[_Sgdo Corazón de Jesús_] [_Ntra Sra del Sagrado Corazón_] [_Vocaciones_MSC_]
 [_Los MSC_] [_Testigos MSC_
]

MSC en el Perú

Los Misioneros del
Sagrado Corazón
anunciamos desde
hace el 8/12/1854
el Amor de Dios
hecho Corazón
y...
Un Día como Hoy

y haga clic tendrá
Pensamiento MSC
para hoy que no se repite
hasta el próximo año

Los MSC
a su Servicio


Free Sitemap Generator

 

free counters

6. Julio Chevalier, un Hombre con una Misión (E. J. Cuskelly MSC)

Páginas relacionadas 

 

Julio Chevalier, Fundador de los Misioneros del Sgdo Corazón con nuestra Señora del Sagrado Corazón


6

 

Un espíritu compartido

 

 

1.  LAS HIJAS DE NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

En París, 1865, una comunidad religiosa de mujeres se desgajó del instituto de origen, haciéndose independiente. Lo hizo con el consejo y la aprobación del Arzobispo Darboy, de París. La nueva comunidad adoptó el titulo de Hermanas del Santo Nombre de Jesús, con residencia en la Rue de Vanves, París. La razón de tal acción había sido, que el Instituto de origen, las Damas de Jesucristo, estaba infeccionado de jansenismo. La nueva comunidad, con la Madre María Francisca -Francine Lefebvre-Duruflé- como superiora, cultivó una fuerte devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. El Padre Víctor Jouët fue a presidir la erección de su estatua en la capilla del jardín. La comunidad se hizo muy amiga de los Padres M.S.C.: hicieron estandartes para la peregrinación a Issoudun del 8 de septiembre y se volvieron celosas promotoras de la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

No obstante, descubrieron que resultaba más fácil romper con una vieja forma de vida, que encontrar un puesto, totalmente nuevo, en la Iglesia y en el mundo.

   Las hermanas estaban dudosas en cuanto a su futuro. En su búsqueda de un camino más seguro, estaban considerando un detalle informativo, que una de ellas había recibido del P. Piperon. Se trataba de que el P. Chevalier abrigaba esperanzas de fundar algún día un grupo de hermanas dedicadas a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. ¿Por qué no pedirle que las aceptase como los primeros miembros de su nueva Congregación? Y esto es lo que decidieron hacer finalmente.

Esto parecía que daba por fin al P. Chevalier, la solución de un problema que le había preocupado durante algunos años. Hacía tiempo que había deseado ver establecido un instituto femenino, paralelo a su instituto de hombres. Pero un hombre no puede convertirse en Madre Superiora; tiene que encontrar a alguien que pueda serlo. En el difícil periodo de los primeros años de un Instituto, todo depende de la figura central del Superior. En gran medida su poco éxito se debía a no encontrar tal persona, lo que causó el fracaso de anteriores tentativas de llevar a buen término la Congregación que deseaba. Ahora, parece que había encontrado en la Madre María Francisca, la persona adecuada y en su grupo de Hermanas, el núcleo ya organizado, para una nueva Congregación religiosa.

El P. Chevalier aceptó, en consecuencia, la proposición de la comunidad parisina... pero con unas condiciones muy precisas. Serían los primeros miembros de una congregación nueva: las "Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón". Debían, por tanto, aceptar cualesquiera cambios que les fueran exigidos en su espíritu, regla y actividad. Las hermanas ya profesas, habrían de pasar un período de formación para reajustarse a las circunstancias de su nuevo estilo de vida. Las postulantes y novicias recomenzarían "da capo" el postulantado y noviciado, respectivamente. Las hermanas se hallaban tan felices de ser aceptadas y ayudadas por el P. Chevalier, que abrazaron con alegría estas condiciones como primeros pasos para adquirir su nueva identidad.

Entre los muchos talentos del P. Chevalier, se contaba el don de hacerse amigo de condes y condesas. Uno de tales amigos era la condesa Pirinoli, de Turín, a quien decidió invitar por este tiempo, para que asistiera a la peregrinación a Issoudun. Al venir ella, le habló de las cosas que allí se estaban realizando. Le explicó también que, aunque tenía las monjas para su nueva Congregación, no tenía todavía convento. Tenía echado el ojo a una casa muy apropiada, el número 10 de la plaza Vouet, pero no tenía dinero para comprarla. Conforme había espera­do que sucediera, la condesa le ayudó a resolver su problema financiero.

Tenía las monjas y el convento; y también un apostolado muy apropiado para sus hermanas. Una joven de Issoudun, Luisa Baptiste, quería entrar en la nueva Congregación y que las hermanas dirigiesen el internado de chicas que hasta el presente había estado a su cargo.

