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Historia de la Iglesia Edad Media: I. CAIDA DEL IMPERIO ROMANO DE OCCIDENTE

 

Emiliano Jiménez

Páginas relacionadas 

 

1. Invasiones germánicas  

2. La conversión de los francos  

3. Evangelización de los germanos  

4. Gregorio Magno 

 

Historia de la Iglesia Edad Media: Invasiones

  

 

 

 

a) INVASIONES GERMANICAS

Hacia el 375 comienza la irrupción de los pueblos germá­nicos en el Imperio Romano. En diversas oleadas, desde el este del Rin y desde el norte del Danubio, pueblos radicalmente diversos, que se hostilizan entre sí y se empujan unos a otros, se ven obligados a emigrar en masa desde el noroeste hacia el sureste. Unos atraviesan Macedonia, Grecia, Italia septentrional, Galia y España, hasta penetrar en el norte de Africa. Otros apenas se desplazan más allá de sus fronteras, ocupando Galia, Recia, el Nórico y también Bretaña. Este alud de pueblos nómadas o semi­nómadas se desplazan desde el norte -bárbaros de las praderas y de las selvas en que los viñedos no encontraban sol suficiente para producir su fruto-, o desde el sur -bárbaros de los desiertos arenosos o vastos pedregales donde el olivo sufría los ardores del sol sin llegar a florecer.

En brevísimo tiempo, ciertos territorios se vieron repetidas veces invadidos, conquistados y saqueados por un pueblo diferente. Por ejemplo, Roma se vio amenazada en el transcurso del siglo V tres veces. En el año 410 la saquearon los visigodos de Alarico; en el 451, el papa León I logró evitar el saqueo de los hunos; en el año 455 irrumpieron en la ciudad eterna los vándalos de Genserico. Mientras el Imperio romano de Oriente, siendo el primer objetivo de los pueblos germánicos, apenas es hollado por los bárbaros (en los siglos VII y VIII irrumpieron en él los eslavos servios y croatas), el Imperio romano de Occidente tuvo que soportar toda su furia, quedando destruido. En un continuo proceso de infiltraciones, fundiéndose en un primer momento con los pueblos románicos, terminaron destruyendo las estructuras de las provincias y la administración del Imperio. A partir del año 476, cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, último emperador romano de Occidente, surgieron en el sur y suroeste de Europa reinos étnicos germánicos, primero dependientes nominalmente de Roma y, luego, cada vez más independientes.

Estas continuas guerras debilitaron el orden y las costumbres. Decayó la vida espiritual y aumentó la miseria. No había tiempo para las aspiraciones culturales. Desgarradora es la descripción que, desde Belén, hace san Jerónimo de la caída del Imperio romano. Desde los tiempos de Constantino los cristianos se habían formado la idea de que Roma y la Iglesia constituían una estrecha unidad y que perduraría hasta el fin de los siglos. Encuadrar este hecho en el marco de la providencia divina fue producto de una larga reflexión sobre la teología de la historia. A ella contribuyó grandemente La ciudad de Dios de San Agustín, enseñando a ver en el cambio de las realidades humanas un diseño divino, que sólo el último día nos será revelado.

La antigua civilización quedó arruinada. Pero la verdad es que hacía tiempo que estaba corrompiéndose, ante todo, por el cansancio de la vida y el consiguiente descenso de la población (J. Lortz). Este proceso de descomposición y reconstrucción de Europa duró varios siglos. Europa perdió su carácter antiguo y surgió, gracias a la savia joven de estos pueblos, el Occidente medieval. En nuevas formas y con un concepto más sano de la vida, la esperanza triunfó sobre el escepticismo. A partir del siglo VIII se multiplicó tanto la descendencia que los terrenos incultos, que en la Antigüedad se habían ido extendiendo, pudieron ser de nuevo roturados y cultivados.

En este torbellino de guerras y cambios, la Iglesia fue la salvadora de la cultura y el consuelo de los pobres. El papa León Magno en Roma, San Severino, a finales del siglo V, en la región de la actual Salzburgo, fueron los protectores de la población autóctona. En general los obispos fueron quienes conseguían trigo y repartían grano, asistiendo a los abatidos. En el eclipse de las leyes y de la filosofía antiguas, frente a los adoradores de la fuerza y de la violencia, la Iglesia no dejó de ser la voz de la bondad clamando en el desierto en favor de los humildes, de los pobres, de los pacíficos. Esta voz de la Iglesia nada la podría acallar.

San León Magno (440-461) es el papa en esta época, cuando ya el Imperio romano se halla dividido en Occidental y Oriental; Roma ya ha sido devastada por los visigodos (410). En su tiempo Roma es amenazada de nuevo por Atila y es saqueada por los visigodos (451 y 455). El Emperador de Occidente no es ya más que una figura decorativa, en camino de desaparición. Odoacro, rey de los hérulos, destronaría al último de ellos, Rómulo Augustulo, dejando a Roma a merced de los más encontrados poderes y sin otra defensa que los Papas. San León Magno hizo valer su autoridad para salvar los restos de la cultura romana, al mismo tiempo que se dedicaba a la evangelización de los diversos invasores de Europa. Su actividad fue ante todo la de un misionero, poniendo, al mismo tiempo, las bases de la liturgia romana. En relación a las controversias teológicas heredadas del tiempo anterior, sus intervenciones fueron decisivas en Occidente para superar los últimos restos del pelagianismo (Pelagio + 419), la antropología herética que atribuía la salvación a los méritos y esfuerzos del hombre, posponiendo la necesidad de la gracia divina, en la que tanto había insistido San Agustín. También combatió a la secta priscilianista (Prisciliano + 385), que difundía un insoportable rigorismo moral. Sermones y cartas de San León se siguen leyendo en la Liturgia de las horas. En el concilio de Calcedonia (451), que había congregado a más de 500 padres, se leyó su texto Tomus ad Flavianum, que orientó la definición sobre el ser de Jesucristo, confesando la identidad de naturaleza entre Cristo y el Padre, añadiendo que en la única persona de Cristo coexisten la naturaleza humana y la naturaleza divina, íntegras, completas, sin mezcla ni división, de modo que El es consustancial al Padre en cuanto a la divinidad y consustancial a nosotros en cuanto a la humanidad.

 Con todo la doctrina de Calcedonia no acabó con las disputas en el Oriente, donde las comunidades monofisistas admitían la existencia en Cristo de una sola naturaleza divina y las nestorianas admitían dos naturalezas y dos personas. Estas comunidades heréticas encontraron frecuentemente el apoyo de los emperadores. El Papa Gelasio, que ocupa la sede de Pedro unos treinta años después (492-496), trata de poner remedio a la crisis en sólo cuatro años de pontificado, siguiendo en la eclesiología los pasos de su predecesor y en lo dogmático la doctrina de San Agustín.

 A los romanos, habituados al orden unitario del Imperio, aquellas masas de bárbaros, que irrumpían en tropel, les parecieron huestes devastadoras. Los saqueos eran continuos; los muertos se amontonaban a millares. Ni el asilo en las iglesias era respetado. Las deportaciones y el mercado de esclavos, donde se vendían los prisioneros en pública subasta, eran cosa de todos los días. En resumen puede decirse que la "barbarie", como se calificó a estas invasiones, fue extendiéndose progresivamente por el centro de Europa e Italia.

 Los godos acampaban desde el siglo III a orillas del Danubio y ya en el siglo IV les había convertido al cristianismo el obispo arriano Ulfilas (+383). Luego, cuando ya el arrianismo había desaparecido, estos pueblos lo implantaron en grandes regiones de la cristiandad, mediante sus invasiones. Cuando el rey de los ostrogodos, Teodorico, señor de Italia y de las provincias circundantes (493-526), quiso organizar una liga de reyes bárbaros desde Alemania hasta Africa, no encontró el entusiasmo en los demás reyes, pues al querer propagar el arrianismo entre los bárbaros vecinos, inspiraban en los bárbaros católicos una aversión mayor que si hubieran sido paganos.[1] El antagonismo religioso, junto a la desconfianza entre romanos y germanos, acortaron los días del renacimiento prematuro que se esbozó en Italia en la época de Teodorico, aunque éste gozara de una especie de investidura concedida por el emperador de Constantinopla. Su reinado y su grandeza han quedado para la posteridad en los mosaicos bizantinos y el sepulcro bárbaro de Rávena y por las obras filosóficas de Boecio, último de los romanos antiguos, primero de los escritores medievales, quien, después de haber servido por mucho tiempo a Teodorico, fue acusado de conspirar contra el emperador de Constantinopla y condenado a muerte.

