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JOSE MARIA IRABURU Evangelio y utopía: 2. Utopías cristianas A

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Utopías cristianas A

Jesús «es la piedra rechazada por los constructores, que ha venido a ser piedra angular. En ninguno otro hay salud, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, en el que podamos ser salvos» (Hch 4,11-12).

La vida nueva

La vida nueva iniciada por los cristianos en el nuevo Adán es una vida que los renueva interior y exteriormente; es decir, que no sólo da lugar a hombres nuevos, sino a nuevas comunidades, a modos desconocidos de vivir la condición social humana.

Es cierto, como ya he expuesto con amplitud en el libro De Cristo o del mundo, que toda vida cristiana verdadera es utópica: es vida en el Espíritu de Jesús, distinta de la vida mundana. Merece la pena, sin embargo, que recordemos algunos casos históricos en que esa dimensión utópica de toda vida cristiana se ha expresado en perfiles comunitarios más netos.

La comunidad apostólica de Jerusalén

Cantamessa, Cerfaux, Chenu, Coopens, Del Verme, J. Dupont, Gnuse, Haenchen, Jacquier, Lion, Loisy, Lyonnet, Manzanera, Ramos, Rasco, Rius, Roloff, Séguy, Sierra Bravo.

En la comunidad apostólica de Jerusalén comienza, sin duda, la historia del utopismo cristiano, pues allí es donde, por obra del Espíritu Santo, se inicia la vida cristiana. San Lucas nos da la fisonomía de esa primera comunidad eclesial en tres cuadros sintéticos (2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), que se inician con esta preciosa definición descriptiva: los creyentes bautizados «perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión (koinonía), en la fracción del pan y en las oraciones» (2,42). Resumo el comentario que a estos cuadros hace Jacques Dupont, cuando estudia L’union entre les premiers chrétiens dans les Actes des Apôtres.

-El término «koinonía» no aparece en los Hechos sino en ese versículo, donde parece significar al mismo tiempo dos aspectos que van unidos: la comunicación de bienes materiales y la comunión unánime en un solo espíritu. La unión de corazones produce la puesta en común de los bienes materiales, y en ella se expresa (+Manzanera 309). Veamos uno y otro aspecto.

-La comunión de almas: todos unidos. «La multitud de los creyentes no tenía más que un solo corazón y un alma sola» (4,32). Éste es, sin duda, el primer efecto de la koinonía. En efecto, todos los que han creído en Cristo «perseveran en un mismo espíritu, luchando con una sola alma por la fe del Evangelio» (Flp 1,27). Todos, en efecto, «permaneciendo bien unidos, tienen un mismo amor, un mismo ánimo, un mismo pensamiento» (2,2;+4,2; 2Cor 13,11; Rm 12,16; 15,5).

Esa misma profunda comunión eclesial es expresada por San Lucas con el adverbio unánimemente (homothymadon): «Cada día, perseveraban unánimemente en el Templo» (2,46). «Se juntaban unánimes en el pórtico de Salomón» (5,12). Esta unión profunda de todos se expresa especialmente ante Dios, en el Templo, cuando se reunen para orar: «todos perseveraban unánimes en la oración» (1,14; +2,42; 4,24; Rm 15,5-6). Parece captarse en estas frases un eco de las palabras de Jesús: «si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra para pedir algo, lo recibirán de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 18,19). Es propio, pues, de cuantos viven de un solo Espíritu estar acordes en un mismo espíritu, e incluso, físicamente, reunirse con asiduidad en un mismo lugar, sobre todo para orar (Hch 2,1.44).

-La comunión de bienes: todo en común. «Todos los creyentes vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común» (2,44). La comunidad de bienes materiales fluye directamente de la caridad que ha establecido esa profunda comunión espiritual. En efecto, «la muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola; y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que lo tenían todo en común (panta koina)» (4,32). Nótese que habla San Lucas de «sus bienes»: es decir, los cristianos mantienen la propiedad de lo que es suyo, pero en vez de tener las cosas como posesiones privadas, las ponen a disposición de todos. De este modo los bienes personales vienen a hacerse comunes no por la enajenación de los mismos, sino por la liberalidad caritativa con que los usan sus propietarios.

«La koinonía, siendo primero de todo espiritual, exige ser encarnada y concretamente expresada en el plano de los bienes temporales. No sería auténtica si no produjera, de alguna manera, una cierta comunidad de bienes. Y el punto de vista en el que se sitúan estos sumarios de los Hechos no es precisamente el de un despego de esos bienes, en un ideal de pobreza. Si se comparte lo que se posee no es tanto para ser pobre, sino para que no haya pobres en la comunidad. No podría haber una comunidad digna de tal nombre si, entre sus miembros, unos vivieran en la abundancia, en tanto que otros estuvieran privados de lo necesario. La koinonía cobra, pues, la fisonomía concreta del compartir para asegurar a cada uno lo que necesita» (310).

A los datos aludidos, añade otros San Lucas, precisando la cuestión: esos creyentes, que poseían sus bienes privados como bienes comunes, «vendían sus propiedades y sus bienes, y las distribuían entre todos según las necesidades de cada uno» (2,45). De este modo, «no había entre ellos indigentes, porque cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad» (4,34-35).

Nótese, sin embargo, que aquí San Lucas, simplificando la realidad, presenta algunos hechos especialmente generosos, que manifiestan el espíritu común existente, como una regla general. De hecho, él mismo propone el notable ejemplo de Bernabé como una generosidad excepcional: «poseía un campo, lo vendió y llevó el precio, y lo puso a los pies de los apóstoles» (4,37). Hubo, sin duda, muchos otros casos de generosidad desinteresada en la comunidad primera apostólica, y Lucas da cuenta de estos hechos como ejemplos de un ideal. Así es, sencillamente, cómo los primeros cristianos practican el ideal evangélico de renunciar a todo, propuesto directamente por Cristo a todos sus discípulos (Lc 5,11.28; 14,33; 18,22; +J. Dupont, Renoncer).

Eso mismo se comprueba en el caso lamentable de Ananías y Safira (Hch 5,1-11), que retienen con engaño parte del precio obtenido por la venta de una propiedad. Cuando San Pedro lo reprocha a Ananías, le dice: «¿acaso sin venderla no la tenías para ti, y vendida no quedaba a tu disposición el precio?... No has mentido a los hombres, sino a Dios». No está la culpa en la retención parcial, sino en la mentira.

-Promesa bíblica cumplida, y expresada en griego. El lenguaje lucano de esa koinonía, que une los espíritus y hace comunes los bienes materiales, ya había sido utilizado por Pitágoras, Platón o Aristóteles, y resultaba familiar para los oídos griegos, entre los que era máxima corriente que «entre amigos, todo es común (koina ta philon)». Realmente, no hay amistad verdadera entre dos hombres, si los bienes de uno no están a disposición del otro, sobre todo en caso de necesidad.