El domingo, 30 de agosto de 1874, los fieles de la misa de 8 en la Basílica quedaron bastante sorprendidos al descubrir que una nueva congregación religiosa había surgido en medio de ellos. Vestidas con su nuevo hábito, blanco y azul, se dirigieron a misa en grupo. El P. Chevalier explicó al pueblo que el arzobispo había aprobado la fundación de una nueva Congregación de Religiosas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y que los primeros miembros de la misma estaban siendo oficialmente presentados, en esa misa del 30 de agosto. Entre ellas estaba la condesa Pirinoli, que era viuda y sin lazos familiares, y sintió que estaba también llamada a ingresar en el nuevo Instituto. No habían venido todas las hermanas de París; algunas se habían quedado allí para seguir con la residencia de chicas y niños que tenían en la calle Vanves. La Superiora, Madre María Francisca, repartiría su tiempo entre los dos conventos.

La nueva Congregación religiosa había emprendido su camino con cierta exuberancia; pero aquella marea que había subido con fuerza empezó luego a ceder. Los Misioneros del Sagrado Corazón tuvieron sus comienzos lentos y dificultosos; después hubieron de atravesar un periodo de crisis. Las Hijas de Nuestra Señora vieron alternarse las dos cosas, la crisis y desarrollo lento, en un vaivén continuado, que duró una serie de años. El primer reflujo de la marea se produjo al salirse Luisa Baptiste de la comunidad. Y se llevó consigo su internado, privando a las Hermanas de lo que tenía que haber sido su principal campo de apostolado en Issoudun. De este modo, las antiguas religiosas del Santo Nombre que habían esperado con ilusión ampliar su apostolado mediante el traslado a Issoudun, se vieron limitadas a la atención de ejercitantes y peregrinos y al cuidado de la ropa de altar en las dos iglesias de la ciudad.

En un capítulo anterior hemos visto que los ataques a la ortodoxia de la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón eran un duro golpe para el P. Chevalier. Fue también un golpe aún más demoledor para la nueva Congregación. Habiendo huido de la influencia jansenista, se encontraban ahora sospechosas de estar tocadas con una nueva herejía. Algunos de los sacerdotes amigos, les aseguraban que los M.S.C. habían caído, efectivamente, en el error.

Una nueva complicación era, que la Superiora, Madre María Francisca, no se hallaba bien de salud. El clima de Issoudun le resultó difícil y su médico le aconsejó que no tuviera allí su residencia habitual; en consecuencia, se quedó en París. Sinceramente preocupada por los juicios adversos sobre la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, determinó que sería más prudente para la comunidad de París separarse de Issoudun y volver a su título anterior. A las monjas de Issoudun les dio completa libertad para escoger. Ella había rezado pidiendo luz... con el "Acuérdate" de San Bernardo, no el de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Cuando la Madre María Francisca se retiró a París, dejó a la condesa Pirinoli al frente de Issoudun. La condesa, conocida en religión por Hermana Felicitas, era una buena mujer, por quien las hermanas sintieron un verdadero afecto a lo largo de los años; así y todo, no era la persona idónea para ser la Superiora de aquella comunidad tan joven. Pero, como no había nadie más para relevaría, siguió de Superiora. Había nueve monjas en total cuando el P. Chevalier les habló, en la Fiesta del Sagrado Corazón de 1875, insistiendo mucho que la gran tarea de organizar una nueva congregación pesaba ahora sobre ellas.

Pero la Hermana Felicitas parecía tener más empeño en reducir el grupo que en acrecentarlo. Fue causa de una dificultad muy peculiar el hecho de que estaba plenamente convencida de que, como Superiora, recibía privilegiadas comunicaciones de Dios, que debía seguir en conciencia. Estas luces especiales justificaban su inobservancia de las directrices dadas por el Fundador y por su Superior eclesiástico. Su estado mental queda reflejado en sus cartas. Por ejemplo: .... a mí, a quien, como Superiora, Dios asiste especialmente"; "Yo tengo siempre un gran temor de no seguir con exactitud la Voluntad de Dios, la cual jamás deja de manifestarse a través de circunstancias, que la Superiora tiene el derecho y el deber de considerar ante Él."

Era convicción suya, que aquella debía ser una comunidad contemplativa y que la educación no debía contarse entre sus actividades. En consecuencia, trató de desanimar en sus peticiones de ingreso a todas las que se sentían llamadas a la vocación de la educación cristiana. Aún más: sentía - de acuerdo con sus convicciones - que aquellas monjas de la comunidad, que eran favorables a dicho apostolado, estarían mejor en otro sitio. Ejerció presión sobre ellas y pronto la comunidad perdió tres de sus miembros más prometedores. La Congregación tenía su carta fundacional, trazada por el P. Chevalier y aprobaba por el Arzobispo de Bourges; la Hermana Felicitas configuró la suya propia. En ella escribió que “la educación de las jóvenes no está asignada por la Providencia a esta Congregación, que parece más bien destinada a la oración y a consagrarse a los niños pobres mediante la enseñanza del catecismo, dirección de guarderías, etc..." El P. Chevalier creía en la oración; creía en el trabajo para los pobres, pero siempre aspiraba a un apostolado más amplio para las congregaciones que fundara.

