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SAN BRUNO - MELODIA DEL SILENCIO: 14. LA PARTE MEJOR

Emiliano Jiménez Hernández

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Contenido
14. LA PARTE MEJOR

a) Noveno centenario

b) Carta de Pío IX

c) Carta de Pablo VI

d) Carta de Juan Pablo II

 

San Bruno Fundador de la Orden de los Cartujos


 

14. LA PARTE MEJOR


a) Noveno centenario

En 1984, Juan Pablo II ha querido participar en el noveno centenario de la fundación de la Cartuja. En Santa María de La Torre les dice a los sucesores de Bruno:

En el rápido correr de los acontecimientos, que atrapan a los hombres de nuestro tiempo, es necesario que vosotros, mirando continuamente al espíritu original de vuestra Orden, permanezcáis firmes con voluntad inquebrantable en vuestra santa vocación. Pues nuestro tiempo tiene necesidad del testimonio y del servicio de vuestra forma de vida. Los hombres de hoy, divididos por opiniones divergentes y frecuentemente turbados por el fluctuar de las ideas, inducidos incluso a peligros de orden espiritual por la publicación de una multitud de escritos y sobre todo por los medios de comunicación que tienen un gran poder sobre los espíritus, pero que a veces se manifiestan en oposición con la doctrina y la moral cristianas, tienen necesidad de buscar el absoluto, y de verlo en cierto modo probado por un testimonio de vida. Darles este testimonio es vuestra misión. Y también los hijos y las hijas de la Iglesia que se dedican a las actividades apostólicas deben, en medio de las realidades fluctuantes y transitorias del mundo, apoyarse sobre la estabilidad de Dios y de su amor, que ven testimoniada en vosotros, que sois partícipes de ellas de un modo especial en esta peregrinación terrena.

Vosotros, si bien con la debida y justa adaptación a los tiempos, debéis, sin descanso, volver al espíritu original de vuestra Orden y perseverar irremoviblemente en vuestra santa vocación... Es necesario que vosotros, actuales seguidores de aquel gran hombre de Dios, que fue san Bruno, recojáis su testimonio, viviendo el espíritu de amor a Dios en la soledad, en el silencio y en la oración, como quienes "esperan al patrón que vuelve de las bodas, para abrirle en seguida, apenas llegue y llame" (Lc 12,36)...

El Fundador os invita a reflexionar sobre el sentido profundo de la vida contemplativa, a la que Dios llama en cada época de la historia a las almas generosas. El espíritu de la Iglesia es para almas fuertes... El trabajo sobre el carácter, la apertura a la gracia divina, la asidua oración, todo sirve para forjar en el cartujo un espíritu nuevo, templado en la soledad para vivir para Dios en actitud de disponibilidad total....

Los Papas han sido siempre los defensores de los carismas particulares que el Espíritu Santo suscita sin interrupción en la Iglesia. Los cartujos nacieron con la bendición de Urbano II y nunca les faltó el consuelo, el apoyo y hasta la defensa del Papa. En las tres cartas siguientes brilla este aprecio por Bruno y por la vida contemplativa:


b) Carta de Pío IX

Ciertamente se debe decir que han elegido la parte mejor, como María de Betania, aquellos religiosos que, por profesión, viven escondidos y separados del tumulto y de las locuras del mundo, y consagran todas sus energías a la contemplación de los divinos misterios y de las verdades eternas, elevando al Señor continuas e insistentes plegarias por la difusión y prosperidad de su reino, solícitos por lavar y expiar con la penitencia espiritual y corporal, prescrita o voluntaria, no tanto las propias culpas como las ajenas.

De hecho, no se podría proponer, a quien se sienta llamado, ningún género o norma de vida más perfecto que éste, en el que cuantos viven en el claustro la íntima unión con Dios y la santidad interior, en tanta soledad y silencio, contribuyen admirablemente a hacer más espléndido el tesoro de santidad que la Esposa inmaculada de Jesucristo ofrece a la admiración y a la imitación de todos.

