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SAN BRUNO - MELODIA DEL SILENCIO: 3. BRUNO FRENTE A MANASES

Emiliano Jiménez Hernández

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Contenido
3. BRUNO FRENTE A MANASES

a) Bruno en la Lucha contra las investiduras

b) Bruno, canciller de Reims

c) Bruno, refugiado en el castillo del conde Ebal

d) Destitución de Manasés y vuelta de Bruno a Reims


San Bruno Fundador de los Cartujos

 

3. BRUNO FRENTE A MANASES


a) Bruno en la Lucha contra las investiduras

El poder espiritual del Papa y el temporal de los Príncipes se ensarzan en la enconada batalla conocida con el nombre de Lucha de las investiduras. En 1063 el Papa Alejandro II escribe a Gervasio, arzobispo de Reims: "La peste simoníaca, que en vuestro país se arrastraba tímidamente, levanta cabeza sin temor ni pudor y penetra orgullosamente en el rebaño del Señor. Estamos muy entristecidos; llorando, vemos morir a los fieles que nos han sido confiados y que la sangre de Cristo ha rescatado".

Diez años más tarde, el 4 de diciembre de 1073, Gregorio VII escribe otra carta similar: "Entre los príncipes que han maltratado a la Iglesia de Dios, su Madre, a quien debían, según el principio del Señor, honrar y reverenciar, y entre quienes han dado pruebas respecto a ella de perversa codicia, vendiendo sus dignidades, queriéndola someter como una sierva, Felipe, rey de Francia, es ciertamente el más culpable".

Desde su elección, en marzo de 1074, Gregorio VII insiste enérgicamente en la reforma de la Iglesia emprendida por su predecesor, confirmando sus condenas contra la simonía. Una y otra vez condena la investidura de los Obispos por parte de los Príncipes temporales. En Francia, el delegado pontificio encargado de aplicar el decreto pontificio es Hugo de Die, un hombre inflexible, incluso mucho más que el mismo Papa. Hugo, por mandato del Papa, reúne varios concilio regionales, donde cita a los Obispos sospechosos de simonía. Si se les halla culpables, les destituye de sus cargos, reemplazándoles por Obispos íntegros.

Entre los legados pontificios de Gregorio VII, Hugo de Die es uno de los sobresalientes. Una rigurosa actividad unida a un extraordinario rigor doctrinal es el rasgo dominante de su carácter. No se permite un momento de descanso en la misión reformadora, que le ha confiado el Papa. Multiplica los concilios, visita las diócesis, llama a los prelados que han sido denunciados como simoníacos o fornicadores, los interroga, procede a hacer investigaciones, instruye procesos y se presenta en el lugar en caso de necesidad. Sin descansar, por vías y caminos, sin contar con las dificultades del viaje ni con los rigores del clima, lleva a todas partes la presencia del papado y trabaja en todo momento para llevar a cabo la reforma de la Iglesia.

Bruno participa del dolor del Papa y de su legado. Desde el corazón de la Iglesia de Reims ve los abusos de tantos obispos que sólo buscan los beneficios eclesiásticos. Su fe y rectitud de vida le llevan, primeramente, a oponerse, con firmeza y respeto, a los abusos simoníacos. Y, luego, ante la impotencia para desarraigar esta plaga de la Iglesia, no pudiendo tolerarlos, disgustado del mundo, tomará la decisión de su vida: consagrarse totalmente a Dios, retirándose a la soledad. De lo vil Dios saca lo noble. Los acontecimientos dolorosos que esperan a Bruno entran, misteriosamente, en los designios de Dios sobre él.


Manasés de Gourney obispo de Reims en contra de San Bruno

El 4 de julio de 1067 muere, con fama de santo, Gervasio, el arzobispo de Reims. Le sucede Manasés de Gournay. En octubre de 1068 es consagrado. Manasés, como muchos prelados de la época, busca adueñarse de los bienes de la Iglesia. Ha obtenido la Sede de Reims por simonía, en complicidad con el rey de Francia, Felipe I. Sin embargo, al principio Manasés administró la diócesis de una forma tranquila y normal. Pero pronto se reveló lo que llevaba en el corazón. Veinticinco años después escribe el cronista Guiberto de Nogent: "Era un hombre noble, pero carecía del equilibrio necesario para proceder con rectitud; su elevación le hizo concebir gustos tan fastuosos, que parecía querer imitar la majestad de los reyes y la ferocidad de los príncipes bárbaros. Le gustaban las armas y se olvidaba del clero. Se le atribuía esta frase: Reims sería un buen obispado si no hubiese que cantar la misa".

