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DECALOGO - DIEZ PALABRAS DE VIDA:  9. MANDAMIENTO 'NO CONSENTIRAS PENSAMIENTOS O DESEOS IMPUROS'


EMILIANO JIMENEZ HERNANDEZ

Páginas relacionadas

         

1. Dios ama y salva a todo el hombre


2. No desearás la mujer de tu prójimo


3. Cristo lleva a plenitud el noveno mandamiento 

 

Los diez mandamientos de la Ley de Dios

 

 

                                                                              No desearás la mujer de tu prójimo

                                                                                                                              Dt 5,21

                                                                              El que mira a una mujer, deseándola,

                                                                              ya cometió adulterio con ella en su corazón

                                                                                                                             Mt 5,28

 

 

            El noveno y décimo mandamiento miran, anticipándose a lo que Jesús explicitará plenamente, al corazón del hombre. "Pues la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira al corazón" (1Sam 16,7), "escruta el corazón y los riñones" (Jr 11,20;Pr 15,11): "Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicacio­nes, robos, falsos testimonios, injurias. Esto es lo que hace impuro al hombre" (Mt 15,19-20).

 

            El mal no comienza con los actos, sino que tiene su inicio en el corazón. En el corazón se fraguan los pensa­mientos y deseos que impulsan al mal. En el corazón es donde el hombre se decide por Dios o  contra Dios. De ahí que la moralidad de nuestros actos, la vida o la muerte, lo que salva o contamina al hombre, nazca y se consume en la conciencia, en el interior del hombre. La ley de Dios es una ley interior. La educación moral del Decálogo es educación del deseo. El deseo puede llevar al hombre a la vida o a la muerte. Un deseo desordenado contamina al hombre.

 

            El noveno mandamiento (y el décimo) desvelan un aspecto de los demás mandamientos. La alianza de Dios con el pueblo es una alianza de amor con el hombre en cuanto persona libre, imagen suya. Mira al ser del hombre, espíritu encarnado o cuerpo animado; es la "totalidad unificada" de la persona humana la que entra y vive en relación con Dios o fuera de su comunión: "con todo el corazón, con toda la mente y con todas sus fuerzas".

 

 

9° Mandamiento: No desear la mujer del prójimo

 

 

1. DIOS AMA Y SALVA A TODO EL HOMBRE

 

            La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual: "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gén 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios.[1] La concep­ción cristiana de la persona no es en absoluto maniquea ni dualista. Contempla al hombre "todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad" (GS,n.3). Es en la "totalidad unificada" donde se manifiesta el hombre como imagen de Dios, con capacidad de conocer y amar.

 

            La imagen que cada hombre se hace de sí mismo, incluye ciertamente el propio cuerpo, pero transciende la imagen del cuerpo, incluyendo nuestro espíritu. Hoy, lamentable­mente, son muchos los hombres que han perdido su interio­ridad, que viven sólo a nivel de los sentidos o de los instintos. El Decálogo nos invita a defendernos de esta civilización de la satisfacción inmediata del deseo, de la búsqueda del placer sensible a toda costa, que insensibi­liza al hombre, adormeciendo la conciencia y entenebre­ciendo la razón humana. Es la súplica que hace San Pablo:

 

Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por su Espíritu en el hombre interior (Ef 3,14-16).

 

            Soy mi cuerpo, pero no sólo mi cuerpo. Cuando digo "yo" o "tú", pienso ciertamente en un cuerpo, pero pienso en un cuerpo en cuanto que es de alguien. El hombre, pues, no se identifica con el cuerpo. Hay algo en él que excede todas las virtualidades del cuerpo. Es ese algo que hace que el cuerpo esté revestido de expresión humana y simbó­lica. El alma o el espíritu es lo que confiere su singula­ridad a la persona. El espíritu es el aliento que Dios insufla en el hombre y que le constituye persona.[2]

 

            El espíritu es la interioridad de la persona. Las cosas no tienen interioridad, no poseen misterio alguno personal. Pueden ser dominadas, desentrañadas con la mirada y con las manos. En cambio todo hombre, como espíritu encarnado, tiene un misterio personal íntimo, inaccesible a los demás.[3] Sólo se manifiesta a los otros en la medida en que libremente el hombre se abre y comuni­ca al otro. El abrirse al otro es una acto de donación amorosa, de comunicación confidencial. Ahí es donde se da el encuentro entre personas: en la apertura confiada y en la acogida fiducial.

