JOSE MARIA IRABURU

"El matrimonio en Cristo"

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Una comunidad de amor y de fe

Una perfecta comunidad de amor

Muchos son los hombres que viven afectivamente a la intemperie, sin un amor familiar verdadero, sin una casa espiritual donde respirar confiadamente con paz y alegría. Eso explica el gran atractivo que la familia cristiana -bien unida en el amor, alegre y con frecuencia numerosa-, ejerce sobre todos: sobre otros matrimonios, sobre ancianos y niños, sobre fieles e incrédulos. Todos encuentran en ella, de verdad, una anticipación de la vida celestial.

Y todo ese calor de hogar procede del fuego de amor entre un hombre y una mujer. «En virtud de esa alianza del amor conyugal, el hombre y la mujer "ya no son dos, sino una sola carne" (Mt 19,6; +Gén 2,24)» [19]. Una sola carne en el lenguaje bíblico quiere decir un solo cuerpo (+1Cor 6,16), o mejor aún, un solo corazón y un alma sola (+Hch 4,32). Si la amistad es la forma más perfecta del amor -con todo lo que implica de elección mutua, proximidad buscada, compartirlo todo-, el amor conyugal es la forma más perfecta de la amistad: «Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su esposa» (Mt 19,5; +Gén 2,24).

Así habría de ser el amor conyugal por naturaleza, pero ya sabemos cuántas miserias y deficiencias introduce el pecado en el amor del matrimonio. Por eso decimos ahora: así ha de ser el amor conyugal por gracia, por gracia de Cristo. Efectivamente, «en Cristo Jesús, Dios asume esta realidad humana [matrimonial], la confirma, la purifica, la eleva, y la conduce hasta la perfección en el sacramento del matrimonio. El Espíritu Santo, infundido en la celebración sacramental, concede a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de esa unión especialísima que hace de la Iglesia el Cuerpo místico inseparable del Señor Jesús» [19].

Consejos evangélicos para el amor conyugal

Dejadme que, recordando algunas exhortaciones de Jesucristo y de sus Apóstoles, os dé algunos consejos para mantener siempre vivo el amor conyugal y para acrecentarlo.

-Ama a tu cónyuge con todas tus fuerzas mentales y volitivas, afectivas y corporales. El segundo mandamiento de la caridad es semejante al primero, y éste te manda amar al Señor «con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzs y con toda tu mente» (Lc 10,27). Tu amor sea para el otro una imagen diaria del amor que Cristo Esposo le tiene. Ahora bien, «si él dió su vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1Jn 3,16). Y no tienes prójimo más próximo que tu propio cónyuge. Es, con todos sus defectos y virtudes, la persona que la Providencia divina ha dispuesto para que la ames más y mejor.

-Que no sea tu amor conyugal meramente frío y responsable, sino también tierno y afectivo, como es para nosotros el amor del Corazón de Cristo. Recuerda que has de «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Aprende de San Pablo a amar «en las entrañas de Cristo» (1,8). Al casarte Dios te dio la gracia de acoger, recibir, alimentar, proteger y cuidar a una persona: no le falles a Dios, no le falles a ella.

-Nunca ofendas a tu cónyuge ni en lo más pequeño, ni de palabra, ni de obra, ni tampoco de pensamiento. Y menos delante de los hijos o de extraños. Si la furia te enciende el interior por lo que sea, vete a rezar, date un paseo o una ducha, y si lo prefieres, golpea tu cabeza contra la pared; pero no te desahogues hiriendo a quien más debes amar. No inviertas el orden de la caridad, mostrándote afable fuera de casa y guardando tu mal genio para los tuyos. Con todos tienes que ser bueno y agradable, pero ¡especialísimamente con tu cónyuge y tus hijos! «Ninguno vuelva a nadie mal por mal, sino que en todo tiempo hacéos el bien unos a otros y a todos» (1Tes 5,15).

-«La caridad no es interesada» (1Cor 13,5), no «busca su propio provecho, sino el de los otros» (Flp 2,4). «No os canséis de hacer el bien» (2Tes 3,13), aunque no lo aprecien, aunque no lo agradezcan. «Haced el bien y prestad sin esperanza de remuneración» (Lc 6,35). Entrégate, pues, al otro a fondo perdido, sin exigir gratificaciones, sin pasar después factura. No lleves la cuenta de lo que das al otro y de lo que recibes de él. Si, por gracia de Dios, eres tú el que da más, dale gracias a Dios por ello. Y si eres tú el que recibe más, dale por ello gracias a Dios.