La Hermana Felicitas permaneció como Superiora hasta 1882. Durante todo este tiempo el P. Chevalier hizo pacientes pero infructuosos esfuerzos para hacerla trabajar a favor de la clase de congregación en que él pensaba, no en contra de ella. Alguien podría asombrarse de que el P. Chevalier consintiera que las cosas prosiguieran así durante tanto tiempo; probablemente pensaba que si la obra se venía abajo, nunca más volvería a recomenzar. Sin una Superiora, todo se vendría abajo; y, por el momento, no tenía a nadie que pudiera tomar el puesto de la condesa. Al menos ésta podría mantener la comunidad con vida hasta que apareciera la persona adecuada. Hay un proverbio que dice: "Mientras hay vida, hay esperanza"; la vida y la esperanza de esta pequeña comunidad residían en la lealtad y determinación de un grupo de tres hermanas coadjutoras: las Hnas. Magdalena, Emilia y Clara. Ahí estaban los fundamentos humanos de la esperanza del P. Chevalier. Pues, a pesar de todas las dudas y de las dificultades innumerables, ellas tres se guían creyendo en el futuro de una congregación de Religiosas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón; incluso cuando sus esperanzas se quedaron tan reducidas, que al final la comunidad consistía sólo en la Hermana Felicitas y ellas tres.

Además, él tenía una base espiritual para su propia fe y esperanza; porque veía esta obra como uno de los medios de cumplir la promesa que había hecho en su pacto de 1855, de conseguir que María fuese honrada de un modo especial.

Su actitud durante estos años está definida por las cualidades que hemos llegado a reconocer en él: una fe sólida, una paciente perseverancia en hacer lo que estaba en su mano, y la convicción de que, al llegar la hora de Dios, el trabajo sería bendecido. Pero tenemos que admirar aún más la fe de las tres hermanas, Magdalena, Emilia y Clara. Para él, por muy importante que fuera, la nueva congregación era una obra que se sentía llamado a realizar; para ellas en cambio era el compromiso de toda su vida.

Por fin, la mujer que había estado esperando llegó a Issoudun para unirse a la comunidad. Había tomado la decisión cinco años antes, cuando había pasado algún tiempo con los miembros del grupo. Era María Luisa Hartzer, joven viuda cuyos dos hijos, Leopoldo y Fernando, estudiaban para ser sacerdotes M.S.C. A partir de 1881 ninguno de los dos estaría ya bajo su responsabilidad: Fernando iba a ser ordenado en noviembre y Leopoldo no estaba lejos de la ordenación. Ambos vivían en Roma. La madre de María Luisa había muerto hacía poco. Sin más lazos familiares que la atasen a su pasado, quedaba ahora libre para dar cumplimiento a su deseo de hacerse Hija de Nuestra Señora. Llegó a Issoudun a primeros de septiembre de 1881. Allí tuvo momentos de vacilación al descubrir que la prometedora comunidad de nueve había menguado tanto; a pesar de todo decidió quedarse, pero insistiendo que quería permanecer como simple miembro de la comunidad.

Al entrar ella, la comunidad estaba atendida por una superiora temporal" que, en los planes del P. Chevalier, pronto cedería el puesto a la Hna. María Luisa Hartzer. En marzo de 1882 había decidido que era, por fin, tiempo de aceptar la renuncia que la Hna. Felicitas había ofrecido el año anterior. Lo había hecho muy amablemente, en vista de que sus esperanzas de una congregación puramente contemplativa no podían realizarse: "La gracia de preferencia que el Corazón de Jesús ha concedido a su Congregación, Reverendo Padre, al destinarla para las misiones extranjeras, tenderá, naturalmente, a ser compartida por las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, cuya Congregación está enlazada con la suya. Por lo tanto, puesto que el Instituto carece al presente de toda organización orientada a dicho fin, permítame rogarle que sea 10 suficientemente bondadoso para tomarlo a su cargo usted mismo. Permítame, al mismo tiempo, pedirle que acepte mi renuncia al cargo de Superiora. Esta retirada es indispensable de cara a las circunstancias por las que se conseguirá una mayor gloria de Dios y del Sagrado Corazón.

"Permítame también pedirle humildemente su perdón, Reverendo Padre, por todos los problemas que le he originado con mi inexperiencia y falta de espíritu religioso."

Aceptada su renuncia, la Hna. Felicitas volvió a su antigua condición de condesa.

