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Libro del profeta Jonás: 3. LA TEMPESTAD EN EL MAR

Emiliano Jiménez Hernández

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El profeta Jonás y la tempestad

 

 

3. LA TEMPESTAD EN EL MAR

Dios dirige su palabra a Jonás. Jonás, para cerrar el oído a la palabra, se embarca hacia Tarsis. Pero el Dios de la Revelación es el Dios de la Creación, Señor de la Historia. Así Dios se hace presente en medio de la huida y deshace los planes de su profeta. Dios le atrapa con la tempestad en medio de su huida: "Yahveh desencadenó un fuerte viento sobre el mar" (1,4). Jonás huye de la presencia de Dios y Dios le alcanza con su espíritu, con el viento que desencadena la tormenta: "¿Dónde huiré yo lejos de tu espíritu?" (Sal 139,7).

Dios es designado con el término de Yahveh, que hace alusión al atributo de su misericordia, según la revelación hecha a Moisés: "Yahveh pasó por delante de él y exclamó: Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34,6-7). El viento, suscitado por Dios, es un viento favorable, que sopla desde la ribera hacia el mar, para que la nave no retorne hacia la tierra. El texto señala que no se trata de una tempestad normal, sino de una tempestad mandada por Dios; según el Midrash, únicamente sobre el barco de Jonás. El Dios invisible se hace visible en el viento, en el mar agitado, en los acontecimientos que suscita. Dios interpela al hombre a través del curso de los sucesos de la vida.

"Y hubo una gran tempestad en el mar" (1,4). Las olas están a punto de hacer pedazos el barco. Sólo el barco de Jonás está a punto de naufragar, mientras que las demás embarcaciones prosiguen tranquilamente su navegación. Es un viento semejante al que se abatió únicamente sobre la casa del hijo mayor de Job, donde estaban sus hijos e hijas comiendo y bebiendo. "De pronto sopló un fuerte viento del lado del desierto y sacudió las cuatro esquinas de la casa; y ésta se desplomó sobre los jóvenes" (Jb 1,19)..

Toda la narración de la nave agitada por la tempestad es un eco de la descripción que hace Ezequiel de la destrucción de Tiro, vista como una nave en medio de las olas del mar: "Las naves de Tarsis formaban tu flota comercial. Estabas repleta y pesada en el corazón de los mares. A alta mar te condujeron los que a remo te llevaban. El viento de oriente te ha quebrado en el corazón de los mares. Tus riquezas, tus mercancías y tus fletes, tus marineros y tus timoneles, tus calafates, tus agentes comerciales, todos los guerreros que llevas, toda la tripulación que transportas, se hundirán en el corazón de los mares el día de tu naufragio. Al oír los gritos de tus marinos, se asustarán las costas... Ahora estás ahí quebrada por los mares en las honduras de las aguas. Tu carga y toda tu tripulación se han hundido contigo. Todos los habitantes de las islas están pasmados por tu causa. Sus reyes están estremecidos de terror, descompuesto su rostro" (Ez 27,25-28.34-38).

El cuadro es grandioso: en primer plano, un barco zarandeado por la tempestad; en el barco, los marineros asustados y, en la bodega, Jonás dormido. Como ante el mar Rojo, "los israelitas alzaron sus ojos, y viendo que los egipcios marchaban tras ellos, temieron mucho y clamaron a Yahveh" (Ex 14,10), así "los marineros tuvieron miedo y se pusieron cada uno a invocar a sus dioses" (1,5).

Los marineros son paganos, pero no ateos. Son incluso más religiosos que Jonás. El barco de Jonás se ve en peligro. Los marineros se agitan, mientras que Jonás duerme en la bodega. Los marineros provenían de las setenta naciones, que representan a toda la humanidad. Por muy familiarizados que estuvieran con el mar, todos sienten el miedo en sus riñones. El mar se impone siempre al hombre con su inmensidad y la fuerza de sus aguas incontrolables. Por ello los marineros son siempre muy religiosos. El salmista se lo reconoce, aunque les invite a reconocer a Yahveh como el único Dios que salva: "Los que a la mar se hicieron en sus naves, llevando su negocio por las muchas aguas, vieron las obras de Yahveh, sus maravillas en el piélago. Dijo, y suscitó un viento de borrasca, que entumeció las olas; subiendo hasta los cielos, bajando hasta el abismo, bajo el peso del mal su alma se hundía; dando vuelcos, vacilando como un ebrio, tragada estaba toda su pericia. Y hacia Yahveh gritaron en su apuro, y él los sacó de sus angustias; a silencio redujo la borrasca, y las olas callaron. Se alegraron de verlas amansarse, y él los llevó hasta el puerto deseado. ¡Den gracias a Yahveh por su amor, por sus prodigios con los hijos de Adán!" (Sal 107,23-31). "Allí un temblor les invadió, espasmos como de mujer en parto, tal el viento del este que destroza los navíos de Tarsis" (Sal 48,7-8).

