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HISTORIA DE LA IGLESIA PRIMITIVA:  7. Primeros Escritos Cristianos  


Emiliano  Jiménez Hernández

Páginas relacionadas


 a) Padres apostólicos

b) Apologistas cristianos

c) Escritores antignóstigos

d) Escuelas cristianas de Oriente

e) Escritores latinos



a) Padres apostólicos

Ya en los primeros siglos de la Iglesia aparecen multitud de escritos y escritores cristianos, cuyo estudio se designa como Patrología. Los primeros escritos son los contenidos en el Nuevo Testamento: los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de San Pablo, de San Pedro, San Judas, San Juan y Santiago, y el Apocalipsis. El símbolo apostólico es asimismo uno de los primeros monumentos literarios de la antigüedad.
A fines del siglo I y en el siglo II nos encontramos con escritores llamados Padres apostólicos, escritores que han estado en contacto inmediato con los Apóstoles. Discípulo de San Pablo, que habla de él en su carta a los Filipenses, es San Clemente Romano (+ 99), el Papa más insigne del siglo I, después de San Pedro. Con ocasión de ciertas disensiones en Corinto, en nombre de la Iglesia de Roma, escribe a esta comunidad una carta, que es uno de los más preciosos documentos de la antigüedad. La epístola de San Clemente a los Corintios es célebre, sobre todo, por el vigor y entereza con que aboga por la verdadera jerarquía. La Iglesia de Roma tiene conciencia de su autoridad para intervenir en otras Iglesias, y la de Corinto lo reconoce. En esta intervención se puede ver la epifanía del primado romano.

San Ignacio de Antioquía (+ ca 110), llamado Teóforo, el que lleva a Dios, es arrestado y conducido a Roma para ser arrojado a las fieras. En el camino hace una primera escala en Filadelfia y una segunda en Esmirna, donde le recibe el obispo Policarpo. Allí acuden a saludarlo representantes de las iglesias de Efeso, Magnesia y Tralles. Desde Esmirna escribe a estas tres iglesias y a la de Roma. Luego desde Troade escribe a las iglesias de Filadelfia y de Esmirna, y también a Policarpo. Estas cartas, escritas por un condenado a las fieras, "encadenado a diez leopardos, diez soldados despiadados que le vigilan constantemente", nos transmiten el testimonio más sincero de un mártir que ya está sufriendo por Cristo y que sólo desea morir por él: "Busco a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros. Llega para mí la hora de la liberación... Dentro de mí un agua viva murmura y me dice: ¡Ven al Padre!". En estas cartas vemos ya la iglesia con su jerarquía bien constituida. Ignacio recomienda no hacer nada sin el obispo: "No hagáis nada de lo que se refiere a la Iglesia sin el obispo. Considerad sólo válida la Eucaristía celebrada bajo la presidencia del obispo o de su delegado. En donde está el obispo, allí está la comunidad, como donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica".

San Policarpo de Esmirna es discípulo de San Juan Evangelista, según el testimonio de San Ireneo, que nos atestigua que escribió algunas cartas. En particular, dice Ireneo, es "hermosísima su epístola a los de Filipos", en la que nos da a conocer la moral y predicación cristiana de principios del siglo II. Esta constituye un precioso tesoro de los Padres apostólicos. En otra carta la iglesia de Esmirna refiere el martirio de Policarpo ocurrido en el año 155. El procónsul Quadrato le pide que maldiga a Cristo y Policarpo le responde: "Hace 86 años que le sirvo y no me ha hecho ningún mal. ¿Como puedo ahora maldecir a mi Señor y Salvador?". Policarpo representa en el siglo II la tradición viva de la Iglesia. Es el atleta perfecto, firme como el yunque y fuerte como la roca, sobre quien se fundan las Iglesias de Asia. Irreconciliable enemigo del error, es hombre de plegaria, "cuyo espíritu nunca duerme" y a quien la Iglesia de Esmirna celebra después de su muerte como "un doctor apostólico y profético" (Mart., XVI,2).

En el tiempo inmediato después de los Apóstoles aparece la Dídaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, que nos ofrece un resumen de la doctrina cristiana tal como la proponen los Apóstoles y una instrucción sobre los ritos de la Iglesia. La Didache refleja la instrucción impartida a los catecúmenos. En ella resuena el eco de la predicación apostólica. La primera parte es una síntesis de moral cristiana, resumida en la imagen de los dos caminos: el camino de la luz en oposición al camino de las tinieblas. Este conduce a la muerte y el primero a la vida eterna. Para presentar el camino de la vida se inspira en el sermón de la montaña. La segunda parte está dedicada al culto y la oración, para terminar, en la tercera parte, con la presentación de las relaciones del pueblo fiel con la jerarquía. Al mismo grupo pertenecen: la Didascalia u orden eclesiástico de Egipto; la Didascalia etiópica y las Constituciones apostólicas. Son manuales para la instrucción doctrinal y litúrgica de los cristianos.

Entre los Padres apostólicos se incluye la Epístola de Bernabé, así llamada por haber sido atribuida a San Bernabé. La carta comprende dos partes. La primera es una exhortación a los cristianos a defenderse del judaísmo. Y la segunda parte contiene una exhortación moral, en la que habla de los dos caminos, en la misma forma que la Didache. Papías de Hierápolis, discípulo de San Juan Evangelista y compañero de Policarpo, escribe una obra titulada Explicaciones sobre sentencias del Señor, de la que sólo se han conservado algunos fragmentos, preciosos por las informaciones que nos dan sobre los Apóstoles. El Pastor de Hermas es un escrito más amplio, de mediados del siglo II, a manera de Apocalipsis, que comprende cinco visiones, doce mandamientos y diez semejanzas, en que se habla de la Iglesia y se da un compendio de la vida cristiana. Hermas no se preocupa de las cuestiones especulativas. Es un cristiano sincero y fervoroso, preocupado por los problemas morales que la vida presenta a su alrededor. El los expone como los siente y, en este sentido, no hay un testigo más auténtico.

b) Apologistas cristianos

Así como los predicadores del cristianismo se sirven de la palabra escrita, también los paganos cultos se sienten en seguida obligados a expresar por escrito su aversión al cristianismo. Como contrapartida, los cristianos cultos comienzan a su vez a refutar con escritos apologéticos las acusaciones contra el cristianismo que se propalan o se llevan ante los tribunales. Así, a la lucha cruenta se suma la controversia literaria. También en esta contienda se demuestra, como se ha demostrado en la vida cotidiana de los cristianos y en el heroísmo de los mártires, la clara superioridad de la fe cristiana. Este juicio laudatorio se refiere a la verdad del cristianismo, a la fuerza de su fe y de su amor, en la medida en que se expresan en los escritos apologéticos.

El cristianismo encuentra su primer adversario científico y realmente peligroso en el filósofo Celso, quien hacia el año 178 escribe La Palabra Verdadera. Pero el antagonista literario más relevante de la nueva religión es el neoplatónico Porfirio (+ 304); sus quince libros (perdidos) contra los cristianos aparecen durante el largo período de paz de finales del siglo III.

