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JOB CRISOL DE LA FE: EL ENFRENTAMIENTO DE JOB Y DIOS

Comentario al libro de Job
Emiliano Jiménez Hernández

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1. LA GRAN APELACION DE JOB: 29,1-31,40

a) Las aguas de la historia: 29,1

b) Memorial del pasado: 29,2-20

c) La cruz del presente: 30,1-31

d) La esperanza del futuro: 31,1-40

 

Job: el enfrentamiento con Dios




EL ENFRENTAMIENTO DE JOB Y DIOS

1. LA GRAN APELACION DE JOB

a) Las aguas de la historia

El diálogo de Job y los amigos se ha concluido sin llegar a ninguna solución. El canto lírico a la sabiduría de Dios es el epitafio de la sabiduría humana. Job hace tiempo que busca un nuevo interlocutor, con quien entablar un diálogo nuevo, de otro orden. Es el diálogo con Dios. Job ha experimentado una profunda soledad en presencia de los amigos. Esa soledad se ha ido ahondando cada vez más en la medida en que los amigos con sus discursos se alejaban de él. Las palabas de los amigos, que llegaron con la intención de consolarle, han discurrido al margen de su experiencia. Si han servido de algo ha sido sólo para provocar y exacerbar su reacción, para obligarlo a aclararse a sí mismo. Ahora, a solas consigo, sin olvidar a su oculto interlocutor, deja brotar de su corazón las aguas dulces y amargas de toda su vida, los gozos y tristezas que llenan su existencia hasta desbordarse por sus labios.

Job, desde el fondo de su dolor, descubre su contingencia, su carácter de criatura. Por encima de la cabeza de los amigos, Job habla a Dios, que intencionalmente lo ha sacado de la nada, no ha cerrado las puertas del seno materno. El sufrimiento de Job se agudiza porque no es neutro, sino que es infligido por Dios, que "se encarniza con él" (30,21), "le persigue, le caza, multiplica sus proezas contra él, renueva sus ataques, redoblando su cólera contra él, lanzando sus tropas contra él" (10,16-17). Job siente la mirada de Dios sobre él, vigilando todos sus pasos (14,16) y pecados (14,16). "¡Centinela atento del hombre" (7,20), Dios, "clava sus ojos abiertos" (14,3) sobre él, "pone lazos a sus pies, vigila todos sus pasos y examina sus huellas" (13,27), "indaga su culpa y examina su pecado" (10,6), "le ha hecho blanco de sus flechas" (7,20;16,12). Job no puede más, pide una tregua (10,20): "¿Qué es el hombre para que le des tanta importancia, para que te ocupes de él, para que le pases revista por la mañana y lo examines a cada momento? Aparta de mí tu vista, déjame respirar" (7,17-19). El dolor es la Palabra de Dios que interpela al hombre, le busca al límite de Yaboc, para que se abrace a Dios en el combate cuerpo a cuerpo. Aunque el hombre pierda en el combate y salga cojeando, esa es su victoria: se ha encontrado con Dios. Ese era su deseo: "¡Ojalá supiera cómo encontrarlo, cómo llegar hasta su morada!" (23,3). La exigencia de encontrar a Dios es imperiosa, febril. Con sus quejas y desafíos Job pretende forzar a Dios a presentarse y a hablarle.

Dejando, pues, de lado a los amigos, Job queda solo en el escenario. Dios aún no aparece. La ausencia y el silencio de Dios se hacen tan densos, que le hacen presente, aunque invisible. Ante el Dios ausente y en silencio, Job abre sus labios en un largo monólogo, en el que desgrana sus recuerdos, penas y protestas de inocencia. Al final, Dios sale de su ocultamiento, irrumpe desde lo alto, en una magnífica teofanía, aceptando discutir con Job. Job, asombrado, se queda con la boca cerrada y sólo la abre para confesar su derrota y su triunfo. Confiesa su nada ante Dios y su alegría de haber hecho hablar a Dios. Ha oído su voz y le ha visto. Esa es su victoria. Victoria retardada por la irrupción inoportuna de Elihú, que alarga la espera de la respuesta de Dios. De momento es Job quien se desahoga en su amplio lamento.


