Santa Catalina de Siena

Doctora de Iglesia Universal

 

Ofrecemos aquí, el texto íntegro de la homilía pronunciada por el Papa Pablo VI en la basílica de San Pedro el domingo 4 de octubre de 1970 en el acto de la proclamación de Santa Catalina de Siena como doctora de la Iglesia Universal (Texto de L' Ossservatore Romano del 11 de octubre de 1970).

La alegría espiritual que ha inundado nuestra alma al proclamar doctora de la Iglesia a la humilde y sabia virgen dominica Catalina de Siena, encuentra su explicación más profunda, y hasta podíamos decir su justificación, en la alegría purísima experimentada por el Señor Jesús cuando, como nos narra el evangelista San Lucas, "se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque tal ha sido tu beneplácito" (Lc 10,21; cfr. Mt 11,25-26).

El Señor elige a los humildes y sencillos

En realidad, cuando daba gracias al Padre por haber revelado los secretos de su divina sabiduría a los humildes, Jesús no tenía presentes en su espíritu solamente a los doce, que él mismo había elegido de entre el pueblo inculto, y que habría de mandar un día, en calidad de apóstoles suyos, a instruir a todas las gentes y a enseñarles todo lo que les había encomendado (cfr. Mt 28,19-20), sino que tenía también presentes a todos los que habían de creer el él, muchos de los cuales se contarían entre los menos dotados de los ojos del mundo.

El Apóstol de las Gentes se complacía en observar precisamente este hecho cuando escribía a la comunidad de la griega Corinto, ciudad en la que pululaba gente inflada de humana sabiduría:

"Y si no, mirad, hermanos, vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Antes eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios" (1 Cor 1,26-29).

Esta elección de Dios, que prefiere lo que es irrelevante e incluso despreciable a los ojos del mundo, había sido ya preanunciada por el Maestro cuando - en clara antítesis con las valoraciones terrenas- había llamado bienaventurados y predestinados a su reino a los pobres, a los que sufren, a los mansos, a los que padecen hambre y sed de justicia, a los puros de corazón, a los constructores de la paz (cfr. Mt 5,3-10).

Testimonio de la bienaventuranzas evangélicas

Queremos poner inmediatamente de relieve cómo en la vida y en la actividad externa de Catalina las bienaventuranzas evangélicas han tenido un modelo de extraordinaria verdad y belleza. Por otra parte, todos vosotros sabéis hasta que punto estuvo su espíritu libre de toda codicia terrena; cómo amó la virginidad consagrada al esposo celeste, Cristo Jesús; cómo sintió el hambre de justicia y qué entrañas de misericordia demostró al tratar de restablecer la paz en las familias y en las ciudades, desgarradas por la rivalidad y por odios atroces; cómo se prodigó para reconciliar la República de Florencia con el Sumo Pontífice Gregorio X, hasta el punto de exponer la vida ala venganza de los rebeldes. Tampoco nos detendremos a admirar las excepcionales gracias místicas con que quiso regalarla el Señor, entre las que se cuentan el místico matrimonio y los sagrados estigmas. Tampoco creemos oportuno en la presente circunstancia evocar la historia de sus generosos esfuerzos para convencer al Papa a volver a Roma, su sede legítima. El éxito con que vio coronados sus esfuerzos fue realmente la obra maestra de su actividad, y eso permanecerá a través de los siglos como su gloria más grande y será un título del todo especial para que la Iglesia le esté eternamente agradecida.

Creemos, en cambio, oportuno en este momento sacar a luz, aunque sea brevemente, el segundo de los títulos que justifican, según el juicio de la Iglesia, la concesión del doctorado a la hija de la ilustre ciudad de Siena. Se trata de la peculiar excelencia de su doctrina.

Por lo que se refiere al primer título, es decir, a su santidad, el reconocimiento solemne se debe al Pontífice Pio II su paisano, por medio de la bula de canonización Misericordias Domini, de la que él mismo fue autor, con su estilo inconfundible de humanista. La solemne ceremonia litúrgica tuvo lugar en la basílica de San Pedro el 29 de junio de 1461.