Las apologías son los escritos más importantes de los primeros siglos de la Iglesia. En ellas hallamos la exposición razonada del cristianismo. Los Padres apologistas elaboran su concepto de Iglesia frente al Estado que persigue a la Iglesia y con vistas a impugnar las herejías. El contacto de la Iglesia con el mundo de los filósofos suscita una problemática nueva. El cristianismo debe dar una respuesta a las críticas que se le hacen, contrastando la vida cristiana con los vicios paganos del mundo en que viven insertos. Ya en el siglo II el cristianismo entra en contacto con la cultura y religión helenístico-romana. En tal situación, a los cristianos se les presenta el problema de disipar los prejuicios que sobre ellos se difunden. Ese es el objetivo de las apologías. Nacen obras griegas no sólo en el idioma, sino también en la forma de pensamiento y expresión, pues tratan de mostrar que el cristianismo está de acuerdo con el ideal del helenismo, del que es su verdadera realización. Encaminadas a justificar el "nombre" cristiano frente a las acusaciones lanzadas contra él, su objeto principal es manifestar la verdadera naturaleza del cristianismo, y así no sólo conseguir el respeto, sino adhesiones a él.

La primera apología data del reinado de Adriano. Según Eusebio, le fue presentada, con ocasión de su estancia en Atenas en 124-125, por Cuadrado. De ella sólo conservamos un fragmento. La segunda es la de Arístides. Eusebio pone su redacción durante el reinado de Adriano y la traducción siriaca durante el de Antonino. Es preciosa la descripción de la vida de los cristianos, en contraposición a la de los paganos.
Pero las apologías más insignes son las dos escritas por San Justino entre los años 153 y 156, durante el reinado de Antonino. Justino es una personalidad de excepcional importancia. Nacido en Samaría de familia griega y pagana, nos refiere él mismo, en el Diálogo con Trifón, cómo buscó la sabiduría en las diversas escuelas filosóficas hasta el día en que se convierte al cristianismo. Le encontramos en Efeso, poco después de la guerra judía, discutiendo con el judío Trifón. Va a Roma en tiempos de Antonino, hacia el 150, donde funda una escuela como las de los filósofos paganos. Tiene discusiones con el filósofo cínico Crescente. Y muere mártir hacia el 165. Justino representa un nuevo tipo de cristiano: es un filósofo griego que, una vez convertido, conserva sus hábitos de pensamiento y su estilo de vida.

De su obra se conserva sólo una pequeña parte. La enumeración que hace Eusebio, que pudo conocer en la biblioteca de Cesarea sus libros hoy perdidos, indica su carácter filosófico. Figura un Discurso a los griegos, donde responde a las preguntas de los filósofos y diserta sobre la naturaleza de los demonios. Otra obra dirigida a los griegos se titula Refutación. Una obra Sobre la monarquía de Dios trata la cuestión no sólo según la Biblia, sino también según los libros de los griegos. Otra Sobre el alma recuerda las opiniones de los filósofos griegos. Todos estos problemas aparecen en la filosofía de la época, en Plutarco, en Albino, en Galiano.

Al lado de estas obras filosóficas están sus obras de controversia. Se conserva el Diálogo con Trifón, que es un documento capital sobre la interpretación de la Biblia en el siglo II. Ireneo cita una obra Contra Marción, que se ha perdido. El mismo Justino menciona su Tratado contra todas las herejías. Por último, las dos Apologías, que se sitúan entre 150 y 165. La primera, dirigida a Antonino, es una respuesta a las calumnias de Frontón. La segunda la destina a Marco Aurelio. Justino apela a los sentimientos filosóficos de los emperadores, a su piedad y a su virtud. Su objetivo es demostrar que los cristianos representan la verdadera piedad y que su doctrina está de acuerdo con la de los griegos más distinguidos, Sócrates, Heráclito, Platón. Luego aborda el tema moral, señalando las virtudes de los cristianos e insistiendo en su observancia de las leyes. A lo cual opone el paganismo, denunciando su inmoralidad.

Además de los indicados, podemos añadir la Epístola a Diogneto, de autor desconocido, que es una apología de la vida cristiana, descrita con preciosos pormenores. Atenágoras, representante en Oriente de la tendencia conciliadora de San Justino, en su apología Suplicatorio por los cristianos, rebate las principales calumnias de los paganos contra los cristianos. San Teófilo escribe una buena apología, de estilo rigorista, y Minucio Félix compone la apología Octavius, al estilo de los diálogos de Platón. Taciano, discípulo de San Justino, pero muy distinto de su maestro, escribe hacia el año 170 su Discurso contra los griegos, de tonos estridentes.

Tenemos otro grupo de obras relacionadas con la persecución de Marco Aurelio, entre 176 y 180. Melitón dirige una apología al emperador, presentándosela él mismo, el año 176, con ocasión del paso de éste por Asia Menor. Alude a nuevos edictos contra los cristianos. Melitón explica que la "filosofía" cristiana se ha desarrollado en el Imperio y ha favorecido al poder romano. Eusebio relaciona con la Apología de Melitón la de Apolinar de Hierápolis. Esta pudo ser presentada a Marco Aurelio en la misma época y en las mismas circunstancias. Apolinar, según Eusebio, escribe también cinco libros A los griegos y dos Sobre la Verdad. A los mismos emperadores dirige Milcíades, en Asia, su Apología, obra que no conservamos. Había escrito también unos tratados Contra los judíos y Contra los griegos (H.E. V, 17,5).

Políticamente, el trabajo de los apologistas carece de importancia; su influjo efectivo sobre el Estado es nulo. Sin embargo, estos escritores son relevantes por la concepción del cristianismo que ellos elaboran y difunden. Los apologistas representan el primer intento de elaboración de una visión cristiana del mundo. Muestran al cristianismo como la religión del monoteísmo, de la moralidad, de la victoria sobre los demonios y de la libertad de conciencia. Sin embargo, mientras Pablo predica el cristianismo principalmente como religión de la redención sobrenatural por la muerte en la cruz, los apologistas, al dirigirse a paganos politeístas, destacan menos la persona de Jesús y el poder de la gracia.

El cristianismo es concebido principalmente como religión del monoteísmo, del conocimiento verdadero y de la obra moralmente buena. Esta concepción de los apologistas "heleniza" el cristianismo, haciendo de él una filosofía. Es cierto que en la predicación cristiana, por la que los apologistas abogan, hay una laguna muy importante: falta en su mayoría lo propiamente paulino. Sin embargo, también se lee entonces a Pablo: cuando el procónsul Publio Vigelio Saturnino, el 17-7-180, pregunta a doce cristianos de Sicilia y de Numidia qué clase de libros tienen en sus bibliotecas, responden: "Los libros y cartas de Pablo, un hombre justo". Tertuliano formula claramente el problema, preguntándose con cierta actitud de rechazo: "¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?". Pero él mismo utiliza la filosofía para sus argumentaciones. En este sentido, el empleo de la filosofía se muestra útil, incluso necesario, aunque incompleto. Pero estos apologistas mantienen incólume toda la verdad e interioridad del cristianismo.