 

            Esta relación entre personas se da a través del cuerpo. El hombre se abre al exterior a través de la corporeidad. El cuerpo manifiesta y, a la vez, oculta el misterio de la persona. De este modo la persona es una realidad trascendente: "No puedo disponer de ella; no puedo usarla simple y radicalmente para la realización de otros objetos. Es sagrada; la única realidad sagrada con que nos encontramos en el mundo"[4], "la única realidad terrestre a la que Dios ha amado por sí misma" (GS,n.24). Sólo Dios penetra en ese sagrario interior de la persona, que es su conciencia:

 

La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa" (GS, n. 16).

 

            La tradición de la Iglesia ha expresado también esta realidad interior de la persona con la palabra corazón, entendido en sentido bíblico como "lo más profundo del ser" (Jr 31,33), donde la persona se decide por Dios o contra Dios.[5] Jesús mismo, en el Evangelio, llama a la conversión del corazón, a actuar en el secreto interior "donde mira y ve el Padre", pues de otro modo las obras exteriores no valen nada (Mt 6,1-6.16-18). Dios ama y perdona a "quien perdona de corazón a su hermano" (Mt 18,23-35). El amor que Dios quiere de su pueblo, liberado de la esclavitud y con el que se ha unido en alianza, es el amor "con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas", es el amor de toda la persona, cuerpo y espíritu en su "totalidad unificada" (DV,n.3).

 

            La persona humana, por tanto, es inseparablemente cuerpo y alma en todas sus expresiones. El insulto mayor a la sexualidad consiste en reducirla a sí misma, negando su referencia al ser de la persona. En este sentido, hay que afirmar que la sexualidad humana más que objeto, que se tiene, es lenguaje simbólico de todo el ser; más que acto, es vocación. En la sexualidad se expresa el ser de la persona.

 

            La sexualidad, como lenguaje esponsal del ser de la persona, no sólo es buena, sino santa. A través de ella se nos ha dado la vida, como desbordamiento de amor de nuestros padres. En la sexualidad humana se refleja, pues, el amor creador de Dios. "Hombre y mujer unidos en una sola carne" es la imagen de sí mismo que Dios ha puesto en la tierra.

 

            Pero el pecado, que rompe la relación del hombre con Dios, desfigura esta imagen. En el corazón del hombre y de la mujer queda la atracción mutua, pero ya no por amor, sino como "deseo de dominio" (Gén 3,16). La sexualidad se ha cargado de ambigüedad: es expresión de comunión o de egoísmo, de amor o de concupiscencia. Su lenguaje se hace confuso: expresión de donación o de apropiación del otro; manifestación de la libertad de la persona o de la escla­vitud de los instintos. La sexualidad desvela al hombre o al macho, a la mujer o a la hembra; es reflejo del ser de la persona o simplemente de la corporeidad (o genitalidad) sin referencia al espíritu del hombre. Es lugar del encuentro y de la comunión o simple búsqueda del placer. Así, la sexualidad une o separa, da vida o muerte.

 

            La sexualidad ve al otro como persona o como objeto; respeta al otro o lo instrumentaliza para el propio placer. Del corazón del hombre depende que la sexualidad sea rica de significado o se la empobrezca hasta banali­zarla. Hoy, en nuestra sociedad secularizada, negando a Dios, pretendiendo la omnímoda autonomía del hombre, con el reclamo de la absoluta libertad en el campo sexual, la sexualidad se ha reducido a ser un simple episodio, un juego, un pasatiempo, una aventura, un desahogo, algo manoseado y vacío. Rotos los tabúes, que la defendían como algo santo, ridiculizado el pudor, que protege la intimi­dad de la persona, la sexualidad lo ha llenado todo, pero se ha vaciado de contenido y valor. Y tras esta visión, como causa y consecuencia, está la renuncia del hombre a ser imagen de Dios. El hombre, deseando ser Dios y no su imagen, ha perdido su ser.