En realidad no es tan noble. Es falso y hace un doble juego. Para satisfacer su codicia, sin perder por ello la sede episcopal, sabe mezclar hábilmente los gestos de sabia y caritativa administración con las rapiñas más audaces. En diciembre de 1071, con motivo de la sucesión de Hérimar, abad de la célebre abadía de San Remigio, empieza a mostrar su verdadero rostro. En primer lugar impide que los monjes elijan un nuevo abad en el plazo establecido por la Regla. Luego, no pierde ocasión para vejarles en todos los modos, apoderándose de bastantes bienes de la rica abadía. Llega a tal punto que, en 1072, los monjes presentan sus quejas contra él ante el Papa Alejandro II. En los primeros meses de 1073 muere Alejandro II, sucediéndole en abril Gregorio VII, que el 30 de julio ya escribe a Manasés una severa carta:


Amadísimo hermano: Si consideraseis vuestra dignidad, vuestras obligaciones y los mandatos divinos, si tuvieseis el debido amor y respeto a la Iglesia romana, seguramente que no permitiríais que los ruegos y avisos de la Santa Sede se repitan tantas veces sin resultado, tanto más cuanto que es vergonzoso el haberlos provocado. ¡Cuántas veces nuestro venerable predecesor y Nos mismo os hemos suplicado que no deis motivo a tantas reclamaciones como nos llegan de tantos hermanos empujados a la desesperación! Sabemos por muchos informes que tratáis cada día con mayor rigor a ese venerable monasterio. ¡Qué humillación nos produce el que la intervención de la autoridad apostólica no haya podido lograr todavía la paz y tranquilidad de quienes tenían el derecho de esperar de Vos una solicitud paterna! Sin embargo, queremos dar aún nuevas pruebas de dulzura para doblegar vuestra obstinación. Así os rogamos, en nombre de los bienaventurados apóstoles y en nombre nuestro, que si queréis seguir gozando de nuestro aprecio como hermano, debéis repararlo todo de modo que no oigamos más quejas sobre vuestra conducta. Y si despreciáis la autoridad de San Pedro y nuestra amistad, por modesta que sea, sentimos deciros que provocaréis la severidad y el rigor de la Sede Apostólica.

Manasés da muestras de obediencia, hace promesas de sumisión, pide dilaciones. Pero a la sombra de todo ello esconde sus planes simoníacos. Los mensajeros de los monjes de San Remigio, al volver de Roma a Reims, además de la carta destinada a Manasés, llevan otro escrito de Gregorio VII dirigido a Hugo, abad de Cluny. El Papa le encarga que comunique a Manasés la reprobación pontificia, mandándole rendir cuentas a Roma de todo el asunto.

Manasés, previendo el golpe, se ha adelantado a él. Antes de que llegue la orden pontificia, impone a los monjes de San Remigio un abad de buena reputación: Guillermo, abad de Saint-Arnould de Metz. La elección en sí misma es excelente. Pero, en el verano de 1073, Guillermo, sintiéndose impotente para contener las nuevas exacciones de Manasés, presenta su dimisión a Gregorio VII. Alega como motivo que Manasés es "una bestia feroz de agudos dientes". El Papa espera y le mantiene en el cargo. Pero, a principios de 1074, Guillermo renueva su petición y, esta vez, el Papa le escucha, permitiéndole volver al gobierno de su antigua abadía. El 14 de marzo Gregorio VII encarga a Manasés que proceda a la elección regular de un nuevo abad. Se nombra a Enrique, abad ya de Humblières, que permanecerá en el cargo hasta 1095, asistiendo impotente a los dolorosos acontecimientos del resto del gobierno de Manasés.



b) Bruno, canciller de Reims

A pesar de todo, el arzobispo se mantiene tranquilo hasta 1076. Hasta logra engañar a Gregorio VII, recobrando su confianza. Favorece oficialmente la vida monástica en su diócesis, firmando incluso el acta de erección como abadía del monasterio de Moiremont, fundado por los canónigos de Reims en 1074; participa también en la fundación de la abadía de canónigos de Saint-Jean- des-Vignes en 1076 y hace donaciones a diversos monasterios.

