¡NO SOY POBRE, SOY RICA!
 

Hace poco tuve que ir a sacar unas credenciales para mis hijos.
    La empleada, al sacar las fotos, me pregunto asombrada:
  ¿Todos esos son sus hijos? ¿Sí? ¡Pobre!
En un corto instante medité y le repuse. --¡No, soy rica!.

    En la actualidad, tener más de media docena de hijos y salir con ellos es algo insólito, contrario al mundo moderno, algo que llama la atención.

    Comprendí que la expresión de lástima de la empleada se refería al trabajo que tiene uno para educar a los hijos.  Es verdad que el trabajo diario es pesado: comida, ropa, tareas, útiles, pleitos, correcciones, sueño, poco tiempo para uno mismo.

    Es verdad que desde la mañana hasta la noche está uno ocupada en los mil quehaceres que se deben dedicar a los hijos y que por supuesto impiden que se realice una profesión de tiempo completo fuera del hogar.  Pero también es verdad que soy rica, inmensamente rica en experiencias maravillosas que va uno viviendo con los hij os, soy rica en cariño, en amor, en ternura, en bendiciones de Dios.

    El problema de la educación se impone teniendo uno o muchos hijos.  Saber guiar a los hijos, corregirlos, encauzarlos, apoyarlos para que lleguen a ser hombres de bien y alcancen un día el cielo es una de las tareas más difíciles a las que se enfrentan los seres humanos.

    Cada hijo es una bendición de Dios, es un tesoro que nos otorga, que nos presta para nuestra felicidad, con cada hijo nos permite participar de su creación.

    Tengo varios hijos y soy muy rica con ellos porque estoy rodeada de sus gestos, de sus esfuerzos, de sus tristezas y de sus alegrías.

    --No, señora, no soy pobre sino rica, porque Dios me ha dado el privilegio de ser madre, de conservarme la salud y las fuerzas para darles la vida, porque me da las gracias necesarias para educarlos, porque Dios y la Virgen me acompañan cada día apoyándome en el duro trabajo.  Y si me preguntan que si quiero otro hijo respondo que sí, porque cada hijo para mí, es un don que Dios me otorga confiándome un ser que deberá ir a poblar el reino de los cielos.

    Cuando me casé jamás pensé que sería tan rica en hijos.  Tengo desde la hija mayor, que es casi una mujer, hasta el pequeñuelo que acaba de cumplir un año y si Dios me envía más serán alegremente recibidos.  Me entristece ver que las mamás de ahora se espantan por tener más de dos, que no saben que hacer con ellos, cómo educarlos, que son muchos gastos, que tienen o quieren trabajar y el tiempo no les alcanza para cuidarlos.
Una vez, un sacerdote contó que en el cielo, las madres estarán coronadas con una diadema de estrellas, según el número de hijos. ¡hermosa metáfora!  Me emociona pensar que mi diadema estará llena de estrellas y que participaré en la de mi madre que será todavía más hermosa y más numerosa que la mía, pues me dio ejemplo con aún más hijos.

 ¡Las madres del mundo moderno tendrán tan pocas estrellas! (Ojalá que el creador las perdone si es que se opusieron a su sabia voluntad).  Me imagino que al morir se les presentarán como angelitos brillantes, hermosos y transparentes que se desvanecerán al decirles.
--Mira Mami, nosotros hubiéramos existido y venido al cielo a disfrutar de ti y de Dios pero.... usaste de la planificación familiar y sólo te quedaste con dos y no nos incluiste a nosotros. ¡Te quedaste pobre sin nosotros!

    Una mujer soltera le preguntó en cierta ocasión a una mujer llena de hijos: -¿Cómo le hace usted para dividir su corazón entre tantos?
  --El corazón no se divide, se multiplica - le contestó la madre.

    Es verdad.  Mientras más hijos el corazón se agranda para amar a cada uno en forma especial, única, diferente e igual para todos y cada uno.

    Si Dios sólo manda uno o dos hijos, es porque es su Santísima Voluntad, pero si quiere mandar más, ¿por qué no aceptar sus maravillosos dones'?

    No, no soy pobre.
    En realidad, soy inmensamente rica.

Paloma Plata
Familia Católica Año 3 No. 3


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