El Beato ToRot


FLOR GRANATE EN EL DESIERTO PAGANO

El 17 de Enero de 1995, Juan Pablo II, durante su visita pastoral a Papua‑Nueva Guinea, beatificó en Port Moresby (Nueva Bretaña) a PEDRO TO ROT, catequista y mártir. Es fruto significativo de la evangelización que, desde 1882, realizan en aquellas latitudes los Misioneros del Sagrado Corazón Una tierra, que, a la llegada de los primeros misioneros, se contaba entre las más primitivas del mundo entre cuyos habitantes se observaban prácticas de canibalismo, es hoy una floreciente cristiandad, con clero indígena y vida religiosa pujante. Fueron necesarios los esfuerzos denodados de muchos misioneros, en medio de sacrificios, penalidades, también persecuciones, coronadas en ocasiones con el martirio. El catequista Pedro To Rot, ahora beatificado, es un ejemplo.

 

INFANCIA

Angel To Puia, jefe respetado y rico, vivía con su esposa, María Ja Tumul, una mujer honrada y silenciosa, en la aldea de Rakunai, en el extremo nororiental de Nueva Bretaña. Hombre de gran influencia entre los suyos, la tribu Gunantuna, era considerado como padre y protector, cuyo consejo se buscaba y cuyas opiniones contaban en orden a la vida de la comunidad.

Tuvieron seis hijos. Los dos últimos murieron muy niños aún. Pedro era el tercero. Nació en 1912. Se hizo notar enseguida por su docilidad y obediencia, aunque estaba adornado de un carácter enérgico.

Su padre vió en él a su futuro sucesor al frente de su pueblo de Rakunai, lo que le indujo a no mimarle nunca, aconsejarle, reprenderle, incluso castigarle en los fallos, aunque fueran mínimos.

 Comienza a frecuentar la escuela de la misión hacia los siete años y no falta ni un sólo día, a no ser  por causa de enfermedad: Detalle significativo, tanto del cuidado de sus padres, como del pundonor del niño, en un pueblo en que no había obligación de asistencia a la escuela, y, peor aún, en una tribu que no se distinguía precisamente por su afición a las ideas y costumbres cristianas. Los niños se sentían independientes, libres; vivían con quien les apetecía, ya fuera con su padre, ya con alguno de los tíos  maternos, siempre bajo el dominio consuetudinario de la madre, en una sociedad con muchos elementos de matriarcado clásico.

To Rot era inteligente, captaba enseguida los temas y acostumbraba a estar muy atento. “Era el primero en responder a las cuestiones del maestro”.

declara uno de sus antiguos condiscípulos. Otro subraya su afición a aprenderse pasajes de la Biblia y

recitarlos sin equivocaciones. Disposiciones que le valieron ser admitido a la primera Comunión en edad muy temprana.

  ‑ “Todos conocíamos su actitud religiosa”, declara el catequista To Labit, era humilde y muy devoto del Santísimo. Algunos chicos iban a la iglesia sólo a mirar a todos lados.., él, en cambio, venía porque Jesús estaba en el Sagrario.

Era un jefe nato. Sus compañeros aceptaban de buen grado su dirección en juegos y trabajos. Le obedecían y sobre todos ejercía una saludable influencia: Les apartaba a menudo de los hurtos a que tan aficionados son los niños, pidiendo a los dueños permiso para coger algunos frutos de los árboles y repartirlos entre todos. Es cierto que en más de una ocasión participó en juegos un tanto comprometidos y profirió palabras malsonantes; pero, en cuanto advertía que el asunto revestía visos de gravedad, inmediatamente se aferraba a sus principios cristianos y se alejaba.

Fué el primero en ofrecerse cuando el Misionero buscó acólitos que asistieran con regularidad a las funciones del templo. Nunca dejó de levantar su mano en gesto afirmativo cuando en la escuela se preguntaba sobre quién había hecho las oraciones de la mañana y de la noche. Y cuando se pedía una relación de las actividades del día anterior, la de To Rot comenzaba invariablemente señalando su oración de la mañana, para anotar a continuación el cumplimiento de las diferentes tareas que sus padres le habían asignado.

Después de las clases, se dirigía a casa. Su padre le hacía preguntas y Pedro explicaba cuanto había aprendido. La felicitación de su padre le estimulaba. Ayudaba luego en las faenas domésticas o en los encargos que le hacían. Obtuvo el permiso de su padre para hacer personalmente una plantación y él mismo cuidaba asiduamente de ella. Se llevaban muy bien todos los hermanos y Pedro procuraba en todo momento evitar las peleas. Su hermana aseguraba que nunca se había peleado con él.

Con todos se mostraba educado y servicial y la gente le quería. Aunque hijo del gran jefe, no sabía de arrogancias, ni de altanería. Su predilección por los pobres era notoria. A menudo trepaba a los cocoteros para cortarles el preciado fruto.

Siguiendo las costumbres de la tribu, visitaba a su tío To Livuana y se le ofrecía laborioso y obediente. Pero su padre no le permitía estancias prolongadas fuera de su casa, prefería tenerlo junto a sí

Nadie crea que Pedro To Rot había nacido santo. Sus travesuras merecieron en más de una ocasión la reprensión y el castigo por parte de su padre. Un día el maestro se enfadó con él y hubo de propinarle un cachete. El compañero de escuela que lo narra no recuerda el motivo. Otra vez, durante la clase de redacción, escribió en su pizarra una fogosa carta de amor adolescente y se la enseñó después de la escuela a Teresa Ja Vinevel. Esta lo comunicó a sus propios padres. To Rot lo reconoció enseguida y la borró para poder hacer las cuentas.

 

 

AÑOS DE JUVENTUD

Convertido en un joven vigoroso y de buen ver, abandona la escuela; pero no la instrucción. Todas las ocasiones y todas las lecturas a que puede tener acceso son buenas para incrementarla.

Sus excelentes disposiciones no pudieron menos de llamar la atención del Misionero, que soñó con verlo un día subir al altar como sacerdote. Expuso su pensamiento al padre de Pedro, que reaccionó muy juiciosamente:

‑ No, Padre, le dijo con una sombra de pena en sus ojos, yo creo que nadie de nuestra generación sea idóneo para el sacerdocio. Demasiado prematuro. Quizá a alguno de mis nietos o biznietos le quepa ese honor. No obstante, si juzga que Pedro puede hacer un buen papel como catequista, no tengo inconveniente en enviarle a la Escuela de Catequistas de Taliligap.

Dicho y hecho. En el otoño de 1930 emprendía el viaje hacia la Escuela de Catequistas. El P. Carlos Laufer, el misionero que había tenido la iniciativa, le despedía con su bendición al tiempo que le aconsejaba:

 ‑Sé bueno. Pórtate bien.