-«Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Cuando esa persona, casándose contigo, se te entregó completamente, ella -más o menos consciente de sus muchos defectos-, confiando en tu amor, se puso inerme a merced de tu amor compasivo. Tened piedad el uno del otro, sed compasivos. Tú, mujer, necesitas que él te vea con piedad. Y tú, hombre, necesitas la misericordia de ella. Que los defectos de tu cónyuge te den pena, te inspiren compasión y ternura, deseos de ayudarle, de rezar por él. Pero ¡que no te den rabia! Y menos aún desprecio. No os juzguéis con dureza. Más aún, no os juzguéis de ningún modo. «No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgáreis seréis juzgados, y con la medida con que midiéreis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?» (Mt 7,1-3). ¿Acaso tú ves tus defectos con la misma lucidez con que ves los de tu cónyuge?

-La corrección fraterna es una gran obra de caridad (+Mt 18,15-17), y por ella los esposos han de ayudarse mucho en el camino de su perfeccionamiento personal: «Tienes que pensar más las cosas. Hemos de ayudarle más al niño en sus estudios. No le riñas con tanta dureza», etc. Con todas esas correcciones mutuas, habéis de ayudaros el uno al otro frecuentemente. Pero que tu corrección conyugal nunca sea un desahogo de tu indignación -«ya no aguanto más: me va a oir»-. Si tu corrección no va a estar impulsada por el amor, si no va a ser realizada a solas, con dulzura y suavidad, ¡es mejor que no la hagas! Cállate, déjalo estar, que corra el agua...

Tampoco pretendas corregir a tu cónyuge con obstinación incansable de ciertos defectos, a veces muy enraizados en su temperamento -una cierta dosis de lentitud o de prisa, de desorden o impuntualidad, una locuacidad excesiva o, al revés, insuficiente, etc.-, que no se contraponen de suyo necesariamente con el orden de la caridad, y de los cuales quizá Dios no quiera corregirle por ahora. Tus incesantes correcciones son inútiles, y no sirven más que para crear tensiones y dar ocasión a enojos y peleas. Aguanta con paciencia y calla.

-Aprende a perdonar «setenta veces siete», es decir, como Dios nos perdona a nosotros, continuamente. Sé en esto imagen perfecta de Dios misericordioso. Él te perdona «diez mil talentos» ¿y tú no perdonarás los «cien denarios» que tu cónyuge te adeude? (Mt 18,21-34)... Sea tu perdón muy gentil y discreto, de tal modo que ni se vea que perdonas. Sea tu perdón muy rápido; en lo posible, simultáneo con la ofensa. Sea tu perdón aún más rápido y, simplemente, no te ofendas, y así tu perdón se anticipará a la ofensa. No andes haciendo cuestión de dignidades y precedencias: «es a ella a quien lo corresponde dar el primer paso», que si el Señor hubiera andado en ésas con nosotros, aún estaríamos sin reconciliar con Él. Recuerda que la caridad va mucho más allá que la justicia, y que nada hay más digno que perdonar y sufrir calladamente un trato injusto. «Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo y diente por diente". Pero yo os digo: "No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra" » (Mt 5,38-39). Recuerda el ejemplo de Cristo, y no andes reclamando tu derecho, como no venga exigido por el bien de terceros. «Es una vergüenza que andéis pleiteando unos con otros. ¿Por qué no preferís sufrir la injusticia? ¿Por qué no el ser despojados?» (1Cor 6,6-7). «Agrada a Dios que por amor suyo soporte uno las ofensas injustamente inferidas... Pues para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos» (1Pe 2,19.21). Perdona, pues, «de todo corazón» (Mt 18,35), sin guardar rencor, consiguiendo así que las heridas no dejen cicatriz alguna. En fin, novios y esposos, «sed unos con otros bondados, compasivos, y perdonáos unos a otros, como Dios os ha perdonado en Cristo» (Ef 4,32).

-Sed serviciales el uno con el otro. La mujer fue creada por Dios para que el hombre tuviera en ella «una ayuda semejante a él» (Gén 2,20), y viceversa. Ten siempre como un honor servir al otro, servirle siempre que puedas, lo mismo en sus necesidades laborales o domésticas, que afectivas o físicas. Haz de Cristo con tu cónyuge, que Él, siendo Dios, tomó «forma de siervo» (Flp 2,7), yno vino a este mundo «a ser sirvido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Tú no has venido al matrimonio tanto a ser servido, como a servir. Y cuanto más generosamente te des al otro, más le ayudarás al otro a darse a ti. No andes tampoco en esto llevando cuentas, y entrégate al servicio del otro y de los hijos ilimitadamente, sin otros límites que los de tus propias fuerzas.