Se trata del viento de Yahveh que, "como viento del desierto, destroza las naves de Tarsis". "Las naves naufragaron y no pudieron ir a Tarsis" (2Cr 20,37). La tempestad iba embraveciéndose y encrespándose cada vez más. Al verse al borde del desastre, cada uno de los marineros, que lleva los ídolos de su país, los saca y con ellos en las manos imploran que cese la tempestad. "Ignorando la verdad, no ignoran la providencia; y bajo el error de la religión, saben que alguien debe ser venerado" (San Jerónimo).

Los marineros ya ha descubierto una causa trascendente en la tempestad, más allá de las causas naturales. Los comentarios rabínicos lo expresan diciendo que, mientras la tormenta les cierra el paso a ellos, pueden contemplar como otras naves pueden cruzar tranquilamente el océano. Esto les hace pensar que la desgracia se debe a la maldad de uno de la nave, maldad que ha subido a la presencia de Dios.

Según el Midrash los marineros proclaman: "El dios que escuche nuestra súplica y nos libre del peligro será reconocido como el Dios verdadero". Pero sus gritos de auxilio resultan vanos, pues la tempestad no se calma. Las olas siguen encrespándose cada vez más. Por eso, "para aligerar el barco, arrojan al mar la carga", sin saber que la única carga que puede aligerar la nave es Jonás. El Midrash concretiza en qué consiste esa carga, esos utensilios, que ya no les sirven de nada: los ídolos, que han manifestado su inutilidad ante la tempestad.

"Mientras tanto, Jonás había bajado al fondo del barco". Jonás no hace más que bajar, descender hasta el fondo. Mientras todos están en pie orando en su angustia, Jonás desciende a esconderse en la bodega del barco. Sabiendo, en el fondo de su corazón, que ha pecado contra Dios y que la tempestad es obra de Dios, no tiene el valor de orar a su Dios, como hacen los demás. No cree que Dios, de cuya presencia está huyendo, puede escuchar su plegaria en ese momento. Por eso no se le ocurre otra cosa mas que huir a esconderse en la bodega. Allí "bajó, se acostó y se durmió profundamente" (1,5). Es la forma más elocuente de desentenderse de toda la tragedia que se vive en el barco. Entregándose al sueño se prepara para la muerte, de la que se sabe merecedor. Como comenta San Jerónimo: "El hecho de dormir no es signo de seguridad, sino de angustia, como les sucede a los apóstoles en la pasión del Señor, que se durmieron por el peso de la tristeza (Lc 22,45)".

No se trata de un sueño normal, sino de un sueño profundo, como el de Adán, que no siente que Dios le extrae una costilla para formar a Eva, como el de Abraham en su visión del futuro (Gn 15), como el de Sísara antes de morir (Ju 4,21). Jonás ha perdido toda su lucidez, ni siquiera escucha la tormenta que amenaza su vida y la de sus compañeros. Parece que va a pasar de un último letargo a la muerte. Es lo que ya esperó Elías en su huida de Jezabel, cuando "se acuesta y se duerme" en el desierto bajo la retama (1R 19,5).

El profeta Jonás  y la tempestad

Los sabios de Israel especulan sobre los motivos que llevan a Jonás a disociarse de la oración de los demás compañeros de barca. Por una parte Jonás teme que, al romperse el barco, tras el naufragio Dios le arrastre a la orilla del mar con el reflujo de las olas y le proponga de nuevo la orden de ir a Nínive. Para estar seguro de no sobrevivir al naufragio, Jonás desciende a la parte más baja del barco. De este modo, Jonás, siempre contradictorio, piensa también en salvar a sus compañeros. Sabiendo que es él el responsable de la violenta tempestad, está convencido de que apenas muera cesará el viento y se calmará el mar. Descendiendo a lo más bajo de la nave, está seguro de ser el primero en quedar anegado en las aguas, y así, con su muerte, los demás podrán salvarse.

