención al fin a donde se ha de llegar?» (Homilía 15 sobre los Evangelios).

–Con el Salmo 102 entonamos un himno a la misericordia de Dios: «Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre su fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos». Dice San Agustín: «Oye cómo fuiste amado, cuando no eras amable; oye cómo fuiste amado, cuando eras torpe y feo; cómo fuiste amado antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero, para que te hicieses digno de ser amado» (Sermón 142). Y el mismo Doctor: «Ningún pecador, en cuanto tal, es digno de amor; pero todo hombre, en cuanto tal, es amable» (Sobre la doctrina cristiana 1).

 

Marcos 10,1-12: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Jesús, respondiendo a una pregunta formulada por los fariseos para tenderle una trampa, condena el divorcio. Jesucristo, por encima de las concesiones hechas por la ley de Moisés, restaura la pureza original de la ley conyugal: no se atreva el hombre a separar lo que Dios ha unido. Atenágoras, apologista del siglo III, escribe: «Teniendo, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas de la vida presente y aun los placeres del alma. Cada uno de nosotros tiene por mujer a la que tomó según las leyes que nosotros hemos establecido, y aun ésta en vistas a la procreación. Porque así como el labrador, una vez echada la semilla en la tierra, espera la siega y no sigue sembrando, así para nosotros la medida del deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar entre nosotros muchos hombres y mujeres que han llegado célibes hasta su vejez, con la esperanza de alcanzar así una mayor intimidad con Dios» (Súplica en favor de los cristianos 33).El texto de Atenágoras refleja una concepción muy ascética y espiritual del matrimonio, vigente en su tiempo. San Pablo, en 1 Corintios 7, da sobre estos temas una doctrina más exacta y autorizada.

 

07Sábado

Años impares

–Eclesiástico 17,1-13: Dios hizo el hombre a su imagen. El texto comenta la creación del hombre, que es grande, como imagen de Dios, y al mismo tiempo pequeño, por la limitación de la vida, que es breve y mortal. En todo caso, recibe de Dios el hombre un poder sobre el mundo visible, y ha de rendir cuenta del ejercicio de su señorío al mismo Dios que le constituyó señor, al Dios Creador de todo cuanto existe y del mismo hombre. El hombre, creado a imagen de Dios, está llamado a entrar en la amistad del Señor, y al mismo tiempo, ha de permanecer en su obediencia. San Ireneo dice: «Así como en nuestra creación original en Adán, el soplo vital de Dios, infundido sobre el modelo de sus manos, dio la vida al hombre y apareció como viviente racional, así también en la consumación, el Verbo del Padre y el Espíritu de Dios, unidos a la sustancia modelada en Adán, hicieron al hombre viviente y perfecto, capaz de alcanzar al Padre perfecto. «De esta suerte, de la misma manera que todos sufrimos la muerte en el hombre animal, también hemos recibido la vida en el hombre espiritual. Porque no escapó Adán jamás de las manos de Dios, a las que el Padre decía: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gén 1,26). Y por esta misma razón, en la consumación, también sus manos vivificaron al hombre, haciéndolo perfecto, no por voluntad de la carne ni por voluntad del hombre (Jn 1,3), para que Adán, el hombre, fuera hecho a imagen y semejanza de Dios» (Contra las herejías 5, 1,3).

–Con el Salmo 102 cantamos el amor inmenso de Dios, su paternal comprensión respecto al hombre. Sin ella, la existencia del hombre sería una gran tragedia: «Como un padre siente ternura por su hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque Él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como flor del campo, que el viento la roza y ya no existe, su terreno no volverá a verla. Pero la misericordia del Señor dura siempre, su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza».

 

Años pares

Santiago 5,13-20: Mucho puede hacer la oración del justo. San Agustín escribe: «Cuando hablamos con Dios en la oración, el Hijo está unido a nosotros; y cuando ruega el Cuerpo del Hijo, lo hace unido a la Cabeza. De este modo, el único Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ora por nosotros, ora en nosotros, y al mismo tiempo es a Él a quien dirigimos la oración. Ora por nosotros como Sacerdote nuestro; ora en nosotros, como nuestra Cabeza; recibe nuestra oración, como nuestro Dios» (Comentario al Salmo 85).De esa unión nuestra con Cristo procede el poder de nuestra oración. La oración que nace del altar sagrado de nuestro corazón, se eleva con toda pureza, como el incienso, hasta el corazón de Dios.

–Es lo que oramos en el Salmo 140: «Señor, te estoy llamando, ven deprisa, escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración como el incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Coloca, Señor, una guardia a mi boca, un centinela a la puerta de mis labios. Señor, mis ojos están vueltos a Ti, en Ti me refugio, no me dejes indefenso».

Dice San Juan Crisóstomo: «La oración es perfecta cuando reúne la fe y la confianza. El leproso del Evangelio demostró su fe postrándose ante el Señor con sus palabras» (Homilía 25 sobre San Mateo).Y San Cipriano: «Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradecer a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con tono de voz moderado... Y cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación» (Tratado sobre la oración 4-6).

 

Marcos 10,13-16: El que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Hemos de aceptar el mensaje de Cristo con sencillez de corazón, con la docilidad propia de un corazón humilde, pobre de espíritu, y como don que el Padre da a los hombres. Comenta San Agustín: «La inocencia de vuestra santidad, puesto que es hija del amor..., es sencilla como la paloma y astuta como la serpiente, no la mueve el afán de dañar, sino de guardarse del que daña. A ella os exhorto, pues de los tales es el reino de los cielos, es decir, de los humildes, de los pequeños en el espíritu. No la despreciéis, no la aborrezcáis. Esta sencillez es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles que, cuando se adueña de la mente, levantándola, la derriba; inflándola, la vacía; y de tanto extenderla, la rompe. El humilde no puede dañar; el soberbio no puede no dañar. Hablo de aquella humildad que no quiere destacar entre las cosas perecederas, sino que piensa en algo verdaderamente eterno, a donde ha de llegar no con sus fuerzas, sino ayudada» (Sermón 353,1).

 

8ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «El Señor fue mi apoyo; me sacó de un lugar espacioso, me libró, porque me amaba» (Sal 17,19-20).
Colecta (del Misal anterior, retocada con el Veronense): «Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirle con una entrega confiada y pacífica».
Ofertorio (Veronense): «Señor, Dios nuestro, tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte y miras esta ofrenda como un gesto de nuestro devoto servicio; confiadamente suplicamos que lo que nos otorgas, para que redunde en mérito nuestro, nos ayude también a alcanzar los premios eternos».
Comunión: «Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho, entonaré himnos al Dios Altísimo» (Sal 12,6). «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Postcomunión (Veronense): «Alimentados con los dones de la salvación, te pedimos, Padre de misericordia, que por este sacramento con que ahora nos fortaleces, nos hagas un día partícipes de la vida eterna».

 

08CICLO A

Hemos de utilizar los bienes temporales de modo que no perdamos los eternos. Ése es el espíritu cristiano, que se opone a la mentalidad del mundo, materialista, hedonista y consumista, y que supera con la gracia divina.

 

–Isaías 49,14-15: Aunque tu madre te olvide, yo no te olvidaré. La providencia permanente de Dios sobre nosotros es un gran misterio. Es el ejercicio de un amor entrañable, que supera infinitamente nuestra misma capacidad de comprensión. El Señor jamás nos olvida. Israel, estando en el exilio, se sintió como olvidado y abandonado de Yahvé. Pero el Señor, por sus profetas, le hace ver lo contrario: es imposible que una madre olvide a su hijo; pero aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré, dice el Señor. A la luz de esa fe, Casiano ve que todo es providencia amorosa de Dios: «Conviene que creamos con una fe incondicional que nada acontece en el mundo sin la intervención de Dios. Debemos reconocer, en efecto, que todo sucede o por su voluntad o por su permisión. El bien, por su voluntad, mediante su ayuda; el mal por su permisión» (Colaciones 3,20).En la Carta de Bernabé leemos: «Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto»  (19).

–Es lo que confesamos en el Salmo 61: «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi Roca y mi salvación, mi alcázar. No vacilaré».–2 Corintios 4,1-5: El Señor manifestará los designios de cada corazón. El amor providente de Dios se ha servido de otras criaturas para nuestra salvación; pero es siempre Él quien nos salva y nos juzga. Él nos habla y nos guía por medio de sus enviados, que han de ser fieles al mensaje recibido. San Jerónimo, «Cuando el pueblo sea llevado al cautiverio, porque no tuvo ciencia, y perezca de hambre y arda de sed, y el infierno agrande su alma; cuando bajen los fuertes y los altos y gloriosos a lo profundo, y sea humillado el hombre, y haya recibido conforme a sus méritos, entonces el Señor será exaltado en el juicio, que antes parecía injusto; y Dios santo será santificado por todos en la justicia...«Por eso debemos cuidar de no adelantarnos al juicio de Dios, juicio grande e inescrutable, y del cual dice el Apóstol: “inestimables son sus juicios e imposibles de conocer sus caminos” (Rom 11, 35). “Él iluminará las cosas ocultas en las tinieblas y abrirá los pensamientos de los corazones” (1 Cor 4,5)» (Comentario sobre el profeta Isaías 3,6)

 

.–Mateo 6,24-34: No os angustiéis por el mañana. El verdadero cristiano se distingue del pagano en que éste ignora el amor providente del Padre, y aquél en cambio vive confiado en su insondable providencia amorosa, solo empeñado en ser fiel a los planes divinos de salvación. Comenta San Juan Crisóstomo: «Una vez, pues, que por todos estos caminos nos ha mostrado el Señor la conveniencia de despreciar la riqueza –para guardar la riqueza verdadera, la felicidad del alma, para la adquisición de la sabiduría y para la seguridad de la piedad–, pasa después a demostrarnos que es posible aquello mismo a que nos exhorta. Porque éste es señaladamente oficio del buen legislador; no sólo ordenar lo conveniente, sino hacerlo también posible.«Por eso prosigue el Señor diciendo: “no os preocupéis... sobre qué comeréis”. No quiso que nadie pudiera objetarle: “¡Muy bien! Si todo lo tiramos, ¿cómo podremos vivir?” Contra semejante reparo va ahora el Señor a decir muy oportunamente: “no os preocupéis”... Si de lo que fue criado por amor nuestro tiene Dios tanta providencia, mucho mayor la tendrá de nosotros mismos. Si así cuida de los criados, mucho más cuidará del señor... No dijo el Señor que no haya que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes, ni dejarse abatir por las inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos angustiados por el alimento» (Homilía 21,2 y 3).

 

08CICLO B

El Verbo divino, encarnándose y uniéndonos a su Cuerpo místico, nos ha mostrado un amor inmenso. San León Magno dice:
«El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de la naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que le es propia, y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana, la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que Él asume para restaurarla» (Carta 28,3-4).Cristo, sin dejar de ser Dios, nos ha amado con un corazón de hombre, y así nos sigue amando, de todo corazón. El amor con que nos elige y nos toma es tan profundo que halla su mejor imagen en la unión del amor conyugal.

