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La Renovación de la Parroquia por medio de la Liturgia

 

CAPÍTULO V
PROGRAMA MÍNIMO DEL MOVIMIENTO
LITÚRGICO POPULAR


Vamos a dar aquí un programa mínimo, que, como tal, no podrá contener el ideal deseado, ni dar una solución completa a nuestros problemas y esfuerzos, sino una iniciación, soluciones parciales, el destierro de las faltas más abultadas contra el sentido litúrgico, y las primeras piedras sobre las que se podrá continuar la construcción.

Subrayemos ahora una idea importantísima a este respecto. El movimiento litúrgico debe crecer de una manera orgánica, lo cual supone un desarrollo gradual. Por ende debe evitarse toda aquella reforma que resulte brusca y llamativa. Hay que contentarse por ahora con vivir una época de transición y de soluciones parciales. Siendo nuestro movimiento de tipo espiritual no debemos dar especial importancia a los éxitos y a los actos exteriores. El resultado exterior es la hechura, el cuerpo que debe crear antes el espíritu. No pocas veces se han quebrantado estos principios de táctica y más de un fracaso en nuestro movimiento hay que atribuirlo a este error. No nos hemos preocupado de crear ambientes de transición formulando exigencias demasiado ideales o insistiendo demasiado en lo puramente exterior, sin darnos cuenta de que un cuerpo sin alma es un cadáver.

Este mínimum de programa pretende alcanzar metas importantes y generalmente factibles. Las clasificaremos por materias:


1. La misa como ofrenda y sacrificio de la comunidad. La misa debe ocupar nuevamente el centro de la vida religiosa y del ministerio pastoral. Para esto, hay que hacerla comprender y hacer que los fieles participen en ella.

a) La celebración litúrgica del santo sacrificio de la misa o cualquier tipo de misa comunitaria debe ser introducida en la vida parroquial.
Tres son los tipos de misas comunitarias que se pueden practicar según el progreso litúrgico de una parroquia. La misa dialogada, la misa coral y la misa cantada por el pue-blo. La primera es la forma más simple y fácil de introducir en cada parroquia, la última exige una formación más honda y un coro adiestrado. Mas dentro de estas tres formas, existen diversos grados hasta llegar al ideal.

b) La comunión debe distribuirle ordinariamente durante la misa. La comunión fuera de la misa debe ser siempre una excepción legitimada solamente por razón del ministerio pastoral. Se debe formar a los fieles en este sentido de modo que lleguen a considerar la comunión como parte importantísima, y aun como una participación propiamente tal del mismo sacrificio.

c) No deben abusar los sacerdotes de las misas de "Requiem". Los fieles tienen derecho a la misa del día. En cuanto sea posible díganse las misas encargadas con el color del día. Hay que hacer comprender a los fieles que la aplicación de la misa por los difuntos no exige necesariamente una misa de "Requiem". Y, por fin, hágase re-saltar en la celebración de la misa la importancia del año litúrgico, de tal manera que las misas de Cuaresma, por ejemplo, han de preferirse a las misas del santoral.

d) Durante las misas rezadas o cantadas, no se debe recitar ni cantar oraciones y piezas ajenas a la liturgia. Esto se aplica al rezo del santo Rosario; sin embargo, mientras no se disponga de otra cosa mejor, por ejemplo, de una oración litúrgica o de una misa comunitaria, no conviene privar a los fieles del Rezo del Rosario.


2. Rehabilitación de los sacramentos. Nosotros debemos procurar poner en primer plano los sacramentos cada día más, por ser las fuentes de la vida divina. Cierta-mente, hasta ahora siempre ha habido recepción y administración de los sacramentos, pero en comparación con la vida de piedad subjetiva, no han sido cotizados como se merecen. Solamente el sacramento de la penitencia es el que con más frecuencia se recibe, y tal vez con demasiada frecuencia (Nota: Para la recta interpretación de esta frase, al parecer estridente, conviene tener en cuenta dos cosas: a) que muchos usan el sacramento de la penitencia en plan de dirección espiritual; b) que la excesiva importancia dada a este sacramento supone desconocimiento de la eficacia del sacramento de la Eucaristía, uno de cuyos efectos es perdonar los pecados veniales (Trid., sess. 13, c. y contrarrestar las malas inclinaciones, efectos que muchos cristianos sólo creen propios del sacramento de la penitencia. Razones por las cuales son muchos los que frecuentan más el sacramento de la penitencia. (N. del T.).

a) El bautismo se debiera administrar nuevamente en público, y a ser posible, en presencia de los fieles reunidos en el templo (y no, por consiguiente, en las viviendas). Deberíamos poner una mayor atención en la predicación de este tema y en la administración de este sacramento. El devolver su importancia al bautismo, lo mismo que la re-novación de la gracia bautismal, pertenece a la labor ordinaria pastoral.

b) La confirmación es muchas veces una ceremonia puramente externa. Conviene poner mucho más cuidado en su Preparación y poner más de relieve su aspecto espiritual en cuanto participación del sacerdocio real de Cristo.

c) La extremaunción, con todos los usos y costumbres que le acompañan, debe ser objeto de un cuidado especial. Es preciso que los fieles estén mejor instruidos sobre el uso y contenido de esta. fuente de gracias espirituales y tengan siempre dispuestos los objetos necesarios (mantel, candeleros, cruz y agua bendita). Asimismo se debería restaurar la oración de la recomendación del alma, que en muchas ocasiones se la deja a un lado.

d) El sacramento del matrimonio se ha convertido también en una ceremonia puramente externa. Es necesario que se celebre juntamente con la misa de esponsales y la bendición nupcial.
 

3. La predicación al servicio y en el espíritu de la liturgia.
a) Toda clase de predicación debe orientarse cada día más hacia la liturgia y hacia la educación litúrgica de los fieles.

b) Hay que cuidar más de las instrucciones referentes a la misa.

c) Los domingos y fiestas, conforme a la mentalidad del Código de Derecho Canónico, debe leerse en 
todas las misas el santo evangelio en lengua vulgar y se debe predicar una breve homilía.

d) El sermón u homilía, en cuanto sea posible, se ha de predicar dentro de la misa, puesto que la predicación forma parte de la liturgia.

e) Una manera moderna de adoctrinar e instruir cristianamente, sería tener una conferencia de Sagrada Escritura o de liturgia fuera de la iglesia.

f) La víspera de los domingos y fiestas, los sacerdotes deberían dar una explicación litúrgica preparatoria de los textos de la misa.

g) En el catecismo se debía cuidar más de la educación e instrucción litúrgica de los niños y se podía aprovechar para que los niños comprendieran la celebración de los oficios litúrgicos. El año litúrgico es un catecismo vivo que recuerda continuamente el dogma, la moral y la Biblia.
 