De todos modos, San Lucas no presenta la comunidad de bienes como simple efecto de la amistad común, sino de la fe. Una y otra vez dice que todos aquellos «que han creído» son los que poseen sus bienes en común: es decir, el fundamento de su actitud no es precisamente la amistad, sino la fe común que les anima.

En este sentido, el «no había indigentes entre ellos» no va referido al ideal griego de la amistad, sino que se presenta más bien como cumplimiento de esperanzas anunciadas en la Biblia: «no habrá ningún pobre a tu lado, porque el Señor te bendecirá abundantemente en la tierra que él te da como heredad» (Dt 15,4). En efecto, en estas recomendaciones la tradición judía tendía a descubrir también una promesa. Y en la plenitud de los tiempos mesiánicos, en Cristo, en su Iglesia, esa esperanza, esa promesa, se ha cumplido, como signo divino de su autenticidad.

-La koinonía se establece entre los que son «hermanos» en Cristo. La koinonía, como hemos visto, se produce entre «los que han creído» (Hch 2,42; 4,32), es decir, entre aquellos que son «hermanos» y forman en esta tierra la Familia de Dios. El Apóstol, por ejemplo, exhorta: «hagamos bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe» (Gál 6,10). Aunque también dispone: el hermano «que no quiere trabajar, que no coma» (1Tes 3,10).

Entre los cristianos, pues, ya no vive cada uno para sí, buscando sus propios intereses, sino que, unidos todos por la caridad trinitaria, cada uno está atento a las necesidades de los demás (Rm 15,2; 1Cor 10,24.33; Flp 2,4).

-Por otra parte, la comunicación de bienes no se limita al interior de la comunidad, sino que se da también entre las diversas comunidades cristianas: todas ellas están unidas entre sí, e intercambian sus bienes como un líquido entre los vasos comunicantes. Quienes han bebido de un mismo Espíritu y se alimentan de un mismo Pan, forman un solo Cuerpo de Cristo, y así como comparten en común la gracia, las penas y las alegrías (1Cor 12,13.26), así participan también en koinonía de los bienes materiales.

Éste es el término que se usa para designar la comunión eclesial de bienes ejercitada por las iglesias de Macedonia y Acaya, que «tuvieron a bien establecer alguna koinonía en favor de los pobres de los santos en Jerusalén» (Rm 15,26; +26-28); esas iglesias pedían con insistencia «la koinonía de la diaconía en favor de los santos» (2Cor 8,4; +Manzanera 316).

-La colecta en favor de los cristianos de Jerusalén es una temprana y clara manifestación de que la koinonía cristiana se extiende también a las Iglesias hermanas: Roma, Acaya, Galacia, Corinto (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Rm 15,25-32). La ocasión de la colecta es la escasez que sufren los hermanos de Jerusalén, y su motivación profunda es el amor de Cristo: es preciso que se exprese socialmente en la Iglesia aquella entrega amorosa que Cristo hizo de sí mismo en la encarnación y en la pasión, pues Él, «siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos en su pobreza» (2Cor 8,9).

En el lenguaje del Apóstol (2Cor 8-9) queda, por tanto, claro que no se trata de una mera filantropía natural, sino de una caridad eclesial profundamente cultual y religiosa: «esta obra de caridad», dice, vendrá a ser una «eucaristía» que, por medio de «este ministerio sagrado», suscitará a su vez «copiosa acción de gracias» en los ayudados. Y así, la abundancia de unos será remedio para la escasez de otros, de tal modo que se logre una «igualdad (isotes)».

Hasta aquí, con mínimas adiciones mías, Jacques Dupont. Continúo yo.

-A tenor de lo comprobado, la comunidad apostólica de Jerusalén es una comunidad netamente utópica, pues al vivir en una admirable comunión de almas y de bienes materiales, por una parte, se diferencia netamente del orden vigente en el mundo tópico, y por otra, consigue, para la gloria de Dios y por su gracia, una forma de vida excelente. Por eso, refiere San Lucas, «nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos; pero el pueblo los tenía en gran estima, y crecían más y más los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres» (Hch 5,13-14). Es decir, en medio del orden tópico judío, aparece como una comunidad diferenciada, admirable y atrayente (4,33), y también creciente, ya que va incorporando nuevos miembros (6,7).

Más aún, la comunidad evangélica de Jerusalén es el culmen perfecto de la utopía. De hecho, todo el utopismo de Occidente, secular o religioso, ha visto siempre «la comunidad descrita en los Hechos, como el eslabón más firme de la cadena de comunidades soñadas o vividas» (Lion 169). Es la utopía suprema.

-No hay pretensión política alguna en aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén: ella, como dice Troeltsche, crea «un nuevo orden, que se restringe a la misma comunidad, y que no es en absoluto un programa de renovación social para todo el pueblo» (II,64-65).

Muchos, sin embargo, han tratado de politizar la ejemplaridad de la primera Jerusalén cristiana. Eso, por ejemplo, hacen los socialistas utópicos decimonónicos, como Saint-Simon, Owen y Cabet, que sienten una admiración muy grande por Cristo y por la primera comunidad apostólica de Jerusalén, en la que ven la plena realización de sus ideales comunitarios (Lion). Algunos de los primeros eslóganes del socialismo utópico comunitario, como «a cada uno según su necesidad», están tomados del libro de los Hechos.

-La koinonía de la primera comunidad cristiana, y en concreto la comunidad de bienes, existió realmente, y ha sido siempre considerada como un ideal ejemplar. No fue una mera idealización del autor de los Hechos sin base real. No fue tampoco un caso aislado, puramente carismático, sin valor ejemplar. Y ambas cosas, que van unidas, las podemos verificar por cuatro vías:

Primera. La tradición antigua llama «vita apostolica» a esa comunión de la primera comunidad eclesial, que afecta a corazones y bienes materiales. Se afirma así la clara conciencia que la Tradición tiene de que la koinonía fue la forma de vida comunitaria predicada, procurada y organizada por los Apóstoles, discípulos inmediatos del Señor. Más aún, ese término expresa que «la verdadera raíz histórica de la comunidad de bienes ha de buscarse en la misma comunidad de los discípulos con Jesús, en el tiempo de su ministerio» (Rasco 301). Recordemos, en efecto, que Jesús y los doce tenían una bolsa común (Jn 12,6; 13,29), y que varias mujeres les asistían con sus bienes (Lc 8,1-3). También Cerfaux ve en Jesús y los doce el comienzo de la koinonía cristiana:

«Ese tipo de vida llevó en la Tradición, hasta el siglo XII, el bello nombre de «vida apostólica», vita apostolica, queriendo decir: la vida de los Apóstoles, la que ellos enseñaron a sus discípulos inmediatos; y se pensaba en la comunidad de bienes y de caridad que animó la Iglesia apostólica de Jerusalén. No se puede reprochar, pues, a los Apóstoles haberse alejado en esto del pensamiento de Jesús. Si enseñaron a los cristianos de Jerusalén a practicar la vida común, es porque sabían que respondía al ideal del Maestro. Más aún: es porque ellos mismos habían vivido esta vida con Jesús. La vida común y apostólica nació, pues, de las mismas entrañas del cristianismo; derivó de los principios de Jesús. Pentecostés, con el entusiasmo religioso que suscitó y que comunicó para poner en práctica sus consejos, y las circunstancias en que se encontraron los primeros cristianos de Jerusalén, hicieron el resto» (La puissance 42, 43-44, 46).

