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PATRES ECCLESIAE
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN BASILIO- 2/1/1980 - CARTA
APOSTÓLICA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II. Con
ocasión del XVI centenario de la muerte de san Basilio Venerables
hermanos y queridos hijos, saludos y bendición apostólica Contenido II. Vida
y ministerio de San Basilio II. El
magisterio de San Basilio IV. Conclusión I. Introducción Padres de la
Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que, con la fuerza de la fe,
con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el
transcurso de los primeros siglos. Son de
verdad "Padres" de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del
Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que
por ellos -sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre
Cristo- fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales. La Iglesia
vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose
todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, entre los goces
y penas de su caminar y de su trabajo cotidiano. Fueron, por
tanto, sus Padres y lo siguen siendo siempre; porque ellos constituyen, en
efecto, una estructura estable de la Iglesia y cumplen una función perenne en
pro de la Iglesia, a lo largo de todos los siglos. De ahí que todo anuncio del
Evangelio y magisterio sucesivo debe adecuarse a su anuncio y magisterio si
quiere ser auténtico; todo carisma y todo ministerio debe fluir de la fuente
vital de su paternidad; y, por último, toda piedra nueva, añadida al edificio
santo que aumenta y se amplifica cada día, debe colocarse en las estructuras
que ellos construyeron y enlazarse y soldarse con esas estructuras. Guiada por
esa certidumbre, la Iglesia nunca deja de volver sobre los escritos de esos
Padres -llenos de sabiduría y perenne juventud- y de renovar continuamente su
recuerdo. De ahí que, a lo largo del año litúrgico, encontremos siempre, con
gran gozo, a nuestros Padres y siempre nos sintamos confirmados en la fe y
animados en la esperanza. Nuestro gozo
es todavía mayor cuando determinadas circunstancias nos inducen a conocerlos
con más detenimiento y profundidad. Eso es lo que sucede ahora al conmemorar
este año el XVI centenario de la muerte de nuestro Padre San Basilio, obispo de
Cesarea. II. Vida y ministerio de San Basilio Llamado
"el Grande" entre los Padres griegos, los textos litúrgicos
bizantinos invocan a San Basilio como "faro de piedad" y
"luminaria" de la Iglesia. En efecto, iluminó a la Iglesia y la sigue
iluminando, no menos por la "pureza de su vida" que por la excelencia
de su doctrina. Porque la primera y mayor enseñanza de los santos es siempre su
propia vida. Nacido en
una familia de santos, Basilio tuvo también el privilegio de una educación
selecta, impartida por los más famosos maestros de Constantinopla y de Atenas. Pero a él le
parecía que su vida había comenzado realmente sólo cuando, de una forma
completa y determinante, pudo conocer a Cristo como su Señor; es decir, cuando
arrastrado irresistiblemente hacia Él, se apartó radicalmente de todas las
cosas -actitud que inculcaría en sus enseñanzas- y se hizo su discípulo. Emprendió
entonces el seguimiento de Cristo, conformando sólo a Él su conducta, mirando y
escuchando únicamente a Él, considerándole, en todo y por todo, su único
«soberano, rey, médico y maestro de verdad". De ahí que,
sin dudarlo un momento, abandonó los estudios que con tanta dedicación había
realizado y con los que había atesorado tanta ciencia; porque habiendo decidido
servir solamente a Dios, no quiso conocer otra cosa que a Cristo y consideró
vanidad cualquier sabiduría que no fuera la de la cruz. Al final de su vida, él
mismo evocaba el acontecimiento de su conversión con estas palabras:
"Habiendo desaprovechado un tiempo en vanidades, perdiendo casi toda mi juventud
en un trabajo inútil al que me aplicaba para aprender las enseñanzas de una
sabiduría que aparecía vana a los ojos de Dios, por fin un día, como si
despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad
del Evangelio y me di cuenta de lo inútil que resulta la sabiduría de los
príncipes de este mundo, que son perecederos. Y desde entonces, lamentando
grandemente mi miserable vida, decidí disciplinar mis sentidos". Y lloró
sobre su vida anterior, aunque -según testimonio de San Gregorio Nacianceno,
que fue condiscípulo suyo-, había sido humanamente ejemplar ; pero no por ello
la dejó de considerar "miserable", al no estar dedicada total,
íntegra y exclusivamente a Dios, que es el único Señor. Con
irrefrenable impaciencia, interrumpió aquellos estudios y, abandonando a los
maestros de la ciencia helénica, "atravesó muchas tierras y mares",
en busca de otros maestros que, considerados "necios" y pobres,
ejercían en lugares desiertos una sabiduría bien distinta. Comenzó así
a aprender cosas que jamás habían llegado al corazón del hombre; verdades que
ni oradores ni filósofos habrían podido jamás enseñarle. Y en esta sabiduría
nueva creció de día en día, en un maravilloso itinerario de gracia, mediante la
oración la mortificación, el ejercicio de la caridad y la constante meditación
de las Sagradas Escrituras y de la doctrina de los Santos Padres. Y muy pronto
fue llamado al ministerio. Pero también
en el servicio de las almas supo, con sabio equilibrio, hacer compatible la
infatigable predicación con largos momentos de soledad dedicados a la oración.