En este sentido, los apologistas presentan la "síntesis" católica que caracteriza la teología católica: insisten en la posibilidad natural de conocer algunas verdades fundamentales del cristianismo, pero ante todo anuncian el cristianismo como revelación; más allá de la idea de Dios como juez que castiga está la buena nueva de Dios como Padre; hay pruebas filosóficas, pero por encima de todo está la fe y la profesión de fe; y junto a la doctrina está la exigencia de una vida cristiana. Las comunidades cristianas en el siglo II no son escuelas de filosofía. Su vida se basa en la fe y en la oración. Los martirologios lo dejan entrever claramente. En ellos echa raíces la fe en la persona del Señor vivo y exaltado. En su favor habla especialmente la difusión del evangelio de Jesucristo, que penetra en todas las capas de la población y en todas las provincias del Imperio.

c) Escritores antignóstigos

Junto a estas obras, dirigidas a los emperadores, hay otras escritas a personas particulares. Teófilo, obispo de Antioquía, durante el reinado de Marco Aurelio, escribe contra Marción y contra Hermógenes su obra A Autólico. Teófilo es muy diferente del asiático Melitón y del filósofo Justino. Está todavía muy metido en el judeo-cristianismo de Siria. Procura probar la verdad del cristianismo sobre todo por medio de la historia. También debemos mencionar a Taciano, discípulo de Justino, aunque luego se hace encratita. Taciano publica un Discurso a los griegos. Su objeto es refutar los errores griegos. Este tratado de Taciano se caracteriza por la violencia de sus ataques contra los filósofos, los cultos y los misterios griegos. Al igual que Justino, identifica el cristianismo con la verdadera filosofía. Pero, a diferencia de Justino, no encuentra en los griegos huella alguna de esa filosofía y se fija sólo en sus deformaciones.

Entre los escritores polemistas sobresale un grupo de escritores que impugnan el gnosticismo. San Ireneo (+ ca. 203) es, sin duda, el más insigne polemista contra los gnósticos y uno de los más ilustres teólogos del siglo II. Eusebio ya cita su obra Demostración de la predicación apostólica. Pero la obra que más renombre ha dado a San Ireneo es la Falsa gnosis demostrada, conocida con el titulo de Adversus haereses: "Contra las herejías". Es una obra fundamental para conocer el gnosticismo del tiempo. En ella escribe contra los principales sistemas, que expone y refuta ampliamente. Ataca de un modo particular a Marción.

San Ireneo es un testigo excepcional para conocer este período crucial en que las escuelas se enfrentan con la Iglesia, pues está implicado directamente en tales conflictos. Ireneo se halla en el centro de la vida de la Iglesia. Su obra nos ofrece a la vez la documentación más precisa y la interpretación más profunda. Nacido en Esmirna hacia el 115, conoce en su adolescencia al obispo Policarpo y hereda de él la tradición johánica. Parece haber residido en Roma. El año 177, como sacerdote de la iglesia de Lyón, acompaña a los confesores que intervienen ante Eleuterio en la cuestión de los montanistas. Precisamente durante el reinado de Eleuterio escribe contra los gnósticos el Adversus haereses, donde estudia todas las escuelas heterodoxas. Ya obispo de Lyón, escribe a Blasto sobre la cuestión pascual. También procura librar a Florino del gnosticismo. Bajo el pontificado de Víctor, defiende ante éste la posición de los cuartodecimanos. Por último, resume su enseñanza catequética en la Demostración de la predicación apostólica.
Ireneo niega la autoridad de los jefes de las escuelas gnósticas, cuya doctrina no tiene otro fundamento que su propia imaginación. Se predican a sí mismos. Cuando pretenden ser testigos de una tradición esotérica, tal afirmación es falaz. En realidad, no representan ninguna tradición. Cada uno es el origen de su propia doctrina. Las ideas que presentan pueden ser seductoras, pero no tienen ninguna autoridad divina, son creaciones de la inteligencia. A los doctores heréticos opone Ireneo los obispos, cuya autoridad no depende de su valía personal, pues han sido investidos de un ministerio para transmitir una doctrina que les es anterior. Y buscando a quién se remonta tal doctrina, se ve que finalmente procede de los Apóstoles, los cuales instituyeron a los primeros obispos. Ireneo afirma, pues, que la sucesión episcopal se remonta los Apóstoles. Repite la empresa que había intentado Hegesipo, pero enriqueciéndola con sus propios conocimientos. Y así establece la sucesión de tres iglesias que conoce bien: la de Esmirna, que se remonta a Juan a través de Policarpo; la de Efeso, que se remonta a Pablo, y la de Roma, que se remonta a Pedro y Pablo y de la cual nos ofrece la sucesión completa.

Lo que nos llega a través de las sucesiones episcopales es la tradición de los Apóstoles (traditio ab apostolis). Los gnósticos pretenden proceder también de los Apóstoles, pero su tradición carece de autoridad, pues no se basa en la institución y la transmisión legítimas de la autoridad; los obispos, por el contrario, son herederos de la autoridad de los Apóstoles. Ellos tienen la misma autoridad para transmitir que los Apóstoles para enseñar. Lo cual viene a ser una teología de la institución eclesial. La transmisión de la enseñanza de los Apóstoles no ha quedado a merced de la iniciativa de doctores privados. Los mismos Apóstoles constituyeron los órganos a través de los cuales querían que se transmitiera su enseñanza. Solamente esos órganos instituidos por los Apóstoles tienen la autoridad de los Apóstoles. Solamente ellos son criterios de las doctrinas y garantizan la conformidad de éstas con la revelación.

Ireneo ve una confirmación de todo esto en la unidad de la enseñanza de los obispos. Mientras las escuelas gnósticas están divididas y se contradicen, la enseñanza de los obispos es una sola en toda la faz de la tierra. Una vez más la reflexión de Ireneo es como el reflejo de la situación histórica, cuyo significado expresa esa misma reflexión. Lo que más llama la atención es la multiplicación de las sectas. Frente a ellas, se alza la enseñanza común de los obispos, la regla de fe contenida en el Símbolo, con su sencillez y unidad.

En cuanto a esa regla de fe, Ireneo no se limita a afirmar la existencia, sino que explica el contenido. Frente a las doctrinas de los herejes, despliega el contenido de la tradición. Su obra es esencialmente catequética. Tanto en el Adversus haereses como en la Demostración, Ireneo no pretende ser un teólogo original. Se limita a exponer la doctrina común. Sus fuentes son ante todo la tradición catequética y las Escrituras. Pero expresa esa doctrina con una profundidad que subraya su riqueza espiritual y lleva en sí misma como un testimonio de autenticidad divina. No en vano Ireneo procede de Asia, que es la tierra de los carismas. Su enseñanza está animada por el Espíritu.

Así como la unidad caracteriza la enseñanza de los obispos, los gnósticos rompen toda unidad: oponen el Dios salvador al Dios creador, el Antiguo Testamento a la Nueva Alianza, el hombre Jesús al Cristo del pleroma, la carne al espíritu en el hombre. Frente a todo esto, Ireneo describe la unidad del plan de Dios. Es el mismo Dios el que modeló a Adán por medio de su Verbo y de su Espíritu y el que viene, en la plenitud de los tiempos, a tomar de nuevo ese hombre que le pertenece para llevarlo al cumplimiento de su plan. El centro de la teología de Ireneo es la "recapitulación" de todas las cosas en Cristo. El Verbo toma de nuevo al hombre en su totalidad, y al hombre en su totalidad el Espíritu le comunica el don de la incorruptibilidad. La unidad del cristianismo es la unidad de un mismo plan de Dios. Un plan que comienza con la creación; el pecado lo falsea sin destruirlo; el Antiguo Testamento prepara a la humanidad para el don del Espíritu; en Cristo, el Verbo de Dios lleva a la humanidad hasta su coronamiento; el Espíritu infundido en el bautismo hace que quien cree participe de esa vida divina.

El objetivo de las Apologías no es simplemente reclamar para los cristianos un estatuto legal. Pretenden presentar a los cristianos como los únicos herederos de la civilización greco-romana.

