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Hombre en Fiesta: II Fiesta de la Historia

Páginas relacionadas 

 

II FIESTA DE LA HISTORIA

Hombre en Fiesta: Pascua judía



1. PASCUA: FIESTA DE LA HISTORIA

El Dios creador es el Dios de la historia

La promesa pone en camino la historia

La promesa halla su cumplimiento en la alianza

La pascua: fiesta de la historia

Celebración pascual



2. LA CRUZ GLORIOSA: FIESTA DE LA LIBERTAD

Escándalo de la cruz

Absurdo de la cruz

Resignación ante la cruz

La cruz fuerza de Dios

La cruz sabiduría de Dios

La cruz misterio de amor

3. PASCUA: FIESTA DEL TRIUNFO SOBRE LA MUERTE

Pascua, triunfo de la muerte

La Pascua canta al Crucificado

De la muerte a la vida

La Pascua: fiesta de la espera escatológica

 

II   FIESTA DE LA HISTORIA

 1. PASCUA: FIESTA DE LA HISTORIA

El Dios creador es el Dios de la historia

            La fe del antiguo y del nuevo pueblo de Dios en la creación está transida de la experiencia de la salvación de Dios con Israel, salvación que es historia y que cul­mina plena y definitivamente en Jesucristo. La relación que existe entre la economía salvífica y la creación no es la que existe entre dos hechos que se suceden crono­lógicamente y nada más (el mundo  como mero escena­rio de la salvación). La salvación es el acontecimiento en que se basa intrínsecamente la creación. La historia de la salvación está en germen en la creación, llamada desde el principio a una plenitud, que se manifestará en la «plenitud de los tiempos» en Cristo y se consumará en la nueva creación escatológica. Este germen salvífico es el espíritu de Dios que aletea sobre la creación, es el hálito de vida que Dios sopla en el hombre y que no retira de él ni siquiera después del pecado. Al pecado Dios responde con el anuncio -protoevangelio- de la salvación. El que el hombre se haya apartado de Dios no ha alejado a Dios del hombre y, por ello, no ha desa­parecido su amor salvífico hacia el hombre. La voluntad salvífica de establecer su alianza con el hombre sigue en pie en la promesa de pisotear la cabeza de la serpiente. La señal divina de protección que se concede a Caín, después del asesinato de su hermano, expresa la misma voluntad inquebrantable de Dios (Gen 4,15).

            Israel vive, por tanto, su historia viendo la presen­cia de Dios en ella. Lee los acontecimientos de su histo­ria a la luz de su fe en esa presencia salvadora de Yahveh. De este modo su historia se hace historia de salvación. Los hechos que nos narra la Escritura, aparte de ser ta­les, son acontecimientos de la intervención salvífica de Dios creídos, leídos por la fe de Israel. Dios suscita acon­tecimientos, en los que El está presente, y suscita la fe que descubre su intervención en ellos. La historia bíblica es, pues, esa confesión de fe que Israel hace de la salva­ción que viene de Dios (Dt 26,5‑9;Jos 24).

            Esta confesión de fe, que hace que la historia de Is­rael sea historia de salvación, no es en absoluto una in­terpretación gratuita o arbitraria. A la base están las ex­periencias históricamente vividas como experiencia de la intervención de Dios. Dios está presente en esos hechos como Creador y como Señor de la historia. Pero Dios es invisible (1Jn 4,12). Por ello, la revelación de Dios se hace imposible sin unas personas que penetran en los hechos por la fe y captan la intervención de Dios. Y es Dios mismo quien suscita estas personas, estos profetas intérpretes de su presencia salvadora en medio de los hechos y a través de ellos. El pueblo, atravesando el de­sierto, se preguntará constantemente, ante los hechos que no entran en su lógica: «¿Está Yahveh entre nosotros o no?» (Ex 17,7) y será Moisés, el profeta de Dios, quien les dirá: «Esta tarde sabréis que es Yahveh quien os ha sacado de Egipto; y por la mañana veréis la gloria de Yahveh» (Ex 16,6.12).[1]

            Preocuparse por saber cómo creyó Israel y cómo cree Israel no es una cuestión ociosa o erudita. La fe en un Dios que se revela y nos salva, aceptada como base de su existencia como pueblo, hace de Israel un arquetipo de la experiencia de fe para todos los hombres y para todos los pueblos. Y como el Nuevo Testamento sólo nace y se mantiene sobre la historia de Israel, entonces nuestra fe cristiana solamente puede comprenderse a partir de una comprensión de la fe de Israel. Más aún, la fe cristiana sólo se puede vivir auténticamente cuando se llega a ella desde las actitudes de la Thorá y los profetas. Los aconte­cimientos de la historia de Israel, vistos desde el interior de la alianza de Dios con su pueblo, desde la misma fe de este pueblo, son palabra permanente de Dios.

            En el fondo, creer (aman, amén) significa el reconocimiento de Dios como Dios  en la interpretación del mundo y de la historia y en la experiencia de la propia vida. Esta es la fe de Moisés (Ex 4,18) y del pueblo (Ex 4,31). Ante los hechos de salvación, Israel cree en Yahveh y en Moisés (Ex 14,31), les confía el éxito de su aventura, el futuro de su vida. Creer es decir amén a Dios, aceptarlo como Dios.

            Desde el principio, la fe en Dios es la base de la existencia de Israel como pueblo. Dios lo ha escogido como pueblo suyo (Ex 6,7), como su hijo primogénito (Ex 4,22). La alianza del Sinaí marca el establecimiento solemne de este pacto, en cuyo marco Israel funda su existencia y desde el que realiza su historia. Los aconte­cimientos de la historia del pueblo, interpretados desde la perspectiva de la alianza y de la fe en la inquebranta­ble fidelidad de Dios, se hacen palabra de una constan­te revelación de Dios y de la fe con la que Israel le res­ponde. Toda su historia se hace historia de salvación.

            Desde el momento en que el hombre queda consti­tuido por la llamada de Dios queda también determinado por su fidelidad, en virtud de la cual Dios se manifiesta siempre el mismo a través de los acontecimientos de la historia; siempre en formas nuevas y sorprendentes, pero eternamente fiel a su pacto y a su elección (Sal 146,6). Dios se manifiesta en la historia como el Dios de Abra­ham, de Isaac y de Jacob, como el Dios que guarda fi­delidad a sus promesas y las lleva a cumplimiento.

            Dios se manifestará como el Padre fiel de Jesucristo en la apocalipsis de la historia. Esta fidelidad de Dios determina la continuidad y estabilidad en medio de la contingencia de los sucesos de la historia. Sólo en esta fidelidad de Dios, mantenida en un horizonte histórico y escatológico, puede encontrarse el verdadero ser del hombre. En ella se encierra y se funda la fidelidad del hombre para consigo mismo. Continuidad e identidad es algo que el hombre halla en la aceptación de su pa­sado, en la confesión y reconocimiento de sí mismo, de su culpa, en la fidelidad de Dios a su promesa y en la acción de gracias, en el cántico de alabanza del hombre a esta fidelidad de Dios, «porque es eterna su misericor­dia y su fidelidad dura por siempre».[2]

            La historicidad es una dimensión esencial de la existencia humana.[3] La historicidad hace referencia a la historia vivida. Se trata no de hechos, sino de aconteci­mientos. No todo pasado es historia. Un hecho entra en la historia sólo en cuanto deja sus huellas en el devenir humano. Por eso la historia abraza acontecimientos humanos del pasado, que perviven en el presente del hom­bre, proyectándolo hacia el futuro. Todo hecho sin horizonte de relación, es decir, sin pasado ni futuro, no constituye historia. La historia es acontecimiento y con­tinuidad. El acontecimiento se hace tradición. Así crece y madura la historia. Madura el presente al asumir, a veces dialécticamente, el pasado, lo que ha sido, y tam­bién el futuro, lo todavía pendiente, lo esperado. El presente es el centro de la cruz. Apoyándose en lo que ha sido, aceptando la realidad de la propia historia, la he­rencia del pasado, haciéndolo presente, se abre al futu­ro, que acerca a sí, que  anticipa en la esperanza, haciéndolo actual, como impulso del presente hacia él.

            La continuidad de la historia podría paragonarse con la continuidad que existe entre la semilla y el árbol, entre el niño y la persona adulta. La Iglesia está en continuidad con Israel, y la Iglesia celeste, el Reino, está en continuidad con la Iglesia peregrina en este mundo, que es el germen real de esa plenitud. Pues la plenitud de la historia ya ha llegado. La historia de la salvación culmina en el acontecimiento de Cristo y en la persona misma de Jesucristo. Todo hecho precedente o subsiguiente está en una de las dos laderas de esta cumbre, que las ilumina y da plenitud de sentido.

            A esta plenitud de salvación apunta como término la historia de Israel. Después de la liberación de Egipto, después de recibir el don de la tierra prometida, des­pués del establecimiento del reino de David y Salomón, todavía queda algo por esperar; por otra parte, esto sig­nifica que también en el exilio, en medio de los enemi­gos, frente a la muerte, todavía queda una esperanza. La salvación es una paz total, una vida plena, definitiva y para siempre. Esta espera de la salvación empapa la vida, la oración y la fe de Israel. Se acerca en el sufri­miento mismo, en el fracaso, en la prueba acrisoladora, que prepara el día del Señor, terrible y fascinante.

            Este es el dinamismo interno de toda la historia:

"Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la pro­pia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser del hombre. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más pro­fundas del corazón humano, el cual nunca se sacia ple­namente con solos los elementos terrenos" (GS 40). "Con esto la Iglesia sólo pretende una cosa: el adveni­miento de reino de Dios y la salvación de toda la hu­manidad. El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, dentro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud de todas las aspiraciones. El es Aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, consti­tuyéndolo juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: restaurar todo lo que hay en el cielo y en la tierra (Ef 1,10). He aquí que dice el Señor: Vengo presto y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin (Apo 22,12‑13)" (GS 45).

            Al ser Dios el Señor de la historia, la historia de salvación siempre queda abierta a realizaciones siempre nuevas de la promesa divina, a una salvación siempre mayor. Israel no da un nombre a Dios ni se lo figura (Ex 34,17), no cree en un Dios a su medida, tal como él pudiera imaginárselo. Vive, por ello, pendiente, abierto a la revelación, a la manifestación de Dios. Vive rodea­do de signos de la presencia de Dios: el arca, las tablas de la ley, la nube, la columna de fuego, pero no puede disponer de ninguna imagen hecha con sus manos. Es el Dios totalmente transcendente, innombrable e inimagi­nable, inasible para el hombre. Es el Dios que se revela se acerca al hombre, se comunica, Dios de la gracia, dándose de modo absolutamente gratuito y suscitando así la gratitud exultante de la bendición y la fiesta cele­brativa. Desde la experiencia salvadora, desde la alianza en la historia, Israel descubre que Dios es el Dios de la creación. Por eso la creación, que fuera de la fe es os­cura y caótica, desde la fe en el Dios de la historia se convierte en gloria de Dios y morada del hombre. Las maravillas de la creación confirman el poder y sabiduría del Dios de la historia; y la historia de salvación confir­ma la bondad del Creador y de su obra. El Dios de la historia es el Dios de la creación y la creación -hom­bre y mundo- son el objeto definitivo de su salvación (Is 44,24;45,12.18;51,12;54,5). Creación y gracia se unen en la revelación personal de Dios a Abraham como vocación, misión y promesa. Aquí es donde co­mienza la fe como superación de la soledad humana en la respuesta al Dios que llama. Esta unidad entre revela­ción‑promesa‑vocación‑misión aparece en la vida de Abraham (Gen 12,1‑3;15,16), de Moisés (Ex 3,1‑11;6,2‑9) y de los profetas: Elías (1Re 19,9‑13), Isaías (Is 6,9‑13), Jeremías (1,7).[4]

 

La promesa pone en camino la historia

            La fe de Israel no sabe de abstracciones. Su credo corresponde a experiencias concretas de salvación. En primer lugar se basa en las promesas hechas por Dios a sus padres. La historia de Israel parte con Abraham. Abraham hace la experiencia de Dios que lo llama y le promete una tierra y una descendencia (Gen 15,4.7). Esta promesa es ratificada después a Isaac (Gen 26, 24‑25) y a Jacob (Gen 35,11‑15). Esta promesa es el fundamen­to de la fe y el punto de arranque de la historia de sal­vación Se trata de algo firme, constante, confiable (emunah). Dios es fiel a sus promesas. La tradición bí­blica hará constantemente referencia a las promesas he­chas a los padres. El Dios de las promesas aparece en el Exodo, para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto: «Esto dirás a los hijos de Israel: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me manda a vosotros» (Ex 3,15).

            A la promesa no corresponde por parte del hombre el conocimiento, sino la fe y la obediencia. Es el proceso opuesto al pecado primordial. Así Abraham es constitui­do en padre de los creyentes (Rom 4,16). En él comien­za la salvación que culminará en Jesucristo, obediente hasta la muerte en cruz.

            Las promesas hechas a Abraham son gratuitas; no se fundan en las posibilidades ni en los méritos de Abraham. La tierra prometida no le pertenece a Abraham, es un ex­tranjero en ella. La descendencia prometida contrasta con la esterilidad de su matrimonio. Y ante Dios no puede presentar ningún derecho, pues ni siquiera es su Dios. Es un Dios que irrumpe en su vida sin que le haya invocado (Jn 24,2). Las promesas se fundan únicamente en el de­signio de gracia de Dios. «Dios es bondad y fidelidad», confiesa la fe de Israel.[5] Bondad es hésed, don gratuito, xa­ris, término que san Pablo usa para expresar la gracia. Por­que Dios es hésed (Ex 34,6‑7), amor gratuito, por eso pro­mete grandes cosas; y porque es fiel, cumple lo prometido.

            La fórmula «Dios es bondad y fidelidad» expresa la experiencia del pueblo de que toda su esperanza se funda en el amor de Dios que promete gratuitamente y en su fidelidad para cumplirlo. La bondad y la fidelidad, en la plenitud de los tiempos, se hará evangelio: buena nueva de salvación gratuita plenamente cumplida.

            La gratuidad de la promesa y la fidelidad de Dios es una manifestación de Dios. Pero Dios es un Dios de vida. Nunca su presencia es estática, que instale al hombre en su mundo y en sus inestables seguridades. Su presencia es pascua, paso, irrupción, que pone al hombre y a la co­munidad en éxodo. Dios no promete a Abraham la pose­sión de la tierra de Ur de los Caldeos, sino una tierra des­conocida: «Sal de tu tierra, de tu patria, de tu familia y ve a la tierra que te mostraré» (Gen 12,1). Esta misma irrupción pondrá en éxodo a todo el pueblo, siempre ten­tado por sus «seguridades» de Egipto, tentado de renun­ciar al futuro prometido (Ex 16,3). Pero la bendición del futuro es incompatible con las «lentejas» del presente (Gen 25,29‑34), como dirá la carta a los Hebreos: «Que no haya ningún fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió la primogenitura. Ya sabéis cómo luego quiso heredar la bendición, pero fue rechazado y no lo logró aunque lo procuró con lágrimas» (12,16‑17).