Desde el punto de vista religioso y eclesial, no obstante todo, el cuadro de la historia durante los siglos VI y VII siguió llevando la impronta del Imperio de Oriente. Esto, sobre todo, después de que Justiniano (527-565), combatiendo con los ostrogodos en Italia y con los vándalos en el norte de Africa, logró otra vez, en cierto modo, la unidad del Imperio. La vida de la Iglesia estatal bizantina, de la Iglesia siro-monofisita y de la Iglesia copta de Egipto superó ampliamente la vida de la Iglesia occidental en profundidad espiritual y religiosa, gracias sobre todo al florecimiento allí del monacato. Este espíritu y fuerza de la fe oriental quedaron plasmados en las maravillosas Iglesias de Rávena, en la frontera de la civilización greco-romana. Aún hoy podemos contemplar, por ejemplo, la Iglesia de San Vital: construcción de planta octogonal, con galería interna y tribunas. Comenzó su construcción Teodorico en el año 521 y, tras la conquista por los bizantinos, en el año 547, fue consagrada a San Vital como señal del triunfo sobre los godos arrianos.

En Occidente, la cultura fue salvada por los monjes, que guardaron los progresos de la antigua agricultura y también custodiaron los tesoros de la cultura clásica mediante la lectura y transcripción de preciosos códices. Sin esta actividad de los monasterios la humanidad hubiera perdido infinidad de textos antiguos. Es cierto que en el campo de la cultura hay una laguna de cuatro siglos, del V al IX, en que propiamente no hay filosofía ni teología. El mundo quedó demasiado alterado con la caída del Imperio Romano. A la gran unidad política de la antigüedad sucedió el fraccionamiento; las oleadas de pueblos bárbaros se precipitaron sobre Occidente, constituyéndose una multitud de reinos bárbaros en las distintas regiones del Imperio y toda la cultura clásica quedó sumergida. Visigodos, suevos, ostrogodos, francos, en mutuo aislamiento, forman diversas comunidades inconexas, que tardarán mucho en crear vínculos comunes. Cuando esto se de, se formará Europa. Los elementos de la cultura antigua quedan, pues, perdidos o, al menos, dispersos. El interés de los hombres cultos de la época no fue crear, sino salvar y conservar, recopilando todo el saber anterior. En España, Francia, Alemania e Inglaterra, paralelamente, unos cuantos hombres van a recoger en libros enciclopédicos, nada originales, el saber greco-latino y patrístico. Una figura sobresaliente de este tiempo fue San Isidoro de Sevilla (570-646), que en los 20 tomos de sus Etimologías recogió los conocimientos religiosos, históricos, científicos, médicos, técnicos y de simple información anteriores a él. Algo parecido hizo en Italia Boecio con sus libros De consolatione philosop­hiae, De Trinitate, De duabus naturis in Christo, De hebdomadi­bus, cuyo principal interés consiste en las definiciones que tanto se utilizarán más tarde en la filosofía y en la teología. En Inglaterra se destaca en esta labor Beda el Venerable, que además de la Historia eclesiástica gentis Anglorum, escribió ocho tratados, en especial el De natura rerum. Hacia el año 500 ya habían aparecido los escritos místicos neoplató­nicos del Pseudo-Dionisio que, traducidos al latín, se convirtie­ron más tarde en uno de los fundamentos de la teolo­gía occiden­tal. Su influencia fue inmensa: es el más citado, como el "Areopagita" por Santo Tomás.

Con las invasiones de los bárbaros, el mundo europeo entró, pues, en un proceso de transi­ción. La antigua unidad del Imperio como tal y su unión con la Iglesia imperial ya no existía. Es el comienzo de una edad nueva, la Edad Media de Occidente, creada y configurada por los obispos, el papado, la herencia teológica de San Agustín, el monacato y los pueblos germánicos. De estos ele­mentos nacerá la cristiandad medieval.

Así la Iglesia, libre de las ataduras del Imperio romano, emprendió una acción misional, religiosa y política, de la que nos quedan los escritos De vocatione omnium gentium, atribuido a Próspero de Aquitania (c. 455) o el De gubernatione Dei, de Salviano (c. 451). Estos libros nos sitúan claramente en los umbrales de la Edad Media.

 Pues, si en el campo de la cultura se dio esta laguna, en cuanto nuevas creaciones, la Edad Media fue rica en otros campos, como el de la evangelización de los nuevos pueblos. La disminu­ción del poder del emperador de Bizancio sobre el Occidente y la primera y deplorable escisión, derivada de las controversias monofisitas, entre la Iglesia occidental y oriental en los años 484-519 favorecieron la independencia del papado. Pe­ro en Occidente los nuevos señores eran arrianos en su totalidad. Entre ellos y los católicos romanos nativos existía una honda oposi­ción. Era casi imposible una verdadera y duradera colabora­ción. El Papa se encontraba entre dos fuerzas: Bizancio y los godos asentados en Italia. Unos y otros amenazaban su existencia. El patriarcado occidental, tras haber sufrido amputaciones en el norte y en el sur de Italia, quedó reducido casi a un obispado territorial lombar­do. En realidad el papado no volvió a ser libre hasta que se unió a los francos convertidos a la fe católica. Su rey, Clodo­veo, -cruel y ambicioso-, se hizo bautizar en Reims por San Remigio junto con los grandes de su reino el día de navidad del 498, gracias a su esposa Santa Clotilde y a algunos obis­pos católicos de la Galia.

Historia de la Iglesia Edad Media: Cpmversión de los francos

 

b) LA CONVERSION DE LOS FRANCOS

Tanto la Iglesia como los nuevos pueblos, se incli­naron por un pueblo menos evolucionado pero más nuevo que el de los godos: los francos de Clodoveo. Sin duda alguna, de todas las tribus germánicas establecidas en el territorio del Imperio roma­no, hubo una que se colocó a la cabeza y dominó el futuro gracias al Estado por ella creado: los francos. Ayudó a ello el hecho de ser los únicos germanos que, por no proceder de tierras lejanas, sino ser más bien vecinos inmediatos, recogieron la herencia del Imperio romano, en sus infiltracio­nes pacíficas y también en sus invasiones guerreras, pero sin abandonar su patria. Por otra parte, mientras la mayoría de los otros germanos recibieron el cristianismo como arrianismo, los francos lo recibieron directa­mente en su forma católica. Esto les permitió integrarse en uni­dad con la población romana nativa, que era católica.

El fundador del reino de los francos fue el merovingio Clo­doveo (481-511) quien, conquistando la parte más exten­sa de la Galia y los restos de la Germania, eligió París como capital y, al convertirse al cristianismo, convirtió los fran­cos, que poco tiempo atrás eran aún paganos, en los adalides del catoli­cismo amenazado por el arrianismo. Clodoveo estuvo desde el comienzo de su reinado en relaciones con Remigio de Reims, cuyo nombre quedó ligado para siempre al suyo por haberle administrado el bautismo.[2] El bautismo de Clodoveo (498 o 499) estuvo preparado por su experiencia del poder del Dios de los cristianos en la guerra de los alemanes y por su mujer, cató­lica, Santa Clotilde. También hubo razones políticas en su con­versión; para él era difícil separar religión y política. Clodoveo, en su convivencia con los católicos galos, se convenció de las ventajas políticas que el cristianismo podía aportar a su imperio, dándole unidad y recibiendo apoyo interno del poder y autoridad de los obis­pos. El paganismo, como profe­sión de fe, ya no tenía firmes raíces.

