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Domingo 6 de Pascua C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A SU DISPOSICÓN
Exégesis: Manuel de Tuya - El capítulo 14 de San Juan

Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - Jesús promete a sus discípulos Su Presencia, la del Padre y la del Espíritu Santo (Jn 14, 1-31)

Comentario Teológico: P. Antonio Royo Marín, O. P. - La inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El que me ama guardará mis palabras

Santos Padres: San Agustín - Aprender junto con los discípulos

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La promesa del Espíritu Santo y la Inhabitación Trinitaria

Aplicación: R.P. Leonardo Castellani - Dios que inhabita en nosotros (Jn 14, 23-29)

Aplicación: R.P. Miguel A. Fuentes, I.V.E. - Inhabitación trinitaria y gracia santificante

Aplicación: San Juan Pablo Magno - Fidelidad al Evangelio

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La presencia de Cristo en el alma

Aplicación: San Bernardo - “Vendremos a él y haremos morada en él”

Aplicación: Directorio Homilético - Sexto domingo de Pascua

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Manuel de Tuya - El capítulo 14 de San Juan

El capítulo 14 es una continuación del discurso de despedida, comenzado en el capítulo 13 (v.31-35) e interrumpido, literariamente al menos, por la predicción de las negaciones de Pedro. A las palabras de tristeza por la despedida, añade ahora palabras de consuelo y optimismo, al saber lo que significa su “ausencia” de ellos, que va a ser ventaja y misteriosa presencia en los mismos. El capítulo tiene una unidad clara. Su redacción se ve bastante elaborada conforme a la “inclusión semita.” Se notan tres grupos de ideas: 1) significado de la “ausencia” de Cristo (v.1-6; 27-31); 2) el “conocimiento” recíproco del Padre y del Hijo, y “manifestación” de los mismos (v.7-11.18-29); 3) diversos frutos de la fe en Cristo “ausente” (v.12-19). No obstante, en la exposición se seguirá otra división.


Frutos de la fe en Cristo “ausente,” 14:12-26

La sección que sigue muestra, agrupados, una serie de frutos que los apóstoles obtendrán por la fe en Cristo “ausente.” El “en verdad, en verdad,” que repetido es característico de Jn, no introduce un tema fundamental distinto, sino una variación en el tema general.

12En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará mayores que éstas, porque Yo voy al Padre; 13 y lo que pidiereis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; 14 si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, Yo la haré. 15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; 16 y Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, que estará con vosotros para siempre, 17 el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros y está en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. 19 Todavía un poco y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque Yo vivo y vosotros viviréis. 20 En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y Yo en vosotros. 21 El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre y Yo le amaré y me manifestaré a El. 22 Díjole Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué ha sucedido para que hayas de manifestarte a nosotros, y no al mundo? 23 Respondió Jesús y le dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. 24 El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado. 25 Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que Yo os he dicho.

Toda la portada de estas enseñanzas caen bajo la supuesta fe viva en Cristo.


Promesa de una triple “venida” (v.15-26)

Esta sección última de promesas está estructurada a tipo, un poco amplio, de la “inclusión semita.” Por eso, la exposición se hará por agrupación de ideas, en lugar de seguir un comentario paralelístico al desarrollo literario.

Todo el pasaje v.15-26 se desenvuelve bajo el tema del “amor.” A los que le aman les aguarda una triple “venida.”

Esta condición del “amor” para las promesas siguientes va hecha directamente a los apóstoles presentes, pero la proyección doctrinal tiene, seguramente, una portada universal.

Promesa de la “venida” del Paráclito (v.15-17, 25-26)

Cristo rogará al Padre por los que le aman, amor garantizado con cumplir “mis mandamientos,” que son los mandamientos de Dios — Cristo se pone en la línea de Dios encarnado — para que les dé “otro Paráclito.” 9 El sentido de esta última palabra puede ser múltiple, conforme a su etimología 10. En el ? . ? . sólo sale en Jn, y en su primera epístola tiene el sentido específico de “abogado,” que es el sentido más ordinario, junto con el de “intercesor,” con cuyos sentidos aparece en el literatura rabínica. Pero puede tener otros significados distintos. Para valorar su sentido en este contexto hay dos elementos.

Uno es que Cristo pide al Padre que les dé “otro Paráclito” en su ausencia. Cristo es, pues, un Paráclito. De aquí se deduce una enseñanza dogmática de gran importancia; al ser el Paráclito otro ser al modo de Cristo, se sigue que es una persona y divina y, además, va a sustituir a Cristo en su oficio: continuar, en forma misteriosa, la misión de Cristo en los hombres.

Pero el contexto permite matizarlo más. Y es el “paralelo” v.26. Según él, esta misión es “docente.” El Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas y os traerá a la memoria todas las cosas que os dije.” Se trata, pues, de una acción del Paráclito en ellos por una sugerencia interna, preferentemente al menos, si no exclusiva (Jua_16:13.14), de la enseñanza de Cristo. Por esta obra “docente” es por lo que el Paráclito es llamado aquí “Espíritu de verdad”; lo mismo que por ser el Espíritu de Cristo (Jua_16:13.14), que es “la Verdad” (Jua_16:4).

En cambio, el “mundo,” que en Jn suele tener sentido peyorativo, no lo puede “recibir,” porque, sumido en tinieblas y mentira (Jua_3:19; Jua_8:44ss), no le “ve ni le conoce.”

Pero a ellos, por la oración de Cristo, el Padre “se lo dará para que esté con ellos para siempre.”

Esta recepción del Espíritu Santo por los apóstoles en un futuro, ¿a qué se refiere? ¿A Pentecostés?

Sin embargo, el segundo hemistiquio de este mismo v.17 tiene una doble lectura refiriéndose al Paráclito:

“Vosotros conocéis (o conoceréis)

porque permanece (o permanecerá) en vosotros

y está (o estará) en vosotros.”

Si se admite la lectura en presente, resulta que el Espíritu Santo que se prometía para un futuro ya lo “conocen,” “está” en ellos, y “permanece” en ellos. Pero otros muchos códices de importancia lo leen en futuro 11.

Como no puede suponerse una divergencia conceptual entre estos hemistiquios, se trata de un “futuro inminente o próximo,” que se formula frecuentemente por un presente 12.

Es el tema de la donación del Espíritu Santo, tan marcado en Jn, hasta decir que “el Espíritu Santo aún no había sido dado porque Jesús no había sido glorificado” (Jua_7:39); lo mismo que por la misión doctrinal con que aquí aparece, y por su paralelo con otros pasajes de este mismo discurso de la cena (Jua_15:26; Jua_16:5-15), esta promesa futura se refiere a la donación oficial del Espíritu Santo en Pentecostés, pero prolongada indefinidamente en la Iglesia y en las almas de los que lo reciben 13 Esta acción del Paráclito entre ellos:

“les enseñará todas las cosas

y os traerá a la memoria todas las cosas que Yo os dije.”

El segundo hemistiquio es un caso de “paralelismo sinónimo” semita. En el mismo Jn se leen casos de hechos que los apóstoles, cuando Cristo los realizó, no los comprendieron: los comprendieron después de su resurrección y Pentecostés (Jua_2:22; Jua_12:16).

¿A qué se refiere esta acción del Espíritu sobre “todas las cosas que os dije”? Cabrían dos precisiones:

O referirse a la enseñanza que Cristo hizo a los apóstoles en su período terreno (Jua_15:15; Jua_4:25), incluso con las complementarias “revelaciones” que les hizo después de resucitado hasta la ascensión (Hec_1:3), o admitir nuevas revelaciones hechas directamente por el Espíritu a los apóstoles para completar el tesoro objetivo de la revelación. Pero el primer sentido, en su aspecto bimembre, es el que directamente está más en situación y encuentra su complemento en el lugar “paralelo” del capítulo 16, en el que se dice que, al “venir” el Espíritu en Pentecostés, comenzará su obra de “llevaros", conduciros, encaminaros, “hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que. tomará de lo mío y os lo dará a conocer” (Jua_16:13.14). Es la función del Espíritu haciendo comprender a los apóstoles — a la Iglesia — el “sentido pleno” de la enseñanza y obra de Cristo (cf. Jua_16:13).

Aunque literalmente estas palabras se dirigían a los apóstoles, hay datos que hacen ver que, como promesa-doctrinal, se refieren a la Iglesia.

En primer lugar, no se probaría esto por el solo hecho de decirles que permanecería con ellos (apóstoles) “para siempre,” pues éste es un término muy relativo. Así se lee frecuentemente: "cbcá "olam, “siervo eterno,” y cuya eternidad sólo se refiere al período de su vida de siervo.

La primera razón es que, en varios de estos pasajes de Jn, las promesas aparecen entremezcladas literariamente, pues unas veces se dirigen a los apóstoles (v.15-17.26) y otras están en forma impersonal: “Si alguno me ama” (v.21.23.24). Y a este sujeto indefinido es al que se le promete el amor suyo y el del Padre, lo mismo que el “manifestarse” a El, y el que en El “moren.”

“Encuadradas, pues, estas promesas, en las que antes y después se habla del Paráclito (inclusión semítica), parece que, aunque literalmente se dirijan a los apóstoles, la promesa-doctrinal tiene la perspectiva universal de la Iglesia. Al menos en la comprensión e intención del evangelista al situarlas aquí, en esta perspectiva literaria, si es que ellas pudieran pertenecer a otro contexto histórico.” 14

Esto encuentra una corroboración en las palabras que cita Lc después de la consagración eucarística: “Haced esto en memoria mía” (Luc_22:19; 1Co_11:24-25). Directamente se refieren a los apóstoles, y, sin embargo, el concilio de Trento definió de fe que con esas palabras de Cristo no sólo ordenó sacerdotes a los apóstoles, sino que con ellas “preceptuó” que ellos y sus sucesores ofreciesen el sacrificio eucarístico 15.

A esto lleva la contraposición que establece entre ellos y el “mundo” para que éste no pueda “recibir” el Espíritu: la incompatibilidad con él. Por lo que parece seguirse que los que no tengan esa incompatibilidad — la Iglesia — , lo reciben; y se confirma con la acción del Espíritu, acreditada incluso con carismas (Gal_3:2.5) sobre tantas personas de la primitiva Iglesia, que no eran los apóstoles. Esto les hacía ver que el Espíritu “estaba con ellos” y les hacía “penetrar” los misterios de las enseñanzas de Cristo con sus carismas de revelación, profecías, etc. (1 Cor 12 y 14) 16.


Promesa de la “venida” del Mismo Cristo (v.18-21)

Cristo promete también “su venida” a los apóstoles y a todo aquel “que recibe mis preceptos y los guarda.” Como antes, la perspectiva rebasa el solo círculo apostólico. Va “a todo aquel” (v.21ab) que “recibe” los preceptos de Cristo — “mis preceptos”; otra vez se legislan los mismos preceptos de Dios como suyos — y los “guarda.” La fe con obras es tema repetido en el evangelio de San Juan (Jua_3:8) lo mismo que en su primera epístola.

¿A qué se refiere esta “venida” de Cristo después de resucitado? A la parusía no, ya que todos lo verán y será el momento de la definitiva reunión con él.

Y aquí parece haber relación entre el momento de amarle y la presencia en el creyente. Se debe, pues, de referir, si no exclusiva, al menos sí preferentemente, a una “venida” espiritual y permanente. Por eso parecen excluirse de este intento directo las apariciones de Cristo resucitado, v.gr., a Magdalena, Santiago, a más de quinientos hermanos juntos (1Co_15:6.7), etc., pues fueron esporádicas y carismáticas. Máxime en esta perspectiva y hora en que se escribe el evangelio de Jn (cf. v.12.21.23.24).

Los efectos o frutos de esta venida se los presenta en dos aspectos.

Uno es que “me veréis” porque “Yo vivo y vosotros viviréis.” Siendo Cristo la Vida y no pudiendo hacerse nada “sin Él,” no obstante, después de la resurrección será el momento de la plenitud torrencial de todo tipo de gracias — toda vida espiritual y divina — , que se inagurará cuando El “envíe”el Espíritu Santo. él vive después de la tragedia de la muerte, y porque El derrama, normal y totalmente, esa vida es por lo que ellos vivirán henchidamente su vida.

Otro fruto es que “en aquel día,” frase usada en los profetas, conque se expresan las grandes intervenciones de Dios, y que, como aquí, puede indicar todo un período, vosotros “conoceréis que Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (v.20).

Por efecto de estas gracias que van a recibirse en abundancia después de Pentecostés — bien lo experimentaron en su plena transformación ese día los apóstoles — , van a comprender por efecto de gracias de todo tipo, iluminaciones intelectuales y experimentaciones sobrenaturales, aunque en grados diversos, lo que tanto les costaba comprender en la vida de Cristo: que “El está con el Padre”; que es el verdadero Hijo de Dios; que “El está con ellos” como Dios y como “Vid,” que les dispensa toda gracia, sin cuya unión a El nada pueden sobre naturalmente; y que “ellos están en El,” por la necesidad de su unión vital de “sarmientos,” y como “miembros” del Cuerpo místico. Y todo, aunque en grados diversos, sabido con certeza y experimentando de un modo íntimo y maravilloso 16.


Promesa de la “venida” del Padre (v.22-24)

La enseñanza de Cristo sobre su “manifestación” a ellos y no al mundo, interpretada de un modo erróneo por el apóstol Judas, no Iscariote, posiblemente pensando en una teofanía, de un modo sensible y maravilloso, es lo que hace a Cristo exponer la doctrina de la epifanías trinitarias. También “vendrá” el Padre. Porque el amor a Cristo, garantizado con obras, trae como premio el ser amado por el Padre. Lo que tiene como efecto el que “vendremos a él y haremos en él nuestra morada”.

Esta “venida,” pues, del Padre y de Cristo no es transitoria, sino permanente, pues en el que le ama establece su “morada”; y es presencia distinta de la que tiene Dios como Creador, pues es sólo para los que le “aman” en este orden sobrenatural: de amor al Padre y al Hijo; ni es presencia carismática, pues es condición normal para todo el que así los ame. Esta “venida” del Padre es también espiritual e íntima. Va entrañando en su mismo concepto de morar Dios en el alma.

Aunque aquí explícitamente no se dice que también “venga” con ellos el Espíritu Santo, es lo que está suponiendo el capítulo, ya que se dice que en el que ama a Cristo el Espíritu Santo “está” y “permanece” en él (v.17). Es lo que la teología llamó “inhabitación de la Trinidad en el alma.” 17


Palabras finales de despedida y aliento, 14:27-31

El discurso de despedida vuelve, por “inclusión,” a recoger las palabras del principio.

27 La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo. No se turbe vuestro corazón ni se intimide. 28 Habéis oído que os dije: Me voy y vengo a vosotros. Si me amarais, os alegraríais, pues voy al Padre, porque el Padre es mayor que Yo. 29 Os lo he dicho ahora, antes que suceda, para que, cuando suceda, creáis. 30 Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo, que en mí no tiene nada; 3! pero conviene que el mundo conozca que Yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago. Levantaos, vamonos de aquí.

Cristo no quiere que se “turben” con su partida, pues les deja “su” paz. La paz (shalom), entre los judíos, abarca todos los bienes y es sinónimo de felicidad 18. La paz verdadera era una promesa mesiánica (Eze_37:26; Isa_9:6). No es la paz que Cristo les anuncia y da como la del mundo. Esta es paz externa, alejada de molestias. La de Cristo es paz íntima, inconturbable en el fondo del alma, pero compatible con persecuciones por El. Ni sería improbable que esta paz a que alude se refiera a la triple “venida” de que acaba de hablarles: el gran don trinitario en ellos. Concretamente alude a su “vuelta,” que es a esa “venida” de que les habló.

Además, si de verdad le aman, no deben entristecerse, pues han de desearle lo mejor. Y El “va al Padre, que es mayor que Yo.” ¿En qué sentido el Padre es “mayor” que Cristo? Se han propuesto diversas soluciones:

1) En cuanto hombre. Es la interpretación seguida entre los latinos desde el siglo IV. No parece que sea este el sentido. Era demasiado evidente que el hombre es inferior a Dios. Además, Jn no disocia en Cristo el Hombre-Dios.

2) En cuanto Hijo de Dios recibe de él, al “engendrarlo,” la naturaleza divina. Por eso el Padre, como principio, es superior (Efe_1:3.17). Antes del siglo IV se defendió esto, sin matizar bien el sentido, dando lugar a imprecisiones que podrían llevar al “subordinacionismo.” Posteriormente al siglo IV lo sostienen varios Padres griegos.

Pero Jn habla del Verbo encarnado. Y en el evangelio, Cristo, Verbo encarnado, confiesa que es igual al Padre (Jua_10:30). Tampoco esta solución responde al contexto. Cristo les deja como razón para que se “alegren” que el Padre es “mayor” que El. Pero los apóstoles, en aquel estadio cultural-religioso, no podían comprender esta altísima razón para alegrarles.