            El hombre que se atiene a lo que tiene, a lo que po­see, a lo que él fabrica, a sus máquinas, a sus sistemas científicos o políticos, pierde a Dios, el «Incontenible», que no se deja enjaular entre paréntesis de tiempos o ac­tividades ni domesticar según nuestros deseos. Ciertamen­te, Yahveh aparece en la Escritura bajo imágenes tangibles; se le llama roca, refugio, protección, cayado, balaustrada que preserva de la caída en el abismo, alas que abrigan y protegen a su sombra. Pero estas expresiones de fe no hacen a Dios aprehensible. El es el inasible, que promete un futuro imprevisible. Un Dios que lleva al desierto, donde el pueblo no puede agarrarse a nada tangible, si­guiendo siempre una nube que día y noche le precede. No hay imágenes que apresen lo que Dios es: «¡Bienaventurados los ojos que no ven y creen!», dirá Jesús.[6]

            Según los rabinos de Israel, la shekiná, la presencia de Dios entre los hombres, es una presencia itinerante, que acompaña al pueblo en su peregrinación, comparte sus sufrimientos, peregrinando con él por la miseria de su extranjería. Este dinamismo aparece y marca toda la historia. La creación en el principio apunta ya más allá de sí misma a la historia de la promesa de Abraham, Isaac y Jacob. La promesa apunta a la liberación de la esclavi­tud y, más lejos, a la salvación mesiánica del evangelio de Cristo y, finalmente, hacia el Reino venidero, plenitud es­catológica de la historia, que renueva el cielo y la tierra, llenándolo todo con el resplandor de Dios Creador, Sal­vador y Vivificador. La creación está orientada a la historia, pero el sentido último de la historia es la nueva creación, como consumación de toda la obra de Dios Uno y Trino. Por eso la creación en el principio mira, a través de la historia de la salvación, a su plenitud en el reino de la gloria, liberada del pecado y de la muerte, por la pascua de Cristo y la acción vivificadora del Espíritu.[7]

            En Abraham nos encontramos con una historia he­cha de acontecimientos concretos: abandona su país, su familia, su ambiente y marcha hacia un país extraño, desconocido para él. Vida y hechos, rumbo y destino de Abraham se presentan como señal de una obediencia a una palabra que promete y actúa con fuerza, manifes­tando su verdad y así creando la fe y obediencia como confianza y abandono (Heb 11,8ss). Abraham, movido por la promesa, vive abierto al futuro, pero no un futuro calculable, sino al futuro de Dios, que le es desconocido, inverosímil, paradójico incluso. Así la fe se presenta como un absoluto apoyarse en Dios. La promesa de una descendencia numerosa y una tierra contradecía abierta­mente los datos existentes en el presente: desarraigo de su tierra, deambular por lo desconocido, esterilidad de la esposa no son los presupuestos humanos verosímiles para llegar a ser padre de un pueblo. La orden y la promesa aparentemente se contradicen. Pero Abraham cree y en­tra en la contradicción. La contradicción llega a su cul­men con la palabra que le pide el sacrificio del hijo, el hijo de la promesa. La fe vence esta vez el absurdo, es­perando contra la aparente aniquilación de toda espe­ranza (Rom 4,18‑22): «Pensaba que poderoso es Dios aún para resucitar de entre los muertos» (Heb 11,19).

            La historia de Abraham -como la de los otros patriarcas- son más que simples relatos; son kerigma, profe­cía vuelta al pasado y doxología respecto al presente. El presente es fruto de la promesa creída y obedecida.[8]

            La Escritura es palabra de Dios en sus hechos: «El plan de la revelación se realiza con palabras y gestos in­trínsecamente relacionados entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos signifi­cados por las palabras; y las palabras, por su parte, pro­claman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas» (DV 2).

            Por ello, cuando la Escritura sitúa a Abraham medio de una humanidad sumida en la maldición, estéril, sin posibilidad de darse la vida, está dando una palabra de Dios a todos los hombres. La historia de salvación comenzada en Abraham «será bendición para todos los pueblos» (Gen 22,18). La gratuidad de la llamada y la fe de la respuesta, se encuentran en la alianza (Gen 15,6‑12.17), con la circuncisión como signo (Gen 17) de la alianza, en la que Dios se ha comprometido a bendecir a todas las naciones en la descendencia de Abraham.

 

La promesa halla su cumplimiento en la alianza

            La «descendencia» de Abraham llegó a alcanzar en Egipto la categoría de pueblo (Ex 1,17); pero pueblo reducido a esclavitud (Ex 1,8ss), a la misma impotencia de su padre Abraham. Pero en ese momento interviene «el Dios de Abraham, Isaac y Jacob» (3,6): «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor, conozco sus sufrimientos. Voy a liberarlo de manos de Egipto» (Ex 3,7s). En esta liberación de Israel de manos de Egipto se manifiesta la fidelidad de Dios a sus promesas y la voluntad firme que tiene Dios de establecer su alianza con Israel, como expresa el mismo nombre de Yahveh: «Dios salva» es el Dios que conduce a pueblo al Sinaí para establecer con él la alianza de salvación (Ex 24,7).

            La historia del pueblo de Israel contiene los mismos rasgos de la historia de los patriarcas. Comienza con la vocación de Moisés en la teofanía del Horeb (Ex 3). El punto culminante de la teofanía es la revelación del nombre de Dios: «Yo soy el que soy» (v. 14). La revela­ción de este nombre significa:

Ningún lugar sagrado, ninguna montaña, ningún tem­plo, es el lugar de residencia del Dios que envía a Moi­sés. No tiene morada; está en el aquí y ahora de la histo­ria de Israel. No habla tampoco de su esencia o de su existencia; habla de su asistencia. El faraón ha de ver, aunque se niegue a admitirlo, que en su tierra domina uno más potente que él. Israel, esclavizado, condenado a morir, lo experimentará, verá en acción a su liberta­dor y salvador. El invisible se hará visible en hechos históricos, se revelará en su actuación en la historia.[9]

            La promesa hecha a Moisés, en la revelación del nombre de Yahveh, se cumple en la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto y en la cadena de aconteci­mientos portentosos relacionados con ella: plagas de Egipto, paso del mar Rojo, travesía del desierto, en­cuentro con Dios en el Sinaí, conclusión de la alianza y conquista de la tierra prometida. Estos acontecimientos de la historia de Israel son hechos de Dios, mirabilia Dei: portentos de Dios. Por ello, desde entonces y por siem­pre, fueron recordados y celebrados en el culto. El credo de Israel mantiene en vigencia actual el hecho y lo cele­bra: Yahveh ha salvado portentosamente a su pueblo. Lo que ha pasado una vez es promesa y garantía del pre­sente y del futuro, fundamento de la fe y de la esperan­za. Esto se formula de una manera particularmente ex­presiva en el proverbio del águila: «Vosotros habéis visto lo que he hecho con Egipto y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hacia mí; ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad entre todos los pueblos. Ciertamente, toda la tierra mía, pero vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y un pueblo consagrado» (Ex 19,4‑6).

            Israel descubre a Dios en su actuar en la historia través de su liberación y del cumplimiento de las promesas. En este sentido es fundamental el libro del Exodo. La liberación de la esclavitud de Egipto es el centro de los «credos» o profesiones de fe (Ex 20,2;Dt 26,5‑9;Jos 24,16‑18;1Sam 12,6). Desde este acontecimiento medular Israel va recorriendo su historia hacia adelante y hacia atrás. La historia de la salvación de Dios y también de las infidelidades humanas, de la elección gratuita y de la alianzas que han sellado la amistad y relación particular de Dios con Israel, son los articulas del credo de Israel.

            La solemne conclusión de la alianza es descrita con el esquema de la liturgia en que Israel celebrará después el memorial de estos acontecimientos, en la fiesta de la Pascua (Ex 23,14ss):  la teofanía en el monte, la proclamación, por medio de Moisés, de la Palabra de Dios y el amén del pueblo como respuesta de obediencia. Es la revelación de la gloria de Dios y la fiesta de la liberación del hombre. Yahveh, «yo soy el que soy», en la fórmula de la alianza del Sinaí se presenta así: «Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la casa de esclavitud» (Ex 20,2;Dt 5,6). Yo soy el que está contigo, salvándote. En mi actuar salvador me conocerás siempre. En la plenitud de los tiempos, en la revelación plena de Dios a los hombres, el nombre de Dios es JESUS «Yahveh es salvación» o «Yahveh salva». Este es «el nombre sobre todo nombre» (Filp 2,10).

            Este acontecimiento portentoso de liberación, al ser celebrado, al hacer memoria de él, rebasándose a sí mismo, se abre a otro acontecimiento salvador mayor. Es el acontecimiento pasado, hecho actual en la cele­bración fruto de él, que se hace promesa de algo futuro y por venir: la liberación mesiánica, el día de Yahveh, el reino del Ungido. La palabra y el acontecimiento histórico tienden a la plenitud de los tiempos.[10]

 

La pascua: fiesta de la historia

            En Egipto se ha cumplido la promesa acerca de la descendencia; la descendencia de Abraham se ha con­vertido en un pueblo numeroso (Ex 1,7‑20;Dt 26,5). Faltaba el cumplimiento acerca de la tierra. Y la esclavitud de Egipto llega incluso a amenazar la existencia del pueblo. Es una realidad que se repite constantemen­te a lo largo de la historia. Pero «el Dios de Abraham, Isaac y Jacob» es Yahveh, el que siempre «estará presente» para salvar a Israel, como hizo en Egipto. Los profetas mantendrán vivo el recuerdo de los acontecimien­tos del primer éxodo, para que a la luz de este memorial se haga eficaz en el presente de la historia la fuerza salvadora de Dios. Esta es la fuerza del memorial señalada ya en la Thorá (Ex 13,3‑10;Dt 26,1‑10;Sal 95): «Recordando su palabra fiel para con Abraham, su siervo, Dios hizo salir a su pueblo en medio de la alegría» (Sal 105,42s), cantará el pueblo con el salmista. El culto será el momento privilegiado para recordar y actualizar las actuaciones de Dios. Moisés debe poner fin a la opre­sión que impide a Israel celebrar el culto al Dios que el Faraón se niega a reconocer (Ex 4,22s;5,1‑18). Sin la fiesta, que celebra la actuación de Dios, no hay futuro ni esperanza, pues el presente se queda sin el apoyo del pasado.

            El culto es anámnesis, memorial, conmemoración de la historia de salvación. Así la fiesta de Pascua recuerda la li­beración de Israel de la esclavitud (Ex 12;23,15;Dt 16,1‑8); la fiesta de las semanas (Pentecostés), fiesta de las primicias de los frutos, recuerda la concesión de la tierra y la con­clusión de la alianza (Dt 16,9‑12.16;26,42s); la fiesta de los Tabernáculos recuerda el modo maravilloso como Yahveh condujo a Israel por el desierto (Lev 23,42s). A las fiestas de la naturaleza, Israel les dio un nuevo sentido, como memorial de hechos históricos, glorificando  a Dios no sólo como dispensador de los dones de la creación, sino también como Dios de la historia. Las grandes fiestas anuales de Pascua, Pentecostés, de las Tiendas, en las que todo Israel acudía al lugar central del culto eran ya una forma de tradición, transmisión de la historia de salvación (Ex 23,14‑17;34,23;Lev 23,4;Dt 16,16). Y el ritual de Pascua prevee, como parte fundamental de la celebración, la transmisión de la fe a los niños, haciendo la hagadáh, la narración de la historia de la salvación (Ex 13,8). Y cuan­do el Israelita lleva al altar, en la fiesta de las Semanas, las primicias de la cosecha, recapitula brevemente, haciendo su profesión de fe, la historia de la salvación desde la elec­ción de Abraham hasta la concesión de la tierra prometida (Dt 26,1‑10).

            Para el creyente la historia está marcada por las vi­sitas del Señor, en tiempos, días, horas, momentos privi­legiados. El Señor vino, viene sin cesar, vendrá con glo­ria y majestad. Estos encuentros con el Señor en el devenir de la historia señalan el «día del Señor» como kairós de salvación. La celebración conmemora y anun­cia el día del Señor, la intervención de Dios en la histo­ria. El acontecimiento histórico, puesto que emana de Dios, emerge del tiempo, pertenece al presente eterno de Dios, pero el culto le actualiza en el tiempo histórico.[11]

 

Celebración pascual

            La Pascua, en sus orígenes, es una fiesta de familia. Se celebra de noche, en el plenilunio del equinocio de pri­mavera, el catorce del mes de Nisán. Se ofrece a Dios un cordero o un cabrito, macho, de un año, para atraer las bendiciones divinas sobre el rebaño (Ex 12,3‑6). A la víc­tima, sin defecto, no se le rompe ningún hueso (Ex 12,46;Num 9,12), al inmolarla entre dos luces. Con su sangre se untan jambas y dinteles de la vivienda, como signo de protección. Se come en traje de viaje; es una comida rápida (Ex 12,8‑11). Estos rasgos nómadas y domésticos sugieren el origen antiguo de la pascua.

            La Pascua es, pues, la fiesta de la primavera, como celebración de la creación. El mes de Nisán, primero del año, es el comienzo de la primavera, del reverdecer de los campos. Pero la gran primavera de Israel es aquella en que Dios lo libera de la esclavitud de Egipto. El éxo­do marcó el verdadero nacimiento del pueblo de Dios en la sangre (Ez 16,4‑7). Entonces fue cuando Dios en­gendró a Israel (Dt 32,5‑10) y, mejor que Abraham, vino a ser para él un padre lleno de amor y solicitud (Os 11,1;Jr 31, 9;Is 63,16;64,7). Signo del amor divi­no, el éxodo es prenda de salvación. Dios que libró una vez a su pueblo, lo salvará, lo recreará, en cada nueva situación de esclavitud.[12] En la cena pascual, cada uno de los comensales, a lo largo de la historia, tiene la convicción de que, a través del rito, está compartiendo junto con sus antepasados la salida de Egipto, experimentan­do de esa forma el paso de la esclavitud a la libertad, de la tristeza al gozo, del llanto a la alegría festiva, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida.