No es extraño, pues, que los escritores de los siglos pasados, deseando exaltar la oración de los solitarios y mostrar su eficacia, la hayan comparado con la oración de Moisés. Todos conocen el episodio al que aluden: Habiendo entablado Josué batalla contra los amalecitas en la llanura, Moisés, sobre la cima del monte cercano, oraba con fervor a Dios para que concediera la victoria a su pueblo. Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos al cielo, prevalecía Israel; pero, apenas las bajaba por el cansancio, prevalecían los amalecitas. Entonces Aarón y Jur se colocaron a los lados de Moisés y le sostuvieron los brazos hasta que Josué salió victorioso del combate.

Este episodio expresa de forma eficaz el valor de la oración de los contemplativos, que encuentran un válido apoyo en el augusto sacrificio del altar y en la práctica de la penitencia, representados en cierto modo por Aarón y Hur. Pues, como hemos dicho, es una ocupación habitual y prerrogativa de aquellos solitarios el ofrecerse y consagrarse a Dios como víctimas de propiciación para su salvación y la del prójimo, en calidad de representantes oficiales del género humano. Por ello, desde los albores de la Iglesia, echó raíces y se desarrolló este género de vida tan perfecto, del que toda la cristiandad recibe un beneficio superior a cuanto se pueda imaginar.

Sin hablar aquí de los ascetas, que desde los comienzos del cristianismo vivían en sus familias con tanta austeridad que san Cipriano les consideraba como "la porción más ilustre de la grey del Señor", la historia nos narra cómo muchos fieles de Egipto, perseguidos por el emperador Decio por su fe, se refugiaron en una zona desierta de su nación, y luego, una vez restituida la paz de la Iglesia, continuaron practicando la vida eremítica, pues habían experimentado lo apropiada que era esa forma de vida para alcanzar la perfección. Algunos de estos anacoretas, de los que se decía que eran tan numerosos como los habitantes de las ciudades, se decidieron a vivir completamente separados del consorcio de los hombres, mientras que otros, siguiendo el ejemplo de san Antonio, se congregaron en las lauras. Así, poco a poco, surgieron las Ordenes monásticas, que, gobernadas y regidas por Reglas particulares, se difundieron en seguida por todo el Oriente y, después, se establecieron también en Italia, en las Galias y en Africa proconsular, construyendo monasterios por todas partes.

Este género de vida que permitía a los monjes, que vivían cada uno en el secreto de la propia celda, aplicar el espíritu de modo exclusivo a la contemplación de las realidades celestes, exonerados y libres de todo ministerio exterior, se reveló de una utilidad admirable para la comunidad cristiana. Pues el clero y el pueblo de aquel tiempo no podían por menos de reconocer la máxima utilidad del testimonio de aquellos hombres que, abrazando por amor a Cristo las prácticas más perfectas y austeras, imitaban la vida interior y escondida que él mismo llevó en la casa de Nazaret, a fin de "completar lo que falta a su Pasión".

Pero, con el correr de los años, la vida puramente contemplativa se volvió más rara y terminó por extinguirse casi del todo, porque si es verdad que los monjes deberían haber permanecido extraños a la cura de almas y a los ministerios exteriores, sin embargo comenzaron a asociar a la meditación y a la contemplación de las realidades divinas los ejercicios de la vida activa, bien porque creyeron necesario ayudar al clero, insuficiente para tantas necesidades -y los obispos no dejaron de animarlos a ello-, bien porque creyeron conveniente asumir el encargo de la instrucción del pueblo promovida por Carlo Magno. A esto hay que añadir también los daños que causaron a los monasterios las perturbaciones políticas de aquella época. Por todo esto es fácil comprender cuán indispensable era, para reanimar a la Iglesia, volver de nuevo al antiguo esplendor de aquel género de vida tan santo, que durante años había florecido en los cenobios, de modo que nunca volviesen a faltar almas completamente dedicadas a la oración, exentos de cualquier ministerio, para suplicar sin tregua la misericordia divina y atraer sobre el mundo, tan olvidado de la propia santificación, dones de todo género.

Y he aquí que Dios, que en su misericordia no cesa de proveer en todo tiempo a las necesidades de la Iglesia, eligió a Bruno, hombre de gran virtud, para que llevase de nuevo la vida contemplativa al esplendor de la pureza primigenia. Bruno, a su vez, instituyó la Orden de los cartujos y, después de haberles empapado de su espíritu, les dejó aquellas reglas austeras que, mientras hacen recorrer rápidamente a sus religiosos la vía de la santidad interior, les aleja de toda obligación de ministerios y oficios exteriores y les mantiene aplicados con perseverancia y coraje a los ejercicios de una vida uniformemente rígida y austera. Nadie ignora cómo luego los cartujos han conservado fielmente por casi nueve siglos el espíritu de su fundador, sin haber tenido necesidad, como otras Ordenes, de ninguna reforma.