4. Las funciones y oraciones de la tarde deben revestir una nueva forma.
a) En lugar de las bendiciones con el Santísimo y en vez de esas otras oraciones monótonas, hay que implantar otros ejercicios que tengan en cuenta el año litúrgico y se 
inspiren en los textos litúrgicos, sobre todo en el breviario.

b) También sería deseable que los fieles pudieran rezar el oficio canónico al menos poco a poco y de una manera apropiada.
Las horas que sobre todo había que rehabilitar son las vísperas y las completas (oraciones de la tarde y de la noche de la Iglesia). Deberíase también tratar de hacer saborear la recitación de los salmos.

c) Una lectura de los relatos bíblicos y de las vidas de los santos, darían más interés a los ejercicios de piedad.
 

5. Una familia parroquial viva.
El párroco debería trabajar más en la organización de su comunidad parroquia' y no tanto en esas organizaciones y asociaciones basadas todas sobre un mismo tipo. El párroco es la cabeza de esta familia y la parroquia del Cuerpo místico de Cristo en pequeño. Su organización debería partir de las fuentes bautismales y del altar. Los fieles que tengan verdadero espíritu litúrgico serán sus colaboradores más celosos. Con el fin de lograr la unión de la familia parroquia' hay que crear en cada parroquia una casa o, al menos, un salón parroquia' donde, por medio de conferencias litúrgicas y bíblicas, ensayo de cantos, preparación de los oficios, y, sobre todo, con el fomento de un amor real-mente fraternal, pueda ejercerse una labor efectiva de formación religiosa.

Solamente cuando las parroquias se hayan convertido en células generatrices de vida divina, tendremos comunidades litúrgicas en todo el sentido de la palabra. Pero mientras eso no sea un hecho, el círculo litúrgico, dentro o al lado de la parroquia, no puede representar más que una solución parcial que desde el primer momento debe poner todas sus fuerzas y todo su empeño al desinteresado servicio de la parroquia. .
 

6. Dignidad de la casa de Dios.
La iglesia como hogar de la familia parroquial y como teatro de la acción litúrgica deberá estar ordenada con dignidad y en conformidad con su destino. No es un museo de pintura, ni de escultura ni de objetos piadosos, sino, ante todo, el lugar destinado al sacrificio de la comunidad. Fuera todo ese oropel y demás adornos que están fuera de lugar; fuera las flores de papel, las coronas eléctricas y la invasión de cirios ante las imágenes de los santos. Fuera con todos esos objetos, ornamentos y empleos que desdicen de la dignidad de la casa de Dios. Y especialmente que se vuelva a conceder al altar, por ser la mesa del sacrificio y el centro de la comunidad, el honor y el lugar que le corresponde.
 

7. Cultivo del canto litúrgico.
a) El canto litúrgico del pueblo, y no solamente de la coral, es un medio esencial de participación activa en los sagrados misterios y debe cultivarse con verdadero celo.

b) Con este fin sería de desear que en cada parroquia se organizara una agrupación de niños o de jóvenes que cultivara el canto litúrgico. Estos podrían situarse durante los oficios entre el altar y el pueblo.

c) En las ciudades (en las catedrales) se podrían tener cursos permanentes para la formación de organistas y directores de coro.
Según la mente de la Santa Sede expresada en sus decretos y demás instrucciones, el movimiento litúrgico musical debe ser objeto de gran cuidado y fomentado por las autoridades eclesiásticas.
 

 



CAPÍTULO VI
MÉTODO DEL TRABAJO LITÚRGICO


¿Cómo he de empezar? He aquí la pregunta que se hacen a sí mismos los párrocos cuando quieren emprender la tarea de la formación litúrgica de sus fieles. Trataré de exponer un resumen del método formado por una experiencia de más de veinticinco arios.

Más que frases sonoras prefiero ideas claras y decir sencillamente aquello que tengo que decir...

¿Qué se pretende con la labor litúrgica popular? Si se trata, pues, de un método educativo conviene saber antes con claridad lo que queremos enseñar.

1. La liturgia es primeramente la suma de todos los usos y fórmulas que constituyen el culto de la Iglesia. Tal es la liturgia en su acepción más periférica. Este aspecto de la liturgia no hay que perderlo del todo de vista, aunque tampoco debemos ser meros rubricistas.

2. En el sentido más hondo, la liturgia es el culto de la Iglesia. Con este último sentido pretendemos situar la liturgia en su verdadero lugar. Nuestra religión no es simplemente un edificio filosófico-dogmático, o solamente una institución moral. Es, ante todo, una religión cultural en la que el culto no es un simple apéndice. El culto es para nuestra religión lo que los pulmones y el corazón para nuestro organismo. Restituir a nuestros fieles este culto en toda su plenitud, su profundidad y su eficacia; poner al pueblo en contacto con esta circulación sanguínea, y, por consiguiente, hacer que participe activamente en ese culto, tal es el blanco de nuestra tarea litúrgica popular.

Podemos, y es nuestro deber antes que nada, rechazar la objeción de que la liturgia es algo accesorio en la Iglesia. No escasean los que miran la liturgia como una cosilla sin importancia y dicen que el ministerio pastoral tiene otras cosas más serias que el preocuparse de las rúbricas. Los que así piensan no llegan a dar con el verdadero sentido de nuestro movimiento. Tampoco puedo aprobar las teorías de algunos que dicen ser la liturgia un medio más de ejercer el ministerio. Yo, en cambio, afirmo que la liturgia está de tal suerte incorporada al organismo de la Iglesia que es un absurdo decir que no es más que uno de esos numerosos medios. Del mismo modo que el corazón y los pulmones son algo esencial en el cuerpo humano y sin ellos no hay vida, así la sagrada liturgia es esencial para la vida de la Iglesia. No quisiera caer con esto en el extremo opuesto y decir que fuera de la liturgia no hay en la Iglesia otras cosas que son importantes y esenciales. Si dejáramos a un lado el dogma y la moral faltaría algo que es, sin género de duda, esencial. Nosotros, pues, trabajamos por la liturgia en un sentido pleno, como órgano de las relaciones entre Dios y el hombre y como pulmón de la vida de la gracia. Nadie puede decirnos, por lo tanto, que estamos malgastando nuestras fuerzas en algo secundario y accesorio dentro de nuestra religión.