La koinonía de bienes, en favor de los hermanos pobres, cobra en la primera comunidad apostólica tal importancia que pronto viene a requerir un ministerio propio, el de la diaconía (Hch 6,1-6). En este sentido, la historicidad de la diaconía corrobora la historicidad de la koinonía (Manzanera 317).

Segunda. Los grandes maestros espirituales han considerado siempre la koinonía de Jerusalén como un ideal permanente, tanto en su unidad de almas, como en su comunidad de bienes. Ascetas y místicos, comunidades religiosas monásticas, Orígenes, Epifanio, Antonio, Basilio, Jerónimo, Agustín, Casiano, todos, hasta nuestros días, ven en la primera Jerusalén cristiana un foco ideal, que al paso de los siglos es continuamente iluminador y ejemplar (Colombás II,8). Los Padres antiguos concretamente, como veremos mejor en la IV parte, estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica (Gnuse; Sierra Bravo).

Tercera. La koinonía de Jerusalén, por la que se da una cierta comunicación de bienes materiales, no fue un caso aislado, una especie de milagro, como otros realizados por Dios a los comienzos de la Iglesia, que no constituiría un precedente significativo y orientador para nosotros. Por el contrario, ya practicada la koinonía por los esenios y por las fraternidades de los pobres de Yavé, y enseñada en el documento preevangélico, de origen judío, Duæ viæ (Manzanera 319-324), la comunicación de bienes se vive en Jerusalén y también en las Iglesias de los primeros siglos: «¡no os olvidéis de la beneficencia y la koinonía!» (Heb 13,16).

En efecto, no se exhorta a los fieles sino a vivir más plenamente aquello que en alguna medida están ya viviendo. Y la Dídaque, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo I, exhorta en formula clásica: «no rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio; pues, si os comunicáis en los bienes inmortales ¿cuánto más en los mortales?» (IV,8).

El mismo consejo reaparece en otros documentos de los primeros siglos cristianos (Ignacio, A Policarpo 4,3; Bernabé XIX,8; Hermas, Pastor compar.II; V,3,7; Clemente de Alej., Stromatas II,84,4; 85,3; 86,4; Quis dives salvetur 13,1-6; Constituciones apostólicas II,25).

Cuarta. La realidad de la koinonía en las Iglesias de la antigüedad se puede demostrar también porque es un dato aducido por los Apologistas antiguos, que no se atreverían a citarlo, si no tuviera confirmación en la realidad cristiana que los paganos conocían.

De la primera mitad del siglo II es la Apología de Arístides, filósofo ateniense, en la que afirma: los cristianos «se aman unos a otros; y el que tiene, da sin pena al que no tiene. Y si entre ellos hay alguno que esté pobre o necesitado, y ellos no tienen abundancia de medios, ayunan dos o tres días para satisfacer la falta de sustento preciso para los necesitados. Viven recta y modestamente, como se lo mandó el Señor Dios» (XIV,8; +Didascalia 5,1,4, en efecto, ordena ayunar para ayudar a los que están en necesidad).

Poco después hallamos el mismo dato y argumento en la I Apología de San Justino, filósofo palestino: «Los que antes amábamos por encima de todo el dinero y el acrecentamiento de nuestros bienes, ahora ponemos en común lo que tenemos, y de ello damos parte a todo el que está necesitado. Los que nos odiábamos y matábamos unos a otros, y no compartíamos el hogar con quienes no fueran de nuestra propia raza por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos, y los que tenemos socorremos a todos los necesitados, y nos asistimos siempre unos a otros» (XIV,2-3; +15,10; 67,1-6). Estos datos sociales, como digo, no podrían ser aducidos si, al menos en buena parte, no se estuvieran viviendo realmente.

San Agustín

En la magna obra De Civitate Dei, elaborada entre los años 413 y 426, San Agustín explica la historia universal como una lucha permanente entre la Ciudad de Dios, formada por todos los buenos, y la Ciudad del Diablo, integrada por los malos.

Según enseñan los apóstoles, los hijos de Dios, dentro del mundo secular, han de vivir «como peregrinos y forasteros» (1Pe 2,11); en cambio, respecto de la Ciudad celeste, «ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19). Han de vivir, pues, en este siglo como súbditos de la Jerusalén celeste, libres de todo encadenamiento servil a este mundo, pues «la Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre» (Gál 4,26). Es decir, han de vivir en la forma utópica propia de los peregrinos, conociendo bien «cómo deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la ciudad de Dios, que viven según el espíritu, no según la carne; es decir, según Dios, no según el hombre» (Ciud. Dios XIV,9,6).

Es lo que ya hacia el 200 se decía genialmente de los cristianos en la Carta a Diogneto: «habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria tierra extranjera» (V,5).

El pueblo cristiano vive, pues, la utopía en la historia por el propio dinamismo escatológico de la gracia; o por decirlo más sencillamente, la vive en forma de una peregrinación, en la que continuamente se anticipa, introduciéndola ya en este mundo, la realidad futura celestial. Y de este modo, «una parte de la Ciudad Terrena ha venido a ser imagen de la Ciudad Celestial, y no se simboliza a sí misma, sino a la otra» (Ciud. Dios XV,2). Así en la tierra como en el cielo.

Maurilio Armani estima que «la Ciudad de Dios [agustiniana] constituye un término fundamental en la historia de la utopía, lo que no implica, por cierto, que haya de considerarse la obra como una utopía» (76). Así es, en efecto. Da San Agustín a su pensamiento un vuelo teológico tan alto y transcendente, que va más allá de nuestro tema.

