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CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
DIRECTORIO
PARA EL MINISTERIO Y LA VIDA DE LOS PRESBITEROS
LIBRERIA
EDITRICE VATICANA
Contenido
INTRODUCCIÓN
Capítulo
I
IDENTIDAD
DEL PRESBITERO
1. El
sacerdocio como don.
2.
Raiz sacramental.
Dimensión
trinitaria
3. En
comunión con el padre, con el hijo y con el espíritu santo
4. En
el dinamismo trinitario de la salvación.
5.
Relación intima con la trinidad.
Dimensión
cristológica
6.
Identidad específica.
7. En
el seno del pueblo de Dios
8.
Carácter sacramental.
9.
Comunión personal con el Espíritu Santo
10.
Invocación al Espíritu
11.
Fuerza para guiar la comunidad.
Dimensión
eclesiológica
12.
"En" la Iglesia y "ante" la Iglesia
13.
Partícipe en cierto modo, de la esponsalidad de Cristo
14.
Universidad del sacerdocio
15.
Índole misionera del sacerdocio
16. La
autoridad como "amoris officium"
17.
Tentación del democraticismo
18.
Distinción entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial
19.
Solo los sacerdotes son pastores
Comunión
sacerdotal
20.
Comunión con la Trinidad y con Cristo
22.
Comunión jerárquica
23.
Comunión en la celebración eucarística
24.
Comunión en la actividad ministerial
25.
Comunión en el presbiterio
26.
Incardinación en una Iglesia particular
27. El
presbiterio, lugar de santificación
28.
Amistad sacerdotal
29.
Vida en común
30.
Comunión con los fieles laicos
31.
Comunión con los miembros de Institutos de vida consagrada.
32.
Pastoral vocación
33.
Compromiso político y social.
Capítulo
II
ESPIRITUALIDAD
SACERDOTAL
34.Interpretar
los signos de los tiempos
35. La
exigencia de la nueva evangelización
36. El
desafío de las sectas y de los nuevos cultos
37.
Luces y sombras de la labor ministerial
Estar
con Cristo en la oración
38. La
primacía de la vida espiritual.
39.
Medios para la vida espiritual
40.
Imitar a Cristo que ora
41.
Imitar a la Iglesia que ora
42. La
Oración como comunión
La
caridad pastoral
43.
Manifestación de la caridad de Cristo
44.
Activismo
La
predicación de la Palabra
45.
Fidelidad a la Palabra
46.
Palabra y vida
El
sacramento de la Eucaristía
48. El
misterio eucarístico
49.
Celebración de la Eucaristía
50. La
adoración eucarística
Sacramento
de la penitencia
51.
Ministro de la reconciliación.
52.
Dedicación al ministerio de la Reconciliación
53. La
necesidad de confesarse
54. La
dirección espiritual para sí mismo y para los otro
Guía
de la comunidad
55.
Sacerdote para la comunidad
56
Sentir con la Iglesia
Celibato
sacerdotal
57.
Firme voluntad de la Iglesia
58.
Motivo teológico- espiritual del celibato
59.
Ejemplo de Jesús
60.
Dificultades y objeciones.
La
obediencia
61.
Fundamento de la obediencia
62.
Obediencia Jerárquica
63.
Autoridad ejercitada con caridad
64.
Respeto de las normas litúrgicas
65.
Unidad en los planes pastorales
66.
Obligación del traje eclesiástico
Espíritu
sacerdotal de pobreza
67.
Pobreza como disponibilidad.
Devoción
a María
68.
Las virtudes de la madre
Capitulo
III
FORMACION
PERMANENTE
69.
Necesidad actual de la formación permanente
70.
Continuo trabajo sobre sí mismos
71.
Instrumento de santificación
72.
Impartida por la Iglesia
73.
Formación permanente
74.
Completa.
75.
Humana.
76.
Espiritual
77.
Intelectual
78.
Pastoral
79.
Sistemática
80.
Personalizada
Organización
y medios
81.
Encuentros sacerdotales
82.
Año Pastoral
83.
Tiempos «sabáticos»
84.
Casa del Clero
86.
Necesidad de la programación
Responsables
87. El
presbítero
88.
Ayuda a sus hermanos
89. El
Obispo
90. La
formación de los formadores
91.
Colaboración entre las Iglesias
92.
Colaboración de centros académicos y de espiritualidad
Necesidades
en orden a la edad y a situaciones especiales
93.
Primeros años de sacerdocio
94.
Después de un cierto numero de años
95.
Edad avanzada
96.
Sacerdotes en situaciones peculiares
97.
Soledad del sacerdote
CONCLUSION
ORACION
Notas
La rica experiencia de la
Iglesia acerca del ministerio y la vida de los presbíteros, condensada en
diversos documentos del Magisterio,(1) ha recibido en nuestros días un nuevo
impulso gracias a las enseñanzas contenidas en la Exhortación apostólica
post-sinodal « Pastores dabo vobis ».(2)
La publicación de este documento ― en el que el Sumo Pontífice ha querido
unir su voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro a la de los Padres Sinodales
― ha significado para los presbíteros y para toda la Iglesia, el inicio
de un camino fiel y fecundo de profundización y de aplicación de su contenido.
« Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización,
que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una
nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes
radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar
un nuevo estilo de vida pastoral ».(3)
Los primeros responsables de esta nueva evangeliózación del tercer milenio son
los presbíteros: ellos, sin embargo, para poder realizar su misión, necesitan alimentar
en si mismos una vida, que sea muestra diáfana de la propia identidad; precisan
también vivir una unión de amor con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza
y Maestro, Esposo y Pastor, alimentando la propia vida espiritual y el propio
ministerio con una formación permanente y completa.
Como respuesta a tales exigencias ha nacido este Directorio, pedido por
numerosos Obispos, tanto durante el Sínodo de 1990, como con ocasión de la
Consulta general del Episcopado promovida por este Dicasterio.
Al delinear los diversos contenidos, se tuvieron en cuenta, tanto las
sugerencias del entero Episcopado mundial, consultado con este fin, como los
resultados de los trabajos de la Congregación plenaria, que tuvo lugar en el
Vaticano, en octubre de 1993; también han sido recogidas las reflexiones de
muchos teólogos, canonistas y expertos en la materia, provenientes de diversas
áreas geográficas e insertados en las actuales situaciones pastorales.
Se ha tratado de ofrecer elementos prácticos, que puedan servir para
iniciativas lo más homogéneas que sea posible; sin embargo, se ha evitado
entrar en detalles que sólo las legítimas praxis locales y las reales
condiciones de cada una de las Diócesis y Conferencias Episcopales podrán
inspirar al celo y a la prudencta de los Pastores. Dada, pues, la naturaleza de
Directorio del presente documento, ha parecido oportuno ― en las
circunstancias actuales ― recordar sólo aquellos elementos doctrinales,
que son el fundamento de la identidad, la espiritualidad y la formación
permanente de los presbíteros.
