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El profeta Jonás: 16. JONAS Y EL CRISTIANO

Emiliano Jiménez Hernández

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Jonás y el Cristiano

 

16. JONAS Y EL CRISTIANO

Jonás, con sus tres días en el vientre de la ballena, y vomitado vivo en la playa, ha sido siempre un símbolo de la Resurrección de Jesucristo. El mismo lo tomó como signo y anuncio de su Resurrección: "Como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra. Y después resucitará". San Ireneo, en la vuelta de Jonás a la vida, ve también un signo de nuestra resurrección:

Como Jonás llevó pacientemente el ser tragado por el pez, no para ser devorado, sino para volver a la vida y glorificar a Dios que le salvaba y predicar la penitencia a los enemigos; así Dios sufrió pacientemente que el hombre fuese mordido por aquella serpiente antigua, que fue el autor de nuestra prevaricación, no para hacer perecer al hombre en sus entrañas, sino para preparar la venida de Cristo Salvador. Esta fue la magnanimidad y la obra de este Jonás divino, que nos mereció con su Resurrección la nuestra. El hombre pasará por todas las pruebas; entrará en el vientre del cetáceo, pero resucitará en las playas del cielo. Así el hombre conocerá que él es débil y mortal, y que sólo Dios es poderoso e inmortal, pero Dios da al mortal la inmortalidad y al temporal la eternidad.

Jonás, con su predicación a los ninivitas, muestra también a la Iglesia, a los cristianos, su misión en el mundo. Como los tres días de Jonás en el vientre del pez y el ser arrojado sobre la playa es una profecía de cuanto acontecería en Cristo, así la predicación de Jonás es una profecía de la buena noticia que la Iglesia está llamada a anunciar a todas las naciones: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15). La buena noticia no es otra que la posibilidad de la salvación, ofrecida por Dios a todos, mediante la conversión. Después que el pez arroja a Jonás sobre la playa, él se dirige a Nínive y cumple su misión. También la misión de la Iglesia comienza con la resurrección de Cristo. Cristo resucitado vive en la Iglesia y se hace presente en la evangelización. En la Iglesia, que evangeliza, Cristo hace presente su resurrección, condenando al mundo para salvarlo. Mateo concluye su evangelio con la aparición de Cristo resucitado a los apóstoles para enviarles por toda la tierra:

Jesús se acercó a ellos y les habló así: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,18-20).

Así Jonás muestra la misión de la Iglesia: llevar una noticia a todas las naciones. Llevar el anuncio del fin: "ha llegado la hora" de la salvación. Todo el mundo viejo, el pecado, se está precipitando en la nada, en el vacío. La muerte ha sido vencida. Este anuncio del fin del mundo es una buena noticia: es el anuncio de la segunda venida gloriosa de Jesucristo. La salvación es una resurrección; supone, por tanto, la muerte. La conversión, como buena noticia, es romper con el mundo viejo, para abrirse a la vida nueva. La conversión consiste en el juicio que el hombre hace de sí mismo, condenando a muerte su vida de pecado. Esta conversión le libra de la muerte, ofreciéndole una vida nueva y eterna.


Jonás salió como nuevo de las fauces del pez: se había abierto al reconocimiento de Yahveh, Dios clemente y misericordioso. Pero vuelve a enclaustrarse en sí mismo, al cerrarse a los ninivitas. Negándose a que Dios sea el Dios de todos, Jonás se cierra a la salvación. Esta contradicción entre la fe y la vida corrompe la fe. Jonás sabe que el ser y el actuar de Dios es la misericordia. Confiesa que ni el poder, ni la justicia constituyen la última palabra sobre Dios, sino solamente la misericordia y su bondad, manifestada en el perdón. Pero esta bondad de Dios, confesada, le escandaliza, le hace huir lejos de Dios, enojarse con Dios, cuando la pone en práctica con los ninivitas. Jonás no puede aceptar que el Dios del cielo, que ha hecho el mar y la tierra, muestre lo que es más allá de las fronteras de Israel y, mucho menos, con los enemigos de Israel. El amor al enemigo es el escándalo de los sabios y de los piadosos. Este es el corazón del Evangelio, que Cristo anuncia como revelación última de Dios y que muestra visiblemente en la cruz, entregando su vida por los pecadores. Esta es la fe de nuestro padre Abraham subiendo al monte a sacrificar a su hijo Isaac. Es la fe a la que llega Job a través de la tormenta del sufrimiento. Es la fe que actúa en la caridad. Dios es Dios y el creyente en él está siempre abierto a lo imprevisible, a ir donde El le lleve. Es la fe que se hace itinerante, perdiendo la vida por el anuncio del Evangelio hasta el último rincón de la tierra.