Los apologistas descienden al terreno de los adversarios. Estos los acusan de ser insensatos en su doctrina e inmorales en sus costumbres y ellos, aceptando este llamamiento a la razón y a la moral, demuestran que quienes ofenden a la razón y a la moral son sus adversarios. De ahí, el doble aspecto de su obra: por una parte, denuncian las diversas formas del paganismo, la mitología, los misterios, el culto al emperador, y condenan las costumbres paganas; por otra, exponen la doctrina cristiana, insistiendo sobre todo en el monoteísmo y en la resurrección, y describen las costumbres cristianas. De este modo, los apologistas no se limitan a reclamar tolerancia, sino la alianza del cristianismo con la filosofía, de la Iglesia con el Imperio. Los apologistas aceptan el mundo en que viven. La Epístola a Diogneto subraya que los cristianos no se diferencian de los demás hombres ni por la vivienda, ni por el vestido, ni por el lenguaje. Justino los presenta como los mejores ciudadanos. Melitón afirma que el cristianismo ha contribuido a la grandeza del Imperio. Justino, Atenágoras, el autor de la Epístola a Diogneto pertenecen al helenismo por origen, cultura y modo de vivir, y no han renunciado a todo esto al hacerse cristianos, sino, por el contrario, han hallado su verdadera significación.


d) Escuelas cristianas de Oriente

A fines del siglo II, particularmente en Oriente, se siente la necesidad de dar de manera sistemática una instrucción cristiana. Esto se siente primeramente en el ámbito cultural en donde la cultura griega se ha configurado y afianzado más fuertemente: en Alejandría, la ciudad de Filón, con sus famosas escuelas. Aquí se siente con mayor intensidad la exigencia de mostrar la unidad entre la cultura y la verdad cristiana revelada. Por ello surge la primera escuela catequética, que adquiere gran prestigio en la primera mitad del siglo III. En un principio tiene una forma popular y rudimentaria; pero ya a fines del siglo II, adquiere un carácter más profundo, al estar al frente de ella Panteno, filósofo estoico converso. Esta escuela se caracteriza por su platonismo, pues está influenciada por el nuevo movimiento filosófico aparecido en Alejandría. Se trata del neoplatonismo, que tiene como principal iniciador a Plotino. La expresión más clara de esta corriente de pensamiento en la escuela de Alejandría es la interpretación alegórica de la Sagrada Escritura y la tendencia a allanar el camino entre la filosofía helénica y la cristiana.

Dos hombres, el segundo y el tercer director de esta escuela, nos muestran el espíritu que reina en la escuela de Alejandría y los problemas que se plantean y tratan de solucionar: Clemente de Alejandría (+ hacia el 215) y Orígenes (+ hacia el 253-254). Hacia el año 200, toma la dirección de la escuela Clemente de Alejandría, discípulo de Panteno, que por su vasta erudición y por sus escritos puede ser considerado como uno de los iniciadores del estudio científico de la Teología. Con su entusiasmo alcanza la plenitud de la verdad cristiana y la anuncia en un lenguaje poético. Ve por vez primera la íntima armonía de todo cuanto hay de verdadero en el mundo, y cómo también el paganismo ha evolucionado en dirección a Cristo. Defiende una gnosis ortodoxa, evitando en lo esencial el peligro de reducir la revelación a la filosofía. Son célebres sus obras Exhortación a los gentiles, el Pedagogo y Tapices. Pero Clemente dirige la escuela por poco tiempo, pues en el 202-203 huye al Asia Menor ante la persecución de Septimio Severo.

Clemente es superado por el hombre más docto de la Iglesia oriental, Orígenes, que eleva a su mayor esplendor la escuela de Alejandría. La influencia de Orígenes se extiende a toda la teología griega posterior. Con él comienza algo nuevo en la historia del cristianismo. Orígenes nace en Alejandría el año 185 de una familia cristiana. Durante su adolescencia estalla la persecución de Severo, una de cuyas víctimas es su padre, Leónidas, en el 208. Su sensibilidad cristiana se forma en esa Iglesia de mártires y nunca perderá el sello de los tiempos heroicos. A los diecisiete años, se encuentra con la responsabilidad de su madre y de sus hermanos más jóvenes. Una mujer caritativa le permite proseguir sus estudios. Así puede abrazar la profesión de profesor de letras. Pero por entonces hay crisis de catequistas en la iglesia de Alejandría. Algunos candidatos al bautismo acuden a él. Y el obispo Demetrio le pide que abandone su profesión y se consagre a la catequesis. En consecuencia, vende sus libros profanos y dedica todo su tiempo al estudio de la Escritura y a la instrucción de los catecúmenos. Estos se ven particularmente afectados por la persecución, y Orígenes los asiste. A sus dieciocho años, siendo aún seglar, sucede a Clemente en la dirección de la escuela catequética.

La experiencia de la catequesis le pone en contacto con un problema. Entre sus oyentes hay "herejes, hombres formados en los estudios griegos" (H. E. VI,19,12). Orígenes se da cuenta de que, para poder discutir con ellos, necesita profundizar en sus doctrinas: "Hice esto a imitación de Panteno, quien, antes que nosotros, buscó en los griegos una preparación profunda" (19,13). Para ello se descarga de la catequesis elemental, que confía a Heraclas, y vuelve a los estudios. Así compagina su actividad docente con la asistencia a las lecciones del famoso neoplatónico Ammonio Sacas. Orígenes conoce los manuales en que aparecen catalogadas las opiniones de los filósofos de las diversas escuelas y se inclina por el platonismo. La formación filosófica le permite recoger el proyecto de Panteno y Clemente y poner todas las ciencias humanas al servicio de una mayor inteligencia de la palabra de Dios. Entre 212 y 231 escribe sus primeras obras, eco de su enseñanza teológica y exegética. Siete taquígrafos se relevan para escribir al dictado de Orígenes y varios copistas y muchachos expertos en caligrafía reproducen los ejemplares (H. E. VI,23,2).

Cuando los ataques masivos de los paganos obligan al cierre de la escuela, Orígenes marcha a Jerusalén. En Palestina su amigo, el obispo Alejandro de Jerusalén, le invita a comentar la Escritura ante la asamblea cristiana. Orígenes pronuncia entonces sus primeras homilías. En el año 230, a pesar de su automutilación, llevada a cabo veinticinco años antes por una falsa interpretación de Mt 19,12, el obispo de Cesarea, Teoctisto, le ordena sacerdote. Demetrio, el obispo de su ciudad, que no ha sido consultado, lo excluye del estado sacerdotal y de la Iglesia, medida grave luego confirmada por el Papa. Orígenes es declarado indigno de enseñar y expulsado de Alejandría. Entonces se retira a Cesarea, junto con su amigo Teoctisto. Gracias a él, esta ciudad se convierte en un centro intelectual de gran importancia. En Cesarea se forman dos capadocios, Gregorio el Taumaturgo, futuro obispo de Neocesarea, y Basilio de Nisa, atraídos sin duda por Alejandro, que ha sido obispo de Capadocia antes de serlo de Jerusalén.

Orígenes añade a su enseñanza la predicación ante la asamblea. La mayor parte de su predicación se ha perdido, pues hasta los sesenta años tuvo prohibido a los taquígrafos tomar sus sermones (H. E. VI,36,1). Antes del 217 visita al obispo de Roma, Ceferino. El año 232, se dirige a Atenas para unos asuntos eclesiásticos urgentes (23,4). Por entonces, Julia Mammea, sobrina de Julia Domna, la mujer de Septimio Severo, y madre de Alejandro Severo, le llama a Antioquía para hablar con él de "la gloria del Salvador" (21,3).

