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DIOS: CATEQUESIS DEL SANTO PADRE, JUAN PABLO II, SOBRE LA PRIMERA PARTE DEL CREDO 3

Páginas relacionadas 

 

Juan Pablo II

 

 

INDICE

Creo en Dios


Pruebas de la existencia de Dios


Los hombres de ciencia y Dios


El Dios de nuestra fe


¿Quién es Dios?


Dios, 'el que es'


Un Dios 'escondido'


Dios eterno


Dios, espíritu infinitamente perfecto


Dios, Padre Omnipotente


El Dios de la Alianza


Dios es amor

 

Creo en Dios 3.VII.85

1. Nuestras catequesis llegan hoy al gran misterio de nuestra fe, el primer artículo de nuestro Credo: Creo en Dios. Hablar de Dios significa afrontar un tema sublime y sin límites, misterioso y atractivo. Pero aquí en el umbral, como quien se prepara a un largo y fascinante viaje de descubrimiento tal permanece siempre un genuino razonamiento sobre Dios, sentimos la necesidad de tomar por anticipado la dirección justa de marcha, preparando nuestro espíritu a la comprensión de verdades tan altas y decisivas.

A este fin considero necesario responder enseguida a algunas preguntas, la primera de las cuales es: ¿Por qué hablar hoy de Dios?.

2. En la escuela de Job, que confesó humildemente: 'He hablado a la ligera. Pondré mano a mi boca' (40, 4), percibimos con fuerza que precisamente la fuente de nuestras supremas certezas de creyentes, el misterio de Dios, es antes todavía la fuente fecunda de nuestras más profundas preguntas: ¿Quién es Dios?. ¿Podemos conocerlo verdaderamente en nuestra condición humana?. ¿Quiénes somos nosotros, criaturas, ante Dios?.

Con las preguntas nacen siempre muchas y a veces tormentosas dificultades: Si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo?. ¿Por qué el impío triunfa y el justo viene pisoteado?. ¿La omnipotencia de Dios no termina con aplastar nuestra libertad y responsabilidad?.

Son preguntas y dificultades que se entrelazan con las expectaciones y las aspiraciones de las que los hombres de la Biblia, en los Salmos en particular, se han hecho portavoces universales; 'Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, "oh Dios!. Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo ir y ver la faz de Dios?' (Sal 41, 2-3): De Dios se espera la salvación, la liberación del mal, la felicidad y también, con espléndido impulso de confianza, el poder estar junto a El, 'habitar en su casa'(Cfr. Sal 83, 2 ss). He aquí, pues, que nosotros hablamos de Dios porque es una necesidad del hombre que no se puede suprimir.

3. La segunda pregunta es cómo hablar de Dios, cómo hablar de El rectamente. Incluso entre los cristianos, muchos poseen una imagen deformada de Dios. Es obligado preguntarse si se ha hecho un justo camino de investigación, sacando la verdad de fuentes genuinas y con una actitud adecuada. Aquí creo necesario citar ante todo, como primera actitud, la honestidad de la inteligencia, es decir, el permanecer abiertos a aquellos signos de verdad que Dios mismo ha dejado de Sí en el mundo y en nuestra historia.

Hay ciertamente el camino de la sana razón (y tendremos tiempo de considerar que puede el hombre conocer de Dios con sus fuerzas). Pero aquí me urge decir que a la razón, más allá de sus recursos naturales, Dios mismo le ofrece de Sí una espléndida documentación: la que con lenguaje de la fe se llama 'Revelación'. El creyente, y todo hombre de buena voluntad que busquen el rostro de Dios, tiene a su disposición ante todo el tesoro inmenso de la Sagrada Escritura, verdadero diario de Dios en las relaciones con su pueblo, que tiene en el centro el insuperable revelador de Dios, Jesucristo: 'El que me ha visto a mí ha visto al Padre' (Jn 14, 9). Jesús, por su parte, ha confiado su testimonio a la Iglesia, que desde siempre, con la ayuda del Espíritu Santo, lo ha hecho objeto de apasionado estudio, de progresiva profundización e incluso de valiente defensa frente a errores y deformaciones. La documentación genuina de Dios pasa, pues, a través de la Tradición viviente, de la que la que todos los Concilios son testimonios fundamentales: desde el Niceno y el Constantinopolitano, al Tridentino, Vaticano I y VaticanoII.

Tendremos cuidado en remitirnos a estas genuinas fuentes de verdad.

La catequesis saca además sus contenidos sobre Dios también de la doble experiencia eclesial: la fe rezada, la liturgia, cuyas formulaciones son un continuo e incansable hablar de Dios hablando con El; y la fe vivida por parte de los cristianos, de los santos en particular, que han tenido la gracia de una profunda comunión con Dios. Así, pues, no estamos destinados sólo a hacer preguntas sobre Dios, para luego perdernos en una selva de respuestas hipotéticas o bien demasiado abstractas. Dios mismo ha venido a nuestro encuentro con una riqueza orgánica de indicaciones seguras. La Iglesia sabe que posee, por la gracia de Dios mismo, en su patrimonio de doctrina y vida, la dirección justa para hablar con respecto a la verdad de El. Y nunca como hoy siente el empeño de ofrecer con lealtad y amor a los hombres la respuesta esencial, que esperan.

4. Es lo que pretendo hacer en estos encuentros. ¿Pero cómo?. Hay diversas maneras de hacer catequesis, y su legitimidad depende en definitiva de la fidelidad respecto a la fe integral de la Iglesia. He considerado oportuno escoger el camino que, mientas hace referencia directamente a la Sagrada Escritura, hace referencia también a los Símbolos de la Fe, en la comprensión profunda que ha dado de ella el pensamiento cristiano a lo largo de veinte siglos de reflexión.

Es mi propósito, al proclamar la verdad sobre Dios, invitaros a todos a reconocer la validez del camino histórico-positivo y del camino ofrecido por la reflexión doctrinal elaborada en los grandes Concilios y en el Magisterio ordinario de la Iglesia. De este modo, sin disminuir para nada la riqueza de los datos bíblicos, se podrán ilustrar verdades de fe o próximas a la fe o de todas las formas teológicamente fundadas que, por haber sido expresadas en lenguaje dogmático-especulativo, corren el riesgo de ser menos percibidas y apreciadas por muchos hombres de hoy, con no ligero empobrecimiento del conocimiento de Aquel que es misterio insondable de luz.

 

Pruebas de la existencia de Dios 10.VII.85

1. Cuando nos preguntamos: '¿Por qué creemos en Dios?', la primera respuesta es la de nuestra fe: Dios se ha revelado a la humanidad, entrando en contacto con los hombres. La suprema revelación de Dios se nos ha dado en Jesucristo, Dios encarnado. Creemos en Dios porque Dios se ha hecho descubrir por nosotros como el Ser Supremo, el gran 'Existente'.

Sin embargo esta fe en un Dios que se revela, encuentra también un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la existencia de Dios. Estas han sido elaboradas por pensadores bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles a todo hombre que trata de comprender lo que significa el mundo que le rodea.

2. Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios, debemos subrayar que no se trata de pruebas de orden científico experimental. Las pruebas científicas, en el sentido moderno de la palabra, valen sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de investigación y de verificación de que se sirve la ciencia. Querer una prueba científica de Dios, significaría rebajar a Dios al rango de los seres de nuestro mundo, y por tanto equivocarse ya metodológicamente sobre aquello que Dios es. La ciencia debe reconocer sus límites e impotencia para alcanzar la existencia de Dios: ella no puede ni afirmar ni negar esta existencia.

De ello, sin embargo, no debe sacarse la conclusión que los científicos son incapaces de encontrar, en sus estudios científicos, razones válidas para admitir la existencia de Dios. Si la ciencia como tal no puede alcanzar a Dios, el científico, que posee una inteligencia cuyo objeto no está limitado a las cosas sensibles, puede descubrir en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera. Muchos científicos han hecho y hacen este descubrimiento.

Aquel que, con espíritu abierto, reflexiona en lo que está implicado en la existencia del universo, no puede por menos de plantearse el problema del inicio. Instintivamente cuando somos testigos de ciertos acontecimientos, nos preguntamos cuáles son las causas. ¿Cómo no hacer la misma pregunta para el conjunto de los seres y de los fenómenos que descubrimos en el mundo?.

3. Una hipótesis científica como la de la expansión del universo hace aparecer más claramente el problema: si el universo se halla en continua expansión, no se debería remontar en el tiempo hasta lo que se podría llamar 'momento inicial', aquel en el que comenzó la expansión?. Pero, sea cual fuere la teoría adoptada sobre el origen del mundo, la cuestión más fundamental no puede eludirse. Este universo en constante movimiento postula la existencia de una Causa que, dándole el ser, le ha comunicado ese movimiento y sigue alimentándolo. Sin tal Causa Suprema, el mundo y todo el movimiento existente en él permanecerían 'inexplicados' e 'inexplicables', y nuestra inteligencia no podría estar satisfecha. El espíritu humano puede percibir una respuesta a sus interrogantes sólo admitiendo un Ser que ha creado el mundo con todo su dinamismo, y que sigue conservándolo en la existencia.

4. La necesidad de remontarse a una Causa suprema se impone todavía más cuando se considera la organización perfecta que la ciencia no deja de descubrir en la estructura de la materia. Cuando la inteligencia humana se aplica con tanta fatiga a determinar la constitución y las modalidades de acción de las partículas materiales, ¿no es inducida, tal vez, a buscar el origen de una Inteligencia superior, que ha concebido todo?. Frente a las maravillas de lo que se puede llamar el mundo inmensamente pequeño del átomo, y el mundo inmensamente grande del cosmos, el espíritu del hombre se siente totalmente superado en sus posibilidades de creación e incluso de imaginación, y comprende que una obra de tal calidad y de tales proporciones requiere un Creador, cuya sabiduría transcienda toda medida, cuya potencia sea infinita.