 Al aceptar el cristianismo, como católico, Clodoveo se separaba de la unidad que formaban los germanos que irrumpie­ron en el Imperio siendo arrianos. Hasta el sue­gro de Clodoveo era arriano. Su mujer, santa Clotilde era católica por haberse educado en Ginebra en la corte de su tío y no con su padre. Dos hermanas de Clodoveo se hicieron arria­nas, una de ellas casada con Teodorico, el rey arriano de los ostrogodos. Siendo, pues, el arrianismo la fuerza dominan­te en el centro de Europa, Clodoveo se decidió por el catoli­cismo, venciendo muchas oposiciones,[3] pero asegurándose así la simpatía de los galorro­ma­nos católi­cos. Clodoveo apareció a los ojos de los católicos como un nuevo Constantino. Con su conversión se abría la posibilidad de la unificación de todos los pueblos germanos sobre la base de la misma fe católica. Con Clodoveo se convirtió todo el pueblo de los Francos, pero su educación católica requirió mucho tiempo y esfuerzos por parte de los obispos, como San Remigio de Reims (+535), San Cesáreo de Arlés (+542) y de monjes, como San Columbano (+615)

El bautismo de Clodoveo tuvo una gran repercusión en la his­toria de la Iglesia. Con Clodoveo surgió una iglesia nacio­nal franca y, desde ella, partió la evangelización católica de las otras tribus germánicas, que fueron conquistando los francos. Las iglesias del norte de las Galias, que habían sufrido graves daños a causa de la invasión de los bárbaros, hallaron ahora un sólido respaldo. Pe­ro, como toda iglesia nacional, surgió llevando en su interior el germen de su decadencia. Clausurada al exte­rior, tuvo una ri­gurosa organización en el interior bajo la autoritaria dirección de los mismos reyes. Estos convocaban los concilios imperiales o nacionales, decidiendo los temas a tratar y promulgando los cá­nones que les placían como leyes obligatorias del Imperio. Sólo con su permiso se accedía al estado clerical, permiso basado en consideraciones fiscales o militares. Los reyes eran quienes pro­veían los obispados. Los obispos elegidos y propuestos por el clero y el pueblo, como los concilios habían exigido, el rey los tomaba sólo como una propuesta que podía aceptar o rechazar. Como ya denunció San Gregorio de Tours, esto no era sino un principio de simonía, porque tanto el elegido como los electores, por lo general, corrían a obtener el favor real mediante valiosos obse­quios. El rey, además, podía nombrar obispos directamente, y los eligió muchas veces entre los seglares por simples motivos políticos.

Dada esta profunda dependencia, la reacción del episcopa­do contra el gobierno de la Iglesia por parte del rey, nunca faltó, pero sin llegar a ser unitaria. La resistencia de los obispos no se concretó en una oposición radical, porque muchos consideraban la función de los reyes como un modo de protec­ción de la Iglesia, llegando a verla como un deber de los re­yes. Los padres concilia­res reunidos en Orleans en el año 511 llegaron a alabar el "es­píritu sacerdotal" de Clodoveo y San Remi­gio de Reims llegó a decir que al rey se le debía obedien­cia como predicador y defensor de la fe.[4]

Si bien es cierto que el episcopado nunca estuvo sometido incondicionalmente al rey y que los sínodos echaban en cara a los reyes sus pecados y que el obispo Germano de París llegó incluso a excomulgar al rey Chariberto por su matrimonio con una virgen consagrada a Dios, sin embargo, la crítica al poder del rey nunca tuvo gran fuerza: "Si tú caes en el error, ¿quién podrá censurar­te? Nosotros, sí, te hablamos, pero tú solamente nos escuchas cuando quieres", testifica el mismo Gregorio de Tours. A partir de Dagoberto (+ 639) la decadencia del Imperio franco, y con él de la Iglesia, se precipitaron juntos, deteniéndose la evangeli­zación y volviendo algunos pueblos, como los frisones, completa­mente al paganismo. La dinastía merovingia, fundada por Clodoveo, fue decayendo hasta llegar al espectáculo de los reyes holgaza­nes, que entregaron el gobierno en manos de los mayordomos de palacio, hasta que Pipino el Breve se hizo coronar rey, dando origen a la dinastía carolingia.

 

Historia de la Iglesia Edad Media: Evangelización de los germanos

c) LA EVANGELIZACION DE LOS GERMANOS

La evangelización y conversión de los pueblos nuevos fue la tarea fundamental de la Iglesia durante el primer período de la Edad Media (Alta Edad Media). Algunos de estos pueblos no habían tenido antes ningún contacto con el cristianismo. Otros habían sido ya tocados por su presencia durante la época romana. Al co­mienzo, pues, de la Edad Media, según el plan de Dios, la Iglesia y las tribus germánicas, con todas sus posi­bilidades y patrimo­nio, estaban destinadas a vivir en mutua relación. La Iglesia de Cristo, con toda su vocación misionera y aquellos pueblos jóvenes con su indigencia cultural y reli­giosa se encontraron en un mismo ámbito cultural. Si bien los germanos al principio sólo fueron los educandos de los obispos y monjes, rápidamente ocuparon su lugar y enseguida pudieron llevar a sus propios congéneres a la fe. En este proceso de fusión se basa la Edad Media.

La escasez de cultura facilitó que la lengua de la Igle­sia romana unificase y configurase la liturgia de la mayor parte de Europa y, en general y durante siglos, toda la vida espiritual de Europa. La lengua latina, lengua de la liturgia, de todas las frases doctas y de buena parte de las comunica­ciones públicas, fue, junto con la única fe cristiana, el más potente factor de cohesión de las múltiples tribus y fuerzas germánicas disidentes hasta llegar a la cultura unitaria eclesiástica del Medievo. Christianitas se identificó con romanitas o latinitas, con sus consecuencias posteriores no siempre positivas.

No hay que olvidar que los pueblos bárbaros se convirtieron masivamente siguiendo a sus jefes: los visigodos con Recaredo, los francos con Clodoveo, los longobardos con Teodolinda y lo mismo los otros pueblos: "iban al bautismo como a la batalla, detrás de sus jefes". No se trató de una conversión personal, con un camino catecumenal que precediera al bautismo, sino de un paso como pueblos a la Iglesia, con la idea de que poco a poco irían conociendo los rudimentos de la doctrina cristiana y aceptando las exigencias morales de la fe. En las ciudades y, sobre todo en el campo, el paganismo sobrevivió en múltiples formas, como atestiguan los sermones de San Cesáreo de Arlés y los escritos de San Martín de Braga o la correspondencia de Gregorio el Grande y los Concilios de Toledo.

Ya antes de la caída del Imperio se había modificado el acceso al bautismo, sin pasar por el proceso catecumenal. Durante la cuaresma, los paganos se convertían en catecúmenos después de una ceremonia simbólica; basta con conocer el Símbolo de los Apóstoles y el Padrenuestro para acercarse a recibir el bautismo. En Alemania existía un comentario de las dos oraciones, que servía a los sacerdotes para la iniciación de los catecúmenos en su preparación al bautismo. Esto mismo se hará durante la Edad Media. Convertidos y bautizados en la fe cristiana, acuden a la iglesia, asisten a los servicios religiosos, participan en los sacramentos, se sienten cristianos, están integrados en una sociedad cristiana; pero individualmente con frecuencia viven una fe poco formada y poco purificada. En su deseo de reforma de la vida de la Iglesia, San Gregorio Magno insiste en la obligación de la predicación: "Por tu predicación los ignorantes saben lo que Dios les recomienda". La tercera parte de su Regula pastora­lis es un verdadero tratado de predicación dirigido a los obispos. Pero el obispo, a medida que el número de los cristianos crece, delega a los sacerdotes esta tarea, pidiéndoles que se inspiren en los Santos Padres.

Pero, dada la poca preparación de los sacerdotes, insisten más en las obligaciones morales que en la adhesión al misterio divino. La descripción del cristiano corresponde al que asiste regularmente a la iglesia, vive castamente, enseña a sus hijos el Credo y el Padrenuestro, les hace temer a Dios y huir de los principales vicios. La pobreza doctrinal de los sermones es lo que llevó a la confección de homiliarios, que agrupaban textos de los Santos Padres y que podían fácilmente ser utilizados por los predicadores. Pero la verdad es que la semilla del Evangelio, ya bastante crecida en todo el período anterior, se encuentra con un campo nuevo, los germa­nos, pobres de cultura, pero abiertos a recibir el anuncio del Evange­lio y la catequesis de la Iglesia. La Iglesia así im­plantó la fe de Jesucristo en Europa, aunque a veces la predi­cación bíblica cristiana quedó algo ofuscada por las ideas germánicas. En la evangelización cristiana, los germanos oyeron hablar por primera vez del Dios creador, del Logos, de la gracia, de la predestinación, de los sacramentos (que no son ninguna magia), del infierno (que no es lo mismo que el reino de los muertos). La Iglesia transmitió a estos pueblos en toda su integridad y sin reduccionismos toda su fe, aunque estos pueblos carecieran de una cultura espiritual.

