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Más que el perdón de los pecados, la salvación es también un contrato
de todas las riquezas, una carta de todos los privilegios, un título de
propiedad de todas las bendiciones.
Completos en Cristo
Charles H. Spurgeon
(1834 - 1892)
«Y vosotros estáis completos en él» (Colosenses 2:10).
El
pecador perdonado está durante algún tiempo gozoso con el don del perdón,
y está demasiado alborozado con un sentido de libertad de la esclavitud
como para desear algo más que eso. Sin embargo, en un corto plazo, él
medita acerca de su posición, sus necesidades y sus perspectivas. ¡Cuál es
entonces su entusiasmo al descubrir que el decreto de su perdón también es
un contrato de todas las riquezas, una carta de todos los privilegios, un
título de propiedad de todas las bendiciones! Habiendo recibido a Cristo,
ha obtenido todas las cosas en él. Mira a esa cruz en la que se ha clavado
el acta de los decretos que le era contraria, y con sorpresa indecible, la
ve florecer en misericordia, tal como el árbol de vida que produce doce
frutos diferentes, todos los que él necesita para la vida, para la muerte,
para el tiempo o para la eternidad.
He
aquí, al pie del árbol una vez maldito, crecen plantas para su sanidad, y
flores para su deleite; de los pies sangrantes del Redentor fluye el amor
para guiarle a través del desierto; del costado herido mana el agua que
limpia y purifica del poder del pecado; los clavos son un medio de
afianzarlo a la justicia, mientras, más arriba, la corona se exhibe como
el misericordioso galardón de la perseverancia. Todas las cosas están en
la cruz; por esto nosotros conquistamos, por esto vivimos, por esto somos
purificados, por esto proseguimos firmes hasta el fin. Mientras nos
sentamos al amparo de nuestro Señor, nos sentimos más ricos, y los ángeles
parecen cantar: «Vosotros estáis completos en él».
«¡Completos en él!» ¡Preciosa frase, más dulce que la miel a nuestra alma!
Deberíamos adorar al Espíritu Santo por dictar tan gloriosas palabras a su
siervo Pablo. ¡Oh, que podamos por su gracia ver que ellas realmente son
nuestras! Y son para nosotros, si respondemos al carácter descrito en los
versículos de apertura de la Epístola a los Colosenses. Si tenemos fe en
Jesucristo, amor hacia todos los santos, y la esperanza puesta en los
cielos, podemos apropiarnos de esta frase de oro.
Lector,
¿ha podido usted seguir en aquélla que se ha descrito como la «vía que
conduce del destierro?» Entonces, la opción de esta frase es una porción
de su herencia. Por débil, pobre e indigno que usted sea en sí mismo, en
él –su Señor, su Redentor– usted está completo en el sentido más pleno,
más amplio y más variado de esa palabra poderosa, y se alegrará de meditar
en las maravillas de esta posición gloriosa. ¡Quiera el gran Maestro
guiarnos en este misterio de la perfección de los escogidos en Jesús, y
pueda nuestra meditación alegrar y enriquecer nuestros espíritus! Tomemos
para nosotros estas palabras, y esforcémonos por gustar las mieles que hay
en esta pequeña celdilla.
Detengámonos en estas dos pequeñas palabras: «En él». ¡En Cristo! Aquí
está la doctrina de unión con Jesús, una doctrina de indudable verdad y
consuelo. La Iglesia está tan unida con su Señor que ella es absolutamente
una con él. Ella es la novia, y él el novio; ella es la rama, y él el
tronco; ella el cuerpo, y él la cabeza gloriosa. Así es también cada
creyente individual unido a Cristo. Como Leví permanecía en los lomos de
Abraham cuando se reunió con Melquisedec, así es cada creyente, escogido
en Cristo y bendecido con toda bendición espiritual en los lugares
celestiales en él. Nosotros hemos sido salvados, protegidos, convertidos,
justificados, y aceptos exclusiva y completamente en virtud de nuestra
unión eterna con Cristo.
El alma
persuadida no obtendrá paz hasta que, como Rut, encuentre reposo en la
casa del pariente que será su esposo, Jesús el Señor. Joseph Irons, un
eminente pastor, dijo en uno de sus sermones: «Ahora estoy tan seguro como
lo estoy de mi propia existencia que, dondequiera que Dios el Espíritu
Santo despierta al pobre pecador por su gracia poderosa, e imparte vida
espiritual en su corazón, nada satisfará jamás a ese pobre pecador sino
una firme convicción de su eterna unión con Cristo. A menos que el alma
obtenga una dulce y satisfactoria conciencia de ello en el ejercicio de
una fe viva, nunca entrará en el reposo en esta parte de la eternidad».