Los carismas de Santa Catalina

¿Qué diremos, por tanto, de la eminencia de la doctrina de Santa Catalina?. Nosotros ciertamente no encontramos en los escritos de la Santa, es decir, en sus Cartas, conservadas en gran número; en el Diálogo de la Divina Providencia o libro de la divina Doctrina y en sus Oraciones el valor apologético y la audacia teológica que caracterizan las obras de las grandes lumbreras de la Iglesia antigua, tanto en Oriente como en Occidente; ni podemos pretender de la virgen de Fontabranda, que no poseía cultura especial, las altas especulaciones propias de la Teología sistemática que han inmortalizado a los doctores del medioevo escolástico. Y si es cierto que en sus escritos se refleja de una manera sorprendente la teología del Doctor Angélico, en cambio, se nos presente carente de toda referencia científica. Pero lo que más sorprende en la Santa es la sabiduría infusa, es decir, la luminosa, profunda y extraña asimilación de las verdades divinas y de los misterios de la fe contenidos en los Libros Sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento. Es una asimilación que se ve ciertamente favorecida por dotes naturales del todo singulares, pero que es evidentemente prodigiosa, causada por el carisma de sabiduría del Espíritu Santo, un carisma místico.

Santa Catalina de Siena ofrece en sus escritos uno de los más luminosos modelos de los carismas de consejo, de palabra de sabiduría y de palabra de ciencia, que San Pablo testimonia que actuaron en algunos fieles de las comunidades cristianas primitivas y cuyo uso se esforzó por disciplinar convenientemente, advirtiendo que tales dones no son tanto para provecho de los que los poseen, sino más bien para provecho de todo el Cuerpo de la Iglesia. En efecto - explica el apóstol-, "todas las cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere" (1 Cor 12,11), de forma que sobre todos los miembros del místico organismo de Cristo debe redundar el beneficio de los tesoros espirituales que su Espíritu distribuye (cfr. 1 Cor 11,5; Rom 12,8; 1 Tim 6,2; Tit 2,15).

"Su doctrina no fue adquirida; hay que considerarla como maestra antes que como discípula"; así declaró el mismo Pío II en la bula de canonización. Y , ciertamente, ¡cuántos rayos de sabiduría sobrehumana, cuántas urgentes llamadas a la imitación de Cristo en todos los misterios de su vida y de su Pasión, cuántos eficaces consejos para el ejercicio de la virtudes propias para los diversos estados de vida se encuentran esparcidos en las obras de la Santa!. Sus Cartas son otras tantas chispas de un fuego misterioso, encendido en su corazón ardiente por el Amor infinito que es el Espíritu Santo.

¿Cuáles son las líneas características y los temas dominantes de su magisterio ascético y místico?. Nos parece que, a imitación del glorioso Pablo, del que toma incluso el estilo robusto e impetuoso, catalina es la mística del Verbo Encarnado y, sobre todo, de Cristo crucificado. Catalina de Siena fue la pregonera de la virtud redentora de la sangre adorable del Hijo de Dios, derramada sobre el leño de la cruz con amor desbordante para la salvación de todas las generaciones humanas. La Santa veía fluir continuamente esta sangre del Salvador en el sacrificio de la Misa y en los Sacramentos, por medio de la acción ministerial de los ministros sagrados, para purificación y embellecimiento de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Por lo cual podemos llamar a Catalina la mística del cuerpo místico de Cristo, es decir, de la Iglesia.

Por otra parte, la Iglesia es para ella una auténtica madre, a la que uno debe someterse, reverenciar y prestar asistencia. "La Iglesia no es otra cosa que el mismo Cristo", se atreve a decir la Santa.

¡Qué respeto y apasionado amor nutrió santa Catalina hacia el Romano Pontífice! Nosotros personalmente, el más pequeño siervo de los siervos de Dios, nos sentimos hoy muy agradecidos a Santa Catalina, no precisamente por el honor que pueda redundar en nuestra humilde persona, sino por la mística apología que ella hizo de la misión apostólica del sucesor de Pedro.

El amor al Papa y a la Iglesia

Todos lo saben. Ella contemplaba en el Papa al "dulce Cristo en la tierra", a quien se debe afecto filial y obediencia, porque "quien se muestre desobediente a Cristo, que está en el cielo, no participa del fruto de la sangre del Hijo de Dios"

Y, como, anticipándose no sólo a la doctrina, sino incluso al lenguaje del concilio Vaticano II, la santa escribe al Papa Urbano VI: "Santísimo Padre..: Tened presente la gran urgencia, que os corresponde a vos y a la santa Iglesia, de conservar este pueblo (Florencia) en la obediencia y en la reverencia a Vuestra Santidad, dado que sois para nosotros el jefe y el principio de nuestra fe".

Se dirige, además, a cardenales y a muchos obispos y sacerdotes con insistentes exhortaciones, y no escatima fuertes reproches, haciéndolo siempre con perfecta humildad y con el respeto debido a su dignidad de ministros de la sangre de Cristo.

