JOSE MARIA IRABURU

"El matrimonio en Cristo"

 

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La educación

La misión y el derecho de educar

El Concilio Vaticano II dice: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, ellos tienen la gravísima obligación de educarlos: ellos son los primeros y principales educadores de sus hijos. Tan importante es este deber de la educación familiar, que difícilmente puede ser suplido» (Vat. II, GE 3).

Por la generación, los padres transmitieron al hijo sus vaores corporales -una fisonomía peculiar, un cierto grado de fuerza y belleza-. Por la educación, ahora, han de transmitirle sus valores espirituales -una mentalidad, una tradición, una gracia y un estilo de vida-.

La familia, pues, es una escuela constante, que, en un clima de amor y confianza, actúa continuamente al paso de las mil circunstancias de los días y de los años. Y la eficacia de la educación familiar es tal que, si falla, de muy poco valdrán catequesis y movimientos, escuelas y universidades.

Crianza, educación y catequesis

En los hijos hay un cuerpo, hay un alma, y hay un espíritu, una vida de gracia sobrenatural, infundida por el Espíritu Santo. Pues bien,

-por la crianza, principalmente atendida por la madre, el cuerpo del hijo ha de recibir los cuidados precisos: abrigo, alimento, higiene, vacunas, calor;

-por la educación, el alma del hijo recibe progresivamente todo un conjunto de hábitos, conocimientos, artes y aprendizajes que modelarán su personalidad, y le harán cada vez más capaz de una vida social y laboral;

-por la catequesis familiar, que normalmente es informal -hecha en el paseo en la cocina, al acostarse, con ocasión de diversos sucesos-, el espíritu del hijo recibe día a día todo un mundo de fe, que va asimilando casi sin darse cuenta, toda una jerarquía de valores evangélicos, toda una serie de aprendizajes fundamentales: para rezar, servir, perdonar, amar y compartir.

Pues bien, los esposos cristianos habéis de ser cada vez más capaces de realizar esas tres funciones, para que lleguéis así a haceros maestros especializados en el cultivo de hombres. En efecto, la familia cristiana no ha de ser meramente una granja, un criadero de animales; ni basta con que sea una escuela que transmite ciertos conocimientos y aprendizajes naturales: ha de ser una pequeña parroquia, un templo de Dios, una Iglesia doméstica, que fomente en los hijos la glorificación de Dios y la perfecta santidad evangélica. Y las tres cosas, por supuesto, han de darse juntas, potenciándose mutuamente.

La autoridad de los padres, delegados de Dios

Dios es para nosotros, al mismo tiempo, Padre lleno de bondad y Señor de autoridad plena. A Él le debemos, pues, amor y obediencia, como Él mismo nos dice: «Si me amáis, guardaréis mis mandatos» (Jn 14,15; +15,10).

Y precisamente porque Dios nos ama y procura con todo empeño nuestro bien, por eso no muestra hacia nosotros una bondad permisiva, que ocasionaría nuestra perdición, ni una autoridad dura, que nos resultaría abrumadora. Él es justo y misericordioso.

Pues bien, los padres habéis de ser para vuestros hijos imágenes de Dios. Si sois duros y distantes con ellos, se alejarán de vosotros y se perderán. Pero si sois con ellos blandos y consentidores, quizá por evitaros forcejeos y disgustos o por ceder indebidamente a sus halagos, también se perderán. Con esas actitudes vuestras habríais sido sólamente para vuestros hijos una mala caricatura de Dios. Y eso, sin duda, les haría más difícil el conocimiento y el amor de Dios.

Unas veces está de moda en el mundo un autoritarismo familiar opresivo, y otras veces un permisivismo igualitario y amoral, que de un modo u otro falsifica en los padres la imagen de Dios. Vosotros, si permanecéis muy unidos a Dios y muy libres de los condicionamientos de la moda mundana, podréis ser en la educación para vuestros hijos verdaderas imágenes vivas de Dios.

Da pena ver hoy con tanta frecuencia a padres descristianizados, que desobedecieron a Dios y le volvieron la espalda, y que ahora son manejados en su casa por un déspota de tres años, que de diez veces en nuevo impone su capricho. Ellos, por su irreligiosidad, quedaron «abandonados a los deseos de su corazón» (Rm 1,24), y sus pobres hijos se ven, lógicamente, en la misma situación. Es normal que los padres rebeldes a Dios, como asegura San Pablo, tengan unos hijos «rebeldes a los padres» (1,30).