3) La interpretación que parece estar más en consonancia con el contexto total del evangelio de Jn es la que valora esta frase dicha por el Verbo encarnado, ya que Jn no disocia estas dos realidades. Por eso, el sentido de la frase es que el Padre es “mayor” que El, no en cuanto el Verbo recibe por eterna generación la naturaleza divina, sino que, en cuanto es el Verbo encarnado, por la “communicatio idiomatum,” se proclama, por razón de su naturaleza humana, inferior al Padre. Es el sentido en que se habla abiertamente en otros pasajes de Jn (Jua_6:62; Jua_16:28; Jua_17:5.24). San Agustín lo comentaba así: “En cuanto aquello por lo cual el Hijo no es igual al Padre se iba al Padre.” 19

Pero el aviso tiene valor apologético: no lo van a coger de sorpresa, es El el que se somete libremente a los planes — obediencia — del Padre. Y tan inminente es, que pone la venida del “príncipe de este mundo,” Satanás, en presente (futurus instans). Es la lucha entre la luz y las tinieblas, el fondo satánico que mueve hombres y pasiones contra Cristo. En las “tentaciones” de Cristo, Satanás, “se retiró hasta el tiempo” determinado (Luc_4:13).

Satanás viene ahora a través de sus instrumentos, especialmente de Judas Iscariote, en cuyo “corazón” había puesto el “propósito” de entregarlo (Jua_13:2), luego “entró” en él para consumar su obra de muerte (Jua_13:27). Pero, aunque parece su muerte una derrota, no es que Satanás “tenga en mí nada,” como si viniese para castigarle conforme a la creencia judía. Cristo es la misma santidad. Y Cristo no va a un reto, va a ejercer un acto supremo de amor al Padre al cumplir el “mandato” de su muerte. Va así a demostrar al “mundo” malo, y al Padre, que lo ama cumpliendo su “mandato.”

Y puesto que el “mandato” estaba dado y la “hora” llegada, Cristo da la orden de partida. “Levantaos,” de los lechos o esteras sobre los que estaban “recostados” en la cena; “vamos de aquí.” La orden es terminante. Estas palabras cierran el desarrollo histórico de la narración. El capítulo 17, la “oración sacerdotal,” aparece como un epílogo-apéndice de aquel acto. Por eso, este final y esta orden se entroncan, históricamente, con el principio del capítulo 18, en que ya salen para Getsemaní.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)



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Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - Jesús promete a sus discípulos Su Presencia, la del Padre y la del Espíritu Santo (Jn 14, 1-31)

Era costumbre, como hemos dicho, entre los judíos continuar charlando de sobremesa una vez terminada la cena pascual. Los griegos y los romanos, terminados sus banquetes, continuaban bebiendo, y entonces entraban los tañedores y tañedoras de flauta, y eran aquellos momentos muchas veces de extremada licencia, y aun para los que eran tenidos por buenos, de conversaciones escabrosas. Los doctores judíos, para evitar aquellos desórdenes, habían prohibido beber entre la tercera copa y la última, la que precedía al Hallel, pues no comiendo no había pretexto para seguir bebiendo. Las conversaciones, sin embargo, no tenían carácter religioso, como no fuese la lección que daba el padre de familia sobre la Pascua en los momentos en que era presentado en la mesa el cordero pascual. Probablemente también se cantaba.

En la última cena, fue Jesús quien tomó la palabra, como para comentar la institución de la nueva alianza, revelando altísimos misterios. San Juan nos ha conservado esa expansión, el secreto más elevado y más profundo de su corazón. Y si trajo a colación algunas instrucciones dadas en otros tiempos, como que las impregnó de la melancolía y de la tristeza de los adioses, de suerte que aparecerán siempre en aquel tono de luz mitigada por las sombras de la última noche.

El primer discurso o plática forma un todo completo: les habla Jesús de su partida y de la esperanza de volver a verlo. La separación era necesaria para que los discípulos empezasen su obra; pero en cierto modo era sólo aparente, gracias a la presencia espiritual del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el corazón de los que en Él creen y le aman. Por tanto, no hay por qué turbarse, sino por qué alegrarse.

El discípulo amado había penetrado más íntimamente que ningún otro en el pensamiento de su Maestro, y vio cómo se cumplían sus promesas. Sería asombroso que este cumplimiento no diese algún nuevo colorido a la expresión de la predicción misma. Sin embargo, no se sintió impresionado, porque los hechos, no sólo habían sido anunciados, sino que habían sido puestos en su luz sobrenatural por Aquel que era el único que estaba autorizado para prometer el don del Espíritu Santo.

El primer pensamiento es que se volverían a encontrar cerca del Padre, gracias a Jesús que es uno con Él (Jn 14, 1-11). Se aparecerá a sus discípulos después de su resurrección, pero por pocos días. A lo que atiende ahora es a la situación en que se encontrarán sus apóstoles al verse privados de su presencia sensible, que debe ser reemplazada por la fe. Creían ya en el Padre, creador de todo, y debían creer en su Maestro: esta fe sería la base de toda su vida.

Al modo que un amigo, encargado de buscar alojamiento después de una jornada para otros amigos, se adelanta, así Jesús vuelve a la casa de su Padre, donde tantas moradas hay; bien lo sabe Él, pues va a prepararles el lugar. Después volverá y los llevará para estar en su compañía. Es necesario, sin embargo, que aprendan el camino. Tomás duda: interpreta todo esto como si se tratara de un viaje ordinario. ¿A dónde, pues, va Jesús? Y si lo ignora, ¿cómo dar con el camino? El camino, acababa de decirlo, era la fe en Él, que es Camino, pues por Él se conoce al Padre. Es, además, camino para la inteligencia y se anda por él, aprendiendo la verdad: Él es la Verdad. Y esta verdad es vida del alma, siempre en Él, pues Él es la Vida. Sus discípulos le han visto, y viéndole a Él, ven al Padre.

Le han visto, pero en la oscuridad de la fe que les dice que el Hijo es el mismo que el Padre. Felipe desearía saber más: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». La visión perfecta está reservada a la eternidad. Felipe debía contentarse con creer en lo que en la última enseñanza de la Dedicación había ya revelado Jesús a los judíos (Jn 10, 30) y que ahora les anuncia de un modo más claro. « ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» Esta extraña sentencia, considerada como blasfemia por los judíos, es también la afirmación del Padre, viviendo en Jesús. Porque si la mejor razón de creer en su palabra, al menos no podrán recusar el testimonio de las obras, de los milagros, que son en Él la obra del Padre.

Esta fe no debía permanecer inactiva en los discípulos; los fieles no deben turbarse, muy al contrario, deben obrar, y su Maestro les dará los recursos necesarios. Ésta es la segunda exhortación.

El mejor recurso será la oración, siempre favorablemente despachada, porque los discípulos rogarán al Padre en nombre de Jesús, y es tal la unión entre el Padre y el Hijo, que el Hijo hará lo que le piden, y el orden será en adelante que el Padre sea glorificado en el Hijo. Y el hombre de fe, armado con esta oración, hará las mismas obras, y aún mayores que Jesús. En efecto, Él no salió de Israel, y a ellos los enviará a convertir a los gentiles.

Para esta obra es necesario el amor de Dios, el amor que guarda sus mandamientos. La fe sola no basta para obtener el don que la oración de Jesús conseguirá del Padre, el don del Paráclito, defensor, protector, grande amigo, que no es otro que el Espíritu de la verdad. Éste asistirá a los discípulos en sus caminos como luz, que disipa las tinieblas de muerte, y les anima a seguir su marcha y a obrar. Pero esta luz es interior. El mundo no puede gozar de este beneficio, porque la busca fuera y allí no se deja sentir: los discípulos gozarán de ella, porque la hallarán dentro de sí mismos.

El mismo Jesús vendrá a ellos. El mundo no lo verá, porque su vida es espiritual: lo verán los discípulos que viven la vida de Él y conocerán el secreto de esta unión que los une al Padre. Jesús está en ellos, ellos en Jesús y Jesús en el Padre. Y esta unión no sólo la realizará actualmente la fe. Si el fiel ama de verdad al Hijo y le ama y guarda sus mandamientos —precioso consuelo para las almas timoratas—, será amado del Padre y del Hijo, y el Hijo se le manifestará. Así indicaba Jesús aquella visión casi intuitiva, por el contacto íntimo de la inteligencia con la verdad infinita, conocimiento claro y más fecundo que el conseguido por la razón, aunque no logre disipar todas las oscuridades de esta vida.

Los discípulos todavía tenían la cabeza llena de grandiosos proyectos suscitados en su fantasía de judíos. La palabra manifestación evoca la presencia radiante del Mesías, que pondría fin a todas sus dudas y arrojaría el mundo a sus pies. Judas, no el Iscariote, esperaba ese golpe teatral, que era parte del programa: «Señor, ¿qué ha ocurrido para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús le da a entender que esta íntima manifestación exige amor y amor grande: consistirá en la venida del Padre y del Hijo al corazón del que ama, que convertirán en morada suya. Otra vez el Maestro les testifica que no hace más que transmitirles las enseñanzas del Padre. Así debía ser: Él instruiría a sus discípulos mientras estuviera con ellos —san Juan testifica la realidad de la afirmación del Salvador—. Pero Él sabía que sólo sería comprendido por la acción del Espíritu Santo, enviado por el Padre, para traerles a la mente cuanto les había dicho, con una luz más clara, y con las declaraciones y acentos necesarios para que la doctrina quedase grabada en el corazón de quienes serían depositarios heraldos de esa doctrina.

Jesús terminó como había comenzado: «No se turbe vuestro corazón». Les deja la paz, no al modo cómo lo hacían sus compatriotas, siguiendo la costumbre de saludar a la llegada y a la despedida: ¡Paz!, sino como un legado valiosísimo de su amistad. Si en verdad eran sus amigos, su amor les llevaría hasta alegrarse con Él, porque va al Padre, que es mayor que Él. El que se va no es el Hijo Eterno, que jamás abandonó el reino de su Padre, sino este Hijo en el estado de hombre, unido a Dios, pero también inferior a Él por aquella naturaleza humana que tomó y que va a llevar a la gloria. Su partida no tardará, porque el príncipe de este mundo, Satanás, que reina en él por el pecado, ya está en el mundo; y aunque ningún poder tenga sobre él, Jesús acepta soportar sus maquinaciones porque ama a su Padre y le obedece en todo amorosamente.

Después, como si ya nada le quedase por decir: «Levantaos, vamos de aquí». Continuará, no obstante, conversando con sus discípulos. Hay aquí una grave dificultad. Pudiera haber tenido la conversación que sigue a lo largo de las sendas que van a Galilea, en la soledad o sentados bajo algún terebinto; pero era muy difícil por las calles de la ciudad, o yendo por sus arrabales. La oración solemne por la unidad sólo pudo ser hecha a puerta cerrada. A decir verdad, nada tiene esto de difícil. Muy bien se concibe que Jesús se hubiera levantado y hubiera bebido con los otros la cuarta copa; después del Hallel, o para reemplazarle, habría pronunciado esta oración de pie antes de salir. Pero las alocuciones que precedieron a la oración ocupan no menos de dos capítulos. ¿Habrían sido pronunciadas así antes de dar la señal de la partida?

Nos inclinamos, pues, a creer que esta interrupción anunciaba el último acto de los convidados, una acción de gracias —distinta entre los judíos de la que seguía a la cena— y llamada Hallel, es decir, las alabanzas dadas a Dios por la fiesta y por la liberación en el pasado y en el porvenir.

Juan, después de haber compuesto así su libro, quiso en seguida añadir aun el contenido de los capítulos 15 y 16 y los intercaló o los hizo intercalar donde nosotros los leemos, sin cambiar nada: tal vez fue una ingeniosa manera de indicar su carácter suplementario.
(LAGRANGE, Vida de Jesucristo según el evangelio, Edibesa, Madrid, 1999, pp. 455-459)

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Comentario Teológico: P. Antonio Royo Marín, O. P. - La inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo


Vamos a examinar las siguientes cuestiones fundamentales: existencia, naturaleza, finalidad y modo de vivir el sublime misterio de la inhabitación divina en nuestras almas.

1. Existencia

La inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo es una de las verdades más claramente manifestadas en el Nuevo Testamento

 1. Con insistencia que muestra bien a las claras la importancia soberana de este misterio, vuelve una y otra vez el sagrado texto a inculcarnos esta sublime verdad. Recordemos algunos de los testimonios más insignes:

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada» (Io 14,23).

«Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios y Dios en él» (i Io 4,26).

« ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,16-17).

« ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis?>> (I Cor 6,19).

«Pues vosotros sois templo de Dios vivo» (2 Cor 6,16).

«Guarda el buen depósito por la virtud del Espíritu Santo, que mora en nosotros» (2 Tim 1,14).

Como se ve, la Sagrada Escritura emplea diversas fórmulas para expresar la misma verdad: Dios habita dentro del alma en gracia. Con preferencia se atribuye esa inhabitación al Espíritu Santo, no porque quepa una presencia especial del Espíritu Santo que no sea común al Padre y al Hijo, sino por una muy conveniente apropiación, ya que es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre y es el Espíritu Santo Amor esencial en el seno de la Trinidad Santísima.

Los Santos Padres, sobre todo San Agustín, tienen página bellísimas comentando el hecho inefable de la divina inhabitación en el alma del justo.


2. Naturaleza

Mucho han escrito y discutido los teólogos acerca de la naturaleza de la inhabitación de las divinas personas en el alma del justo. Nosotros vamos a recoger aquí las principales opiniones sustentadas por los teólogos, sin pretender dirimir una cuestión que sólo secundariamente afecta al objeto y finalidad de nuestra obra. He aquí esas opiniones:


1. La inhabitación consiste formalmente en una unión física y amistosa entre Dios y el hombre realizada por la gracia, en virtud de la cual Dios, uno y trino, se da al alma y está personal y substancialmente presente en ella, haciéndola participante de su vida divina.

He aquí cómo explica esta doctrina el P. Galtier, que es uno de sus devotos partidarios. La gracia es corno un sello en materia fluida. Y así como es indispensable para la permanencia de la sigilación en la materia fluida la permanente aplicación del sello, ya que de lo contrario desaparecería la sigilación, de manera semejante para que permanezca la gracia en el alma —que es como la sigilación asimilativa del alma a la divina naturaleza—es menester que permanezca siempre esta divina naturaleza físicamente presente.

Esta interpretación es rechazada por muchos teólogos por cuanto no parece trascender el modo común de existir que Dios tiene por esencia en todas las cosas creadas.

2. Otros teólogos, desde el siglo xiv en adelante, interpretaron el pensamiento del Angélico Doctor como si hubiera puesto la causa formal de la inhabitación en el solo conocimiento y amor sobrenaturales, independientemente de la presencia de inmensidad, esto es, en la sola presencia intencional. Suárez quiso completar esta doctrina con la de la amistad sobrenatural, que establece la caridad entre Dios y el alma, y que reclama y exige, según él, la presencia real—no sólo intencional—de Dios en el alma; de tal manera—dice—, que por la fuerza de esa amistad Dios vendría realmente al alma aunque no estuviera ya en ella por ningún otro título (verbigracia, por la presencia de inmensidad) .

Pero esta explicación suareciana no ha satisfecho a la mayor parte de los teólogos; porque la amistad, como quiera que pertenezca al orden afectivo, no se comprende cómo pueda hacer formalmente presentes a las personas divinas. El amor en cuanto tal no puede hacer físicamente presente al amado, ya que es de orden puramente intencional.

3. Un sector de la escuela tomista, a partir de Juan de Santo Tomás, interpreta al Angélico Doctor en el sentido de que, presupuesta ante todo la presencia de inmensidad, la gracia santificante, por razón de las operaciones de conocimiento y amor procedentes de la fe y la caridad, es la causa formal de la inhabitación de las divinas personas en el alma del justo. Según esta sentencia, el conocimiento y el amor no constituyen la presencia de Dios en nosotros, sino que, presupuesta esta presencia por la general de inmensidad, la presencia especial de las personas divinas consiste en su conocimiento y amor sobrenaturales, o sea en las operaciones provenientes de la gracia.

Esta teoría, mucho más aceptable que la anterior, parece tener en contra, sin embargo, una dificultad insuperable. Si las operaciones de conocimiento y amor provenientes de la gracia santificante fueran la causa formal de la inhabitación trinitaria, habría que negar el hecho de la inhabitación en los niños bautizados antes del uso déla razón, en los justos dormidos o simplemente distraídos y en toda alma santa que dejara de pensar y de amar, en un momento dado, en las divinas personas. A esta dificultad replican los partidarios de esta teoría que aun en esos casos se daría cierta presencia permanente de la Trinidad por la posesión de los hábitos sobrenaturales de la fe y la caridad, capaces de producir esa presencia. Pero esta respuesta no satisface a muchos teólogos, por cuanto la posesión de esos hábitos sobrenaturales nos daría únicamente la facultad o poder de producir la inhabitación al reducirlos al acto, pero siempre sería verdad que mientras tanto no tendríamos inhabitación propiamente dicha.