 ‑ Lo será, replicó rápido su padre, de lo contrario no será mi hijo.

 

 

EN LA ESCUELA  DE CATEQUISTAS

 Al ingresar en la Escuela de Catequistas de Tililigap su preocupación primera fué la de adaptarse. Preguntó a los alumnos veteranos y se acomodó, desde el principio, a los usos y costumbres imperantes.

Loable por su comportamiento en clase, miraba hacia adelante y, silencioso, se mostraba atento a las diferentes explicaciones. De vez en cuando participaba en las bromas de sus compañeros; pero volvía a su compostura habitual, en cuanto el profesor hacía la más mínima llamada al orden.

Tampoco rehuía el trabajo manual, como medio de subvenir a las necesidades de la escuela. Dotado de salud excelente y de un cuerpo robusto, seguía las directrices impartidas y no abandonaba una tarea, ni siquiera cuando apretaba el calor, pues ya se había dado cuenta del valor penitencial del trabajo. 

Frecuentaba con gusto la oración. Rezaba con auténtico fervor. Pasaba por la iglesia antes de ir al trabajo, también a la vuelta, y después de las comidas, y varias veces a lo largo del día, cuando las clases le dejaban algún tiempo libre. Sentía profundo amor a Jesús Sacramentado. Comulgaba diariamente, percatándose de que Jesús era la vida y fuerza de sus obreros.

En la Escuela de Catequistas había tiempos dedicados al deporte y expansión. A Pedro le gustaba. Participaba en el fútbol y en otros juegos. Rehuía, empero las discusiones que se originaban. De temperamento alegre y bromista, cuando dos compañeros se pegaban, les hablaba bromeando, a fin de hacerles reír y lograr que el enfado se fuera disipando. Si alguno le molestaban, ni siquiera pasaba por su mente la idea de resarcirse.

Un día cualquiera, jugaban en la calle un grupo de estudiantes. Uno de ellos se empeñó en molestarles, hasta tal punto que el resto, indignados, le ataron de pies y manos y lo dejaron abandonado a su suerte. Pedro contemplaba la escena un tanto alejado; cuando se marcharon, se acercó, desató al desventurado camorrista, corrió al encuentro de los otros, solicitando disculpas, y no abandonó al compañero hasta haber logrado que le dejaran en paz, olvidando el incidente.

Si alguno de sus compañeros sentía hastío por la vida en la Escuela y quería marcharse, siempre escuchaba de Pedro palabras de aliento, que le hacían desistir de su propósito.

 

EL CATEQUISTA

No fue prolongada su estancia en la Escuela. Su párroco le necesitaba y le llamó antes de terminar el tercer año. Regresó a casa para convertirse en le catequista más joven de la zona de Rakunai. Era a principios de 1933.

Sus compañeros catequistas recalcan, en sus recuerdos, la modestia y sencillez de Pedro. Se dejaba guiar en su trabajo y aceptaba con gusto los consejos de los veteranos. Bien pronto, sin embargo, hubieron de reconocer su superioridad y acatar con gusto su indiscutible liderazgo, aunque fuese el más joven de todos.

Su actitud no sufrió cambios. Continuó modesto, amable, sencillo, de suerte que logró que entre ellos no hubiera nunca disensiones, ni envidias, ni resquemores.

Con frecuencia iba, por las tardes, a visitar a su Párroco. Quería continuar su formación. Le planteaba las cuestiones a las que él no encontraba respuesta.

No le importaba sólo saber cosas: le importaba sobre todo, penetrarlas hasta el fondo, lo que no era, a la verdad, fenómeno frecuente entre los nativos.

En la escuela de la misión se dedicaba con tesón a la transmisión de los conocimientos recibidos. No le gustaba impartir clases fuera del horario, pero jamás lo rehuyó cuando se le pedía.

Durante su tiempo libre, visitaba a mucha gente, en particular, a los enfermos. Si alguno revestía especial gravedad, le visitaba con más frecuencia y se ingeniaba para llevarle medicinas.

Se le apreció mucho entre la gente como catequistas. “No hubo un catequista tan bueno como Pedro”, asegura To Uratun, uno de los que se beneficiaron de su enseñanza. Claro en sus exposiciones, sabía responder a las preguntas, pues se había preparado concienzudamente. A la gente le resultaban agradables sus clases. Sencillo y amable, no se enfadaba ni se dejaba dominar por arranques de genio, sabía controlarse.

Se las componía, razonando amigable e incisivamente, para mediar entre los enemistados, hasta restablecer las buenas relaciones, con satisfacción por ambas partes.

Nunca, en sus actuaciones como catequista, persiguió el halago de nadie. Enseñaba 1a fe y defendía abiertamente la moral católica. Si era necesario, también reprendía. Una noche, él, acompañado de algunos amigos, fue a Vunadidir, cogió los amuletos mágicos, que la gente había escondido y no dudó en reprenderles enérgicamente, echándoles en cara su falso cristianismo.

Sus reprensiones  - la gente se daba cuenta - no provenían de enfado momentáneo o de un carácter atrabiliario. Eran hijas de su celo ardiente, de su amor de auténtico pastor. Todo el mundo se percataba de que sus palabras nacían de su profunda vivencia. El mismo lo vivía, antes de enseñarlo. Practicaba lo que predicaba. El jefe Tata recuerda con elogio el buen ejemplo que Pedro ofrecía a sus paisanos.

Se mostraba consecuente con su  fe, al revés de los catequistas protestantes. No buscaba su encuentro, pero tampoco lo rehuía. En más de una  ocasión les advirtió amablemente: “Ustedes se limitan a repetir lo que se les dice, pero no demuestran haberlo entendido”.

La gente recuerda con encomio la caridad de Pedro, su preocupación por los indiferentes y por los pecadores. Trataba de ganarlos con palabras amables y buenos consejos. Animaba a los que se alejaban de la iglesia y de la participación en los sacramentos, y procuraba su retorno.

Con su Párroco se mostraba igualmente leal y claro.  Nunca le ocultó nada. le comunicaba cuanto sucedía  y las dificultades encontradas. Delante de la gente, le defendía abierta y decididamente, cuando era necesario. Hasta es posible que por esto se enajenara algunas  voluntades. Mientras duró la paz, nadie mostró su descontento.

Viviendo aún su anciano padre, Pedro representaba en cierto modo la autoridad del gran jefe, que le apoyaba en privado y en público.

Cuando murió el 14 de Septiembre de 1937, Pedro, ya casado, añadió a sus solicitudes habituales, el cuidado amoroso de su querida madre.

A nadie extrañaba oír a testigos oculares declarar que le habían visto rezar a solas tanto en la iglesia, como en la granja.

