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JOB CRISOL DE LA FE: 2. ESCANDALO DE LOS AMIGOS 4,1-5,27

Comentario al libro de Job
Emiliano Jiménez Hernández

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a) Se cosecha lo que se siembra: 4,1 31

b) Los amigos, aliados de Satán: 4,2-11

c) Experiencia y revelación: 4,12-5-16

e) El sufrimiento purificador: 5,17-27

 

Job: escándalo de los amigos

 

2. ESCANDALO DE LOS AMIGOS

a) Se cosecha lo que se siembra

La maldición de Job es maldición radical de la existencia. La existencia, en el comienzo de la Escritura, aparece expresada en el "Que sea la luz y la luz fue". Job dice lo contrario: "Que sea la tiniebla y no sea la luz". Es el deseo de la des-creación, la anulación de la obra de Dios. Es la maldición de la noche a ser siempre noche "porque no cerró las puertas del seno materno" a la concepción y al alumbramiento de un hombre destinado al afán y a la muerte (3,10-11). Es la negación total, el deseo imposible. Los amigos están en torno a Job, en silencio, en luto como si Job hubiera muerto, y él, que aún está vivo, habla para decir que desearía estar muerto, no haber nacido o, mejor aún, no haber sido concebido. Salir del seno materno o entrar en él en el momento de la concepción significa comenzar una historia de afán, de sufrimiento, de angustia, porque es entrar en la contradicción que es la vida del hombre, un ser viviente que se encamina a la muerte.

El hombre, imagen de Dios, no puede morir, pues Dios es vida. Este es el escándalo y la locura, lo inaudito e impensable, lo imposible hecho posible por Dios hecho hombre para entrar en la muerte, vencerla y afirmar la vida. Job lo siente en la profundidad de su ser y lo expresa sin saberlo. La experiencia del hombre, al nacer o ya al ser concebido, es la experiencia de entrar en esta corriente de vida divina, vida en abundancia, eterna, bendecida. La vida es el lugar de la bendición de Dios expresada en la fecundidad, pues la vida no se agota, se multiplica y transmite sin limitaciones. Esta es la realidad de la imagen de Dios, vida en plenitud y comunicada al hombre. Pero Job, que siente esto en sus células, se encuentra con la realidad de la muerte, que le cerca, a punto de devorarlo. Esta contradicción le hace saltar y gritar, porque vida y muerte se enfrentan en él en un prodigioso duelo, que no quedará aclarado hasta que Cristo destruya la muerte para siempre y aparezca la victoria de la vida

Jeremías, al momento de su vocación (c. 1), dice que Dios lo ha conocido mientras lo formaba en el seno materno e incluso antes de ser concebido. Es el conocimiento de Dios que abarca todo el ser. La vida de Jeremías, como la ve en ese momento, está plenamente bajo el conocimiento de Dios, bajo la bendición de Dios. Job, como Jeremías más tarde, ve toda su existencia, desde la noche de su concepción, bajo la maldición. Job no acepta ni una célula de su ser, ni siquiera la célula germinal de su concepción. Es la negación total de la vida. Si la vida es inquietud, sufrimiento y muerte, el no haber nacido es la única posibilidad de descanso.

La actitud, aparentemente blasfema de Job, que escandaliza a los amigos, no es una maldición de Dios, sino la expresión extrema, incontrolable, de su angustia. El deseo de la muerte, antes del nacimiento, en realidad, es expresión suprema, radical, del deseo de la vida, de una vida sin muerte. La vida para el dolor y la muerte es inaceptable. En su lenguaje contradictorio Job no maldice a Dios ni su creación, ni sus designios, sino la muerte, en que se encuentra sumido. Job se rebela contra la injusticia que supone vivir caminando hacia la muerte, con la muerte en los talones. Sufrir es gustar ya la muerte y esto contradice la vida como creación de Dios. Dios tiene que responder de esta contradicción. Job desafía a Dios a desvelar este misterio incomprensible.