4. Otros teólogos, finalmente, propugnan la unión de`la primera y tercera de estas teorías para explicar adecuadamente el hecho de la divina inhabitación. Según ellos, las personas divinas se hacen presentes de algún modo por la eficiencia y conservación de la gracia santificante, ya que esta gracia nos da verdaderamente una participación física y formal de la naturaleza divina en cuanto tal - cosa que no ocurre en la eficiencia y conservación de las cosas puramente naturales - y, por lo mismo, nos da una participación en el misterio de la vida íntima de Dios, aun conservando intacto el principio teológico certísimo de que en las operaciones ad extra obra Dios como uno y no como trino. Presente ya de algún modo la Trinidad en el alma por la gracia, el justo entra en contacto con ella por las operaciones de conocimiento y amor que brotan de la misma gracia. Por la producción de la gracia, Dios se une al alma como principio; y por las operaciones de conocimiento y amor, el alma se une a las divinas personas como término de esas mismas operaciones. De donde la inhabitación trinitaria es un hecho ontológico y psicológico; en primer lugar ontológico (por la producción y conservación de la gracia) y en segundo lugar psicológico (por el conocimiento y amor sobrenaturales).

Como se ve, las opiniones son muchas, y acaso ninguna de ellas nos dé una explicación enteramente satisfactoria del modo misterioso como se realiza la presencia real de las divinas personas en el alma del justo. En todo caso, para la vida de piedad y adelantamiento en la perfección, más que el modo como se realiza, interesa el hecho de la inhabitación, en el cual están absolutamente de acuerdo todos los teólogos católicos.

Prescindiendo, pues, de las diversas teorías formuladas para explicar el modo de la divina inhabitación, vamos a señalar en qué se distingue la presencia de inhabitación de las otras presencias de Dios que señala la teología.

Pueden distinguirse, en efecto, hasta cinco presencias de Dios completamente distintas:

1. Presencia personal e hipostática. Es la propia y exclusiva de Jesucristo-hombre. En él la persona divina del Verbo no reside como en un templo, sino que constituye su propia personalidad, aun en cuanto hombre. En virtud de la unión hipostática Cristo-hombre es una persona divina, de ningún modo una persona humana.

2. Presencia eucarística. En la Eucaristía está presente Dios de una manera especial que solamente se da en ella. Es el ubi eucarístico, que, aunque de una manera directa e inmediata afecta únicamente al cuerpo de Cristo, afecta también indirectamente a las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad: al Verbo por su unión personal con la humanidad de Cristo, y al Padre y al Espíritu Santo por la circuminsesión o presencia mutua de las tres divinas Personas entre sí, que las hace absolutamente inseparables.

3. Presencia de visión. Dios está presente en todas partes - como veremos en seguida -, pero no en todas se deja ver. La visión beatífica en el cielo puede considerarse como una presencia' especial de Dios distinta de las demás. En el cielo está Dios dejándose ver.

4. Presencia de inmensidad. Uno de los atributos de Dios es su inmensidad, en virtud de la cual Dios está realmente presente en todas partes, sin que pueda existir criatura o lugar alguno donde no se encuentre Dios. Y esto por tres capítulos:

Por esencia, en cuanto que Dios está dando el ser a todo cuanto existe sin descansar un instante, de manera parecida a como la fábrica de electricidad está enviando sin cesar el fluido eléctrico que mantiene encendida la bombilla. Si Dios suspendiera un solo instante su acción conservadora sobre cualquier ser, desaparecería ipso facto ese ser en la nada, como la lámpara eléctrica se apaga instantáneamente cuando le cortamos la corriente. En este sentido Dios está presente incluso en un alma en pecado mortal y en el mismísimo demonio, que no podrían existir sin esa presencia divina.

Por presencia, en cuanto que Dios tiene continuamente ante sus ojos todos los seres creados, sin que ninguno de ellos pueda substraerse un solo instante a su mirada divina.

Por potencia, en cuanto que Dios tiene sometidas a su poder todas las criaturas. Con una sola palabra las creó y con una sola podría aniquilarlas.


5. Presencia de inhabitación. Es la presencia especial que establece Dios, uno y trino, en el alma justificada por la gracia.

¿En qué se distingue esta presencia de inhabitación de la presencia general de inmensidad?

Ante todo hay que decir que la presencia especial de inhabitación supone y preexige la presencia general de inmensidad, sin la cual no sería posible. Pero añade a esta presencia general dos cosas fundamentales, a saber: la paternidad y la amistad divinas, la primera fundada en la gracia santificante y la segunda en la caridad.

Vamos a explicar un poco estas realidades inefables.

La Paternidad. Propiamente hablando, no puede decirse que Dios sea Padre de las criaturas en el orden puramente natural. Es verdad que todas han salido de sus manos creadoras, pero este hecho constituye a Dios Autor o Creador de todas ellas, pero de ningún modo le hace Padre de las mismas. El artista que esculpe una estatua en un trozo de madera o de mármol es el autor de la estatua, pero de ningún modo su padre. Para ser padre es preciso transmitir la propia vida, esto es, la propia naturaleza específica, a otro ser viviente de la misma especie.

Por eso, si Dios quería ser nuestro Padre, además de nuestro Creador, era preciso que nos transmitiese su propia naturaleza divina en toda su plenitud - y éste es el caso de Jesucristo, Hijo de Dios por naturaleza - o, al menos, una participación real y verdadera de la misma: y éste es el caso del alma justificada. En virtud de la gracia santificante, que nos da una participación misteriosa, pero muy real y verdadera de la misma naturaleza divina, el alma justificada se hace verdaderamente hija de Dios, por una adopción intrínseca muy superior a las adopciones humanas puramente jurídicas y extrínsecas. Y desde ese momento, Dios, que ya residía en el alma por su presencia general de inmensidad, comienza a estar en ella como Padre y a mirarla como verdadera hija suya. Este es el primer aspecto de la presencia de inhabitación, incomparablemente superior, como se ve, a la simple presencia de inmensidad. La presencia de inmensidad es común a todo cuanto existe (incluso a las piedras y a los mismos demonios). La de inhabitación, en cambio, es propia y exclusiva de los hijos de Dios. Supone siempre la gracia santificante y, por lo mismo, no podría darse sin ella.

La Amistad. Pero la gracia santificante no va nunca sola. Lleva consigo el maravilloso cortejo de las virtudes infusas, entre las que destaca, como la más importante y principal, la caridad sobrenatural. Como explicaremos en su lugar, la caridad establece una verdadera y mutua amistad entre Dios y los hombres: es su esencia misma. Por eso al infundirse en el alma, juntamente con la gracia santificante, la caridad sobrenatural, Dios comienza a estar en ella de una manera enteramente nueva: ya no está simplemente como autor, sino también como verdadero amigo. He ahí el segundo entrañable aspecto de la divina inhabitación.

Presencia íntima de Dios, uno y trino, como Padre y como Amigo. Este es el hecho colosal, que constituye la esencia misma de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma justificada por la gracia y la caridad.


3. Finalidad

La inhabitación trinitaria en nuestras almas tiene una finalidad altísima, como no podía menos de ser así. Es el gran don de Dios, el primero y el mayor de todos los dones posibles, puesto que nos da la posesión real y verdadera del mismo Ser infinito de Dios. La misma gracia santificante, con ser un don de valor inapreciable, vale infinitamente menos que la divina inhabitación. Esta última recibe en teología el nombre de gracia increada, a diferencia de la gracia habitual o santificante, que se designa con el de gracia creada. Hay un abismo entre una criatura - por muy perfecta que sea - y el mismo Creador.

La inhabitación equivale en el cristiano a la unión hipostática en la persona de Cristo, aunque no sea ella, sino la gracia habitual, la que nos constituye formalmente hijos adoptivos de Dios. La gracia santificante penetra y empapa formalmente nuestra alma divinizándola. Pero la divina inhabitación es como la encarnación o inserción en nuestras almas de lo absolutamente divino: del mismo ser de Dios, tal como es en sí mismo, uno en esencia y trino en personas.

Dos son las principales finalidades de la divina inhabitación en nuestras almas. Vamos a exponerlas en otras tantas conclusiones.


Conclusión 1ª: La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su vida íntima divina y transformarnos en Dios.

La vida íntima de Dios consiste, como ya dijimos, en la procesión de las divinas personas - el Verbo, del Padre por vía de generación intelectual; y el Espíritu Santo, del Padre y del Hijo por vía de procedencia afectiva - y en la infinita complacencia que en ello experimentan las divinas personas entre sí.

Ahora bien: por increíble que parezca esta afirmación, la inhabitación trinitaria en nuestras almas tiende, como meta suprema, a hacernos participantes del misterio de la vida íntima divina asociándonos a él y transformándonos en Dios, en la medida en que es posible a una simple criatura, Escuchemos a San Juan de la Cruz - doctor de la Iglesia universal - explicando esta increíble maravilla:

«Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará allí en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella le aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado y manifiesto grado.

Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay que decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello...

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿que increíble cosa es que obre ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? Pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma; porque esto es estar transformada en las tres personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza...

¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!,? ¿qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!

Hasta aquí, San Juan de la Cruz. Realmente el apóstrofe final del sublime místico fontivereño está plenamente justificado. Ante la perspectiva soberana de nuestra total transformación en Dios, el cristiano debería despreciar radicalmente todas las miserias de la tierra y dedicarse con ardor incontenible a intensificar cada vez más su vida trinitaria hasta remontarse poco a poco a las más altas cumbres de la unión mística con Dios. Es lo que sor Isabel de la Trinidad pedía sin cesar a sus divinos huéspedes:

«Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de vuestro misterio.

No se vaya a pensar, sin embargo, que esa total transformación en Dios de que hablan los místicos experimentales como coronamiento supremo de la inhabitación trinitaria tiene un sentido panteísta de absorción de la propia personalidad en el torrente de la vida divina. Nada más lejos de esto. La unión panteísta no es propiamente unión, sino negación absoluta de la unión, puesto que uno de los dos términos - la criatura - desaparece al ser absorbido por Dios. La unión mística no es esto. El alma transformada en Dios no pierde jamás su propia personalidad creada. Santo Tomás pone el ejemplo, extraordinariamente gráfico y expresivo, del hierro candente que, sin perder su propia naturaleza de hierro, adquiere las propiedades del fuego y se hace fuego por participación.

Comentando esta divina transformación a base de la imagen del hierro candente escribe con acierto el P. Ramiére:

Es verdad que en el hierro abrasado está la semejanza del fuego, mas no es tal que el más hábil pintor pueda reproducirla sirviéndose de los más vivos colores; ella no puede resultar sino de la presencia y acción del mismo fuego. La presencia del fuego y la combustión del hierro son dos cosas distintas; pues ésta es una manera de ser del hierro, y aquélla una relación del mismo con una substancia extraña. Pero las dos cosas, por distintas que sean, son inseparables una de otra; el fuego no puede estar unido al hierro sin abrasarle, y la combustión del hierro no puede resultar sino de su unión con el fuego.

Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en esa alma, y, por tanto, es infinitamente superior a la más elevada santidad que pudiera alcanzar un alma en la que no morase el Espíritu Santo. Esta última alma no podría ser divinizada sino moralmente, por la semejanza de sus disposiciones con las de Dios; elocristiano, por el contrario, es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida.


Conclusión 2ª: La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para darnos la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas personas.

Dos cosas se contienen en esta conclusión, que vamos a examinar por separado:

a) Para darnos la plena posesión de Dios. Decíamos al hablar de la presencia divina de inmensidad que, en virtud de la misma, Dios estaba íntimamente presente en todas las cosas - incluso en los mismos demonios del infierno - por esencia, presencia y potencia. Y, sin embargo, un ser que no tenga con Dios otro contacto que el que proviene únicamente de esta presencia de inmensidad, propiamente hablando no posee a Dios, puesto que este tesoro infinito no le pertenece en modo alguno. Escuchemos de nuevo al P. Ramiére:

«Podemos imaginarnos a un hombre pobrísimo junto a un inmenso tesoro, sin que por estar próximo a él se haga rico, pues lo que hace la riqueza no es la proximidad, sino la posesión del oro. Tal es la diferencia entre el alma justa y el alma del pecador. El pecador, el condenado mismo, tienen a su lado y en sí mismos el bien infinito, y, sin embargo, permanecen en su indigencia, porque este tesoro no les pertenece; al paso que el cristiano en estado de gracia tiene en sí el Espíritu Santo, y con El la plenitud de las gracias celestiales como un tesoro que le pertenece en propiedad y del cual puede usar cuando y como le pareciere

¡Qué grande es la felicidad del cristiano! ¡Qué verdad, bien entendida por nuestro entendimiento, para ensanchar nuestro corazón! ¡Qué influjo en nuestra vida entera si la tuviéramos constantemente ante los ojos! La persuasión que tenemos de la presencia real del cuerpo de Jesucristo en el copón nos inspira el más profundo horror a la profanación de ese vaso de metal. ¡Qué horror tendríamos también a la menor profanación de nuestro cuerpo, si no perdiéramos de vista este dogma de fe, tan cierto como el primero, a saber, la presencia real en nosotros del Espíritu de Jesucristo! ¿Es por ventura el divino Espíritu menos santo que la carne sagrada del Hombre-Dios? ¿O pensamos que da El a la santidad de esos vasos de oro y templos materiales más importancia que a la de sus templos vivos y tabernáculos espirituales?»

Nada, en efecto, debería llenar de tanto horror al cristiano como la posibilidad de perder este tesoro divino por el pecado mortal. Las mayores calamidades y desgracias que podamos imaginar en el plano puramente humano y temporal -enfermedades, calumnias, pérdida de todos los bienes materiales, muerte de los seres queridos, etc., etc. - son cosa de juguete y de risa comparadas con la terrible catástrofe que representa para el alma un solo pecado mortal. Aquí la pérdida es absoluta y rigurosamente infinita.


b) Para darnos el goce fruitivo de las Divinas Personas. Por más que asombre leerlo, es ésta una de las finalidades más entrañables de la divina inhabitación en nuestras almas.

El príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, escribió en su Suma Teológica estas sorprendentes palabras:

«No se dice que poseamos sino aquello de que libremente podemos usar y disfrutar. Ahora bien, sólo por la gracia santificante tenemos la potestad 1 de disfrutar de la persona divina («potestatem fruendi divina persona»).

Por el don de la gracia santificante es perfeccionada la criatura racio- C. nal, no sólo para usar libremente de aquel don creado, sino para gozar de la misma persona divina («ut ipsa persona divina fruatur»)».

Los místicos experimentales han comprobado en la práctica la profunda realidad de estas palabras. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, sor Isabel de la Trinidad y otros muchos hablan de experiencias trinitarias inefables. Sus descripciones desconciertan, a veces, a los teólogos especulativos, demasiado aficionados, quizá, a medir las grandezas de Dios con la cortedad de la pobre razón humana, aun iluminada por la fe.

Escuchemos algunos testimonios explícitos de los místicos experimentales:

Santa Teresa. «Quiere ya nuestro buen Dios quitarle las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una substancia y un poder y un saber y un solo Dios. De manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendrían El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos.

¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma; en lo muy muy interior, en una cosa muy honda - que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras - siente en sí esta divina compañía».

San Juan De La Cruz. Ya hemos citado en la conclusión anterior un texto extraordinariamente expresivo. Oigámosle ponderar el deleite inefable que el alma experimenta en su sublime experiencia trinitaria:

«De donde la delicadez del deleite que en este toque se siente, es imposible decirse; ni yo querría hablar de ello, porque no se entienda que aquello no es más de lo que se dice, que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí, y callarlo y gozarlo el que lo tiene... y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque, por ser toque de Dios, a vida eterna sabe».

Sor Isabel De La Trinidad. «He aquí cómo yo entiendo ser la «casa de Dios»: viviendo en el seno de la tranquila Trinidad, en mi abismo interior, en esta fortaleza inexpugnable del santo recogimiento, de que habla San Juan de la Cruz.

David cantaba: «Anhela mi alma y desfallece en los atrios del Señor» (Ps 83,3). Me parece que ésta debe ser la actitud de toda alma que se recoge en sus atrios interiores para contemplar allí a su Dios y ponerse en contacto estrechísimo con El. Se siente desfallecer en un divino desvanecimiento ante la presencia de este Amor todopoderoso, de esta majestad infinita que mora en ella. No es la vida quien la abandona, es ella quien desprecia esta vida natural y quien se retira, porque siente que no es digna de su esencia tan rica, y que se va a morir y a desaparecer en su Dios».

Esta es, en toda su sublime grandeza, una de la finalidades más entrañables de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera de pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología del Doctor Angélico, plenamente comprobada en la práctica por los místicos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado más elevado y sublime de la unión mística con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo «extraordinario» a la manera de las gracias «gratis dadas»; entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos están llamados a estas alturas y a ellas llegarían, efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la acción santificadora progresiva del Espíritu Santo. Escuchemos a Santa Teresa proclamando abiertamente esta doctrina;

«Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara, no dijera: «Yo os daré de beber» (Io 7,37). Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y a los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Mas como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que a todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará este agua viva».

Vale la pena, pues, hacer de nuestra parte todo cuanto podamos para disponernos con la gracia de Dios a gozar, aun en este mundo, de esta inefable experiencia trinitaria. Vamos a recordar los principales medios para ello.


