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SAN BRUNO - MELODIA DEL SILENCIO: 5. LLEGADA A CHARTREUSE

Emiliano Jiménez Hernández

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5. LLEGADA A CHARTREUSE

a) Dios desea erigir un templo en el desierto

b) Subida a Chartreuse

c) La Gran Cartuja

 

San Bruno Fundador de los Cartujos

 

5. LLEGADA A CHARTREUSE



a) Dios desea erigir un templo en el desierto

Bajo la dirección de San Roberto, abad de Molesmes y, cuatro años más tarde, fundador del Císter, Bruno, deseoso de mayor soledad y perfección, sigue reflexionando acerca de la voluntad de Dios sobre él. Después de hacer mucha penitencia y oración, abandona Molesmes y decide acudir a Hugo, obispo de Grenoble, de quien le han dicho que es un hombre de Dios y puede ayudarle a conocer la voluntad de Dios. Le siguen sus seis compañeros movidos por la misma esperanza y por el suave olor de la conversación de Bruno. El obispo les recibe no sólo con benevolencia, sino que les acoge con reverencia y benignidad.

Hugo tiene 32 años de edad y cuatro de Episcopado cuando Bruno y sus compañeros llegan a Grenoble. Ha hecho lo imposible por liberarse del Episcopado al ser designado para él por Hugo de Die. Pero, al final, ha aceptado. Hugo de Die le ha conferido todas las órdenes, menos el Episcopado. En la primavera de 1080 el Papa Gregorio VII consagra en Roma al joven obispo. Apenas llega a la diócesis de Grenoble, Hugo, según las directrices de Hugo de Die, emprende la lucha contra los abusos que corroen la diócesis y el clero. La lucha es tan dura que en el corazón de Hugo rebrota con frecuencia el antiguo deseo de ingresar en el claustro. Un día incluso huye a Chaise-Dieu y sólo le arranca de allí una orden formal de Gregorio VII.

Caminando, pues, en busca de un lugar solitario, Bruno llega a Grenoble, cuando Hugo lleva cuatro años de obispo. Bruno le abre su alma, le cuenta las desilusiones experimentadas en su cargo de canciller y le da cuenta también de los anhelos que Dios ha suscitado en su espíritu en la convivencia con los monjes benedictinos. Bruno desea intentar lo imposible, algo extraordinario, para salvar la vida monástica en su antiguo rigor. Hugo se muestra complacido con los atrevidos planes de Bruno, pues por aquellos días ha tenido un sueño, según el cual "Dios se ha erigido un templo en el desierto, en el que siete estrellas le hacen la corte".

Hugo recibe a Bruno y a sus seis compañeros como a obreros destinados por el cielo para edificar ese santuario misterioso. El, que siente tan fuertemente el deseo de la vida monástica, reconoce inmediatamente en Bruno un fervor, un amor de Dios, una gracia, que seducen su alma y le vinculan sólidamente a la obra de Bruno. En la Vida de San Hugo, escribe Guigo: "Bruno y sus compañeros entran en la soledad de Chartreuse y se instalan allí con el consejo, ayuda y compañía del mismo Hugo". Durante los cincuenta años de Episcopado, Hugo se mantendrá fiel a los Cartujos. Le gusta visitar a Bruno, conversar con él, dejándose formar por él y gozando de su compañía. Los biógrafos comentan que Hugo se comporta con ellos no como señor u obispo, sino como compañero y hermano humildísimo. Frecuentemente, refiere Guigo, el mismo Bruno tiene que invitar al obispo a dejar el desierto: "Id, le decía, id a vuestras ovejas y cumplid vuestras obligaciones para con ellas".

El obispo les ofrece un terreno solitario, pero los alerta de las dificultades y, para exhortarles a la perseverancia, que es la única virtud que merece la corona de la gloria, les advierte que el sitio es de difícil acceso a causa de las abruptas montañas y de la nieve que lo cubren la mayor parte del año. El valle es amplio, pero casi todo él infecundo e inhabitable, más apropiado para las fieras que para los hombres por su aspereza e incumunicación. Sus altas montañas, cortadas en pico, cierran todo paso. Los árboles de fruta no resisten las heladas, por lo que sólo crecen los árboles silvestres. Las aguas del río se precipitan en cascada entre los riscos con un rumor extremecedor.