Juzgaba, en efecto, que esto era absolutamente necesario para la
"purificación del alma" y, consiguientemente, para que el anuncio de
la Palabra de Dios pudiese siempre ser confirmado con un "evidente
ejemplo" de vida. Así se
convirtió en Pastor y al mismo tiempo fue monje, en el auténtico sentido de la
palabra; más aún, está considerado como uno de los más grandes monjes-pastores
de la Iglesia. Una figura singularmente perfecta de obispo y un ejemplar
promotor y legislador de la vida monástica. Basado en su
personal experiencia, Basilio contribuyó grandemente a la formación de
comunidades de cristianos totalmente consagrados al "divino servicio"
y se impuso la obligación y tarea de sostenerlas y visitarlas frecuentemente.
Para su propia edificación y la de esas comunidades, establecía con ellas
admirables coloquios, muchos de los cuales, gracias a Dios, han llegado hasta
nosotros en sus escritos. De esos escritos se valieron después no pocos
legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, el propio
San Benito, que considera a Basilio como su maestro. Y en esos escritos
-conocidos directa o indirectamente- se inspiraron también la mayor parte de
cuantos, tanto en Oriente como en Occidente, abrazaron la vida monástica. Tal es la
razón por la que muchos opinan que esa institución tan importante en toda la
Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos,
principalmente por San Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no
habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación. Basilio tuvo
que sufrir mucho a causa de los males que atormentaban, en aquellas horas difíciles,
al Pueblo de Dios. Los denunció con franqueza y, con gran lucidez y amor,
señalaba sus causas, aprestándose valientemente a emprender una amplia obra
reformadora. Una obra -perseguible, por otra parte en todo tiempo y renovable
en toda generación- que tendía a llevar nuevamente la Iglesia del Señor,
"por la que Cristo murió y sobre la cual derramó abundantemente los dones
de su Espíritu", a su forma primitiva; es decir, a aquella normativa
imagen, hermosa y pura, que nos transmitieron la Palabra de Cristo y los Hechos
de los Apóstoles. ¡Cuántas veces recordaba Basilio, con ardorosa y eficaz
intención aquellos tiempos en que "la muchedumbre de creyentes formaba un
solo corazón y una sola alma"!. Su actividad
de reformador abarcaba a la vez, con armonía y gran acierto, todos los aspectos
y ámbitos de la vida cristiana. El obispo,
por la naturaleza misma de su ministerio, es ante todo pontífice de su pueblo;
y el Pueblo de Dios es, ante todo, un pueblo sacerdotal. Por tanto,
un obispo verdaderamente solícito del bien de la Iglesia no puede olvidar en
modo alguno la liturgia, su sagrada fuerza y riqueza, su hermosura, su
"verdad". Más aún; en
la actividad pastoral, la preocupación por la liturgia ocupa lógicamente el
primer lugar y debe estar realmente por encima de todo; porque, como recuerda
el Concilio Vaticano II, "la liturgia es como la cumbre a la que tiende
toda la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde emana toda
su virtud", de forma que "ninguna otra acción de la Iglesia, con el
mismo título y en el mismo grado, iguala su eficacia". Todas estas
admirables cosas las entendió perfectamente San Basilio, y así, el
"legislador de monjes", supo ser al mismo tiempo excelente
"recopilador de preces". Entre todas
las obras que compuso en este campo, nos queda, como herencia valiosísima para
la Iglesia de todos los tiempos la anáfora que legítimamente lleva su nombre:
la gran oración eucarística que, refundida y enriquecida por él, sigue siendo
la más hermosa entre las mejores preces litúrgicas. Y no sólo
eso; sino que la misma ordenación fundamental de la oración salmódica tuvo en
él uno de sus mayores inspiradores y artífices. Y así, gracias sobre todo al
impulso que le dio Basilio, la salmodia -"incienso espiritual",
respiro y consuelo para el Pueblo de Dios- fue amorosamente acogida por los
fieles de su Iglesia y la practicaban los jóvenes y los adultos, los doctos y
los indoctos. Como refiere el propio San Basilio: "Entre nosotros el
pueblo se levanta de noche para dirigirse a la casa de oración... y transcurre
la noche alternando los salmos con otras preces". Los salmos, que en las
Iglesias retumbaban como truenos, se oían también resonar en las casas y en las
calles. Basilio amó
con gran celo a la Iglesia; y, sabiendo que su virginidad era su propia fe,
custodiaba con gran vigilancia la integridad de esa fe. Por eso,
tuvo que combatir y supo hacerlo valientemente, no contra los hombres, sino
contra toda adulteración de la Palabra de Dios, contra toda falsificación de la
verdad, toda tergiversación del depósito santo, transmitido por los Padres.