Así, pues, ¿quién no admirará a estos monjes que se han separado completamente, como segregados, de toda la vida del consorcio de los demás hombres, para poder proveer a la salvación eterna de sus hermanos mediante un verdadero apostolado de silencio y recogimiento? Vive cada uno en la propia celda, observando tan estrictamente la soledad que no se apartan de ella por ningún motivo, por ninguna necesidad, en ningún tiempo del año; a horas determinadas, del día y de la noche, se reúnen en el templo, no para salmodiar como se hace en otras Ordenes, sino para cantar, con voz viva y rotunda, todo el Oficio divino, sin el sostén de ningún instrumento y según las antiquísimas melodías gregorianas de sus códices. ¿Cómo es posible que el Dios de las misericordias no escuche los deseos de estas almas fervorosas que le suplican por la Iglesia y por la conversión de los hombres?

Por tanto, como a san Bruno no le faltó la benevolencia de nuestro predecesor Urbano II, un tiempo discípulo del doctísimo y santísimo hombre de las escuelas de Reims, y que, elegido Papa, lo quiso tener a su costado como consejero; así pues, la Orden de la Cartuja, tan recomendable por su misma simplicidad y por la santa rusticidad de su vida, ha gozado siempre de un especial aprecio de parte de la Santa Sede. Y no es menor el afecto que Nos sentimos por esta Orden tan benéfica y el deseo de que prospere y se propague siempre más y más. Pues, si hubo un tiempo en que se advirtió la necesidad de anacoretas en la Iglesia de Dios, eso se verifica sobre todo en nuestros días, en que vemos a tantos cristianos que, olvidados totalmente de la consideración de las realidades celestes y perdido hasta el pensamiento de su eterna salvación, corren desenfrenadamente detrás de las riquezas de la tierra y de los placeres del cuerpo, viviendo en privado y en público como paganos, en oposición al Evangelio.

Y si hay aún quien piensa que ciertas virtudes, injustamente llamadas pasivas, están ya superadas y que se deba sustituir la antigua disciplina monástica por el ejercicio más cómodo y menos fatigoso de las virtudes activas, esta idea ya fue rechazada y condenada por nuestro predecesor, León XIII, en su carta Testem benevolentiae del 22 de enero de 1899, y cada uno por sí mismo puede comprender cuán dañina e injuriosa es esa teoría para el concepto y la práctica de la perfección cristiana.

En realidad -y es fácil comprenderlo- sirven más a la Iglesia y a la salvación de los hombres quienes se dedican asiduamente a la oración y a la penitencia que no quienes cultivan, trabajando, el campo del Señor. Si los primeros no atrajeran del cielo la abundancia de las gracias divinas sobre el terreno que los obreros del Evangelio deben regar, éstos obtendrían de sus fatigas frutos mucho más pobres.

Los Estatutos, por los que se rige la Orden, le pareció bien a nuestro predecesor Inocencio XI acogerlos "bajo el válido patrocinio de la Sede apostólica" y los aprobó de forma específica con la Constitución Iniunctum nobis del 27 de marzo de 1688, en la que leemos el magnífico elogio de aquellos religiosos, tanto más valioso por provenir de un Pontífice de vida tan santa. El no dudó en afirmar, como ya habían reconocido los romanos pontífices predecesores suyos, que la Orden de los cartujos era "un excelente árbol plantado por la diestra de Dios en el campo de la Iglesia militante, y siempre fecundo en frutos de santificación", por lo que él mismo llevaba en el corazón "esta Orden y sus miembros, que no cesan de servir al Señor en la contemplación de las sublimes verdades divinas".