            La fiesta de primavera se enriqueció del significado salvador del Exodo, convirtiéndose en memorial de la liberación, como el acontecimiento fundamental y fun­dacional de su historia. El acontecimiento de la noche pascual ocupa el centro del simbolismo de la noche en la Escritura.[13] La noche es el tiempo en el que se desa­rrolló en forma privilegiada la historia de la salvación:  «Hacia la mitad de la noche». Dios realizó su plan de liberar a su pueblo de la esclavitud (Ex 11,4;12,12-19). Noche memorable, recordada cada año con una noche de vigilia, en memoria de que Yahveh mismo había velado por su pueblo (Ex 12,42). Noche que se prolongó mien­tras la columna de nube alumbraba la marcha de los fugitivos (Ex 13,21s). Noche ambivalente: para los egip­cios se espesaba la nube, mientras que la luz alumbraba a los hebreos (Ex 10,21s) «Para tus santos, comenta la Sabiduría, era plena luz» (Sab 18,1).[14]

            La pascua incorpora también la fiesta de los ázimos (Ex 12,15‑20). Estos panes no fermentados acompaña­ban la ofrenda de las primicias de la recolección (Lev 23,5‑14;Dt 26,1); la eliminación de la vieja levadura es un rito de renovación anual. Todo es nuevo con la Pas­cua. La tradición relacionó este rito con la salida de Egipto (Ex 23,15;34,18). Ahora evoca la prisa de la sa­lida, tan precipitada que los israelitas hubieron de lle­varse la masa antes de que fermentara (Ex 12,34-39).

            El significado histórico de salvación es el que da a la fiesta anual su intensidad profunda en las etapas impor­tantes de la historia de Israel: la del Sinaí (Nu 9); la de la entrada en Canaán (Jos 5); las de las reformas de Ezequías (2Cro 30) y de Josías (2Re 23,21s); la del restable­cimiento postexílico (Esd 6,19‑22). La liberación de la opresión egipcia se evoca cada vez que Israel sufre otras esclavitudes. Bajo el yugo asirio, hacia el 710, Isaías salu­da la liberación como una noche pascual (30,29), en la que Dios preservará (asah) a Jerusalén (31,5); cien años más tarde, Jeremías celebra la liberación de los exiliados como un nuevo éxodo (31,2‑21); incluso, según la versión griega de los LXX, en el aniversario exacto del primer éxodo: «he aquí dice Dios, que hago volver a los hijos de Israel en la fiesta 75 de pascua» (31,8 = 38,8 del griego). Bajo el yugo de Babilonia Jeremías afirma que el retorno de los deportados del 597 será tan portentoso que su­plantará al éxodo en el recuerdo de Israel (23,7s); lo mis­mo el deuteroisaías anuncia el fin del exilio como el éxodo decisivo que eclipsará al antiguo.[15]

            La celebración pascual se fue enriqueciendo con toda una orquestación simbólica, como aparece en el «poema de las cuatro noches» insertado en el Targún palestino.[16] En la celebración pascual se recuerda la noche de la creación como origen del designio salvador de Dios (Is 42,5‑6;44,24‑26) y se anuncia su cumplimiento escatológico, esbozando así la esperanza mesiánica (noche vencida con la venida del Mesías), pasando por los hechos salvíficos de la noche de la liberación del pueblo y, antes, el nacimiento del pueblo en la noche de la aparición de la fe sobre la tierra en el sacrificio (aquedá) de Isaac. Israel, liberado en la noche del Exodo, celebra en esa noche su salvación, y con él la liberación de toda la creación, liberada con la creación de la luz del caos de la nada, a Isaac liberado del suplicio de la muerte, signo de la noche del hombre sin la fe, y tipo por ello del Mesías que sacará a la humanidad de la muerte con su victoria sobre ella.

            El gran Hallel pascual, que se canta la  noche de Pascua, liga la redención a la creación.[17] Si Dios puede separar las aguas del mar Rojo (Ex 14,21) es que primero dividió el océano primordial (Gen 1,6). Asimismo, si Dios puede salvar a los hijos de Israel, es que primero salvó a sus padres. Se supone que Abraham aguarda el Exodo (Gen 15,13s), cuya prenda es para él la salvación de Isaac (Gen 22). Ahora bien, se supone que Isaac ha sido ofrecido en Sión (2Cro 3,1), como más tarde el cordero pascual (Dt 16), y preservado de la espada (Gen 22,12), como más tarde Israel (Ex 12,23;1Cro 21,15); Isaac fue salvado por el cordero, Israel por el cordero; Isaac derrama en su circuncisión una sangre ya rica de valor expiatorio (Ex 4,24‑26), como lo será después la de las víctimas pascuales (Ez 45,18‑24); pero sobre todo, Isaac está dispuesto a derramar toda su sangre, prefigurando así al cordero pascual por excelencia: Jesucristo (Heb 11,17‑19).

            Todas estas intervenciones de Dios, unidas a la ce­lebración de la liberación de Egipto, hacen esperar su intervención definitiva en el futuro con la llegada del Mesías. Esta salvación definitiva (escatológica) aparece como una nueva creación (Is 65,17), un éxodo irreversi­ble (Is 65,22), una victoria total sobre el mal recobran­do así el paraíso de nuevo (Is 65,25). Por ello, en la no­che pascual los judíos aguardan la llegada del Mesías, dejando en su mesa una silla vacía para Elías, que le precederá anunciando su venida.[18]

 

 

     2. LA CRUZ GLORIOSA: FIESTA DE LA LIBERTAD

Hombre en Fiesta: Última Cena

            La pascua, como toda tradición, supone una comunidad que la transmite a otra generación. La tradición bíblico‑salvífica de la pascua, en Israel, hace del pasado una realidad presente, siempre abierta al futuro, pues la salvación es promesa, que se cumple como primicia de una salvación futura mayor y más sublime. El cumplimiento de la promesa es también promesa que engendra confian­za en el presente y esperanza en la salvación futura. De aquí que la historia camine en busca de su meta, siguien­do una línea ascendente. Esta visión bíblica de la historia de la salvación da a los acontecimientos un carácter tipo­lógico, les hace figura de la realidad que anuncian y se es­pera;[19] son como un bosquejo provisional que Dios ha ideado de la salvación plena a la que se orientan. Pero ambos órdenes, no son solamente semejantes y relaciona­dos el uno con el otro, sino que el nuevo lleva a plenitud lo que ya en el antiguo estaba germinalmente incoado.[20]

            Pero la historia es el espacio donde el hombre vive su libertad. Sólo hay historia allí donde se da la liber­tad. El futuro del hombre se hace desde el presente de su libertad. Desde el seno del presente, la libertad salta, liberando al hombre de su clausura en la actualidad, abriéndole hacia nuevos horizontes. La libertad, pues, hace al hombre capaz de futuro.[21] Esta libertad creadora del hombre es el don y el tormento del hombre. Una y mil veces renace en el hombre, en medio de la angustia, la tentación de volver a la apacible seguridad de una vida apoyada en sí mismo, aunque sea a costa de renunciar a las esperanzas que la presencia de Yahveh, en cada pascua, abre ante sus ojos. Tentación de volver a Egipto, de pactar con los enemigos, de ganarse con sacrificios la benevolencia de los dioses rivales, de estable­cerse definitivamente en lo ya poseído sin continuar la oscura peregrinación de la fe. Pero esta vuelta atrás se hace imposible porque lleva consigo la experiencia de la disolución y del fracaso. Los profetas se encargan de recordar al pueblo que la fe y la fidelidad a Dios son la única garantía de su existencia: «Si no creéis no subsis­tiréis» (Is 7,9). La fe es un camino y no una instalación. Es la precariedad de vida: renunciar a lo que se tiene para ir hacia lo que está delante. Es salir de la propia tierra, dejar atrás las seguridades, que se poseen, para seguir la marcha hacia lo prometido. La fe convierte la vida del creyente en un proceso siempre abierto hacia lo que está por venir. Para el creyente, la vida es futuro y promesa, esperanza creadora y confiada. Si Dios pre­side la creación y la historia, el presente se transforma en posibilidad y promesa de un futuro en el que se re­solverán las contradicciones y angosturas actuales. El Dios de la alianza crea ante el creyente la posibilidad de una plenitud futura, que llena de sentido las contra­dicciones del presente; la escatología rompe el cerco de la historia y da sentido a todo el presente. Descubrir la escatología es descubrir la ilimitada posibilidad del hombre en el mundo, y con ello la apertura permanente de la historia. La fe confiesa al Dios de la gracia y la gracia bondadosa de Dios. 

            Esto es lo que celebra la Pascua. Pero en la Pascua hay cuatro formas de estar, representadas en los cuatro interrogantes de los niños: estar presente en la fe, estar sin más, estar sin entender nada y estar en rebeldía. Es el paso salvador de Dios por la libertad del hombre, ofreciendo la salvación sin condicionar nunca al hom­bre, respetando siempre su libertad para acogerlo y de­jarse arrastrar por sus lazos de amor o para rechazarle en la  resignación, en el escándalo o en la rebeldía ante el absurdo. La Pascua es liberación de la esclavitud: y la esclavitud es real; es salvación del mal: y el mal es malo; es resurrección de la muerte: y la muerte es morir. «La cruz es escándalo, necedad (absurdo), fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,17‑25).

 

Escándalo de la cruz

            El mal en el mundo -sufrimiento, enfermedad, pecado y muerte- es un manantial de interrogantes, que angustia, atormenta, hace rebelarse al hombre: ¿Por qué los cataclismos naturales?, ¿por qué el hambre?, ¿por qué millones de seres no han nacido más que para sufrir?, ¿por qué el sufrimiento de los inocentes?, ¿por qué la hu­manidad, con todo su progreso y técnicas, vuelve periódi­camente a las mismas injusticias, a las mismas crueldades?, ¿por qué el narcotráfico que destruye la vida?, ¿por qué la explotación de la prostitución?, ¿por qué la historia humana está entretejida de divisiones, odios, tiranías, ma­sacres masivas?, ¿por qué ese refinamiento constante en la crueldad?, ¿por qué las armas, la amenaza nuclear, quími­ca o genética?, ¿por qué esa impotencia para romper el círculo infernal del mal en sus múltiples formas?, ¿por qué la muerte, única salida para la vida? Estos interrogantes, expresión del escándalo de la cruz, llevan a la pregunta: ¿cómo es posible creer que Dios es omnipotente y amor? O es impotente o sádico. Se acusa a Dios de ser no sólo inútil, sino culpable. En La peste, Camus grita su escándalo ante el sufrimiento de los inocentes. El doctor Rieux y el jesuita Paneloux asisten impotentes a la agonía de un niño torturado por la peste, ahogado por la fiebre. El jesuita, ante el cadáver, dice: «¡Quizás tengamos que amar lo que no podemos comprender!». El doctor le replica: «No, padre... Yo tengo otra idea del amor. ¡Me negaré hasta la muerte a amar una creación en la que los niños son torturados!»... «Lo que odio es la muerte y el mal».[22]

            Este escándalo, en su forma más heroica, se hace farisaico. Intenta corregir la plana a Dios. El drama de Péguy Juana de Arco está dedicado a «todos aquellos y aquellas que mueren su muerte humana en su intento de remediar el mal universal de los hombres».[23] La pastora de Domrémy se pregunta dolorosamente, locamente, por la presencia de ese mal universal. Se siente angustiada, ahogada por la presencia de los heridos, de los enfermos, de los abandonados, de los hambrientos, de los pecadores, de los condenados: «¿Por qué permite Dios que haya tantos sufrimientos?» (p.30). A Juana de Arco le cuesta trabajo rendirse ante Dios, es incapaz de rezar, aplastada por la marea del mal. No puede resig­narse: ¡es preciso actuar, luchar contra el mal!

Y si es preciso, para salvar de la eterna ausencia las almas de los condenados que enloquecen en la ausen­cia, dejar toda mi vida en manos del sufrimiento huma­no, ¡que permanezca toda mi vida en el sufrimiento humano! (p.37).

            Este es el escándalo de los religiosos y de los terroristas, de los que no pueden concebir un Dios de bon­dad que permita el mal y la libertad:

Los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de El diciendo: "A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje de la cruz y creeremos en  El. Ha puesto su confianza en Dios: que le salve ahora, si es que de verdad le quiere ya que dijo: soy hijo de Dios". De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con El (Mt 27,41‑44).

            El marxismo, con su lucha de clases, en su lucha contra la opresión, contra el mal, por encima de la li­bertad personal, la teología de la liberación, que acepta este punto de partida, y el terrorismo, que traduce a la realidad esta ideología, son la expresión actual del escándalo de la cruz. La situación actual es un contrasentido de la creación. Nos encontramos con el mal cósmi­co: terremotos, volcanes, huracanes, ciclones, tifones, maremotos, inundaciones, sequías; el mal físico: enfermedades, mutilaciones, malforma­ciones, minusvalías, envejecimiento, muerte; el mal psíquico: depresiones, angustias, traumatismos, demencias; el mal moral: enga­ños, injusticias, explotaciones, traiciones, odios, perver­siones, sadismos... El mal tiene formas infinitas:

Pero entonces, Dios mío, ¿por qué? ¿por qué tanto mal? ¿qué juego tan dramático estás jugando con noso­tros, Señor? ¿hasta cuándo, hasta cuando estaremos sin comprender? (Juana de Arco).

 

Absurdo de la cruz

            La cruz escandaliza al hombre religioso. Al griego, al sabio, le parece absurda, una necedad. Por ello se re­bela ante Dios y le condena a muerte. Es lo que hace Nietzsche: «Dios ha muerto... Dios seguirá muerto. No­sotros le hemos matado». Nietzsche murió loco, pero con él nació el hombre rebelde.[24] Judas se ahorca, pero entrega a Cristo, porque no acepta la injusticia. La re­beldía es la condenación de Dios en nombre de la justi­cia, de la fuerza frente a la debilidad y horror del mal. Para corregir la obra de Dios es preciso suprimir la libertad, como para suprimir la libertad hay que suprimir a Dios. Detrás de esa rebeldía contra Dios se oculta no solamente la repulsa eterna de toda esperanza, sino in­cluso la repulsa de la misma condición humana. Al rebelarse contra Dios, los hombres son capaces de las peores abominaciones. La rebeldía es totalitaria: excluye toda otra presencia que no sea la suya, toda ideología di­ferente de la suya. Para acabar con el mal, para cambiar a toda costa la condición humana, se sacrifica a millones de seres en aras de un progreso, de un superhombre con­cebido y hecho «a medida del hombre». Para corregir la obra de Dios se requisa la libertad; y entonces se entra en un orden peor que cualquier otro mal. Cuando el na­cismo quiso acabar con el mal, la debilidad, las deforma­ciones, no retrocedió ante millones de muertes. Cuando el marxismo quiere imponer su justicia, sacrifica a porcio­nes enteras de la humanidad. Con sus ideologías, nuestro siglo científico y técnico no acaba de amontonar crímenes para librarnos de todo mal. Para exterminar el mal, se extermina a Dios. Pero una vez crucificado Dios, el hom­bre se encuentra a merced del hombre.