 

Oseas 2,14.15.19-20: Me casaré contigo en matrimonio perpetuo. La Antigua Alianza surge de un designio amoroso de Dios, que quiere unirse a su Pueblo como el esposo con su esposa. Las infidelidades de Israel no impiden que el Señor consume su designio, estableciendo una Alianza definitiva con su Pueblo en el Corazón de su Hijo muy amado. La sugestiva imagen del amor esponsal de Dios aparece muchas veces en los profetas. En realidad, es una expresión más de la verdad fundamental que atraviesa toda la Sagrada Escritura, que se afirma en todas sus páginas: el amor que Dios tiene a los hombres. Dice Orígenes: «Hay aquí una enseñanza para las almas, que te instruye y te enseña a ir todos los días a los pozos de las Escrituras, a las aguas del Espíritu Santo, para que saques siempre y te lleves a casa una vasija llena, como hacía la santa Rebeca, la cual no se habría podido casar con tan gran patriarca como Isaac –el nacido de la promesa (Gál 4,23)–, sino viniendo por agua y sacándola en tan gran cantidad, que pudiera saciar no solo a los de su casa, sino al mozo de Abrahán; y no solo al mozo, sino que hasta pudo abrevar a sus camellos (Gén 24,19).«Todo lo que está escrito son misterios: porque Cristo quiere también desposarse contigo, ya que te habla por el profeta diciendo: “te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo en la fe y en la misericordia, y conocerás al Señor” (Os 2,19). Porque quiere desposarse contigo, te envía a este mozo. El mozo es la palabra profética: si tú no la recibes primero, no podrás desposarte con Cristo. Y has de saber que nadie recibe la palabra profética, si no se ejercita y toma experiencia de ella» (Homilías sobre el Génesis X).

–Con el Salmo 102 bendecimos al Señor con toda nuestra alma y con todo nuestro ser. Él ha perdonado todas nuestras culpas, Él ha curado todas nuestras enfermedades. Él nos ha rescatado de la fosa y nos ha colmado de gracia y de ternura. «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas».

 

2 Corintios 3,1-6: Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio. El Nuevo Pueblo de Dios no es fruto de una obra humana, sino de una Alianza Nueva, vivificada por la gracia del Espíritu Santo. La Palabra divina ha sido escrita no solo en la Sagrada Escritura, sino también, por la Tradición, en las mismas comunidades fundadas por los apóstoles: ellas son realmente «cartas de Cristo». Por eso, para conocer la verdad de Cristo, hay que recurrir siempre a la tradición apostólica. San Ireneo escribe: «Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar todavía de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya que los apóstoles depositaron en ella, como en un despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y ésta es la puerta de la vida: todos los demás son salteadores y ladrones...«Si los apóstoles no nos hubieran dejado las Escrituras ¿acaso no habríamos de seguir el orden de la tradición, que ellos entregaron a aquellos a quienes confiaban las Iglesias? Precisamente a este orden han dado su asentimiento muchos pueblos bárbaros, que creen en Cristo. Ellos poseen la salvación, escrita por el Espíritu Santo sin tinta ni papel en sus propios corazones (cf. 2 Cor 3,3) y conservan cuidadosamente la tradición antigua, creyendo en un solo Dios» (Contra las herejías III, 4,1ss.).

 

Marcos 2,18-22: El Esposo está con nosotros. En Cristo, Dios mismo se ha vinculado a la humanidad, dando nueva vida a un pueblo nuevo, que es la Iglesia. Éste es el amor constante y salvífico del Señor en toda la historia de la salvación, que llega a su plenitud en la historia de la Iglesia. Cristo es el Esposo; lo veíamos en Oseas y lo vemos ahora en Marcos. San Gregorio de Elvira, «Los buenos pechos del Señor son las fuentes de agua de los Evangelios, mejores que el vino de los profetas. Pues leemos en las Sagradas Escrituras que hay dos clases de vino: uno el que faltó en las bodas de Caná de Galilea; otro, mucho mejor, hecho del agua de la Palabra de Dios. Por eso decía el Salvador: “nadie echa vino nuevo en cueros viejos... El vino nuevo se echa en cueros nuevos” (Mc 2,22). Con eso se significa las nupcias de Cristo y de la Iglesia, esto es, cuando el Verbo de Dios se unió con el alma humana. Había de cesar el vino antiguo, esto es la ley y los profetas. Ya ahora hay vino evangélico, venido del agua del bautismo» (Tratado sobre el Cantar de los Cantares 1).

 

08CICLO C

Cada vez hemos de transformarnos más y más en Cristo. Esto implica una progresiva configuración moral a Él, que la gracia va obrando en nosotros por las virtudes y los dones del Espíritu Santo, y que en la Eucaristía actúa en nosotros con especial eficacia. Partiendo de la transformación interior del hombre en Cristo, toda su conducta personal, comunitaria y social, irá evidenciando su condición de hombre nuevo (Col 3,10). Esta maravilla del amor de Dios se preparó en el Antiguo Testamento, y tiene su plena realización en el Nuevo con la obra redentora de Jesucristo.

 

Eclesiástico 27,5-8: El fruto muestra la calidad de un árbol. Las palabras y las apariencias del hombre engañan fácilmente. Sólo Dios penetra en el corazón del hombre. La verdad del hombre ha de medirse más por sus obras que por sus palabras. Comenta San Agustín: «Todo en este mundo es como un lagar, y de aquí se saca otra semejanza: como el oro y la plata se acrisolan en el fuego, así la tribulación pone a prueba a los justos (Prov 17,21; Eclo 27,6). Con eso se acude a la imagen del horno del artífice. En un pequeño crisol hay tres cosas: fuego, oro y paja. En él contemplas la imagen del mundo entero: dentro de él se encuentra paja, oro y fuego. La paja se quema, el fuego arde y el oro se acrisola.«Pues bien, en este mundo existen los justos, los malvados y la tribulación. El mundo es como el crisol del orífice, los justos como el oro, los malvados como la paja, la tribulación como el fuego. ¿Acaso se purificaría el oro sin que se queme la paja? Acontece que los malvados se convierten en cenizas; cuando blasfeman y murmuran contra Dios, se convierten en ceniza. Pero allí mismo el oro purificado –los justos, que con paciencia soportan todas las molestias de este mundo y alaban a Dios en medio de las tribulaciones–, es oro purificado que pasa a los tesoros de Dios.«En efecto, Dios tiene tesoros a donde enviar el oro purificado; tiene también lugares sólidos a donde envía la ceniza de la paja. Una y otra cosa sale de este mundo. Tú considera qué eres, pues es preciso que venga el fuego. Si te hallare siendo oro, te limpiará de las manchas; pero si te encontrare siendo paja te quemará y te reducirá a cenizas. Elige lo que vas a ser, pues no podrás decir: me libraré del fuego. Ya estás dentro del horno del orífice, al que es preciso aplicar el fuego. Es de todo punto necesario que estés allí, porque sin fuego de ninguna manera podrás estar» (Sermón 113, A,11).

–Con el Salmo 91 decimos: «Es bueno dar gracias al Señor y tañer para tu nombre, oh Altísimo... El justo crecerá como la palmera, se alzará como el cedro del Líbano; plantado en la Casa del Señor; crecerá en los atrios de nuestro Dios».–1 Corintios 15,54-58: Dios nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Como fruto de la Resurrección de Cristo, el hombre, transformado en Él y renacido de su gracia (Jn 3,3.5), alcanza la victoria sobre el pecado y la muerte, sobre el diablo y el mundo, y vence el combate de la vida en el tiempo y para la eternidad. Comenta San Agustín: «Te consuela el Señor tu Dios, te consuela tu Creador, te consuela tu Redentor. Te consuela tu hermano, que no es avaro. En efecto, nuestro Señor se dignó hacerse nuestro hermano. Es el único hermano merecedor de toda confianza, sin duda, con quien has de vivir en concordia. Dije que no es avaro, pero tal vez lo encuentres avaro. «Sí; es avaro, pero porque quiere poseernos a nosotros, quiere adquirirnos a nosotros. Por nosotros pagó precio tan grande, como grande es Él mismo; nada más se puede añadir. Se dio a Sí mismo como precio y se constituyó así en nuestro Redentor... Se entregó a la muerte, dando muerte a la muerte... Dando muerte a la muerte, nos libró de la muerte. La muerte vivía, gracias a nuestra muerte, y morirá cuando vivamos nosotros en el momento en que se le diga: “¿dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,55)» (Sermón 359,2)

 

.–Lucas 6,39-45: Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca. En el Evangelio de Cristo es la santidad interior la que nos hace auténticos ante el Padre, y verdaderos creyentes en medio de los hombres. La hipocresía del fariseísmo nada tiene que ver con el Evangelio. Comenta San Agustín: «Entre los judíos, los escribas y fariseos eran zarzas y abrojos y, sin embargo, [dice el Señor:] “haced lo que dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23,3)... A veces, en un seto de zarzas,  se entrelazan los sarmientos de la parra, y de la zarza penden los racimos. Al oír que se habla de zarzas, quizá desprecias la uva. Pero busca la raíz de la zarza, y verás lo que encuentras. Sigue la raíz del racimo, y mira dónde la encuentras. Y entiende que lo uno pertenece al corazón del fariseo, y lo otro a la cátedra de Moisés» (Sermón 74,4).Muchos hombres aún no conocen a Cristo ni lo aman tal vez porque nosotros mismos, los cristianos, «velamos, más que revelamos», su vida y su evangelio con nuestras palabras y obras.

 

08Lunes

Años impares

Eclesiástico 17,20-28: Retorna al Altísimo, y aléjate de la injusticia. Esta Escritura nos invita a la conversión. Una vez más nos trae la voz de Dios, lleno de misericordia y de bondad, que nos llama constantemente a convertirnos y a progresar en la vida de la perfección cristiana. Es una voz que no cesa, pues el Señor quiere  superar todos los obstáculos, y lograr con nosotros una grande e íntima amistad. San Agustín dice: «¡Qué vergüenza apegarse a las cosas, porque son buenas, y no amar el Bien que las hace buenas! El alma, por el hecho de ser alma, antes aún de ser buena por la conversión al Bien inconmutable; el alma, repito, cuando nos agrada, hasta preferirla a esta luz corpórea, si bien lo meditamos, no nos agrada en sí misma, sino por la excelencia del arte con que fue creada. Se ama el alma en su fuente, de donde trae su origen. Y esta fuente es la Verdad y el Bien puro. No hay aquí sino bienes y, por consiguiente, es el Bien sumo. El bien solo es capaz de aumento o disminución cuando es bien que procede de otro bien.«El alma, para ser buena, se convierte al Bien, de quien recibe el ser alma. Y entonces, cuando a la naturaleza se une la voluntad, para que el alma se perfeccione en el bien, es cuando se ama este bien mediante la conversión de la voluntad al Bien de donde brota todo bien... En apartándose, en cambio, el alma del Bien sumo, deja de ser buena, pero no deja de ser alma» (Tratado de la Santísima Trinidad 8).