Bruno escucha al obispo con el corazón exultante de gozo y acepta el ofrecimiento del obispo, diciéndole: "Ya hemos oído que el lugar es terrible; pero es un lugar así lo que buscamos para dedicarnos a la penitencia. Pues, aunque somos frágiles y débiles, confiamos en la misericordia de Dios, que es potente, y esperamos que él, que ha puesto en nuestro corazón el deseo de venir aquí, nos dará la fuerza de perseverar, pues no se ha acortado la fuerza de su brazo. Como en otro tiempo hizo maravillas esperamos que también ahora muestre en nosotros sus grandes obras. Si él en el desierto pudo alimentar con el maná a la inmensa multitud de Israel, ¿no va a poder darnos ahora a nosotros un pedazo de pan? ¿No envió él un cuervo al Carmelo para alimentar a Elías (1Re 17,4-6)? ¿Quién prepara su provisión al cuervo, cuando sus crías gritan hacia él, cuando se estiran faltos de comida? (Jb 38, 41). El que cubre de nubes los cielos, el que prepara la lluvia para la tierra, el que hace germinar en los montes la hierba, y las plantas para usos del hombre, el que dispensa su sustento al ganado y a las crías del cuervo cuando chillan (Sal 147,8-9), ¿no se cuidará de nosotros si gritamos a él día y noche? Si Dios envió a Habacuc desde Judea a Babilonia para alimentar a Daniel (Dn14,33-37), ¿no hará lo mismo con nosotros que no deseamos otra cosa que cantar sus alabanzas? ¿No valemos acaso para él más que las aves, que no siembran ni recogen en graneros y el Padre las alimenta? Si nos faltan las ayudas humanas, Dios puede convertir las piedras en panes y cambiar el agua en vino. En su bondad y providencia, y no en nuestras fuerzas, tenemos puesta nuestra confianza.

Hugo escucha a Bruno con gozo y lágrimas de alegría en los ojos. Bendiciendo a Dios abraza a cada uno de los ermitaños y les concede todos los derechos que posee sobre ese bosque. Viendo cómo su propósito está radicado en el amor de Cristo y su confianza fundada en la bondad del Padre, aconseja a los siete que se establezcan en medio de las montañas salvajes llamadas Cartujas, cercadas de precipicios y de rocas que amenazan caer y parecen inaccesibles. Con ellas tendrán una clausura natural. Hugo, además, para protegerlos, prohibirá poner los pies en las tierras de los cartujos no sólo a las mujeres, sino a todos sin excepción. Prohibirá la caza y la pesca e incluso llevar a pastar en ellas los rebaños.

Bruno ve llegada la hora de poner en práctica la voluntad de Dios. En Hugo encuentra al ángel de Dios, que le muestra el lugar adecuado, donde poder vivir conforme a la inspiración divina que le guía interiormente. El obispo no sólo le escucha, sino que se entusiasma cuando le expone su plan de vida. Los dos coinciden en que Dios quiere levantar un monasterio en la soledad de las montañas del Delfinado. El mismo obispo se ofrece a conducir al grupo a ese lugar desierto, que a él le parece perfecto para poner en práctica los deseos de soledad y vida contemplativa, que él anhela tanto como Bruno.


En la carta de fundación de la Gran Cartuja, promulgada oficialmente por el obispo Hugo en el sínodo de Grenoble del 9 de diciembre de 1085, se lee: "Este yermo, cuyos límites acabamos de consignar, comenzaron a habitarlo Maestro Bruno y sus compañeros, y a construir sus edificios el año 1084 de la Encarnación del Señor, cuarto del Episcopado de Mons Hugo de Grenoble".

Los límites del terreno cedido a los ermitaños por sus donantes los conocemos por la carta de donación de 1086:

Los términos de la soledad que hemos donado pasan por debajo de la Cluse, siguen por el roquedal que cierra el valle al Este, continúan por la cresta que cierra y divide Combe-Chaude y se extienden hasta la mitad del peñascal que está encima del Bacháis; prosiguen luego por otra cresta pelada que desciende hasta el roquedal de Bovinant y después por la que baja, siguiendo el lindero del bosque, de Bovinant hacia la roca que está sobre la Follie; continúa por un peñascal hasta la montaña de Alliénard para descender hacia la Morte, por el Oeste, hasta el roquedal de Cordes, que se prolonga hacia Perthuis. Siguen después los términos por una cresta rocosa hasta el río Guiers-Mort, que les sirve de límite hasta la Cluse.