El presente documento, por lo tanto, no pretende ofrecer una exposición
exhaustiva acerca del sacerdocio, ni quiere ser una pura y simple repetición de
cuanto ha sido ya auténticamente declarado por el Magisterio de la Iglesia.
Éste quiere responder a los principales interrogantes ― de orden
doctrinal, disciplinar y pastoral ― que el compromiso de la nueva
evangelización plantea a los sacerdotes.
Asi, por ejemplo, se ha querido aclarar que la verdadera identidad sacerdotal,
tal como el Divino Maestro la ha querido y como la Iglesia la ha vivido
siempre, no es conciliable con tendencias democraticistas, que quisieran vaciar
de contenido o anular la realidad del sacerdocio ministerial. Se ha querido dar
un énfasis particular al tema especifico de la comunión, exigencia hoy
particularmente sentida, dada su incidencia en la vida del sacerdote. Lo mismo
puede decirse de la espirtualidad presbiteral que, en nuestro tiempo, ha
sufrido no pocos golpes a causa, sobre todo, del secularismo y de un equivocado
antropologismo. Se ha manifestado necesario, en fin, ofrecer algunos consejos
para una adecuada formación permanente que ayude a los sacerdotes a vivir su
vocación con alegria y responsabilidad.
El texto está naturalmente destinado ― a través de los Obispos ― a
todos los presbíteros de la Iglesia de Rito Latino. Las directrices en él
contenidas se refieren especialmente a los presbíteros del clero secular
diocesano, si bien muchas de ellas con las debidas adaptaciones ― deben
ser tenidas en cuenta también por los presbíteros miembros de Institutos
religiosos y de Sociedades de vida apostólica.
Tenemos el deseo de que este Directorio pueda ayudar a cada sacerdote para
profundizar en la propia identidad y para incrementar la propia vida
espiritual; un aliento para el ministerio y para la realización de la propia
formación permanente, de la cual cada uno es el primer agente; y también un
verdadero punto de referencia para un apostolado rico y auténtico en bien de la
Iglesia y del mundo entero.
Dado por la Congregación para el Clero, Jueves Santo de 1994.
JOSÉ T.
Card. SÁNCHEZ
Prefecto
+ CRESCENZIO SEPE
Arzobispo titular de Grado
Secretario
La Iglesia entera ha sido
hecha participe de la unción sacerdotal de Cristo en el Espíritu Santo. En la
Iglesia, en efecto, «.todos los fieles forman un sacerdocio santo y real,
ofrecen a Dios hostias espirituales por medio de Jesucristo y anuncian las
grandezas de aquél, que los ha llamado para arrancarlos de las tinieblas y
recibirlos en su luz maravillosa » (cfr. 1 Ped 2, 5.9).(4) En Cristo, todo su
Cuerpo místico está unido al Padre por el Espíritu Santo, en orden a la
salvación de todos los hombres.
La Iglesia, sin embargo, no puede llevar adelante por sí misma tal misión: toda
su actividad necesita intrínsecamente la comunión con Cristo, Cabeza de su
Cuerpo. Ella, indisolublemente unida a su Señor, de Él mismo recibe
constantemente el influjo de gracia y de verdad, de guía y de apoyo, para que
pueda ser para todos y cada uno « el signo e instrumento de la íntima unión del
hombre con Dios y de la unidad de todo el género humano ».(5)
El sacerdocio ministerial encuentra su razón de ser en esta perspectiva de la
unión vital y operativa de la Iglesia con Cristo. En efecto, mediante tal
ministerio, el Señor continúa ejercitando, en medio de su Pueblo, aquella
actividad que sólo a Él pertenece en cuanto Cabeza de su Cuerpo. Por lo tanto,
el sacerdocio ministerial hace palpable la acción propia de Cristo Cabeza y
testimonia que Cristo no se ha alejado de su Iglesia, sino que continúa
vivificándola con su sacerdocio permanente. Por este motivo, la Iglesia
considera el sacerdocio ministerial como un don a Ella otorgado en el ministerio
de algunos de sus fieles.
Tal don, instituido por Cristo para continuar su misión salvadora, fue
conferido inicialmente a los Apóstoles y continúa en la Iglesia, a través de
los Obispos, sus sucesores.
Mediante la ordenación
sacramental hecha por medio de la imposición de las manos y de la oración
consacratoria del Obispo, se determina en el presbítero « un vínculo ontológico
especifico, que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor » (6)
La identidad del sacerdote, entonces, deriva de la participación especifica en
el Sacerdocio de Cristo, por lo que el ordenado se transforma en la Iglesia y
para la Iglesia―en imagen real, viva y transparente de Cristo Sacerdote:
« una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor ».(7) Por medio
de la consagración, el sacerdote « recibe como don un poder espiritual, que es
participación de la autoridad con que Jesús, mediante su Espíritu, guía a la
Iglesia » (8)
Esta identificación sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote inserta
específicamente al presbítero en el misterio trinitario y, a través del
misterio de Cristo, en la comunión ministerial de la Iglesia para servir al
Pueblo de Dios.(9)
Si es verdad que todo
cristiano, por medio del Bautismo, está en comunión con Dios Uno y Trino, es
también cierto que, a causa de la consagración recibida con el sacramento del
Orden, el sacerdote es constituido en una relación particular y especifica con
el Padre, con el Hijo y con el Espiritu Santo. En efecto, « nuestra identidad
tiene su fuente última en la caridad del Padre. Al Hijo -Sumo Sacerdote y Buen
Pastor ― enviado por el Padre, estamos unidos sacramentalmente a través
del sacerdocio ministerial por la acción del Espíritu Santo. La vida y el
ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo
Cristo. Ésta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de
nuestra alegría, la certeza de nuestra vida » (l0)
La identidad, el ministerio y la existencia del presbítero están, por lo tanto,
relacionadas esencialmente con las Tres Personas Divinas, en orden al servicio
sacerdotal de la Iglesia.
El sacerdote, como
prolongación visible y signo sacramental de Cristo, estando como está frente a
la Iglesia y al mundo como origen permanente y siempre nuevo de salvación,(11)
se encuentra insertado en el dinamismo trinitario con una particular
responsabilidad. Su identidad mana del « ministerium Verbi et sacramentorum »,
el cual está en relación esencial con el misterio del amor salvífico del Padre
(cfr. Jn 17, 6-9; 1 Cor 1, 1; 2 Cor 1, 1), y con el ser sacerdotal de Cristo,
que elige y llama personalmente a su ministro a estarcon Él, así como con el
Don del Espíritu (cfr. Jn 20, 21), que comunica al sacerdote la fuerza
necesaria para dar vida a una multitud de hijos de Dios, convocados en el único
cuerpo eclesial y encaminados hacia el Reino del Padre.