Quiero recordar aquí, sin embargo, una curiosa experiencia de utopismo concretamente pretendida por Agustín en su juventud, a los treinta años, cuando todavía permanecía sumergido «en el mismo lodazal, ávido de gozar de los bienes presentes» (Confesiones VI, 11,18). Él mismo la narra:

«Muchos amigos, hablando y detestando las turbulentas molestias de la vida humana, habíamos pensado, y casi ya resuelto, apartarnos de las gentes y vivir en un ocio tranquilo. Este ocio lo habíamos trazado de tal suerte que todo lo que tuviésemos o pudiésemos tener lo pondríamos en común, y formaríamos con ello una hacienda familiar, de tal modo que en virtud de la amistad no hubiera cosa de éste ni de aquél, sino que de lo de todos se haría una sola cosa, y el conjunto sería de cada uno y todas las cosas serían de todos.

«Seríamos como unos diez hombres los que habíamos de formar tal sociedad, algunos de ellos muy ricos, como Romaniano, nuestro conmunícipe, a quien algunos cuidados graves de sus negocios le habían traído al condado, muy amigo mío desde niño, y uno de los que más instaban en este asunto, teniendo su parecer mucha autoridad por ser su capital mucho mayor que el de los demás. Y habíamos convenido en que todos los años se nombrarían dos que, como magistrados, nos procurasen todo lo necesario, estando los demás tranquilos.

«Pero cuando se empezó a discutir si vendrían en ello o no las mujeres que algunos tenían ya y otros las queríamos tener, todo aquel proyecto tan bien formado se desvaneció entre las manos, se hizo pedazos y fue desechado. De aquí, vuelta otra vez a nuestros suspiros y gemidos, y a caminar por las anchas y trilladas sendas del siglo» (ib. VI,14,24).

Este intento, más que entre las experiencias utópicas cristianas, habrá de ser inscrito entre las utopías frustradas de inspiración platónica. En todo caso, lo cito porque nos recuerda que las comunidades utópicas, sean o no cristianas, son ciertamente realizables cuando integran sólo a hombres o sólo a mujeres, mientras que se hacen mucho más problemáticas cuando pretenden la convivencia de matrimonios y familias. Este caso nos ayuda también a entender que el utopismo comunitario convivencial es mucho más difícil que el utopismo meramente asociativo.

Utopismos comunitarios medievales

Lomax, Tiraboschi, Zanoni.

En la Edad Media se produjeron con cierta frecuencia movimientos laicos entusiastas, que pretendían realizar comunitariamente la perfecta vida de los primeros cristianos, tal como aparece en los Hechos de los Apóstoles. Terciarios, penitentes, ciertas uniones gremiales, cofradías, hermandades y otras asociaciones laicales buscaron de verdad la perfección evangélica en formas más o menos comunitarias.

Algunas veces, como veremos más adelante, estos movimientos se hicieron sectarios, y a veces violentos. Pero en otras ocasiones dieron lugar a curiosas y valiosas experiencias, muchas de ellas no bien conocidas. Esta efervescencia apostólica, como se le calificaba entonces, impulsa a muchos laicos de toda condición, en los siglos XI y XII sobre todo, a agruparse en torno a sacerdotes o a monasterios, siguiendo el ejemplo de la comunidad de Jerusalén (Petit 93-94).

-Los Umiliati, que nacen hacia el 1175, constituyen una de las asociaciones medievales de laicos que mejor logró establecer un modo de vida comunitario y evangélico, a imagen de los cristianos primeros de Jerusalén. La norma de vida que siguen nos es bien conocida por su Propositum, aprobado en 1201 por Inocencio III, y a través de crónicas de la época (+Tiraboschi, Zanoni; Cto.-M 82-85). Asociados en tres Órdenes distintas, sólo la Tercera Orden, que fue la primera en existir, se compone de seglares:

Su intento comunitario consistía, describe Alcantara Mens, en «ejercitarse en la penitencia y la renuncia, la justicia y la caridad, siguiendo el espíritu de las primeras comunidades cristianas, inspiración frecuente en estos movimientos de reforma. Además de los grandes ayunos anuales, los humillados se obligaban a un ayuno complementario tres veces por semana. Es significativo, en cuanto a su fidelidad a la justicia, que sus estatutos recuerdan con insistencia la prohibición absoluta de la usura y la obligación de restituir todo bien ilícitamente adquirido. Su caridad, por otra parte, debe extenderse no sólamente a los miembros de su instituto, sino también a los extraños, sobre todo a los pobres. Estaban obligados a socorrerles y a colaborar en las obras de misericordia. Los humillados casados debían cumplir fielmente sus deberes conyugales, y todos habían de distinguirse por la pureza de sus costumbres. Se comprometían a rezar los unos por los otros, y a conmemorar en ciertas fechas fijas a sus miembros difuntos. En cuanto al culto litúrgico, éste se concentraba en la celebración de la Eucaristía y en la salmodia diaria del Oficio coral. En lugar de éste, los que no sabían latín, habían de recitar un número determinado de Pater noster, señalado en el Propositum y en la Regula. Los humillados tuvieron santos y beatos» (1135).

-Las Órdenes de Caballería proporcionan también a veces notables ejemplos de vida comunitaria laical distinta a la del mundo. Hacia el 1200, por ejemplo, la Orden de Santiago se consagra a la defensa armada de la Cristiandad, y sus caballeros profesan los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, conyugal ésta en los casados (Lomax 90-100).

La novedad de las Órdenes de Caballería se expresa en un movimiento de gran envergadura, que tiene gran significación espiritual e histórica: los Hospitalarios de Jerusalén, fundados por unos caballeros de Amalfi (1099), los Templarios nacidos en Francia (1118), la Orden Teutónica de los alemanes (1190), así como las varias Órdenes españolas y portuguesas: Calatrava (1158), Évora (1162), Santiago (1170), Alcántara (1176), etc.

Sectas cristianas medievales

Alphandéry, Cencillo, Cohn, Jesi, Ruyer 153-156, Sommariva, Thouzellier. Movimientos católicos que crecen junto a los sectarios: Chenu, Duhr, Le Bras, Meersseman, Vaudois..., Vicaire.

Antes he aludido a la efervescencia de movimientos laicales entusiastas que surgen en la Edad Media, especialmente en torno al siglo XII. No pocos de estos movimientos son de inspiración milenarista, y quieren instaurar ya el Reino de Dios en este mundo, realizando así ya el milenio anunciado en el Apocalipsis (20,1-7). Ha de acabarse con el imperio de los pecadores y, al menos en reducidas comunidades, es ya hora de establecer el Reino evangélico de la justicia y la paz, de la santidad y la gracia, en comunidad de bienes y pureza de costumbres, como los primeros cristianos.

Desde ese fondo medieval hasta nuestros días, con milenarismo o sin él, se multiplica una serie interminable de sectas cristianas, que intentan todas una vida comunitaria perfecta: cátaros, valdenses, joaquinitas, hermanos moravos, amaurianos, patarinos, hermanos del libre Espíritu, pobres de Lyon, taboritas, anabaptistas, etc... Unos tratan de sacar adelante sus ideales por las buenas, en forma pacífica y aislada; pero otros intentan dar forma política a sus utopías, y emplean para ello, como es inevitable, la violencia. Veamos de esto último sólo un par de ejemplos.

