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El Jubileo MSC 150º: El Señor ha hecho cosas grandes - Meditación a partir de la historia

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Meditación A Partir de la historia

Iniciamos nuestro proceso recorriendo de un modo general algunos rasgos de nuestra historia congregacional. A lo largo de los 150 años que estamos conmemorando,  hemos vivido situaciones en las que humanamente se podía pensar que no teníamos futuro. Sin embargo, salimos adelante en todas ellas. Más aún, de muchas de ellas emergimos con más fuerza y entusiasmo. Y es que Dios siempre ha actuado en nuestra vida y nos ha ido conduciendo para realizar la misión según sus planes y no según nuestros proyectos.

Todos sabemos que a lo largo de la historia de la Vida Consagrada han existido momentos muy difíciles. Muchos de ellos se vivieron como consecuencias de enfrentamientos sociales y bélicos; otros iban dirigidos directamente contra los religiosos: las desamortizaciones de los bienes de las Congregaciones y la expulsión de los religiosos han sido acontecimientos relativamente frecuentes  a lo largo de la historia.  Nuestra Congregación, en sus 150 años de vida, y en especial las Provincias de Europa, han sufrido en carne propia estas situaciones. Recordemos brevemente algunas:

*   Conocemos el difícil inicio de nuestra Congregación y los largos años en los que el P. Fundador y el P. Piperon vivieron prácticamente solos. Fue para ellos una prueba dura el ver cómo pasaba el tiempo y la Congregación no crecía.

*   A los 26 años de su existencia, cuando con mucho esfuerzo y a través de diversas vicisitudes se había alcanzado el número de  59 miembros,  se vivió la expulsión de los religiosos de Francia y la desamortización de sus bienes (1880). Sabemos lo que esto significó para nuestra joven Congregación. Fue un momento traumático, pero también fue la oportunidad de nuestra extensión y crecimiento.

Al final de la vida del P. Chevalier una nueva expulsión impidió que nuestro Fundador pasase en paz sus últimos días (1907) y, expulsado, murió en una casa ajena donde le habían hospedado.

*   En septiembre de 1881 se inició nuestra labor misionera. Micronesia y Melanesia fueron dos puntos atractivos para el crecimiento de la Congregación, pero fueron también unos lugares de enorme sangría para la joven Congregación, ya que muchos de sus miembros murieron muy jóvenes a causa de las enfermedades, de la mala nutrición y de la extrema pobreza.

*   Siete años después de la muerte del P. Julio, la primera guerra mundial y su incidencia en las colonias alemanas de Oceanía significaron un duro golpe para varias de las actuales Provincias. La movilización de personal para la guerra, la muerte de muchos de nuestros hermanos y la persecución en las colonias fueron realidades  que cuestionaron seriamente el futuro. (1914-1918). En estos cuatro años la Congregación sólo creció en seis miembros. Contábamos, entonces, con  916 hombres.

*   Las tensiones sociales y políticas que desencadenaron la guerra civil en España, con once MSC asesinados, la mayoría con menos de 28 años, llevaron a la actual Provincia de España a empezar casi de cero su historia. (1936-1939).

*   Durante los 21 años que transcurrieron de la primera a la segunda guerra mundial, nuestra Congregación creció notablemente. En 1939 contábamos con  2.383 miembros. La segunda guerra mundial  significó un momento de intenso dolor en nuestras Provincias y en las misiones que ellas tenían, en especial en Filipinas, Indonesia y Oceanía. La movilización militar, los campos de concentración, las muertes de muchos de los nuestros, la destrucción de la mayoría de nuestras obras produjeron un gran interrogante sobre el futuro de nuestra Congregación en las Provincias y misiones afectadas (1939-1945). Al finalizar la contienda bélica contábamos con 150 personas menos.

*   La guerra  de China, con la muerte de varios MSC alemanes y la expulsión de los mismos, fue otro de los momentos dolorosos de nuestra existencia. (1945-1952).

Si a todos estos acontecimientos de la historia añadimos la intensa crisis interior que vivimos en la Congregación (1891), con las profundas tensiones y los grupos de presión enfrentados unos contra otros, lo que condujo a un silencio sobre la figura del Fundador durante años, podemos afirmar que nuestra Congregación no se desarrolló precisamente en ambientes pacíficos y sin tensiones.

El P. Julio Chevalier, que vivió con intensidad muchas situaciones adversas, mantuvo siempre una constancia, un valor y una confianza enorme en la Providencia de Dios. Estaba seguro de que Dios actuaba entre nosotros y que, a pesar de todo, él hacía cosas grandes en la  “pequeña  Sociedad”. Escribía en el libro sobre el Sagrado Corazón: “el Corazón de Jesús posee todas las virtudes que nosotros solemos admirar más, como el valor, la fuerza, la constancia, la generosidad” (Sacré Coeur, pág. 182).  Su vida de unión con Cristo le condujo a vivir con intensidad estas virtudes que admiraba profundamente.  Nosotros algo hemos heredado de nuestro Fundador y hemos experimentado, también, cómo Dios ha hecho cosas grandes en nosotros ya que en cada uno de los acontecimientos vividos hemos reaccionado, con la gracia del Espíritu Santo, y hemos seguido en nuestro camino de entrega con valor, fuerza, constancia y generosidad.

Hay una frase del P. Julio que ahora nos suena muy familiar y que al tomar conciencia de nuestra historia posee una fuerza especial: “Cuando Dios quiere una obra, para él los obstáculos son medios. Se ríe de la sabiduría humana; desconcierta sus previsiones, llama a la vida a lo que, según ella, no debería jamás ver la luz del día; desarrolla y fortifica en la fecundidad lo que ella había condenado a morir. La fundación y desarrollo de la pequeña sociedad de Misioneros del Sagrado Corazón son una prueba de esta verdad” (1870). Nosotros hemos experimentado la verdad de estas palabras a lo largo de nuestra historia.