 

 

Noveno Mandamiento: No desear la mujer de tu prójimo

 

 

2. NO DESEARAS LA MUJER DE TU PROJIMO

 

            El noveno mandamiento, según la formulación del Deuteronomio (5,21), prohíbe el deseo de la mujer del prójimo. El verbo hebreo 'àwa (en vez de hàmad) se refiere a las actitudes interiores. No se conforma con condenar los intentos de apropiarse del amor de la mujer del prójimo, sino que condena toda actitud que haga de la mujer un objeto del deseo. El noveno mandamiento nos dice cómo Dios no sólo mira a las acciones de los hombres, sino que escruta los impulsos de la voluntad, los deseos del corazón. Y Dios, que ve en lo oculto del corazón, desbara­ta los planes que maquina el mal deseo. Dios suscita a Daniel para desvelar el corazón impúdico de los dos jueces que ardían en deseos de la casta Susana (Dn 13,1-64).

 

            La apetencias del tiempo de la ignorancia ya las enumera el Levítico en el capítulo 18, donde Yahveh invita a su pueblo a "no obrar como se hace en la tierra de Egipto, donde habéis habitado, ni como se hace en la tierra de Canaán a donde os llevo" (v.3), y termina diciendo: "Guardad, pues, mis preceptos y no practiquéis ninguna de las costumbres abominables que se practicaban antes entre vosotros, ni os hagáis impuros con ellas. Yo, Yahveh, vuestro Dios" (v.30).

 

            Con todas las "abominaciones", que enumera el Levíti­co, el hombre se degrada a sí mismo, ofende su dignidad y ofende a Dios, pues desfigura su imagen en el hombre. Son un ultraje al hombre y al Dios de la elección y la alian­za. El pueblo que Dios se ha elegido, es un pueblo santo, consagrado a Dios; sus perversiones ofenden a Dios. Por ello, el Eclesiástico advierte: "No vayas detrás de tus pasiones, frena tus deseos" (18,30).

 

            El Decálogo, dado por Dios para salvaguardar el misterio de la persona, no se reduce a lo externo, a los actos. Dios escruta el corazón, se interesa por el pensa­miento del hombre, por el deseo y sentimientos interiores de la persona. El noveno (y décimo) mandamiento mira a la persona en su interioridad. Por eso, nuestra cultura, secularista y naturista, que exalta el cuerpo, reducido a sí mismo, como juventud, belleza, músculos, salud..., no podrá comprender este mandamiento ni su transcendencia para la vida del hombre. Se quedará en las leyes higiéni­cas, médicas y ecologistas. Los apóstoles de la "revolu­ción sexual" han llegado a proclamar que lo que cuenta en la sexualidad es satisfacer el deseo y lograr el máximo placer.[6]

 

            Ya el hecho de considerar la sexualidad como lenguaje del placer es inmoral. "Un amor reducido a la satisfacción de la concupiscencia o a un recíproco "uso" del hombre o de la mujer, hace a las personas exclavas de sus debilidades".[7] La sexualidad hace referencia siempre a una persona y sólo el amor hacia ella nos permite acercarnos a ella sin convertirla en objeto del deseo. Es necesario vencer el mal en su raíz, cuando comienza a brotar en el corazón. "No desear la mujer del prójimo", pues ella es una persona que se ha dado libremente a su esposo; es, pues, de otro, es parte de otro, "carne de su carne".

 

            Por ello, para salvar al hombre, hoy es necesario, más que nunca, proclamar que el hombre es persona en todas sus manifestaciones. Y si es persona, la indigencia de la carne, que se manifiesta en la tendencia sexual, es sólo el signo de la necesidad radical de comunión que Dios ha impreso en el ser del hombre, creado a su imagen y seme­janza. Lo que el hombre necesita para salir de su soledad, -"pues no es bueno que el hombre esté solo-, no es abando­narse a sus deseos, sino encontrarse con el amor de una mujer -o de un hombre, en el caso de la mujer-, que le acoge, se le da plena y definitivamente, formando con él "una sola carne", "una comunión de vida y amor".

 

 

9° Mandamiento: No desear la mujer de tu prójimo

 

 

a) La castidad

 

            La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje. "La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos".[8]

 

            La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la persona, se hace verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total e indisoluble del hombre y de la mujer.[9] El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad, por tanto, defiende a la persona, dando a la sexualidad su sentido y valor verdade­ro: expresión de la libre oblación de la persona.