3. He llegado a tocar ahora un punto importante. Tras las formas y los textos litúrgicos se encuentra un espíritu, una disposición, el espíritu de la Iglesia, de la piedad del primitivo cristianismo tan próxima a la piedad de la Biblia y de Cristo. Las formas litúrgicas son un cuerpo habitado por un alma, y esta alma es la actitud objetiva de la Iglesia. A ésta la hemos ido descubriendo paulatinamente. Ese descubrimiento del camino de la piedad cristiana es uno de los frutos más valiosos del movimiento litúrgico.

Gracias al movimiento litúrgico hemos adquirido nuevamente conciencia de los grandes tesoros con que cuenta nuestra Madre la Iglesia: el Cuerpo Místico, la vida divina de la gracia, Jesucristo, y el sentido genuino de los sacramentos. Hemos cambiado así nuestra actitud apologética defensiva en una concepción positiva de nuestra religión. Solamente ahora es cuando estamos capacitados para distinguir entre lo esencial y lo puramente accesorio. Ahora podemos decir que poseemos un conocimiento completa-mente nuevo de nuestra Iglesia. Todo esto ha ejercido también una poderosa influencia dentro del ministerio pastoral. Sabemos ahora que el ministerio tiene como objeto el cuidar la vida de la gracia y que, por (=siguiente, el ministerio debe estar íntimamente unido con la liturgia.

Tal es el tercer punto de nuestro propósito: queremos que la liturgia devuelva al pueblo cristiano la piedad de la Iglesia.

El propósito está bien definido; busquemos ahora el camino que hemos de recorrer, o sea el método.
Visto el fin de nuestra tarea litúrgica pasemos a enumerar los medios, y, por tanto, al método propiamente dicho.

1. Formación del clero. Pongamos todo empeño en lo que se refiere a la formación y capacitación litúrgica del clero. Por supuesto que no podría decirse que nuestro movimiento litúrgico se mantiene o se derrumba con el clero, porque entonces ya se habría acabado desde hace mucho tiempo; pero con todo eso el clero es algo esencial para el auge y la prosperidad de nuestro movimiento. Por desgracia no podemos por menos de comprobar que los sacerdotes entrados ya en la vejez se oponen con frecuencia al movimiento litúrgico.

Muchos son los medios de formación litúrgica del clero y mucho se ha venido hablando de ellos: las jornadas litúrgicas sacerdotales, los ejercicios espirituales, los retiros y las conferencias de pastoral que deberán preferir, ante todo, temas referentes a la verdadera profesión del sacerdote en el mejor sentido de la palabra; las revistas del clero que deberán dar más importancia a la vida y al pensamiento litúrgico; el interesar al episcopado por nuestros esfuerzos, y el ejercer sobre todo nuestra influencia en los seminarios. Mucho esperamos de la joven generación sacerdotal y podemos afirmar sin exageración que el tiempo trabaja en favor nuestro. En veinte o treinta años todo el clero será del movimiento litúrgico. Pero sería una torpeza esperar hasta entonces. Mientras eso llega, los sacerdotes liturgistas debemos trabajar en la formación del pueblo cristiano.

2. ¿Parroquia o comunidad litúrgica? ¿Esta formación litúrgica ha de comenzar en la misma parroquia o fuera de ella? El ideal, respondemos, es y seguirá siendo la parroquia como sede del trabajo litúrgico popular. Sin embargo, habrá que tener en cuenta ciertas necesidades y circunstancias que en muchas ocasiones impondrán otro procedimiento. No faltan párrocos que prohíben toda actividad litúrgica dentro de su feligresía. Por eso una comunidad litúrgica que exista con vida propia fuera o al margen de la parroquia, será un medio provisional de ir adelante. En las ciudades en las que hay varias parroquias la comunidad o círculo litúrgico podrá desarrollarse bajo la dirección de un sacerdote libre del ministerio ordinario y sin que por ello el ministerio parroquial sufra detrimento esencial.

3. La comunidad o círculo litúrgico. Podríamos distinguir: el círculo es una comunidad en sentido amplio, que se reúne sobre todo para tratar seriamente de cuestiones litúrgicas y para conferenciar en plan litúrgico. La comunidad litúrgica va más lejos: celebra en común y con regularidad oficios litúrgicos y se entrega a una intensa vida de comunidad.

Aquí abarcamos en un solo concepto de "comunidad litúrgica" al círculo y a la comunidad.

Con relación al trabajo litúrgico la comunidad tiene más posibilidades que la parroquia. Es más homogénea, puesto que sus miembros proceden de un medio ganado ya para el movimiento litúrgico: pueden éstos trabajar con más intensidad y sin compromisos, mientras que la parroquia ha de contar siempre con feligreses de distinta opinión. La comunidad litúrgica puede convertirse gradual-mente en una comunidad ideal, puede practicar la liturgia ceo más perfección y hacer de ella su norma de vida. Un ejemplo de todo esto que hablamos lo tengo en la comunidad de Santa Gertrudis de Klosterneuburg, que me sirve al mismo tiempo de terreno de experiencias para mis estudios de liturgia popular. Esta comunidad, fundada en 1919, me ha mostrado las posibilidades, los límites y las dificultades de la formación litúrgica de la mayor parte de los cristianos actuales.

Cuatro son los elementos que deben concurrir para formar una comunidad litúrgica: 1, un sacerdote entregado totalmente a esa labor. 2, reuniones fijas que a la vez sirvan para profundizar y cultivar el espíritu de comunidad. 3, la celebración regular y litúrgica de los oficios. 4, un local común en el que se realicen todas estas actividades.

