Personalidad y Perfil del P. Julio Chevalier
La obra maestra de un hombre es la del espíritu puesto al servicio de una idea. Y el P. Chevalier vino a la vida con una idea a la que se consagró sin reservas y sin vacilar. Su vida entera se resume en la propagación de la devoción al Sagrado Corazón, como remedio de todos nuestros males, y en la fundación de una Congregación religiosa que expandiese esa idea: los Misioneros del Sagrado Corazón.
De una fortaleza excepcional y una calma y dominio imperturbables, fue capaz de superar toda clase de dificultades, incluso el cierre de la Basílica y su expulsión de la casa parroquial. Ese dominio de sí mismo le convertía en una persona segura de sí, llena de amabilidad y de sencillez. Todo estaba en manos de Dios. El era, tan sólo, su instrumento.
Decía de él el dominico P. Ives Congar que sólo su espíritu y su fe pudieron mover las masas que él movió y sigue moviendo. Según el P. Congar, Issoudun en el único lugar de peregrinaciones marianas de todo el mundo donde la Virgen no se apareció y no hizo los milagros característicos de toda aparición. Y el cardenal Lefrevre, anterior Arzobispo de Bourges, afirma que la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón es la devoción mariana por excelencia.
La caridad, expresada a través de la amabilidad, fue lo más característico de toda su vida. Hasta tal punto fue así, que la gente lo daba por supuesto. «Amable como siempre», decían. « Tenía disponible para los demás todo el tiempo del mundo», comentaban. Era de lo más humano, podemos decir. «Se reía con aquella maravillosa sonrisa que iluminaba su rostro», era una de las afirmaciones más comunes que de él se hacían. El don del liderazgo lo ejercía a base de entregarse al servicio de todos los suyos.
Sin embargo, toda esa sencillez, toda esa humanidad, eran el resultado del constante esfuerzo ascético planeado y aplicado a cada detalle. Era la ascética con una inspiración mística, pues procedía del convencimiento de que él, personalmente, y los otros, todos, estaban «atraídos por el amor del Corazón de Cristo, envueltos en su ternura, con sus favores prodigados sobre nosotros».
Dos rasgos principales de su carácter quedaban grabados en la memoria de todos: su gran bondad para con todos y su hombría indomable. Otro detalle que le define, y que insistió en que sus religiosos lo practicaran, hasta el punto de hallarse en las Constituciones, es el buen humor. Dicen las Constituciones: «El nuestro es un espíritu de familia y de fraternidad, hecho de bondad y comprensión, de compasión y perdón mutuo, de delicadeza, humildad y sencillez, de hospitalidad y sentido del humor» (Cap. III, nº 32).
Para el P. Chevalier, y lo demostró en su práctica la atención a la pobreza es primordial. En el pobre, principalmente en el pobre en amplitud significativa, es donde está el Corazón de Cristo.
Otro de los rasgos más característicos de la personalidad del P. Chevalier era su humildad. Lo demuestra claramente su Testamento Espiritual: «Confieso humildemente no haber estado a la altura de la misión que me fue confiada».
El P. Chevalier estaba convencido de que la caridad «era la virtud primordial del Sagrado Corazón». E hizo de ella la pauta y estilo de toda su vida. Pero una caridad intensamente vivida. Cuenta Heriault que, «Se vengaba de sus enemigos tratándoles con más amabilidad y caridad que a sus amigos».
Julio Chevalier fue un hombre fuerte, con esa fortaleza extraordinaria que, basada en la confianza en Dios, puede afrontar dificultades aparentemente insuperables. Esa fuerza fue empleada en su vida personal en ejercitarse en adquirir la virtud de la mansedumbre. Y debemos recordar que la mansedumbre es virtud de un hombre fuerte, porque es la fuerza dirigida y controlada.
Su vida cambió radicalmente cuando descubrió el misterio de Cristo viviente en él y que actuaba a través de él. Y eso se reflejaba claramente en su piedad. Una piedad por el deber cumplido. Por eso, su muerte fue serena y llena de calma, confiado en haber cumplido su deber, tanto que, a decir de uno de los presentes, «inspiraba respeto y hacía bien al alma». La muerte de un santo. Santidad que no hay que buscar tanto en su virtuosa vida, que ya es un gran ejemplo, cuanto en haber sido el «descubridor» y propagandista del mejor título dado nunca a la Madre de Dios: el de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Sólo a un santo podía encomendar el Señor una misión tan excelsa.
(Madre y Maestra nº 437)