5. Todas las observaciones concernientes al desarrollo de la vida llevan a una conclusión análoga. La evolución de los seres vivientes, de los cuales la ciencia trata de determinar las etapas, y discernir el mecanismo, presenta una finalidad interna que suscita la admiración. Esta finalidad que orienta a los seres en una dirección, de la que no son dueños ni responsables, obliga a suponer un Espíritu que es su inventor, el Creador.

La historia de la humanidad y la vida de toda persona humana manifiestan una finalidad todavía más impresionante. Ciertamente el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido de todo lo que le sucede, y por tanto debe reconocer que no es dueño de su propio destino. No sólo no se ha hecho él a sí mismo, sino que no tiene ni siquiera el poder de dominar el curso de los acontecimientos ni el desarrollo de su existencia. Sin embargo, está convencido de tener un destino y trata de descubrir cómo lo ha recibido, cómo está inscrito en su ser. En ciertos momentos puede discernir más fácilmente una finalidad secreta, que se transparenta de un conjunto de circunstancias o de acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía de Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.

6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan a mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta en las multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce en innumerables obras de arte, literatura, música, pintura, artes plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral: hay tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos. El hombre es consciente de 'recibir' toda esta belleza, aunque con su acción concurre a su manifestación. El la descubre y la admira plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la belleza transcendente de Dios.

7. A todas estas 'indicaciones' sobre la existencia de Dios creador, algunos oponen la fuerza del caso o de mecanismos propios de la materia. Hablar de Caso para un universo que presenta una organización tan compleja de elementos y una finalidad en la vida tan maravillosa, significa renunciar a la búsqueda de una explicación del mundo como nos aparece. En realidad, ello equivale a querer admitir efectos sin causa. Se trata de una abdicación de la inteligencia humana que renunciaría a pensar, a buscar una solución a sus problemas.

En conclusión, una infinidad de indicios empuja al hombre, que se esfuerza por comprender el universo en que vive, a orientar su mirada al Creador. Las pruebas de la existencia de Dios son múltiples y convergentes. Ellas contribuyen a mostrar que la fe no mortifica la inteligencia humana, sino que la estimula a reflexionar y le permite comprender mejor todos los 'porqués' que plantea la observación de lo real.

 

Los hombres de ciencia y Dios 17.VII.85

1. Es opinión bastante difundida que los hombres de ciencia son generalmente agnósticos y que la ciencia aleja de Dios. ¿Qué hay de verdad en esta opinión?

Los extraordinarios progresos realizados por la ciencia, particularmente en los últimos dos siglos, han inducido a veces a creer que la ciencia sea capaz de dar respuesta por si sola a todos los interrogantes del hombre y de resolver todos los problemas. Algunos han deducido de ello que ya no habría ninguna necesidad de Dios. La confianza en la ciencia habría suplantado a la fe.

Entre ciencia y fe -se ha dicho- es necesario hacer una elección: o se cree en una o se abraza la otra. Quien persigue el esfuerzo de la investigación científica, no tiene ya necesidad de Dios; y viceversa, quien quiere creer en Dios, no puede ser un científico serio, porque entre ciencia y fe hay un contraste irreducible.

2. El Concilio Vaticano II ha expresado una condición bien diversa. En la Constitución Gaudium et Spes se afirma: 'La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetraren los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser' (Gaudium et Spes, 36).

De hecho se puede observar que siempre han existido y existen todavía eminentes hombres de ciencia, que en el contexto de su humana experiencia han creído positiva y benéficamente en Dios. Una encuesta de hace cincuenta años, realizada con 398 científicos entre los más ilustres, puso de relieve que sólo 16 se declararon no creyentes, 15 agnósticos y 367 creyentes (cfr. A.Ey mieu, la part des croyants dans les progres de la science, 6ª ed., Perrin,1935, pág. 274).

3. Todavía más interesante y proficuo es darse cuenta de por qué muchos científicos de ayer y de hoy ven no sólo conciliable, sino felizmente integrante la investigación científica rigurosamente realizada con el sincero y gozoso reconocimiento de la existencia de Dios.

De las consideraciones que acompañan a menudo como un diario espiritual su empeño científico, sería fácil ver el entrecruzamiento de dos elementos: el primero es cómo la misma investigación, en lo grande y en lo pequeño, realizada con extremo rigor, deja siempre espacio a ulteriores preguntas en un proceso sin fin, que descubre en la realidad una inmensidad, una armonía, una finalidad inexplicable en términos de casualidad o mediante los solos recursos científicos. A ello se añade la insuprimible petición de sentido, de más alta racionalidad, más aún, de algo o de Alguien capaz de satisfacer necesidades interiores, que el mismo refinado progreso científico, lejos de suprimir, acrecienta.

4. Mirándolo bien, el paso a la afirmación religiosa no viene por si en fuerza del método científico experimental, sino en fuerza de principios filosóficos elementales, cuales el de causalidad, finalidad, razón suficiente, que un científico, como hombre, ejercita en el contacto diario con la vida y con la realidad que estudia. Más aún, la condición de centinela del mundo moderno, que entrevé el primero la enorme complejidad y al mismo tiempo la maravillosa armonía de la realidad, hace del científico un testigo privilegiado de la plausibilidad del dato religioso, un hombre capaz de mostrar cómo la admisión de la trascendencia, lejos de dañar la autonomía y los fines de la investigación, la estimula por el contrario a superarse continuamente, en una experiencia de autotranscendencia relativa del misterio humano.

Si luego se considera que hoy los dilatados horizontes de la investigación, sobre todo en lo que se refiere a las fuentes mismas de la vida, plantean interrogantes inquietantes acerca del uso recto de las conquistas científicas, no nos sorprende que cada vez con mayor frecuencia se manifieste en los científicos la petición de criterios morales seguros, capaces de sustraer al hombre de todo arbitrio. ¿Y quien, sino Dios, podrá fundar un orden moral en el que la dignidad del hombre, de todo hombre, sea tutelada y promovida de manera estable?

Ciertamente la religión cristiana, si no puede considerar razonables ciertas confesiones de ateísmo o de agnosticismo en nombre de la ciencia, sin embargo, es igualmente firme el no acoger afirmaciones sobre Dios que provengan de formas no rigurosamente atentas a los procesos racionales.

5. A este punto seria muy hermoso hacer escuchar de algún modo las razones por las que no pocos científicos afirman positivamente la existencia de Dios y ver qué relación personal con Dios, con el hombre y con los grandes problemas y valores supremos de la vida los sostienen. Cómo a menudo el silencio, la meditación, la imaginación creadora, el sereno despego de las cosas, el sentido social del descubrimiento, la pureza de corazón son poderosos factores que les abren un mundo de significados que no pueden ser desatendidos por quienquiera que proceda con igual lealtad y amor hacia la verdad.

Baste aquí la referencia a un científico italiano, Enrico Medi, desaparecido hace pocos años. En su intervención en el Congreso Catequístico Internacional de Roma en 1971, afirmaba: 'Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono. La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable. Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios.

'El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85ª potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: "Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! "Oh átomos, protones, electrones! "Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!' (Atti del II Congreso Catechistico Internazionale, Roma, 20-25 septiembre de 1971, Roma, Studium, 1972, págs. 449-450).

 

El Dios de nuestra fe 24.VII.85

1. En las catequesis del ciclo anterior he tratado de explicar qué significa la frase 'Yo creo'; que quiere decir 'creer como cristiano'. En el ciclo que ahora comenzamos deseo concentrar la catequesis sobre el primer artículo de la fe: 'Creo en Dios' o, más plenamente: 'Creo en Dios Padre todopoderoso, creador.'. Así suena esta primera y fundamental verdad de la fe en el Símbolo Apostólico. Y casi id idénticamente en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano: 'Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador.'. Así el tema de las catequesis de este ciclo será Dios: el Dios de nuestra fe. Y puesto que la fe es la respuesta a la Revelación, el tema de las catequesis siguientes será ese Dios, que se ha dado a conocer al hombre, al cual 'se ha revelado a Sí mismo y ha manifestado el misterio de su voluntad' (Cfr. Dei Verbum , 2).

2. De este Dios trata el primer artículo del 'Credo'. De el hablan indirectamente todos los artículos sucesivos de los Símbolos de la fe. En efecto, están todos unidos de modo orgánico a la primera y fundamental verdad sobre Dios, que es la fuente de la que derivan. Dios es 'el Alfa y el Omega' (Ap 1, 8): El es también el comienzo y el término de nuestra fe. Efectivamente, podemos decir que todas las verdades sucesivas enunciadas en el 'Credo' nos permiten conocer cada vez más plenamente al Dios de nuestra fe, del que habla el artículo primero: Nos hacen conocer mejor quién n es Dios en Sí mismo y en su vida íntima. En efecto, al conocer sus obras -la obra de la creación y de la redención-, al conocer todo su plan de salvación respecto del hombre, nos adentramos cada vez más profundamente en la verdad de Dios, tal como se revela en la Antigua y la Nueva Alianza. Se trata de una revelación progresiva, cuyo contenido ha sido formulado sintéticamente en los Símbolos de la fe. Al ir desplegándose los artículos de los Símbolos adquiere plenitud de significado la verdad expresada en las primeras palabras: 'Creo en Dios'. Naturalmente, dentro de los límites en los que el misterio de Dios es accesible a nosotros mediante la Revelación.