Durante este período, Bruno, que sigue en el cargo de director de la escuela, es nombrado canciller de la arquidiócesis, para reemplazar a Odalrico que acaba de morir. En octubre de 1074 aún firma Odalrico los documentos de la cancillería; en cambio, una carta de 1076 está ya firmada por Bruno. Promover a Bruno a canciller es lisonjear a la opinión pública, sobre todo a la universitaria; es dar pruebas de buena voluntad, siendo tan viva y general la estima de que goza Bruno. Pero Bruno no durará mucho en el cargo, pues en abril de 1078, en los documentos oficiales del arzobispado, en lugar de su nombre, aparece ya el de Godofredo. Sin duda, la dimisión de Bruno tiene lugar al comienzo de la lucha enconada que durante varios años se desencadena y desgarra a la diócesis de Reims. Por una parte, están Gregorio VII, Hugo de Die, el legado pontificio en Francia, y varios canónigos de la catedral y, por otra, el arzobispo Manasés, cuyas prevaricaciones han sido, finalmente, desenmascaradas.

Desde su puesto de canciller, Bruno sufre viendo cómo el arzobispo negocia simoníacamente con los beneficios eclesiásticos. No pudiendo soportar tantos abusos, Bruno se le opone con firmeza y respeto. Ante la persistencia en su comportamiento simoníaco, Bruno y otros canónigos le denuncian ante el delegado pontificio. Este es el comienzo de una larga y dura lucha durante la que Bruno experimenta la más acérrima persecución. Le confiscan sus bienes y le destituyen de los cargos que desempeñaba en la diócesis.

En el verano de 1076 se celebra el concilio de Clermont. El deán de Reims, llamado Manasés como el arzobispo, se presenta espontáneamente a Hugo de Die y confiesa que ha comprado ese cargo a principios de 1075. Pide humildemente perdón y, sin duda, con ocasión de este encuentro informa a Hugo de Die de la situación a que ha conducido la diócesis de Reims el arzobispo con sus rapiñas y violencias. Le da cuenta de las dilapidaciones de los bienes eclesiásticos, de las exacciones arbitrarias contra clérigos y monjes; le informa del tráfico de cargos y beneficios y de las excomuniones infundadas decretadas contra los opositores.

La oposición entre el arzobispo y los clérigos de la diócesis llega muy pronto a su punto álgido. Gregorio VII, informado de la situación, decide intervenir. Lo hace con prudencia y moderación. Encarga al obispo de París instruir un expediente sobre las excomuniones aparentemente injustas, decretadas por Manasés. Pero no por ello deja de considerar al arzobispo como legítimo pastor de la Iglesia de Reims. El 12 de mayo de 1077, todavía le escoge, junto con Hugo, abad de Cluny, para presidir al lado de Hugo de Die el Concilio de Langres.

Pero, de repente, la situación cambia completamente. El concilio de Langres queda anulado. El concilio se celebra en Autun, el 10 de septiembre de 1077. En él, el arzobispo Manasés, en vez de sentarse como juez, es citado como reo. El arzobispo no se presenta y es suspendido del ejercicio de sus funciones. Bruno, el deán Manasés y el canónigo Ponce acusan a su arzobispo de haber usurpado por simonía la sede de Reims y de haber consagrado, a pesar de la prohibición formal del Papa, al obispo de Senlis, que había recibido la sede por investidura laica de manos del rey de Francia. La actitud de Bruno es tan prudente y reservada que impresiona al legado pontificio, quien, escribiendo al Papa, alaba su virtud y prudencia.

Manasés, en vez de presentarse en Autun, marcha a Roma a disculparse, jurando ante la tumba de San Pedro que si no se ha presentado en Autun, es sólo porque ninguna bula pontificia le ha citado. Promete justificarse en el futuro ante el delegado, cada vez que se lo pida, y restituir los tesoros, ornamentos y otros enseres de la Iglesia de Reims, y no enajenarlos nunca más, con lo que no hace más que añadir a sus demás crímenes el de perjurio. El papa Gregorio VII, tras esta falsa confesión de arrepentimiento, rehabilita al arzobispo, quien, furioso contra los tres canónigos que le han acusado, manda saquear y destruir sus casas y vende sus beneficios eclesiásticos. Según la crónica de Hugo de Flavigny: "Durante el viaje de vuelta de los canónigos de Reims que le habían acusado en el Concilio, el arzobispo les tendió varias emboscadas. Luego, saqueó sus casas, vendió sus prebendas y se incautó de sus bienes". Los tres canónigos, con Raúl le Verd y Fulcuyo le Borgne, para escapar de las iras del arzobispo, huyen y se refugian en el castillo de Ebal, conde de Roucy.