 

            Todo bautizado, "revestido de Cristo" (Gál 3,27), está llamado a la castidad.  Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular: unos en la virginidad o celibato, y otros en la castidad conyugal:

 

Existen tres formas de vivir la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virgi­nidad. No alabamos a una con exclusión de la otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica.[10]

 

            La castidad, tanto en los célibes y como en los casados, lleva a vivir el gozo de una vida en el Señor. Pero la intimidad de vida con Cristo supone un estilo de vida: "Así, pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes" (Ef 5,15). "Los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y deseos" (Gál 5,24). El cuerpo no les pertenece, pertenece a Dios que lo ha creado "no para la lujuria, sino para el Señor" (1Cor 6,13); destinado a la resurrección y a la gloria, el cuerpo no puede envilecerse con la impureza (v.14); es miembro de Cristo; entregarlo a la lujuria es un sacrile­gio (v.15), ya que como templo del Espíritu Santo está destinado al culto y a la alabanza del Señor: "Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (v.19-20). Pero  como la observancia de la continencia afecta íntima­mente a las inclinaciones más profundas de la natura­leza humana..., es menester creer en las palabras del Señor y, confiando en el auxilio de Dios, no presumir de las propias fuerzas y practicar la mortificación y la guarda de los sentidos.[11]

 

            Esta vigilancia de los sentidos implica el estar atentos a la mirada, al oído, a las lecturas y espectácu­los, y cuidar hasta las fantasías y los "sueños despier­tos", que alienan y amargan la vida con nostalgias y  frustraciones. Ya el deseo, por ineficaz que sea, mancha el corazón de la persona y hace impuro al hombre (Mt 15,11-20). El hombre que se deja llevar de los bajos impulsos, es incapaz de agradar a Dios: "Pues la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu contrarios a la carne, como antagónicos que son" (Gál 5,17). 

 

 

Noveno Mandamiento: No desear la mujer de tu prójimo

 

 

b) El pudor custodia la intimidad de la persona

 

            La castidad, que da unidad a la persona humana, necesita del pudor, que custodia la intimidad de la persona de las miradas que quieren violar el misterio interior del hombre o reducirlo a su corporeidad externa. "El pudor ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas".[12]

 

            El pudor es una defensa necesaria ante los intentos del hombre pecador por utilizar el cuerpo sin amor, sin el acercamiento del espíritu. Por ello, leemos de la primera pareja, antes del pecado, "que estaban desnudos y no sentían vergüenza"; pero apenas pecaron, "se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos", necesitando cubrirse.

 

            El pudor es la negativa del hombre a presentarse a los demás reducido a la corporeidad, ofrecida sin velos y sin misterios a la mirada que sin la luz del amor no comprenderá nada más allá del cuerpo. A través del pudor, el yo invita al a no reducirlo exclusivamente a su corporeidad; lo invita a vislumbrar el misterio del ser detrás del vestido, que impide la plena revelación de la persona. Ofrecerse a las miradas ajenas como mera corpo­reidad y, por tanto, impúdicamente, significa renunciar a ser persona, mostrándose como simple objeto. Es el envile­cimiento más absoluto y radical de la persona, propio de la pornografía. En ella, espectador y espectáculo son dos individuos degradados a objetos, sin que entre ellos se dé ninguna relación personal.

 

            El pudor protege, pues, el misterio de las personas y de su amor. Salva a la persona de la vulgaridad y la defiende de la curiosidad y de la lascivia. En una cultura de permisividad y exhibicionismo del cuerpo, el pudor cobra un significado particular. El pudor, la castidad y la continencia, liberan a la sexualidad de la instintivi­dad, insertándola en el orden del amor. El pudor, a través del lenguaje esponsal del cuerpo, afirma la inviolabilidad de la persona, declarando que el cuerpo humano es espejo y lugar de encuentro entre personas y no simple objeto de placer de la mirada o del deseo.

 

            Desde el comienzo, en la Escritura, el pudor aparece como "guardián del ser". El hombre, al tomar conciencia de su desnudez, se cubre. Cam es maldecido por violar la intimidad de su padre (Gén 9,22-25). Con palabras de Sartre: "Mirar la desnudez de una persona, le hace sentirse tragado visualmente por el otro, sin ser aceptado ni amado como persona".[13] Cuando la persona pierde el pudor, vive su amor y su sexualidad a la intemperie, profana el misterio de su intimidad, despersonaliza el amor y la sexualidad, redu­ciendo la persona a objeto exhibido y, frecuentemente, comercializado.

 

            El noveno mandamiento quiere garantizar el respeto de sí mismo y, en particular, del propio cuerpo, como expre­sión de la dignidad de la persona humana. Y con el respeto de sí mismo nace el respeto del prójimo. Esta es la tarea del pudor, que preserva al hombre del exhibicionismo, de las miradas lujuriosas, de la pornografía, de los espec­táculos que degradan a quienes los realizan y a quienes los contemplan, del naturismo ingenuo, de las fantasías eróticas...  