Es ante
todo de la unión con Cristo que recibimos toda misericordia. La fe es la
preciosa dádiva que discierne esta unión eterna, cimentada por otra, una
unión vital, para que nos veamos uno no sólo a los ojos de Dios, sino en
nuestra propia feliz experiencia: uno en propósito, uno en corazón, uno en
santidad, uno en comunión, y, finalmente, uno en gloria.
Es
sumamente deseable que cada santo alcance una plena convicción de su unión
con Cristo, y es extremadamente importante que él tenga un sentimiento
constante de ella; porque aunque la misericordia es la misma, su consuelo
en ella variará según sea su aprehensión de ella. Un paisaje de noche es
tan hermoso como de día, pero, ¿quién puede percibir sus bellezas en la
oscuridad? Aun así, nosotros debemos ver, o más bien creer, esta unión
para regocijarnos en ella.
Ninguna
condición fuera del Paraíso puede ser más bienaventurada que aquella que
es producida por un sentido vivo de unidad con Jesús. Saber y sentir que
nuestros intereses son mutuos, que nuestros lazos son indisolubles, y que
nuestras vidas están unidas, es de hecho untar nuestro bocado en el plato
dorado del cielo. No hay cántico más dichoso para los labios mortales que
el dulce cantar: «Mi amado es mío, y yo soy suyo».
Ciertamente, el manantial de vida fluye fácilmente cuando está conectado
con Aquel que es nuestra vida. Caminar con nuestro brazo en el hombro del
Amado no es solamente seguro, sino delicioso; y vivir su vida es una noble
vía de inmortalidad que puede disfrutarse en la tierra. Sin embargo, estar
fuera de Cristo es miseria, debilidad y muerte. Aparte de Jesús nosotros
no tenemos nada, excepto malos presentimientos y recuerdos terribles.
Amados, no hay promesa del evangelio que sea nuestra a menos que nosotros
sepamos lo que es estar en él. Fuera de él todo es pobreza, penurias,
aflicción y destrucción. Es sólo en él que nosotros podemos esperar
disfrutar sus misericordias, o regocijarnos en las seguras bendiciones de
la salvación. ¿Sentimos que somos parte del cuerpo de Cristo, y que una
unión real existe entre nosotros? Entonces podemos reconocer y proceder a
apropiarnos de los privilegios mencionados.
Nosotros estamos completos en él. La palabra ‘completo’ no expresa todo el
significado del vocablo original pepleiromenoi. Es, en general, la mejor
palabra que puede encontrarse en nuestro idioma, pero su significado puede
ser ampliado más allá por la adición de otras lecturas auxiliares.
I.
COMPLETOS EN ÉL
Consideremos el significado de la frase. Nosotros estamos completos. En
todas las materias que involucran nuestro bienestar espiritual, y la
salvación de nuestra alma, estamos completos en Cristo.
1.
Completos sin la ayuda de ceremonias judías
Los
judíos tenían sus costumbres. La ley, como un maestro de escuela, enseñaba
a la iglesia judía infantil; pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo,
pues en la clara luz del conocimiento cristiano no necesitamos la ayuda de
símbolos. Terminaron los tipos y sombras de la ley ceremonial.
El
sacrificio perfecto obra a nuestro favor; no necesitamos ningún otro. En
Cristo estamos completos sin ningún agregado de circuncisión, sacrificios,
pascua, o rituales del templo. Éstos no son sino pobres elementos. ¿Para
qué podríamos necesitar de ellos cuando estamos completos en Cristo? ¿Qué
tenemos nosotros que ver con la luna o las estrellas, ahora que Cristo
resplandece como el sol en su fuerza? Las pálidas lumbreras se han
apagado. No despreciamos la ley ceremonial –era la sombra de lo que habría
de venir– y como tal la valoramos; pero ahora que la sustancia ha
aparecido, no estamos satisfechos con suposiciones de gracia, sino más
bien nos asimos de quien es la gracia y la verdad.
2.
Completos sin la ayuda de la filosofía
En el
tiempo de Pablo, algunos pensaron que la filosofía podría ser usada como
un suplemento a la fe. Ellos discutieron, contendieron, y envolvieron en
misterio cada doctrina de la revelación. ¡Felizmente, la Iglesia había
considerado las palabras de Pablo, y guardado fielmente la sencillez del
evangelio, gloriándose sólo en la cruz de Cristo! El cristiano tiene tan
sublime forma de doctrina que él no necesita tomar las vanas
especulaciones de una falsa ciencia, ni los sofismas de los sabios
mundanos para sostener su fe – él está completo en Cristo. Nunca hemos
oído hablar de un creyente agonizante que pida a la filosofía mundana
palabras de consuelo en la hora de debilidad. ¡No! Él tiene suficiente en
su propia fe, suficiente en la consolación del Espíritu.