El arzobispo Manasés se hace cada día más odioso por su actitud simoníaca, por la disipación de los bienes de su iglesia, por las exacciones y vejaciones con que molesta a sus clérigos, por la usurpación de las abadías y por el abuso que hace de las censuras para satisfacer su pasión. Es de familia noble, pero sólo lo demuestra en la altivez, en el tono imperioso, en el amor del fasto y en la familiaridad con los grandes, despreciando a los eclesiásticos. No se avergüenza de manifestar públicamente el disgusto que le causan las funciones religiosas, confesando que del Episcopado sólo le agrada el fasto, las delicias y la opulencia.

A pesar de la suspensión, decretada por el Concilio de Autun, las diferencias entre Manasés y sus canónigos no quedan zanjadas. El Cabildo de Reims y el legado pontificio Hugo de Die se ven obligados a informar urgentemente a Gregorio VII. Hugo de Die escribe al Papa:

Recomendamos a Su Santidad a nuestro amigo en Cristo Manasés que, en el Concilio de Clermont, renunció en nuestras manos al cargo de deán de la Iglesia de Reims, que había adquirido de mala manera. Ahora es un sincero defensor de la fe católica. Os recomendamos también a Bruno, maestro de la Iglesia de Reims, de una honradez a toda prueba. Ambos merecen ser confirmados en las cosas de Dios por vuestra autoridad, pues han sido juzgados dignos de sufrir persecución por el nombre de Jesús. No dudéis en emplearlos como vuestros consejeros y cooperadores para la causa de Dios en Francia.

Gregorio VII no confirma inmediatamente el juicio del Concilio de Autun. La Iglesia romana, escribe el Papa, tiene por costumbre obrar más "por el justo medio de la discreción que según el rigor de los cánones". Conociendo la tendencia a la severidad de su legado, Gregorio VII decide examinar él mismo la causa de Manasés y la de otros seis obispos condenados por su legado. Para ello, les llama a Roma, invitándolos a justificarse. El conde Ebal de Roucy y uno de los canónigos de Reims acuden también a Roma para informar directamente a Gregorio VII de cuanto ocurre en Reims.

En Roma, la discusión es difícil. El principal argumento que Manasés se atreve a proponer en su defensa es decir que su condenación amenaza crear un cisma en el mismo reino. Luego, Manasés la emprende contra sus acusadores. Al precio de un juramento hecho "sobre la tumba de San Pedro" obtiene el perdón de Gregorio VII. El 9 de marzo de 1078, el Papa dirige a su legado la siguiente carta:

Como es costumbre de la Iglesia romana -a cuya cabeza nos ha colocado el Señor, por indigno que seamos- tolerar unas acciones y disimular otras, siguiendo una discreta moderación más que el rigor de los cánones, hemos revisado con gran cuidado las causas de los obispos de Francia, suspendidos o condenados por nuestro legado, Hugo de Die. En cuanto a Manasés, arzobispo de Reims, aunque tenga muchas acusaciones contra él y se haya negado a asistir al Concilio, al que había sido citado por Hugo de Die, nos ha parecido que la sentencia dictada contra él no estaba en consonancia con la madurez y dulzura habituales de la Iglesia Romana. Por lo que le hemos restablecido en las funciones de su dignidad, después de prestar sobre el cuerpo de San Pedro este juramento: "Yo, Manasés, arzobispo de Reims, declaro que no fue por soberbia por lo que no asistí al Concilio de Autun, al que me había citado Hugo de Die. Si en adelante fuere llamado por un mensajero o por cartas de la Santa Sede, no excusaré mi ausencia con malas artes y engaños, sino que obedeceré lealmente a la decisión y juicio de esta Iglesia. Y si pluguiere al Papa Gregorio o a su sucesor que responda ante su legado de los cargos que se me hacen, me someteré humildemente en todo. Administraré fielmente en honor de la Iglesia de Reims todos sus tesoros, rentas y posesiones a mí encomendados, y no los malgastaré injustamente".