3. El Dios de nuestra fe. Aquel que profesamos en el 'Credo', es el Dios de Abrahán, nuestro Padre en la fe (Cfr. Rom 4,12-16). Es 'el Dios de Isaac y el Dios de Jacob' (Mc 12, 26), es decir, de Israel, el Dios de Moisés, y finalmente y sobre todo es 'Dios, Padre de Jesucristo' (Rom 15, 6) Esto afirmamos cuando decimos 'Creo en Dios Padre.'. Es el único e idéntico Dios, del que nos dice la Carta a los Hebreos que 'muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo.' (1, 1-2). El, que es la fuente de la palabra que describe su progresiva auto-manifestación en la historia, se revela plenamente en el Verbo Encarnado, Hijo eterno del Padre. En este hijo -Jesucristo- el Dios de nuestra fe se confirma definitivamente como Padre. Como tal lo reconoce y glorifica Jesús que reza: 'Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra.' (Mt 11, 25), enseñando claramente también a nosotros a descubrir en este Dios, Señor del cielo y de la tierra, a 'nuestro' Padre (Mt 6, 9).

4. Así, el Dios de la Revelación, 'Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo' (Rom 15, 6) se pone frente a nuestra fe como un Dios personal, como un 'Yo' divino inescrutable ante nuestros 'yo' humanos, ante cada uno y ante todos. Es un 'Yo' inescrutable, sí, en su profundo misterio, pero que se ha 'abierto' a nosotros en la Revelación, de manera que podemos dirigirnos a El como al santísimo 'Tú' divino. Cada uno de nosotros es capaz de hacerlo porque nuestro Dios, que abraza en Sí y supera y transciende de modo infinito todo lo que existe, está muy cercano a todos, y más aún, íntimo a nuestro más íntimo ser: 'Interior intimo meo', como escribe San Agustín (Confesiones III, VI,11).

5. Este Dios, el Dios de nuestra fe, Dios y Padre de Jesucristo, Dios y Padre nuestro, es al mismo tiempo el 'Señor del cielo y de la tierra', como Jesús mismo lo invocó (Mt 11, 25). En efecto, El es el creador.

Cuando el Apóstol Pablo de Tarso se presenta ante los atenienses en el areópago, proclama: 'Atenienses,. al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto (Las estatuas de los dioses venerados en la religión de la antigua Grecia), he hallado un altar en el cual está escrito: 'al Dios desconocido' Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano de hombres, ni por las manos humanas es servido, como si necesitase algo, siendo El mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. El ., fijó las estaciones y los confines de las tierras por ellos habitables, para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en El vivimos, nos movemos y existimos.' (Hech 17, 23-28).

Con estas palabras Pablo de Tarso, el Apóstol de Jesucristo, anuncia en el Areópago de Atenas la primera y fundamental verdad de la fe cristiana. Es la verdad que también nosotros confesamos con las palabras: 'Creo en Dios (en un solo Dios), Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra'. Este Dios -el Dios de la Revelación- hoy como entonces sigue siendo para muchos 'un Dios desconocido'. Es aquel Dios que muchos hoy como entonces 'buscan a tientas' (Hech 17, 27). El es el Dios inescrutable e inefable. Pero es Aquel que todo lo comprende; en 'El vivimos, nos movemos y existimos' (Hech 17, 28). A este Dios trataremos de acercarnos gradualmente en los próximos encuentros.

 

¿Quién es Dios? 31.VII.85

1. Al pronunciar las palabras 'Creo en Dios', expresamos ante todo la convicción de que Dios existe. Este es un tema que hemos tratado ya en las catequesis del ciclo anterior, referentes al significado de la palabra 'creo'. Según la enseñanza de la Iglesia la verdad sobre la existencia de Dios es accesible también a la sola razón humana, si está libre de prejuicios, como testimonian los pasajes del libro de la Sabiduría (13, 1-9) y de la Carta a los Romanos (1, 19-20) citados anteriormente. Nos hablan del conocimiento de Dios como creador (o Causa primera). Esta verdad aparece también en otras páginas de la Sagrada Escritura. El Dios invisible se hace en cierto sentido 'visible' a través de sus obras.

'Los cielos pregonan la gloria de Dios,/ y el firmamento anuncia las obras de sus manos./ El día transmite el mensaje al día,/ y la noche a la noche pasa la noticia' (Sal 18, 2-3).

Este himno cósmico de exaltación de las criaturas es un canto de alabanza a Dios como creador. He aquí algún otro texto:

'Cuántas son tus obras, oh Yahvéh!/ "Todas las hiciste con sabiduría!/Está llena la tierra de tu riqueza' (Sal 103, 24).

'El con su poder ha hecho la tierra,/ con su sabiduría cimentó el orbe/ y con su inteligencia tendió los cielos./ Embrutecióse el hombre sin conocimiento' (Jer 10, 12-14).

'Todo lo hace El apropiado a su tiempo. Conocí que cuanto hace Dios es permanente y nada se le puede añadir, nada quitar' (Qoh 3, 11-14).

2. Son sólo algunos pasajes en los que los autores inspirados expresan la verdad religiosa sobre Dios-Creador, utilizando la imagen del mundo a ellos contemporánea. Es ciertamente una imagen pre-científica, pero religiosamente verdadera y poéticamente exquisita. La imagen de que dispone el hombre de nuestro tiempo, gracias al desarrollo de la cosmología filosófica y científica, es incomparablemente más significativa y eficaz para quien procede con espíritu libre de prejuicios.

Las maravillas que las diversas ciencias específicas nos desvelan sobre el hombre y el mundo, sobre el microcosmo y el macrocosmos, sobre la estructura interna de la materia y sobre las profundidades de la psique humana son tales que confirman las palabras de los autores sagrados, induciendo a reconocer la existencia de una Inteligencia suprema creadora y ordenadora del universo.

3. Las palabras 'creo en Dios' se refieren ante todo a aquel que se ha revelado a Sí mismo. Dios que se revela es Aquel que existe: en efecto, puede revelarse a Sí mismo sólo Uno que existe realmente. Del problema de la existencia de Dios la Revelación se ocupa en cierto sentido marginalmente y de modo indirecto. Y tampoco en el Símbolo de la fe la existencia de Dios se presenta como un interrogante o un problema en sí mismo. Como hemos dicho ya, la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio afirman la posibilidad de un conocimiento seguro de Dios mediante la sola razón. Indirectamente tal afirmación encierra el postulado de que el conocimiento de la existencia de Dios mediante la fe -que expresamos con las palabras 'creo en Dios'-, tiene un carácter racional, que la razón puede profundizar. 'Credo, ut intelligam' como también 'intelligo, ut credam': éste es el camino de la fe a la teología.

4. Cuando decimos 'creo en Dios', nuestras palabras tienen un carácter preciso de 'confesión'. Confesando respondemos a Dios que se ha revelado a Sí mismo. Confesando nos hacemos partícipes de la verdad que Dios ha revelado y la expresamos como contenido de nuestra convicción. Aquel que se revela a Sí mismo no sólo nos hace posible conocer que El existe, sino que nos permite también conocer Quién es El. Así, la autorrevelación de Dios nos lleva al interrogante sobre la Esencia de Dios: ¿Quién es Dios?.

5. Hagamos referencia aquí al acontecimiento bíblico narrado en el libro del Éxodo (3, 1-14). Moisés que apacentaba la grey en las cercanías del monte Horeb advierte un fenómeno extraordinario. 'Veía Moisés que la zarza ardía y que no se consumía' (Ex 3, 2). Se acercó y Dios 'le llamó de en medio de la zarza: "Moisés!. "Moisés!, él respondió: Heme aquí. Yahvéh le dijo: 'No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa'; y añadió: 'Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, pues temía mirar a Dios' (Ex 3, 4-6).

El acontecimiento descrito en el libro del Éxodo se define una 'teofanía', es decir, una manifestación de Dios en un signo extraordinario y se muestra, entre todas las teofanías del Antiguo Testamento, especialmente sugestiva como signo de la presencia de Dios. La teofanía no es una revelación directa de Dios, sino sólo la manifestación de una presencia particular suya. En nuestro caso esta presencia se hace conocer tanto mediante las palabras pronunciadas desde el interior de la zarza ardiendo, como mediante la misma zarza que arde sin consumirse.

6. Dios revela a Moisés la misión que pretende confiarle: debe liberar a los israelitas de la esclavitud egipcia y llevarlos a la tierra Prometida. Dios le promete también su poderosa ayuda en el cumplimiento de esta misión: 'Yo estaré contigo'. Entonces Moisés se dirige a Dios: 'Pero si voy a los hijos de Israel y les digo: el Dios de vuestros padres me envía a vosotros, y me pregunta cual es su nombre, ¿Qué voy a responderles?'. Dijo Dios a Moisés: 'Yo soy el que soy'. Después dijo: 'Así responderás a los hijos de Israel: Yo soy me manda a vosotros' (Ex 3, 12-14).

Así, pues, el Dios de nuestra fe -el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob- revela su nombre. Dice así: 'Yo soy el que soy'. Según la tradición de Israel, el nombre expresa la esencia.

La Sagrada Escritura da a Dios diversos 'nombres'; entre estos: 'Señor' (p.ej. Sab 1, 1), 'Amor' (1 Jn 4, 16), 'Misericordioso' (p.e. Sal 85, 15), 'Fiel'(1 Cor 1, 9), 'Santo' (Is 6, 3). Pero el nombre que Moisés oyó procedente de lo profundo de la zarza ardiente constituye casi la raíz de todos los demás. El que es dice la esencia misma de Dios que es el Ser por sí mismo, el Ser subsistente como precisan los teólogos y los filósofos. Ante El no podemos sino postrarnos y adorar.

 

Dios, 'el que es' 7.VIII.85

1. 'Creemos que este Dios único absolutamente uno en su esencia infinitamente santa al igual que en todas sus perfecciones, en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y en su amor. El es el que es, como lo ha revelado a Moisés; y El es Amor, como el Apóstol Juan nos lo enseña; de forma que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma Realidad divina de Aquel que ha querido darse a conocer a nosotros y que habitando en una luz inaccesible está en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada' (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios).