Los taboritas bohemios, a comienzos del siglo XV, instauran el Reino de Dios en Tabor y Písek: «en Tabor no existen mío ni tuyo, toda posesión es común, y nadie debe poseer nada en propiedad; todo el que posea algo propio comete pecado mortal» (Cohn 236).

Los anabaptistas seguidores de Thomas Münzer tienen también las ideas muy claras: «Cristo dará a los anabaptistas la espada y la ocasion para castigar todos los pecados, y suprimir todos los gobiernos, para colectivizar toda la propiedad» (Id. 276). Efectivamente, en 1534, bajo un terror indescriptible, se instaura por fin en Münster la Nueva Jerusalén, a imagen de la primitiva comunidad apostólica. Con la comunidad de bienes, se instaura también la poligamia -Bockelson, uno de los líderes, tuvo quince esposas-. «Dios, a quien sean dadas gracias y alabanzas eternas, ha restaurado la Comunidad entre nosotros, tal como existió en un principio y como conviene a los Santos de Dios. Un corazón y una mente. Ningún cristiano o santo, ciertamente, puede satisfacer a Dios si no vive en comunidad así o, como mínimo, desea de todo corazón vivir en ella» (Id. 292, 294).

 

La República de los Guaraníes

Armani, Cardiel, Fernández Herrero 249-423, Fernández Ramos, Furlong, Haubert, Hernández, Iraburu Hechos 468-493, Lugon, Mucchieli 120-126, Duviols-Bareiro.

Para evangelizar y civilizar a los indios de América, cuando éstos vivían dispersos y a veces nómadas, lo primero era reducirlos a vida más comunitaria y estable (Iraburu, Hechos 469-470). En la zona norte de La Plata, el iniciador del método reduccional es el franciscano Luis de Bolaños, que en 1580 funda la misión de Los Altos, al norte de Asunción. Pero fueron los jesuitas los que, de 1610 a 1768, llevaron a su forma más perfecta las reducciones entre los indios guaycurús, guayrás y sobre todo guaraníes, fundando unas cuarenta en el territorio que hoy más o menos ocupa Paraguay.

Y adviértase que, al iniciarse la evangelización de América, los indios más cultos y organizados, con algún grado de vida agrícola y sedentaria, eran los integrados en el imperio incaico del Perú y en el azteca de México. En general, fuera de estas dos grandes áreas, los indios vivían en pequeños grupos dispersos y en formas muy primitivas. Reducirlos a vida estable, común y organizada era un paso previo importantísimo.

Las instrucciones del provincial padre Diego de Torres son muy claras: Los misioneros, antes de establecer una reducción, deben elegir bien el cacique, el pueblo y las tierras más convenientes, asegurando unos medios agropecuarios suficientes para una población de unos mil indios. «Con todo valor, prudencia y cuidado posible, se procure que los españoles no entren en el pueblo, y si entraren, que no hagan agravio a los indios... y en todo los defiendan, como verdaderos padres y protectores». San Roque González, criollo de Asunción, uno de los jesuitas allí destinados, escribía: «Creo que en ninguna parte de la Compañía hubo mayor entusiasmo, mejor voluntad y más empeño» (Duviols-Bareiro 70).

Las reducciones se multiplicaron rápidamente en la zona bajo el impulso del padre Antonio Ruiz de Montoya, superior general de ellas del 1620 al 1637. Él mismo compuso un léxico Tesoro de la lengua guaraní, perfeccionando el vocabulario de Bolaños. Los misioneros hablaron siempre la lengua indígena. A Ruiz de Montoya se debe también el haber conseguido de la Corona en 1640 autorización para organizar un ejército con los indios -4.000 hombres bien armados y adiestrados-, con el que se pudo poner fin a las terribles razziasllevadas a cabo por los cazadores de esclavos, que entraban desde Brasil. Hacia 1700, de los 250 jesuitas del Paraguay, 73 trabajaban en 30 reducciones, que reunían 90.000 indios, es decir, unas 23.000 familias.

-Urbanismo. Las utopías renacentistas dan siempre mucha importancia al urbanismo. Pues bien, todas las reducciones tienen una planta urbanística semejante. Una iglesia grandiosa, con media docena de campanas en su torre, preside la plaza mayor y todo el pueblo, partiendo de ella radialmente, se desarrolla en calles trazadas a cordel. En la plaza están también los edificios comunes principales -ayuntamiento, talleres, almacenes, hospital, casa de viudas-, y también la casa de los padres, que detrás tienen un jardín botánico. Manzanas de seis o siete casas de indios quedan unidas por pórticos, que protegen del sol y de la lluvia.

Los visitantes que llegaban a las reducciones, después de días de camino por lugares agrestes y selváticos, quedaban asombrados al ver aquellas poblaciones, y sobre todo al contemplar iglesias, como las de las reducciones del Corpus o de Santa Rosa, que parecían catedrales.

-Gobierno interior. En cada reducción no hay más de uno o dos jesuitas, que se encargan de lo espiritual, pero que también asisten al gobierno interior de la reducción, ejerciendo en algún caso el poder de veto. Las autoridades civiles eran electivas: el corregidor y el cabildo o consejo, alcaldes, fiscales y jefes de trabajos, fiestas y otras áreas. Piensa Clovis Lugon que «es por las elecciones y por el ejercicio de las funciones públicas por lo que los guaraníes adquieren un sentimiento tan vivo de su autonomía nacional y de su responsabilidad frente al bien común» (62).

En todo caso, como decía el padre Cardiel, muchos años misionero en las reducciones, «todo este concierto es instituido por los Padres: que el indio de su cosecha no pone orden, economía ni concierto alguno. El Padre es el alma de todo: y hace del pueblo lo que el alma en el cuerpo. Si descuida algo en velar, todo va de capa caída. Dios nuestro Señor, por su altísima providencia, dio a estos pobrecitos indios un respeto y obediencia muy especial para con los Padres; de otra manera era imposible gobernarlos» (70-71).

Algunos intelectuales «progresistas» de la época hacían las objeciones que algunos hermanos suyos presentan hoy al respecto, y que pueden reducirse a una palabra: paternalismo. Cardiel les respondía ya entonces:

«Qué más quisiéramos nosotros, que poder conseguir esto [un mayor autogobierno en lo material], para estar libres de tanto cuidado temporal. Muchas pruebas se han hecho para conseguir algo de esto en diversos tiempos; mas nada se ha podido alcanzar. Si estos indios fueran como los españoles, o como los indios del Perú y Méjico, que antes de la conquista vivían con gobierno de Reyes y leyes, con economía y concierto, con abundancia de víveres, adquiridos labrando sus tierras, en pueblos y ciudades: si fueran de esta raza, casta y calidad, se podía decir eso. Pero son muy diversos. Eran en su gentilismo fieras del campo» (92).