Así Manasés queda incluido en el juicio de indulgencia y misericordia que clausura la revisión del proceso de los Obispos. Pero Hugo, sin disimular su desacuerdo y cierta amargura, escribe al Papa:

Vele Su Santidad para que no seamos objeto de ignominia y afrenta por más tiempo. Los simoníacos o cualquiera de los culpables, que habíamos suspendido, depuesto o incluso condenado, corren libremente a Roma y, en vez de sentir allí una justicia más rigurosa, como debían, obtienen el perdón a gusto suyo. Así, los que antes no se atrevían a faltar ni aún en las cosas más pequeñas, se entregan ahora a los más lucrativos negocios, tiranizando las iglesias que están a su cargo. Ruegue, Santísimo Padre, por mí, inútil siervo de Su Santidad.

 

San Bruno fundador de la orden de los cartujos



c) Bruno, refugiado en el castillo del conde Ebal


Manasés, al volver a su diócesis, se hace el arrepentido, a fin de consolidar su victoria. Intenta reconciliarse con el deán, con Bruno y los demás canónigos refugiados en el castillo del conde Ebal. Al mismo tiempo intenta obtener contra el conde una condenación pontificia. Para tener las manos más libres en sus intrigas, solicita además del Papa no depender de la jurisdicción de Hugo de Die, sino sólo de la autoridad del Pontífice o de los legados venidos de Roma. Escribe una larga carta al Papa en la que, primero, multiplica sus protestas de fidelidad y sumisión; luego, acusa, arguye, evoca los privilegios concedidos a sus predecesores y, por fin, ataca a los exilados y a su protector:

A propósito del conde Ebal, que intentó acusarme en vuestra presencia, recomendándose a sí mismo y afirmando su fidelidad hacia Vos con palabras hipócritas, habéis podido comprobar hasta la evidencia de qué parte se encuentra la sinceridad y fidelidad para con Vos: de la mía, que estoy dispuesto a obedecer en todo a Dios y a Vos, o de la del conde Ebal, que en Roma atacó a la Iglesia de San Pedro y aquí persigue a la Iglesia de Reims por medio del deán Manasés y sus partidarios, acogidos en su castillo. Dicho Manasés ha recibido seguridad de perdón por nuestra parte, como Vos me habíais ordenado otorgarle si volvía a la Iglesia, su madre; mas, paralizado por la conciencia de sus faltas, no quiere volver a nuestra sede, ni contribuir a la paz de la Iglesia. Antes, al contrario, tanto él como sus adeptos, no cesan de atacarme a mí y a mi Iglesia con palabras y amenazas, ya que no pueden con hechos. Así, pues, sin hablar del conde Ebal, que espero no escapará a vuestra justa y apostólica sentencia, ruego a Vuestra Santidad que ordene a Manasés volver a su casa y que no siga atacando a su Iglesia; o, si no, castigadlo justamente con sus cooperadores, con una rigurosa sentencia apostólica. Dignaos también escribir a quienes le han recibido, para que no le sigan dando asilo, bajo pena de ser castigados con una sentencia análoga.

La carta es un modelo de perfidia. Da por cosa hecha la condenación del conde Ebal; insiste casi exclusivamente sobre el deán, que tenía antecedentes condenables; guarda el silencio más absoluto sobre Bruno, pues conoce muy bien que el Papa le considera hombre puro e íntegro. Pero el Papa, esta vez, no se deja engañar. El 22 de agosto de 1077 escribe a Manasés una carta admirable en la que se esfuerza todavía por no chocar de frente con el arzobispo, facilitándole una salida honorable. Le pide que no se ponga al margen de la legislación, que reconozca la autoridad de los legados pontificios y, en concreto, de Hugo de Die, asegurándole la conservación de todos sus derechos de obispo y de metropolitano. Para prevenir cualquier exceso de severidad en Hugo de Die, le asocia al abad de Cluny, conocido por su moderación.
En relación al deán, le dice:

Con respecto al deán Manasés, que no cesa, según decís, de molestaros de palabra ya que no puede de obra, y para todas las otras reclamaciones que os ha parecido hacer, Nos enviamos instrucciones al obispo de Die y al abad de Cluny, amados hermanos nuestros, para que se esfuercen por realizar una diligente encuesta sobre los hechos, examinándolos cuidadosamente y juzgándolos con toda equidad y justicia, conforme a las leyes canónicas.