Y, como ahora se trataba de conformar los mismos Estatutos a las normas del Código de Derecho canónico, se han reunido en Capítulo general los cartujos destinados para esta tarea, para estudiar y llevar a buen término la revisión deseada. Y el resultado ha sido satisfactorio, porque han sido abrogados aquellos puntos de la regla y aquellas costumbres que, dejando intacta la esencia de la Orden, habían caído en desuso o no parecían convenientes para nuestros tiempos, y se han incluído algunas prescripciones de los precedentes Capítulos generales. (Sigue el texto de los Estatutos)
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 8 de julio de 1924, año tercero de nuestro pontificado.

 

Los cartujos




c) Carta de Pablo VI

Justamente se afirma que han elegido la "parte mejor" (Lc 10,41) aquellos que, liberados del tumulto de las cosas del mundo, sirven a Dios con una consagración total en la soledad del cuerpo y del corazón. Pues ellos, despojándose de lo que en el tumulto de la muchedumbre frena al alma en la contemplación de las verdades divinas, pueden vivir con más facilidad aquello que, como ha afirmado espléndidamente san Teodoro Estudita, es el fin específico del monje: "El monje es el que fija la mirada sólo sobre Dios, desea ardientemente sólo a Dios, se ha consagrado sólo a Dios y se esfuerza por rendirle un culto indiviso; está en paz con Dios y se convierte en fuente de paz para los demás".

Esta es, sin duda alguna, una forma singular de vida, con la que de algún modo se anticipa el modo de vivir de los habitantes de la Jerusalén celestial. Por tanto, a aquellos que viven esta vocación solitaria se les puede aplicar de modo singular lo que san Agustín dijo de las vírgenes: "Cuanto mejores sois vosotras que comenzáis antes de la muerte a ser lo que los hombres serán después de la resurrección".

Sin embargo, no se debe considerar a los eremitas como extraños al cuerpo de la Iglesia y a la comunidad de los hombres, pues, como claramente ha afirmado el Vaticano II, "la vida contemplativa es necesaria para la plena presencia de la Iglesia", y "los contemplativos estimulan con su testimonio al pueblo de Dios y lo acrecientan con una misteriosa fecundidad apostólica".

La Orden de los cartujos, con rara fidelidad, ha conservado en su pureza e integralmente esta vida segregada del mundo y unida a Dios, recibida como una herencia de sus Padres, y esto se convierte en su alabanza y honor. Interesa, pues, a toda la Iglesia que siga floreciendo, o sea, que sus miembros, deseando dar a Dios la gloria que le es debida, gasten incesantemente todas sus fuerzas en su adoración.

Con este culto sincero e indiviso la Orden de los cartujos no solamente aporta un grande y seguro beneficio al pueblo de Dios, sino que ofrece también una no pequeña ayuda a todos los hombres, a todos aquellos que buscan la vía de la vida y necesitan de la gracia divina; la contemplación y la oración constante se deben, por ello, estimar como un servicio y un don de primerísima importancia, que beneficia al mundo entero.

Esta intensa mirada interior que, en cuanto lo permite la condición humana, se dirige a Dios sin interrupción en la forma más inmediata, une en modo único a los mismos monjes con la bienaventurada Virgen María, que ellos suelen llamar Madre particular de los cartujos.

Es conveniente, pues, que nosotros testimoniemos nuestro paterno y particular afecto y nuestra gran estima a esta Orden. Ella, según se nos ha hecho conocer, celebrará dentro de poco un especial Capítulo general que, en las circunstancias actuales, será de suma importancia, pues se trata de revisar los Estatutos de la Orden. Nos sentimos, por tanto, movidos a comunicaros, por medio de esta carta, lo que la Iglesia espera de los cartujos y que consideramos será útil para que orientéis bien el trabajo del próximo Capítulo.

Vuestra Orden, como es sabido, comprende monjes obligados al coro y hermanos conversos o donados, unidos por estrechos lazos de fraternidad, de respeto recíproco y del propósito común de servir a Dios y unirse a él. Por tanto, en vuestros Estatutos, que ahora vais a examinar, debe expresarse más claramente que todos sois partícipes del único y mismo patrimonio espiritual, en cuanto que la vocación monástica la pueden vivir con plenitud tanto los sacerdotes como los hermanos conversos o los donados.