Los miembros de la comunidad pueden pertenecer a cualquier condición social, edad y sexo. El elemento joven es sumamente importante, puesto que sin él se correría peligro de envejecimiento. La vida y el impulso los da la juventud. Al hacerse más numerosa la comunidad se impone la necesidad de formar distintos grupos. La mitad de los trescientos cincuenta miembros de Santa Gertrudis son jóvenes. Entre toda la comunidad formamos siete grupos: hombres, mujeres, solteras mayores, jóvenes de ambos se-xos, muchachos y niños. Cada grupo tiene sus reuniones particulares con miras a la formación de sus miembros; pero cuando se trata de oficios, conferencias bíblicas, re-uniones familiares y otras cosas por el estilo, entonces se juntan todos. Naturalmente son más frecuentes las reuniones de los grupos juveniles y precisan de mayor cuidado que los grupos de adultos. El sacerdote director verá lo que cuesta armonizar los intereses de los diversos grupos con los de todos. Este sacerdote ha de ser el director, el maestro y el padre de todos, cosa que muchas veces resulta dificilísima. Su lema ha de ser el de San Pablo: "Me he hecho todo para todos". La comunidad litúrgica debe estar formada siempre por una agrupación de selectos y nunca debe convertirse en un movimiento masivo.

El punto cumbre de la actividad de esta comunidad litúrgica es la celebración de la misa en todas las festividades y tiempos del año litúrgico con una participación lo más activa posible. En esa misa se reúne toda la familia litúrgica distribuida según sus diversos grupos. ¡Dichosa la comunidad que dispone de una capilla a propósito en la que pueda celebrar su culto según sus conveniencias y sin trabas!

Es igualmente de suma importancia el "hogar" de la comunidad en el que pueda desarrollarse plenamente la vida comunitaria. El "hogar" de Santa Gertrudis responde a todas las exigencias: un gran salón en el que pueden celebrar el "ágape" doscientas personas, y otras salitas para las reuniones de los diversos grupos. Por supuesto que no son únicamente santos los que se reúnen en el "hogar" y que pueden apreciarse también allí debilidades y defectos. A pesar de todo, es aquella una familia divina, un Cuerpo místico de Cristo en pequeño, donde se practica mucho el bien, se ora mucho y donde se realiza una sólida labor religiosa y litúrgica.

Creo que sería de gran utilidad en todas las grandes poblaciones el constituir tales comunidades, porque podrá servir de modelos a las parroquias, y porque muchos sacerdotes y seglares podrían aprender de ellas. Los miembros de estas comunidades podrían ser en el futuro la levadura de la labor litúrgica en las parroquias.
 

4. La parroquia litúrgica. La parroquia ha de seguir siendo nuestro ideal en cuanto que es la célula de la liturgia al alcance del pueblo cristiano. La marcha de la labor litúrgica en la parroquia ha de ser más lenta. El párroco ha de tener en cuenta los fieles que carecen de formación litúrgica y ha de respetar también las tradiciones. Sería arriesgado el proceder de una manera demasiado radical. Su labor, en este caso, resultaría más nociva que útil. El método de la labor litúrgica en las parroquias será, pues, a base de un proceso lento y gradual, sin tanteos, sin quitar lo antiguo mientras no se haya reemplazado con algo mejor, ateniéndose a lo bueno que exista y respetando la tradición.

El párroco nunca debe Perder de vista la finalidad del renacimiento litúrgico y en la consecución de esta finalidad ha de contar con soluciones parciales. Ha de contar también con fuertes resistencias, y por eso deberá trabajar con una dulce tenacidad. No deja de tener importancia para el párroco el recordar que él es el guía de su parroquia, que la liturgia es su obra propia, su primer deber de esta-do. El párroco tiene que partir a su comunidad el doble pan de la doctrina y de la sagrada Eucaristía. En ninguna ocasión ostenta el sacerdote más dignidad que cuando celebra en el altar el sacrificio de la comunidad con su familia parroquial. Su tarea consistirá, por tanto, en dar a su pueblo los mayores bienes de la religión, la misa y los sacramentos. El es "el dispensador de los divinos misterios" (1 A los de Corinto, 4, 1). Como pastor de las almas debe dar en primer lugar a los suyos la vida sobrenatural de la gracia, mantenerla y desarrollarla. Tal es el objeto de su paternidad espiritual. Mas no tendrá en esto éxito si no se vale de la liturgia.

Para iniciar su labor litúrgica en el pueblo necesita el párroco un núcleo que llamaríamos de auxiliares litúrgicos. La masa del pueblo suele ser las más de las veces amorfa y muy poco activa. Ha de formar de tal modo este núcleo que no se concentre sobre sí mismo sino que se despliegue lo rnás apostólicamente posible, constituyendo al propio tiempo la corte del párroco en todas sus funciones litúrgicas. Ante todo les debe enseñar a orar, pensar y vivir litúrgicamente; con ellos también debe ensayar las funciones litúrgicas y valerse de su ayuda cuando trate de introducir, por ejemplo, la misa dialogada u otros ejercicios de piedad parroquiales. La schola de cantores podrá formarse a base de ese núcleo, así como también los lectores, los encargados del orden y los distribuidores de los textos. En la parroquia de San Pablo de Múnich existe un ejemplo clásico de esta comunidad de auxiliares. Y otra cosa: comience el párroco con su gente joven, y sobre todo con los niños. Son muchas las parroquias en las que la misa dialogada con cantos ha venido celebrándose primeramente con los niños del catecismo, convirtiéndose después fácilmente en acto cultural de toda la parroquia.

El párroco ha de formar de una manera metódica a su feligresía en la vida y oficios litúrgicos, y utilizar, con este fin, todos los medios del ministerio. La liturgia es una disposición de espíritu que no puede separarse de la piedad y del ministerio pastoral.

Sobre tres puntos quiero ahora hacer hincapié por ser particularmente importantes para la formación litúrgica: las semanas litúrgicas, las conferencias litúrgicas y los oficios comunitarios.