Tampoco olvidaba Catalina que era hija de una Orden religiosa de las más gloriosas y activas de la Iglesia. Así, pues, ella nutre una estima singular por las que llama las "santas religiones", a las cuales considera como vínculos de unión en el cuerpo místico, constituido por los representantes de Cristo (según una concepción suya propia) y el cuerpo universal de la religión cristiana, es decir, los simples fieles. Exige de los religiosos fidelidad a su excelsa vocación por medio del ejercicio generoso de las virtudes y de la observancia de las reglas respectivas. Tampoco olvida, en su maternal solicitud, a los laicos, a quienes dirige encendidas y numerosas cartas, pidiéndoles prontitud en la práctica de las virtudes cristianas y de los deberes del propio estado y una ardiente caridad para con Dios y para con el prójimo, porque también ellos son miembros vivos del Cuerpo místico; ahora bien, dice la santa "la Iglesia está fundada en el amor y ella misma es amor".

Espíritu renovador y servicio al bien común

¿Cómo no recordar, además, la actividad desarrollada por la Santa a favor de la reforma de la Iglesia?. Dirige sus exhortaciones principalmente a los sagrados pastores, indignada con santo enojo por la pereza de no pocos de ellos, preocupada por su silencio, mientras que la grey a ellos confiada andaba dispersa y sin dirección. "Ay de mí no puedo callar. Gritemos con cien mil lenguas - escribe a un alto prelado -. Creo que, por callar, el mundo está corrompido, la esposa de Cristo ha empalidecido, ha perdido el color, porque le están chupando la propia sangre, es decir, la sangre de Cristo".

¿Qué entendía ella por renovación y reforma de la Iglesia?. No ciertamente la subversión de las estructuras esenciales, la rebelión contra los pastores, la vía libre a los carismas personales, las arbitrarias innovaciones del culto y de la disciplina, como algunos querrían en nuestros días. Por el contrario, Catalina afirma repetidamente que le será devuelta la belleza a la Esposa de Cristo y se deberá hacer la reforma "no con guerra, sino con paz y tranquilidad, con humildes y continuas oraciones, sudores y lagrimas de los siervos de Dios". Se trata, por tanto, para la Santa, de una reforma ante todo interior y después externa, pero siempre en la comunión y en la obediencia filial a los legítimos representantes de Cristo.

¿fue también política nuestra devotísima virgen?. Ciertamente lo fue, y de una manera excepcional, pero en el sentido espiritual de la palabra. Santa Catalina rechaza indignada la acusación de politizante que le lanzan algunos de su contemporáneos, escribiendo a uno de ellos:"… Mis paisanos creen que, gracias a mí y alas personas que me rodean, se hacen tratados; dicen la verdad, pero no saben de qué se trata, y, sin embargo, aciertan en sus juicios, porque no pretendo otra cosa ni quiero que los que me rodean se ocupen si no es de vencer al demonio y arrebatarle el señorío que ha adquirido sobre el hombre por medio del pecado mortal, en extraer el odio del corazón del hombre y en pacificarlo con Cristo crucificado y con su prójimo".

Por tanto, la lección de esta mujer política "sui generis" conserva todavía su significado y valor, aunque hoy se siente la necesidad de hacer la debida distinción, entre las cosas del Cesar y las de Dios, entre la Iglesia y el Estado. El magisterio político de la Santa encuentra la más genuina y perfecta expresión en esta sentencia lapidaria debida a su pluma: "Ningún Estado puede observar la ley civil y la ley divinas en estado de gracia si no observa la santa justicia".

Entrega total a Cristo

No cuenta con haber desarrollado un intenso y vastísimo magisterio de verdad y bondad con su palabra y sus escritos, Catalina, quiso sellarlos con la ofrenda final de su vida al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, en la edad todavía joven de treinta y tres años. Desde su lecho de muerte, rodeada de sus fieles discípulos en una celda junto a al Iglesia de santa María sopra Minerva, en Roma, dirigió al Señor esta conmovedora oración, verdadero testamento de fe y de agradecido y ardiente amor:

"Dios eterno, recibe el sacrificio de mi vida a favor del Cuerpo místico de la santa Iglesia. No tengo otra cosa que darte si no es lo que tú me has dado a mí. Toma mi corazón y estrújalo sobre la faz de esta esposa"

El mensaje que nos trasmite es, por tanto, de una fe purísima, de un amor ardiente, de una entrega humilde y generosa a la Iglesia Católica. Cuerpo místico y Esposa del divino Redentor. Este es el mensaje específico de la nueva doctora de la Iglesia, Catalina de Siena, para que sea luz y ejemplo de cuantos se glorían de pertenecer a ella. Acojámoslo con ánimo agradecido y generoso, para que sea luz de nuestra vida terrena y prenda segura de la definitiva pertenencia a la Iglesia triunfante del cielo.

Paulo VI

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