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La Misión y 'Dominus Jesus'

Michael Hull
4 de octubre de 2004

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La Misión Sacerdotal


La misión de la Iglesia es la misión de Jesús, el Señor. La Sagrada Escritura nos dice que el Señor, pese a la oposición y al cansancio, predicaba sin descanso de pueblo en pueblo diciéndoles a quienes permitían que él estuviera con ellos: "También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado" (Lucas 4:42–43; ver también Marcos 1:38). Jesús identifica su propia misión como la proclamación del reino de Dios. Del mismo modo, las Escrituras relatan que esa misión fue confiada a los apóstoles y, por lo tanto, a la Iglesia. Cada uno de los cuatro evangelios narra cómo Jesús entregó su misión a los apóstoles, y pone de manifiesto alguna característica de esa misión. San Mateo cuenta que Jesús otorgó la autoridad a los apóstoles y les encargó predicar a las naciones "enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (28:16–20). San Lucas indica que los apóstoles son los "testigos de estas cosas" (24:44–49). San Juan relata la oración de Jesús al Padre, "Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo" (17:18), subrayando la continuidad de la misión de Jesús y de los apóstoles. Y San Marcos saca a la luz el impulso y las consecuencias eternas de la misión de la Iglesia: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará" (16:15–17).

Según el Concilio Vaticano II, "la Iglesia en la tierra es misionera por su propia naturaleza, ya que según el plan del Padre, tiene su origen en la misión del Hijo y el Espíritu Santo" (Ad gentes divinitus, número 2; ver también Lumen gentium, número 1, y Gaudium et spes, número 3). Tanto Pablo VI en Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975) como Juan Pablo II en Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990) han enseñado consecuentemente que todos los pueblos tienen "el derecho a conocer las riquezas del misterio de Cristo" (EN, número 53), "que es el centro del plan de salvación de Dios" (RM, número 6). La misión de la Iglesia es la de evangelizar al mundo con tanta sabiduría "para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Flp 2:10–11).

Desafortunadamente muchos dentro y fuera de la Iglesia han perdido la conducta de búsqueda de la verdad. La Congregación para la Doctrina de la Fe, reconociendo la necesidad de una declaración clara y concisa de la perenne enseñanza de la Iglesia, publicó Dominus Iesus: Sobre la Unicidad y la Universalidad Salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 de agosto de 2000). Dominus Iesus es, en su mayor parte, un compendio de citas de la Sagrada Tradición y del recuerdo que hace San Pablo de las Sagradas Escrituras en 1 Corintios: "Os hago saber, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué" (15:1–2). A no ser que hayamos creído en vano, nuestra sagrada misión como pueblo de Dios, la Iglesia, es la de intentar convertir a todos los hombres a la fe de Jesús, el Señor.

Como indica tan elocuentemente Dominus Iesus: "De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo" (número 22). De esta forma Dominus Iesus, resumiendo y reiterando la naturaleza de Cristo y de su Iglesia, nos recuerda nuestra obligación de proclamar el nombre de Jesús, porque no hay otro nombre por que nosotros debamos salvarnos (Hch 4:12).



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