Julio Chevalier, un Hombre con una Misión (E. J. Cuskelly MSC)


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Espiritualidad,

carisma, misión

 

Julio Chevalier, fue más que un hombre de acción. Fue ciertamente un hombre muy activo y todo relato de su vida, tiene que estar en gran parte dedicado a lo que hizo. Pero puede que exista el peligro de que al considerar sus obras, perdamos de vista al hombre y no quisiéramos que esto sucediera. Para comprender en qué consistió su obra, tenemos que tratar de entender algo de los profundos motivos, que le movieron y de su reciedumbre espiritual. Sólo estas profundas realidades explicarán lo que aparece en la superficie, de un modo tan sorprendente. Lo que primero aparece es una gran serenidad de fe, que le daba el convencimiento de que, pasara lo que pasara, Dios estaría con él, y segundo, la sosegada confianza de que estaba destinado a una misión especial dentro de la Iglesia.

Ocasionalmente sólo, en muy raras veces y a causa de severas emociones, llegaría a vacilar su confianza, y aún entonces su serenidad quedaría imperturbable. Porque sabía que aunque pudiera equivocarse en sus ideas sobre lo que Dios quería de él, su confianza en Dios no quedaría jamás confundida. Más aún, su confianza en su misión quedó inalterable en las grandes dificultades externas, como en la persecución francesa. Sólo en dos ocasiones percibimos un poco de vacilación: primero, durante aquellos largos años en que el P. Piperon era su único compañero y nadie se unía a su grupo; y segundo, durante el último período de la crisis interna de la Congregación de los M.S.C.

Nadie puede conseguir esta firmeza en la fe y esa fidelidad a la voluntad de Dios, sin abundantes dones de gracia y sin su propia y generosa cooperación. Ciertamente Julio Chevalier disponía en su propio carácter de un gran caudal de determinación. Pero en su caso, era un hombre que había ido mucho más allá de sus propias cualidades naturales, para estar totalmente entregado a Cristo, con una espiritualidad sólida y abnegada. Si observamos la forma como se forjó esta espiritualidad, comprenderemos mejor el espíritu que trató de infundir a los varios grupos que nacieron de su inspiración.

 

ESPIRITUALIDAD

Podemos decir que una espiritualidad se forma. Pero podemos decir, con más veracidad aún, que el hombre espiritual se ve forjado por diferentes agentes que llegan a influir en él, hasta que queda totalmente transformado en un instrumento de la voluntad de Dios. Consideremos brevemente este período de formación en la vida de Julio Chevalier. Pero antes, notemos que una espiritualidad no se elabora fría y tranquilamente en una mesa de trabajo, combinando cuidadosamente distintas muestras de espiritualidad. La experiencia personal es el factor decisivo lo que a un hombre le toca vivir- de tal forma, que esa intuición céntrica y esa experiencia vivida, se apoderan del alma y del corazón, hasta transformar la vida. Cuando esto sucede, nada es desechado para el camino espiritual, de lo que es esencialmente cristiano. Lo esencial es común a todas las espiritualidades o escuelas de espiritualidad. Las diferentes escuelas resultan sólo de un acento diferente dado a uno u otro de los elementos comunes -como por ejemplo la insistencia que daría San Francisco, a la imitación de Cristo en su pobreza.

Entonces, cuando se da en la vida de un hombre una experiencia personal o una intuición céntrica, ella transforma bajo su luz especial todas las demás cosas que constituyen su vida espiritual. No se elimina nada que tenga valor alguno, pero el valor de todas las cosas se hace relativo al referirlo al principal y más dominante valor de su vida. Muy rara vez, la experiencia espiritual de un hombre es un acontecimiento aislado, desconectado de otros factores. Se sobrepone sólo a lo que ha pasado antes; y lo que ha pasado antes, bajo la providencia de Dios, es un camino de preparación. Todo el proceso es como quien enciende un fuego. La chispa o la llama son el elemento característico y energético. Pero no se enciende en el vacío, sino que se aplica a materiales existentes y acumulados. Una vez se inflama, la llama avanza transformando y difundiendo luz al conjunto.

La chispa transformadora apareció en la vida del Padre Chevalier con el hallazgo de la devoción al Sagrado Corazón. Sin embargo, este descubrimiento no es algo desconectado de sus previas experiencias espirituales, sino algo que se posesionó y transformó mucho lo que ya estaba allí.

Existía ya en la vida de Chevalier un precedente de fidelidad a las exigencias de Dios y a su propia vocación, en una medida que era ciertamente fuera de lo común. Esto aparece en su generosa respuesta en todo lo que consideraba era requerido por su vocación al sacerdocio -una vocación de la que nunca dudó, a pesar de los muchos obstáculos encontrados. Era muy asiduo en la práctica de la oración- no porque recibiera en ella muchas luces, sino porque creía que era algo que tenía que hacer. Trabajó como aprendiz, durante un tiempo, que se le tuvo que hacer larguísimo, estudiando sólo en los ratos libres y esperando que Dios le proporcionara la oportunidad, de la que él estaba seguro que vendría. Se mantenía apartado de los niños de su edad y de sus alegres diversiones, porque juzgaba que así se mantenía más fiel a su vocación.

Fidelidad, generosidad, ideales, son muy hermosas cualidades cuando se ponen de todo corazón al servicio de Cristo. De que lo estaban, aparece claro en su propia afirmación, en la carta dirigida a sus familiares, cuando    ya era seminarista: "Quiero ser sacerdote, no para estar al servicio de la familia, sino de Dios; para ganar almas para Cristo, no para enriquecer a mis parientes". Sus compañeros de seminario, confirmaron también esa entrega total.

   Es habitual en la literatura clásica de la espiritualidad, denominar la "segunda conversión" al hecho de moldear un sólido camino espiritual. Este proceso se llama así, por su paralelismo con la primera conversión a la fe. Consiste en una entrega renovada a Dios y a su voluntad. Para merecer este nombre, debe ser generosa, decidida, firme y constante. A veces se presenta de repente, a veces gradualmente, pero hay ciertos factores, que sea en el conjunto, sea uno por uno, suelen estar siempre presentes en el proceso. Tres de esos factores, mencionados en tratados de espiritualidad, aparecen de un modo particular en la vida del P. Chevalier. Será por lo tanto útil mencionarlos, para ver enseguida como se realizaron en su vida. Son:

  a) Una revelación repentina de la vanidad de las cosas humanas, junto con la consiguiente constatación de que Dios lo es todo. Esta fue, por ejemplo, la experiencia de San Francisco de Borja, ante la tumba de Isabel; y puede provocar la decisión de entregar totalmente la vida a Dios.

  b) De igual forma una conversión a Dios, puede provenir como consecuencia de una difícil victoria sobre sí mismo -una victoria que viene a veces acompañada de una luz intensa y un impulso de la gracia. Un ejemplo sorprendente lo tenemos en San Francisco de Asís. Y no es difícil comprender por qué tiene que ser así: una renuncia generosa por amor de Dios, es un don de sí mismo a Dios y puede conmover al alma de una forma muy profunda.

  c) Un retiro, con sus tiempos de silencio y serias reflexiones y oración, es también a menudo (como S. Ignacio repetía), un tiempo de gracia y conversión.

Ahora bien, sea que Chevalier fuera más difícil de convertir que otros, o bien que su conversión fue lenta, el caso es que no se aviene exactamente a las teorías aludidas -porque todas tres experiencias existieron en su vida espiritual de sus días de seminario. La primera -una especie de revelación de la vaciedad de las cosas humanas, delante de Dios- le ocurrió después de caerse en un precipicio. Otros seminaristas se han caído, antes y después, en precipicios. Pero si la crónica de todos los seminaristas caídos en precipicios, se escribiera, la de Chevalier constaría entre las más sorprendentes.

Era un día de invierno, probablemente 1842, cuando Chevalier estaba aún en el seminario de San Gaultier y los estudiantes fueron a pasear por las riberas del Creuse, cerca del castillo de Conives. Tres de los más audaces, decidieron tomar el camino más escarpado para bajar una montaña. Sus pies resbalaron en la nieve, dos consiguieron salvarse, agarrándose a unos arbustos, unos treinta o cuarenta metros sobre el abismo. Chevalier continuó bajando dando tumbos y cuando le recogieron en el fondo "no tenía ninguna señal de vida, tenía todas las apariencias de la muerte, tanto que el sacerdote que les acompañaba en la excursión, pensó que ya era demasiado tarde para darle la absolución. Todos pensaron que era ya cadáver. Le llevaron al castillo vecino, encendieron dos velas a su lado, mientras que los que velaban el "cadáver", decían el rosario para el descanso de su alma”. El rector del seminario, al notificarle su "muerte", quedó profundamente apenado; envió a un médico con un carruaje para recoger el “cadáver”. Y entonces el "muerto" dio un gran suspiro, que asustó a los que le velaban, y de esta forma, ya vivo, fue trasladado al seminario. Entretanto, el pobre rector había congregado a los estudiantes en la sala de estudios, donde recitaron el "De profundis" y leyó un pasaje sobre la muerte repentina. Oyendo el ruido del coche que se acercaba, salió para recibir el cuerpo del estudiante que creía muerto, tremendamente emocionado por el suceso. Quedó totalmente asustado cuando oyó a Chevalier gritando que no estaba muerto. El pobre hombre estuvo enfermo durante varios días; él fue la única víctima del violento accidente.

