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El profeta Jonás:  9. LITURGIA PENITENCIAL

Emiliano Jiménez Hernández

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El profeta Jonás y Ninive hace penitencia

 

 

9. LITURGIA PENITENCIAL

Con Jonás llegamos a Nínive. Y Jonás nos invita a participar en una gran liturgia penitencial. Jonás proclama la Palabra a pleno pulmón. Su voz resuena en toda la ciudad. Es una Palabra potente, sin adornos; se reduce, en nuestra traducción, a siete palabras, a cinco en el original: "¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!". Dios da un plazo de cuarenta días para la conversión. Ofrece a Nínive una cuaresma de penitencia.

A Israel Dios le concedió cuarenta años en el desierto, para que descubriera lo que había en su corazón y se convirtiera a él de todo corazón. Moisés pasa cuarenta días y cuarenta noches en el Sinaí, para bajar con las tablas de la alianza: "Moisés entró dentro de la nube y subió al monte. Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches" (Ex 24,18). "Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras" (Ex 34,28; Dt 9,9). Elías pasa cuarenta días en el desierto para encontrarse con Dios: Elías "se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb" (1R 19,8). Cristo pasa cuarenta días en combate con Satanás: "En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían" (Mc 1,10-13). Cuarenta días es el tiempo de la penitencia.

Los cuarenta días hacen pensar también al diluvio: "El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que se alzó de encima de la tierra" (Gn 6,17). Y la violencia de los ninivitas, cuya maldad ha subido hasta el cielo, recuerda la violencia que en tiempos de Noé llenaba la tierra: "La tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: la tierra se llenó de violencias. Dios miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra. Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos. Por eso, he aquí que voy a exterminarlos de la tierra" (Gn 6,11-13). Entonces Dios "se arrepintió de haber creado al hombre". Ahora, con Nínive, Dios se vuelve a arrepentir, pero de una forma diversa, manteniéndose fiel al pacto sellado con Noé:


Noé construyó un altar a Yahveh, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar. Al aspirar Yahveh el calmante aroma, dijo en su corazón: Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho. Mientras dure la tierra, no cesarán sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche... Dijo Dios a Noé y a sus hijos con él: He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra. Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra. Dijo Dios: Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne. Pues en cuanto esté el arco en las nubes, yo lo veré para recordar la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra (Gn 8. 20-22; 9,12-16).

La misión de Jonás se cumple en un sólo versículo. El relato es escueto: "Jonás comenzó a recorrer la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: Dentro de cuarenta días Nínive será destruida" (3,4). Jonás ni siquiera atraviesa la mitad de la ciudad. En un día Jonás llegó al centro de la ciudad, proclamando que en el término de cuarenta días la ciudad sería dada la vuelta, completamente destruida. Esto es lo que anuncia Jonás, interpretando por su cuenta el mensaje de Dios. Pero no es eso lo que Dios tiene en mente. La amenaza de destrucción total incluye un plazo de gracia. Al anunciar que en cuarenta días la ciudad será "dada la vuelta", Dios piensa en el cambio que se va a producir en ella, gracias a la conversión de sus habitantes. "Dar la vuelta" es la expresión del cambio de vida, que realiza la conversión, el volverse el hombre a Dios.

El Midrash se detiene en ese versículo y nos ayuda a penetrar en él. La cherna, con su espasmódico estornudo, dejó a Jonás en la puerta principal de la gran ciudad de Nínive. Una nube negra cubría la ciudad. El humo, que subía desde los techos de los templos, sin ventanas, en los que se ofrecían despiadados sacrificios humanos a divinidades monstruosas, alimentaba esa nube tenebrosa. Los labios de los ídolos se plegaban en un giño cruel como el corazón de los hombres que los habían inventado y construido.