Otros dicen que Jonás está seguro de que es Dios quien ha suscitado la tormenta. El sabe que Dios puede calmar las olas del mar, si lo desea. Pero sabe también que él es el culpable de lo que ocurre. Pero, ¿cómo implorar a Dios, cuando está escapando de su presencia? ¿Cómo llamarle en su auxilio cuando él no quiere escuchar la llamada de auxilio de los ninivitas, que se hunden en el abismo de su maldad? ¿Cómo presentarse ante Dios si lo que busca es ocultarse de él?

Hay quienes se preguntan cómo es posible dormirse profundamente en medio de una violenta tempestad. Pero de todos es conocido que el sueño es una forma de huida de la angustia asfixiante. Como ejemplo análogo se cita el sueño de Elías, al ser amenazado de muerte por Jezabel: "El tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. El caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: ¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres! Se acostó y se durmió bajo una retama" (1R 19,3-5). También en este caso, el sueño es expresión de agotamiento físico y moral. Y en el sueño está también el mismo Dios, como ocurrió con Abraham: "Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó sobre Abraham un sueño profundo, y de pronto le invadió un gran sobresalto" (Gn 15,12). Y ya antes lo había hecho con Adán: "Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne" (Gn 2,21).


Dios visita a sus elegidos en el sueño, aunque ellos no lo sepan, como hizo con Jacob en su huida de Israel hacia Paddán Aram: "Jacob salió de Berseba y fue a Jarán. Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra; y por tu descendencia. Mira que yo estoy contigo; te guardaré por doquiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho. Despertó Jacob de su sueño y dijo: ¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!" (Gn 28,10-16).
El capitán constata que, mientras todos están orando a sus dioses, Jonás no está en la cubierta con ellos. Mientras los marineros se agitan en la cubierta, Jonás está tumbado sobre unos fardos de mercancías en la bodega de la nave. Apenas bajó al fondo de la nave se quedó profundamente dormido. Y sólo se despierta cuando dos fuertes brazos lo sacuden con violencia. Con los ojos aún cerrados, Jonás se siente balanceado en medio de los crujidos de la nave. Abre los ojos y se encuentra con los ojos, que se le salen de las órbitas, del capitán inclinado sobre él, que le grita:

-Estamos suspendidos entre la vida y la muerte y tú ¿estás aquí durmiendo?

-¿Que ocurre?

-La más terrible y extraña tempestad. Pero, díme, ¿de dónde vienes y cuál es tu Dios?

-Vengo del reino de Israel. Soy hebreo y adoro a Yahveh, el Dios Creador del cielo y de la tierra.

-He oído hablar de él y espero que sea tan poderoso como decís vosotros los hebreos.

Y gritando para hacerse oír en medio del estruendo de la tormenta, el capitán explica a Jonás:

-Antes de tu llegada en esta nave éramos sesenta y nueve hombres, provenientes cada uno de un país distinto. Ahora, contigo, somos setenta, setenta representantes de las setenta naciones que pueblan la tierra. Cuando se desencadenó esta tempestad, todos hemos comprendido que no se trataba de una tormenta normal y nos hemos puesto a orar, cada uno a su dios. Nos dijimos: el dios que nos salve será venerado por todos como el único Dios, reconocido como el Dios verdadero. Hemos orado a nuestros dioses, pero ninguno ha respondido a nuestras súplicas. Ahora te toca a ti orar a tu dios.

"¡Levántate e invoca a tu Dios! Quizás Dios se apiade de nosotros y no perezcamos" (1,6).

El capitán no puede comprender la inconsciencia de Jonás. Al encontrarle profundamente dormido se siente sorprendido de su indiferencia por su vida y la de todos los demás. Como un ateo que no tuviera ningún dios a quien invocar, Jonás se ha separado de la inquietud de todos, aislándose de ellos, cerrado en sí mismo con la llave del sueño. Sacudiéndole y empujándole hacia cubierta no deja de mascullar entre dientes:

-Estamos todos entre la vida y la muerte y tú ¿no tienes nada mejor que hacer que echarte a dormir?


Jonás sigue al capitán hasta el puente. Agarrado a una soga, con gran dificultad, logra mantenerse en pie, mientras las olas gigantescas zarandean la nave. Jonás, como si estuviera en la cima de una montaña, contempla el panorama que les circunda. En torno a la nave las olas amenazan con tragarse y deshacerlo todo. Más allá de su círculo agitado, el mar está tranquilo como una valsa de aceite. Las otras naves navegan tranquilas y, al parecer, ignorando cuanto está sucediendo a poca distancia de ellos. Apenas llega arriba, todos los tripulantes se vuelven a él, repitiendo todos a la vez las preguntas del capitan:

-¿No te das cuenta que está en peligro la vida de todos?