Algunos historiadores se preguntan si estas tribus, "sim­ples, incultas, bárbaras", tenían la posibilidad de una verdadera conversión. Pero esto mismo se puede preguntar siempre. Los ju­díos de Palestina, con su larga preparación de siglos bajo la acción reveladora de Dios, ante la aparición de Jesucristo como Mesías, ¿estaban capacitados para acoger la salvación de Dios manifestada en la debilidad de la cruz? Pese a su prepara­ción y a los tres años de predicación del Evange­lio por Jesucris­to, el éxito de la acogida de Jesucristo inicialmente fue insignifican­te...La misma dificultad tuvo el Evangelio cuando pasó al Imperio romano: la vida de los cris­tianos, la aceptación de la muerte, la debilidad y la cruz fue un escándalo y una necedad. Como en nuestro tiempo escandalizó a Nietzche y a todos los "sabios e in­teligentes". Sin embargo la semilla pequeña del Evangelio sembra­da en Israel se exten­dió por todo el Imperio romano y penetró después en los pue­blos bárbaros, terreno aun virgen e inculto: "Hagámoslos cristianos para que sean hombres", había dicho ya San Agustín.[5]

Es cierto que la fe cristiana se vio en la Edad Media mez­clada con muchos elementos germanos. En la formación de la li­turgia e incluso en las concepciones teológicas hubo grandes influencias. El cristianismo, nacido en Oriente, formulado en la lengua griega, vertido después en la ágil forma romana, era obviamente muy diferente de todo lo que podemos llamar germa­no. En consecuencia, la cristianización de los germanos, tras la primera fase de conversión de las masas, necesitó de un lar­go y complicado proceso de crecimiento, hasta llegar a ser un verda­dero fermento de la nueva cultura naciente. El influjo de lo germánico en lo cristiano se realizó principalmente por la vía del sentimiento, de la fantasía, del afecto; sus prime­ras mani­festaciones se dieron en el campo del arte mucho más que en el campo de la teología, por la que no hubo gran inte­rés. La teo­logía en Occidente no fue ni mucho menos tan popu­lar como lo había sido en Oriente entre las grandes masas del pueblo, que tomaban postura respecto al nestorianismo, monofi­sismo y la disputa de los iconoclastas. De aquí la distancia y división entre la piedad popular y la teología erudita.

Consecuencia de esta separación de la piedad y la teolo­gía fue la introducción de ciertas impurezas en la presenta­ción del mensaje cristiano, presentado con imágenes y concep­tos inadecua­dos. El ejemplo clásico en el campo de la doctrina de la fe es la concepción de Cristo como un caudillo, un héroe victorioso y vencedor del demonio al que se jura y mantiene fidelidad, un rey nacional alejado de su menestero­sidad huma­na, cuyos apóstoles aparecen como valerosos paladines de un soberano o feudatario y ante quien lo primero que desaparece es la figura sufriente del siervo de Dios.

 Una serie de formas mágico-supersticiosas, residuos de su antigua fe germánica, se infiltraron en el culto a los santos, demonios, reliquias, muertos y en la brujería...En el campo moral también se introdujeron viejas concepciones tradiciona­les, como el uso y abuso de la fuerza, las crueldades de los príncipes, con asesinatos increíbles, el espíritu de venganza, la lujuria en todas sus modalidades, el abuso de los esclavos y especialmente el adulterio y hasta una especie de poligamia, a veces por razo­nes de estado...Es en este campo donde se dan los peligros más que en el campo de las herejías dogmáticas. La fe era acogida, aunque no siempre comprendida, ni con fuer­za para transformar la vida moral. La Iglesia podía dedicarse a eliminar estas degenera­ciones ayudando a estos pueblos a to­mar conciencia de su pecado con sus libros tarifarios y con las instituciones de Teología moral para confesores y misione­ros. La moralidad de estos siglos dejaba mucho que desear. Y el mal comenzaba en la cúspide. Muchos miembros de la casa real franca se mancharon con crueldades y hasta asesinatos increíbles, debido sobre todo a la mentalidad germánica según la cual el imperio o parte del imperio, a la muerte de su señor, tenía que ser dividido, como una propiedad privada entre todos los hijos. Esto provocaba entre ellos rivalidades hasta el asesinato.

También la moral del matrimonio tuvo un bajísimo nivel, de­bido, entre otras causas, a la politización del matrimonio por la sucesión hereditaria. A esto contribu­yeron también ciertas leyes eclesiásticas, que prohibían el matrimonio hasta el séptimo grado de parentesco en línea colateral, ofreciendo así grandes posibilidades para la anulación de matrimonios. Tampoco faltaron uniones sacrílegas con monjas.

La conciencia moral, en realidad, apareció con el cris­tianismo y no se impuso en un día ni en un año. La crueldad, que no respetaba ni el derecho de asilo, la embriaguez y la deshones­tidad, la falta de respeto a la vida del prójimo, que no valía apenas nada, estaban muy arraigadas y sólo muy lenta­mente fue cambiando esta mentalidad. Por otra parte no falta­ron obispos y sacerdotes entre los degenerados ni entre los asesinos. En el siglo VII la mayor parte de los obispos del Imperio franco esta­ban casados y sus diócesis eran como un patrimonio familiar. San Gregorio de Tours en su Historia Francorum recoge este estado de cosas y quiere que se conoz­can, pues al reconocerlas y anemati­zarlas como pecados que claman al cielo "se está prestando el me­jor servicio a la verdad y a la inmutable ley divina". Hay que señalar, por otro lado, que a estos crímenes y degeneraciones seguían con fre­cuencia penitencias y expiaciones de sincera conversión.

La fe de la Iglesia era aceptada con toda objetividad y fi­delidad pero de una manera casi pasiva, sin penetrar apenas en la doctrina recibida por la predicación. De aquí las ca­racterís­ticas básicas de la fe de toda la Edad Media: el es­píritu de fe fiel a la Iglesia (tradicionalismo y objetivis­mo), la uniformidad de toda la vida religiosa espiritual y la superioridad cultural del clero, que lleva al clericalismo medieval. El clero, en rea­lidad, como representante de la Iglesia, era el único que, al comienzo de la Edad Media, po­seía las fuerzas superiores reli­giosas, morales, intelectua­les y culturales en general (adminis­tración, técnica), de las que surge la vida medieval.

El elemento natural-instintivo de los germanos oscureció en parte la espiritualidad del cristianismo en la vida de piedad de la gente. Los germanos no tenían en sus dialectos, por ejemplo, una palabra del todo equivalente a la gracia del Nuevo Testamen­to. Gracia vino a ser favor, el favor del rey del cielo con quien uno contrae una determinada relación de fidelidad para que se muestre propicio en las vicisitudes de la vida humana. Surgió así la idea de mutua ayuda o prestación recíproca. También para el pensamiento y el idioma germano re­sultó difícil captar y expresar genuinamente lo sacramental. Se quedó en la exterioridad  o ritualismo. La unión sacramen­tal de la comunidad con Cristo, expresada en el sacrificio eucarístico, quedó reducida a su presencia (la eucaristía como presencialización). Y aún fue más difícil comprender la sacra­mentalidad de la penitencia, reducida a la idea de reparación (las tarifas de penas por los pecados). El perdón sacramental, esto es, la remisión ganada por Cristo y regalada en El al penitente, quedó obscurecida por la idea de expiación. Es esta la raíz del moralismo germánico, que se difundió rápidamente gracias a la conversión de las masas y que perdura hasta casi nuestros días.