En lugar de Dios responden los tres amigos. En forma diversa, pero muy similar, los tres amigos responden con la teoría de la retribución: a la culpa corresponde la pena; a la justicia, el premio. Elifaz, el más anciano, habla el primero. Presenta la teoría con más modestia que los demás, afirmando la universalidad de la pecaminosidad humana: todos son pecadores (4,17-21), todos causan infelicidad (5,5-7), todos deben agradecer a Dios la prueba-purificación (5,17-26). "Se cosecha lo que se siembra" (4,8). Quien ama el mal, recibirá lo que ama. Quien siembra el bien, cosechará bienes. Job no es una excepción.

b) Los amigos, aliados de Satán

Elifaz ha quedado sorprendido con las palabras de Job. No se esperaba esa erupción tumultuosa de su amigo. Sin tiempo para pensar, siente que le toca a él contestarle. Comienza con un tono conciliador, justificando su intervención con modestia. Pero enseguida echa en cara a Job su incoherencia. El, que ha sido capaz de ayudar a otros desde su bienestar, ahora es incapaz de ayudarse a sí mismo en la desgracia: "Tú que dabas lección a mucha gente e infundías vigor a las manos caídas, que con tus palabras sostenías al que vacilaba y robustecías las rodillas endebles, ahora que te toca a ti, ¿te deprimes?; te alcanza el golpe a ti, ¿y te turbas?" (4,3-5).

Son diferentes las palabras y los hechos. Si tus palabras convencían antes a otros, que te convenzan ahora a ti, ya que antes parecías convencido de ellas. Teoría y vida están en contradicción. Job podría retorcerle el argumento: "Si estuvieras en mi situación, ¿hablarías así?". Elifaz se ha acercado al sufrimiento de Job sin participar de él. Habla desde fuera, a cierta distancia. "Para saber decir al abatido una palabra de aliento" (Is 50,4), el Siervo de Yahveh carga sobre sí con los dolores de los demás. Y Cristo "habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados" (Hb 2,18)

Elifaz se maravilla de que Job, sabio y justo, se sienta tan abatido y transtornado por el dolor. El, que ha enseñado y confortado a otros en el sufrimiento, ahora se deprime hasta llamar a la muerte. El, que ha sido "ojos para el ciego, pies para el cojo, padre para los pobres" (30,25), ahora no se sostiene a sí mismo, cuando la enfermedad no hiere a otro sino a él. En la evocación del pasado feliz de Job, Elifaz alude a la fe y rectitud moral de Job, que constituían su confianza y esperanza en Dios: "¿Tu piedad no era tu confianza, y la integridad de conducta, tu esperanza?" (4,6). Si tuvieras fe realmente, "tu fe sería tu esperanza". Si estás sin esperanza, es porque tu fe no es auténtica. La fe se muestra en la prueba, brilla en la cruz. La fe da la garantía de la victoria sobre la muerte. Creer en Dios es saber que no dejará a su justo corromperse en la tumba. "La fe es la garantía de lo que esperamos" (Hb 11,1).

En las palabras de Elifaz se esconde una falacia, o mejor, se esconde Satanás. Su concepción de la fe es pelagiana, anti-paulina: "Tu piedad es tu confianza, tu conducta es tu esperanza". Tus méritos son el fundamento de tu salvación; Dios no tiene que salvarte, sino sólo contar tus méritos y premiarlos. La sabiduría, que Elifaz invoca para consolar a Job, encubre la tentación de Satanás. En definitiva quisiera llevar a Job por el camino, no de buscar a Dios por sí mismo, sino por las ventajas egoístas que proporciona la piedad. De este modo, los amigos de Job se transforman en aliados de Satanás.


Según la teoría de la retribución, Elifaz deduce que si Job sufre es porque ha pecado: "¡Recuerda! ¿Qué inocente jamás ha perecido? ¿dónde han sido los justos extirpados? Así lo he visto: los que labran maldad y siembran vejación, eso cosechan. Bajo el aliento de Dios perecen éstos, desaparecen al soplo de su ira. Ruge el león, brama la leona, mas los dientes de los leoncillos quedan rotos. Perece el león falto de presa, y los cachorros de la leona se dispersan" (4,7-11). Oseas se sirve de parecidas imágenes para llamar a conversión al pueblo: "Pues que siembran viento, segarán tempestad: tallo que no tendrá espiga, que no dará harina; y si la da, extranjeros la tragarán... Sembrad simiente de justicia, recoged cosecha de amor, desbarbechad lo que es barbecho; ya es tiempo de buscar a Yahveh, hasta que venga a lloveros justicia. Habéis arado maldad, injusticia habéis segado, habéis comido fruto de mentira" (Os 8,7; 10,12-13). Pero lo que es válido en general, no lo es en particular. No siempre el sufrimiento nace de una culpa personal (Jn 9).

c) Experiencia y revelación

Con su buena intención de calmar y consolar a Job, Elifaz se muestra prisionero de sus esquemas. Su ortodoxia no le deja ver cosas evidentes, por más que apele "a lo que ha visto". Las fuentes de su saber, según él, son la experiencia y la revelación. La experiencia le ha enseñado que "los que labran maldad y siembran vejación, eso cosechan. Bajo el aliento de Dios perecen, desaparecen al soplo de su ira" (4,8-9).