Esta descripción, por sí sola, nos da una idea de lo que eran los terrenos de la Cartuja, unas tierras rocosas rodeadas de montañas, con un paso obligado: la Cluse. El suelo, de roca calcárea, está recubierto en la hondonada del valle de una delgada capa de humus. En esta tierra sin profundidad arraigan los árboles que forman inmensos bosques. Entre estas espesuras, hay algunos prados, que pueden alimentar algunas cabezas de ganado. Pero la altura y el clima apenas permiten cultivar algo más que unas pobres legumbres. La austeridad de vida está asegurada para los ermitaños, que por fuerza deben vivir frugalmente. Durante mucho tiempo se consideró imposible mantener a más de treinta personas en este desierto. Incluso se sintió la necesidad de que los hermanos fueran más numerosos que los padres, los trabajadores más que los contemplativos. Guigo, cuando redactó las Consuetudines, fijó el número de la comunidad en trece padres y dieciséis hermanos.

El 9 de diciembre de 1086, en un sínodo celebrado en Grenoble, el obispo Hugo ratifica solemnemente las donaciones que han hecho dos años antes los propietarios de las tierras de Chartreuse. Los Cartujos pasan a ser dueños definitivos de aquellas posesiones. En la carta de donación se lee, además, con gran solemnidad, la finalidad del eremitorio:

Por la gracia de la santísima e indivisible Trinidad, nosotros hemos sido advertidos misericordiosamente de las condiciones de nuestra salvación. Recordando la fragilidad de nuestra condición humana y cuán inevitable es el pecado en esta vida mortal, hemos decidido librarnos de las garras de la muerte eterna, cambiando los bienes de este mundo por los del cielo y adquiriendo una herencia eterna a cambio de bienes materiales. No queremos exponernos a la doble desgracia de sufrir a la vez las miserias y trabajos de esta vida y las penas eternas de la otra.

Por ello regalamos para siempre un vasto desierto a Maestro Bruno y a los compañeros que vinieron con él buscando una soledad para vivir en ella y vacar para Dios. Yo, (siguen los nombres y títulos de cada donante) cedemos a dichos ermitaños cualquier derecho que podamos tener sobre estas tierras. (Sigue la descripción de los límites).

Si algún señor poderoso o cualquier otro se esfuerza por anular en todo o en parte esta donación, será considerado como sacrílego, excomulgado y digno del fuego eterno, a menos que se arrepienta y repare el daño causado.

Dichas tierras comenzaron a ser habitadas por Maestro Bruno y sus compañeros en el año 1084 de la Encarnación, cuarto del Episcopado del señor Hugo de Grenoble, quien, con todo su clero, aprueba y confirma la donación hecha por las personas arriba citadas y, por lo que a él se refiere, cede todos los derechos que pudiera tener sobre este territorio.

Esta carta, "leída en la Iglesia de la bienaventurada y gloriosa Virgen María, en presencia de Hugo, obispo de Grenoble, de sus canónigos y de muchas personas, tanto sacerdotes como clérigos, reunidos para el sínodo", es una prueba más de la benevolencia de Hugo para los primeros cartujos. Esa amistad la mantiene toda su vida. La influencia de Hugo, no sólo al instalarse los ermitaños en Chartreuse, sino durante los cuarenta y ocho primeros años de la Orden, fue considerable.

 

Chartreuse



b) Subida a Chartreuse

Hoy, conociendo la historia y la geografía, podemos imaginar la ruta y etapas de la subida a las montañas de la Cartuja. Uniendo datos podemos resumir la crónica del viaje:

Está comenzando el verano de 1084. Es la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista. "Bruno, hombre de corazón profundo", como le define Guigo, con el pequeño grupo de compañeros llegado a Grenoble, de rostros graves y pobre vestimenta, sale de la residencia episcopal. Guiados por el joven obispo Hugo se ponen en camino, se dirigen hacia el norte, siguiendo la ruta del Sappey. Apenas dejan a sus espaldas las últimas casas, penetran en el inmenso bosque que arropa la ciudad. Atraviesan la garganta de Palaquit, ascienden al puerto de Portes de 1.325 metros de altura y de nuevo descienden, por la otra ladera, hasta Saint-Pierre de-Chartreuse. Pero, un poco antes de llegar a Saint-Pierre, se desvían hacia la izquierda y penetran en el valle de Guiers-Mort. De pronto, ante ellos aparece una selva virgen, jamás hollada por la planta del hombre. Lo inhóspito del lugar hace brillar sus ojos de alegría y satisfacción. Ya en las estribaciones de la cordillera, por la gran abundancia de árboles, pierden el rastro de senderos y veredas. La falta de caminos no les desalienta, siguen avanzando hasta un paraje bravío y salvaje, casi inaccesible, de abismos profundos y de rocas imponentes y amenazadoras. El valle se va angostando poco a poco hasta quedar casi estrangulado entre dos altos peñascos. Sólo el torrente y el angosto sendero se abren paso hacia el oeste. La pequeña caravana franquea la Cluse a la entrada del desierto y, por ella, penetra hasta lo más profundo del estrecho valle de Chartreuse

Esta puerta, llamada la Cluse, es el único paso para quienes vienen del sur. Un poco más adelante, a la derecha, se extiende una meseta inclinada, cuya parte más baja está a 780 metros de altitud y la más alta a 1.150 metros. Es el Desierto de Chartreuse, prácticamente cerrado por todas partes. Le circunda un caos de montañas, cuyo pico más alto, el Grand Son, sobrepasa los 2.000 metros. Para penetrar en este desierto, fuera del puerto de la Cluse, sólo hay otro acceso, situado al noroeste: la garganta de la Ruchère.

Bruno y sus compañeros penetran en este desierto a través de la puerta de la Cluse. Buscando el lugar más salvaje, suben hasta el extremo norte, donde el valle se estrecha en una garganta cerrada por montañas tan altas que el sol apenas penetra durante la mayor parte del año. Los árboles se estiran hacia el cielo entre las rocas para, al menos en sus copas, alcanzar el aire puro, la luz y el calor. Allí, en el lugar llamado Cartuja, donde crecen los últimos pinos y las aguas se precipitan con fragor desde las montañas rocosas, deciden levantar sus chozas

La pequeña caravana se detiene. El obispo Hugo les indica que han llegado al sitio deseado. Es el lugar apropiado para construir sus cabañas de eremitas. Los siete eremitas se arrodillan ante el obispo, que, conmovido, les bendice: "Oh Dios Todopoderoso, cuya misericordia supera toda medida; tú, que llamas a quien quieres y a quien llamas lo justificas y engrandeces sobremanera, mira con ojos de clemencia a estos siervos tuyos, que has llamado a tu servicio, y dales el auxilio de tu gracia para puedan vivir con fidelidad la vocación a que, según tu beneplácito, les has llamado. Llénalos de la fuerza de tu Espíritu para que puedan resistir las insidias de la carne, del mundo y de los demonios. Que, sostenidos por ti, puedan alcanzar la corona inmarcesible de la gloria, perseverando hasta el fin de su vida en la humildad verdadera y en la caridad mutua. Por Cristo nuestro Señor. Amén".

Cumplida su misión, el obispo se despide y regresa a Grenoble con su cortejo personal. Pero es tan grande la admiración de Hugo por Bruno, que le toma por director espiritual. A pesar de las dificultades del viaje desde Grenoble a la Cartuja, subirá allá con frecuencia para conversar con Bruno y beneficiarse en su vida espiritual con su consejo y ejemplo.

La subida de Bruno a estos lugares infranqueables tiene un significado preciso. Después de haber leído la vida de los anacoretas, Bruno arde en deseos de retirarse como ellos al desierto. Ese desierto tan soñado lo tiene ahora ante sus ojos en medio de estas rocas imponentes. En el corazón de Europa Bruno ha encontrado un auténtico desierto. Esta región montañosa y salvaje responde admirablemente a la idea que él se ha formado del desierto. Desierto es aislamiento, incomunicación con los hombres; y este lugar está tan desconectado del mundo que es casi imposible llegar a él.

