Jesucristo, vida del alma II
DOM COLUMBA MARMION, O.S.B.
SEGUNDA PARTE
Fundamento y doble aspecto de la vida cristiana
1 La fe en Jesucristo, fundamento de la vida cristiana
La fe, primera disposición del alma, y cimiento de la vida sobrenatural
En las pláticas anteriores, que forman como una exposición de conjunto, he procurado explicaros la economía de los divinos designios, considerada en sí misma.
Hemos contemplado el plan eterno de nuestra predestinación adoptiva en Jesucristo: la realización de ese plan por la Encarnación, siendo Cristo, Hijo del Padre, a la vez nuestro modelo, nuestra redención y nuestra vida hemos tratado en fin de la misión de la Iglesia, que, guiada por el Espíritu Santo, prosigue en el mundo, la obra santificadora del Salvador.
La excelsa figura de Cristo domina todo este plan divino; en ella se fijan las ideas eternas; El es el Alfa y la Omega. Antes de su Encarnación en El convergen las figuras, símbolos, ritos y profecías, y después de su venida, todo también esta supeditado a El; es verdaderamente «el eje del plan divino».
También hemos visto cómo ocupa el centro de la vida sobrenatural.- Lo sobrenatural se encuentra primeramente en El: Hombre-Dios, humanidad perfecta, indisolublemente unida a una Persona divina, posee la plenitud de la gracia y de los celestiales tesoros, de los cuales mereció por su pasión y muerte ser constituido dispensador universal.
El es el camino, el único camino para llegar al Padre Eterno; «El que no anda por él, se extravía». «Nadie llega al Padre si no va a través del Hijo» (Jn 14,15); «fuera de ese fundamento por Dios preestablecido, no hay nada firme». «Nadie puede edificar sobre otra base...» (1Cor 3,2). Sin ese Redentor y la fe en sus méritos, no hay salvación posible, y menos todavía santidad (Hch 4,12).- Cristo Jesús es la única senda, la única verdad, la única vida. Quien se aparta de ese camino, se aparta de la verdad, y busca en vano la vida: «Quien tiene al Hijo tiene la vida, y quien no tiene al Hijo carece de ella» (1Jn 5,12).
Vivir sobrenaturalmente es participar de esa vida divina, de la que Cristo es el depositario. De El nos viene el ser hijos adoptivos de Dios, y no lo somos sino en la medida en que somos conformes al que es por derecho Hijo verdadero y único del Padre, pero que quiere tener con El una multitud de hermanos por la gracia santificante. A esto se reduce toda la obra sobrenatural considerada desde el punto de vista de Dios.
Cristo vino a la tierra a realizarla: «Para que alcanzáramos la dignidad de hijos adoptivos» (Gál 4,5); para eso también transfirió a la Iglesia todos sus tesoros y poderes, enviándola de continuo el «Espíritu de Verdad» y de santificación para que dirija, guíe y perfeccione con su acción la obra santificadora hasta que el cuerpo místico llegue, al fin de los tiempos, a su entera perfección. La bienaventuranza misma, fin de nuestra sobrenatural adopción, no es sino una herencia que Cristo ha tenido a bien compartir con nosotros: «Herederos de Dios, coherederos de Cristor» (Rm 8,17).
De modo que Cristo es, y seguirá siendo, el único objeto de las divinas complacencias; y si un mismo amor abarca con eterna mirada a todos los elegidos que forman su reino, es sólo por El y en El. «Cristo ayer y hoy; Cristo por los siglos de los siglos» (Heb 13,8).
He aquí lo que hasta ahora hemos considerado. Pero de bien poco nos serviría el entretenernos en contemplar de una forma exclusivamente teórica y abstracta este plan divino en el que resplandece la sabiduría y bondad de nuestro Dios.
Hemos de adaptarnos prácticamente a ese plan, so pena de no pertenecer al reino de Cristo; de esto precisamente nos ocuparemos en las siguientes pláticas. Me esforzaré en mostraros de qué forma la gracia toma posesión de nuestras almas por el Bautismo; la obra de Dios que se va elaborando en nosotros; las condiciones de nuestra cooperación personal como criaturas libres, de modo que nos hagamos lo más dignos que sea posible de participar activamente de la vida divina.