La erudición de Orígenes supera todo lo imaginable. A su enorme capacidad de trabajo corresponde una prodigiosa fecundidad literaria. Eusebio lo llama hombre de diamante. No sólo comenta casi toda la Sagrada Escritura, sino que es pionero en la reconstrucción filológica exacta del texto de los Libros Sagrados del Antiguo Testamento, colocando el texto hebreo (en lengua hebrea y en su transcripción griega), más cuatro traducciones griegas ya existentes, en seis columnas (Hexapla) una junto a otra. Para realizar esta obra, con la que se inicia la crítica bíblica, se pregunta por las etimologías hebreas e intenta las localizaciones geográficas. Visita Palestina, examina las grutas de la ribera del Jordán, interroga a los rabinos. Orígenes es también el primero que redacta una dogmática general del cristianismo, aunque orientada en sentido apologético, en una especie de manual de las principales doctrinas cristianas (De Principiis). En la biblioteca de Cesarea se conservaron sus obras, de las que se sirvió Eusebio para su Historia de la Iglesia.

Como apologista, Orígenes se enfrenta con el paganismo y la filosofía de su tiempo con una audacia y una inteligencia sorprendentes. Acepta todos los valores de Grecia, pero denuncia los puntos débiles del paganismo, poniendo de relieve la originalidad del cristianismo, su universalismo, su carácter histórico, con una profundidad nunca alcanzada antes de él. Como predicador, manifiesta un conocimiento del hombre, una libertad de expresión y un sentido espiritual que hacen de sus Homilías unas obras maestras. En ellas se muestra como hombre de Dios. Orígenes es uno de los fundadores de la espiritualidad cristiana, y su influencia será grande sobre el monacato especulativo. Discípulos suyos serán Anastasio, Gregorio de Nisa y Evagrio.

El genio de Orígenes nos da piezas excelentes. Hace progresar considerablemente la teología trinitaria. Pero, al presentar el cristianismo en una perspectiva de restauración del estado inicial, queda excluida la verdadera historicidad del cristianismo, diluyéndose la acción de Cristo en una especie de proceso cósmico. Por eso, ya en vida, su obra produce una vivísima reacción y muchas de sus tesis son condenadas. Su exégesis plantea problemas análogos. Contiene, por una parte, piezas excelentes, tomadas de la tipología anterior, de Justino, de Melitón, y desarrolladas por él de manera admirable. Nadie ha señalado mejor el proceso de la historia de la salvación de un Testamento al otro. Orígenes subraya el contenido espiritual de la tipología, demostrando que se aplica legítimamente al alma cristiana. Pero, por otra parte, sustituye la concepción de la Biblia como testimonio de la historia de salvación por la de la Biblia como inmensa alegoría en la que todas las palabras están cargadas de significados misteriosos. No niega el sentido histórico, pero prescinde de él para sustituirlo por una alegoría gnóstica.

Orígenes crea una nueva y original "filosofía" cristiana, aunque en algunos puntos de su poderosa construcción especulativa no logra establecer la correcta relación entre la fe cristiana y la filosofía griega. A veces el elemento filosófico adquiere excesivo relieve, en menoscabo del elemento cristiano. Esto se ve en particular en su doctrina de la eternidad del mundo, de las almas como espíritus caídos y en su opinión de que al final de los tiempos todo, incluso los condenados, retornará a Dios (apokatástasis). Estas ideas serán posteriormente condenadas por distintos concilios.

En realidad, Orígenes nunca quiso sostener una doctrina contraria a la fe de la Iglesia. Es una personalidad respetuosa y verdaderamente cristiana, aunque considerada sospechosa por las autoridades eclesiásticas de Alejandría. Esta crítica llevará más tarde a un inmerecido descrédito de su obra literaria, por lo que la plenitud de su pensamiento no ha sido, por desgracia, tan fecunda para la Iglesia como hubiera sido de desear. Muere a la edad de setenta años a consecuencia de las torturas que padece por la fe bajo la persecución de Decio. Después de su "martirio" recibe del obispo de su ciudad, su antiguo discípulo Dionisio, la carta de reconciliación.

En el siglo III surge también otra escuela teológico-cristiana en Antioquía, tan célebre como la de Alejandría por sus buenas instituciones docentes paganas. Esta escuela es especialmente relevante en el desarrollo de la vida de la Iglesia y de la teología. En cierto modo hace competencia a la de Alejandría, a la se opone en su metodología. Esta oposición se mantiene despierta y crece constantemente gracias a las discusiones eclesiásticas entre los dos patriarcados de Alejandría y de Antioquía. En Alejandría se prefiere la exégesis alegórico-mística de la Sagrada Escritura, mientras que la escuela de Antioquía es más sobria y trabaja más conforme al método crítico-histórico y gramático-lógico. Uno de los fundadores de la escuela de Antioquía es el sacerdote antioqueno Luciano, que muere mártir en el 311-312. Es maestro de Arrio, quien a partir de los sesenta años enseña en Antioquía. Pero el período de esplendor de la escuela se inicia con Diodoro de Tarso (+ antes del 349). Su influencia repercute también en la escuela de Edessa, cuyo maestro más famoso será Efrén de Siria (+ 373), de gran relevancia teológica.


e) Escritores latinos

En Occidente no podemos señalar ninguna escuela propiamente tal. Por otra parte, los primeros escritores que aquí aparecen, como San Justino y San Ireneo, son de origen oriental. El primer escritor insigne típicamente occidental es Septimio Flavio Tertuliano, el primer cristiano que escribe en latín. Tertuliano nace hacia el 160. Es hijo de un centurión de la cohorte proconsular. Estudia derecho en Cartago. Alcanza fama como jurista en Roma. Tras algunos años de vida fácil, se convierte hacia el 195, influido por el testimonio de los mártires. Vuelve a Cartago, se encarga del catecumenado y se ordena sacerdote. Sus primeras obras son un eco de su enseñanza: De Testimonio animae, De Oratione, De Baptismo, De Paenitentia, Ad uxorem, Adversus Judaeos. Estos tratados pertenecen a los años 200-207.

Luego Tertuliano interviene en todos los debates que afectan al cristianismo y lo hace con su extraordinario genio de polemista. Esos debates son principalmente los que enfrentan a los cristianos con el Imperio romano. Tertuliano exalta el valor de los mártires (Ad martyres). Dedica dos tratados a exponer los temas de la defensa del cristianismo contra las acusaciones lanzadas por los paganos (Ad nationes, Apologeticum). Al mismo tiempo toma la ofensiva y ataca a las costumbres paganas (De spectaculis, De cultu feminarum).

Como romano que es, procede de modo mucho más práctico que los apologistas griegos. Posee un talento profundo y un carácter ardiente, que pone al servicio de la causa cristiana. Como abogado, conoce todos los resortes y procedimientos jurídicos. Además de un escritor extraordinariamente dotado, es un poderoso orador, que domina magistralmente el latín, comprimiéndolo y en parte remodelándolo, hasta llenarlo de espíritu cristiano. Como hombre, es un batallador nato, siempre abrasado de un fuego inquietante, fanático y propugnador del rigorismo más estricto, sin benevolencia ni paciencia. Esto explica que termine hacia el 207 separándose de la Iglesia, a la que ataca rudamente y cubre de las más groseras sospechas. Muere fuera de la comunidad eclesial, como montanista.