Tales son los cómicos detalles de todo el suceso, pero nadie podía difícilmente imaginar que esta experiencia influyera en la total conversión de Chevalier. Hay que reconocer, que fue una profunda y emotiva experiencia para él y puesto que había estado tan cerca de la muerte, de entonces en adelante se volvió más serio, viviendo más de cara a la fe.

Otro paso importante fue cuando se vio obligado a hacer una generosa renuncia, muy personal. Externamente el incidente parecerá pequeño y el mismo Chevalier no dio gran importancia espiritual al hecho. Se trataba solamente de renunciar a una amistad particular con un compañero seminarista. Era una amistad simple y normal; sin embargo, Chevalier creyó que su interés por este amigo, le impedía el esfuerzo continuado de aproximación a Cristo y el progreso hacia la virtud, que le exigía el camino del sacerdocio. Y consideró como una gracia de Dios, el que comprendiera la necesidad de renunciar a dicha amistad, antes de que fuera un obstáculo a su vocación.

La siguiente gracia a destacar, fue la que consideraba había recibido durante un retiro en Bourges, predicado por el P. Mollevaut, de San Sulpicio. "Sus palabras, sencillas pero ardientes y llenas de fe, me causaron una profunda impresión en el alma. Salí de esos ejercicios «convertido» y deseoso de ser un seminarista ejemplar".

Preparado por esos y otros incidentes y por las gracias que le produjeron, Chevalier se entregó generosamente a la voluntad de Dios, su alma bien abierta a la divina influencia. Al mismo tiempo, es estaba formando en la Escuela Francesa de Espiritualidad, enseñada y practicada por su director el P. Ruel y por los otros Padres sulpicianos, que dirigían el Seminario de Bourges. Esta espiritualidad era esencialmente cristo-céntrica y sacerdotal, viendo en Cristo al Sumo-Sacerdote, que por excelencia rendía gloria a Dios y cumplía la voluntad del Padre. Se ponía un fuerte acento en la virtud de religión (a Cristo se le llamaba el "perfecto religioso de Dios") y en la adoración debida a Dios. La obra de un sacerdote, como Julio quería serlo, era en esencia participar y continuar la obra de Cristo. Cristo tomaría posesión de él y viviría en él: De esta forma el sacerdote se olvidaría de sí mismo, moriría a sí mismo, dejando que Cristo viviera en él, trabajara por medio de él, de tal forma, que toda su vida y actividades se dirigieran a la gloria de Dios. Su vida se centraría en la Eucaristía y el sacrificio de la Misa. Porque es ahí donde Cristo continúa principalmente su obra de dar gloria a Dios y llevar a término la redención del hombre.

   Se ponía mucho énfasis, en el esfuerzo para reproducir en sí mismo, los "estados interiores de Cristo, en los diferentes misterios de su vida Los dos textos favoritos de la Escritura eran:  Vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí" y "Entonces dije Heme aquí que vengo, según está escrito en el principio del libro, para cumplir, Oh Dios, tu voluntad". Si Cristo tiene que vivir con nosotros, tenemos que morir a nosotros mismos. En esto, Cristo es de nuevo nuestro modelo, anonadándose en la Encarnación, al sacrificarse en la Cruz y en la Eucaristía.

Centrada en Cristo, el Sumo-Sacerdote y Mediador, esta espiritualidad tiene por necesidad que considerar el doble aspecto del sacerdocio: Cristo dando suprema gloria y adoración a Dios y Cristo dando la vida y la salvación a los hombres.

Su método específico de orar era también cristo-céntrico, resumiéndose en esas tres actitudes: Cristo ante nuestros ojos - meditación reflexiva, adoración; Cristo en nuestros corazones - nuestra respuesta afectiva, comunión; Cristo en nuestras manos - unión con Cristo en la acción.

La eficacia de este método de oración, es que podemos estar unidos con Cristo en su adoración al Padre y en su obra por la salvación de los hombres.

Durante toda su vida, Julio Chevalier amó esos textos de la carta a los Hebreos (12,3 y 3,1) que nos invitan a poner nuestros ojos en Cristo, apóstol y sumo-sacerdote de nuestra religión. Podemos resumir todo el proceso de formación de la vida de Julio Chevalier de esta manera:

a)     Su propio temperamento y formación familiar, le habían dado un sentido del deber y de la constancia. Mostró gran generosidad y fidelidad en desarrollar y dirigir sus cualidades naturales, al servicio de Dios.

b)     La caída del precipicio, le había dado la perspectiva de la supremacía divina y la total dependencia de las criaturas.

c) La renuncia generosa de aquella amistad natural, le había dado un gran desasimiento, dejando a su corazón libre, para entregárselo a Dios.

d) Aquel retiro especial le había dado la gracia de una decidida entrega a lo sobrenatural, preparándole para responder completamente a las exigencias de la voluntad de Dios.

e) San Sulpicio le había dado una espiritualidad Cristo-céntrica, desasida de sí mismo, fortaleciendo su deseo de vivir y trabajar con Cristo, para la gloria de Dios y salvación de los hombres.

f) Por razones naturales y sobrenaturales, había desarrollado una profunda preocupación hacia la gente afligida por los "males de la sociedad moderna".

g) Y entonces llegó a descubrir la devoción al Sagrado Corazón, que se convirtió en la chispa que inflamó su vida, transformándola y dándola unidad y objetivo.

 

EL CARISMA

Por medio de todas estas influencias, se estaba formando un Fundador. Pero tal vez, de un interés más práctico que ese proceso formativo, está lo que llamamos el carisma del Fundador. El carisma, ha sido objeto de discusión e investigación, especialmente desde el Vaticano II, de cara a la renovación y puesta al día de Los Institutos religiosos. Sin querer ahondar en los orígenes y significado de la palabra "carisma", podemos decir, que para nuestro propósito, puede definirse así:

"Un don del Espíritu dado a un individuo, para el bien de otros... le conduce (al fundador) a centrar su atención en algún aspecto particular de la vida de Jesús, impulsándole a un seguimiento de Jesús y por su amor servir a los demás de un modo especial".

El carisma del P. Chevalier, fue una gracia que recibió, dándole una visión personal y dinámica que exigía una respuesta determinada. Si tratamos de describir su carisma, tan acertadamente como sea posible, nos encontramos con una doble dificultad. Primero -de su vida de más de cincuenta años de sacerdocio y de todo lo que escribió- ¿cómo encontrar ese elemento dinámico que constituye su carisma? Y segundo, ¿cómo distinguir lo que le es esencial, de entre los elementos ligados a una época y a unos condicionamientos culturales, que a la fuerza tendrían que haber afectado la expresión del mismo?

Obviamente, se requiere análisis e investigación histórica. Pero esto tiene también, de por sí, una dificultad intrínseca. Porque "un investigador es a su vez una persona condicionada histórica y culturalmente. El observa con ojos limitados e influenciado por su época, a la obra del fundador, que es también limitada e influenciada por su época. Nadie puede hoy conocer la forma exacta como el fundador mismo pensaba y sentía, sobre la vocación y la dinámica y la vida de su comunidad religiosa".

Afortunadamente, podemos comparar el resultado de la investigación con la experiencia de las comunidades religiosas actuales. Porque "el carisma del fundador de una comunidad religiosa, será este carisma tal como se vive ahora. No existe en el aire... es lo que son estos individuos, personas concretas, y no otras, que en este momento comparten y viven dicho carisma

El carisma es una gracia concedida para otros. Esto no quiere decir que podemos leer la Historia hacia atrás o poner en boca del fundador cosas, que en la práctica ni pensó. Pero en la expresión actual del carisma de un Instituto, tenemos un punto de referencia con el que podemos homologar las conclusiones de nuestra investigación histórica. Esto a la vez evita el que los lectores se vean sumergidos en la maraña de análisis de textos, preguntándose a donde conduce todo ello. Podemos, por lo tanto, mirar primero a algunas de las actuales expresiones oficiales de su carisma, tal como es vivido en los Institutos religiosos existentes. Sólo entonces, intentaremos analizar la propia experiencia de Chevalier.