2. Estas palabras expresan de manera más extensa que los antiguos Símbolos, aunque también de forma concisa y sintética, aquella verdad sobre Dios que la Iglesia profesa ya al comienzo del Símbolo: 'Creo en Dios': es del Dios que se ha revelado a Sí mismo, el Dios de nuestra fe. Su nombre: 'Yo soy el que soy', revelado a Moisés, resuena, pues, todavía en el Símbolo de la fe de hoy. Pablo VI une este Nombre -el nombre 'Ser'- con el nombre 'Amor' (según el ejemplo de la primera Carta de San Juan). Estos dos nombres expresan del modo más esencial la verdad sobre Dios. Tendremos que volver de nuevo a esto cuando, al interrogarnos sobre la Esencia de Dios, tratemos de responder a la pregunta: quién es Dios.

3. Pablo VI hace referencia al Nombre de Dios 'Yo soy el que soy', que se halla en el libro del Éxodo. Siguiendo la tradición doctrinal y teológica de muchos siglos, ve en él la revelación de Dios como 'Ser': el Ser subsistente, que expresa la Esencia de Dios en el lenguaje de la filosofía del ser (ontología o metafísica) utilizada por Santo Tomás de Aquino. Hay que añadir que la interpretación estrictamente lingüística de las palabras 'Yo soy el que soy', muestran también otros significados posibles, a los cuales aludiremos más adelante. Las palabras de Pablo VI ponen suficientemente de relieve que la Iglesia, al responder al interrogante: ¿Quién es Dios?, sigue, a partir del ser (ens a se), en la línea de una tradición patrística y teológica plurisecular. No se ve de qué otro modo se podría formular una respuesta sostenible y accesible.

4. La palabra con la que Dios mismo se revela expresándose en la 'terminología del ser', indica un acercamiento especial entre el lenguaje de la revelación y el lenguaje del conocimiento humano de la realidad, que ya desde la antigüedad se calificaba como 'filosofía primera'. El lenguaje de esta filosofía permite acercarse de algún modo al Nombre de Dios como 'Ser'. Y, sin embargo -como observa uno de los más distinguidos representantes de la escuela tomista en nuestro tiempo, haciendo eco al mismo Santo Tomás de Aquino (Cfr. C.G. I, 14; 30)-, incluso utilizando este lenguaje podemos, al máximo, 'silabear' este Nombre revelado, que expresa la Esencia de Dios (Cfr. E. Gilson, El Tomismo). En efecto, "el lenguaje humano no basta para expresar de modo adecuado y exhaustivo 'Quien es' Dios!, "nuestros conceptos y nuestras palabras respecto de Dios sirven más para decir lo que El no es, que lo que es! (Cfr. S. Th. I, q.12, a.12 s).

5. 'Yo soy el que soy'. El Dios que responde a Moisés con estas palabras es también 'el Creador del cielo y de la tierra'. Anticipando aquí por un momento lo que diremos en las catequesis sucesivas a propósito de la verdad revelada sobre la creación, es oportuno notar que, según la interpretación común, las palabra 'crear' significa 'llamar al ser del no-ser', es decir, de la 'nada'. Ser creado significa no poseer en sí mismo la fuente, la razón de la existencia, sino recibirla 'de Otro'. Esto se expresa sintéticamente en latín con la frase 'ens ab alio'. El que crea -el Creador- posee en cambio la existencia en sí y por sí mismo ('ens a se').

El ser pertenece a su substancia: su esencia es el ser. El es el Ser subsistente (Es se subsistens). Precisamente por esto no puede no existir, es el ser 'necesario'. A diferencia de Dios, que es el 'ser necesario', los entes que reciben la existencia de El, es decir, las criaturas, pueden no existir: el ser no constituye su esencia; son entes 'contingentes'.

6. Estas consideraciones respecto a la verdad revelada sobre la creación del mundo, ayudan a comprender a Dios como el 'Ser'. Permiten también vincular este 'Ser' con la respuesta que recibió Moisés a la pregunta sobre el Nombre de Dios: 'Yo soy el que soy'. A la luz de estas reflexiones adquieren plena transparencia también las palabras solemnes que oyó Santa Catalina de Siena: 'Tú eres lo que no es, Yo soy El que Es'. Esta es la Esencia de Dios, el Nombre de Dios, leído en profundidad en la fe inspirada por su auto-revelación, confirmado a la luz de la verdad radical contenida en el concepto de creación. Sería oportuno cuando nos referimos a Dios escribir con letra mayúscula aquel 'soy', el que 'es', reservando la minúscula a las criaturas. Ello sería además un signo de un modo correcto de reflexionar sobre Dios según las categorías del 'ser'.

En cuanto 'ipsum Ens per se Subsistens' -es decir, absoluta plenitud de Ser y por tanto de toda perfección- Dios es completamente transcendente respecto del mundo. Con su esencia, con su divinidad El 'sobrepasa' y 'supera' infinitamente todo lo que es creado: tanto cada criatura incluso la más perfecta como el conjunto de la creación: los seres visibles y los invisibles.

Se comprende así que el Dios de nuestra fe, EL QUE ES, es el Dios de infinita majestad. Esta majestad es la gloria del Ser divino, la gloria del Nombre de Dios, muchas veces celebrada en la Sagrada Escritura:

'Yahvéh, Señor, nuestro, "cuán magnífico es tu nombre/ en toda la tierra!' (Sal 8, 2)

'Tú eres grande y obras maravillas/ tú eres el solo Dios' (Sal 85, 10).

'No hay semejante a ti, oh Yahvéh.' (Jer 10, 6).

Ante el Dios de la inmensa gloria no podemos más que doblar las rodillas en actitud de humilde y gozosa adoración repitiendo con la liturgia en el canto del Te Deum: 'Pleni sunt coeli et terra maiestatis gloriae tuae. Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia: Patrem inmensae maistatis': 'Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria. A ti la Iglesia santa, extendida por toda la tierra, te proclama: Padre de inmensa majestad'.

 

Un Dios 'escondido' 28.VIII.85

1. El Dios de nuestra fe, el que de modo misterioso reveló su nombre a Moisés al pie del monte Horeb, afirmando 'Yo soy el que soy', con relación al mundo es completamente transcendente. El . es real y esencialmente distinto del mundo. e inefablemente elevado sobre todas las cosas, que son y pueden ser concebidas fuera de El': 'est re et essentia a mundo distinctus, et super omnia, quae praeter ipsum sunt et concipi possum ineffabiliter excelsus' (Cons.Dei Filius, I, 1-4). Así enseña el Concilio Vaticano I, profesando la fe perenne de la Iglesia

. Efectivamente, aun cuando la existencia de Dios es concebible y demostrable y aun cuando su esencia se puede conocer de algún modo en el espejo de la creación, como ha enseñado el mismo Concilio, ningún signo, ninguna imagen creada puede desvelar al conocimiento humano la Esencia de Dios como tal. Sobrepasa todo lo que existe en el mundo creado y todo lo que la mente humana puede pensar: Dios es el 'ineffabiliter excelsus'.

2. A la pregunta: ¿quién es Dios?, si se refiere a la Esencia de Dios, no podemos responder con una 'definición' en el sentido estricto del término. La esencia de Dios -es decir, la divinidad- está fuera de todas las categorías de género y especie, que nosotros utilizamos para nuestras definiciones, y, por lo mismo, la Esencia divina no puede 'encerrarse' en definición alguna. Si en nuestro pensar sobre Dios con las categorías del 'ser', hacemos uso de la analogía del ser, con esto ponemos de relieve mucho más la 'no-semejanza 'que la semejanza, mucho más la incomparabilidad que la comparabilidad de Dios con las criaturas (como recordó también el Conc. Lateranense IV, el año 1215). Esta afirmación vale para todas las criaturas, tanto las del mundo visible, como para las de orden espiritual, y también para el hombre, en cuanto creado 'a imagen y semejanza' de Dios (Cfr. Gen 1, 26).

Así, pues, la cognoscibilidad de Dios por medio de las criaturas no remueve su esencial 'incomprensibilidad'. Dios es 'incomprensible', como ha proclamado el Concilio Vaticano I. El entendimiento humano, aun cuando posea cierto concepto de Dios, y aunque haya sido elevado de manera significativa mediante la revelación de la Antigua y de la Nueva Alianza a un conocimiento más completo y profundo de su misterio, no puede comprender a Dios de modo adecuado y exhaustivo. Sigue siendo inefable e inescrutable para la mente creada. 'Las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios', proclama el Apóstol Pablo (1 Cor 2, 11).

3. En el mundo moderno el pensamiento científico se ha orientado sobre todo hacia lo 'visible' y de algún modo 'mensurable' a la luz de la experiencia de los sentidos y con los instrumentos de observación e investigación, hoy día disponibles. En un mundo de metodologías positivistas y de aplicaciones tecnológicas, está 'incomprensibilidad' de Dios es aún más advertida por muchos, especialmente en el ámbito de la cultura occidental. Han surgido así condiciones especiales para la expansión de actitudes agnósticas o incluso ateas, debidas a las premisas del pensamiento común a muchos hombres de hoy. Algunos juzgan que esta situación intelectual puede favorecer, a su modo, la convicción, que pertenece también a la tradición religiosa, podría decirse, universal, y que el cristianismo ha acentuado bajo ciertos aspectos, que Dios es incomprensible. Y sería un homenaje a la infinita, transcendente realidad de Dios, que no se puede catalogar entre las cosas de nuestra común experiencia y conocimiento.

4. Sí, verdaderamente, el Dios que se ha revelado a Sí mismo a los hombres, se ha manifestado como El que es incomprensible, inescrutable, inefable. '¿Podrías tú descubrir el misterio de Dios?. ¿Llegarás a la perfección del Omnipotente?. Es más alto que los cielos. ¿Qué harás?. Es más profundo que el 'seol'. ¿Qué entenderás?', se dice en el libro de Job (11, 7-8).

