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HISTORIA DE LA IGLESIA PRIMITIVA: 13. El Monacato


Emiliano  Jiménez Hernández

Páginas relacionadas


a) San Antonio, padre de los monjes

b) Las agrupaciones de anacoretas

c) Los cenobios de San Pacomio

d) La comunidad de San Basilio

e) El monacato en Occidente

f) La regla de San Benito
 

 



a) San Antonio, padre de los monjes

El siglo IV es el siglo del monacato. Con la libertad de la Iglesia, terminada la época de las persecuciones, se dan las conversiones en masa con lo que desciende el nivel de la vida cristiana. Entonces surge el monacato para mantener vivo el Evangelio. Al comienzo, los eremitas viven al margen de la Iglesia visible, entregados sólo a la meditación de la Palabra de Dios y a la penitencia. Pero su oración y su palabra inspirada sirve de apoyo, de fuerza nutricia para la vida de la Iglesia. También como centro de cultivo de la liturgia y del arte sacro, el monacato es un manantial de vida para toda la Iglesia.

Los primeros vestigios de esta vida de retiro y consagración a Dios, propia del monacato, aparecen ya en los tiempos apostólicos. Los elementos esenciales son la continencia y la vida de austeridad, acompañadas ordinariamente del retiro a la soledad. Y ya en la mitad del siglo III, en Egipto, por el deseo de una vida más perfecta, se desarrolla una floreciente vida eremítica. Si la virginidad consagrada se remonta a los orígenes mismos del cristianismo, el monacato, viene, en cierta manera, a realizar el relevo de la persecución. Durante las persecuciones el martirio es considerado como la gracia suprema, la meta de la ascensión espiritual de un alma cristiana llamada a la perfección.

Pero, al llegar la paz de la Iglesia, el cristianismo se ve acogido por el mundo y, en cierta manera, se instala en él. La avalancha de conversiones a menudo superficiales o interesadas acarrea necesariamente un relajamiento de la tensión espiritual en el interior de la Iglesia. En estas condiciones la huida del mundo aparece como la condición más favorable para llegar a la vida perfecta. El martirio rojo, sangriento de la persecución, se sustituye por el martirio blanco, al que conduce una vida de renuncia y mortificación.

Sobre esta base se desarrolla lo que puede ser considerado como el primer estadio de la vida monacal. Son los solitarios, o anacoretas, que se retiran a parajes enteramente solitarios, donde llevan una vida de perfecta continencia, entregados a la piedad y penitencia. Desde principios del siglo IV es cada vez más frecuente este género de vida. El primer eremita del que tenemos noticia es Paulo, cuya vida escribe San Jerónimo. Paulo muere el año 347.

Pero el más célebre es Antonio, el "padre de los monjes", muerto más que centenario el año 356. De Antonio no se puede aislar la biografía que le consagra el gran san Atanasio. Escrita alrededor del 360, traducida pronto y por dos veces al latín, ejerce una influencia considerable y contribuye grandemente a la difusión del monacato y a suscitar vocaciones. Su lectura influye decisivamente en la conversión de san Agustín, que nos atestigua en sus Confesiones el trastorno que su lectura suscita en él y en algunos de sus contemporáneos.

Esta biografía nos presenta a san Antonio como un labrador egipcio de origen modesto, prácticamente iletrado: frente al orgullo de los intelectuales, recientemente convertidos, que trasladan al interior del cristianismo la tradición aristocrática de sus maestros paganos, el monacato afirmar la primacía de las almas sencillas, que constituye uno de los aspectos esenciales del mensaje evangélico. Nacido hacia la mitad del siglo III, cristiano de nacimiento y ya piadoso, Antonio se convierte a la vida perfecta hacia los dieciocho o veinte años, un día en que, entrando en la iglesia, oye leer las palabras del Señor al joven rico: "Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, repártelo a los pobres, ven y sígueme". El monje es ante todo un cristiano que toma en serio y sigue a la letra la palabra del Evangelio.