Los monjes obligados al coro, en la Orden, casi desde los comienzos, son sacerdotes o religiosos que se preparan a recibir la sagrada ordenación. Hoy, hay algunos que piensan que no es conveniente que los cenobitas o eremitas, que no ejercen nunca el sagrado ministerio, se revistan del sacerdocio. Pero esta opinión, como ya hemos dicho en otro lugar, no tiene ningún fundamento seguro ni estable. En realidad, muchos santos y muchísimos religiosos han unido la profesión de vida monástica, incluso eremítica, con el sacerdocio, porque tenían bien clara la armonía existente entre la dos consagraciones, es decir, la del presbítero y la propia del monje. En realidad la soledad, en la que se vive en total disposición para Dios solo, el absoluto desprendimiento de los bienes de este mundo, la negación de la propia voluntad, cosas que ejercen quienes se encierran entre los muros del monasterio, preparan de un modo único el alma del sacerdote para celebrar con piedad y ardor el sacrificio eucarístico, que es "fuente y culmen de toda la vida cristiana". Además, cuando al sacerdocio se une la plena entrega de sí mismo con la que el religioso se consagra a Dios, él es configurado de modo particular con Cristo que es al mismo tiempo Sacerdote y Víctima.

El Concilio Vaticano II, cuando ha hablado de los presbíteros y de sus obligaciones, ha afirmado justamente que forma parte de su ministerio la cura del pueblo de Dios. Pero en realidad esta cura vosotros la ejercéis celebrando el sacrificio eucarístico, que soléis celebrar diariamente. Esta celebración normalmente la hacéis en vuestras celdas eremíticas, es decir, en una sagrada soledad, de la que el espíritu del monje, fijo en el misterio de Dios, saca más abundantemente el Espíritu de luz y amor.

Por tanto, vuestra vocación, si os adherís a ella con profundidad, hace que la intención universal, que es indisolublemente inherente al sacrificio eucarístico, se haga la intención de cada monje que celebra. El mismo Concilio Vaticano II ha proclamado con palabras claras esta plenitud de la caridad eucarística: "En el misterio del sacrificio eucarístico, en el que los sacerdotes cumplen su tarea principal, se ejerce continuamente la obra de nuestra salvación, por la que se recomienda con fuerza la ofrenda diaria, que es siempre un acto de Cristo y de la Iglesia, incluso cuando no se puede tener la presencia de los fieles"

Sin duda alguna, vuestro Capítulo general hará todos los esfuerzos para que se conserve religiosamente el espíritu de vuestros fundadores, y continúe plena de vigor la obra a la que a lo largo de los siglos os habéis consagrado, movidos por el Espíritu, bajo la guía de los Estatutos de la Orden. Guiados por este deseo, retenéis oportuno expresar algunos puntos de vuestras Constituciones de modo que resulten más claros y se orienten a quienes los leen de un modo más inmediato. Además, teniendo justamente en cuenta las condiciones de la mentalidad y de las condiciones de vida debidas al progreso actual, deberéis eliminar algunas cosas que están ya superadas. Al mismo tiempo, sin embargo, repristinar de modo conveniente algunas costumbres antiguas que, debido a los cambios, han perdido su eficacia o se ha ofuscado su significado.

Esto se refiere particularmente a vuestro modo de celebrar la sagrada liturgia. Siguiendo, pues, las normas dadas en esta materia por la Sede apostólica, vosotros tratáis de restituir al rito de la Misa su antigua simplicidad y, al mismo tiempo, por lo que se refiere al ciclo litúrgico, estáis tratando de restablecer aquella ordenación que da más relieve al orden "del tiempo" de modo que se enriquezca también vuestro leccionario.

Con razón, pues, bien dispuestos a acoger los decretos de la Sede apostólica, tenéis motivos para creer que se os mostrará favorable también en esto. La Sede apostólica, ciertamente, no ignora que la liturgia de los monjes solitarios se debe adaptar a su género de vida, pues en ella debe prevalecer el culto interior y la meditación del misterio que se nutre de una fe viva. De hecho, los eremitas, a diferencia de los otros fieles, toman parte en las celebraciones litúrgicas más con la comunión del espíritu, de modo que, aunque la parte exterior y visible sea menos manifiesta, comporta sin embargo una participación real e intensa. Para ello, vuestra vocación ha formado poco a poco un rito particular que vosotros os esforzáis en salvaguardar, por ser más conforme con vuestra vida contemplativa y solitaria. La Iglesia, por su parte no desaprueba un cierto pluralismo en cuanto a la expresión externa del sentimiento religioso y la manifestación exterior del culto divino, porque a esto conducen los diversos modos de buscar a Dios y de adorarlo. Ella, pues, favorece las sanas tradiciones monásticas que, custodiadas con amor, contribuyen no poco a acrecentar la fe y el fervor espiritual del que han surgido.

