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Comentario Bíblico: 9. PRIMER ENCUENTRO CON SUS HERMANOS

Emiliano Jiménez Hernández

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Primer encuentro de José con sus hermanos

 

9. PRIMER ENCUENTRO CON SUS HERMANOS

Llegaron los siete años de abundancia y pasaron. A la abundancia siguió la carestía, siete largos años de hambre. Cuando los graneros de la gente se vaciaron, José abrió los graneros reales y vendió grano al pueblo, pues había acumulado grano y cereales en cantidades incalculables en cada ciudad de provincia. La carestía se extendió más allá de los confines de Egipto y José logró grandes sumas de dinero con la venta de grano a los árabes, a los cananeos, a los sirios y a otros pueblos. Dio esta orden a sus oficiales:
-En nombre del Faraón y de su Virrey que todos los extranjeros que deseen adquirir grano se presenten personalmente y, si se descubre que han comprado grano, no para satisfacer sus necesidades, sino para venderlo, sean castigados con la muerte. Nadie podrá llevar más de una carga de asno. Todos deberán, además, inscribir su nombre y el de su padre en el recibo de la compra.
José se hacía llevar cada día las listas de compradores, porque sabía que sus hermanos tendrían que ir, antes o después, a comprar víveres para su familia. José deseaba ser informado de su llegada inmediatamente.

Han pasado muchos años desde que José sintió sobre su persona el odio de los hermanos "por sus sueños y palabras". Pero el hambre en Egipto y en las comarcas que le circundan es uno de los elementos que conducen al cumplimiento de los sueños de José, con los que Dios le mostró los caminos a través de los cuales los descendientes de Abraham llegarían a Egipto y se acrisolarían como pueblo de Israel hasta que Dios descendiese a liberarlos de la esclavitud y les condujera a la tierra prometida.
A las angustias de Jacob por la desaparición de José, ahora se añaden las preocupaciones del hambre, que se abate sobre el país. Los campos, por más que se les are y siembre, permanecen secos como un desierto. Abraham, su abuelo, y su padre Isaac, en épocas de sequía, dirigían su mirada a Egipto, el país del trigo. Jacob piensa que si no hace lo mismo corre el riesgo de perder toda la familia y el ganado, cortando el hilo de la descendencia de sus padres. Convoca a todos sus hijos y les dice, al verles inquietos, como temerosos de presentarse ante él:
-¿Qué estáis mirando? He oído decir que hay grano en Egipto; bajad allá y compradnos grano para que sigamos viviendo y no muramos.
San Ambrosio nos dice que Jacob no dice estas palabras una sola vez, sino que las repite cada día a todos sus hijos que retardan en venir a la gracia de Cristo. Son palabras, dice una tradición rabínica, que salen de la boca del patriarca, no como fruto del hambre que incumbe sobre su familia, sino movido por un espíritu de profecía, que le impulsa a mandar a sus hijos a Egipto porque sospecha que allí pueden encontrar a José.
La Escritura dice que "vio Jacob que en Egipto había grano" (42,1) y Génesis Rabbah, como también Rashí, se pregunta: ¿Cómo lo vio? Ciertamente él no lo ha visto, sino que lo oyó. ¿Qué significa entonces que Jacob vio? El contempló en una visión inspirada por Dios que en Egipto había una esperanza para él. (Se trata de un juego de palabras hebreas similares: shever = grano y ´sever = esperanza)
De todas partes llega gente a Egipto en busca de José. En primer lugar los egipcios de todas las zonas del país, después gentes de las naciones vecinas. También los hermanos de José preparan sus asnos y parten. Sólo diez de los hijos de Jacob. A Benjamín no le deja marchar su padre. Es el hermano de madre de José, el único hijo de Raquel que le queda. Es el recuerdo del hermano desaparecido y de la madre muerta, sus dos amores predilectos. No quiere correr el riesgo de perderle, mandándole a un país extranjero.