Era un hecho cotidiano. Asistía a los diferentes oficios religiosos y comulgaba diariamente. Un hombre como él necesitaba la energía que sólo puede encontrarse en la oración personal, en la unión íntima con el Señor. Y más todavía cuando comenzó la guerra, con su secuela de miedos y dificultades.

Contra lo que se esperaba, tras la invasión de las islas, los japoneses arrestaron al P. Laufer. Pedro temió la profanación del Santísimo, que continuaba en la iglesia. Con todo respeto llevó a su caso el copón con las hostias consagradas, lo depositó en el lugar que le pareció más adecuado y encendió una lamparilla. Distribuía la Sagrada Comunión y se preparaba muy fervorosamente él mismo para comulgar. Antes de tocar las sagradas formas, movido por la reverencia hacia el Santísimo, envolvía los dedos pulgar e índice en un paño blanco.

 

 

EL ESPOSO

La única fecha que, en la vida de Pedro To Rot, puede señalarse como cierta y segura, es la de su matrimonio canónico. Se casó con Paula Ja Varpit el 11 de Noviembre de 1936 en la iglesia de Rakunai. Paula había nacido el 27 de Junio de 1920 en Ramalmal; pero, a los catorce años había venido a la granja de su madre en Rakunai. Asistía a la escuela de la misión y fué así cómo se convirtió en alumna de Pedro To Rot, su futuro marido.

Siguiendo costumbres ancestrales, la familia de Pedro ofreció a la familia de Paula determinada cantidad de regalos, como collares de conchas, utensilios de mil especies, etc. como "pago" por la hija para su entrega en matrimonio a Pedro.

Ambos, ya conscientes de lo que significaba el matrimonio cristiano, tomaron aquel acto como verdadera promesa de matrimonio hasta el momento de contraerlo según las normas cristianas. Todo ello no impidió que Pedro continuase dando clases a su prometida, sin que la nueva situación supusiera ningún privilegio para la alumna. Una vez, por soñar despierta, la distraída Paula se vio de rodillas y con los brazos en cruz durante un buen rato, como acontecía, por la misma razón, con otros alumnos.

El matrimonio fué muy feliz, aunque, al principio tuvieran sus dificultades. Lo cuenta Paula: “En lo comienzos tuvimos algunas peleas. La razón era que yo era un poco dura de mollera". Pero en situaciones de diferencia de opinión, era normalmente Pedro quien cedía primero. Hacía por su esposa cuanto estaba en su mano y acentuaba sus cuidados cuando le sobrevenía alguna ligera enfermedad.

Rezaban juntos por la mañana y por la tarde. El la hacía partícipe de todas sus inquietudes, especialmente durante la ocupación japonesa, cuando, debido a las caóticas circunstancias de la guerra, algunos rehusaban seguir las indicaciones del catequista e incluso su propio hermano Tatamay andaba desorientado.

Nació su primer hijo el 5 de Diciembre de 1939. Lo llamaron To Puya, en memoria del abuelo, ya difunto, y en el bautismo le impusieron el nombre cristiano de Andrés. Anota To Burangan, compañero de escuela de Pedro, que éste rezaba muy a menudo por su esposa y por sus hijos, especialmente por su primogénito. Le sacaba de paseo, le cuidaba, jugaba con él, de suerte que Andrés pasaba más tiempo con su padre que con su madre.

Dos años más tarde, en 1942, cuando ya la ocupación japonesa había comenzado, nació una niña, Rufina Ja Mama. No cabe duda de que la vida de Pedro To Rot como esposo y como padre fué ejemplar. Tenemos un testimonio espléndido en la declaración de su tío, el jefe Tarúe: "To Rot, afirma, era un hombre íntegramente bueno, que nunca decepcionó. Eran sus palabras tan buenas como sus hechos. Pensaba sólo en la religión. Su matrimonio fué para él sagrado y luchó contra la secularización del vínculo, defendida por otros”.

Cuando prematuramente le fué arrancado a los suyos y martirizado, su esposa creyó enloquecer. Tenía, a la sazón, 25 años. A pesar de su juventud, no quería oír hablar de nuevo matrimonio: "Nunca encontraré un hombre como Pedro". Mas, a la vuelta de algunos años, presionada por los parientes y para atender al bien de sus hijos, tan pequeños, aceptó casarse de nuevo.

Llegados los japoneses a Vunapope, internaron a todos los misioneros, quedando en suspenso la escolarización. El P. Laufer obtuvo permiso de la policía japonesa para regresar a Rakunai. Mas, a las pocas semanas, después de Pascua del 42, desembarca en Vunapope la infantería de marina japonesa y le ordena, tanto a él como al P. Wendi y a las Hermanas MSC, dirigirse a Vunapope. La gente quedaba sola.

Es el momento en que la fe y la decisión del valiente catequista Pedro To Rot se manifiesta más pujante, al igual que el amor del pastor por su pueblo y la compasión por los más afectados por la guerra. Se consideraba responsable de la comunidad, llamado a cuidar de todo el pueblo de Rakunai, atender a los enfermos, los moribundos y los prisioneros.

Trató de llevarse muy bien con los soldados japoneses destacados en Rakunai. Les visitaba al atardecer, como antes hacía con su párroco. Hablaba con ellos de religión y se interesaba por su idioma.

Cuando notó que la situación se tornaba por momentos más peligrosa, recomendó a la gente que, como medida de seguridad, fuera retirando los objetos de la iglesia y de la casa del párroco y lo llevaran a sus granjas respectivas hasta tiempos mejores.

Celebraba ceremonias religiosas y continuó impartiendo clases a los niños. Bautizó a los recién nacidos y unió en matrimonio a las parejas católicas. Pidió a los católicos que se le unieran en peregrinación a Bitagalip. Era una caminata de seis a siete horas; pero allí, el P. Jünemann gozaba de cierta libertad y podía administrarles los sacramentos. Fueron muchos los que le acompañaron.

La iglesia y la casa parroquial quedaron destruidas durante el primer año de guerra. To Rot procuró que la gente levantara una nueva iglesia en la selva. cerca de Palnalama, y allí continuaron los servicios religiosos y la catequesis. Antes de finales de 1943 japoneses prohibieron vivir en las granjas y todos se dispersaron por la selva, si bien los domingos venían a la iglesia, para orar y celebrar funciones religiosas, hasta que, incluso esto. fue prohibido. Sólo pudo celebrar una Navidad en la nueva iglesia.

Pedro, en esta época, se ocupó especialmente de los enfermos y de los moribundos. Les visitaba, les exhortaba al arrepentimiento, les preparaba a bien morir: si sobrevenía la muerte, cumplía con ellos la última obra de misericordia, dándoles sepultura cristiana. Cuando le fue oficialmente prohibido, continuó haciéndolo en secreto, incluso durante la noche, sin temer las desagradables consecuencias a que se exponía. “Ante todo, la obra de Dios”, era su máxima.