Rompiendo todo lazo con el mundo, Antonio vende sus bienes, abandona la familia y se consagra a la vida solitaria. Su larga vida se divide en tres etapas, siempre en busca de un aislamiento más completo. Primeramente se establece en las cercanías inmediatas de su pueblo natal para poder aprovechar los consejos de un anciano más experimentado; la vida del solitario es una dura escuela y no se aprende sin maestro. Luego, durante casi veinte años, habita en un fortín abandonado, en una localidad más alejada. Y, finalmente, termina por asentarse en el desierto entre el Nilo y el Mar Rojo, donde permanece hasta su muerte. Antonio apenas se mueve, si no es para visitar a sus discípulos, instalados no muy lejos de él a lo largo del curso del Nilo. Antonio no es sacerdote ni clérigo, pero son muchos los que se dirigen a él buscando consejo. En sus últimos años se le unen otros ascetas para tomar de él consejo y dirección.

La vida que lleva al principio es una vida de penitencia y de ascesis cada vez más rigurosas. Esta ascesis no se limita a un cierto aspecto exterior; el solitario marcha al desierto para enfrentarse allí con las fuerzas del mal y muy concretamente con el demonio, sus tentaciones, sus asaltos. Trabajo manual, vigilia y oración llenan sus horas. "Orad sin cesar", decía san Palo; "vigilad y orad", recomienda el Señor en el Evangelio. El monje toma con toda seriedad estas palabras e intenta realizarlas a la letra. De ahí el papel que desempeña en su vida la lectura o más bien el recitado de los Salmos, de las Santas Escrituras, normalmente aprendidas de memoria, repetidas y meditadas sin cesar. La oración se prolonga en contemplación.

Pero el monje sigue siendo un hombre y lleva consigo al desierto toda la humanidad; sigue siendo cristiano y se siente solidario con la Iglesia entera. Es significativo el hecho de que san Antonio sólo sale del desierto y marcha a Alejandría dos veces en su vida; la primera durante la persecución de Diocleciano para sostener el ánimo de los confesores, exponiéndose él mismo al martirio; la segunda en lo más enconado de la polémica arriana para llevar al episcopado el apoyo de su prestigio personal y ayudarle en la defensa de la ortodoxia.

Conviene igualmente subrayar la importancia de esta función propiamente eclesial desempeñada por los monjes y por san Antonio en primer lugar. Vemos a éste internarse en el desierto a la conquista de un objetivo en apariencia puramente personal, su perfección propia, la santidad; pero esta santidad que Dios confirma con la concesión de carismas posee una irradiación propia y actúa sobre los demás cristianos como el fermento en la masa. Paradoja o efecto transformador, el solitario atrae en masa a los visitantes, que se llegan a pedirle la ayuda de sus oraciones, la curación de enfermedades del alma y del cuerpo, consejos, un ejemplo. Unos regresan edificados y consolados y entran de nuevo en el siglo; otros, contagiados por el ejemplo, se instalan a su lado y, poniéndose bajo su dirección, tratan de imitar su género de vida. Así, ya en vida de san Antonio y cada vez más después de su muerte, el monacato se extiende por todo el mundo cristiano, enriqueciendo el cuerpo de la Iglesia con una nueva forma de vocación a la santidad. Dentro del siglo IV ya se distinguen cuatro variedades de vida monástica, cada una de las cuales corresponde a una etapa de su desarrollo.


b) Las agrupaciones de anacoretas

Perfeccionando la forma de vida de San Antonio, se forman multitud de colonias de anacoretas. Se trata de un paso intermedio hacia la vida cenobítica. Así se va poblando el desierto de Nitria. Como centro de estas colonias, se distinguen: Ammonio, que reúne en torno suyo en el siglo IV unos 5.000 monjes, y San Macario el Viejo, que puebla de monjes la Escitia. Esta vida se propaga también en Palestina. Las Lauras de San Hilarión, en Palestina, y otras semejantes, formadas por pequeñas cabañas de solitarios, se convierten también en cenobios, sometiéndose a una vida y regla común.