A partir de los años 206-207 se afianzan sus simpatías por el montanismo, que ha conocido en Roma, al tiempo de su conversión. Su naturaleza, sin concesiones, se acomoda a su talante. Es partidario de un cristianismo de combate, que se enfrenta al mundo pagano y no admite ninguna relación con él. Arroja sin piedad fuera de la Iglesia a quienes no comparten su actitud. Los obispos, en cambio, tanto en Cartago como en Roma, se preocupan del conjunto del pueblo que tienen a su cargo y procuran favorecer su extensión. Así descubre su acuerdo con los montanistas. Son ellos quienes, a sus ojos, representan el verdadero cristianismo. Tal simpatía se afirma en las obras que van del 207 al 211: Adversus Marcionem, Adversus Valentinianos, De resurrectione carnis. Una de sus obras más curiosas, De Pallio, típicamente africana por su estilo truculento, subraya su hostilidad contra la ciudad romana. En De exhortatione castitatis exalta la virginidad como expresión de un cristianismo integral. Poco después en De corona invita a los soldados cristianos a la deserción. Todo lo cual va directamente contra las consignas del poder imperial, que intenta restaurar la familia y exaltar el patriotismo.

Se comprende el peligro que semejantes actitudes hacen correr a la Iglesia. Por culpa de ellas había visto la luz el edicto de Severo. Los obispos, en cambio, se esfuerzan por mostrar que la fe cristiana es compatible con un justo patriotismo. Esta había sido la posición de Pablo y es la que caracteriza la conducta de los obispos de Roma. En particular, es la posición de Ceferino. Pero Tertuliano permanece fiel a un cristianismo apocalíptico que opone sin distinción la Iglesia al Imperio. Esta oposición desciende al nivel de la vida diaria. El cristiano no puede compartir la vida de la ciudad: ya en el Apologeticum rechaza la cultura pagana en bloque; en De spectaculis prohíbe a los cristianos tomar parte en las manifestaciones de la vida colectiva; en De cultu feminarum quiere impedir a las mujeres cristianas que sigan la moda; en De Virginibus velandis quiere imponer a las jóvenes que salgan siempre con velo.

La ruptura con la Iglesia llega en el año 211, cuando ingresa en la comunidad montanista. Entonces publica las Actas de las mártires Perpetua y Felicidad, para exaltar el ideal del martirio; el Scorpiace, donde refuta los argumentos de los gnósticos contra el valor del martirio y, al mismo tiempo, desacredita al episcopado, al que atribuye una posición análoga; en De fuga in persecutione toma partido contra la actitud de los cristianos que procuran no exponerse al martirio, actitud que ha sido aprobada por los obispos. Al mismo tiempo acentúa su rigorismo moral. En De idolatria muestra la incompatibilidad del cristianismo con numerosas actividades, incluida la enseñanza de las letras. Análoga enumeración se encuentra en Hipólito. En De jejunio quiere hacer obligatorios los ayunos de los miércoles y viernes; en De monogamia se opone a las segundas nupcias. Por último en De paenitentia Tertuliano ataca violentamente el edicto del papa Calixto (217-222), que concede la penitencia a todas las faltas sin excepción. Tertuliano le opone su teoría de los pecados irremisibles, como el adulterio, el homicidio y la apostasía. Acusa al obispo de Roma y al de Cartago de mundanizar el cristianismo y transigir con el mal.

Por otra parte, Tertuliano introduce en la teología un vocabulario jurídico que será característico de la teología occidental, creando un foso entre ella y la teología oriental. Así representa a Dios, en sus relaciones con el hombre, como legislador que establece su ley y como juez que la aplica. El pecado es una violación de esa ley. Inversamente, la acción virtuosa satisface a la ley de Dios y constituye una obra meritoria. En la ley de Dios hay que distinguir preceptos y consejos. Vemos surgir aquí unas categorías que serán incorporadas a la teología occidental, que están ligadas a la cultura jurídica de Tertuliano y que son adoptadas por sus sucesores a causa del espíritu jurídico característico de los latinos.

A pesar de todo, la obra de Tertuliano en favor de la Iglesia es realmente importante. Es el más fecundo de los escritores latinos anteriores a Agustín y Jerónimo. En sus escritos ataca a todos los enemigos del cristianismo, paganos, judíos y gnósticos. Su obra maestra, el Apologeticum, dirigida el año 197 a los gobernadores, la escribe contra los paganos. Con retórica forense rechaza todos los ataques, sospechas y acusaciones dirigidas contra los cristianos, en especial las tres grandes acusaciones de inmoralidad, de ateísmo y de lesa majestad. Además hace resplandecer lo íntimamente valioso de la moral y la doctrina cristiana, haciendo una apologética en sentido positivo: los cristianos son los buenos, su religión responde a las disposiciones más profundas del alma humana no deformada: "el alma es naturalmente cristiana". Al mismo tiempo da la vuelta al argumento y demuestra que lo malo es el paganismo. La victoria de los cristianos es su poder sobre los demonios y su martirio. El juicio final pondrá de manifiesto este triunfo.

En la iglesia de Roma, en tiempos de Víctor (189-199), se enfrentan dos tendencias empeñadas en ganar para sí a las autoridades eclesiásticas. El montanismo despliega una ardorosa propaganda y obtiene numerosas simpatías. El montanismo refleja el espíritu del cristianismo asiático. Los escritos de Juan, y en particular el Apocalipsis, fomentan la imagen de la tensión entre el poder imperial y la Iglesia. Se espera como inminente el fin de los tiempos. El sucesor de Víctor, Ceferino (199-217), se muestra decididamente hostil a tal corriente. Tiene como diácono a Calixto, que le va a suceder (217-222), quien llega a rechazar el Apocalipsis, considerado, no sin razón, como una de las fuentes del montanismo.

En este clima aparece Hipólito, nacido hacia el 170. Sus primeras obras, Sobre el Anticristo y Comentario sobre Daniel, datan de la persecución de Severo. Hacia el 217 comienza su controversia con Calixto en su Resumen contra las herejías, cuyo final es el fragmento Contra Noeto. Escribe otras obras de exégesis, en las que continúa la polémica contra Calixto. Son la defensa del Apocalipsis, la Tradición apostólica, la Crónica, el tratado Sobre el Universo, la Exhortación a Severiana. Pero, el año 222, Urbano sucede a Calixto y entonces Hipólito recibe el encargo de establecer un cómputo pascual. La estatua que lo contiene es erigida hacia el 224. En ella se enumeran las últimas obras escritas por Hipólito entre la fijación del cómputo y el levantamiento de la estatua, es decir, entre 222 y 224. Estas son la Demostración de las fechas de la Pascua, las Odas, un tratado Sobre la resurrección dirigido a Julia Mammea, madre de Alejandro Severo, que acaba de ser elegido emperador en el 222, y un tratado Sobre el bien y el origen del mal. Hasta su muerte, en 235, Hipólito publica todavía más obras, las cuales, por supuesto, no figuran en la estatua. Hipólito continúa su obra de exégeta, de la cual se conserva gran parte: las Bendiciones de Isaac y de Jacob, las Bendiciones de Moisés, David y Goliat, el Comentario sobre el Cantar de los Cantares, unas Homilías sobre los Salmos 1 y 2.

La exégesis de Hipólito es eminentemente tradicional. No presenta la menor huella de alegoría alejandrina. Es ante todo un testimonio de la catequesis romana común. En ella aparecen los tipos de liberación: Daniel en medio de los leones, Jonás salvado del monstruo, los tres jóvenes en el horno, José salvado del pozo, Susana entre los viejos. Estos tipos, en esta misma época, comienzan a adornar las catacumbas romanas.