a) Semana litúrgica. Consiste ésta en predicar durante una semana sobre temas litúrgicos y en tener al mismo tiempo ensayos litúrgicos, cuyo colofón sería una misa comunitaria. Estas semanas litúrgicas pueden tener doble finalidad: o bien pueden ser una primera pulsación en vistas a la formación litúrgica de una parroquia que, con esta ocasión, puede interesarse en este movimiento y ser invitada a participar en las conferencias litúrgicas y en los oficios de la comunidad, o bien, una de estas semanas puede hacer también que una parroquia ya formada enraíce más en el movimiento litúrgico y se prepare a un período litúrgico determinado, por ejemplo a la Semana Santa. Naturalmente, la celebración de una semana litúrgica da margen a diversas posibilidades. Muchas han sido las semanas litúrgicas que hemos organizado y hemos experimentado que, en general, los fieles las acogen con gratitud. Es este un ejercicio que se ha venido descuidando casi en todas partes y que para la mayoría es una novedad y se mira como una revelación. "¿Por qué no se nos ha hablado de esto antes?", se oye decir con frecuencia. Las semanas, como introducción a la vida litúrgica, ejercen siempre una poderosa influencia en los fieles, aunque hay que reconocer que, si el párroco no mantiene el fuego con celo, fácilmente se aminorará después de la primera semana el entusiasmo del principio. Más de un sacerdote creyó haber hecho todo con una semana litúrgica que había encargado a un sacerdote de fuera. Y por eso, al poco tiempo, se fue olvidando todo. Con una semana litúrgica no se pretende más que ponerse en contacto con la feligresía con miras a una ulterior formación litúrgica. Por el momento es preciso implantar conferencias litúrgicas y oficios comunitarios que proseguirán la obra comenzada. Debido a las diversas decepciones que hemos tenido que experimentar en este terreno, nos hemos decidido a no dar ninguna semana litúrgica si no se cumplen estas dos condiciones: I, cierta preparación consistente en la creación de una schola y de un grupo de auxiliares. Para sostener la obra se necesita una base. 2, garantía de que se ha de continuar después la labor litúrgica.

Todo esto me lo imagino así: el párroco invita a los selectos de su Parroquia y les expone su plan de organizar la parroquia dentro del espíritu litúrgico. Comenzará con unas conferencias que sirvan de introducción al año litúrgico y a la vida de unión con la Iglesia. Reunirá un grupo de cantores y les meterá el gusto por los cantos litúrgicos. Cuando vea que el terreno está ya dispuesto invitará a otro sacerdote para que dé la semana litúrgica.

¿Cuáles son los temas que se han de tratar en esta semana? Hay diversas maneras de proceder. Mi consejo es que no se pierda el tiempo exponiendo la liturgia teóricamente, sino ir lo antes posible al vivo de la cuestión. Después de una conferencia introductoria sobre lo que es la liturgia, yo dedicaría seis o siete de las principales conferencias a la misa. La santa misa es el eje de la liturgia y es una cosa desconocida de la mayoría de los cristianos. Terminada la conferencia de la tarde, que tendrá lugar en la iglesia o en un salón, se podría hacer inmediatamente un ensayo de la misa comunitaria. También se podría terminar con un ejercicio de piedad litúrgica, como por ejemplo, las completas. Durante la semana litúrgica no sería imposible el celebrar por la mañana una misa comunitaria con homilía con tal de que el grupo de auxiliares esté ya preparado. El colofón de la semana litúrgica consistirá, como ya hemos dicho, en un verdadero acontecimiento. Lo que se pretende, pues, con la semana litúrgica es que la parroquia se familiarice con las ideas litúrgicas y sobre todo con la santa misa tomando parte en su celebración.

Una semana litúrgica puede proporcionar óptimos servicios incluso en una parroquia avanzada ya en el movimiento litúrgico. Los iniciados se afianzará y se despertará el interés del resto de los fieles. Conozco comunidades y parroquias dirigidas litúrgicamente que celebran todos los años una semana litúrgica. En bastantes partes se han hecho asimismo ensayos para dar un matiz litúrgico incluso a las misiones.

Donde una semana litúrgica tropiece con dificultades, limítese el párroco a dar una serie de instrucciones sobre la misa, ya de una vez, ya cada domingo. También Podrían aprovecharse los sermones de Cuaresma y de mayo para darles una orientación litúrgica. Estoy convencido de que tendría su importancia el dar en cada iglesia un ciclo de sermones sobre la misa. Mucho se suele predicar, pero casi nunca sobre la misa.

b) La conferencia litúrgica. El punto de partida de la formación litúrgica en la parroquia debe ser la semana litúrgica. Es necesario proseguir esta labor por medio de conferencias dadas de un modo regular por la tarde, y mejor que en la iglesia en el "hogar parroquial". De ahí la necesidad, para el apostolado moderno, de un "hogar" parroquial. El templo no resulta apropiado para tales actividades; en cambio, en el "hogar parroquial" los fieles cultivarán el espíritu de comunidad, porque el alma de la liturgia es la comunidad en la oración, en la celebración de los oficios y en el trato mutuo. La liturgia debe hacer de la feligresía una familia parroquial viviente.

La conferencia litúrgica contribuirá enormemente a imbuir la parroquia en el espíritu litúrgico. ¿Cuál es el modo de dar esta instrucción o conferencia litúrgica? Existen varios. Propongo el siguiente: hay que ambientar y organizar litúrgicamente la misma conferencia, comenzando con una especie de "Introito" que sea un canto apropiado, para terminar con una oración litúrgica, Completas, por ejemplo. Lo que es propiamente conferencia no debe exceder los cincuenta minutos y estará dividida en dos partes. La primera dedicada a un tema determinado que se continuará en sucesivas conferencias y que puede versar sobre la santa misa, los sacramentos, la Iglesia, el breviario, y más tarde, sobre la lectura de la santa Biblia, puesto que en todo esto se suele formar el espíritu litúrgico.

En la segunda parte se tratará del ciclo litúrgico, y en primer lugar de la liturgia del domingo siguiente. Importa mucho impulsar a los fieles en cada conferencia a vivir dentro del espíritu del tiempo litúrgico. Para esto puede servirse del misal o de los textos de la misa. De ese modo aprenderán a celebrar bien el día del Señor. Los domingos son el nervio del año litúrgico. Este llevar a los fieles a vivir con su Madre la Iglesia es la mejor introducción a la liturgia. Habrá veces que, como antes de las grandes fiestas, habrá que suprimir la primera parte de la conferencia, puesto que la preparación al ciclo litúrgico ocupará la hora entera. Aprovechando estas conferencias o después de las mismas, conviene tener ensayos de los cantos que se han de interpretar en los oficios. Para las grandes solemnidades es preciso invitar a los ensayos a toda la parroquia.

Por supuesto, en las conferencias ordinarias sólo aparecerán los que tienen verdadero interés, y de este modo se encontrará reunida la comunidad litúrgica que constituye la base del apostolado litúrgico parroquial.

c) Oficios comunitarios. La liturgia debe llevarse a la práctica lo antes posible. No hay, pues, cultivo de la liturgia sin oficios celebrados en común. Hay que hacer que los fieles participen lo más activamente posible en los oficios, sobre todo en la santa misa. El párroco, por tanto, procure llegar cuanto antes a celebrar la misa comunitaria, que será, a su vez, la mejor preparación para comprender debidamente la misa.