Con frecuencia tomaba el largo camino hasta Vunapope para buscar las Sagradas Formas y poder administrar el Viático a los moribundos. Aprovechaba estas ocasiones para invitar a las gentes a la adoración del Santísimo.

En el tiempo en que las estaciones misioneras se vieron sin sacerdote, Pedro visitaba aquellos puestos de misión, en que había otros catequistas, para animarlos y exhortarlos; instruía al pueblo y celebraba matrimonios. A medida que los desplazamientos se hicieron más difíciles, les escribía breves notas de consejo y orientación. Así lo atestigua el catequista To Jura, de Vunadidir, uno de los beneficiados con las preciosas exhortaciones de Pedro To Rot.

Cuidaba con amor a los prisioneros. Preocupación primordial constituía la situación de su Párroco, internado en un campo de concentración . Pedro se las ingeniaba para reunir huevos y otros alimentos, esperaba a la noche y, hurtando la vigilancia, se los llevaba.

Cuando, a causa de lo enrarecida que se había tornado la situación, fueron los misioneros trasladados de Vunapope y se les construyó un campamento en medio de la selva, Pedro organizó una recogida de alimentos, ropa, utensilios diversos e, incluso, un camión japonés para el transporte: pero. llegados al campamento, todo fue requisado por la policía japonesa.

En Navidad del 44 Se enteró Pedro de que cuatro Hermanas MSC, recién capturadas por los japoneses, pasaban por Punarama, conducidas por los soldados desde Baining, donde trabajaban, para ser internadas en Ramale. Se trasladó inmediatamente a aquella población, llevándoles alimentos y solicitando de la población que les ayudara. Eran las Hermanas Dorotea, Gertrudis, Elena y Luisa. Confiesa la Ha. Gertrudis que, durante los diez y siete días que estuvieron retenidas en el campo de concentración de Vunaira (Punarama), no les faltaron alimentos, ni jabón, ni quinina. Cuando se fueron, les pidió To Rot que presentaran sus respetos al P. Laufer y le comunicaran los bautizos, bodas y funerales que había celebrado en su ausencia.

A Vunalaka, filial de Rakunai, eran conducidos, de vez en cuando, algunos prisioneros procedentes de Célebes. Llegó un día a oídos de To Rot el hambre que pasaban . Sin pensarlo dos veces, cogió una gallina, la cocinó, corrió a donde estaban los prisioneros y se la pasó en secreto. Fue grande la tristeza de estos hombres cuando más adelante se enteraron del asesinato del catequista.

 

DEFENSA DE LA SANTIDAD DEL MATRIMONIO

 Las dificultades en torno a la unidad e indisolubilidad del matrimonio, en el distrito confiado a Pedro To Rot. aparecieron, o por lo menos se agravaron, en el transcurso de una reunión mantenida en Vunakalkalulu. Allí tenía su residencia el todopoderoso jefe To Poe. Bajo su jurisdicción estaba parte del distrito misionero de Rakunai y también Nangnagunan y Vunakala, cuyos jefes inmediatos eran To Lapar y To Vue, respectivamente.

 

Es el mismo To Poe quien ofrece al respecto el relato siguiente:

Un día, la policía japonesa estacionada en Kalkalulu. Convoca a todos los jefes. Eran miembros del Mincebu, la Administración Civil Japonesa. Kueka San, oficial japonés, propuso a los jefes que tomaran una segunda mujer. Algunos se mostraron encantados. To Vue apoyó la propuesta, To Lapar la rechazó. Ambos pertenecían al distrito de Rakunai. Era evidente que esta reunión habría de aportar dificultades muy serias a aquellos católicos recién convertidos, que, además, carecían del apoyo de un sacerdote. Aquí comenzó la lucha de Pedro To Rot en defensa de la unidad e indisolubilidad del matrimonio.

El primero en intentar el matrimonio polígamo fue el joven policía indígena To Metapa, de la agrupación de policía japonesa de Vunaiara en Navunaram. Era metodista, nativo de Nodup. Con la pretensión de convertirla en su segunda esposa, trató de ganarse el afecto y los favores de Ja Mentil, mujer casada válidamente por la Iglesia Católica con To Vinau, y enemistarla con éste. El tío de Ja Mentil, también metodista, se opuso al plan y Pedro To Rot consiguió hacer fracasar definitivamente el intento. Sin embargo el joven policía To Metapa jamás lo olvidó.

Siguieron otros casos: To Kabang, juez auxiliar del jefe To Lapar, tomó a Ja Lop como segunda esposa. To Lapar apoyaba al catequista Pedro To Rot sin reservas. Invitó a Tarue, el jefe de  Navunaram, a solucionar el caso. Ambos trataron de convencer a To Kabang para que desistiera de su ominoso propósito. Desgraciadamente no lo consiguieron.

El segundo caso fue el de To Anot, juez auxiliar en Rakunai, que forzó a seguirle a Ja Palaka, mujer casada con Tarere.

Incluso el propio jefe de To Rot, Tata, sucesor del viejo To Puya, padeció una fuerte tentación, deseando a Ja Varvay: pero alguien se le adelantó y le dejó sin novia.

Fueron tiempos difíciles para Pedro To Rot; pero jamás se dio por vencido. El, único responsable religioso en el distrito, a causa de la reclusión del Misionero, se sentía impelido por su conciencia a decir serenamente: “'No puedes hacer eso”.

Y lo decía. En este aspecto, con nadie se comprometía. Y arrostraba el disgusto de los japoneses, que se servían de los polígamos, nombrándoles jefes o adjuntos. Cuenta el Jefe Tarue, cuya residencia se alzaba al lado del puesto de policía, que los japoneses aconsejaron al joven policía To Metapa presentar su caso ante la policía judicial japonesa. Todo el mundo estaba enterado del asunto Metapa.

To Rot, consecuente con su carácter apacible y en vista de las particulares circunstancias que atravesaban, nunca actuó ni brusca, ni apasionadamente con reprensiones destempladas o castigos. Siguió siempre, en situaciones tan espinosas, fiel a sus principios de amabilidad y persuasión.

Cuando To Metapa deseaba a Ja Mentil como segunda esposa, el tío de ésta se puso furioso ante tal pretensión y retuvo a su sobrina, alegando derechos de protección, que le correspondían, según las leyes del matriarcado, vigentes a la sazón. El desilusionado novio recurrió a las autoridades japonesas, hizo comparecer a tío y marido para castigarlos por su negativa a entregarle a su pretendida; arrestó al marido y le tuvo atado a un árbol durante dos días.