Ningún
hombre puede agregar nada a la fe de Jesús. Todo lo que es consistente con
la verdad ya está incorporado en ella, y no puede formar ninguna alianza
con lo que no es verdadero. No hay nada nuevo en teología a menos que sea
falso. Aquéllos que buscan mejorar el Evangelio de Jesús no hacen sino
mutilarlo. Es tan perfecto en sí mismo, que todo lo agregado a él son sólo
excrecencias de error; tan completo, que algo que le agreguemos es
redundancia, o peor que eso. David no fue a la lucha con la armadura de
Saúl, porque él no la había probado; así nosotros podemos decir: «La honda
y la piedra son para nosotros armas suficientes; en cuanto al bagaje de la
filosofía, dejemos que lo use el orgulloso Goliat».
3.
Completos sin las invenciones de la superstición
Dios es
el Autor de toda revelación espiritual; pero el hombre quiere escribir un
apéndice. Prescribe obras de caridad, hechos de penitencia, actos de
mortificación, o agregados que nunca pueden perfeccionar al pobre
prosélito. Así, cuando él ha aplicado el látigo vigorosamente, cuando
incluso ha ayunado hasta agotarse, cuando ha hecho todo lo humanamente
posible, todavía no está seguro de haber hecho bastante; él nunca puede
decir que él está completo. Pero el cristiano verdadero, sin nada de lo
anterior, siente que está completo por aquellas últimas palabras de su
Salvador: «¡Consumado es!». Su única y absoluta confianza está en la
sangre de su Señor agónico. Él desprecia las absoluciones y las
indulgencias sacerdotales; él pisotea el refugio de mentiras que el
engañador ha construido. Su gloria reside en el hecho de estar completo en
Cristo.
4.
Completos sin mérito humano
Nuestras justicias son consideradas como trapos de inmundicia. ¡Cuántos
hay que, mientras alegan fervorosa-mente contra el catolicismo, están
adoptando sus principios en sus propias mentes! La esencia del catolicismo
es la confianza en las obras propias; y a los ojos de Dios el formalista y
el legalista, si se encuentran en una iglesia ortodoxa, son despreciables,
como si fueran seguidores declarados del anticristo. Hermanos, nosotros
descansamos exclusivamente en la justicia de Jesús; él es el todo en todos
para nosotros. Nunca olvidemos que somos perfectos sólo en él. Aunque
nosotros fomentamos diligentemente obras de santidad, cuidemos de no
agregar nada a la obra perfecta de Jesús. La vestidura de justicia que la
naturaleza carnal hila y teje es demasiado frágil para resistir el soplo
del Omnipotente; por consiguiente, debemos arrojarla lejos. Los hechos de
la criatura no deben unirse a –o pretender complementar– la satisfacción
divina.
Nosotros seremos santos, así como Dios es, pero estamos seguros que esto
no será complementando la gran justicia que ya es nuestra por imputación.
No; aunque rodeados por el pecado y rodeados por nuestra depravación,
sabemos que estamos tan completos en Jesús que no podríamos estarlo más,
incluso fuimos librados de todas estas cosas, y glorificados con los
espíritus de los justos hechos perfectos.
II.
TOTALMENTE SUPLIDOS EN ÉL
Teniéndolo a él, nosotros tenemos todo lo que podemos necesitar. El hombre
de Dios está completamente equipado en la posesión de su gran Salvador. Él
nunca necesita mirar por algo más, porque en Cristo está atesorado todo.
¿Necesitamos el perdón por el pasado?
El
perdón, generoso y gratuito, está con Jesús. La gracia para cubrir todos
nuestro pecados está allí; la gracia para sobreponernos a nuestras locuras
y nuestras culpas. ¿Nos falta sabiduría? Él ha sido hecho sabiduría de
Dios para nosotros. Su dedo guiará nuestro andar en el desierto; su vara y
su cayado nos guardarán cuando atravesemos el valle de sombra de muerte.
¿Necesitamos fuerza en nuestros combates con el enemigo? ¿No es él el
Señor, poderoso para salvar? ¿No aumentará el poder al débil, y socorrerá
al caído? ¿Necesitamos ir a Asiria o acudir a Egipto por ayuda? No, ésas
son cañas rotas. Ciertamente, en el Señor tenemos justicia y fuerza.