Vamos a ver cómo el fundamento de todo este edificio espiritual es la fe en la divinidad de Nuestro Señor, y cómo el Bautismo, puerta de todos los sacramentos, imprime en toda nuestra existencia un doble carácter, de muerte y de vida: «de muerte al pecado» y de «vida en Dios».
En el admirable discurso que pronunció en la última Cena, la víspera de morir, y en el que parece descorrió el Señor un poquito el velo que nos oculta los secretos de la vida divina, nos dijo Jesús que «es una gloria para su Padre el que demos frutos abundantes» (Jn 15,8).
Procuremos desarrollar en nosotros esta cualidad de hijos de Dios cuanto podamos, porque así nos conformaremos con los designios eternos: pidamos a Cristo, Hijo único del Padre, y modelo nuestro, que nos enseñe practicamente, no sólo cómo vive El en nosotros, sino también cómo hemos nosotros de vivir en El; porque ahí está el secreto, ése es el único medio a nuestro alcance para ponernos en disposición de poder rendir los frutos copiosos por los cuales el Padre podrá considerarnos como a hijos suyos muy queridos. «Si alguien permanece en mí y yo en él, ese tal dará fruto abundante» (ib. 5).
He dicho, y quisiera que esa verdad quedase grabada en el fondo de vuestras almas, que toda nuestra santidad consiste en participar de la santidad de Jesucristo, Hijo de Dios. ¿De que modo lograremos esa participación? -Recibiendo en nosotros al mismo Jesucristo, que es la única fuente de esa santidad. San Juan, hablando de la Encarnación, nos dice que «todos los que han recibido a Jesucristo han recibido el poder de ]legar a ser hijos de Dios». Pero, ¿cómo se recibe a Cristo, Verbo humanado? Primero y principalmente, por la fe: «A los que creen en su persona» (Jn 1,12).
Dícenos San Juan, por tanto, que la fe en Jesucristo es la que nos hace hijos de Dios, y no de otro modo se expresa San Pablo cuando dice. «Sois todos vosotros hijos de Dios mediante la fe en Jesucristo» (+Rm 3, 22-26). En efecto, por medio de la fe en la divinidad de Jesucristo, nos identiíicamos con El, le aceptamos tal cual es, Hijo de Dios y Verbo encarnado; la fe nos entrega a Cristo; y Jesucristo, a su vez, introduciéndonos en el dominio de lo, sobrenatural, nos presenta y ofrece a su Padre.- Y cuanto más perfecta, profunda, viva y constante sea la fe en la divinidad de Cristo, tanto mayor derecho tendremos, en calidad de hijos de Dios, a la participación de la vida divina. Recibiendo a Cristo por la fe, llegamos a ser por la gracia lo que El es por naturaleza, hijos de Dios; y entonces esa nuestra condición de hijos reclama de parte del Padre celestial una infusión de vida divina; nuestra calidad de hijos de Dios es como una oración continua: a ¡Oh Padre santo, dadnos el pan nuestro de cada día, es decir, la vida divina, cuya plenitud reside en vuestro Hijo!»
Hablemos, pues, de la fe.- La fe constituye la primera disposición que se exige de nosotros en nuestras relaciones con Dios: «El primer contacto del hombre con Dios es por la fe» [Prima coniunctio hominis ad Deum per fidem. Santo Tomás, IV Sent., dist. 39, a. 6, ad 2; Est aliquid primum in virtutibus directe per quod scilicet iam ad Deum acceditur. Primus autem accessus ad Deum est per fidem. II-II, q.161, a.5, ad 2. +II-II, q.4, a.7, et q.23, a.8]. Lo mismo dice San Agustín: «La fe es la que se encarga en primer término de sujetar el alma a Dios» [Fides est prima quæ subiugat animam Deo. De agone christiano, cap.III, nº.14]. Y San Pablo añade: «Es necesario que los que aspiran a acercarse a Dios empiecen por creer ya que sin fe es imposible agradarle» (Heb 11,5-6); y más imposible aún el llegar a gozar de su amistad y permanecer hijos suyos» [Impossibile est ad filiorum eius consortium pervenire. Conc. Trid., Sess. VI, cap.8].
