Paul Allard

Diez Lecciones sobre el Martirio

 

Lección Primera

Apostolado y martirio

 

La palabra mártir

El martirio, entendido según su estricta significación etimológica [testimonio], no se conoció antes del cristianismo. No hay mártires en la historia de la filosofía: «Nadie -escribe San Justino- creyó en Sócrates hasta el extremo de dar la vida por su doctrina» (II Apología 10). Tampoco el paganismo tuvo mártires. Nunca hubo nadie que, con sufrimientos y muerte voluntariamente aceptados, diera testimonio de la verdad de las religiones paganas. Los cultos paganos, a lo más, produjeron fanáticos, como los galos, que se hacían incisiones en los brazos y hasta se mutilaban lamentablemente en honor de Cibeles. El entusiasmo religioso pudo llevar en ocasiones al suicidio, como entre aquellos de la India que, buscando ser aplastados por su ídolo, se arrojaban bajo las ruedas de su carro. Pero éstos y otros arrebatos religiosos salvajes nada tienen que ver con la afirmación inquebrantable, reflexiva, razonada de un hecho o de una doctrina.

El martirio, sin duda, quedó ya esbozado en la antigua Alianza, en figuras admirables, como las de los tres jóvenes castigados en Babilonia a la hoguera, Daniel en el foso de los leones, los siete hermanos Macabeos, inmolados con su madre... Pero el judío se dejaba matar antes que romper su fidelidad a la religión que era privilegio de su raza, mientras que el cristiano acepta morir para probar la divinidad de una religión que debe llegar a ser la de todos los hombres y todos los pueblos.

Y ése es, precisamente, el significado de la palabra mártir: testigo, que afirma un testimonio de máxima certeza, dando su propia vida por aquello que afirma. La palabra misma, con toda la fuerza de su significación, no se halla antes del cristianismo; tampoco en el Antiguo Testamento. Es preciso llegar a Jesucristo para encontrar el pensamiento, la voluntad declarada de hacer de los hombres testigos y como fiadores de una religión.

«Vosotros -dijo Jesús- seréis testigos (mártires) de estas cosas» (Lc 24,48). Más aún: «Vosotros seréis mis testigos en Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1,8). Y los Apóstoles aceptan esta misión con todas sus consecuencias.

Así San Pedro, para sustituir a Judas, el traidor, declara: «Es necesario que entre los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió con nosotros... haya uno que con nosotros sea testigo de la resurrección» (Hch 1,22). Y en su primer discurso después de Pentecostés: «Dios ha resucitado a Jesucristo, y de ello somos testigos todos nosotros» (2,32). Y con Juan, ante el Sanedrín: «Nosotros somos testigos de estas cosas... y con nosotros el Espíritu Santo que Dios ha dado a todos aquellos que le obedecen» (5,32.41). Otra vez, después de azotados, salen del Consejo «felices de haber sido hallados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (5,41). Y al fin de su vida, escribiendo a las iglesias de Asia, Pedro persiste en el mismo lenguaje: «Yo exhorto a los ancianos que hay entre vosotros, yo que también soy anciano y testigo de los padecimientos de Cristo»... (1Pe 5,1).

Así pues, el significado primero de la palabra mártir es el de testigos oculares de la vida, de la muerte y de la resurrección de Cristo, encargados de afirmar ante el mundo estos hechos con su palabra. Desde el primer día este testimonio se dio en el sufrimiento y, como hemos visto, en la alegría de padecer por Cristo. Enseguida, después de estas primeras pruebas, vino el sacrificio de la misma vida, como testimonio supremo de la palabra.

Ya Jesucristo lo había predicho a los Apóstoles: «Seréis entregados a los tribunales, y azotados con varas en las sinagogas, y compareceréis ante los gobernadores y reyes por mi causa, y así seréis mis testigos en medio de ellos» (Mc 13,9; +Mt 10,17-18; Lc 21,12-13).

Al mismo tiempo, les asegura su asistencia: «Cuando os hagan comparecer ante los jueces, no os preocupéis de lo que habréis de decir, sino decid lo que en aquel momento os será dado, porque no sois vosotros los que tenéis que hablar, sino el Espíritu Santo... El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre al hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los harán morir; y vosotros seréis odiados por todos a causa de mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin se salvará» (Mc 13,11-13; +Mt 10,19-20; Lc 12,11-12; 16-17).