¿Qué camino ha de seguir y qué clase de misa comunitaria debe preferir? También aquí todos los caminos van a Roma. Yo aconsejaría el siguiente método:

Empezar con los niños. En muchas parroquias se suele decir los jueves y domingos una misa para los niños. Puede empezar el párroco por una misa dialogada y con cantos. Aproveche la catequesis para que los niños aprendan a rezar las oraciones y ensayen los cantos. Pronto se empezará a notar que las personas mayores gustan de participar en esta clase de misas.

No tardará en llegar el día, y más después de una semana litúrgica, en que la misa de los adultos pueda dialogarse y cantarse. Quizás no sea prudente comenzar inmediatamente por convertir la misa solemne parroquial en esta misa dialogada y con cantos, porque el espíritu tradicionalista de muchos feligreses suele ser hostil a tales novedades. Aunque, por otra parte, tampoco sería aconsejable celebrar esta misa dialogada y cantada solamente una vez al mes, porque nunca se llegaría a imponer. Al párroco toca ir superando con tacto y con firmeza la resistencia que aparecerá por doquier. De cuando en cuando será necesaria una palabra zanjante. Cada parroquia debe llegar a celebrar todos los domingos una misa dialogada con cantos.

Quizá no habría gran dificultad en pasar de la misa que se canta habitualmente a la dialogada-cantada procediendo del siguiente modo: ante todo liberar a la misa cantada de todos esos cantos que le son ajenos, es decir, hacer que se ejecuten otros que sigan el proceso de la misa. Predique el párroco un día sobre el "Padre nuestro" haciendo ver la belleza, profundidad y santidad de esta oración y cómo ocupa dentro de la misa el lugar más hermoso, engarzada como piedra preciosa entre la Consagración y la Comunión. Es la oración de los hijos de Dios reunidos en torno a la Mesa del Señor. Y seguirá diciendo: "vamos a rezar ahora en esta misa lentamente, todos juntos con el sacerdote, esta oración". Comiéncela un cantor u otra persona y sigan rezándola los demás fieles despacio, frase por frase. sin añadir el "Ave María". Esto ha de gustar a los fieles; después se seguirá esta costumbre. Otro día predique el párroco sobre el Credo, haciendo ver que no se trata solamente de una oración, sino de una profesión de fe, la más hermosa que puede hacerse durante la misa del domingo; ese día la decimos de boca, mas en el curso de la semana la debemos poner en práctica. Invite luego el párroco a los fieles a que la digan todos juntos y de pie en la próxima misa.

Ya hemos recorrido dos etapas de la participación activa. Lentamente, y sin precipitación, así es como debemos avanzar. Después vendrán las respuestas breves en latín: el amén, que significa sí. así sea; o bien el Dominus vobiscum. Estas respuestas nos están invitando justamente a la participación activa. Hay que hacer pronunciar a los fieles realmente en voz alta estas respuestas y que las canten en las misas solemnes. De esta suerte la misa cantada se convierte de una vez en misa dialogado-cantada. Y podemos proseguir en este camino.

Se debe cuidar de que los tres principales personajes, sacerdote, cantor y organista estén perfectamente convenidos y que los asistentes canten con mucha unión; de este modo la misa pronto se irá haciendo popular y enraizando entre los fieles.

La misa dialogado-cantada no debe constituir en la parroquia simplemente la etapa inicial de la participación activa, sino que tiene que convertirse en algo permanente. Al párroco toca decidir si las demás formas de misas comunitarias, como las cantadas por un coro o una masa popular, deben entrar en vigor, pero con todo eso creemos que la misa dialogado-cantada es accesible y se aviene perfectamente con la misa cantada ordinaria y llegará a imponerse con el tiempo todos los días. Sabemos de parroquias en las que ha desaparecido por completo la misa rezada y ha sido reemplazada por una misa comunitaria aun los días de entre semana.

No queremos decir con esto que no haya que cultivar los coros populares. Precisamente la educación litúrgica de una feligresía conducirá ciertamente a la creación de un coro. La creación y cultivo de una coral son el coronamiento y remate de la formación litúrgica. Somos contrarios a la creación de un coro para iniciar la labor. Es preciso que el pueblo conozca los textos litúrgicos en su lengua vulgar, y cuando su formación sea bastante lograda podrá ya pasar a cantar los textos litúrgicos en latín.

Cierto que la duración de semejante evolución variará más o menos, pero nunca hay que limitarse a ciertos elementos más preparados sin tener en cuenta la masa. En muchas parroquias el canto coral, aun después de bastante tiempo, seguirá siendo el manjar extraordinario del que no convendrá hartarse. Hablo por experiencia y sin temor al descontento de los que sólo admiten el canto ejecutado por una schola o coro. En esta cuestión lo mejor sería enemigo de lo bueno.

Hace ya tiempo un liturgista suscitó una polémica contra la misa dialogado-cantada que, según él, es un estado intermedio inútil para llegar al canto coral. ¿Por qué no lanzarse a fondo y por qué contentarse con medias tintas? Respondemos a esto diciendo solamente que ese individuo no conoce lo que hay tras las paredes de su convento ni la realidad parroquial. Lo afirmo claramente: el canto coral sin una educación litúrgica sólida e imprescindible de los fieles no durará mucho y se darán casos de enormes decepciones. La labor litúrgica no pretende encender fuegos fatuos, sino duraderos. Sin embargo de esto, el canto coral es el remate del edificio construido sobre la roca.

Para pasar de la misa dialogada y con cantos a la misa cantada por el pueblo, ¿habría que pasar antes por la misa cantada por el coro? En esto hay gran variedad de pareceres y es imposible lanzar un juicio definitivo. Por mi parte creo que una misa con cantos y con lecturas en lengua vulgar sería la mejor solución para la mayoría de las parroquias reducidas. De otro modo difícilmente llegaríamos a conseguir la participación activa de los fieles.
 

