"Somos MSC" - Testimonios personales


Capítulo 1

"Ser de Dios y ser de la gente"

José Díaz. 82 años. España.

¿Por qué soy MSC?

El Señor me llamó a través del P. Florentino Díaz msc, que fue asesinado en la persecución religiosa de 1936. Celebró la Eucaristía n domingo en mi parroquia. Pregunté a mis padres, quién era el sacerdote que había celebrado y, me respondieron: un misionero. Yo es dije que quería ser como él. Insistí durante un tiempo y me llevaron l P. Mejido que me examinó y me admitió en la Pequeña Obra.

¿Cuáles fueron los MSC que más influyeron en tu vida y por qué?

En julio de 1936 estalla la guerra civil en España. Yo estaba terminando el Noviciado en Canet de Mar. El gobierno no pudo controlar la situación y se acentuaron enconadamente la quema de iglesias y conventos comenzada en 1931; los asesinatos de sacerdotes, religiosos, monjas...una verdadera y cruel persecución a la Iglesia.

En Canet, los sacerdotes jóvenes, los hermanos y los novicios y algunos alumnos, al ver quemar la iglesia parroquial, pensamos que lo mejor sería huir y tratar de pasar a Francia. Así lo hicimos, pero viendo que era harto difícil, nos entregamos a los milicianos. asados unos días, un miembro del comité, que conocía bien a uno e los sacerdotes le comunicó que habían decidido asesinar a todos )5 sacerdotes y hermanos esa misma noche. Entonces decidieron marcharse en pequeños grupos para que no lo notasen los milicianos. no de ellos nos dijo: "Sed fuertes. Que no os engañen. No perdáis fe". La despedida fue triste; todos eran muy jóvenes, el sacerdote más edad tenía 28 años y el hermano más joven 18. Dos meses más tarde morían asesinados. Estaban preparados para ir al matadero.¡Cómo nos hablaban del martirio barruntando lo que se avecinaba!

A los novicios y a los alumnos mayores de la Pequeña Obra, nos llevaron a Barcelona, a una cárcel de menores. Estábamos vigilados día y noche por los milicianos. Trataron de hacernos un lavado de cerebro. No teníamos libertad ni para rezar en privado, y cuando nos sorprendían nos insultaban. Entonces yo recordaba aquellas palabras: "Sed fuertes. No perdáis la fe".

Al darnos la libertad tuvimos que buscar trabajo. Después de mucho buscar yo encontré una plaza de camarero en el Hotel de S. Agustín, que sólo tenía de santo el nombre. Estaba ubicado en el barrio chino de Barcelona, lugar de mucha corrupción. Algunos de mis compañeros de trabajo habían participado en la quema de iglesias y en la persecución de sacerdotes. Eso era para ellos una condecoración. Trabajé más de un año con ellos.

El año 1938 fui llamado a filas. Tenía 18 años. El primer destino fueron los Hospitales de sangre, de Manresa y Montserrat. Más tarde me destinan a la primera línea en un Batallón que tenía el nombre de Durruti, un líder anarquista. La mayor parte de mis compañeros eran sus seguidores; me daban compasión y de noche cuando no me veían, rezaba el Rosario por ellos. Un día, estibamos tres hablando en la trinchera; el frente estaba pacífico, al sacar el pañuelo se me cayó el Rosario en el suelo...¡Cómo me pusieron! Me insultaron, pero mucho más a la Virgen. La situación se hacía difícil.

Durante la noche, cuando estaba de guardia y nadie me veía, escondí el fusil y deserté. Pasé la noche y la mañana siguiente por tierra de nadie. Pasado el mediodía pude divisar a los soldados del ejército nacional. Tiré las bombas que me quedaban y, brazo en alto, me entregué a ellos. Después me enviaron a un campo de concentración en Barbastro, donde estuve preso un mes y medio. De ahí pasé al ejército nacional hasta finalizar la guerra.

Fueron tres años llenos de dificultades y pruebas, durante los cuales sólo pude asistir a la Eucaristía unas tres veces, en casas donde se escondían sacerdotes. Eran misas de catacumbas. Las palabras de los mártires: "Sed fuertes. No perdáis la fe", las llevaba grabadas en mi corazón, junto con su protección. Ahí está la respuesta a su pregunta, de cuáles fueron los MSC, que más influyeron en mi vida. Los tres novicios que estábamos terminando el noviciado perseveramos en la fe y la vocación.