Son célebres la Antigua y la Nueva Laura. En ellas se distinguen San Eutimio y San Teodosio. Del mismo modo se propagan las ermitañas. En la diócesis de Oxyrhintus se dice que hay unas 20.000 ermitañas y 10.000 ermitaños. Así surgen los primeros impulsos para la vida comunitaria (cenobitismo) de estos ermitaños: "Una gran cantidad de hombres santos, que se concentran en lugares inhabitables, como en una especie de paraíso", los define San Jerónimo.

Esta es la forma más antigua y más elemental de organización del monacato: los discípulos que vienen a formarse en la escuela de un santo anciano se construyen cada uno su celda en las proximidades de la suya; su número puede llegar a ser más o menos grande; surgen todas las combinaciones posibles entre soledad y vida común: en principio cada monje vive, trabaja y medita solo en su celda; se congregan todos para la oración en común, bien cada día a las horas señaladas, bien cada semana para la liturgia solemne del sábado y del domingo, o con menos frecuencia aún si se trata de los que son juzgados dignos y capaces de una anacóresis más total.

Tal es el sistema que se esboza ya en vida de san Antonio, cuando la insistencia de sus hijos espirituales se lo impone en dos ocasiones a pesar de su deseo de soledad. Desde el Medio Egipto en que nace y vive san Antonio, el monacato se extiende por todo el Egipto, al sur en la Tebaida, al norte en las orillas del Delta o en sus inmediaciones; la agrupaciones más célebres, que aún subsisten, son las del desierto de Escitia y de Wadi-n-Natrún al oeste del Delta.

Fundada hacia el 330 y hecha famosa por el gran Macario, Escitia acoge, desde el 382 hasta su muerte en el 309, al curioso personaje Evagrio el Póntico. Lector de san Basilio en Cesarea, diácono de san Gregorio de Nacianzo al que sigue a Constantinopla donde adquiere gran fama en la predicación, Evagrio es un teólogo de ortodoxia dudosa. Discípulo de Orígenes, desarrolla con predilección y exagera hasta la herejía las tendencias más discutibles de su maestro, justificando así las condenaciones póstumas de que es objeto este origenismo desde finales del siglo IV y más tarde en el VI. Su doctrina espiritual, por el contrario, nutrida de toda la experiencia acumulada por los grandes solitarios, posee un valor excepcional y ejerce una profunda influencia; los intelectuales son raros en el desierto: la misión histórica de Evagrio consiste en sistematizar esta enseñanza y elaborarla en un cuerpo de doctrina. En general los eremitas llevan una vida ascética bastante dura. La perfección es vista en la penitencia física. Pero tampoco falta una sincera piedad, nutrida de oración continua, de la participación a los sacramentos, de humildad, paciencia, caridad y amor al trabajo.

La sabiduría de los monjes de Egipto nos es transmitida en las sabrosas colecciones de Apophthegmata donde toda la espiritualidad se resume en una anécdota de varias líneas, una frase, a veces tres palabras -como este lema del santo abad Arsenio: "Huye, calla, vive en paz"- también en los grandes reportajes en que algunos viajeros nos transmiten las conversaciones que tienen con uno u otro de los grandes solitarios. Los tres más célebres son la Historia de los monjes escrita hacia el 400, obra de un autor anónimo cuyo viaje se sitúa en el año 394-395 y que se difunde en latín por la traducción ampliada de Rufino de Aquilea; la Historia Lausiaca del obispo gálata Paladio (419-420); su estancia en Escitia se remonta a 388-399; y las Collationes patrum y De institutis coenobiorum, redactados al fin de su vida en Marsella hacia el año 420 por el monje de origen rumano Juan Casiano, que incorpora los recuerdos de una larga estancia en el Bajo Egipto treinta o cuarenta años antes.


c) Los cenobios de San Pacomio

Aunque se adapta bien al temperamento egipcio, la vida solitaria de los eremitas encierra no pocos peligros, tanto desde el punto de vista espiritual, favoreciendo el individualismo, como desde el material, cuando el número de monjes es elevado. Con san Pacomio aparece otro tipo de monacato que pone el acento en la "vida común".