Entretanto, la pequeña comunidad de Issoudun estaba al cargo de una tal Hna. del Calvario... a la que vamos a saludar y despedir con un par de frases; pues el P. Chevalier informó a la comunidad, el 7 de diciembre de aquel año, de que la hermana deseaba ser relevada de su puesto, y de que la Hna. María Luisa seria la nueva Superiora y Maestra de Novicias. Aunque reacia a ello, aceptó. Al escoger la víspera de la Fiesta de la Inmaculada para hacer tal anuncio, el P. Chevalier debió pensar, sin duda, en el significado de tal fiesta para su primera fundación de los M.S.C. De hecho, y debido al liderato espiritual que iba a ejercer, este nombramiento de la Hna. María Luisa como Superiora tenía en gran parte el significado de una verdadera fundación. Y si se consideran tanto las realidades espirituales como los hechos históricos, María Luisa Hartzer podría muy bien ser llamada cofundadora de la nueva Congregación, pues fue ella la que vio que el espíritu que el P. Chevalier quería que poseyera este grupo, era en realidad, parte de su propia vida y de su alma.

Él dedicó mucho tiempo y esfuerzo a la nueva comunidad, dando frecuentes consejos y conferencias; pero fue ella quien moldeó a sus miembros e hizo de madre y conductora de las Hijas durante muchos años.

Puesto que el Gobierno francés había comenzado su ataque a las congregaciones religiosas en 1880, con especial malevolencia hacia las órdenes decentes, no se podía plantear aun el asunto de la educación de las jóvenes tal como lo había previsto el P. Chevalier. Sin embargo, el mismo campo misionero que se abrió para los M.S.C. en 1881 estaba ahora abierto también ante las Hijas de Nuestra Señora. Los M.S.C. de Oceanía iban a pedir al P. Chevalier que las hermanas de la nueva Congregación se les unieran en los campos de misión. La Congregación tuvo sus primeras profesiones en septiembre de 1884 y algunas de las neoprofesas se encontraron convertidas enseguida en misioneras. Cinco semanas más tarde las cinco primeras misioneras partieron de Francia rumbo a Oceanía en compañía de cinco misioneros del Sagrado Corazón. Había futuros obispos entre los miembros del grupo M.S.C.: H. Verius y L. Couppé.

De ahora en adelante las dos congregaciones del P. Chevalier seguirían, tanto en las misiones como en Europa, caminos similares de expansión y encontrarían parecidas dificultades. La finalidad de este libro no es escribir la historia de ambas congregaciones, sino ilustrar la vida, obra y espíritu del P. Chevalier. Parte muy importante de tal obra fue la fundación de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Él tuvo la intención de dar a esta nueva congregación el mismo espíritu que había tratado de dar a los M.S.C. Él llevó a esta obra el mismo afán de que otros compartiesen con él la misión de extender el amor de Cristo por todo el mundo. Él trabajó en ello, con idéntica repulsa a cualquier tipo de descorazonamiento ante las dificultades. Él insufló en ella idéntico espíritu de fe y sufrida y perseverante bondad. Finalmente, él recibió la recompensa de hallar otras personas con fe y valor parecidos a los suyos, con dotes propias para organizar comunidades, para hacer que también este sueño se convirtiese en realidad.

Estas hermanas habían de ser también misioneras, igual que "María fue el primer apóstol de la gracia del Verbo Encarnado, el primer misionero de su amor". Como María, ellas debían ser misioneras de su amor. Ese como María" debía quedar subrayado, ya que él quería darles a estas Hijas de Nuestra Señora una cierta dimensión de devoción mariana, que habría de ser muy fuerte en su espíritu y piedad. Esto debía consistir sólo en una mera diferencia en la tonalidad, ya que "las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón considerarán a los misioneros del Sagrado Corazón como a sus fundadores y estarán siempre, íntimamente unidas a ellos en el espíritu y las obras.

El P. Chevalier, como fundador y abnegado guía espiritual, representó  un papel muy importante en la primera formación de la Congregación, mientras que la Madre María Luisa Hartzer absorbía con avidez cuanto él tenía que enseñar, para dárselo a sus hijas. Algunas de las propuestas del Padre parecían no estar muy apoyadas en su propia convicción, pero puesto que aquél era el modo como se hacían las cosas en la Iglesia en aquel entonces, éste sería también el modo como él las haría. Claro ejemplo a este respecto fue que introdujeron también la distinción, entre hermanas coadjutoras y coristas.

En su revisión de las Constituciones de las Hermanas, en 1889, propuso que el Superior General de los M.S.C. lo fuese también de las Hermanas. Aunque esto era una práctica muy común en la época, las hermanas, razonablemente, estaban "llenas de aprensión". No obstante, la Santa Sede se mostró más avanzada que los M.S.C. en cuanto al "movimiento feminista". Las normas para religiosos publicadas en 1901 determinaban que ninguna nueva congregación religiosa estaba obligada a seguir el ejemplo de las viejas en este sentido; lo cual ahorró a las generaciones futuras, sin duda alguna, muchos quebraderos de cabeza en todos los sentidos. Los futuros superiores generales podrían no haber limitado sus funciones a la de cariñoso y paternal consejero que el P. Chevalier demostró ser siempre, no interfiriendo nunca en la administración interna e insistiendo en que tampoco a los demás les estaba permitido hacerlo.