Los hijos de Jacob intentan perderse en la masa de compradores, tratando de pasar desapercibidos. Pero esto no es posible. Los sabios del Midrash nos han llenado con creces la laguna de la Escritura, narrando las acciones de José para descubrir a sus hermanos, apenas lleguen a Egipto. Se dice, por ejemplo, que José coloca guardias en todas las puertas de la ciudad encargados de registrar el nombre y familia de pertenencia de cuantos lleguen a proveerse de alimentos. Las listas se las pasan cada día a José, que a solas busca en ellas el nombre de sus hermanos y de su padre. Otros dicen que el encargado de controlar las listas es Manasés, el hijo mayor de José. Estos le hacen actuar también como intérprete entre su padre y los hermanos.
"Bajaron, pues, los diez hermanos de José a proveerse de grano en Egipto; pero a Benjamín, hermano de José, no le envió Jacob con sus hermanos, pues se decía: No vaya a sucederle alguna desgracia (42,3-4). Son presentados primero como "hijos de Jacob" (42,1), mostrando el carácter familiar del grupo, y luego se les llama "hermanos de José", como protagonistas del drama al que se están acercando. Y también se les llama "hijos de Israel" (32, 5), pues con ellos está comenzando la bajada de los israelitas a Egipto, comienzo de la futura esclavitud y de su consiguiente liberación.

Primer encuentro de José con sus hermanos


Los personajes bíblicos son personas reales con pasiones y amores, odios y lealtades. Lo que no cabe en los relatos de la Escritura es la frialdad de la indiferencia. El encuentro de José y sus hermanos está cargado de dramatismo; se alarga por varios capítulos con interrogatorios, amenazas, favores; José les vende alimentos y en secreto les devuelve el dinero, les habla con dureza en público, y se oculta para llorar en secreto. José les reconoce como hermanos y desea suscitar en ellos el mismo reconocimiento. José desea atraerles hacía sí, que realmente sean "hermanos de José", al mismo tiempo que "hijos de Jacob", que les envía a Egipto en busca del hermano perdido, como antes envió a José a Siquén en busca de ellos.
En este primer encuentro José ve cómo se cumplen sus sueños de adolescente. En efecto "los hermanos de José llegaron y se inclinaron ante él rostro en tierra" (42,6). Hacen inconscientemente lo que no quisieron aceptar, aquello que les llevó a deshacerse de su hermano, para evitarlo. Al postrarse están cumpliendo casi literalmente el sueño de las gavillas, que José les había contado tantos años atrás (37,7). Las gavillas de los hermanos se inclinan ante la gavilla de José, pues las gavillas de ellos se han quedado vacías, mientras que la de José ha llenado de grano los graneros de Egipto. O, dicho con la imagen de los sueños del Faraón, los hermanos se inclinan ante José, porque sus espigas vacías y secas por el viento del desierto (41,6) han devorado la abundancia de los años precedentes, mientras que José con su sabiduría ha guardado en los graneros una buena parte de las espigas granadas y hermosas. Así la gavilla de José está en pie y en alto, mientras que se inclinan ante él las gavillas de sus hermanos.
El texto bíblico dice que "José era el que regía en todo el país, y él mismo en persona era el que distribuía grano a todo el mundo. Vio José a los hermanos y los reconoció" (42,6-7). José reconoce a sus hermanos, pero ellos no le reconocen ni él se da a conocer. Los hermanos se confiesan repetidas veces hijos del mismo padre, pero nunca se llaman hermanos. Más bien se reconocen, también repetidamente, como siervos de José. En realidad, al ser acusados de espías, se denuncian a sí mismos. Para defenderse hablan del padre único, del hermano pequeño que se ha quedado con él y de otro hermano que "no existe", "murió". Así, con esta verdad a medias, creen salvar la situación. José espera llevarles a la verdad plena, para descubrirse ante ellos como el hermano, que sí existe, está vivo y les ama.

Ahora que están en poder de José, comenta Rashí, él los reconoce como hermanos y tiene piedad de ellos. Por el contrario, cuando él cayó en poder de ellos, no le reconocieron, es decir, no se comportaron con él como hermanos, ni tuvieron piedad de él. Los Padres aplican a Jesucristo esta misma explicación. "Aquel mismo día (de la resurrección) iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos y no le reconocieron" (Lc 24,16). Los discípulos no reconocen a Jesús, ni el mundo (Jn 1,10), ni los suyos, los de su casa (Jn 1,11), ni los habitantes de Jerusalén, ni sus jefes (Hch 13,27). Jesús se acerca a los hombres en busca de hermanos y los hombres no le reconocen, le condenan a muerte, pero "a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre" (Jn 1,12).