San Pacomio (+ 346) nace de padres paganos en la localidad de Esna (alta Tebaida). A los veintitrés años se alista, a la fuerza, en el ejército imperial. En la ciudad de Tebas conoce a unos hombres que acuden a avituallar y consolar a los soldados obligados a servir bajo los estandartes extranjeros. Profundamente conmovido por tanta caridad,

Paconio indaga y se entera que sus bienhechores son cristianos. Entonces hace el voto de consagrarse al servicio de sus semejantes si logra escapar de la milicia. Poco después, contra toda esperanza, es licenciado. Y Paconio no olvida su promesa. Remonta el valle del Nilo en busca de una comunidad cristiana, en la que se hace instruir y bautizar. Tres años más tarde abraza la vida anacoreta bajo la dirección de un anciano famoso, Palamón, cuya celda se levanta en un altozano desierto, no lejos del poblado. En compañía de Palamón, Paconio se ejercita en la oración, en el trabajo manual y en las demás prácticas de ascetismo monástico. De Palamón aprende a tomar la Escritura como guía y maestra de vida. Al cabo de siete años de aprendizaje, Paconio toma un nuevo rumbo. Un día en que, como de costumbre, se interna en el desierto, llega a Tabennisi, una aldea abandonada. Allí, mientras ora, escucha una voz que le dice: "Pacomio, Pacomio, lucha, instálate aquí y construye una morada, porque una muchedumbre de hombres vendrá a ti, se harán monjes a tu lado y hallarán la salvación para sus almas". Pacomio se lo cuenta a su maestro Palamón, que reconociendo la voz de Dios, ayuda a Paconio a construirse una celda en Tabennisi.

Pacomio se queda solo en Tabennisi, "con el corazón quebrantado a causa de la voluntad de Dios que desea conocer". "La voluntad de Dios es que te pongas al servicio de los hombres para invitarlos a ir a El", siente en su interior. En la oración, el Señor le aclara: "Reúne todos los monjes jóvenes, habita con ellos y dales leyes, según las normas que te dictaré". Poco a poco van llegando hombres de los pueblos vecinos, que empiezan a vivir como anacoretas a su lado. Para ellos escribe Pacomio la regla que Dios le va dictando en la oración. El género de vida que propone se extiende rápidamente, al paso que muchas colonias de anacoretas abrazan su regla. Pacomio funda también comunidades semejantes para las mujeres. A esta forma de vida se le llama cenobios (de koinós, común, y bios, vida: vida común).

La regla de san Pacomio es la primera regla monástica propiamente dicha, cuyos 192 artículos determinaban con precisión el ritmo de la vida diaria del monje, el trabajo, la oración en común, la disciplina. Cerrado por una valla, el monasterio de Pacomio comprende, con la capilla y sus dependencias, una serie de casas que albergan a una veintena de monjes bajo la autoridad de un abad asistido por un adjunto; tres o cuatro casas forman una tribu, y el conjunto obedece a un superior que, con su asistente, asegura la dirección espiritual de la comunidad y la buena marcha de los servicios generales: panadería, cocina, enfermería, etc, para cuyo buen funcionamiento las diversas casas delegan cada semana el número de monjes necesarios.

Ante el éxito de su iniciativa, san Pacomio tiene que crear pronto un segundo monasterio del mismo tipo en otro pueblo abandonado de la vecindad, Pebou, al que siguen otras fundaciones. A su muerte, en 346, san Pacomio ha establecido nueve conventos de hombres y dos de mujeres, de los que el primero es fundado, hacia 340 cerca de Tabennisi, por su propia hermana María. La expansión continúa bajo sus sucesores, extendiéndose por todo Egipto; a finales de siglo encontramos un monasterio pacomiano instalado en las mismas puertas de Alejandría, en Canopos: el célebre monasterio de la Penitencia, Metanoia. El conjunto de estos conventos forma una congregación bajo la autoridad de un superior general instalado en Tabennisi y más tarde en Pebou; éste nombra los superiores de cada monasterio; un capítulo general los reúne en torno a él dos veces al año, en Pascua y el 13 de agosto, para rendir cuentas de la buena marcha de cada monasterio ante el ecónomo general que asiste al superior en la gestión de los asuntos que conciernen al conjunto de la congregación.