En el esquema tridimensional de los salmos de lamentación, que unen en la súplica pasado, presente y futuro, Job evoca con nostalgia y melancolía su pasado feliz, cuando Dios se le mostraba como amigo (c. 29), eleva la elegía sobre su trágico estado presente (c. 30), mientras proyecta la esperanza en la intervención futura de Dios, liberándole y justificándole (c. 31). Si el himno a la sabiduría nos ha conducido por océanos y minas subterráneas, por los cielos y por las entrañas de la tierra, ahora el gran salmo de Job nos conduce por otro continente, el de su historia y el de su mente, con sus vacíos y áreas mudas, llenas de corrientes y meandros oscuros y también con sus fulgores sorprendentes.

b) Memorial del pasado

Job abre su biografía evocando con nostalgia su pasado feliz. "Recordando otros tiempos derramo mi alma dentro de mí" (Sal 41, 5): "¡Quién me hiciera volver a los días de antaño, aquellos días en que Dios velaba sobre mí, cuando su lámpara brillaba sobre mi cabeza, y yo caminaba a su luz por las tinieblas; aquellos días de mi otoño, cuando Dios vallaba mi tienda, cuando Sadday estaba conmigo, y me rodeaban mis hijos, cuando mis pies se bañaban en leche, y la roca destilaba regatos de aceite!"(29,2-6). El bienestar de Job radicaba sobre todo en la amistad de Dios, que velaba sobre él para protegerlo, y no como ahora que le vigila para no pasarle una. Entonces la cercanía de Dios, íntimo de su tienda, "con quien le unía una dulce intimidad" (Sal 55,15), le llenaba de bendiciones. Dios sostenía en alto la lámpara de su palabra (Sal 119,105) para que no tropezaran sus pasos. Dios mismo era "mi lámpara, que alumbraba mis tinieblas" (2Sm 22,29). Su "luz me hacía ver la luz" (Sal 36,10), mientras ahora me cercan las tinieblas. El otoño de su vida, momento de plenitud, de disfrutar de la cosecha, era la estación de la fecundidad anhelada y alcanzada.

La bendición de Dios se manifestaba en la vida familiar, en el prestigio y autoridad en su vida pública y en la fama de hombre generoso. Su fama se extendía por toda la región: "Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y colocaba mi asiento en la plaza, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie. Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca. La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar. Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo" (29,7-11). La bendición de Dios le otorgaba un puesto de honor en las asambleas públicas, a la puerta de la ciudad: "Aclamadlo en la asamblea del pueblo, alabadlo en el consejo de los ancianos" (Sal 107,32). Job gozaba del prestigio deseado por Salomón: "gracias a ella tendré gloria en la asamblea, y, aunque joven, me honrarán los ancianos. Apareceré agudo en el juicio y seré admirado en presencia de los poderosos. Si callo, esperarán; si hablo, prestarán atención; si me alargo hablando, pondrán la mano en su boca" (Sab 8,10-12). Job, en medio del desamparo actual, sueña y añora el aplauso de sus antiguos oyentes, en contraste con la actitud de los amigos. Sin alabarse se alaba a sí mismo ante ellos.

Job gozaba de prestigio en la puerta de la ciudad. Era estimado por notables y jefes, ancianos y jóvenes, porque a todos indicaba el camino recto de la vida: "Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo. Después de hablar yo, no replicaban, y mi palabra caía sobre ellos gota a gota. Me esperaban como a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo, y la luz de mi rostro no dejaban perderse. Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto" (29,21-25). El rostro luminoso de Job, expresión de su benevolencia, serenaba (Si 8,1), comunicaba vida (Prov 16,15), como destello de la bondad de Dios: "Yahveh te bendiga y te guarde, ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6,25; Sal 4,7). Su conducta era camino de vida abierto para los demás.