José les reconoce. Sabe que están vivos, cuenta con ellos, vienen en grupo, no han cambiado mucho, pues ya eran mayores cuando se separó de ellos. Ellos, en cambio, no le reconocen, no cuentan con él, en su mente no cabe la idea de un José con ropas distinguidas y con el poder de virrey de Egipto. José ha adoptado totalmente el atuendo y las maneras egipcias y no revela ningún rasgo de sus orígenes hebreos; hasta lleva un nombre egipcio (41,45). Por otra parte, el adolescente de diecisiete años que vendieron se ha hecho un hombre maduro; el imberbe de entonces ahora lleva una tupida barba, según señala el Midrash.
El núcleo del drama está en que José controla la situación porque sabe lo que los hermanos no saben. Este hecho permite a José poner en juego un designio detallado para llegar al encuentro auténtico con sus hermanos. El salió de casa de su padre "a buscar a sus hermanos" y esa búsqueda aún no ha concluido. Como dice en su amplio comentario el sefardita Benno Jacob: "José pudo haber revelado inmediatamente su identidad, haberlos reprendido por sus acciones y haber mostrado cómo, a pesar de ellas, había hecho carrera. Es demasiado generoso para desear o disfrutar de la humillación de ellos y de su triunfo. Pudo haber tendido la mano en gesto de reconciliación. Es demasiado prudente para ello: no habría sido reconciliación auténtica si los hermanos no cambiaban primero".
José, con su capacidad de penetración en el corazón de sus hermanos, une dureza y magnanimidad, juega con sus miedos y esperanzas, mezcla una fingida severidad con un afecto real para llevarles a reconocer la verdad y fundar sobre ella la reconciliación verdadera. José espera la conversión de sus "enemigos" en "hermanos". La hermandad verdadera no es cuestión de carne o consanguinidad. Es algo más serio, que implica la carne y la sangre, pero también el espíritu, mente y corazón. Un abrazo prematuro de reconciliación puede abortar la verdadera fraternidad. Antes del abrazo hay que recomponer la hermandad rota, con la confesión de la culpa y con el perdón pedido y otorgado. José concede a sus hermanos un tiempo de prueba, metiéndoles en el crisol, para purificar sus corazones. Quizás también se da a sí mismo ese tiempo para acogerlos sin ningún resabio de rencor.
"José entonces se acordó de aquellos sueños que había soñado respecto a ellos, y les dijo: -Vosotros sois espías, que venís a ver los puntos desguarnecidos del país" (842,9)
Ante esta acusación del delito de espionaje, los hermanos responden presentándose como miembros de una única familia, hijos de un mismo padre, que han descendido a Egipto a proveerse de víveres. Y aquí añaden un dato interesante, cargado de sentido:
-Tus siervos "somos doce hermanos", hijos del mismo padre; faltan dos, uno se ha quedado con el padre y el otro "no está", "no existe", "no vive".

La expresión hebrea es intencionalmente ambigua. Para ellos, el hermano desaparecido no existe, ha sido borrado de su vida; desearían eliminarlo de su memoria, pero está presente en ella, como está presente ante sus ojos, sin que ellos lo sospechen. Desde la conciencia, donde duerme la venta del hermano, comienza a despertarse el sentido de la culpa, necesario para alcanzar el perdón. La palabra de José hace aflorar lo escondido en el corazón de los hermanos. Dios está en medio guiando los pasos de José hacia sus hermanos.
Sin saber lo que dicen, confiesan: "todos nosotros somos hijos de un mismo padre" (42,11). Comenta Rashí: "Ellos fueron inspirados por un espíritu de santidad e incluyeron a José en sus palabras: todos nosotros somos hijos de un mismo padre". También aciertan al decir: "Somos doce hermanos" (42,13). ¿Somos o éramos? Si somos doce, ¿cómo es que después dicen que uno ya no existe? ¿Y por qué no existe? ¿Qué le ha sucedido? ¿Quién le ha borrado de la existencia?