Él tuvo que realizar un importante cometido, trazan do las primeras Constituciones y fijando el espíritu de la Congregación. Quiso que el mismo espíritu fuese compartido por ambas congregaciones. Pero esto no significa en modo alguno imprimir idénticas series de constituciones con "ellos" en una y "ellas" en la otra. Hizo adaptaciones. Las primeras Constituciones de las Hermanas tenían prescripciones más apremiantes en cuanto a la práctica de la adoración y la reparación que las de los M.S.C.

Todo espíritu existe únicamente como encarnado en un grupo particular. El grupo tiene sus propias personas vivientes que reciben y viven el espíritu. El mismo espíritu será encarnado con diferentes énfasis, que sirven para informar el carisma vivo del grupo. Compartir un espíritu no significa uniformidad; lo que significa es, como la historia lo demuestra, una inspiración semejante y una "unidad en el espíritu y en las obras". En las misiones y en los demás sitios, el P. Chevalier hizo una notable contribución a la Iglesia, mediante los dos grupos fundados por él, y por la inspiración que les dio en su misión común, de ser apóstoles del amor de Cristo en un mundo tan necesitado.

Aunque podría escribirse mucho más sobre las Hermanas, serviría de poco al propósito fundamental de este libro, que consiste en tratar de ver, a través de las varias fundaciones, el espíritu y la personalidad del hombre que fue Fundador suyo y nuestro. El resto de este libro está escrito también para ellas.

 

2.   LAS HERMANAS M.S.C.

El P. Humberto Linckens, M.S.C., es el fundador oficial de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón. Fue fundador a su pesar, obligado a tal función por las circunstancias. Las circunstancias fueron, la necesidad de hermanas alemanas en las misiones M.S.C., a lo que se sumaba la actitud del Gobierno alemán hacia las congregaciones religiosas extranjeras. Parte del vasto territorio de Oceanía confiado en 1881 a la atención misionera de los M.S.C., se convirtió, en 1885, en Protectorado alemán. Resultaba especialmente afectado, desde el punto de vista M.S.C., el Vicariato de Nueva Pomerania (Nueva Bretaña). La división colonial del Gobierno alemán exigía que, gradualmente, se enviasen sólo misioneros alemanes al Vicariato. Ya hemos visto cómo la Congregación tomó medidas con que hacer frente a la nueva situación.

En 1894, le fue confiada al P. Humberto Linckens la tarea de establecer una Casa para las misiones en Alemania. Al mismo tiempo se le nombraba Procurador de la Misión del Sagrado Corazón en Nueva Bretaña; como tal, tenía que representar también a la Misión en todas las tramitaciones ante el Gobierno alemán. Andaba muy atareado con las preocupaciones de establecer a los M.S.C. y la Casa misional en Alemania, cuando el Gobierno solicitó de él, una nueva petición: proporcionar hermanas alemanas para que reemplazasen a las de otras nacionalidades en Nueva Bretaña. Prometió que la Congregación M.S.C. examinaría el asunto a su debido tiempo; cuando estuviesen asentadas las demás obras. En 1898 los misioneros presionaron con más fuerza al P. Linckens, escribiéndole sobre la urgente necesidad de tener hermanas alemanas. Por fin, reconoció que no había más remedio que aceptar la responsabilidad de intentar ayudar a los misioneros en este asunto también.

En abril de 1898 empezó a ocuparse de los preparativos. Pensaba traer a las Hijas de Nuestra Señora, a fin de hacer en Alemania una fundación encaminada a la formación de jóvenes como religiosas misioneras. Se compró una residencia provisional, se trazaron los planos para un nuevo convento y se llegó a un acuerdo con las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. En este mismo momento, el Gobierno alemán, tiró por tierra sus estupendos planes, al insistir en que sólo aprobaría la fundación de un convento para hermanas misioneras con tal que no fuera un convento de ninguna de las fundaciones ya existentes.

Así las cosas, Linckens no tuvo más remedio que fundar una nueva congregación. Logró conseguir del Gobierno el permiso para que dos religiosas de otra congregación alemana ya existente, le ayudaran en la formación de las religiosas. Eran las Hermanas de la Divina Providencia;

Durante todo este tiempo, estuvo tratando el asunto con el Consejo General M.S.C. Está claro que el Consejo vigilaba atentamente esta nueva fundación. Dado que el P. Chevalier era todavía Superior General, y dado que era él el Fundador por excelencia, parece claro que fuese la suya la opinión prevaleciente. En cualquier caso, no existe duda de que la clara intención tanto del P. Linckens como del Consejo General era que, en la medida de lo posible, se comunicase el espíritu M.S.C. a la nueva Congregación.