En la ciudad de Nínive todo hablaba de riqueza, todo era de oro y plata, pero el oro era rojo como la sangre y la plata era oscura como el odio. Hasta la palabra amor tenía un sonido amenazante, pues las palabras y las ideas habían perdido su significado original. Para los ninivitas, amor equivalía a avidez y fuerza era sinónimo de engaño. Jonás recorrió las largas calles de la ciudad, circundada de muros inexpugnables como los de una prisión. Vio hombres que miraban siempre de reojo, para que nadie descubriera los pensamientos que rumiaban. A estos hombres dirigió su palabra. Habló y gritó lo que Yahveh le encomendaba decir. Sus palabras eran como clarinazos de trompeta, que hacían temblar los muros de la ciudad. Su eco retumbaba de un extremo al otro. Resonaban con idéntica intensidad bajo los techos de barro de los tugurios que sobre las paredes de marfil del palacio real, donde Osnappar reinaba en espléndida soledad. El fuego de las palabras de Jonás hicieron temblar hasta a los ídolos inertes que no las oían. Los sacerdotes quedaron paralizados en el acto mismo de inmolar sus víctimas. Todos se vieron obligados a escuchar:

-Vuestra maldad ha superado el límite. Mi paciencia se ha agotado. Como he creado el cielo y la tierra con todas sus criaturas, Yo os destruiré junto con vuestra ciudad. Oráculo de Yahveh.

Con este anuncio, gritado sobre la plaza principal de Nínive, justo delante del palacio real, bajo los ojos y oídos del rey Osnappar, Jonás terminó su predicación. Se detuvo un momento, sorprendido del silencio e inmovilidad que le circundaba, y corrió hacia los muros, para abandonar cuanto antes la ciudad. Inmóviles en la puerta de las casas, los ninivitas le contemplaban mientras pasaba, preguntándose quién podía ser ese viejo encogido, andrajoso y cubierto de algas y conchas de mar, que se arrastraba con dificultad por sus calles, pero que tenía el coraje de desafiarles a ellos y a su rey. ¿Qué Dios podía ser ese Yahveh, Creador del cielo y de la tierra, que se proclamaba señor de todas las criaturas y daba a ese viejo tal valor para atreverse a condenar sus costumbres y a llamar inútiles a sus dioses? Por su mente corría un solo pensamiento:

-Ahora mismo lo arrestarán los soldados, el rey lo condenará y nuestros dioses lo convertirán en cenizas.

Pero los dioses no intervenían y nadie se atrevía a acercarse al profeta, porque sus ojos despedían rayos de luz potentes como los del Leviatán. Jonás tuvo la sensación de atravesar una ciudad muerta, poblada de fantasmas. Mientras atravesaba su calles, en las que sólo se oía el rumor de sus pasos, en el umbral de las casas estaban los ninivitas, contemplándolo inmóviles. Para sus adentros se decía:

-He aquí una ciudad totalmente cimentada en el mal. Sus habitantes seguramente no han entendido nada de cuanto les he dicho. Ahora Dios la castiga transformándola en una ciudad de estatuas mudas, como monumento perenne para toda la humanidad.

Pero, cuando ya se acercaba a la puerta principal, se deshizo el hechizo de Jonás, al llegarle un coro de mugidos, rebuznos y balidos. Jonás se asustó y aceleró el paso. Llegó a las afueras donde estaban los establos y rediles, pegados a los muros de la ciudad. Allí había una actividad febril. Los vaqueros y pastores de Nínive habían separado los anímales adultos de los apenas nacidos, cerrándoles en recintos diversos: caballos y asnos, vacas y toros, ovejas y machos cabríos en un recinto, y en el otro potros, terneros y corderos. Así tanto los grandes como los pequeños, separados los padres de sus crías, mugían, rebuznaban y balaban desesperadamente. Jonás no entendió nada hasta que escuchó la invocación de vaqueros y pastores:

-Oh Dios, tú nos quieres condenar. Pues bien, si tú no tienes piedad de nosotros, nosotros no tendremos piedad de estos animales.