4. Modo de vivir el Misterio de la divina inhabitación

Exponiendo la espiritualidad eminentemente trinitaria de sor Isabel de la Trinidad, señala con mucho acierto el P. Philipon la manera con que vivía este misterio la célebre carmelita de Dijon. Sus rasgos esenciales pueden reducirse a estos cuatro: fe viva, caridad ardiente, recogimiento profundo y actos fervientes de adoración. Vamos a examinarlos brevemente uno por uno.


a) Fe viva

Escuchemos al P. Philipon en el lugar citado:

«Para avanzar con seguridad en «esta ruta magnífica de la Presencia de Dios», la fe es el acto esencial, el único que nos da acceso al Dios vivo pero oculto. «Para acercarse a Dios es preciso creer» (Hebr I1,6); es San Pablo quien habla así. Y añade todavía: «La fe es la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos» (Hebr II,I). Es decir, que la fe nos hace de tal manera ciertos y presentes los bienes futuros, que por ella cobran realidad en nuestra alma y subsisten en ella antes de que los gocemos. San Juan de la Cruz dice que ella «nos sirve de pie para ir a Dios» y que es «la posesión en estado oscuro». Unicamente ella puede darnos luces verdaderas sobre «Aquel a quien amamos, y nuestra alma debe escogerla como medio para llegar a la unión bienaventurada. Ella es la que vierte a raudales en nuestro interior todos los bienes espirituales».

Esta fe viva nos ha de empujar incesantemente a recordar el gran misterio permanente en nuestras almas. El ejercicio de la presencia de Dios - cuya gran eficacia santificadora nos parece ocioso ponderar - cobra aquí toda su fuerza y su razón de ser. Es preciso recordar, con la mayor frecuencia que la debilidad humana nos permita, que «somos templos de Dios» y que «el Espíritu de Dios habita dentro de nosotros mismos». En realidad, éste debería ser el pensamiento único, la idea fija y obsesionante de toda alma que aspire de verdad a santificarse. Este es el punto de vista verdaderamente básico y esencial. Todo lo que nos distraiga o aparte de este ejercicio fundamental representa para nosotros la disipación y el extravío de la ruta directa que conduce a Dios.

No es preciso, para ello, sentir a Dios. La fe es enteramente suprasensible e incluso suprarracional. En el mejor de los casos, nos deja entrever a Dios en un misterioso claroscuro y, con frecuencia, no es otra cosa que un cara a cara en las tinieblas. El alma que quiera santificarse de veras ha de prescindir en absoluto de sus sensibilidades y caminar hacia Dios, valiente y esforzada, en medio de todas las soledades y tinieblas. Así lo practicaba la carmelita de Dijon.

"Soy la pequeña reclusa de Dios, y cuando entro en mi querida celda para continuar con El el coloquio comenzado, una alegría divina se apodera de mí. ¡Amo tanto la soledad con sólo El! Llevo una pequeña vida de ermitaña verdaderamente deliciosa. Estoy muy lejos de sentirme exenta de impotencias; también yo tengo necesidad de buscar a mi Maestro que se oculta muy bien. Pero entonces despierto mi fe y estoy muy contenta de no gozar de su presencia, para hacerle gozar a El de mi amor".

Este espíritu de fe viva es el mejor procedimiento y el camino más rápido y seguro para llevarnos a una vida de ardiente amor a Dios, que vale todavía mucho más.


b) Caridad ardiente

La caridad, en efecto, es mejor y vale más que la fe. En absoluto es posible tener fe sin caridad, aunque se trataría de una fe informe, sin valor santificante alguno. La caridad, en cambio, es la reina de todas las virtudes y va unida siempre, inseparablemente, a la divina gracia y a la presencia inhabitante de Dios.

La caridad nos une más íntimamente a Dios que ninguna otra virtud. Es ella la única que tiene por objeto directo e inmediato al mismo Dios como fin último sobrenatural. Y como Dios es la santidad por esencia y no hay ni puede haber otra santidad posible que la que de El recibamos, síguese que el alma será tanto más santa cuanto más de cerca se allegue a Dios por el impulso de su caridad. La fórmula tan conocida: la santidad es amor, expresa una auténtica y profunda realidad. Por eso el primero y el más grande de los preceptos de Dios tenía que ser forzosamente éste: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deut 6,4; Mc 12,3o).

La Sagrada Escritura y la tradición cristiana universal a través de los Padres de la Iglesia, los doctores y los santos están de acuerdo unánimemente en conceder a la caridad la primacía sobre todas las virtudes. Ella es «la plenitud de la ley» en frase lapidaria de San Pablo (Rom 13,10). San Agustín pudo escribir, sin que nadie le desmintiera, aquella frase simplificadora: «Ama y haz lo que quieras». San Bernardo decía que «la medida del amor a Dios es amarle sin medida». Y el gran teólogo de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, escribió rotundamente: «El amor es formalmente la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo».

San Juan de la Cruz expresó en un pensamiento sublime la primacía del amor: «A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado y deja tu condición».

He aquí una breve exégesis del espléndido pensamiento:

A la tarde, esto es, al declinar el día de nuestra vida mortal.

Te examinarán en el amor: la caridad constituirá la asignatura única—o, al menos, la más importante—de la que habremos de responder ante el supremo examinador (cf. Mt 25,34-40).

Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado, esto es, “con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deut 6,4).

Y deja tu condición: Deja ya tu condición humana, tus miras egoístas, tu manera de conducirte puramente natural. Deja ya tu vida de hijo de los hombres, para empezar a vivir de veras tu vida de hijo de Dios.

Lo cual no quiere decir que para santificarse deba el cristiano ingresar en una orden religiosa de vida contemplativa para vivir lejos de las cosas de la tierra. Sería un gran error. La santidad es para todos, y en todos los estados y modos de vida se puede de hecho alcanzar. La clave del secreto está en hacer todas las cosas por amor - «ora comáis, ora bebáis...», decía San Pablo (I Cor 10,3 I ) -, aunque se trate de un vivir sin brillo y sin apariencia humana alguna. Este fue el último pensamiento que sor Isabel de la Trinidad ofreció a sus hermanas que recitaban junto a ella las oraciones de los agonizantes: «A la tarde de la vida todo pasa; sólo permanece el amor. Es preciso hacerlo todo por amor». Y Santa Teresita de Lisieux, la víspera de su muerte, dijo a su hermana Celina que le pedía una palabra de adiós: Ya lo he dicho todo: lo único que vale es el amor.

«Aquí comienza - escribe a este propósito el P. Philipon  - la diferencia entre los santos y nosotros. En sus acciones los santos buscan la gloria de su Dios, <ya sea que coman, ya que beban>, mientras que muchas almas cristianas no saben encontrar a Dios ni siquiera en la oración, porque se imaginan que la vida espiritual es cierta cosa inaccesible, reservada a un pequeño número de almas privilegiadas, llamadas «místicas», y lo complican todo. La verdadera mística es la del bautismo, en vistas a la Trinidad y bajo el sello del Crucificado, esto es, «en la trivialidad de todos los renunciamientos cotidianos».


c) Recogimiento profundo

Es preciso, sin embargo, evitar la disipación del alma y el derramarse al exterior inútilmente. En cualquier género de vida en que la divina Providencia haya querido colocarnos, se impone siempre la necesidad de recogerse al interior de nuestra alma para entrar en contacto y conversación íntima con nuestros divinos huéspedes. Es inútil tratar de santificarse en medio del bullicio del mundo, sin renunciar a la mayor parte de sus placeres y diversiones, por muy honestos e inocentes que sean. Ni la espiritualidad monástica, ni la llamada «espiritualidad seglar», podrán conducir jamás a nadie a la cima de la perfección cristiana si el alma no renuncia, al precio que sea, a todo lo que pueda disiparla o derramarla al exterior. Sin recogimiento, sin vida de oración, sin trato íntimo con la Santísima Trinidad presente en el fondo de nuestras almas, nadie se santificará jamás, ni en el claustro ni en el mundo.

Deberían tener presente este principio indiscutible los que propugnan con tanto entusiasmo una espiritualidad perfectamente compatible con todas las disipaciones de la vida mundana, so pretexto de que «hay que santificarlo todo» y de que el seglar «no puede santificarse a la manera de los monjes» y de que «no puede ni debe renunciar a nada de lo que lleva consigo la vida ordinaria en el mundo», a excepción, naturalmente, del pecado. Los que así piensan pueden tener la seguridad de que no llegarán jamás a la cumbre de la perfección cristiana. Cristo se dirigió a todos los cristianos, y no solamente a los monjes, cuando pronunció aquellas palabras que no perderán jamás su actualidad: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Le 9,23).


d) Actos fervientes de adoración

El recogimiento hacia el interior de nuestra alma ha de impulsarnos a practicar con frecuencia fervientes actos de adoración a nuestros divinos huéspedes. Como es sabido, el mérito sobrenatural no consiste en la mera posesión de los hábitos infusos, sino en su ejercicio o actualización. Y cada nuevo aumento de gracia santificante lleva consigo una nueva presencia de la Santísima Trinidad, o sea, una radicación más profunda en lo más hondo de nuestras almas.

Para ello, practiquemos con ferviente espíritu, llenándolas de sentido, nuestras devociones trinitarias:

a) El «Gloria Patri et Filio»..., que tantas veces recitamos distraídos, es un excelente acto de adoración y de alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima. Dom Columba Marmión tenía adquirida la costumbre de asociar a cada Gloria Patri del final de los salmos la petición de sentirse y vivir cada vez más intensamente su filiación adoptiva. Es una excelente práctica, altamente santificadora.

b) El «Gloria in Excelsis Deo» de la misa es una magnífica plegaria trinitaria, impregnada de alabanza y de amor. Muchas almas interiores hacen consistir su oración mental en irlo recorriendo lentamente, empapando su alma de los sublimes pensamientos que encierra, y dejando arder suavemente su corazón en el fuego del amor.

c) El «Sanctus, Sanctus, Sanctus», que oyeron cantar en el cielo los bienaventurados el profeta Isaías (Is 6,3) y el vidente del Apocalipsis (Apoc 4, 8), debería constituir para el cristiano, ya desde esta vida, su himno predilecto de alabanza y de gloria de la Trinidad Beatísima.

El símbolo «Quicumque» es otro motivo bellísimo de santa y fecunda meditación del misterio trinitario.

La Misa votiva de la Santísima Trinidad era celebrada con frecuencia por San Juan de la Cruz, «porque estoy firmemente persuadido—decía con gracia—que la Santísima Trinidad es el santo más grande del cielo».

En fin: hay otros muchos medios de fomentar en nosotros los actos de adoración a la Trinidad Beatísima. A muchas almas les va muy bien la meditación sosegada y afectiva de la sublime «elevación» de sor Isabel de la Trinidad: «¡Oh Dios mío, Trinidad que adoro!...» Otras se preocupan de multiplicar los actos de adoración, reparación, petición y acción de gracias que son los propios y específicos del sacrificio como supremo acto de culto y veneración a Dios. Otras siguen otros procedimientos y emplean otros métodos que el Espíritu Santo les sugiere. Lo importante es intensificar, como quiera que sea, nuestro contacto íntimo con las divinas personas que están inhabitando con entrañas de amor en lo más hondo de nuestras almas.
(ROYO MARÍN, A., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 2008, pp. 55-70)

S.TH., 1,43; SUÁREZ, De Trinitate, I2,5; TERRIEN, La gracia s' la gloria 1.4 (Madrid 1943); FROGET, De l'habitation du Saint Esprit dans les dines justes (París 190o); GARDEIL, La structure de l'drne et l'expérience mystique 2 (1927) 6-87; GALTIER, L'habitation en nous des Trois Personnes (Roma 1950); RETAILLEAU, La sainte Trinité dans les ámes justes (Angers 1932); PHILIPON, La doctrina espiritual de sor Isabel de la Trinidad c.3; M. CUERVO, La inhabitación de la Trinidad en toda alma en gracia (Salamanca 1945).



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Santos Padres: San Agustín - Aprendiendo con los discípulos

Tratado 76 (Jn 14, 23-24)
1. Con las preguntas de los discípulos y las respuestas de Jesús, su Maestro, aprendemos nosotros juntamente con ellos cuando leemos o escuchamos el santo evangelio. Como el Señor había dicho: Un poco de tiempo más, y el mundo ya no me ve, pero vosotros me veréis, le preguntó sobre esto Judas, no aquel traidor que se apodaba Iscariote, sino aquel cuya epístola es leída entre las Escrituras canónicas: Señor, ¿qué motivos hay para que te manifiestes a nosotros y no al mundo? Seamos también nosotros como discípulos, que con ellos interrogan, y escuchemos a la vez nosotros al Maestro común a todos. Judas el santo, no el perverso; el seguidor, no el perseguidor, preguntó por qué motivo se había de manifestar Jesús a los suyos y no al mundo; por qué después de poco tiempo no le vería el mundo, y ellos le verían.

2. Jesús le respondió diciendo: Si alguno me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El que no me ama, no practica mi doctrina. Ahí tenéis la causa de manifestarse a los suyos y no a los extraños, incluidos bajo el nombre de mundo, y la causa de que unos amen y otros no amen. Es el mismo motivo que declara el Salmo, que dice: Júzgame, Señor, y separa mi causa de la gente perversa. Los que aman son elegidos porque aman; pero los que no aman, aunque hablen los idiomas de los hombres y de los ángeles, son como un alambre, que suena, y como un címbalo, que tañe; y aunque tengan el don de profecía, conozcan todos los secretos y posean todas las ciencias y tengan tanta fe que puedan trasladar las montañas, nada son; y aunque distribuyan toda su hacienda a los pobres y entreguen sus cuerpos al fuego, no les será de ningún provecho. El amor distingue del mundo a los santos y hace que vivan juntos con una sola alma en la casa. Y a esta casa la convierten en su mansión el Padre y el Hijo, que infunden este amor a quienes han de conceder en el fin del mundo su manifestación, acerca de la cual el discípulo interrogó al Maestro para que todos pudiésemos llegar al conocimiento de estas cosas, aleccionados directamente por su boca los que le escuchaban, y nosotros por medio del Evangelio. Preguntó él por la manifestación de Cristo, y Cristo habló acerca del amor y de su mansión. Existe, pues, una interior manifestación de Dios, que los impíos desconocen absolutamente, y para ellos no hay manifestación del Padre y del Espíritu Santo, aunque pudieron ver la del Hijo, pero solamente en carne, que no es como aquella otra, ni pueden tenerla siempre sino por corto tiempo y para su condenación y tormento, no para ser su alegría y su premio.

3. Es ya hora de que entendamos, en cuanto Él se digna descubrirnos, el sentido de estas palabras: Un poco más de tiempo, y el mundo ya no me ve, pero vosotros me veréis. Cierto es que dentro de poco tiempo había de retirar de su vista su propio cuerpo, el cual podían ver hasta los impíos, aunque ninguno de éstos lo vio después de su resurrección. Pero, según declaró por el testimonio de los ángeles, Vendrá del mismo modo que le habéis visto subir al cielo; y tenemos la creencia de que con el mismo cuerpo ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos; no cabe duda que entonces le verá el mundo, en cuyo nombre están incluidos todos los que serán excluidos de su reino. Por lo cual, con mayor motivo podemos creer que en estas palabras: Un poco más de tiempo, y el mundo ya no me verá, se refirió al tiempo aquel en que al fin del mundo se retirará de la vista de los condenados, para que en adelante solamente le vean aquellos amantes suyos dentro de los cuales harán su morada el Padre y el Hijo. Y dijo poco, porque este tiempo que parece tan largo a los hombres es cortísimo a los ojos de Dios. De este poco dice el mismo evangelista San Juan: Hijitos, ésta es la última hora.

4. Y no sea que alguno vaya a pensar que solamente el Padre y el Hijo han de poner su morada sin el Espíritu Santo en sus amantes, recuerdo lo dicho anteriormente acerca del Espíritu Santo: Que el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conoceréis, porque permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros. Y así, en los justos tendrán su morada el Padre y el Hijo juntamente con el Espíritu Santo; dentro de ellos morará Dios como en su templo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen a nosotros cuando nosotros vamos a ellos: vienen prestando su ayuda, vamos prestando obediencia; vienen iluminando, vamos contemplando; vienen llenando, vamos cogiendo; de modo que para nosotros su visión no sea externa, sino interna; y su permanencia en nosotros no sea transitoria, sino eterna. De esta manera no se manifiesta el Hijo al mundo; entendiendo aquí por mundo a aquellos de los cuales dijo a continuación: Quien no me ama, no guarda mi doctrina. Estos son los que jamás han de ver al Padre y al Espíritu Santo. Por un corto tiempo verán al Hijo, no para ser dichosos, sino para ser juzgados. Más no le verán como Dios, que será invisible con el Padre y el Espíritu Santo, sino como hombre, que en su pasión quiso ser despreciado por el mundo, y será terrible en el juicio.

5. Estas palabras que añadió: La doctrina que habéis escuchado, no es mía, sino del Padre, que me envió, no deben causarnos admiración ni espanto. No es Él menor que el Padre, más procede solamente del Padre. No es desigual al Padre, más no tiene el ser de sí mismo. Tampoco mintió cuando dijo: Quien no me ama no guarda mis palabras. Aquí dice que las palabras son suyas. ¿Acaso se contradice cuando volvió a repetir: La palabra que habéis oído, no es mía? Quizá con esta distinción quiso aludir a El mismo, diciendo que eran suyas cuando dijo en plural palabras; y cuando dijo en singular palabra, esto es, el Verbo, no era suya, sino del Padre. Pues en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. No es suyo el Verbo, sino del Padre. Como Él no es imagen suya, sino del Padre; ni Él es tampoco Hijo suyo, sino Hijo del Padre. Con razón, pues, atribuye a su Principio lo que hace el que es igual a Él, y del cual tiene el ser igual sin diferencia alguna.