El mismo día envía sus instrucciones a Hugo de Die y a Hugo de Cluny, enSan Bruno perseguido por el obispo Manasés las que se trasluce el equilibrio y tacto de Gregorio VII, que conoce perfectamente a cada una de las partes. A sus legados les dice:


Trabajad para atraer de nuevo a la paz al deán Manasés, de quien se queja el arzobispo. Que cese en tales manejos. Si se obstina y no quiere obedecer, decidid lo que os parezca más justo.

Estas duras directivas con relación al deán revelan la gravedad del conflicto que enfrenta al arzobispo con los canónigos exilados. Pero el Papa añade un corto inciso, con el que demuestra que conoce perfectamente la situación: "a menos que reconozcáis que el deán tiene alguna justa razón para obrar así".

Todo debe proceder dentro del orden y la justicia, a cuyo servicio están los legados, movidos siempre por la caridad. Y la caridad es la que debe prevalecer en este desagradable asunto:

En cuanto a las demás peticiones del arzobispo, ayudadle como convenga, supuesto que obedezca, y defended con la autoridad apostólica la Iglesia que le está confiada. Por lo que respecta a él personalmente, hemos notado, por las cartas que nos ha escrito y que os transmitimos, que busca dilaciones y subterfugios. Así, pues, hermanos muy queridos, actuad varonil y prudentemente, obrando siempre con caridad; que los oprimidos encuentren en vosotros amor a la justicia. El Señor derrame su Espíritu en vuestros corazones.

A mediados del verano de 1079, Hugo de Die, de acuerdo con el abad de Cluny, juzga oportuno reunir un Concilio en Troyes y convocar al arzobispo Manasés. Este acude con numerosa escolta de partidarios, intentando con su fasto y fuerza presionar al Concilio. Viendo que en esas condiciones no es posible deliberar con libertad, el legado pontificio disuelve el Concilio. Gregorio VII, entonces, decide intervenir y someter, una vez más, a examen la conducta del arzobispo:

Como no habéis podido reunir oportunamente el Concilio en el sitio previsto, juzgamos conveniente que, con vuestra acostumbrada diligencia, encontréis ahora un lugar apto, reun��is un sínodo y examinéis cuidadosamente la causa del arzobispo de Reims. Si se encuentran acusadores y testigos capaces de probar lo que se le reprocha, queremos que sin titubear decretéis la sentencia que la justicia dicte. En caso de que no puedan hallarse tales testigos idóneos, como la fama escandalosa de este arzobispo está difundida, no sólo por Francia, sino también por casi toda Italia, que busque si puede seis obispos de buena reputación que salgan fiadores de su inocencia y, así justificado, podrá permanecer en paz en su Iglesia, conservando sus dignidades.

El conflicto, en que Manasés el deán, Bruno y los canónigos de Reims se hallan envueltos, no es un litigio privado de una diócesis. Dada la posición de Reims en Francia, los escándalos del arzobispo desbordan los límites de la diócesis, afectando a toda Francia y a casi toda Italia. Por ello, el Papa se ve obligado a tomar un procedimiento excepcional. Aunque los testigos no logren probar la acusación, no por ello se declarará al arzobispo inocente; deberá dar una prueba positiva de la rectitud de su conducta y de sus intenciones: seis obispos de buena reputación deberán garantizar la moralidad de su conducta y su aptitud para permanecer al frente de la diócesis.

Manasés es el adversario más obstinado que encuentra Hugo de Die. Siguiendo las directivas del Papa, Hugo de Die convoca un nuevo Concilio para primeros de febrero del año 1080 en Lyón. Manasés apela de nuevo al Papa contra su legado. Invoca un antiguo privilegio de la Iglesia de Reims, según el cual el arzobispo sólo podía ser juzgado por la Santa Sede. El arzobispo pone como pretexto para no asistir que Lyón no está en Francia, que la región entre Reims y Lyón está alterada por la guerra, que el abad Hugo de Cluny, encargado por el Papa para examinar su causa, no ha sido convocado y, en fin, que le es imposible, en el breve plazo de que dispone, encontrar los seis obispos de vida irreprochable requeridos por el legado.

Gregorio VII le niega el derecho a rechazar la jurisdicción del delegado Hugo de Die:

Nos admira que un hombre tan sensato como vos busque tantos pretextos para permanecer en un estado de infamia, dejando a la opinión pública el cuidado de juzgaros. En realidad, deberíais estar interesado en limpiaros de tales sospechas y librar de ellas a vuestra Iglesia. Si no acudís al Concilio de Lyón y no obedecéis a la Iglesia Romana, que lleva tanto tiempo soportándoos, no modificaremos en nada la sentencia del obispo Hugo de Die, sino que la confirmaremos con nuestra autoridad apostólica.