Cuando los cristianos pudieron comprender por los acontecimientos la fuerza de estas palabras de su Maestro, se consideró la muerte gloriosa de sus más antiguos y fieles discípulos como el coronamiento de su testimonio. Desde entonces, muerte y testimonio quedaron entre sí definitivamente asociados.

Antes, pues, de finalizar la edad apostólica, la palabra mártir adquiere ya su significado preciso y claro, y se aplicará a aquel que no solo de palabra, sino también con su sangre, ha confesado a Jesucristo.

Pero ya en ese mismo tiempo se extiende también su significado a quienes podrían decirse testigos de segundo grado, a aquellos «bienaventurados que creyeron sin haber visto» (Jn 20,29), y que, habiendo creído así, testificaron su fe con su sangre.

San Juan, concretamente, a fines del siglo I, emplea la palabra mártir en dos ocasiones con este sentido. En el mensaje que dirige a la iglesia de Pérgamo, hablando en el nombre del Señor, menciona a «Antipas, mi fiel  testigo, que ha sido entregado a la muerte entre vosotros, allí donde Satanás habita» (Ap 2,13). Alude a un cristiano martirizado por los paganos en tiempos de Nerón. Y en otro pasaje, cuando se alza ante el apóstol vidente el quinto sello del libro misterioso, alcanza a ver «debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y del testimonio que habían dado» (6,9).

Y no será la primera generación cristiana de creyentes la única en dar este testimonio. La historia de los mártires no había hecho entonces sino comenzar.

Relación entre predicación del Evangelio y martirio

Durante tres siglos esta historia continuará en las regiones sometidas al Imperio Romano. Más aún, cuando a comienzos del siglo IV un emperador [Constantino] establezca la paz religiosa, no habrá terminado con eso para el cristianismo la era sangrienta. Otras regiones, otros pueblos «sentados a la sombra de la muerte» (Lc 1,79), ofrecerán cada día nuevos campos para el apostolado y el martirio. Los Anales de la Propagación de la Fe serán continuación natural de las Actas de los Mártires.

Pero cuando éstas se cierran, en tiempos de Constantino, el cristianismo ha conquistado ya pacíficamente toda la cuenca del Mediterráneo gobernada por el espíritu de Grecia y por las leyes de Roma. Mientras tanto, la sangre de los mártires no habrá sido derramada ocasionalmente o gota a gota: habrá corrido en torrentes durante persecuciones numerosas, metódicas, encarnizadas. El edicto de paz fue, pues, la confesión solemne de la impotencia de la soberanía pagana contra el cristianismo. La historia de los mártires, del siglo I al IV, forma, por tanto, un todo completo y suficiente, fecundo en conclusiones, y que será el objeto de nuestro estudio. Pero antes de ocuparnos de ella directamente, haremos una exploración preliminar, que es necesaria.

En efecto, el martirio siguió naturalmente la ruta del cristianismo. Sólo hubo mártires allí donde habían llegado los misioneros. Por eso, antes de presentar a los cristianos que murieron por su fe, es preciso conocer cuáles eran las regiones donde había cristianos. Una rápida mirada a la historia de la Iglesia primitiva nos muestra mártires en casi todas las regiones. Parece como si el cristianismo se hubiera extendido por todo el mundo de repente. Y esta impresión es verdadera, al menos en parte; pero hay que precisarla más.

Para conocer bien la historia de los mártires es preciso, pues, señalar primero las etapas de las primeras misiones. El mismo Señor nos sugiere este método, cuando antes de anunciar las persecuciones, asegura que «es necesario primero que el Evangelio sea predicado a todas las naciones» (Mc 13,10). Y es que entre predicación y martirio hay relación de causa y efecto.

Asia Menor, Grecia e Italia

La propagación del cristianismo comienza el día de Pentecostés. Como embriagados por la efusión del Espíritu, los apóstoles dan testimonio ante la muchedumbre de peregrinos que llena esos días Jerusalén.