Pero su ímpetu no llevaba violencia, sino fuerza amorosa; sus advertencias no
eran arrogantes, sino llenas de manso amor. Y así, desde
el principio hasta el final de su ministerio se esforzó en procurar que se
conservara intacto el sentido de la fórmula de Nicea referente a la divinidad
de Cristo "de la misma naturaleza" que el Padre; e igualmente luchó
para que no se disminuyera la gloria del Espíritu que, "formando parte de
la Trinidad y siendo de su misma divina y beata naturaleza", debe ser
nombrado y conglorificado con el Padre y el Hijo. Con firmeza
y exponiéndose personalmente a gravísimos peligros, vigiló y combatió también
por la libertad de la Iglesia. Como verdadero obispo, no dudaba en enfrentarse
a los poderes públicos para defender su propio derecho y el del Pueblo de Dios
a profesar la verdad y obedecer al Evangelio. San Gregorio Nacianceno, que
narra un episodio importante de esta lucha, hace notar atinadamente que el
secreto de la fuerza de Basilio residía únicamente en la misma sencillez de su
predicación en la claridad de su testimonio, en la inerme majestad de su
dignidad sacerdotal. No menor
severidad que contra las herejías y los tiranos, demostró Basilio contra los
equívocos y abusos dentro de la propia Iglesia; especialmente contra la
mundanización y el apego a los bienes de la tierra. A ello le
movía, como en todo, el mismo amor a la verdad y al Evangelio; en fin de
cuentas, y aunque en modo diverso, era siempre el Evangelio lo que se negaba y
rechazaba, tanto con el error de los heresiarcas, como con el egoísmo de los
ricos. Son
memorables, a tal respecto, y continúan siendo ejemplares, los textos de
algunos de sus sermones: "Vende lo que tienes y dalo a los pobres...
porque, aunque no hayas matado a nadie, ni cometido adulterio, ni robado, ni
levantado falsos testimonios, de nada te sirve eso si no cumples también lo
demás: sólo así podrás entrar en el reino de Dios". Porque todo el que
quiere, según el mandamiento de Dios, amar al prójimo como a sí mismo, "no
debe poseer más cosas que las que posee su prójimo". Y todavía
con mayor vehemencia exhortaba, en tiempo de carestía, a "no mostrarse más
crueles que las bestias... apropiándose de las cosas comunes y teniendo para
uno solo lo que es de todos". Esta actitud
radical suya, desconcertante y hermosísima a la vez, es también una exhortación
a la Iglesia de todos los tiempos, para que abrace seriamente el Evangelio. De ese
Evangelio, que manda amar y servir a los pobres, dio siempre testimonio
Basilio, no sólo con su palabra, sino con grandes obras de caridad; como fue la
construcción, en los alrededores de Cesarea, de un gigantesco asilo para
necesitados; una auténtica ciudad de la misericordia que de él tomó el nombre
de Basiliada, verdadero testimonio también del único mensaje evangélico. Ese mismo
amor a Cristo y a su Evangelio hizo que San Basilio sufriera grandemente por
las divisiones de la Iglesia y que, con insistente perseverancia, esperando
contra toda esperanza, se preocupara por lograr una comunión más eficaz y
manifiesta con todas las Iglesias. Porque realmente
la discordia de los cristianos es lo que oscurece la propia verdad del
Evangelio y lacera el Corazón de Cristo. La división de los creyentes
contradice la potencia del único bautismo, que nos hace una sola cosa en Cristo
e incluso una sola mística persona; contradice la soberanía de Cristo, Rey
único al que todos deben estar sujetos por igual; contradice, en fin, la
autoridad y la fuerza unificadora de la Palabra de Dios, que sigue siendo la
única ley a la que todos los creyentes deben concordemente obedecer. La división
de las Iglesias es, por tanto, un hecho tan clara y directamente
anticristológico y antibíblico que, según San Basilio, el único camino para
recomponer la unidad es la conversión de todos a Cristo y a su Palabra. Así, pues,
en el múltiple ejercicio de su ministerio, Basilio se hizo lo que él mismo
aconsejaba a todos los predicadores de la Palabra de Dios: "apóstol y
ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del Reino,
modelo y norma de piedad, ojo del Cuerpo de la Iglesia, Pastor de las ovejas de
Cristo, médico compasivo, padre nutricio, cooperador de Dios, agricultor de
Dios, edificador del templo de Dios". En esa
actividad y en esa lucha -áspera, dolorosa, ininterrumpida- Basilio ofreció su
vida y se consumó en holocausto. Murió a la
edad de cincuenta años, consumido por las fatigas y la vida ascética. III. El magisterio de San Basilio Después de
haber resumido brevemente los aspectos más salientes de la vida de Basilio y de
su obra como cristiano y como obispo, parece oportuno extraer ahora, de la
riquísima herencia de sus escritos, al menos algunas importantes indicaciones.