Hace tiempo, un grupo de misioneros nos reunimos para hacernos una pregunta ante todos estos hechos históricos: ¿qué nos ayudó a seguir adelante en todas estas circunstancias? Después de una interesante conversación llegamos a la conclusión de que existieron, entre otras gracias de Dios, unos dones bien concretos que nos permitieron seguir adelante:

1.  Nuestra Congregación es netamente una Congregación cristocéntrica. La historia que se vivió con el Fundador nos ayudó a poner el eje de nuestro ser MSC en el amor de Cristo manifestado en su Corazón. La experiencia y vivencia del amor de Cristo ha sido la base de nuestra constancia a pesar de todas las adversidades.

2.  La mayor parte de los MSC proveníamos de familias cristianas y relativamente modestas donde existía  por la misma necesidad un fuerte espíritu de sacrificio. Este se acrecentó más en los que vivieron las difíciles situaciones de los tiempos inmediatos de después de las guerras.  Esta actitud de sacrificio  creció en los años del  Escolasticado con el famoso dicho que muchos de los formadores tenían como norma: “ubi rigor, ibi vigor” (donde hay rigor, ahí hay vigor). Sin entrar en ninguna discusión sobre la validez  del  principio, no podemos negar que se forjaron unas generaciones de hombres  austeros.

3.  Había un ideal claro y común. Un ideal por el que muchos habían optado al ingresar en la Congregación: las misiones  en tierras necesitadas. De hecho, las páginas más gloriosas de la Congregación se escribieron en las misiones, reconociendo que también en los lugares de origen se hicieron cosas notables. Se podría decir con palabras de hoy que había “una mística grupal” que dinamizaba el ser congregacional.

4.  Se estaba abierto a los demás y a las necesidades de la Iglesia, con una búsqueda constante de nuevos campos de acción. Así, cuando se nos cerraba la posibilidad de trabajar en un país o se nos expulsaba de él, se iba a otro con facilidad, aunque significase un gran cambio. Se tenía la actitud de evitar encerrarse en sí mismos como grupo. La postura común de estar con la gente y a su servicio nos ayudó a esta apertura constante.

A estos cuatro puntos llegaron nuestros hermanos en su reflexión sobre lo que Dios nos dio para seguir adelante en todas las circunstancias adversas que vivimos. ¿Qué te parece su opinión? ¿Estás de acuerdo?

Los veinte años que siguieron a la segunda guerra mundial fueron años de notable crecimiento en nuestra Congregación. En 1965 alcanzamos el número más alto de miembros con 3.217.  A partir de este año se inició una época de grandes cambios en todos los ambientes que influyeron en nuestra existencia e iniciamos un claro proceso de disminución de personal. En diciembre del 2001 éramos 2.076 los Misioneros del Sagrado Corazón. Esto significa que en los últimos 36 años hemos disminuido en 1.141 miembros, algo que está en la línea de lo normal con referencia a las demás Congregaciones. Junto a este ambiente de cambio hemos vivido otras circunstancias históricas que también nos afectaron:

*   El proceso de independencia de los países africanos, asiáticos y de Oceanía produjo en varias de las Provincias Europeas  momentos de incertidumbre sobre el porvenir de las misiones en estos continentes. (1960-1970).

*   Las guerras no declaradas en  Centroamérica, con varios hermanos asesinados, nos obligaron a reiniciar nuestra historia en aquellos países. (1978-1992).

*   Los hechos bélicos de África, en especial en el Congo,  han significado momentos de dolor y de profundo cuestionamiento en varias de nuestras Provincias. (1998-2002).

*   La situación de persecución en Ambonia  con el enfrentamiento religioso es un momento sumamente difícil que vive nuestra Provincia de Indonesia (2001-2002).

Fieles a nuestra trayectoria, a pesar de las dificultades de estos años, hemos crecido como Congregación en la estructura y en la extensión territorial. Estamos presentes en 52 países de los cinco continentes. Además de las Provincias históricas en el mundo desarrollado, contamos hoy con las Provincias de Indonesia (1971), de Filipinas (1980), de República Dominicana (1986) y de Papua Nueva Guinea (1988).  Después de los Documentos de Renovación (1969) se formaron varias Regiones con ciertas autonomías de las cuales tres son  desde 1995 Pro Provincias: Centro América, Rio de Janeiro y Curitiba, estas dos en Brasil. Se han formado tres Uniones con la esperanza de una inserción mayor en sus realidades concretas: Unión del África Francófona (1986), Unión del Pacífico (1988) y Unión de la India (1988).

En medio de este mundo en cambio surgió una nueva esperanza con los laicos MSC, que nos manifiestan, entre otras cosas, la validez de nuestro Carisma en los tiempos que se viven.

Al  rememorar todos estos acontecimientos históricos no podemos menos que decir con María: “se alegra nuestro espíritu en Dios…porque el Señor ha hecho cosas grandes en nosotros” (Cfr. Lc 1,49).

 

 

Me lanzo a lo que está por delante

La frase que Pablo escribió a los Filipenses (3, 13) tiene un matiz especial para nosotros en los tiempos que vivimos.  En el inicio del nuevo milenio tenemos que reconocer una realidad: hemos pasado de una época de cambios a un cambio de época.

Estamos sumergidos en el nacimiento de una nueva época en la historia de la humanidad. En cada cambio hay algo que muere y algo que surge con renovada vida, hay una muerte y una resurrección. Nuestra Vida  Consagrada  como apóstoles respondió a una época concreta y con nuestras luces y sombras dimos una respuesta a la misma. En la nueva época tenemos que idear, crear, dejarnos conducir por Dios para forjar un nuevo modo de vida Consagrada apostólica. ¿Cómo será ésta?

Todos conocemos bastantes facetas de la nueva época que está surgiendo, somos conscientes de las líneas fuerza, negativas y positivas, que están en juego en esta aventura. El neoliberalismo económico, el proceso de globalización, los avances de la tecnología, los nuevos campos de la informática y de los medios de comunicación social, la Europa unida, las tensiones por la identidad de los pueblos, las consecuencias del neomodernismo, la secularización galopante, el desprecio de la naturaleza, la falta de justicia y de paz… son cosas en las que hemos pensado con frecuencia. Son aspectos que nos preocupan no sólo en sí mismos, sino también por las consecuencias que llevan consigo y las grandes diferencias que están provocando en la historia de la humanidad. Ante todo esto sería bueno pensar en otros aspectos en los que quizá no hemos reflexionado mucho. He aquí algunos de ellos.