-Cada uno de vosotros, en igualdad de condiciones, prefiera hacer la voluntad del otro. Eso es algo propio del amor perfecto. El hombre viejo, el de Adán, quiere siempre en principio sacar adelante la propia voluntad; y es que no sabe amar. El hombre nuevo, el de Cristo, en igualdad de condiciones, tiende a hacer la voluntad del otro y a darle gusto. ¿Salir o quedarse en casa? ¿Ir al cine o al teatro? ¿Sacar el coche o ir en el tren?... «A mí me da igual: hagamos lo que tú prefieras». Ésa es la forma de servicialidad más profunda: el siervo, en efecto, no hace sino la voluntad de su señor. Ésa es una forma preciosa de darse al otro con amor, que guarda así la unión y hace grata y fácil la convivencia. Recordad aquello de San Pablo: «Tenéos unos a otros por superiores» (Flp 2,3).

-No haya entre vosotros peleas y disputas, y menos ante los hijos. «No salga de vuestra boca palabra áspera, sino palabras buenas y oportunas. Alejad de vosotros toda amargura, arrebato, cólera, indignación, blasfemia y toda malignidad» (Ef 4,29.31). No hagáis un infierno de vuestra convivencia. No forméis tormentas en un vaso de agua. «Mirad que, si mutuamente os mordéis y os devoráis, acabaréis por consumiros unos a otros... Y quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios» (Gál 5,15.21).

En fin, que a través de la convivencia diaria, en la que se dan tantas vicisitudes -penas y alegrías, carencias y abundancias, errores y aciertos, éxitos y fracasos, enfermedades y curaciones, expectativas felices y preocupaciones sombrías-, vuestro hogar sea para vosotros y para vuestros hijos una escuela diaria de caridad. Que todo, absolutamente todo, os sirva, día a día, minuto a minuto, para crecer en la abnegación y en la perfección de la caridad, ya que «Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» (Rm 8,28).

La fidelidad indisoluble

Los que ignoran a Cristo y la fuerza de su gracia se ríen a veces de la fidelidad conyugal, y consideran imposible vincularse a una persona de por vida. Más aún, piensan que mantener año tras año la fidelidad es una forma de encadenarse, de limitar la propia libertad, sujetándose así a una hipocresía interminable. En otras palabras, que el hombre no es capaz de monogamia y de fidelidad perseverante en el amor, y estiman que, al menos a la larga, alguna forma de divorcio o de poligamia simultánea o sucesiva es inevitable, aunque sólo sea como mal menor.

Pues bien, ya se ve que a éstos hay que «llevarles la buena noticia [el evangelio] de un amor conyugal perenne, que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza» [20]. Cristo, el nuevo Adán, que por la fuerza de su gracia hace hombres nuevos, es capaz de hacer realmente matrimonios nuevos, es decir, esposos realmente capaces de amarse siempre, como Él ama a la humanidad. En efecto, por la comunicación de su Espíritu, Cristo da a los esposos cristianos «en la celebración del sacramento del matrimonio "un corazón nuevo"» [20], configurado a su Corazón sagrado.

Una ascesis diaria guardará día a día vuestro amor conyugal en una fidelidad perseverante. Se trata de una fidelidad en el amor ejercitado en mil cuestiones, a veces mínimas; una fidelidad que, una y otra vez, requerirá no pocas conversiones de vuestro corazón, tantas como sean precisas. Pero que saldrá victoriosa, pues «el que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho» (Lc 16,10).

En todo caso, se trata de una fidelidad que siempre es posible, pues es constantemente renovada por la gracia de Cristo, como millones y millones de matrimonios católicos, cada vez más unidos al paso de los años, lo certifica. Más aún, también dan un testimonio impresionante de fidelidad «aquellos cónyuges [separados] que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión» [20]. Muchas veces siguen sosteniendo, ellos sólos, la unidad de la familia.

La familia, esplendor del amor cristiano

«Sobre el fundamento del amor conyugal, se va edificando la comunión más amplia de la familia, de padres e hijos, de hermanos y hermanas entre sí, de parientes y otros familiares». Unidos todos entre sí por lazos familiares de carne y sangre, están todavía más unidos por los lazos de la gracia fraternal de Cristo, constituyendo así una comunidad eclesial que «puede y debe decirse Iglesia doméstica» [21].