Como veis, la materia no es ya sólo importantísima sino vital.- No comprenderemos nada de la vida espiritual ni de la vida divina en nuestras almas, si no advertimos que se halla toda ella «fundada en la fe» (Col 1,23), en la convicción íntima y profunda de la divinidad de Jesucristo. Pues, como dice el Sagrado Concilio de Trento: «La fe es raíz y fundamento de toda justificación y, por consiguiente, de toda santidad» [Fides est humanæ salutis initium, fundamentum et radix omnis iustificationis. Sess. VI, cap.8].
Veamos ahora lo que es la fe, su objeto y de qué forma se manifiesta.
1. Cristo exige la fe como condición previa de la unión con él
Consideremos lo que ocurría cuando Jesucristo vivía en Judea.- Veremos, al recorrer el relato de su vida en los Evangelios, que es la fe lo que ante todas las cosas reclama de cuantos a El se dirigen.
Leemos que cierto día dos ciegos le seguían gritando: «Hijo de David, ten piedad de nosotros». Jesús deja que se le acerquen, y les dice: «¿Creéis que puedo curaros?» A lo que responden: « Sí, Señor». Entonces tócales los ojos y les devuelve la vista, diciendo: «Hágase conforme a vuestra fe» (Mt 9, 27-30). Del mismo modo, luego de su Transfiguración, encuentra, al pie de la montaña del Tabor, a un padre que le suplica que cure a su hijo poseído del demonio. Y, ¿qué le dice Jesús? «Si puedes creer, todo es posible al que cree». No hizo falta más para que el desventurado padre exclamara: «Creo, Señor pero ayudad la flaqueza de mi fe» (ib. 17, 14-19; Mc 9, 16-26; Lc 9, 38-43). Y Jesús liberta al niño. Al pedirle el jefe de la sinagoga que resucite a su hija, no es otra la respuesta que éste recibe de Jesucristo: «Cree tan sólo y será salvada» (Lc 8,50).- Muy a menudo resuena esta palabra en sus labios; frecuentemente le oímos decir: «Id, vuestra fe os ha salvado, vuestra fe os ha curado». Se lo dice al paralítico, se lo dice a la mujer enferma doce años hacía y que acababa de ser curada por haber tocado con fe su manto (Mc 5, 25-34).
Como condición indispensable de sus milagros requiere la fe en El aun tratándose de aquellos a quienes más ama. Reparad en que cuando Marta, hermana de Lázaro, su amigo, a quien pronto resucitará, le da a entender que hubiera muy bien podido impedir la muerte de su hermano, Jesucristo le dice que resucitará Lázaro, pero quiere, antes de obrar el prodigio, que Marta haga un acto de fe en su persona: «Yo soy la Resurrección y la Vida. ¿Lo crees así?» (Jn 11, 25-26; +40 y 42).
Limita deliberadamente los efectos de su poder allí donde no encuentra fe; el Evangelio nos dice expresamente que en Nazaret «no hizo muchos milagros por razón de la incredulidad de sus moradores» (Mt 13,58). Diríase que la falta de fe paraliza, si así puedo expresarme, la acción de Cristo.
En cambio, allí donde la encuentra, nada sabe rehusar, y se complace en hacer públicamente su elogio con verdadero calor. Cierto día que Jesús estaba en Cafarnaúm, un pagano, un oficial que mandaba una compañía de cien hombres se le aproxima y le pide la curación de uno de sus servidores enfermo. Dícele Jesús: «Iré y le curaré». Pero el centurión le responde al punto: «Señor, no os toméis semejante molestia, que no soy digno de que entréis en mi tienda; decid simplemente una palabra y curará mi servidor; yo mismo tengo soldados a mis órdenes; y digo a éste: vete, y va; a aquel otro: vente, y viene; a mi criado: haz esto, y lo hace. Así, también bastará que digáis Vos una palabra, que conjuréis a la enfermedad para que desaparezca, y desaparecerá». ¡Qué fe la de este pagano! Por eso Jesucristo, aun antes de pronunciar la palabra libertadora, manifiesta el gozo que semejante fe le causa: «En verdad, que ni siquiera entre los hijos de Israel he podido encontrar una fe semejante. Debido a ello, vendrán los gentiles a tomar asiento en el festín de la vida eterna, en el reino de los Cielos, mientras que los hijos de Israel, llamados los primeros al banquete, serán arrojados a causa de su incredulidad». Y dirigiéndose al centurión: «Vete, le dice, y suceda confofme has creído» (ib. 8, 1-13; Lc 7, 1-10).