La consideración de sus enseñanzas podrá servir de luz para mejor afrontar los
problemas y las dificultades de este nuestro tiempo y de ayuda para el presente
y el futuro. Y no parece
inoportuno empezar por lo que nos enseñó respecto a la Santísima Trinidad; más
aún, es realmente el mejor comienzo, si se quiere aferrar mejor su pensamiento. Por otra
parte, ¿qué puede convencernos más y ser más provechoso para nuestra vida que
el misterio de la vida de Dios? ¿Puede haber un punto de referencia más
significativo y vital para el hombre? Hablamos del
hombre nuevo, conformado a este misterio por su íntima esencia y existencia; y
hablamos de todo hombre, sea o no consciente de ello, porque no hay hombre
alguno que no esté llamado por Cristo, el Verbo eterno, por el Espíritu y en el
Espíritu para glorificar al Padre. La Santísima
Trinidad es el misterio primordial, porque no es otra cosa que el propio
misterio de Dios, del único Dios, vivo y verdadero. San Basilio
proclama firmemente la realidad de este misterio, afirmando que los tres
nombres divinos indican ciertamente tres hipóstasis distintos. Pero con la
misma firmeza confiesa la absoluta inaccesibilidad a ellas. ¡Cuán
claramente consciente era él, sumo teólogo, de la debilidad e insuficiencia de
cualquier disquisición teológica! Nadie,
decía, es capaz de hacer esto con la dignidad debida, y la magnitud del
misterio supera cualquier explicación, de forma que ni siquiera la lengua de
los ángeles puede lograrla. Dios vivo
es, por tanto, una realidad inmensa, como abismo inescrutable. Pero no por ello
San Basilio elude la "obligación" de hablar de esa realidad, antes y
más ampliamente que de cualquier otra cosa. Y como cree en ella, habla y lo
hace guiado por la fuerza de un irrefrenable amor, por obediencia al mandato de
Dios y para edificación de la Iglesia, que no "se cansa de oír estas
cosas". Pero quizá
sea más exacto decir que Basilio, como auténtico "teólogo", más que
hablar de este misterio, lo canta. Canta al
Padre, que es "el principio de todo, la causa de cuanto existe, la raíz de
los vivientes" y, sobre todo "Padre de Nuestro Señor
Jesucristo". Y como el Padre está en relación principalmente con el Hijo,
así el Hijo -el Verbo que en el seno de la Virgen María se hizo carne- está
principalmente en relación con el Padre. Y así es
como Basilio contempla y canta al Hijo: como "luz incesante, potencia
inefable, grandeza infinita, gloria resplandeciente del misterio de la
Santísima Trinidad", Dios junto a Dios, "imagen de la bondad del
Padre y sello de igual figura". Sólo así,
confesando sin ambigüedad a Cristo como "uno de la Santísima
Trinidad", puede verlo después Basilio, con pleno realismo, en el
anonadamiento de su humanidad. Y sabe, como pocos, hacernos medir y considerar
el infinito espacio que Cristo recorrió en nuestra busca: y, también como
pocos, nos lleva a escrutar en la profundidad de la humillación "de quien,
siendo Dios, se aniquiló a sí mismo tomando forma de siervo". En la
doctrina de San Basilio, la cristología de la gloria en nada debilita a la
cristología de la humillación; sino más bien se proclama con mayor fuerza
todavía el contenido central del Evangelio que es la palabra de la cruz, el
escándalo de la cruz. Tal es en
realidad el esquema habitual de su doctrina cristológica: la luz de la gloria
resalta más el sentido de la humillación. La
obediencia de Cristo es auténtico "Evangelio"; es decir, realización
singular del amor redentor de Dios, precisamente -y sólo por eso- porque quien
obedece es "el Hijo Unigénito de Dios, Señor y Dios nuestro... por quien
fueron hechas todas las cosas"; de ahí que su obediencia pueda doblegar