Leemos en el libro del Éxodo un suceso que pone de relieve de modo significativo esta verdad. Moisés pide a Dios 'Muéstrame tu gloria'. El Señor responde: 'Haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciar ante ti mi nombre (esto ya había ocurrido en la teofanía al pie del monte Horeb), pero mi faz no podrás verla, porque no puede hombre verla y vivir' (Ex 33, 18-20).

El profeta Isaías, por su parte, confiesa: 'En verdad tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, Salvador' (Is 45, 15).

5. Ese Dios, que al revelarse, habló por medio de los profetas y últimamente por medio del Hijo, sigue siendo un 'Dios escondido'. Escribe el apóstol Juan al comienzo de su Evangelio: 'A Dios nadie lo vio jamás. Dios unigénito, que está en el seno del Padre, se le ha dado a conocer' (Jn 1, 18). Por medio del Hijo, el Dios de la revelación se ha acercado de manera única a la humanidad. El concepto de Dios que el hombre adquiere mediante la fe, alcanza su culmen en esta cercanía. Sin embargo, aun cuando Dios se ha hecho todavía más cercano al hombre con la encarnación, continúa siendo, en su Esencia, el Dios escondido. 'No que alguno -leemos en el mismo Evangelio de Juan- haya visto al Padre, sino sólo el que está en Dios se ha visto al Padre' (Jn 6, 46).

Así, pues, Dios, que se ha revelado a Sí mismo al hombre, sigue siendo para él en esta vida un misterio inescrutable. Este es el misterio de la fe. El primer artículo del símbolo 'creo en Dios' expresa la primera y fundamental verdad de la fe, que es al mismo tiempo, el primer y fundamental misterio de la fe. Dios, que se ha revelado a Sí mismo al hombre, continúa siendo para el entendimiento humano Alguien que simultáneamente es conocido e incomprensible. El hombre durante su vida terrena entra en contacto con el Dios de la revelación en la 'oscuridad de la fe'. Esto se explica en todo un filón clásico y moderno de la teología que insiste sobre la inefabilidad de Dios y encuentra una confirmación particularmente profunda -y a veces dolorosa- en la experiencia de los grandes místicos. Pero precisamente esta 'oscuridad de la fe' -como afirma San Juan de la Cruz- es la luz que inefablemente conduce a Dios.

Este Dios es, según las palabras de San Pablo, 'el Rey de reyes y Señor de señores,/ el único inmortal,/ que habita en una luz inaccesible,/ a quien ningún hombre vio,/ ni podrá ver' (1 Tim 6, 15-16).

La oscuridad de la fe acompaña indefectiblemente la peregrinación terrena del espíritu humano hacia Dios, con la espera de abrirse a la luz de la gloría sólo en la vida futura, en la eternidad. 'Ahora vemos por un espejo y oscuramente, pero entonces veremos cara a cara' (1 Cor 13, 12).

'In lumine tuo videbimus lumen'. 'Tu luz nos hace ver la luz' (Sal 35, 10).

 

Dios eterno 4.IX.85

1. La Iglesia profesa incesantemente la fe expresada en el primer artículo de los más antiguos símbolos cristianos: 'Creo en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del Cielo y de la tierra'. En estas palabras se refleja de modo conciso y sintético, el testimonio que el Dios de nuestra fe, el Dios vivo y verdadero de la Revelación, ha dado de sí mismo, según la Carta a los Hebreos, hablando 'por medio de los profetas', y últimamente 'por medio del Hijo' (Heb 1, 1-2). La Iglesia saliendo al encuentro de las cambiantes exigencias de los tiempos, profundiza la verdad sobre Dios, como lo atestiguan los diversos Concilios. Quiero hacer referencia aquí al Concilio Vaticano Y, cuya enseñanza fue dictada por la necesidad de oponerse, de una parte, a los errores del panteísmo del siglo XIX, y de otra, a los del materialismo, que entonces comenzaba a afirmarse.

2. El Concilio Vaticano I enseña: 'La santa Iglesia cree y confiesa que existe un sólo Dios vivo y verdadero, creador y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, incomprensible, infinito por inteligencia, voluntad y toda perfección; el cual, siendo una única substancia espiritual, totalmente simple e inmutable, debe ser predicado real y esencialmente distinto del mundo, felicísimo en sí y por sí, e inefablemente elevado sobre toda las cosas, que hay fuera de El y puedan ser concebidas' (Cons. Dei Filius).

3. Es fácil advertir en el texto conciliar parte de los mismos antiguos símbolos de fe que también rezamos: 'creo en Dios. omnipotente, creador del cielo y de la tierra', pero desarrolla esta formulación fundamental según la doctrina contenida en la Sagrada Escritura, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. Gracias al desarrollo realizado por el Vaticano I, los 'atributos' de Dios se enumeran de forma más completa que la de los antiguos símbolos.

Por 'atributos' entendemos las propiedades del 'Ser' divino que se manifiestan en la Revelación, como también en la mejor reflexión filosófica (Cfr. p.e. S. Th. I qq. 3 ss.). La Sagrada Escritura describe a Dios utilizando diversos adjetivos. Se trata de expresiones del lenguaje humano, que se manifiesta muy limitado, sobre todo cuando se trata de expresar la realidad totalmente transcendente que es Dios en sí mismo.

4. El pasaje del Concilio Vaticano I antes citado confirma la imposibilidad de expresar a Dios de modo adecuado. Es incomprensible e inefable. Sin embargo, la fe de la Iglesia y su enseñanza sobre Dios, aun conservando la convicción de su 'incomprensibilidad' e 'inefabilidad', no se contenta, como hace la llamada teología apofática, con limitarse a constataciones de carácter negativo, sosteniendo que el lenguaje humano, y, por tanto, también elteológico, puede expresar exclusivamente, o casi, sólo lo que Dios o es, al carecer de expresiones adecuadas para explicar lo que El es.

5. Así el Vaticano I no se limita a afirmaciones que hablan de Dios según la 'vía negativa', sino que se pronuncia también según la 'vía afirmativa'. Por ejemplo, enseña que este Dios esencialmente distinto del mundo ('a mundo distinctus re et es essentia'), es un Dios Eterno. Esta verdad está expresada en la Sagrada Escritura en varios pasajes y de modos diversos. Así, por ejemplo, leemos en el libro del Sirácida: 'El que vive eternamente creó juntamente todas las cosas' (18, 1), y en el libro del Profeta Daniel: 'El es el Dios vivo, y eternamente subsistente' (6, 27).

Parecidas son las palabras del Salmo 101, de las que se hace eco la Carta a los Hebreos: 'al principio cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos. Ellos perecerán, Tú permaneces, se gastarán como ropa, serán como un vestido que se muda. Tú, en cambio, eres siempre el mismo, tus años no se acabarán' (Sal 101, 26-28). Algunos siglos más tarde el autor de la Carta a los Hebreos volverá a tomar las palabras del citado Salmo: 'Tú, Señor, al principio, fundaste la tierra, y los cielos son obras de tus manos. Ellos perecerán, y como un manto los envolverás, y como un vestido se mudarán; pero Tú permaneces el mismo, y tus años no se acabarán' (1, 10-12).

La eternidad es aquí el elemento que distingue esencialmente a Dios del mundo. Mientras que éste está sujeto a cambios y pasa, Dios permanece por encima del devenir del mundo: El es necesario e inmutable: 'Tú permaneces el mismo'.

Consciente de la fe en este Dios eterno, San Pablo escribe: 'Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén' (1 Tim 1, 17). La misma verdad tiene en la Apocalipsis aún otra expresión: 'Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso' (1, 8).

6. En estos datos de la revelación halla expresión también la convicción racional a la que se llega cuando se piensa que Dios es el Ser subsistente, y, por lo tanto, necesario, y, por lo mismo, eterno, ya que no puede tener ni principio ni fin, ni sucesión de momentos en el Acto único e infinito de su existencia. La recta razón y la revelación encuentran una admirable coincidencia sobre este punto. Siendo Dios absoluta plenitud de ser (ipsum Ens per se Subsistens) su eternidad 'grabada en la terminología del ser' debe entenderse como 'posesión indivisible, perfecta y simultánea de una vida sin fin' y, por lo mismo, como un atributo del ser absolutamente 'por encima del tiempo'.

La eternidad de Dios no corre con el tiempo del mundo creado, 'no corresponde a El'; no lo 'precede' o lo 'prolonga' hasta el infinito; sino que está más allá de él y por encima de él. La eternidad, con todo el misterio de Dios, comprende en cierto sentido 'desde más allá' y 'por encima' de todo lo que está 'desde dentro' sujeto al tiempo, al cambio, a lo contingente. Viene a la mente las palabras de San Pablo en el Areópago de Atenas; 'en El. vivimos y nos movemos y existimos' (Hech 17, 28). Decimos 'desde el exterior' para afirmar con esta expresión metafórica la transcendencia de Dios sobre las cosas y de la eternidad sobre el tiempo, aun sabiendo y afirmando una vez más que Dios es el Ser que es interior a ser mismo de las cosas, y, por tanto, también al tiempo que pasa como un sucederse de elementos, cada uno de los cuales no está fuera de su abrazo eterno.

El texto del Vaticano I expresa la fe de la Iglesia en el Dios vivo, verdadero y eterno. Es eterno porque es la absoluta plenitud de ser que, como indican claramente los textos bíblicos citados, no puede entenderse como una suma de fragmentos o de 'partículas' del ser que cambian con el tiempo. La absoluta plenitud del ser sólo puede entenderse como eternidad, es decir, como total e indivisible posesión de ese ser que es la vida misma de Dios. En este sentido Dios es eterno: un 'Nunc', un 'Ahora', subsistente e inmutable, cuyo modo de ser se distingue esencialmente del de las criaturas, que son seres 'contingentes'.