Tanto agrada a Jesús la fe, que ella acaba por obtener de El lo que no entraba en sus intenciones conceder.- Tenemos de ello un ejemplo admirable en la curación pedida por una mujer cananea. Nuestro Señor había llegado a las fronteras de Tiro y Sidón, región pagana. Habiéndole salido al encuentro una mujer de aquellos contornos, comenzó a exclamar en alta voz: «Tened piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es cruelmente atormentada por el demonio». Jesús, al principio, no le hace caso, y en vista de ello, sus discípulos ínstanle, diciendo: «Despachadla pronto, después de otorgarle lo que pide pues no deja de importunarnos con sus gritos». «Mi misión, les responde Cristo, es la de predicar solamente a los judíos». -A sus Apóstoles reservaba la evangelización de los paganos.- Pero he aquí que la buena mujer se postra a sus pies. «Señor, vuelve a decirle, socórreme». Y Jesús vuelve igualmente a replicar lo mismo que a los Apóstoles, bien que empleando una locución proverbial, en uso por aquel entonces, para distinguir a los judíos de los paganos.
No es lícito tomar el pan de los hijos para darlo a los perros». Al oír esto, exclama ella, animada por su fe:·«Cierto, Seiñor; pero los cachorritos comen al menos las migajas que caen de la mesa de sus amos». Jesús, conmovido ante semejante fe, no puede menos de alabarla y concederle al punto lo que solicita: «¡Oh mujer, tu fe es grande; hágase según tus deseos!» Y a la misma hora fue curada su hija (Mt 15, 22-28).
Trátase en la mayor parte de estos ejemplos, sin duda ninguna, de curaciones corporales; pero del mismo modo, y debido también a la fe, perdona Nuestro Señor los pecados y concede la vida eterna.- Considerad lo que dice a Magdalena, cuando la pecadora se arroja a sus pies y los riega con sus lágrimas: «Tus pecados han sido perdonados». La remisión de los pecados es, a no dudarlo, una gracia de orden puramente espiritual. Ahora bien, ¿por qué razón Jesucristo devuelve a Magdalena la vida de la gracia? -Por su fe. Jesucristo dicele exactamente las mismas palabras que a los que curaba de sus enfermedades corporales: «Vete; tu fe te ha salvado» (Lc 7,50).- Vengamos por fin, al Calvario. ¡Qué magnífica recompensa promete al Buen Ladrón, atendiendo a su fe! Probablemente era un bandido este ladrón; pero en la cruz, y cuando todos los enemigos de Cristo le agobian con sus sarcasmos y mofas: «Si realmente es, como lo dijo, el Hijo de Dios descienda de la cruz, y creeremos en El», el ladrón confiesa la divinidad de Cristo, al que ve abandonado de sus discípulos, y muriendo en un madero, puesto que habla a Jesus de «su reino», precisamente en el momento en que va a morir, y le pide un asiento en ese reino. ¡Qué fe en el poder de Cristo agonizante! ¡Cómo le llega a Jesucristo al corazón! «En verdad, tú estarás hoy conmigo en el Paraíso». Le perdona sólo por esta fe todos sus pecados, y le promete un lugar en su reino eterno. La fe era la primera virtud que Nuestro Señor exigía de los que se le acercaban, y la primera que ahora reclama de nosotros.