El manantial de su indiscutible felicidad y prestigio era su justicia y misericordia con el pobre, el huérfano y la viuda, el oprimido, el desconocido e incluso el condenado. El ciego y el cojo encontraban en él luz y apoyo en su camino: "Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor. La bendición del moribundo subía hacia mí, el corazón de la viuda yo alegraba. Me había puesto la justicia, y ella me revestía, como manto y turbante, mi derecho. Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies. Era el padre de los pobres, examinaba la causa del desconocido. Quebraba los colmillos del inicuo, arrancaba su presa de entre sus dientes" (29,12-17). La honradez de Job, reconocida por Dios en el prólogo, se manifestaba en sus obras de misericordia a favor de todos los indigentes.

Job encarnaba el ideal del rey: "Porque él librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del débil y del pobre y salvará la vida de los pobres" (Sal 72,12-13). Como en él, las insignias de Job eran la justicia, la misericordia y la verdad: "La justicia será el ceñidor de su cintura, la verdad el cinturón de sus flancos" (Is 11,5). Pablo describe el uniforme distintivo de los cristianos, de un modo parecido: "Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3,12-14). El vestido es expresión de la persona.

Lo que Job recibía de Dios, luz y camino, lo ofrecía a los necesitados, por lo que recibía un título perteneciente a Dios: "padre de huérfanos y defensor de viudas" (Sal 68,6), que aconseja a sus fieles seguir sus huellas: "No rechaces al suplicante atribulado, ni apartes tu rostro del pobre. No apartes del mendigo tus ojos, ni des a nadie ocasión de maldecirte. Pues si maldice en la amargura de su alma, su Hacedor escuchará su imprecación. Hazte querer de la asamblea, ante un grande baja tu cabeza. Inclina al pobre tus oídos, responde a su saludo de paz con dulzura. Arranca al oprimido de manos del opresor, y a la hora de juzgar no seas pusilánime. Sé para los huérfanos un padre, haz con su madre lo que hizo su marido. Y serás como un hijo del Altísimo; él te amará más que tu madre" (Si 4,4-10).

Job, hombre justo y feliz, se abandonaba a la esperanza de un futuro pleno de paz y tranquilidad: "Y me decía: anciano moriré, tras días incontables como la arena. Mis raíces alcanzaban hasta las aguas y el rocío se posaba de noche en mi ramaje. Mi gloria se renovaba en mí, y mi arco reforzaba su fuerza en mi mano" (29,18-20). Job soñaba una muerte como la de los patriarcas: "Abraham expiró y murió en buena ancianidad, viejo y lleno de días, fue a juntarse con los suyos" (Gn 25,8). "Isaac expiró y murió, fue a reunirse con los suyos, anciano y lleno de días. Le sepultaron sus hijos Esaú y Jacob" (Gn 35,29). "Y habiendo acabado Jacob de hacer sus encargos a sus hijos, recogió sus piernas en el lecho, expiró y se reunió con los suyos" (Gn 49,33). Job, plantado junto a corrientes de agua, regado por la benevolencia de Dios, no temía la sequedad de la vejez. El se decía: "El justo florece como la palmera, crece como un cedro del Líbano. Plantado en la Casa de Yahveh, da flores en los atrios de Dios nuestro. Todavía en la vejez seguirá dando fruto, se mantendrá fresco y lozano, para anunciar lo recto que es Yahveh: mi Roca, no hay falsedad en él" (Sal 92,13-16).





c) La cruz del presente

La evocación que hace Job de su felicidad le traiciona. Su yo emerge como centro del mundo. Job es el objeto privilegiado de las atenciones de Dios, es la fuente de todo bien para los demás. Job se reviste a sí mismo de generosidad, de poder, de influencia y de prestigio. Aunque no olvide atribuir a Dios sus méritos, todo gira en torno a la gloria de Job. Dios mismo está a su servicio. Enumerando sus méritos ha revelado también su secreto orgullo. El justo nunca se sitúa ante Dios como irreprochable. Herido en su orgullo le resulta más insoportable la prueba del momento presente. Sintiéndose justo reclama el derecho a una recompensa que se le niega: "Esperaba la felicidad y ha venido la desgracia; aguardaba la luz y ha venido la tiniebla" (30,26).