Jonás sacudió la cabeza y se apresuró en alejarse de Nínive para librarse de quedar destruido junto con la ciudad, cuya destrucción veía inminente. Esta vez Yahveh no la podría perdonar. La única reacción de los ninivitas a sus amenazas era un desafío. Eso ya era el colmo. Sin embargo ese desafío no era más que la primera reacción, la pobre expresión de arrepentimiento de esa gente asustada, que no sabía como comportarse porque nadie antes se lo había enseñado. Pero, una vez superado el primer momento de desconcierto, otros rumores comenzaron a elevarse desde distintos lugares de la ciudad. Los ninivitas no lograban expresar lo que sentían, pero sentían necesidad de congregarse, por lo que todos abandonaban sus casas, dirigiéndose hacia el palacio real. Allí, en la plaza de la ciudad, las primeras en hallar una respuesta adecuada a la profecía fueron las madres con niños de pecho. Elevándoles hacia el cielo, gritaban:

-Por amor de estos inocentes, perdónanos y enséñanos la piedad.

La plegaria de las madres atrajo la atención del rey Osnappar. Por primera vez en su vida Osnappar miró el rostro de sus súbditos y vio que estaban cansados, infelices y desorientados como él. Descendió del trono, se quitó la corona, se arrancó la túnica de púrpura y se cubrió la cabeza de ceniza, se revolcó en el polvo y ordenó a sus súbditos que volvieran a sus casas, ayunaran, se vistieran de saco e hicieran penitencia en espera de nuevas órdenes.

Los ninivitas regresaron a sus casas y un poco después los heraldos del rey comenzaron a recorrer la ciudad, proclamando los decretos que al rey se le iban poco a poco ocurriendo:


-La policía secreta de ahora en adelante actuará al descubierto con el fin de socorrer a los pobres.

-Los templos sean vaciados de ídolos, se abran en ellos ventanas y sean transformados en escuelas en las que todos puedan aprender las nuevas normas de justicia.

-Quedan abolidos los sacrificios humanos. Los sacerdotes, expertos en anatomía, se dedicarán a la asistencia de los enfermos.

-Ningún juez podrá presidir un proceso él solo. Será ayudado por un colegio de ciudadanos, que controlarán su actuación.

-Nadie podrá acusar a nadie sin mostrar pruebas irrefutables. El falso testimonio es un reato.

Los ninivitas escuchaban y no se limitaban a obedecer. Quien había robado a otro, le restituía lo robado. Algunos derribaban hasta sus castillos para devolver a sus dueños los ladrillos robados. Otros se presentaban espontáneamente ante el tribunal para confesar sus culpas, dispuestos a acoger la pena merecida; por su confesión el tribunal les perdonaba. De estos días se cuenta un hecho ejemplar, que da una idea de los buenos deseos de los habitantes de Nínive. Un hombre encontró un tesoro en una casa que acababa de comprar a un vecino suyo. Inmediatamente quiso devolvérsolo, pero el vecino se negó a aceptarlo. Ninguno de los dos quería quedarse con el tesoro. Uno sostenía que había pagado sólo por la casa y no por los tesoros escondidos que pudieran hallarse en ella. El otro decía que, habiendo ignorado siempre la existencia del tesoro, no podía considerarlo suyo. Ninguno de los dos quedó satisfecho hasta que los jueces descubrieron quién, hacía ya siglos, había escondido el tesoro y quienes eran sus legítimos herederos. Cuando pudieron entregar el tesoro a estos herederos, dieron una inmensa fiesta por la alegría de haber hecho justicia.

El profeta Jonás predicando penitencia



La profecía de Jonás se realizará según el deseo de Dios y no según la interpretación de su profeta. El anuncio de que la ciudad será destruida evoca el eco de Sodoma y Gomorra. Es el término con el que los profetas señalan a las dos ciudades (Jr 20,16; 49,18; 50,40) Dt 29,22; Is 1,7; 13,19; Am 4,11). Pero Dios tiene sus planes sobre Nínive y no le sucederá lo mismo que a Sodoma, la ciudad a la que Dios dio totalmente la vuelta, cambiando su fertilidad en árido desierto, precipitándola en el mar: "Entonces Yahveh hizo llover desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego. Y arrasó aquellas ciudades y toda la vega con los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo" (Gn 19,24-25). En Sodoma los ángeles, como Jonás, anuncian la destrucción de la ciudad. La misma amenaza divina pesa sobre Nínive y sobre Sodoma por las mismas razones: "Los hombres dijeron a Lot: Vamos a destruir este lugar, pues es grande el clamor de ellos en la presencia de Yahveh, y Yahveh nos ha enviado a destruirlos" (Gn 19,12-13). El mismo clamor había subido a Dios desde Nínive. Jonás puede soñar con una hoguera de azufre que arrase la ciudad, pero la amenaza de Dios es siempre condicionada, es una llamada a la conversión.