Otra característica de la mentalidad germánica es la consi­deración del pecado o de la virtud casi exclusivamente desde el punto de vista del hecho sin ver la interioridad o intención. El pecado como perturbación de un orden exige una reparación que no se da por un simple cambio de sentimientos. Este realismo, que tiene su aspecto positivo, lleva a dar impor­tancia a la exterio­ri­zación y al fariseísmo. Decisivo para la aceptación por parte de los pueblos germanos del cristianismo no fue la "verdad", sino la superioridad del cristianismo, el "mayor poder del Dios de los cristianos". En el himno Heliand (hacia el año 830) Jesucristo es ensalzado como el "más fuerte de los nacidos, el más poderoso de todos los reyes, el héroe más valeroso". La cuestión de la legitimidad de la vieja o nueva religión no la toman en conside­ración los germanos, poco dados a la filosofía. La cuestión no se plantea desde la verdad, sino desde el poder. El poder del nuevo Dios ellos lo experimentan en la guerra y en el "juicio de Dios".

Por otra parte, la plegaria de estos pueblos de la prime­ra Edad Media, no se dirige preferentemente a Dios, sino a los santos, cuyas reliquias conservaban y podían ver y tocar con todas las connotaciones supersticiosas. La Iglesia, en su peda­gogía intentó evangelizar a estos pueblos inmaduros con medios adecuados a su capacidad de comprensión, llevándoles a veces a una alta piedad, pero quedando también a veces la fe con la ganga y escorias de la religiosidad natural. El culto se celebraba con regularidad y con predicación al menos en los domingos y días festivos.

 

Historia de la Iglesia Edad Media: Iglesia visigoda en España

1. Iglesia visigoda de España

La conversión de los germanos abarca un período de unos ochocientos años, con diferencias y peculiaridades de tiempo y de lugar. Pero, generalmente, en la evangelización de los germanos las conversiones fueron masivas, como consecuencia de la conversión de la nobleza o del príncipe. El cambio interior de mentalidad y de vida, la conversión evangélica, en una conversión masiva, no siempre se podía dar. Pero, cuando los germanos, se convencen de la fuerza de Cristo, aunque fuera sin la posesión teórica de la verdad de la revelación, El está realmente actuando en ellos. La aceptación del reino de Dios no está reservada a los sabios ni a los que son capaces de darse perfectamente cuenta teológica del contenido de la fe. El bautismo fue para esos hombres, espiritualmente incultos, el comienzo de su conversión. Los germanos fueron admitidos en la Iglesia, dispensadora de la vida sobrenatural; primero les era entregada la fe (traditio) y luego, durante largos períodos de tiempo, seguía la instrucción a cargo de los misione­ros, que intentaban llevarlos a la conversión interior. La confesión cristiana fue, por lo general, aceptada, se consoli­dó y echó raíces cada vez más profundas entre estos pueblos, aunque el modo de pensar de estos pueblos jóvenes estuviera impregnado de utilitarismo y naturalismo, con frecuencia, supersticioso.

Los misioneros itinerantes tuvieron una inmensa importan­cia en la evangelización de los germanos. Estos misioneros estaban dispuestos a arrostrar inimaginables penalidades para llevar a cabo su misión itinerante en la Germania, poblada de bosques. En su tarea evangelizadora, destruyeron santuarios paganos, comieron la carne de los animales sagrados y bautizaron en el sagrado manantial de los dioses, para demostrar así el poder de Dios y la impotencia de los ídolos. En general siguieron las prudentes instrucciones pedagógicas y directrices misioneras del papa Gregorio I. Pero, por encima de todo, los misioneros se sentían impulsados por el mandato misionero de Jesucristo [5]. Las inmensas dificultades de la misión de aquellos tiempos sólo pudieron vencerlas por el ardiente amor divino, que impregnaba su vida. La oración fue el sostén de la misión de San Bonifacio.

Los visigodos, al tener su primer encuentro con Bizancio, entraron en contacto también con el cristianismo. Pero enton­ces Bizancio era arriana. Por ello, los visigodos, que asola­ron Roma y marcharon luego a España para establecerse en ella, ya eran en su mayor parte cristianos, pero arrianos. De ellos recibieron otras muchas tribus germanas -suevos y burgundiosla fe cris­tiana. El camino hacia la confesión católica no fue fácil. Her­menegildo (+ 585), hijo del rey visigodo, estaba casado con una princesa franca católica. Esta no sólo rehusó hacerse arriana, sino que su marido se hizo católico y se rebeló contra su padre. Pero en la confrontación armada, venció el rey arriano Leovigil­do, quien mandó matar a su hijo prisionero. Pero el hijo menor del rey, y su sucesor, Recare­do, se pasó igualmente al catolicis­mo en el año 587. Bajo su gobierno, a finales del siglo VI, se realizó la unión con la Iglesia.

En el breve período de tiempo hasta la invasión de los mahometanos (711), en la Iglesia de España alcanzó un primer flo­recimiento la actividad espiritual, como atestigua la imponente personalidad de San Leandro de Sevilla y su hermano y sucesor en el arzobispado, San Isidoro de Sevilla (+ 633), el escritor latino más célebre del siglo VII, compilador y transmisor de la antigua ciencia eclesiástica. Su saber enciclopédico quedó plasmado en su obra capital las Etimologías. Tras la muerte de San Isidoro, los centros culturales se trasladaron de la zona mediterránea al interior de Hispania, volviendo a florecer de nuevo Toledo con San Ildefonso y San Julián de Toledo. El Liber de virginitate s. Mariae de San Ildefonso representa un hito fundamental en la historia del culto a la Virgen María.

Y, después de la invasión de los árabes, los ibe­rorromanos y godos permanecieron en su mayoría fieles a la fe cristiana bajo el nombre de mozárabes, con su rito propio. Sólo en Asturias se mantuvo un reino cristiano independiente, desde el cual se inició más tarde la "recon­quista".

 

Historia de la Iglesia Edad Media: Iglesia irlandesa

2. Irlanda e Inglaterra

Sin embargo, para la historia de la Iglesia medieval, tuvieron mayor importancia las dos Iglesias de las Islas Británicas. Ambas, con la actividad evangelizadora de sus misioneros itinerantes, intentaron la conversión de los germa­nos del con­tinente. Al mismo tiempo tuvieron un gran influjo en el monacato, en la organización de la penitencia y en la organiza­ción de toda la vida cristiana del continente.

La Iglesia más antigua es la formada por la cristiandad cel­ta de Britania, nacida al tiempo de la conquista romana en el siglo II. Pero este cristianismo se derrumbó como Iglesia celta al mismo tiempo que la soberanía romana. En el año 410, con la retirada de las legiones romanas, los cristianos celtas de la Isla, llegaron por primera vez al continente, llegando en el si­glo VI hasta España. Los encontramos en Galicia con sus obispos británicos. En Inglaterra sólo quedó un resto de cristianos, que se retiraron a la zona montañosa del Oeste.

De la vitalidad de este floreciente resto de la Iglesia bri­tánica dio testimonio su fuerza misionera. De ella procedió la misión de Escocia y de Irlanda. La conversión de Irlanda, la Isla Verde, fue obra del hijo de un diácono británico, San Patricio. Raptado a los 16 años por los piratas irlandeses fue llevado a la verde Erín. Allí encontró a Dios. Al cabo de seis años logró huir al continente, llegando a Italia donde completó su formación teológica, siendo consagrado obispo. De Italia, junto con otros compañeros británicos y ga­los, partió a la misión de Irlanda hacia el año 431.

La organización de la Iglesia de Irlanda fue completamen­te monacal, aunque no fuera ese el deseo de San Patricio. Pero las fuerzas monacales eran tan preponderantes que, a partir del siglo VI, se impusieron en la constitución ecle­siástica. Los conventos, y no la diócesis, eran los únicos centros de la administración eclesiástica. Y los monjes, en su calidad de obispos o sacerdotes, fueron los encargados de la cura pasto­ral. La Iglesia de la misión irlandesa era además una Iglesia completamente nacional y, hasta, tribal. La parro­quia monásti­ca se correspondía con el distrito del clan, cuyo jefe era el fundador, protector y propie­tario del monasterio. La dignidad abacial pasaba por herencia de generación en generación a sobrinos o primos. El clan se sentía responsable de la manu­tención y del crecimiento de su comunidad monástica: todo décimo hijo pertenecía al convento. Y, a la in­versa, el con­vento servía a la tribu de iglesia y escuela.