La importancia del aspecto economico crece a medida que aumenta el número de monjes: los monasterios pacomianos llegan a agrupar miles de monjes. Para la agricultura egipcia constituyen una aportación importante; salen en cuadrillas al tiempo de la cosecha, extendiéndose por el valle del Nilo donde, en algunos días, recogen lo suficiente para asegurar para todo el año la subsistencia de la comunidad y los recursos necesarios para su actividad caritativa. La obra de san Pacomio aparece animada de un notable espíritu de prudencia y moderación, pero semejante desarrollo numérico impulsa después a otros animadores del monacato a insistir en la severidad de su regla, a acentuar hasta el exceso el rigor de la disciplina. Tal es el caso particular del fogoso Shenute a la cabeza del monasterio Blanco, en el Alto Egipto, a partir del 388.

Pacomio tiene una gran importancia en la evolución del monacato. Pacomia pretende conservar los valores de la vida anacoreta, añadiéndole los frutos de la comunión, que proporciona la edificación mutua entre los monjes, ayuda a llevar una vida más equilibrada sin tantas singularidades y a buscar la perfección en el sacrificio del propio yo a través de la obediencia. En realidad lo que Pacomio desea es que la comunidad viva a imagen de la primitiva comunidad de Jerusalén "con un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32). Por eso, los hermanos se ayudan mutuamente a imagen de Cristo, que se hizo servidor de todos: "El amor de Dios -decía- consiste en sufrir unos por otros" (Col 3,12-15; Ga 6,2; 1Ts 5,11).


d) La comunidad de San Basilio

Durante toda la Antigüedad cristiana Egipto no cesa de ser la tierra de elección del monacato; sin embargo, éste no queda confinado en el país del Nilo. Aunque sea difícil fechar con exactitud las primeras etapas de esta expansión, muy pronto se difunde por todo el Oriente. En Palestina está desde comienzos del siglo IV con san Hilarión de Gaza; hacia el 335 aparece la fundación del monasterio de san Epifanio, nombrado en 367 obispo de Salamina en Chipre. Igualmente llega a Siria, sobre todo a las regiones más o menos desérticas de las proximidades de Antioquía; luego a Asia Menor donde el iniciador es Eustacio, promovido hacia 356 a la sede de Sebaste en la Armenia romana, personaje complejo que se ve implicado en las polémicas trinitarias de la época, además de las que suscita el ardor de su predicación ascética. El monacato llega, aunque un poco tarde, a la misma Constantinopla donde el sirio Isaac funda en el 382 un primer monasterio, el de Dalmato, del nombre de su segundo abad.

Sin embargo, se debe a San Basilio, en el Asia Menor, a finales del siglo IV, un progreso ulterior en la concepción de la vida monástica. San Basilio, apenas recibido el bautismo, hacia el año 357, abraza la vida monástica. Tras un viaje de información, que lo lleva a Egipto, se establece en una propiedad de la familia de Annêsi, en las montañas del Ponto, donde reúne en torno suyo algunos amigos, entre ellos a San Gregorio Nacianceno, al que no consigue retener mucho tiempo. Así reúne una verdadera comunidad, para la que compone una doble regla.

La carrera monástica de san Basilio es muy breve, pues, ordenado presbítero para Cesarea de Capadocia, se establece en ella definitivamente en 365, ascendiendo el año 370 al trono metropolitano.

Pero su papel en el monacato es considerable gracias a su obra de organizador y de legislador: las reglas monásticas que redacta tienen una enorme irradiación, aportando una concepción en cierto sentido nueva de la institución monástica. Es tal la aceptación de sus reglas que se extienden por todo el Oriente, creándose los monjes basilianos, a los que se van adhiriendo los demás. En adelante es la regla por antonomasia de Oriente. En ellas se pone el acento en la vida de comunidad, concebida como el marco normal para el desarrollo de la vida espiritual. El anacoreta desaparece un poco en el horizonte; frente a los ejemplos heroicos del Antiguo Testamento tan del agrado de los primeros solitarios -la vocación de Abrahán, la ascensión de Elías-, san Basilio presenta como ideal el cuadro de la vida de los primeros cristianos de Jerusalén según nos la describen los Hechos de los Apóstoles. De ahí su insistencia en la obediencia, en el deber de renunciar a la propia voluntad, en el confiado abandono en las manos del superior.

