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La Renovación de la Parroquia por medio de la Liturgia

 

CAPÍTULO III
CÍRCULOS DE ESTUDIOS BÍBLICOS Y LITÚRGICOS


La misión confiada por Jesucristo y con repercusión de siglos "Id por el mundo entero y predicad el Evangelio a todas las criaturas", supone que los predicadores deben adaptarse a las condiciones de los tiempos y lugares. Es siempre el mismo Evangelio el que debemos predicar, pero no de la misma forma. El modo de predicar empleado la antigüedad y en la Edad Media no produciría hoy día los mismos efectos. La post-guerra exige otra manera de predicar la doctrina de Cristo distinta de la de antes de la guerra. Ante la gran ignorancia religiosa actual se impone una predicación catequética, pero con moldes adaptados a las necesidades de los oyentes. Y por encima de todo sería preciso volver a esos dos patrimonios tan abandonados la formación religiosa: la Biblia y la liturgia. Ahí es donde el cristiano moderno encontrará lo que busca ansiosamente, vida, acción, sentido dramático y parti-cipación. La predicación moderna deberá volver de nuevo a la Biblia y a la liturgia haciendo de ellas el centro de sus preocupaciones y la fuente de su inspiración. Círculos de estudios bíblicos y litúrgicos serán sobre todo las dos formas prácticas y atractivas de enseñar hoy día la doctrina de Cristo.
Vamos, pues, a dar algunas normas y sugerencias referentes a los círculos de estudios bíblicos y litúrgicos basadas en una experiencia de más de veinte años. 

1. El círculo de estudios en general. La iglesia. la casa de Dios, es ciertamente la casa paterna del cristiano, es el lugar dedicado a la oración, al sacrificio de la misa, al culto divino. La misa, la oración y la predicación tienen su lugar propio en este recinto consagrado. Sin embargo. una familia parroquial viva tiene también precisión de un local fuera de la iglesia en donde pueda cultivar el espíritu de comunidad. Un salón familiar, una casa parroquial son para el ministerio moderno de absoluta necesidad. En un local como esos es donde ha de florecer el nuevo tipo de formación cristiana, la conferencia bíblica y litúrgica. Ante todo quisiera recordar que el templo no es muy a propósito para estas conferencias. Aparte de las malas condiciones acústicas y del frío, no es tan fácil lograr en el templo una viva colaboración entre el conferenciante y los oyentes. Los círculos de estudios requieren un ambiente agradable, calor en invierno y una impresión de bienestar; los participantes, si es factible, deben estar sentados en torno a una gran mesa; por eso no es necesario que acudan muchas personas; treinta, y a lo más cincuenta, sería el número máximo. Naturalmente es de desear que sea un sacerdote quien tenga la dirección del círculo.

Estoy convencido de que si en cada parroquia existiera uno de estos círculos de estudios se extendería sobre nuestro país toda una tupida red de vivo y hondo cristianismo y brotarían por doquier células de auténtica vida católica. El primer fruto de estos círculos sería el espíritu de comunidad cristiana; con el estudio serio de la religión, con el trabajo colectivo sobre las sagradas fuentes de la Biblia y de la liturgia los cristianos crecerán unidos mucho mejor que con otras asociaciones piadosas. Con la conciencia de poseer en común la verdad y la gracia se hacen más y más un solo corazón y una sola alma. En los círculos adquieren el concepto auténtico de la Iglesia, se sienten miembros del Cuerpo Místico y ponen con ello el fundamento para una verdadera conciencia parroquial. Porque la parroquia, como la Iglesia, no es algo puramente exterior, no es sólo una comunidad con una organización externa: es un organismo sobrenatural, es el Cuerpo Místico de Cristo en miniatura.

¿Cómo organizar uno de estos círculos? En cuanto sea posible debe tenerse una reunión semanal por la tarde y a una hora convenida. Hay que llegar y comenzar a la hora; la puntualidad es una parte de la educación cristiana. En cuanto sea posible debe procurarse que no tenga lugar en la iglesia ni en un mesón o casa donde puedan ser molestados por la gente. El ideal sería una sala que inspirara ambiente de familia; conviene tener en cuenta la vecindad. Puede empezarse con un canto correspondiente al tiempo litúrgico. La liturgia nos enseña que el canto ayuda mucho a ambientarse. Luego hay que abordar el tema propiamente dicho, bíblico o litúrgico o ambos juntos. Al mediar la sesión, hecha una pausa, podría cantarse otra pieza. Se terminará con una oración en común tomada de la sagrada liturgia.

Inmediatamente, si el tiempo lo permite, antes de marcharse, se cultivará un poco el espíritu de comunidad cambiando impresiones sobre cuestiones importantes relativas al ministerio pastoral, a las obras de caridad, o con una conversión de tipo general; puede también servirse un té u otra cosa para revivir el ágape fraternal de los primeros cristianos. No puede uno figurarse lo que acerca unos a otros el comer y beber juntos.