Cuando antes de su Ascensión a los Cielos envía a los Apóstoles a continuar su misión por el mundo, lo que exige es la fe; y podemos decir que en ella cifra la realización de la vida cristiana: «Id, enseñad a todas las naciones... el que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, será condenado». ¿Quiere esto decir que basta sólo la fe? -No; los Sacramentos y la observancia de los Mandamientos son igualmente necesarios, pero un hombre que no cree en Jesucristo, nada tiene que ver con sus Mandamientos ni con los Sacramentos. Por otra parte, si nos acercamos a sus Sacramentos, si observamos sus preceptos, es debido a que creemos en Jesucristo; por consiguiente, la fe es la base de nuestra vida sobrenatural.
La gloria de Dios exige de nosotros que durante el tiempo de nuestra vida terrenal le sirvamos en la fe. Ese es el homenaje que espera de nosotros y que constituye toda nuestra prueba, antes de llegar a la meta final. Llegará un día en que habremos de ver a Dios cara a cara; su gloria entonces consistirá en comunicarse plenamente en todo su esplendor y en toda la claridad de su eterna bienaventuranza; pero mientras estemos aquí abajo, entra en el plan divino que Dios sea para nosotros un Dios oculto; aquí abajo, quiere Dios ser conocido, adorado y servido en la fe; cuanto más extensa, viva y práctica sea ésta, tanto más agradables nos haremos a las divinas miradas.
2. Naturaleza de la fe: asentimiento al testimonio de Dios proclamando que Jesús es su Hijo
Pero me diréis: ¿en qué consiste la fe?-Hablando en general puede decirse que la fe es una adhesión de nuestra inteligencia a la palabra de otro. Cuando un hombre íntegro y leal nos dice una cosa, la admitimos, tenemos fe en su palabra; dar su palabra a alguien es darse uno mismo.
La fe sobrenatural es la adhesión de nuestra inteligencia, no a la palabra de un hombre, sino a la palabra de Dios.-Dios no puede ni engañarse ni engañarnos; la fe es un homenaje que se tributa a Dios considerado como verdad y autoridad supremas.
Para que este homenaje sea digno de Dios, debemos someternos a la autoridad de su palabra, cualesquiera que sean las dificultades que en ello encuentre nuestro espíritu. La palabra divina nos afirma la existencia de misterios que superan nuestra razón; la fe puede sernos exigida en cosas que los sentidos y la experiencia parecen presentarnos de muy distinta manera a como nos las presenta Dios; pero Dios exige que nuestra convicción en la autoridad de su revelación sea tan absoluta, que si toda la creación nos afirmara lo contrario, dijéramos a Dios, a pesar de todo: «Dios mío, creo, porque Tú lo has dicho».
Creer, dice Santo Tomás, es dar, bajo el imperio de la voluntad, movida por la gracia, el asentimiento, la adhesión de nuestra inteligencia a la verdad divina [Ipsum autem credere est actus intellectus assentientis veritati divinæ ex imperio voluntatis sub motu gratiæ. II-II, q.2, a.9].
El espíritu es el que cree, pero no por eso está ausente el corazón; y Dios nos infunde en el Bautismo, para que cumplamos este acto de fe, un poder, una fuerza, un «hábito»: la virtud de fe, por la cual se mueve nuestra inteligencia a admitir el testimonio divino por amor a su veracidad. En esto reside la esencia misma de la fe, bien que esta adhesión y este amor comprendan, naturalmente, un número de grados infinito.- Cuando el amor que nos inclina a creer, nos arrastra de un modo absoluto a la plena aceptación, teórica y práctica, del testimonio de Dios, nuestra fe es perfecta, y, como tal, obra y se manifiesta en la caridad [Fides nisi ad eam spes accedat et caritas neque unit perfecte cum Christo, neque corporis eius vivum membrum efficit. Conc. Trid., sess. VI, cap.7].
Ahora bien, ¿cuál es, en concreto, ese testimonio de Dios que debemos aceptar por la fe? -Helo aquí en resumen: Que Cristo Jesús es su propio Hijo, enviado para nuestra salvación y nuestra santificación.