La autoridad de Dios es la fuerza inteligente que hace crecer la criaturas, dirigiéndolas por su providencia amorosa. La misma palabra auctoritas expresa esa realidad (auctor, autor, promotor; augere, aumentar, impulsar crecimientos). Los padres, pues, como delegados de Dios para sus hijos, están llamados a participar de esa autoridad divina acrecentadora, confortando así a sus hijos y estimulando su desarrollo.

A su vez los hijos deben saber, por la razón, y creer, por la fe, que en justicia deben obedecer a sus padres «en el Señor» (Ef 6,1), y que tal obediencia es sumamente «grata al Señor» (Col 3,20).

El ejercicio de esta virtud, evidentemente, será a los hijos muy difícil allí donde la rebeldía a los padres esté más generalizada. Lo mismo, por ejemplo, que les será difícil la castidad donde la lujuria impere a sus anchas. Pero eso mismo viene a exigir de los padres una pedagogía especialmente soícita sobre la virtud de la obediencia, que, sobre todo en los niños y adolescentes, es absolutamente necesaria para su recto crecimiento personal. Es una virtud básica tanto de ley natural como de ley cristiana. Tiene, pues, que ser posible con la ayuda de la gracia. E incluso tiene que ser relativamente fácil a los hijos si se fomenta en ellos el verdadero amor a sus padres.

Educadores de los hijos

«Los padres deben formar a los hijos en los valores esenciales de la vida humana» [37]. Si vosotros no fuérais capaces de hacer esto ¿qué clase de padres vendríais a ser? ¿Con qué derecho os atreveríais a lanzar un hijo al mundo, si no estuviérais en condiciones no ya de alimentarle, sino de adiestrarle en las grandes virtudes que harán de el un hombre verdadero y un buen cristiano?

Por el contrario, habéis de ser muy conscientes de que los hijos se educan principalmente por el ejemplo de sus padres. En este sentido, como «nadie da lo que no tiene», la necesidad de estar en condiciones de dar buen ejemplo a vuestros hijos, si de verdad tenéis buena voluntad de procurar su bien, será para vosotros un estímulo muy grande y continuo para vuestra propia autoeducación.

Y sobre todo debéis confiar mucho en la asistencia de Dios, que por el sacramento del matrimonio se ha comprometido a asistiros en vuestras funciones de esposos y de padres. En efecto, «por el sacramento del matrimonio los padres cristianos tienen una fuerza nueva y especial que los consagra a la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, que los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor maternal de la Iglesia, y que los enriquece con los dones del Espíritu Santo para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano».

Hay aquí «un verdadero y propio ministerio de la Iglesia para la edificación de sus miembros. Tan grande es el ministerio educativo de los padres cristianos, que Santo Tomás lo compara con el ministerio de los sacerdotes» [38]. Es así como en el hogar familiar se edifica la Iglesia de Cristo.

Educar en las virtudes

Como ya sabéis, las virtudes son hábitos intelectuales y operativos, que configuran al hombre, facilitándole el ejercicio de ciertas obras buenas. Los hijos reciben de vosotros la primera naturaleza por medio de la generación. Pero habéis de modelar también en ellos una segunda naturaleza, y eso no puede realizarse sino por la educación, una tarea de amor largo y paciente. Y tenéis que formarlos en todas las virtudes, por ejemplo en éstas:

-Austeridad en la posesión de las cosas. «Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es, que por lo que tiene» (GS 35)» [37]. En la Utopía de Tomás Moro los padres hacían de oro los orinales y los grilletes de los esclavos, para infundir así en los niños el menosprecio de las riquezas desde su primera infancia. Unos padres enfermos de consumismo, que forman a sus hijos ante todo para que sean buenos consumidores, les están dando una educación antievangélica.

-Amor y servicio. El niño nace con la mano en puño -«esto es mío y no te lo dejo», «hoy te toca ir a ti, que ayer fui yo»-, y los padres habéis de enseñarle a abrir su mano a los otros, suscitando en ellos «el sentido del verdadero amor, que es solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente hacia los más pobres y necesitados» [37] . Si vosotros no se lo enseñáis, va a ser poco probable que el niño lo aprenda solo.

-Sociabilidad. «La familia, en cuanto comunidad de amor, es la primera y fundamental escuela de sociabilidad. El don de sí mismos, que inspira el amor mutuo de los esposos, es el modelo y la norma del don de sí mismos que ha de haber entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. Esta es la pedagogía más eficaz para la inserción de los hijos en la sociedad» [37]. Si los padres os queréis de verdad, y vivís el uno para el otro, y los dos para los hijos, éstos, superando egocentrismos infantiles y adolescentes, irán creciendo en sociabilidad y caridad, pues ésa es la vida que respiran en su hogar.