7. Así, pues, el Dios vivo que se nos ha revelado a sí mismo, es el Dios eterno. Más correctamente decimos que Dios es la eternidad misma. La perfecta simplicidad del Ser divino ('Omnino simplex') exige esta forma de expresión.

Cuando en nuestro lenguaje humano decimos; 'Dios es eterno', indicamos un atributo del ser divino. Y, puesto, que todo atributo no se distingue concretamente de la esencia misma de Dios (mientras que los atributos humanos se distinguen del hombre que los posee), al decir: 'Dios es eterno', queremos afirmar: 'Dios es la eternidad'.

Esta eternidad para nosotros, sujetos al espacio y al tiempo, es incomprensible como la divina Esencia; pero ella nos hace percibir, incluso bajo este aspecto, la infinita grandeza y majestad del Ser divino, a la vez que nos colma de alegría el pensamiento de que este Ser Eternidad comprende todo lo que es creado y contingente, incluso nuestro pequeño ser, cada uno de nuestros actos, cada momento de nuestra vida.

'En El vivimos, nos movemos y existimos'.

 

Dios, espíritu infinitamente perfecto 11.IX.85

1. 'Dios es espíritu': son las palabras que dijo nuestro Señor Jesucristo durante el coloquio con la Samaritana junto al pozo de Jacob, en Sicar.

A la luz de estas palabras continuamos en esta catequesis comentando la primera verdad del símbolo de la fe: 'Creo en Dios'. Hacemos referencia en particular a la enseñanza del Concilio Vaticano I en la Constitución Dei Filius, capítulo primero: 'Dios creador de todas las cosas'. Este Dios que se ha revelado a sí mismo, hablando 'por los profetas y últimamente. por su Hijo'(Heb 1, 1), siendo creador del mundo, se distingue de modo esencial del mundo, que ha creado. El es la eternidad, como quedó expuesto en la catequesis precedente, mientras que todo lo que es creado está sujeto al tiempo contingente.

2. Porque el Dios de nuestra fe es la eternidad, es Plenitud de vida, y como tal se distingue de todo lo que vive en el mundo visible. Se trata de una 'vida' que hay que entender en el sentido altísimo que la palabra tiene cuando se refiere a Dios que es espíritu, espíritu puro, de tal manera que, como enseña el Vaticano I, es inmenso e invisible. No encontramos en El nada mensurable según los criterios del mundo creado y visible ni del tiempo que mide el fluir de la vida del hombre, porque Dios está sobre la materia, es absolutamente 'inmaterial'. Sin embargo, la 'espiritualidad' del ser divino no se limita a cuanto podemos alcanzar según la vía negativa: es decir, sólo a la inmaterialidad. Efectivamente podemos conocer, mediante la vía afirmativa, que la espiritualidad es un atributo del ser divino, cuando Jesús de Nazaret responde a la Samaritana diciendo: 'Dios es espíritu' (Jn 4, 24).

3. El texto conciliar del Vaticano I, a que nos referimos, afirma la doctrina sobre Dios que la Iglesia profesa y anuncia, con dos aserciones fundamentales: 'Dios es una única substancia espiritual, totalmente simple e inmutable'; y también: 'Dios es infinito por inteligencia, voluntad y toda perfección'.

La doctrina sobre la espiritualidad del ser divino, transmitida por la revelación, ha sido claramente formulada en este texto con la 'terminología del ser'. Se revela en la formulación: 'Substancia espiritual'. La palabra 'substancia', en efecto, pertenece al lenguaje de la filosofía de ser. El texto conciliar intenta afirmar con esta frase que Dios, el cual por su misma Esencia se distingue de todo el mundo creado, no es sólo el Ser subsistente, sino que, en cuanto tal, es también Espíritu subsistente. El Ser divino es por propia esencia absolutamente espiritual.

4. Espiritualidad significa inteligencia y voluntad libre. Dios es Inteligencia, Voluntad y Libertad en grado infinito, así como es también toda perfección en grado infinito.

Estas verdades sobre Dios tienen muchas confirmaciones en los datos de la revelación, que encontramos en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Por ahora nos referimos sólo a algunas citas bíblicas, que ponen de relieve la Inteligencia infinitamente perfecta del Ser divino. A la Libertad y a la Voluntad infinitamente perfectas de Dios dedicaremos las catequesis sucesivas.

Viene a la mente ante todo la magnifica exclamación de San Pablo en la Carta a los Romanos: '"Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de Conocimiento el de Dios!. "Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!. ¿Quién no conoció la mente del Señor?' (11, 33 ss.).

Las palabras del Apóstol resuenan como un eco potente de la doctrina de los libros sapienciales del antiguo Testamento: 'Su sabiduría no tiene medida', proclama el Salmo 146, 5. A la sabiduría de Dios se une su grandeza: 'Grande es el Señor, y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza' (Sal 144, 3). 'Nada hay que quitar a su obra, nada que añadir, y nadie es capaz de investigarlas maravillas del Señor. Cuando el hombre cree acabar, entonces comienza, y cuando se detiene, se ve perplejo' (Sir 18, 5-6). De Dios, pues, puede afirmar el Sabio: 'Es mucho más grande que todas sus obras' (Sir 43, 28), y concluir" 'El lo es todo' (43, 27).

Mientras los autores 'sapienciales' hablan de Dios en tercera persona: 'El', el Profeta Isaías pasa a la primera persona: 'Yo'. Hace decir a Dios que le inspira: 'Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis pensamiento son más altos que los vuestros' (Is 55, 9).

5. En los 'pensamientos' de Dios y en su 'ciencia y sabiduría' se expresa la infinita perfección de su Ser: por su Inteligencia absoluta Dios supera incomparablemente todo lo que existe fuera de El. Ninguna criatura y en particular ningún hombre puede negar esta perfección. '"Oh hombre!. ¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios?. ¿Acaso dice el vaso al alfarero: ¿Por qué me has hecho así?. ¿O es que el alfarero no es dueño de la arcilla?' -pregunta San Pablo- (Rom 9, 20). Este modo de pensar y de expresarse está heredado del Antiguo Testamento: parecidas preguntas y respuestas se encuentran en Isaías (Cfr. 29, 15; 45, 9-11) y en el Libro de Job (Cfr. 2, 9-10; 1, 21). El libro del Deuteronomio, a su vez, proclama: '"¡Dad gloria a nuestro Dios!. ¡El es la Roca!". Sus obras son perfectas. Todos sus caminos son justísimos; es fidelísimo y no hay en El iniquidad; es justo y recto' (32, 3-4). La alabanza de la infinita perfección de Dios no es sólo confesión de la Sabiduría, sino también de su justicia y rectitud, es decir, de su perfección moral.

6. En el Sermón de la Montaña Jesucristo exhorta; 'Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto' (Mt 5, 48). Esta llamada es una invitación a confesar: "Dios es perfecto!. Es 'infinitamente perfecto' (Dei Filius).

La infinita perfección de Dios está constantemente presente en la enseñanza de Jesucristo. El que dijo a la Samaritana: 'Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.' (Jn 4, 23-24), se expresó de manera muy significativa cuando respondió al joven que se dirigió a El con las palabras: 'Maestro bueno.', diciendo '¿Por qué me llamas bueno?. No hay nadie bueno más que Dios.' (Mc 10, 17-18).

7. Sólo Dios es Bueno y posee la perfección infinita de la bondad. Dios es la plenitud de todo bien. Así como El 'Es' toda la plenitud del ser, del mismo modo 'Es bueno' con toda la plenitud del Bien. Esta plenitud de bien corresponde a la infinita perfección de su Voluntad, lo mismo que a la infinita perfección de su entendimiento y de su Inteligencia corresponde la absoluta plenitud de la Verdad, subsistente en El en cuanto conocida por su entendimiento como idéntica a su Conocer y Ser. Dios es espíritu infinitamente perfecto, por lo cual quienes lo han conocido se han hecho verdaderos adoradores: Lo adoran en espíritu y verdad.

Dios, este Bien infinito que es absoluta plenitud de verdad. 'est diffusivum sui' (S. Th. I, q.5, a.4, ad 2). También por esto se ha revelado, a sí mismo: la Revelación es el Bien mismo que se comunica como Verdad.

Este Dios que se ha revelado a Sí mismo, desea de modo inefable e incomparable comunicarse, darse. Este es el Dios de la Alianza y de la Gracia.

 

Dios, Padre Omnipotente 18.IX.85

1. 'Creo en Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra.'

Dios que se ha revelado a sí mismo, el Dios de nuestra fe, es espíritu infinitamente perfecto.

Esta verdad sobre Dios como infinita plenitud ha sido afectada, en cierto sentido, por los símbolos de la fe, mediante la afirmación de que Dios es el Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Aunque nos ocuparemos un poco más adelante de la verdad sobre la creación, es oportuno que profundicemos, a la luz de la revelación, lo que en Dios corresponde al misterio de la creación.

2. Dios, a quien la Iglesia confiesa omnipotente ('creo en Dios Padre omnipotente), en cuanto espíritu infinitamente perfecto es también omnisciente, es decir, que penetra todo con su conocimiento.

Este Dios omnipotente y omnisciente, tiene el poder de crear, de llamar del no-ser, de la nada, al ser. 'Hay algo imposible para el Señor?' - leemos en el Génesis (18, 14)-.

'Realizar cosas grandes siempre está en tu mano, y al poder de tu brazo ¿Quién puede resistir?', anuncia el Libro de la Sabiduría (11, 22). La misma fe profesa el Libro de Ester con las palabras 'Señor, Rey omnipotente, en cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada podrá oponerse' (Est 4, 17). 'Nada hay imposible para Dios' (Lc 1, 37), dijo el Arcángel Gabriel a María de Nazaret en la Anunciación.