 

Proceso de neodesamortización

Estamos sumergidos en un proceso de neodesamortización. Años atrás se conocían las causas concretas de éstas, se preveían sus acciones, existía un proceso psicológico de preparación para enfrentar los hechos. Hoy día las causas próximas son distintas, su acción diferente, pero las consecuencias son las mismas: hemos perdido casas, hemos tenido que dejar obras, tenemos la sensación de que algunas Provincias están caminando a su desaparición.

Las desamortizaciones anteriores condujeron a una persecución; también hoy existe. Es, en nuestro mundo desarrollado, una persecución sutil, fina, educada, sin violencia física, pero una auténtica persecución. Todos la hemos experimentado especialmente en los medios de comunicación social. Es una persecución que no produce mártires, pero sí personas cansadas o deprimidas o frustradas o indiferentes. Esto puede traer peores consecuencias que las anteriores persecuciones o las que se sufren en otros continentes en la actualidad.

 ¿Causas?  También son distintas. Esta neodesamortización es fruto del secularismo de nuestra cultura, de la negación no teórica pero sí práctica de Dios, del neomodernismo con su drástica fragmentación de la vida. Contra esto es mucho más difícil luchar. La realidad nos recuerda la frase paulina: “nuestra lucha es contra los poderes del infierno”.

 

Camino hacia una nueva cultura

 La cultura va cambiando a gran velocidad. Nos cuesta a veces mantenernos al día en los cambios que se están produciendo. No sólo es el cambio de cultura local, sino universal. Hemos de reconocer que no estábamos preparados para ello. El ritmo de los cambios nos ha sobrepasado. El mismo hecho de una Europa unida nos ha tomado sin una reflexión seria y una respuesta adecuada en las Provincias de Europa. Da la sensación de que estamos perdiendo el tren de la historia o de que no deseamos tomarlo.

En la nueva cultura que inicia con este tiempo de cambio de época, parece que la Vida Consagrada ha perdido su significatividad social y su capacidad de respuesta ante las nuevas tareas donde podríamos servir. Es necesario volver a asumir con valentía la misión profética típica de la Vida Consagrada y tomar conciencia de que no estamos llamados a ser sólo agentes de pastoral institucionalizada en la estructura actual. Nuestra misión abarca mucho más que el ser sustitutos de curas diocesanos o trabajar en ámbitos netamente sociales.

La inmigración es una realidad en la mayoría de los países donde estamos trabajando. Hay dos aspectos a considerar ante esta realidad. Uno es que la inmigración es un factor dinámico del cambio de cultura en los países desarrollados. Dentro de unos años no se podrá hablar de culturas propias. Otro es que el índice de natalidad es muy superior en los inmigrantes y con el paso del tiempo su influencia será aún mucho más fuerte en estos países. ¿Hemos pensado que aquí tenemos un enorme campo de misión?

 

Consecuencias de un proceso

Nuestras Provincias de Europa, así como las del norte del continente Americano y Australia, han sido madres o han ayudado a otras Provincias a serlo. La mayoría han creado hijas que se han independizado y forman las jóvenes Provincias de nuestros antiguos territorios de misión. Es un honor y debemos sentirnos santamente orgullosos. Otras están todavía gestando sus criaturas o educándolas en sus primeros pasos y algunas de éstas empiezan ya a dar señales de una adolescencia con ansia de independencia. Es ley de vida y no podemos oponernos a esto.

Pero, como en todo proceso de maternidad, entendido en sentido amplio, les ha llegado el momento de vivir lo normal de toda madre cuando ha cumplido su misión: la soledad. Las Provincias madres se han quedado solas y por ley de vida envejecidas. Un envejecimiento que se ha acrecentado a causa de la casi ausencia de vocaciones en estos países.

 

Análisis de futuro

En la última Conferencia General de Yakarta se presentó un serio trabajo sobre el futuro de personal en nuestras Provincias para el año 2020. Fue un momento difícil para los Provinciales, de un modo especial para los del  mundo desarrollado.  Este trabajo no es un dogma de fe. El estudio de campo y los análisis y previsiones de futuro, cuando tratan sobre personas, no es algo fijo ni mucho menos infalible, pero ofrece luces para una reflexión seria.

Según este estudio, en el año 2015 la Provincia de Francia tendrá 32 miembros, la de Bélgica 48, la de Holanda 39, la de España 41, la de Austria 46, la de Irlanda 90, la de Italia 15 y la de Alemania 37. Para completar el primer mundo: Australia tendrá 91 miembros, Canadá 15 y Estados Unidos 29.

Con referencia a Asia y Oceanía, estas son las previsiones del mismo estudio: Indonesia contará con 360 miembros, Papua Nueva Guinea con 169, Filipinas con 141, la Unión del Pacífico con 99, India con 36, Corea con 23, Vietnam con 5 y Japón con 2.

Respecto a Latinoamérica: República Dominicana tendrá 63 miembros, Sao Paulo 41, Curitiba 35, Centroamérica 32, Rio de Janeiro 29, Perú 21, Colombia 16, Venezuela 8. No aparecen en el estudio datos sobre Argentina ni Paraguay y tampoco de México.

Por último se señala que la Unión del África Francófona estará compuesta de 43 miembros, mientras que Sur África contará con 7.

La conclusión a la que llega el estudio es que en el año 2015 la Congregación estará compuesta por 1.614 miembros.

 Las reacciones personales ante esto pueden ser muy diversas. Desde una angustia de cara al futuro, hasta una sonrisa recordando la frase de Julio Chevalier: “Dios se ríe de la sabiduría humana”.

 

Ante un reto

Lo cierto es que frente a esto, y a otras muchas cosas más que se podrían decir, se nos presenta todo un reto para nuestro futuro. A  los inicios de una nueva época, Dios nos está ayudando a morir para surgir con nueva fuerza y con nuevas maneras de ser y de hacer en la nueva época de la humanidad. La frase del profeta Isaías tiene que estar presente en cada uno de nosotros en este momento histórico que estamos viviendo: “¿no se acuerdan del pasado, ni caen en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” (Is 43, 18).