El sueño de Job se rompe con la miseria de su estado actual. El presente es la negación de su esperanza. La ilusoria confianza de un futuro sereno y una muerte tranquila en medio de los suyos queda truncada: "Yo en mi paz pensaba muy seguro: Jamás vacilaré. Yahveh, con tu favor, me afianzabas sobre una cima inexpugnable; pero escondiste tu rostro y quedé desconcertado" (Sal 30,7-8). Del corazón de Job brota la amarga elegía de su lamentación. Dios, centro y fuente de su esperanza, se ha transformado en la raíz de su ruina. Job ni le nombra. La tercera persona de los verbos hacen de él como una fuerza anónima, hostil y escondida, que le persigue y aplasta. Más tarde Job le identifica y le interpela en segunda persona. La humillación presente se contrapone al prestigio pasado; la enemistad y abandono actual, a la estima y afecto de antes; el sufrimiento corporal y la angustia interior, al bienestar y felicidad anteriores.

Job al presente se siente humillado. El, el justo y estimado, está circundado de los malvados, vagos y maleantes, que lo desprecian y se burlan de él: "Mas ahora se ríen de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. Aun la fuerza de sus manos, ¿para qué me servía?; había decaído todo su vigor, agotado por el hambre y la penuria. Roían las raíces de la estepa, lugar sombrío de ruina y soledad. Recogían armuelle por los matorrales, eran su pan raíces de retama. De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas. Entre los matorrales rebuznaban, se apretaban bajo los espinos. Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del país. ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo me escupen a la cara" (30,1-10).

Job, antes honrado por hombres nobles, que lo reconocían como jefe indiscutible, y por los pobres, que lo bendecían como bienhechor, ahora se encuentra despreciado por hombres viles, que merodean por las afueras de la ciudad, donde Job, golpeado por la enfermedad ha ido a parar. Muchachos y chiquillos se burlan de él, le desprecian e insultan. En los oídos de Job resuenan las palabras de desprecio que Nabal, el necio, como indica su nombre, dirige a David: "¿Quién es David y quién es el hijo de Jesé? Abundan hoy en día los siervos que huyen de sus señores. ¿Voy a tomar acaso mi pan y mi vino y las reses que he sacrificado para los esquiladores y se las voy a dar a unos hombres que no sé de dónde son?" (1Sm 25,10-11). Dios ha aflojado la cuerda que sostenía la tienda de Job y nadie le respeta. Sin pudor alguno le insultan y atacan. Todos se aprovechan de su debilidad: "Porque él ha soltado mi cuerda y me maltrata, ya tiran todo freno ante mí. Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me encuentro tranquilo, y abren hacia mí sus caminos siniestros. Mi sendero han destruido, para perderme se ayudan, y nada les detiene; como por ancha brecha irrumpen, se han escurrido bajo los escombros" (30,11-14).

Con Dios a su derecha, antes, Job no vacilaba (Sal 16,8). Pero Dios ha dejado inerme a su aliado y ha dado la señal de asalto al enemigo. Job se siente aterrorizado ante el enemigo, que le persigue sin tregua y en forma misteriosa. En el fondo de su ser se ve consumido, como un cadáver. Su mente se siente invadida de terrores, sin que pueda librarse de ellos. La felicidad se ha evaporado como una nube. La noche no es reposo, sino presagio de la muerte: "Los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad es arrastrada; como una nube ha pasado mi ventura. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción. De noche traspasa el mal mis huesos, y no duermen las llagas que me roen. Con violencia agarra él mi vestido, me aferra como el cuello de mi túnica. Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza" (30,15-19). El dolor le atenaza, día y noche le tortura. Sobre todo de noche, cuando el dolor le envuelve y le penetra, como asaltado por el enjambre de animales roedores que la noche cobija. En la soledad y el silencio de la noche la sensación del dolor se exacerba. La noche se hace presagio de la muerte que ya ha hecho presa de su cuerpo para no soltarlo. Fango, polvo y ceniza son ya los precursores de la muerte.