La amenaza es terminante. Manasés, ante la imposibilidad de engañar a Gregorio VII, intenta sobornar a Hugo, el abad de Cluny; le envía mensajeros secretos que le ofrecen trescientas onzas de oro puro y regalos para sus familiares. Le promete mayores dones si se le permite justificarse en privado. Pero el abad de Cluny permanece insensible a tales proposiciones. El Concilio se reúne en Lyón en la fecha prevista. A pesar de la amenaza del Papa, Manasés no se presenta. Envía una Apología en la que, sin refutar las acusaciones formuladas contra él, ataca las formas del proceso y las condiciones que se le imponen. Dice que no puede acudir a Lyón por la inseguridad de los caminos y que le es imposible encontrar, en sólo veinte días, seis obispos que garanticen su inocencia:

Me decís en primer lugar que vaya al Concilio para responder a mis acusadores, Manasés el deán y su compañeros. Pero os respondo que ya he llegado a un acuerdo con el deán, que representa a todos sus partidarios, salvo a dos, uno de los cuales es Bruno. Pero este Bruno no es un clérigo de nuestra diócesis, ni ha nacido ni recibido el bautismo aquí. Es un canónigo de San Cuniberto en Colonia, del reino teutónico. No estimo en mucho su compañía, ya que me encuentro en una total ignorancia de su vida y de sus antecedentes. Por otra parte, le colmé de beneficios mientras estuvo conmigo y, a cambio, sólo he recibido de él malos e indignos tratos. En cuanto al otro, Ponce, mintió en mi presencia en el concilio romano. Por todo ello, ni quiero ni debo responder al uno ni al otro, en un juicio eclesiástico.

Aunque el deán, según esta Apología, haya aceptado una componenda con el arzobispo, arrastrando tras de sí a los canónigos exilados, Bruno y Ponce no caen en la trampa. Bruno, con la clarividencia de su fe, se niega a toda componenda, aunque con ello se arriesgue a perder sus bienes, sus amigos, sus discípulos, su Iglesia y quizás hasta la estima del Papa. En esta decisión radical se calibra el corazón de Bruno. Conocedor, como canciller, de la realidad de vida del arzobispo, se enfrenta, prácticamente solo, a un prelado que ha conseguido justificarse en Roma ante el Papa y que ahora le tiende una mano, aparentemente sincera, invitándolo a la reconciliación. La negativa de Bruno es la expresión de su amor a la verdad y a la justicia. A Bruno no le importa perderlo todo; Dios solo le basta. La soledad no será para él un destierro, sino la plenitud de su fe viva y de su caridad. "De su desierto hará el Señor un vergel, y de su soledad un paraíso, donde habrá gozo y alegría, acción de gracias y cantos de alabanza" (Is 51,3).



d) Destitución de Manasés y vuelta de Bruno a Reims

Esta Apologia no logró salvar al arzobispo. Los Padres conciliares deponen a Manasés del Episcopado. En marzo de 1080, Hugo de Die viaja a Roma para informar personalmente a Gregorio VII. Y el 17 de abril el Papa escribe a Manasés informándole que ha confirmado la sentencia de Lyón. Sin embargo, el Papa, "llevando su misericordia hasta el extremo", le ofrece una última oportunidad de arrepentirse, si acepta, entre otras cosas, restituir íntegramente todos los bienes arrebatados a "Manasés, a Bruno y a los demás canónigos, quienes, al hablar contra él, lo han hecho sólo por defender la justicia"; que no se oponga a la vuelta de quienes por tanto tiempo han sufrido el destierro y les deje servir a Dios en la Iglesia de Reims con plena libertad y seguridad; que antes de la Ascensión del año siguiente se retire a Cluny o a Chaise-Dieu, para vivir en el retiro con un clérigo y dos laicos, jurando delante del legado que no substraerá nada de los bienes de Reims, fuera de lo necesario para el sustento propio y de sus tres acompañantes. Si se niega a obedecer, el Papa confirmará definitivamente la sentencia del Concilio sin ninguna posibilidad de apelación para el futuro.