San Basilio, por otro lado, atenúa las mortificaciones físicas y pone como base de la vida religiosa la obediencia: la perfección no consiste en el esfuerzo físico, sino en el sacrificio de la propia voluntad mediante la obediencia. Pero no es que con San Basilio desaparezcan las otras formas de vida eremítica, con sus excesos o formas singulares y extrañas como la de los estilitas, que pasan la vida o largos períodos sobre una columna, como San Simeón el Viejo. El criterio fundamental para reconocer la autenticidad de estos carismas es, como lo ha sido siempre, la humildad y la obediencia a la jerarquía. Simeón el Viejo, por ejemplo, apenas recibe la orden del Obispo de abandonar la columna, sin la menor duda se dispone a descender de ella. Superada la prueba, el Obispo le autoriza a continuar sobre ella.

Entre los estilitas, penitentes o solitarios, que viven largos años sobre una columna (stilos) de diez o más metros de altura, además de San Simeón, en el siglo V, es célebre San Daniel. Por su dificultad especial y por los peligros a que se exponen, este género de vida no tiene muchos imitadores. Al lado de los estilitas están los llamados inclusas, que llevan una vida especialmente rigurosa. Consiste en encerrarse de por vida en una celda (inclusorium, clausa), que queda tapiada, y solamente por un agujero les pasan la comida y lo más indispensable. Este género de vida se propaga bastante, y es curiosa la longevidad de algunos de estos inclusas.


e) El monacato en Occidente

En Occidente el monacato aparece algo más tarde que en Oriente, aparte algunos casos aislados de solitarios y vírgenes consagradas a Dios. San Atanasio, buen conocedor de la vida eremítica de Egipto, la introduce en Occidente durante su destierro en Tréveris y Roma. Su Vida de san Antonio contribuye grandemente a la difusión del monacato. Se fundan varios eremos en las islas del Mediterráneo. Más tarde aparecen comunidades cenobitas, que dedican gran parte de la jornada al estudio y la caridad. San Jerónimo, después de tres años de formación en el desierto de Calcis, cerca de Antioquía, (375-377), al instalarse en Roma a la sombra del papa Dámaso, propaga con fervor el ideal ascético, especialmente entre cierto número de mujeres, viudas o vírgenes, pertenecientes a la más alta aristocracia senatorial.

El éxito que despierta el monacato, nada más aparecer en Roma, suscita innumerables reticencias y discusiones, que excitan la vena de polemista de san Jerónimo, que defiende la vida monástica contra todos los detractores. Pero Jerónimo se ve obligado a abandonar Roma el año 385. Pronto se le unen varias de sus dirigidas. Tras su peregrinación por Siria y Egipto, san Jerónimo se establece en Belén junto al monasterio que dirige una de sus discípulas, santa Paula, a la que sucede su hija Eustoquia. Muy cerca, en Jerusalén, se establece otra gran dama romana, santa Melania la Antigua, que funda otro convento de monjas latinas cuyo capellán es Rufino de Aquilea, casi compatriota y viejo amigo de san Jerónimo, aunque ambos más tarde se oponen con ocasión de la polémica origenista despertada por el inquieto Epifanio (393-402).

No obstante la oposición suscitada en Roma, el monacato continúa extendiéndose en Italia, muy floreciente en torno a san Ambrosio en Milán, en Africa, en España, en la Galia. Hacia el 360 san Martín se establece en Ligugé cerca de Poitiers. Este primer monacato latino se alimenta de las fuentes orientales: peregrinaciones y visitas a los ascetas de Egipto, traducciones de vidas de monjes, de Apophthegmata y de reglas; san Jerónimo traduce la de Pacomio, Rufino las de Basilio. El monasterio de Leríns que san Honorato funda hacia el 400 en la costa de Provenza es un ejemplo de esas comunidades todavía muy cerca de sus modelos egipcios; Juan Casiano, fundador a su vez de dos monasterios en Marsella, escribe sus Recuerdos de Egipto.