Y lo peor de todo es que Dios, antes tan cercano y familiar, se ha vuelto contra él, está detrás de las burlas y desprecio, mueve la persecución contra él, es el causante de sus penas y dolores. La hostilidad de Dios es la causa de todas sus desgracias. Dios se ha aliado con todas las fuerzas del cosmos para destruirle. No escucha ni sus súplicas ni sus protestas. Está mudo e indiferente ante su sufrimiento. Dios se ha convertido en su adversario. Job, encarándose con Dios, le interpela directamente, como responsable de la situación actual: "Grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso. Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano vigorosa se ceba en mí. Me llevas a caballo sobre el viento, me zarandeas con la tempestad. Pues bien sé que me conduces a la muerte, al lugar de cita de todo ser viviente" (30,20-23). A caballo, en alto, Dios expone a Job a toda la furia del huracán. Expuesto a la vehemencia de Dios, el hombre es sacudido, derribado a tierra con la violencia de la tormenta. ¡Terrible cercanía de Dios, que hace cabalgar al hombre sobre el viento, el carro con que Dios se desplaza!

Job, más tarde, comprenderá que en la tempestad Dios se le hace presente, palpable, audible. La agitación tormentosa, que conmueve todo su ser, no es más que la invitación de Dios a volar con él en un viaje divino. Un día bendecirá a Dios por ello: "¡Alma mía, bendice a Yahveh! ¡Yahveh, Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como de un manto, tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda, levantas sobre las aguas tus altas moradas; haces de las nubes tu carro y te deslizas sobre las alas del viento" (Sal 104,3). Ahora Job sólo ve que Dios "por su cólera e indignación, le ha alzado en vilo y lo ha arrojado en el polvo" (Sal 102,11). Dios devuelve lo suyo a la tierra, el hombre de polvo al polvo: "Tú reduces al polvo a los hombres, diciendo: ¡Tornad, hijos de Adán!" (Sal 90,3), "escondes tu rostro y se anonadan, les retiras el soplo, y expiran y retornan a ser polvo" (Sal 104,29). La muerte es el lugar de cita para todos los hombres: "Una generación se va y otra generación viene", pero "todos caminan al mismo lugar, todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo" (Qo 1,4; 3,20; Cf Ez 32,16-31).


Dios ha querido ser el guardián del hombre (7,20) para salvarlo y no para espiar sus actos y gestos, pues ha hecho a Job objeto de su gracia (hesed) (10,12). Dios no puede destruir lo que ha amado. ¿De qué le serviría al hombre verse amado por Dios, si no es para siempre? ¿Sería divino el hesed si fuera sólo provisional, mientras la muerte es definitiva? (30,23). El grito de Job es el grito de todo hombre, que interpela a Dios desde el dolor: "¿Por qué, oh Dios, me has abandonado? ¿Hasta cuándo, Dios mío? ¿Por qué retraes tu mano izquierda? (Sal 74,1.10-11). El grito de Job llega hasta el grito de Cristo en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46).

Job, ahagándose en el mar de la muerte, grita pidiendo auxilio, pero nadie le tiende la mano, nadie escucha su grito: "Y sin embargo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre, cuando en su angustia reclamaba justicia? ¿No he llorado por el que vive en estrechez? ¿no se ha apiadado mi alma del mendigo? Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad. Me hierven las entrañas sin descanso, me han alcanzado días de aflicción. Sin haber sol, ando renegrido, me he levantado en la asamblea, sólo para gritar. Me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces. Mi piel se ha ennegrecido sobre mí, mis huesos se han quemado por la fiebre. ¡Mi cítara sólo ha servido para el duelo, mi flauta para la voz de plañidores!" (30,24-31). La mano tendida, en espera de auxilio, ha quedado sin respuesta. La esperanza ha sido vana, lo mismo que la de los malvados: "Esperábamos la luz, y hubo tinieblas, la claridad, y anduvimos en oscuridad. Palpamos la pared como los ciegos y vacilamos como los que no tienen ojos. Tropezamos al mediodía como si fuera al anochecer, y habitamos entre los sanos como los muertos. Todos nosotros gruñimos como osos y zureamos sin cesar como palomas. Esperamos el derecho y no hubo, la salvación, y se alejó de nosotros" (Is 59,9-11). Acosado por dentro y por fuera, Job no puede refugiarse en su interior ni esperar la liberación en un futuro inmediato. Más bien se le viene encima un futuro trágico. Ya planean sobre él chacales y avestruces.