Bruno ha buscado y encontrado el lugar, con su clima, atmósfera, temperatura adecuados para la vida deseada. Las intenciones de Bruno aparecen manifiestas, como en relieve, en el mismo suelo, en toda la decoración, en el bosque y en las nieves. Este fondo del valle en el corazón del macizo de Chartreuse, de accesos difíciles incluso para los habitantes de los pueblos cercanos, de largos inviernos con sus grandes nevadas, de tierras pobres, es el sitio ideal para vivir en soledad, separado completamente del mundo. Es el desierto que Bruno buscaba para vivir como eremita. Realmente el curso de la historia espiritual de la Orden de los Cartujos da fe del papel que ha desempeñado el desierto de la Cartuja sobre el estilo de la vida cartujana. Entre ese paraje y la vida de los cartujos hay una correlación profunda. Era el sitio preparado por Dios.

Guido, en la Vida de San Hugo de Grenoble, escrita por petición expresa del Papa Inocencio II, hace un relato sobrio, pero preciso, de la llegada a Grenoble de Bruno y sus compañeros:

Encabezaba el grupo Maestro Bruno, célebre por su fervor religioso y por su ciencia, modelo perfecto de honradez, de gravedad y de plena madurez. Le acompañaban Maestro Landuino, que sucedió a Bruno como prior, Esteban de Bourg y Esteban de Die, antiguos canónigos de San Rufo que, por amor a la vida solitaria y con el consentimiento de su abad, se habían unido a Bruno, juntamente con Hugo, llamado el capellán, porque sólo él desempeñaba las funciones sacerdotales; también iban dos laicos, hoy diríamos conversos, Andrés y Guerín. Andaban en busca de un lugar a propósito para la vida eremítica y no lo habían encontrado aún. Con la esperanza de hallarlo y deseosos también de gustar de la santa intimidad de Hugo, le vinieron a ver. Este los recibió, no sólo con gozo, sino con verdadera veneración, ocupándose de ellos y ayudándoles a cumplir su voto. Y gracias a sus consejos personales, a su apoyo y a su dirección, entraron en la soledad de Chartreuse y se instalaron allí. Por aquellos días había visto Hugo en sueños que el Señor se construía en esa soledad una casa para su gloria y que siete estrellas le mostraban el camino. Y siete eran precisamente Bruno y sus compañeros. Así, pues, acogió con benevolencia no sólo los proyectos de este primer grupo de fundadores, sino también los de los que los sucedieron, favoreciendo siempre, mientras vivió, a los ermitaños de la Cartuja con sus consejos y generosos favores.

En el desierto quedan, pues, siete hombres decididos a llevar juntos una vida eremítica. Se trata del valle de Chartruese, estrecho, cerrado por todos los lados y casi inaccesible. A él llegan el 24 de junio de 1084 y se establecen en el extremo más elevado del valle, a unos 1200 metros de altura, algo más arriba del actual monasterio. Enseguida edifican un oratorio, dedicado a Nuestra Señora de las Cabañas, alusión a las cabañas, que levantan entorno a él. Estas son las celdas para cada uno de los ermitaños, pequeñas chozas de madera. Son las celdas construidas a cierta distancia unas de otras, exactamente según el esquema de las antiguas "lauras" de los monasterios de Palestina.

 

La Gram Cartuja



c) La Gran Cartuja

Es la primera Cartuja. Bruno y sus compañeros, alejados completamente del mundo, se dedican a la oración y a la penitencia. Durante el verano el sol resplandece sobre un cielo azul deslumbrante en la pureza del aire, tan puro que parece el aire del paraíso. En invierno el lugar queda totalmente cubierto de nieve. Pasado el invierno, la belleza del lugar es única. Enriscado entre tres montañas a pico por tres lados, por el cuarto se domina el valle entre las montañas. Según una tradición, a Bruno le gusta retirarse a un rincón solitario del bosque cercano y meditar delante de una roca en la que, todavía hoy, se vislumbra una cruz tallada en la piedra.

León Bloy ha cantado lo imponente del lugar: "Allí cantan la gloria de Dios las estrellas con su luz de un brillo especial, los arroyos precipitándose, desde milenios, en abismos insondables y las nieves eternas de las inaccesibles cumbres". Sin embargo, Bruno no ha elegido el lugar por estas bellezas, aunque es sensible a ellas, sino por ser un lugar solitario, donde no encuentra obstáculos para hablar a solas con Dios
Sin la luz de la fe, tal elección parece una locura. Todo desaconseja establecer una residencia permanente en un lugar semejante, sobre todo a tal altura. El clima es duro; las nevadas son muy frecuentes y abundantes; la pobreza del suelo hace casi imposible poder sustentarse de sus frutos; la falta de caminos hace difícil la explotación de los bosques; la inaccesibilidad del lugar durante gran parte del año imposibilita toda ayuda rápida en casos de gran escasez, de incendio, de aludes o de epidemia.