Las Actas del Consejo General de 4 de mayo de 1899 dicen así: "con relación a una casa de religiosas cerca de la casa de Hiltrup, en Westfalia: una vez oídas las explicaciones del P. Linckens, provincial, y habiendo considerado las peticiones del Gobierno alemán y del obispo, el Consejo permite la erección de una nueva' casa que, en realidad será independiente, de la Superiora Generala de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en Issoudun; se podrá constituir también un noviciado con dos hermanas de la Divina Providencia. El Consejo pide, no obstante, que, en la medida de lo posible, las reglas, constituciones y tenor de vida se ajusten a las de las llamadas Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón... porque estas reglas, etc., son las más conformes a las nuestras. Cuide, además, el provincial de que dichas hermanas no se hagan fácilmente independientes de nuestros padres, puesto que ellos han proporcionado todo lo necesario para su establecimiento; por consiguiente, habría de mantenerse incluso una dependencia material."

El P. Linckens respondió por escrito diciendo que no había necesidad de preocuparse por el aspecto material de las cosas. Y seguía diciendo: "Así pues, ellas forman, por así decirlo, una parte de nuestra congregación, como la segunda orden, por entero a nuestra disposición... con relación al nombre, ustedes recuerdan sin duda mi anterior correspondencia... Igual que nosotros nos llamamos «Missionare vom hl. Herzen Jesu», M.S.C., las hermanas se llamarán «Missionsschwestern vom hl. Herzen Jesu» M.S.C.... El hábito será análogo al de las hermanas coadjutoras de Issoudun; en misiones será blanco, si el clima lo exige. Los detalles se los dejaré a la Superiora y a la Maestra de Novicias, pues ¿qué hombre conoce los detalles de la moda femenina? Las oraciones, constituciones y reglas, usos y costumbres son los mismos nuestros, con los cambios necesarios para el sexo femenino. Creo, pues, que habrá más uniformidad y semejanza entre ellas y nosotros que entre las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y nosotros mismos, al menos en aquello de lo que estoy al corriente. "

Pero se podría añadir: ¿quién es el hombre que se arriesga a hacer comparaciones entre mujeres?

En una carta posterior escribió: "No tengo aún copias de las Constituciones de las Hermanas, ni nada parecido. La semana que viene, la Maestra de Novicias y la Superiora van a venir a organizarlo todo. Será, por tanto, necesario dejarles empezar con las Reglas de las Hermanas de la Providencia y luego, gradualmente, ir ajustando las cosas a las líneas deseadas." La carta estaba escrita al P. Meyer, que era por aquel entonces Secretario General. En el margen hay escrita una palabra a lápiz: ¡¡NO!! El P. Chevalier tenía el hábito constante de escribir sus comentarios en el margen de las cartas recibidas. El P. Linckens empezó a construir una casa para las nuevas religiosas. En agosto de 1899 se reunieron las primeras candidatas en una casa alquilada, donde fueron confiadas al cuidado de dos Hermanas de la Divina Providencia: Hermanas Servacia y Matilde. Se trasladaron a la nueva casa en diciembre, y la nueva congregación religiosa fue erigida canónicamente por el obispo de Münster el 6 de febrero de 1900. El P. Linckens escribiría más tarde que "el 25 de marzo está escrito con letras de oro" en la historia de las Hermanas M.S.C. Este fue el día de la toma de hábito. Había un considerable número de nuevas novicias, de las que profesarían diez. La ceremonia fue presidida, apropiadamente, por el obispo Couppé Vicario Apostólico M.S.C. en Nueva Pomerania - Nueva Bretaña -, su futuro campo de misión. Las primeras profesiones tuvieron lugar el 25 de marzo de 1901.

Esta congregación no comenzó con lentitud. Pronto hubo monjas y pronto salieron hacia misiones. En 1902 salieron cinco hacia las islas Marshall y otras cinco hacia Nueva Pomerania. Otras cuatro salieron hacia las Marshall el 8 de diciembre de 1903; y el 6 de febrero de 1904, seis más partieron a Nueva Pomerania.

Luego el 13 de agosto de 1904, cinco de estas jóvenes hermanas fueron asesinadas por los indígenas en los montes Baining, Nueva Pomerania. Fue un día trágico y glorioso en la historia de la Congregación, pues son conocidas como "las mártires de Baining". Las cinco hermanas muertas fueron: Ana Utsch, Inés Holler, Angela Balka, Sofía Schmitt y Agueda Rath. Al mismo tiempo, dos sacerdotes M.S.C. -M. Rascher y H. Rütten-, dos hermanos M.S.C. -E. Plaschaert y J. Schellekens- y el hermano trapense L. Bley fueron muertos también por los indígenas. Se dieron pasos, hace mucho tiempo, para introducir su causa de beatificación y canonización. En tal proceso, lo más difícil es probar si la matanza fue inspirada por "odio a la fe" o por otras razones. Sea lo que fuere, fue el amor a su fe lo que condujo a estas hermanas allí, prontas a dar sus vidas si era necesario. Y el mismo amor empujó a otras a ocupar sus puestos.

La Superiora, Hermana Servacia -de la Divina Providencia-, murió el 6 de abril de 1904. Fue reemplazada por Sor Matilde hasta que, en 1906, se hizo cargo del superiorato la primera Hermana M.S.C., Francisca Fleige, que había ido a misiones en 1902. El período fundacional, dijo el P. Linckens, ha terminado.