El Salmo 31 nos recuerda la felicidad que en nosotros produce el perdón de Dios y su misericordia: «Alegraos, justos, y gozad en el Señor. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dicho el hombre a quien el Señor no le apunta su delito. Propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia; la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio: me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

 

Años pares

1 Pedro 1,3-9: No habéis visto a Cristo, y lo amáis; creéis en Él, y os alegráis con un gozo inefable. Como San Pablo, San Pedro da gracias al Señor por la regeneración del bautismo y por la esperanza de la herencia celeste, cuyo fundamento es la resurrección de Cristo. En medio de las pruebas presentes, hay que perseverar en la fe. San Beda escribe: «Dice San Pedro que conviene ser afligidos, porque no se puede llegar a los gozos eternos sino a través de aflicciones, y la tristeza de este mundo que pasa. “Durante algún tiempo”, dice, sin embargo, porque donde se retribuye con un premio eterno, parece que es muy breve y leve lo que en las tribulaciones de este mundo parecía pesado y amargo» (Comentario a la 1 de San Pedro 1,4).San Agustín enseña cómo la aflicción pone a prueba nuestra fe, y así la desarrolla: «Se presenta el dolor, pero vendrá el descanso. Se ofrece la tribulación, pero llegará la purificación. ¿Acaso brilla el oro en el horno del orífice? Brillará en el collar, brillará en el adorno. Sin embargo, ahora soporta el fuego para que, purificado de las escorias, adquiera brillo y esplendor» (Comentario al Salmo 61,11).

–Toda la Sagrada Escritura es una historia de salvación: la historia de las obras de Dios en favor de los hombres. Fiel a sus promesas, Dios actúa siempre para salvar. Y con Cristo el cumplimiento de las promesas llega a su plenitud. Meditamos estas maravillas con el Salmo 110: «El Señor recuerda siempre su alianza. Doy gracias a Dios de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza. Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándole la heredad de los gentiles. Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, la alabanza del Señor dura por siempre».

La esperanza de los cristianos no es la de los judíos. La venida del Hijo del Hombre no se produjo en las formas previstas por los judíos. Jesús predicó una Buena Nueva, que pocos acogieron, pues solo podía ser recibida con el corazón humilde y bien dispuesto. La Palabra de Dios madura lentamente, con la gracia, en el corazón de los hombres buenos. Este crecimiento de la Palabra divina en cada uno de los fieles, se produce en medio de muchas pruebas, les asegura la herencia gloriosa e incorruptible, y les garantiza la resurrección bienaventurada.

 

Marcos 10,17-27: Vende lo que tienes y sígueme. Para ser discípulo de Cristo, es necesaria una renuncia total de cuanto se posee, una renuncia material, o al menos espiritual. El peligro de las riquezas es real, y no debe ser ignorado. Sin embargo, pobres y ricos han de tender a la perfección evangélica, pues, como enseña Casiano, «muchos son los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe seguir con decisión irrevocable el modo de vida que primero abrazó, manteniéndose fiel en su dirección primera (cf. 1 Cor 7,17.20.24). Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser perfecto en ella» (Colaciones 14). El joven rico del Evangelio no siguió la llamada de Cristo, no tanto porque tenía bienes, sino porque estaba apegado a ellos. En ese sentido dice San Juan Crisóstomo: «Lo malo no es la riqueza, lo malo es la avaricia, lo malo es el amor al dinero» (Homilía 2,5,8). Y en cuanto a la pobreza, «la pobreza parece a muchos un mal, y no lo es. Antes bien, si se mira serenamente e incluso filosóficamente, es un destructor de males» (Sobre los males de la vida 3 y 4).Y San Gregorio Magno: «Entregados a las cosas de este mundo, nos vamos volviendo tanto más insensibles a las realidades del espíritu, cuanto mayor empeño ponemos en interesarnos por las cosas visibles» (Homilía 17 sobre los Evangelios).

 

08Martes

Años impares

Eclesiástico 35,1-15: El que guarda los mandamientos ofrece un sacrificio de acción de gracias. La ofrenda del justo es aroma que asciende hasta el Altísimo, como un perfume precioso. Las obras buenas forman parte integrante del culto, y éste no agrada a Dios si no va perfumado por una vida conforme a sus mandatos. Por eso, si queremos un culto litúrgico o extralitúrgico agradable al Señor, hemos de comenzar por sacrificarnos a nosotros mismos. San Gregorio de Nisa escribe: «El olor de los perfumes se recuerda como imagen de la belleza, y no cualquier aroma describe la belleza de la esposa, sino el olor de la mirra y del incienso mezclados, para que sea uno el olor de ambos. Otra alabanza de los aromas: la mirra sirve para la sepultura de los difuntos, y el incienso está consagrado acertadamente al culto de Dios. Así, pues, el que desea dedicarse al culto de Dios no será buen incienso consagrado, si antes no fue mirra; es decir, si no mortifica los miembros que están sobre la tierra, sepultado con Aquél que abrazó la muerte por nosotros, y recibe en su propia carne, para mortificar sus miembros, aquella mirra que se tomó para la sepultura del Señor.«Cuando en el decurso de la vida se obra así, toda clase de aromas mezclados como en un mortero en partes sutiles, producen aquel perfume tan suave. Y quien lo recibe se hace oloroso, lleno del Espíritu, y derrama sus perfumes» (Homilía 6 sobre el Cantar de los Cantares).

El Salmo 49 es el comienzo de una liturgia penitencial, y continúa el tema de la anterior lectura. Dios ha sellado un pacto con su pueblo, para salvarlo. «Al que sigue el buen camino, le haré ver la salvación de Dios. Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio». La palabra acusadora de Dios es al mismo tiempo salvadora, porque hace que el hombre se vea como es y pueda iniciar su reforma interior, que concluye con la experiencia de la salvación. «El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios».

 

Años pares

1 Pedro 1,10-16: El Espíritu de Cristo les declaraba por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que le seguiría. En efecto, los profetas vaticinaron la pasión y la gloria del Mesías. Por eso los fieles, asegurados por la Escritura, han de sentirse llenos de certeza en la fe y en la esperanza, y según recuerda San Pedro, han de imitar la santidad de Dios, porque Dios es santo. San Ireneo escribe: «Uno es el Hijo, que llevó a cumplimiento la voluntad del Padre; y uno es el género humano, en el que tiene cumplimiento el designio misterioso de Dios; y “los ángeles desean contemplarlo” (1 Pe 1,12). «Pero los ángeles no pueden llegar al cabo de la sabiduría de Dios, por la que su criatura alcanza la perfección al conformarse con su Hijo y al incorporarse a Él; a saber, que el primogénito que de Él procede, el Verbo, descienda a la creación, que es obra de sus manos, y sea recibido en ella, y a la vez, que la creación sea capaz de recibir al Verbo y de ponerse a su nivel, por encima de los ángeles, hasta llegar a ser a imagen y semejanza de Dios» (Contra las herejías 5,36,3).

–Dios fue desvelando poco a poco sus designios salvíficos, hasta revelarlos plenamente en Jesucristo. Todo ha sido fruto de la fidelidad de Dios a sus promesas, a pesar de las rebeldías del hombre. Por eso, las maravillas que ha obrado el Señor ponen en nuestros labios un cántico nuevo para alabarle, y lo hacemos ahora con el Salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».

 

Marcos 10,28-31: Recibiréis en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, la vida eterna. Así responde Cristo a Pedro, cuando éste le pregunta por la suerte que corresponderá a aquellos que todo lo han dejado por seguirle. Atengámonos a las palabras de Jesús, y dispongamos toda nuestra vida en función de los valores del Evangelio y del Reino de Cristo. Comencemos, pues, como los apóstoles, por el desprendimiento de los bienes materiales, y ordenemos todas nuestras realidades humanas en función del final sobrenatural y eterno que con toda certeza esperamos. Cada uno, según su vocación, ha de «dejarlo todo y seguir a Jesús». Comenta San Juan Crisóstomo: «¿Qué todo es ése, bienaventurado Pedro? ¿La caña, la red, la barca, el oficio? ¿Eso es lo que nos quieres decir con la palabra todo? Y él nos contesta: “Sí; pero no lo digo por vanagloria, sino que, en mi pregunta al Señor, quiero meter a toda la muchedumbre de los pobres”...«Eso es lo que  hizo aquí el Apóstol, al dirigirle al Señor su pregunta en favor de la tierra entera. Porque lo que a él personalmente le atañía bien claramente lo sabía, como resulta evidente... pues quien, ya desde esta vida, había recibido las llaves del reino de los cielos, mucha mayor confianza había de tener por lo que a la otra vida se refería.«Pero mirad también qué exactamente responde Pedro a lo que Cristo había pedido. Dos cosas, en efecto, había pedido el Señor al joven rico: que diera lo que tenía a los pobres y que le siguiera. Por eso Pedro dice esas dos mismas cosas: “nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”» (Homilía 64,1 sobre San Mateo).

 

08Miércoles

Años impares

Eclesiástico 36,1-2.5-6.13-19: Que sepan las naciones que no hay Dios fuera de ti. Hemos de orar y trabajar en favor de la conversión de todos los hombres al único y verdadero Dios. Él ha hecho maravillas en favor de todos los hombres por puro amor. El Señor, que comenzó a revelarse lentamente como Salvador y Libertador, nos llena ahora de alegría con su presencia en la Persona de su Hijo bien amado, que todo lo realizó para gloria de su Padre y para la salvación de todos los hombres. Dice San Justino: «El Padre inefable y Señor de todas las cosas ni viaja a parte alguna, ni se pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio, con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni orejas, sino con su poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno de nosotros se le escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe en lugar alguno, ni en el mundo entero, el que existía antes de que el mundo fuera hecho.«Siendo esto así, ¿cómo podrá ser visto de alguien, o aparecerse en una mínima parte de la tierra, cuando en realidad el pueblo no pudo soportar la gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el mismo Moisés entrar en la tienda que él había hecho, pues estaba llena de la gloria de Dios, ni el sacerdote pudo aguantar de pie delante del templo, cuando Salomón llevó el arca a la morada que él mismo había construido en Jerusalén?«Por tanto, ni Abrahán, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al que es Padre y Señor inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo Cristo, sino que vieron a Éste, que es Dios, por voluntad del Padre, que es su Hijo, el Ángel que le sirve según sus designios» (Diálogo con Trifón 127-128).

–Sufrimos por nuestros pecados, que nos alejan de Dios, y que nos manifiestan nuestra gran ingratitud para con Él, a quien todo se lo debemos. Por eso cantamos con el Salmo 78: «Muéstranos, Señor, la luz de tu misericordia. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres; que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados. Socórrenos, Dios Salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados, a causa de tu nombre. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo; con tu brazo poderoso salva a los condenados a muerte. Mientras, nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño, te damos gracias siempre, cantaremos tus alabanzas de generación en generación».

