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Los matrimonios fracasados
NO
son automáticamente nulos
Juan Pablo II ha alertado ante la tentación, que también pueden experimentar
los jueces eclesiásticos, de considerar por presiones externas que matrimonios
fracasados son automáticamente matrimonios nulos.
El pontífice expuso con sinceridad esta advertencia el sábado al recibir en
audiencia a los jueces y abogados del Tribunal de la Rota Romana que en
general juzga en segunda instancia las causas ya sentenciadas por tribunales
eclesiásticos ordinarios de primera instancia y remitidas a la Santa Sede por
legitima apelación.
El mayor número de estas causas son peticiones de declaración de nulidad de
matrimonios. La Iglesia católica, que considera que el matrimonio es
indisoluble (razón por la que no acepta el divorcio), reconoce --en
situaciones muy concretas recogidas por el Código de Derecho Canónico-- que la
celebración de un matrimonio ha sido nula, por ejemplo, cuando ha tenido lugar
bajo amenazas.
En su discurso, el Papa afrontó la «dimensión moral» de todos los implicados
en estos procesos jurídicos eclesiásticos, que al igual que en los civiles,
podrían estar influenciados por «intereses individuales y colectivos»,
induciendo «a las partes a recurrir a formas de falsedad o incluso a la
corrupción».
Estas presiones podrían tener como objetivo, reconoció con claridad el obispo
de Roma, «alcanzar una sentencia favorable», es decir, que los tribunales
eclesiásticos declaren la nulidad de un matrimonio, por ejemplo.
«De este riesgo no quedan exentos ni siquiera los procesos canónicos, en los
que se trata de conocer la verdad sobre la existencia o no existencia de un
matrimonio», advirtió.
«En nombre de pretendidas exigencias pastorales, alguna voz se ha alzado para
proponer que se declaren nulas uniones totalmente fracasadas. Para obtener
este resultado se sugiere recurrir al expediente de mantener las apariencias
procesales».
Estas propuestas o presiones, aseguró el Papa, están en contra de «los más
elementales principios de la normativa y del magisterio de la Iglesia».
El Papa se dirigió en particular a los obispos --que nombran a los jueces
eclesiásticos-- y a los mismos jueces para recordar que «la deontología del
juez tiene su criterio inspirador en el amor por la verdad».
«Por tanto --añadió--, debe estar convencido ante todo de que la verdad
existe».
«Hay que resistir al miedo de la verdad, que a veces puede nacer del temor de
herir a las personas. La verdad, que es el mismo Cristo, nos libera de toda
forma de compromiso con las mentiras interesadas».
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