nuestra desobediencia. Los sufrimientos de Cristo, cordero inmaculado que no
abrió la boca contra quienes lo perseguían, tienen un alcance y un valor
eternos y universales, precisamente porque el que los padeció es el
"Creador y Señor del cielo y de la tierra, adorable por encima de toda
criatura espiritual o sensible y que todo lo sostiene por la palabra de su
potencia". Y así, la Pasión de Cristo amortigua nuestra violencia y aplaca
nuestra ira. La cruz, en
fin, es realmente nuestra "única esperanza" -no es una derrota, sino
un acontecimiento salvífico, "exaltación" y admirable triunfo-, sólo
porque Aquel que fue enclavado y murió en ella es "el Señor nuestro y de
todas las cosas", "por quien todas las cosas, tanto visibles como
invisibles, fueron hechas; que posee la vida como la posee el Padre que se la
ha dado y que recibe del Padre toda potestad", lo que hace que la muerte de
Cristo nos libere del "temor de la muerte", a la que todos estamos
sometidos. De Cristo
"procede el Espíritu Santo, Espíritu de verdad, don de la adopción filial,
prenda de herencia futura, primicia de bienes eternos, potencia vivificadora,
fuente de santificación; por el cual toda criatura dotada de razón y
entendimiento, recibe fuerza suficiente para adorar al Padre y tributarle
glorificación eterna". Este himno
de la anáfora de San Basilio expresa acertadamente, en síntesis, el papel del
Espíritu Santo en la economía de la salvación. Es el
Espíritu, dado a todo el que se bautiza, quien infunde en cada uno los carismas
y les recuerda los preceptos del Señor; es el Espíritu quien anima a toda la
Iglesia y la ordena y vivifica con sus dones, haciendo de toda ella un cuerpo
"espiritual" y carismático. De aquí, se
eleva San Basilio a la serena contemplación de la "gloria" del
Espíritu, misteriosa e inaccesible, confesándolo, por encima de toda creatura,
Rey y Señor, porque por Él hemos sido divinizados, y Santo, porque por Él somos
santificados. Así, pues,
San Basilio, habiendo contribuido a la formulación de la fe trinitaria de la
Iglesia, le habla todavía hoy a su corazón y la consuela, especialmente con la
luminosa confesión de su Consolador. La luz
resplandeciente del misterio trinitario no ensombrece ciertamente la gloria del
hombre, sino que, por el contrario, la exalta y la pone de relieve. El hombre,
en efecto, no es rival de Dios, opuesto insensatamente a Él: pero tampoco está
huérfano de Dios ni abandonado a la desesperación de su propia soledad, sino
que es la imagen reflejada de Dios. De ahí que
cuanto más resplandezca Dios, tanto mayor es su reflejo en el hombre; y cuanto
más es exaltado Dios, tanto más se eleva la dignidad del hombre. Y es así
realmente como San Basilio resaltaba la dignidad del hombre: considerándola
totalmente relacionada con Dios. Es decir, derivada de Dios y tendente hacia
Él. Porque el
hombre recibió la inteligencia principalmente para conocer a Dios, y fue dotado
de libertad para vivir conforme a la ley divina. Solamente como imagen de Dios,
el hombre trasciende todo el orden de la naturaleza y aparece "más
glorioso que el cielo, más que el sol, más que el conjunto de los astros
(porque, en efecto, ¿qué hay en el firmamento que haya sido llamado imagen del
Dios Altísimo?)". Precisamente
por eso, la gloria del hombre está radicalmente condicionada a su relación con
Dios; por eso el hombre consigue totalmente su dignidad "regia"
solamente realizándose como tal imagen de Dios; de ahí que sólo se encontrará
realmente a sí mismo conociendo y amando a Aquel de quien recibió la razón y la
libertad. Ya antes de
San Basilio, se expresaba así admirablemente San Ireneo: "La gloria de
Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios".