-Sexualidad sana. Hoy el mundo trivializa la sexualidad, y la degrada, relacionándola sólamente con el cuerpo y el placer. Pero «la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu-, y manifiesta su íntimo significado al conducir a la persona hacia el don de sí misma en el amor». También en esto los padres, con la palabra y el ejemplo, han de ser los primeros educadores [37]. No será raro que tengan los hijos graves problemas de castidad si sus padres ofenden habitualmente la castidad conyugal con la anticoncepción y otras miserias.

-Castidad. Para una sexualidad sana es «imprescindible una educación para la castidad, virtud que desarrolla la madurez de la persona, y la hace capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo. Más aún, los padres cristianos, atentos a discernir los signos de la vocación de Dios, reserven un cuidado especial a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de sí mismo, que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana» [37] .

En éstas y en otras virtudes, de las que hablaremos después, habéis de educar a vuestros hijos con la ayuda de Dios, que nunca os va a faltar. En efecto, como educadores de vuestros hijos, tenéis propiamente una gracia de estado, una gracia que Dios se compromete a daros, y que vosotros habéis de recibir fielmente..

Escuela de vicios

El condicionamiento de la familia -constante, gradual, amoroso, más tácito que explícito-, constituye para los hijos una escuela de insuperable eficacia didáctica. Ahora bien, tenéis que daros cuenta de que este influjo eficacísimo, superior a cualquier otro, es para bien o para mal. O la familia evangeliza o escandaliza. No escandaliza en el sentido vulgar -aquello que resulta negativamente chocante-, sino en el sentido más profundo de la palabra -condicionar para el error y el mal-.

Los padres escandalizan a sus hijos cuando no rezan; cuando no tienen tiempo ni dinero para Dios y para el espíritu, pero lo tienen para el cuidado del cuerpo; cuando no reciben los sacramentos sino muy de tarde en tarde; cuando hacen gastos inútiles y por eso no están nunca en condiciones de ayudar a los necesitados; cuando hace por la Riqueza sacrificios y esfuerzos que en modo alguno están dispuestos a realizar por Dios y por su reino; cuando huyen de los pobres, aunque sean parientes; cuando murmuran y hacen juicios temerarios sin recatarse de nadie; cuando practican la anticoncepción y rechazan malamente a los hijos que posiblemente hubieran de venir al mundo...

¿O es que no son conscientes de que con esa vida miserable están desfigurando día a día la imagen de Dios en sus hijos? ¿O es que no saben que éstos captan por ósmosis familiar todo lo que ellos irradian con sus vidas y palabras? Se engañan si esperan que otros sean los que eduquen cristianamente a sus hijos. Catequesis, escuela católica, parroquia, son complementos de la familia, pero poco valen para la educación de aquellos niños que están escandalizados en sus familias por acción y por omisión.

Escuela de virtudes

Los padres evangelizan a sus hijos, en cambio, cuando rezan y enseñan a rezar; cuando se mantienen unidos por el amor y saben perdonarse; cuando leen libros cristianos; cuando frecuentan con devoción los sacramentos; cuando hacen por Dios lo que no serían capaces de hacer por la Riqueza; cuando limitan sus gastos para poder ayudar a los pobres; cuando no se permiten murmuraciones ni juicios, rencores o venganzas...

Con todas esas actitudes vitales forman un mundo de gracia que evangeliza cada día silenciosamente a los hijos, y de este modo «la misma vida familiar se hace itinerario de fe, iniciación cristiana, escuela de los seguidores de Cristo» [39].

Otros centros educativos

La familia es la primera y principal comunidad educativa de los hijos, pero no la única y exclusiva. Ella necesita el complemento de otros ámbitos formativos, civiles o eclesiales. En todo caso, todos los que dirigen centros educativos de uno u otro tipo «no deben nunca olvidar que los padres han sido constituídos por el mismo Dios como primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable» [40].

Por eso mismo «debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la elección de una educación conforme con su fe religiosa». Lo cual exige, sin duda, que el Estado subvencione adecuadamente los colegios privados confesionales, pues si no lo hiciera, colocaría a los padres ante una alternativa injusta: o enviar a sus hijos a centros no deseados por ellos, o bien a pagar doblemente por la educación de los hijos, sosteniendo a su costa al mismo tiempo los institutos públicos y los privados. Por otra parte, éstos últimos, necesariamente, se irían reduciendo a los grupos sociales más ricos, y en no pocos casos tenderían a desaparecer.

Y otro aspecto importante: los padres tienen «el grave deber de mantener, en cuanto les sea posible, relaciones cordiales y efectivas con los profesores y directores de las escuelas». Sería un pecado de omisión no pequeño mantener en este tema una actitud de desinterés y distanciamiento. Y «si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana, la familia, uniéndose si es posible con otras familias en asociaciones familiares, debe con todas sus fuerzas ayudar a los jóvenes, para que no se alejen de la fe» [40]. Y debe presionar igualmente, con cuantos medios tenga a su mano, para que se corrija esa educación sectaria.