De aquí se percibe la
característica esencialmente relacional (cfr.Jn 17,11.21)(12) de la identidad
del sacerdote.
La gracia y el carácter indeleble conferidos con la unción sacramental del
Espíritu Santo (13) ponen al sacerdote en una relación personal con la
Trinidad, ya que constituye la fuente del ser y del obrar sacerdotal; tal
relación, por tanto, debe ser necesariamente vivida por el sacerdote de modo
íntimo y personal, en un diálogo de adoración y de amor con las Tres Personas
divinas, sabiendo que el don recibido le fue otorgado para el servicio de
todos.
La dimensión cristológica
― al igual que la trinitaria ― surge directamente del sacramento,
que configura ontológicamente con Cristo Sacerdote, Maestro, Santificador y
Pastor de su Pueblo.(14)
A aquellos fieles, que ― permaneciendo injertados en el sacerdocio común
― son elegidos y constituidos en el sacerdocio ministerial, les es dada
una participación indeleble al mismo y único sacerdocio de Cristo, en la
dimensión pública de la mediación y de la autoridad, en lo que se refiere a la
santificación, a la enseñanza y a la guía de todo el Pueblo de Dios. De este
modo, si por un lado, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio
ministerial o jerárquico están ordenados necesariamente el uno al otro ―
pues uno y otro, cada uno a su modo, participan del único sacerdocio de Cristo
―, por otra parte, ambos difieren esencialmente entre sí.(15)
En este sentido, la identidad del sacerdote es nueva respecto a la de todos los
cristianos que, mediante el Bautismo, participan, en conjunto, del único
sacerdocio de Cristo y están llamados a darle testimonio en toda la tierra.(16)
La especificidad del sacerdocio ministerial se sitúa frente a la necesidad, que
tienen todos los fieles de adherir a la mediación y al señorío de Cristo,
visibles por el ejercicio del sacerdocio ministerial.
En su peculiar identidad cristológica, el sacerdote ha de tener conciencia de
que su vida es un misterio insertado totalmente en el misterio de Cristo de un
modo nuevo y específico, y esto lo compromete totalmente en la actividad
pastoral y lo gratifica.(17)
Cristo asocia a los
Apóstoles a su misma misión. « Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a
vosotros » (Jn 20, 21). En la misma sagrada Ordenación está ontológicamente
presente la dimensión misionera. El sacerdote es elegido, consagrado y enviado
para hacer eficazmente actual la misión eterna de Cristo, de quien se convierte
en auténtico representante y mensajero: « Quien a vosotros oye, a Mí me oye;
quien os desprecia, a Mí me desprecia y, quien me desprecia, desprecia a Aquél,
que me ha enviado»( Lc 10, 16).
Se puede decir, entonces, que la configuración con Cristo, obrada por la
consagración sacramental, define al sacerdote en el seno del Pueblo de Dios,
haciéndolo participar, en un modo suyo propio, en la potestad santificadora,
magisterial y pastoral del mismo Cristo Jesús, Cabeza y Pastor de la
Iglesia.(18)
Actuando in persona Christi Capitis, el presbítero llega a ser el ministro de
las acciones salvíficas esenciales, transmite las verdades necesarias para la
salvación y apacienta al Pueblo de Dios, conduciéndolo hacia la santidad. (19)
Dimensión pneumatológica
En la ordenación
presbiteral, el sacerdote ha recibido el sello del Espíritu Santo, que ha hecho
de él un hombre signado por el carácter sacramental para ser, para siempre,
ministro de Cristo y de la Iglesia. Asegurado por la promesa de que el
Consolador permanecerá « con él para siempre » (Jn 14, 16-17), el sacerdote
sabe que nunca perderá la presencia ni el poder eficaz del Espíritu Santo, para
poder ejercitar su ministerio y vivir la caridad pastoral como don total de sí
mismo para la salvación de los propios hermanos.
Es también el Espíritu
Santo, quien en la Ordenación confiere al sacerdote la misión profética de
anunciar y explicar, con autoridad, la Palabra de Dios. Insertado en la
comunión de la Iglesia con todo el orden sacerdotal, el presbítero será guiado
por el Espíritu de Verdad, que el Padre ha enviado por medio de Cristo, y que
le enseña todas las cosas recordando todo aquello, que Jesús ha dicho a los
Apóstoles. Por tanto, el presbítero ― con la ayuda del Espíritu Santo y
con el estudio de la Palabra de Dios en las Escrituras ―, a la luz de la
Tradición y del Magisterio,(20) descubre la riqueza de la Palabra, que ha de
anunciar a la comunidad, que le ha sido confiada.
Mediante el carácter
sacramental e identificando su intención con la de la Iglesia, el sacerdote
está siempre en comunión con el Espíritu Santo en la celebración de la
liturgia, sobre todo de la Eucaristía y de los demás sacramentos.
En cada sacramento, es Cristo, en efecto, quien actúa en favor de la Iglesia,
por medio del Espíritu Santo, que ha sido invocado con el poder eficaz del
sacerdote, que celebra in persona Christi.(21)
La celebración sacramental, por tanto, recibe su eficacia de la palabra de
Cristo ― que es quien la ha instituido ― y del poder del Espíritu,
que con frecuencia la Iglesia invoca mediante la epíclesis.
Esto es particularmente evidente en la Plegaria eucarística, en la que el
sacerdote―invocando el poder del Espíritu Santo sobre el pan y sobre el
vino―pronuncia las palabras de Jesús, y actualiza el misterio del Cuerpo
y la Sangre de Cristo realmente presente, la transubstanciación .
Es, en definitiva, en la
comunión con el Espíritu Santo donde el sacerdote encuentra la fuerza para
guiar la comunidad, que le fue confiada y para mantenerla en la unidad querida
por el Señor.(22) La oración del sacerdote en el Espíritu Santo puede
inspirarse en la oración sacerdotal de Jesucristo (cfr. Jn 17). Por lo tanto,
debe rezar por la unidad de los fieles para que sean una sola cosa, y así el
mundo crea que el Padre ha enviado al Hijo para la salvación de todos.
Cristo, origen permanente y
siempre nuevo de la salvación, es el misterio principal del que deriva el
misterio de la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa, llamada por el Esposo a ser
signo e instrumento de redención. Cristo sigue dando vida a su Iglesia por
medio de la obra confiada a los Apóstoles y a sus Sucesores.