Para no suscitar sospechas, los diez hermanos entran por distintas puertas en la ciudad, según les ha aconsejado su padre. Al atardecer se dirigen al barrio de las prostitutas. Los remordimientos de conciencia les llevan a aquel barrio para preguntar a los mercaderes de esclavos sobre el hermano perdido. Pero todas sus precauciones no les sirven de nada. José, al repasar la lista de quienes han entrado ese día, reconoce sus nombres y les manda llamar. Introducidos en su presencia, se postran por tierra ante José, que les interroga mediante un intérprete, aunque entiende hasta lo que ellos hablan entre sí. Les pregunta:
-¿De dónde sois y a qué habéis venido?
-Venimos de Canaán a comprar grano, le responden.
José, endureciendo la cara, les replica:
-Vosotros sois espías.
-Señor, le responden, no somos espías, sino hombres honestos y de buenas costumbres...
-Y ¿qué hacíais en el barrio de las prostitutas? Y siendo hermanos, ¿por qué habéis entrado por diversas puertas? No cabe la menor duda de que sois espías, que habéis venido a descubrir las defensas del Faraón y las partes desguarnecidas de Egipto...
La calle de las prostitutas, anotan los sabios del Midrash, es un lugar propicio para los espías, pues en ella pueden pasar desapercibidos y recoger fácilmente noticias. A casa de una prostituta irán los exploradores que envía Josué a Jericó (Jos 2,1)... Los hermanos protestan y comienzan a dar noticias de su familia:
-No, señor, tus siervos no somos espías, somos todos hijos de un mismo padre, un hebreo que habita en Canaán. Somos doce hermanos, uno ya no existe y el otro, el pequeño, se ha quedado en casa con el padre.
En su respuesta tienen una chispa de inspiración divina al decir "todos nosotros", incluyendo a José, "somos hijos de un mismo padre". José visiblemente conmovido hace una pausa para reponerse y luego les responde:
-Si es cierto lo que me decís, deberéis probarlo, trayéndome a vuestro hermano menor. No os dejaré salir de Egipto hasta que uno de vosotros vaya a buscarlo y lo traiga a mi presencia.
Dicho esto, les encierra en la prisión. Pero, al tercer día, les dice:
-Como mi Dios es misericordioso para quien le teme, retendré como rehén a uno solo de vosotros. Los otros podéis partir a llevar a casa el grano. Pero no os pase por la mente volver aquí sin el hermano menor.
Sin saber que José les entiende, se ponen a murmurar entre sí en hebreo:
-Este es el castigo que Dios nos envía por haber abandonado a José, sin escuchar los gritos con que imploraba piedad desde el fondo de la cisterna.
(El Targum Neophiti da una versión escalofriante, al traducir: "En verdad nosotros somos responsables de la sangre de nuestro hermano, pues lo vimos en la angustia de su alma cuando se movía convulsivamente delante de nosotros y no le oímos. Por esto nos ha sobrevenido esta gran desgracia).

Estas palabras turban tanto a José que tiene que retirarse a llorar en privado. Luego se lava y vuelve a la sala de audiencias....

Al Midrash no le importan las repeticiones. Tampoco busca armonizar los diversos textos. Coloca uno junto a otro sabiendo que, incluso en sus contradicciones, los textos diversos se iluminan mutuamente. Esta escena del encuentro de José con sus hermanos se repite en diversas formas. He aquí una más:
-¿Por qué habéis entrado por distintas puertas siendo todos hijos de un mismo padre?
-Para buscar al hermano perdido, que no está con nosotros.
-Y si encontrarais a vuestro hermano, ¿lo rescataríais si os pidieran un elevado precio por él?
-Ciertamente.
-Y si os dijeran que no están dispuestos a devolvéroslo a ningún precio, ¿qué haríais?
-Para esto hemos venido: a matar o a morir por él.
-Las cosas son como yo he dicho. Vosotros habéis venido a matar a los habitantes de esta ciudad. En mi copa de adivinar ya he visto que dos de vosotros destruyeron la gran ciudad de Siquem. ¡Por la vida del Faraón que no saldréis de aquí hasta que no me traigáis a vuestro hermano menor!
Pero, añade el Midrash, cuando José quería jurar en falso, juraba por la vida del Faraón.