Los acontecimientos posteriores confirmarán varias veces estos temores. El sábado 30 de enero de 1132 un enorme alud sepultó todas las celdas menos una, matando a seis ermitaños y a un novicio. Fue entonces cuando se vio la necesidad de alejarse de aquel recodo extremo del desierto y replegarse unos dos kilómetros hacia el sur; en las estribaciones más bajas de la cordillera, donde se halla la actual Gran Cartuja, se levantó el nuevo monasterio, menos expuesto a los peligros de los aludes.

Bruno ha superado ya los cincuenta años de edad. Sus compañeros, sobre todo Landuino, tampoco son jóvenes. ¿Qué secreto, qué tesoro, qué perla preciosa han descubierto para encerrarse en la soledad, para afrontar la dureza de vida que evoca Guigo en Las Consuetudines? ¿Qué descubrimiento les ha inducido a permanecer para siempre "entre tanta nieve y con un frío tan escalofriante"?

Este es el misterio de la llamada de Dios, que tiene la fuerza de llevarles a buscar una vida de permanente contemplación, con una entrega absoluta al amor. Es el misterio del amor, que les lleva a esconder sus vidas en el ocultamiento total, anonadándose con Cristo anonadado. Es el anhelo de seguir a Cristo, que se retiraba a orar en el desierto, en el monte, en Getsemaní, pasando las noches enteras en oración. Es el misterio de la Iglesia que prolonga la existencia de Cristo en cada época de la historia. Misterio de soledad y de presencia en el mundo, de silencio y de irradiación evangélica, de sencillez y de gloria de Dios.

Es el misterio de la vocación de Bruno. Sus compañeros le llaman "Maestro Bruno", no sólo porque es el mayor y ha sido antes profesor en Reims, sino por deferencia y respeto. Bruno ejerce sobre ellos un ascendiente espiritual, tanto por su pasado como por la autoridad que en cada instante emana de su persona. Si han venido al desierto de Chartreuse, si se han decidido a esta empresa tan audaz, es porque él les ha arrastrado tras de sí; porque les ha hecho sentir la llamada de Dios y porque les inspira confianza. Tanta bondad, tanto equilibrio, tan gran deseo de buscar a Dios con amor absoluto y total les ha fascinado y continúa fascinándoles.

Apenas llegan a Chartreuse, Bruno y sus compañeros se dedican a construir las primeras cabañas. Una tradición de la comarca cuenta que, durante los primeros días, los solitarios se hospedan en algunas casas de Saint-Pierre de Chartreuse. A Bruno le recibe la familia Brun, que, además, le proporciona la madera necesaria para construir su celda. Con la familia Brun se recuerdan los nombres de otros dos habitantes de la Ruchère, Molard y Savignon, que se encargan de cocer el pan de los ermitaños y de llevárselo. Es necesario terminar los trabajos rápidamente, antes de las primeras nevadas. Para ello sólo disponen de tres meses. Mientras preparan algunas tierras para el cultivo, van construyendo las celdas alrededor de una fuente. Se trata de unas celdas parecidas a las cabañas de los leñadores y pastores que, con el aspecto de pequeños chalets, se ven aún hoy día en las regiones alpinas. Construcciones toscas, pero sólidas, hechas de troncos ensamblados y cubiertos de gruesas tablas, puestas de modo que resistan el peso de las nevadas. Muy pronto cada ermitaño tiene su celda personal. El agua de la fuente llega a cada celda por canalizaciones que, al principio, son troncos o ramas de árboles ahuecados.

Unicamente la iglesia se construye de piedra. El dos de septiembre de 1085, el obispo Hugo la consagra bajo la advocación de la Santísima Virgen y de San Juan Bautista. Al ser inaugurada, San Hugo firma el acta de fundación, con la que concede a los ermitaños la propiedad del desierto. Pocos años después, a instancias del mismo obispo, se erige un auténtico monasterio en forma de cruz, y las celdas se convierten en casas de tres dependencias, dando todas ellas a un pasillo común. Este plan, probablemente, no agrada plenamente a Bruno, pero se amolda a los planes del obispo, y queda como modelo para todas las posteriores cartujas.