Orar por los hijos

No pocas veces los padres se ven impotentes para hacer lo que quisieran en orden a la educación de sus hijos.

Uno de los deberes principales de los padres es, sin duda, pedir a Dios por los hijos. La acción educativa en su favor es completamente necesaria, como hemos visto, pero estará siempre llena de limitaciones en su eficacia: por falta de oportunidad, o de saber o de poder.

La oración, en cambio, apoyándose inmediatamente en la bondad y la omnipotencia de Dios -«pedid y recibiréis» (Jn 16,24)-, conseguirá siempre para ellos inmensos bienes y les guardará de grandes males. Es, pues, la ayuda principal que los padres pueden prestar a sus hijos. Y por eso mismo su ausencia sería en los padres el más grande pecado de omisión en sus deberes hcia los hijos.

Recordad en esto casos como el de San Agustín, que va perdiéndose desde los doce años, más o menos, y que sólamente a los treinta recupera la fe católica gracias sobre todo a las oraciones de su madre Santa Mónica. Si ésta santa mujer, al paso de los años, se hubiera cansado de orar, pensando que era inútil, y hubiera dado a su hijo por perdido, es muy posible que éste gran santo, efectivamente, se hubiera perdido para siempre.

Familia acogedora y adopción

La familia no debe cerrarse en sí misma, sino que su amor debe irradiar hacia los demás. «Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los hombres como hijos del común Padre celestial, vayan generosamente al encuentro de los hijos de otras familias, sosteniéndoles y amándoles no como a extraños, sino como a miembros de la única familia de los hijos de Dios» [41] .

«En particular los esposos que experimentan la esterilidad física, deberán orientarse hacia esta perspectiva, sin replegarse en una vida quizá cómoda, pero triste, por no ser fecunda. Y las familias cristianas, en general, «ábranse a la adopción y acogida de hijos privados de sus padres o abandonados por éstos. Esos niños experimentarán así, al calor afectivo de una familia, la providente y amorosa paternidad de Dios, atestiguada por los padres cristianos».

Ensánchese así el corazón de las familias para hacer llegar su amor, en cuanto sea posible, a esa variedad doliente de enfermos y ancianos, minusválidos y drogadictos, madres solteras, excarcelados, parados, exiliados... Y así «por medio de ellas, siga el Señor Jesús compadeciéndose de las multitudes» [41].

Meditación y diálogo

1.-¿Vemos que, como padres, nuestra primera tarea es educar bien a los hijos, y que todo lo demás -la casa, trabajos, etc.- habrá de subordinarse a esa misión? -¿Tenemos conciencia de que somos los primeros educadores de nuestros hijos, antes que la escuela, la parroquia y todo lo demás?

2.-¿Qué capacidad tenemos para cada una de estas tres funciones: criar, educar, catequizar a los hijos? -¿En el cuidado de los hijos, comprendemos la primacía de su cultivo en la fe por la catequesis familiar (de ejemplo y palabra)?

3.-¿Cómo reflejaremos al educar la bondad de Dios Padre? -¿Y cómo participaremos, en favor de los hijos, de la autoridad del Señor?

4.-¿Cómo haremos para educar a los hijos en valores como amor, austeridad, servicio, castidad, obediencia, servicialidad? -¿Qué importancia tendrá en esta educación nuestro ejemplo, nuestra palabra, el ambiente de casa (comidas, televisión, lecturas, trabajos, juegos, vacaciones, etc.)?

5.-¿Vemos con claridad nuestra misión de educadores de los hijos como un ministerio pastoral, fundado en el sacramento del matrimonio, y que Cristo nos confía? -¿Nos damos cuenta de que nuestros hijos, antes que nuestros, son hijos de Dios, y que ante Dios somos responsables de su educación cristiana?

6.-¿En qué podremos escandalizar a nuestros hijos? -¿Cómo podremos evangelizarlos con nuestras propias vidas?

7.-¿Es para nosotros un cuidado principal la elección de Centros educativos buenos para nuestros hijos, aun cuando nos resulten más caros y nos exijan sacrificios? -¿Qué relación habremos de tener con esos Centros?

8.-¿Entendemos la oración por los hijos como un deber principal de los padres?

9.-¿Qué posibilidades particulares para hacer el bien tiene un matrimonio a quien Dios no ha dado hijos? -¿Si no tuviéramos hijos, o si ya los hubiésemos criado, nos gustaría poder adoptar algún niño?

 

 


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