También a Ezequiel Dios le muestra las abominaciones de Israel, que se extienden por toda la tierra, llenándole de enojo: "Y me dijo: ¿Has visto, hijo de hombre? ¿Aún no le bastan a la casa de Judá las abominaciones que cometen aquí, para que llenen también la tierra de violencia y vuelvan a irritarme? Mira cómo se llevan el ramo a la nariz. Pues yo también he de obrar con furor; no tendré una mirada de piedad, no perdonaré. Con voz fuerte gritarán a mis oídos, pero yo no les escucharé" (Ez 8,17-18). "Me dijo: La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy grande, mucho; la tierra está llena de sangre, la ciudad llena de perversidad. Pues dicen: Yahveh ha abandonado la tierra, Yahveh no ve nada. Pues bien, tampoco yo tendré una mirada de piedad ni perdonaré. Haré caer su conducta sobre su cabeza" (Ez 9,9-10). La violencia de Israel, como la del tiempo del diluvio, es tan grande que se derrama sobre toda la tierra, mientras que la de Nínive aún está en sus manos: "Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos" (3,8). Job se lamenta de la desgracia que ha caído sobre él "y eso que no hay en mis manos violencia" (Jb 16,17). Lo mismo dirá David de sí mismo (1Cr 12,18).

La palabra traducida por "destruida", aunque pueda tener ese sentido, con el que le han cargado los profetas, tiene en primer lugar otro significado: volcar, invertir. Por eso puede significar que en la ciudad se va a dar "un cambio radical". Y ese es el designio de Dios al enviar a Jonás a Nínive. No los muros, sino la conducta de los ninivitas va a ser destruida, volcada, invertida con su conversión. La "ciudad sanguinaria y traidora, repleta de rapiñas, insaciable de despojos... corrompida por las muchas fornicaciones de la prostituta, tan hermosa y hechicera que compraba pueblos con sus prostituciones y tribus con sus hechicerías" (Na 3,1.4), cree la palabra de Jonás y cambia su vida. Creen que merecen el castigo anunciado y que se les ha dado un plazo de penitencia para evitarlo, y organizan la gran celebración penitencial.

La potencia de la palabra proclamada se expande por toda la ciudad. La voz del profeta retumba con tal fuerza que llega a todos los rincones de la ciudad. Nínive se estremece. Inmediatamente la ciudad se pone a hacer penitencia: "Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor" (3,5). Quien oía la palabra se la creía y confesaba que era verdadera, que el desastre anunciado se lo tenían merecido y que Dios con razón podía destruir su ciudad cuando quisiera, por lo que decidía cambiar de conducta.

Detrás de la ciudad, el rey entra en escena y su actitud es digna de su majestad. El rey entra en segundo lugar, pues Dios se había fijado en la malicia de todos los habitantes de Nínive (1,2). La conversión comienza por el pueblo. Luego la secunda y corrobora el rey. Su acción se despliega con poder, publicando un edicto tajante y universal, que alcanza hasta a los animales: "La palabra llegó hasta el rey de Nínive, que se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de sayal y se sentó en la ceniza. Luego mandó pregonar y decir en Nínive: Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua" (3,6-7). El rey, no sólo proclama una orden, sino que inmediatamente la pone en práctica. Predica con su ejemplo. Se levanta de su trono, humillándose ante Dios, y se despoja de su túnica, sentándose en el polvo, para abajarse al nivel de los demás ninivitas.