Hay gentes de todas las regiones. El autor de los Hechos de los apóstoles menciona a quienes proceden del Oriente, más allá de las fronteras del Imperio Romano: partos, medas, elamitas, mesopotamios. A los súbditos asiáticos del Imperio: gentes de Judea, Capadocia, Ponto, Asia proconsular, Frigia, Panfilia. A los súbditos africanos de Egipto y de la Cirenaica. Hay también árabes, insulares del Mediterráneo, gente de Creta, y también hay peregrinos de Roma (Hch 2,5-11).

De aquellos tres mil hombres convertidos y bautizados, tras la primera predicación de San Pedro, muchos serían extranjeros de esas regiones, y al regresar a sus países habrían sido los primeros misioneros de la nueva fe.

Un segundo enjambre salió de la vieja colmena judía, después de la muerte del primer mártir, el diácono San Esteban.

«Hubo entonces gran persecución en la Iglesia que estaba en Jerusalén» (Hch 8,1). Solamente los apóstoles permanecieron en la ciudad. Los fieles se dispersaron por todos los caminos de Judea, Galilea y Samaría (8,5-40; 9,32-43). Entonces fue evangelizado el litoral, el antiguo país de los Filisteos y Fenicia. Otros llevaron la fe a Damasco y hasta el norte de Siria, a Antioquía. Y otros se embarcaron hacia la isla de Chipre (11,19).

El Evangelio no buscaba todavía sino a los judíos y a los prosélitos del judaísmo. Pero de pronto recibe una dirección nueva, y la semilla va a ser sembrada también entre los paganos. Pedro, saliendo de Jerusalén, recorre las iglesias nacientes para visitarlas y confirmarlas (11,31). Y advertido por una visión, bautiza en este primer viaje apostólico a muchos gentiles (10,9-29.47-48). También por entonces son catequizados en Antioquía algunos griegos, es decir, paganos (11,20). Y pronto el gran converso Pablo, sacado por Bernabé de su inicial retiro, llega a la metrópoli de Siria. Allí, al parecer por sugestión suya, se hace patente la escisión entre judaísmo y nueva fe, cuando los discípulos de ésta comienzan a llamarse cristianos (11,26).

Hacia el año 44 comienza Pablo sus grandes viajes apostólicos, durante los cuales, en quince años, recorrerá toda la parte occidental del Asia Menor: Cilicia, Licaonia, Pisidia, Isauria, Frigia, Mesia, Asia proconsular, Chipre, Salamina y Pafos, Macedonia y Acaya, y quizá Iliria (Hch 13-21).

No viaja Pablo a la ventura, sino que elige ciertas ciudades estratégicas, que habrán de servirle, según dice, como «puertas abiertas al exterior» (1Cor 16,9).

Son éstas Éfeso, donde está dos años, y desde la que se extenderá la fe por todo el occidente del Asia romana (Col 1,7-8; 4,12-13; Filem 1,2; Hch 19,10-26); Antioquía, que pone a la Iglesia en comunicación con el mar y con el Oriente; Tesalónica, foco de la fe hacia Macedonia (1Tes 1,7-8); Corinto, centro del cristianismo en Acaya (2Cor 1,1).

Con todo esto, no había conseguido Pablo extender la fe más que a la mitad de la península asiática. Quedaba la vertiente oriental, las extensas provincias entre el Euxino y el Tauro: Bitinia, Ponto, Galacia -la carta a los Gálatas no llega sino a los gálatas meridionales de Licaonia, Frigia y Panfilia-.

Quizá San Pedro llegó en su predicación a estas regiones, pues más tarde del 64 escribe una carta a los cristianos «del Ponto, Capadocia, Asia y Bitinia» (1Pe 1,1), suponiendo iglesias de cierta antigüedad, con clero organizado (5,1-3) y que han padecido persecución o están amenazadas de ella (4,14-16). Les habla como a amigos suyos personales, conocidos quizá en su viaje a Occidente, aunque no tenemos datos exactos de su itinerario.