Como si dijera que el hombre viviente es en sí mismo la glorificación de Dios,
en cuanto que es rayo de su belleza; pero no tiene vida alguna si no la extrae
de Dios, en su relación personal con Él. Si falla en esta tarea, el hombre
traiciona su vocación primordial y con su actitud niega y envilece su propia
dignidad. ¿Qué otra
cosa es el pecado sino esto? ¿Es que acaso Cristo no vino para restaurar y
restituir su gloria a esta imagen de Dios, es decir, al hombre el cual con el
pecado, la había oscurecido, corrompido, roto?. Precisamente
por esto -afirma San Basilio con palabras de la Sagrada Escritura- "el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y se humilló a sí mismo haciéndose
obediente hasta la muerte y muerte de cruz". Por lo cual, "oh hombre,
debes considerar tu dignidad teniendo en cuenta el precio pagado por tí; mira
el precio con que has sido rescatado y comprende bien tu dignidad". La dignidad
del hombre, por tanto, reside a la vez en el misterio de Dios y en el de la
cruz: tal es la doctrina de San Basilio, sobre los hombres, es decir, su
"humanismo", que podríamos llamar sencillamente "humanismo"
cristiano. Por tanto,
la restauración de la imagen sólo puede realizarse en virtud de la cruz de
Cristo, ya que "su obediencia hasta la muerte... se convirtió para
nosotros en remisión de los pecados, liberación de la muerte que trajo el
pecado a este mundo, reconciliación con Dios y facultad de serle gratos, don de
justicia, comunión de los santos en la vida eterna, herencia del reino de los
cielos. Esto, para
San Basilio, equivale a decir que todo ello se consigue en virtud del bautismo.
¿Qué otra
cosa es el bautismo sino el acontecimiento salvífico de la muerte de Cristo en
el que nos insertamos mediante la celebración del misterio? Porque el misterio
sacramental, que es "imitación" de su muerte, nos sumerge en ella,
como dice San Pablo: "¿Acaso ignoráis que cuantos nos bautizamos en
Cristo, nos bautizamos en su muerte?". Basándose,
pues, en la misteriosa identidad del bautismo con el acontecimiento pascual de
Cristo, Basilio, siguiendo las huellas de San Pablo, nos enseña que bautizarse
no es en realidad otra cosa que crucificarse; es decir, enclavarse en la única
cruz de Cristo, padecer realmente su muerte, sepultarse en su sepulcro y,
consiguientemente, resucitar en su resurrección. Justamente,
por tanto, puede atribuir al bautismo los mismos títulos de gloria con que
canta a la cruz. También el bautismo es "precio del rescate de la
cautividad, perdón de las deudas, muerte del pecado, regeneración del alma,
vestidura de luz, sello que en modo alguno se puede romper, vehículo para el
cielo, conseguidor del reino, don de filiación" . Mediante el bautismo, en
efecto el hombre se configura con Cristo, por quien se inserta en el interior
de la vida trinitaria: y se hace espíritu porque nace del Espíritu, y se hace hijo
porque se reviste del Hijo, uniéndose en relación altísima con el Padre del
Unigénito, que también realmente se hace padre suyo. A la luz de
una consideración tan vigorosa del misterio bautismal, se esclarece en Basilio
el sentido mismo de la vida cristiana. Por otra parte, ¿cómo comprenderemos
mejor este misterio del hombre nuevo si no es fijando la mirada en el punto
luminoso de ese nuevo nacimiento y en la potencia divina que le engendra
mediante el bautismo? "¿Qué
es lo propio del cristiano?", se pregunta Basilio, para responder:
"Ser engendrado nuevamente por medio del agua y por el Espíritu Santo en
el bautismo". Solamente,
por tanto, en aquello en que nos regeneramos se puede percibir claramente lo
que somos y por qué lo somos. Como nueva
criatura, el cristiano, aun sin darse cuenta de ello, vive una nueva vida; y en
lo más profundo de su ser, aunque lo niegue con sus obras, se traslada a una
nueva patria como si se hiciera celestial ya en la tierra, porque la obra de
Dios es grande e infaliblemente eficaz, permaneciendo siempre, en cierto modo,
por encima de lo que el hombre pueda negar o contradecir. Indudablemente,
el deber del hombre -tal es, por la relación esencial con el bautismo, el
sentido de la vida cristiana- no es otro que convertirse en lo que realmente
es, adecuándose a la nueva dimensión "espiritual" y escatológica de
su misterio personal. Como el propio San Basilio, con su habitual claridad,
afirma: "el significado y la potencia del bautismo reside en que el
bautizado se transforma en sus pensamientos palabras y obras y se convierte,
por la potencia que se le ha infundido, en lo que es Aquel por quien ha sido
regenerado". La
Eucaristía, por la que se perfecciona la iniciación cristiana, es considerada
siempre por San Basilio en estrechísima relación con el bautismo. Único