La
batalla está ante nosotros, pero no temblamos ante el enemigo; estamos
totalmente armados, vestidos de coraza impenetrable, equipados totalmente
en él. ¿Deploramos nuestra ignorancia? Él nos dará conocimiento. Él puede
abrir nuestros oídos para oír los misterios ocultos. Aun los bebés
aprenderán las maravillas de su gracia, y los niños serán enseñados por el
Señor. No se requiere otro maestro; él solo es eficaz y plenamente
suficiente. ¿Estamos en aflicción? No necesitamos inquirir por consuelo,
pues en él, el consuelo de Israel, hay abundante óleo de alegría, y ríos
del vino de acción de gracias. Los deleites del mundo son como nada para
nosotros, porque tenemos infinitamente más gozo, recibido en quien nos ha
hecho completos.
La
palabra traducida por «completos» es usada por Demóstenes describiendo una
nave totalmente tripulada. Y de verdad la nave del cristiano, de la proa a
la popa, está bien tripulada por su Capitán quien dirige el timón, calma
la tormenta, alimenta a la tripulación, hincha las velas, y conduce la
nave segura al puerto anhelado. En toda situación de peligro o deber el
propio Cristo es todo suficiente para protegernos o sostenernos. Bajo cada
prueba posible o imposible, encontramos en él la gracia suficiente: cuando
todo arroyo terrenal se ha secado, hay bastante en él, en ausencia de
todos ellos. Su persona gloriosa es fuente de toda provisión. «En él
habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad».
Siendo
la plenitud de la Deidad suficiente para crear y sostener todo el
universo, y mundos enteros de criaturas vivientes, ¿podemos suponer que
será incapaz de suplir las necesidades de los santos? Semejante temor
sería tan necio como si un hombre temiera que la atmósfera no proveyera lo
suficiente para su respiración, o que los ríos fuesen demasiado poco
profundos para su sed. Imaginar que las riquezas del Dios encarnado puedan
fallar sería concebir un Dios en bancarrota, o un infinito gastado. Por
consiguiente, alcemos pendón en Su nombre, y regocijémonos grandemente.
III.
SATISFECHOS EN ÉL
La
satisfacción es una perla rara y preciosa. Feliz es el mercader que la
encuentra. Podemos buscarla en las riquezas, pero no está allí. Podemos
acumular oro y plata, montón a montón, hasta que seamos ricos más allá del
sueño de un avaro, y entonces meter las manos en nuestro tesoro, y buscar
satisfacción allí, pero no la tendremos. Nuestro corazón, como una
sanguijuela, llora: «¡Dame, dame!» Podemos erigir un palacio y conquistar
naciones poderosas, pero entre los trofeos que decoran el vestíbulo, no
hay esa cosa preciosa que los mundos no pueden comprar. Pero dennos a
Cristo, seamos unidos a Él, y nuestro corazón estará satisfecho. Estamos
satisfechos: en la pobreza, somos ricos; en el dolor, lo tenemos todo y en
abundancia. Estamos llenos, porque estamos satisfechos en Él.
De
nuevo, exploremos los campos del conocimiento; apartémonos, y escudriñemos
en toda la sabiduría; buceemos en los secretos de la naturaleza; dirijamos
a los cielos el telescopio, y a la tierra nuestra investigación; repasemos
las páginas del folio poderoso; tomemos nuestro asiento entre los sabios,
y hagámonos profesores de ciencia; pero, ay! pronto lo aborreceremos todo,
porque «el mucho estudio es fatiga de la carne» (Ecl. 12:12). Pero
regresemos de nuevo a la fuente original, y bebamos de las aguas de su
revelación: entonces estaremos satisfechos. Cualquiera sea la búsqueda, si
invocamos la trompeta de fama para nuestro homenaje, o recibimos el
incienso del honor, o buscamos los placeres del pecado, y bailamos una
ebria ronda de alegría, o seguimos los movimientos menos erráticos del
comercio, y adquirimos influencia entre los hombres, todavía seremos
defraudados, todavía tendremos un dolor inútil, un vacío interior; pero
cuando recogemos nuestros torcidos deseos y los traemos a un punto al pie
del Calvario, sentimos una satisfacción tan sólida que el mundo no puede
privarnos de ella.
¡Oh,
que podamos constantemente morar en la cumbre dichosa de gozo espiritual,
gloriándonos de continuo en la integridad de nuestra salvación en él, y
procuremos mantener siempre nuestro grande e inestimable privilegio!