A través del misterio de Cristo, el sacerdote, ejercitando su múltiple
ministerio, está insertado también en el misterio de la Iglesia, la cual « toma
conciencia, en la fe, de que no proviene de sí misma, sino por la gracia de
Cristo en el Espíritu Santo » (23) De tal manera, el sacerdote, a la vez que
está en la Iglesia, se encuentra también ante ella.(24)
El sacramento del Orden, en
efecto, no sólo hace partícipe al sacerdote del misterio de Cristo a Sacerdote,
Maestro, Cabeza y Pastor, sino ― en cierto modo ― también de Cristo
« Siervo y Esposo de la Iglesia » (25) Ésta es el « Cuerpo » de Cristo, que Él
ha amado y la ama hasta el extremo de entregarse a Sí mismo por Ella (cfr. Ef
5, 25); Cristo regenera y purifica continuamente a su Iglesia por medio de la
palabra de Dios y de los sacramentos (cfr. ibid. 5, 26); se ocupa el Señor de
hacer siempre más bella (cfr. ibid. 5, 26) a su Esposa y, finalmente, la nutre
y la cuida con solicitud (cfr. ibid. 5, 29).
Los presbíteros ― colaboradores del Orden Episcopal ―, que
constituyen con su Obispo un único presbiterio (26) y participan, en grado
subordinado, del único sacerdocio de Cristo, también participan, en cierto
modo, ― a semejanza del Obispo ― de aquella dimensión esponsal con
respecto a la Iglesia, que está bien significada en el rito de la ordenación
episcopal con la entrega del anillo.(27)
Los presbíteros, que « de alguna manera hacen presente ― por así decir
― al Obispo, a quien están unidos con confianza y grandeza de ánimo, en
cada una de las comunidades locales » (28) deberán ser fieles a la Esposa y,
como viva imagen que son de Cristo Esposo, han de hacer operativa la multiforme
donación de Cristo a su Iglesia.
Por esta comunión con Cristo Esposo, también el sacerdocio ministerial es
constituido ― como Cristo, con Cristo y en Cristo ― en ese misterio
de amor salvífico trascendente, del que es figura y participación el matrimonio
entre cristianos.
Llamado por un acto de amor sobrenatural absolutamente gratuito, el sacerdote
debe amar a la Iglesia como Cristo la ha amado, consagrando a ella todas sus
energías y donándose con caridad pastoral hasta dar cotidianamente la propia
vida.
El mandamiento del Señor de
ir a todas las gentes (Mt 28, 18-20) constituye otra modalidad del estar el
sacerdote ante la Iglesia.(29) Enviado ― missus ― por el Padre por
medio de Cristo, el sacerdote pertenece « de modo inmediato » a la Iglesia
universal,(30) que tiene la misión de anunciar la Buena Noticia hasta los «
extremos confines de la tierra » (Hch 1, 8).(31)
« El don espiritual, que los presbíteros han recibido en la ordenación, los
prepara a una vastísima y universal misión de salvación »(32) En efecto, por el
Orden y el ministerio recibidos, todos los sacerdotes han sido asociados al
Cuerpo Episcopal y ― en comunión jerárquica con él según la propia
vocación y gracia ―, sirven al bien de toda la Iglesia.(33) Por lo tanto,
la pertenencia ― mediante la incardinación ― a una concreta Iglesia
particular,(34) no debe encerrar al sacerdote en una mentalidad estrecha y
particularista sino abrirlo también al servicio de otras Iglesias, puesto que
cada Iglesia es la realización particular de la única Iglesia de Jesucristo, de
forma que la Iglesia universal vive y cumple su misión en y desde las Iglesias
particulares en comunión efectiva con ella. Por lo tanto, todos los sacerdotes
deben tener corazón y mentalidad misioneros, estando abiertos a las necesidades
de la Iglesia y del mundo.(35)
Es importante que el
presbítero tenga plena conciencia y viva profundamente esta realidad misionera
de su sacerdocio, en plena sintonía con la Iglesia que, hoy como ayer, siente
la necesidad de enviar a sus ministros a los lugares donde es más urgente la
misión sacerdotal y de esforzarse por realizar una más equitativa distribución
del clero.(36)
Esta exigencia de la vida de la Iglesia en el mundo contemporáneo debe ser
sentida y vivida por cada sacerdote, sobre todo y esencialmente, como el don,
que debe ser vivido dentro de su institución y a su servicio.
No son, por tanto, admisibles todas aquellas opiniones que, en nombre de un mal
entendido respeto a las culturas particulares, tienden a desnaturalizar la
acción misionera de la Iglesia, llamada a realizar el mismo misterio universal
de salvación, que trasciende y debe vivificar todas las culturas.(37)
Hay que decir también que la expansión universal del ministerio sacerdotal se
encuentra hoy en correspondencia con las características socioculturales del
mundo contemporáneo, en el cual se siente la exigencia de eliminar todas las
barreras, que dividen pueblos y naciones y que, sobre todo, a través de las
comunicaciones entre las culturas, quiere hermanar a las gentes, no obstante
las distancias geográficas, que las dividen.
Nunca como hoy, por tanto, el clero debe sentirse apostólicamente comprometido
en la unión de todos los hombres en Cristo, en su Iglesia.
Una manifestación ulterior
de ponerse el sacerdote frente a la Iglesia, está en el hecho de ser guía, que
conduce a la santificación de los fieles confiados a su ministerio, que es
esencialmente pastoral.
Esta realidad, que ha de vivirse con humildad y coherencia, puede estar sujeta
a dos tentaciones opuestas.
La primera consiste en ejercer el propio ministerio tiranizando a su grey (cfr.
Lc 22, 24-27; 1 Ped 5, 1-4), mientras la segunda es la que lleva a hacer inútil
― en nombre de una incorrecta noción de comunidad ― la propia
configuración con Cristo Cabeza y Pastor.
La primera tentación ha sido fuerte también para los mismos discípulos, y
recibió de Jesús una puntual y reiterada corrección: toda autoridad ha de
ejercitarse con espíritu de servicio, como « amoris officium » (38) y
dedicación desinteresada al bien del rebaño (cfr. Jn 13, 14; 10, 11).
El sacerdote deberá siempre recordar que el Señor y Maestro « no ha venido para
ser servido sino para servir » (cfr. Mc 10, 45); que se inclinó para lavar los
pies a sus discípulos (cfr. Jn 13, 5) antes de morir en la Cruz y de enviarlos
por todo el mundo (cfr. Jn 20, 21).