Tratado 77 (Jn 14, 25-27)


1. En la lectura del santo evangelio que precede a esta que acabáis de escuchar, había dicho Nuestro Señor Jesucristo que El y el Padre vendrían a sus amantes y establecerían en ellos su morada. Y anteriormente había dicho del Espíritu Santo: Vosotros le conoceréis, porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros. Por eso llegamos a concluir que Dios trino vive en los justos como en su templo. Mas ahora dice: Estas cosas os las he dicho durante mi permanencia con vosotros. Luego aquella permanencia que les promete para el futuro, es diferente de esta permanencia que ahora tiene entre ellos. Aquélla es espiritual y se verifica en el interior de las almas; ésta es corporal y se manifiesta exteriormente a la vista y al oído. Aquélla constituye la eterna bienaventuranza de los libertados; ésta es una visita temporal a quienes viene a libertar. Por aquélla jamás el Señor se aparta de sus amantes; por ésta se va y los deja. Estas cosas os he dicho durante mi permanencia entre vosotros con la presencia corporal, en la cual visiblemente hablaba con ellos.

2. Luego dice: Mas el Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará cuantas cosas os tengo dichas. ¿Acaso habla el Hijo y enseña el Espíritu Santo, de modo que, cuando el Hijo habla, solamente percibimos sus palabras y las entendemos con las enseñanzas del Espíritu Santo? ¿Habla el Hijo sin el Espíritu Santo, o enseña el Espíritu Santo sin el Hijo, o más bien igualmente habla el Espíritu Santo y enseña el Hijo, y cuando Dios dice y enseña algo, lo dice y enseña la misma Trinidad? Pero, por ser una Trinidad, era conveniente mencionar a las tres Personas, para que nosotros las oigamos como distintas y las consideremos inseparables. Escucha la voz del Padre donde lees: Dijome el Señor: Tú eres mi Hijo; óyele ahora enseñando: Quien oyó al Padre y aprendió, vino a mí. Ha poco has oído hablar al Hijo, al decir de sí mismo: Las cosas que os he dicho; y si quieres verle enseñando, recuerda al Maestro, que dice: Uno es vuestro maestro, Cristo. Y al Espíritu Santo, al que poco ha le has oído como docente, donde dice: Él os enseñará todas las cosas, óyele también hablando en los Actos de los Apóstoles, cuando el Espíritu Santo dijo a Pedro: Vete con ellos, porque los he enviado yo. Así, pues, toda la Trinidad habla y enseña; mas, si no nos fuera declarada cada una de las Personas, jamás las hubiese descubierto la cortedad del hombre. Y, siendo indivisible, nunca hubiéramos sabido que son una Trinidad, si de ella se hablase siempre inseparablemente, porque, cuando decimos Padre, Hijo y Espíritu Santo, no los pronunciamos todos a la vez, siendo así que ellos no pueden ser sino simultáneamente. En cuanto a las palabras Os recordará, debemos entender que estos avisos saludables, cosa que nunca debemos olvidar, pertenecen al orden de la gracia, que nos recuerda el Espíritu Santo.

3. La paz os dejo, mi paz os doy. Esto mismo leemos en el profeta: Paz sobre la paz. Nos deja la paz cuando va a partir, y nos dará su paz cuando venga en el fin del mundo. Nos deja la paz en este mundo, nos dará su paz en el otro. Nos deja su paz para que, permaneciendo en ella, podamos vencer al enemigo; nos dará su paz cuando reinemos libres de enemigos. Nos deja su paz para que aquí nos amemos unos a otros; nos dará su paz allí donde no podamos tener diferencias. Nos deja su paz para que no nos juzguemos unos a otros acerca de lo que nos es desconocido mientras vivimos en este mundo; nos dará su paz cuando nos manifieste los pensamientos del corazón, y cada cual recibirá entonces de Dios la alabanza. Pero en El y de El tenemos nosotros la paz, sea la que nos deja al irse al Padre, sea la que nos dará cuando nos conduzca al Padre. Pues ¿qué es lo que nos deja al partirse de nosotros sino a El mismo, que no se aparta de nosotros? Él es la paz nuestra, que de dos hizo una sola cosa. Él es nuestra paz, no sólo cuando creemos que Él es, sino también cuando le veamos como Él es. Pues si, mientras estamos en este cuerpo corruptible, que aprisiona al alma, y caminamos por la fe y no por la contemplación, El no abandona a quienes se ven distantes de Él, ¿con cuánta mayor razón nos llenará de sí cuando lleguemos a contemplarle?

4. Pero ¿por qué, cuando dijo: La paz os dejo, no añadió mí, como cuando dijo: Mi paz os doy? ¿Habrá que sobrentender esta palabra mí donde Él no la puso, por referirse a ambas frases lo dicho una sola vez? ¿O habrá aquí algún secreto que buscar, inquirir y declarar a quienes llaman? ¿Y qué, si quiso por su paz dar a entender la paz que tiene El mismo? Porque la paz que nos deja en este mundo, más bien es nuestra que suya. A El nada le contraría dentro de sí mismo, porque no tiene pecado alguno; pero nuestra paz es aquí de tal naturaleza, que aún tenemos que decir: Perdónanos nuestras deudas. Tenemos paz porque nos deleitamos en la ley de Dios según el hombre interior; mas no es completa, porque vemos en nuestros miembros otra ley que se opone a la ley de nuestro espíritu. También tenemos paz entre nosotros mismos, porque mutuamente creemos amarnos unos a otros, pero tampoco esta paz es completa, porque no alcanzamos a ver los mutuos pensamientos del corazón, y mutuamente nos formamos una opinión mejor o peor por cosas que nos imputan siendo inocentes. Y así, esta paz, aunque El nos la haya dejado, es una paz nuestra, porque, si Él no nos la hubiera dejado, ni tal paz tendríamos; mas no es ésta la paz que Él tiene. Y si hasta el fin conservamos esta paz, como la hemos recibido, tendremos la paz que Él tiene allí, donde no haya dentro de nosotros nada que nos contraríe ni tengamos unos para otros secretos en el corazón. No ignoro que estas palabras del Señor pueden tomarse en el sentido de que la segunda frase sea una repetición de la primera, de modo que sea lo mismo La paz que Mi paz, y lo mismo os dejo que os doy. Tómelo cada cual como le parezca. Pero a mí, y creo que a vosotros también, hermanos míos muy amados, me agrada más tener esta paz aquí, venciendo al adversario con la concordia, para anhelar aquella paz que no tiene adversarios.

5. Y ¿qué otra cosa viene a ser la frase que añadió el Señor, diciendo: Yo no os la doy como la da el mundo, sino que yo no os la doy como la dan los hombres que aman el mundo? Estos se dan la paz para poder gozar, no de Dios, sino del mundo sin las incomodidades de los pleitos y de las guerras; y cuando dan paz a los justos, cesando de perseguirlos, no puede ser una paz verdadera, porque están desunidos los corazones. Pues, así como se llama consorte a aquel que une a otro su suerte, del mismo modo se llama concorde al que tiene el corazón unido a otro. Y nosotros, carísimos, a quienes Cristo deja la paz, y da su paz, no como la da el mundo, sino como la da el que hizo el mundo, para tener concordia, unamos nuestros corazones en un solo y levantémoslos al cielo para que no se corrompan en la tierra.


Tratado 78 (Jn 14, 27-28)


1. Hemos oído, hermanos, lo que el Señor dice a sus discípulos: No se turbe vuestro corazón ni se amilane. Me habéis oído deciros que yo me voy y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, os alegraríais de verdad porque voy al Padre porque el Padre es mayor que yo. Se turbaba y temía su corazón porque se separaba de ellos, aunque después volviese, por temor a que en ese intervalo entrase el lobo en el aprisco aprovechando la ausencia del pastor. Pero, como Dios, no abandonaba a los que, como hombre, dejaba, porque Cristo es hombre y es Dios. Se iba en cuanto hombre y con ellos permanecía en cuanto Dios. Se iba en cuanto aquello que ocupa un lugar, permanecía por lo que está en todo lugar. ¿Por qué, pues, ha de turbarse y sentir miedo el corazón cuando de tal modo se aparta de su vista, que no sale de su corazón? Aunque, como Dios, que está en todo lugar, también se aparta del corazón de aquellos que de Él se apartan con sus costumbres, si no con sus cuerpos; y viene a aquellos que a Él se vuelven, no con el rostro, sino por la fe, y se acercan a Él, no con el cuerpo, sino con el alma. Y para darles a entender que, como hombre, les había dicho: Voy y vengo a vosotros, añadió: Si me amaseis, os gozaríais de que me voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. En cuanto a aquello por lo cual el Hijo no es igual al Padre, se iba al Padre, del que ha de volver a juzgar a los vivos y a los muertos. Pero, por lo que el Unigénito es igual al que lo engendró, nunca se aparta del Padre, y con Él está todo en todas partes con la misma divinidad, que no puede estar contenida en lugar alguno; porque, estando en la naturaleza de Dios, como dice el Apóstol, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios. ¿Y cómo podía ser una usurpación la naturaleza que no había sido usurpada, sino engendrada? Se anonadó, no obstante, a sí mismo, tomando la forma de siervo, la cual tomó sin perder aquélla. Se anonadó para aparecer aquí menor que aquello que permanecía en el Padre. Tomó la naturaleza de siervo, no dejó la naturaleza divina: la una fue asumida, la otra no quedó consumida. Por la humana dice: El Padre es mayor que yo; y por la divina: Yo y el Padre somos una sola cosa.

2. Preste atención a esto el arriano, y con ella se vuelva sano, para no verse en sus esfuerzos vanos, o lo que es peor, insano. Esta es la forma de siervo, por la cual no sólo es menor que el Padre, sino también menor que el Espíritu Santo; más aún, menor que El mismo, porque por la forma de Dios es mayor que El mismo. Y el hombre Cristo se llama Hijo de Dios, como lo mereció llamarse también su cuerpo solo cuando estaba en el sepulcro. Pues ¿qué otra cosa confesamos cuando decimos que creemos en el Hijo unigénito de Dios, que fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y fue sepultado? ¿Y qué es lo que fue sepultado sino el cuerpo sin el alma? Y, por consiguiente, cuando creemos en el Hijo de Dios, que fue sepultado, llamamos realmente Hijo de Dios al cuerpo, ya que él solo fue sepultado. Luego el mismo Cristo, Hijo de Dios, igual al Padre por la naturaleza divina, al anonadarse tomando la naturaleza humana, sin dejar la divina, es mayor que El mismo; porque es mayor la forma de Dios, que no perdió, que la forma de siervo, que tomó. ¿Por qué, pues, ha de parecer extraño o indigno que, hablando según esta forma de siervo, diga el Hijo de Dios que el Padre es mayor que yo; y que, hablando según la forma de Dios, diga: Yo y el Padre somos una sola cosa? Una cosa, en cuanto que el Verbo era Dios, y mayor el Padre, en cuanto que el Verbo se hizo carne. Y me atrevo a decir lo que los arríanos y los eunomianos no pueden negar, que Cristo por la forma de siervo era menor que sus padres, cuando, siendo pequeño, según está escrito, estaba sujeto a los mayores. ¿Por qué, pues, oh hereje, siendo Cristo Dios y hombre, cuando habla como hombre, tú levantas falsos testimonios contra Dios? Él nos manifiesta su naturaleza humana, ¿y tú te atreves a deformar la divina? Impío e ingrato, ¿disminuyes tú a aquel que te creó, porque dice lo que Él se hizo por ti? Para ser menor que el Padre, se hizo hombre el Hijo igual al Padre, por el cual fue hecho el hombre. Y si Él no se hiciera hombre, ¿qué sería del hombre?

3. Diga, pues, nuestro Señor y Maestro: Si me amaseis, os gozaríais de que me voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Y nosotros, con los discípulos, escuchemos las palabras del Doctor, y no sigamos con los extraños la astucia del enemigo engañador. Confesemos la doble naturaleza de Cristo, a saber: la divina, por la que es igual al Padre; y la humana, por la que el Padre es mayor que Él. La una y la otra unidas son, no dos, sino un solo Cristo, para que Dios sea una Trinidad y no una cuaternidad. Porque, así como el alma y el cuerpo son un solo hombre, así Dios y el hombre son un solo Cristo. Y, en consecuencia, Cristo es Dios, alma racional y carne. Nosotros confesamos a Cristo en estas tres cosas y en cada una de ellas. ¿Por quién fue creado el mundo? Por Cristo Jesús en la forma de Dios. ¿Quién fue crucificado por Poncio Pilato? Cristo Jesús en la forma de siervo. Lo mismo podemos preguntar acerca de las partes constitutivas del hombre. ¿Quién es el que no fue abandonado a la muerte? Cristo Jesús, pero solamente en su alma. ¿Quién estuvo tres días en el sepulcro para volver a resucitar? Cristo Jesús en solo su cuerpo. En cada una de estas cosas se le llama Cristo. Pero no son dos o tres Cristos, sino uno solo. Y por esto dijo: Si me amaseis, os gozaríais de que me voy al Padre; porque debemos alegrarnos de que la naturaleza humana de tal modo fue unida al Verbo unigénito, que fue colocada inmortal en el cielo; y de tal modo fue ensalzada la carne, que, incorruptible, está sentada a la derecha del Padre. Y en este sentido dijo que iba al Padre, quien ciertamente estaba con El. Pero el ir al Padre y separarse de nosotros era cambiar y hacer inmortal al cuerpo mortal, que había tomado de nosotros, y elevar hasta el cielo la carne en la cual por nosotros vivió en la tierra. ¿Quién, pues, no ha de alegrarse, si de veras ama a Cristo, de ver a su naturaleza inmortalizada en Cristo, esperando llegar él también a la inmortalidad por Cristo?


Tratado 79 (Jn 14, 29-31)


1. Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, había dicho a sus discípulos: Si me amaseis, os gozaríais porque me voy al Padre, que es mayor que yo. Y que Él dijo esto por la forma de siervo y no por la forma de Dios, en la cual es igual al Padre, lo sabe muy bien la fe arraigada en las almas de los fieles, aunque lo ignore la fe fingida de los necios y calumniadores. Luego añadió: Os lo he dicho ahora antes que suceda, para que, cuando sucediere, creáis. ¿Qué quiere decir esto, cuando el hombre debe creer lo que ha de creer antes que suceda? La excelencia de la fe está en creer lo que no se ve. Pues ¿qué mérito tiene creer lo que se ve, según la frase que el Señor dirigió en tono de reprensión al discípulo: Has creído porque lo has visto; bienaventurados los que no ven y creen? Y no sé hasta qué punto puede decirse de uno que cree lo que ve; porque en la carta a los Hebreos se define así la fe: Es la fe el fundamento de los que esperan y el convencimiento de las cosas que no se ven. Por lo tanto, si se da la fe en las cosas que se creen, y la misma fe es de las cosas que no se ven, ¿qué quiere el Señor dar a entender con estas palabras: Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que, cuando sucediere, creáis? ¿No hubiera dicho mejor de este modo: Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que, cuando sucediere, lo veáis? Porque aquel a quien dijo: Has creído porque has visto, no creyó en lo que vio; vio una cosa y creyó otra; vio al hombre y lo creyó Dios. Veía y tocaba la carne viva que antes había visto muerta, y creía a Dios escondido en aquella carne. A través de lo que aparecía a los sentidos, creía en su alma lo que con ellos no veía. Y aunque se dice que se cree lo que se ve, como cuando uno dice que lo cree por sus propios ojos, no es, sin embargo, ésta la fe que se planta en nosotros, sino que, por lo que se ve, se llega a creer lo que no se ve. Y, por consiguiente, carísimos, en las palabras del Señor que estoy exponiendo: Os lo he dicho ahora para que, cuando haya sucedido, creáis, al decir cuando sucediere, se refiere a que después de la muerte le habían de ver vivo y subir al Padre, y que, viendo esto, habían de creer que Él era el Cristo, Hijo de Dios vivo, que pudo hacer esto cuando lo predijo y predecirlo antes de suceder; lo cual ellos habían de creer no con una fe nueva, sino con fe más firme, o porque su fe se entibió con su muerte y se avivó con su resurrección. Y no es porque antes no le creyesen Hijo de Dios, sino que, al ver cumplido en Él lo que antes había predicho, su fe, que era pequeña cuando con ellos hablaba, y llegó a ser casi nula con su muerte, revivió y creció.