Digamos una palabra sobre la participación en los círculos. Tendrá diversas manifestaciones y medidas: el canto, la oración en común y la conversación general que puede tenerse al fin... Dentro de la sesión se traducirá esta participación leyendo y siguiendo los temas tratados. Cada cual ha de tener delante la Biblia, el misal o el texto preciso para poder seguir la lectura. Ante todo se debe procurar que no se convierta ese círculo en una conferencia piadosa en la que se contenten con escuchar sin tomar parte. Sin duda que el que ha de dirigir la palabra siempre ha de ser el que preside, pero siempre habrá alguna ocasión de hacer alguna pregunta y mantener de ese modo el contacto con los miembros del círculo. Si una vez tratada y explicada la materia surge una discusión, es el director el que debe resolver las dudas. Por experiencia sé que estas discusiones surgen muy pocas veces, ya que por lo general los asistentes quedan satisfechos con la exposición del di-rector. Hay incluso peligro de que por causa de ciertas pre-guntas u objeciones inoportunas la impresión de la conferencia quede un tanto perjudicada.

2. Círculos bíblicos. Nosotros los católicos no podemos menos de confesar que hemos descuidado mucho el estudio de la Biblia; hasta los mismos evangelios nos son en gran parte desconocidos. Y, sin embargo, la Biblia siempre ha ocupado un lugar preponderante en la Iglesia; sobre todo en la primitiva Iglesia se la leía con fervor y se la honraba grandemente. También para los católicos de hoy día podría ser una rica fuente de santificación y de formación espiritual.

Ya he contado antes cómo empecé a trabajar en este terreno con conferencias bíblicas sobre la vida de Jesús.

Me vi en la alternativa de estudiar un evangelio determinado o de componer con los cuatro un cuadro de con-junto. Después de mi experiencia con los novicios, me decidí por lo segundo. Comencé inmediatamente con la vida pública de Jesús y dejé la historia de su infancia para el tiempo de Navidad. Mi primer postulado era el siguiente: cada cual debe tener su Biblia; no quería simples oyentes, sino colaboradores. Mas hasta conseguir eso tuve mis dificultades, porque había "madres de la Iglesia" que querían contentarse con escuchar. Pronto se fue definiendo un principio litúrgico que provocó cierta separación de espíritus. Algunas personas piadosas dejaron pronto de acudir.

Desde el principio celebramos las reuniones no en la iglesia, sino en una sala. 

Disponía de encerado y de mapa de Palestina. Como un centenar de personas de todas las clases sociales, gente culta y sin cultura, estudiantes y criados, jóvenes y, sobre todo, el elemento femenino formaba mi auditorio. Acudían pocos niños. Empezábamos con un canto y una oración y terminábamos del mismo modo. Esta reunión era semanal y venía a durar una hora entera.

El objeto de tales conferencias bíblicas era trazar un cuadro de conjunto de toda la vida de Jesús. Pensaba que sólo conocíamos ciertos pasos, pero que ignorábamos su coordinación y las relaciones recíprocas de las acciones y palabras de Jesús. ¡Qué distinto resulta y qué fácil es de entender una palabra o un milagro en el conjunto de la vida del Salvador que considerándolo aislado del conjunto!

Pongamos un ejemplo: la tempestad en el mar. Aun aisladamente se presta este milagro a muy variadas consideraciones. Cristo, que es la calma en medio de las marejadas de los elementos y de los corazones, se encuentra allá con toda su majestad. Sin embargo, si considero que este milagro forma parte de las grandes pruebas de la existencia de Dios que Jesús obra para instruir a sus Apóstoles, entonces su figura se nos muestra todavía más sublime. Después de su rotura con los judíos el divino Maestro se dedicó a dar una formación a fondo a sus discípulos; al pueblo no habla más que en parábolas, a los Apóstoles, en cambio, les quiere meter profundamente la fe en su divinidad: Cristo es el dueño de los elementos (tempestad del mar), dueño del infierno (expulsión de los demonios en los gerasenianos) y dueño de la muerte (resurrección de la hija de Jairo). Precisamente en este orden es donde se destaca de una manera más vigorosa la prueba de su divinidad y su vida nos aparece de una manera clara y comprensible.

La preparación de estas conferencias me llevó bastante tiempo. Trabajaba a veces durante varios días para la preparación de una sola conferencia, tomando mis apuntes por escrito. Consultaba muchas obras. pero con todo no recomiendo los comentarios voluminosos.