alimento adecuado al nuevo ser bautizado y capaz de sostener su vida nueva y
sus nuevas energías. Culto de espíritu y verdad, ejercicio del nuevo sacerdocio
y perfecto sacrificio del nuevo Israel, solamente la Eucaristía realiza y
perfecciona la nueva creación efectuada por el Bautismo. De ahí, que
sea un misterio de inmenso gozo -sólo cantando se puede participar en él -, así
como de infinita y tremenda santidad. ¿Cómo se puede tratar el Cuerpo de Cristo
estando en pecado?. Es necesario que la Iglesia, administradora de la sagrada
comunión, no tenga "mancha ni arruga y sea santa e inmaculada",
consciente siempre de que, al celebrar el misterio, se examina a sí misma para
purificarse cada vez más "de toda contaminación e impureza". Por otra
parte, no es posible abstenerse de comulgar, ya que el mismo bautismo está en
relación con la Eucaristía, que es necesaria para la vida eterna y, por tanto,
el Pueblo de los bautizados debe ser puro, para poder participar en la
Eucaristía. Además, sólo
la Eucaristía, verdadero memorial del misterio pascual de Cristo, es capaz de
mantener vivo en nosotros el recuerdo de su amor. De ahí que la Iglesia vigile
su celebración, ya que si la divina eficacia de esta vigilancia continua y
dulcísima, no la fomentara, si no sintiera la fuerza penetrante de la mirada
del Esposo fija sobre Ella, fácilmente la misma Iglesia se haría olvidadiza,
insensible, infiel. El mismo Señor instituyó la Eucaristía recomendándola con
estas palabras: "Haced esto en conmemoración mía"; recomendación que
no hay que olvidar al celebrarla. San Basilio
no se cansa de repetirlo: "en conmemoración"; más aún en perpetua
conmemoración, "en indeleble memoria", para expresar más
"eficazmente el recuerdo de quien murió y resucitó por nosotros". Así, pues,
sólo la Eucaristía, por designio y don de Dios, puede realmente custodiar en
los corazones "el sello" de ese recuerdo de Cristo que,
presionándonos y frenándonos, nos impide pecar; por eso San Basilio recuerda,
refiriéndolas a la Eucaristía, las palabras de San Pablo: "La caridad de
Cristo nos constriñe, persuadidos como estamos que si uno murió por todos,
luego todos son muertos; y murió por todos para que los que viven no vivan ya
para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó". Y, ¿qué
significa este vivir para Cristo -o vivir "integralmente para Dios"-,
sino la esencia misma del pacto bautismal?. También en
este sentido, por tanto, la Eucaristía se manifiesta como plenitud del
bautismo, ya que sólo ella permite vivirlo con fidelidad y continuamente lo
actualiza como potencia de gracia. Por eso San
Basilio no duda en recomendar la comunión frecuente e incluso diaria:
"Comulgar todos los días recibiendo el santo Cuerpo y Sangre de Cristo, es
cosa buena y útil, según Él mismo dijo claramente: "Quien come mi carne y
bebe mi sangre, tendrá vida eterna". ¿Quién puede, pues, dudar de que participar
continuamente de esa vida no es sino vivirla en plenitud?. Verdadero
"alimento de vida eterna, capaz de mantener la vida del bautizado, es,
como la Eucaristía, también "toda palabra que procede de la boca de Dios. El mismo
Basilio pone de relieve el nexo fundamental que existe entre el alimento de la
Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo, ya que la Escritura, aunque de modo
diverso, es como la Eucaristía, divina, santa y necesaria. Es
verdaderamente divina -afirma San Basilio con excepcional vigor-, porque es
"de Dios" en el verdadero y auténtico sentido. Dios mismo la inspiró,
Dios la confirmó, Dios la pronunció por medio de los hagiógrafos -Moisés, los
profetas, los evangelistas, los apóstoles - y sobre todo a través de su Hijo,
único Señor, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento; ciertamente, con
diversa intensidad y diversa plenitud de revelación, pero sin sombra de
contradicción alguna. Realmente la
Escritura, siendo sustancialmente divina aunque expresada con palabras humanas,
tiene una suprema autoridad; fuente de la fe, según palabras de San Pablo, es
el fundamento de una certeza plena, indudable, firme. Siendo toda de Dios, es
toda ella, aun en sus mínimos detalles, de extraordinario peso y merecedora de
suma atención. Por eso, a
la Escritura se la denomina acertadamente Santa: y así como sería horrible
sacrilegio profanar la Eucaristía, lo sería igualmente atentar contra la
integridad y la pureza de la Palabra de Dios. No se la
puede, por tanto, considerar según las categorías del entendimiento humano,
sino a la luz de su propia doctrina, "como pidiendo al mismo Señor la
interpretación de las cosas dichas por Él". Y no se puede quitar ni añadir
nada a esos textos divinos transmitidos a la Iglesia para todos los tiempos; es