La historia tiene que ser, como decía Cicerón, maestra de la vida. No para repetirla, sino para sacar de ella los elementos positivos que nos permitan enfrentarnos con confianza al futuro y en cierto sentido crearlo. La frase paulina con que se iniciaba este capítulo nos estimula a aceptar el reto y el desafío del presente, recordando siempre las palabras del Señor Jesús: “no teman, yo estoy con ustedes”.

No podemos negar que hay una acción clara de Dios sobre nosotros que nos está preparando para dar una respuesta nueva ante la nueva época que está surgiendo en la humanidad. En cada cambio hay algo que muere y algo que permanece. A través del trabajo del P. Cuskelly y su equipo, Dios nos ayudó a profundizar en lo que debe permanecer: el carisma fundacional, la espiritualidad y la misión característica que recibimos por medio del P. Chevalier. Ahora, el Señor nos está haciendo morir a obras, posesiones, métodos de servicio y apostolado que fueron respuestas concretas en una época que desaparece, para que liberados y libres podamos resurgir de nuevo con un nuevo modo de ser y actuar, impregnado del profetismo característico y esencial de la Vida Consagrada. La nueva época necesita, sin duda, profetas y testigos del amor de Dios.

Así, pues, delante de esta interesante época que nos toca vivir, descubrimos el amor y la confianza de Dios en nosotros que nos está invitando a ser constructores de un nuevo modo de Vida Consagrada. ¿Qué caminos debemos crear para volver a ser signos, sacramentos, en nuestro tiempo actual y frente a los males del mismo? ¿Creemos de verdad que Dios sigue contando con nosotros? ¿Qué nos está diciendo y pidiendo Dios en esta realidad?

Ante este reto, recordemos las palabras de Julio Chevalier: “la empresa puede parecer arriesgada, pero tenemos garantía de la bendición divina, y mientras la mano de Dios permanezca con nosotros, la confianza es un deber” (1866).

Por la confianza de Dios en nosotros y su misterioso camino para hacernos renacer, refundarnos, transformarnos y volver a ser signos visibles, inteligibles, claros y concretos del amor de Dios con medios y modos nuevos… ¡demos gracias a Dios!

Recordemos las palabras del Papa en Vita Consecrata: “están llamados a construir una gran historia, Miren el futuro, donde el Espíritu Santo les envía para hacer cosas nuevas”. (V.C. 110).

 

Cantad al Señor

El canto de alabanza al Señor es la consecuencia del agradecimiento y de la admiración por la obra del Señor en la historia. Para que éste nazca del interior del corazón es necesario ser conscientes de la acción de Dios. La toma de conciencia de que la mano de Dios ha estado y está con nosotros, propicia la confianza y la afectividad hacia Dios y con ella la oración se facilita y se convierte en cántico comunitario. Muchas veces oramos poco porque no somos conscientes de las maravillas que Dios hace en nosotros y a través de nosotros. Para vivir la metodología bíblica que se nos propone, vale la pena reflexionar sobre algunos puntos que nos ayuden a cantar agradecidos al Señor.  He aquí algunos de ellos.

 

Porque nos ha elegido

En la vida concreta de todos los Misioneros del Sagrado Corazón, desde el P. Chevalier hasta el último de los neo-profesos, percibimos la acción tierna, amorosa y misericordiosa de Dios. Somos un grupo de hombres a quienes Dios “ha elegido desde antes de la creación del mundo”(Ef 1,4); que hemos experimentado y “conocido el amor que él nos tiene y hemos creído en él” (IJn 4,16); que hemos sido elegidos por Cristo (Cf. Jn 15,16) para estar con él, anunciarlo y liberar a nuestros hermanos del pecado y sus consecuencias (Cf. Mc 3,13s). Somos un grupo de personas en quienes el Espíritu Santo ha actuado, muchas veces con nosotros, otras veces sin nosotros y en ocasiones a pesar de nosotros, para que seamos los hijos adoptivos de Dios y los testigos de su amor, revelado en Jesucristo que nos ama con corazón humano, hasta los confines del mundo. Su acción en nosotros, la fidelidad de Dios, su paciencia infinita y su misericordia sin límites en nuestras vidas es un motivo más que suficiente para cantar al Señor himnos de alegría y de  gozo. Ciertamente, Dios nos ama con amor eterno (Cf. Jer 31,3). 

 

Porque nos ha convocado

Como al grupo apostólico, Dios nos ha convocado para vivir comunitariamente a fin de hacer visible el misterio trinitario en nuestra existencia. Como en los doce, hemos sido convocados de diversos estamentos sociales, de diferentes culturas, con distintas ideologías, con psicologías diversas. No hemos elegido a nuestros compañeros de camino, él nos ha convocado y unido en el lugar teológico de nuestra realización como personas y cristianos, en nuestra “Pequeña Sociedad”, como la llamaba cariñosamente el P. Chevalier.

Como en el grupo de los doce, tenemos todos los aspectos limitados de nuestro ser humano: ambiciones, envidias, tensiones, discusiones e incompatibilidad de caracteres. Aspectos que nos ayudan a forjarnos como hombres, a fiarnos únicamente de Dios, a aprender a morir a nuestro egoísmo y a ser conscientes de que la obra es de él y no nuestra. A lo largo de nuestra vida Dios nos ha puesto compañeros con quienes nos hemos entendido perfectamente, que nos han comprendido, aceptado y valorado. Pero, también, no podemos negarlo, hemos encontrado personas que nos han hecho difícil nuestro proceso. Pero entre todos, Dios ha ido forjando nuestro ser y hacer concreto para ser sus instrumentos en el mundo. Los caminos de Dios siempre son inescrutables, desde lo ínfimo hasta lo máximo. Recordar por su nombre a cada uno de los convocados por Dios en nuestra propia existencia y descubrir cómo todos han sido instrumentos de la acción amorosa de Dios, en nuestro existir concreto y en nuestro proceso de realizarnos como personas, es otro motivo para cantar agradecidos al Señor.