La multiplicación de los panes, por ejemplo: comenzaba por trazar en su conjunto las líneas de este cuadro, las enmarcaba en su orden cronológico revistiéndolo brevemente de sus circunstancias. Luego contaba los pasos principales de la escena y procedía después a su lectura. Utilizaba un solo evangelista, pero completaba el cuadro con la ayuda de los demás. De esta manera explicaba, si lo juzgaba necesario, cada versículo; creo muy importante no olvidar los detalles. También resulta interesante comprobar cómo cada evangelista proyecta su rayo de luz especial sobre el acontecimiento; esto les cautiva a los lectores y les mueve a estudiar más a fondo el Evangelio. Para terminar, resumía el conjunto del relato y pasaba a las aplicaciones: 1, nueva luz que ese episodio proyecta sobre la imagen de Cristo; 2, lecciones para mi vida teniendo en cuenta el principio fundamental de que Cristo obra en nosotros conforme al espíritu y sentido del Evangelio. Cristo y yo, tales son los dos focos de estas lecciones bíblicas sobre los evangelios.

Los discursos del Señor exigen trato especial. Procuro en primer lugar demostrar la trabazón de ideas y el plan propuesto que escribo en el encerado. Paso luego a cada una de las ideas en particular. He de hacer notar que los discursos de San Juan ofrecen su dificultad para explicarlos a la gente sencilla.

Las parábolas resultan más fáciles. Empiezo explicando la figura, doy luego su interpretación y por fin hago las aplicaciones prácticas, prefiriendo antes que otra la interpretación que dan los Santos Padres.

Hay pasos, sobre todo en San Juan, que resultan difíciles. Pero siempre he podido comprobar que precisamente los pasos más difíciles y aparentemente inservibles son después los más profundos y los más emotivos. Estas conferencias sobre la vida de Jesús duraron casi tres años y creo que apenas habrá un solo paso en los evangelios que no haya tratado en ese centenar de conferencias.

¿Cómo reaccionaron los asistentes? Ante todo se vieron llenos de muda admiración. Se encontraban en un mundo nuevo. En los primeros tiempos, al principio o al fin de la conferencia provocaba de intento una discusión, pero después poco a poco renuncié a ato. Estas discusiones pueden ser de provecho en un pequeño círculo más homogéneo, pero no son recomendables entre muchos asistentes de distinto nivel cultural. El director de la sesión ha de explicar el pasaje bíblico de la manera más exhaustiva posible. Si alguien tiene que preguntar o poner alguna objeción puede presentarla por escrito o aparte. De lo contrario el efecto y la unción de la sesión se verían fácilmente comprometidos por interpelaciones inoportunas.

Debe procurarse desde el principio que los asistentes se esfuercen en aprender a leer la Biblia; para ello los oyentes deben volver a leer en su casa el pasaje explicado y confrontarlo con los pasos paralelos en los demás evangelios; débese también llamar su atención sobre las difi-cultades que encierra la lectura de la Biblia: si encuentran algún paso difícil deben dejarlo tranquilamente. El sacerdote podrá comprobar que la gente sencilla sale más fácilmente de las dificultades que los de más instrucción. Ante todo se debe evitar el racionalismo malsano en la lectura de la Sagrada Escritura. ¡Es la palabra de Dios. de Cristo, que ha de oírse con gran veneración! Con cuanta más sencillez la leamos tanto más se nos abrirá su sentido. Enseñemos a los asistentes a coleccionar, a subrayar o a copiar los pasajes más bellos. Generalmente al principio encontrarán más satisfacción e interés en e! aspecto exterior de este trabajo, pero poco a poco irán penetrando hasta las ideas, y entonces la lectura de la Biblia les proporcionará hondo consuelo.

Y ahora una palabra para el director del círculo bíblico. La preparación exige todo un esfuerzo; como ya he dicho, escribí palabra por palabra todas mis conferencias bíblicas. Pero el provecho es enorme. Creo que solamente después de terminar esta labor pude afirmar en cierto sentido que entonces era cuando conocía los evangelios y la vida de Jesús. Todos los sacerdotes deberían hacer este trabajo como preparación para su ministerio pastoral. De ese modo se capacitarían para explicar los evangelios dominicales y les resultaría facilísimo el hacer la homilía. Basta situar el paso en cuestión dentro del conjunto de la vida de Jesús para que aparezca radiante de vida y de luz. Puedo asegurar que esta preparación de mis conferencias sobre la vida de Jesús me han formado más que todos mis estudios bíblicos cursados durante mis años de teología.

El primer ciclo de mis conferencias bíblicas fue la vida de Jesús, y esto mismo aconsejo hoy día a los que quieran comenzar esta labor: empezar por los evangelios. Si se prefiere explicar un evangelio por separado puede desde luego hacerse, pero no aparecerá tan diáfana la estructura histórica de la vida del Salvador. San Juan completa el relato cronológico de San Marcos, mientras que San Mateo es más bien sistemático. Entre San Marcos y San Juan, historiadores, y San Mateo, sistemático, se encuentra el amable evangelio de San Lucas, el evangelio del amor misericordioso. Cada evangelio tiene su atractivo especial, atractivo que quizás no sea posible captar sin un panorama de conjunto de los cuatro evangelios. Con todo eso, siga cada cual el camino que le agrade más; el término es idéntico.