Conocemos, en cambio, perfectamente el viaje primero de San Pablo. Encarcelado dos años en Judea, apela al César, y en el año 61 viaja a Roma con otros prisioneros. Cuando llega al sur de Italia y desembarca en Puzzoli, encuentra una comunidad cristiana ya establecida (Hch 28,13-14). Y recuperada su libertad, después de unos dos años, prosigue sus viajes misioneros, llega a España (Rm 15,24), viaja a Creta, al Asia Menor, a Macedonia, al Peloponeso, evangeliza el Epiro.

Compañeros suyos en este viaje al Oriente, continúan su labor: Crescente en Galacia (2Tim 4,10), Tito en Creta (Tit 1,5) y también en Dalmacia (2Tim 4,10).

Estamos en el año 64, cuando las autoridades romanas han conocido ya como tales a los cristianos, cuando Nerón desencadena contra ellos la primera de las persecuciones, y en vísperas del martirio de Pedro y Pablo.

Todavía no han sido escritos todos los evangelios, y ya el Evangelio ha sido predicado en las más diversas partes del Imperio Romano. Ya, como dice Tácito (54-?), los cristianos son «una ingente muchedumbre» (Ann. XV,44). Ya la luz de la fe, según asegura Clemente Romano, ha llegado «hasta los confines de Occidente» (Corintios 5,7). En treinta años la nueva fe ha irradiado en todas direcciones, hacia el Asia romana y en toda la cuenca del Mediterráneo.

Italia, Galia, España, norte de África

Desde el siglo II, Roma se hace centro de la evangelización de Occidente. Es verdad, sin embargo, que el griego parece predominar en la primera iglesia de Roma. Buena parte de sus fieles habla griego, y los Papas del siglo III escriben todavía sus documentos en esta lengua. Se utiliza el griego porque era entonces la lengua más universal, mucho más que el latín.

En Italia, a mediados del siglo III, el Papa Cornelio reúne un concilio de sesenta obispos italianos; lo que hace pensar que ya entonces habría un centenar de diócesis en Italia.

En la Galia, otra gran región mediterránea, en la provincia de Narbona, al sur de Lión, entre las cuencas del Ródano y del Saona, hallamos una primera comunidad de fieles, cuya procedencia helénica o asiática es indudable. Por la vía entre Marsella y Lión, de gran flujo comercial, es por donde al parecer penetró el cristianismo.

La carta de las iglesias de Lión y Viena, en 177, dirigida a las de Asia y Frigia, revela el parentesco y unidad que entre aquéllas y estas iglesias había. La mitad de los mártires de Lión, aludidos en esa carta, tienen nombres griegos; otros son   oriundos del Asia, y muchos responden en griego a los interrogatorios.

Concretamente, el obispo de Lión, Ireneo, nació en Esmirna, pero viaja dos veces a Roma, y ya en el concilio que él preside en 196 se afirma que las iglesias de las Galias, en lo referente a la fecha de la Pascua, siguen el uso romano y no el asiático. La evangelización posterior de las Galias será siempre latina, y en gran parte, al parecer, obra de misioneros de Roma.

En las regiones de tradición celta -Aquitania, provincia Lugdunense y Bélgica- el cristianismo se extiende con mucha más lentitud, pues en ellas escasean las ciudades. Sin embargo, ya Tertuliano asegura que «las diversas naciones de las Galias» han oído hablar de Cristo (Adv. Judeos 7). En todo caso, en el concilio de Arlés, del 314, se reúnen solamente dieciséis obispos franceses, número muy reducido si se compara con el de los obispados italianos de mediados del siglo anterior.

Sin embargo, conocemos la existencia de mártires en ciudades en las que, probablemente, no se habían constituido aún obispados. La difusión de la fe, pues, era más rápida que la constitución de iglesias locales. Y hay indicios de que, al terminar la era de las persecuciones, el cristianismo tiene ya en Francia una difusión considerable. Un hecho, por ejemplo, es el gran número de cristianos que, a fines del siglo III, había en la corte de Constantino Cloro.

En cuanto a España, ésta parece depender aún más directamente de la iglesia de Roma. Visitada por San Pablo, nada indica que recibiera más tarde influjos del Asia cristiana. Nunca los cristianos hablaron el griego en esta región, tan completamente romanizada que en los siglos I y II dio al Imperio sus más ilustres escritores: Séneca, Marcial, Quintiliano; y algunos de sus mejores emperadores: Trajano, Adriano, Marco Aurelio. El cristianismo en España es totalmente latino.