2. ¿Qué es lo que dice después? Ya no he de hablar mucho con vosotros, porque ya viene el príncipe de este mundo. ¿Quién sino el diablo? Y en mí no tiene nada suyo, es decir, ningún pecado. De este modo da a entender que el demonio no es el príncipe de las criaturas, sino de los pecadores, a quienes ahora les da el nombre de mundo. Y cuantas veces nombra al mundo en sentido peyorativo, alude a los amadores de este mundo, de los cuales está escrito: El que quisiere ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios. Lejos de vosotros entender el principado del diablo sobre el mundo, como si él gobernara al universo, o sea, al cielo y a la tierra y a todas las cosas que hay en ellos, como se dijo hablando de Cristo, Verbo: Y el mundo fue hecho por El. Todo el universo, desde el cielo empíreo hasta lo más bajo de la tierra, está sometido al Creador, no al desertor; al Redentor, no al matador; al Libertador, no al que cautiva; al Doctor, no al deceptor. De qué manera hay que entender el principado del diablo sobre el mundo, lo declara con evidencia el apóstol San Pablo, después de haber dicho: No tenemos que batallar contra la carne y la sangre, o sea, contra los hombres, sino contra los príncipes, contra las potestades y gobernadores del mundo, de estas tinieblas. Añadiendo: De estas tinieblas, expresó el significado que daba al vocablo mundo para evitar que alguno por la palabra mundo entendiese a los seres creados, que en modo alguno son gobernados por los ángeles desertores. Tinieblas llama a los amadores de este mundo, entre los cuales ha elegido, no obstante, por su gracia, no por sus méritos, a aquellos a quienes dice: Fuisteis tinieblas en algún tiempo, y sois ahora luz en el Señor. Todos estuvieron bajo el poder de los rectores de estas tinieblas, o sea, de los impíos, como tinieblas bajo las tinieblas; pero damos gracias a Dios, que nos sacó de ellas, según dice el mismo Apóstol, del poder de las tinieblas, y nos trasladó al reino del Hijo de su amor. En el cual nada tiene el príncipe de este mundo, es decir, de estas tinieblas; porque ni Dios había venido manchado por el pecado, ni la Virgen había dado a luz su carne con la herencia del pecado. Y como si se le dijese: ¿Por qué, pues, mueres, si no tienes pecado, que lleva consigo la condenación a la muerte?, al punto añadió: Pero para que el mundo conozca que amo al Padre y que obro según la orden que me dio el Padre, levantaos, vámonos de aquí. Sentado hablaba a los que con El estaban sentados a la mesa. Vayamos, dijo, ¿adónde sino al lugar en que había de ser entregado a la muerte Aquel que no tenía ningún motivo para morir? Pero tenía el mandato del Padre para ir a la muerte, como aquel de quien estaba predicho: Pagaba entonces los hurtos que yo no había cometido; pagando la deuda de la muerte El, que no tenía tal deuda, para librarnos a nosotros de la muerte que debíamos. Porque había arrebatado el pecado a Adán cuando, engañado por su presunción, extendió su mano hacia el árbol para usurpar el nombre de la divinidad, que no se concede, y que el Hijo de Dios tiene por naturaleza, no por usurpación.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratados 77-79, BAC, Madrid, 1965, pp. 345-361)




Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El que me ama guardará mis palabras

El que no me ama no guarda mis enseñanzas. Y la doctrina que habéis oído no es mía, sino del Padre que me ha enviado. De modo que quien no guarda mis mandamientos no me ama a Mí ni a mi Padre. Si el signo del amor es guardar los mandamientos, y éstos son también del Padre, quien los guarda ama no solamente al Hijo sino también al Padre. Pero, Señor: ¿cómo tu enseñanza es tuya y no es tuya? Quiere decir: Yo no hablo nada fuera de lo que el Padre quiere que hable; y no hablo nada de Mí mismo, fuera de su voluntad.

Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Como esas cosas eran oscuras y otras no las entendían los discípulos, y en muchas andaban dudosos, para que no se conturbaran de nuevo ni dijeran: ¿De qué preceptos se trata?, les quita toda ansiedad diciendo: El Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, Él os lo enseñará todo. Como si les dijera: Ahora se os dicen muchas cosas quizá oscuras; pero ese Maestro os aclarará todo. Con la expresión: El permanecerá con vosotros, les daba a entender que Él se marcharía. Más luego, para que no se entristezcan dice que mientras El permanezca con ellos y no venga el Espíritu Santo, no serán capaces de entender nada elevado y sublime.

Les habla así preparándolos para que lleven su partida con magnanimidad, ya que ella les acarreará grandes bienes. Y con frecuencia lo llama Paráclito, o sea Consolador, a causa, de las tristezas que entonces los afligían oyendo tales cosas y pensando en las dificultades y luchas y en la partida de Él. Y así los con-suela de nuevo diciendo: La paz os dejo. Como si dijera: ¿Qué daño puede veniros de las mundanas perturbaciones si estáis en paz conmigo? Porque esta paz no es como la otra. La paz exterior con frecuencia es dañosa e inútil y en nada aprovecha. Yo, en cambio, os doy una paz que guardaréis entre vosotros mismos, y os hará más fuertes. Pero como de nuevo repitiera la expresión: Os dejo, que es propia de quien se ausenta y esto podía perturbarlos, nuevamente les dice: No tengáis ya más el corazón angustiado y pusilánime. ¿Adviertes cómo ellos en parte por el amor y en parte por el miedo se hallaban conturbados?

Habéis oído que os dije: Me voy al Padre y vuelvo a vosotros. Si me amáis, os gozaríais en verdad de que me vaya al Padre, porque el Padre es mayor que Yo. Pero esto ¿qué consuelo o qué gozo podía proporcionarles? Entonces ¿qué es lo que les quiere decir? Nada sabían aún ellos de lo que era la resurrección ni tenían de Cristo la debida opinión; ¿ni cómo la podían tener cuando ni siquiera sabían que Él había de resucitar? En cambio, del Padre tenían una gran idea. Es pues como si les dijera: Si teméis por Mí como si no pudiera defenderme; si no confiáis en que Yo después de la crucifixión pueda volver a veros, a pesar de todo eso convenía que os alegrarais oyendo que voy al Padre, pues voy a quien es mayor y desde allá puedo remediarlo todo.

Habéis oído que os dije. ¿Por qué añadió esto? Fue como decirles: De tal manera confío en la empresa llevada a cabo, que no temo predecirlo. Así os he dicho esto y lo que luego sucederá: Os lo he dicho antes de que suceda para que cuando, suceda creáis que Yo soy. Es decir: ¿podíais acaso saberlo si, Yo no os lo dijera, o podía Yo decirlo si no confiara en que sucederá? ¿Observas cómo atempera su lenguaje a la capacidad de los oyentes? Lo mismo cuando dijo: ¿Pensáis acaso que no puedo rogar a mi Padre y al punto pondría a mi disposición doce legiones de ángeles? , habló conformándose con la opinión de sus oyentes. Pues nadie que esté en su juicio asevera que no pudo defenderse y que necesitó del auxilio de los ángeles. Sino que, pues lo tenían como solo hombre, dijo: Doce legiones de ángeles. Y sin embargo le bastó con una pregunta para echar por tierra al enemigo.

Si alguno afirmara que el Padre es mayor en cuanto es principio del Hijo, no le contradiremos. Pero esto no hace que el Hijo sea de otra substancia. Es como si dijera: Mientras Yo estuviere acá, es justo que vosotros penséis que me encuentro en peligro; pero si voy al Padre, confiad, pues ya estaré seguro, puesto que a Él nadie puede vencerlo. Pero todo eso lo decía abajándose a la rudeza de los discípulos. Como si dijera: Por mi parte, Yo confío y para nada me preocupa la muerte. Por lo cual añade: Estas cosas os he dicho antes de que sucedan. Puesto que vosotros no podéis aún comprender lo que os digo acerca de eso, os traigo el consuelo haciendo referencia al Padre, al cual vosotros llamáis grande.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía LXXV (LXXIV), Tradición México 1981, p. 265-67).

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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La promesa del Espíritu Santo y la Inhabitación Trinitaria


En este sexto domingo de Pascua la Iglesia nos propone para nuestra reflexión este riquísimo pasaje tomado del largo sermón de despedida de Nuestro Señor a los Apóstoles durante la Última Cena, y que sólo narra San Juan Evangelista.

Ubiquémonos primero en el contexto. Cristo, de cara a su inminente Pasión, y ante la consternación y aturdimiento de sus discípulos, que perciben claramente el final próximo y trágico, abre a éstos los tesoros ocultos de su corazón y les transmite los secretos más profundos de la sabiduría que el Padre le ordenó manifestar a los hombres.

Ante todo, Cristo nos exhorta al amor, a la caridad, la más grande de las virtudes teologales, y el vínculo de la perfección. Pero Nuestro Señor es realista. Sabe que es muy fácil al ser humano, que depende en gran medida de la sensibilidad y de su imaginación, ilusionarse y creer efectivamente que ama con amor de caridad, sin que esto pase en muchos casos de un mero estado afectivo y sensible.

Dios no se mueve en el plano ilusorio sino en la realidad, pues Él es el que es; por consiguiente lo que Él pide no es tanto un amor afectivo, que en algunas ocasiones puede faltar, sino sobre todo efectivo: "El que me ama será fiel a mi palabra", nos dice en este evangelio; y en otra oportunidad: "El que me ama cumplirá mis mandamientos". El tema de la caridad efectiva es muy caro a San Juan Evangelista, el Apóstol del amor, quien sabía bien en qué consiste la caridad, y que ha gustado repetir hasta el cansancio esta verdad fundamental: "Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad".

Todas estas cosas parecen muy evidentes y sabidas, pero es necesario repetirlas siempre, tal como lo hace la Sagrada Escritura, por la fragilidad del hombre caído, inherente al estado en que se encuentra la humanidad, y también por las características especiales de la época que nos toca vivir, en la cual, so capa de un sedicente amor cristiano, se cometen las más grandes aberraciones en medio de una descarada hipocresía. Esta es tal vez la nota más característica del mundo moderno, la hipocresía de aquellos que a pesar de las categóricas enseñanzas de Cristo, tratan de tergiversar de todas maneras el mensaje del Señor. No por nada este mundo se ve poblado de eufemismos. Así, por ejemplo, no se duda en llamar "planificación familiar" al crimen horrendo del aborto, o "adultez" y "madurez" al desenfreno de las pasiones más bajas del ser humano, o "amor amplio y sin barreras" a la aceptación de la homosexualidad y el lesbianismo, etc.

Pero no nos quedemos en lo bajo y negativo. Levantemos la mirada, y pasemos a considerar las maravillas que Dios tiene prometidas a aquellos que lo aman.

Para decirlo de entrada y en bloque: a aquel que lo ama, Nuestro Señor le promete no sólo una cierta benevolencia o condescendencia por parte de la divinidad, lo cual ya ubicaría al Cristianismo muy por encima de toda religión pagana; ni siquiera le promete simplemente su amor. A lo que se compromete es a enviarle el Amor, así con mayúscula, o sea el amor substancial y personal, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor de Dios en Dios, el Espíritu Santo.

Trátase de una doctrina elevadísima, que constituye el corazón y el núcleo del Cristianismo. Para que se pueda apreciar en alguna medida su importancia, relataremos un episodio que desde la primera vez que lo leímos nos causó una profunda impresión, y que creemos arroja abundante luz sobre todo esto.

En el siglo pasado vivió en Rusia un santo monje, o staretz, como allí les denominan, llamado Serafín de Sarov. Este santo, canonizado luego de su muerte por la Iglesia Ortodoxa Rusa, luego de décadas de soledad y penitencia, abandonó su retiro en los últimos años de su vida para dedicarse a atender a los numerosísimos peregrinos que de todas partes acudían para recibir de él una palabra de vida, e incluso para ser curados milagrosamente de diversas dolencias y males. Un buen día fue a visitar a San Serafín un laico llamado Motovilov, quien desde su juventud se había visto atormentado por la siguiente pregunta: ¿cuál es el sentido y el fin de la vida cristiana? Acicateado por esta cuestión recorrió toda Rusia, consultando a los más diversos personajes y dignatarios eclesiásticos, sin encontrar la respuesta que lo satisfaciera. Hasta que un día, cansado de tanto recorrer, decidió ir a ver al santo eremita de Sarov. San Serafín no necesitó que Motovilov le formulase la pregunta, sino que simplemente le dijo poco más o menos lo siguiente: "Querido hijo, sé qué es lo que te trae por aquí. La respuesta a la cuestión que te has planteado es ésta: el fin y el objeto de la vida cristiana no consiste en los ayunos, las vigilias o las penitencias, sino en la adquisición del Espíritu Santo". San Serafín pasó del dicho al hecho, y tomando a Motovilov por los hombros, lo hizo participar experimentalmente de la inhabitación del Santo Espíritu, así como del gozo y de la paz que Él trae al alma.

Tal es el fin y el objeto de nuestras vidas, adquirir el Espíritu Santo, al Dios vivo y verdadero, inhabitante en lo más profundo de nuestras almas. Y si el Espíritu Santo nos inhabita, también lo harán las otras dos Personas de la Santísima Trinidad, pues donde está una están las tres: "Iremos a él y habitaremos en él", nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Ésta es la doctrina de la inhabitación trinitaria, la cúspide y culminación de la revelación cristiana, y la razón de ser de la Encarnación del Verbo: "Yo he venido para que tengáis vida, y la tengáis en abundancia".

Si la inhabitación trinitaria nos comunica la vida divina, su efecto inmediato no puede ser sino uno: la divinización del hombre, o theosis, como la llaman los Padres griegos. Ésta parece una expresión arriesgada para nosotros, cristianos de comienzos del siglo XXI, mucho más acostumbrados a una religión de pequeñas devociones sensibles y de un mero cumplimiento de preceptos negativos. Sin embargo, es absolutamente verdadera. Como enseñan los Padres, Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera llegar a ser Dios. Dios por participación y por gracia, no por naturaleza, como el Increado, se sobreentiende.

Ésta es, en consecuencia, la verdadera imagen del cristiano, la de un ser que recibió en el bautismo la semilla de la divinidad en su alma, y que procura por medio de sus actos libres, y mediante esa misma gracia, hacerla crecer y desarrollarse hasta convertirse en un árbol frondoso y divino "donde anidan los pájaros del cielo".

Dada esta verdad fundamental, se comprenden las restantes palabras de Nuestro Señor en el presente evangelio: "El Paráclito... os enseñará todo". El Espíritu Santo es el Paráclito, o sea el coestante, el sostén, como traduce el P. Castellani, el soporte personal y divino que acompaña al cristiano en gracia durante toda su vida. Es, por lo tanto, el Maestro divino, el Maestro por antonomasia, que ilumina interiormente el alma y le recuerda todo lo que Cristo enseñó, muchas veces con palabras inefables. Esto no significa, por supuesto, que el cristiano pneumatizado se independiza del Magisterio y de los buenos pastores, sino todo lo contrario: ese sello divino e interior es el que le permitirá discernir entre la verdad y el error, entre el buen y el mal pastor, y reconocer en aquél la voz del Divino Maestro. Los aspectos pneumático y jerárquico de la Iglesia no se oponen dialécticamente, como a muchos les gusta pensar, sino que se complementan, e interpenetran incluso, a semejanza de las divinas Personas de las que son participación.

La consecuencia inmediata de todo esto no puede ser otra que la alegría, la paz y la serenidad de un alma poseída por Dios, y radicalmente separada de lo mundano, más cerca de la eternidad que del tiempo: "Os dejo la paz, os doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No os inquietéis ni temáis!" A esta altura sería ya redundante hablar, como arriba lo hemos indicado, de la falsificación que el mundo moderno ha hecho de la palabra paz, convirtiéndola en sinónimo de aburguesamiento y de comodidad, cuando no de cobardía, en el plano individual, e incluso del más burdo imperialismo u opresión camuflada de una nación sobre otra, en el plano social. La paz verdadera es algo esencialmente interior al hombre, fruto de su amistad con Dios, y que sólo en un segundo momento se irradia hacia el exterior e impregna lo social.

Finalmente, reflexionemos por un instante en las misteriosas palabras que dice el Señor en nuestro texto evangélico, palabras que han hecho correr ríos de tinta... y de sangre, por tratarse de uno de los apoyos escriturísticos de la más grande herejía aparecida en los primeros siglos de la Iglesia, el arrianismo, que no está tan muerta como puede parecer. Nos referimos evidentemente a las palabras: "El Padre es más grande que yo".

¿Cómo deben interpretarse? Evidentemente, si se saca la frase de contexto, recurso tan caro a los protestantes y racionalistas bíblicos de todas las épocas, llegaremos a una conclusión herética, negadora de la Trinidad y de la divinidad de Cristo. La solución no resulta difícil si se aplican dos principios elementales de la sana exégesis: la Escritura debe comprenderse en su conjunto, y el texto más oscuro ha de interpretarse a la luz del más claro. Si Cristo había dicho poco antes que el Padre está en Él y que Él está en el Padre, más aún, que el Padre y Él son uno, el texto que nos ocupa debe entenderse a la luz de aquellas palabras, y de la enseñanza constante de la Iglesia acerca de la igualdad de las Personas en la Trinidad.

¿Qué quiso entonces decir Nuestro Señor? Según señala acertadamente el P. Castellani, Cristo está aquí hablando como Dios-hombre, por lo tanto "anonadado", como dice San Pablo, velando su gloria divina. Ése es el precio que el Verbo pagó por redimimos. Pero ese ocultamiento de la divinidad duraría poco más. Cuando el Señor profiere estas palabras, ya está en el umbral de su Pasión. Pronto moriría y vencería a la muerte, resucitando con su cuerpo glorioso, para luego ascender con éste al seno de la Santísima Trinidad, que como Verbo nunca dejó.