Existen tres congregaciones religiosas que deben su origen al P. Chevalier, o a lo menos su inspiración: Los Misioneros del Sagrado Corazón, las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y las Misioneras del Sagrado Corazón de Hiltrup. Si estudiamos las expresiones más recientes del "espíritu" de dichas Congregaciones, podemos presumir que encontraremos ciertas notas características y comunes, apuntando todas ellas al carisma de su fundador. Echemos una mirada.

En los documentos del Capítulo General de los Misioneros del Sagrado Corazón, 1969, encontramos los textos siguientes:

1. "Nuestro espíritu, está configurado por un amor a la justicia y a un interés hacia todos especialmente los más pobres." "Para llevarles... un mensaje de esperan­za, particularmente a aquellos que buscan el sentido de la vida: para los que viven en condiciones infrahumanas, para aquellos cuyos derechos no son reconocidos."

"En cada hombre que espera, en cada hombre que se busca a sí mismo y tiene ansias de unidad, en un mundo de justicia y paz; en cada hombre que está oprimido, nosotros descubrimos a Cristo."

2. "Cuando dio la vida por sus amigos, cuando su costado fue traspasado, Cristo nos dio su Espíritu. Este Espíritu pone amor en nuestros corazones y nos da el deseo de servir. Mirando al que fue traspasado en la cruz, vemos el corazón nuevo que Dios nos ha dado y deseamos mostrarlo a todos los hombres. Descubrimos el amor del Dios hecho hombre por los demás y creemos en ese amor. Queremos proclamarlo, junto con la nueva vida, hecha factible para todos."

3. "El nuestro, es un espíritu de familia y un espíritu de fraternidad. Está elaborado con caridad, amabilidad, humildad, sencillez, hospitalidad y buen humor."

Las Hijas de Nuestro Señor del Sagrado Corazón, escribieron:

1.     "Su interés se extiende a todo hombre de cualquier raza, credo y condición."

2. "Ven en su corazón traspasado y glorioso, el símbolo del amor del Dios encarnado." "La congregación da a conocer las sobreabundantes riquezas del amor de Dios, revelado en Cristo."

“..... consagradas a una especial participación en su misión salvadora... De la forma como Él fue enviado por el Padre, así son ellas enviadas por la Iglesia para dar a conocer, que Él es la revelación de la infinita caridad de Dios hacia los hombres; que Él les ama con un corazón humano; que Él es la respuesta a sus esperanzas, a sus interrogantes, a todas sus necesidades."

3. “Ellas buscan entrar en (su) disposición de humildad... Se esfuerzan en manifestar en toda su vida la caridad, amabilidad y bondad del Señor, que fue manso y humilde de corazón”.

En estas dos relaciones, se aprecia una clara coincidencia en tres puntos:

1. Una profunda solicitud hacia todos los hombres.

2. Una creencia en el amor de Dios, revelado en Cristo, junto con la convicción de que los hombres pueden hallar en Él, la respuesta a sus necesidades más profundas. Como consecuencia de tal constatación, emana la misión de llevar este amor a los hombres.

3.     Este amor debe ser revelado mediante la caridad, la amabilidad y la bondad, de aquellos que están llamados a participar en la misión de Cristo, de “revelar la bondad de Dios”.

El mismo énfasis, aparece en los documentos de las hermanas Misioneras del Sagrado Corazón.

Están llamadas -"a amar al pobre con la ternura del corazón de Cristo", reconociendo que "en el mundo de hoy encontramos pobreza de muchas y diversas formas, como son: la inseguridad, el sufrimiento, la soledad, discordias entre naciones, falta de objetivo en la vida, injusticias, opresión, esperanzas fallidas, desesperación, falta de vivienda, hambre y otras formas de necesidad".

- Ellas han aprendido a mirar a la Persona de Cristo, en el que "las ansias del hombre y la bondad de Dios se juntan en una encarnación redentora".  Su misión es, proclamar "que Dios en su amor misericordioso está siempre presente en el mundo con Cristo", su servicio consiste en "servir e instruir, animar y consolar, ayudar y sanar”.

"Están llamadas a vivir en una caridad que se traduce siempre en bondad, con un cariño genuino y humano hacia los demás, que muestra siempre respeto hacia su dignidad como personas".  Su tradición ha insistido siempre en la virtud de la mansedumbre y de la humildad, que es la verdadera pobreza de espíritu: "Todo lo que somos y tenemos es un don suyo, y así ante Dios nos sentimos conscientes de nuestra nada, totalmente abiertos a Él y dependiendo de su benevolencia”.

Vemos, pues, como convergen las maneras de pensar de las tres ramas. Aceptando las diferencias naturales en el énfasis, notamos que hay tres constantes interés por la Humanidad; creencia en el amor bondadoso de Dios revelado en Cristo; y la llamada a dar a conocer nuestra afabilidad, nuestra "humanidad', por medio de nuestras actividades y de nuestra caridad vivida. Ahora bien, si el carisma del Fundador está vivo en las congregaciones que él fundó, concluimos que el carisma del Fundador contiene de alguna manera esas tres constantes subrayadas.

De hecho, la búsqueda histórica indica que estos eran los constituyentes de la propia visión de su vocación. Los vamos a considerar individualmente, recordando que es a través de la experiencia vivida de un hombre, que se transparenta su inspiración y que se configura su carisma. No hay necesidad de seguir un orden lógico o teológico.

 

1.     Preocupación de Chevalier por la Humanidad

Los documentos más antiguos de la Congregación M.S.C., reflejan la preocupación que sentía Chevalier por "los males de nuestra época" (Le mal moderne). Y fue al ver en la devoción al Sagrado Corazón "un remedio para los males de nuestro tiempo", que se desvivió en organizar una asociación de sacerdotes, para combatir tales males. En su Fórmula Instituti y en sus primeras Constituciones, explicando la oportunidad y los fines de su nueva Sociedad, insiste en que: "La Devoción al Sagrado Corazón se ha revelado como un remedio eficaz, para sanar los males del mundo, que va creciendo en frialdad y se ve afligido por serias dolencias”.

Un documento editado en 1866, como propaganda de los Misioneros del Sagrado Corazón, es muy instructivo en este particular. Las primeras dos páginas y media, están dedicadas a:

I. LE MAL MODERNE (El mal moderno); y le sigue

II.     LE REMEDE AU MAL (El remedio a dicho mal).

Los males de la sociedad son enumerados como Protestantismo, Jansenismo y Racionalismo. Sería un error, sin embargo, considerar a estos "ismos" como sistemas impersonales. Él los vio como afectando a personas concretas, dando valores falsos que conducían a un olvido de Cristo y de su amor, conduciendo al rigorismo y a la infelicidad. Detrás de estos sistemas veía "almas muy amadas de Cristo".

Sería también un error creer que Chevalier estaba primariamente preocupado por tales sistemas. En nuestra época de ecumenismo, se nos hace difícil clasificar al Protestantismo como "uno de los males de los tiempos modernos". Estaríamos más preocupados por el materialismo, que por el racionalismo; y aunque coletee el jansenismo, no es una de las mayores preocupaciones de los que se esfuerzan en trabajar para el reino de Dios. Chevalier veía más allá de todo sistema específico, al egoísmo y a la indiferencia", a los que se había propuesto combatir.  El egoísmo e indiferencia hacia Dios y los derechos del hombre, tienen hoy día otras manifestaciones externas. Todo el que sienta "interés por la humanidad", sabe donde buscarlas.

El joven Chevalier sentía interés por la gente que sufría de los males de su época. Estaba preocupado por los males sociales de entonces. Sentía especial interés por los pobres, en su "doble indigencia, material y espiritual”, porque ellos son "los amigos privilegiados del Corazón de Cristo". Esos "amigos privilegiados" no son los únicos amigos y el P. Chevalier jamás pensó en limitar el apostolado de su Congregación a aquellos con auténtica pobreza "espiritual y temporal". Porque él sentía que las vidas de todos, pueden quedar enriquecidas por la espiritualidad del Corazón de Cristo.