A mediados del siglo III, las persecuciones de Decio y Valeriano hicieron estragos en la península Ibérica, causando mártires y también apóstatas. En el concilio de Elvira, en la Bética, hacia el año 300, se reúnen representantes de unos cuarenta obispados. Muchos de ellos son del sur, menos del centro y del norte; pero no todos los obispados de España estarían representados en el concilio.

Por otra parte, vemos que la persecución de Diocleciano [284-305] causa muchas víctimas en todos los lugares de España, incluso en pequeñas ciudades.

En el Africa romana, al otro lado del Mediterráneo, hallamos tres zonas desigualmente pobladas: la Proconsular -Túnez-, la Numidia -Argelia-, y la Mauritania -Marruecos-. Esta región extensa entra de repente, casi adulta, en la historia cristiana, dejando adivinar un pasado más largo. No parece, sin embargo, que éste se remonte al siglo I, pues, según refiere Tertuliano, la primera persecución en que los cristianos de la provincia Proconsular y Numidia sufrieron el martirio fue en el año 180 (Ad Scapulam, 3).

Pero ya en esta fecha, la iglesia de Cartago, la mejor conocida, se muestra completamente organizada, con muchos fieles, lugares de culto, cementerios y clero. A fin del siglo II se reúne en ella un concilio de la Proconsular y Numidia, y durante el siglo III se realizan concilios que, por el número de obispos, hacen pensar por lo menos en un centenar de diócesis. Los recientes estudios arqueológicos descubren por todas partes templos abandonados por ese tiempo de Baal, el Saturno africano, lo que es señal de conversiones en masa al cristianismo.

El cristianismo, pues, se nos muestra de pronto en África del Norte sin que sepamos bien en qué fecha ni por qué misioneros concretos fue implantado. Quizá vino del oriente, pues Cartago, hija de los fenicios, siempre mantuvo con ella relaciones marítimas y comerciales. Pero también es probable su origen romano, al menos en parte. El griego y el latín están vigentes al mismo tiempo en la primera literatura cristiana de esa región.

Germania, Bretaña y otras regiones extramediterráneas

Las dos Germanias, las comarcas limítrofes del Rhin, eran el baluarte militar de la Galia hacia el Este. Y hay allí iglesias desde fines del siglo II; pero son raras hasta el siglo IV, y muy alejadas unas de otras.

Algo semejante ha de decirse de la Bretaña, otra provincia militar, la más septentrional del Imperio. Y también en la Inglaterra de nuestros días hay ya cristianos a finales del siglo II, y se citan mártires en la persecución de Diocleciano. Tres obispos, de Londres, Licoln y York, asisten al concilio de Arlés (314).

Sin embargo, a mediados del siglo III Orígenes se refiere a Germanos y Bretones como a pueblos entre los que aún la fe cristiana está poco extendida todavía. Y lo mismo afirma de los Godos, los Sármatas y los Escitas, es decir de los pueblos situados a lo largo del Danubio, en los Balcanes. Quizá haya que situar a finales del siglo III la evangelización de estas regiones. Pero ya en el martirologio oriental del siglo IV se mencionan con frecuencia ciudades y lugares de la cuenca del Danubio.

Penínsulas Balcánicas y Asia menor

Mientras la fe se difunde en Occidente partiendo sobre todo de Roma, sigue arraigándose y extendiéndose en la parte oriental del Mediterráneo, allí donde la habían predicado primeramente los Apóstoles. 

A mediados del siglo II son tan numerosos los cristianos en la península helénica, que el emperador Antonino Pío ha de intervenir varias veces para frenar los levantamientos de los paganos contra los fieles.

Existen en ese tiempo comunidades cristianas en Acaya, Larisia, Tesalia, Tesalónica, Macedonia, Épiro, Tracia... En esta última región está Bizancio, donde los cristianos son ya a fin del siglo II muchos y poderosos. Bizancio, donde por primera vez, a la dura luz de una guerra civil, se hizo patente la fuerza exterior del cristianismo, es el vínculo de unión entre Europa y las provincias del Asia menor, donde los cristianos son muy numerosos. Atravesado el Bósforo, se tiene la impresión de entrar en país cristiano.