Sólo en tres ocasiones oyó el mundo la voz del Padre, y las tres para escuchar que Cristo es su Hijo, su único Hijo, digno de toda complacencia y de toda gloria: «Escuchadle» (Mt 3,17; 17,5; Jn 12,28). Este es, según lo dijo nuestro Señor mismo, el testimonio de Dios al mundo cuando le dio su Hijo. «El Padre que me envió es quien dio testimonio de mí» (Jn 5,37. Véase todo el pasaje desde el v. 31).- Y para confirmar este testimonio, Dios ha dado a su Hijo el poder de obrar milagros: le ha resucitado de entre los muertos. Nuestro Señor nos dice que la vida eterna está supeditada a la aceptación plena de este testimonio. «Esta es la voluntad del Padre que me envió: que todo el que vea y crea en el Hijo, tenga la vida eterna» (Ib 6,40. +17,21); e insiste con frecuencia sobre este punto: «En verdad os digo que quienquiera que crea en Aquel que me envió, tiene la vida eterna... ha pasado de la muerte a la vida» (ib. 5,24).
Abundando en el mismo sentimiento, escribe San Juan palabras como éstas, que no nos cansaremos nunca de meditar: «Tanto amó Dios al mundo, que llegó a darle su único Hijo». ¿Y para qué se lo dio? «Para que todo el que crea en El no, perezca, antes bien, tenga la vida eterna», y añade a guisa de explicación: «Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que por su medio el mundo se salve; quien cree en El, no es condenado, pero el que no cree, ya está condenado por lo mismo que no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3, 16-18). «Juzgar» tiene aquí, como hemos traducido, el sentido de condensar, y San Juan dice que quien no cree en Cristo ya está condenado; fijaos bien en esta expresión: «Ya está condenado»; lo que equivale a enseñar que el que no tiene fe en Jesucristo en vano procurará su salvación: su causa está va desde ahora juzgada. El Padre Eterno quiere que la fe en su Hijo, por El enviado, sea la primera disposición de nuestra alma y la base de nuestra salvación. «Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna, mas quien no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (ib. 3,36).
Atribuye Dios tal importancia a que creamos en su Hijo, que su cólera permanece -nótese el tiempo presente: «permanece» desde ahora y siempre- sobre aquel que no cree en su Hijo. ¿Qué significa todo esto? Que la fe en la divinidad de Jesús es, en conformidad con los designios del Padre, el primer requisito para participar de la vida divina; creer en la divinidad de Jesucristo implica creer en todas las demás verdades reveladas. Toda la Revelación puede considerarse contenida en este supremo testimonio que Dios nos da de que Jesucristo es su Hijo; y toda la fe, puede decirse que se halla igualmente implícita en la aceptación de este testimonio. Si, en efecto, creemos en la divinidad de Jesucristo, por el hecho mismo creemos en toda la revelación del Antiguo Testamento que encuentra toda su razón de ser en Cristo; admitimos también toda la revelación del Nuevo Testamento, ya que todo cuanto nos enseñan los Apóstoles y la Iglesia no es sino el desarrollo de la revelación de Cristo.
Por tanto, el que acepta la divinidad de Cristo abraza, al mismo tiempo, el conjunto de toda la Revelación; Jesucristo es el Verbo encarnado; el Verbo expresa a Dios, tal cual Dios es, todo lo que El sabe de Dios; este mismo Verbo se encarna y se encarga de dar a conocer a Dios en el mundo (ib. 1,18). y cuando mediante la fe recibimos a Cristo, recibimos toda la Revelación.
De modo que la convicción íntima de que nuestro Señor es verdaderamente Dios constituye el primer fundamento de toda la vida espiritual; si llegamos a comprender bien esta verdad y extraemos las consecuencias prácticas en ella implicadas, nuestra vida interior estará llena de luz y de fecundidad.
3. La fe en la divinidad de Jesucristo es el fundamento de nuestra vida interior; el Cristianismo es la aceptación de la divinidad de Cristo en la Encarnación
Insistamos algo más en esta importantísima verdad. Durante la vida mortal de Jesucristo, su divinidad estaba oculta bajo el velo de la humanidad; era objeto de fe hasta para quienes vivían con El.