Los sacerdotes darán testimonio auténtico del Señor Resucitado, a Quien se ha
dado « todo poder en el cielo y en la tierra » (cfr. Mt 28, 18), si ejercitan
el propio « poder » empleándolo en el servicio ― tan humilde como lleno
de autoridad ― al propio rebaño,(39) y en el profundo respeto a la
misión, que Cristo y la Iglesia confían a los fieles laicos (40) Y a los fieles
consagrados por la profesión de los consejos evangélicos.(41)
A menudo sucede que para
evitar esta primera desviación se cae en la segunda, y se tiende a eliminar
toda diferencia de función entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo
― que es la Iglesia ―, negando en la práctica la doctrina cierta de
la Iglesia acerca de la distinción entre el sacerdocio común y el ministerial
(42)
Entre las diversas insidias, que hoy se notan, se encuentra el así llamado «
democraticismo ». A propósito de ésto hay que recordar que la Iglesia reconoce
todos los méritos y valores, que la cultura democrática ha aportado a la
sociedad civil. Por otra parte, la Iglesia ha luchado siempre, con todos los
medios a su disposición, por el reconocimiento de la igual dignidad de todos
los hombres. De acuerdo con esta tradición eclesial, el Concilio Vaticano II se
ha expresado abiertamente acerca de la común dignidad de todos los bautizados
en la Iglesia.(43)
Sin embargo, también es necesario afirmar que no son transferibles
automáticamente a la Iglesia la mentalidad y la praxis, que se dan en algunas
corrientes culturales sociopolíticas de nuestro tiempo. La Iglesia, de hecho,
debe su existencia y su estructura al designio salvífico de Dios. Ella se
contempla a sí misma como don de la benevolencia de un Padre que la ha liberado
mediante la humillación de su Hijo en la cruz. La Iglesia, por tanto, quiere
ser con el Espíritu Santo ― totalmente conforme y fiel a la voluntad
libre y liberadora de su Señor Jesucristo. Este misterio de salvación hace que
la Iglesia sea, por su propia naturaleza, una realidad diversa de las
sociedades solamente humanas.
El así llamado « democraticismo » constituye una tentación gravísima, pues
lleva a no reconocer la autoridad y la gracia capital de Cristo y a
desnaturalizar la Iglesia, como si ésta no fuese más que una sociedad humana.
Una concepción así acaba con la misma constitución jerárquica, tal como ha sido
querida por su Divino Fundador, como ha siempre enseñado claramente el
Magisterio, y como la misma Iglesia ha vivido ininterrumpidamente .
La participación en la Iglesia está basada en el misterio de la comunión, que
por su propia naturaleza contempla en si misma la presencia y la acción de la
Jerarquía eclesiástica.
En consecuencia, no es admisible en la Iglesia cierta mentalidad, que a veces
se manifiesta especialmente en algunos organismos de participación eclesial
― y que tiende a confundir las tareas de los presbíteros y de los fieles
laicos, o a no distinguir la autoridad propia del Obispo de las funciones de
los presbíteros como colaboradores de los Obispos, o a negar la especificidad
del ministerio petrino en el Colegio Episcopal.
En este sentido es necesario recordar que el presbiterio y el Consejo Presbiteral
no son expresión del derecho de asociación de los clérigos, ni mucho menos
pueden ser entendidos desde una perspectiva sindicalista, que comportan
reivindicaciones e intereses de parte, ajenos a la comunión eclesial.(44)
La distinción entre
sacerdocio común y sacerdocio ministerial, lejos de llevar a la separación o a
la división entre los miembros de la comunidad cristiana, armoniza y unifica la
vida de la Iglesia. En efecto, en cuanto Cuerpo de Cristo, la Iglesia es
comunión orgánica entre todos los miembros, en la que cada uno de los
cristianos sirve realmente a la vida del conjunto si vive plenamente la propia
función peculiar y la propia vocación específica (1 cor 12, 12 ss.).(45)
Por lo tanto, a nadie le es licito cambiar lo que Cristo ha querido para su
Iglesia. Ella está íntimamente ligada a su Fundador y Cabeza, que es el único
que le da ― a través del poder del Espíritu Santo ― ministros al
servicio de sus fieles. Al Cristo que llama, consagra y envía a través de los
legítimos Pastores, no puede sustraerse ninguna comunidad ni siquiera en
situaciones de particular necesidad, situaciones en las que quisiera darse sus
propios sacerdotes de modo diverso a las disposiciones de la Iglesia.(46) La
respuesta para resolver los casos de necesidad es la oración de Jesús: « rogad
al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies » (Mt 9, 38). Si a esta
oración ― hecha con fe ― se une la vida de caridad intensa de la
comunidad, entonces tendremos la seguridad de que el Señor no dejará de enviar
pastores según su corazón (cfr. Jer 3, 15 ) .(47)
Un modo de no caer en la
tentación « democraticista» consiste en evitar la así llamada « clericalización
» del laicado: (48) esta actitud tiende a disminuir el sacerdocio ministerial
del presbítero; de hecho, sólo al presbítero, después del Obispo, se puede
atribuir de manera propia y unívoca el término « pastor », y esto en virtud del
ministerio sacerdotal recibido con la ordenación. El adjetivo « pastoral »,
pues, se refiere tanto a la « potestas docendi et sanctificandi » como a la «
potestas regendi ».(49)
Por lo demás, hay que decir que tales tendencias no favorecen la verdadera
promoción del laicado, pues a menudo ese « clericalismo » lleva a olvidar la
auténtica vocación y misión eclesiale de los laicos en el mundo.
A la luz de todo lo ya dicho
acerca de la identidad sacerdotal, la comunión del sacerdote se realiza, sobre
todo, con el Padre, origen último de toda su potestad; con el Hijo, de cuya
misión redentora participa; con el Espíritu Santo, que le da la fuerza para
vivir y realizar la caridad pastoral, que lo cualifica como sacerdote.
Así, « no se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial
si no es desde este multiforme y rico entramado de relaciones que brotan de la
Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo, en
Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano ».(50)
21 Comunión con la Iglesia
De esta fundamental
unión-comunión con Cristo y con la Trinidad deriva, para el presbítero, su
comunión-relación con la Iglesia en sus aspectos de misterio y de comunidad
eclesial.(51) En efecto, es en el interior del misterio de la Iglesia, como
misterio de comunión trinitaria en tensión misionera, donde se revela toda
identidad cristiana y, por tanto, también la específica y personal identidad
del presbítero y de su ministerio.
Concretamente, la comunión eclesial del presbítero se realiza de diversos
modos. Con la ordenación sacramental, en efecto, el presbítero entabla vínculos
especiales con elPapa , con el Cuerpo episcopal, con el propio Obispo, con los
demás presbíteros, con los fieles laicos.
La comunión, como
característica del sacerdocio, se funda en la unicidad de la Cabeza, Pastor y
Esposo de la Iglesia, que es Cristo.(52) En esta comunión ministerial toman
forma también algunos precisos vínculos en relación, sobre todo, con el Papa,
con el Colegio Episcopal y con el propio Obispo. « No se da ministerio
sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio
Episcopal, en particular con el propio Obispo diocesano, a los que se han de
reservar el respeto filial y la obediencia prometidos en el rito de la
ordenación ».(53) Se trata, pues, de una comunión jerárquica, es decir, de una
comunión en la jerarquía tal como ella está internamente estructurada.