Ahora sí se entienden las palabras del Señor: "Si me amarais, os alegraríais de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo". Si me amarais, os alegraríais de que cumpla mi misión, venza al demonio y a la muerte y manifieste toda mi gloria, incluso en mi naturaleza humana. También la gloria del cristiano, a semejanza del divino Maestro, es morir y resucitar por su nombre, y así glorificar a Dios.

Que por la iluminación de su Paráclito, el Señor nos conceda profundizar en estas verdades y hacerlas vida en nosotros de modo que así podamos alcanzar la gloria que Él predestinó para los suyos desde toda la eternidad.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 163-168)



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Aplicación: R.P. Leonardo Castellani - Dios que inhabita en nosotros (Jn 14, 23-29)


Hemos visto el Domingo pasado que Judas Tadeo, el Otro Judas, interrumpió el Sermón-Despedida de Cristo diciendo: “Y bueno, vamos a ver, ¿por qué demonches te mostrarás a nosotros y al mundo no?”.

Habla con la idea mesiánica vulgar del triunfo externo y terreno del Rey Mesías; idea que a los fariseos los llevó al error y al furor, y que no estaba ausente de los Apóstoles: era uno de esos prejuicios comunes. Es exactamente lo que dijeron cuando comenzó a hacer los primeros milagros: “¡Muéstrate al mundo!”, “¡Publicidad, publicidad! ¡Propaganda!”. Ellos esperaban la Epifaneia, la Manifestación espectacular y gloriosa, que en las mentes groseras o apasionadas significaba el “nacionalismo”; o sea, la sublevación general, la expulsión de los Romanos, la independencia, la instauración de la Nueva Israel de los Profetas y de la Nueva Jerusalén, “Visión de Paz”.

Pero los Apóstoles consternados estaban escuchando entonces una cosa diferente: Cristo hablaba de otra clase de paz, no de la paz después de la victoria, sino de una misteriosa derrota. Hablaba de caridad fraterna, no de guerra; del Espíritu Santo, no de Judas Macabeo; de que el mundo iba a triunfar y ellos habían de entristecerse, de que se iba y no lo verían más; del Príncipe de este mundo, el que no tiene parte alguna en Él, pero al cual no dice que Él va a arrollar; al contrario. Cristo habla de cosas desconocidas, lejanas y espirituales. ¿Y el Reino de Israel?

Cristo no responde directamente a Judos Tadeo, no discute: hubieran podido argüirle con el Rey de sus parábolas, con el Sultán que hace el convite de bodas y excluye furiosamente a los remisos, el Sultán que hace pasar a cuchillo a los que se le sublevan... ¿Jesús mismo no se había proclamado heredero directo de David y mayor que Salomón?

Cristo responde indirectamente: repite los cuatro o cinco temas de este Coloquio-Testamento, como un gran sinfonista: su vuelta al Padre, la venida del Espíritu de Dios, el momentáneo triunfo del mundo... añadiendo tres cosas raras, que son tres grandes puntos teológicos: la inhabitación de Dios en el hombre (“Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos en él y haremos en él mansión”), la función del Espíritu Santo (“El Parácleto, que mandará el Padre en mi nombre, él os ensenará todo, y os sub-recordará todas cuantas cosas yo os dije”) y por fin una palabra inesperada: “El Padre es mayor que yo.”

La venida en nosotros del Padre y el Hijo no es otra cosa que el Espíritu Santo: que es el lazo inseparable del Padre y su Verbo, el amor de Dios en Dios. No fue desconocida a los filósofos y místicos paganos una habitación de Dios en el hombre: “Est Deus in nobis, agitante calescimus illo”, dijo Ovidio, repitiendo un tema poético común, que está ya en Lucrecio1 P. S. – “Efectivamente, el verso citado es de Ovidio, Fastorum, 1. VI, v. 5 El dístico completo reza así: “Est Deus in nobis agitante calescimus illo Impetus hic sacrae semina mentís habet” (Pbro. Dr. Lucas Tapia, profesor de Humanidades).

[En las ediciones anteriores, esta nota, y la que ahora lleva el número 98, estaban incluidas en un anexo titulado “Erratas”. Al final del mismo se leía la siguiente declaración del autor: “Se agradecerá al lector que avise cualquier error, errata, o lapsus de este libro al Autor, calle Caseros 796, Buenos Aires. Agradecimiento al Pbro. Enrique A. Villamil de Gualeguay, y también al Pbro. Abel Suquilvide, de Guanaco, al Dr. Rodolfo J. Charchaflié, a Bachicha Beccar Varela y otros que me han indicado varias erratas de la 1. edición (1 de mayo de 1958). N. del E. ].; y Séneca Estoico en su Epístola LXIII: “¿Te asombras de que un hombre vaya a los dioses? Pues un dios viene a los hombres, más aún “en” los hombres: ninguna sin un dios hay mente buena.” Mas el judío Filón habla continuamente del Dios que habita nuestra mente. Pero hablan de una cosa muy distinta de la de Cristo, de esta presencia invisible, personal y amorosa.

Lucrecio habla de la naturaleza, y concretamente en este punto de la acción de Venus, la diosa del instinto amoroso; Ovidio habla de la inspiración poética, atribuida a la Musa Polimnia; Séneca de acuerdo a la teoría estoica entiende una especie de moción general y providencia vaga; y Filón llama “dios” a la razón del hombre bien informada y orientada hacia el bien. Cristo en cambio habla de la “gracia”, una realidad que nos injerta en Dios como un sarmiento en una cepa; de una vida humana vuelta divina de un modo humilde e imperceptible, como en la Encarnación. Y esta presencia no es una nueva revelación, ni una visión, ni un éxtasis metafísico pasajero, como en Plotino y los neoplatónicos; es algo que está humildemente, cuotidianamente, prosaicamente en todos los que están en gracia, por sencillos que sean: “Si alguien me ama”...

Eso es el Espíritu Santo en nosotros; no nos hace grandes filósofos. No hace nada nuevo: nos sub-giere, nos “recuerda desde abajo” –como dice el texto griego– simplemente todo lo que Cristo dijo. ¿Y para qué, entonces? ¿No basta decirlo Cristo? Y sin embargo nos enseña todo, todo de nuevo. Porque una cosa es la voz exterior, otra la voz interior: otra y la misma. Hemos visto que la fe se compone como de dos elementos: primero los hechos históricos y la doctrina que nos viene de afuera; después –y al mismo tiempo– la iluminación y el consentimiento que nosotros hacemos colaborando con Dios: el consentimiento a la gracia. “¿Cómo creerán si no oyen? –dice San Pablo– ¿Y cómo oirán sin predicante? La fe viene del oído”... De hecho vemos que la predicación en algunos no hace ningún efecto; porque un hombre puede llevar un caballo al río, pero ni diez hombres pueden hacerlo beber si no quiere. O mejor dicho, no es que no haga ningún efecto, es que hace efectos contrarios a la fe, efectos de resistencia en muchos. Bajo la actual indiferencia religiosa, un furor sordo o una nostalgia sorda encueva. Ella será invisible en las masas, pero se abre lugar y sale a luz en la literatura contemporánea, por ejemplo, sobre todo en el sector que hemos llamado literatura de pesadilla2, La desesperación actual no es la desesperación pagana del viejo Catulo o del viejo Lucrecio: es más aguda y está orientada. Una sorda nostalgia de la fe palpita en Kafka o en Simona Weil; un furor contra la fe en Joyce o en Andreief; y toda clase de ídolos muertos o supersticiones incluso pueriles en las masas descristianadas. Lo que va a salir de esto, yo no lo sé. “El que no me ama, no guarda mis palabras.” No tendrá paz, tendrá una paz falsa, “como la da el mundo. Yo os dejo la paz, os doy mi paz, no como la da el mundo”.

“El Padre es mayor que yo”. Ésta es la palabra de que se prevalieron los arrianos para negar la divinidad de Cristo: herejía de los primeros siglos, que duró cinco siglos, cundió en el Ejército Romano y entre los reyes bárbaros (Leovigildo, Recaredo) y amenazó ahogar la Iglesia; pero hay arrianos sutiles o burdos aún hoy: muchos de los protestantes y modernistas –si no todos– son arrianos, o nestorianos o socinianos hoy día. “Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre; porque el Padre es mayor que yo.” ¡Vaya una razón!

Cristo no se va a contradecir cada diez minutos: estaba repitiéndoles con insistencia que Él y el Padre eran uno, que lo que Él les decía lo decía el Padre, que el que lo veía a Él veía también al Padre, y que el Espíritu Santo era el Espíritu de Él y del Padre. Esta palabra divergente: “Mi Padre es mayor que yo” tendrá pues explicación... Tiene tres explicaciones.

Dicen algunos Santos Padres (Atanasio, Gregorio Nacianzeno) y Tertuliano que Cristo se dice menor que el Padre porque procede del Padre en la eterna generación divina. Eso era llamarse menor en un sentido enteramente impropio y aun equívoco; que por lo demás nada tiene que ver con el discurso actual y disuena de él. ¡Valiente consuelo para los Apóstoles! ¡Ininteligible! Por lo demás, tampoco sabían ellos todavía la Trinidad claramente.

Segunda, decir que Cristo entonces “habló como hombre y no como Dios”, evasiva con que se descartan algunos comentaristas baratos, es justamente lo que diría un arriano; y es absurdo en este caso. Jamás habló Jesús como puro hombre; ni podía tampoco, sin fingir o mentir.

La exégesis de San Cirilo de Jerusalén es la buena: Cristo habla como Dioshombre, y como hombre que está en esa situación particular: frente a su Pasión y Muerte, presto a ser hecho no sólo varón de dolores sino “gusano y no hombre”: cosas que al Padre no podían alcanzar; mas cuando volviera al Padre, sería igual al Padre aun en ese aspecto de la gloria ya inconmutable. Volvería a reasumir su divinidad que nunca dejó, oculta ahora a los ojos de la carne, y como vaciada según la palabra de San Pablo: “exinanivit semetipsum”, se aniquiló a sí mismo, tomando figura de siervo. Mas lo que tenían los Apóstoles delante de los ojos era esa figura de siervo; y de acuerdo a eso había que hablarles.

Entonces sí la frase es un consuelo y encaja perfectamente en el contexto. Los Apóstoles podían alegrarse por amor a Cristo de saber que iba a superar su dura tortura y derrota, asimilándose después al Padre incluso con su misma naturaleza humana: “Porque mi Padre está ahora mejor que yo, aunque seamos iguales...” quiso decir Cristo.

¿Así que Dios mora en nosotros? No me parece los días de viento Zonda. No se ve mucho Dios en Sisebuta. No se ve la gracia los días de elecciones. “Creo en la gracia porque no la veo”, dijo César Pico; lo cual es exacto; se cree lo que no se ve; pero si de ninguna manera la viéramos, no podríamos creer en ella. La vemos a veces en sus efectos, por lo menos en sus efectos totales. Los Apóstoles vieron venir al Espíritu en forma de viento impetuoso y lenguas de fuego. Después del día de Pentecostés los Apóstoles cambian, parecen otros hombres: “Iban gozosos delante del Sinedrio a padecer por el nombre de Cristo contumelia” los que no querían creer ni a la Magdalena ni a la Santas Mujeres ni a Pedro, los que no acababan de creer ni el día de la Ascensión, los que huyeron despavoridos del Sinedrio cuarenta días antes. Pedro negó a Cristo y después fue mártir. Pablo persiguió a los cristianos y después convirtió a la gentilidad. Una fuerza sobrehumana propaga y sostiene la Iglesia.

En la vida de cualquier cristiano no hay milagros; pero puede ser que mirada en su conjunto no deje de ser algo milagrosa. Vivió cristianamente, tropezó, cayó, se levantó, creyó, esperó, acabó y se fue; no dejó nada en la Historia; pero... hizo lo que otros declaran imposible, perseveró en lo que otros tienen por locura, duró derecho a través de las vicisitudes de la vida, no perdió la línea y temblaba el suelo, fue una cosa igual a sí misma cuando en cada hombre hay tantos hombres diversos, y en el mundo tantos contrastes e incoherencias. Parecía que había una voz escondida en su fragilidad infinita, un silbo, un compás, un Apoyo y un Co-estante; que eso significa en griego Parácleto: el que está junto: el Apoyo, el Co-estante.

Cosa curiosa: cuando creó a la mujer, Dios dijo que hacía una “ayuda” para el hombre; y la palabra con que se designa aquí al Espíritu de Dios es “ayuda”; “Parácleto” puntal, soporte, refuerzo.
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 144-150)

(1) El hexámetro, atribuido en la primera edición de Lucrecio, que reza “Est Deus in nobis, agitante calescimus illo”, no está en el poema De Natura Rerum, única obra de Lucrecio –por lo menos en el texto crítico establecido por Alfred Ernout para Les Belles Lettres de París, año 1935, que acabamos de recorrer verso por verso–. La idea sí que está en Lucrecio, y por cierto que como una de las ruedas maestras de su pensamiento, principalmente en la invocación: “Aeneadum genetrix hominum divonque voluptas Alma Venus... “ (1. I, v.1), y en la mitad del Libro IV, v. 1058 seq.: “Haec venus est nobis “ Nosotros copiarnos la cita equivocada (el verso probablemente de Ovidio) de un exégeta llamado A. Durand, el cual probablemente la copió, según la santa costumbre de los eruditos, de otro exegeta, el cual la copió de otro, que era un vago que citaba de memoria no teniéndola buena. Así se han creado cosas pintorescas y aun portentosas en el mundo de las letras, como observa Belloc: “Inaccuracy is a God... A t least, sume God guides it... Inaccuracy is a very fruitfull and powerfull creator of things. It not only creates legends, it creates words There are hosts and crowds of words... through the inspiration of inaccuracy, which is blown into meo by this God of whom I speak...”, “On Inaccuracy” en el libro On, p.100, Methuen Ldon. cuarta edición, año 1927. Hemos citado con todo cuidado; sin embargo, si alguno nos recita, le recomendamos verifique sus referencias.
(2) Ver nota 55.



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Aplicación: R.P. Miguel A. Fuentes, I.V.E. - Inhabitación trinitaria y gracia santificante


Dice Nuestro Señor en la Última Cena: Si alguno me ama, obedecerá mi palabra, y el mi Padre lo amará, y nosotros vendremos a él y haremos una morada en él... El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre mandará en mi nombre, os enseñará toda cosa y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn 14,23).

Estas palabras nos llenan de consuelo y nos recuerdan de dos verdades de nuestra fe que lamentablemente no todo cristiano conoce como debiera: la inhabitación trinitaria y la gracia santificante.

«Inhabitación trinitaria» quiere decir que la Santísima Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, habitan, están presentes, hacen su morada, en el alma del que vive en gracia. «Gracia» es, en cambio, ese don misterioso que nos hace Dios, para que pueda venir la Santísima Trinidad a nuestra alma.

1. La inhabitación trinitaria

Es una verdad de fe que Dios está presente en el alma del justo, es decir, del que está en gracia. Lo hemos escuchado del Evangelio de hoy. Pero esto lo repite la Sagrada Escritura en muchos lugares: El que vive en caridad... Dios está en él (1Jn 4,16); ¿No sabéis... que Dios habita en vosotros? (1Co 3,16-17); El Espíritu Santo... que mora en nosotros (2Tim 1,14).

Es verdad que Dios está en todas las cosas, y que Jesucristo está presente con su cuerpo, alma, sangre y divinidad en la Eucaristía. Pero de un modo especial está en el alma del que vive en gracia.

Uno puede preguntarse ¿para qué? Responde Santo Tomás: «para que uno pueda gozar y disfrutar de Dios». Así como el avaro se goza en las riquezas que posee, así como la madre se goza y disfruta con el hijo pequeño que tiene entre sus brazos, así Dios viene a nuestra alma:

- para que disfrutemos de Él;

- para que podamos hablar con Él: como un hijo habla con su Padre, como el amigo con su amigo, como la esposa con su esposo;

- para que podamos escucharlo y así se convierta en nuestro maestro (os enseñará todas las cosas);

- para que nunca estemos solos;

- para que lo que será el Cielo después de esta vida, empiece ya en ésta.

2. La gracia santificante

Y ¿qué es la gracia? La gracia o gracia santificante es un don de Dios. Es una realidad espiritual sobrenatural que Dios infunde en nuestra alma. La Escritura habla de ella de distintas maneras: San Pedro la describe diciendo que es una participación de la naturaleza divina en nosotros (cf. 2Pe 1,4); San Pablo la llama «nueva creación», «hombre nuevo»; San Juan la llama «vida eterna en nosotros».

Como es una realidad espiritual, nos es muy difícil imaginarla. Pero es una realidad, y está presente en el alma de quien no tiene pecado. Y de aquí su nombre: gracia quiere decir al mismo tiempo «regalo» y también «brillo, belleza». Es un regalo divino por el cual el alma se embellece. La gracia, es por eso, descrita por los santos como luz, belleza, calor, fuego.

¿Para qué hace Dios esto? Precisamente para que podamos recibir en nuestras almas a la Santísima Trinidad. ¿Cómo puede venir Dios, que es totalmente espiritual, totalmente santo, infinito, a quien no pueden contener los cielos, ante quien caen de rodillas los ángeles... cómo puede venir al alma pobre, miserable, pequeña, débil, de un ser humano? Debe primero prepararla, para que sea capaz de contener a Dios.