Elifaz, envuelto en el vestido de profeta visionario, recoge una voz furtiva: "A mí se me ha dicho furtivamente una palabra, mi oído ha percibido su susurro. En las pesadillas por las visiones de la noche, cuando a los hombres invade el letargo, me entró un temblor, un escalofrío, que estremeció todos mis huesos... Se escurre un soplo por mi rostro, eriza los pelos de mi carne. Alguien surge... no puedo reconocer su cara; una imagen delante de mis ojos. Silencio..., después oigo una voz: ¿Es justo ante Dios algún mortal? ¿Ante su Hacedor es puro un hombre? Si no se fía de sus mismos servidores, y aun a sus ángeles achaca desvarío, ¡cuánto más a los que habitan estas casas de arcilla, ellas mismas hincadas en el polvo!" (4,12-18).

Con dos imágenes, espacial una y temporal la otra, Elifaz describe la fragilidad del hombre terreno: "Habitan en casas de arcilla, cimentadas en el polvo! Se les aplasta como a una polilla; de la noche a la mañana se desmoronan. Sin advertirlo nadie, perecen para siempre; les arrancan las cuerdas de su tienda y mueren privados de sabiduría" (4,19-21). En realidad la revelación no le ha enseñado nada nuevo, sino que le ha confirmado su experiencia: "¿Es justo ante Dios algún mortal? ¿Ante su Creador es puro el hombre?" (4,17). Esta palabra, que Elifaz presenta con tanto misterio, la proclaman también Bildad (25,4-6) y el mismo Job (9,2). La fragilidad del hombre como criatura nunca le permitirá presentarse como inocente ante Dios, su Creador. Ningún hombre puede sostener su inocencia ante Dios, pues "ningún viviente es justo ante ti" (Sal 143,2). Job, pobre hombre, manchado de llagas, asediado por sus límites de criatura, no puede pretender en ningún modo presentarse ante Dios sin reconocerse pecador. "Si ni siquiera en sus santos tiene Dios confianza y ni los cielos son puros a sus ojos, ¡cuánto menos un ser abominale y corrompido, el hombre, que bebe la iniquidad como agua!" (15,15-16).

Si el hombre está ligado a esta tienda de fango, es absurdo rebelarse, pues la rebelión no hace más que añadir pecado y castigo a su miseria: "¡Llama, pues! ¿Habrá quien te responda? ¿A cuál de los santos vas a dirigirte? En verdad el enojo mata al insensato, la pasión hace morir al necio. Yo mismo he visto al insensato echar raíces, y sin tardar he maldecido su morada: ¡Estén sus hijos lejos de toda salvación, sin defensor hollados en la Puerta! Su cosecha la devora un hambriento, pues Dios se la quita de los dientes, y los sedientos absorben su fortuna. No, no brota la iniquidad del polvo, ni germina del suelo la aflicción. Es el hombre quien engendra la aflicción, como levantan el vuelo los hijos del relámpago" (5,1-7).


Una vez reducido el hombre a su fragilidad pecadora, Elifaz concluye invitando a Job a la confianza en Dios, cuyas maravillas celebra. De su doctrina, Elifaz saca los consejos que da a su amigo. Mejor que contender con Dios es encomendarse a el. Job debe acudir directamente a Dios, confiando en su poder y en la protección que ofrece a los débiles y oprimidos contra los fuertes y opresores: "Yo por mi parte recurriría a Dios, expondría a Dios mi causa. El es autor de obras grandiosas e insondables, de maravillas sin número. El derrama la lluvia sobre la tierra, y envía las aguas a los campos. El levanta a los postrados y da refugio seguro a los abatidos" (5,8-11). Job ha invocado las tinieblas para el día de su nacimiento. Elifaz le recuerda que Dios desbarata las tretas de la astucia de los perversos. Su imprecación se puede hacer realidad. Las tinieblas devoran realmente el día para los malvados: "Desbarata las tramas de los astutos, y sus manos no logran sus intrigas. Prende a los sabios en su astucia, el consejo de los sagaces se hace ciego. En pleno día tropiezan con tinieblas, a mediodía van a tientas cual si fuese de noche. El salva al arruinado de sus fauces y al indigente de las manos del violento. Así el débil renace a la esperanza, y cierra su boca la injusticia" (5,12-16).

e) El sufrimiento purificador

Entre las insondables maravillas de Dios está el sufrimiento purificador y salvador: "¡Oh sí, feliz el hombre a quien corrige Dios! ¡No desprecies, pues, la lección de Sadday! Pues él es el que hiere y el que venda la herida, el que llaga y luego cura con su mano" (5,17-18). Dios, según Elifaz, impone a Job un castigo saludable para invitarle a pasar del bando de los malvados al bando de los que ponen su confianza en él. Dichoso Job si, en lugar de rebelarse contra Dios, acepta la corrección de Dios. Si se convierte a él, le cantará como su protector. Si acepta el sufrimiento como corrección amorosa de Dios, el dolor producirá salvación. Si lo rechaza, se convertirá en puro castigo. Tu sufrimiento es la prueba de que eres culpable, acéptalo como merecido y enmiéndate.