d) La esperanza del futuro

Job apela a Dios contra Dios. Jura ante Dios "que ve los caminos y cuenta los pasos". Ante Dios examina su conducta y no encuentra falta alguna. Bajo juramento se declara inocente. El juramento ante Dios, cuya "sublimidad teme y respeta", es la prueba de su sinceridad. El ni siquiera ha puesto sus ojos sobre una virgen: "Había hecho yo un pacto con mis ojos, y no miraba a ninguna doncella. Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba, cuál la suerte que manda Sadday desde la altura? ¿No es acaso desgracia para el inicuo, tribulación para los malhechores? ¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos?" (31,1-4). Job, para asegurar la paz interior, de donde brotan todas las maldades, ha sometido los sentidos a las exigencias morales. Dominando los ojos ha evitado dejarse arrastrar por el deseo: "No te quedes mirando a doncella, para no quedar preso en sus redes. No te enredes con prostituta, para no perder tu herencia. No andes fisgando por los calles de la ciudad, ni divagues por sus sitios solitarios. Aparta tu ojo de mujer hermosa, no te quedes mirando la belleza ajena. Por la belleza de la mujer se perdieron muchos, junto a ella el deseo se inflama como fuego" (Si 9,5-8). Job no es como los que "se comen con los ojos a las mujeres" (2Pe 2,14). Pues "todo el que mira a una mujer con deseo ya ha adulterado en su corazón" (Mt 5,28). Y los deseos de los ojos no se reducen al campo sexual, sino que abarcan cuanto excita la codicia: "De cuanto me pedían mis ojos, nada les negué ni rehusé a mi corazón ninguna alegría" (Qo 2,10). Tras los ojos se van las manos, como le sucedió a Acán: "Vi entre el botín un hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos de peso, se me fueron tras ellos los ojos y los tomé" (Jos 7,21).


Del interior dominado de Job no ha brotado la maldad. No ha mentido (31,5-8), no ha adulterado (31,9-11), no ha cometido injusticia alguna contra los esclavos (31,13-15) ni contra los pobres (31,16-23). No ha entregado su corazón a las riquezas (31,24-25) ni a la idolatría (31,26-28). No se ha dejado llevar por el odio (31,29-30) ni ha violado las leyes de la hopitalidad (31,31-32). No ha caído en la hipocresía, sino que ha confesado públicamente sus culpas (31,33-34) ni se ha aprovechado de nadie (31,38-40).

Terminado su descargo de inocencia, Job apela a Dios para que lo selle o le condene: "¡Oh! ¿quién hará que se me escuche? Esta es mi última palabra: ¡respóndame Sadday! El libelo que haya escrito mi adversario pienso llevarlo sobre mis espaldas, ceñírmelo igual que una diadema. Del número de mis pasos voy a rendirle cuentas, como un príncipe me llegaré hasta él" (31,35-37). Job, seguro de su inocencia, ya exhibe las insignias de su victoria. Job se alza, como un príncipe, del basurero y avanza victorioso, a la espera de la respuesta de Dios. Job, por una intuición fulgurante, se siente seguro de sí mismo y de Dios. Dios no ama a los impíos; un impío no se atrevería a comparecer ante Dios. Job se atreve a comparecer ante su presencia, a darle cuenta de sus pasos. Luego, se siente salvado. La inocencia que reivindica Job no es la justicia de la ley. Job, rechazando el mal en su corazón, se siente en comunión con Dios, se siente acogido, como un príncipe, por Dios, como el padre de la parábola evangélica acoge al hijo pródigo.