4. Celebración del Año Litúrgico. Las semanas litúrgicas, las conferencias y las misas comunitarias son los tres medios más importantes de la formación litúrgica. A continuación el párroco ha de echar mano de todos los medios para que su feligresía viva plena y dignamente el Año Litúrgico con sus manifestaciones, sus fiestas, sus ciclos y su desarrollo. Agote todas las posibilidades que ofrece el Año Litúrgico y que pueden ser utilísimas para el ministerio pastoral. No necesito detallarlas; cada tiempo litúrgico tiene su mística, sus oraciones, su ornamentación, sus costumbres eclesiásticas y populares. El párroco ha de proceder según un plan, sin romper con la tradición, sin engurgitar a los feligreses y sin lanzarse a locas experiencias. Ha de proceder por etapas para que los fieles vayan progresando gradualmente. Cada año un paso más, de suerte que. en la vida de la parroquia, se vayan reflejando más y más los esfuerzos de la labor litúrgica. El altar será el eje, y el sacrificio de la misa el punto culminante del culto divino. Por eso tenga constante preocupación en su ministerio por la preparación de sus fieles al sacrificio de la misa. La parroquia debe ser la casa central de la oración y donde la comunidad de los fieles debe participar de la vida oracional de la Iglesia. Los sacramentos son la gran fuente de la vida de la gracia y de ahí que deban jugar un papel importantísimo en el cultivo de las almas. Vea, por ejemplo, cómo puede hacer revivir el espíritu del bautismo y cultivar la conciencia de ese sacramento entre sus feligreses. En una palabra, el párroco ha de trabajar por el florecimiento de la vida litúrgica y por una vida de más unión con la Iglesia en su parroquia.


5. Apostolado de la prensa. El apostolado de la prensa con vistas a una mayor comprensión de la liturgia por parte del pueblo cristiano tiene una importancia singular. Siendo para los fieles la lengua litúrgica una lengua extraña, precisamos textos apropiados para todas las funciones litúrgicas. La liturgia en el correr de los siglos ha venido a resultar enigmática para los cristianos, y por eso necesitan explicaciones, sobre todo de la misa, para que así se familiaricen con su contenido y sus ceremonias.

Para terminar añadiremos algunas reglas de carácter general referentes al método de la labor litúrgica.

a) La formación litúrgica de nuestros fieles requiere gran paciencia, y por eso hay que ir despacio. Hagámonos cargo de que el abandono que ha sufrido el espíritu litúrgico es multisecular y no puede recobrarse en poco tiempo. En las parroquias se impone sobre todo un trabajo más lento y a largo plazo, porque el exceso de celo ha sido en ocasiones perjudicial.

b) Lo que vivifica no es la letra, sino el espíritu. Lo puramente exterior de la sagrada liturgia es su cuerpo, y el alma no es otra cosa que el espíritu litúrgico. El cuerpo de la liturgia sin su alma es un metal sonoro y una campana que repica. Más de un párroco se figuró que ya había hecho bastante introduciendo la misa cantada por los coros. Pronto se llevó una decepción. Para saturar una feligresía del espíritu litúrgico se requieren muchos años y hasta la vida entera del sacerdote.

c) No hay que hacer desaparecer ni suprimir nada mientras no se disponga de otra cosa mejor. Así, por ejemplo, mientras los fieles no hayan aprendido bien a seguir la misa, no se les debe privar del rezo del rosario durante ella. Hasta llegar al ideal se necesitará mucho tiempo, y muchas veces habrá que atenerse a compromisos y contar con soluciones parciales. Por eso en una parroquia nunca hay que proceder de una manera drástica. Debemos intentarlo todo, pero poco a poco.

d) Empalmemos nuestra reforma con lo ya existente En todas las parroquias se encuentran todavía restos litúrgicos aprovechables. El pueblo suele tener mucho sentido litúrgico. Puede afirmarse que el alma es litúrgica por naturaleza. Unamos nuestras iniciativas, sobre todo, a las costumbres populares y familiares, en las que quedan aún bastantes elementos de espíritu litúrgico. Las costumbres populares están inspiradas casi todas en la liturgia. El gran amor a las creaturas que palpita en la liturgia nos proporcionará aun hoy día muchos puntos de contacto. Estudiemos el lado sensible de nuestra parroquia: la gente de aldea ama la naturaleza, la gente de la ciudad tiene el sentido de la belleza, las mujeres son propensas al misticismo y los hombres a lo enérgico.

Estas son mis ideas para poner la liturgia al alcance del pueblo. Vuelvo a repetirlo: la práctica está por encima de la teoría. Ciertamente las experiencias ajenas pueden ser una lección, pero lo mejor es que uno mismo se lance animosamente a trabajar. Enseñando aprende uno más. No desanimarse si los éxitos son mínimos. Todo lo grande ha sido pequeño. Formémonos nosotros mismos para poder guiar bien a los demás, y con esto nos veremos pronto rodeados de un grupo selecto con el que podremos ganar a todo el pueblo trabajando tenazmente.

CAPÍTULO VII
FACTORES PSICOLÓGICOS

El culto divino de nuestras iglesias ha pasado por una época de abandono en su forma y en su celebración. Debida a una vieja costumbre se ha venido celebrando la santa misa como misa solemne, cantada o rezada. Los fieles solían asistir al culto porque así se venía haciendo... y el párroco no se preocupaba de saber si esos fieles entendían algo, si tomaban parte y si sentían o no gusto en los divinos oficios. Cuando la ceremonia reclamaba un máximum de solemnidad se hacía traer coro y orquesta procurando que la misa durara lo más posible.

Ciertamente los oficios divinos católicos, de cualquier tipo que sean, son, ante todo, un acto cultual tributado a Dios, y de suyo es indiferente que agrade a los fieles y que a esos mismos fieles les guste o les moleste tomar parte de él. Primero Dios. Mas ¿quién ignora que el culto tiene sus valores formativos y pastorales? Quizás se haya reparado muy poco en esto anteriormente. La misa, en particular, ha estado totalmente al margen de las inquietudes pastorales y ha sido bien poca cosa lo que los sacerdotes han trabajado para hacerla comprensible y favorecer la participación activa de los fieles en la misma. Nadie se había creído en la obligación ni se había impuesto el cuidado de formar al pueblo en este sentido.

Ahora han cambiado las cosas. El movimiento litúrgico vuelve a colocar a la santa misa en el centro. Para él la misa no sólo es adoración, sino que tiene además un gran valor pastoral: se esfuerza por llevar a los fieles a la inteligencia de la misa y a la participación activa. Además nuestro movimiento litúrgico sugiere ideas e iniciativas del todo nuevas para los párrocos y de las que hasta hoy se ha venido haciendo muy poco caso. Estas ideas pertenecen al terreno psicológico. Hoy día ya se van convenciendo los sacerdotes de que no está todo en tener un culto lo más solemne posible, misas con mucho ruido, un mar de velas y de luces, muchas exposiciones del Santísimo y una gran concurrencia, etc., etc. Más bien buscan el modo de organizar un culto al alcance y a propósito para la participación activa de los fieles de suerte que se compenetren íntimamente con el misterio litúrgico y puedan sacar mayor fruto para sus almas.