Sus Constituciones habían sido aprobadas el 1 de mayo de 1906 por diez años. Tenían su propia superiora M.S.C. A fines de aquel año tenían 104 "miembros": 14 postulantes, 9 novicias, 69 hermanas con votos temporales y 12 hermanas de votos perpetuos -con la Hna. Ana y sus cuatro compañeras intercediendo por ellas en el cielo. De verdad que se había hecho mucho en muy pocos años.

Los primeros años de esta congregación tiene algo de cuento feliz. Se ha dicho que mucha parte del éxito se debía al talento del P. Linckens para adaptarse a las circunstancias. Vio enseguida, que la división en coristas y coadjutoras no ayudaría nada... y prescindió tranquilamente de tal distinción. Tampoco le habría importado si las hermanas no hubieran tenido un hábito religioso particular, para no destacarse demasiado de la gente; y ciertamente las candidatas, "iban todas bien vestidas". En cambio, le encantaba tener "hermanas bonitas". Las hermanas son demasiado modestas para recordar si tuvo igual éxito en este deseo, que en el resto de su obra. Este sentido común y práctico le hizo ver asimismo que, con todo lo Fundador que era, no había necesidad de inventar ningún carisma nuevo. El que tenía ya le servia bien a él y a su Congregación. Sus conferencias, y también los registros históricos, muestran que era este espíritu el que estaba decidido a compartir con ellas; lo que explica por qué las llamó "Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón".

Nota estadística: En el Anuario Pontificio de 1975 se nos dan los números siguientes:

Misioneros del Sagrado Corazón:                         2.771 miembros.

Hijas de Ntra. Sra. del Sagrado Corazón:            1.886 miembros.

Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón:               1.702.

Las mujeres sobrepasan en número a los hombres.

 

 

3.   LA TERCERA ORDEN

El lema del P. Chevalier era que el Sagrado Corazón de Jesús fuese amado en todas partes. Era su deseo que trabajase para tal fin el mayor número posible de gente, y de todos los modos posibles. Tomando como punto de partida a las antiguas Ordenes religiosas, con su Orden primera -la de los hombres-, el grupo segundo -el de las religiosas- y el grupo tercero -el de los piadosos seglares, no religiosos-, el P. Chevalier podía también hablar de una "Orden tercera del Sagrado Corazón". En los Anales franceses encontramos expresiones como ésta:

"Las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, u Orden Segunda fundada por los Misioneros del Sagrado Corazón". En este esquema mental la Orden Tercera es una tercera familia, cuyos miembros comparten la vida, méritos y favores de las dos Ordenes primeras a las que están unidos".

Por otra parte, el P. Chevalier, en su plan original, concebía su Congregación como formada por tres ramas: la primera, o sea, la de los religiosos M.S.C.; la segunda, es decir, la de los sacerdotes diocesanos afiliados; y la tercera, el devoto grupo de los seglares. De hecho, la Bula del Papa Pío IX que concede indulgencias a la Tercera organización la contempla precisamente en este encuadre. Pero esta doble visión hace que las cosas sean un poco complicadas. La historia es todavía más complicada. Comienza en 1864, cuando el P. Chevalier conoció a Luisa Teresa de Montaignac de Chauvance (1825-1885). Ella había empezado en Montluçon cierta fundación centrada en la devoción al Sagrado Corazón y dedicada a diferentes obras piadosas y caritativas. Había sido asistida por los jesuitas y pensó que una unión con los M.S.C., como Tercera la Orden -según el plan original del P. Chevalier-, podría darle a su obra vigor y reputación. En 1865 este grupo de Montluçon y otros grupos en conexión con la Srta. de Montaignac, se transformaron en Tercera Orden de los M.S.C., con ella al frente como superiora. Era una Tercera Orden sólo para mujeres, y sin votos. Los miembros no estaban obligados a vivir en comunidad, aunque algunas lo hacían.

Se progresó, aunque no sin dificultades, en muchas diócesis, incluso fuera de Francia -por ejemplo, el grupo de Catalina Volpicelli (1839-1894), en Nápoles-. Pero la fundación de la señorita Montaignac tenía su vida propia, que se desarrolló independientemente de los M.S.C Debemos confesar, con toda honradez, que los M.S.C. fueron de muy poca ayuda para ella y su grupo. La idea general era buena; el entusiasmo, muy bonito; pero la realización práctica se redujo a casi nada. Ella andaba tanteando su camino; y ellos tanteaban el suyo, y quizá estaban deseando recibir, tanto como dar. Quienes realmente ayudaron al grupo de Montaignac fueron los jesuitas. En consecuencia, la unión con los M.S.C. llegó a su fin en 1874. El grupo siguió adelante y se convirtió en "La Piadosa Unión de las Oblatas del Sagrado Corazón " El grupo de Catalina Volpicellí se convirtió en las "Siervas del Sagrado Corazón". Las causas de beatificación de ambas damas fueron introducidas; en 1911 -la de Volpicelli- y en 1914 -la de Montaignac