Os queríamos escribir esto con espíritu lleno de afecto a ti y a toda la Orden de cartujos, tan querida para nosotros, en la vigilia del especial Capítulo general. Rogamos intensamente al Padre de la luz para que asista benévolo a quienes tomarán parte en este Capítulo, para que éste contribuya abundantemente al progreso de esta familia religiosa y sus deliberaciones sean acogidas con esmero obediente y de paz.

Estos deseos se hagan eficaces por la bendición apostólica que con gusto os imparto a ti, querido hijo, y a todos los monjes confiados a tus cuidados.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 18 de abril del año 1971, octavo de nuestro pontificado. Pablo VI.

 

San Bruno Fundador de la Orden de los Cartujos

 




d) Carta de Juan Pablo II

"Dedicarse al silencio y a la soledad de la celda", como es sabido, es la más importante aplicación y vocación de la Orden de los cartujos, que tú presides. Sus miembros, siguiendo la singular llamada de Dios, han pasado "de la tempestad de este mundo al descanso seguro y tranquilo del puerto" para vivir sólo de Dios.

La Orden de los cartujos se esfuerza por conducir tal "vida escondida con Cristo" (Col 3,3), con laudable energía y firmeza, desde hace ya novecientos años. Esto hay que resaltarlo en este tiempo en que se celebra la memoria de su fundación. En efecto, San Bruno, hombre eminente, inició con algunos compañeros esta forma de vida separada del mundo en un lugar llamado Cartuja en la diócesis de Grenoble, hacia el 24 de junio del año 1084, en el día dedicado a san Juan Bautista, "el más grande entre los profetas y eremitas", que los cartujos veneran como celestial patrón después de la beatísima Virgen María.

Conmemorando un acontecimiento tan feliz, unimos nuestra alegría a la vuestra y, congratulándonos con todo el corazón de tan perseverante fidelidad, queremos aprovechar esta circunstancia para expresar a toda la familia cartujana nuestra particular estima y nuestro paterno amor.

Desde los primeros siglos de la Iglesia, como es sabido, han vivido algunos eremitas dedicados a la oración y al trabajo en el desierto, hombres "que dejaron todo, habiendo abrazado una vida celeste"; de ellos surgió la vida religiosa. Su testimonio provocó la admiración de los hombres e incitó a muchos a la práctica de la virtud. San Jerónimo, por citar un testimonio entre muchos otros, exaltó con palabras ardientes esta vida escondida de los monjes: "¡Oh desierto, adornado de flores de Cristo! ¡Oh soledad, donde nacen las piedras con que se construye la ciudad del gran Rey, según la visión del Apocalipsis! ¡Oh eremo, donde se gusta más familiarmente a Dios!".

En diversas ocasiones los romanos pontífices han aprobado esta vida segregada del mundo y, recientemente, lo han hecho en relación a vosotros Pío XI en la constitución apostólica Umbratilem y Pablo VI en la carta que te mandó para el Capítulo general. También el concilio Vaticano II exaltó esta vida solitaria, con la que los habitantes del desierto siguen de modo más cercano a Cristo entregado a la contemplación sobre el monte, y afirmó su fecundidad misteriosa para la Iglesia. Y finalmente el nuevo Código de derecho canónico reafirma con fuerza esta verdad, declarando que "los institutos dedicados enteramente a la contemplación tienen siempre un puesto eminente en el cuerpo místico de Cristo" (c. 674).

Todo esto vale para vosotros, queridos monjes y monjas de la Orden cartujana, que, extraños al rumor del mundo, "habéis elegido la parte mejor" (Lc 10,41).