"Proclamar un ayuno" evoca al profeta Jeremías, el único que usa esta expresión: "Precisamente en el año quinto de Yoyaquim, rey de Judá, el mes noveno, se proclamaba ayuno general delante de Yahveh, tanto para el pueblo de Jerusalén como para toda la gente venida de las ciudades de Judá a Jerusalén" (Jr 36,9). El paralelismo es evidente, aunque los hechos se desenvuelven completamente al revés. Con ocasión de la proclamación del ayuno, Jeremías, que tiene prohibido ir al templo, envía a su secretario Baruc a leer ante el pueblo (Jr 36,6) el rollo de sus profecías con las amenazas divinas contra Jerusalén, Judá y las naciones, si el pueblo no se convierte (36,2). La lectura del rollo se desenvuelve en tres tiempos: primero ante el pueblo que no reacciona (36,10); segundo ante los magnates, que se conmueven y deciden presentar el asunto ante el rey (36,16). La reacción del rey, al escuchar las palabras de Jeremías, es significativa. A medida que las escucha las rompe y quema en el brasero que tiene a sus pies, hasta terminar con todo el rollo en el fuego del brasero (36,21-23). "Ni se asustaron ni se rasgaron los vestidos el rey ni ninguno de sus siervos que oían todas estas cosas" (36,24). El pueblo, los magnates y el rey se mostraron sordos a la palabra de Jeremías. En el mismo orden, sube la palabra de Jonás desde el pueblo al rey de Nínive, pero la reacción es exactamente la contraria.

Por otra parte, hay que reconocer que la proclama del rey es magnífica. No relaciona el ayuno con el perdón de Dios. El ayuno no es una manera de presionar a Dios, es simplemente el signo de un arrepentimiento sincero. El perdón de Dios no depende del ayuno, sino de la piedad de Dios. El "quizás" del edicto del rey muestra la libertad de Dios para retirar o no sus amenazas. Este "quizás" quita a la conversión de los ninivitas con todos sus gestos el carácter de "intercambio comercial". Es lo mismo que sugiere el profeta Joel: "Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia. ¡Quizás se arrepienta y se ablande, y deje tras sí una bendición!" (Jl 2,13-14).

El profeta Jonás ha anunciado el fuego

¡Quizás se arrepienta y se ablande, y deje tras sí una bendición! Se repite la escena de Jeremías, pero al revés. El rey de Nínive escucha y hace penitencia. Dios se arrepiente y desiste de la amenaza de destrucción de la ciudad. Así la ciudad se salva. Jeremías expresa la esperanza de Dios: "Quizás la casa de Judá se entere de todo el mal que he pensado hacerle, de modo que se convierta cada uno de su mal camino, y entonces yo perdonaría su culpa y su pecado" (Jr 36,3). En el libro de Jonás se expresa la esperanza del hombre: ¡Quizás Dios se arrepienta y se ablande, y deje tras sí una bendición! Dios es siempre libre ante nosotros. Nunca podemos manipularlo y obligarle a hacer lo que nosotros deseamos. Nuestros ritos no le obligan a actuar según nuestros deseos. Nuestra confianza no se apoya en nosotros, sino en la fidelidad del amor de Dios. El "quizás" salva la fe de toda magia o pretensión humana de dominar a Dios. El hombre, ante Dios, está siempre ante un misterio. ¡Pero el misterio de Dios es siempre el misterio de su amor! "Aunque nos condene nuestro corazón, Dios es más grande que nuestro corazón" (1Jn 3,20). El "quizás" abre el corazón a la esperanza, librándolo de la angustia. Saca el corazón del temor, dilatándolo con una esperanza viva. Dios permanece siempre libre. Pero es libre porque es amor. No es libre porque puede condenar, sino porque es capaz de amar siempre y en su amor encuentra siempre vías de salvación: Dios es omnipotente en el amor: "Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan" (Sb 11,23). Los ritos penitenciales tienen su importancia, pero sólo como expresión del cambio radical de vida:


"Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos" (3,8-9). La conversión no fuerza a Dios, pero abre el corazón a confiar en su misericordia. En este sentido el profeta Joel habla de santificar el ayuno: "Mas ahora todavía oráculo de Yahveh volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia. ¡Quién sabe si volverá y se ablandará, y dejará tras sí una bendición, oblación y libación a Yahveh vuestro Dios! ¡Tocad el cuerno en Sión, santificad un ayuno, llamad a concejo, congregad al pueblo, convocad la asamblea, reunid a los ancianos, congregad a los pequeños y a los niños de pecho! Deje el recién casado su alcoba y la recién casada su tálamo. Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros de Yahveh y digan: ¡Perdona, Yahveh, a tu pueblo, y no entregues tu heredad al oprobio, a la irrisión de las naciones! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios? Y Yahveh se llenó de celo por su tierra, y tuvo piedad de su pueblo" (Jl 2,12-18).

No nos engañemos, nos dice con su elocuencia San Juan Crisóstomo. Cristo vino a poner sobre el manto de las apariencias la realidad de la virtud. La penitencia exterior es un engaño si no va acompañada de una verdadera penitencia interior, que es la que borra los pecados: "Pensemos qué fue lo que realmente aplacó la ira de Dios en aquella penitencia de los ninivitas. ¿Por ventura sólo el ayuno y el saco y el cilicio? De ninguna manera. Porque se convirtió cada uno y abandonó sus malos caminos, por eso no se realizaron las amenazas de Dios, y les perdonó. El honor del ayuno no es la abstinencia de la comida, sino la huida de los pecados. ¿Ayunas? Demuéstralo con las obras. Si ves a un pobre, socórrele; si tienes un enemigo, reconcíliate; si ves a un amigo próspero, no le envidies; si encuentras una mujer hermosa, no la desees. No ayuna sólo la boca, que ayune también el ojo, el oído, los pies, las manos y todos los miembros de nuestro cuerpo. Que ayunen las manos, limpias de rapiñas y avaricias; que ayunen los pies, absteniéndose de ir a espectáculos ilícitos; que ayunen los ojos, apartándose de miradas peligrosas; que ayunen los oídos, negándose a oír detracciones y calumnias; que ayune la boca, absteniéndose de chocarrerías torpes y de insultos. ¿Qué utilidad tendremos de abstenemos de aves y de peces, si luego clavamos los dientes en las carnes de nuestros hermanos?".

El rey de Nínive invita a penitencia a todos, como Joel invita a "pequeños y grandes", "sacerdotes y profetas". También Jeremías verificó que todos necesitan conversión, desde el más pequeño hasta el mayor: "Porque desde el más chiquito de ellos hasta el más grande, todos andan buscando su provecho, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el fraude" (Jr 6,13; 8,10). La participación de los animales es un rasgo humorístico más de los que llenan el libro de Jonás. Pero tampoco es extraño ver caballos vestidos de luto en las carrozas fúnebres. Ver unidos a hombres y animales es familiar al profeta Jeremías: "A Yoyaquim, rey de Judá, le dices: Tú has quemado aquel rollo, diciendo: ¿Por qué has escrito en él: Vendrá sin falta el rey de Babilonia y destruirá esta tierra y se llevará cautivos de ella a hombres y bestias?" (36,29). "Por tanto, así dice el Señor Yahveh: He aquí que mi ira y mi saña se vuelca sobre este lugar, sobre hombres y bestias, sobre los árboles del campo y el fruto del suelo; arderá y no se apagará" (7,20; 21,6). Pues "el Señor socorre a hombres y animales" (Sal 36,7). Los comentarios rabínicos nos invitan a contemplar los caballos reales, habitualmente enjaezados con ricos aparejos, ahora cubiertos de saco, para simbolizar el arrepentimiento y la humildad del rey.

Nos puede hacer sonreír la orden del rey que impone el ayuno a todos los animales, pidiendo que se vistan de saco y griten a Dios. Pero como el pecado del hombre arrastra a toda la creación a la esclavitud, así con la salvación del hombre se renueva toda la creación: "Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo" (Rm 8,19-23).