-Economía. Las reducciones desarrollaron notablemente la agricultura y la ganadería, llegando a tener inmensas haciendas de ganado, algunas de más de 200.000 cabezas. «Ninguna región de América, dice Lugon, conoció en la época una prosperidad tan general ni un desarrollo económico tan sano y equilibrado» (92).

Por lo demás, el régimen económico era mixto, privado y comunal. Y también en esto el padre Cardiel sale al paso de quienes ven en las reducciones demasiado comunismo: «hemos hecho en todos tiempos muchas pruebas para ver si les podemos hacer tener y guardar algo de ganado mayor y menor y alguna cabalgadura, y no lo hemos podido conseguir» (71).

-Industrias. Los funcionarios, comerciantes y visitantes que llegaban a las reducciones quedaban asombrados al ver en ellas molinos de viento y de agua, fábricas de azucar y aceite, ladrillos y tejidos, naves para secado de pescado o de yerba mate, herrerías y fundiciones. Órganos, relojes y toda suerte de instrumentos musicales se fabricaron en las reducciones. Los indios, bien adiestrados por los padres y sobre todo por los hermanos jesuitas, mostraron gran interés y habilidad para todo género de oficios y artesanías. Se llegó así a formar la única nación industrializada de América del Sur (Lugon 98).

Roa Bastos recuerda que «ochenta años antes que en Buenos Aires, se establecieron en las Misiones las primeras imprentas» (Duviols-Bareiro 34), en las que se produjeron muchos textos y catecismos en guaraní. También se imprimieron allí los mapas geográficos de América más exactos de la época.

-Música. Los indios de América, con sus pobres instrumentos musicales, no habían descubierto apenas todavía las maravillas del mundo de la música. La polifonía coral, en la que muy pronto fueron diestros, el sonido del violín o de la flauta, las selvas sonoras del órgano, constituían para ellos una revelación fascinante. Y en ese mundo se adentraron con apasionamiento, dirigidos sobre todo por jesuitas italianos y centroeuropeos.

En 1729, el padre Mathías Strobel escribe a un jesuita vienés: «se creería que estos músicos han venido a la India de alguna de las mejores ciudades de Europa» (Duviols-Bareiro146). Y el padre Cardiel, exiliado en Italia, al evocar el canto de las misas diarias y de las fiestas, escribe con lágrimas de emoción: «Al empezar la misa tocan instrumentos de boca y a veces de cuerda... En el laudate comienzan los tenores y los demás músicos grandes con los clarinetes y chirimías, instando a los niños tiples: laudate pueri, pueri laudate, laudate nomen Domini... No se maravillen si va mojado de lágrimas este papel. Cantan con tal armonía, majestad y devoción, que enternecerá el corazón más duro» (117-118).

Un verdadero Ministerio de ocios y juegos fomenta a los artistas y músicos, organiza danzas, paradas militares, procesiones, sesiones de teatro, cantos para ir al trabajo. Se ponía todo el empeño en alcanzar una vida comunitaria buena, bella y armoniosa. Y se lograba.

-Justicia. Pero no faltaban los malos, los delincuentes. Hay, pues, refiere Cardiel, un Libro de Órdenes, que dispone para los delitos sus correspondientes castigos, «todos muy proporcionados a su genio pueril, y a lo que puede el estado sacerdotal. No hay más castigo que la cárcel [domiciliaria normalmente], cepo y azotes. Todos los encarcelados de ambos sexos vienen cada día a Misa y a Rosario con sus grillos, acompañados de su Alguacil y superiora». La pena de muerte está excluída, norma única en su tiempo.

El Cura tiene que hacer de juez, y averiguado todo, quizá concluya: «Y ahora, hijo, que te den tantos azotes. Siempre se les trata de hijos. El delincuente se va con mucha humildad que le den los azotes, sin mostrar jamás resistencia: y luego viene a besar la mano del Padre, diciendo [en su lengua]: Dios te lo pague, Padre, porque me has dado entendimiento. Nunca conciben el castigo del Padre como cosa nacida de la cólera u otra pasión, sino como medicina para su bien» (146-147).

-Pedagogía humana y cristiana. Como es lógico, lo más notable del utopismo comunitario de las reducciones era la educación de los niños. «En la crianza de los muchachos de uno y otro sexo se pone mucho cuidado. Hay escuelas de leer y escribir, de música y de danzas», a las que asisten los hijos de los principales del pueblo, «y también vienen otros si lo piden sus padres. Tienen sus maestros indios» (Cardiel 115). Especial cuidado se pone, ciertamente, en la educación religiosa, en buena parte inspirada por el III Concilio de Lima (1582-1583), que dispone la enseñanza en la lengua indígena.

Un capuchino francés, el padre Florentin de Bourges, que visitó en 1716 las reducciones, escribía: «La manera en que educan a esta nueva cristiandad me impresionó tan profundamente que la tengo siempre presente en el espíritu. Éste es el orden que se observa en la reducción donde me hallaba, la cual cuenta con alrededor de treinta mil almas. Al alba se hace sonar la campana para llamar a la gente a la iglesia, donde un misionero reza la oración de la mañana, luego de lo cual se dice la misa; posteriormente las gentes se retiran y cada cual se dirige a sus ocupaciones. Los niños, desde los siete u ocho hasta los doce años, tienen la obligación de ir a la escuela, donde los maestros les enseñan a leer y escribir, les transmiten el catecismo y las oraciones de la Iglesia, y los instruyen sobre los deberes del cristianismo. Las niñas están sometidas a similares obligaciones y hasta la edad de doce años van a otras escuelas, donde maestras de virtud comprobada les hacen aprender las oraciones y el catecismo, les enseñan a leer, a tejer, a coser y todas las otras tareas propias de su sexo. A las ocho, todos acuden a la iglesia donde, tras haber rezado la plegaria de la mañana, recitan de memoria y en voz alta el catecismo; los varones se ubican en el santuario, ordenados en varias filas y son quienes comienzan; las niñas, en la nave, repiten lo que los varones han dicho. A continuación oyen misa y después de ella finalizan el recitado del catecismo y regresan de dos a dos a las escuelas. Me conmovió el corazón presenciar la modestia y la piedad de esos niños. Al ponerse el sol se tañe la campana para la oración del atardecer y luego de ella se recita el rosario a dos coros; casi nadie se exime de este ejercicio, y quienes poseen motivos que les impiden acudir a la iglesia se aseguran de recitarlo en sus casas... La unión y la caridad que reinan entre los fieles es perfecta; puesto que los bienes son comunes, la ambición y la avaricia son vicios desconocidos y no se observan entre ellos, ni divisiones ni pleitos... Que yo sepa, no hay misión más santa en el mundo cristiano» (Duviols-Bareiro 130-136).