¿Cuáles son, pues, los factores psicológicos que favorecen el culto divino? Tal vez sea mejor que empecemos enumerando los factores negativos que hacen antipático ese culto. Esto nos impresionará más. ¿Qué es lo que más impide a un cristiano de tipo medio el sacar fruto de nuestros cultos? Sigámosle desde que entra en el templo. Acaba de empezar una gran misa polifónica. Se coloca atrás y se sienta en un banco en actitud pasiva. Podemos suponer fácilmente el estado de ánimo de este buen hombre. Empieza por mirar y acomodarse en el lugar donde se encuentra. ¿Qué es lo que le choca de momento? Que hace frío en la iglesia, que no está bien ventilada, que hay corrientes de aire, que no ve nada el altar, que el sacerdote está tan distanciado que apenas se le distingue. Empieza ya la misa. El coro interpreta una misa cualquiera. Al principio la música polifónica le produce cierta impresión, incluso le agrada. Puede ser que hasta le haga orar. No ha llevado el devocionario; se contenta con rezar las oraciones que conoce, el "Padre nuestro", el "Credo...", pero, poco a poco, se va aburriendo. El "Gloria" no termina nunca. El "Credo" lo mismo... No comprende ni una palabra de lo que se canta en el coro ni de lo que se reza en el altar porque está todo en latín. Ya no le interesa nada de aquello. ¡Si al menos pudiera él también cantar como en una misa con cánticos...! Toda esta función dura una hora. Resulta largo y a los quince minutos ya no sabe en qué pensar y qué rezar... El aburrimiento da al traste con su satisfacción de participar en el culto. Peor todavía es el recuerdo de este aburrimiento porque va unido al objeto en sí, es decir, al culto divino, y el hombre ha cogido tal antipatía a ese culto que cada día se encuentra más alejado de él.

Creo que nosotros, los sacerdotes, no hemos tenido en cuenta suficientemente los factores psicológicos. Pensemos en los grupos de jovencitos que van saliendo cada año de la escuela. Tienen que asistir a esta clase de cultos, pero con frecuencia el imperativo del deber no es lo suficientemente fuerte para superar estos factores negativos. Abundan los que poco a poco van dejando la misa dominical, se hacen a una vida fría y terminan por no practicar. Y nosotros, ante esto, debemos decir "mea culpa" porque en parte, somos causantes de que no les hayamos hecho agradables y atrayentes nuestros cultos.

Dejemos estos panoramas sombríos y pasemos ya a enumerar los factores psicológicos positivos. No vamos a hacer una descripción exhaustiva y por eso pondremos solamente algunos de ellos.

a) En primer lugar está el lenguaje. ¡Cómo vibra el alma cuando cantamos o rezamos en nuestra lengua materna! El latín, como lengua eclesiástica, tiene sus pros y sus contras. Lejos estamos de querer revelarnos contra la autoridad de la Iglesia puesto que a Ella, y no a nosotros, toca determinar.

El especialista tiene el deber, querido por Dios, de crear las condiciones indispensables para la legislación. Quizás en épocas pasadas se exageraron muchos las ventajas del latín eclesiástico y se miraron muy poco sus inconvenientes. Creo que ya es hora de examinar también los inconvenientes. ¡Cuántos cristianos por culpa de la lengua eclesiástica, extraña por completo para ellos, han dejado de comprender la liturgia, el culto y hasta su religión! En esto tengo a mi favor a S. Pablo, que declaró con ocasión de una discusión entre los que hablaban otros idiomas (extáticos) y los que profetizaban en los suyos (proféticos): "En la iglesia prefiero hablar diez palabras con sentido para instruir a otros, a decir diez mil palabras en lengua" (1.a a los Corintios, 14-19).

Así, pues, el culto divino en la lengua nativa, adaptado al ambiente del país y a su música, es un factor psicológico positivo. Como apóstol de la liturgia popular durante treinta años he estudiado y señalado los medios que pueden satisfacer esta exigencia psicológica. La misa dialogada y con cantos es uno de estos medios. En ella puede cualquier cristiano orar, cantar y escuchar en su lengua.

b) Un segundo factor lo constituye la participación. El hombre moderno debe ser capaz de cooperar si la cosa lo merece. Esta exigencia de la actividad, de la participación activa, está psicológicamente justificada. Puede comprobarse esto en los jóvenes y en los niños. Cuando ayudan a misa o actúan de cualquier otra manera en el culto van con gusto; pero si han de quedar descartados entonces no les atrae el culto divino.
Sostengo que estos dos factores, inteligencia y cooperación, bastarían por sí solos para renovar fundamentalmente en el culto católico. Surgiría en muy poco tiempo en las parroquias una nueva vida religiosa.

c) El tercer factor lo forman los sentidos. La vista, el oído, deben experimentar una influencia psicológicamente favorable. El movimiento litúrgico considera al culto divino como un drama sacro; la iglesia es el escenario de un santo acontecimiento. ¡Cuántos factores psicológicos emanarían de esta idea si se la explotara lógicamente! Los fieles gustarían de ir a una iglesia en la que, además de encontrar una temperatura agradable y una decoración de buen gusto, se ofreciera a su vista, oído y gusto alguna cosa emotiva.

d) Un último factor. Las costumbres laudables, los usos, y el sentimiento patriótico contribuirán notablemente a que los fieles acudan al templo de buen grado. Cada época tiene su música, sus costumbres religiosas y populares, sus gustos, en una palabra todo lo que el Año Litúrgico trae consigo en sus fiestas y solemnidades. Hay que cultivar todo esto con amor, hay que enseñarlo y explicarlo. Es un reactivo contra el tedio. Mientras que el recuerdo de un culto soporífero se nos hace odioso, el de una bella costumbre litúrgica acompaña al cristiano durante toda su vida y le vuelve a atraer. La iglesia debe ser un "hogar" tan íntimo, tan cordial, como la misma casa paterna, y, por eso, el párroco debe hacer todo lo que esté de su parte para que el amor a este "hogar" penetre en el corazón de los fieles.

 

 




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