Desde el abuelo hasta el niño, todos están llamados a edificar la familia en la unidad del amor. Con espíritu de abnegación, que mate todo egoísmo, con espíritu de reconciliación, que sepa guardar la unidad por el perdón fraterno, con el espíritu de la más genuina caridad, todos han de crecer siempre en el amor con ocasión de los diversos sucesos del hogar: trabajos, comidas, enfermedades, disgustos, alegrías, aprietos económicos, viajes, celebraciones, decisiones elaboradas en familia, en la que cada uno habrá de ceder en algo.

La mujer, corazón de la familia

La familia ha de saber promover «en cada uno de sus miembros la altísima dignidad de personas, es decir, de imágenes vivientes de Dios. Y, en este sentido, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer. Creando al hombre "varón y mujer", Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer. Dios también manifiesta de la forma más alta posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen. La delicadeza y respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los discípulos, son signos que confirman la muy alta consideración del Señor Jesús hacia las mujeres» [22].

Una larga tradición social y cultural limitó a la mujer a sus tareas de esposa y madre, en parte porque el trabajo fuera de la casa requería en otros tiempos una mayor fuerza física. En todo caso, «es indudable que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas»; con ello la mujer se perfecciona, y la sociedad se beneficia no poco de la presencia activa femenina. Ahora bien, «la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones». Y en este sentido, «la sociedad debe estructurarse de tal manera que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa, y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia» [23].

Ya habréis observado cómo el mundo actual viene realizando una verdadera campaña contra la dedicación exclusiva de la mujer a la familia, como si ello trajera necesariamente empobrecimiento y frustración de la mujer. Pues bien, comprended que «se debe superar esa mentalidad [materialista] según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior [que trae dinero] que da la actividad familiar» (que no es retribuída) [23]. Pensad que en la realidad de la vida, no pocos trabajos femeninos fuera de la casa son duros y monótonos, y por añadidura muchas veces no están bien retribuídos, y ciertamente no suelen tener la riqueza de la vocación de madre y ama de casa, tan preciosa y variada -maestra y catequista, enfermera, cocinera y florista, secretaria, modista, decoradora, asistenta social, encargada de relaciones públicas y tantas y tantas cosas más-. Muchas profesiones posibles para la mujer son preciosas, pero pocas habrá tan admirables.

Por otra parte, cuando falta o disminuye notablemente la dedicación familiar de la madre, todos lo sienten, el esposo, los niños, los adolescentes, los ancianos, y la misma casa va dando muestras de descuido. Por eso la familia que tiene a su constante servicio una buena ama de casa, un verdadero corazón del hogar, hará bien en procurar la defensa cuidadosa de un privilegio tan precioso.

El hombre, cabeza de la familia

El hombre está llamado en la familia a ser esposo y padre. «Él ve en la esposa la realización de aquel designio de Dios: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gén 2,18)». Y en el amor a los hijos, va formándose también su corazón de padre. «Por eso, donde las condiciones sociales y culturales llevan fácilmente al padre a un cierto desinterés por la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario trabajar para que se recupere socialmente la convicción de que la función del padre en la familia tiene una importancia única e insustituible» [25]. Muchos desequilibrios psicológicos y morales, proceden muchas veces de la ausencia del padre, o bien de una presencia machista y opresiva.

El hombre-esposo ha de saber «manifestar a su mujer la caridad suave y fuerte que Cristo tiene hacia la Iglesia». El hombre-padre, como cabeza de familia, ha de ser para los hijos «revelación en la tierra de la misma paternidad de Dios» [25] (+1 Cor 11,3; Ef 5,23s).

Los niños

La familia debe prestar una atención especialísima al niño, de tal modo que todo en ella debe estar subordinado a su bien, la vida profesional de los cónyuges, el uso de la televisión, el planteamiento de la casa, de las vacaciones, de lo que sea.

Cuántas veces, sin embargo, el bien de los hijos se ve sacrificado a las ambiciones o gustos de sus padres. Y cuántas veces éstos se interesan mucho más por el dinero o por la salud física que por la modelación espiritual de los niños, como si en vez de cultivar personas, criaran animales. Por el contrario, «la acogida, el amor, el servicio múltiple -material, afectivo, educativo, espiritual- a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva de las familias cristianas. Así los niños, a la vez que crecen "en estatura y gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2,52), serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres» (26].

Los ancianos

Por otra parte, la familia cristiana ha de ser un hogar acogedor para los ancianos. «Hay culturas que manifiestan una singular veneración por el anciano», que encuentra así en la familia su marco propio; pero «otras, en cambio, especialmente donde se ha producido un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son para ellos fuente de grandes sufrimientos y de empobrecimiento espiritual para las familias» [27].