  
2.    Su descubrimiento (en la devoción al Sagrado Corazón) del «Cristo compasivo»,  preocupado por la Humanidad

Julio Chevalier se había aprovechado de sus estudios en el Seminario; la escuela francesa de espiritualidad le había ayudado mucho. Pero ni los estudios, ni la espiritualidad habían sido capaces de provocar en su alma la llama que transformaría una respuesta ordinaria y generosa en una gracia carismática. Fue el vivo contacto con la devoción al Sagrado Corazón, lo que la provocó. Antes de este momento había imaginado la práctica de la religión, como un mero deber de la virtud de religión. Era un deber sublime, a la vez que un privilegio singular, que exigía nuestra gratitud y una generosa correspondencia. Sin embargo, la transformación de su propia vida y su inspiración espiritual y apostólica, surgieron sólo cuando "descubrió" la devoción al Sagrado Corazón. Cuando su profesor de teología expuso su tesis sobre el Sagrado Corazón, "con tanta piedad y competencia... esa doctrina fue derecho a mi corazón. Cuando más lo consideraba, más atractiva se me hacía".

Fue mucho más que una reacción emocional a una "devoción privada", cómo algunos están inclinados a pensar, si lo consideran sólo desde el punto de vista de una evolución teológica y bíblica más importante. Para Chevalier fue una experiencia espiritual muy profunda. Unas breves consideraciones nos ayudarán a comprender por qué fue así. Primero, en aquellos días, en muchos seminarios,

- La catequesis se dedicaba al “conocimiento” de las verdades de la fe y a la enseñanza de la observancia religiosa.

-  La práctica religiosa, era considerada como un deber consiguiente de la virtud de religión.

-  El estudio escriturístico, se dirigía más a la exégesis de los textos, que a los grandes temas bíblicos.

-  La teología dogmática hablaba de muchas verdades que debían ser creídas, pero sólo la devoción al Sagrado Corazón daba una visión de toda la religión, porque era el amor revelado de Dios, para que los hombres correspondieran con amor.

Julio Chevalier había aprendido a mirar constantemente a "Jesús que nos guía en nuestra fe y la lleva a la perfección".  Había aprendido a admirar a ese Cristo como "luz radiante de la gloria de Dios, y la perfecta reproducción de su naturaleza". Y es ahora solamente que aprendió que la naturaleza de Dios era amor. Fue sólo entonces que llegó a comprender que su único Hijo, concebido desde toda la eternidad por el Corazón de Dios Padre, es el resplandor de su caridad entre los hombres". Y era entonces que "la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, hacia la Humanidad, fueron revelados " a Julio Chevalier. Había aprendido a conocer a Cristo, el Adorador del Padre; ahora había encontrado a Cristo, "que tenía compasión de las multitudes"; el Cristo que era "capaz de sentir nuestras miserias con nosotros.

Sus nuevos vislumbres, no negaban el conocimiento adquirido previamente. Lo complementaban. Jesús es todavía el único que da una perfecta adoración a Dios.

"El corazón es el punto central de su divina humanidad. Es ahí, en este altar sagrado, donde Jesús ofrece a Dios, su Padre, una adoración que es permanente y digna de su grandeza... Y así es como este divino Corazón es el glorificador por excelencia de la divina Majestad." La religión continúa siendo un deber del hombre y "Jesús es la religión por excelencia". Sin embargo "si la religión es un vínculo, ¿no es acaso un vínculo de amor el único que puede conseguir una unión espiritual? Y si tomamos la palabra «religión» en el sentido de una alianza rota y recobrada, pregunto: ¿no es el amor el que nos ha dado este vínculo, que ha unido los dos extremos que estaban separados... ?

Esta revelación de Cristo en su amor, que era como "la expresión última de todas las cosas", le vino en el momento que estaba más abrumado en su preocupación por los hombres, debido a su indiferencia y frialdad, su temor de Dios. Y es entonces que descubrió a Cristo, que estaba aún más preocupado que él por la humanidad. "Durante su vida mortal, se sentía feliz de prodigar toda la ternura de su corazón sobre los pequeños, los humildes, los pobres, los que sufrían, los pecadores -sobre todas las miserias de la Humanidad. La vista de un infortunio, de una infelicidad, de una pena, despertaba en su corazón la compasión”.

Y así, para él, el Sagrado Corazón estaba lleno "de amor y misericordia”. "El Corazón de Jesús es esencialmente misericordioso.", "La misericordia divina aparece en cada página del Evangelio. "A Chevalier, le atrae especialmente la idea de Cristo como Buen Pastor. Dedica un número de meditaciones a diferentes aspectos de este tema y propone a sus misioneros el espíritu y el ejemplo del Buen Pastor.

A Chevalier le hubiera parecido sin sentido la distinción hecha posteriormente entre ir directamente a la persona de Cristo, o ir a Cristo a través de su corazón. Como hemos mencionado antes, vivió en una época en que el Sagrado Corazón, y solamente Él, reproducía al Cristo compasivo de los Evangelios. Vivió también en una época en que la gente era más sensible a los simbolismos -el símbolo conducía inmediatamente a lo simbolizado aunque en sí mismo no fuera un objeto que llamara la atención. "El Sagrado Corazón es el resumen y expresión viviente de su divina Persona. ¡Oh Dios mío!  Vuestro corazón sois Voz.  Así pues, su Corazón y el mismo son la misma cosa”.

“Esta divina caridad, considerada en toda su extensión, o sea, en sí misma y en sus diferentes manifestaciones, es el objeto formal... el objeto primario y espiritual del culto al Sagrado Corazón".

Para él no había problema -el pensaba en Cristo, cuyo corazón sentía compasión por las multitudes, el Cristo que porque "era manso y humilde de corazón" podía aliviar la carga de aquellos que recurrían a él, para encontrar descanso para sus almas. Pero un Jesús manso no es un Jesús débil; el Corazón de Jesús posee en grado perfecto las virtudes de "valor, fortaleza, constancia y generosidad”.

Julio Chevalier había descubierto su carisma:

"Una manera particular de mirar a Jesús en los Evangelios, una especial atención o énfasis sobre ciertas maneras de seguirle y un modo concreto de servirle en los demás ". Hemos considerado precisamente su manera particular de mirar al Jesús de los Evangelios. Hemos visto como encajaba con su preocupación por los hombres. El tercer aspecto del carisma de Chevalier podría expresarse así:

  
3.    Una misión de amor; manifestando la bondad de Dio
s

Esta misión se lleva a cabo, en forma de servicio, y por la manera de servir; con amor y bondad.

a) El servicio. - Consiste en ser misioneros del amor de Cristo, trabajando para liberar a los hombres de los males de su tiempo. Al exponer las razones de la existencia de sus Misioneros del Sagrado Corazón, el P. Chevalier propuso un doble motivo: "Por un lado, la excelencia (de la devoción al Sagrado Corazón) y por el otro la amplitud del mal, del cual es el remedio”. Él creía que este doble motivo justificaba "la fundación de una Congregación especial, cuyos miembros por gusto, por atracción y particular vocación, se consagraran especialmente al servicio del Sagrado Corazón, llegando a ser sus apóstoles, con el fin de aplicar un remedio y propagar sus beneficios”.

Esto puede ser considerado como un doble objetivo, o más bien podríamos considerarlo como la pretensión de concretar todo el mensaje cristiano del amor salvador, en toda la vida del hombre, tanto personal como social. En su libro sobre el Sagrado Corazón, Chevalier da algunas indicaciones de como la devoción al Sagrado Corazón es el remedio de los males de su tiempo. Cita a Mons. Baudry: "Al egoísmo de nuestra época, a sus tendencias sensuales, a su indiferencia religiosa, contrapone el culto que es más abnegado, más puro, más desinteresado, el más tierno y compasivo.

Haciendo una aplicación más concreta, el P. Chevalier indica como su presentación de un Cristo humilde, doblega el orgullo; la obediencia de Cristo, totalmente sometido a la voluntad de su Padre, hace frente al espíritu de total independencia del hombre; la inmensa caridad de Cristo y su deseo de unidad, supera el espíritu de división; y finalmente "la noble y generosa fortaleza de Cristo" nos libra del espíritu de servilismo hacia el Estado, cuando este hace demandas injustas. Mientras se ha de dar al César lo que es del Cesar, los cristianos tienen que tener la valentía de defender las exigencias de la verdad y de la justicia.

 

b)     La manera de servir - en amor y bondad

La primera respuesta a nuestra visión de Cristo en su amor, será naturalmente un amor de reciprocidad hacia El y la participación de su amor con los demás. Le serviremos practicando sus virtudes: su celo por la gloria de Dios, su paciencia, su caridad hacia los demás, su amabilidad, su humildad, su espíritu de pobreza.

"Dios, que es la misma bondad (Deus charitas est), cuyo corazón está lleno de amor por los que lloran, gimen y sufren, quiere ver a sus hijos semejantes a Él. Y cuando encuentra un alma compasiva de verdad, le concede gracias abundantes...  "

Como le gustaba a Chevalier la imagen de Cristo como Buen Pastor, es natural que la usara para explicar la manera como sus misioneros debían servir "con la caridad operativa de Cristo hacia los hombres, y especialmente con su inmensa compasión hacia las ovejas extraviadas". "Bondad, caridad, compasión, estas son las virtudes que el Espíritu Santo nos recomienda incesantemente."