Lo mismo sucede con algunos grandes símbolos que hallamos también en el arte romano de la época y que son un eco de la catequesis. Por ejemplo, la viña espiritual, cuyos sarmientos son los santos y cuyos racimos son los mártires; los viñadores son los ángeles, el lagar es la Iglesia, y el vino es la fuerza del espíritu. Otro ejemplo es la nave, figura de la Iglesia, que atraviesa el mar del mundo, como el arca de Noé las aguas del Diluvio: sus remos son las iglesias, Cristo es el piloto, el mástil es la cruz. La imagen aparecía ya en Justino. O, en fin, al Paraíso de la Iglesia, cuyos árboles son los santos; o Cristo sol, rodeado de los Apóstoles como si fueran estrellas. Se da una analogía entre estos símbolos y los que encontramos en las Homilías clementinas, eco de la catequesis petrina. Se trata de una catequesis típicamente romana. Pero sus orígenes judíos son evidentes. Los tipos de liberacion son los que se encuentran ya en las oraciones de intercesión judías. Los grandes símbolos son los de la literatura judeo-cristiana palestinense y siria.

Hipólito es un hombre firme en la tradición romana; es un testigo precioso de la liturgia romana. Pero la iglesia de Roma está dividida en dos tendencias: la montanista rigorista y la de la jerarquía, inspirada en una actitud de moderación, inclinada a la indulgencia y preocupada por mantener buenas relaciones con el poder imperial. En esta perspectiva se comprende la extremada violencia de las páginas de Hipólito consagradas a Ceferino y a Calixto en su Refutación de todas las herejías. Hipólito, refiriéndose a las innovaciones penitenciales de Calixto, le acusa de perdonar los pecados de la carne, con tal de lograr adictos para sus ideas, de admitir obispos, sacerdotes y diáconos casados dos o tres veces, de permitir el matrimonio de los sacerdotes, de tolerar el aborto.

El relato de Hipólito es, evidentemente, caricaturesco. No obstante, bajo la caricatura, se descubre el ambiente atacado por Hipólito. Este ambiente es, en primer lugar, el de los cristianos que pertenecen a las clases dirigentes: su situación es delicada y tienen horror a las actitudes provocativas. La Iglesia tiene gran interés en estar a bien con tales ambientes, que podían servirle de mucho para evitar roces y allanar dificultades. Este ambiente es el de los dirigentes de la Iglesia, cuya responsabilidad es, en gran parte, administrativa. Hermas alaba a los obispos por su hospitalidad. Calixto, buen administrador, presta magníficos servicios a Ceferino. Este le encomienda la gestión de los cementerios pertenecientes a la Iglesia. El cargo supone relaciones con los artistas que adornan las tumbas. De hecho, el nombre de Calixto pasa al cementerio por él administrado. Con toda normalidad, este gran administrador sucede a Ceferino.

Ceferino y Calixto no son intelectuales, sino hombres de acción. Bajo su pontificado, la Iglesia se gana las simpatías del poder imperial y se extiende considerablemente.

Pero este desarrollo implica una adaptación de la disciplina a las nuevas circunstancias. Y eso es lo que rechaza Hipólito. El sueña con una Iglesia de unos pocos santos en conflicto con el mundo. Los pastores no pueden aceptar su punto de vista. Un pueblo cristiano en crecimiento necesita instituciones. El pueblo de Dios vive situaciones nuevas y el cristianismo no es una secta de gente pura, sino la ciudad de todos los hombres. Hipólito se burla de la imagen de Calixto que considera a la Iglesia como el arca de Noé, donde hay animales de toda especie, que sólo el juicio separará. Aparte esto, no hay razón alguna para ver en Hipólito un antagonista del Papa. Sus escritos respiran la más pura tradición. Su violencia procede de un género literario. Hipólito es un gran doctor de la Iglesia. El año 235 Hipólito es enviado a las minas de Cerdeña junto con su amigo el papa Ponciano, donde muere. Y no hay motivo para no venerarle como santo, lo mismo que a Calixto, como están unidos en la santidad Cornelio y Cipriano.

San Cipriano de Cartago (+ 258) es la segunda figura que eleva la Iglesia africana a gran esplendor. Nace hacia el año 210, se convierte hacia el 246, y el 249 es elegido obispo de Cartago. San Cipriano escribe importantes libros de carácter apologético y teológico redactados en buen estilo; él es el gran defensor de la unidad de la Iglesia. Su personalidad y ejemplar acción pastoral imprime rasgos característicos al cristianismo de su patria. Teológicamente, debe mucho a Tertuliano, al que llama maestro y lee constantemente. Sus tratados y cartas se destinan por lo general a la solución de cuestiones que le plantean la persecución o la amenaza de escisión en la Iglesia, por obra de algunos sectarios.

Un carácter personal tiene la obra Ad Donatum, en que narra de forma simpática cómo, tras larga búsqueda, logra la paz interior por el bautismo. Como pastor de almas, Cipriano se dirige en tiempo de peste con palabras de consuelo a los cristianos de Africa y los exhorta a una caridad abnegada (De mortalitate, De opere et eleemosynis). Celebra el ideal cristiano de la virginidad y previene contra los destructores efectos de la discordia (De habitu virginum; De zelo et livore). Más original es su tratado Sobre la unidad de la Iglesia, testimonio del concepto de Iglesia a la mitad del siglo III. Para él el representante y garante de la unidad de la Iglesia es el obispo, que participa del ministerio apostólico. Entre los obispos, le conviene a Pedro una posición aparte, por el poder de atar y desatar a él solo concedido. Al ser otorgado este poder a un solo apóstol se afirma para siempre la unidad de la Iglesia querida por Cristo.

Sin embargo Cipriano no deduce todavía una jurisdicción efectiva de Pedro sobre los otros apóstoles, ni tampoco una transmisión de sus prerrogativas a su sucesor como obispo de Roma. A la iglesia romana le conviene una posición de honor, que se funda en el hecho de la muerte y actuación de Pedro en Roma. Sin embargo Cipriano rechaza el derecho de Roma a decidir en la cuestión de la validez del bautismo de los herejes. En tales cuestiones, el obispo particular es responsable sólo ante Dios del gobierno de su iglesia. Cipriano estima grandemente la pertenencia a la Iglesia de Cristo; nadie puede pretender el nombre de cristiano si no es dentro de esta Iglesia; sólo en ella se asegura la salvación: Salus extra ecclesiam non est. Como defensor de la unidad de la Iglesia llega a decir: "No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre". La fidelidad a la Iglesia durante la persecución merece toda alabanza. Quien sella con el martirio la entrega de su vida en fidelidad a Cristo y a su Iglesia logra la visión inmediata de Dios. Con esta fe acepta su propio martirio. La iglesia de Africa no olvidará jamás su nombre.

Cipriano como obispo de Cartago y, por tanto, metropolita de Africa, desempeña un papel de primer orden en la vida de la iglesia de Africa. Si los problemas del cristianismo sirio son ante todo ascéticos y los del cristianismo alejandrino son en su mayoría teológicos, los problemas que se plantean al cristianismo latino en esta época se refieren esencialmente a la organización de la Iglesia. En ella surgen tres grandes cuestiones. El primero se refiere a la disciplina de la penitencia. A principios del 250, el emperador Decio exige de todos los ciudadanos la participación en un sacrificio general a los dioses inmortales. Es una manifestación de unanimidad nacional que no se pide sólo a los cristianos. Pero el hecho es que pone a éstos en una dramática situación. Se les pide quemar unos granos de incienso ante los ídolos, a cambio de lo cual recibían un certificado.