Las abadías fueron centros de agrupaciones pastorales propias, que se reunían en torno a la casa madre y a sus filiales, pero que desbordaban el marco territorial de las antiguas diócesis, circunscritas a los pequeños reinos. Y muchas de estas abadías no tenían como obispo a su abad, sino que la consagración de obispo era conferida a uno de los monjes. Pero en ese caso, no era el obispo, sino el abad quien regía la grey. Así los conventos irlandeses dependieron en gran parte de abades que no eran sacerdotes y hacían que los ritos de la consagración fueran celebrados por obispos-monjes. Estos obis­pos sufragáneos, en sus peregrinacio­nes, hicieron con frecuen­cia uso y abuso de sus facultades de consagración, provocando numerosos conflictos con la jerarquía del continente. En realidad, después de la retirada de las tropas romanas de Britania esta Iglesia se sintió aislada, con muy pocas posibilidades de contacto con Roma.

Sin embargo sus representantes no quisieron otra cosa que mantener en pie la fe recibida de los príncipes de los apósto­les, por quienes sentían una profunda veneración y cuyos sepulcros eran la meta de sus peregrinaciones. En tiempos del papa Boni­fa­cio IV (608-615), San Columbano el Joven, misionero en el continen­te, atestigua la estrecha unión de la Iglesia celta con la Cathedra romana. La Iglesia celta insular no estuvo, pues, desligada de Roma, aunque en ella se afirmó el primado de lo pneumático o es­piritual sobre lo jurisdiccio­nal durante más tiempo que en las restantes Iglesia de Occidente. El mismo San Columbano, que atestigua la unión de la Iglesia celta con Roma, echa en cara con toda franqueza al papa el fallo de su predecesor Virgilio: "La impor­tancia de la sede apostólica lleva consigo la obligación de man­tenerse alejada de toda impureza de la fe, porque en caso contra­rio la cabeza de la Iglesia se convierte en cola y los simples cristianos pueden juzgar al papado".

Así, pues, el cristianismo monástico de Irlanda alcanzó un apogeo extraordinario y se convirtió en foco de amplia irradia­ción para la historia de la Iglesia. Irlanda es la isla de los santos. En esta iglesia se dio una síntesis de forma­ción espi­ritual-cultural y actitud ascético-religiosa. Los monasterios irlandeses desempeñaron un gran papel en la con­servación y transmisión de la cultura grecorromana. Aunque su aislamiento favoreció también toda una serie de particularida­des eclesiásti­cas: cómputo de la Pascua, eucaristía, traje talar y peinado del cabello y sobre todo en la práctica de la penitencia...Su supe­rioridad cultural se ve en el conocimiento de la lengua griega, cuando ya en otras partes se había perdi­do, y en la presencia de aquellos personajes tan doctos, llamados todos ellos Escoto: Escoto Eriúgena (+ hacia 877), Sedulio Escoto (+ 858), Mariano Escoto (+1082) y Duns Escoto (+1308).

Muchos de estos monjes irlandeses, que habían sido pasto­res de almas en su tierra, partieron en grupo de sus conventos hacia otras tierras. Y cuando se encontraban entre paganos, se hacían misioneros. De ellos sobresalen, entre otros, los dos Columbanos: el Viejo y el Joven (sin que haya parentesco entre ellos, aunque lleven el mismo nombre). Columbano el Viejo (+ 597) partió del con­vento de Jona y fue apóstol y evangelizador de los pictos de Escocia. Y Columbano el Joven (+ 615) que partió del convento de Bangor de Irlanda y fue el renovador de la Iglesia franca. Entre los años 590-612, durante el pontificado de Gregorio I, fundó monasterios en la Galia, en la zona de los alemanes y en Italia septentrional. Su monasterio más célebre es el de Bobbio, donde murió en el año 615 [7]. Estos monasterios se convirtieron en planteles de misione­ros galos y francos, que ejercieron una gran influencia renovadora en toda la Iglesia franca y, junto con los misioneros irlandeses, llevaron el cristianismo a los germanos aún paganos, que habían caído bajo el dominio de los francos. Así, las pecu­liaridades de la Iglesia irlandesa fueron trasplan­tadas en primer lugar a la Galia y luego a Alemania, dando su impronta a la vida monásti­ca y a la ascética cristiana.

Los reyes merovingios no emplearon para la misión ninguna clase de medios de coacción, pero sí promovieron directamente la restauración de la Iglesia y la misión evangelizadora. Teodoberto II envió a San Columbano y a sus compañeros a los lagos de Zurich y de Constanza y Dagoberto I destinó monjes de Luxeuil a los campos francos de la Galia septentrional. Los clérigos y monjes que trabajaban en la misión evangelizadora gozaban de la protección regia y recibían ayuda material.

A principios del siglo VIII casi todos los pueblos alemanes habían oído la predicación del Evangelio, aunque la iglesia no estuviera aún muy organizada y la fe estuviera mezclada con muchas supersticiones. San Wilibrordo (+739) fue el verdadero apóstol de los frisones desde la ciudad de Utrecht como centro de su expansión misionera. Pero el más importante de todos los misioneros anglosajones, fue San Bonifacio, nacido en Wessex en el 672, monje de San Benito, misionero infatigable y organizador de la iglesia alemana, con fracasos y persecuciones hasta morir martirizado con otros 52 compañeros en el año 754. Fue enterrado en el monasterio de Fulda. Especialmente importante fue el influjo de todos estos monjes insulares en la praxis de la penitencia. Con ellos se transformó la práctica de la penitencia pública, vigente en la Iglesia antigua, en peniten­cia privada, con una fuerte acentua­ción del aspecto de la satisfacción o ex­piación de los pecados. De este modo se introdujo la confesión frecuente y se difundieron los Libros penitenciales con sus tari­fas reguladoras de los distintos tipos de penitencia individual correspondientes a cada pecado.

También la vida ascética y sacrificada de estos monjes dio un fuerte impulso a la profundización de la vida cristiana y entre los pa­ganos se dieron muchas conversiones. Pero debido, sobre todo, a sus peculiaridades propias, no dejaron de ser considerados como extraños al continente y tuvieron que sufrir continuos roces con los poderes temporales, que sospechaban que los monjes estaban al servicio de los intereses francos. Estas misiones no estaban muy planificadas. Los misione­ros individuales o cada grupo de misioneros no trabajaron muy unidos entre sí, ni quienes entre ellos eran obispos se preo­cuparon de organizar obispados donde pudieran incardinarse los sacerdotes por ellos ordenados. En general faltó la apertura a la Iglesia universal, en concreto, su conexión con Roma. No obstante, Columbano se dirigió a Roma, a Gregorio Magno, para conseguir apoyo contra los obispos francos.

Con este apoyo contó la misión anglosajona, que tuvo resul­tados duraderos entre los frisones y los francos. La conversión de los anglos y sajones, los pueblos germánicos que irrumpieron en Inglaterra hacia el año 450, fue iniciada primero por la Iglesia británica y poco después por la irlan­desa. Pero fueron los escoceses quienes convirtieron a la gran mayoría de los an­glosajones. La Iglesia británica estuvo estrechamente vinculada a Roma. Ese es el mérito de Gregorio Magno. La Inglaterra cris­tiana es una creación de sus envia­dos. Por eso esa Iglesia fue la más romana del Occidente. Y, por eso, cien años después, desde ella, San Bonifacio reorganizó la Iglesia franca, uniéndola estrecha­mente con el centro de la Iglesia.

La verdadera iniciativa de la evangelización de los anglosajones partió de San Gregorio Magno. En el año 595 Gregorio Magno mandó al administra­dor del patrimo­nio pontificio a la Galia ha­cer acopio de jóvenes anglosajones para el servicio en los monas­terios y un año después envió a las Islas británicas a cuarenta benedictinos de su propio convento romano de San Andrés. Y ya en el año 597 se produjo la primera conversión en masa.