¡Una "inmensa compasión", sí, pero que se exprese de la forma más sencilla y humana: una palabra salida del corazón, dicha con interés, con amor, con una bondad compasiva "

"Debemos practicar especialmente la mansedumbre que se nos ha enseñado, prescrita por Jesucristo, como la virtud privilegiada de su corazón... Esta virtud es indispensable... con ella tenemos todas las demás. De hecho, no podemos ser mansos, sin ser humildes, caritativos, pacientes, mortificados, dueños de nosotros mismos y de nuestras pasiones."

La palabra "mansedumbre" no llega a expresar la virtud total que Chevalier tuvo en su cabeza. Fue la fortaleza, lo que nos permitió dominar el orgullo, la impaciencia, la fatiga; es estar poseídos por la fe, de que cada hombre es "mi hermano, en el pleno sentido de la palabra", y entonces dirigirse a él con inagotable bondad y la aceptación total de su persona. Esto no se encuentra expresado en ningún lugar mejor que en el texto de las Constituciones M.S.C.: "A fin de mostrarse verdaderos discípulos de Aquél, que se proclamó a sí mismo manso y humilde de corazón, unirán la máxima mansedumbre hacia sus prójimos, con una profunda humildad y completo olvido de sí mismos. En nada pondrán tanto interés como en persuadir a los hombres de que el yugo de nuestro amantísimo Salvador es suave y su carga ligera. Siguiendo las huellas del Buen Pastor, ganarán a sus ovejas con bondad, atrayéndolas con los lazos del amor. Si fuera necesario las cargarán sobre sus hombros. Impugnarán con todas sus fuerzas, el espíritu opuesto de temor y rigorismo, con el que Jansenio hizo tanto daño a la Iglesia. "

Aunque todas estas cosas fueron escritas más tarde, no son más que la expresión de lo que vio en esencia, cuando siendo seminarista, descubrió el carisma de su propia vida. Es muy significativo el ver como carácter de Chevalier quedó' de repente poseído de este carisma, y su conducta enteramente informada por él. La doctrina del Sagrado Corazón, él había dicho, fue derecha a mi corazón. Pero no fluyó inmediatamente de su corazón, para traslucirse al exterior de su persona. En sus esfuerzos para vivir su vida espiritual, se volvió severo, "serio, tieso como un palo en sus relaciones con los demás, taciturno”. Fue entonces cuando hizo el retiro para la ordenación de subdiácono y se operó aquel pequeño milagro ante los ojos de sus compañeros de seminario. "El día de su ordenación, escribió el P. Piperon, aún sorprendido, apareció completamente transformado... un hombre enteramente renovado, un subdiácono jovial, amable y siempre sonriente. Nos maravillamos de un cambio tan súbito, operado en aquellos pocos días de retiro y por la gracia de las Sagradas Ordenes. El Rdo. Chevalier había comprendido que para hacer el bien, hay que hacerlo de un modo atrayente, por medio de la bondad acompañada de santa alegría, y trato agradable. Una vez tomada esta resolución, la mantuvo con su habitual determinación, sin un solo fallo. Desde este momento creció su influencia. Los que antes le habían esquivado, se sintieron ahora atraídos hacia él, por su jovialidad y conversación amable, que él siempre sabía derivar hacia Dios para el bien de los oyentes."

Después de cincuenta años, la sorpresa de esa transformación y su constante continuidad, persistía aún en la mente de Piperon: "Todavía hoy, escribió, después de cincuenta años, le encontramos siempre bueno, compasivo, amable con todos los que se acercan a él. Se ha hecho todo a todos, a fin de ganarles a Cristo. Este es el gran secreto de como atrae hacia sí tantas almas de todos los países. Nadie se aparta de él, sin llevarse consigo una palabra amable o consoladora y una determinación de ser más bueno.

Durante sesenta años, el P. Chevalier vivió "su carisma de bondad".

       

ESPIRITUALIDAD DEL P. CHEVALIER

Un carisma se expresa viviendo íntegramente la espiritualidad cristiana. A la vez que da un tono especial a su visión del misterio cristiano y destaca ciertos acentos y prioridades en la práctica de la virtud cristiana, tiene que abarcar todo el conjunto. No puede excluir nada que fuere vital o esencial a la espiritualidad cristiana. A los maestros de novicios y educadores en la espiritualidad, les es necesario precisar todos los detalles. Pero no es necesario, ni nos es posible hacerlo ahora. Además, como ha advertido un autor espiritual, existen tantas espiritualidades, como seres humanos. Incluso dentro de una congregación religiosa, cada miembro aportará a la espiritualidad del Instituto sus propios dones espirituales. Además, toda tentativa de reunir todas las consecuencias de la espiritualidad derivada del carisma de Chevalier, sería o reiterativa, o incompleta.

Hay, sin embargo, algunos puntos especiales, que nos parece importante tratar brevemente. Primero la cuestión de la:

 

Misión

Para su propio Instituto, el P. Chevalier escogió el título de Misioneros del Sagrado Corazón y no fue escogido a la ligera. Al descartar otros títulos posibles, como Sacerdotes del Sagrado Corazón, estaba tratando de expresar una visión especial de su carisma. No usó el término en sentido restrictivo de una misión hacia aquellos que aún no han recibido el Evangelio, o para las iglesias de otros países. Este sentido más estricto del apostolado misionero, ya lo tenía en su mente desde los días en el Seminario, y ha sido considerado como un apostolado especialmente importante de la congregación, que él fundó. Sin embargo, él usó el término misionero, en el sentido más amplio de ser enviados a los que tienen necesidad, para llevarles "los tesoros de amor y misericordia del Corazón de Jesús».

Sin embargo, yo me refiero a un aspecto de esta "misión", que se dirige a Aquél que envía a los misioneros (porque "misionero" significa "el que es enviado"). Aquí, creo yo, el P. Chevalier tenía ya cierta intuición de una verdad, que ha sido acentuada por los teólogos del pos-concilio, sobre la vida religiosa activa.

"Toda comunidad apostólica, tiene que basarse y conformarse más en el ejemplo del mismo Jesús, en el cumplimiento de la misión que recibiera como Hijo del Padre.»

"Los religiosos apostólicos son como Cristo, enviados por el Padre, unidos a Él por la acción y oración, movidos por su Espíritu. "El P. Chevalier había escrito: "Él, Jesús es el primer misionero del Sagrado Corazón. Él fue el primero que dio a conocer a los hombres el amor que sentía por ellos. En todo lugar, siempre, en todas sus acciones. Él está entregado a esa misión, que ha venido a cumplir en la tierra."

Al considerar su vocación al apostolado, el P. Chevalier examina el origen de su misión -la misión de Cristo, en la que está invitado a participar. Para él, esto era más que una especulación teológica de la verdad. Era un convencimiento de la realidad en la que se había formado.

Empezó (como muchos de sus contemporáneos habían empezado), por una profunda preocupación por los hombres, por su falta de fe y amor y valores cristianos. Pero durante cierto tiempo no veía la manera de atender efectivamente a tales necesidades. Entonces descubrió a Cristo que era compasivo, que más intensamente que él, había sentido esta preocupación por la humanidad. Y mientras constataba que su propia preocupación era impotente, comprendía que el amor de Cristo era Redentor:

"Su amor ha salvado al mundo, su sangre lo ha purificado, su gracia lo ha transformado y su ternura lo conserva.” Su propia sensación de impotencia, desaparecía con la sensación de que estaba llamado a trabajar como instrumento del poder salvífico de Cristo, para ser enviado, como Él fue enviado, con el poder y el amor del Padre.

"Esto es lo que Jesucristo hace para la conversión de las almas: nos invita a todos a unir nuestros esfuerzos a los suyos, para que trabajemos con Él, para convertir a las almas que están descarriadas." De esta forma nos elevamos por encima de un esfuerzo meramente humano. "Nos esforzamos en reproducir en nuestros corazones, los sentimientos del Corazón de Jesús... ella (la vida interior) reproduce a Jesucristo en nosotros de un modo más total, nos hace vivir con su espíritu y con su vida.” Esto no es meramente para la vida personal del individuo, sino también para el ministerio del apóstol, donde "no es el hombre, sino Dios mismo quien actúa, habla y santifica ".