Después de mis conferencias sobre la vida de Jesús pasé a los Hechos de los Apóstoles, que son la continuación histórica de la vida del Salvador. La lectura de este libro es naturalmente mucho más fácil para el director y los miembros del círculo. No exige una preparación tan pormenorizada y puede explicarse de un modo más rápido. Por otra parte su explicación resulta interesante. Los relatos, los cuadros y los personajes tienen tal atractivo que los asistentes, aun los más jóvenes y menos reflexivos, encuentran en ellos un gran placer. La primera parte termina de una manera general con la persona de San Pedro, y la segunda con la de San Pablo; precisamente esta segunda parte tiene una importancia capital para la lectura de las epístolas paulinas. El relato de los viajes misioneros del Apóstol de las Gentes gusta mucho a los que lo leen. Los Hechos de los Apóstoles son el verdadero libro de la comunidad cristiana y pueden prestar magníficos servicios en lo referente a la edificación de una comunidad parroquial.

Viene luego el Antiguo Testamento. Comencé con el Génesis y seguí toda la historia del Antiguo Testamento comentando solamente los libros históricos. No teniendo entre mis oyentes más que personas mayores pude hablar de la historia de los patriarcas y de los reyes sin suprimir nada. Nosotros los católicos hemos de tener empeño en entender el Antiguo Testamento debidamente: no debemos juzgarle según la moral cristiana. Las grandes figuras, por otro lado tan originales, de los patriarcas, de los jueces y de los primeros reyes, se levantan ante nosotros como estatuas gigantescas talladas en la roca y, no obstante su acusado humanismo, nos llevan hacia Dios. Mucho interesa no perder nunca de vista el objeto principal del Antiguo Testamento: preparar la venida de Cristo. La Sagrada Escritura no es la historia universal, ni la de una familia, sino la historia de la salvación o redención. Todo el Antiguo Testamento es una preparación para la llegada del Redentor. Muchas de las historias escandalosas en apariencia se explican con eso. Vistas así las cosas, estas conferencias bíblicas despertarán gran interés entre los católicos: con el catecismo aprendieron la Historia Sagrada; ahora se abre ante sus ojos todo su hondo sentido.

Las epístolas de San Pablo exigen un método distinto. Al principio tenía miedo de explicarlas porque, desde mis años de estudio, tenía la impresión de que eran difíciles. Mas pronto me di cuenta de que no eran tan difíciles ni áridas como creía. Empecé por las más sencillas: la primera a los tesalonicenses y la de los filipenses. 1a de los tesalonicenses resulta más familiar con sólo cambiar la forma "nosotros" en "yo". La leí cambiando el "nosotros" por el "yo" y resultó que parecía totalmente una carta moderna. Ambas epístolas tienen un giro tan personal que puede uno sumergirse en el alma delicada del Apóstol. Importa mucho el explicar la situación histórica con la ayuda de los Hechos de los Apóstoles. Expliqué luego las demás epístolas comenzando por la de la cautividad, a los efesios, colosenses y Filemón, y siguiendo por la epístola a los gálatas, la primera a los corintios y, por fin, la de los romanos. En las cartas a los gálatas y a los romanos no hay que perder tiempo en las discusiones con los judíos; pueden pasarse tranquilamente estos pasajes por no ser de tanta utilidad para nosotros. La primera a los corintios nos ofrece un cuadro plástico y realista de la vida de una comunidad cristiana de entonces; encierra además ideas profundas. El gran mérito y valor de las epístolas paulinas consiste en que nos enseñan un cristianismo práctico y vivido. Puedo, por lo demás, afirmar que toda la esencia de la piedad litúrgica la he encontrado en el estudio de estas epístolas.

En el curso, pues, de estos años he explicado la mayor parte de los libros de la Biblia. No he abordado, con todo, algunos de los profetas menores, pero he estudiado algunos pasos aislados de Isaías, Daniel, Ezequiel y Jeremías. Por otra parte, tampoco quiero llevar las cosas demasiado lejos. Si encuentro partes que no puedo utilizar prácticamente, las dejo tranquilamente a un lado: la Biblia no es en sí misma un fin, sino un medio de santificación y de formación.

Al cabo de algunos años los jóvenes se incorporaron a la comunidad litúrgica en número considerable, lo cual me obligó a cambiar de método en estas conferencias. Al principio me resultó difícil el adaptar mis conferencias a un público tan diverso. Tuve que acostumbrarme a hablar de la manera más sencilla y lo más popularmente posible, y creo que conseguí poner incluso al alcance de los niños los libros más difíciles.