 

Años pares

1 Pedro 1,18-15: Os rescataron al precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto. Hemos de corresponder al inmenso amor que Cristo tuvo para con nosotros que nos redimió con su pasión y su muerte. Oigamos a San Ambrosio:«El precio de nuestro rescate no se ha calculado en dinero, sino en sangre, pues Cristo murió por nosotros. Él nos ha librado con su preciosa sangre, como recuerda también San Pedro en su Carta (1 Pe 1,18). Preciosa, porque es la sangre de un Cordero inmaculado, porque es la sangre del Hijo de Dios, que nos ha rescatado no sólo de la maldición de la ley, sino también de la muerte perpetua, a la que lleva la impiedad» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. VII, 117).

–Con el Salmo 147 cantamos a Jerusalén, imagen de la Iglesia y del alma cristiana: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión; que ha reforzado los cerrojos de tus puertas y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina; Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a entender sus mandatos». Esta solicitud conmovedora de Dios con Israel llega a su plenitud en la Iglesia con la Palabra divina, con la altísima doctrina revelada, con la guía pastoral de los obispos, con los sacramentos y la liturgia.

 

–Marcos 10,32-45: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado. Cristo es el verdadero Siervo de Yahvé, anunciado por el profeta Isaías. Él vino para «dar su vida en rescate por nosotros», todos los hombres. Parece increíble la torpeza de los hijos de Zebedeo, que, ante tal anuncio, reaccionan preocupándose por obtener los primeros puestos en un Reino del que aún apenas saben nada. Pero es igualmente lamentable la indignación de los demás apóstoles por esa petición. La mayor aspiración que en realidad podemos tener los cristianos es conseguir, según la expresión de San Pablo, «un carisma mejor», que es la caridad (1 Cor 12,31). Entre tanto, en el camino de esta vida, es necesario «beber el cáliz» del Señor, para poder sentarse en el «trono»; «bautizarse» en la prueba del dolor, para juzgar la tierra; y servir a todos, para reinar con Cristo. El sufrimiento entra con pleno derecho en la vida de los que siguen a Cristo. Comenta San Agustín: «Buscaba la altura, pero no veía el peldaño. El Señor se lo mostró: “¿podéis beber?... Los que buscáis las cimas más altas, ¿podéis beber el cáliz de la humildad?” Por eso no dice simplemente: “niéguese a sí mismo y sígame”, sino que añade: “tome su cruz y sígame”. ¿Qué significa “tome su cruz”? Soporte lo que le es molesto» (Sermón 96,3-4).

 

08Jueves

Años impares

Eclesiástico 42,15-26: La gloria del Señor se muestra en todas sus obras. Los cielos proclaman la gloria de Dios, dice el salmista. Toda la creación maravillosa es como una epifanía natural del Señor. Por eso los santos, que sabían leer en el Libro de la Creación, hallaban en las criaturas una escala que les elevaba al Creador. Así San Juan de la Cruz dice bellamente: «¡Oh bosques y espesuras - plantadas por la mano del Amado! - ¡Oh prado de verduras - de flores esmaltado! - Decid si por vosotros ha pasado. - Mil gracias derramando - pasó por estos sotos con presura - e yéndolos mirando - con sola su figura - vestidos los dejó de su hermosura» (Canciones entre el alma y el Esposo 4).El hombre se siente abrumado ante la riqueza de las cosas creadas, ante su variedad inmensa y su fascinante belleza... Y todo ha de elevarle a una alta y continua contemplación, ha de levantarle hacia la trascendencia, conduciéndole a Dios. La conversión de San Agustín se produjo en buena parte ascendiendo al Creador por las criaturas, como él mismo declara: «Y ¿qué es lo que yo amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo, ni hermosura de tiempo, ni blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos, no fragancia de flores...«Pregunté a la tierra y me dijo: “no soy yo”; y todas las cosas que hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: “no somos tu Dios, búscale sobre nosotros”. Interrogué a las auras que respiramos, y el aire todo, con sus moradores, me dijo: “engáñase Anaxímenes; yo no soy tu Dios”. Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco somos nosotros el Dios que buscas”, me respondieron. «Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi carne: “decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de Él”. Y exclamaron todas con grande voz: “Él nos ha hecho”. Mi pregunta era su mirada y su respuesta su apariencia.«Entonces me dirigí a mí mismo y me dije; “¿tú, quién eres?”, y respondí: “un hombre”... Sí, la verdad me dice: “no es tu Dios el cielo, ni la tierra, ni cuerpo alguno”... “Por esta razón eres tú mejor que éstos: a ti te lo digo, oh alma, porque tú vivificas la masa de mi cuerpo, prestándole vida, lo que ningún cuerpo puede prestar a otro cuerpo. Pero, a su vez, tu Dios es para ti la vida de tu vida”» (Confesiones 10, 6,9-10).

 – Con el Salmo 32 cantamos la acción creadora de Dios, que por ella se revela al hombre y le asombra con su grandeza: «Dad gracias al Señor con la cítara; tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones. Que la palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca sus ejércitos; encierra en un odre las aguas marinas, mete en un depósito el océano. Tema al Señor la tierra entera, tiemblen ante Él los habitantes del orbe; porque Él dijo y existió; Él mandó y surgió».

Años pares

1 Pedro 2,2-5.9-12: Vosotros sois un sacerdocio real, una nación consagrada, que ha de proclamar las hazañas del que os llamó. La Iglesia, formada de piedras vivas, unidas en torno a la piedra fundamental, que es Cristo resucitado, forma un templo espiritual, en el que se rinde a Dios el culto perfecto. Orígenes dice: «“Destruid este templo y en tres días lo reedificaré” (Jn 2,19). Ambas cosas, el templo y el cuerpo de Jesús, me parecen, según una de las interpretaciones recibidas, ser figura de la Iglesia, pues ella está edificada con piedras vivientes, para ser edificio espiritual y un sacerdocio santo (1 Pe 2,5); construida sobre el fundamento del Apóstoles y los profetas, tiene por piedra angular a Cristo Jesús (Ef 2,20) y es reconocida como templo» (Comentario al Evangelio de San Juan X, 228).Y San Agustín: «Uniéndonos a la piedra angular, encontramos la paz; reposando sobre ella, conseguimos firmeza. Ella es, al mismo tiempo, fundamento, porque nos sostiene, y piedra angular, porque nos une. Ella es la piedra sobre la que el hombre prudente edifica su casa, y así se mantiene firme contra todas las tentaciones de este mundo, y ni los torrentes de lluvia la hacen caer, ni los ríos desbordados la derrumban, ni la fuerza de los vientos la sacuden» (Sermón 337,1).

– Los cristianos somos Pueblo de Dios, ovejas de su rebaño, nación consagrada. Así lo cantamos en el Salmo 99: «Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios; que Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias, y bendiciendo su nombre. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».

 

–Marcos 10,46-52: Maestro, haz que pueda ver. El ciego de Jericó, una vez sanado por Jesús, «lo seguía por el camino»: de la curación al seguimiento. El ciego pide la luz, signo de salvación. Grita al Señor para que lo cure, mientras los otros le regañan. Comenta San Agustín:«¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia de Cristo con las buenas obras? Digo esto, hermanos, no sea que levantemos mucho la voz, pero callen nuestras costumbres. ¿Quién es el que gritaba a Cristo para que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los sacramentos temporales con los que nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo? Aquel que desprecia los placeres del mundo, clama a Cristo; aquel que dice, no con solo con la lengua, sino con la vida: “el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gál 6,14). Éste es el que clama a Cristo.«Grita a Cristo el que reparte y da a los pobres, para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos. Quien escucha y no se hace el sordo a aquello de: “vended vuestras cosas y dadlas a los pobres” (Lc 12,23). Como si oyera el sonido de los pasos del Señor que pasa, grite el ciego por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz sean sus hechos» (Sermón 88,12).

 

08Viernes

Años impares

Eclesiástico 44,1,9-13: Nuestros antepasados fueron hombres de bien, y su fama vive por generaciones. La gloria de Dios se manifiesta especialmente en la historia de la salvación del pueblo que Él se eligió para Sí, y de un modo particular brilla en los hombres que escogió para guiarlo. Lo que mantiene en ese Pueblo la continuidad de las generaciones es la fidelidad a la alianza, ya que Dios es siempre fiel a ella. Por eso, la razón máxima de su fama no es la grandeza o la riqueza, sino la caridad. En este sentido, algunos consideran la fidelidad como el atributo mayor de Dios. Esta fidelidad de Dios va unida a su bondad paternal para con el pueblo de la alianza. Estos dos atributos complementarios, amor y fidelidad, indican que la alianza es a la vez un don gratuito y un vínculo cuya solidez resiste la prueba de los siglos. Como dice el salmista, «las sendas del Señor son misericordia y lealtad» (Sal 24,10). De esas dos actitudes debe él participar, configurándose a ellas. La piedad filial, que debe a Dios, tendrá como prueba de su verdad la fidelidad para observar los preceptos de la alianza. A lo largo de la historia de la salvación, la fidelidad de Dios se revela inmutable, frente a las frecuentes infidelidades del hombre. Por fin, en la plenitud de los tiempos, Cristo, testigo fiel de la Verdad, comunica a los hombres la gracia de que está lleno, y los hace capaces de merecer la corona de la vida, imitando su fidelidad hasta la muerte.

–Con el Salmo 149 proclamamos la victoria del amor de Dios sobre las infidelidades del hombre: «Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey. Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas; con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles»

 

Años pares

1 Pedro 4,7-13: Sed buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. Con respecto a la escatología, se proponen a los cristianos varias recomendaciones: prudencia, vigilancia en la oración, amor, hospitalidad, servicio a los demás... Hay diversidad de carismas y, por lo mismo, son muchos los servicios en la comunidad cristiana. Pero el don primero es el mismo Espíritu Santo, que se infunde en nuestros corazones y pone en ellos el amor (Rom 5,5). Él es el alma de todo servicio en la comunidad cristiana y humana. San Agustín escribe: «No se trata de saber cuánto amor se debe al hermano y cuánto a Dios; incomparablemente más a Dios que a nosotros mismos. Ahora bien, no podemos amarnos mucho a nosotros si no amamos mucho a Dios. Es, pues, con un mismo amor con el que amamos a Dios y al hermano; pero amamos a Dios por sí mismo, y a nosotros y al prójimo por Dios» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 8,16). San León Magno dice: «Aunque es algo muy grande tener una fe recta y una doctrina sana, y aunque sean muy dignas de alabanza la sobriedad, la dulzura, la pureza, todas estas virtudes, sin embargo, no valen nada sin la caridad. Y ninguna conducta es fecunda, por muy excelente que parezca, si no está engendrada por el amor» (Sermón 48,6).

–El Señor es Rey y tiene que reinar en todo y sobre todo por amor. Así, con amor, es como tenemos que corresponderle. Con el Salmo 95 cantamos ese reinado de Cristo: «Decid a los pueblos: el Señor es Rey. Él afianzó el orbe y no se moverá; Él gobierna a los pueblos rectamente. Alégrese el cielo y goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque. Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra; regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad».