3. El Dios, que se revela a sí mismo por boca de los profetas es omnipotente. Esta verdad impregnan profundamente toda la revelación, a partir de las primeras palabras del Libro del Génesis: 'Dijo Dios: 'Hágase.'(Gen 1, 3). El acto creador se manifiesta como la omnipotente Palabra de Dios: 'El lo dijo y existió.' (Sal 32, 9). Al crear todo de la nada, el ser del no-ser, Dios se revela como infinita plenitud de Bien, que se difunde. El que Es, el Ser subsistente, el ser infinitamente perfecto, en cierto sentido se da en ese 'ES', llamando a la existencia, fuera de sí, al cosmos visible e invisible: los seres creados. Al crear las cosas, da origen a la historia del universo, al crear al hombre como varón y mujer, da comienzo la historia. 'Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos' (1 Cor 12, 6).

4. El Dios que se revela a sí mismo como Creador, y, por lo tanto, como Señor de la historia del mundo y del hombre, es el Dios omnipotente, el Dios vivo. 'La Iglesia cree y confiesa que hay un único Dios vivo y verdadero, Creador y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente', afirma el Vaticano Y. Este Dios, espíritu infinitamente perfecto y omnisciente es absolutamente libre y soberano también respecto al mismo acto de la creación. Si El es el Señor de todo lo que crea ante todo es Señor de la propia Voluntad en la creación. Crea porque quiere crear. Crea porque esto corresponde a su infinita Sabiduría. Creando actúa con la inescrutable plenitud de su libertad, por impulso de amor eterno.

5. El texto de la Constitución Dei Filius del Vaticano I, tantas veces citado, pone de relieve la absoluta libertad de Dios en la creación y en cada una de sus acciones. Dios es 'en sí y por sí felicísimo': tiene en sí mismo y por sí la total plenitud del Bien y de la Felicidad. Si llama al mundo a la existencia, lo hace no para completar o integrar el Bien que es El, sino sólo y exclusivamente con la finalidad de dar el bien de una existencia multiforme al mundo de las criaturas invisibles y visibles. Es una participación múltiple y varia de único, infinito, eterno Bien, que coincide con el Ser mismo de Dios.

De este modo, Dios, absolutamente libre y soberano en la obra de la creación, permanece fundamentalmente independiente del universo creado. Esto no significa de ningún modo que El sea indiferente con relación a las criaturas; en cambio, El las guía como eterna Sabiduría, Amor y Providencia omnipotente.

6. La Sagrada Escritura pone de relieve el hecho de que en esta obra Dios está solo. He aquí las palabras del Profeta Isaías: 'Yo soy el Señor, el que lo ha hecho todo, el que solo despliega los cielos y afirma la tierra. ¿Quién conmigo?' (44, 24). En la 'soledad' de Dios en la obra de la creación resalta su soberana libertad y su paternal omnipotencia.

'El Dios formó la tierra, la hizo y la afirmó. No la creó para yermo, la formó para que fuese habitada' (Is 45, 18).

A la luz de la auto-revelación de Dios, que 'habló por los Profetas y últimamente. por su Hijo' (Heb 1, 1-2), la Iglesia confiesa desde el principio su fe en el 'Padre omnipotente', Creador del cielo y del la tierra, 'de todo lo visible y lo invisible'. Este Dios omnipotente es también omnisciente y omnipresente. O aún mejor, habría que decir, que en cuanto espíritu infinitamente perfecto, Dios es a la vez la Omnipotencia, la Omnisciencia y la Omnipresencia misma.

7. Dios está ante todo presente a Sí: en su Divinidad Una y Trina. Está presente también en el universo que ha creado; lo está, por consiguiente, en la obra de la creación mediante el poder creador (per potentiam), en el cual se hace presente su misma Esencia transcendente (per essentiam). Esta presencia supera al mundo, lo penetra y lo mantiene en la existencia. Lo mismo puede repetirse de la presencia de Dios mediante su conocimiento, como Mirada infinita que todo lo ve (per visionem, o per scientiam). Finalmente, Dios está presente de modo particular en la historia de la humanidad, que es también la historia de la salvación. Esto es (si nos podemos expresar así) la presencia más 'personal' de Dios: su presencia mediante la gracia, cuya plenitud la humanidad ha recibido de Jesucristo Cfr. Jn 1, 16-17). De este último misterio hablaremos en una próxima catequesis.

8. 'Señor, Tú me sondeas y me conocer.' (Sal 138, 1).

Mientras repetimos las palabras inspiradas de este Salmo, confesemos juntamente con todo el Pueblo de Dios, presente en todas las partes del mundo, la fe en la omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia de Dios, que es nuestro Creador, Padre y Providencia. 'En El vivimos, nos movemos y existimos' (Hech 17, 28).

 

El Dios de la Alianza 5.IX.85

1. En nuestras catequesis tratamos de responder de modo progresivo a la pregunta: ¿Quién es Dios?. Se trata de una respuesta auténtica, porque se funda en la palabra de la auto-revelación divina. Esta respuesta se caracteriza por la certeza de la fe, pero también por la convicción del entendimiento humano iluminado por la fe.

2. Volvamos una vez más al pie del monte Horeb, donde Moisés que apacentaba la grey, oyó en medio de la zarza ardiente la voz que decía: 'Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa' (Ex 3, 5). La voz continuó: 'Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob'. Por lo tanto, es el Dios de los padres quién envía a Moisés a liberar a su pueblo de la esclavitud egipcia.

Sabemos que, después de haber recibido esta misión, Moisés preguntó a Dios su nombre. Y recibió la respuesta: 'Yo soy el que soy'. En la tradición exegética, teológica y magisterial de la Iglesia, que fue asumida también por Pablo VI en el 'Credo del Pueblo de Dios' (1968), esta respuesta se interpreta como la revelación de Dios como el 'Ser'

En la respuesta dada por Dios: 'Yo soy el que soy', a la luz de la historia de la salvación se puede leer una idea más rica y más precisa. Al enviar a Moisés en virtud de este Nombre, Dios -Yahvéh- se revela sobre todo como del Dios de la Alianza: "Yo soy el que soy para vosotros'; estoy aquí como Dios deseoso de la alianza y de la salvación, como el Dios que os ama y os salva. Esta clave de lectura presenta a Dios como un Ser que es Persona y se auto-revela a personas, a las que trata como tales. Dios, ya al crear el mundo, en cierto sentido salió de su propia 'soledad', para comunicarse a Sí mismo, abriéndose al mundo y especialmente a los hombres creados a su imagen y semejanza (Gen 1, 26). En la revelación del Nombre 'Yo soy el que soy' (Yahvéh), parece poner de relieve sobre todo la verdad de que Dios es el Ser-Persona que conoce, ama, atrae hacia sí a los hombres, el Dios de la Alianza.

3. En el coloquio con Moisés prepara una nueva etapa de la Alianza con los hombres, una nueva etapa de la historia de la salvación. La iniciativa del Dios de la Alianza, efectivamente, va rimando la historia de la salvación a través de numerosos acontecimientos, como se manifiesta en la IV Plegaria Eucarística con las palabras; "Reiteraste tu alianza a los hombres'.

Conversando con Moisés al pie del monte Horeb, Dios -Yahvéh- se presenta como 'el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob', es decir, el Dios que había hecho una Alianza con Abrahán (Cfr. Gen 17, 1-14) y con sus descendientes, los patriarcas, fundadores de las diversas estirpes del pueblo elegido, que se convirtió en Pueblo de Dios.

4. Sin embargo, las iniciativas del Dios de la Alianza se remontan incluso antes de Abrahán. El libro del Génesis registra la Alianza con Noé después del diluvio (Cfr. Gen 9, 1-17). Se puede hablar también de la Alianza originaria antes del pecado original (Cfr. Gen 2, 15-17). Podemos afirmar que la iniciativa del Dios de la Alianza sitúa, desde el principio, la historia del hombre en la perspectiva de la salvación. La salvación es comunión de vida sin fin con Dios; cuyo símbolo estaba representado en el paraíso por el 'árbol de la vida' (Cfr. Gen 2, 9). Todas las alianzas hechas después del pecado original confirman, por parte de Dios, la misma voluntad de salvación. El Dios de la Alianza es el Dios 'que se dona' al hombre de modo misterioso: El Dios de la revelación y el Dios de la gracia. No sólo se da a conocer al hombre, sino que lo hace partícipe de su naturaleza divina (2 Pe 1, 4).

5. La Alianza llega a su etapa definitiva en Jesucristo: la 'nueva' y 'eterna alianza' (Heb 12, 24; 13, 20). Ella da testimonio de la total originalidad de la verdad sobre Dios que profesamos en el 'Credo' cristiano. En la antigüedad pagana la divinidad era más bien el objeto de la aspiración del hombre. La revelación del Antiguo y todavía más del Nuevo Testamento muestra a Dios que busca al hombre, que se acerca a él. Es Dios quien quiere hacer la alianza con el hombre: 'Ser vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo' (Lev 26, 12); 'Ser su Dios y ellos serán mi pueblo' (2 Cor 6, 16).

6. La Alianza es, igual que la creación, una iniciativa divina completamente libre y soberana. Revela de modo aún más eminente la importancia y el sentido de la creación en las profundidades de la libertad de Dios. La Sabiduría y el Amor, que guían la libertad transcendente de Dios-Creador, resaltan aún más en la transcendente libertad del Dios de la Alianza.

7. Hay que añadir también que si mediante la Alianza, especialmente la plena y definitiva en Jesucristo, Dios se hace de algún modo inmanente con relación al mundo, El conserva totalmente la propia transcendencia. El Dios encarnado, y más aún el Dios Crucificado, no sólo sigue siendo un Dios incomprensible e inefable, sino que se convierte todavía en más incomprensible e inefable para nosotros precisamente en cuanto que se manifiesta como Dios de un infinito, inescrutable amor.