 

            El amor de sí mismo, el respeto de la propia persona, es un requisito para amar al prójimo. Pues quien no ha sido amado, estimado ni respetado, ha interiorizado una imagen despreciable de sí mismo, incapaz de amarse a sí mismo e incapaz de amar, por tanto, a los demás. Dios, en el Decálogo, invita a amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. El amor a sí mismo, el respeto de sí mismo es, por tanto, la condición primera para amar al prójimo. No puede amar a los demás quien es incapaz de amarse a sí mismo.

 

            Y hoy, en un mundo que engendra tantos hombres desadaptados, delincuentes precoces, que no sólo no respetan a los demás, sino que han perdido la estima de sí mismos, Dios en Cristo nos descubre el valor de todo hombre. Cristo ha dado su vida por los pecadores. Y en Cristo, Dios nos llama a ser santos, participando de su santidad.

 

 

El que mira a una mujer con malos ojos ya ha cometido adulterio con ella en su corazón

 

 

3. CRISTO LLEVA A PLENITUD EL NOVENO MANDAMIENTO

 

            Ya en la tradición de Israel se defendía el matrimo­nio, no sólo contra el acto del adulterio, sino contra la mirada lujuriosa. "No pienses que sólo hay que llamar adúltero a quien comete adulterio con su cuerpo. Creemos que también hay que llamárselo a quien comete adulterio con los ojos. ¿Que cuál es la demostración? En Job 24,15 se dice: 'El ojo del adúltero espía el crepúsculo'. Antes, por tanto, de que lo cometa físicamente, ya se le llama adúltero".[14]

 

            Jesús, en su proclamación del Decálogo, no ha hecho otra cosa sino manifestar plenamente la voluntad de Dios:

 

Habéis oído que se dijo: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácate­lo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna (Mt 5,27-29).

 

            Juan Pablo II nos hace una serie de preguntas: "¿Llevamos dentro de nosotros el sentido de que nuestro cuerpo humano está llamado a la resurrección, respetando, por tanto, su dignidad? ¿Nos damos cuenta de que la sexualidad humana es la prueba de la confianza inaudita que Dios tiene en el hombre para intentar no defraudarla? ¿Tenemos presente que todo hombre es una persona y que no es lícito reducirlo a objeto que se puede mirar con concupiscencia y, menos aún, simplemente usado?...".[15]

 

            El gran respeto que siente Juan Pablo II por la mujer y, de modo particular, por la mujer en cuanto esposa y madre, le ha llevado a descubrir y proclamar que el hombre puede cometer el "adulterio en el corazón", no sólo en relación a la esposa del prójimo, sino "en relación a la propia esposa, si la considera y la trata únicamente como objeto para apagar sus instintos sexuales".[16]

 

            La prohibición de hacer del otro objeto de concupis­cencia, aunque se quede en el interior, es absoluta en los labios de Jesús. El hombre, llamado por Dios a la vida, como imagen suya, elegido para vivir en alianza con El, está llamado a participar de la santidad de Dios. Sólo Dios es santo; la santidad es su mismo ser. Pero Dios hace al hombre partícipe de su santidad, a través de la elec­ción gratuita y de la presencia de su Shekiná en medio de su pueblo.

 

            Esta participación del hombre de la santidad de Dios, que confiere al hombre una dignidad única, se traduce en una vida santa: "Santificaos y sed santos; porque yo soy Yahveh, vuestro Dios. Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy Yahveh el que os santifico" (Lv 20,7-8). "Porque yo soy Yahveh, vuestro Dios, santificaos y sed santos, pues yo soy santo...Pues yo soy Yahveh, el que os he sacado de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Sed, pues, santos porque yo soy santo" (Lv 11,44-45).

 

            Este es casi un estribillo en la Escritura. Lo recogerá Jesucristo en el Sermón del monte: "Vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,48). Y san Pedro en su carta lo explica: "Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: seréis santos, porque yo soy santo" (1,14-16).