Sin duda que los judíos se percataban de la sublimidad de su doctrina. «¿Qué hombre, decían, ha hablado jamás como este Hombre?» (Jn 7,46). Veían «obras que sólo Dios puede hacer» (ib. 3,2). Pero veían también que Cristo era hombre; y nos dicen que ni sus mismos convecinos, que no le habían conocido fuera del taller de Nazaret, creían en El, a pesar de todos sus milagros (ib. 7,5).
Los Apóstoles, aun cuando eran sus continuos oyentes, no veían su divinidad. En el episodio mencionado ya, en el cual vemos a nuestro Señor preguntar a sus discípulos quién es El, le contesta San Pedro: «Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo». Pero nuestro Señor advierte al punto que San Pedro no hablaba de aquel modo porque tuviera la evidencia natural, sino únicamente por razón de una revelación hecha por el Padre; y a causa de esta revelación, le proclama bienaventurado.
Más de una vez también, leemos en el Evangelio, que contendían los judios entre sí con respecto a Cristo.- Por ejemplo: Con ocasión de la parábola del buen pastor que da la vida voluntariamente por sus ovejas, decían unos: «Está poseído del demonio; ha perdido el sentido: ¿por qué le escucháis?» Otros, en cambio, replicaban: «Reflexionemos un poco: ¿Acaso sus palabras son las de un poseído del demonio?» Y añadían, aludiendo al milagro del ciego de nacimiento curado por Jesús algunos días antes: «¿Por ventura un demonio puede abrir los ojos de un ciego?»
Algunos judíos, queriendo entonces saber a qué atetenerse, rodean a Jesús y le dicen: «¿Hasta cuándo nos vas a tener sin saber a qué carta quedarnos? Si eres Tú el Cristo, dínoslo francamente». Y, ¿qué es lo que les responde Jesús nuestro Señor? -«Ya os lo he dicho, y no me creéis, las obras que hago, en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí», y añade: «Pero no me creéis porque no sois del número de mis ovejas; mis ovejas oyen mi voz; las conozco, y ellas me siguen, les he dado la vida eterna, y no han de perecer nunca, ni nadie podrá arrebatármelas; nadie las arrebatará de la mano de mi Padre que me las ha dado, pues mi Padre y Yo somos uno». Entonces los judíos, tomándole por blasfemo, ya que osaba proclamarse igual a Dios, reúnen piedras para apedrearle. Y como Jesús les preguntara por qué obraban de semejante modo: «Te apedreamos, le responden, a causa de tus blasfemias, pues pretendes ser Dios, cuando no eres más que hombre». ¿Cuál es la respuesta de Jesús? ¿Desmiente el reproche? -No; antes al contrario, lo confirma, certísimamente, es lo que piensan: igual al Padre; han comprendido bien sus palabras, pero se complace en afirmarlas de nuevo: es el Hijo de Dios, «ya que, dice, hago las obras de mi Padre, que me envió y además por la naturaleza divina "el Padre está en Mí y yo en el Padre"» (Jn 10, 37-38).
Así, pues, como veis, la fe en la divinidad de Jesucristo constituye para nosotros, como para los judíos de su tiempo, el primer paso para la vida divina: creer que Jesucristo es Hijo de Dios, Dios en persona, es la primera condición requerida para poder figurar en el número de sus ovejas, para poder ser agradable a su Padre. Esto es, ciertamente, lo que de nosotros reclama el Padre: Esta es la voluntad de Dios: «que creáis en Aquel a quien El ha enviado» (ib. 6,29). No es otra cosa el Cristianismo sino la afirmación, con todas sus consecuencias doctrinales y prácticas, aun las mas remotas, de la divinidad de Cristo en la Encarnación. El reinado de Cristo, y con él la santidad se establecen en nosotros en la medidá de la pureza, espiendor y plenitud de nuestra fe en Jesucristo. Reparad y veréis cómo la santidad es el desenvolvimiento de nuestra condición de hijos de Dios. Ahora bien: por la fe, sobre todo, nacemos a esa vida de gracia que nos hace hijos de Dios: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ese tal es hijo de Dios» (1Jn 5,1). No llegaremos a ser en realidad verdaderos hijos de Dios, mientras nuestra vida no se halle fundamentada en esta fe. El Padre nos da a su Hijo a fin de que sea todo para nosotros: nuestro modelo, nuestra santificación, nuestra vida: «Recibid a mi Hijo, pues en El lo encontraréis todo»: «¿Cómo juntamente con su Hijo no nos iba a dar todas las demás cosas?» (Rm 8,32). «Recibiéndole, me recibís a Mí, y llegáis por medio de El y en El a ser hijos míos amadísimos». Que es lo mismo que decía nuestro Señor: «El que en Mí cree, no solamente tiene fe en Mí, sino que ésta se remonta hasta el Padre que me envió» (Jn 12,44).