Vivamos según nuestra posición y calidad, según las riquezas dadas a
nosotros por el pacto eterno. Como los grandes príncipes se atavían de
manera que usted puede ver su posición por sus vestidos, y discierne sus
riquezas por sus mesas, así nuestra presencia exprese a otros el valor que
nosotros hemos puesto en las bendiciones de su gracia. La murmuración es
un trapo de inmundicia, no el vestido de un alma que es propiedad de
Jesús; un espíritu quejumbroso es un estorbo para quien es heredero de
todas las cosas. Que los mundanos vean que nuestro Jesús es, sin duda, una
porción suficiente.
En
cuanto a aquellos de nosotros que están continuamente llenos de gozo,
cuidemos que nuestra compañía y conversación sean consecuentes con nuestra
alta posición. Que nuestra satisfacción en Cristo engendre en nosotros un
espíritu demasiado noble como para inclinarse a los hechos bajos de los
impíos. Vivamos en la generación de los justos; habitemos en las cortes
del gran Rey, contemplemos su rostro, esperemos ante su trono, proclamemos
su nombre, anunciemos sus virtudes, cantemos sus alabanzas, exaltemos su
honra, velemos por sus intereses, y reflejemos su imagen. No es propio de
príncipes reunirse en rebaño con mendigos, o vestir como ellos lo hacen.
Que todos los creyentes, entonces, salgan del mundo, y asciendan a las
colinas de vida alta y santa. Así demostrarán que están satisfechos con
Cristo, cuando abandonen absolutamente las cisternas rotas.
IV.
ESTAMOS PLENOS EN ÉL
Tener a
Jesús en el alma es plenitud. Nuestro gran Creador nunca pensó que el
corazón debía estar vacío, y ha estampado allí la antigua ley de que la
naturaleza aborrece el vacío. El alma nunca puede estar acallada hasta que
está totalmente ocupada en todas sus áreas. Es tan insaciable como la
tumba, hasta tener cada rincón de su ser lleno con tesoros. Ahora, puede
decirse de la salvación cristiana que ella, y ella sola, puede llenar la
mente. El hombre es un ser compuesto, y mientras una porción de su ser
puede estar llena, otra puede estar vacía. No hay nada que pueda llenar al
hombre entero excepto la posesión de Cristo.
El
hombre calculador, el amante de los hechos, puede llenar su mente y
hambrear su corazón; los sentimentales pueden completar su medida de
emoción, y negar su comprensión; el poeta puede agigantar su imaginación y
empequeñecer su juicio; el estudiante puede dar a su cerebro el mismo
refinamiento de la lógica, y su conciencia puede estar muriendo: pero
dennos a Cristo por nuestro estudio, Cristo por nuestra ciencia, Cristo
por nuestra búsqueda, y nuestro ser entero está lleno. En su fe,
encontramos bastante para ejercitar las facultades del razonador más
agudo, mientras aún nuestro corazón, por la divina contemplación, arderá
dentro de nosotros. En él hay espacio para el desarrollo sumo de la
imaginación, mientras su mano amorosa nos libra de visiones naturales y
románticas. Él puede satisfacer cada parte de nuestra alma. Nuestro ser
entero siente que su verdad es el alimento apropiado para nuestra alma,
que las capacidades de ella fueron hechas para apropiarlo a él; mientras
él es constituido así, él se adapta a cada necesidad.
Busque,
querido lector cristiano, conocer a Jesús cada vez más. Piense, no en que
usted es maestro de la ciencia de Cristo crucificado. Usted sabe bastante
de él para ser bendecido supremamente; pero usted aún está en el
principio. Pese a todo lo que ha aprendido de él, recuerde que sólo ha
entrado al primer curso para niños; no tiene aún un grado en la escuela
sagrada. Usted ha sumergido el dedo de su pie en ese arroyo en que los
glorificados están nadando ahora. Usted es sólo un espigador, no ha
cargado las gavillas con que los redimidos vuelven a Sion. El Rey Jesús no
le ha mostrado todos los tesoros de su casa, ni puede usted más que
adivinar el valor de la menor de sus joyas. Usted tiene en este momento
una idea muy débil de la gloria a la que su Redentor lo ha levantado, o la
integridad con la que él lo ha enriquecido. Sus alegrías son sólo sorbos
de la copa, migajas debajo de la mesa. Venga entonces a su herencia, la
buena tierra está ante usted, recórrala e inspeccione la porción de su
herencia; pero sepa esto, que hasta que usted haya sido lavado en el
Jordán, usted será sólo un principiante, no sólo en la ciencia entera del
amor divino, sino aun en esta breve pero comprensiva lección: «Completos
en él».
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