 

Marcos 11,11-26: Mi Casa se llama Casa de oración para todos los pueblos. Este evangelio muestra la profanación del templo, la falta de fe y de verdadera religiosidad en los que conducen a Israel; al mismo tiempo que encarece la dignidad del culto. La santidad de la liturgia cristiana celebrada en nuestros templos ha de ser cuidada como un valor supremo. Pero también en la Iglesia hay profanaciones e indignidades. San Jerónimo dice: «¡Oh, infelices de nosotros! ¡Somos dignos de ser llorados con todas las lágrimas del mundo! La casa de Dios es una cueva de ladrones... Donde están los ladrones allí está también la contratación. ¡Ojalá se leyera esto de los judíos y no también de los cristianos! Lo sentiríamos ciertamente por ellos, pero nos alegraríamos por nosotros. Mas también en muchos sitios, la Casa de Dios, la Casa del Padre, se convierte en casa de contratación. Veis con qué temblor os hablo. «La cosa es tan notoria, que no necesita explicación. Ojalá fuese algo oscuro, que no se entendiera bien. En muchos sitios la Casa del Padre es casa de negociación. Yo mismo, que os estoy hablando, así como cualquiera de vosotros, sea presbítero, diácono, u obispo, que fuera pobre ayer, y hoy sea rico, rico en la casa de Dios, ¿no os parece que ha convertido la Casa del Padre en casa de negociación? De éstos dice el Apóstol: “tienen la piedad por materia de lucro” (1 Tim 6,5). Así, pues, también el Apóstol habla de éstos.«Cristo es pobre; ruboricémonos. Cristo es humilde, avergoncémonos. Cristo fue crucificado, no reinó. Es más, fue crucificado para reinar. Venció al mundo no con la soberbia, sino con la humildad; venció al diablo no riendo, sino llorando; no azotó, sino que fue azotado; recibió bofetadas, mas Él no golpeó. Por tanto, imitemos también nosotros a nuestro Señor» (Comentario al Evangelio de San Marcos 11.11).

 

08Sábado

Años impares

Eclesiástico 51,17-27: Daré gracias al que me enseñó. Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, termina su libro con este poema. En él da gracias al Señor por la búsqueda y adquisición de la Sabiduría. La búsqueda de Dios no es el resultado de un simple esfuerzo intelectual, sino que implica una conversión moral y un estilo de vida correcto. La Sabiduría no es un mero conjunto de doctrinas y pruebas, sino un don de Dios ofrecido, para establecer con Él una comunión de vida, y que solo puede ser recibido en la humildad, haciéndose Su discípulo. Esta Sabiduría que de Él procede es para los hombres un tesoro superior a todo. Escribe Lactancio: «Ni la religión puede andar separada de la sabiduría, ni la sabiduría de la religión, porque uno mismo es el Dios, que debe ser conocido, lo cual pertenece a la sabiduría, y el que debe ser honrado, que es cosa de la religión. Precede la sabiduría, le sigue la religión; lo primero es conocer a Dios, y después darle culto.«Así, en ambas cosas actúa una sola fuerza, aunque parezcan diversas. Una está en el pensamiento, la otra en la actuación. Son semejantes a dos ríos que brotan de una misma fuente. La fuente de la sabiduría y de la religión es Dios; del cual, si estos dos ríos se apartan, se secan necesariamente. Los que ignoran a Dios no pueden ser sabios, ni religiosos» (Instituciones divinas 4,4).

–Con el Salmo 18 cantamos la ley del Señor, expresión maravillosa de su Sabiduría eterna: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Más precioso que el oro, más que el oro fino; más dulce que la miel de un panal que destila».

 

Años pares

Judas 17.20-25: Dios puede preservarnos de tropiezos y guardarnos sin mancha ante su gloria. Peligros siempre hay para la vida cristiana. Pero con la gracia de Dios, estamos guardados en su amor, y siempre podemos superarlos. Orígenes enseña: «Dios nos libra de las tribulaciones no solamente cuando las hace desaparecer, ya que dice el Apóstol “en mil maneras somos atribulados”, como si nunca nos hubiéramos de ver libres de ellas, sino cuando por la ayuda de Dios no somos abatidos al sufrir la tribulación» (Tratado sobre la Oración 30,1). Escribe Casiano: «Las ocasiones de contrariedad jamás nos faltarán mientras estemos en contacto con los hombres. Las hace inevitables el constante roce con ellos. Que no sean ocasión para evitar su compañía» (Instituciones 9).Y San Pedro Damiano: «Son dignos ciertamente de alabanza los designios de Dios, que inflige a los suyos castigos temporales para preservarlos de los eternos; que manda para elevar; que corta para curar; que mancha para ensalzar» (Carta 8,6).San Ambrosio: «Muchas son las tribulaciones, muchas las pruebas, y por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso que haya muchos perseguidores, ya que, entre esta gran variedad de persecuciones, hallarás más fácilmente el modo de ser coronado» (Comentario al Salmo 118). Y San Cipriano: «Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios; éstos, en la adversidad, se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan en ella» (Sobre la inmortalidad 13).

–Toda la vida del creyente está marcada por una tensión de futuro. Vive en este mundo, pero su pensamiento está en la vida eterna, en el gozo pleno de Dios. Así nos lo recuerda el Salmo 62: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. ¡Cómo te contemplaba en el Santuario, viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos».

–Marcos 11,27-33: ¿Con qué autoridad haces esto? Jesús responde a esta pregunta de los jefes religiosos de Israel con una cuestión análoga a propósito de Juan Bautista. No se admite la acción salvífica de Jesús, porque la autoridad no le viene de la jerarquía de Israel. La argumentación de Jesús pone de manifiesto la irracionalidad de tal postura, llevando a sus contrincantes al absurdo. En efecto, si los judíos reconocían, ante la pregunta de Jesús, que el bautismo de Juan era de Dios, se mostraban entonces pecadores, pues lo habían rechazado; pero si decían que era de los hombres, el pueblo se les echaría encima, pues estimaba mucho a Juan Bautista. Ante este dilema, optan por el silencio: «no lo sabemos». Pero en este repliegue vergonzante se mantienen cerrados a la verdad. Y la verdad es que la acción salvífica de Dios no está a merced de la autoridad humana. Es de Dios y se manifiesta como Él elige, y a Él debemos obedecer y someternos.

 

 

09ª Semana
DomingosCiclo A  Ciclo B  Ciclo C
Entre Semana: Lunes  Martes  Miércoles  Jueves  Viernes Sábado

Domingo

Entrada: «Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido. Mira mis trabajos y mis penas, y perdona todos mis pecados, Dios mío» (Sal 24,16-18).
Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «Señor, nos acogemos confiadamente a tu providencia, que nunca se equivoca; y te suplicamos que apartes de nosotros todo mal y nos conceda aquellos beneficios que pueden ayudarnos para la vida presente y la futura».
Ofertorio (Veronense): «Señor, llenos de confianza en el amor que nos tienes, presentamos en tu altar esta ofrenda, para que tu gracia nos purifique por estos sacramentos que ahora celebramos».
Comunión: «Yo te invoco, porque tú me respondes, Dios mío; inclina tu oído y escucha mis palabras» (Sal 16,6). «Os lo aseguro: cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido y la obtendréis, dice el Señor» (Mc 11,23-24).
Postcomunión (Misal de París, de 1738): «Guía, Señor, por medio de tu Espíritu a los que has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, y haz que, confesando tu nombre no solo de palabra y con los labios, sino con las obras y el corazón, merezcamos entrar en el Reino de los cielos».

 

09CICLO A

La voluntad salvífica del Padre es universal, pero respeta nuestra libertad y nuestra decisión responsable, al mismo tiempo que nos asiste con su gracia para que nuestra respuesta pueda ser de fidelidad y de amor. La obra redentora de Cristo fue universal, expresando así la voluntad del Padre; a ella hemos de abrirnos con responsabilidad, humildad y amor, pues por amor y con amor se hizo, y también con dolor y sangre. Tenemos que definirnos. ¡Qué pena que muchos hombres, cerrándose a Cristo, rechacen el amor salvífico de Dios! ¡Qué pena también que los que hemos aceptado la salvación nos preocupemos tan poco de irradiarla a todos los hombres!

 

Deuteronomio 11,18.26-28: Mirad, os pongo delante maldición y bendición. Si escucháis... El mejor comentario es el de Clemente de Alejandría, que dice: «En el hombre, en efecto, está la elección, porque es libre; pero en Dios, porque es el Señor, está dar lo que se le pide. Ahora bien, Dios da a los que quieren y se esfuerzan con toda el alma, y piden, a fin de que su salvación resulte propia de ellos. Porque Dios no fuerza a nadie –la violencia es contraria a Dios–. Dios asiste a los que buscan, da a los que piden y abre a los que llaman a la puerta» (Sobre la salvación de los ricos 10).

–Con el Salmo 30 decimos: «A ti, Señor, me acojo... Sé la Roca de mi refugio... Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia».

 

Romanos 3,21-25.28: El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley. Todos los hombres necesitamos de la redención de Jesucristo, y solo por la fe la aceptamos y la podemos vivir fielmente. Comenta San Agustín: «Cristo vino a los enfermos; los halló a todos enfermos. Nadie presuma, pues, de su salud, no sea que el médico lo abandone. A todos los encontró enfermos; es afirmación del Apóstol: “todos, en efecto, pecaron y están privados de la gloria” (Rom 3,23). Halló a todos enfermos, pero eran de dos clases de enfermos. Unos se acercaban al médico, se adherían a Cristo, le escuchaban, le honraban, le seguían y se convertían. Él recibía a todos, sin repugnancia, para sanarlos, porque los sanaba gratuitamente, los sanaba con su omnipotencia... En cambio el otro género de enfermos, que habían perdido ya la razón a causa de su enfermedad e ignoraban que estaban enfermos, lo insultaron, porque recibía a los enfermos y dijeron a sus discípulos: “ved, qué maestro tenéis, que come con pecadores y publicanos» (Sermón 80,4).

 

–Mateo 7,21-27: La casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena. Ni la mera piedad subjetiva, ni la falsa confianza en los dones de Dios, pueden sustituir en nosotros la vida de fe y de fidelidad responsable para alcanzar la salvación. Dice San Juan Crisóstomo: «No sólo se derrumba lo que se edifica sobre la arena, sino que el derrumbe va acompañado de gran desastre... No se trata aquí, en efecto, de cosa de poco más o menos, sino de la salvación del alma, de la pérdida del cielo y de los bienes eternos. Más aún: el que siga el mal, aun antes de estas pérdidas eternas, llevará acá la vida más miserable, entre continuas congojas, miedos, preocupaciones y combates. Lo cual nos dio a entender ya aquel varón sabio que dijo: “el impío huye, sin que nadie le persiga” (Prov 18,1). Son gentes que temen de su sombra, sospechan de amigos y enemigos, de sus esclavos, de sus conocidos y desconocidos. Antes, sí, del castigo eterno, ya sufren aquí suplicio extremo.«Todo eso quiso significar Cristo al decir: “y la ruina de aquella casa fue sobremanera grande”. Con lo que puso término conveniente a estos bellos preceptos suyos, persuadiendo aun a los más incrédulos a huir de la maldad, siquiera mirando al provecho presente. Porque, si bien es cierto que la razón de lo por venir es más alta, la otra es más eficaz para contener a los duros de corazón y apartarlos del mal» (Homilía 24 sobre San Mateo 4).

