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SAN ANTONIO DE PADUA ARCA DEL TESTAMENTO:  11. PADUA

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Autor: Emiliano Jiménez Hernández

San Antonio de Padua - Arca del Testamento - Predicador y místico




Nacido en Lisboa, estudiante en Coimbra, misionero fracasado de Marruecos, predicador aplaudido en Francia, ministro provincial de la orden en el norte de Italia... y, sin embargo, el nombre de Antonio ha quedado para siempre ligado a Padua: es San Antonio de Padua para todos, menos para los habitantes de Padua. Para ellos es "el Santo" sin necesidad de más especificaciones. Más concretamente: Antonio nace a la vida de Dios en la pila bautismal en la catedral de Lisboa. Permanece en Portugal treinta años de su vida; pasa unos meses en Marruecos y, de los diez restantes, dos o tres en Francia y el resto viajando por todo el norte de Italia. ¿Cuánto vivió en Padua? Sólo durante los tres últimos años de su vida pasó algunas temporadas en Padua. Pero Antonio llegó a ella cansado de andanzas y luchas, de agitaciones, éxitos y fracasos y la ciudad le acogió con amor y en ella pudo descansar amándola. Desde ella pasó a la patria del cielo y a ella quedó ligado para siempre.

Padua, cuando Antonio se establece en ella, es una pequeña ciudad medieval, llena de torres, en la que las estrechas calles, flanqueadas por las arcadas de las casas, se extienden a los pies de una iglesia románica o desembocan en amplios espacios en los que crece la hierba. Su universidad, fundada en 1222, comienza a dar sus primeros ilustres vagidos. La vida cultural es vivaz, las escuelas de los monasterios y la de la catedral están provistas de buenas bibliotecas. El obispo Olderico, buen literato, ha sido un gran protector de los estudiosos. La provincia, habitada por unos cuarenta mil habitantes, es amplia. La fertilidad del suelo, regado por el Brenta, ha creado una próspera agricultura. Padua es conocida por la elaboración del lino y de la lana y por los tejidos de piel curtida.

Situada en la encrucijada de grandes vías de comunicación entre el norte y el sur y el este y el oeste, la vida de Padua es animada. Estudiantes y profesores, soldados, mercaderes y religiosos y cuantos, sin residir en ella, llegan por los más variados motivos, dan un tono alegre a la ciudad. Hay dinero, jolgorio y alegría. Pero, en medio del fasto y la alegría, no faltan las explosiones de violencia y de odio. Las luchas entre güelfos y gibelinos ensangrentan las calles. Los güelfos, a los que pertenece Padua, son partidarios del Papa; pero al lado está Verona, que pertenece a los gibelinos, partidarios del emperador de Alemania. Pero no son sólo estos los problemas. En Padua se hace evidente algo común a la época: el contraste y convivencia de grandes virtudes y grandes vicios. En la misma persona conviven bien y mal, violencia y bondad, odio y misericordia. Ni siquiera el clero está exento de estas contradiccio-nes. Es la época de los grandes pecadores convertidos en grandes santos; arrepentidos que dejan todo y se retiran a un convento a hacer de por vida penitencia de sus pecados. Pero, a diferencia de otras ciudades del norte de Italia, Padua se ha mantenido libre de la herejía cátara, fiel a la fe católica.

La Orden franciscana llega a Padua diez años antes de que Antonio decida residir en ella. Los franciscanos se alojan, en primer lugar en Arcella, una casona de labriegos. En 1220, al regresar Francisco de su misión en Oriente, personalmente abre el convento de clarisas en la Arcella, con el eremitorio anexo de los frailes, según establece la regla. Los hermanos se encargan de la celebración de la misa en la iglesia común y de pedir limosna para las dos comunidades. Aquí se hospeda Antonio la primera vez, a su llegada a Padua. Después lo hallamos en un humilde convento, más cercano a la ciudad. Se trata de unas cuantas celdas construidas con palos entrelazado y cubiertas de ramas y una pequeña iglesia de cañas de maíz con el techo de paja. Este será el lugar preferido por Antonio para pasar los últimos días de su vida. A este convento quiso ser trasladado cuando sintió que le llegaba la muerte. Allí desea cerrar los ojos a este mundo y abrirlos a la vida eterna. Dios no se lo concede, pero la iglesia de Santa María Madre del Señor recibe su cuerpo, en espera de la resurrección.