El P. Chevalier, sin embargo, pensaba todavía que había seglares que podrían beneficiarse por alguna especie de Tercera Orden, y se hizo una nueva tentativa. Después de 1874. Se redactaron nuevas Reglas y se buscó alguna forma de nueva organización. La idea permaneció en las nuevas Constituciones de los M.S.C. Para él, la Tercera Orden era claramente, para personas de ambos sexos que vivían en el mundo. Debían hacer un "noviciado" y una. "profesión" (o acto de consagración). Cuando el P. Chevalier envió a Roma una petición de indulgencias para la Tercera Orden, dijo: "Hace unos años, con la aprobación de Su Eminencia, el Arzobispo de Bourges, empezamos esta obra...; hoy en día cuenta con unos trescientos, extendidos por las provincias de Francia, y también en Italia, Bélgica, Inglaterra, Austria y Canadá; cada día se agregan nuevas personas."

Con todo, él mismo hubo de admitir: "Hasta el presente el progreso de la Tercera Orden del Sagrado Corazón ha sido bastante lento. Por una parte, la nueva Tercera Orden no era bien conocida y muchos fieles, hasta muchos asociados, estaban ignorantes de los beneficios espirituales concedidos por la Santa Sede. Por otra parte, la joven Congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón, casi desbordada por el número de las importantes y numerosas obras a las que tenía que dedicar su atención, no podía consagrarse como debiera a la propagación de su Tercera Orden. Actualmente se está dando una cuidadosa atención a esta tercera y preciosa rama, de las tres plantadas en Issoudun el 8 de diciembre de 1854". Estas mismas palabras se repiten en la sexta edición de las Reglas para los Terciarios, publicadas en 1902.

Así y todo, la Tercera Orden siguió adelante y recibió a aprobación de cierto número de obispos. Los Anales la mencionan con frecuencia diciendo, en 1905, que” se ha desarrollado en casi todas las partes del mundo".

El P. Lanctin había sido más modesto en una instancia dirigida al Santo Padre en 1904, al hablar de "casi dos mil miembros esparcidos por la mayoría de los países católicos de Europa". Las Normas relativas a religiosos publicadas desde Roma en 1901, pusieron punto final al nombre. Los M.S.C. no podrían tener una Tercera Orden ni tampoco la Segunda. Y así, el 4 de octubre de 1904, la vieja Tercera Orden se transformó en el "Sodalitium Cultorum Sacratissimi Cordis Jesu" -Fraternidad de los devotos del Sagrado Corazón-. El título fue idea de Roma, pero podría mejorarse.

Su historia, a partir de entonces, sería excesivamente larga para consignarla aquí, y probablemente, de escaso interés. Por tanto, concluiremos este breve resumen con dos textos que indican como esa Tercera Orden, tal como la vio el P. Chevalier, entona bien bajo el epígrafe "un espíritu compartido". Tiene que tener, decía él: "un espíritu de amabilidad y humildad, de celo y caridad, de desasimiento y obediencia, de oración y mortificación, que cada cual tratará de adquirir tomando como modelo al Corazón de Jesús y estudiándolo con esmero."

 


[_Principal_]     [_Aborto_]     [_Adopte_a_un_Seminarista_]     [_La Biblia_]     [_Biblioteca_]    [_Blog siempre actual_]     [_Castidad_]     [_Catequesis_]     [_Consultas_]     [_De Regreso_a_Casa_]     [_Domingos_]      [_Espiritualidad_]     [_Flash videos_]    [_Filosofía_]     [_Gráficos_Fotos_]      [_Canto Gregoriano_]     [_Homosexuales_]     [_Humor_]     [_Intercesión_]     [_Islam_]     [_Jóvenes_]     [_Lecturas _Domingos_Fiestas_]     [_Lecturas_Semanales_Tiempo_Ordinario_]     [_Lecturas_Semanales_Adv_Cuar_Pascua_]     [_Mapa_]     [_Liturgia_]     [_María nuestra Madre_]     [_Matrimonio_y_Familia_]     [_La_Santa_Misa_]     [_La_Misa_en_62_historietas_]     [_Misión_Evangelización_]     [_MSC_Misioneros del Sagrado Corazón_]     [_Neocatecumenado_]     [_Novedades_en_nuestro_Sitio_]     [_Persecuciones_]     [_Pornografía_]     [_Reparos_]    [_Gritos de PowerPoint_]     [_Sacerdocip_]     [_Los Santos de Dios_]     [_Las Sectas_]     [_Teología_]     [_Testimonios_]     [_TV_y_Medios_de_Comunicación_]     [_Textos_]     [_Vida_Religiosa_]     [_Vocación_cristiana_]     [_Videos_]     [_Glaube_deutsch_]      [_Ayúdenos_a_los_MSC_]      [_Faith_English_]     [_Utilidades_]