 

Porque nos ha dado una misión

Hemos sido elegidos y convocados para una misión. La misión ha sido históricamente uno de nuestros grandes motores como Congregación. Una misión que, según la intuición del P. Chevalier, está abierta a todos los campos, a todas las necesidades del ser humano. Donde exista una necesidad humana, hay un campo de acción para un Misionero del Sagrado Corazón.

A lo largo de nuestra historia han sido muy variados los modos concretos de nuestro servicio en los lugares donde hemos estado. Pero hay un campo que siempre nos ha movido de un modo especial. Con palabras de hoy podríamos decir que ha sido la opción por los pobres, nuestro espíritu misionero, vivido según las culturas e ideologías de cada época, nos condujo a estar con los más pobres en todos los sentidos. El inicio de nuestra historia misionera en Micronesia y Melanesia, una “santa locura”  de Julio Chevalier, nos marcó congregacionalmente y el afán de estar en los puestos de frontera, a lo largo de nuestra vida como Congregación, ha sido constante. Incluso, cuando se iniciaba una obra con motivaciones diferentes, el Señor nos condujo a lugares sumamente necesitados en todos los aspectos.

Este sentido de misión ha llevado a los miembros de la Congregación a una vida de entrega, de dedicación, de sacrificio, de trabajo constante. Queremos ser conscientes de la respuesta generosa, con frecuencia ilimitada, de todos los miembros a lo largo de nuestros 150 años de existencia.

 

Porque nos ha hecho creativos

Con frecuencia nosotros mismos nos valoramos poco como Congregación, tendríamos que escuchar la opinión de los demás, en especial de la gente con quienes trabajamos, para tomar conciencia de los valores que Dios ha derramado con abundancia en nosotros. A lo largo de nuestros ciento cincuenta años de existencia, entidades y gobiernos han reconocido valores y servicios de muchos hermanos; entre nosotros hay varios que han recibido el título de “Doctor honoris causa” de Universidades, diversas condecoraciones de varios gobiernos, hasta alguno con el título de “sir” del imperio británico, títulos académicos, nombramientos de caballeros de honor de alguna institución mundialmente conocida. Pero no es esto lo verdaderamente importante y es admirable el saber cómo muchos de los que han obtenido estos reconocimientos manifestaron al recibirlos que era a la Congregación y a los Hermanos que habían trabajado con ellos a quienes se honraba. Es de los sencillos a quienes servimos de quienes podemos aprender las maravillas que Dios hace en nosotros. “Están con nosotros”, “son de los nuestros”, “ustedes tienen algo especial”, “su modo de ser es diferente”… son expresiones que hemos escuchado con frecuencia de la gente sencilla. ¿Hemos pensado qué es lo que esto significa? ¿No es un modo creativo en nuestro “estar con la gente”?

El espíritu de trabajo y la creatividad práctica del P. Julio Chevalier es algo que siempre nos llama la atención al leer su vida. Son dos cualidades que la mayoría de los Misioneros del Sagrado Corazón han intentado y estamos intentando vivir.

Recoger todas las iniciativas realizadas en los campos de la evangelización, de la educación e investigación, de la  promoción humana en todo estos años es un trabajo arduo y, sin duda, sería injusto porque nos olvidaríamos de muchos de ellos.

La entrega, la dedicación, el crecimiento constante de cada Misionero del Sagrado Corazón en “ser de Jesús” y con Él servir a los demás es la gran riqueza que tenemos y ha sido una gran fuente de creatividad a lo largo de los años. La necesidad y la pobreza agudizan el ingenio, y estas dos realidades han estado presentes en muchos años de nuestra historia, de ahí la gran variedad y enorme cantidad de iniciativas pequeñas y grandes que ha habido y que abarcan todos los campos de acción.

¿Quién no se acuerda de las iniciativas de Mons. Verius, el primer apóstol de Nueva Guinea, para sintonizar con la gente? ¿De la intuición del P. Vandel, apoyado por el Fundador, de crear una de las primeras escuelas apostólicas de la Iglesia, la Pequeña Obra, que fue durante mucho tiempo semillero de grandes misioneros? ¿Del “obispo de las 150 esposas”? ¿De que fuimos una de las primeras Congregaciones misioneras de origen europeo en aceptar miembros nativos de las misiones entre sus filas?  Podíamos  mencionar los centros educativos perdidos entre las montañas, las carrateras que se abrieron, los centros de salud, los internados para los más pobres, las cooperativas, los medios de comunicación social, los innumerables proyectos de promoción humana especialmente en los países de misión…

En estos campos de avanzada y frontera pudimos poner nuestra creatividad en acción y, bajo la luz del Espíritu Santo, iniciamos una serie de actividades como una acción eclesial cimentada y desarrollada por los laicos como catequistas, responsables de comunidades eclesiales, presidentes de asambleas… a los que intentamos dar una formación especial en Biblia, catequesis, liturgia, teología y, sobre todo, con un compromiso serio por los demás. El Concilio Vaticano II daría, años más tarde, un gran punto de apoyo a estas actividades.

Y una muestra más de nuestra creatividad son las 21 Congregaciones religiosas fundadas por Misioneros del Sagrado Corazón.

Sería interesante que cada Provincia y cada territorio de misión repasara las iniciativas realizadas en las mismas. Puede ser que así nos valoremos más de lo que acostumbramos a hacer y nuestra acción de gracias nos conduciría a un renovado espíritu creativo al servicio del Reino.

 

Porque nos ha hecho fecundos

Por la misión, la Congregación asumió la pérdida en cierto sentido, y el honor en otro, de 68 valiosos hermanos llamados a formar parte del Colegio Apostólico como Obispos.