 

            La elección de Dios, para hacernos partícipes de su santidad, entra en el plan de Dios al crear al hombre. En Cristo se nos ha dado a conocer este designio original de Dios: "En Cristo hemos sido elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia" (Ef 1,4). Dios ha querido comunicársenos, nos ha hecho su templo: "santo es el santuario de Dios y vosotros sois ese santuario" (1Cor 3,17). Esta santidad de vida, a la que son llamados los cristianos, como santuario de Dios, abarca todos los ámbitos de la vida. Por ello, San Pablo nos exhorta: "Teniendo estas promesas, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios" (2Cor 7,1). Pero hace referencia, de un modo particular, al noveno mandamiento:

 

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene para agradar a Dios... Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación: que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Así, pues, el que esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo (1Tes 4,1-8).

 

            La motivación última de la voluntad de Dios es la llamada que nos ha hecho a participar de su santidad. Como miembros del cuerpo de Cristo, nos ha edificado para ser "templo de su Espíritu Santo". Para ello nos ha rescatado con la sangre de Cristo: "¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (1Cor 6,19-20).

 

            La santidad del cuerpo significa, exactamente, lo contrario del exhibicionismo del cuerpo, que la cultura actual exalta y promueve en todas sus formas. La santidad del cuerpo lleva a hacer del cuerpo expresión de toda la persona, manifestación de la interioridad del hombre. Glorificar a Dios en el cuerpo es hacer del cuerpo templo del Espíritu Santo, lugar del culto a Dios "en espíritu y verdad", es decir, lugar de la adoración a Dios en la historia, como Dios desea y Jesucristo nos ha hecho posible. Cristo nos incorpora, como miembros de su cuerpo, a su ofrenda al Padre en el altar de la cruz: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrez­cáis vuestros cuerpos como víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual" (Rom 12,1).

 

            Dios es glorificado en nuestro cuerpo siempre que, a través de él, amamos, en nosotros y en los demás, al hombre en cuanto persona, con la plenitud de ser y vida para la que Dios nos ha creado. Damos gloria a Dios cuando somos gloria de Dios: "La gloria de Dios es el hombre vivo, cuya vida es Dios" (San Ireneo).

 

            En definitiva, "no desear la mujer del prójimo" es amar al prójimo viendo en él la gloria de Dios: "Pues nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu" (2Cor 3,18). "Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo" (2Cor 4,6). "A reproducir la imagen de su Hijo hemos sido llamados según el designio de Dios" (Cfr Rom 8,28-30). "Revestíos, pues, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias" (Rom 13,14), concluye San Pablo.



     [1] Cfr. Cat.Ig.Cat., n.362.

     [2] Cfr. Gén 2,7;6,3;Job 33,4;Eclo 12,7;Sab 15,11... Cfr. mi libro ¿Quién soy yo?, Bilbao 1990, p. 31-82.

     [3] Sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo (1Cor 2,11).

     [4] A. HESCHEL, Chi è l'uomo?, Milán 1971,p.82.

     [5] Dt 6,5;29,3;Is 29,13;Ez 36,26;Mt 6,21;Lc 8,15;Rom 5,5...

     [6] El desarrollo de la civilización contemporánea está ligado al progreso científico-tecnológico, que frecuente se desarrolla en una forma unilateral, llevando al positi­vismo, que desemboca en el agnosticismo en el campo teórico y al utilitarismo en el campo práctico y ético. Se trata de una civilización de la producción y del placer, una civilización de las "cosas" y no de las "personas"; una civilización en la que las personas se usan como se usan las cosas. En este contexto, la mujer puede conver­tirse para el hombre en un objeto, los hijos en un obs­táculo para los padres... Cfr. La carta a las familias del Papa Juan Pablo II, n.13.

     [7] Ibidem.

     [8] SAN AGUSTIN, Confesiones 10,29.40.

     [9] Cfr. Cat.Ig.Cat., n. 2337-2340.

     [10] SAN AMBROSIO, De viduis, PL 153,255A, 23. Cfr. Cat.Ig.Cat., n. 2348-2349.

     [11] CONCILIO VATICANO II, PC, n. 12.

     [12] Cat.Ig.Cat., n. 2521.

     [13] J:P: SARTRE, El ser y la nada, Buenos Aires 1966, p.291 y 369.

     [14] J.J. PETUCHOWSKI, citado por A. EXELER, o.c., p. 200.

     [15] JUAN PABLO II, Discurso pronunciado en Lomza el 4-6-91.

     [16] Cfr. JUAN PABLO II, Audiencias generales de los meses de septiembre y octubre de 1980, de modo particular la del 8-10-1980.

Noveno Mandamiento: No desear la mujer del prójimo

 

 


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