En virtud de la participación ― en grado subordinado a los Obispos
― en el único sacerdocio ministerial, tal comunión implica también el
vínculo espiritual y orgánico-estructural de los presbíteros con todo el orden
de los Obispos, con el propio Obispo (54) y con el Romano Pontífice, en cuanto
Pastor de la Iglesia universal y de cada Iglesia particular.(55) A su vez, esto
se refuerza por el hecho de que todo el orden de los Obispos en su conjunto y
cada uno de los Obispos en particular debe estar en comunión jerárquica con la Cabeza
del Colegio.(56) Tal Colegio, en efecto, está constituido sólo por los Obispos
consagrados, que están en comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros
de dicho Colegio.
La comunión jerárquica se
encuentra expresada en significativamente en la plegaria eucarística, cuando el
sacerdote, al rezar por el Papa, el Colegio episcopal y el propio Obispo, no
expresa sólo un sentimiento de devoción, sino que da testimonio de l
autenticidad de su celebración.(57)
También la concelebración eucarística ― en las circunstancias y
condiciones previstas (58) ― especialmente cuando está presidida por el
Obispo y con la participación de los fieles, manifiesta admirablemente la
unidad del sacerdocio de Cristo en la pluralidad de sus ministros, así como la
unidad del sacrificio y del Pueblo de Dios.(59) La concelebración ayuda,
además, a consolidar la fraternidad sacramental existente entre los
presbíteros.(60)
Cada presbítero ha de tener
un profundo, humilde y filial vínculo de caridad con la persona del Santo Padre
y debe adherir a su ministerio petrino ― de magisterio, de santificación
y de gobierno ― con docilidad ejemplar.(61)
El presbítero realizará la comunión requerida por el ejercicio de su ministerio
sacerdotal por medio de su fidelidad y de su servicio a la autoridad del propio
Obispo. Para los pastores más expertos, es fácil constatar la necesidad de
evitar toda forma de subjetivismo en el ejercicio de su ministerio, y de
adherir corresponsablemente a los programas pastorales. Esta adhesión, además
de ser expresión de madurez, contribuye a edificar la unidad en la comunión,
que es indispensable para la obra de la evangelización. (62)
Respetando plenamente la subordinación jerárquica, el presbítero ha de ser
promotor de una relación afable con el propio Obispo, lleno de sincera
confianza, de amistad cordial, de un verdadero esfuerzo de armonía, y de una
convergencia ideal y programática, que no quita nada a una inteligente
capacidad de iniciativa personal y empuje pastoral.(63)
Por la fuerza del sacramento
del Orden, « cada sacerdote está unido a los demás miembros del presbiterio por
particulares vínculos de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad »
64 El presbítero está unido al « Ordo Presbyterorum »: así se constituye una
unidad, que puede considerarse como verdadera familia, en la que los vínculos
no proceden de la carne o de la sangre sino de la gracia del Orden.(65)
La pertenencia a un concreto presbiterio,(66) se da siempre en el ámbito de una
Iglesia Particular, de un Ordinariato o de una Prelatura personal. A diferencia
del Colegio Episcopal, parece que no existen las bases teológicas que permitan
afirmar la existencia de un presbiterio universal.
Por tanto, la fraternidad sacerdotal y la pertenencia al presbiterio son
elementos característicos del sacerdote. Con respecto a esto, es
particularmente significativo el rito ― que se realiza en la ordenación
presbiteral ― de la imposición de las manos por pare del Obispo, al cual
toman parte todos los presbíteros presentes para indicar, por una parte, la
participación en el mismo grado del ministerio, y por otra, que el sacerdote no
puede actuar solo, sino siempre dentro del presbiterio, como hermano de todos
aquellos que lo constituyen.(67)
La incardinación en una
determinada Iglesia particular (68) constituye un auténtico vinculo
jurídico,(69) que tiene también valor espiritual, ya que de ella brota « la
relación con el Obispo en el único presbiterio, la condivisión de su solicitud
eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las
condiciones concretas históricas y ambientales ».(70) Desde esta perspectiva, la
relación con la Iglesia particular es fuente de significados también para la
acción pastoral.
Para tal propósito, no hay que olvidar que los sacerdotes seculares no
incardinados en la Diócesis y los sacerdotes miembros de un Instituto religioso
o de una Sociedad de vida apostólica ― que viven en la Diócesis y
ejercitan, para su bien, algún oficio ― aunque estén sometidos a sus
legítimos Ordinarios, pertenecen con pleno o con distinto titulo al presbiterio
de esa Diócesis (71) donde « tienen voz, tanto activa como pasiva, para
constituir el consejo presbiteral ».(72) Los sacerdotes religiosos, en
particular, con unidad de fuerzas, comparten la solicitud pastoral ofreciendo
el contributo de carismas específicos y « estimulando con su presencia a la
Iglesia particular para que viva más intensamente su apertura universal »(73) .
Los presbíteros incardinados en una Diócesis pero que están al servicio de
algún movimiento eclesial aprobado por la Autoridad eclesiástica
competente,(74) sean conscientes de su pertenencia al presbiterio de la
Diócesis en la que desarrollan su ministerio, y Lleven a la práctica el deber
de colaborar sinceramente con él. El Obispo de incardinación, a su vez, ha de
respetar el estilo de vida requerido por el movimiento, y estará dispuesto
― a norma del derecho ― a permitir que el presbítero pueda prestar
su servicio en otras Iglesias, si esto es parte del carisma del movimiento
mismo.(75)
El presbiterio es el lugar
privilegiado en donde el sacerdote debiera poder encontrar los medios
específicos de santificación y de evangelización; allí mismo debiera ser
ayudado a superar los limites y debilidades propios de la naturaleza humana,
especialmente aquellos problemas que hoy día se sienten con particular
intensidad.
El sacerdote, por tanto, hará todos los esfuerzos necesarios para evitar vivir
el propio sacerdocio de modo aislado y subjetivista, y buscará favorecer la
comunión fraterna dando y recibiendo ― de sacerdote a sacerdote el calor
de la amistad, de la asistencia afectuosa, de la comprensión, de la corrección
fraterna, bien consciente de que la gracia del Orden « asume y eleva las relaciones
humanas, psicológicas, afectivas, amistosas y espirituales..., y se concreta en
las formas más variadas de ayuda mutua, no sólo espirituales sino también
materiales »,(76)
Todo esto se expresa en la liturgia de la Misa in Cena Domini del Jueves Santo,
la cuál muestra cómo de la comunión eucarística ― nacida en la Ultima
Cena ― los sacerdotes reciben la capacidad de amarse unos a otros como el
Maestro los ama(77).
El profundo y eclesial
sentido del presbiterio, no sólo no impide sino que facilita las
responsabilidades personales de cada presbítero en el cumplimiento del
ministerio particular, que le es confiado por el Obispo.(78) La capacidad de
cultivar y vivir maduras y profundas amistades sacerdotales se revela fuente de
serenidad y de alegría en el ejercicio del ministerio; las amistades verdaderas
son ayuda decisiva en las dificultades y, a la vez, ayuda preciosa para
incrementar la caridad pastoral, que el presbítero debe ejercitar de modo
particular con aquellos hermanos en el sacerdocio, que se encuentren
necesitados de comprensión, ayuda y apoyo.