            El hombre, constituido dueño y señor de la vida,  intenta manipular la vida. Este es el intento de la ingeniería genética. Quitemos el mal, programemos el hom­bre desde el comienzo, hagamos robots sin defectos, y sin posibilidad de hacer el mal, sin enfermedades, sin debilidades. No importa las muertes que cuesten los ex­perimentos. La vida no vale. Cuenta el progreso de la ciencia. Ingeniería genética y aborto se dan la mano en las mismas clínicas. Y con el aborto va unida la eutana­sia. Si una madre puede matar a un hijo en su seno como a un intruso, ¿quién impedirá al hijo de esa ma­dre que, cuando ella sea una intrusa incómoda en la vida del hijo, éste se deshaga de ella? Padres abortistas engendran hijos eutanasistas.

            Dostoyevski dio en Los hermanos Karamazov la expre­sión más dramática a esta rebeldía. Dirigiéndose a Cristo, que ha vuelto a la tierra para reanimar la fe, pero que de nuevo se ha visto apresado y metido en la cár­cel, el gran inquisidor le declara:

Eres tú, tú. No digas nada. Cállate. Por otro lado, ¿qué podrías decir? Lo se perfectamente. No tienes de­recho a añadir una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos? Porque nos moles­tas, como sabes muy bien. ¿Pero sabes lo que va a pa­sar mañana? Mañana te condenaré y te quemarán. Has visto a los hombres libres. Quieres llegar al mundo con las manos vacías predicando a los hombres una libertad y una esperanza que su necedad les impide compren­der, una libertad que les da miedo... Pero acabarán de­positando esa libertad a nuestros pies. Tú has creído en la libertad humana, en vez de requisarla. Nosotros he­mos corregido tu obra y los hombres se alegran de ver­se conducidos de nuevo como un rebaño. ¡Bien! Les convenceremos de que no serán verdadera­mente libres más que abdicando su libertad en nuestro favor.[25]

            Bernanos decía atinadamente: «El escándalo del universo no es el sufrimiento, sino la libertad».[26] Si Dios tuviera que presentar excusas no sería por el mal, sino por habernos hecho libres, y por amarnos sin condicionar nunca nuestra libertad. Dios hizo piedras, árboles, animales y hombres. Sólo la persona humana es libre, es decir, capaz de decir sí o no incluso a Dios. Este es el riesgo que corre Dios al crear al hombre libre. En definitiva, ¿por qué es posible la rebeldía? Dios no ha querido la rebeldía, sino la libertad. Y la libertad per­mite la rebeldía.

            El hombre puede vivir dominado por la euforia de su potencia y sentirse inducido a considerarse autosufi­ciente, capaz de alcanzar el fuego sagrado de la vida. O es posible incluso que se resigne a su disolución en la nada sin invocar la ayuda de nadie. Entonces es preciso dar tiempo para que se consume la experiencia; tiempo para que se derrumben las babélicas construcciones de sus falsas esperanzas, tiempo para que se abran cauce las aguas de la ignorancia, del miedo y de la muerte, tiempo para que las pequeñas serpientes del desierto (Nu 21,4.9) con sus mordiscos sitúen al hombre en su verdad, tiempo para que el amor a la vida, el deseo de vivir se yerga contra la resignación al absurdo. Entonces surgirá la pregunta por el sentido último de la existencia y estará en condición de invocar o de aceptar la sal­vación que alguien le anuncie. La cruz es el camino de la verdad y de la libertad, pues «sólo la verdad os hará libres», dice san Juan.

            Toda utopía humana es una falsedad, que transfor­ma la verdad en mentira, pues intenta convertir en una imagen la promesa encerrada en la palabra de Dios. La  prohibición de las imágenes en el Antiguo Testamento tiene un sentido eminente en la esperanza escatológica del hombre. El inacabamiento escatológico del hombre no puede soportar su fijación en ninguna realización histórica de ninguna sociedad humana. Es la vida en el Espíritu la que abre al hombre un horizonte que supera las fronteras de toda esperanza intramundana. Pero esto, lejos de alienar al cristiano, le da un amor al mundo ilimitado; únicamente la seguridad de estar situado en un horizonte abierto a la vida eterna, le permite al hombre encontrar la fuerza y la libertad necesarias para vivir y entregarse en medio del fluir de las relatividades de la historia.

 

Resignación ante la cruz

            La forma pobre y triste de escándalo ante la cruz es la resignación. Es soportar porque no queda más reme­dio; es recurrir a Dios para que cambie su voluntad; es el pensar que todo está mal, pero que al final, en la otra vida, todo se arreglará; es orar a los santos para que con­tradigan a Dios, pero sin rebelarse; es la blasfemia silen­ciosa de la vida de tantos cristianos que adoran la cruz pidiendo a Dios que les quite la cruz; es la contradicción de las eucaristías sin eucaristía, sin acción de gracias, sin exultación. Es la piedad, que busca milagros, con nove­nas y peregrinaciones. Es la fe del que cumple sin partici­par en la celebración. Es la liturgia desconectada de la vida. Es orar a Dios y luego no verle en la historia.

            Lo peor no es el mal y el sufrimiento en sí mismo, sino el hecho de que nos resignemos, nos dé lo mismo. Por huir del sufrimiento vamos dejando que la muerte se meta en la vida. Es la apatía, la pérdida de la pasión por la vida. La apatía es síntoma grave de agotamiento. Quien la sufre ya no participa de su entorno. Sus senti­dos y sentimientos se embotan. Sus sensaciones se atro­fian. Le ha invadido una fría pasividad. El interés por la vida desfallece. Se retira a su caparazón, se encapsula y se encierra para no tener que sufrir y, en consecuen­cia, se margina de la vida. En realidad ya no vive. Ya no le afectan los dolores ni las alegrías. ¡Vence el deseo de vivir, hazte apático y no sufrirás!

            La idolatría del trabajo mecánico, la producción, la masificación deportiva y circulatoria, lo impersonal, el hombre función... Vivir sin padecer, vivir sin pasión. Es la muerte del hombre moderno, más terrible que la amenaza de muerte atómica o ecológica. Es lo contrario de Dios. La pasión por la vida le llevó a Cristo a morir en la cruz. En su pasión y en su sufrimiento nos mani­fiesta el amor a la vida que tiene Dios, "que no quiere que el pecador muera, sino que se convierta y viva". El Dios y Padre de Jesucristo no es el Dios de los filósofos, un ser impasible, mudo y frío. Es el Dios que ha dado muestras de un apasionamiento por su creación, por el hombre, su imagen, por el futuro. La proximidad de Dios se experimenta en su amor a la libertad y en su pasión por la vida frente a la muerte. Su alianza con Is­rael es un pacto de amor, una alianza matrimonial. Su amor es un amor sensible y pasible. Sufre en su pasión por la libertad de Israel cuando Israel se aparta de El y cae esclavo de los ídolos. Se encoleriza por los estúpidos pecados de los hombres, pero su cólera no es otra cosa que la expresión de su amor herido.

            Entrar en el ámbito de este amor, vivir en alianza con este Dios revelado en la Escritura, es incompatible con la apatía. Sufre en sim‑patía con Dios por el mun­do y se alegra en Dios por el mundo de Dios. Dios pa­dece con Israel, va con su pueblo al exilio... El que en la profundidad de su sufrimiento descubre el sufrimiento de Dios no puede volverse apático.

            Toda la vida de Cristo manifiesta esta pasión de Dios por la vida. Vive en presencia de la muerte, fren­te a la muerte, curando enfermos, acogiendo leprosos, no vengando pecados sino perdonándolos, es decir, combatiendo contra la muerte, hasta entrar en ella para aniquilarla. En su muerte se nos manifiesta la pa­sión de Dios, que quiere la vida y es enemigo de la muerte, que quiere la libertad y es enemigo de la es­clavitud, que quiere el amor y es enemigo de la apatía. Jesús se entregó libremente al combate con la muerte, tomó espontáneamente el camino de Jerusalén, donde mueren los profetas. Fue a ella buscando la vida y la libertad para los oprimidos por el mal y la muerte, y para ello cargó con la muerte violenta siendo tortura­do y ejecutado: «El soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores. Sus cicatrices nos curaron» (Cfr. Mt 8,17). «Sí, os lo aseguro, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; en cambio, si muere, da fruto abundante» Un 12,24). Esa esterilidad del grano que no quiere caer en tierra y morir es la muerte absurda, ya que es una muerte sin esperanza. "El que quiera salvar su vida, la perderá", quedará sola, infecunda, muerta. Pero "quien pierde su vida, la encuentra", la está haciendo fecunda, eterna. Querer conservar la propia vida es afirmarse a sí mismo y no atreverse a vivir por puro temor a la muerte, no atre­verse a amar por temor a la decepción: es la apatía. Entregar la vida es salir de uno mismo, amar, expo­nerse y darse. En esta enajenación se hace viviente la propia vida, ya que vivifica otras vidas. Quien vive verdaderamente la vida, puede también morir. Quien ya está muerto no pude morir por nadie ni por nada. O, si se quiere, una vida no vivida, en apatía, puede no morir, pero no es vida. La apatía pretende ahorrarnos la muerte y por eso nos desposee de la vida. El amor, en cambio, hace de la vida una pasión, haciéndonos capaces de sufrir. Mirar a la pasión de Dios y a la historia de la pasión de Cristo nos lleva de la muerte a la vida e impide que nuestro mundo se hunda en la apatía.[27]

 

La cruz fuerza de Dios

Hombre en Fiesta: La Cruz Gloriosa

            La respuesta de Dios a todos los interrogantes del hombre ante el mal, no es un discurso, sino un acto, una pasión, un silencio amoroso. Dios responde dejando morir en la cruz a su Hijo inocente. Hay algo más loco todavía, más poderoso que la fuerza del mal: la fuerza del amor desarmado. La respuesta no es una refutación, sino una persona, un rostro torturado por el sufrimiento acogido por amor.

            El misterio del mal sólo se ilumina por el misterio de la cruz, que es a su vez misterio de la libertad y del amor insondable de Dios. Es la respuesta de Dios, dada una vez para siempre, en su Hijo, hombre entre los hombres, para asumir los pecados del mundo hasta morir por ellos. Su respuesta es la cruz: el amor desarmado frente a la rebeldía armada. Como Cristo, el cristiano está invitado a entrar con  El en el sufrimiento, en la injusticia, sin defensa alguna, vuelto al Padre. No hay frente al mal otra lucha que la agonía de Getsemaní y del Gólgota. A la locura de la rebeldía y del mal no hay mas respuesta que la locura de la cruz. Cargarse con el mal, para destruirlo. Hacerse pecado para aniquilar el pecado. Esta es la fuerza de la cruz.

            Cuando David se enteró de la muerte de Absalón, exclamó: «Hijo mío, ¡ojalá hubiera muerto yo en tu lu­gar!» (2Sam 19,1). Cuando Dios ve cómo sus hijos eligen la muerte negándose a responder a su llamada de amor, ocupa su lugar: muere por ellos. El pecado tiende a eliminar a Dios; Dios se deja eliminar, sin abrir la boca. En ninguna parte Dios es tan Dios como en la cruz: rechazado, maldecido, condenado por los hom­bres, pero sin dejar de amarlos, siempre fiel a los hom­bres que lo rechazan. En ninguna parte aparece tan cla­ra la potencia de Dios como en la impotencia de la cruz (Cfr. Sab 11,21ss). La cruz es la última tentativa del amor para disolver en nosotros el odio, para desarticular el egoísmo. ¿Qué es lo que hay en los hombres, en esta humanidad pervertida, para que se provoque en Dios tal exceso de amor, sino la posibilidad que tene­mos de nacer al amor, de engendrar en nosotros mis­mos un nuevo ser, libre y liberado para siempre, un hijo que pueda introducirse en la vida trinitaria? Colgado del árbol de la cruz, Cristo invita a los hombres a ponerse en las manos del Padre, como unos hijos conce­bidos por su amor.

            La cruz de Cristo y la muerte de Dios es el colmo de la sinrazón, la victoria más asombrosa y más aluci­nante de las fuerzas del mal sobre Aquel que es la vida. Pero al mismo tiempo es la revelación de un amor que se impone al mal, no por la fuerza, no por un exceso de poder, sino por un exceso de amor, que consiste en re­cibir la muerte de manos de la persona amada y en mo­rir la muerte que ella merece con la esperanza de con­vertir al amor su rebeldía. La debilidad de Dios es su omnipotencia. «Las grandes aguas no podrán apagar el amor, ni los ríos sumergirlo» (Cant 8,7). «Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en El no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El» (Jn 3,16‑17). En Jesucristo y en su cruz es Dios el que reconcilia consigo al mundo (2Cor 5,18).[28]

            Dios se revela en la debilidad y la fe se afirma en el desamparo. En ello se anuncia la muerte de Jesús como plenitud de la revelación y de la fe (2Cor 12,5). Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa, por quien espera la descendencia prometida (Gen 22); Moisés, el enviado, que no sabe hablar; Jeremías, que se siente impotente para llevar a cabo su mi­sión (Jr 1,6‑9)... El Dios de Israel es un Dios oscuro y misterioso, que se oculta y deja sentir en la angustia y la desesperación. Ese es el momento privilegiado en el que se alza la fe como fidelidad al Dios de la alianza por su propia fidelidad en contra de  todas las apariencias: «Yo espero en Yahveh que oculta su rostro a la casa de Jacob, yo espero en El» (Is 8,17). Por encima del ab­surdo y de la muerte, el creyente mantiene la esperanza en la salvación de Dios. Dios es el creador del futuro y la garantía de la esperanza. La paciencia, en el lenguaje bíblico, implica más que la idea de sufrimiento soporta­do, la idea de permanencia en la misión aceptada, la de la esperanza en la promesa de Dios: es esperar aguardando contra toda esperanza porque El es fiel, y mien­tras se espera, en el crisol, acrisolarse, despojarse de es­corias y ganga.

 

La cruz sabiduría de Dios

            A la luz de la cruz, la realidad del hombre, el mundo, aparece como una realidad mundana y alejada de Dios, pero aceptada por Dios en Cristo. En la cruz de Cristo Dios acepta toda la realidad del hombre tal cual es. Pero en esta misma cruz, el hombre también descubre que su ser, su mundo, es una realidad de pe­cado, juzgada y abandonada por Dios. Toda la cultura, el progreso, la política, todas las creaciones del hombre quedan juzgadas en la cruz de Cristo. Y sólo de la cruz de Cristo puede brotar la fuerza necesaria para aceptar el mundo con la entrega y donación de la vida por él. La cruz hace la desmitización del mundo, desvelando la idolatría y crea, al mismo tiempo, el amor al mundo hasta perder la vida por él, incluso en donde se manifiesta como enemigo de Dios.

            El Espíritu de Cristo resucitado desenmascara el engaño, el pecado del mundo y la verdad de la cruz, como fuerza del amor, de la debilidad, de la justicia y salvación de Dios, que ama y salva al hombre, liberán­dolo del «principie de este mundo», a quien juzga y condena (Jn 16,8‑11).