La palabra es una luz que tiene como misión "sacar a la luz" lo escondido en el corazón: "Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,19-21).
José, reconociéndoles como hermanos, desea saber si ellos le reconocen, le aceptan como hermano. Han confesado que son "doce hermanos". José desea probar "si la verdad está con ellos" (42,16). ¿Desean ser doce, sin tener que eliminar a ninguno? ¿Está de acuerdo el corazón con lo que confiesa la lengua? Para verificarlo José se inventa un expediente que, aunque haga sufrir a los hermanos y también a él, llevará a los hermanos a descubrir la verdad de sus sentimientos de fraternidad. José elige a uno de ellos y hace con él lo que años antes ellos habían hecho con él. Le encadena ante sus ojos y le arroja en la prisión hasta que vuelvan con el hermano menor, que se ha quedado con su padre. Y ya con esto comienza a moverse algo en la memoria y en la conciencia: "se nos pide cuentas de su sangre". Es una alusión clara a Dios, vengador de la sangre inocente. Y su confesión conmueve a José, que se retira a llorar en privado.

Sin embargo a los sabios del Midrash les gusta dramatizar la historia y se fijan en que José no es todo bondad. Por diez veces escucha a los hermanos hablar del padre como "tu siervo Jacob" y no protesta ni se conmueve. Esto, dicen, le costará caro. Por cada mención humillante del padre, que él no corrige, pagará un año de vida. Muere a ciento diez años y no a ciento veinte como estaba previsto. ¿Cómo es que respeta tan poco el honor del padre?
También dicen que José se ha adaptado a Egipto tanto que los hermanos no le reconocen. El lujo corrompe más que la miseria. A los ojos de los hermanos, él es un extranjero, que se ha alejado de su pueblo, de sus raíces; pues no conserva nada de su infancia. ¿Cómo pueden reconocerle si hasta jura "por la vida del Faraón" (42,15)? Y, sin embargo, la expresión "por la vida del Faraón", según Bereshit Rabbah, podría haber ayudado a los hermanos a descubrir la identidad de José, si hubiesen sabido que José sólo la usaba cuando pronunciaba un juramento que no pensaba cumplir.

A favor o en contra de José, el Midrash acumula datos y narraciones. Y, sin embargo, según la tradición de Israel, José es un Justo. Si, a pesar de todo lo que se cuenta de él, se le llama "José el Justo", quiere decir que bajo las apariencias de la máscara hay escondido un rostro diverso. Quizás hay que leer la historia de José con otros ojos y descubrir su verdadera figura. Bajo la máscara del político potente, vanidoso, aferrado al poder, se esconde el verdadero José que, desde que le envió su padre, está buscando a sus hermanos.
Escrutando atentamente el texto bíblico quizás podamos escuchar el grito del silencio de José. Ese silencio inmenso que envuelve a su padre tras la noticia atroz es un reflejo del silencio que vive él mismo. En el momento más cruel de toda su historia todos los hermanos -menos Benjamín- hablan, discuten, mientras él les mira en silencio. Es el momento del encuentro en Siquem. Primero se burlan de él, le recuerdan sus sueños, remedándole, le agarran, le arrancan la túnica, deciden matarle y están para hacerlo..., le arrojan a la cisterna. Y José les mira en silencio como cordero llevado al matadero. No abre boca hasta que se halla en el fondo, mientras los hermanos se sientan sobre una piedra y empiezan a comer como si no hubiera ocurrido nada. Frente a los hermanos, que le gritan su odio, ante los "hijos de las siervas", con quienes siempre se había mostrado amable, y que se han vuelto sus enemigos como los demás, ante todos ellos José calla. Mientras deciden su suerte, él calla, deja hacer sin decir una palabra. Sólo se ha echado a llorar, implorando piedad, cuando le venden como esclavo a los mercaderes, que le sacan de la tierra santa para llevarle a Egipto..
El término Tzaddik -Justo- en hebreo es lo contrario de Rasha, impío, el que peca contra Dios y contra el hombre. El que deserta de la comunidad es un impío, el que perjudica a un amigo, traiciona a sus compañeros, niega a sus hermanos. José es justo porque supera los obstáculos que le separan de sus hermanos. Tiene muchos motivos para renegar de ellos, para detestarles, para borrarles de su memoria. Pero José nunca les olvida; les reconoce apenas se presentan ante él, les acepta como hermanos, no se avergüenza de ellos ante el Faraón, les perdona, les trata realmente como hermanos e intenta que ellos se reconozcan unidos entre sí como hermanos.
José no guarda rencor contra los hermanos ni contra el padre, que le ha entregado en manos de ellos. Sabe que es Dios quien está detrás de todos ellos, conduciendo la historia, llevando a su pueblo a Egipto para mostrar su poder, liberándolo de la esclavitud. Es el Padre quien entrega a su Hijo amado a la muerte para liberar a los hombres, sus hermanos, del pecado y de la muerte.
José no es un justiciero, renuncia a toda represalia, no se venga del mal que le han infligido. José no olvida las injurias, pero perdona. Sólo el justo perdona sin olvidar. Perdona las ofensas realmente cometidas. Por eso retarda el momento del abrazo, espera la confesión del pecado para darse a conocer. No se conforma con la falsa y genérica confesión: "Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un mismo padre; sólo que el menor se ha quedado con el padre y el otro no existe" (42,13).