 

09CICLO B

La trascendencia cristiana del domingo reclama una fuerte conciencia comunitaria, que nuestra sociedad neopaganizada está muy lejos hoy de poseer. Poco a poco amplios sectores cristianos están paganizando de nuevo el Día del Señor. Y esto, aunque muchos sean inconscientes de su gravedad, es en realidad inmoral y escandaloso. Inmoral porque se trata de quebrantar un precepto grave; escandaloso, porque fomenta un ambiente mundano y conformista, suficiente para arrastrar a los débiles de conciencia hacia la irreligiosidad masiva o la apostasía anticristiana.

 

Deuteronomio 5,12-15: Guarda el día del sábado, santificándolo, como el Señor tu Dios te ha mandado. No es Dios quien necesita de nuestro descanso o de  nuestra adoración. Lo necesitamos nosotros, para que no se ahogue nuestra fe y nuestra condición de hijos de Dios en el materialismo cotidiano de la vida. Escribe San Justino a mediados del siglo II: «Nos reunimos precisamente el día del Sol [Domingo], porque éste es el primer día de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia, y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos» (Apología I, 67).Y en el siglo IV exhorta la Didascalia: «Ya que sois miembros de Cristo, no os queráis separar de la Iglesia, faltando a la reunión. Teniendo a Cristo Cabeza presente y en comunicación con vosotros, de acuerdo con su promesa, no os tengáis en poco a vosotros mismos, y no dividáis, ni separéis su Cuerpo. No habéis de preferir las necesidades de vuestra vida a la Palabra de Dios; por el contrario, el domingo dejadlo todo y acudid a la Iglesia», esto es, a la asamblea litúrgica (Didascalia de los Apóstoles II, 59,2)

.–Con el Salmo 80 rendimos culto a Dios: «Aclamad a Dios, nuestra fuerza. Acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas; tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra fiesta. Porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob, una norma establecida para José, al salir de la tierra de Egipto. Oigo un lenguaje desconocido: Retiré mis hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta; clamaste en la aflicción y te libré. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero. Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto».

 

2 Corintios 4,6-11: La vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne mortal. En medio de un mundo pagano de increyentes, el genuino cristiano es siempre un ser consciente de su vinculación a Cristo y un testigo fiel de su vida. El verdadero apóstol de Jesús, entregado por entero a los demás, participa de la agonía de Cristo en su debilidad, pero al mismo tiempo recibe la fuerza y la luz del Resucitado de Pascua. Escribe San Gregorio de Nisa: «Considerando que Cristo es la Luz verdadera, sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la Luz verdadera. Los rayos del Sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos... Y para que obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en Luz, y, según es propio de la Luz, iluminemos a los demás con nuestras obras» (Tratado sobre la ejemplaridad de los cristianos 3).San Agustín dice: «¿Quiénes son los que trabajan en la construcción de la Casa [la Iglesia]? Los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora; y también antes de nosotros se esforzaron, trabajaron y construyeron otros; pero si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Comentario al Salmo 126).

 

–Marcos 2,23-3,6: El Hijo del Hombre es Señor también del sábado. El día del Señor ha sido instituido para la santificación de los hijos de Dios. No podemos reducirlo a un mero formalismo moral o ritualista, cifrado en la mera observancia material de un precepto. El concilio Vaticano II enseña: «La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día en que es llamado con razón “día del Señor” o Domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pe 1,3). Por esto el Domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de suma importancia, puesto que el Domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» (Sacrosanctum Concilium 106).

 

09CICLO C

La Iglesia orante nos invita a extender nuestra mirada a todos los hombres, para ensanchar nuestro corazón de creyentes en Cristo, con la esperanza de una salvación sin fronteras.

 

–1 Reyes 8,41-43: Cuando venga, Señor, un extranjero para rezar en este templo, escúchale desde el cielo. Salomón construyó la Casa del Señor, el Templo de Jerusalén, con un corazón abierto al amor universal de Dios, es decir, con la esperanza de que todos los hombres pudieran orar allí como hermanos. Esta universalidad pretendida solo tendrá realización plena en Cristo y en su Iglesia católica. San Agustín dice: «Nosotros somos la santa Iglesia. Pero no he dicho “nosotros” como si me refiriera solo a los que estamos aquí, a los que ahora me habéis oído. Lo somos cuantos, por la gracia de Dios, somos fieles cristianos en esta Iglesia, en esta ciudad, en esta región, en esta provincia y aún más allá del mar, y hasta en todo el orbe de la tierra... Tal es la Iglesia católica, nuestra verdadera Madre» (Sermón 213).San Cirilo de Jerusalén enseña: «La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos. Ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales» (Catequesis 18,23-25).

–Con el Salmo 116 cantamos la universalidad del mensaje de Cristo, de su extensión a todos los hombres: «Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre» .La catolicidad de la Iglesia se afirma también continuamente en la liturgia, que no se centra en el «yo», sino en el «nosotros». Nosotros oramos, nosotros damos gracias al Señor y lo alabamos, nosotros pedimos por todos los hombres. Si hemos de ser verdaderos hijos de Dios, todo en nosotros ha de ser universal, es decir, católico. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de su verdad» (1 Tim 2,4).

 

Gálatas 1,1-2.6-10: Si quisiera agradar a los hombres, no sería servidor de Cristo. Para San Pablo, apóstol de los gentiles, un Evangelio que no sea universal, que no ofrezca la salvación a todos los hombres, es «otro» evangelio, no el de Jesucristo. Así lo enseña el Vaticano II: «Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse en todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó heredero de todo (Heb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios...«Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial... Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor, con el que la Iglesia Católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad con todos sus bienes bajo Cristo Cabeza, en la unidad del Espíritu» (Lumen Gentium 13).

 

Lucas 7,1-10: Ni en Israel he encontrado tanta fe. El Corazón del Redentor no aceptó fronteras, ni religiosas ni mentales, ni sociales. La fe auténtica no es patrimonio de una institución, sino una actitud profunda del alma, que se eleva personalmente al Misterio de Cristo. Esta fe es la que aparece hoy en la lectura evangélica. San Ambrosio dice: «Es hermoso que, después de haber dado sus preceptos, [Cristo] nos enseña cómo hemos de conformarnos con ellos. En efecto, inmediatamente, es presentado al Señor el siervo de un centurión pagano para ser curado. Él es una figura del pueblo gentil, que estaba retenido por las cadenas de la esclavitud del mundo, enfermo de pasiones mortales, y que el beneficio del Señor había de curar. Y al decir que “estaba a punto de morir”, no se equivoca el evangelista; pues, efectivamente, estaba a punto de morir, si Cristo no lo hubiese curado. Ha cumplido, pues, el precepto con su caridad celestial, amando a sus enemigos hasta arrancarlos de la muerte e invitarlos a la esperanza de la salvación eterna...«Observa cómo la fe da un título para la curación. Advierte también que, aun en el pueblo gentil, hay penetración del misterio... “Ni siquiera en Israel he encontrado una fe semejante”. La fe de este hombre la antepone a la de aquellos elegidos que ven a Dios (Israel se interpretaba “el que ve a Dios”) » (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, V, 83,85 y 87).

 

09Lunes

Años impares

–Tobías 1,1-2.2,1-9: Tobías temía a Dios más que al rey. La Escritura presenta a Tobías, exilado en Nínive, lejos de su patria, como modelo de las grandes virtudes que ha de practicar un siervo de Dios. En medio de un país hostil, Tobías, con gran caridad, arriesga su vida para enterrar a sus compatriotas, víctimas de la persecución. La caridad, como Casiano enseña, da una gran fortaleza de ánimo: «El alma fundada en la caridad perfecta, se eleva necesariamente a una grado más excelente y más sublime, al temor del amor. Y esto no deriva del pavor que causa el castigo, ni del deseo de la recompensa. Nace de la grandeza misma del amor. Es esa amalgama de respeto y afecto filial, en que se unen la reverencia y la benevolencia que un hijo tiene hacia un padre benigno, el hermano hacia su hermano, el amigo hacia su amigo, la esposa hacia su esposo. No recela los golpes ni reproches. Lo único que teme es herir el amor con el más leve roce o herida. En toda acción, en toda palabra, se echa de ver la piedad y solicitud con que procede. Teme que el fervor del amor se enfríe con lo más mínimo» (Colaciones 11).

El Salmo 111 es un elogio del justo. Coincide perfectamente con la lectura anterior sobre Tobías: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará; su recuerdo será perpetuo».

 

Años pares

2 Pedro 1,1-7: Nos ha dado Dios los bienes prometidos, con los que podéis participar de su mismo ser. Los bienes recibidos de parte de Dios tienen como objeto hacernos partícipes de la naturaleza divina. Por tanto, hemos de ser fieles a la fe y a las virtudes cristianas, como dice San León Magno: «Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13), se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del Bautismo, te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, que te redimió según su misericordia, y te juzgará conforme a la verdad» (Sermón 21,3)

.–En Jesucristo se han hecho realidad las promesas. En Él Dios se entregó totalmente, constituyéndose para nosotros en la causa de salvación. Éste es el motivo mayor de nuestra confianza: que Dios está con nosotros y es nuestro refugio y fortaleza. Así lo proclamamos con el Salmo 90: «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: Refugio mío, Alcázar mío, Dios mío, confío en Ti. Se puso junto a Mí, lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación. Lo defenderé, lo glorificaré; lo saciaré de largos días y le haré ver mi salvación».

 

Marcos 12,1-12: Agarraron al hijo querido, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. La parábola de los viñadores homicidas es una clara profecía de la Pasión del Señor. Bien lo dice San Ireneo: «Fue Dios quien plantó la viña del género humano, cuando creó a Adán y cuando eligió a los patriarcas. Después la confió a los viñadores por medio de la legislación de Moisés. La rodeó con un seto, es decir, delimitó la tierra que tenían que cultivar. Edificó una torre, es decir, eligió a Jerusalén. Cavó un lagar, cuando preparó el receptáculo de la palabra profética; y así envió profetas antes del exilio en Babilonia, y otros después del exilio, más numerosos que los primeros, para recabar los frutos con las palabras siguientes:«Esto dice el Señor: “Enmendad vuestros caminos y vuestras costumbres; juzgad con juicio justo; tened compasión y misericordia cada uno con su hermano; no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre; que nadie conserve en su corazón el recuerdo de la malicia de su hermano; no améis el juramento falso”...«Cuando los profetas predicaban esto, reclamaban el fruto justo. Pero, como no les hacían caso, al fin envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, al cual mataron los colonos malos y lo arrojaron fuera de la viña –no ya cercada, sino extendida por todo el mundo–, y la entregó a otros colonos que dieran sus frutos a sus tiempos. La torre de elección sobresale magnífica por todas partes, ya que en todas partes resplandece la Iglesia. En todas partes se ha cavado un lagar, pues en todas partes se encuentran quienes reciben el Espíritu. Y puesto que aquellos rechazaron al Hijo de Dios y lo echaron, cuando lo mataron, fuera de la viña, justamente los rechazó Dios a ellos, confiando el cuidado de los frutos a las gentes que estaban fuera de la viña...«Uno y el mismo es Dios Padre, que plantó la viña, que sacó al pueblo, que envió a los profetas, que envió a su propio Hijo, que dio la viña a otros colonos para que le entregaran el fruto a su tiempo» (Contra las herejías IV, 36,2).