            La cruz, con su escándalo y absurdo humano, apa­rece en la vida de Abraham, de José, de Moisés, de Jo­sué (Heb 11,1‑40;Eclo 44,20;1Mac 2,52). Aparece también en la historia del pueblo en Meribá y a lo lar­go de toda la marcha por el desierto (Ex 17,7). Ante lo incomprensible el hombre «tienta a Dios» (Ex 15,25;17,17; Sal 95,9). Esta experiencia del pueblo, lleva a los sabios a su reflexión sobre el sentido del sufrimiento, en particular el del justo. Aquí el hombre se ve avocado no ya a lo imposible, como ante las promesas, sino ante el absurdo. La tentación no consiste ya en dudar del poder de Dios, sino que es la tentación del insulto o la blasfemia. El libro de Job es el planteamiento de este misterio. Una respuesta más definida es la que presenta el poema del Siervo de Yahveh (Is 52,13‑53,12).

            En la historia de la salvación, Dios desciende hasta el mal, hasta el pecado del hombre: «Hasta me has con­vertido en siervo con tus pecados y me has cansado con tus iniquidades. Era yo mismo el que tenía que limpiar y no recordar tus pecados» (Is 43,24‑25). Al Elegido, que traerá la salvación a los que carecen de ella, se le denomina Siervo de Yahveh (Is 53). Isaías habla de las «fati­gas de su alma» (v.11). El carga con los pecados y con las enfermedades (v.4). En el himno a Cristo de Fili­penses 2 se describe el misterio del Mesías como su des­pojo y anonadamiento en la forma de «siervo de Yahveh» (Filp 3,10;2Cor 4,7ss;6,4ss): Jesús es el siervo, el cor­dero de  Dios. Llevando en la cruz el pecado de los hombres, transforma la blasfemia en suspiro filial y la muerte en resurrección (Mt 27,46;Lc 23,46; Filp 2,8). Esa fuerza de Dios se pone de manifiesto en la debili­dad (2Cor 12,9). Y la nueva creación del cielo y de la tierra surgirá del sufrimiento de Dios: será el reino del Crucificado: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza» (Apo 5,12;7,14s;11,15;12,10;21,23). El rei­no de la gloria nace de la exaltación del Cordero, como aparece en las cúpulas de tantas iglesias cristianas. El Crucificado es el fundamento y el centro del reino de la gloria; ese reino comienza ya ahora con la resurrección y ascensión a la gloria del Crucificado. Dios vence el pecado y la muerte, tomándolos sobre sí para, de este modo, aniquilarlos.

            Todo el Nuevo Testamento está centrado en la cruz y resurrección. Bajo esta luz pasa la antigua alian­za a ser preludio del misterio pascual, centro y final de los caminos de Dios. Los evangelios sinópticos narran la prehistoria de la pasión a la luz de la cruz y resurrec­ción de Jesús. La cruz no es en ellos un acontecimiento aislado, sino el acontecimiento al cual se encamina la historia de su vida y por el cual reciben sentido los de­más sucesos. La vida de Jesús transcurre a impulso del «es preciso padecer» (Mc 8,31p;Lc 17,25;22,37;24,7.26.44). A ello le lleva su actitud de servicio, servi­cio que le lleva hasta entregar su vida para rescatar a la multitud (Mc 10,45). A ello se encamina también la ten­tación, que no concluyó con la del desierto (Lc 4,13) y que la carta a los Hebreos ve correr pareja con todo el padecer de su vida (2,18;4,15). Una vez que Jesús ha dado signos suficientes de su misión divina, pone a los discípulos en tesitura de confesión. Y el tiempo que des­de este momento queda hasta la pasión está jalonado por las predicciones de sus sufrimientos (Mc 8,31s;9,30s;10,32s). A la primera responden los discípulos con el desconcierto: «¿Qué puede significar la resurrec­ción de los muertos?» (Mc 9,10). La segunda vez no en­tienden ni se atreven a preguntar (Mc 9,32). Y la terce­ra, como Jesús iba por delante hacia Jerusalén «con gesto decidido» (Lc 9,51), «le siguen desconcertados y con miedo» (Mc 10,32). Cuando habla del seguimiento, pone la cruz como forma básica y típica de negación propia (Mc 8,34s): Hay que «beber el cáliz» y «ser bautizado» (Mc 10,38). El mismo sueña con ese final (Lc 12,50) como anhela la cena en que finalmente repartirá su carne sacrificada y su sangre derramada (Lc 22,15). Lucas habla de la pasión durante la transfiguración (9,31); Marcos, inmediatamente después: con el precursor (Elías) hizo Herodes (Jezabel) lo que quiso. Lo mismo pasará con el Hijo del hombre (Mc 9,12s). Los antecedentes son martiriales.

            También el evangelio de Juan está dominado por el «es preciso» (3,14;20,9;12,34), que es a la vez libertad absoluta (10,18;14,31;18,11). Camino y meta están en Juan integrados de manera que muerte y resurrección van unidas como tránsito hacia el Padre; y la pasión (18,4‑8) es la consagración de Jesús por los hombres que Dios le ha dado (17,19) y la prueba de su extremado amor a los amigos (15,10). Lo que exige a cambio no es sólo «entrega a los hermanos» (1Jn 3,16), sino el mismo marchar gozoso del  Señor hacia la muerte, que le devuelve al Padre (14,28). Pero la sombra de la cruz es tan pesada que Jesús ya antes «llora» y se «conturba» (11,33s). Y, conturbado, quisiera esquivar esa «hora». Pero se mantiene (12,27‑28). «Hacerse carne» y «no ser recibido» (1,14) es ya de antemano «ser triturado» (6,54.56), desaparecer en la tierra por la muerte (12,24), ser «alzado» en muerte‑resurrección como serpiente donde se recoge y muere todo veneno (3,14), como ese único que se ofrenda por los muchos (11,50s), como pan de vida que desaparece en la boca del traidor (13,26), como luz que brilla en la ciega y hostil tiniebla (1,5). El amor abisal responde al odio abisal y viceversa (15,22ss).

            Para Pablo, igualmente, coinciden la predicación del Evangelio y la predicación de la cruz de Jesucristo. En Corinto no quiere Pablo saber más que de la cruz de Jesucristo (1Cor 1,23;2,2); y ante los gálatas no quiere gloriarse sino en la cruz (Gal 6,14). La cruz constituye el centro de la historia de la salvación, pues en ella se cumple la promesa y se hace pedazos toda la ley con su carácter de maldición (Rom 4). Es el centro de la historia universal porque reconcilia a todos en el cuerpo crucifica­do (Ef 2,14ss). Y es el centro de toda la creación, ya que «antes de la creación del mundo» fuimos predestinados en la sangre de Cristo para ser hijos de Dios (Ef 1,4ss). Lo único que Pablo quiere con su predicación es servir a la reconciliación del mundo con Dios en la cruz de Jesu­cristo (2Cor 5,18). Pero al hacerlo no proclama un he­cho histórico más entre otros: lo que proclama es que en la cruz y la resurrección se ha producido el trueque y la «recreación» de todas las cosas: «pasó lo viejo; todo es nuevo» (2Cor 5,17). Con ello se ha desvelado la más honda verdad de la historia, aunque sea escándalo para los judíos y necedad para los paganos, pero en realidad es «fuerza de Dios» (1Cor 1,18‑24). La existencia cristia­na es «reflejo» de la forma de Cristo: si uno ha muerto por todos, todos han muerto radicalmente (2Cor 5,14). La fe lo tiene que ratificar (Rom 9,30s), la existencia lo tiene que hacer palmario (2Cor 4,10). Y si esa muerte se produjo por «amor a mí» (Gal 2,20), mi respuesta ha de ser una «fe» de total entrega a ese destino divino; y el escándalo y la persecución pasan a ser títulos de glo­ria del cristiano (Gal 5,11;6,12­14).[29]

 

La cruz misterio de amor

            La entrega del Hijo a la muerte, en el abandono de Dios en la cruz, es la kénosis hasta el infierno del hom­bre para rescatarlo del poder de la muerte. Ese amor «hasta el extremo» le lleva a anonadarse, a padecer y experimentar la muerte en favor de los hombres y de la creación entera. Esa presencia del amor de Dios en Cristo Crucificado da a la creación entera la vida eter­na. Cuando Dios, en Cristo, entra en la muerte saca de ella vida eterna.

            Mateo cita a Isaías: «El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermeda­des» (Mt 8,17 = Is 53,4). En los Hechos, Felipe explica al funcionario de la rei­na de Etiopía el Evangelio de Jesús a partir del pasaje de Isaías: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el  esquilador, enmudecía y no abría la boca» (He 8,26‑35 = Is 53,7‑8). Lo mismo hará Pedro en su primera carta (2,22‑24): "No hubo engaño en su boca" (Is 53,9). «El tomó el pecado de todos» (Is 53,12). «Sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5‑6).

            La fórmula "Jesucristo padeció por nosotros" permea todo el Nuevo Testamento. Ya Pablo nos dice que él ha recibido de la Iglesia apostólica que «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras». La cruz es la «hora», que «todavía no ha llegado» y «por fin ha llegado». Es «el bautismo con que Cristo tiene que ser bautizado». Jesús ha venido a situarse «en vez de nosotros», «en nuestro lugar», «por nosotros», en donde nos correspondía estar a nosotros por nuestro pecado, cargando El con nuestra desgracia y nuestra maldición. Jesús asume el puesto de los «malditos»‑ (Gal 3,13) y mue­re una muerte ignominiosa. "Dios le hizo pecado por nosotros» (2Cor 5,21). Es la «hora del poder de las ti­nieblas» (Lc 22,53), cuando la mente se perturba, cuan­do se quiebran las conexiones entre lo que pasa y el para qué pasa, cuando el sufrimiento no es una mera idea, sino interioridad sufrida: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» puede ser la confluencia exacta, dice von Balthasar, de un sufrimiento demoledor y su desconexión momentánea de la idea de sufrir «por» y morir «para». Es el sentimiento del fracaso vivido a fondo.[30]

            Si realmente tenía que «llevar el pecado del mun­do», no lo llevó como quien arrastra un peso y fardo ajeno, sino sufriendo la experiencia interior de lo que es el pecado a los ojos de Dios: privación de la gloria de Dios (Rom 3,23), privación de la comunica­ción con El en la fe, esperanza y caridad, presencia ante Dios definida por la Escritura como «estar ante el tribunal de la cólera» de Dios (Rom 3,5). San Juan de la cruz, que compartió algo de la experiencia de Jesús en la cruz, la describe en La noche oscura en términos de infierno, porque hace sufrir la perdición, el apartamiento irremediable de Dios. El Inocente, sin pecado, que vive por entero de la obediencia amorosa del Padre, cuya voluntad es su alimento, ha penetrado hasta el límite de la negación de Dios, compartien­do no la negación, sino el apartamiento y la alienación, que es una realidad objetiva interpuesta entre Dios y el pecador y afecta a ambos. Y como esta realidad es asumida por quien está en la relación más íntima imaginable con Dios supone un sufrimiento que supera toda imaginación.[31]

            Como dice Juan Pablo II:

Las palabras de Cristo en Getsemaní: "Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz, sin que yo lo beba" prue­ban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento... El sufrimiento hasta lo más profundo es el pa­decer el mal, ante el que el hombre se estremece.. Después vienen las palabras del Gólgota, que atestiguan esa profundidad -única en la historia del mundo- del mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento concretamente en el salmo 22, del que proceden las pa­labras citadas. Estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Pa­dre, y nacen porque el Padre "cargó sobre El la iniqui­dad de todos nosotros" y sobre  lo que dirá San Pablo: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros". Junto con este horrible peso, mediante todo el mal de dar las espaldas a Dios contenido en el pecado, Cristo, me­diante la profundidad divina de la unión filial con el Pa­dre, percibe de manera humanamente inexplicable ese sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios... El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ha entrado en una dimensión completamente nueva: ha sido unido al amor, aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento.[32]

            El sufrimiento presupone el amor. El que no ama no sufre. Se puede evitar el sufrimiento haciéndose in­sensible frente a la alegría y al dolor de los demás. El sufrimiento queda eliminado, pero es a costa de la frustración de la vida, del vacío y del aburrimiento. Al liberar al hombre del miedo a perder la vida, Cristo da al cristiano la libertad para entregarse por completo y afrontar con alegría el sufrimiento.[33]

            El poder del Crucificado es la impotencia de la gracia, la fuerza reconciliadora de la pasión y la sobera­nía del amor que se vacía de sí. Su reino está en la des­lucida fraternidad con los pobres, los presos, los ham­brientos, los pecadores. Los excluidos de los reinos del mundo se convierten en su comunidad bienaventurada (Mt 5,3ss). Este paso hacia el ser humilde, escondido, pero real del hombre, lo ha traído a la esperanza en el Hijo del hombre la figura sufriente del Crucificado. Y, a su vez, la esperanza en el Hijo del hombre ha traído a los desesperados de este mundo la esperanza de Dios. El Hijo del hombre crucificado trae la reconciliación al dolor de la disociación. El hombre podrá aceptarse a pesar de todas sus inaceptabilidades, porque ha sido ya aceptado por Dios. En medio de la insoportable historia sufriente del mundo, se alza la cruz de Cristo. Ello da al hombre la fuerza para esperar donde nada hay que esperar, y para amar donde lo que impera es el odio. El que cree en Cristo Crucificado no huye del mundo. Encontrará en El la certeza en medio de las incertidum­bres, la paz en el sufrimiento, la libertad en el amor. Vivir en la libertad y en la esperanza significa poder amar en la dimensión de la cruz.

            Jesús es único: verdadero Dios y verdadero hombre, lo que significa que la historia humana ha sido una vez historia de Dios, que la ha vivido como propia y que, por ello, la ha sanado internamente y nos ha dado a los hombres la posibilidad de estar en el mundo como en tierra propia, sin tolerar la carne y el tiempo, sino amándolos, y la posibilidad de marchar hacia el futuro, no como a la embocadura de la nada, sino hacia el umbral de la vida verdadera. Esto es lo que Dios nos comunicado al resucitar a Jesucristo. La resurrección es la clave para una nueva comprensión de Dios como Dios de vivos; es la acreditación del mensaje y de la forma histórica en que vivió Cristo, a quien condenaron como un criminal y a quien El declaró inocente. La resurrección es la clave para comprender el destino del hombre, ya que nos anticipa lo que será nuestro futuro, al saber que la vocación humana es una llamada a la vida y no una condenación a muerte, y que esta vi­da les será  concedida por Dios a todos los hombres que vivan en el mundo con una conciencia de hijos como Jesús, se mantengan fieles al Evangelio que El predicó y entreguen su vida por los demás como la entregó Jesús. Quien se reserve su vida en el egoísmo, la codicia, la esclavitud o el temor, la perderá; quien, en cambio, la entregue en la fe, la esperanza y el amor a los hombres, aun cuando la pierda, la recobrará.[34]

 

               3. PASCUA: FIESTA DEL TRIUNFO SOBRE LA MUERTE

Hombre en Fiesta: Resurrección

            La Pascua es el centro y la cumbre del tiempo cristiano, «solemnidad de solemnidades», durante mu­cho tiempo única fiesta de los cristianos, fiesta en la que el «día que hizo el Señor» se prolonga en una se­mana entera y se renueva en una semana de semanas. El acontecimiento pascual de Cristo constituye el núcleo esencial de la predicación apostólica. Es el centro de la fe cristiana y el núcleo medular de toda celebración litúrgica:

Dios que quiere que todos los hombres se salven y lle­guen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4), habien­do hablado antiguamente en muchas ocasiones de dife­rentes maneras a nuestros padres por medio de los profetas (Heb 1,1), cuando llegó la plenitud de los tiem­pos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón (Is 61,1; Lc 4,18), como "mé­dico corporal y espiritual"[35]. Mediador entre Dios y los hombres (1Tim 2,5). En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto, en Cristo "se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino"[36].