Un siglo de vida tenían las reducciones al ser objeto de juicios tan elogiosos. Los indios mayores tenían su mayor satisfacción en ver los progresos materiales y espirituales de sus hijos.

-Un pueblo cristiano. Toques periódicos de campanas, cantos y danzas en fiestas, procesiones y marchas al trabajo, nacimientos, bodas y defunciones, celebraciones religiosas, oraciones en familia o en la iglesia, todo tiene en las reducciones una fuerte y continua expresión cristiana. Los indios en ellas se confesaban frecuentemente, «con abundantes lágrimas... Es admirable el fervor con que abrazan la Cruz y participan en las penas de la Santa Pasión, con castigos diversos y duros en Su honor» (P. Mistrilli: Duviols-Bareiro 102). «Apenas se puede describir la honestidad y piedad edificante sobremanera con que se presentan los indios cristianos» (P. Strobel, ib. 146). «Nuestros indios imitan en la vida común a los cristianos primitivos del tiempo de los apóstoles» (P. Betschon, ib. 129; +Una imagen de la primitiva Iglesia: así titula Maxime Hubert un capítulo de su libro).

-El Cura. El mayor milagro de las reducciones fue, sin duda, la vida y el ministerio de los misioneros. La Compañía de Jesús seleccionaba con sumo cuidado la calidad personal y espiritual de los jesuitas que habían de estar, durante muchos años, solos con los indios en lugares tan aislados. En la crónica de Cardiel se dedica un capítulo a describir el régimen de vida espiritual impresionante, que guardaba en la abnegación, la caridad y la santidad a aquellos mártires, testigos de Cristo en la selva. Y «aunque haya muchos huéspedes, dice, nunca se deja esta distribución» horaria.

Entre 1608 y 1768 estuvieron en las reducciones unos 1.500 jesuitas, sacerdotes o hermanos, de los que hubo 550 españoles, 309 argentinos, 159 italianos, 112 alemanes y austríacos, 83 paraguayos, 52 portugueses, 41 franceses, 22 bolivianos, 20 peruanos, 93 chilenos y de otras nacionalidades. Y lo más importante y meritorio: treinta y dos murieron mártires...

-Los mártires. Viendo en las reducciones, sobre todo en sus períodos fundacionales, la hostilidad de los brujos y sacerdotes indígenas, así como la resistencia de los demonios de la pereza, la soberbia, la lujuria, lo raro es que sólo se produzcan treinta y dos martirios. Juan Pablo II canoniza al padre Roque González de Santa Cruz (1576-1628), antes párroco en la catedral de Asunción, y a los padres, nacidos en España, Alonso Rodríguez (1598-1628) y Juan Castillo (1596-1628).

En la homilía de la canonización recuerda el Papa cómo estos hombres, «fundamentaron día a día su trabajo en la oración, sin dejarla por ningún motivo. "Por más ocupaciones que hayamos tenido -escribía el padre Roque en 1613-, jamás hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder"» (16-V-1988).

-El final de las reducciones. El mundo hispano-criollo, comerciantes y encomenderos, funcionarios civiles y eclesiásticos, desde el principio, miró con hostilidad las reducciones, en las que no se podía entrar siquiera sin autorización especial. Corrieron sobre ellas falsedades y calumnias, pero de uno u otro modo las reducciones salieron adelante y pudieron durar un siglo y medio.

El golpe definitivo vino en 1767, cuando Carlos III, instigado por el conde de Aranda y otros epígonos de la Ilustración, decretó la expulsión de los jesuitas de España y de todos sus dominios. Esta brutal medida privó bruscamente a la América hispana de 2.700 misioneros religiosos, de los cuales 420 murieron a causa de la prisión o del apresurado viaje de repatriación. Así se desbarataron un gran número de colegios, seminarios y escuelas, centros misioneros y reducciones. 68 jesuitas tuvieron que abandonar las 32 reducciones que por entonces atendían. Inútiles fueron las súplicas de los indios, como aquella Carta del Cabildo de la Misión San Luis Gonzaga dirigida al gobernador de Buenos Aires en 1768:

«Llenos de confianza en ti, te decimos: Ah, señor Gobernador, con las lágrimas en los ojos te pedimos humildemente dejes a los santos padres de la Compañía, hijos de San Ignacio, que continúen viviendo siempre entre nosotros, y que representes tú esto mismo a nuestro buen Rey en el nombre y por el amor de Dios. Esto pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, niños y muchachas, y con más especialidad los pobres» (Duviols-Bareiro 186).

Cartas como ésta consiguieron ser sólamente un digno epitafio de las reducciones. Confiadas éstas a la dirección de funcionarios civiles, y en seguida invadidas por hacendados y comerciantes, pronto los indios las fueron abandonando. Y lo poco que de ellas quedaba, a fines del XIX fue arrasado en las guerras de la independencia. Hoy las ruinas ciclópeas de sus iglesias y edificios, algunas galerías derrumbadas, invadidas por la selva, son el testimonio patético de un milagro histórico de la gracia y de la posterior victoria de la Ilustración sobre el Evangelio.

-Algunas verdades sobre las reducciones. El mismo espíritu liberal ilustrado, que hace dos siglos y medio arrasó las reducciones, ha seguido destruyéndolas hasta hoy en los textos de historia mediante el olvido o la falsificación. Convendrá, pues, que afirmemos sobre ellas al menos tres verdades:

1. Las reducciones guaraníes produjeron una verdadera nación, un cuasiestado, que algunos llamaron República Guaraní, donde se desarrolló un pueblo de unos 200.000 indios. Para entender lo que esa cifra significa, convendrá recordar que hacia 1800 las provincias de Buenos Aires y de Paraguay, juntas, incluyendo indios, negros y mestizos, apenas llegaban a los 270.000 habitantes.

2. Las reducciones no fueron sino el perfecto cumplimiento de las Leyes de Indias dadas por la Corona española. Esta precisión, que ya el padre Hernández, S. J., hacía notar en 1913, es importante: el régimen admirable de las reducciones, decía, no es otra cosa que «la ejecución de las Leyes dadas acerca de los Indios para toda la monarquía española, sin que en él hayan introducido los jesuitas otra particularidad sino la que exigían estrictamente las circunstancias y juntamente la exactitud y la firmeza en la ejecución» (I,444). He aquí, pues, un caso, quizá único, en que el cumplimiento fiel y prudente de leyes políticas dé lugar a la formación de comunidades utópicas.