Durante las vacaciones de julio a septiembre tuvimos casi todos los días una lección bíblica. Todas las tardes se juntaba la comunidad. Las reuniones empezaban a las siete y terminábamos con el canto de completas en la capilla. Para este período escogí siempre un tema bastante amplio: en una ocasión hablé del Apocalipsis. Las grandiosas figuras de la liturgia del cielo, del combate del dragón, de las bestias, etc., han quedado grabadas en la memoria de los niños. El Apocalipsis ha llegado a ser para mí un libro predilecto, y esa predilección ha ido en aumento a medida que he repetido su explicación en los círculos bíblicos. Durante otras vacaciones hablé de los libros de Moisés hasta los Jueces. Como a estas lecciones asistían también los niños tuve que saltar ciertos pasajes, pero saqué el convencimiento de que las lecturas del Antiguo Testamento pueden resultar útiles y edificantes, incluso para los niños.

Durante el año expliqué las epístolas. Casi en un año traté de la primera a los corintios, y luego la de San Pedro, Santiago y a los romanos. Esta última encierra sin duda pasajes difíciles; sin embargo, también se puede mostrar a los mismos niños el magnífico plan de esta epístola. Es fácil buscar dentro de este plan una adaptación hasta para los pasajes más profundos y grandiosos. Repito: el Espíritu Santo, que ha inspirado toda la sagrada Biblia, mora también en las almas de los niños, y por lo mismo no es imposible que la Sagrada Escritura halle eco en sus almas. Por otra parte, como formamos ya a los niños en la piedad litúrgica, las ideas de San Pablo les resultan familiares.

No hay que olvidar en las conferencias bíblicas el ritmo del Año Litúrgico: por eso en Navidad y Pascua cuidé de explicar todos los años la Infancia, Pasión y Resurrección del Señor.

Continuamente estoy exhortando a los fieles a que lean ellos mismos la Biblia. Nulla dies sine linea. Para esto me valía de algún recurso, como el de imprimir figuras alusivas a los pasos más interesantes de un libro sagrado.
Cuando vuelvo la vista atrás y miro mi actividad al servicio de la divina palabra, puedo decir que, gracias a la Biblia, un torrente inmenso de conocimientos religiosos se ha derramado tanto sobre mí como sobre todas aquellas almas que se me han confiado. Lo cual me mueve a recomendar encarecidamente a todos los pastores de almas, tanto por el interés propio como por el de sus ovejas, que den con gran celo estas lecciones bíblicas.

Para concluir diré unas palabras al director de estos círculos bíblicos. Más de un compañero en el sacerdocio se ha vuelto atrás antes de empezar por no saber cómo arreglarse para ello. Se creía no estar suficientemente fuerte en ciencias bíblicas. Insisto en que cada uno debe considerarse a sí mismo como el primer alumno: el más aprovechado será uno mismo. Hay que poner manos a la obra sin tanto miramiento, lo cual no quiere decir sin preparación. No se debe imitar servilmente el método de los demás: que cada cual haga sus experiencias y poco a poco se dará cuenta del método que más le conviene.

No es conveniente consultar demasiados libros y comentarios. Dejemos que la Sagrada Escritura nos hable por sí misma. Confiemos en la acción del Espíritu Santo, que nos hará conocer el camino para enraizar su divina palabra en el corazón de los fieles.

3. Los círculos de estudios litúrgicos. El círculo litúrgico más aún que el círculo bíblico debe influenciar la vida comunitaria de los cristianos. La liturgia no debe solamente ser estudiada, comprendida y escuchada, sino también practicada, puesta en obra y vivida. El círculo litúrgico no ha de consistir sólo en bonitas conferencias litúrgicas, sino que debe también ser acción litúrgica.

Así como la vida religiosa parroquial debe centrarse en el altar, y por lo mismo en la liturgia, en el sentido más elevado de la palabra, así también en cada parroquia debería de haber un círculo litúrgico que se mantuviera en torno a ese centro y que formaría el núcleo cristalizador de toda la parroquia. Al fin y al cabo tanto la Acción Católica como las demás Asociaciones piadosas, las obras de caridad y el mismo ministerio pastoral, no son más que un "bronce que suena y una campana que repica", si no tienen como centro este foco: la vida divina, la Eucaristía y, por tanto, la liturgia.

Este círculo litúrgico tiene, pues, suma importancia porque dispone a los fieles a comprender debidamente estas ideas, les instruye en las solemnidades litúrgicas y, lo que es más todavía, les infunde el espíritu de la piedad de la Iglesia, tal cual late fuertemente en la vida litúrgica.

El círculo litúrgico debe estar basado en la parroquia por ser ésta la célula nata de la Iglesia; el círculo litúrgico no debe estar cerrado a los demás fieles, debe estar abierto a todos, y debe ser un medio apostólico para el ministerio litúrgico del párroco. Tal es el ideal. Por desgracia la situación de muchas parroquias dista bastante de permitir al círculo católico ser la guardia personal del sacerdote. En estas circunstancias debe aguardar con paciencia, y mientras tanto, formarse y prepararse en si-lencio hasta que llegue el momento oportuno. Los círculos litúrgicos tienen en la actualidad la gran incumbencia de constituirse en depósitos de fuerzas litúrgicas. No se trata de desplegar una gran actividad exterior, sino de fortificarse interiormente. Es probable que en el curso de los años pasados hayamos cometido errores de táctica; hemos querido introducir en el pueblo las formas litúrgicas exteriores sin hacerlas preceder de la correspondiente formación espiritual. Esta fue la razón por la que dichas formas fueron rechazadas o menospreciadas, faltas como estaban de verdadero espíritu. El trabajo, pues, que se nos impone es el interior; creada el alma, ella se formará su cuerpo.

