La auténtica participación en la Liturgia
LAS
PALABRAS DE LA DOCTRINA
P. Incola Bux
P. Salvadtore Vitiello
Hemos profundizado hasta ahora en el sentido de la auténtica participación en
la Liturgia. La Exhortación apostólica “Sacramentum Caritatis” dedica a ello una
parte importante, ya que con no poca frecuencia el tema ha sido mal comprendido:
“Conviene por lo tanto poner en claro que con tal expresión no se quiere hacer
referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad,
la activa participación deseada por el Concilio debe ser comprendida en términos
más sustánciales, a partir de una mayor consciencia del misterio que se celebra
y su relación con la existencia cotidiana” (52). No se debe, por tanto, entender
la participación a la luz de un presunto ‘giro antropológico’ que dar a la
liturgia, pues éste, en sentido verdadero y sobreabundante, se dio con la
encarnación del Logos eterno, si se puede decir que la Liturgia tenga real
necesidad de un giro teológico y antropológico.
En su libro “Introducción al espíritu de la liturgia” el Cardenal Ratzinger, hoy
Benedicto XVI, la define como entrega de todo a Dios, de la historia y del
cosmos, a partir de uno mismo. De dicha impostación se pueden deducir algunos
aspectos prioritarios que restaurar:
1. Orientar de nuevo ad Dominum la oración de los fieles, hoy desorientada,
retomando la tradición apostólica de la orientación hacia el este de los
edificios cristianos y de la misma praxis litúrgica, al menos donde es posible.
Sería un gesto que nos acercaría ecuménicamente a los cristianos orientales.
2. Poner nuevamente en relación el tabernáculo y el altar. La adoración no se
contrapone a la comunión, pero tampoco se coloca junto a ella. Esto debe llevar
a revisar las teorías acerca del conflicto de los signos, que ha conducido a
descentrar el primero y relegarlo a una posición secundaria o incluso a colocar
en su lugar la sede del sacerdote.
3. Representar la relación entre arte el arte cristiano y la encarnación de Dios
que se ha realizado para atraer al hombre en un proceso ascendente. Las nuevas
iglesias frecuentemente son funcionales pero rara vez capaces de transmitir
belleza.
4. Quitar a la música litúrgica del riesgo de disolver el hecho acontecimiento
cristiano en una suerte de mística general, convirtiéndose en la puerta de
ingreso a la gnosis y al New Age.
5. Comprender correctamente la participación en la liturgia promovida por el
Concilio. En la liturgia romana existe la expresión “facti participes”, o sea
hechos partícipes de una acción que no es humana, aunque se realice dentro de un
discurso humano. Si la consciencia de ese ser hechos partícipes, no puede haber
participación litúrgica. A la participación pertenece de manera eminente el
arrodillarse o inclinarse profundamente, principal actitud de adoración, que une
entre otras los católicos a los ortodoxos, aunque también a los hebreos y a los
musulmanes. Esto significa un retorno a la Biblia, en la que tiene una
importancia central: sólo en el Nuevo Testamento aparece 59 veces, de las cuales
24 en el Apocalipsis, el libro de la liturgia celeste que es presentado a la
Iglesia como modelo y criterio para la liturgia terrena. Finalmente, eliminar el
aplauso que asemeja la liturgia a una especie de entretenimiento con fondo
religioso.
Todo esto significa tener la valentía de ir contra la tendencia actual, pero
para poder permanecer en la línea de la milenaria tradición de la Iglesia, sobre
las huellas de los teólogos del movimiento litúrgico que pretendía revivir el
espíritu de la liturgia cristiana de adoración del Padre en el Espíritu Santo y
en la verdad de Jesucristo. Sin embargo, para realizar una reforma de la
reforma, no bastan las instrucciones, sino que son necesarios lugares ejemplares
de la liturgia, en los que la liturgia sea vivida con fe, y por lo tanto
celebrada con fidelidad. Las iglesias, que con el rito de la dedicación son
sacadas del uso profano y entregadas a Dios, no pueden funcionar como salas para
conciertos o ambientes museales en los que se exhibe vanagloriosamente el
pasado; además, se termina privando al hombre contemporáneo de la posibilidad de
encontrarse con lo divino y de convertirse, lo que constituye el fin último de
la liturgia. Favorezcamos pues el debate, sin prejuicios ni exclusiones, para
poder entender las razones; ello es necesario en todas las generaciones para la
recta comprensión y la digna celebración de la liturgia cristiana.