Algo muy diferente y más original aparece por primera vez con Eusebio, obispo de Vercelli en el Piamonte, a partir del 345; ardiente defensor de la ortodoxia nicena, es desterrado por el emperador Constancio el año 355, y esto le da ocasión de visitar el Oriente donde entra en estrecha relación con Evagrio de Antioquía, el segundo traductor de la Vida de san Antonio. Sin dejar de ser obispo, Eusebio desea ser también monje y agrupa en torno suyo a los miembros de su clero para llevar en comunidad con ellos una vida de tipo ascético.

Otros obispos lo imitan, como San Agustín en Africa. Este abraza el estado monástico al mismo tiempo que pide el bautismo, pero la primera comunidad que reúne en torno suyo al regresar a su ciudad natal de Tagaste (388) tiene un carácter más original aún y no logra subsistir. Es un monasterio de intelectuales donde el trabajo científico y filosófico va a la par con la vida religiosa, realizando así en el plano cristiano el sueño de una comunidad de pensadores. Al ser llamado a formar parte del clero de Hipona (391), san Agustín renuncia a este hermoso sueño de una vida de soledad y de tranquila meditación, pero no a su vocación ascética. Siendo presbítero reúne junto a sí un cierto número de clérigos; y, pocos años más tarde (395), consagrado obispo, organiza un monasterio, imponiendo a todo su clero la renuncia monástica y particularmente el voto de pobreza. Algunos de sus sermones nos revelan con qué vigilancia procura que sea rigurosamente respetado. San Agustín promueve la vida monástica, sobre todo, con su Regla, formada por la Epístola 211, dirigida a unas religiosas, y la Regula ad servos Dei, en la que acomoda a los varones los mismos principios ascéticos.

Algo semejante hace san Martín de Tours. Nacido en el año 316, presta primero servicio militar en el ejército romano y a los dieciocho años recibe el bautismo, ejerce como exorcista con San Hilario de Poitiers, se hace monje y termina como obispo de la diócesis de Tours (+ 397). Incluso como Obispo trata de conciliar los deberes pastorales con la vida monástica, que promueve en Galia, España y Britania. San Martin funda hacia el año 360 el monasterio de Ligugé, y luego, hacia el año 375, el de Marmoutier. Como la comunidad de Hipona, de la que salen una docena de obispos, la de San Martín es también un centro de formación eclesiástica que se irradia por toda la región. Estas creaciones, que no son las únicas -se pueden mencionar la acción análoga de san Paulino de Nola en Campania, de san Victricio de Rouen en la Galia del Norte-, abren el camino a las futuras comunidades de canónigos regulares, en las que se da la unión de la vida del clero secular y las exigencias del estado monástico.

San Honorato, Obispo de Arlés, funda hacia el año 410 el famoso monasterio de Lerins, cerca de Niza, del que también salen muchos Obispos. El monasterio de Lerins no sólo es semillero de Obispos, sino también de escritores, como Silvano de Marsella, Fausto de Riez y Vicente de Lerins, conocido sobre todo por su doctrina sobre la evolución del dogma, distinguiendo entre cambio y progreso.

Poco después, Casiano, formado en un monasterio de Belén y que ha pasado varios años entre los anacoretas egipcios, funda en Marsella dos monasterios, convirtiéndose en puente entre el monacato oriental y el occidental. Pero lo que le hace más célebre son sus Institutiones y Collationes, que constituyen una verdadera regla monástica, que muchos aprovechan. En la mitad del siglo VI, Cesáreo de Arlés escribe también unas excelentes reglas para monjes y monjas, llamadas Regula Monachorum y Regula Sanctarum Virginum. Se muestra muy rígido en cuanto a la clausura, los ayunos, oficios, pero subrayando el valor de la obediencia y la caridad.