Esta obra de la redención humana y de la perfecta glo­rificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la antigua alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bie­naventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión. Por este misterio, "con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida" (Prefacio pascual). Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació "el sacramento admira­ble de la Iglesia entera" (oración de la Vigilia pascual). Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Pa­dre, El a su vez envió a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15) y a anunciar que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás (He 26,18) y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la obra de salva­ción que proclamaban mediante el sacrificio y los sacra­mentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica. Y así, por el bautismo los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son se­pultados con El y resucitan con El (Rom 6,4; Ef 2,6;Col 3,1;2Tim 2,11), reciben el espíritu de adopción de hijos por el que clamamos: Abba Padre (Rom 8,15), y se convierten así en los verdaderos adoradores que bus­ca el Padre (Jn 4,23). Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman su muerte hasta que vuelva (1Cor 11,26). Por eso el día mismo de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados. Y con perseveran­cia escuchaban la enseñanza de los apóstoles, se reunían en la fracción del pan y en la oración..., alababan a Dios, gozando de la estima general del pueblo (He 2,41‑47). Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace de nuevo presente la vic­toria y el triunfo de su muerte" (Conc.Trid., ses 13), y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefa­ble (2Cor 9,15) en Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo (SC 5‑6).

 

Pascua, triunfo de la muerte

            Desde la generación apostólica los cristianos, que cada domingo hacían memoria de la resurrección del Señor, no podían dejar de proyectar la luz de su fe so­bre la celebración anual de la Pascua judía: «Ha sido inmolado nuestro cordero pascual: Cristo. Así, pues, ce­lebremos la fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ázimos de sin­ceridad y de verdad», decía Pablo a los fieles de Corinto (1Cor 5,7‑8).

            La comunidad cristiana en la noche de Pascua celebra, como único misterio, la pasión y muerte del Se­ñor, la resurrección y la espera de su retorno glorioso. Este retorno se experimenta como un encuentro gozoso y salvador que permite a la comunidad celebrante compartir a nivel sacramental el triunfo de Cristo sobre la muerte y su retorno al Padre. Celebrar la Pascua «en memoria de la muerte» del Señor (1Cor 11,26) no es celebrar la muerte como fracaso o desenlace final, sino como paso a la vida. Desde la óptica de la pascua he­braica, Apolinar, Clemente de Alejandría, Melitón de Sardes, Ireneo e Hipólito ven en la inmolación de Cristo en la cruz la culminación de la Pascua. Cristo es el cordero definitivo que ha sustituido para siempre el cor­dero de la vieja pascua. Cristo entregó su vida en la cruz en el mismo momento en que los judíos inmolaban el cordero pascual en el templo (tradición joánica): al atardecer. De esta forma, dirán, Cristo celebró su ver­dadera pascua, no en la cena ritual, sino en la cruz. La comunidad cristiana, al celebrar la Pascua, aparece como sumergida y bañada en la sangre del Señor. Por eso, Tertuliano aconseja la celebración del bautismo en esa fecha.[37] En el momento cenital de la Eucaristía la comunidad experimenta la presencia gozosa del Señor resucitado. La tristeza se transforma en alegría desbor­dante y la espera anhelante queda colmada por el en­cuentro con el Señor resucitado, vencedor de la muerte y salvador del mundo. Compartir la muerte y la resu­rrección de Cristo es celebrar y entregar la vida, «comer» la pascua y «padecer» la pascua, como única rea­lidad gozosa y vivida con Cristo para vencer el pecado y la muerte, teniendo como meta, luz y fuerza la resu­rrección de Cristo, que se manifiesta en la transformación radical de la existencia.

            El acontecimiento pascual de Cristo constituye el núcleo esencial de la predicación apostólica. Es el cen­tro de la fe cristiana y el núcleo medular de toda celebración litúrgica. Es decisivo la coincidencia de todos los creyentes en la confesión de que Cristo ha resucita­do: «El Señor verdaderamente ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). «Dios ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos» (He 2,32;3,15; 4,10). Este hecho metahistórico es un hecho histórico. Ha sucedido dentro del tiempo de la historia humana. Esta fe de la Iglesia es la que funda a la Iglesia. De no haber resucitado Cristo, no habría Iglesia ni fe: «tanto ellos como yo (Pablo), esto es lo que predicamos, y así es como habéis llegado a la fe» (1Cor 15,15). La Iglesia es el auténtico sujeto de la fe pascual. Al igual que esa fe es el auténtico objeto por el que se constituye la Iglesia creyente.[38]

            La Pascua no es un acontecimiento sólo del pasado, sino que es signo y anticipación de un mundo nuevo, que desde el presente se realiza progresivamente en la historia en un proceso de transformación universal. De domingo en domingo, de pascua en pascua, apoyados en la palabra eficaz de Jesús y en el hecho de su resurrección, se nos ofrece una permanente y progresiva regeneración del tiempo y de la historia. El cristianismo no celebra las estaciones del  año, ni los ritmos cósmico ni la fecundidad, ni la fertilidad de la tierra, sino el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección de Cristo, acontecimiento real acaecido en la historia, en el tiempo y en el espacio, en «aquella noche dichosa, única que mereció conocer el tiempo y la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos» (Pregón pascual. Cfr. Gal 4,9‑11;Col 2,16‑17).

            Pero la pascua no es solo pascua de Cristo, sino de todos los que creen en El. La pascua de Cristo es la primicia, promesa y garantía de nuestra pascua, de nuestra liberación, a lo largo de la historia, de toda opresión y servidumbre. El hombre esclavo del pecado y de la muerte experimenta el caos, el temor, la incapacidad de amar; desfigurada en él la imagen de Dios, no se acepta a sí mismo, experimenta su propia vida como soledad y absurdo, vacía de sentido y valor; replegado sobre su mi­seria no ve al otro o lo ve como enemigo de quien defen­derse, en contraste y oposición, atormentado por la vio­lencia del mundo, angustiado por la inseguridad del mañana; perdido en la masa, se siente aislado; absorbido por la sociedad anónima, industrializada, tecnicista y consumista, se siente inseguro, insignificante, inútil, no necesario para nadie, sin rostro ni nombre propio, en el infierno que «son los otros» o "la carencia de los otros". Esta es la situación trágica del pecado del hombre. Pero Dios, que no abandona al hombre, quiso restablecer con él el pacto de alianza, liberándolo del pecado y de la muerte. Este plan de salvación ha querido realizarlo en Cristo, su Hijo, en la plenitud de los tiempos. Por ello asumió Dios nuestra condición humana en un gesto inimaginable de amor al hombre. Por eso Dios se hizo hombre, participando de todas las miserias que envuelven la miseria humana. Este gesto de comunión con el hom­bre culmina en la muerte. Todo el dolor humano, todo el abandono y desamparo humano ha sido asumido por Cristo para liberar al hombre del peso de su esclavitud.

            Esta es la Pascua, el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, del pecado a la amistad con Dios. Pero la pascua no ha terminado. Continúa a lo largo de la historia. Y continuará hasta que Cristo sea todo en todas las cosas, hasta el alumbramiento del cielo nuevo y la tierra nueva, donde no habrá llanto, ni dolor, ni pecado, ni muerte.

            La Iglesia -comunidad de los que creen en Jesucristo-, celebra la Pascua y así, de pascua en Pascua camina en la historia, solidaria -con Jesús- de todos hombres, como fermento de transformación hasta que en una Pascua el Señor vuelva. El grito de la comunidad Creyente «Ven, Señor Jesús» no es sino el reflejo de esa esperanza ansiosa y anhelante de que el mundo sea regenerado y «venga su reino».[39]

            El creyente entra así en un mundo nuevo, adquiere una nueva manera de comprender este mundo y de vivir en él, en correspondencia con la plenitud de Dios y la grandeza de sus designios. Esta novedad de vida  es una creación  renovada simboIizada y celebrada como una fiesta  primordial en la asamblea cristiana. En la Pascua celebramos la gracia de un Dios grande que nos perdona y nos salva, celebramos nuestro nacimiento bautismal a esta nueva vida, celebramos el nacimiento como comunidad por el anuncio pascual de la palabra y por la fraternidad eucarística. Celebramos la victoria de la fe sobre el pecado y la muerte. Celebramos el triunfo de la  vida, de la reconciliación y de la paz que anuncia el Resucitado a los que le condenamos a muerte. Celebramos el amor creador y recreador, reconocido y aceptado en la fe y celebrado en la alegría y la alabanza.

 

La Pascua canta al Crucificado

            La Pascua canta la victoria de Cristo sobre el peca­do y sobre la muerte. Canta al Crucificado exaltado y glorificado en la cruz. Canta la pasión que nos libró de nuestra pasión. Es lo que recogen las homilías pascuales de Melitón de Sardes y la atribuida a Hipólito.[40]

            Ambas homilías son un canto al Cristo de la pa­sión. Cristo ha asumido la condición de «pasión» que caracteriza la existencia del hombre pecador

Notad bien quien es el que padece y quien el que compadece junto con el que padece; por qué el Señor ha descendido sobre la tierra, por qué se ha revestido de aquel que padecía y lo ha llevado consigo a lo más alto de los cielos (Melitón).

El Señor, habiéndose revestido del hombre y habiendo padecido por aquel que padecía..., resucitó de los muer­tos (Melitón).

Esta era la pascua que Jesús deseaba padecer por no­sotros. Con la pasión nos ha librado a nosotros de la pasión (Pseudo‑Hipólito).

            Al asumir la situación de pasión del hombre en el mundo, Cristo está presente, sufriendo, en todos los personajes del Antiguo Testamento:

                Cristo es la Pascua de nuestra salvación,

                El es quien tuvo que padecer mucho en la persona de muchos,

  El es quien fue

asesinado en la persona de Abel,

 maniatado en Isaac,

   exiliado en Jacob,

   vendido en José,

   expuesto en Moisés,

 inmolado en el cordero,

perseguido en David,

vilipendiado en los profetas (Melitón).

 

            Pero, sobre todo, Cristo está presente en el cordero:

 

 Cristo es el cordero sin voz,

 éste es el cordero degollado,

 éste es el mismo que nació de María,

 la hermosa cordera;

 el mismo que fue arrebatado del rebaño,

   empujado a la muerte,

inmolado al atardecer,

y sepultado de noche;

 que no fue quebrantado en el leño,

 ni se descompuso en la tierra;

 el mismo que resucitó de entre los muertos

 e hizo que el hombre surgiese desde

  lo más hondo del sepulcro (Melitón).

 

     Cristo es, pues, el verdadero cordero pascual, in­molado por los hombres. Pero el acontecimiento pas­cual, que culmina en la muerte  del cordero, no termina ahí. Termina gloriosamente en la resurrección:

 

                Este es aquel

que se encarnó en una virgen,

 que fue colgado del madero,

  que fue sepultado en la tierra,

que resucitó de entre los muertos,

  que fue elevado a lo alto de los cielos (Melitón).

            Con la resurrección Cristo inicia la ascensión, su retorno glorioso al Padre. Es su glorificación. Pero Cris­to no retorna al Padre en solitario. La humanidad, rescatada de la muerte, inicia su proceso pascual de retor­no al Padre con Cristo:

 

 Venid pues todas las razas humanas,

 sumergidas en el pecado.

 Recibid el perdón de los pecados,

  porque yo soy vuestro perdón,

 yo la Pascua de la salvación.

 Yo os llevo a las alturas de los cielos.

 Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.

Yo os resucitaré por medio de mi diestra (Melitón).

Habiéndose, pues, revestido de la imagen perfecta, Cristo transformó al hombre, que había revestido, en hombre celeste; entonces la imagen incorporada a El subió también al cielo (Pseudo‑Hipólito).

            Esta transformación nos la describen como una exis­tencia en la luz y en la plenitud de vida, libre de toda opresión, especialmente libre del pecado y de la muerte:

   El es el que nos ha hecho pasar

  de la esclavitud a la libertad,

 de las tinieblas a la luz,

 de la muerte a la vida,

 de la tiranía al reino eterno (Melitón).

 

  ¿Qué es la venida de Cristo?

liberación de la esclavitud,

   liberación de la antigua fatalidad,

   inicio de la libertad,

  honor de la adopción,

fuente de la remisión de los pecados,

verdadera vida inmortal para todos (Hipólito).

 

De la muerte a la vida

            Que un muerto vuelva a la vida no es una novedad en el ámbito bíblico. Pero no es esto lo que quiere decir la resurrección de Jesús. Jesús resucitado de entre los muertos pasa a un tipo de existencia que ha dejado tras sí la muerte de una vez para siempre (Rom 6,10), que ha llegado a Dios superando para siempre las frontera de este tiempo (Heb 9,26;1Pe 3,18). Al contrario de David, y de todos los resucitados por El mismo, Jesús se ve libre de la corrupción (He 13,34), vive para Dios vive, «por los siglos y tiene las llaves de la muerte y del hades» (Apo 1,17s). Rompe de una vez todo nuestro mundo de vida y muerte y así nos abre un camino nuevo hacia la vida eterna de Dios (1Cor 15,12s). Cristo entra en el mundo nuevo, en el tiempo eterno.[41]

            «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo la Pa­dre», dirá San Juan (13,1). Efectivamente, la Pascua es «el paso de este mundo al Padre», es decir, el paso de este mundo, cautivo del pecado, al Padre, meta supre­ma de nuestra esperanza. Esto fue toda la vida de Cris­to, una pascua: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez  el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). En la primera parte se hace alusión a la primera fase del misterio: separación y alejamiento del Padre e in­mersión en el mundo, en la historia humana, con su re­alidad de miseria y pecado, kénosis que le lleva hasta la cruz (Filp 2,5‑8). El «santo» se ha hecho «pecado» para que el hombre pecador vuelva a la comunión con el Pa­dre (2Cor 5,21). El «Señor» se ha hecho «siervo», obe­diente hasta la muerte. Pero en la cruz, en su descenso hasta los infiernos, se inicia el retorno al Padre, su glo­rificación. La resurrección es la aceptación del Padre de la obediencia y entrega del Hijo. La muerte, desde la resurrección, adquiere su sentido de plenitud y de triun­fo: «por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre so­bre todo nombre» (Filp 2,9‑10). Muerte y resurrección, humillación y gloria no son dos realidades yuxtapuestas, sino el camino único, pascual, de todo el misterio de Cristo encarnado.