-¿A qué pueblo perteneces?

- ¿Cuál es tu Dios? Nuestros dioses no responden a nuestras invocaciones, ¿cuál es el tuyo?.

Jonás le responde:

-Soy hebreo.

Apenas oyen esta respuesta, se le refresca la memoria y le dicen:

- ¿No hemos oído decir que el Dios de los hebreos es grande y que en una ocasión secó el mar Rojo para hacer pasar a pie a todo el pueblo?

- ¡Levántate e invoca a tu Dios! Si tú le imploras con fervor quizás vuelva su pensamiento hacia nuestro estado precario, tenga piedad de nosotros y no seremos destruidos. Y, si hemos merecido este castigo, quizás, gracias a tu súplica, él cambie su parecer acerca de nosotros y nos salve. El puede cumplir un prodigio con nosotros como hizo con tus antepasados en el mar Rojo. Tú capacidad de dormir en un momento de tal peligro es señal de tu confianza en tu Dios. Estás seguro que él te ha de salvar, pídele que nos salve también a nosotros.

Jonás levanta la vista y contempla a los sesenta y nueve tripulantes, con sus trajes diversos. Todos aprietan contra su pechos las imágenes de sus ídolos, a los que cada uno implora a su modo. Se acerca a ellos y, gritando para ser oído, les dice:

-Yo no tengo ídolos, porque Yahveh, Creador del cielo y de la tierra, es un espíritu purísimo e infinito, que no puede ser encerrado en una imagen. Pero os puedo decir que ha sido él quien ha desencadenado esta tempestad por causa mía. Arrojadme al mar y la tempestad se calmará.

Los marineros, en un principio, piensan que ha enloquecido por el susto. Jonás les aclara:

-He desobedecido a Yahveh y no deseo que vosotros, inocentes, paguéis por mi culpa. Arrojadme al mar y se calmará su ira.

Los tripulantes le escuchan y mueven la cabeza. Se niegan a cumplir un acto tan cruel. Pero como Jonás insiste, se dicen unos a otros:

-"Ea, echemos a suertes para saber por culpa de quién nos ha venido este mal" (1,7). Que las suertes descubran al culpable.


Viendo cómo las otras naves navegan tranquilamente, a ninguno le cabe la menor duda de que el culpable está sobre el barco. Por eso aceptan que la suerte decida. Es el procedimiento acreditado en la época para descubrir al culpable. Ciertamente la presencia en el navío de un culpable es un peligro para todos. Ante el desastre sufrido por Israel en la batalla contra Ay, Dios dice a Josué que el pecador está en medio del pueblo y es el culpable de la derrota del ejército de Israel. Le invita a descubrir al culpable, para darle muerte y el pueblo recobre la vida. Yahveh le dice a Josué:

Israel ha pecado, también ha violado la alianza que yo le había impuesto. Y hasta se han quedado con algo del anatema, y lo han robado, y lo han escondido y lo han puesto entre sus utensilios. Los israelitas no podrán sostenerse ante sus enemigos; volverán la espalda ante sus enemigos, porque se han convertido en anatema. Yo no estaré ya con vosotros, si no hacéis desaparecer el anatema de en medio de vosotros. Levántate, purifica al pueblo y diles: Purificaos para mañana, porque así dice Yahveh, el Dios de Israel: El anatema está dentro de ti, Israel; no podrás mantenerte delante de tus enemigos hasta que extirpéis el anatema de entre vosotros.

Os presentaréis, pues, mañana por la mañana, por tribus: la tribu que Yahveh designe por la suerte se presentará por clanes, el clan que Yahveh designe se presentará por familias, y la familia que Yahveh designe se presentará hombre por hombre. El designado por la suerte en lo del anatema será entregado al fuego con todo lo que le pertenece, por haber violado la alianza de Yahveh y cometido una infamia en Israel. Josué se levantó de mañana; mandó que se acercara Israel por tribus, y fue designada por la suerte la tribu de Judá. Mandó que se acercaran los clanes de Judá, y fue designado por la suerte el clan de Zéraj. Mandó que se acercara el clan de Zéraj por familias, y fue designado por la suerte Zabdí. Mandó que se acercara la familia de Zabdí, hombre por hombre, y fue designado por la suerte Akán, hijo de Karmí, hijo de Zabdí, hijo de Zéraj, de la tribu de Judá.