El verdadero creyente, seducido por la palabra de Dios, nunca está instalado. Dios vive siempre en pascua, pasando, arrancando al hombre de su casa, de su patria, sacándolo de sí mismo. El creyente está siempre en camino tras las huellas invisibles que Dios deja en las aguas (Sal 77,20). Dios le modela a golpes de cincel, que arranca del corazón todo ídolo, toda imagen falsa de Dios. Dios, con todo creyente, realiza la obra cumplida en Job, para llevarle al cara a cara con él: "Yo te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos" (Jb 42,5). Se trata de desnudar al hombre de todas las hojas de árbol con que trata de cubrir la desnudez, la vaciedad de su idolatría. La fe, en su simplicidad, es reconocer que Dios es Dios, que "sus pensamientos no son nuestros pensamientos, que sus caminos no son nuestros caminos" (Is 55,8). Creer en Dios es caminar detrás de él "renunciando a la propia vida" (Lc 14,26). Encerrarse en sí mismo, pretendiendo encerrar consigo a Dios, es perder a Dios y perderse a sí mismo: "Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8,35).

Jonás, cerrándose en sí mismo, aferrándose a sus proyectos, se aboca constantemente a la muerte. Por cuatro veces la invoca en el breve espacio del libro. En medio de la tempestad, arrancado del sueño, Jonás pide que le arrojen al mar (1,12). La salvación de Nínive, contraría de tal modo sus planes que, en su irritación, se desea la muerte (4,4). Y, finalmente, la muerte del ricino colma su desesperación hasta el punto de llamar por dos veces a la muerte (4,8.9). Negándose a aceptar los planes de Dios, cuando contradicen los suyos, Jonás pierde la vida, pierde el deseo de vivir. Su vida de profeta e, incluso, de creyente pierde todo sentido. La fe auténtica unifica al creyente, le libera de toda esquizofrenia. La fe en divorcio con la vida enferma al hombre, le precipita en la depresión, en la apatía, en la muerte. Sólo el santo conoce la paz y la alegría de la vida. La fe vivida en fidelidad a Dios libera al hombre de toda doblez interior. Es lo que canta y pide el piadoso salmista:

El pecado y la conversión

Yahveh, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas. Que no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahveh, la conoces entera; me aprietas por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano. Ciencia es misteriosa para mí, harto alta, no puedo alcanzarla. ¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu, a dónde de tu rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el seol me acuesto, allí te encuentras. Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende. Aunque diga: ¡Me cubra al menos la tiniebla, y la noche sea en torno a mí un ceñidor, ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día. Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Mi embrión tus ojos lo veían; en tu libro están inscritos todos los días que han sido señalados, sin que aún exista uno solo de ellos. Mas para mí ¡qué arduos son tus pensamientos, oh, Dios, qué incontable su suma! ¡Son más, si los recuento, que la arena, y al terminar, todavía estoy contigo! Sondéame, oh Dios, mi corazón conoce, pruébame, conoce mis desvelos; para que no vaya por un camino de doblez, y llévame por el camino eterno (Sal 139).

Pablo, hebreo como Jonás, siente "una gran tristeza y un dolor incesante, por sus hermanos, los de su misma raza según la carne: los israelitas, de quienes es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; y de quienes también procede Cristo según la carne" (Rm 9,1-5). Pablo, testigo excepcional de la misericordia de Dios que salva al pecador, pues le ha salvado a él, "blasfemo, perseguidor e insolente", no se cansa de proclamar que "Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores, de los que él es el primero" (1Tm 1,12ss). La libertad de Dios, que usa misericordia con quien quiere, es el evangelio al que entrega su vida. Hebreo (2Co 11,22; Flp 3,5) como Jonás y enviado como Jonás a los gentiles, Pablo nos ha dejado el mejor comentario del Libro de Jonás:

¿Qué diremos, pues? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! Pues dice él a Moisés: Seré misericordioso con quien lo sea: me apiadaré de quien me apiade. Por tanto, no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia. Pues dice la Escritura a Faraón: Te he suscitado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea conocido en toda la tierra. Así pues, usa de misericordia con quien quiere, y endurece a quien quiere. Pero me dirás: Entonces ¿de qué se enoja? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? ¡Oh hombre! Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló: por qué me hiciste así? O ¿es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciables? Pues bien, si Dios, queriendo manifestar su cólera y dar a conocer su poder, soportó con gran paciencia objetos de cólera preparados para la perdición, a fin de dar a conocer la riqueza de su gloria con los objetos de misericordia que de antemano había preparado para gloria: con nosotros, que hemos sido llamados no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles...