En muchos casos basta solicitar el certificado, sin gesto efectivo. No pocos cristianos ceden. Una vez pasado el temporal, surge la cuestión de la actitud que convienía adoptar frente a los lapsi, planteándose, de una manera aguda, el problema de la disciplina de la penitencia.

En Cartago, algunos sacerdotes reconcilian a los lapsi, por intervención de los "confesores", sin exigir un plazo de penitencia. Cipriano no excluye el papel de intercesión de los "confesores" y admite que los lapsi puedan ser reconciliados. Pero insiste en la necesidad de una penitencia prolongada. Mientras no esté asegurada la conversión, no se debe reconciliar a nadie, excepto en inminencia de muerte. Cipriano tampoco excluye la posibilidad de una reiteración de la reconciliación.

Se muestra más exigente que los presbíteros a quienes ataca, pero sin el rigorismo de Tertuliano, que defiende que existen ciertos pecados de los que no puede absolver la Iglesia, como el de apostasía. Tertuliano excluye además toda reiteración de la penitencia. La posición de Cipriano es la posición común de la Iglesia. Es la misma que, en el pasado, han mantenido Dionisio de Corinto y los obispos de Roma. Es la misma de Calixto, a quien Hipólito ha acusado de laxismo; la misma de Hermas, a quien critica Tertuliano. Es la misma también de Clemente de Alejandría y de Orígenes. Según esta doctrina común, la reconciliación no conoce límites de principio, pero es necesario asegurarse de que la conversión este garantizada, para no temer una recaída. Hay que ser más exigente para la penitencia que para el bautismo.

Cipriano comunica su posición a las demás iglesias. Roma, el 250, no tiene obispo. Fabián ha muerto mártir a principios de la persecución de Decio y no ha sido remplazado. "En nombre de los presbíteros y diáconos residentes en Roma", responde Novaciano, una de las personas más eminentes del clero romano. En principio se declara de acuerdo con Cipriano, pero añade que la Iglesia de Roma aguarda la reunión de su próximo sínodo y la elección de su obispo para dar una respuesta definitiva sobre el caso de los la psi, excepto en peligro de muerte, ocasión en que se puede conceder ciertamente la reconciliación a quienes dan señales suficientes de penitencia.

El año 251, Cornelio es elegido obispo de Roma. Novaciano se alza entonces contra él y se hace ordenar obispo. Luego expone su posición sobre los lapsi. Considera que no se les debe conceder ninguna reconciliación. Así se reanuda el conflicto de Hipólito y Calixto. Novaciano envía emisarios a Africa, a Alejandría y a Antioquía. En la Galia gana para su causa a Marciano de Arles. En Antioquía recibe el apoyo de Fabio. Pero, por su parte, Cornelio reúne en Roma un concilio que condena a Novaciano. Se envía una carta sinodal a los obispos de Italia, a Cipriano y a Fabio. Cipriano manifiesta su total acuerdo con el obispo de Roma. Por el contrario, su adversario Novato, aunque de tendencia laxista, se solidariza con Novaciano.

Este primer conflicto no constituye, pues, ninguna oposición entre Roma y Cartago. Se trata, una vez más, de dos concepciones de la Iglesia. Para Novaciano, la Iglesia se identifica con un pequeño grupo de espirituales en conflicto necesario con la ciudad terrestre: es una iglesia de profetas y de mártires. A esto se oponen los obispos, para quienes la Iglesia es un pueblo que reúne a todos los hombres. Hay lugar para un grupo de espirituales, como los monjes. Pero hay lugar también para la inmensa muchedumbre de los cristianos. No se trata de una relajación de las exigencias del Evangelio, sino de tener en cuenta el carácter progresivo de esas exigencias. Este es el camino de la Iglesia. Cipriano y Cornelio son sus grandes testigos en el siglo III y preparan así el camino del desarrollo de la Iglesia constantiniana, mientras que las sectas de los "puros", como los discípulos de Novaciano, acaban en un lento proceso de descomposición.

El segundo conflicto tiene un carácter distinto. En él se oponen dos tradiciones divergentes. Se trata de la validez del bautismo administrado por los herejes. La iglesia de Africa niega su validez. Tal es la posición de Tertuliano en el De baptismo (XV,2). Hacia el año 200, un concilio africano reunido por Agripino, obispo de Cartago, había zanjado la cuestión en ese sentido. Y ese es el punto de vista de Cipriano, afirmado a propósito del cisma de Felicísimo en su obra De unitate ecclesiae. El problema se plantea de nuevo al extenderse el cisma de Novaciano a Africa. Los concilios reunidos en Cartago por Cipriano, en 355 y 356, confirman ese punto de vista. Pero el obispo de Roma, Esteban, toma partido contra Cipriano. Considera su actitud como una innovación y afirma que, según la tradición, los herejes que se convierten no necesitan mas que reconciliarse por una imposición de manos, sin que deban ser bautizados de nuevo. Esto significa que el bautismo es válido, incluso administrado por un hereje.

La cuestión es compleja, pues los herejes comprenden grupos muy diversos. Cabe, pues, preguntarse sobre la validez de algunos de esos bautismos. Esteban tiene razón al afirmar el principio de que el bautismo administrado con las condiciones requeridas es válido y, por tanto no puede repetirse, aunque haya sido administrado por un cismático. Esteban se proclama en esto testigo de la tradición. De hecho el problema no se limita a Roma y Cartago, sino que se plantea también en Oriente. Dionisio de Alejandría comparte el criterio de Roma. Declara que la práctica recibida en su Iglesia consiste en no rebautizar a los que proceden de las herejías.

Cipriano, en cambio, encuentra apoyo entre los asiáticos. Los obispos de Frigia han debatido la cuestión a propósito del bautismo de los montanistas. Los sínodos celebrados en Iconio y en Sinade, hacia el 230, han zanjado la cuestión en el sentido de la no validez. Dionisio de Alejandría condena esta tradición. La posición del Papa y la de Dionisio es la que ha prevalecido en la Iglesia.

Comparando los dos conflictos que afectan a Occidente a mediados del siglo III, vemos con sorpresa que la actitud de Cipriano con respecto a Roma es diferente en ambos casos. En el conflicto sobre los lapsi está unido al obispo de Roma contra los cismáticos tanto africanos como romanos. Pero en el tema de la reiteración del bautismo se opone a Esteban. Ello nos lleva a un último tema: el de la eclesiología de Cipriano. Por una parte, es uno de los grandes testigos de la unidad de la Iglesia basada en la unidad del cuerpo episcopal en comunión con el obispo de Roma. Así lo demuestra su tratado De unitate ecclesiae: "La dignidad episcopal es una: cada obispo posee una parte de la misma sin división del todo". Y tanto en el asunto de Novaciano como en el de Marciano, Cipriano recurre al obispo de Roma.

Pero, por otra parte, Cipriano tiene una teología del episcopado local muy acusada. El obispo es el principio de unidad de la comunidad. Es soberano en su jurisdicción. En particular, es el custodio de la tradición, que ha recibido de sus predecesores. Este derecho del episcopado local es lo que él defiende en su controversia con Esteban. Por ello llega a un rompimiento con Roma. No hay duda que es un error de San Cipriano. Pero, si hay falta, la lava con su sangre, muriendo mártir.

 

 





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