Muchas de esas verdades eran reminiscencias de lo que había aprendido en la Escuela Francesa de espiritualidad. Gradualmente fueron hallando su sitio en su espiritualidad del Corazón de Jesús. Así fue como su preocupación por la humanidad, se transformó en misión. Ese interés humano por los demás, el deseo de hacer algo para su bienestar, es en sí un don de Dios. Pero fácilmente podría reducirse a una preocupación demasiado humana, sobrecargada de ansiedad, insatisfacción e incluso desaliento, al no conseguir resultados. Para Chevalier, la realización de las verdades que hemos consignado, transformó su preocupación humana, por medio de su valuación de la naturaleza de la misión de Cristo, a la que estaba llamado a participar. Él entrevió, que si Jesús hubiese alguna vez dejado de vivir su íntima relación personal con su Padre celestial, su "trabajo apostólico", hubiera sido inútil. Su obra fue salvífica, porque unido como estaba con el Padre en divina Filiación, atrajo a los hombres al Padre, al atraerles hacia sí. Era sólo por medio de su unión con el Padre, que él sería el dador del Espíritu. Todo apostolado es una participación en la acción apostólica de Jesús, originada en el Padre y con la fortaleza del Espíritu. Así también, todo religioso activo, necesita un gran caudal de oración y contemplación, que le mantengan en contacto constante y viviente con Aquel, que es la fuente de su misión. Si no, aunque puedan ser operarios independientes, nunca serán misioneros en el verdadero sentido de la palabra.

Fiel a su tradición sulpiciana, el P. Chevalier sabia que si sus Misioneros querían que Cristo trabajara por medio de sus manos, ellos debían tenerle a Él delante de su vista y en sus corazones, por medio de la oración y contemplación. Sólo entonces se sentirían seguros de que habían entrado en su misión, dejándole que amara a través de sus corazones, dejando que su afán por la Humanidad, resplandeciera a través de su bondad humana.

Por esto escribiría que sus misioneros deben "unirse al Corazón divino, dejarse penetrar de sus sentimientos, cooperar como dóciles instrumentos a los designios de misericordia... Hablando de su propia misión, Cristo había dicho: “El que me envió está conmigo, nunca me ha dejado solo... No estoy solo porque el Padre está conmigo.” Por eso, para el P. Chevalier la necesidad de no quedarse solo, la necesidad de tener a Cristo consigo, era vital según su concepción de Misión.

Cuando llegó a comprender lo ancho y profundo del amor redentor del Padre, revelado en Cristo, la Persona de Cristo (vista a través del símbolo evocador y bíblico de su corazón), dominó su visión de una forma nueva. Esto no significa que los hombres contaran menos, sino que Cristo significaba más. Su interés por los demás no disminuyó, pero tenía menos ansiedad sabiendo que el interés de Cristo desbordaba el suyo. Aumentó su confianza, porque vio que lo que había sentido, era sólo una parte del interés de Cristo por la Humanidad; y lo que pudo haber sido una preocupación exclusivamente humana, lo convirtió en misión, porque lo vio como una vocación, el dejar que Cristo amara a través de su corazón humano y trabajar y vivir y orar, para que todos pudieran ver como Dios amó al mundo.

Con esto, todo estaba ya a punto para buscar que otros se unieran a él. Porque incluido en su carisma de Fundador, había el impulso y la habilidad de conseguir que otros participaran de su idea y respondieran a ella. A pesar de la oposición del P. Champgrand, su primer bienhechor, fue intransigente sobre el punto de que su vocación era la de fundar una "congregación religiosa", no meramente una agrupación de sacerdotes... Aquí, pienso, yo, va contenido un elemento de la doble intuición que tenía, al insistir que la suya, sería una congregación de misioneros. Por un lado, (como tuvo que insistir ante las quejas de un miembro) "somos misioneros, no contemplativos". Y por el otro (como los teólogos defenderían después) una profesión religiosa es "consagrarse a una misión". Quería compañeros que fueran más que hombres de acción; quería hombres que se dejaran atraer hacia Cristo, para participar de su interés por los demás, de tal forma que su propio deseo de ayudar a otros y su preocupación humana, pudieran ser asumidos por Dios y convertirse en Misión. Su interés y ansia de acción, serían así purificados y fortalecidos, al quedar consagrados por la profesión religiosa.

"Conságralos en la verdad... Como tú me enviaste al mundo, así yo les he enviado también al mundo y por su causa me consagro a mí mismo, para que ellos sean también consagrados en la verdad." Es más cierto decir que en la profesión religiosa Dios nos consagra a Él, que decir que nosotros consagramos nuestras vidas a su servicio. Igualmente en la cuestión de misión, ciertamente podemos decir que hemos sido enviados por Cristo, pero aún es más exacto decir que hemos sido llamados a participar de Su misión, en el amor del Padre -de tal forma que nuestra misión es real en la medida que Cristo vive en nosotros y trabaja a través de nosotros. Parece que fue en esta perspectiva, como el P. Chevalier vio su propia misión y la de los miembros de su congregación misionera.

Parece que hubo dos etapas sucesivas en la visión espiritual de Chevalier. (Anotemos inmediatamente, que son complementarias y no contradictorias). En la primera etapa, lo que parece dominar, es el interés por la Humanidad, la preocupación por "el mal moderno". En la segunda la Devoción al Sagrado Corazón. En esta segunda etapa, a veces da la impresión que siente mas compasión por el pastor abandonado, que por la oveja descarriada.

"El Sagrado Corazón, fuente de Luz, de Verdad y de Vida, no es suficientemente conocido, ni suficientemente amado. " Es natural que Cristo llegue a adueñarse de la vida de todo apóstol verdadero, como dominó la vida de Pablo. Esto no le hace menos apóstol. Y no es que la gente llegue a contar menos, es sencillamente que Cristo cuenta mucho más. Y el carácter complementario de las dos etapas es evidente, si recordamos, que el Cristo que dominaba la visión de Chevalier, era el Cristo compasivo con las muchedumbres, Cristo el Buen Pastor, el Cristo cuyo corazón estaba lleno de amor y misericordia por la Humanidad. Ahora se siente menos apremiado hacia el hombre -pero se siente apremiado inexorablemente por la "caritas Christi", para consumirse por la causa de Cristo.

La urgencia de este impulso aparece en las palabras escogidas y hasta en cursiva, en el siguiente texto, que trata de la nota característica de la Congregación M.S.C. (palabras que por sernos tan familiares, puede que hayan perdido algo de su fuerza):

"Un amor verdadero, sincero y siempre ferviente hacia el Verbo Encarnado (en cursiva en el texto), que mientras será para todos los miembros el sello de su santidad, les impulsará a revestirse de los sentimientos y virtudes del divino Corazón y les comunicará la caridad operativa de Cristo para con los hombres y especialmente aquella inmensa misericordia hacia las ovejas perdidas." En una respuesta ferviente al Evangelio, todo amor por Cristo debe conducir a un interés por la Humanidad, y todo interés cristiano hacia los hombres, nos acercará a Cristo. He aquí porque yo pienso, que se pueden tener dos apreciaciones de la espiritualidad M.S.C. y eventualmente veremos como las dos se confunden en una sola.

La primera empezaría con el texto de San Juan: "Hemos llegado a conocer el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él.

La segunda es una respuesta a la exhortación de San Agustín en sus confesiones: “Regresa a tu corazón y encuéntralo allí." Partiendo del pensamiento de San Juan, podemos establecer una espiritualidad M.S.C., en cuatro aspectos diferentes de la fe en el amor de Dios:

1. Hemos creído en el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Esta es una viva experiencia de fe, que ha provocado la entrega de nuestros corazones a Cristo. De esto fluye una vida de entrega personal a Cristo y a su reino.

2. Hemos creído en el amor de Dios hacia los hombres -un amor que daría a sus vidas significado y finalidad, si lo aceptaran. Y ahí está la fuente de todo esfuerzo misionero y apostólico.

3. Porque creemos en este amor de Dios hacia todos los hombres, que Dios quiere que se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, porque creemos que ese amor actuará por medio de aquellos que le consagren su vida, tenemos la confianza de que si trabajamos con determinación y perseverancia, Dios dará el incremento.

4. Y si nosotros formamos un grupo, que se ha congregado porque todos sus miembros "han creído en su amor", reinará entre nosotros una caridad fraternal.

Estas verdades pueden enumerarse fácilmente. Pueden ser vividas superficialmente; pero pueden constituir una espiritualidad fuerte y satisfactoria, si nos hemos tomado la molestia de "ponderar estas cosas en nuestro corazón". Con S. Agustín, tenemos que volver a nuestro propio corazón, para encontrar a Dios; y tenemos que haber escuchado los gritos de tantos corazones humanos y las profundas necesidades del hombre: los interrogantes, la ansiedad, la necesidad desesperante de un sentido de la vida, de un amor que sea real, ennoblecedor y enaltecedor. Tenemos que haber comprendido como la duda y la oscuridad oprimen, a veces, pesadamente, el espíritu humano.