En el año 601 se convirtió al cristianismo el rey Etelberto de Kent gracias a su esposa católica, Berta. Sin embargo a la muerte del rey Etelberto y de San Agustín se produjo una reacción pagana, que produjo un retroceso en toda la misión anglosajona. Pero diez años después se abrieron nuevas perspectivas a la evangelización en el norte de Inglaterra, donde reinaba el rey Aedwin de Deira, casado con una hija de Etelberto. Con la reina fue al norte de Inglaterra Paulino, uno de los misioneros de Kent, que fue consagrado obispo. El rey Aedwin planteó a la gran asamblea de su reino la cuestión de si había que abrazar el cristianismo. La asamblea optó por la conversión colectiva. El rey se bautizó en pascua del año 627 [9]. Así se fue difundiendo el cristianismo. Los monasterios fueron también aquí los centros principa­les de evangelización. Varios reyes y reinas llegaron a abdicar de sus coronas para terminar su vida como monjes o monjas.

A la muerte de Gregorio Magno surgieron varias controver­sias entre la Iglesia romano-anglosajona y la iro-escocesa. Por una parte estaba el tradicionalismo y terquedad celta y, por otra, la tendencia romana a la uniformidad. En vano se intentó en los Concilios de la Unión (602-603) de unificar el cómputo de la Pascua y los ritos del bautismo y la confirma­ción. Se llegó a acusar de herejía hasta la forma de la tonsu­ra irlandesa... Un logro definitivo se consiguió en el sínodo de Whitby (664), donde intervino y sancionó la discusión el rey Oswin, diciendo: "Y yo os digo: puesto que éste (Pedro) es el portero, no quiero es­tar en contradicción con él..., para que cuando llegue a la puerta del paraíso haya allí alguien que me abra y no se me vaya pre­cisamente el que tiene la llave". Con el apoyo real los anglosajones[10] emprendieron la guerra contra todos los usos y costumbres irlan­desas, regulando todo según el modelo romano. No obstante, hasta los siglos XI-XII en que se logró la plena integración, los ir­landeses siguieron luchando por su independen­cia.

En la evangelización de Inglaterra participaron también de forma destacada los monasterios de monjas, con sus abadesas de alto rango social y espiritual. Cien años después de su funda­ción, la Iglesia inglesa fue la más floreciente de todo el Occidente. Sus monasterios, cultural y espiritualmente muy ac­tivos, dieron sabios, misioneros y santos. Entre los sabios hay que des­tacar a Beda el Venerable (+735) que escribió una historia ecle­siástica de los ingleses (Historia ecclesiastica gentis Anglorum) y selectas Questiones con capítulos teo­lógicos, que le hacen ser un precursor de la Escolástica.

Habría que reseñar también la evangelización de los países escandinavos: San Ascario evangelizó Dinamarca; San Rimberto, Suecia. También hay que recordar la evangelización de los pueblos de la Europa oriental, al menos a los Santos Cirilo y Metodio: A partir del año 803 Carlomagno envió misioneros desde Salzburgo a Moravia, pero el rey Ratislao, para evitar la influencia alemana, los despidió y pidió misioneros a Bizancio. El emperador Miguel III le envió a los hermanos Cirilo y Metodio, que lograron la conversión de todo el pueblo. Introdujeron el idioma eslavo en la liturgia y tradujeron la Biblia al eslavo, creando un alfabeto propio. Llamados a Roma por Nicolás I en el año 867, Cirilo murió allí. Metodio fue consagrado arzobispo y nombrado vicario apostólico. Murió en el año 885.

 

Historia de la Iglesia Edad Media: Gregorio Magno

d) GREGORIO MAGNO

En medio de la confusión de los siglos VI y VII, la Iglesia, inmersa en la barbarie de aquellos tiempos, no aban­donó su tarea misionera, llegando a todas partes. El papa Gregorio Magno (590-604) es el hombre que por sus méritos históricos es considerado tan importante como el último gran papa de la Antigüedad, San León Magno. Gregorio Magno es el primer gran papa del nuevo mundo que despierta. Su obra fue deci­siva para toda la Edad Media. El, como romano, se dio cuenta en seguida del peligro enorme que acechaba en las iglesias territoriales germánicas. El vio la necesidad de que el sucesor de Pedro dirigiese a toda la jerarquía de la Igle­sia para evitar la esci­sión de la Iglesia. En su carrera anterior al servicio del Impe­rio y como monje después, bajo la mesurada regla de San Benito, estaba preparado para gobernar la Iglesia con su sabiduría car­gada de humanidad. El vivió la palabra del Evange­lio: "el más grande de vosotros sea servidor vuestro" (Mt 23,11). Frente a los bárbaros dirigió personal­mente la defensa de Roma, pero sin olvi­dar su carácter sacer­dotal, que le impulsaba a buscar a los bár­baros para conver­tirlos a la verdadera fe.

Mucho tiempo y energías dedicó Gregorio Magno a mejorar la situación del clero que, en todas partes, pero especialmente en Francia, había descendido al más bajo nivel. Para el clero escribió su Regula pastoralis, donde hace una significativa semblanza del verdadero pastor. Para él la acción pastoral era "el arte de las artes": "ars est artium regimen animarum". Durante siglos este libro gozó de una enorme estima entre el clero. Junto al deber del examen cotidiano inculcaba al clero especialmente el celo por la recta predicación de la fe. La predicación debía practicarse durante la celebración de la Eucaristía, exponiendo sobre todo el evangelio del día. De sus propias homilías sobre el Evangelio se han conservado unas 40. En un lenguaje deliberadamente sencillo, lleno de ejemplos de la vida diaria, quiere llegar al corazón de los fieles.

Como monje que había sido, siguió de Papa llevando el monacato en su mente. Prestó ayuda económica a los monasterios caídos en la miseria y se preocupó igualmente por renovar la vida monástica. A los monjes dirige su voluminosa abra Moralia in Job, nacida de conferencias orales, refundidas después. En esta obra y en las 22 Homilías sobre Ezequiel, también dirigidas a los monjes, San Gregorio expresó sus ideas sobre la moral cristiana, sobre la piedad y la aspiración a la perfección. Su piedad personal, reflejada también en sus escritos, se alimentaba sobre todo en la Escritura y en San Agustín.

Aunque estaba penetrado de la idea de que el mundo envejeci­do se acercaba al fin, esta convicción no le alienó por un instante de su actividad, incluso en medio de sus constantes dolencias. La tensión escatológica le impulsó con fuerza a la obra evangeli­zadora de la Iglesia. La gloria especial de Gregorio Magno en la historia de la Iglesia proviene de su actividad misionera, dirigida particu­larmente a los anglosajones, sin perder de vista a los fran­cos. Su misión en Inglaterra la comenzó en el año 595. Desde entonces fue creando iglesias entre los pueblos de más allá del Mar del Norte, pero fuertemente unidas con el centro, con Roma. Con su humanismo romano, pensó que no se podía lograr de la noche a la mañana una transformación interior, una conver­sión real de todo un pueblo. Por eso defendió el principio de aceptar, en la medida de lo posible, los usos y costumbres tradicionales de cada pueblo y, en vez de eliminarlos, llenar­los de espíritu cristiano: "No se puede quitar todo a los incultos. Quien quiere alcanzar la cota más elevada, sube paso a paso, no de una vez". Para cate­quizar a las masas incultas, que no sabían leer, se sirvió de las imágenes, cosa que tanto le criticará más tarde Calvino.

Con prudencia pastoral (y no siempre con la parresía apos­tólica), a pesar de las anomalías que se daban en la Iglesia merovingia en la provisión simoniaca de las sedes episcopales y las inmoralidades del clero, respetó los dere­chos de los reyes en cuanto a la convocatoria de los concilios y el cumplimiento de sus acuerdos, tratando de conseguir la reforma con ellos y por ellos. De este modo, apoyado en la veneración que los germanos sentían por San Pedro, Gregorio Magno se convirtió en una auto­ridad paterna para ellos, lle­gando a llamar "hijos" a los podero­sos reyes bárbaros y como tales corregirlos. Sin menoscabo de la jurisdicción papal, respetó y alentó también a los obispos y re­yes de la Iglesia visigoda de España, que poco antes de su ponti­ficado se había convertido del arrianismo a la fe católica. A su amigo San Leandro de Sevilla le envió el palio y al rey Recaredo, en agradecimiento por su declaración de lealtad, le envió algunas preciosas reliquias y un escrito sobre los deberes de un rey cristiano.