 

09Martes

Años impares

–Tobías 2,10-23: Tobías no se abatió a causa de la ceguera. La piedad de Tobías para con los difuntos le lleva a un gran cansancio, y éste le ocasiona un accidente, por el que pierde la vista. Él persevera en el temor de Dios durante la prueba, lo mismo que Job, a pesar de las dificultades. Grande es la fortaleza de la paciencia. San Cipriano escribe: «La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; ella modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de la pasión, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas... «La paciencia mantiene en humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad, y sufridos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con constancia e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer en las tentaciones, nos hace tolerar las persecuciones, nos hace consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, levanta en alto nuestra esperanza... Nos lleva a perseverar como hijos de Dios, y a imitar al mismo Dios» (Sobre la paciencia 20).

–Hay momentos difíciles, en los que el justo es especialmente probado. En Dios tenemos nuestro apoyo entonces, como lo tuvo Tobías, y como lo afirma en oración el Salmo 111: «Dichoso el que teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor; su corazón está seguro, sin temor, hasta ver derrotados a sus enemigos. Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad».

 

Años pares

2 Pedro 3,12-15.17-18: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. Hay que aguardar con una vida santa el día de la venida del Señor, cuando será renovada la creación y reinará la justicia. Necesitamos de una fe profunda, que mantenga siempre viva la esperanza. Solo el pecado nos separa de Dios y nos mantiene alejados del día del Señor. El amor, la justicia, la libertad, la igualdad... son valores que aportamos a un orden definitivo y eterno. Por tanto, en medio de muchas dificultades, con la ayuda de la gracia, debemos ejercitar el bien con toda esperanza. Así lo exhorta San Juan Crisóstomo: «No desesperéis nunca. Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción, cuando las cosas van bien, y la desesperación después de la caída; éste segundo es mucho más terrible» (Homilía sobre la penitencia).Y San Gregorio Magno: «Estáis viendo en la Iglesia a muchos cuya vida no debéis imitar; pero tampoco habéis de desesperar de ellos. Hoy vemos lo que son, pero ignoramos lo que será cada uno el día de mañana. A veces, vemos que el que viene detrás de nosotros, llega por su industria y agilidad, ayudado por la gracia divina, a adelantarnos en las obras buenas, y apenas podemos seguir mañana al que nos parecía aventajar ayer. Cuando Esteban murió por la fe, Saulo guardaba los vestidos de los que lo apedreaban» (Homilía 19 sobre los Evangelios).

–Ante la seguridad de la venida del Señor meditamos la brevedad de la vida, con el Salmo 89: «Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre, tú eres Dios. Tú reduces al hombre a polvo, diciendo: “retornad, hijos de Adán”. Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan. Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo; que tus siervos vean tu acción y sus hijos, tu gloria».

 

Marcos 12,13-17: Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios. Los enemigos de Jesús le ponen trampas para cogerlo; pero Él hace caer a sus adversarios en la misma trampa que le han tendido. El Maestro nos enseña que debemos obedecer a los que nos gobiernan, cuando lo hacen según la ley moral. San Hilario de Poitiers comenta: «¡Oh respuesta verdaderamente admirable y claridad absoluta de la palabra celestial! Todo está allí medido, entre el desprecio del mundo y la ofensa al César (Mt 22,21). Declarando que es necesario “dar al César lo que es del César”, libra a los espíritus consagrados a Dios de toda preocupación y deber humano. En efecto, si nada de lo que pertenece al César se retiene en nuestras manos, nosotros no quedamos ligados por la obligación de devolverle las cosas que son suyas.«Si, por el contrario, nos dedicamos a sus cosas y nos sometemos al cuidado del patrimonio ajeno, no es injusticia devolver al César lo que es del César, y tener que dar a Dios las cosas que son suyas: el cuerpo, el alma, la voluntad.«Es Dios, en efecto, quien da y acrecienta todos los bienes que tenemos y, por consiguiente, es completamente justo devolver todo esto a Él; a quien, según se nos recuerda, debemos su origen y progreso» (Comentario al Evangelio de San Mateo 23,2).

 

09Miércoles

Años impares

Tobías 3,1-11.24-25: Llegaron las oraciones de los dos a la presencia del Altísimo. El anciano Tobías ruega al Señor con humildad y arrepentimiento, en tanto que en otro lugar, una de sus compatriotas, Sara, insultada por una criada, se entrega al ayuno y a la oración. Dios atiende las súplicas de ambos, y les envía al arcángel San Rafael. Grande es el poder de la oración. San Juan Crisóstomo dice: «La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella, nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos, y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible... La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios; alegra nuestro espíritu, confirma nuestro ánimo» (Homilía 6 sobre la Oración).

–Por encima de todo, sobre las maquinaciones contra los justos, está la providencia de Dios, que los cuida y dirige. Esta seguridad es la que provoca en ellos una esperanza sólida, aun en medio de muchas y graves dificultades. No se ven defraudados jamás. Dios les guía. Por eso hemos de abandonarnos en Él con absoluta confianza. A esto nos ayuda el Salmo 24: «A ti, Señor, levanto mi alma, Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados, mientras que el fracaso malogra a los traidores. Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña sus camino a los humildes».

 

Años pares

–2 Timoteo 1,1-3,6-12: Aviva el fuego de la gracia de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos. Nuestra vocación no depende de las propias obras buenas, sino de los designios eternos de Dios, verificados en el misterio de Cristo. El sacerdocio, concretamente, es una dignidad altísima, que sobrepasa los límites de la naturaleza humana, y que solo puede ser recibido como don de Dios. Escribe San Juan Crisóstomo: «El sacerdocio, si es cierto que se ejerce en la tierra, sin embargo, pertenece al orden de la instituciones celestes, y con mucha razón. Porque no fue un hombre, ni un ángel o arcángel, ni otra potestad creada, sino el Paráclito mismo quien consagró este ministerio e hizo que hombres, vestidos aún de carne, pudieran ejercer oficio de ángeles. Por lo cual el sacerdote ha de ser tan puro, como si se hallase en los cielos en medio de aquellas angélicas potestades. «Cierto que lo que precedió a la economía de la gracia fueron cosas formidables... el humeral, la tiara, el turbante, las vestiduras elegantes, la lámina de oro, el santo de los santos... Pero si consideramos los misterios de la gracia, veremos qué poco vale todo aquel aparato del temor y espanto, y cómo aquí también se cumple lo que de la ley general dijo el Apóstol San Pablo: “aquello que fue glorioso en cierto aspecto ya no sigue siéndolo, en comparación con esta gloria preeminente” (2 Cor 3,10)» (Sobre el Sacerdocio 3,1-8).

– Desde lo más profundo de nuestra humildad, en medio de este mundo grandioso de la gracia, levantamos con el Salmo 122 los ojos al Señor, de quien viene todo auxilio: «A ti, Señor, levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos, fijos en las manos de sus señores; como están los ojos de la esclava, fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia».

 

–Marcos 12,18-27: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Cristo siempre salió victorioso de las dificultades que le ponían sus enemigos. Ahora a los saduceos les da una gran lección sobre la resurrección. La esperanza en la resurrección es la verdadera fuerza capaz de ordenar todas las realidades humanas en una escala de valores eternos. San Juan Crisóstomo comenta: «“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”. No es Dios –les dice– de quienes no existen, de quienes absolutamente han desaparecido y que no han de levantarse más. Porque no dijo: “Yo era”, sino: “Yo soy”, es Dios de quienes existen y viven. Porque a la manera que Adán, si bien estando vivo el día que come del árbol prohibido, muere por sentencia divina, así éstos, aun cuando han muerto, viven por la promesa de la resurrección... Y aún sabe el Señor de otra clase de muertos, sobre los que dice: “dejad que los muertos entierren a los muertos”.«Las gentes que lo oyeron quedaron maravilladas de su doctrina. Los saduceos, entonces, se retiran derrotados. Las muchedumbres, ajenas a todo partidismo, sacan fruto. Por tanto, ya que tal es la resurrección, hagamos todo lo posible a fin de obtener en ella los primeros puestos» (Homilía 70, 3, sobre San Mateo).

 

09Jueves

Años impares

Tobías 6,10-11; 7,9-17; 8,4-10: Os ha traído Dios a mi casa para que mi hija se case contigo. La grandeza del matrimonio ya se muestra en el Antiguo Testamento; pero es en el Nuevo donde el Verbo encarnado, «nacido de mujer» (Gál 4,4), va a darle la plenitud de su dignidad. Por su vida en Nazaret, en la sagrada Familia, consagra la familia tal como había sido preparada desde el comienzo del mundo. Pero nacido de Madre Virgen, y viviendo Él mismo en virginidad, da testimonio de un valor todavía superior al matrimonio. Tertuliano, hacia el 200, veía así la dignidad del matrimonio cristiano: «No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, que la oblación divina confirma, que la bendición consagra, que los ángeles registran y que el Padre ratifica. En la tierra no deben los hijos casarse sin el consentimiento de sus padres.«¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu. Verdaderamente “son dos en una misma carne”; y donde la carne es una, el espíritu es uno. Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se soportan mutuamente. «Son iguales en la Iglesia, iguales en el banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehúyen la compañía mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro... Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos lo hace mejor.«Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también Él presente; y donde está Él, el maligno no puede entrar» (Ad uxorem 2,8).

–A la lectura anterior conviene perfectamente el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

 

Años pares

2 Timoteo 2,8-15: La palabra de Dios no está encadenada. Si morimos con Él, viviremos con Él. San Pablo invita a Timoteo a recordar la Buena Nueva que de él mismo recibió, y a causa de la cual el Apóstol sufre cadenas. Hay que permanecer fieles a la verdad, que es única en medio de innumerables errores. Esta fidelidad no es posible sin cruz, como tampoco es posible participar de la cruz sin participar de la resurrección. Comenta San Agustín: «Quienquiera que seas tú, que pones tu gloria más en el poder que en la humildad, recibe este consuelo, aduéñate de este gozo: el que fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato y fue sepultado, resucitó al tercer día de entre los muertos. Quizá también aquí te entren dudas, quizá tiembles. Cuando se te dijo: “cree que ha nacido, que padeció, que fue crucificado, muerto y sepultado”; como se trataba de un hombre, lo creíste más fácilmente. ¿Y dudas ahora, oh hombre, que se te dice: “resucitó de entre los muertos al tercer día”? «Pongamos un ejemplo, entre tantos otros posibles. Piensa en Dios, considera que es todopoderoso, y no dudes. Si pudo hacerte a ti de la nada cuando aún no existías, ¿por qué no iba a poder resucitar de entre los muertos a un hombre que ya había hecho? Creed, pues, hermanos. Cuando está de por medio la fe, no se precisan muchas palabras. «Ésta es la única creencia que distingue y separa a los cristianos de los demás hombres. Que murió y fue sepultado, hasta los paganos lo creen ahora; y a su tiempo lo presenciaron los judíos. En cambio, que resucitó de entre los muertos al tercer día, eso no lo admite ni el judío ni el pagano. Así, pues, la resurrección de los muertos distingue la vida que es nuestra fe de los muertos incrédulos. También el Apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo, le dice: “acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos (2 Tim 2,8). «Creamos, pues, hermanos, y esperemos que se cumpla en nosotros cuanto creemos que tuvo lugar en Jesucristo. Es Dios quien promete. Y Él no engaña» (Sermón 215).