A través del sentido de misión que el Espíritu Santo ha suscitado en nosotros por medio del Fundador, han surgido nuevas Iglesias locales. En el Pacífico: Tarawa-Nauru y Carolina-Marshalls. En Papua Nueva Guinea: Alotau-Sideia, Bereina, Kavieng, Port Moresby, Rabaul, Kerema, Mendi, Daru. En Indonesia: Merauke, Ambon, Purwokerto, Manado. En Filipinas: Surigao, Tandag, Butuan City y San José en Nueva Ecija. En Australia: Darwin. En Africa: Kaolak (Senegal), Tzaneen (Sud Africa), Mbandaka y Bokungu-Ikela (Congo). En Latinoamérica: Pinheiro (Brasil), Caravelí (Perú) y El Quiché (Guatemala). En China se abrió el Vicariato de Shihtsien en 1937 y se tuvo que dejar por la expulsión en 1952. Si dividimos los 150 años que vamos a cumplir por este número de diócesis, descubrimos que el Espíritu Santo nos fue conduciendo para que en cada cinco años y medio (5,5) de nuestra historia surgiera una nueva Iglesia Local en su Pueblo. ¿No es éste un motivo más para cantar agradecidos al Señor?

 

Porque nos ha hecho renacer

Los Misioneros del Sagrado Corazón ya entrados en años, recordarán, sin duda, la alegría que sentimos cuando el P. José Van Kerckhowen, nuestro Superior General, exponía en plena aula conciliar la idea de que los miembros de las Congregaciones apostólicas tienen el camino de la santidad en su mismo apostolado. Una idea que el Concilio recogió y leemos sus propias palabras en el número 8 del Decreto Perfectae Caritatis: “toda la vida religiosa de sus miembros debe estar imbuida de espíritu apostólico, y toda la acción apostólica, informada de espíritu religioso”. Palabras que se repiten en el nuevo Código de Derecho Canónico en el número 675. Esta idea influyó notablemente en nuestro proceso de renovación postconciliar. En los trabajos de redescubrimiento del Carisma y de nuestra vida como M.S.C., realizados y promovidos por el P. E.J. Cuskelly con su equipo, fuimos tomando conciencia de que la misión es parte integrante de nuestro Carisma y un punto especial de nuestra espiritualidad. Esta realidad nos afianzó en nuestra actitud como consagrados para la misión. Iniciamos, así, una nueva etapa en nuestra vida congregacional donde la valoración, estima y profundización de nuestro Carisma, Espiritualidad y Misión, como de la figura de nuestro Fundador, crecieron notablemente entre nosotros. Nos sentimos orgullosos de ser Misioneros del Sagrado Corazón.

 

Porque nos ha dado una Madre

No podemos olvidar la gran inspiración que tuvo Julio Chevalier al dar cumplimiento a la promesa que había realizado al iniciar nuestra Congregación. El título mariano de Nuestra Señora del Sagrado Corazón es una de nuestras mayores glorias. Mucha gente nos conoce por ella, siempre nos ha precedido en nuestras labores, siempre ha estado presente en nuestros quehaceres. Julio la llamaba “la Fundadora” y, por experiencia, sabemos que ha sido mucho más que esto. María nos ha llevado de la mano en muchas ocasiones, nos ha abierto puertas, dado fortaleza e invitado constantemente a ser cada día más semejantes a su Hijo, introduciéndonos en su Corazón. A lo largo de nuestra historia hemos tenido que dejar campos de acción, pero en ellos han quedado templos, parroquias, y el cariño de un pueblo hacia la Madre, bajo la invocación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Al recordar la intercesión de María y sus efectos en nuestra vida Congregacional y particular, vale la pena, también, cantar alabanzas al Señor.

 

Porque nos ha hecho un gran regalo

Todo es un don gratuito de Dios para con el ser humano. Nuestra vida, tanto la individual como la colectiva, es un regalo del amor de Dios. Podemos jerarquizar los dones y en esta jerarquía, como Congregación, tenemos que reconocer que nuestro Carisma fundacional es un formidable regalo que Dios nos ha hecho para el servicio de su Pueblo. Un don atractivo, con garra, actual y que continúa diciendo mucho a la gente que lo descubre.

Nuestra visión peculiar de Jesús con su amor personal y concreto para cada ser humano, con un amor compasivo y misericordioso, valeroso y fuerte, constante y fiel, que se ofrece como solución a los males que el hombre sufre, continúa siendo un motor de vida para muchos. El modo concreto de vivirlo, que constituye nuestra espiritualidad, tiene unos aspectos que siguen siendo atractivos y llevan una respuesta válida a muchos de los interrogantes e inquietudes que la humanidad se formula hoy. Nuestra misión, que consiste en manifestar lo que vivimos movidos por la visión y la experiencia de vida con Jesús que nos ama con Corazón humano, nos conduce a buscar nuevos caminos y modos para que el ser humano pueda descubrir el interés real y concreto de Cristo por él.

 

Porque nos está preparando para el futuro

Yahvé se manifiesta en la historia, se revela en ella, actúa constantemente en ella. Nuestro Dios se nos da a conocer en la historia, a través de acontecimientos concretos. El acontecimiento máximo es Jesucristo.  No podemos perder de vista el modo de la revelación. Dios, que obra siempre sin cesar, con paciencia divina, respetando el proceso del ser humano, ha actuado y actúa en nuestra historia concreta.  El misterio de su acción se descubre lentamente y todo lo va conduciendo con amor hacia la culminación, hacia el punto omega que es Cristo.

Durante estos últimos años, especialmente en la labor del redescubrimiento de nuestro ser MSC, el Señor nos llevó por un camino de desintoxicación, nos trabajó, a través de mediaciones humanas, para conocer más a fondo nuestro Carisma, Espiritualidad y Misión, para centrarnos más en Cristo que es la revelación máxima del amor de Dios, para abrirnos las mentes a los nuevos signos de los tiempos e intentar así dar respuesta a la llamada a la renovación que nos hizo el Vaticano II.

En este tiempo que vivimos nos va conduciendo por un camino de desmitificación, donde estamos dejando de dar importancia suma a los modos, posesiones y obras concretas a fin de hacernos recordar que nuestro modo de evangelización es principalmente con nuestra vida. Desintoxicados y desmitificados, nos vamos sintiendo libres para iniciar un nuevo camino profético en una nueva época que se nos abre llena de retos y de creatividad. La acción de Dios es clara para el que quiera ver. Su actuar en el aquí y ahora de nuestra historia es un modo patente de su amor por nosotros.

 

Porque nos hace fieles

Dios es fiel, su fidelidad dura por siempre nos enseña la Escritura. Y nos ha dado y da el don de la fidelidad en el lugar teológico donde nos ha convocado.