Pero, esta adaptación pastoral, que le llevó a respetar usos y costumbres de los pueblos germanos, iba acompañada en él de una gran vida interior de fe. Las raíces más hondas de su fortaleza no estaban en su formación romana, sino en su vida de fe. Hered­ero de una rica familia, renunció a su brillante carrera para en­trar en el convento que él mismo había fundado en su palacio ro­mano. Su espíritu ascético está atestiguado en sus escritos, algunos de los cuales dominaron toda la Edad Media: su regla pasto­ral para el clero, sus homilías y más de 800 cartas. Naturalmen­te, la alta y profunda espiritua­lidad de la antigua teología  ya se había perdido. En compara­ción, las obras de Gregorio, en su contenido y en su forma, fueron de modesta categoría, pero para las gentes de entonces (incluidos los monjes) fueron válidas y fecundas.

Muy en consecuencia con el carácter de Gregorio discurrió también la organización del papado. En la línea que va de León Magno a Gregorio VII, reivindicó para sí el primado de la Silla de Pedro, a la vez que rechazaba el título de "obispo universal", como expresión de una indebida presunción. El quería ser fiel a su exhortación al clero "más servir que mandar" (Cfr. 1Pe 5,1-3). Gregorio se llamaba a sí mismo servus servorum Dei, entendiendo su primado como servicio y no como dominio sobre los demás obis­pos. El rige la Iglesia en cuanto que sirve a los hermanos (Cfr. Lc 22,26ss). Gregorio VII, no obstante su indiscutible humildad y su disposición de servicio, entenderá que su servicio a la Iglesia se expresa en el hecho de regir a la Iglesia.

Gregorio Magno, tratándose de cuestiones de fe, no retro­cede, pero en los asuntos de orden disciplinar, que atañen por igual al orden secular y al eclesiástico, asuntos políticos-eclesiásticos, entonces se contenta con una obediencia tole­rante al emperador, aunque le señale a veces que va en contra de la voluntad de Dios. Para él, el emperador, como cristiano y como protector de la Iglesia, debe ser personalmente respon­sable de su determinación ante Dios.

Sobre San Gregorio Magno, aquejado de continuas enferme­da­des, que apenas podía caminar -es el espíritu de fe el que vivifica-, recayó prácticamente la dirección política de Roma, al haber desaparecido el Senado. Además, con el incremento del pa­trimonio de Pedro, se acrecentó el poder externo del Papa. Con la nueva ordenación económica del patrimonio de Pedro, Gregorio puso de hecho los cimientos de los futuros Estados Pontificios. Sin advertirlo y sin quererlo, el papa se convirtió en jefe político. Pero el objetivo de su actividad econó­mica, al disponer de trigo y de dinero, fue atender a los necesitados, a los prófugos y a los prisioneros. Fue el padre y el prototipo del obispo de la primera Edad Media.



     [1] Aunque no siempre los príncipes -el arriano Teodorico apoyó a los obisposy pueblos arrianos persiguieron a los católicos, lo cierto es que el arrianismo, junto a las continuas migraciones, dificultaban el arrai­gamiento del mensaje cristiano. Pero, al mismo tiempo, con tantos cambios materia­les, económicos, morales, religiosos y cultura­les, la Iglesia se vio impulsada a un cambio en su pastoral.

     [2] El bautismo lo administró San Remigio el día de navidad de 498 o 499. El patetismo del momento aparece en la frase célebre de la alocución de San Remigio: "Humilde inclina tu cuello, Sicombro; adora lo que has quemado y quema lo que has adorado".

     [3] No sólo tuvo que vencer oposiciones externas, sino también sus dudas interiores. Por deseo de su esposa Clotilde se bautizaron en la religión católica sus dos primeros hijos, siendo Clodoveo aún pagano. Pero inmediatamente después del bautismo, el primer hijo murió. Supersticioso, Clodoveo lo achacó al bautismo: "Si el niño hubiese sido consagrado en nombre de mis dioses, todavía viviría". Es más, también el segundo hijo se enfermó; con rencor reprochará a Clotilde: "No puede menos de sucederle como a su hermano: que bautizado en nombre de vuestro Cristo, muera". Pero el hijo sanó. Esto le devolvió la duda y esperó un signo positivo para aceptar el catolicismo, signo que halló en la batalla contra los alemanes; sintiéndose derrotado, invocó al Dios de los cristianos: "Jesucristo, al que Clotilde proclama como Hijo del Dios vivo, tu gloria y tu poder invoco: otórgame la victoria sobre estos enemigos y creeré en ti y me bautizaré en tu nombre". Al vencer, se decidió a bautizarse, considerando la victoria como una señal de Dios. Este es el relato de San Gregorio de Tours en su Historia de los Francos.

     [4] Venancio Fortunato llegó a llamar al rey Childeberto "nuestro rey y sacerdote Melquisedec".

     [5] Las teorías de la inculturación y de la liberación in­vierten este orden.

     [6] Por ejemplo Wilibrordo en Helgoland.

     [7] Otros monjes célebres fueron San Gall, evangelizador del norte de Suiza, que fundó el famoso monasterio que lleva su nombre (*640). También hay que recordar a San Ruperto, apóstol de Baviera, que fundó el monasterio de San Pedro en Salzburgo. Y con ellos San Fridolín, misionero de la Selva Negra, San Severino, evangelizador de Austria...

     [8] El relato de Beda el Venerable sobre la discusión de la gran asamblea del reino es un importante monumento de la historia de la evangelización de los germanos. Muestra que la decisión en favor del cristianismo se debió a que éste respondía a la pregunta por el sentido y la meta de la vida humana: "La vida presente del hombre sobre la tierra, oh rey, decía uno de los grandes, se parece a un gorrión que atraviesa volando tu casa, donde tú en invierno estás sentado a la mesa con tus duques y tus servidores alrededor del fuego en una habitación caldeada, mientras fuera braman por todas partes los temporales de lluvia y de nieve. El gorrión entra volando por un portal y en seguida vuelve a salir por otro. Mientras está dentro, no le afecta la furia del invierno. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, ha pasado volando los exiguos momentos de alegre despreocupación y ya desaparece de tus ojos, volviendo al invierno de donde vino. Así parece la vida del hombre: un breve instante; pero lo que pueda seguir, no lo sabemos. Si, pues, esta doctrina aporta algo más de certeza sobre dónde vamos y de dónde venimos, con razón habría que seguirla" (Hª eccl. II,13).

     [9] Esto sucedió al menos unas 33 veces. Y desde el siglo VII al XI se habla por lo menos de 23 reyes santos y de 60 reinas y princesas santas en los siete reinos anglosajones.

     [10] En el sínodo de Whitby (664), el obispo franco Agilberto de Wessex y su discípulo anglosajón, el abad Wilfrido de Ripon, sostenían el punto de vista romano contra Colman de Lindisfarne. Cuando Wilfrido invocó la autoridad de Pedro citando el pasaje de Mateo 16,18, intervino el rey: "Colman, ¿verdaderamente el Señor dijo esto a Pedro? El respondió: ¡Así es, oh rey! Luego preguntó el rey: ¿Tenéis vosotros algo de tal fuerza que alegar en favor de vuestro Columbano? Aquel respondió: Nada. Entonces dijo el rey: Así, pues, ¿estáis ambos de acuerdo sin discusión en que eso fue dicho en primera línea a Pedro y que a él fueron entregadas por el Señor las llaves del reino de los cielos? Ambos respondieron: Sí. Entonces zanjó el rey la discusión: Y yo os digo: Este es el portero, al que no quiero contradecir; más bien deseo obedecer en todo sus disposiciones según mi saber y poder, no sea que si me presento ante la puerta del cielo, no haya nadie para abrirme por haberse apartado de mí el que, según consta, posee las llaves" (Beda, Hª eccl. III,25).

     [11] El papa León XIII le declaró doctor ecclesiae.

     [12] La introducción de la lengua vulgar en la liturgia les granjeó la oposición de muchos, que no aceptaban más que tres lenguas sagradas -hebreo, griego y latín-, porque sólo ellas habían sido santificadas por la inscripción de la cruz.

Historia de la Iglesia Edad Media


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