Una palabra sobre las sesiones del círculo litúrgico. Primeramente se debe aplicar a éste lo dicho de los círculos en general: comiénzase con un canto, litúrgico o coral, y se termina con una oración litúrgica rezada por todos los asistentes. De ordinario el centro de la sesión ha de comprender las dos partes siguientes: la primera versará sobre el tiempo litúrgico que se celebra entonces; sobre todo hay que dar preponderancia a los domingos y fiestas, sin olvidar la Escritura ocurrente (de este modo se funden en uno la Biblia y la liturgia). Esta primera parte es totalmente necesaria, porque con ella se introduce prácticamente a los participantes en la vida del Año Litúrgico. Para esto basta una media hora.

En la segunda parte se tratará de un tema más amplio. Son de aconsejar los siguientes: la misa en sí misma, en su estructura y en sus ceremonias. Con esto hay tema para un año. Urge recomendar el estudio de la misa para que los asistentes lleguen a comprender a fondo lo que constituye el centro de nuestro culto. Otro tema sería, por ejemplo, la acción de los sacramentos en la formación cristiana de la vida. Puede tratarse también de los templos en cuanto edificios destinados al culto, del breviario, ritual y pontifical. Terminada cada una de estas dos partes puede dedicarse un tiempo a la discusión, o bien puede invitarse a los asistentes que tengan dudas a ponerlas por escrito y entregarlas para solucionarlas al fin de la conferencia.

Lo que más interesa e importa es intensificar la vida comunitaria de los miembros del círculo; deben ser "cor unum et anima una", un solo corazón y una sola alma, y un ejemplo vivo para toda la parroquia.

Hemos de subrayar que el funcionamiento del círculo debe evitar todas las formas rutinarias y habituales de las demás asociaciones.

El católico actual es reacio a la burocracia de las cofradías...; por eso, probablemente, se aprecian tanto y resultan tan eficaces estos círculos de estudios bíblicos y litúrgicos.

CAPÍTULO IV
EXPLICACIÓN TEOLÓGICA DE LA SAGRADA  ESCRITURA


La divina palabra o Sagrada Escritura es uno de los mayores tesoros de nuestra religión. Si bien ha podido Dios revelarse en las demás cosas, en la creación, naturaleza, etc., sin embargo, en la Sagrada Escritura se dirige directa y personalmente a nosotros. Podría hacer una comparación entre el rostro y el lenguaje del hombre. La cara es ciertamente un reflejo del alma, pero solamente la palabra humana es la que expresa aquello que el alma piensa y siente. La Sagrada Escritura es, pues, para nosotros la palabra de Dios revelada. Por eso debemos quererla tanto.

Para oir la voz divina en la Biblia es preciso que nos ocupemos de ella con amor y en todos sus pormenores. Ante todo debemos cultivar la exégesis. Más de un sacer-dote va a replicar que la exégesis durante los estudios teológicos, más que acercarnos a la Sagrada Escritura, lo que nos hizo es distanciarnos de ella... Mi propia experiencia confirma esta objeción. Tengo que confesar que durante mis estudios la exégesis no me aficionó a la Sagrada Escritura del mismo modo que el colegio, de joven, no me enseñó a amar a Hornero... En la precisión de hacer la conquista espiritual de la Biblia descubrí otra exégesis que me ha convertido la Biblia en la palabra de Dios.

Yo suelo distinguir dos clases de exégesis: la filológica y la teológica o sagrada.

La exégesis filológica se limita a considerar el autor humano, a investigar e interpretar sus palabras y a descubrir sus ideas. Por supuesto reconoce el carácter religioso e inspirado del libro, pero no saca de ello consecuencia alguna: se atiene a la filología y a la arqueología y procura con su ayuda dar la explicación de los textos. Esa es la razón por la que muchas veces este género de exégesis no ha llevado a los estudiantes al amor de la Biblia, y sobre todo cuando el profesor expone secamente esta materia.

No hay que olvidar que la exégesis filológica no es más que una parte de la labor exegética. El autor humano y su obra no han de hacer sombra al autor divino, que es el autor incomparablemente más importante. Por eso a la exégesis filológica ha de juntarse la teológica, que nos enseña lo que el autor divino quiere decir en ese paso escripturistico. Esto es lo principal.