José sigue sometiendo a prueba el espíritu fraterno. Siguiendo un plan, que parece estudiado de antemano, José replica ante las atropelladas noticias de los hermanos:
-Lo que yo os dije: sois espías. Con esto seréis probados, ¡por vida de Faraón!, no saldréis de aquí mientras no venga vuestro hermano pequeño acá. Enviad a cualquiera de vosotros y que traiga a vuestro hermano, mientras los demás quedáis presos. Así serán comprobadas vuestras afirmaciones, a ver si la verdad está con vosotros. Que si no, ¡por vida de Faraón!, espías sois.
Y los puso bajo custodia durante tres días. Al tercer día les dijo José:

-Haced esto pues yo también temo a Dios y viviréis. Si sois gente de bien, uno de vuestros hermanos se quedará detenido en la prisión mientras los demás hermanos vais a llevar el grano que tanta falta hace en vuestras casas. Luego me traéis a vuestro hermano menor; entonces se verá que son verídicas vuestras palabras y no moriréis.
Así lo hicieron ellos. Y se decían el uno al otro:
-A fe que somos culpables contra nuestro hermano, cuya angustia veíamos cuando nos pedía que tuviésemos compasión y no le hicimos caso. Por eso nos hallamos en esta angustia.
Rubén les replica:
-¿Nos os decía yo que no pecarais contra el niño y no me hicisteis caso? ¡Ahora se reclama su sangre!
Ignoraban ellos que José les entendía, porque mediaba un intérprete entre ellos. Entonces José se apartó de su lado y lloró; y volviendo donde ellos tomó a Simeón y le hizo amarrar a vista de todos (42,14-24).
Primero les propone que uno vaya a buscar a Benjamín y los demás queden como rehenes hasta que lo traigan, pero luego cambia de idea y propone que quede uno solo y los demás vayan a llevar los víveres a sus familias y luego vuelvan con Benjamín. Benjamín es ahora el menor, hijo de Raquel, ¿será también envidiado como lo había sido él a causa de la preferencia del padre por ser el hijo de su ancianidad?
Las palabras de José -"también yo respeto a Dios"- y sus acciones van surtiendo su efecto. Los hermanos hablando entre ellos, sin saber que José les entiende, confiesan su culpa: "Realmente somos culpables contra nuestro hermano, cuya angustia veíamos cuando nos suplicaba que tuviésemos compasión y no le hicimos caso" (42,21). Por no haber escuchado la angustia de José nos viene ahora esta angustia inesperada: tener que volver al padre sin otro hermano, que se queda como rehén y la de tener que traer al hermano menor. Ciertamente, como dice Rubén, pecaron contra el hermano al no tener piedad ante sus súplicas. "Ahora se nos reclama su sangre" (42,22). Este verbo en voz pasiva tiene como sujeto a Dios: Es Dios quien nos acusa y reclama la sangre de nuestro hermano.
El diálogo entre José y sus hermanos va discurriendo lentamente hacia perforar el corazón endurecido y llegar a donde se esconde la sombra del hermano perdido, mientras que él se halla presente ante ellos todo conmovido de emoción. El mal causado hace ya tanto tiempo se yergue ahora y les golpea con otra situación similar a la de entonces: tienen que regresar, otra vez, con un hermano de menos ante el padre; y ahora parece que algo ha cambiado; les duele lo que entonces contemplaron con tanta frialdad: la angustia de uno de ellos. Están en el camino de la vuelta y José llora de emoción, pero aún no puede manifestarlo. Los sueños son la guía de su conducta, el espejo de su vida, los hitos anticipados de su camino, el anuncio de su destino y del de los hermanos; hasta que se cumplan y para que se cumplan, José tiene que negar cualquier sentimiento, afecto o acto que no lleve a su realización, aunque le sangre el corazón.
Así, al nombrar a Dios y a Benjamín, José está despertando la conciencia de sus hermanos, está situándoles en el camino de la conversión. Con su aparente dureza está ablandando el corazón. Y mientras tanto les asegura la vida dándoles el grano, porque, imagen del amor de Dios, "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". José se conmueve y se desahoga llorando en privado. Pero, sin dejarse vencer por las emociones, vuelve para continuar el proceso de transformación de sus hermanos. Con una escena calculada, José manda encadenar a Simeón en presencia de los hermanos, antes de dejarles partir. Desea hacerles testigos oculares de la seriedad de sus palabras..

