Para su Conversión

Razones para confesarse
Por Eduardo Volpacchio


 San Juan dice que  «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros» (1 Jn 1, 9-10).

Pero, ¿para qué confesarse?

Aquí van sólo algunas razones:

 1) Porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los
pecados:  «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar»  (Jn 20, 22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores.
 

 2) Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente:  «Confiesen mutuamente sus pecados»  (Sant 5, 16). Y como las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor, es Dios quién perdona y quien decidió que tengo que confesarme a través de un sacerdote.
 

3) Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, en la formula de la absolución dice:  «Yo te absuelvo de tus pecados» ; ese «yo» no es el padre Fulano sino Cristo. El sacerdote no hace más que
«prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
 

 4) Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio.
 

5) Porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria de cara a la vida eterna. Hacer obras buenas en pecado mortal es como hacer goles en  «off-side»: no valen, carecen de valor sobrenatural.
 

6) Porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero san Pablo nos advierte algo que es para temblar:  «Quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del Cuerpo y Sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación»  (1 Cor 11, 27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.


(Resumido de Arbil)

 


 

 

 

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