Es necesario que veamos claramente cómo colaboran los dos autores: el escritor inspirado y el Espíritu Santo. El escritor no es un instrumento sin voluntad que se deja dictar simplemente por el Espíritu Santo. El escritor ha redactado con su ciencia y talento personales el libro, teniendo en cuenta un fin determinado que incluso puede no ser religioso. Por ejemplo, el salmo 44 es, probablemente, un canto nupcial profano; el autor no pensó que el Espíritu Santo se lo inspiró para que fuera el canto nupcial de Cristo con su Iglesia. Haríamos, pues, una exégesis a medias si explicáramos sólo el canto profano dejando a un lado el poema inspirado.

El evangelista San Juan fue impulsado por sus contemporáneos a completar los sinópticos; por su parte se propuso probar contra los herejes de entonces (Cerinto) la divinidad de Jesucristo. Para tal empresa emplea todos los medios naturales: sus recuerdos de los años pasados con el Salvador, su contemplación mística, su filosofía (Logos) y las ideas de su tiempo. Escribe completamente vara su tiempo y sin pensar quizás en el futuro; y hoy día se sigue amando su evangelio... San Pablo escribió a comunidades determinadas.

Mientras el escritor trabaja su libro el Espíritu Santo está allí inspirándole, le indica sus ideas sin que el escritor se dé necesariamente cuenta de ello.

Partiendo de este hecho hemos de preguntarnos si realmente basta la exégesis filológica. Francamente no quisiéramos caer en el extremo opuesto y despreciar la exégesis filológica. El Espíritu Santo utiliza el trabajo intelectual del escritor para sus fines; por lo tanto, nosotros debemos procurar captar el espíritu del libro y su lenguaje, para dar con el texto original, con sus ideas y pensamientos. Es ciertamente una labor importante la de comprender enteramente el libro bajo el punto de vista literario, filosófico e histórico. Hemos de saber lo que quiere decirnos, lo que encierran cada una de sus palabras y qué ideas, opiniones y sentimientos se ocultan tras la materialidad de las palabras. Debemos también comprender la lengua. Tal es el objeto de la exégesis filológica. Empleemos el tiempo y los medios precisos para lograr ese fin.

Mas, ¿basta sólo esto? Muchos exégetas, al llegar aquí, creen que con eso está todo terminado. Mi opinión es que éste no es más que un trabajo preliminar, el pórtico, el vestíbulo del santuario. Todavía no hemos penetrado en el templo mismo. Sólo la exégesis teológica puede introducirnos en él. Su pregunta es ¿qué quiere Dios decirnos en este escrito? Dios pone en tales palabras un sentido de mucho más alcance. El autor ha redactado compenetrado con su tiempo y su país y limita su pensamiento a casos especiales: recordemos las cartas personales de San Pablo. En cambio, Dios se dirige al mundo entero, a todos los tiempos. Dios nos habla personalmente a cada uno de nosotros. Debemos, pues, preguntarnos: ¿qué es lo que dice Dios a su Iglesia, a nuestro tiempo, a mí personalmente?

Siendo divinas las palabras de la Sagrada Escritura no tienen límite ni pueden ser agotadas. Cada época puede descubrir en ellas cosas nuevas, cada época puede reivindicárselas como propias, cada individuo puede encontrar algo nuevo para él. De esta manera empieza la verdadera exégesis de la Biblia y la palabra de Dios se hace vida para los hombres.

Cuando vemos cómo han interpretado los Padres de la Iglesia la Biblia, no nos agradan muchas de sus cosas: su alegorismo, el simbolismo de los números, su desdeño del sentido literal son cosas que difícilmente admitimos. pero, sin embargo, no hay que olvidar que cada época interpreta a su modo la Biblia (1 Hay en la Biblia muchas cuestiones en cuya interpretación deja la Iglesia libertad por no afectar a la esencia del dogma. Por otra parte, la Biblia es un libro universal, para todos los hombres, por medio del cual Dios habla a todos los tiempos bajo el magisterio infalible de la Iglesia Católica. N. del T.). Lo que tenemos que aprender de los Santos Padres es a escuchar la voz de Dios en los libros santos. Ellos nos enseñan el camino de la exégesis católica.

Los modernos estamos tan apasionados por la exégesis filológica y los descubrimientos históricos que nos creemos capaces de explicar la Biblia con la ayuda de las ciencias y nos olvidamos del otro factor más importante, de Dios. No nos preguntamos lo que Dios nos quiere decir en un determinado pasaje. Y con todo es lo principal. Más aún, la única cosa importante para los fieles.

Con semejante manera de proceder tropezaremos con innumerables defectos en nuestras conferencias y predicaciones bíblicas. Muchos sacerdotes se contentan con una exégesis única o principalmente filológica que dice bien poco al pueblo, y de esta manera las conferencias bíblicas apenas si llegan a tener un efecto duradero entre los fieles. Para el pueblo la exégesis teológica es casi la única interesante. El párroco debe exponer a sus fieles aquello que Dios quiere decir a su Iglesia y a cada individuo en la Santa Biblia.