En torno a la ciudad se forman otras ocho pequeñas comunidades de Hermanos Menores. Son todas ellas casas como las de los labriegos y la misma iglesia de Santa María Mater Domini no es diversa; casas viejas con el techo de paja. Son casas de acuerdo con el espíritu de pobreza que han elegido los hermanos seguidores de Francisco. Pero tampoco necesitan más. La casa sólo les sirve para dormir; su jornada transcurre fuera de casa, en el trabajo del campo, en la asistencia a los enfermos, en la predicación y en pedir de casa en casa limosna para comer. La misma iglesia sólo les sirve para sus oraciones y no para suntuosas ceremonias litúrgicas; la frecuenta algún pobre, que va a misa o a confesarse con un fraile tan pobre como él.

A finales de 1227, Antonio, apenas nombrado ministro provincial, llega a Padua en su gira por los conventos. En la Arcella, el convento de las clarisas, y en el anexo eremitorio de los frailes, la esteras comienzan a ser sustituidas por piedras. Ya han construido una iglesia dedicada a la Virgen María. Por ello todo el conjunto recibe el nombre de Santa María Madre del Señor o de la Arcella. Antonio se detiene en este convento más de lo habitual en sus visitas. La enfermedad, que lo llevará en plena juventud a la muerte, ya ha comenzado a dar sus primeras señales. En la Arcella o en el eremitorio de Camposampiero decide reposar un poco y además allí encuentra el ambiente propicio para dar comienzo al escrito de los Sermones dominicales, que hace tiempo había prometido a sus hermanos. Como dice en el prólogo: "Se decide a escribir vencido por las súplicas y el afecto de los hermanos, que no dejaban de insistirle".

Antonio, durante esta primera estancia en Padua, da vida a una confraternidad de personas generosas, convertidas. Visten un sayal ceniciento, se sienten unidos por un pacto de asistencia recíproca y recogen fondos para la beneficencia. Son llamados "palominos" porque se reúnen en la iglesia de Santa María de la Paloma, que ellos mismos han erigido. También funda la escuela de teología, al estilo de las de Bolonia, Montpellier y Tolosa. Desde esta escuela de teología entabla relaciones con los profesores y estudiantes de la universidad, al mismo tiempo que se gana la simpatía de los notables, del clero y de los habitantes de la ciudad y alrededores.

Esta primera estadía de Antonio, aunque es sólo de algunos meses, es suficiente para echar raíces en Padua. La ciudad le ha acogido con los brazos abiertos y Antonio se halla tan bien en ella que, realizado el giro de visitas a los conventos y dejado el cargo de Ministro Provincial en el capítulo de 1230, la elige como su residencia definitiva. Quebrantado por el trabajo y minado por la enfermedad, en Padua espera encontrar el descanso que necesita su cuerpo y su espíritu, dedicado a la oración y al estudio. El convento de Santa María, en las afueras de la ciudad, en contacto con la naturaleza, le ofrece el mejor ambiente para ello.

Libre de las obligaciones del gobierno, Antonio se dedica de lleno a la predicación y a las confesiones. A esto se añade el encargo de escribir los Sermones para las fiestas de los santos, que le hace el cardenal Rainaldo de Jenne, obispo de Ostia, protector de la Orden y futuro Papa con el nombre de Alejandro IV. Su intensa actividad durante este período, que en realidad no dura ni un año completo, le une para siempre a la ciudad de Padua.

Antonio pasa horas y horas en el confesonario de Santa María Mater Domini, a veces desde el alba al anochecer:

La confesión es la puerta del cielo, es la casa de Dios, en ella los pecadores se reconcilian con El, como el hijo prodigo se reconcilia con el padre, cuando éste le recibe en la casa paterna con el banquete, la sinfonía y el coro. Sí, verdaderamente es puerta del cielo, porque por ella pasa el penitente a besar los pies de la divina misericordia, se levanta hasta besar las manos de la gracia celestial, y es acogido para recibir el ósculo de la reconciliación con el Padre. ¡Dichoso el que entre por ti!.