Y para esto es la gracia. Es como el nido que Dios mismo se prepara en el corazón del hombre, para poder luego anidar en él. Es más Dios comienza a habitar en el alma en el mismo momento en que nos da la gracia: vienen juntos, desaparecen juntos: Dios deja de estar en el alma, cuando el alma pierde la gracia.

¿Cuándo nos da Dios la gracia? Ante todo en el bautismo. Esa es la primera vez. Y Dios la da para siempre, para que tengamos el alma en gracia y a Dios en el alma para siempre. Pero si la perdemos por el pecado (se pierde por cualquier pecado mortal) por su infinita misericordia, nos devuelve la gracia en el sacramento de la confesión, en el momento en que nos borra nuestros pecados.

Por eso, cuando nos preguntan ¿qué quiere decir estar en gracia? Y respondemos «no tener pecado mortal», decimos la mitad y la mitad más pobre: es infinitamente más que no tener pecado. Es como si dijéramos que un palacio es un lugar donde no hay chanchos o basura... Es más que eso, no hay chanchos ni basura, y hay, en cambio, orden, limpieza y un rey. Describimos la gracia por lo negativo, pero hay que hablar de ella por lo que tiene de positivo.

Por eso es que frente a un alma en gracia, el mismo demonio huye aterrado. No puede sostenerse en su presencia. Santa Teresita a los cuatro años tuvo un sueño que le quedó impreso para siempre en la memoria. Ella lo cuenta así: «Soñé que paseaba sola por el jardín. De pronto cerca de la glorieta, vi dos feos diablos que bailaban sobre un barril. Al verme clavaron en mí sus ojos, y en un abrir y cerrar de ojos los vi encerrarse en el barril, poseídos de terror. Escaparon y por una rendija se ocultaron en el sótano. ¿Qué les había picado? Viéndoles tan cobardes, quise saber qué temían. Me acerqué a la ventana y vi que corrían por las mesas sin saber dónde huir para esconderse de mi mirada. De vez en cuando se aproximaban a la ventana y espiaban, al verme cerca volvían a correr despavoridos como auténticos condenados. Yo creo que Dios se sirvió para mostrarme que un alma en gracia, no debe temer al demonio, tan cobarde ante la presencia de una niña».

Todos podemos deducir aquí la importancia que esto tiene. Estar en gracia, debe ser nuestro mayor anhelo, nuestro único deseo. Y nuestra única tristeza ha de venir por no poseer esa gracia. Pidamos a Dios que siempre nos conceda el vivir cumpliendo sus mandamientos, para así —al no tener pecado— podamos vivir en gracia y tener presente en nuestras almas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.


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Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - Fidelidad al Evangelio


1. Fidelidad al Evangelio
La lectura de hoy del Evangelio de San Juan hace referencia al discurso de adiós del Cenáculo el Jueves Santo, cuando Cristo anunció su partida a los Apóstoles para prepararles a este hecho.

Al anunciar su marcha de esta tierra a los Apóstoles, Cristo dice así: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Pensad en el significado y fuerza de la enseñanza que transmitió Cristo durante su misión mesiánica en la tierra. Dicha enseñanza nos une perennemente no sólo a nuestro Redentor, sino también al Padre: “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14,24).

Por tanto con la fuerza de esta enseñanza el Padre viene a quienes la siguen, viene a la Iglesia el Hijo junto con el Padre y el Padre junto con el Hijo.

La fidelidad a la enseñanza que nos ha transmitido Cristo es la fuente de la relación vivificante con el Padre a través del Hijo.

Dejada la tierra, Cristo sigue en unión constante con su Iglesia a través de la enseñanza transmitida a los Apóstoles.

Por esto precisamente es tan fundamental para la Iglesia observar con fidelidad dicha enseñanza. De este empeño rinde testimonio el primer Concilio Apostólico. El afán de los sucesores de los Apóstoles no es otro que el de que la Iglesia se mantenga en la enseñanza que Cristo le transmitió y que a través de la fidelidad a la enseñanza “moren” en la comunidad de los fieles el Padre junto con el Hijo.


2. La función del Espíritu Santo
El segundo pensamiento del Evangelio de hoy está relacionado con el Espíritu Santo: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

De modo que por segunda vez oímos hablar de “enseñanza”. Sabemos ya cuál es el significado de esta enseñanza verdadera transmitida por Cristo a la Iglesia a fin de unirla con el Padre y el Hijo. Esta enseñanza y esta doctrina han sido confiadas a los Apóstoles y a sus sucesores. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo que manda el Padre en nombre del Hijo custodia a la manera divina la misma doctrina y su misma enseñanza. El Espíritu enseña a la Iglesia de modo invisible y conserva en la memoria y en la enseñanza de la Iglesia todo lo que Cristo transmitió a los hombres de parte del Padre.

Por medio de lo que es el Espíritu Santo junto a la Iglesia y a través de la ayuda que Él presta a su enseñanza, el Padre y el Hijo pueden “morar” siempre en las almas de los fieles.


3. El Espíritu Santo, “morada en las almas”
El tercer pensamiento del Evangelio nos habla de la marcha del Maestro que podía levantar inquietud y temor en el corazón de los Apóstoles. Cristo sale al encuentro de tal inquietud y temor diciendo: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Y al mismo tiempo les da seguridad:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

Les da la paz cuando son ya inminentes los acontecimientos que les iban a sacudir hondamente.

Les da esa paz que el “mundo no puede dar”, precisamente gracias al hecho de que Él se va al Padre. Esta marcha es el comienzo de la nueva venida del Espíritu Santo:

“Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14,28).

Esta separación marca el comienzo de la venida permanente de Cristo en el Espíritu Santo.

A quien sigue sus enseñanzas viene el Padre junto con el Hijo y ambos establecen su morada en ellos.

Y el Espíritu Santo, custodiando esta enseñanza en la inteligencia y en el corazón de los discípulos, hace que Cristo esté siempre con su Iglesia. Y el Padre está siempre con ella por medio de Cristo.

Precisamente en esto reside la fuente de la paz de la Iglesia aun en las experiencias, sobresaltos y persecuciones más fuertes. A veces el corazón humano se altera y teme, pero la Iglesia se mantiene en la paz divina que le dio Cristo a la hora de partir.

Y todos los días en la Santa Misa, la Iglesia recuerda esta paz. Pide esta paz para sí y para los hombres.

Esta paz es también un gustar anticipado de la paz perfecta y felicidad de la Ciudad Santa de que se habla en la segunda lectura. Dicha Ciudad Santa, la Jerusalén que desciende de Dios, contiene en sí la plenitud de la gloria divina. Es asimismo el destino eterno del hombre y la realización cumplida de la Iglesia terrena.

Oremos ardientemente con las palabras del Salmista: “El Señor tenga piedad y nos bendiga,/ ilumine su rostro sobre nosotros;/ conozca la tierra tus caminos,/ todos los pueblos tu salvación” (Sal 66).
(Homilía de JUAN PABLO II en la parroquia de Santa Mónica, (Ostia), el 8 de mayo de 1983)

 

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - La presencia de Cristo en el alma

Cuando Cristo les dice a sus discípulos que se va nace en ellos una tentación de futuro: ¿qué será de nosotros sin el Maestro? Tentación que los lleva a la inseguridad, al miedo y a la tristeza. Y Cristo compadecido de ellos sale al paso de la tentación prometiéndoles acompañarlos.

Todo el capítulo 14 de San Juan es una consolación a los discípulos por medio de promesas para disipar el estado en el que quedaron después de revelarles su partida.

Comienza el capítulo diciendo “no se turbe vuestro corazón” y en esta frase se resume todo lo que Cristo va a decir en el resto del capítulo.

En el pasaje que estamos meditando es la promesa de seguir viviendo espiritualmente con ellos.

Jesús va a quedarse con ellos. Es el tiempo que va desde su resurrección y ascensión hasta su segunda venida. Es la presencia de Cristo en la Iglesia y en cada alma. Presencia reservada a los fieles. Presencia real pero no sensible, sino, espiritual, vital y mística.

¡Qué seguridad y que consuelo inmenso tener a Dios uno y trino habitando en nosotros y que Cristo no se vaya de nuestro lado! Ahora Cristo está junto a nosotros con una presencia más poderosa que cuando vivía en la tierra y en su condición mortal. Está sentado a la diestra del Padre, es decir, Cristo, el hombre-Dios, tiene la misma dignidad y poder que el Padre.

En todo caso, lo que se puede deducir de ello es que los discípulos no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano.

Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. Están seguros de que el Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos, precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa. Ellos saben que “la derecha de Dios”, donde Él está ahora “enaltecido”, implica un nuevo modo de su presencia, que ya no se puede perder; el modo en que únicamente Dios puede sernos cercano.

La alegría de los discípulos después de la “ascensión” corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La “ascensión” no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera.

Por eso San Pablo exclamaba sabiéndose junto a Cristo y amado por Él: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? […] en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Cuando los miedos y las tristezas nos atormenten pensemos en esta verdad que no es promesa como fue para los apóstoles sino realidad presente. Cristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo moran en nosotros.

Cristo sólo deja de manifestarse y vivir en nosotros cuando dejamos de amarlo, cuando dejamos de cumplir sus mandamientos, cuando nos dejamos atrapar por el mundo.


* * *


El que ama a Cristo cumple sus mandamientos y escucha sus enseñanzas.

El que ama a Cristo es amado por Cristo y por el Padre.

Al que ama a Cristo, Cristo se le manifiesta y hace su morada en él junto con el Padre.

El amor está en las obras. Se manifiesta cumpliendo lo que Cristo manda. Y para obrar lo que Cristo manda hay que escuchar a Cristo.

Los Evangelios narran lo que Cristo enseñó y mandó.

El amor a Cristo surge de una relación íntima con Él, de un conocimiento profundo de su vida. Conocimiento que se da por la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras y sobre todo por un conocimiento personal con Jesús en la oración.

El amor a Jesús, nos dice el Evangelio, trae dos gracias: Jesús se manifiesta al que lo ama y hace su morada en él. Viene a él junto con el Padre y el Espíritu Santo.

Cada obra hecha por amor, cada acto de amor en la oración, da luz al hombre y produce una nueva venida de la Santísima Trinidad.

Lo que dificulta el amor a Dios y al prójimo es nuestro egoísmo. Por eso al darnos sus mandamientos Dios nos da la herramienta para vencer nuestro egoísmo que nos mueve a hacer lo que queremos. Los mandamientos nos encaminan, aunque sea por el temor, a vencer nuestro egoísmo y a someternos al querer de Dios. Hay un primer paso para salir de nosotros mismos y es vivir en Dios porque cumplir los mandamientos es someter nuestra voluntad a la de Dios.

Y el cumplimiento de los mandamientos nos lleva al amor de Cristo. Y cuando Cristo es amado nos ilumina y se da a conocer y viene a nosotros y esto produce en nosotros un crecimiento en el amor y nos saca de nosotros.

Cuando nos enamoramos de Cristo y vivimos en comunicación con Él, y con el Padre y el Espíritu Santo que habitan en nosotros, sucede lo siguiente: cada vez vamos saliendo más de nosotros mismos para vivir en Dios y cuando vivimos en Dios vivimos en el amor y el amor expulsa el temor y el amor reemplaza a los mandamientos.

Es paradójico, pero salir de nosotros es entrar en nosotros. Dejar el egoísmo es renunciar al yo exterior para vivir en el yo más profundo que es donde mora Dios uno y trino.

El verdadero amor al prójimo que es el que nos hace salir de nosotros mismos nace de la unión con Dios en nuestro interior y sólo será verdadero amor al prójimo cuando nazca de ese amor que hay entre Dios y nosotros. El verdadero acto de amor al prójimo es un impulso que produce un acto de amor a Dios en nuestro interior. Ese acto es una chispa que nos hace encendernos al exterior en un fuego inextinguible que abraza a nuestros hermanos.

Esos actos de amor no son tan razonados cuanto impulsivos sin negar que sean más voluntarios aún que los razonados. Unos son más humanos, los primeros, los otros más divinos, son movidos por el Espíritu Santo.




Aplicación: San Bernardo - “Vendremos a él y haremos morada en él”

“El Padre y yo, decía el Hijo, vendremos a él, es decir, en el hombre que es santo, y vendremos a morar en él”. Y yo creo que el profeta no se ha referido a otro cielo cuando ha dicho: “Tú que habitas en los santos, tú la gloria de Israel” (Sl 24 Vulg). Y el apóstol Pablo dice claramente: “Por la fe, Cristo habita en nuestros corazones” (Ef 3,17). No es de extrañar, pues, que Cristo se complazca en habitar en este cielo. Puesto que, si para crear el cielo invisible sólo tuvo necesidad de su palabra, tuvo que luchar para adquirir el otro cielo, y murió para rescatarlo. Por eso, después de todos estos trabajos, habiendo realizado su deseo, dice: “Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo” (sl 131,14)…

Ahora “¿por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?” (sl 41,6). ¿Piensas encontrar en ti un lugar para el Señor? ¿Qué lugar hay en nosotros que sea digno de tan gran gloria? ¿Qué lugar sería digno para recibir su majestad? ¿Acaso sólo puedo adorarlo en el lugar en que sus pasos se detuvieron? ¿Quién me concederá, al menos, poder seguir las huellas de un alma santa “que él se escogió como heredad”? (sl 32,12)

Que se digne derramar en mi alma el ungüento de su misericordia, de tal manera que también yo sea capaz de decir: “Correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón” (sal 118,32). ¿Acaso podré, yo también, mostrar en mi “una gran sala bien preparada, en la que pueda comer con sus discípulos? (Mc 14,15) o por lo menos “un lugar donde reclinar la cabeza”(Mc 8,20).
(San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia, Sermón 27, 8-10 )


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Aplicación: Directorio Homilético - Sexto domingo de Pascua

CEC 2746-2751: la oración de Cristo en la Última Cena
CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, abogado/consolador
CEC 1965-1974: la nueva Ley perfecciona la Ley antigua
CEC 865, 869, 1045, 1090, 1198, 2016: la Jerusalén celeste

Para ir al Catecismo: 1-701  702-1426  1427-2196  2197-2865


LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida "una vez por todas", permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la "hora de Jesús" sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración "sacerdotal" de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su "paso" hacia el Padre donde él es "consagrado" enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está "recapitulado" en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la "hora de Jesús" llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: "Padre Nuestro". La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el "conocimiento" indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y "por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

388 Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino "a convencer al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.

692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquél que es llamado junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito" se traduce habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).

729 Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).

1848 Como afirma S. Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos "la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así, pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una "doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).

III LA LEY NUEVA O LEY EVANGELICA

1965 La ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. Es obra de Cristo y se expresa particularmente en el Sermón de la montaña. Es también obra del Espíritu Santo, y por él viene a ser la ley interior de la caridad: "Concertaré con la casa de Israel una alianza nueva...pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Hb 8,8-10; cf Jr 31,31-34).

1966 La ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Obra por la caridad, utiliza el Sermón del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de hacerlo:

El que quiera meditar con piedad y perspicacia el Sermón que nuestro Señor pronunció en la montaña, según lo leemos en el Evangelio de S. Mateo, encontrará en él sin duda alguna la carta perfecta de la vida cristiana...Este Sermón contiene todos los preceptos propios para guiar la vida cristiana (S. Agustín, serm. Dom. 1,1):

1967 La Ley evangélica "da cumplimiento" (cf Mt 5,17-19), purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las "Bienaventuranzas" da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al "Reino de los Cielos". Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

1968 La Ley evangélica lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella las virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt 15,18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5,48), mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina (cf Mt 5,44).

1969 La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al "Padre que ve en lo secreto" por oposición al deseo "de ser visto por los hombres" (cf Mt 6,1-6. 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6,9-13).

1970 La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre "los dos caminos" (cf Mt 7,13-14) y la práctica de las palabras del Señor (cf Mt 7,21-27); está resumida en la regla de oro: "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la Ley y los profetas" (Mt 7,12; cf Lc 6,31).

Toda la Ley evangélica está contenida en el "mandamiento nuevo" de Jesús (Jn 13,34): amarnos los unos a los otros como él nos ha amado (cf Jn 15,12).

1971 Al Sermón del monte conviene añadir la catequesis moral de las enseñanzas apostólicas, como Rm 12-15; 1 Co 12-13; Col 3-4; Ef 4-5, etc. Esta doctrina trasmite la enseñanza del Señor con la autoridad de los apóstoles, especialmente exponiendo las virtudes que se derivan de la fe en Cristo y que anima la caridad, el principal don del Espíritu Santo. "Vuestra caridad sea sin fingimiento...amándoos cordialmente los unos a los otros...con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad" (Rm 12,9-13). Esta catequesis nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia (cf Rm 14; 1 Co 5-10).

1972 La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad (cf St 1,25; 2,12), porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo "que ignora lo que hace su señor", a la de amigo de Cristo, "porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15), o también a la condición de hijo heredero (cf Gál 4,1-7. 21-31; Rm 8,15).

1973 Más allá de los preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad (cf S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 184,3).

1974 Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno:

(Dios) no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor (S. Francisco de Sales, amor 8,6).

Ejemplos para iluminar la Palabra

Mirar hacia arriba
¿Dónde encontrar a Dios?

 

(Cortesía: iveargentina.org et alii)

 

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