En cuanto To Rot se enteró, hizo que Ja Mentil, que era católica, se trasladase a Rakunai, y, en presencia del jefe Tata, la convenció para que fuera fiel a los mandamientos de Dios y no abandonase a su marido. Tanto el jefe como el catequista, les ofrecieron a ella y a su hermana Ja Ursula, refugio en Rakunai, para salvarlas del policía enfurecido.

Es comprensible que el enojo de To Metapa creciera de punto al ver frustrados sus planes por To Rot y que, en adelante, aguardase una ocasión propicia para vengarse.

La fuerza protectora contra los desmanes morales, - era para todos evidente ‑ provenía sólo de To Rot, pues To Metapa nada tramó contra Tata, quien, después, ‑ lo hemos apuntado ‑ estuvo a punto de sucumbir a la tentación de bigamia. Es difícil saber si le hubiera hecho desistir la intervención de To Rot. En todo caso. To Rot no se quedó callado, ni siquiera ante su propio Jefe.

Especialmente dolorosa resultó para To Rot la defección de su propio hermano, que, en secreto, fue a visitar a Ja Tia, proponiéndole ser su segunda esposa. To Rot no se deja influenciar por los lazos familiares y se enfrenta con su hermano mayor de modo franco y decidido. No le permite convertir a Ja Tía en su segunda esposa, ni llevarla a vivir a la granja familiar Taogo, donde residía él mismo y sus dos hermanos. No importaba que Tatamai fuera el hermano mayor. Ante el empecinamiento de Tatamai en su propósito, To Rot le expulsa de casa, a él y a su pretendida segunda esposa.

Al principio se quedaron a vivir cerca de Vunavuvur: después marcharon más lejos, a Rajotop. Un sepia de los japoneses hizo saber al jefe Tata que Tatamai se había quejado al joven policía To Metapa, que, a su vez, informó a la policía japonesa. Esto explica la declaración de To Rot cuando, arrestado, le reprochó la policía haber negado a su propio hermano la posesión de Ja Tia.

La esposa legítima de Tatamai, Ja Tili, se quedó en Taogo, cuidando la casa de su marido. Tatamai, aún lejos de su hermano, no podía menos de sentir sus reproches y no aguantó mucho tiempo en aquel estado. A poco, despidió a Ja Tía (que, por otra parte, estaba seguramente harta de él) y regresó a Taogo, junto a su legítima esposa.

Sin embargo, la gente no olvidó el escándalo, y, en especial quienes vivían más lejos, le acusaron de traición a To Rot. Todos le culparon del arresto de su hermano, aunque él fuera detenido al mismo tiempo. Es significativo que en los procedimientos de la policía se reprocha a To Rot haber impedido a su hermano tener una segunda esposa.

Naturalmente, la culpa no la echaba la gente sólo a Tatamai, sino también a todos los que habían caído en la bigamia y, especialmente, al policía To Metapa.  Mucha gente, quizá todos, opinan que la causa del martirio de To Rot fue su decidida defensa de la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Si se hubiera mostrado más permisivo con los elementos destemplados, no hubiera sido acusado por sus actividades de catequista y no hubiera sido asesinado.

A este propósito, el catequista To Labit ofrece su propia experiencia: Tanto él como su compañero To Vema se negaron a obedecer la prohibición de celebrar funciones religiosas. Cuando, poco después, fueron detenidos y conducidos ante los jueces japoneses, se les advirtió que “si no cesaban en la celebración de funciones religiosas, serían primero encarcelados y luego ejecutados'`. Tras esta advertencia, les dejaron en libertad.

Pedro To Rot fué citado en numerosas ocasiones por la policía japonesa. No fue el único, como lo demuestra el testimonio que acabamos de citar; pero sí el único catequista de Racunai, que celebró las funciones religiosas en secreto hasta el último momento. Otros incluso llegaron a suprimir la oración en grupos.

Además, la persecución religiosa no era igualmente severa en todas partes. Por ejemplo, mientras en Volavolo, cerca de la costa, fueron arrestados todos los catequistas y acólitos metodistas, en Rember y en Tavuiliu, cerca de Rakunai y en Rakunai mismo, nada de eso sucedió. Parece bastante claro que el arresto de Pedro To Rot fué debido solamente a la traición de sus paisanos.

 

LUCHA POR LA LIBERTAD Y LA RELIGIÓN

Todas las citaciones de la policía a To Rot tenían como tema invariable la religión. Le citaron por vez primera al comienzo de la ocupación japonesa. Hubieron de trasladarse a Rabaul, cumplimentando la citación judicial, To Rot, como catequista, y el jefe Tata, como responsable del pueblo de Rakunai. Se le preguntó a aquel si era el catequista y si celebraba funciones religiosas. Se le escuchó una doble respuesta afirmativa.

To Keta jefe de la policía nativa, estaba presente durante el interrogatorio. Había sido seminarista y hablaba perfectamente el inglés, circunstancia que aprovechó para ofrecerse a los japoneses, en cuanto desembarcaron, como jefe de la ciudad de Rabaul. Animado de excelentes intenciones, quería ayudar en lo posible a sus paisanos y a la población entera. Hizo mucho bien a lo largo de su gestión, defendió la religión, y, en aquella audiencia, se puso decididamente al lado de To Rot.

La audiencia terminó con resultado positivo: No se suprimirían las funciones religiosas; pero, a causa de los bombardeos, procurarían no reunirse para la oración mas que en grupos de pocas personas y las funciones religiosas habrían dé celebrarse a primera hora de la mañana. To Rot asintió y ambos, el jefe Tata y él, retornaron a Rakunai.

Reinaba, a la sazón, una calma relativa y todo continuó como de costumbre. To Rot seguía celebrando ceremonias religiosas los domingos en la iglesia de la selva, en Palmalama, si bien en horas muy tempranas. De todos modos, la asistencia no era numerosa, ya que Rakunai contaba sólo con unos doscientos católicos.

Pasado algún tiempo ‑ a los japoneses les habían infligido serios quebrantos en la guerra y las incursiones aéreas eran cada vez más frecuentes ‑ fueron nuevamente citados por la policía el jefe y el catequista. Esta vez hubieron de ir a Ramata, un desfiladero de Ratavul, donde la policía había establecido sus dependencias en trincheras.

Se le preguntó al jefe si To Rot era catequista y a este si continuaba celebrando ceremonias religiosas, impartiéndoles a continuación la prohibición absoluta de cualquier servicio religioso. ''Las celebraciones religiosas, les dijeron, son las causantes de la prolongación de la  guerra.” Esto da una idea del miedo de los japoneses a que las oraciones dispusieran contra el Japón al Dios de los cristianos.

 To Rot intentó explicarles que las prácticas religiosas nada tenían que ver con el decurso de la guerra; que, por el contrario, la religión les proporcionaba fuerzas para soportar las penalidades de la misma y les inculcaba la obediencia hacia los japoneses. El oficial instructor le

impuso bruscamente silencio, sin revocar la orden: Cualquier función religiosa quedaba en adelante prohibida.