Las celdas se abren a un corredor cubierto, de unos 35 metros, que "llega casi hasta el pie del peñascal" y permite ir bajo techo al Capítulo, al refectorio y, sobre todo, a la iglesia, donde celebran la Eucaristía conventual y cantan en comunidad Maitines y Vísperas los días ordinarios. Los domingos y días de fiesta cantan en la iglesia casi todo el Oficio. El resto del Oficio lo recitan en las celdas, donde viven casi todo el tiempo, entregados a la oración, a la lectura y al trabajo manual, que consiste principalmente en cotejar o transcribir manuscritos, sobre todo, de la Biblia y de los Padres de la Iglesia.

Las celdas de los hermanos conversos están separadas de las de los padres, unos trescientos metros más abajo, donde da más el sol y dura menos la nieve. Estos hacen los trabajos materiales necesarios para la vida de la comunidad, de la que ellos forman parte. Se encargan de cultivar las tierras, de cuidar el ganado, cortar leña y de la conservación de los edificios. De este modo protegen la oración y soledad de los ermitaños, entregándose también ellos, en cuanto el tiempo les permite, a la vida contemplativa. Padres y hermanos, enamorados de Dios, se organizan entre sí, según la vocación particular de cada uno, para que de sus vidas unidas brote la contemplación del amor de Dios.

Guiberto de Nogent nos ha trasmitido este testimonio de la vida de los primeros cartujos. Describe la Cartuja de 1114, que cuenta con 38 años de existencia. Comienza describiendo el lugar escogido por Bruno para su eremitorio, diciendo que es "como un promontorio elevado y formidable, al que conduce un camino dificilísimo y muy poco frecuentado". Después continúa:

La iglesia de los ermitaños está levantada casi al borde del roquedal. Se prolonga por un cuerpo de edificio ligeramente curvado en el que viven trece monjes. Tiene un claustro bastante cómodo para los ejercicios de la vida cenobítica, pero no hacen vida de comunidad en el claustro, como los demás monjes, sino que cada uno dispone de una celda particular contigua al claustro, en la que trabaja, duerme y toma su comida en completo aislamiento. El domingo reciben del despensero el pan y las legumbres necesarias para la semana. Las legumbres son el único alimento que toman cocido y se lo han de cocer ellos mismos. El agua la toman de una fuente que, debidamente canalizada, pasa por todas las celdas. Los domingos y solemnidades comen queso y pescado cuando las buenas gentes se lo regalan, pues ellos nunca lo compran. Cuando beben vino, está tan aguado que casi no tiene fuerza, ni apenas es mejor que el agua. No conocen el oro ni la plata, como ornato de la iglesia; no poseen más que un cáliz. Oyen misa los domingos y días de fiesta; apenas hablan; cuando de ello tienen necesidad, lo hacen mediante signos. Obedecen a un prior y el obispo de Grenoble, varón de extraordinaria santidad, les hace de abad. Como el terreno es malo y estéril poseen pocos campos de trigo; en cambio, tienen un buen rebaño de ganado, con cuya venta aseguran su subsistencia. Aunque son sumamente pobres, poseen una buena biblioteca. El alimento material es escaso, pero tienen en abundancia el alimento espiritual de la doctrina. Este lugar se llama Chartreuse. En la falda del monte hay un grupo de edificios donde vive una veintena de laicos muy fieles, que trabajan bajo la responsabilidad de los ermitaños. Estos viven tan entregados al fervor de la contemplación que no se han desviado de su fin primitivo con el correr de los años y, a pesar de su austeridad de vida, el tiempo no ha menguado su fervor. Se diría que trabajan con tanto mayor ardor por adquirir el alimento eterno, cuanto menos se preocupan del terreno.