Lo que siembra desde el púlpito, lo recoge en el confesonario. Antonio, en sus escritos, llama a la confesión "segundo bautismo". Y en las páginas dedicadas a este sacramento se siente la alegría que ha supuesto para él llevar a tantas almas a la paz del Señor. En el confesonario de Antonio no se acaba nunca la fila de penitentes. No faltan tampoco los milagros relacionados con su actividad de confesor, como el que recuerda la talla de bronce de Donatello. Un joven, llamado Leonardo, se acusa un día de que ha dado una patada a su madre. Antonio le reprende duramente y le dice: "el pie que golpea al padre o a la madre merecería ser cortado". El joven sale tan impresionado de la confesión que, al llegar a casa, se corta el pie. Informado de lo ocurrido, Antonio corre a casa del penitente demasiado celoso y le cura. Donatello ha inmoratalizado la escena en uno de sus insuperables bajorelieves de bronce, que adornan el altar mayor de la basílica.

Al llegar la cuaresma de 1231 Antonio suspende la redacción de los Sermones y predica diariamente a los fieles, preparándoles para la celebración de la Pascua. Consagrado con todas sus fuerzas a la evangelización del pueblo, predica y oye confesiones todo el día, olvidándose de sus dolencias y permaneciendo a veces en ayunas hasta la puesta del sol. Es una verdadera novedad, que la Assidua resume en estas pocas frases:

Es maravilloso que, afligido como estaba por una cierta corpulencia y asaltado por la continua enfermedad, mantuviera tan amplia predicación. Un celo infatigable por la salvación de las almas le sostenía en la enseñanza y en el ministerio de las confesiones hasta la puesta del sol, y con mucha frecuencia sin haber comido nada.

Por entonces los sermones de cuaresma tenían lugar el domingo en la catedral y estaban reservados al obispo. Pero Antonio, "poderoso en obras y en palabras" introduce la predicación diaria y restablece la antigua práctica de las Estaciones penitenciales. Una gran multitud se apiña desde los primeros sermones. Satanás mismo se siente afectado por la predicación y, según cuenta el mismo Antonio a un hermano, trata de ahogarlo en el sueño. Antonio lo vence y aleja de sí invocando a la Virgen María.

Las gentes, "sedientas de la palabra de vida", acuden a escucharle de todas partes, aumentando cada día el número. Las diversas iglesias, que va eligiendo, no bastan para acoger a tantas personas. Finalmente tiene que predicar en el campo, al aire libre, donde la gente le escucha sentada sobre la hierba. Toda Padua va a escucharle, comenzando por el obispo y sus sacerdotes, los hermanos de su Orden y los frailes de las otras; nobles y artesanos, profesores y estudiantes, viejos y jóvenes... Y no sólo le escuchan, sino que después de oír la predicación buscan un confesor; todos los sacerdotes y frailes de la ciudad no son suficientes para escuchar a tantos penitentes. La palabra de Antonio, penetrante como espada de doble filo, desvela los secretos más escondidos de sus oyentes, llevándoles a la conversión a Cristo. En Las florecillas tenemos la narración sabrosa de esta predicación:

Acercándose con la cuaresma el tiempo de la predicación y pareciéndole oportuno insistir en ella, San Antonio predicó al pueblo la penitencia de los pecados cuarenta días continuos; y a pesar de que le fatigaba su natural corpulencia y de lo que le debilitaba su continua enfermedad, llevado de su inquebrantable celo por la salvación de las almas, permanecía, desde la salida hasta la puesta del sol, predicando y oyendo confesiones. Y como el envidioso de la virtud y enemigo del género humano se empeña en estorbar las obras buenas, quiso al principio de dicha cuaresma apartar al siervo de Dios de su santo propósito; y una noche, que se había entregado al descanso, le apretó la garganta intentando ahogarle. Invocó el Santo fervorosamente el glorioso nombre de la Virgen Madre de Dios, e hizo la señal de la cruz sobre la frente y, abriendo los ojos para mirar al que huía, vio la celda bañada toda de resplandor celestial, y es de creer que por disposición divina descendiese a la celda del siervo de Dios esta luz para que por ella reconociese al dispensador de los dones celestiales y no pudiendo el padre de las tinieblas sufrir tal resplandor, huyese confuso y aterrado.