 To Rot volvió a casa. Sabía que no podía ignorar la prohibición.

Empezó a trabajar con prudencia para no comprometer a otros y para evitar ser nuevamente arrestado. Confesó a sus cristianos: - “Quieren quitarnos la oración, pero yo haré mi trabajo”.

Cavó un refugio en su granja de Taogo. Allí se reunían para la oración. Dejó de celebrar en la iglesia de Palmalama. Distribuyó en tres grupos de oración a los católicos para evitar aglomeraciones llamativas, y se reunía con cada grupo para que le sintieran todos más cercanos

Aconsejaba a la gente prudencia: "Rezad todos los días, pero muy de mañana, y en trincheras". Según el testimonio de su compañero de colegio To Burangan, lo decía teniendo en cuenta las incursiones aéreas, la existencia de espías japoneses entre sus paisanos y la de aquellos otros para quienes su conducta representaba un incordio personal, los que habían rechazado públicamente la Ley de Dios. 

El oficial japonés de la comisaría de Navumaram, convocó una reunión de los jefes y les conminó la prohibición de celebrar funciones religiosas. También To Rot y Tatamau estaban presentes. Tatamai refiere que "todos estuvieron de acuerdo” a causa de los ataques aéreos; pero To Rot se mantuvo callado". Después dijo a la gente: `'No os abandonaré, seguid acudiendo cada día, por la mañana lo más temprano posible".

Por tercera vez se citó a To Rot, junto con otras personas. En el camino les sorprendió un ataque aéreo, en el que estuvieron ¿I punto de morir, por lo que retornaron a sus casas Sin acudir a la citación en el día indicado.

Según los testimonios de los catequistas To Jura y Uvae y el hermano de To Rot, Tatamai, los japoneses señalaron que To Rot debía presentarse, aunque no lo hiciera el jefe. Le consideraban como una especie de guía de catequistas. El recibiría las consignas para pasárselas a los demás. Llegó, en efecto, To Rot, con un I grupo, a la policía. Los japoneses hablaron con él, pues, en ese tiempo ya comprendía algo de su idioma. Se valieron también de To Keta, el antiguo seminarista. El tema de la convocatoria era reiterativo, la prohibición de cualquier práctica de tipo religioso.

En otra ocasión hubo de ir solo a Ramata. Permaneció allí muchos días. Vuelto a casa, contó a su hermano Tatamai que le habían obligado a cavar refugios.

Siguió como siempre. Su valor y fuerza de voluntad eran indestructibles. Se percataba más y más de los peligros que corría; no vaciló, pero sí adoptó medidas de prudencia: Recomendaba a las familias rezar por separado, en sus casas. Iba de un lado a otro visitando enfermos y, cuando alguno moría, acudía de noche a rezar las oraciones de difuntos; al día siguiente se les enterraba sin ceremonia alguna.

To Joio, hermano de su amigo de infancia, To Buranga, volvió gravemente enfermo de Toma, donde había sido forzado a trabajar para los japoneses . To Rot le asistió en su agonía, rezó en su casa, aconsejó que no se hiciese ninguna manifestación pública de duelo que se le sepultara pacíficamente y se rezara por él en privado en las casas.

To Jura, catequista de Vunaidir, no tuvo en este tiempo muchas ocasiones de encuentro con To Rot. Testifica que To Rot le enviaba con frecuencia instrucciones escritas,recomendándole que cuidara asiduamente a los enfermos y les inspirara sentimientos de amor y de arrepentimiento de los pecados.

Le aconsejaba prudencia y que procurara que la gente  no acudiera en masa a reuniones de oración, sino que los dividiera en grupos como él hacía en Racunai. 

 

TRAICIONADO Y ENCARCELADO

La sabiduría y prudencia de Pedro no pudieron impedir su caída. Sucedió en la primavera de 1945. Estaba próximo el armisticio. Algún tiempo más y hubiera ganado su batalla; pero, a última hora, fué víctima de la venganza de sus enemigos.

En cuanto se impartió a los catequistas la prohibición de celebraciones religiosas, el policía To Metapa, fracasado por culpa de Pedro en el propósito inmoral de tomar como segunda esposa a Ja Mentil, percibió que había llegado la hora de la venganza. No había cesado de espiar a Pedro, especial mente los domingos por la mañana. Rondaba sigilosamente en torno a la granja de Palnalama y de la iglesia de la selva, donde ya no se celebraba ningún servicio religioso.

 Un domingo por la mañana, Pedro había celebrado la boda de dos jóvenes parejas en la trinchera que usaban para la oración. Estaban presentes su hermano Tatamai con algún otro testigo. Al final se presentó el catequista de Vunadidir con una nueva pareja. Pedro, aunque disgustado por el retraso, les casó también: ¿Presentía que esto habría de acarrearle su desgracia?

 To Metapa, que, siguiendo su insidiosa costumbre, espiaba astutamente, se halló con la pareja de Vunadidir e inquirió hacia dónde se dirigían. Ellos, incautos, respondieron con la verdad: ‑"A buscar a Pedro para que nos case". Corrió a ponerlo en conocimiento de la policía de Vunadidir. Ningún otro detalle se sabe al respecto. Pedro fué arrestado al día siguiente y ya no recobró la libertad.

 Tatamai, el hermano de Pedro, fué conducido ante la policía de Vunayara:

 ‑¿Ofició Pedro ayer alguna ceremonia religiosa?, le preguntó Mashida, el jefe de la policía.

 

‑En efecto, fué la respuesta.

‑¿Estabas tu presente?

 ‑Si.

 ‑¿No sabías que estaban prohibidas las funciones religiosas?

 ‑Lo sabía.

 El policía descargó sobre su cabeza un golpe d bastón y lo recluyó en la cárcel durante un mes.

 Mashida y To Metapa se dirigieron a Taogo residencia de Pedro y sus hermanos. Registraron lugar, la trinchera que había abierto como protección y para poder practicar la oración; las casas de los tres hermanos, Tatamai, Pedro y Telo. Abrieron cajones y maletas. Confiscaron los libros de Pedro: Biblia, catecismo, cantoral, registros de bautismos y bodas  e, incluso, dos crucifijos .Se llevaron también un impermeable de casa de Tatamai y una libreta de u n Banco australiano encontrada en la casa de Telo.

 Llamaron a Pedro, que estaba trabajando para los japoneses muy cerca de allí, y hubo de seguirles, cargándole con algunos de los objetos mencionados. A Telo, enfermo a la sazón, le permitieron, por el momento, quedarse en su casa.