Es ésta también la opinión de Beatriz Fernández Herrero: «Efectivamente, las reducciones obedecen en todo a las Leyes de Indias..., llevando a cabo el ideal de los reyes de conquistar sin soldados, lo más pacíficamente posible... Por eso, su sentido político es el de realizar el sentido utópico planteado por las directrices que establecen las Leyes de Indias para colonizar el Nuevo Mundo» (429).

3. Las reducciones guaraníes son realmente comunidades utópicas. La integración en ellas es libre, no necesaria o coaccionada; hubo individuos o tribus que no aceptaron ingresar en ellas, o que habiendo experimentado aquella vida, la abandonaron y volvieron a su vida anterior. Son comunidades que tienen fuerza para ser distintas del mundo tópico circundante; eso sí, a costa de un radical aislamiento, obrado no sólo por la situación geográfica y la prohibición de visitas extrañas, sino quizá aun más todavía por la exclusividad de la lengua guaraní -éste es uno de sus aspectos más discutidos- (Fdz. Herrero 333-336). Y tienen fuerza también para crear un orden mejor que el del mundo de su tiempo, más unido y justo, más próspero y armonioso; de esto no hay duda. Un orden, además, que fue durable, pues tuvo un siglo y medio de vida, y no terminó por su fracaso interno, sino por violencia externa.

Guillaume Thomas Raynal, exjesuita que abandonó el sacerdocio para poner su pluma al servicio de los enemigos de la Iglesia, confesaba que «cuando en 1768 salieron las Misiones de las manos de los jesuitas, habían llegado al grado máximo de civilización al que quizá puedan ser conducidas las naciones nuevas: y ciertamente superior a todo cuanto existía en el resto del nuevo hemisferio. Allí se observaban las leyes. Reinaba una exacta policía [orden civil]. Las costumbres eran puras. Una dichosa fraternidad unía los corazones. Todas las artes necesarias para la vida se habían allí perfeccionado; y eran conocidas algunas de adorno. La abundancia era universal, y nada faltaba en los depósitos públicos. El número de ganado vacuno subía a 769.353, y el de las mulas y caballos a 94.983; el de las ovejas, a 221.537; sin contar algunos otros animales domésticos» (Fdz. Herrero 399).

-Valoración de las reducciones. La República Guaraní fue ya desde su época convertida en un mito. Y aunque siempre las reducciones han tenido y tienen detractores, que las acusan de paternalismo, excesivo aislamiento, uniformidad forzada, excesivo comunismo, etc., sin embargo, dentro y fuera de la Iglesia, predomina con mucho el juicio positivo sobre ellas.

Muratori (+1750), autor de Il Cristianismo felice nelle Paraguay, Montesquieu (+1755), el enciclopedista D’Alembert (+1783), Bouganville (+1811), Chateaubriand (+1848) y muchos otros autores se han visto fascinados por la perfección de la vida comunitaria en las reducciones (Fdz. Herrero 395-423). Particular admiración han sentido hacia ella, lógicamente, algunos escritores socialistas, como el escocés Cunningham Graham, que en 1901 publica A vanished Arcadia, aportando mucha documentación recogida por él directamente en la América meridional.

«Que los jesuitas hicieron felices a los indios es cierto ... Lo que yo sé es que yo mismo, en aquellas misiones desiertas, veinticinco años hace, oí muchas veces a ancianos que hablaban con sentimiento de los tiempos de los jesuitas, que recordaban con amor todas sus costumbres perdidas con la Compañía, y aunque hablaban de segunda mano, no haciendo más que repetir las historias que habían oído en su juventud, conservaban la ilusión de que las Misiones en tiempo de los jesuitas, habían sido un paraíso» (id. 420-421).

-Perfección laical comunitaria. A nosotros, en este libro, lo que más nos importa sin duda es comprobar el nivel de santidad cristiana comunitaria alcanzada por aquellos pobres indios guaraníes, que hasta su ingreso en las reducciones misionales, vivían desnudos, perezosos, ignorantes, belicosos, antropófagos, en formas sumamente primitivas y lamentables. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que a mediados del XVI fue Gobernador del Río de la Plata, en el capítulo 16 de sus Comentarios, refiere de ellos:

«Esta generación de los guaraníes es una gente que come carne humana de otras generaciones [pueblos] que tienen por enemigos, cuando tienen guerra unos con otros; y si los cautivan en las guerras, tráenlos a sus pueblos, y con ellos hacen grandes placeres y regocijos, bailando y cantando, lo cual dura hasta que el cautivo está gordo, porque luego que lo cautivan lo ponen a engordar y le dan todo cuanto quiere comer, y a sus mismas mujeres e hijas para que haya con ellas sus placeres, y de engordarlo no toma ninguno el cargo y cuidado, sino las propias mujeres de los indios, las más principales de ellas; las cuales lo acuestan consigo y lo componen de muchas maneras, como es su costumbre, y le ponen mucha plumería y cuentas blancas que hacen los indios de hueso y de piedra blanca, que son entre ellos muy estimadas.

«Y en estando gordo, son los placeres, bailes y cantos muy mayores, y juntos los indios, componen y aderezan tres muchachos de edad de seis años hasta siete, y danles en las manos unas hachetas de cobre, y un indio, el que es tenido por más valiente entre ellos, toma una espada de palo en las manos, que la llaman los indios macana; y sácanlo [al cautivo] en una plaza, y allí le hacen bailar una hora, y desque ha bailado, llega [el de la macana] y le da en los lomos con ambas manos un golpe, y otro en las espinillas para derribarle, y acontece, de seis golpes que le dan en la cabeza, no poderlo derribar... y al cabo lo derriban, y luego los niños llegan con sus hachetas, y primero el mayor de ellos o el hijo del principal y danle con ellas en la cabeza tantos golpes, hasta que le hacen saltar la sangre, y estándoles dando, los indios les dicen a veces que sean valientes y se ensañen, y tengan ánimo para matar a sus enemigos y para andar en las guerras, y que se acuerden que aquél ha muerto de los suyos, que se venguen de él; y...».

No sigo. Se trata, después de todo, de costumbres comunes en las tribus de la región, que configuran el orden tópico allí vigente (+Iraburu, Hechos 445-454). Pues bien, unos años después de que los guaraníes se encuentran con Cristo y reciben de los jesuitas la Buena Noticia, cambia en las reducciones su género de vida individual y comunitaria de un modo realmente impresionante. Chateaubriand, en su Génie du Christianisme(1802), en un capítulo dedicado a las Missions du Paraguay, cita una carta del Obispo de Buenos Aires a Felipe V, en la que se dice simplemente: «Señor, en esas populosas comunidades compuestas de indios, naturalmente inclinados a toda suerte de vicios, reina tan grande inocencia que no creo que se cometa en ellas un solo pecado mortal».

 


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