La exégesis teológica consiste, pues, en oír en la Biblia la voz de Dios e impetrar su palabra.

Todo lo dicho nos muestra las relaciones existentes entre estos dos géneros de exégesis. La filología no es la mayor parte de las veces más que la introductora que nos abre las puertas de la exégesis teológica. Es ésta el blanco a que debemos apuntar y el objeto principal de toda exégesis. Ciertamente el libro del autor humano es instructivo en muchos aspectos, pero la preeminencia la tiene la palabra divina que da la pauta de todo. Para el sacerdote y para el predicador tiene su importancia la exégesis filológica en cuanto preparación, pero la mayor parte de sus enseñanzas deben guardárselas para su propio gobierno; para la predicación y los círculos bíblicos deberán trabajar y utilizar, sobre todo, la exégesis teológica. En exégesis teológica nunca terminaremos de aprender. La filológica no es más que un andamio; terminada la construcción se quita el andamio. Sin embargo, son muchos los sacerdotes que conservan este armazón en su predicación e instrucciones bíblicas.

Aunque la exégesis teológica tenga también sus propias leyes y su técnica depende más que nada de la influencia del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere". Indudable-mente tiene su objetividad, pero a cada uno le habla con un lenguaje distinto. Hay que guardarse de la ilusión de creer que se pueden trasladar a la Sagrada Escritura las ideas propias y darlas luego como el fruto de la exégesis teológica. También es posible hacer mal uso de la Biblia como lo hizo el demonio al tentar a Nuestro Señor. Hay que escuchar con veneración y orar mucho para que el Espíritu Santo nos diga lo que El quiere.

La exégesis teológica resultará particularmente bella y edificante para el cristiano que se sumerja con amor en la Sagrada Escritura. Dios habla a cada hombre de distinta manera en los libros sagrados. Una de mis ocupaciones predilectas es hacer la meditación a base de un pasaje examinado antes con la exégesis científica. "Hablad, Señor, que vuestro siervo escucha." Entonces hay algo que se abre dentro de mi alma, es como si oyera la palabra de Dios. Mi modelo es la Santísima Virgen: "María conservaba todas estas palabras y las meditaba en su corazón". Sí, llegaremos a la exégesis teológica por medio de la meditación. Cada cual tiene la suya propia. Se necesita rezar más que leer, rezar para que el Espíritu Santo nos ilumine. Sin El el acceso a la Sagrada Escritura estará para nosotros cerrado. Puede uno ser un gran exégeta y no oír la voz de Dios. Si la exégesis científica supone en los seglares cierta cultura profana, la teológica, en cambio, es accesible a todos, está al alcance de la más sencilla mujer de aldea y del obrero sin cultura. Basta una profunda vida de fe. Cuando vemos que hombres sencillos se aprovechan de la Biblia, nosotros, los que hemos estudiado teología debemos tener motivos para admirarnos y para avergonzarnos. Sin ningún aparato científico penetran el sentido aun de los pasajes más complicados. Se preguntan sencillamente: ¿Qué me dice Dios con esto? Y Dios enseña mucho más a estos "pequeños" del reino de los cielos, que no están pervertidos por esa ciencia que muchas veces fomenta las dudas y paraliza la fe infantil. Lo que no llegan a entender lo dejan sin atormentarse la cabeza. Por eso la Biblia es para ellos fuente copiosa de trato íntimo con Dios. Si nosotros queremos llevar a los seglares a las fuentes de la divina palabra, hemos de seguir este mismo camino. Seamos en nuestras conferencias y sermones bíblicos lo más sencillos que podamos: si nosotros lo hemos estudiado todo a través de ese aparato científico hagamos lo posible para que no aparezca al exterior. La formación bíblica del pueblo ha de ser casi exclusivamente de exégesis teológica.

La Sagrada Escritura tiene algo de la unión hipostática con Cristo. Del mismo modo que Cristo une en una sola persona la divinidad y la humanidad, de igual modo en la Sagrada Escritura se junta lo divino y humano en una sola obra que jamás puede desgarrarse. Si es que queremos comprender la Biblia debemos considerar y ver ambas cosas. Tratemos los libros sagrados con el cuidado con que María trató al Niño Jesús: con respeto, amor y solicitud maternal. Ella cuidó de Jesús, le enseñó y protegió como si no fuera más que hombre; como Dios, Ella le adoró. Esto es lo mismo que debemos hacer con la Sagrada Escritura. Estudiémosla valiéndonos de todos los medios científicos como si fuera un libro profano y luego inclinémonos con veneración delante de cada palabra que "sale de la boca de Dios". El sacerdote tiene mucho de común con la Madre de Dios: como una Madre debe cuidar de Cristo en su doble manifestación sobre la tierra: la Sagrada Escritura y la divina palabra.


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