Al encadenar a Simeón ante los ojos de los hermanos, les está encadenando a todos, obligándoles a regresar con el hermano menor, su único hermano de madre, Benjamín, que desea contemplar y abrazar. Y, además, poniéndoles en este apuro, les está provocando a confesar lo que llevan escondido en la conciencia, desde hace más de veinte años. Es necesaria la confesión de la culpa para recomponer la hermandad; sólo la confesión les acercará al hermano desaparecido, a José, que se conmueve hasta el llanto, aunque ellos aún no lo vean; aunque finja no entender su idioma y se sirva de intérprete, él comprende sus comentarios:
Un Midrash dice que apenas partieron los hermanos mandó que liberasen de las cadenas a Simeón y le tratasen con toda amabilidad, ofreciéndole agua para lavarse y ungüentos para ungirse. Con benevolencia trata también a los otros hermanos al mandar colocar el dinero en la boca de los sacos. Es un acto de generosidad que excluye el espíritu de venganza. José devuelve bien por mal. A él le vendieron por veinte siclos de plata; en la compra actual devuelve el dinero que le han dado. No se enriquece a costa del hambre de sus familiares. Por otra parte el gesto desconcierta a los hermanos, les obliga a reflexionar sobre los acontecimientos: "¿Qué nos ha hecho Dios?" (42,28). Cada vez se les abren más los ojos para descubrir la presencia de Dios en cuanto les está ocurriendo.
Con los asnos cargados de grano parten en silencio de retorno a Canaán. Orígenes, atento exégeta de la Escritura, nos hace caer en la cuenta que esta vez no se lee que los hermanos subieron de Egipto a Canaán. En la Escritura no se habla nunca de que uno baje a un lugar santo, ni que suba a un lugar vituperable. Los hijos de Israel bajan a Egipto y suben de Egipto a la tierra prometida (13,1; 26,2; 37,25ss; 42,1-2). Pero, ahora, "no se habría podido decir dignamente que subieron desde Egipto, sino que poniendo su cargamento de grano sobre los asnos, partieron de allí (42,26). Al quedar Simeón prisionero en Egipto, quedaron también ellos encadenados por vínculos de amor; con él sufrían en su mente y en su espíritu. En cambio, después de haber recuperado al hermano..., vuelven con alegría, y entonces se dice que subieron de Egipto y llegaron al país de Canaán, a donde Jacob su padre (45,25)".
Cabizbajos parten de Egipto, tras sus asnos cargados con el grano. Y, al ir a hacer noche, uno de ellos abre su saco para dar pienso a su burro, y se encuentra con que su dinero está en la boca del saco de grano. Con asombro dice a sus hermanos:
-Me han devuelto el dinero; lo tengo aquí en mi saco.
Todos se quedan sin aliento, se miran temblando y dicen:
-¿Qué es esto que ha hecho Dios con nosotros?
La bondad de José remueve la conciencia sucia de los hermanos. El pecado se va manifestando en forma de miedo, o quizás ya en forma de temor de Dios.


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