Terminada la guerra, fui destinado a la comunidad de Logroño para hacer el noviciado y los estudios de filosofía y teología. En el año 1947 fui ordenado sacerdote y destinado a la comunidad de Barcelo­na, al colegio San Miguel y el año 1951 a la misión de Papua de la Provincia francesa.

Una vez llegado a la misión fui a la parroquia de Veifa'a, en el distrito de Mekeo. Durante los seis primeros meses mi ocupación fue estudiar la lengua, las costumbres y la cultura de la gente, para conocerles mejor. Y, así, haciéndome semejante a ellos, pudieran comprender el mensaje de salvación que les llevaba.

Era costumbre que los jóvenes misioneros hiciesen una visita al venerable arzobispo emérito De Boismenu, que se había retirado a Kubuna, donde se hallaba la Casa Madre de las Ancillas, congregación que él había fundado. Vivía muy pobremente en una casa, que podíamos llamar cabaña, más que casa episcopal.

Monseñor me dispensó una buena acogida. Se interesó mucho por mí, por mi familia y por la Provincia de España. Hablé con él de mi vocación y de lo feliz que era por estar en Papua Nueva Guinea. También le dije que no tenía ninguna preparación especial para los trabajos de la misión. Él me respondió, así creí entenderlo, que: "lo más importante para el misionero era tener una vida profunda; una vida de oración; un contacto con Dios y después trasmitir esa experiencia vivida". Decía, "eso vale más que todo lo que pueda hacer un genio, sino tiene ese contacto con Dios".

Cuando estaba hablando con Monseñor, llega una persona del pueblo para hablarle. Al entrar se levanta, se acerca a él y le da la mano. Me llamó la atención por la sencillez y la buena acogida con que recibe. El gran respeto que tenía por los indígenas. Me dijeron que más de una vez tuvo que defenderles delante del gobierno.

Esta sería la primera y última visita que le hacía, ya que cinco meses más tarde Monseñor se iba a la casa del Padre. Tomé nota de todo lo que me había dicho y creo que ha quedado bien grabado en mi memoria. Me recordó dos cosas muy importantes. En primer lu­gar, que el misionero tiene que estar en contacto con Dios y, en segundo lugar cercano a la gente: Ser de Dios y ser de la gente. Esto último fue lo que me dijo la Madre Teresa de Calcuta, hablando de las religiosas que trabajaban en mi parroquia, quería que viviesen en medio de la arena.

Cuando me alejaba de Kubuna, mi corazón estaba inundado de un sentimiento de gratitud a Dios por haberme concedido este día, y de gran satisfacción por haber visto y hablado con Monseñor De Boismenu.

Durante mis años de misión leí sus cartas pastorales, sus escritos y más tarde su vida. Todo me parecía un reflejo de lo que había visto y oído. Un hombre de una gran experiencia de Dios y una delicadeza y entrega total a los indígenas. Con frecuencia le recuerdo y a él me encomiendo.

También podría hablar del testimonio de algunos de mis compañeros de misión, que me impresionaron y su ejemplo influyó mucho en mi vida misionera. El espíritu y carisma de Chevalier vivía en ellos, aunque no hablasen de él con frecuencia. Eran personas llenas de amor y compasión, que llevaban una vida dura, bajo un clima insalubre, conscientes y coherentes en la entrega total, que habían hecho al servicio de los más necesitados. Evangelizaban con sus vidas.

Antes de terminar mi testimonio, sólo diré que al cumplir los 75 años, como era costumbre llegó el tiempo del relevo. Fue triste la despedida, pero al mismo tiempo me vine contento porque los MSC nativos, iban a encargarse de la parroquia. Qué hermoso: en Papua Nueva Guinea hay vocaciones MSC. Durante 44 años trabajé como donado a la Provincia francesa y guardo recuerdos imborrables de tantos que conocí y amé. Les quedo agradecido.

Vine a España, con destino a Valladolid, donde me encuentro con otros MSC, que son hermanos. Me encuentro en casa. ¡Gracias, Señor!