Y cuando decimos, que hemos aprendido a creer en el amor de Dios, manifestado en Cristo, expresamos la convicción de que este amor es capaz de dar sentido y finalidad a toda vida humana, que puede ser la respuesta a los profundos interrogantes del hombre y el descanso del inquieto corazón humano.

Esto implica que vivamos lo que yo llamaría una espiritualidad del corazón". Esto significa que:

a) Tenemos que bajar a las profundidades de nuestra propia alma, con la constatación de nuestras profundas y personales necesidades, de vida, de amor y de verdadero sentido de la vida.

b) Tenemos que encontrar en el Corazón de Cristo, por medio de la fe y de la reflexión, la respuesta a nuestros interrogantes, es decir, en las profundidades de su personalidad, donde las ansias del hombre y la benignidad de Dios se encuentran en una encarnación redentora.

c) Y así, conformados por estas fuerzas, nuestro corazón será un corazón compasivo, que estará abierto, que vibrará, que se entregará a nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

d) No nos descorazonaremos, ni desanimaremos, delante de las dificultades. Seguimos a Cristo que amo con un corazón humano", como nos recuerda el Vaticano II; Él compartió nuestra Humanidad, para que podamos conocer, que por encima de nosotros todos está el infinito amor del Padre. El día escogido por Dios, el amor omnipotente de Dios triunfará. Es en este amor, en el que hemos aprendido a creer.

 

Valor

"Valor, fortaleza, constancia", estas eran las virtudes que Chevalier consideraba como virtudes del Corazón de Cristo, porque expresan las verdaderas cualidades del amor. El mismo tuvo esa valentía de acometer, por la causa de Cristo, empresas difíciles -era una valentía basada en "la creencia en su amor". Por ejemplo, a la propuesta de aceptar la vasta misión de la Micronesia y Melanesia, escribió el 25 de junio de 1881, refutando las objeciones del P. Guyot:

"Nuestros religiosos... sin ser águilas, ni santos... están lejos de ser inferiores a otros, en devoción, obediencia... Aceptaremos esta misión, porque el buen Dios siem­pre bendice y recompensa la obediencia y el sacrificio."

Tenía la valentía de ser constante y de perseverar en medio de las múltiples dificultades encontradas en el curso de su vida.

Tenía la valentía de confiar, aunque otros no lo hacían y a pesar de que otros creían que no había futuro para la vida religiosa, a lo menos en Francia. El 4 de abril de 1906, escribía al P. Carriére, Provincial de Francia:

"...la fe no está muerta... ¿De dónde ha sacado el P. Meyer la idea de que a las Ordenes Religiosas, ya les ha pasado su época, o que no pueden revivir de nuevo? Olvida que la vida de perfección, es una parte esencial de la Iglesia...

 

Obediencia y mutua caridad

Esta yuxtaposición de ideas, puede parecer poco ortodoxa. En consecuencia, los que tienen una pasión por una clasificación más adecuada, han tratado de mejorar el texto de Chevalier, considerando a la obediencia como parte de los votos, mientras que dejaban a la mutua caridad, como parte del espíritu de la Congregación, o parte de la vida de comunidad. Al hacer esto, quitamos parte del sentido y valor de lo que Chevalier quería decir. Para él, la obediencia estaba íntimamente relacionada con su carisma y "obediencia en la mutua caridad" es el punto fuerte de su concepción de la vida religiosa.

De la Escuela Francesa había aprendido a saborear el texto de la carta a los hebreos, donde Cristo dice, que ha venido al mundo: "para hacer, Oh Dios, tu voluntad”, y el Salmo 40, al que se refiere: "Me complazco en hacer, Dios mío, tu voluntad, tu ley está dentro de mi corazón."

Tanto por las mismas palabras, como por el contenido, estos textos encajarían fácilmente en su visión del Corazón de Cristo. La obediencia, al igual que la humildad, mansedumbre, caridad, fue considerada como virtudes características de los que aspiran a ser Misioneros del Sagrado Corazón. Tenían que tener siempre presente el ejemplo de Jesús, que fue obediente hasta la muerte.

El P. Chevalier escribió: "Los que entran en nuestra Sociedad, pueden permitir que otros les superen en ciencia, mortificación, pobreza; pero cuando se trata de obediencia y mutua caridad, no permitirán que nadie sea mejor que ellos. "Primero, toma un texto de San Ignacio y lo altera de tal suerte, que haría estremecer a un jesuita (porque, ¿cómo podría un jesuita consentir por las buenas ser un segundón en ciencia?). San Ignacio exigía la obediencia y negación de su propia voluntad y juicio, dos cosas que tienen obviamente el mismo sentido. Pero mucho menos lo tienen "la obediencia y la mutua caridad". Sin embargo, el P. Chevalier no estaba aquí cosiendo un parche nuevo en una prenda de diferente color prestada por los jesuitas. Él intentaba establecer un punto bien definido.

Para valorar lo que era dicho punto, necesitamos comprender, que en aquel momento estaba reduciendo su dependencia de los jesuitas. Les había pedido ayuda para fundar y configurar su nuevo Instituto. Se la habían prestado generosamente y su asistencia fue invaluable. Naturalmente Chevalier tuvo que pasar por la fase de imitar mucho de lo que ellos hacían, copiando sus reglas y prácticas. Pero si su Instituto tenía que progresar, su propio carisma tenía que expresarse más claramente, dando forma a sus documentos y constituciones. Creciendo, pues, en la independiente conciencia de su propia identidad, incluyó acentos nuevos, y sustituyó viejas expresiones. Es claramente evidente la eliminación de todas las imágenes militares. "El ejército bien disciplinado", se convirtió en comunidad apostólica, unida y vivificada por el amor. Los miembros comprendieron que el ondear de una bandera militar espantaría a las ovejas, en lugar de atraerlas "con los lazos del amor".

Es a la luz de esta transición, como comprendemos porque Chevalier une la obediencia con la mutua caridad. "Entendemos que el P. Chevalier insistió mucho en la importancia de la obediencia, sobre todo en un instituto en que el fin primario no es el servicio (en el específico sentido ignaciano), sino el amor de Dios, si es que este Instituto tiene que perdurar y llevar a cabo su misión. Porque si otros Institutos cuentan además de su espíritu, con una rígida organización para el servicio de Dios, en cambio un Instituto como el suyo, tiene que encontrar su fuerza por encima de todo en su verdadero espíritu. "

"Comunidad", para un instituto apostólico, nunca puede consistir sólo en una agrupación de personas, que son amables mutuamente. Hace falta que estén fuertemente unidos en la caridad de Cristo. Hace falta que puedan contar con la generosa cooperación de sus miembros en la "obediencia y mutua caridad". Para ello, únicamente se sentirán ayudados, si viven para Cristo, que vino no para hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre.

 

Renuncia

"El elemento que se ha comprobado es el único que constituye la verdadera esencia de toda espiritualidad, es el ritmo vital compuesto de renuncia y positiva unión... Ninguna espiritualidad puede ser real fuera de este ritmo (manifestado por estas palabras de Cristo: "Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie a sí mismo y tome su cruz", lo cual constituye el lado negativo, "y que me siga", en que consiste el lado positivo)".

Hemos visto los elementos positivos del carisma del P. Chevalier. Pueden aparecer muy atrayentes. Pero también pueden ser tremendamente exigentes; y esto, el lado negativo de la renuncia, no debemos olvidarlo. Si no, convirtiésemos las enseñanzas de Chevalier en algo parecido al "algodón dulce", esa golosina que tanto aman los niños, que es todo dulzura, pero sin sustancia.

La suya tenía que ser una congregación basada en la caridad y en una obediencia modelada en la de Cristo, obediente hasta la muerte. Él sentía una viva preocupación hacia los hombres, que se traducía en una total disponibilidad, en la diaria y constante entrega a su apostolado.

Se sentía fascinado por el amor de Cristo, pero era solamente al mirar la profundidad de la herida del costado de Cristo, que uno podría valorar su amor.