Por tanto, en el rápido correr de los acontecimientos que atrapan a los hombres de nuestro tiempo, es necesario que vosotros, mirando continuamente al espíritu original de vuestra Orden, permanezcáis firmes con voluntad inquebrantable en vuestra santa vocación. Pues nuestro tiempo tiene necesidad del testimonio y del servicio de vuestra forma de vida. Los hombres de hoy, divididos por opiniones divergentes y frecuentemente turbados por el fluctuar de las ideas, inducidos incluso a peligros de orden espiritual por la publicación de una multitud de escritos y sobre todo por los medios de comunicación que tienen un gran poder sobre los espíritus, pero que a veces se manifiestan en oposición con la doctrina y la moral cristianas, tienen necesidad de buscar el absoluto, y de verlo en cierto modo probado por un testimonio de vida.

Darles este testimonio es vuestra misión. Y también los hijos y las hijas de la Iglesia que se dedican a las actividades apostólicas deben, en medio de las realidades fluctuantes y transitorias del mundo, apoyarse sobre la estabilidad de Dios y de su amor, que ven testimoniada en vosotros, que sois partícipes de ellas de un modo especial en esta peregrinación terrena.

La misma Iglesia, que como Cuerpo místico de Cristo tiene entre sus principales tareas el deber de ofrecer incesantemente el sacrificio de alabanza a la Majestad divina, tiene necesidad de esa vuestra piadosa solicitud, con la que diariamente "perseveráis en las vigilias divinas".

Hay que reconocer, sin embargo, que vuestra vida eremítica en estos tiempos, en los que quizás se da demasiada importancia a la actividad, no es suficientemente comprendida y justamente estimada, sobre todo en vistas a la falta de obreros en la viña del Señor. Contra estas opiniones es preciso afirmar que los cartujos, también en nuestro tiempo, deben salvaguardar integralmente la auténtica fisonomía de su Orden. Esto está perfectamente de acuerdo con el nuevo Código de derecho canónico, que, aunque recuerde la urgente necesidad del apostolado activo, protege el carácter específico de la vocación de los miembros de los Institutos puramente contemplativos. Y esto por el servicio que ellos ofrecen al pueblo de Dios "al que estimulan con su ejemplo y dilatan con una misteriosa fecundidad apostólica" (c. 674).

Por tanto, si por este motivo los miembros de vuestra familia "no pueden ser llamados a prestar la ayuda de su acción en los diversos ministerios pastorales" (c. 674), vosotros no debéis prestarla, ni siquiera extraordinariamente en esa otra forma de apostolado, consistente en acoger a las personas deseosas de pasar algún día en la santa soledad de vuestros monasterios, porque esto no concuerda con vuestra vocación eremítica.

Sin duda, los numerosos y rápidos cambios de la sociedad contemporánea, las nuevas teorías psicológicas que influyen en los espíritus, sobre todo de los jóvenes, y la tensión nerviosa de la que hoy sufren todos, pueden hacer surgir dificultades en las comunidades cartujanas, especialmente entre los que están aún en el período de formación. Por ello, os debéis comportar con prudencia y con firmeza -sin descuidar esfuerzo alguno para comprender las dificultades de los jóvenes- de modo que conservéis vuestro auténtico carisma en su integridad, sin desviaros de vuestros Estatutos. Sólo una voluntad inflamada de amor de Dios y dispuesta a servirle en una vida austera segregada del mundo ayudará a superar los obstáculos.

La Iglesia está con vosotros, queridos hijos e hijas de san Bruno, y espera grandes frutos espirituales de vuestras oraciones y de vuestras austeridades, que sostenéis por amor a Dios. Ya hemos tenido ocasión de decir, hablando de la vida consagrada a Dios: "Lo importante no es lo que hacéis, sino lo que sois". Esto parece aplicarse de un modo especialísimo a vosotros que os abstenéis de la vida activa. Mientras conmemoráis, pues, los orígenes de vuestra Orden ciertamente os sentiréis impulsados a adheriros con renovado ardor del espíritu y con alegría espiritual a vuestra sublime vocación.

Y finalmente, sea prueba del amor que nos ha dictado esta carta y prenda de abundantes gracias del cielo, la bendición apostólica que os impartimos de todo corazón a ti, querido hijo, y a todos los monjes y monjas de la Cartuja.
En el Vaticano, 14 de mayo 1984, año sexto de nuestro pontificado. Juan Pablo II.

San Bruno Fundador de la Orden de los Cartujos





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