8. No queremos anticipar temas que constituirán el objeto de futuras catequesis. Volvemos de nuevo a Moisés. La revelación del Nombre de Dios al pie del monte Horeb prepara la etapa de la Alianza que el Dios de los Padres estrecharía con su pueblo en el Sinaí. En ella se pone de relieve de manera fuerte y expresiva el sentido monoteísta del 'credo' basado en la Alianza: 'creo en un sólo Dios': Dios es uno, es único.

He aquí las palabras del Libro del Éxodo: 'Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. No tendrás otro Dios que a mí' (Ex 20, 2-3). En el Deuteronomio encontramos la fórmula fundamental del 'Credo' veterotestamentario expresado con las palabras: 'Oye, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es único' (6, 4; cfr. 4, 39-40).

Isaías dará a este 'Credo' monoteísta del Antiguo Testamento una magnífica expresión profética: 'Vosotros sois mis testigos -dice Yahvéh- mi siervo, a quien yo elegí, para que aprendáis y me creáis y comprendáis que soy yo. Antes de mí no fue formado Dios alguno, ninguno habrá después de mí. Yo, yo soy el Señor, y fuera de mí no hay salvador. Vosotros sois mis testigos, dice Yahvéh, y yo Dios desde la eternidad y también desde ahora lo soy' (Is 45, 22).

9. Esta verdad sobre el único Dios constituye el depósito fundamental de los dos Testamentos. En la Nueva Alianza lo expresa, por ejemplo, San Pablo con las palabras: "Un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos' (Ef 4, 6). Y siempre es Pablo el que combatía el politeísmo pagano(Cfr. Rom 1, 23; Gal 3, 8), con no menor ardor del que se halla presente en el antiguo Testamento, quien con igual firmeza proclama que este Único verdadero Dios 'es Dios de todos, tanto de los circuncisos como de los incircuncisos, tanto de los judíos como de los paganos' (Cfr. Rom. 3, 29-30). La revelación de un sólo verdadero Dios, dada en la Antigua Alianza al pueblo elegido de Israel, estaba destinada a toda la humanidad, que encontraría en el monoteísmo la expresión de la convicción a la que el hombre puede llegar también con la luz de la razón: porque si Dios es el ser perfecto, infinito, subsistente, no puede ser más que Uno. En la Nueva Alianza, por obra de Jesucristo, la verdad revelada en el Antiguo Testamento se ha convertido en la fe de la Iglesia universal, que confiesa: 'creo en un sólo Dios'.

 

Dios es amor 2.X.85

1. 'Dios es Amor.': estas palabras, contenidas en uno de los últimos libros del Nuevo Testamento, la Primera Carta de San Juan (4, 16),constituyen como la definitiva clave de bóveda de la verdad sobre Dios, que se abrió camino mediante numerosas palabras y muchos acontecimientos, hasta convertirse en plena certeza de la fe con la venida de Cristo, y sobre todo con su cruz y su resurrección. Son palabras en las que encuentra un eco fiel la afirmación de Cristo mismo: 'Tanto amó Dios al mundo, que dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga la vida eterna'(Jn 3, 16).

La fe de la Iglesia culmina en esta verdad suprema: "Dios es amor!. Se ha revelado a Sí mismo de modo definitivo como Amor en la cruz y resurrección de Cristo. 'Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene -continúa diciendo el Apóstol Juan en su Primera Carta-. Dios es amor, y el que vive en el amor permanece en Dios, y Dios está en él' (4,16).

2. La verdad de que Dios es Amor constituye como el ápice de todo lo que fue revelado 'por medio de los profetas y últimamente por medio del Hijo.', como dice la Carta a los Hebreos (1, 1). Esta verdad ilumina todo el contenido de la Revelación divina, y en partícula la realidad revelada de la creación y de la Alianza. Si la creación manifiesta la omnipotencia del Dios-Creador, el ejercicio de la omnipotencia se explica definitivamente mediante el amor. Dios ha creado porque podía, porque es omnipotente; pero su omnipotencia estaba guiada por la Sabiduría y movida por el Amor. Esta es obra de la creación. Y la obra de la redención tiene una elocuencia aún más potente y nos ofrece una demostración todavía más radical: frente al mal, frente al pecado de las criaturas permanece el amor como expresión de la omnipotencia. Sólo el amor omnipotente sabe sacar el bien del mal y la vida nueva del pecado y de la muerte.

3. El amor como potencia, que da la vida y que anima, está presente en toda la Revelación. El Dios vivo, el Dios que da la vida a todos los vivientes es Aquel de quien nos hablan los Salmos: 'Todos ellos aguardan a que les eches comida a su tiempo; se la echas y la atrapan, abres tu mano, y se sacian de bienes; escondes tu rostro, y se espantan, les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo' (Sal 103, 27-29). La imagen está tomada del seno mismo de la creación. Y si este cuadro tiene rasgos antropomórficos (como muchos textos de la Sagrada Escritura), este antropomorfismo posee una motivación bíblica: dado que el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, hay una razón para hablar de Dios 'a imagen y semejanza' del hombre. Por otra parte, este antropomorfismo no ofusca la transcendencia de Dios: Dios no queda reducido a dimensiones de hombre. Se conservan todas las reglas de la analogía y del lenguaje analógico, así como las de la analogía de la fe.

4. En la Alianza Dios se da a conocer a los hombres, ante todo a los del Pueblo elegido por El. Siguiendo una pedagogía progresiva, el Dios de la Alianza manifiesta las propiedades de su ser, las que suelen llamarse atributos. Estos son ante todo atributos de orden moral, en los cuales se revela gradualmente el Dios-Amor. Efectivamente, si Dios se revela -sobre todo en la alianza del Sinaí- como Legislador, Fuente suprema de la Ley, esta autoridad legislativa encuentra su plena expresión y confirmación en los atributos de la actuación divina que la Sagrada Escritura nos hace reconocer.

Los manifiestan los libros inspirados del Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, leemos en el libro de la Sabiduría: 'Porque tu poder es el principio de la justicia y tu poder soberano te autoriza para perdonar a todos. Tú, Señor de la fuerza, juzgas con benignidad y con mucha indulgencia nos gobiernas, pues cuando quieres tienes el poder en la mano' (12, 16.18).

Y también: 'El poder de tu majestad ¿Quién lo contará, y quién podrá enumerar sus misericordias' (Sir 18, 4).

Los escritos del Antiguo Testamento ponen de relieve la justicia de Dios, pero también su clemencia y misericordia.

Subrayan especialmente la fidelidad de Dios a la alianza, que es un aspecto de su 'inmutabilidad' (Cfr., p.ej., Sal 110, 7-9; Is 65, 1-2, 16-19).

Si hablan de la cólera de Dios, ésta es siempre la justa cólera de un Dios que, además, es 'lento a la ira y rico en piedad' (Sal 144, 8). Si, finalmente siempre en la mencionada concepción antropomórfica, ponen de relieve los 'celos' del Dios de la Alianza hacia su pueblo, lo presentan siempre como un atributo del amor: 'el celo del Señor de los ejércitos' (Is 9, 7).

Ya hemos dicho anteriormente que los atributos de Dios no se distinguen de su Esencia; por eso, sería más correcto hablar no tanto del Dios justo, fiel, clemente, cuanto del Dios que es justicia, fidelidad, clemencia, misericordia, lo mismo que San Juan escribió que 'Dios es amor' (1 Jn 4, 16).5.

El Antiguo Testamento prepara a la revelación definitiva de Dios como Amor con abundancia de textos inspirados. En uno de ellos leemos: 'Tienes piedad de todos, porque todo lo puedes. Pues amas todo cuanto existe y nada aborreces de lo que has hecho; pues si hubieses odiado alguna cosa, no la habrías formado. ¿Y cómo podría subsistir nada si Tú no quisieras?. Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor amigo de la vida' (Sab 11, 23-26).

¿Acaso no puede decirse que en estas palabras del libro de la Sabiduría, a través del 'Ser' creador de Dios, se transparenta ya con toda claridad Dios-Amor (Amor-Caritas)?.

Pero veamos otros textos, como el del libro de Jonás: "Sabía que Tú eres Dios clemente y misericordioso, tardo a la ira, de gran piedad, y que te arrepientes de hacer el mal' (Jon 4, 2).

O también el Salmo 144: 'El Señor es clemente y misericordioso, lento ala cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con sus criaturas' (Sal 144, 8-9).

Cuanto más nos adentramos en la lectura de los escritos de los Profetas Mayores, tanto más se nos descubre el rostro de Dios-Amor. He aquí cómo habla el Señor por boca de Jeremías a Israel: 'Con amor eterno te amo, por eso te he mantenido con fervor (hesed) (Jer 31, 3).

Y he aquí las palabras de Isaías: 'Sión de Cía: el Señor me ha abandonado, y mi Señor se ha olvidado de mí. Puede acaso una mujer olvidarse de su niño, no compadecerse del hijo de sus entrañas?. Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría' (Is 49, 14-15). Qué significativa es en las palabras de Dios esta referencia al amor materno: la misericordia de Dios, además de a través de la paternidad, se hace conocer también por medio de la ternura inigualable de la maternidad. Dice Isaías: 'Que se retiren los montes, que tiemblen los collados, no se apartará de ti mi amor, ni mi alianza de paz vacilará, dice el Señor que se apiada de ti' (Is 54, 10).

6. Esta maravillosa preparación desarrollada por Dios en la historia de la Antigua Alianza, especialmente por medio de los Profetas, esperaba el cumplimiento definitivo. Y la palabra definitiva del Dios-Amor vino con Cristo. Esta palabra no se pronunció solamente sino que fue vivida en el misterio pascual de la cruz y de la resurrección. Lo anuncia el Apóstol: 'Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados' (Ef 2, 4-5).

Verdaderamente podemos dar plenitud a nuestra profesión de fe en 'Dios Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra' con la estupenda definición de San Juan 'Dios es amor' (1 Jn 4, 16).

 

 


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