Job nos hace asistir a una distorsión de la anámnesis. En vez de engendrar progresivamente, como en los salmos, la acción de gracias, Job se afianza en el intento desesperado de que Dios le declare inocente. La culpabilidad, mal situada por los amigos, no es asumida por Job, que la rechaza en bloque. Job se mantiene fijo, de forma casi obsesiva, en la contemplación de su imagen. La autocomplacencia del comienzo de su discurso se refuerza tras su examen de conciencia. Desde esa autocomplacencia se permite dictar a Dios la forma en que debe proceder. Ya celebra su victoria antes de que Dios dicte sentencia. Con orgullo blande el trofeo de la justicia que ha logrado alcanzar por sí mismo.

Esto es lo que dicen sus palabras. Pero bajo ellas late oculta una secreta esperanza. Job, antes de poner punto final a sus palabras, provoca una vez más a Dios para acercarse a él, para obligarle a salir de su ocultamiento y de su silencio. En el mismo momento en que reafirma orgullosamente su propia justicia y parece poner toda su confianza en sí mismo, se pone en marcha hacia Dios, el único que tiene en sus manos el juicio. No le basta su justicia, necesita la justicia que viene de Dios. Es lo que proclama Pablo: "A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mí mismo! Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda" (1Co 4,3-5).

Job, ahondando en su corazón gracias al sufrimiento, ha encontrado en su interior la imagen de Dios. Se sabe obra de las manos de Dios, creado, modelado por él. Esta sintonía con Dios le certifica que Dios no puede quedar indiferente ante su dolor. Dios no es un extraño, es su creador, su padre, su defensor. Job con sus desafíos, combatiendo con Dios, le está forzando a ser Dios, a manifestarse como Dios. Dios es aquel por quien Job, que hubiera podido no existir, existe. Y si Dios le ha amado sacándolo de la nada a la existencia, Dios es el defensor, el garante de su vida. No puede permitir que se la arrebate la muerte, devolviéndola a la nada. Tras el combate de toda la noche, como para Jacob, despunta el alba. La noche es el camino del día. Renunciando a su vida, sin doblegarse al Dios interesado que le presentan los amigos, la salva. La fe mueve montañas, hace caminar sobre las aguas del mar, vence la muerte.

Dios es un ser personal; nada tiene que ver con una ley fija, inflexible, impersonal. Los celos de Dios, su ternura, su impotencia ante la inconstancia de su amada Israel marcan las relaciones increíbles de Dios y su pueblo. Su potencia y la debilidad de su amor son una misma realidad. Dios, como ser personal, es imprevisible, rico en perdones. Entrar en comunión con él es abrirse a lo sorprendente, a lo nuevo, a lo inesperado. La fe en Dios engendra la esperanza. Y fe y esperanza son fruto del amor desbordante, que une a Dios con el hombre. El ateo dice: si Dios existiera, no permitiría el mal. El creyente, desde su experiencia existencial, puede decir: sin el mal, Dios no existiría. Es el sufrimiento el que nos abre el camino para el encuentro con Dios. El camino tortuoso y atormentado ha llevado a Job a los umbrales de Dios. El mal, escándalo para los religiosos y necedad para los sabios, es sabiduría y fuerza de Dios para los creyentes (1Cor 1,24). La religión interesada de los amigos sigue los razonamientos de Satán y no los de Dios (Mt 16,23). Especialistas en el poder de Dios, los sabios no han visto al Dios del poder. Los atributos de Dios les han ocultado a Dios mismo. La ley no salva. Sólo la gracia rompe los límites del hombre y le abre al don de Dios, que supera todo lo que el hombre imagina o espera.

"Aquí terminan las palabras de Job" (31,40). Job calla y espera la respuesta de Dios.


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