 

INTERROGATORIOS

Serían las dos de la tarde cuando llegaron a Vunaira. Sometieron de inmediato a Pedro a un interrogatorio. Tatamai estaba cerca y pudo ver y oír casi todo al principio:

 ‑¿Celebraste ayer servicios religiosos?

 Pedro asintió y recibió un golpe en la cabeza y muchos más en el pecho y se le condenó a dos meses de prisión.

 Tatamai no sabe si le interrogaron sobre la cuestión de los matrimonios bígamos, ya que le enviaron a trabajar sin que pudiera continuar viendo el interrogatorio.

 Lo sucedido lo sabemos por Tarue, jefe de Navunaram y tío de Pedro. Se lo contó el mismo Pedro en la prisión:

 ‑Me acusaron, primero, de haber celebrado servicios religiosos. Me reprocharon, después, mi actitud frente a los bígamos. Mi hermano Tatamai declaró que le había prohibido vivir con Ja Tia. Este segundo cargo acentuó el primero.

 Tarue no ha tenido empacho en sostener que Pedro habría sido puesto en libertad de haberle acusado sólo de celebrar ceremonias religiosas; pero, en aquel estado de cosas, el jefe policía quería congraciarse con sus colaboradores..

 Hay otro testimonio, el de su esposa, que también recibió confidencias de Pedro, en la prisión, acerca de su interrogatorio. Le aseguró Pedro que un espía japonés le había manifestado que Mashida, el jefe policía, había convocado a Tatamai y a Tata para interrogarles sobre asuntos matrimoniales. Le certificó que también él había sido interrogado sobre los matrimonios, además de sobre los servicios religiosos. Significó que se había sentido muy solo, que nadie le ayudaba, que, acabado el interrogatorio, había sido confinado en una celda muy pequeña, dentro de la trinchera excavada en la tierra.

 Pasados algunos días, detuvieron a Telo, el hermano menor de Pedro, a causa de la libreta del Banco encontrada en su casa. Nadie asistió al interrogatorio, pero sí a la tortura: Le colgaron de un árbol de papaya y le golpearon hasta que perdió el conocimiento. Mashida, equivocadamente, creía que Telo era un espía australiano.

 Sospechaban que también Tatamai tenía dinero australiano. To Metapa fué a ver a su esposa y le mintió asegurándole que su marido había confesado tener dinero escondido. Ella, engañada, le mostró el escondrijo y le entregó el dinero: ¡Dos libras de plata! No hubo consecuencias apreciables.

 

MOTIVOS DEL ARRESTO

 Al anochecer permitieron a Pedro salir de la trinchera. Una vez fuera, susurró a Tatamai: ‑Malo es morir acribillado por una ametralladora o despedazado por una bomba; pero es bueno morir por la fe. Se Recibe la recompensa en el cielo.

 La residencia del jefe Tarue estaba en las inmediaciones de la prisión, pero él no estaba en casa cuando su sobrino fué detenido. A su vuelta le interrogó Mashida:

 ‑¿Tienen, los nativos, dinero inglés?

 -Sí, aún nos quedan monedas británicas.

 Vuelto a su casa, comentó con su mujer qué significaría tal pregunta. Ella le puso al corriente de la detención de Pedro y sus hermanos y de las monedas que habían hallado en el registro.

 Corrió a la prisión y abordó a Pedro sobre el tema:

 ‑Fui acusado, señaló, de celebrar funciones religiosas, no de poseer dinero. Ese asunto no nos concierne, ni a mí, ni a mis hermanos. El motivo de mi detención, insistió, es haber celebrado ceremonias religiosas, haber trabajado para Dios y haber reunido a la gente para rezar. No tengo miedo, no renegaré de Dios. Conozco a la policía y no me hago la ilusión de ser liberado antes de morir.

 Pedro era plenamente consciente de la gravedad de su situación.

 Tarue fué a ver a Mashida para hablar en favor de Pedro. Mashida le mintió cínicamente:

‑Dentro de poco será liberado.

 Añadamos al respecto algunos otros testimonios: Un católico de Malagunan, To Romano, que ya estaba prisionero a la llegada de Pedro y que nada sabía del juicio que le habían hecho, le preguntó el porqué de su detención:

 ‑Por haber celebrado matrimonios y haber reunido a la gente para rezar, escuchó como respuesta.

 Dos metodistas, To Vamari y To Binabak, detenidos después de Pedro, oyeron a unos espías a quienes preguntaron por el motivo de la detención de Pedro:

 ‑Está detenido a causa de su fe.

 Al mes de su encarcelamiento fué puesto en libertad Tatamai. Aprovechó la ocasión Tata, el jefe de Pedro, para preguntar a Mashida por la prolongación del cautiverio de Pedro:

 ‑Es una mala persona, contestó el aludido. Impide que los hombres tengan dos mujeres, si así lo desean; llama a la gente para rezar por ser él mismo aficionado a la oración. ¿No sabías, recalcó, que Pedro es una mala persona?

 En vano trató de defenderlo Tata, alegando su bondad cien veces comprobada. No quisieron escucharle.

 Todos se asustaron en Vunalaka al enterarse de la detención de Pedro; pero nadie pudo sospechar lo que le esperaba, máxime teniendo en cuenta que contaba con numerosos amigos japoneses. En un principio sospecharon de su hermano Tatamai, pero enseguida se percataron de que el policía To Metapa no había cesado de espiarle y de rondar, sobre todo los domingos, en torno a Palnalama, donde solía hacer Pedro las celebraciones religiosas.

 Piensa To Uvae, otro de los catequistas, que de no ser por los problemas de la bigamia, a la que Pedro se opuso frontalmente en defensa de la santidad y unicidad del matrimonio cristiano, aún estaría vivo.

 

DISPUESTO A MORIR

 Pedro siguió en la prisión. No era una cárcel al estilo de las que se acostumbran. Era una cabaña rústica construida sobre postes, situada en un valle angosto. Disponía de una pequeña balconada y tenía capacidad para seis u ocho reclusos. En otra cabaña, la cocina. Un corto túnel, abierto en el talud de la ladera, servía de refugio. Allí se celebraban los interrogatorios. Allí encerraron a Pedro el primer día y también fué allí donde, finalmente, fué asesinado.

 En la loma izquierda se levantaba la granja Vunayara, hogar del jefe Tarue. Los prisioneros, como es costumbre entre los nativos, pasaban la mayor parte del tiempo al aire libre. La cabaña era su dormitorio y su refugio en el mal tiempo. Tatamai y Pedro tuvieron como primer trabajo la construcción de una pocilga para los cerdos de los japoneses. Telo no era capaz de trabajar. Después, Pedro pasó a la cocina, mientras Tatamai trabajaba en el campo.