Una manifestación de esta
comunión es también la vida en común, que ha sido favorecida desde siempre por
la Iglesia ; (80) recientemente ha sido reavivada por los documentos del
Concilio Vaticano II,(81) y del Magisterio sucesivo,(82) y es llevada a la
práctica positivamente en no pocas diócesis.
Entre las diversas formas posibles de vida en común (casa común, comunidad de
mesa, etc.), se ha de dar el máximo valor a la participación comunitaria en la
oración litúrgica.(83) Las diversas modalidades han de favorecerse de acuerdo
con las posibilidades y conveniencias prácticas, sin remarcar necesariamente
laudables modelos propios de la vida religiosa. De modo particular hay que
alabar aquellas asociaciones que favorecen la fraternidad sacerdotal, la
santidad en el ejercicio del ministerio, la comunión con el Obispo y con toda
la Iglesia.(84)
Es de desear que los párrocos estén disponibles para favorecer la vida en común
en la casa parroquial con sus vicarios,(85) estimándolos efectivamente como a
sus cooperadores y partícipes de la solicitud pastoral; por su parte, para
construir la comunión sacerdotal, los vicarios han de reconocer y respetar la
autoridad del párroco.(86)
Hombre de comunión, el
sacerdote no podrá expresar su amor al Señor y a la Iglesia sin traducirlo en
un amor efectivo e incondicionado por el Pueblo cristiano, objeto de sus
desvelos pastorales.(87)
Como Cristo, debe hacerse « como una transparencia suya en medio del rebaño »
que le ha sido confiado,(88) poniéndose en relación positiva y de promoción con
respecto a lo fieles laicos. Ha de poner al servicio de los laicos todo su
ministerio sacerdotal y su caridad pastoral,(89) a la vez que les reconoce la
dignidad de hijos de Dios y promueve la función propia de los laicos en la
Iglesia. Consciente de la profunda comunión, que lo vincula a los fieles laicos
y a los religiosos, el sacerdote dedicará todo esfuerzo a « suscitar y
desarrollar la corresponsabilidad en la común y única misión de salvación; ha
de valorar, en fin, pronta y cordialmente, todos los carismas y funciones, que
el Espíritu ofrece a los creyentes para la edificación de la Iglesia ».(90)
Más concretamente, el párroco, siempre en la búsqueda del bien común de la
Iglesia, favorecerá las asociaciones de fieles y los movimientos, que se
propongan finalidades religiosas,(91) acogiéndolas a todas, y ayudándolas a
encontrar la unidad entre sí, en la oración y en la acción apostólica.
En cuanto reúne la familia de Dios y realiza la Iglesia-comunión, el presbítero
pasa a ser el pontífice, aquel que une al hombre con Dios, haciéndose hermano
de los hombres a la vez que quiere ser su pastor, padre y maestro.(92) Para el
hombre de hoy, que busca el sentido de su existir, el sacerdote es el guía que
lleva al encuentro con Cristo, encuentro que se realiza como anuncio y como
realidad ya presente ― aunque no de forma definitiva ― en la Iglesia.
De ese modo, el presbítero, puesto al servicio del Pueblo de Dios, se
presentará como experto en humanidad, hombre de verdad y de comunión y, en fin,
como testigo de la solicitud del Unico Pastor por todas y cada una de sus
ovejas. La comunidad podrá contar, segura, con su dedicación, con su
disponibilidad, con su infatigable obra de evangelización y, sobre todo, con su
amor fiel e incondicionado.
El sacerdote, por tanto, ejercitará su misión espiritual con amabilidad y
firmeza, con humildad y espíritu de servicio; (93) tendrá compasión de los
sufrimientos que aquejan a los hombres, sobre todo de aquellos que derivan de
las múltiples formas ― viejas y nuevas ―, que asume la pobreza
tanto material como espiritual. Sabrá también inclinarse con misericordia sobre
el difícil e incierto camino de conversión de los pecadores : a ellos se
prodigara con el don de la verdad ; con ellos ha de llenarse de la paciente y
animante benevolencia del Buen Pastor, que no reprocha a la oveja perdida sino
que la carga sobre sus hombros y hace fiesta por su retorno al redil (cfr. Lc
15, 4-7).(94)
Particular atención
reservara el sacerdote a las relaciones con los hermanos y hermanas
comprometidos en la vida de especial consagración a Dios en todas sus formas ;
les mostrara su aprecio sincero y su operativo espíritu de colaboración
apostólica ; respetara y promoverá los carismas específicos. En fin, cooperara
para que la vida consagrada aparezca siempre mas luminosa ― para el provecho
de la entera Iglesia ― y atractiva a las nuevas generaciones.
Inspirado por este espíritu de estima a la vida consagrada, el sacerdote se
esforzara especialmente en la atencion de aquellas comunidades, que por
diversos motivos, esten especialmente necesitadas de buena doctrina, de
asistencia y de aliento en la fidelidad.
Cada sacerdote reservará una
atención esmerada a la pastoral vocacional. No dejará de incentivar la oración
por las vocaciones y se prodigara en la catequesis. Ha de esforzarse también,
en la formación de los acólitos, lectores y colaboradores de todo genero.
Favorecerá, además, iniciativas apropiadas, que, mediante una relación
personal, hagan descubrir los talentos y sepa individuar la voluntad de Dios hacia
una elección valiente en el seguimiento de Cristo.(95)
Deben estar integrados a la pastoral orgánica y ordinaria, porque constituyen
elementos imprescindibles de esta labor, entre otros : la conciencia clara de
la propia identidad, la coherencia de vida, la alegría sincera y el ardor
misionero.
El sacerdote mantendrá siempre relaciones de colaboración cordial y de afecto
sincero con el seminario, cuna de la propia vocación y palestra de aprendizaje
de la primera experiencia de vida comunitaria.
Es «exigencia ineludible de la caridad pastoral»(96) que cada presbítero
― secundario de la gracia del Espíritu Santo ― se preocupe de
suscitar al menos una vocación sacerdotal que pueda continuar su ministerio.
El sacerdote estará por
encima de toda parcialidad política, pues es servidor de la Iglesia: no
olvidemos que la Esposa de Cristo, por su universalidad y catolicidad, no puede
atarse a las contingencias históricas. No puede tomar parte activa en partidos
políticos o en la conducción de asociaciones sindicales, a menos que, según el
juicio de la autoridad eclesiástica competente, así lo requieran la defensa de
los derechos de la Iglesia y la promoción del bien común. (97) Las actividades
políticas y sindicales son cosas en si mismas buenas, pero son ajenas al estado
clerical, ya que pueden constituir un grave peligro de ruptura eclesial(98).