El cambio de conducta se centra en el abandono de la injusticia y de la violencia. El rey comprende que ese es su pecado y el del pueblo. La fe en Dios lleva a la justicia y al amor al prójimo. El rey coincide con la predicación de los profetas de Israel: "Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios" (Mi 6,8). El ayuno y el vestirse de saco no son más que la expresión externa, ritual, de la actitud interior. El ayuno en la tradición rabínica ocupa el séptimo puesto en el proceso de la conversión. Normalmente va acompañada del gesto de vestirse de saco. Es una especie de plegaria para implorar la abolición de un decreto severo: "Cuando Mardoqueo supo lo que pasaba, rasgó sus vestidos, se vistió de sayal y ceniza y salió por la ciudad lanzando grandes gemidos... En todas las provincias, dondequiera que se publicaban la palabra y el edicto real, había entre los judíos gran duelo, ayunos y lágrimas y lamentos" (Est 4,1.3).

La conversión de Nínive realiza cuanto Dios, lamentándose de Israel, había dicho a Ezequiel: "Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras. Pues no te envío a un pueblo de habla oscura y de lengua difícil, sino a la casa de Israel. No a pueblos numerosos, de habla oscura y de lengua difícil cuyas palabras no entenderías. Si te enviara a ellos, ¿no es verdad que te escucharían? Pero la casa de Israel no quiere escucharte a ti porque no quiere escucharme a mí, ya que toda la casa de Israel tiene la cabeza dura y el corazón empedernido" (Ez 3,4-7). Los ninivitas ofrecen un duro contraste con Israel, que se mantuvo obstinado a pesar de todas las predicaciones de los profetas. La penitencia de Nínive condena la contumacia de Israel: "Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás" (Mt 12,41).

La conversión de Ninive es el hecho más llamativo del libro de Jonás. La conversión de "las naciones" tiene sus raíces en la predicación de los profetas: las naciones pueden convertirse y un día lo harán. Los profetas las llaman, en nombre de Dios, a dar ese paso. Convertirse incluye reconocer la propia culpa, hacer penitencia y cambiar de vida. Este es el itinerario que siguen los ninivitas. Ya los marineros, que no conocían a Yahveh, terminan reconociéndole y rindiéndole culto. Y ahora los ninivitas, ante la predicación de Jonás, se convierten, hacen penitencia y cambian de vida. Es lo que los profetas esperaban de todas las naciones y que no consiguieron ni siquiera de su pueblo Israel: "Así dice Yahveh: Párate en el patio de la Casa de Yahveh y habla a todas las ciudades de Judá, que vienen a adorar en la Casa de Yahveh, todas las palabras que yo te he mandado hablarles, sin omitir ninguna. Puede que oigan y se torne cada cual de su mal camino, y yo me arrepentiría del mal que estoy pensando hacerles por la maldad de sus obras" (Jr 26,2-3). "Conviértete, Israel apóstata, no estará airado mi semblante contra vosotros, porque soy piadoso y no guardo rencor para siempre" (Jr 3,12). San Ambrosio nos dice a todos:

El pueblo de Nínive lloró y alejó de la ciudad la ruina que se le había anunciado; tanto efecto tiene la medicina de la penitencia que parece que Dios cambia su sentencia. También tú puedes cambiarla: quiere el Señor que se le pida, desea que se espere en él, quiere que se le suplique. El quiere que lloremos para que podamos salvarnos, como está escrito en el Evangelio: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras" (Lc 23,28). Lloró David y mereció que la divina misericordia apartase la muerte del pueblo que había de perecer (2S 24,10). Lloremos, pues, en el tiempo, para que nos regocijemos en la eternidad. Pues el que reconoce espontáneamente el propio pecado queda justificado: "el justo es acusador de sí mismo en el comienzo de sus palabras" (Pr 18,17). Conoce el Señor todas las cosas, pero espera tu palabra, no para castigar, sino para perdonar. No quiere que te insulte el demonio y arguya contra ti al que vigila tus pecados. Prevén a tu acusador; si tú mismo te acusas, no temerás a ningún acusador; si tu mismo te declaras, aunque hubieras muerto, vivirás.


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