Cuando Plinio el Joven, en 112, llega a Bitinia y al Ponto como legado imperial, halla un inmenso número de cristianos. Encuentra también abandonados y casi desiertos los templos paganos, en los cuales «hacía ya tiempo» se habían interrumpido los sacrificios (Epist. X,96). La situación venía de bastante tiempo atrás.

Él mismo da a conocer que la persecución, durante el imperio de Domiciano, había causado ya víctimas. Y alude a la difusión del «contagio» de la fe cristiana -superstitionis istius contagio-, esperando poder frenar decisivamente tal situación.

En Frigia, al sur de Bitinia, por lo menos en su parte meridional, la evangelización era aún más floreciente. Aunque ya en tiempos de Marco Aurelio tuvo mártires, apenas se turbó allí la paz de los fieles hasta las grandes persecuciones del siglo III. Allí no era preciso disimular la fe. Frecuentemente los cristianos ocupan cargos municipales. Son al mismo tiempo, y sin ninguna dificultad, romanos y cristianos.

Frigia era un país esencialmente cristiano. Y venía a ser la mitad de la provincia imperial de Asia, pues su procónsul tenía autoridad también sobre Missia, Lidia y Caria.

Estas regiones, bañadas por el mar Egeo, estaban llenas de antiguos recuerdos cristianos, la predicación de San Pablo, el gobierno pastoral de San Juan. Allí están todas aquellas ciudades, de nombres armoniosos, llenas de cristianos: Éfeso, Esmirna, Sárdica, Pérgamo, Filadelfia, Tiatira, Troas, Magnesia de Meandro, Trale, Parium... Apenas hay alguna de ellas que no pueda gloriarse de algún mártir o doctor ilustre.

Desde el siglo II, las diócesis están muy cercanas unas de otras, lo que indica claramente la densidad de la población cristiana. Las consideraciones políticas que con los fieles muestran los magistrados prueban el poder moral de los miembros de la Iglesia. Son éstos tantos que, en tiempo de Cómodo, un procónsul, aterrado ante la multitud de los fieles que espontáneamente comparecen ante su tribunal, renuncia a juzgarlos (Tertuliano, Ad Scapulam 5).

Menos son las noticias acerca del cristianismo en Capadocia, inmensa provincia situada entre el Mar Negro y el Tauro, y que corta en diagonal casi todo el Asia menor. Pero son no pocos los indicios de que había allí importantes cristiandades.

A mediados del siglo II, en las actas del martirio del martirio de San Justino, uno de sus compañeros mártires contesta al magistrado que le interroga declarando: «yo seguía las lecciones de Justino, pero la religión cristiana la aprendí de mis padres. -¿Y de dónde son tus padres? -De Capadocia». Así pues, ya en el siglo II eran varias en Capadocia las generaciones de cristianos.  Y a mediados del siglo III era tal el número de los fieles que los paganos les culpaban de la disminución cada vez mayor del culto a sus dioses, y se vengaban incendiando a veces las iglesias que los cristianos habían osado construir abiertamente.

Tan inmensa era, en todo caso, la extensión de la Capadocia que en algunos distritos, como en el Ponto Polemiaco, en las riberas del Mar Negro, era muy reducida la presencia de cristianos, hasta la gran evangelización que a mediados del siglo III hizo allí San Gregorio Taumaturgo.

Otra de sus regiones, en cambio, la Armenia Menor, con su capital en Melitene, tenía ya desde el siglo II tantos cristianos que la legión XII Fulminata, reclutada en aquel distrito, se componía casi totalmente de cristianos.

Siria, Celesiria, Fenicia y Palestina

La vasta provincia de Siria, extendida desde el Mediterráneo hasta los confines del Asia menor, Arabia y Egipto, era quizá la más heterogénea de las provincias imperiales. Al norte, la Celesiria, tenía por capital Antioquía. Al Este, el país semiindependiente de Palmira. Al Oeste, Fenicia, entre el Líbano y el mar. Al Sur, Palestina, integrada por Galilea, Judea y el antiguo litoral de los filisteos.