Como Jesús (cfr. Jn ó, 15 ss.), el presbítero « debe renunciar a comprometerse
en formas de política activa, sobre todo cuando se trata de tomar partido
― lo que casi siempre ocurre ― para permanecer como el hombre de
todos en clave de fraternidad espiritual ».(99) Todo fiel debe poder siempre
acudir al sacerdote, sin sentirse excluido por ninguna razón.
El presbítero recordará que « no corresponde a los Pastores de la Iglesia
intervenir directamente en la acción política ni en la organización social.
Esta tarea, de hecho, es parte de la vocación de los fieles laicos, quienes
actúan por su propia iniciativa junto con sus conciudadanos ».(100) Además, el
presbítero ha de empeñarse « en el esfuerzo por formar rectamente la conciencia
de los fieles laicos ».(101)
La reducción de su misión a tareas temporales ― puramente sociales o
políticas, ajenas, en todo caso, a su propia identidad ― no es una
conquista sino una gravísima pérdida para la fecundidad evangélica de la
Iglesia entera.
La vida y el ministerio de
los sacerdotes se desarrollan siempre en el contexto histórico, a veces lleno
de nuevos problemas y de ventajas inéditas, en el que le toca vivir a la
Iglesia peregrina en el mundo.
El sacerdocio no nace de la historia sino de la inmutable voluntad del Señor.
Sin embargo, se enfrenta con las circunstancias históricas y, aunque sigue fiel
a sí mismo, se configura en cuanto a sus rasgos concretos mediante una relación
crítica y una búsqueda de sintonía evangélica con los « signos de los tiempos
». Por lo tanto, los presbíteros tienen el deber de interpretar estos « signos
» a la luz de la fe y someterlos a un discernimiento prudente. En cualquier
caso, no podrán ignorarlos, sobre todo si se quiere orientar de modo eficaz e
idóneo la propia vida, de manera que su servicio y testimonio sean siempre más
fecundos para el reino de Dios.
En la fase actual de la vida de la Iglesia y de la sociedad, los presbíteros
son llamados a vivir con profundidad su ministerio, teniendo en consideración
las exigencias más profundas, numerosas y delicadas, no sólo de orden pastoral,
sino también las realidades sociales y culturales a las que tienen que hacer
frente.(102)
Hoy, por lo tanto, ellos están empeñados en diversos campos de apostolado, que
requieren dedicación completa, generosidad, preparación intelectual y, sobre
todo, una vida espiritual madura y profunda, radicada en la caridad pastoral,
que es el camino específico de santidad para ellos y, además, constituye un
auténtico servicio a los fieles en el ministerio pastoral.
De esto deriva que el
sacerdote está comprometido, de modo particularísimo, en el empeño de toda la
Iglesia para la nueva evangelización. Partiendo de la fe en Jesucristo,
Redentor del hombre, tiene la certeza de que en Él hay una « inescrutable
riqueza » (Ef 3, 8), que no puede agotar ninguna época ni ninguna cultura, y a
la que los hombres siempre pueden acercarse para enriquecerse.(103)
Por tanto, ésta es la hora de una renovación de nuestra fe en Jesucristo, que
es el mismo « ayer, hoy y siempre » (Hebr 13, 8). Por eso, « la llamada a la
nueva evangelización es sobre todo una llamada a la conversión ».(104) Al mismo
tiempo, es una llamada a aquella esperanza « que se apoya en las promesas de
Dios, y que tiene como certeza indefectible la resurrección de Cristo, su
victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte, primer anuncio y raíz de
toda evangelización, fundamento de toda promoción humana, principio de toda
auténtica cultura cristiana »(105)
En un contexto así, el sacerdote debe sobre todo reavivar su fe, su esperanza y
su amor sincero al Señor, de modo que pueda ofrecer a Jesús a la contemplación
de los fieles y de todos los hombres como realmente es: una Persona viva,
fascinante, que nos ama más que nadie porque ha dado su vida por nosotros; « no
hay amor más grande que dar la vida por los amigos » (Jn 15, 13).
Al mismo tiempo, el sacerdote, consciente de que toda persona está―de
modos diversos―a la búsqueda de un amor capaz de llevarla más allá de los
estrechos límites dela propia debilidad, del propio egoísmo y, sobre todo, de
la misma muerte, proclamará que Jesucristo es la respuesta a todas estas
inquietudes.
En la nueva evangelización, el sacerdote está llamado a ser heraldo de la
esperanza.(106)
La proliferación de sectas y
nuevos cultos, así como su difusión, también entre fieles católicos, constituye
un particular desafío al ministerio pastoral. Hay motivaciones diversas y
complejas en el origen de este fenómeno. De todos modos, el ministerio de los
presbíteros ha de responder con prontitud e incisividad a la búsqueda ―
que hoy emerge con particular fuerza ― de lo sagrado y de la verdadera
espiritualidad.
En estos últimos años se advierte con evidencia que son eminentemente pastorales
las motivaciones que reclaman al sacerdote como hombre de Dios y maestro de
oración.
Al mismo tiempo, se impone la necesidad de hacer que la comunidad, confiada a
sus cuidados pastorales sea realmente acogedora, de modo que se evite el
anonimato y que nadie sea tratado con indiferencia.
Se trata de una responsabilidad que recae, ciertamente, sobre cada uno de los
fieles y, en modo totalmente particular , sobre el presbítero , que es el
hombre de la comunión.
Si él sabe acoger con estima y respeto a todos los que se le acerquen, sabiendo
valorar la personalidad de todos, entonces creará un estilo de caridad
auténtica, que resultará contagioso y se extenderá gradualmente a toda la
comunidad.
Para vencer el desafío de las sectas y cultos nuevos, es particularmente
importante una catequesis madura y completa; este trabajo catequético requiere
hoy un esfuerzo especial por parte del sacerdote, a fin de que todos sus fieles
conozcan realmente el significado de la vocación cristiana y de la fe católica.
De modo particular, los fieles deben ser educados en el conocimiento profundo
de la relación, que existe entre su específica vocación en Cristo y la
pertenencia a Su Iglesia, a la que deben aprender a amar filial y tenazmente.
Todo esto se realizará si el sacerdote evita, tanto en su vida como en su
ministerio, todo lo que pueda provocar indiferencia, frialdad o identificación
selectiva en relación con la Iglesia.
Es un motivo de consuelo
señalar que hoy la gran mayoría de los sacerdotes de todas las edades
desarrollan su ministerio con un esfuerzo gozoso, frecuentemente fruto de un
heroísmo silencioso. Trabajan hasta el límite de sus propias energías, sin ver,
a veces, los frutos de su labor.
En virtud de este esfuerzo, ellos constituyen hoy un anuncio vivo de la gracia
divina que, una vez recibida en el momento de la ordenación, sigue dando un
ímpetu siempre nuevo al ejercicio del sagrado ministerio.
Junto a estas luces, que iluminan la vida del sacerdote, no faltan sombras, que
tienden a disminuir la belleza de su