Otro testimonio importante, que confirma estos datos, es el de Pedro el Venerable, abad de Cluny, que escribe hacia 1150, aunque conoce la Gran Cartuja desde 1120, cuando era prior de Domène, monasterio benedictino situado no muy lejos de Grenoble. Desde entonces mantuvo una correspondencia amistosa con los priores de Chartreuse. E, incluso después de salir de Domène, hace varias visitas a sus amigos del desierto, cuya vida admira. Su testimonio es directo y personal:

En una región de Borgoña se practica una forma monástica que aventaja con mucho a todas las demás europeas en santidad y valor espiritual. Ha sido fundada en nuestra época por algunos hombres de gran valía y temerosos de Dios. A la manera de los antiguos monjes de Egipto, vive cada uno en su celda en perpetua soledad. Allí se entregan sin interrupción al silencio, a la lectura, a la oración y también al trabajo manual, sobre todo, a la copia de libros. Sus hábitos son mas pobres que los del resto de los monjes y tan cortos y delgados que se estremece uno al verlo. Llevan camisas de pelo sobre el cuerpo y ayunan casi continuamente. Sólo comen pan negro y jamás prueban la carne, ni siquiera cuando están enfermos. Pasan el tiempo en la oración, la lectura y el trabajo, sobre todo, copiando libros. Se reúnen en la Iglesia a unas horas especiales, distintas de las nuestras. Sólo celebran la misa los domingos y días de fiesta. A toque de campana recitan en sus celdas parte del Oficio canónico, o sea, Prima, Tercia, Sexta y Completas. Para Vísperas y Maitines, se reúnen todos en la Iglesia. De este ritmo de vida se apartan en algunas fiestas; entonces toman dos comidas y, como los monjes cenobitas, cantan en la iglesia todas las horas regulares; comen en el refectorio común, una vez después de Sexta y otra después de Vísperas. Guardan gran recogimiento; recitan el Oficio con los ojos bajos y el corazón en las alturas, mostrando, por la gravedad de su compostura, el sonido de su voz y la expresión de su rostro, que todo en ellos, tanto el hombre exterior como el interior, está absorto en Dios. Los Cartujos muestran un gran desinterés, no queriendo poseer nada fuera de los límites que se han fijado.

La vida eremítica, -que tanto admiran Guiberto de Nogent y Pedro el Venerable-, supone muchas penitencias y renuncias, vigilias y abstinencias, pero Las Consuetudines apenas las mencionan, pues en sí mismas no tienen valor ni importancia. Sólo condimentadas con la sal de la obediencia cobran sabor e importancia en la vida espiritual. El negarse a sí mismo en la obediencia es lo que permite abrir el espíritu a la acción de Dios. La obediencia, con el silencio y la soledad, cierra la puerta al mundo y a sus vanidades, de modo que el alma puede entregarse más libremente a Dios. Reduciendo el espacio a las apetencias de la carne se dilata el espacio de la caridad. Hasta las horas dedicadas al descanso están señaladas en las Consuetudines. El monje se santifica hasta en el sueño, pues va a dormir por obediencia. El prior se preocupa con solicitud de la salud de los monjes. El cuida del sueño y de la alimentación, pues un monje enfermo no puede entregarse a la contemplación y demás ejercicios de la vida eremítica. Con discreción regula el fervor de cada monje para que no caiga en la tentación de entregarse a penitencias excesivas. El deseo de singularidades lleva a la indiscrección y a la soberbia más que a la santidad. Sólo la obediencia libra al monje de esta tentación. La obediencia es, pues, el corazón de la Cartuja. "Como oveja llevada al matadero" el monje acepta la voluntad de Dios en la obediencia al prior, que según su criterio, disminuye o aumenta los rigores de la regla. Las Consuetudines "ni siquiera mencionan la pobreza o la castidad, pues la obediencia las lleva en sí, como la madre lleva en su seno el hijo".

El monje es "el sabio que tiene los ojos en la cabeza" (Qo 2,14), es decir, en Cristo. Con los ojos iluminados por la llamada de Cristo (Mt 11,28), camina detrás de él, por él y hacia él, pues Cristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Su corazón susurra constantemente la oración del salmo: "Llévame por tu camino, para que alcance tu verdad y se alegre mi corazón con tu vida" (Sal 86,11). Y, con agradecimiento, confiesa: "Me has tomado con tu mano derecha y me has conducido a tu verdad, introduciéndome en tu gloria" (Sal 73,23-24). Porque eres el camino me tomaste con tu mano derecha para llevarme detrás de ti; porque eres la verdad me has conducido según tu santa voluntad; y, por ser la vida, me has llevado a ti, haciéndome partícipe de tu gloria.

 

San Bruno Fundador de la Orden de los Cartujos


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