La vida en fidelidad de cada uno de los Misioneros del Sagrado Corazón es el gran regalo que la Congregación reconoce y por lo que quiere cantar al Señor. La vida de todos, únicos e irrepetibles seres humanos, con sus luces y sombras, sus caídas y levantamientos, sus dudas y esperanzas, su deseo de estar siempre con el Señor Jesús al servicio de los más necesitados es nuestra gloria, nuestro orgullo, nuestro motivo de reconocer que “el Señor ha sido grande con nosotros”. Una vida muchas veces ignorada y vivida en lugares remotos e insalubres, en los lugares de frontera de la Iglesia, en trabajos escondidos y no vistosos, con constancia hasta la muerte.

Los 2.923 hermanos que, hasta el 30 de abril del 2002, nos han dejado para ir ya a la casa del Padre (44 novicios, 119 estudiantes profesos, 824 Hermanos, 1.891 sacerdotes y 45 obispos) y que lucharon por ser personas, cristianos y religiosos según su cultura e ideología; que se esforzaron en ser coherentes y consecuentes en el sí de su entrega; que vivieron su fe en el misterio de su personal, libre,  consciente y total respuesta, misterio que sólo Dios conoce; que alcanzaron la santidad y nos estimulan con su ejemplo; los más de setenta hermanos entre ellos que murieron de un  modo violento por la causa de Cristo y su servicio a los demás; los que después de muertos siguen “siendo ignorados y tenidos en nada” y aquellos en los que se trabaja en su causa de beatificación: P. Julio Chevalier, Mons. Verius, Mons. De Boismenu, los mártires de España y de Baining y probablemente los mártires de Centroamérica, son todos un motivo para cantar agradecidos al Señor.

Pero también lo eres tú en quien Dios hace maravillas, a quien Dios concede el don de la fidelidad y de la perseverancia. Hombre que luchas por ser fiel y por crecer constantemente en el sí de tu primera entrega, en tu ser MSC coherente hasta la muerte.

Ciertamente, tenemos motivos más que de sobra para cantar juntos con el salmista: “el amor de Yahvé por siempre cantaré, de edad en edad anunciará mi boca tu lealtad” (Sal 89,2). “Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad, con arpas de diez cuerdas y laúdes, sobre arpegios de cítaras. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo la obra de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!” (Sal 91,1-2).

 

 

No te llamarán abandonada

Las palabras de Isaías con que iniciamos este capítulo nos suenan familiares. Las rezamos con frecuencia en la liturgia de las horas: “No se dirá jamás de ti “abandonada”, ni de tu tierra se dirá jamás “desolada”, sino que a ti se te llamará “mi complacencia”, y a tu tierra “desposada”. Porque Yahveh se complacerá en ti, y tu tierra será desposada. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su esposa se gozará por ti tu Dios” (Is 62, 4-5). Estas frases que leemos en el profeta tienen, como toda la Sagrada Escritura, diversas explicaciones y una de ellas puede ser con sentido personal. Dentro de la metodología bíblica que estamos intentando revivir, ofrecen una oportunidad de reflexión que vale la pena asumir.

Tú eres lo más importante de la Congregación. Eres un elegido, un convocado, una persona a la que Dios ama con amor eterno, un servidor suyo para dar a conocer su amor en el mundo. Él desea que, como hombre y cristiano, alcances la madurez en nuestra Pequeña Sociedad para que, como dice Jesús, tu gozo sea completo.

Para lograr esto tienes en ti mismo el material necesario. Es el conjunto de características físicas, biológicas, intelectuales, culturales y de fe que posees; son las cualidades, las aptitudes, los valores que tienes. De éstos unos son innatos y otros los has ido adquiriendo con el paso de los años. La unión de todos ellos, junto a la trayectoria de tu vida y al sentido que has dado y das a los hechos vividos, hace que tú seas una persona única e irrepetible, llamada a dejar huella en la historia de la humanidad. Esto es un motivo de satisfacción, pero, también, es una responsabilidad, ya que lo que tú no hagas en tu historia concreta, nadie lo podrá hacer por ti, puesto que no habrá nadie igual a ti en el futuro como no lo hubo en el pasado. ¿Te das cuenta de tu gran valor?

El material que poseemos para hacer nuestra vida tiene una fuerte hipoteca social. San Pedro, en su primera carta, resume así este punto: «que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1 Pe 4,10). En la misma línea San Lucas nos recuerda el mandato del señor de la parábola de las minas: «negocien hasta que vuelva» (Lc 19,13).

Dios ha trabajado en ti. Unas veces contigo, cuando te has abierto a él y le has dejado actuar. Otras sin ti, como una semilla plantada que ha iniciado su invisible proceso vital y que a su tiempo dará fruto. Otras a pesar tuyo, de tus innumerables noes, de tus barreras y oposiciones, buscándote e invitándote de mil modos y maneras, actuando en obras concretas en favor tuyo. El ser consciente de la obra de Dios en tu vida, contigo, sin ti y a pesar de ti, es un aspecto muy válido en tu proceso de llegar a ser una persona cristiana y un consagrado auténtico.

Al tomar conciencia de la obra de Dios en tu vida, al percibir la mano de Dios en tu existencia, pueden surgir en ti tres actitudes que encierran dentro de sí mismas una positiva fuerza dinámica que te ayudará, sin duda, a ir creciendo hasta poder alcanzar el proyecto que Dios tiene sobre ti.

La primera de ellas es que, al tomar conciencia de la obra de Dios en tu vida, brotará en ti la necesidad de mostrarte agradecido. Te admirarás de las acciones concretas que Dios ha realizado en ti a pesar de tu débil y frágil respuesta a su amor. Percibirás cómo nunca te ha dejado y que, con paciencia propia de la divinidad, respetando tu ritmo, él ha estado y está presente en tu caminar histórico.

Una consecuencia de este agradecimiento será poder alcanzar una virtud necesaria en la vida social y cristiana: La humildad. Esta sólo es auténtica en la medida que surge del agradecimiento, del ser consciente de los dones recibidos sin mérito propio y muchas veces habiendo puesto obstáculos reales y de haberse mantenido en una postura de huida del que es el dador de todo don. Con la humildad, posees la condición indispensable para ser aceptado por Dios: «Un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias» (Sal 50,19).

