Homilía inédita del hoy Papa Benedicto XVI, en Madrid
La alegría de anunciar el Evangelio
 

El hoy Papa Benedicto XVI ha visitado España varias veces. A su paso por Madrid, en 1989, el entonces cardenal Joseph Ratzinger presidió la Eucaristía en la parroquia del Buen Suceso. Recogemos lo esencial de la homilía que pronunció:
 

El Evangelio de este día nos cuenta el segundo gran envío que Jesús realizó, el segundo acto en la fundación de la Iglesia. Cuando envió a los Doce, era claro que quería formar un nuevo Israel, un nuevo pueblo de Dios, construido sobre la generación espiritual de los doce nuevos padres. Ahora son 72 mensajeros. Según una vieja tradición de Israel, 72 era el número de los pueblos de la tierra. Con este segundo envío, Jesús pone de nuevo un importante acto simbólico: no sólo son renovadas las doce tribus de Israel, sino que su mensaje vale para todos los pueblos de la tierra.

En estas dos misiones se contienen dos afirmaciones fundamentales: la Iglesia crece de la raíz de Israel, ha sido preparada en la Ley y los Profetas, y el Antiguo Testamento permanece siempre su tierra madre, de la que no se debe desarraigar su anuncio; pero la Iglesia sobrepasa los límites de cualquier pueblo particular; pertenece a su esencia el ser católica, que en ella se reúnen todos los pueblos en torno a Jesús, Quien es su unidad y su centro. La Iglesia no es un expediente que inventaron los hombres al no llegar el retorno de Cristo. El Señor mismo quiso esta forma, misteriosa y débil, que no es aún el reino de Dios, pero que, en medio de las desgarraduras del mundo, reúne a los hombres en la misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor que tiene en Él su centro real.

La Iglesia, una y universal, es la congregación de toda la Humanidad en el centro de aquella fe que parte de Abraham y ha encontrado su respuesta en Cristo. En este proceso de congregar, de reunir, desde y sobre Jesús, se aproxima el Reino; no de otra forma. Pues Él mismo es el reino de Dios en persona. Nosotros estamos en la cercanía del Reino en la medida en que estamos en la cercanía de Jesús. El signo visible de este acercarse es la eliminación de las divisiones, la aceptación de la Palabra de la Verdad y de sus fuerzas salvadoras, el hacerse uno. En la Humanidad han existido muchos intentos de crear unidad, pero todos estos intentos terminaron finalmente en nuevas divisiones. En último término, sólo puede unir, en profundidad, la única verdad, que es amor. Testimoniarla, llevarla al mundo, ésa es la esencia más profunda de la Iglesia.


La perfecta alegría

La misión de Jesús consiste en conducir a los hombres a la paz con Dios. Pero en el tiempo de Jesús había también violentos, que querían traer el reino de Dios por la fuerza: celotes y sicarios que, con su programa de violencia, encontraban adhesión creciente. ¿Pues cómo podría llegar el reino de Dios, de no ser por el camino de las transformaciones políticas? ¿Y cómo iban a ser posibles los cambios políticos sino por la lucha contra los injustos poderes existentes? Jesús opone su palabra: «Os envío como ovejas entre lobos». La característica de sus enviados no es la llamada a la lucha, sino el mensaje de la paz: Paz a esta casa. Esta indicación, aparentemente tan insignificante, es en realidad un programa de radical seriedad. En ella se encierra toda la teología de la cruz. Los mensajeros de Jesús no predican la lucha de clases; su único poder es la humilde palabra de la paz de Dios.

En el seguimiento de Jesús se atreven a presentarse como ovejas entre lobos. Visto humanamente es una prescripción sin sentido. Por esto, en todos los tiempos, la tentación de apoyarse en el poder ha sido grande, también hoy. Naturalmente, triunfan en primer lugar siempre los lobos: Caifás y Pilatos fueron más fuertes que Jesús; Nerón, que Pedro y Pablo; Trajano, que Ignacio de Antioquía; y así, a lo largo de la Historia. Nos lo dice Jesús cuando nos llama: «El que quiera seguirme, cargue con su cruz y venga así detrás de mí». Como ovejas entre lobos: es lo que con ello quiere decirse. Jesús, el Pastor de todos los pueblos, es cordero, se hizo oveja, caminó entre lobos, y sufrió la suerte con la que deben contar las ovejas que se encuentran con lobos.

La fuerza del Cordero muerto por nosotros, sin embargo, ha hecho nacer una nueva luz en el mundo: la luz de Jesús, que no se apaga más. Él permanece, Él golpeado, y precisamente en el sufrimiento continuado de sus testigos, logra Él, de nuevo, su victoria, que vence al mundo. Cuando hablamos de Pablo, el fundador, propiamente, de la difusión universal de la Iglesia, pensamos sólo en su tremendo dinamismo y en el casi incomprensible resultado de su actuación. Pero olvidamos que fundó cada Iglesia concreta a precio de su sufrimiento. Y sólo porque pagaba este precio, creció la Iglesia. El reino de Dios crece, en este mundo, sólo mediante aquellos que no buscan su propio éxito, sino que quieren servir únicamente a su Señor. El sufrimiento es lo que hizo creíble a Cristo como portador de la verdad y del amor. Un monje griego del siglo IV, Evagrio Póntico, dice: «Las herejías son obra de los demonios: el demonio es furor, según su esencia. Por el contrario, el poder de Jesús es el poder de la suavidad, que vence a la arrogancia y al furor, y que enseña al hombre a ver y a ser de nuevo correctamente».

¿Cuál es, por tanto, el auténtico fundamento que nos permite, como cristianos, estar alegres? Ésta es la respuesta de Jesús: «Alegraos de que vuestros nombres están escritos en los cielos». Lo que realmente hace felices es que Dios nos acepta, que hay cielo, y que está abierto para nosotros. Estar escrito en él, en el libro de la vida, es la solución de todo nuestro destino; arroja un rayo de luz sobre nuestra vida, tan grande, que, aun en el valle oscuro, podemos siempre estar alegres. Los Apóstoles, después de la resurrección, estaban animados por esta alegría íntima, de modo que se alegraban de sufrir por el nombre de Jesús. Guiados por esta alegría, llevaron el Evangelio al mundo, y lo cambiaron.

 

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