En Siria se hablaba griego, latín, siríaco, fenicio, hebreo. Se adoraba al Dios de Israel, a las deidades griegas, a las Astarté y a los Baales. Sentimientos religiosos exaltados hasta el fanatismo se mezclaban con un pujante espíritu industrial y mercantil, que proyectaba naves y factorías por todas partes.

En toda Siria fue predicada la fe por los mismos Apóstoles y por sus discípulos más tarde. Sin embargo, aquellas regiones fueron para el Evangelio menos fértiles que las feraces tierras del Asia Menor. Eran muchas las religiones y civilizaciones que se disputaban el dominio de los hombres.

Al norte de la provincia, en la Celesiria, es donde más pronto crecieron en número los cristianos, viniendo a ser casi tantos como en Bitinia o el Ponto. La fe predicada en su capital, Antioquía, por San Pablo seguirá floreciendo hasta mediados del siglo IV, en que la mayoría de la población es cristiana.

A ello colabora decisivamente la altísima calidad espiritual de sus obispos, de los que se conocen sus nombres desde el siglo I. El más notable de todos ellos es el obispo mártir San Ignacio de Antioquía.

Muy diferente es Fenicia, en donde los cristianos abundan solamente en las ciudades comerciales del litoral, en tanto que son escasos en el interior del país, donde predominan los antiguos cultos, llenos de sensualidad y fanatismo.

En el interior de Fenicia los cultos naturalistas se mantienen con una tenacidad que apenas se halla en ninguna otra región. Solamente las ciudades de Damasco y Paneas, comerciales, medio griegas, atravesadas por caravanas, están penetradas del espíritu cristiano.

Palestina misma es, entre todas las provincias asiáticas del Imperio, una de las más escasamente cristianas. Las sangrientas persecuciones sufridas a fines del siglo I y comienzos del II, arrasaron las huellas tanto del judaísmo como del cristianismo. La mayor parte de las comunidades cristianas palestinas del siglo II están integradas por forasteros, y prosperan sobre todo donde predomina el elemento griego. El año 136, por primera vez desde Santiago, un obispo cristiano tiene sede en Jerusalén, entonces Aelia Capitolina, colonia romana.

Algunas regiones de Palestina permanecen mucho tiempo cerradas al cristianismo. Casi toda Samaría, hasta fines del siglo II, rinde culto a Simón Mago. En Galilea, Tiberíades y las poblaciones cercanas están sujetas a una escuela rabínica y a una colonia judía que hace insoportable a los cristianos la vida en aquella región. En Gaza, ciudad totalmente pagana, se practican con furor los cultos más sensuales del Oriente. El obispo no se arriesgaba a vivir en la ciudad, y la primera iglesia se construyó allí en tiempos de Constantino.

Aunque Palestina dio muchos mártires en la última persecución, ninguna de sus comunidades parece que tuviera importancia antes de la paz de Constantino, fuera de Cesarea, que desde Orígenes a Pánfilo fue uno de los focos de ciencia teológica.

Egipto

Egipto, como las Galias o el África, no entra claramente en la historia cristiana hasta fines del siglo II. Su origen, sin embargo, debió ser muy anterior, pues la tradición asegura que fue San Marcos el fundador de la Iglesia de Alejandría.

En Alejandría, a fines del siglo III, florece luminosa la escuela de Teología en la que enseñaron Panteno, Clemente, Orígenes. Hacia el 300 asegura Clemente de Alejandría que la fe cristiana está difundida «en toda la población, en todos los lugares y en todas las ciudades» (Strom. VI,18). El gran número de diócesis es característico del Egipto cristiano de los siglos III y IV. Pero aún más significativo es el desarrollo del monacato en Tebaida desde el 250, y la gran aceptación que tuvo en los medios populares.

Por otra parte, la última persecución en ninguna otra región causó más víctimas. Egipto, en efecto, con las provincias romanas de Asia, estaba bajo el gobierno del más encarnizado perseguidor de los cristianos, Maximino Daia.