            Cuando Pablo afirma: «Cuantas veces coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga» (1Cor 11,26), fija en la «muerte del Señor» la anamnesis eucarística; pero no se trata de la muerte sin más, sino de la muerte del Señor, esto es, de la muerte gloriosa, de la muerte como pascua, paso a la vida, muerte que supone la resurrección. Este contenido anamnético aparece desdoblado en el s. III en la más antigua anáfora que conocemos, la que nos transmite Hipólito en la Traditio Apostólica: «Hacemos memoria de su muerte y resurrección».[42] El Canon Romano, del s. IV, aún lo desarrolla más: «Hacemos memoria de su pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión a los cielos». En las Constituciones de los Apósto­les, del s. V, su desarrollo es aún más amplio: «Por tan­to, hacemos memoria de su pasión y muerte, de su re­surrección de entre los muertos, de su retorno a los cie­los y también de su segunda venida».[43] La última fase de este desdoblamiento del misterio de Cristo la hallamos en la anamnesis de la liturgia copta, llamada de San Gregorio el Teólogo: «Y ahora, Señor, hacemos memoria de tu venida a la tierra, de tu muerte vivificante, de los tres días que pasaste en el sepulcro, de tu resurrección de entre los muertos, de tu ascensión a los cielos, de tu glorificación a la derecha del Padre y de tu segunda venida».[44]

            Tanto el año litúrgico, como la Eucaristía pascual, celebran la totalidad del misterio de Cristo como paso de este mundo al Padre. Ello significa que el año litúr­gico es como una eucaristía desdoblada, celebrada a lo largo de todo el año. Esto significa que la vida cristiana es una eucaristía celebrada en el culto y vivida en la historia, como gratitud y alabanza a Dios en todos los acontecimientos de la vida, pues para el cristiano todo es gracia.[45]

            Hasta mitad del s. IV la Pascua fue la única  fiesta del año; en ella, como en la Eucaristía dominical, se ce­lebraba y hacía presente la totalidad del misterio de Cristo. A partir de ese momento comenzarán a aparecer y a tomar cuerpo nuevos ciclos litúrgicos y nuevas fiestas. En torno a la pascua se irá formando un período de preparación y otro de prolongación. Y junto a este ciclo pascual se formará el ciclo natalicio. A finales del s.IV quedará ya diseñada la estructura actual del año litúrgico.

 

Pascua del cristiano

            A través de la fe y los sacramentos, los hombres se incorporan al acontecimiento pascual de Cristo. Sólo consiguen la resurrección y la vida quienes se adhieren a la predicación de los apóstoles, quienes creen la bue­na noticia, se sumergen en las aguas bautismales y se sientan a la misma mesa para comer el cuerpo del Se­ñor y beber su sangre. Estos reciben una vida nueva, vida en el Espíritu de Cristo Resucitado (Cfr.Jn 11,25‑26;Mc 16,15‑16;Rom 6,4‑5;Jn 6,54.58).

            La Iglesia tiene conciencia de que cada vez que ce­lebra los sacramentos y, sobre todo, la Eucaristía, se ac­tualiza el acontecimiento pascual de Cristo. A través de la celebración, la comunidad se incorpora a la pascua de Cristo para pasar, junto con Cristo, de este mundo al Padre. En la celebración la comunidad experimenta ese proceso de regeneración que es la pascua. Por ello, la Iglesia mediante el anuncio de la buena noticia, suscitando la fe en el Señor Jesús y celebrando los sacra­mentos, y viviendo en medio del mundo en el amor y la unidad del Señor, se convierte en fermento renovador del corazón del hombre y de la historia, hasta que El vuelva.

            La vida y la salvación del mundo es un don de Dios, acogido por el hombre, que vive en conversión perma­nente a El, dando muerte al pecado y al hombre viejo. Celebrar la victoria sobre la muerte y el pecado lleva a vivir en la paz y comunión con los hermanos, a romper con el pecado y a vivir la vida nueva, entregándose a la muerte -llevando en nuestro cuerpo el morir de Jesús- para dar la vida al mundo: «pues mientras nosotros mo­rimos el mundo recibe la vida» (2Cor 4,7‑12):

Para aquel que ha comprendido que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, y que la fiesta se celebra co­miendo la carne del Logos, no hay momento en que no celebre la Pascua, palabra que significa paso. Este, en efecto, con el pensamiento, con toda palabra y con toda acción, está pasando siempre de las cosas de esta vida a Dios y se apresura hacia la ciudad celeste.[46]

            Pablo afirma que nadie puede sentirse justo ante Dios sino por la fe en Jesucristo, por la aceptación reve­rente y agradecida de su venida que nos perdona los pecados, nos comunica su propia plenitud de vida y abre ante nosotros la esperanza de una vida auténtica y definitiva. Nadie puede situarse ante Dios si antes El no vuelve hacia nosotros su rostro en pura bondad inmere­cida y nos cambia el corazón. Por ello la salvación es gratuita, es gracia, aceptación de esta inmerecida pre­sencia de Dios que nos transforma. De  aquí nace la acción de gracias y la vida como respuesta agradecida (Rom 3,19‑20.27  31;4,19‑25;Gal 13,1‑5). Pablo, en continuidad con el Antiguo Testamento, entiende la fe como aceptación del Dios creador, que llama las cosas que no son a que sean (Rom 4,17), pero sobre todo, es la aceptación del Dios que entregó a su Hijo por noso­tros y lo resucitó de entre los muertos para nuestra justificación (Rom 4,24‑25), como principio de nuestra re­surrección (Rom 8,11). Si morimos con El, con El vivi­remos y reinaremos (2Tm 2,11‑12). La muerte y la re­surrección de Jesús es la plenitud de la revelación y de la gracia. La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, demues­tra definitivamente que Dios está con nosotros y por nosotros de una manera que ningún poder creado pue­de hacer cambiar (Rom 8,38‑39).

            Esta experiencia del amor y de la gracia de Dios da a la fe una firmeza y solidez definitivas. Sabemos que la muerte, la cruz de cada día, no nos faltará, pero la muerte no puede ya negar la vida. Desde ahora la vida se ensancha hasta el horizonte de la esperanza inaugurada por Dios para todos en la resurrección de Jesús, constituido Señor y fuente de la vida para todos los hombres (Rom 8,28‑30;1Cor 15,20‑28). Por eso la confesión «Jesús es el Señor» expresa el centro de la fe con la que desde el fondo del corazón creemos en el Dios que lo ha resucitado de entre los muertos. Esta es la fe que salva, la fe que perdona los pecados, restable­ce la paz con Dios y nos hace entrar en el reino de la luz y de la vida: «Si tus labios confiesan que Jesús es Señor y tu corazón cree que Dios le resucitó de entre los muertos serás salvado. Pues la fe del corazón obtiene la justicia y la confesión de los labios la salvación» (Rom 10,9‑10).

            La fe tiene una vertiente de ultimidad y de inauguración escatológica de las dimensiones últimas del hom­bre. Así el creyente vive por la fe en el filo del aquí y del después, donde lo definitivo ya es, pero todavía no es del todo. La fe es como el asimiento de estas realida­des últimas que vienen al hombre por el encuentro es­catológico con Cristo glorioso, pero sin poder poseerlas del todo mientras viva en este cuerpo de carne que sigue sujeto todavía a las ataduras y limitaciones este mundo que pasa. Por eso, el creyente vive su fe en una tensa esperanza, que es fortaleza y paciencia respecto de un mundo que no conoce ni admite su nueva vida, y adentramiento progresivo en la realidad de un futuro inconmensurable que está ya siendo verdad y presencia.

            Así la fe nos introduce en la comunión con Dios y con los hombres por amor. La esperanza nos trae el futuro, lo actualiza en el amor que es encuentro con Dios, con los hombres y con la creación entera, en tensión transida de paz y gozo en el Señor.[47]

            Una antigua tradición hebrea considera la pascua como aniversario de la creación. El mes de Nisán, primero del año, es el mes de la primavera y del reverdecer de los campos. Esta interpretación de la pascua une creación e historia. Para los cristianos, la creación primordial se celebra con la recreación de todas la cosas por la Pascua de Cristo. Ciertamente, el cristianismo es una religión histórica, cuyo punto de partida es la intervención libre y espontánea de Dios en la historia de los hombres. Por ello el culto cristiano no celebra el rodar cíclico y permanente de las estaciones, sino las intervenciones de Dios en la historia, que culminan en Cristo, en la plenitud de los tiempos. Sin embargo el entorno cósmico de la fiesta de Pascua, celebrada en el plenilunio de primavera, confiere a esta solemnidad un colorido especial y unas resonancias cósmicas, que la teología y la predicación cristiana han utilizado pedagógicamente. La primavera y las referencias a la creación primordial ofrecen unas estupendas analogías para explicitar el contenido salvífico y regenerador de la pascua. El contenido nuclear de la pascua es, ciertamente, el triunfo de Cristo sobre la muerte, su paso de este mundo al Pa­dre y, en definitiva, el inicio de un proceso de transfor­mación de la historia de los hombres y también de la creación entera. 

            El hombre, creado a imagen de Dios, se encuentra con esa imagen desfigurada por el pecado. La salvación del hombre, que es la voluntad de Dios manifestada y realizada por Cristo, consiste en la recuperación de la situación original, es decir, en la rehabilita­ción de la imagen de Dios en él. Por eso, los Padres de la Iglesia han presentado la regeneración pascual como una vuel­ta al paraíso, ofreciéndonos las sugestivas analogías en­tre el árbol del paraíso y el árbol de la cruz. De aquel nos vino la muerte, de éste la vida. El fruto que pendía del árbol del paraíso generó nuestra perdición; el fruto que pende del árbol de la cruz engendra nuestra vida y salvación. Por ello, la salvación pascual aparece como una nueva creación y como una repristinación del tiempo primordial.

            Pero la vuelta a los tiempos primordiales y la anticipación del futuro se hallan unidas, y no contrapuestas, en la celebración pascual. La proyección de la Pascua hacia los orígenes y hacia el futuro escatológico no es sino la expresión viva de la dimensión universal de la Pascua de Jesús, que envuelve y regenera la totalidad de la historia (Cfr. Apo 21,1‑5). San Juan, en el Apocalipsis nos describe la meta hacia la cual camina la nueva humanidad, regenerada en la Pascua del Señor. Es la situación nueva, en la que no habrá lágrimas, ni llanto, ni muerte para los que hayan sido lavados en la sangre del Cordero; es decir, los que hayan compartido la Pas­cua de la nueva alianza.

            Así, pues, la fiesta de la Pascua, memorial de la Pascua del Señor, es también anticipación gozosa del futuro escatológico. La Pascua celebra el futuro anticipándolo y haciéndolo experimentar. Por eso, celebrar la Pascua es anticipar ya, en el presente, el futuro de la reconciliación con Dios y de la fraternidad universal. La Pascua es ya un saborear festivo las primicias del cielo nuevo y de la tierra nueva, es decir, del nuevo modo de existencia en la libertad y comunión. Y esta experiencia permite a la co­munidad cristiana creer y anunciar que es posible un mundo nuevo, un nuevo estilo de convivencia humana; en definitiva, que es posible la esperanza.

            Esta experiencia del futuro escatológico, anticipado en la  celebración, lleva al cristiano a vivir su existencia como denuncia de toda alienación e idolatría, pues sabiendo «que el tiempo ha desplegado velas, quien tiene mujer vive como si no la tuviese. Los que compran como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo como si no disfrutasen. Pues pasa la escena de este mundo» (1Cor 7,29‑31). El mundo futuro está presente en Cristo; el intervalo entre el momento presente y la Parusía ha perdido absolutez; los afectos, la salud, la alegría terrestre, la riqueza, el poder, o su carencia, han perdido importancia, pasan; es inútil sumergirse en ellos o desencantarse por su ausencia. Todo queda redimen­sionado ante el gozo indescriptible de la comunión con Dios y la alegría desbordante de la comunión y libertad celebrada y saboreada.

            Esta experiencia de plenitud infundirá, igualmente, un espíritu de gratitud tal que arrancará a la comuni­dad cristiana de todas sus instalaciones egoístas, impul­sándola a dedicar el resto de sus días a comunicar a los hombres esta esperanza, a arrastrar a toda la humani­dad a la pascua de la muerte a la vida, a liberar a los hombres de todas sus esclavitudes y, así, encaminar la historia hacia el mundo nuevo, sin lágrimas, ni lutos, ni alienaciones, ni muerte. Su vida, libre ya del temor a la muerte, será un perderla por los hombres, anunciando y comunicando la victoria de Cristo, que hace posible que el hombre pueda mirar con ojos limpios al otro hombre y reconocer en él a un hermano. Así gastará y se des­gastará con gusto hasta que todos los hombres sean ca­paces de reconocerse hermanos e hijos del mismo Padre de los cielos. La Pascua de Cristo constituye la primicia y, por tanto, la promesa de una transformación univer­sal y definitiva, inaugurando ya un tiempo de salvación. Por ello la Pascua es el eje medular en torno al cual gira toda la vida cristiana.