La segunda es que descubrirás la importancia de hacer de tu vida un continuo «sí» a Dios, de estar siempre disponible, dispuesto a cumplir la voluntad de Dios porque te fías de su amor hacia ti. Disponibilidad que se basa en una confianza plena y total en el Señor, al que te aferras como a tu «roca, baluarte y liberador» (Sal 17,1), porque has experimentado que «te guarda como a las niñas de sus ojos». Apoyado en él y disponible no temerás comprometerte con la historia que vives para realizar en ella la misión que se te confía.

La tercera es que encontrarás sentido a la oración. La oración es como el afecto en la comunicación con Dios. Con frecuencia no oramos porque no somos conscientes de lo que Dios ha hecho en nosotros y por nosotros y de lo que quiere realizar por medio nuestro en la historia.

Te invitamos, pues, a rememorar tu trayectoria existencial, fijándote en lo positivo de la misma, para celebrar con alegría la obra de Dios en ti y renovar agradecido el sí que le diste como Misionero del Sagrado Corazón.

Recuerda pausadamente, complaciéndote en cada cosa, las cualidades, aptitudes y dones que tienes y los hechos positivos que se han dado en tu vida y que  han ido forjando y creando en ti unas actitudes que forman parte de tu ser. No te olvides que lo importante no es lo que te han hecho o te ha pasado, sino el sentido que tú das a cada acontecimiento de tu vida. De esta manera, hasta lo que objetivamente es negativo se puede convertir en algo positivo de tu existencia.

 

*   Recuerda el universo que Dios ha creado para ti y lo que más admiras de él.  Los momentos que has disfrutado de las maravillas de la naturaleza y pregúntate sobre el  por qué de esta experiencia.

 

*   Contempla una por una las cualidades físicas que tienes. Las aptitudes innatas con las que has nacido. Los valores y la formación que has recibido en tu hogar. Las personas que te han ayudado en los primeros años de tu vida. El ambiente social donde te has desarrollado.

 

*   Repasa tu proceso de formación intelectual y psicológica. Recuerda a las personas que contribuyeron en tu formación. Los amigos que has tenido y las personas que dificultaron tu caminar ya que ellas también te han ayudado a crear ciertas actitudes en tu vida.

 

*   Jerarquiza los valores de tu carácter y temperamento. Piensa en tu proceso de madurez emocional y afectiva, relacional y social, intelectual y profesional. Reflexiona sobre tu crecimiento a lo largo de tu vida en tu capacidad de responsabilidad, de iniciativa, de humor, del saber dar nuevos sentidos a los hechos adversos y a los problemas y crisis que has tenido.

 

*   Admira las circunstancias concretas de tu vida física, psicológica, moral y de fe; los momentos más alegres que has pasado y las situaciones más difíciles que has vivido. Gózate al ver cómo has salido adelante siempre y, con frecuencia, robustecido.

 

*   Recorre tu camino de fe. El amor concreto y particular de Dios en tu vida de filiación adoptiva y de consagrado.  Recuerda el momento concreto de tu encuentro vital con el Señor; el instante de tu opción personal, libre, consciente y  total por él; la ilusión del sí de tu entrega; la experiencia de tu ordenación sacerdotal; la paciencia de Dios contigo y cómo nunca se ha arrepentido de haberte llamado y elegido. Descubre gozoso cómo nunca te ha dejado y en las circunstancias donde más débil te has sentido cómo él ha actuado en ti.

 

*   Piensa en tu vida de apóstol. En el bien que has hecho. En los momentos en que has palpado que eres ministro de Dios y él actuaba en ti. En las personas que te han ayudado a permanecer firme en tu misión. En cómo has sido instrumento del amor de Dios para muchos.

 

No tengas miedo a perder tiempo en todo esto. Cuanto más conscientes seamos de las maravillas de Dios en nuestra vida, con nosotros, sin nosotros y a pesar nuestro, más auténticos seremos y más alegremente viviremos nuestro ser de Dios y para Dios en la Vida Consagrada. Si lo haces tranquilamente, con detalle, podrás experimentar con ilusión las palabras de Yahvé:  “te he amado con amor eterno”. Y la frase tan querida por nosotros de la primera carta de Juan tendrá un sentido especial porque conocerás el amor particular, concreto, activo, visible, con detalles precisos de Dios hacia ti y creerás más en él. (Cfr. I Jn 4,16).

Verdaderamente eres lo más importante de la Congregación. Pero piensa un poco más. Tu hermano, la persona convocada por Dios para vivir contigo, tiene su propia historia y también Dios ha hecho maravillas en él. Reflexionar en los aspectos positivos del hermano que convive con nosotros, en la acción de Dios en su vida, es un aspecto que nos ayudará, sin duda, a vivir más en profundidad nuestra vida comunitaria. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Hay muchas más realidades positivas que negativas en todos los miembros de la Congregación y tomar conciencia de ellas será un medio que impedirá o nos ayudará a superar las críticas negativas, imposibilitará etiquetar al otro y nos hará descubrir al hermano como la persona a quien Dios ama y así crecerá nuestro amor mutuo y viviremos el estilo comunitario que soñó el P. Chevalier: ¨nadie nos puede superar en obediencia y caridad fraterna”.

La Congregación no es un ente de razón, es un acontecimiento real que depende de lo que sus miembros son. Si todos somos una obra de Dios, también lo es la Congregación y las palabras de Isaías con que iniciábamos este capítulo pueden entenderse en un aspecto colectivo. No nos llamarán “abandonada”.

Contemplando en oración todo lo que Dios ha hecho en ti, te preguntarás asombrado: “¿cómo le pagaré al Señor por todos los beneficios que he recibido?”. Y resurgirá en ti el primer amor, el celo por la causa de Yahvé, el ansia de evangelizar, el deseo de ser profeta y gritar a los cuatro vientos que Dios es amor y actúa de verdad. Y así, la Congregación volverá a su intuición primera y seremos los nuevos testigos del amor de Dios en el nuevo mundo que emerge.

 


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