San Patricio, después del año 432, introduce la vida monástica en Irlanda, donde adquiere gran importancia. Son célebres los monasterios de Bangor y Armagh. De Irlanda la vida monástica pasa a Gran Bretaña y a Escocia, donde se funda el gran monasterio de Hy o Ilona. San Columbano (+ 597), irlandés, procedente de Bangor, es gran promotor del monacato en Europa a fines del siglo VI y principios del VII. Funda los monasterios de Luxeuil, Fontaines y otros, y el de Bobbio, al norte de Italia. Para todos ellos compone la Regula Monachorum.


f) La regla de San Benito

A principios del siglo VI entra en escena San Benito, cuya fundación elimina rápidamente a casi todas las demás. En adelante, los monjes benedictinos constituyen el monacato por antonomasia. San Benito es quien da al monacato de Occidente una organización estable. Nacido en Nursia hacia el 480 de familia noble, comienza sus estudios en Roma, pero muy pronto se retira a Affile y luego a Subiaco como anacoreta; se le juntan algunos discípulos, como San Plácido y San Mauro, y forma un primer monasterio. San Benito reúne en doce monasterios a las personas que aspiran a una vida monástica bajo su dirección. Pero, ante la hostilidad del clero local, tiene que alejarse de Subiaco y, en el año 529, llega a Monte Casino, donde edifica un monasterio según sus deseos. Monte Casino es, pues, la cuna de la nueva familia monástica. Allí muere en el año 543.

El mayor mérito de San Benito es la composición de la Regula monachorum, moderada en su contenido y clara en su forma literaria. Benito se inspira sobre todo en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres latinos, sirviéndose además para su composición de las muchas reglas monásticas ya existentes, a las que imprime un nuevo espíritu. Una de las razones que más influyen en la aceptación de esta regla, de setenta y tres capítulos, es que evita la excesiva rigidez, sin dejar las cosas esenciales, insistiendo en el opus Dei, el servicio de Dios u oficio divino. En la regla se subraya la autoridad del Abad, que se parece más al pater familias que al señor feudal. Por otra parte, se señala fuertemente la obediencia como la virtud más necesaria para el monje, "como la vía más segura para llegar al Señor". Es esencial para el monje la permanencia estable en la abadía en que ha ingresado, oponiéndose en esto a la tendencia bastante común de los religiosos giróvagos sin ocupación fija y sin el freno de la autoridad.

El monasterio de San Benito es también un vasto organismo, que posee todo lo necesario para vivir con autonomía material: agua, molino, huerto, horno y artes diversas. Con esto se evita todo pretexto de salida del monasterio, aunque la pobreza sea la base de la vida del monje, que ha de renunciar a cuanto posee, pasando todo a ser propiedad del monasterio. San Benito se muestra moderado en relación a la comida y al descanso nocturno. El fin principal del monje es el opus Dei (el oficio divino), a lo que se subordina todo lo demás. El rezo del oficio divino está minuciosamente reglamentado; a él se añade la oración personal, es decir, la lectura meditada de la Escritura.

Además de la oración, los monjes se dedican al trabajo en los campos o en casa, según las necesidades: "De este modo serán verdaderamente monjes, si viven del trabajo de las propias manos, como nuestros Padres y los Apóstoles. Pero todo esto hágase con moderación, para no desanimar a los pusilánimes". "Ora et labora" es la enseña de los benedictinos. La lectura y el rezo del oficio divino suponen la existencia de libros en el monasterio y también la necesidad de enseñar a leer a quienes ingresan sin saberlo. Así, estos lugares de huida del mundo se convierten en centros de configuración del mundo para la Iglesia, el Estado y la ciencia.

Otro punto importante de la regla benedictina es el de la hospitalidad: "Todos los huéspedes que llegan al monasterio serán acogidos como Cristo". Para acoger a los huéspedes, los monasterios tienen la hospedería y el abad come con ellos. Gradualmente, hacia mitad del siglo VIII, la regla benedictina se impone en los monasterios occidentales y San Benito es considerado como "cabeza e inspirador de todos los monjes occidentales".

 

 





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