decir, a esas palabras santas pronunciadas por Dios de una vez para siempre. Es, efecto,
vitalmente necesario, que la disposición hacia la Palabra de Dios, sea siempre
de adoración, fidelidad y amor. De ella debe servirse esencialmente la Iglesia
para expresar su mensaje, guiándose por las propias palabras del Señor, para no
"reducir la religión a palabras humanas". Y a la
Escritura debe dirigirse "siempre y en todas partes" el cristiano,
para todas sus decisiones, "haciéndose como niño", extrayendo de ella
remedio eficaz para todas sus debilidades y no atreviéndose a dar paso alguno
sin sentirse iluminado por la luz de esas palabras. Como hemos
visto, todo el magisterio de San Basilio, es auténticamente "Evangelio"
cristiano, mensaje gozoso de salvación. ¿No es acaso
plenamente gozosa y fuente de gozo la confesión de la gloria de Dios que
resplandece en el hombre, imagen de Él? ¿No es
estupendo el anuncio de la Victoria de la cruz en la cual, "por la
grandeza de la piedad y la multitud de las misericordias de Dios", fueron
perdonados nuestros pecados antes de ser cometidos?. ¿Qué anuncio más
consolador que el del bautismo que nos regenera, o el de la Eucaristía que nos
alimenta, o el de la Palabra que nos ilumina? Pero
precisamente por eso, por no haber callado ni disminuido la potencia salvífica
y transformadora de la obra de Dios y de las "energías del tiempo
venidero", San Basilio puede pedirnos a todos, con gran firmeza, amor
absoluto hacia Dios, plena dedicación sin reservas, perfección de vida ajustada
a la doctrina del Evangelio. Porque si el
bautismo es gracia -y ¡qué gracia más singular!- todos cuantos lo han
conseguido han recibido realmente "el poder y la fuerza de agradar a
Dios" y están, por tanto, "obligados, todos por igual, a secundar esa
gracia bautismal"; es decir, "a vivir según el Evangelio". "Todos
por igual", dice; no hay, pues, cristianos de segunda categoría,
simplemente porque no hay diversos bautismos y porque el mismo sentido de la
vida cristiana está todo él contenido en el mismo pacto bautismal. "Vivir
conforme al Evangelio", dice también; y ¿qué significa esto, según San
Basilio? Significa
tender con ansia irrefrenable y con todas las fuerzas disponibles, a
"conseguir el complacimiento de Dios". Significa,
por ejemplo, "no ser rico, sino pobre, según el mandato del Señor",
realizando así la condición fundamental para seguirle sin ataduras
manifestando, contra la norma imperante del vivir mundano, la novedad del
Evangelio. Significa
someterse totalmente a la Palabra de Dios, renunciando a "las propias
voluntades" y haciéndose obediente, a imitación de Cristo, "hasta la
muerte". Realmente
San Basilio no se avergonzaba del Evangelio, sino que, persuadido de que en él
se halla la potencia de Dios para la salvación de todo creyente, lo anunciaba
con aquella integridad que le hace ser plenamente Palabra de Dios y fuente de
vida. Por último,
nos agrada recordar que San Basilio, aunque más moderadamente que su hermano
San Gregorio Niseno y su amigo San Gregorio Nacianceno, celebra la virginidad
de María, a la que llama "profetisa" y con feliz expresión, resalta
sus esponsorios con San José que "se efectuaron -dice- para que fuera
honrada la virginidad y no quedase despreciado el matrimonio". En la anáfora de San Basilio, más arriba recordaba, figuran excelentes alabanzas dedicadas "a la Santísima, Inmaculada, bendita sobre todas, gloriosa Señora, Madre de Dios siempre Virgen María", "Mujer llena de gracia, alegría de todo el universo...". Todos en la
Iglesia nos gloriamos de ser discípulos e hijos de este gran santo y maestro. Y
debemos, por tanto considerar su ejemplo y escuchar reverentemente su doctrina,
dispuestos a recibir sus enseñanzas, consuelos y exhortaciones. Confiamos
este mensaje especialmente a las numerosas Órdenes religiosas -masculinas y
femeninas- que se honran con el nombre y patronazgo de San Basilio y siguen su
Regla, animándoles, en esta feliz conmemoración, a que fomenten con renovado
fervor la vida ascética y contemplativa de las cosas divinas, que fructifique
en obras santas para gloria de Dios y edificación de toda la Iglesia. Por el feliz
logro de estos objetivos, imploramos también la materna intercesión de la
Virgen María, mientras, con el deseo de bienes celestiales y en prenda de
nuestra benevolencia, os impartimos la bendición apostólica. Dado en
Roma, junto a San Pedro -en recuerdo de los Santos Basilio el Grande y Gregorio
Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia- el 2 de enero del año 1980, II de
nuestro pontificado. Joannes Paulus pp. II (www.clerus.org) Volver al Inicio del Documento |
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