Luego que sonó en los pueblos de Padua el nombre de San Antonio, concurrían de todas partes en grandísima muchedumbre a oír su predicación, y la recibían como tierra sedienta de la lluvia. No bastando el ámbito de las iglesias para contener tanta muchedumbre de pueblos, salió a predicarles en campos espaciosos. Pues de las ciudades, pueblos y villas de los alrededores de Padua venía innumerable multitud de toda edad, sexo y condición, todos sedientos de oír la palabra de vida. Hasta el venerable obispo de Padua vino devotamente con su clero a la predicación del siervo de Dios, constituyéndose en dechado de la grey y dándola humilde ejemplo de cómo debían escuchar.

Era tal la multitud de hombres y mujeres, que enviaba a confesar sus pecados, siguen Las florecillas, que ni bastaban nuestros frailes ni los otros sacerdotes muy numerosos que le acompañaban.

Para poder oírle mejor, algunos se levantan a media noche y, llevando luces encendidas, se apresuran y corren a porfía para ocupar los primeros puestos. A la hora de la predicación, los comerciantes cierran sus negocios, para ir a escucharle y, además, porque nadie habría ido a comprar nada. La ciudad vive una cuaresma inolvidable, con repercusión en la vida: se apagan muchas discordias, encendidas desde hacía años; ladrones y prostitutas suspenden, e incluso muchos cambian, su forma de vivir; muchos restituyen como Zaqueo el dinero malhabido; hasta se da libertad a muchos de los prisioneros. Alguien ha escrito que, por unas semanas, toda la ciudad se transformó en "un monasterio".

Esta ola de fe tiene repercusiones incluso en los usureros y en las costumbres que regulan los préstamos de dinero. La ley republicana condena a ir a la cárcel a los deudores que, porque no quieren o porque no pueden, no devuelven el dinero recibido con sus intereses. Justo el 15 de marzo de 1231, en la vigilia de la Semana Santa, "bajo la instancia del venerable hermano Antonio, confesor de la Orden de los hermanos menores" la autoridad ciudadana establece que el deudor, insolvente sin culpa, no puede ser privado de la libertad personal.

Los avaros y usureros eran una lacra de la época, que reducían a la miseria a numerosas familias. Antonio se encara con ellos con las palabras más duras de sus sermones. En los mismos Sermones escritos les ataca con suma dureza. ¡Desgraciados! ¡No saben que al nacer estaban completamente desnudos y que al morir serán envueltos en un miserable paño! ¿De dónde les vienen las riquezas? Del hurto y la usura. Como el escarabajo, que amasa excrementos haciendo con ellos una pequeña bola, para que al final un asno pase y aplaste la bola y al escarabajo, así el avaro y el usurero reúnen el estiércol del dinero. De repente el diablo les estrangula. Y su alma va al demonio y su dinero... a los herederos.

La cuaresma de 1231 fue ciertamente para la ciudad de Padua una bendición de Dios, por su renovación espiritual y moral. Y es que se cumple lo que Antonio escribe: "El Señor está dispuesto a entrar siempre que encuentra una pequeña abertura en la pared (Ez 8,8) del pecador: esta abertura es el reconocimiento de la propia culpa. Vi una puerta abierta en el cielo (Ap 4,1). La puerta abierta es la misericordia de Dios, dispuesta a recibir los penitentes". Un biógrafo nos da cuenta de los frutos:

Inducía a una paz fraternal a los que vivían en desacuerdo; obtenía la liberación de los prisioneros; movía a restituir lo que se había robado con la usura o la violencia; libraba a las prostitutas de su infame comercio y curaba de su vicio a los mayores ladrones. De tal suerte que, al cabo de cuarenta días, recogió una mies copiosa, agradable al Señor.