llamados a conversión



Como dice también en Oseas: Llamaré pueblo mío al que no es mi pueblo: y amada mía a la que no es mi amada. Y en el lugar mismo en que se les dijo: No sois mi pueblo, serán llamados: Hijos de Dios vivo. Isaías también clama en favor de Israel: Aunque los hijos de Israel fueran numerosos como las arenas del mar, sólo el resto será salvo. Porque pronta y perfectamente cumplirá el Señor su palabra sobre la tierra. Y como predijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos dejara una descendencia, como Sodoma hubiéramos venido a ser, y semejantes a Gomorra. ¿Qué diremos, pues? Que los gentiles, que no buscaban la justicia, han hallado la justicia la justicia de la fe mientras Israel, buscando una ley de justicia, no llegó a cumplir la ley. ¿Por qué? Porque la buscaba no en la fe sino en las obras. Tropezaron contra la piedra de tropiezo, como dice la Escritura: He aquí que pongo en Sión piedra de tropiezo y roca de escándalo; mas el que crea en él, no será confundido.


Hermanos, el anhelo de mi corazón y mi oración a Dios en favor de ellos es que se salven. Testifico en su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento. Pues desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo creyente. En efecto, Moisés escribe acerca de la justicia que nace de la ley: Quien la cumpla, vivirá por ella. Mas la justicia que viene de la fe dice así: No digas en tu corazón ¿quién subirá al cielo?, es decir: para hacer bajar a Cristo; o bien: ¿quién bajará al abismo?, es decir: para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. Porque dice la Escritura: Todo el que crea en él no será confundido. Que no hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian la paz! Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva. Isaías dice: ¡Señor!, ¿quién ha creído a nuestra predicación? Por tanto, la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo. Y pregunto yo: ¿Es que no han oído? ¡Cierto que sí! Por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras. Pero pregunto: ¿Es que Israel no comprendió? Moisés es el primero en decir: Os volveré celosos de una que no es nación; contra una nación estúpida os enfureceré. Isaías, a su vez, se atreve a decir: Fui hallado de quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mi. Mas a Israel dice: Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde.

Y pregunto yo: ¿Es que ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! ¡Que también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín! Dios no ha rechazado a su pueblo, en quien de antemano puso sus ojos. ¿O es que ignoráis lo que dice la Escritura acerca de Elías, cómo se queja ante Dios contra Israel? ¡Señor!, han dado muerte a tus profetas; han derribado tus altares; y he quedado yo solo y acechan contra mi vida. Y ¿qué le responde el oráculo divino? Me he reservado 7.000 hombres que no han doblado la rodilla ante Baal. Pues bien, del mismo modo, también en el tiempo presente subsiste un resto elegido por gracia. Y, si es por gracia, ya no lo es por las obras; de otro modo, la gracia no sería ya gracia. Entonces, ¿qué? Que Israel no consiguió lo que buscaba; mientras lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron, como dice la Escritura: Les dio Dios un espíritu de embotamiento: ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy. David también dice: Conviértase su mesa en trampa y lazo, en piedra de tropiezo y justo pago, oscurézcanse sus ojos para no ver; agobia sus espaldas sin cesar.

Y pregunto yo: ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación a los gentiles, para llenarlos de celos. Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud! Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?

Y si las primicias son santas, también la masa; y si la raíz es santa también las ramas. Que si algunas ramas fueron desgajadas, mientras tú olivo silvestre fuiste injertado entre ellas, hecho participe con ellas de la raíz y de la savia del olivo, no te engrías contra las ramas. Y si te engríes, sábete que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz que te sostiene. Pero dirás: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. ¡Muy bien! Por su incredulidad fueron desgajadas, mientras tú, por la fe te mantienes. ¡No te engrías!; más bien, teme. Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea que tampoco a ti te perdone. Así pues, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado. En cuanto a ellos, si no se obstinan en la incredulidad, serán injertados; que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Porque si tú fuiste cortado del olivo silvestre que eras por naturaleza, para ser injertado contra tu natural en un olivo cultivado, ¡con cuánta más razón ellos, según su naturaleza, serán injertados en su propio olivo!


Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades. Y esta será mi Alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados. En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia.

¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! (Rm 9,14-11,33).


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