 

La Pascua: fiesta de la espera escatológica

            Con la resurrección del Crucificado de entre los muertos comienza la nueva creación. Con la resurrec­ción de Cristo apareció una vida nueva y la presencia del Espíritu del Resucitado impulsa con su fuerza de vida la resurrección, la vivificación de los cuerpos mortales, venciendo el pecado y la muerte. Primero Cristo, como primicias, después los de Cristo, cuando El venga, luego el final (1Cor 15,20‑24). La fe en la resurrección es, pues, la forma cristiana de la fe en la creación. Pa­blo llama a Abraham el padre de la fe porque creyó a Dios «que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Rom 4,17). El Dios de la creación es el Dios de la promesa y el que resucita a los muertos, salvación, resurrección y creación se engloban en la misma mirada de la fe y de la celebración pascual. El Espíritu de Cristo Resucitado es la fuerza de la resurrección, es el espíritu creador de vida nueva y la fuerza creadora de Dios (Cf. 2Cor 4,6;1Cor 14;Ef 1,19,4). En el presente, el hombre creyente escucha los suspiros del Espíritu, los gemidos del parto. La esperanza de «la gloria que ha de manifestarse en nosotros» es, precisa­mente, la que hace tomar conciencia de «los sufrimien­tos de este tiempo». Tenemos las primicias del Espíritu pero aun esperamos la redención del cuerpo. Somos hijos de Dios y le llamamos Abba, papá, pero todavía ansiamos la filiación. La fe es certeza y dolor al mismo tiempo Es fe pascual, es vivir crucificado con Cristo esperando la liberación no sólo del «cuerpo de pecado», sino del «cuerpo de muerte» (Rom 7,24).[48]

            La proclamación en la liturgia pascual de toda la Escritura atestigua la convicción de que la historia de la salvación halla su unidad en el misterio de Cristo: es a la luz de la Pascua, muerte y resurrección de Cristo como el Antiguo Testamento recibe su verdadero signi­ficado para los cristianos. Pero la liturgia atribuye a los textos bíblicos, proclamados en la asamblea, el valor de palabra actual, pronunciada hoy, para los fieles que es­cuchan. La proclamación hace que sea verdaderamente hoy cuando tiene lugar para nosotros un determinado acontecimiento de salvación; por ello, el oyente fiel per­cibe la palabra como una novedad absoluta, con asombro y esperanza. «La palabra de Dios anuncia la histo­ria de la salvación y es la celebración litúrgica la que, celebrando la palabra, realiza el misterio de la salvación contenido y transmitido en ella».[49]

            Con asombro experimenta la luz nueva, el nacimiento de la fe, la liberación de la esclavitud, el amor esponsal de Cristo, la renovación de su bautismo en el misterio del agua y de la palabra, la renovación de su corazón por un espíritu nuevo, resucitado con Cristo, en la alegría pascual.

            Es toda una fiesta cargada de símbolos, celebración sacramental. Noche que pasa y desemboca en el nuevo día luminoso, palabra que se cumple, aguas con la fuer­za de su bendición que evocan las aguas primordiales, el diluvio, el paso del mar Rojo, el bautismo de Jesús, el agua que brota del costado abierto de Jesús en la cruz y la misión dada a los apóstoles por el Señor resucitado: «id por todo el mundo y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»; aguas, pues, en las que el hombre se siente sumergido y de las que renace como hombre nuevo; ayuno, que se rompe en el banquete eucarístico, que anuncia el banquete eterno...

            Se trata de una celebración nocturna, pero la co­munidad aparece despierta, gustando el paso salvador del Señor y esperando ansiosamente el retorno del Señor glorioso, a la hora del gallo, que coincide con la Eucaristía. Es el momento álgido en el que culmina la Vigilia. La comunidad entonces experimenta al Señor presente, glorioso, en medio de los suyos. La espera termina y se inicia el gozo de la presencia y la alegría desbordante. El Señor ha vencido a la muerte y vive para siempre... Pero la espera continúa. La ansiosa espera no se quiebra con la Eucaristía pascual. El Señor ha venci­do y está presente. Pero ni esta venida ni esta presencia son definitivas. El Señor volverá radiante al final de los tiempos. La espera pascual apunta también a esa última venida.

            La literatura intertestamentaria sostiene que la venida del Señor -del Mesías- tendrá lugar también en una noche de Pascua. Así lo expresa este texto de Lactancio:

Nosotros celebramos esta noche pasándola en vela a causa de la venida de nuestro Rey y Dios. El significa­do de esta noche es doble: en esa noche, El retornó a la vida después  de la pasión; y, en esa misma noche, El recibirá al final de los tiempos el reinado del mundo.[50]

            Los fieles se reúnen para celebrar la Pascua y expe­rimentan el deseo ardiente de vivir el encuentro gozoso con el Señor resucitado. Como las vírgenes de la pará­bola evangélica, permanecen alerta y vigilantes para que el Señor no les sorprenda dormidos. Esta espera anhelante queda cumplida cuando el Señor de la gloria se hace presente en el banquete pascual, que se configu­ra al mismo tiempo como banquete nupcial. Pero la comunidad es consciente de que esa venida y presencia del Señor es provisional. Por eso la espera escatológica se proyecta hacia la Pascua definitiva, cuando el Señor vuelva para establecer definitivamente su Reino. Hasta entonces la Iglesia camina en la esperanza, anunciando la buena noticia y edificando el Reino. Así la espera pascual penetra este caminar de la Iglesia a través de los siglos:

Llegará un tercer día y en él nacerá un cielo nue­vo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran do­mingo en el que la muerte será definitivamente aniqui­lada. Por ello, podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que forma­mos el cuerpo de Cristo. Pues, de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y se­pultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos los santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como El.[51]


Hombre en Fiesta: Fin del Mundo


     [1] A. BENTUE, La opción creyente, Salamanca 1986;J. ALFARO, La fe como entrega personal del hombre a Dios, Concilium (1967) 56‑69;J. PIKASA, La Biblia y la Teología de la historia. Tierra y promesa de Dios, Madrid 1972;O. SEMMELROTH, Incontro personale con Dio, Alba 1959.

     [2] J. MOLTMANN, Esperanza y planificación del futuro, Salamanca 1971;J. ALFARO, Esperanza cristiana y liberación del hombre, Barcelona 1974;C. SPICQ, Dieu et l'homme selon le Nouveau Testament, Paris 1961.

     [3] E. JIMENEZ, ¿Quien soy yo? Antropología para andar como hombre por el mundo, Bilbao 1990, p.57‑94, con la bibliografía; L. SCHEFFCZYK, El hombre actual ante la imagen bíblica del hombre, Barcelona 1967;E. LEVI­NAS, Totalidad e infinito, Salamanca 1977.

     [4] Cfr. F. SEBASTIAN, Antropología, o.c., p.85‑91; N. LOHFINK, Exégesis bíblica y teología, Salamanca 1969;I. HERMANN, L'expérience de la foi. Essai de théologie biblique, París 1966; G. CRESPY, Essais sur la si­tuation actuelle de la foi, Paris 1970.

     [5] Cfr. Sal 25,10;37,6;40,11;57,4;85,11;88,12;108,5;117,2; 138,2.8.

     [6] H.U. von BALTHASAR, Puntos centrales de la fe, Madrid 1985.

     [7] P. GRELOT, Sentido cristiano del Antiguo Testamento, Bilbao 1967;H.U. von BALTHASHAR, Teología de la historia, Madrid 1964;J. DA­NIELOU, El misterio de la historia, San Sebastián 1957, G. WAGNER, La résurretion, signe du monde nouveau, París 1970; L. MALEVEZ, Les di­mensions de l'histoire du salut, NRTh 86(1964) 561‑578; H. MUH­LEN, El Espíritu Santo en la Iglesia, Salamanca 1974.

     [8] G. von RAD, Teología del Antiguo Testamento I,p.175‑177.

     [9] F. STIER, citado por H. FRIES, Acción y palabra de Dios en la historia de la salvación, en Mysterium Salutis, I, Madrid 1981, p.242‑243.

     [10] O. CULMANN, La historia de la salvación, Barcelona 1967; J. DANIELOU, Historia de la salvación y liturgia, Salamanca 1967; G. AUZOU, De la servidumbre al servicio, Madrid 1967;J. SCHEINER, El de­sarrollo del «credo» israelita, Concilium 20(1966)384‑396. VARIOS, Parole de Dieu et liturgie, Paris 1958.

     [11] Cfr. P. AUBRAY, Día del Señor, en VTB.

     [12] Is 10,25ss;Miq 7,14ss;Jr 16,14ss;Is 63‑64;Sal 107,31‑35; Sab 19...

     [13] Cfr. L. SZABO, Noche, en VTB.

     [14] LE DEAUT, La nuit pascale, Roma 1963.

     [15] P. van IMSCHOOT, Teología del Antiguo Testamento, 2 vol, Madrid 1969, W. EICHRODT, Teología del Antiguo Testamento, 2 vol, Madrid 1976.

     [16] Cfr. R. LE DEAUT, o.c.

     [17] Sal 136,4‑15;0s 13,4;Jr 32,17‑21;Is 51,9s;Neh 9;Sal 33,6ss;74,13‑17;77,17‑21;95,1‑9;100,3;124,4­‑8;135,5‑9;Sab 19...

     [18] P.E. BONNAR. Pascua, en VTB.

     [19] Cfr. Rom 5,14;1Cor 10,6.11;Heb 9,24;1Pe 3,21.

     [20] M. FLICK‑Z.-ALSZEGHY, Teología de la historia, Gregorianum 35(1954)256‑298.

     [21] E..JIMENEZ, o.c., p.160‑171, con la bibliografía.

     [22] A. CAMUS, La peste, París 1947, p.237‑239;Cfr. B. BRO, Le pouvoir du mal, París 1976;M. OLASAGASTI, El estado de la cuestión Dios, Madrid 1976.

     [23] Ch. PEGUY, Oeuvres poetiques completes, París 1957.

     [24] Cfr. B. BRO. o.c.,n.43.

     [25] Libro 5, cap.3‑5;P. EVDOKIMOV, Dostoyeski et le probleme du mal, Paris 1978.

     [26] G. BERNANOS, La liberte, porquoi faire?, en Idées, Paris 1953‑1972, p.224‑225.

     [27] J. MOLTMANN, Un nuevo estilo de vida, o.c. p.13‑19; R SCHENACKEMBURG, Existencia cristiana según el Nuevo Testamento, Estella 1973.

     [28] R. LATOURELLE, El hombre y sus problemas a la luz de Cristo, Salamanca 1984, p.335‑358;L. BOUYER, Le probleme du mal dans le christianisme antique, Dieu Vivant 6(1946)17‑42; R. VERNEAUX, Problemes et mysteres de mal, París 1956;E. BORNE, Mal, en Dic. de Espiritualidad; F. HAINAUT, Le mal, énigma scandaleuse, contestation ra­dicale, París 1971.

     [29] Síntesis de U. von BALTHASAR, El misterio pascual, en Mys­tarium Salutis III, Madrid 1980, p.666‑814;E. SCHILLEBEECKX, Cristo y los cristianos, Madrid 1982;H. DE LUBAC, La fe cristiana. En­sayo sobre la estructura del símbolo de los apóstoles, Madrid 1974.

     [30] H. von BALTHASAR, Puntos centrales, o.c., p.155‑168.

     [31] Ibidem p. 166.

     [32] JUAN PABLO II, Salvificis doloris, Carta apostólica sobre el sufrimiento humano, del 11‑2‑1984, n. 18.

     [33] J. MOLTMANN, Esperanza y planficación, o.c., p.444‑445; H. U. von RALTHASAR, Sólo el amor es digno de fe, Salamanca 1971.

     [34] A. GROS, Yo soy el camino, Madrid 1962;G. MARTELET, Victoire sur la mort: Elements d'anthropologia chretienne, Lyon 1962;H.U. von BALTHASAR, Sponsa Verbi, en Ensayos teológicos II, Madrid 1964;J ALFARO, Cristología y antropología, Madrid 1973; A. ORBE, Antropología de San Ireneo ,Madrid 1969;W. PANNENBERG, Fundamento teológico de una antropología cristiana, Concilium 86(1973)398-416.

     [35] SAN IGNACIO DE AN­TIOQUIA, Ad Ephesios, 7,2.

     [36] Sacramentarium Veronense, Roma 1956, n.1.265, p.162.

     [37] TERTULIANO, De baptismo 14;J.DANIELOU, Sacramentos y culto en los santos Padres, Madrid 1962.

     [38] F.X. DURWELL, La resurrección de Jesús misterio de salvación, Barcelona 1962, p.169s;0. CULLMANN, La foi et le culte de l'Eglise primitive, Neuchatel 1963;VARIOS, La liturgie expresion de la foi XXV Semaine d'etudes liturgiques, Roma 1979.

     [39] J.M. BERNAL, Iniciación al año litúrgico, Madrid 1984; M.D. CHENU, La historia de la salvación y la historicidad del hombre, en Teología de la renovación I, Salamanca 1970; U. PADOVANI, Filosofía e teología della storia, Brescia 1953; E. SCHILLEBEECKX, El hombre y su mundo corporal. El mundo y la Iglesia, Salamanca 1970.

     [40] J. IBAÑEZ‑F. MENDOZA, Melitón de Sardes. Homilía sobre la pascua, Pamplona 1975;P. NAUTIN, Homelies pascales, París 1950; R. CANTALAMESSA, La Pasqua nella Chiesa antica, Torino 1978.

     [41] H. SCHLIER, De la Resurrección de Jesucristo, Bilbao 1970; F. MUSSNER, La Resurrección de Jesús, Santander 1971; X. LEON‑DUFOUR, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Salamanca 1987.

     [42] B. BOTTE, La Tradition apostolique de saint Hippolyt, Muster 1963;P. JOUNEL, La liturgie de Mystère pascal: le temps pascal, LMD 67(1961)163‑182.

     [43] F.X. FUNK, Didascalia et Constitutiones apostolorum I, Paderborn 1905.

     [44] E. RENAUDOT, Liturgiarum orientalium colletio I, Franfort del M. 1847;A. LUNEAU, L'histoire du salut chez les pers de l'Eglise, París 1964;P. EVDOKIMOV, L'Esprit Saint dans la tradition orthodoxe, París 1969.

     [45] J M. BERNAL, Eucaristía, Pascua y año de la Iglesia, Phase 115(1980)9-25;A BERGAMINI, Cristo festa della Chiesa. L'anno liturgico, Roma 1982.

     [46] ORIGENES, Contra Celso, 8,22:PG II,c.1550-1551.

     [47] S. LYONET, Foi et Charité selon St. Paul, Christus (1969)107‑120;H SCHILLEBEECKX, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, San Sebastián 1971;H. RONDET, La gracia de Cristo, Barcelona 1966.

     [48] H. CAZELLES, P. EVDOKIMOV, A GREINER, Le mystère de l'Esprit Saint, Tours 1969;D LYS, Ruach. Le souffle dans l'Ancien Testament, Paris, 1962;J. JEREMIAS, Abba. El mensaje central del Nuevo Testamento, Salamanca 1981.

     [49] A.M. TRIACCA, Celebrazione liturgica e parola di Dio, at­tualizzazione ecclesiale della parola, en G. ZEVINI, Incontro con la Bibbia, Roma 1978, p.87‑120.

     [50] LACTANCIO, Istituciones divinas 7,19;SAN JERONIMO, Comentario al Evangelio de Mateo 4,25;S. BRAULIO, Epistolario, carta XIV, Madrid 1941,p.105-108.

     [51] ORIGENES, Comentario al Evangelio de San Juan, I,10,20: PG 14,370‑371;Cfr. K. RAHNER, Cuestiones dogmáticas en torno a la piedad pascual, en Escritos de Teología IV, p.159‑175;P. BENOIT, Passion et Résurrection, París 1966;A. CARIDEO, Pasqua di Cristo, pasqua della Chiesa, Rivista Liturgica 62(1975) 175‑190;A. NOCENT, Celebrar a Jesucristo 4, Santander 1981;R. BLAZQUEZ, Jesús el Evange­lio de Dios, Madrid 1985.

 


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