La familia cristiana, en todo lo que las circunstancias permitan, ha de integrar a los ancianos en su comunidad de amor, respetándolos, cuidándolos, y favoreciendo en ellos la actividad de que todavía son capaces, para que no se hundan en un ocio excesivo y perjudicial. La presencia benéfica de los parientes ancianos a veces sólo es apreciada cuando faltan.

Situaciones irregulares

En algunos países la descristianización va degradando hoy con frecuencia el amor conyugal, incluso en las parejas cristianas. Y el mundo incrédulo ve este retroceso evidente a situaciones anteriores a Cristo como un progreso...

-El matrimonio experimental o a prueba es una de estas situaciones lamentables. La misma razón humana puede entender que es indecente «que se haga un experimento tratándose de personas humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y únicamente el término de un amor de donación» [80]. Y la fe, desde luego, entiende que tan precario amor no puede ser signo del amor entre Cristo y la Iglesia, pues éste no es un amor a prueba, sino fiel y para siempre.

-La unión sin vínculo institucional alguno, ni civil ni religioso, es también frecuente. Estas vinculaciones suelen proceder del egoísmo, de la ignorancia o la miseria, o de un gran desprecio por la sociedad y sus normas, y causan grandes males, especialmente en la mujer [+81].

-El matrimonio civil entre católicos es también un mal muy grave. Los hermanos cristianos deberán ayudar de corazón a estas parejas. Y los pastores, especialmente, habrán de tratarles con gran caridad, pero «no podrán admitirles al uso de los sacramentos» [82].

La separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil». Todos deben ayudar al cónyuge separado, para que pueda llevar su soledad con fidelidad y provecho espiritual, sin amargura ni rencores, perdonando con humildad y paciencia, y manteniendo una «disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior» [83].

-«Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que, conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido, no se implica en una nueva unión, y se empeña en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso, su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio ante el mundo y ante la Iglesia, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos» [83].

-Están, en fin, los divorciados, casados de nuevo. La Iglesia «no puede abandonar a sí mismos a quienes, unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental, han intentado pasar a nuevas nupcias». Estos «no deben considerarse separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida». Por la oración, la escucha de la Palabra, la asistencia a la eucaristía, las obras de caridad y de justicia, la educación de los hijos, así como la ascesis penitencial, deben guardarles siempre orientados hacia la gracia plena de Cristo. «La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos mismos los que impiden que se les admita, ya que su estado de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada en la Eucaristía». Y en cuanto al sacramento de la penitencia, éste puede administrarse «únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio» [84].

 Meditación y diálogo

1.-¿Por qué causas suelen disgregarse las familias (por ideas, por dinero, por falta de trato, etc.)? -¿Qué virtudes cristianas salvan, con la gracia de Cristo, la unidad de la familia como comunidad de amor?

2.-¿Qué consejos evangélicos nos parece que ayudan más a vivir la caridad conyugal? -¿Qué importancia tiene para el amor el arte de perdonar?

3.-¿Por qué el matrimonio ha de ser único (monógamo) e indisoluble (sin divorcio)? -¿Qué virtudes y qué forma de vida ayuda a guardar la unidad del matrimonio, y qué errores y pecados llevan a romper la fidelidad conyugal?

4.-Cuando los cónyuges en el sacramento se compromenten a vivir unidos ¿también Cristo se compromete con ellos a asistirles con su gracia para que se mantengan siempre unidos? -Ver la importancia de la Eucaristía y de la Penitencia en la vida conyugal que persevera en la unión del amor.

5.-¿Qué ventajas y qué inconvenientes hay en que la esposa trabaje sólo en el hogar o también trabaje fuera? -En nuestro caso concreto ¿qué querrá Dios (=qué nos convendrá) que hagamos en esta cuestión?

6.-¿Cómo habrá de ser el amor del esposo a la esposa para que de verdad participe de lo que es el amor de Cristo por la Iglesia? -¿Cómo habrá de ser el amor de los padres a los hijos para que sea para éstos una revelación del amor que Dios les tiene?

7.-¿Cómo haremos para que el cuidado de los hijos sea nuestra dedicación más importante, a la que todas las demás se subordinen? ¿Qué peligros puede haber en esto? -¿Qué posible acogida tendría en nuestro hogar, si llegara el caso, un pariente anciano?

8.-¿Por qué un matrimonio exclusivamente civil es inadmisible entre cristianos? -¿Cuál es la situación eclesial de los cristianos divorciados que se han vuelto a casar?

 

 

 


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