 La prisión estaba rodeada de platanares y sin barreras. Si n embargo, los nativos temían acercarse, pues, tanto entre los japoneses, como entre sus propios paisanos, se camuflaban los espías, a quienes se conocía como "los chicos policías". I os prisioneros se encontraban con sus visitantes en las plantaciones vecinas o en la granja de Tarue.

Pedro recibió muchas visitas de

parientes y amigos. Las más asiduas fueron su anciana madre y su esposa. Durante todo el tiempo de la prisión fueron cada día, llevándole alimentos.

 Su hermana Varpilat cuenta que, en una de las primeras visitas acompañada de su otra hermana y su madre, hallaron a los tres hermanos, ateridos, calentándose junto al fuego. Lloraron al verlos; pero Pedro les consoló diciendo:

 ‑"No lloréis rezad, yo estoy contento de estar prisionero por una buena causa; mis hermanos lo están por culpa del dinero".

 Creía, en su buena fe, que la acusación sobre el dinero no era grave y serían, por tanto, puestos en libertad muy pronto. Dirigiéndose a su madre, añadió:

 ‑"Quizá los japoneses vayan a buscaros a vosotras tres y así estaremos todos juntos en la prisión".

 Después de la sesión de tortura, Telo quedó incapacitado para cualquier trabajo duro, por lo que Mashida decidió ponerlo en libertad al cabo de dos semanas, tal vez por el rescate pagado por sus parientes.

 También Pedro intentó conseguir su libertad mediante un rescate. Pidió a su hermano Telo que fuera al catequista de Vunadidir, To Jura, para que le diera un pollo, huevos y fruta, que pensaba ofrecer a Mashida, en la esperanza de que le ayudase a conseguir la libertad. To Jura no se encontraba en casa; su mujer, Ja Malana, dio a Telo cuanto solicitaba. No sirvió de nada. Pedro no fué liberado.

 Al cabo de un mes soltaron a Tatamai. Pedro continuó en la prisión. Sus comentarios reflejan que estaba cada vez más convencido de que habría de morir. A pesar de ello, no vacilaba, ni se entristecía.

 Tata, su jefe, que, después de la liberación de Tatamai había abogado en vano ante Mashida en favor de Pedro, fué a visitarlo. To Rot le dijo:

 ‑Estoy preso por el asunto de la bigamia y por los servicios religiosos. Moriré; pero tu habrás de cuidar de mi gente".

 El jefe sugirió que trataría, una vez más, de conseguir su liberación por medio de un rescate. Le rechazó la idea:

 ‑Olvídalo. Ya me han sentenciado a muerte.

 Luisa Ja Katai, de Rakunai, a quien Pedro había dicho, el día de su detención, "voy a prisión por mi fe", le visitó en la cárcel varias veces. Le dijo abiertamente: ‑"Moriré por mi fe". Y le pidió que el la y los demás le ayudaran a rezar. En otra ocasión le apuntó:

 ‑Si preguntan por el refugio, diles que celebré allí servicios religiosos y que recé con la gente. No vayáis a desmentirme después de mi muerte. Voy a morir por mi fe. Si es la voluntad de Dios, seré asesinado por mi fe. Soy un hijo de la Iglesia y, por tanto, moriré por la Iglesia".

 Sus compañeros de prisión contaban historias similares. Le dijo a Varmari: ‑Estarás libre antes que yo. No sé lo que pasará conmigo.

 Y a To Romano: ‑Está bien. Pueden matarme por mi fe.

 Durante esta etapa última ‑Tatamai estaba ya fuera de la prisión‑ los japoneses organizaron un baile para los nativos. Se celebró en la granja de Palnalama, donde estaba la iglesia de la selva. Le permitieron a Pedro asistir al baile, vigilado por los guardias. Se encontró con To Vue, su compañero catequista, le llevó hasta una de las trincheras y le advirtió: ‑Vosotros tres tenéis que hacer vuestro trabajo de catequistas con firmeza.

To Varto, que fué más tarde sucesor de Pedro, también le vio allí. Comprobó que no había cambiado nada y que gozaba de buena salud. En medio de la confusión y el ruido, pudo preguntarle:

 ‑¿Estás libre?

 ‑No, no lo estoy, susurró Pedro, mientras miraba insistentemente el grupo de bailarines.

 To Burangan, su compañero de infancia, vio a Pedro, pero no tuvo ocasión de hablarle. Tras la fiesta, Pedro hubo de volver a la prisión. Se había costipado ligeramente. Aprovechó la ocasión su tío Tarue para solicitar que Pedro pudiera dormir en su granja. Se lo concedieron: Durante el día, trabajaba como cocinero de la prisión y las noches las pasaba en la granja de su tío.

 En este tiempo visitaron a Pedro su anciana madre y Luisa Ja Katai. Estuvieron sentados juntos durante un rato hasta que Pedro les insistió:

 ‑Id a casa y decid a la gente que, en adelante, no se reúnan para rezar; recen con los suyos, en sus casas.

 Era evidente que quería evitarles compartir su suerte. Y añadió:

 ‑Id a casa y decid a mis hermanos Tatamai, Telo y Ja Varpilak que recen por mí.

 Su madre se quedó preocupada y le miró tristemente. Pedro bajó la cabeza y les urgió para que se fueran pronto a casa.

 Un día, como de costumbre, le trajo comida su mujer; él le pidió que le llevase ‑escondidos‑ sus enseres de afeitar, una túnica blanca, su rosario y su cruz de catequista. Se lo llevó todo al día siguiente, muy de mañana, junto con una gallina y algunos yames. Pedro comió muy poco. Subía de grado la preocupación de su mujer. Le parecía todo demasiado secreto y misterioso. Trató de persuadirle de que dejara su trabajo de catequista y que, en adelante, llevara una vida tranquila y retirada. Pedro contestó con firmeza:

 ‑Esto no es asunto tuyo. Es mi deber morir por mi pueblo en el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 Acompañó estas palabras con la señal de la cruz. La esposa no percibió en él signo alguno de temor, ni de preocupación. Permanecieron sentados juntos largo rato hasta que Pedro le pidió que retornara a casa con sus hijos.

 Ese mismo día ‑era viernes‑ le llevó su madre a la granja de Tarue algunos cocos, frutos del pan y verduras. Pedro le anunció:

 ‑La policía me ha dicho que vendrá un doctor japonés a darme una medicina. No sé qué significa. Puede ser una mentira, ya que yo no estoy enfermo.

También se lo comunicó a su  compañero de prisión To Binabak.

 Al llegar a casa la madre confió a su hija Ta Varpilak:

 ‑Pedro me ha dicho que esta noche volverán a llevarlo a la cueva.

 Se refería a la trinchera japonesa en que había sido interrogado y retenido al principio.

 

 (Continuará)

 

P. José Theler M.S.C.