El suyo, era un carisma de bondad. Esto exigía mucho más que ser amable con la gente simpática: "Existen dos clases de amabilidad, que no debemos confundir. Una, deriva de la gracia y de los esfuerzos hechos para conseguirla. La otra procede de la naturaleza y es resultado del temperamento. Esta última, si no se la perfecciona por medio de una seria virtud, degenera fácilmente en indiferencia. Hace al carácter, blando, indolente, apático. El alma queda sin fuerza y energía... lo llamado ser de "buena pasta", es una falta contra la que debemos reaccionar, no es una virtud. En cambio, la virtud que el Señor nos recomienda, es muy diferente: es el fruto de la oración y de generosos esfuerzos; caracteres vivos e impacientes, tienen que hacerse violencia para conseguirla... Esta virtud no es connatural al hombre, hacen falta constantes esfuerzos para conseguirla, con la ayuda de Dios. De nacimiento somos violentos, irritables, inclinados a dejarnos llevar... La oposición nos irrita, la resistencia nos inflama y la contradicción nos enoja. ¿Por qué? Porque nuestra naturaleza está viciada y nuestro corazón está lleno de orgullo. Es imposible para un hombre orgulloso ser amable, como lo es para un irascible ser humilde.

"Esta es la razón por la que Nuestro Señor une la bondad con la humildad y recomienda estas dos virtudes, de un modo especial: Discite a me quia mitis sum et humilis corde. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón."

No hay necesidad de especificar los detalles de la renuncia, que exigía la espiritualidad de Chevalier. Pero para decirlo todo de una vez, hemos de notar, que lo consideraba como un principio siempre en vigor.

       

¿Devoción al Sagrado Corazón?

Hemos visto el carisma del P. Chevalier, que consistía en:

a) Ver a Jesús en los Evangelios, desde un ángulo muy peculiar: el Jesús compasivo, el Buen Pastor, el que revela el amor de Dios hacia nosotros, y

b) Un acento especial en la forma determinada de seguirle, de servirle, en la persona de los demás: como misioneros de su amor, en caridad y amabilidad.

La visión total y respuesta nuestra, han quedado indicados en las páginas precedentes.

Para el P. Chevalier, todo esto era vivir la devoción al Corazón de Cristo y ser un apóstol de su devoción. Pero queda el interrogante: ¿Hasta qué punto la devoción al Sagrado Corazón es parte de su carisma? ¿Hasta qué punto esta devoción es tal vez, sólo "la expresión condicionada histórica y culturalmente, en su propio lenguaje, en su propia época” de unas realidades bíblicas y espirituales, que podrían ser expresadas de otra manera? Estas son las cuestiones que pueden ser contestadas solamente por los miembros de su Congregación, que viven hoy su carisma. Recientes documentos e investigaciones, parecen dar la respuesta a esos interrogantes. Sería una pena, sin embargo, que la discusión de esos puntos, oscureciera la luz de la visión de Chevalier, o disminuyera el dinamismo del carisma que era tan peculiarmente suyo.

       

Reparación

¿Qué lugar ocupa la reparación, en la espiritualidad del P. Chevalier? Antes de contestar a esta pregunta, debemos responder a otra: ¿ Qué lugar le corresponde a la reparación en la devoción al Sagrado Corazón? Desde el tiempo de Santa Margarita María, se dio mucha importancia a la reparación. En cambio se dio poco valor a la distinción hecha en la teología dogmática, entre gracias místicas y gracia carismática. Esta última se recibe para el bien de los demás. Las primeras se dan a un individuo, para ayudarle a responder a una vocación particular. Cada místico es una persona especial, con una muy especial y a veces muy singular vocación en la Iglesia. Mucho de lo que Santa Margarita María escribió, no era más que la relación de las gracias místicas particulares -muy diferente del contenido de las "revelaciones" que contenían el mensaje para todos. Sus gracias especiales y privadas, no eran para el uso común. Sin embargo, debido a la gran avidez de gracias místicas en aquella época, no hubo la suficiente selectividad al publicarse el mensaje de Paray-Le-Monial. Tenemos, pues, que hacer algunas distinciones:

1. La invitación a "consolar al Corazón de Cristo", envuelto en un lenguaje muy común a los místicos, fue dirigida a la generosidad de la misma Santa. Los conatos para introducirlo en la piedad "ordinaria", han producido a menudo complicadas y sentimentales expresiones con relación a Cristo. Este aspecto no es ciertamente parte de "la Devoción al Sagrado Corazón", incluso en la forma como lo enseñó Santa Margarita María.

2. Hay, además, el aspecto jurídico: "esto viene más del jansenismo que de las revelaciones de Paray... alguien debe tomar el puesto del pecador y merecer su salvación, con sus oraciones y sufrimientos. Tal concepto de reparación olvida la insistencia y las larguezas del amor misericordioso. Para insistir mejor en el precio que hay que pagar, dan demasiada importancia al pecado”.

3. "Nos equivocaríamos pues, si hiciéramos consistir la reparación en la contemplación de un Cristo dolorido, seguido de ejercicios especiales de reparación".

4. Nuestra devoción es en sí misma una AUTENTI­CA REPARACIÓN, pues es la entrega de nuestra persona al Corazón de Jesús, por la fe en su misericordia, con la paz de un alma que se abandona a Él; es, sobre todo, el mismo Corazón de Jesús, víctima por nuestros pecados, pero también satisfacción por nuestros pecados. Él y solo Él, puede reparar por nosotros. Esta reparación se consigue en el sacrificio de la Misa. Cristo, allí, se ofrece a sí mismo al Padre; nosotros le ofrecemos; y nos ofrecemos a nosotros mismos con Él. "

Esta ofrenda significa (siempre como parte de una "auténtica reparación"), que en nuestra vida cotidiana debemos vivir el misterio del "Cristo total" o del Cuerpo Místico.

 

-  Uniendo nuestras penas y alegrías a las del Señor.

- Orando, asociándonos a los otros hombres en el "perdona nuestros pecados" y

- Combatiendo el pecado, en nuestra propia vida y en la del mundo que nos rodea.

 

Es suficientemente claro, que esta es la sola "reparación auténtica", que está de acuerdo esencialmente con la espiritualidad del P. Chevalier. Naturalmente, en su época, él citaría a Sta. Margarita María en sus libros y otros escritos. Sin embargo, en la devoción de Paray: "El aspecto esencial es el amor del Corazón de Cristo, que procede de la contemplación y adoración de su imagen simbólica, seguida de la consagración de nuestra vida, como respuesta a este amor. El aspecto de la reparación, se ha añadido sólo como filigrana en el conjunto de la devoción. (Esto, repitamos, en lo que se refiere a nosotros; para Sta. Margarita María era completamente diferente)". Este aspecto de la devoción, coincide con la visión que le inspiró el deseo de llegar a ser un apóstol del Corazón de Cristo. Este deseo, dice él, le vino después de leer la vida de Sta. Margarita María, escrita por Mons. Languet y que le entregó su confesor. Dicho libro tiene una hermosa nota introductoria sobre la Devoción al Sagrado Corazón, y que aún hoy día da gusto leer. Esta llena del gozo que proviene del descubrimiento del amor de Dios, revelado en Cristo y de la "infinita ternura hacia nosotros de este Dios encarnado, para nuestra salvación". Cada hombre, al expresar sus sentimientos, reflejará la cultura de su época. Y el P. Chevalier, no pudo siempre hacer la distinción entre las gracias místicas de Sta. Margarita María y su mensaje para el gran público. Podemos fácilmente dejar de lado las cosas accidentales, procedentes de la cultura de su época. Porque está bien claro, que el P. Chevalier no era un "místico de la consolación"; fue un místico de la misión de amor y misericordia. Y fue también por el influjo continuado de la Escuela Francesa, un místico del culto, de la adoración y de la alabanza.

       

Nota sobre Nuestra Señora del Sagrado Corazón

La devoción del P. Chevalier a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, ocupa un lugar relevante en su vida y en su obra. Escribió un libro sobre Nuestra Señora del Sagrado Corazón y no hay necesidad aquí de escribir otro. Señalaré solamente, lo que se puede deducir de dos hechos. Primero, su "visión» fue la del Sagrado Corazón, o Cristo en su amor y el mundo en la indigencia. María encontraría naturalmente su lugar en el conjunto de esta visión: próxima a Cristo y entre El y el mundo necesitado. Si concentramos nuestra atención sobre Cristo, en el misterio total de su amor "en todas sus manifestaciones", veremos a María como afectada también por el resplandor de todo ello. Si miramos hacia el mundo necesitado, vemos que María, participando en la solicitud de su Hijo por el mundo, atraerá sobre el mundo necesitado, todas las gracias y el amor, que está capacitado para recibir.

Por eso es fácil entender, como algunos deducirían que la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, consistiría principalmente en su oficio de mediadora de la gracia y ayudando a la Humanidad. Pero es también fácil constatar, como esto provenía de ver sólo la mitad del cuadro, que integraba la visión total del P. Chevalier. Dentro de esta visión, María es obviamente la Mujer "revestida con el esplendor" de las múltiples manifestaciones del amor del Dios revelado en el Corazón de Cristo.