–El Evangelio del Señor ha de transmitirse con toda fidelidad, gracias a la asistencia del Espíritu Santo. Pedimos esta fidelidad con el Salmo 24: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza».

 

–Marcos 12,28-34: Éste es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste. Jesús responde a una consulta que le hacen, y afirma la primacía de la ley del amor a Dios y al prójimo. El cumplimiento de estos mandatos supera todas las prácticas externas de religión. Este amor a Dios y al prójimo es el impulso fundamental de la vida cristiana. San Ireneo escribe: «Que no era en la prolijidad de la ley, sino en la sencillez de la fe y el amor, como la humanidad debía ser salvada, lo dice Isaías (10,22-23). Y también el apóstol San Pablo: “el amor es la plenitud de la Ley” (Rom 13,10), porque el que ama a Dios ha cumplido la Ley. Pero, sobre todo es enseñanza del Señor (Mc 12,30). Así  pues, gracias a la fe en Él ha aumentado nuestro amor a Dios y al prójimo, nos ha hecho piadosos, justos y buenos. Y así, en Él, se ha cumplido su palabra en el mundo» (Demostración de la predicación apostólica  87).

 

09Viernes

Años impares

Tobías 11,5-17: Si antes me castigaste, ahora me has salvado y puedo ver a mi hijo. Regresa el hijo de Tobías con su esposa. Sanación del padre. Acción de gracias. El hombre justo, que vive siempre alabando a Dios, proclama que es el Señor quien castiga y quien salva, y permanece en una continua acción de gracias. Escribe Casiano: «Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios, y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando dirige su mirada al porvenir, sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de transportes de alegría» (Colaciones 9). Y San León Magno: «El cielo y la tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos, nos hablan de la bondad y omnipotencia del que los ha creado, y la admirable belleza de los elementos puestos a nuestro servicio exige de la criatura racional el justo tributo de la acción de gracias» (Sermón  44,1). En la Santa Misa es donde se da a Dios por sus beneficios una acción de gracias  de valor infinito y que a Él le complace.

–Sentimos diariamente el cuidado amoroso de Dios en nuestra vida. Esto despierta nuestra alma a una inefable alabanza, que ahora hacemos con el Salmo 145: «Alaba, alma mía, al Señor; alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista. Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza los que se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda, y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad».

 

Años pares

2 Timoteo 3,10-17: El que se propone vivir como buen cristiano será perseguido. San Pablo recuerda sus propios sufrimientos por Cristo, y exhorta una vez más a guardar fidelidad, buscando fuerza en la lectura de las Sagradas Escrituras. La vida cristiana ha de estar sellada con el signo de la cruz, que es su mayor garantía de autenticidad. Una vida que camina hacia la perfección pasará necesariamente por el trance de la persecución. Pero el yugo del Señor es suave y su carga ligera (Mt 11,30). Comenta San Agustín: «Observen que los que aceptaron ese yugo con cerviz intrépida, y aceptaron esa carga con hombros magnánimos, se ven probados por tantas dificultades de este siglo, que no parecen llamados del trabajo al descanso, sino del descanso al trabajo. Por eso el Apóstol dice: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, padecerán persecución” (2 Tim 3, 12). Dirá, pues, alguno: “¿y cómo entonces es suave el yugo y la carga leve, puesto que el llevar ese yugo y esa carga no es otra cosa que vivir piadosamente en Cristo?... Bajo ese yugo suave y esa carga leve, oímos decir al Apóstol: “en todo nos comportamos como ministros de Dios, con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades, angustias, golpes” (2 Cor 6,4).«Pues bien, todas esas asperezas y quebrantos que cita las padeció con frecuencia y abundancia, pero le asistía el Espíritu Santo, y éste, en la corrupción del hombre exterior, renovaba al interior de día en día, y le daba a gustar el reposo espiritual en la abundancia de las delicias de Dios, suavizando todo lo presente en la esperanza de la bienaventuranza futura y aligerando todo lo pesado. He ahí cómo llevaba el suave yugo de Cristo y la carga leve» (Sermón 70,1-2).

El Salmo 118 nos enseña que los mandatos del Señor son motivo de paz y de sosiego en medio de las tribulaciones: «Muchos son los enemigos que me persiguen, pero yo no me aparto de tus preceptos. El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justos juicios son eternos. Los nobles me perseguían sin motivo, pero mi corazón respetaba tus palabras. Mucha paz tienen los que aman tus leyes y nada los hace tropezar. Aguardo tu salvación, Señor, y cumplo tus mandatos. Guardo tus decretos y tú tienes presentes mis caminos».

 

–Marcos 12,35-37: ¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David? Si Cristo está sentado a la derecha del Padre, eso significa que es divino, de la misma naturaleza del Padre. Y Cristo, en efecto, es Hijo de Dios, pues David en el Salmo 109 lo llama «su Señor». San León Magno dice: El Verbo divino, «aunque hizo suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nuestros pecados. Tomó la condición de esclavo, pero libre de la malicia del pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel anonadamiento suyo fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder. Por tanto, el mismo que, permaneciendo en su condición divina, hizo al hombre, es el mismo que se hace hombre, tomando la condición de esclavo» (Carta 28, 3-4).

 

09Sábado

Años impares

–Tobías 12,1.5-15.20: Vuelvo al que me envió. Vosotros bendecid al Señor. Antes de retornar a Dios, el ángel Rafael exhorta a toda la familia de Tobías a que sigan siendo fieles a la oración y perseveren en las buenas obras. Finalmente, les da a conocer su propia identidad. Alabemos también nosotros al Señor, démosle gracias por el ministerio de sus ángeles, y proclamemos sus inmensas maravillas para con nosotros. Dice San Juan Crisóstomo: «“Lo primero, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo” (Rom 1,8). Exordio propio de un alma dichosa, que puede ser útil a todos para ofrecer a Dios los comienzos de sus buenas obras y palabras; y no sólo las suyas, sino también las ajenas hechas rectamente. Acción de gracias que hace el alma limpia y libre de toda envidia. Y que atrae mayor benevolencia para los que muestran su gratitud...«Conviene que den gracias no sólo los ricos, sino también los pobres, no sólo los sanos, sino también los enfermos; no sólo los que tienen prosperidad, sino aquellos a quienes son adversas las cosas. Dar gracias a Dios cuando todo marcha bien no es de admirar, pero sí es admirable cuando peligra la nave y se levanta una tormenta. Por eso fue premiado Job y tapó la boca imprudente del diablo. Él mostró claramente que, cuando las cosas marchaban bien, no daba gracias a Dios por las riquezas, sino por el amor de Dios. Y mira tú  por qué da gracias Pablo: no por el poder, ni por el imperio, ni por la gloria, pues todo esto no es digno de aprecio, sino por aquellas cosas que son realmente buenas: la fe, la libertad en el hablar» (Comentario a la Carta a los Romanos).

–Alabamos al Señor por tantos beneficios recibidos con el mismo himno del anciano Tobías: «Bendito sea Dios, que vive eternamente. El azota y se compadece, hunde hasta el abismo y saca de él, y no hay quien escape de su mano. Veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena, bendeciréis al Señor de la justicia, y ensalzaréis al Rey de los siglos. Yo le doy gracias en mi cautiverio, anuncio su grandeza y su poder a un pueblo pecador. Convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia: quizá os mostrará benevolencia y tendrá compasión»

 

Años pares

2 Timoteo 4,1-8: Proclama la Palabra. Yo estoy a punto de ser sacrificado y el Señor me premiará con la corona merecida. El Apóstol, ya anciano, quiere que su colaborador sea fiel a su misión de evangelizador. Comenta San Agustín: El Señor, «siendo justo, le dará como retribución la corona merecida (2 Tim 4,8), cosa que no hizo antes. Pues, oh Pablo, antes Saulo, si, cuando perseguías a los santos de Cristo, cuando guardabas los vestidos de los que lapidaron a Esteban, hubiera el Señor ejercitado sobre ti el juicio, ¿dónde estarías? ¿Qué lugar podría encontrarse en lo más hondo del infierno, proporcionado a la magnitud de tu pecado? Pero entonces no te retribuyó como merecías, para hacerlo ahora. «En tu Carta hemos leído lo que dices acerca de tus primeras acciones. Gracias a ti las conocemos. Tú dijiste: “yo soy el último de los apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol”. No eras digno, pero Él te hizo serlo. No te retribuyó como merecías, puesto que concedió un honor a quien era indigno de Él, merecedor más bien del suplicio. “No soy digno, dice, de ser llamado apóstol”. ¿Por qué? “Porque perseguí a la Iglesia de Dios”. Y si perseguiste a la Iglesia de Dios, ¿cómo es que eres apóstol? “Por la gracia de Dios soy o que soy” (1 Cor 15,10). Yo no soy nada. Lo que soy, lo soy por la gracia de Dios» (Sermón 298,4).–En la lectura anterior, Pablo suplica para el futuro, da gracias por el pasado y pone en el presente su confianza en Dios. La corona merecida es el futuro, el recuerdo del auxilio del Señor es su historia pasada, toda ella pura gracia.

También nosotros, que tantos beneficios hemos recibido de Dios, le alabamos con el Salmo 70: «Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día. No me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas, no me abandones. Yo seguiré esperando, redoblaré tus alabanzas, mi boca cantará tu auxilio y todo el día tu salvación. Cantaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria toda entera. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas. Yo te daré gracias, Dios mío, con el arpa, por tu lealtad; tocaré para ti la cítara, Santo de Israel».

 

Marcos 12,38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie. De los mismos dones que el Señor nos ha dado, demos generosamente a Dios. Él es un buen pagador. Así nos lo asegura San Juan Crisóstomo: «“El oro que piensas prestar, dámelo a Mí, que te pagaré con mayor rédito y más seguro. El cuerpo que piensas alistar a la milicia de otro, alístalo a la mía, porque yo soy superior a todos en la retribución”...«Su amor es grande. Si deseas prestarle, Él está dispuesto. Si quieres sembrar, Él vende la semilla; si construir, Él está diciendo: “edifica en mis solares”. ¿Por qué corres tras los hombres, que nada pueden? Corre en pos de Dios que, por cosas pequeñas, te da otras que son grandes» (Homilía 76 sobre San Mateo).




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