Dijo entonces Josué a Akán: Hijo mío, da gloria a Yahveh, Dios de Israel y tribútale alabanza; declárame lo que has hecho, no me lo ocultes. Akán respondió a Josué: En verdad, yo soy el que ha pecado contra Yahveh, Dios de Israel; esto y esto es lo que he hecho... Entonces Josué tomó a Akán, hijo de Zéraj, con la plata, el manto y el lingote de oro, a sus hijos, sus hijas, su toro, su asno y su oveja, su tienda y todo lo suyo y los hizo subir al valle de Akor. Todo Israel le acompañaba. Josué dijo: ¿Por qué nos has traído la desgracia? Que Yahveh te haga desgraciado en este día. Y todo Israel lo apedreó. Levantaron sobre él un gran montón de piedras, que existe todavía hoy. Así Yahveh se calmó del furor de su cólera. Por eso se llama aquel lugar Valle de Akor hasta el día de hoy" (Jos 7).

Otro caso, en el que se recurre a echar las suertes, es el de Jonatán, hijo de Saúl (1S 14). También los marineros "echaron a suertes y la suerte cayó sobre Jonás" (1,7). Echaron las suertes no una, sino varias veces y la suerte cayó siempre sobre Jonás. No había la mínima duda de que el culpable era él. San Jerónimo dice que la suerte cayó sobre Jonás "por la voluntad de Aquel que guiaba las contingencias de la suerte". Pero, aunque la suerte confirmó las palabras de Jonás, los marineros aún se negaban a arrojarlo al mar:

-¡Morirás si te echamos al mar! ¿Quiénes somos nosotros para condenarte a muerte? ¡No sabemos nada de ti!

-"Anda, cuéntanos tú, por quien nos ha venido este mal, cuál es tu oficio y de dónde vienes, cuál es tu país y de qué pueblo eres" (1,8).


Asustados por la situación desean una narración completa y detallada, aunque en realidad lo único que desean saber es "por quién les ha venido esa desgracia que les ha caído encima", es decir, contra quién ha pecado, para que haya provocado esa situación, quién es su Dios, al que sin duda ha ofendido gravemente para que haya desencadenado tal furia. Cuéntanos todo, para ver si podemos aplacarle de alguna manera y salvar nuestras vidas. Los marineros esperan una confesión similar a la de Akán. Jonás, sabiéndose culpable, les responde:

-Arrojadme al mar y éste se calmará.

Aterrorizados por la propuesta de Jonás, los marineros intentan una nueva vía de salvación. Llevan sobre el puente las mercancías y las arrojan al mar, para aligerar la nave. Pero cada fardo que cae al mar levanta una ola cada vez mayor, devolviendo la mercancía a la nave. Cansados de dar al mar lo que no desea, se dan por vencidos. Jonás les dice una vez más:

-No hay nada que hacer. Arrojadme a mí, que es a quien espera el mar.

Contra su voluntad ceden, pero sólo como prueba. Atan a Jonás con una soga por debajo de las asilas y lo descuelgan por un lateral de la nave. Apenas el pie de Jonás toca las aguas, el mar se calma. Pero apenas tiran de la soga, sacándolo de las aguas, la tormenta se desencadena con más furia que antes. Lo bajan de nuevo, esta vez hasta el vientre, y el mar se calma. Pero el sólo intento de subirlo de nuevo hace que una honda terrible se estrelle contra la nave, estremeciendo a todos. Resignados, se dirigen a Dios con una sola voz:

-Perdónanos por lo que hacemos. Es este hombre quien nos lo pide y parece que esa sea también tu voluntad.

Sueltan la soga y dejan a Jonás abandonado a su destino. Las aguas se le tragan y el viento se calma. Los tripulantes elevan sus ojos al cielo, contemplan el agua tersa y serena, olfatean el viento y, uno tras otro, toman sus ídolos y los arrojan al mar.

***

La figura del profeta durmiendo en medio de la tempestad y despertado por el capitán tiene su paralelo en el Evangelio. Jonás es figura de Jesucristo. Un día Cristo vivirá con sus apóstoles esta misma experiencia: "Subió Jesús a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!. Díceles: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?. Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?" (Mt 8,23-27).



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