Antonio, en esta cuaresma ha vivido lo que él luego escribe comentando el evangelio de Mateo 20,1:

En las primeras luces, al romper el día, el padre de familia salió para cultivar la viña, de la cual dice Isaías: Una viña fue adquirida para mi amado en un fértil otero; la cercó, la despedregó y plantó en ella cepas exquisitas (Is 5,1-2). Una viña es el alma, que fue adquirida para gloria del amado; sobre el otero, es decir, con el poder de la Pasión; para mi amado, esto es, por la misericordia, pues sólo por la misericordia, y no por las obras de justicia que nosotros hacemos (Tit 3,5), salvó su propia viña, que cercó con la ley escrita y con la ley de gracia... La despedregó, o sea, quitó de ella la dureza del pecado; edificó la torre de la humildad en medio de ella; y en ella construyó el lagar de la contrición, en el que exprime el vino de las lágrimas y, de esta manera, plantó en ella cepas exquisitas.

El penitente, ungido con el óleo de la gracia, en la vigilia de la mañana, es decir, del corazón contrito, crece como la hiedra. La hiedra por sí misma no puede subir muy alta, pero agarrándose a las ramas de los árboles se levanta a mucha altura. Es como los ricos de este mundo, que se levantan al cielo, no por sí mismos, sino por sus limosnas a los pobres, que son como sus ramas. Por eso dice el Señor en el Evangelio: Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando lleguen a faltar, os reciban en las eternas moradas (Lc 16,9).

Esta última cuaresma, a pocos meses de su muerte, es para Antonio un anticipo de la vida eterna. El sabe que, quien lleva al Padre un pecador, es acogido en su reino: "Hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve que no necesitan penitencia". Antonio se alegra con la alegría multiplicada del cielo. No un pecador frente a noventa y nueve justo, sino cientos de pecadores están volviendo al Padre. Un trasunto de este gozo hallamos en lo que está escribiendo por este tiempo:

Dice Santiago: El labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias (Sant 5,7). El labrador que cultiva el campo el es predicador. Con el sudor de su frente, con la azada de la palabra, el predicador cultiva las almas de los fieles. Si el campo es así cultivado, dirá de él el Señor: Mira, el aroma de mi hijo es como aroma de un campo florido, que ha bendecido el Señor (Gén 27,27). El labrador, pues, espera el fruto precioso de la tierra. Por el mismo hecho de que el predicador cultiva el campo del Señor, espera el fruto de la tierra, que es el fruto de la vida eterna. Por eso el Señor promete al predicador en Jeremías: Si te vuelves porque yo te hago volver, estarás en mi presencia; y si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca (Jr 15,19). Si vuelves, es decir, si haces que un pecador se convierta, yo te convertiré, infundiéndote la gracia; y si sacas lo precioso, es decir, el alma que yo rescaté con mi preciosa sangre, de lo vil, o sea del pecado, serás como mi boca.

Antonio se siente como un pequeño David enfrentado al gigante Goliat. Contra él se enfrenta armado con el cayado de la cruz y con la honda de la fe y el testimonio de su vida:

David tomó su cayado en la mano, escogió en el torrente cinco cantos lisos y los puso en el zurrón de pastor (1Sam 17,40). El cayado significa la cruz de Cristo; David, es decir, el predicador, debe tener siempre este cayado en la mano. Los cinco cantos son los cinco libros de Moisés, por los que entendemos todo el Antiguo Testamento. Como ayuda de su predicación, el predicador debe tomarlos del torrente, es decir, de la abundancia de la Sagrada Escritura, y colocarlos en el zurrón del Evangelio. Pues en el Nuevo Testamento está la inteligencia del Antiguo, pues una rueda está dentro de la otra (Ez 1,16).

Y con su honda en la mano se acercó al filisteo. La honda, de correas iguales, significa la armonía entra la doctrina y la vida. El predicador debe tener en la mano esta honda para que su mano esté de acuerdo con su boca, su vida con su predicación. Así podrá acercarse al filisteo y matarlo. Filisteo quiere decir el que cae con la bebida, y significa el rico de este mundo, vestido de púrpura, ebrio con el brebaje de la gula y la lujuria. De él se dice en el Evangelio de hoy: Era un hombre rico que vestía de púrpura y celebraba todos los días esplédidas fiestas (Lc 21,15).

 

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