En lugar de acoger esta suprema indulgencia del Papa, Manasés multiplica sus abusos, pretendiendo permanecer al frente de la Iglesia de Reims. El 27 de diciembre, Gregorio VII, agotados todos los recursos de su paciencia y de su bondad, escribe cuatro cartas poniendo punto final a este doloroso conflicto. Depone definitivamente a Manasés. Al clero y al pueblo de Reims, el Papa les ordena resistir al arzobispo, expulsarlo y proceder a nuevas elecciones, de acuerdo con el legado. Al conde Ebal le pide que apoye a los que combaten a Manasés y ayude al nuevo arzobispo. En cuanto a los obispos sufragáneos de Reims, les desliga de toda obediencia al metropolitano excomulgado y les ordena que favorezcan la elección de un nuevo arzobispo digno de la sede de Reims. Finalmente, el Papa dirige al rey de Francia, Felipe I, una carta paternal y firme:

San Pedro os manda y Gregorio os suplica que no prestéis en adelante ninguna ayuda a Manasés, destituido definitivamente por los delitos que ya conocéis. Retiradle vuestra amistad y no lo toleréis más en vuestra corte. Mostrad vuestro amor al Señor, rompiendo con los enemigos de la Iglesia, obrando según las órdenes pontificias y haciéndoos merecedores de las bendiciones de San Pedro. En virtud de la autoridad apostólica de que estamos revestidos, prohibimos poner ninguna traba a la elección regular que el clero y el pueblo deben hacer del nuevo arzobispo. Os rogamos evitéis que nadie pueda obstaculizarla y protejáis al elegido por la parte fiel y religiosa del clero y del pueblo. Ahora tenéis la ocasión de probar que no en vano hemos usado de paciencia con las faltas de vuestra juventud, esperando vuestra conversión.


Felipe I, más preocupado de sus placeres que de la fe del reino, no toma ninguna medida contra Manasés. El arzobispo se mantiene aún algún tiempo en la sede de Reims; pero sus escándalos y atropellos sublevan finalmente al pueblo contra él. Lo arrojan de Reims. Manasés se refugia junto al excomulgado emperador de Alemania, Enrique IV, uniéndose a uno de los mayores enemigos de la Iglesia y del Papado.

Al salir de Reims Manasés, pueden volver los desterrados. El clero y el pueblo los acogen con entusiasmo. Bruno no vuelve a ocupar su cátedra ni recobra el título de maestrescuela, ni el cargo de canciller; sin embargo, los ojos de la Iglesia de Reims se vuelven a él a la hora de elegir el nuevo arzobispo. Un Título fúnebre describe los sentimientos de la ciudad en esta ocasión:

Bruno gozaba entonces de todas las simpatías y era motivo de consuelo y honor para los suyos. Todo le favorecía y le preferíamos a cualquier otro. Y con razón, porque se distinguía por su bondad, su dominio de todas las ciencias, su facilidad de palabra y su gran fortuna. Pero lo dejó todo por seguir a Cristo desnudo, retirándose al desierto con otros discípulos.

A los cincuenta años, Bruno tiene ante sí un magnífico porvenir. Se le propone la primera sede episcopal de Francia, llamada "diadema del reino". Bruno es la persona más indicada para ese cargo: su integridad, su ciencia, su lucidez ante situaciones delicadas, su constancia en los sufrimientos, su fidelidad a la Santa Sede, su profunda piedad, su desprendimiento de las riquezas y su caridad le hacen el preferido de todos. Gregorio VII y Hugo de Die han podido comprobar su integridad en esta época de simonía y han manifestado públicamente la estima que le profesan.

¿Quién puede oponerse a su elección? Nadie, ciertamente. Nadie, excepto Dios, que ha dejado oír en su corazón la llamada a servir a la Iglesia no en Reims, sino en el corazón mismo de la Iglesia, en el silencio y soledad del desierto, donde Bruno dará el testimonio del amor único y total a Dios. Como dicen Las Consuetudines:

El monje, encerrado en su celda, es una palabra permanente para todos. Con su vida oculta testimonia a todos los cristianos, no sólo la necesidad de renunciar a sí mismo y a todos los bienes de la tierra para seguir a Cristo, sino que muestra cómo es posible morir al propio yo y al mundo para quien escucha la voz de Dios y con Cristo camina según su voluntad. Bruno se retiró del mundo para hacer de su vida una predicación continua. Sin necesidad de palabras el monje anuncia, con su vida, el Reino de Dios.

San Bruno fundador de la orden de los Cartujos


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