El sufrimiento como corrección es una constante de la tradición sapiencial. La corrección es necesaria para vivir bien, para alcanzar la felicidad. En la experiencia del sufrimiento se comprende dónde está el bien y dónde el mal. El sufrimiento muestra las consecuencias del mal y, por ello, lleva a detestar el mal, a huir de él. Mediante la corrección el hombre se hace sabio, aprendiendo a obrar el bien. El padre, que ama a su hijo, le corrige. La corrección es expresión auténtica del amor, del deseo del bien para el otro. El padre corrige al hijo porque le ama y quiere su bien. El padre sabe que si no corrige a su hijo no aprenderá la sabiduría, no será feliz, le empujará a la muerte. La corrección, aunque cause una herida, es un don del padre, que venda y cura la herida. La llaga de la corrección es medicinal y saludable. Dios, que es padre, corrige igualmente a los hombres para llevarles a la salvación. El discurso de Elifaz, en este punto, es justo, auque no muy oportuno. Job, a quien Dios mismo ha proclamado justo, no necesita la corrección. Elifaz no tiene en cuenta a Job, sino a su doctrina bien aprendida.


Acudir a Dios, aceptando el escarmiento, engendra saber y reconcilia con Dios. El hombre, por su condición, es débil e ignorante, "muere sin aprender" (4,20-21). La prueba del dolor sirve para curarlo y enseñarlo. El sufrimiento es una lección; Dios hiere para curar (5, 17-18). Es un don más que un castigo. Aceptado, restablece las relaciones con Dios y abre paso a sus dones (5,19-26). Es la lección de Elifaz a la que Job en su interior puede responder: ¿y por qué aún no ha sucedido así? Según el Levítico (13,21-23), las llagas exigen siete días de aislamiento, tras los cuales el enfermo es inspeccionado de nuevo para diagnosticar si está curado. Han pasado los siete días, en que Job ha aceptado todo en silencio, y no ha habido curación. Si a Job no le convence la doctrina de Elifaz, tampoco le sirven de ayuda sus consejos.

Según Elifaz la experiencia enseña que ningún inocente ha perecido jamás, pues sólo recogen afanes quienes los han sembrado. Y esto se lo dice a un inocente que está sufriendo afanes sin haberlos sembrado antes. Su respuesta no responde en absoluto a las preguntas de Job. Job, sólo con su presencia, niega la respuesta de Elifaz. La niega la historia desde el comienzo. La historia, según la Escritura, está llena de inocentes que han perecido. Los dos hijos de Adán y Eva abren esta cadena. No perece el culpable Caín, sino el inocente Abel. Israel, condenado a muerte por el Faraón, ¿era culpable? Israel llegó a Egipto porque José, inocente, fue vendido por sus hermanos. Toda la historia de Israel, y de la humanidad, contradice a todas horas el principio de Elifaz. Los débiles sufren constantemente la violencia de los fuertes.

Elifaz, a un cierto punto, asume el tono paternalístico para decirle a Job: "si yo fuera tu..."(5,8). Pero Elifaz no es Job, ni se coloca en el lugar de Job, ni trata de comprender la situación de Job. Desde su posición arrogante se inclina sobre Job, aplastado en el basurero, para decirle: "¡Confíate al Señor!". ¿Al Señor?, puede responder Job, pero ¡si es él quien me ha puesto en esta situación! Job está ciertamente buscando a Dios, pero no en el sentido que pretende Elifaz, sino para encararse con él, en un cara a cara, que muestre su verdadero rostro.

El juicio final de Dios sobre los discursos de los amigos es radical: "sus palabras han sido mentirosas", han negado la verdad de Dios. Son tachados de ateos. Se han permitido suplantar a Dios o, al menos, igualarse a Dios. Han pretendido juzgar a Job en nombre de Dios, pero en realidad han juzgado a Dios, encasillándole en sus esquemas teológicos. El Dios de los amigos es un ídolo, bien circunscrito, sin libertad en su actuación. Su transcendencia es reducida a una ciega forma iluminista de actuar.


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