Leemos en San Juan: «si recibimos el testimonio de los hombres», si creemos razonablemente lo que los hombres nos afirman, «todavía mucho mayor que el testimonio humano es el testimonio de Dios»; y, repitámoslo una vez más: ese testimonio de Dios no es otro que el testimonio que el Padre ha dado de que Cristo es su Hijo. «Quien cree en el Hijo de Dios, posee en sí mismo ese testimonio de Dios; y, por el contrario, quien no cree en el Hijo, le tacha de mentiroso, ya que no cree en el testimonio dado por Dios respecto a su Hijo» (1Jn 5, 9-10). Estas palabras encierran una profunda verdad. Porque, ¿en qué consiste este testimonio? -«En habernos dado Dios la vida eterna que reside en el Hijo; de suerte que, quien tiene al Hijo, tiene la vida; y quien no le tiene, tampoco tiene la vida» (Ib 11-12). ¿Qué significan estas palabras?
Para comprenderlo, debemos remontarnos apoyados en la luz de la Revelación, hasta la misma fuente de la vida en Dios.- Toda la vida del Padre en la Santísima Trinidad consiste en «decir» su Hijo, su Verbo -palabra-, en engendrar, mediante un acto único, simple, eterno, un Hijo semejante a El, al que pueda comunicar la plenitud de su ser y de sus perfecciones. En esta Palabra, infinita como El, en este Verbo único y eterno, no cesa el Padre de reconocer a su Hijo, su propia imagen, «el esplendor de su gloria».- Y toda palabra, todo testimonio que Dios nos da exteriormente sobre la divinidad de Cristo, por ejemplo: él que nos dio en el bautismo de Jesús: «He ahí mi Hijo amadísimo», no es sino el eco en el mundo sensible del testimonio que se da el Padre a Sí mismo en ei santuario de la divinidad, expresado por una palabra en la que todo El se encierra y que es su vida íntima.
Por tanto, al recibir ese testimonio del Padre Eterno, al decir a Dios: «Este niñito reclinado en un pesebre es vuestro Hijo; le adoro y me entrego todo a El; este adolescente que trabaja en el taller de Nazaret es vuestro Hijo; le adoro; este hombre, crucificado en el Calvario, es vuestro Hijo; yo le adoro; ese fragmento de pan son las apariencias bajo las que se oculta vuestro Hijo; le adoro en ellas», al decir a Jesucristo mismo: «Eres el Cristo, Hijo de Dios», y al postrarnos ante El, rindiéndole todas nuestras energías, cuando todas nuestras acciones están de acuerdo con esta fe y brotan de la caridad, que hace perfecta la fe; entonces, nuestra vida toda conviértese en eoo de la vida del Padre que «expresa» eternamente a su Hijo en una palabra infinita; porque siendo esta «expresión» del Hijo por parte del Padre constante, no cesando jamás, abarcando todos los tiempos, siendo un presente eterno, al «expresar» nosotros nuestra fe en Cristo, nos asociamos a la misma vida eterna de Dios. Esto es lo que nos dice San Juan: «El que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, tiene el testimonio de Dios consigo», ese testimonio mediante el cual el Padre dice su Verbo.
4. Ejercicio de la virtud de la fe; fecundidad de la vida interior basada en la fe
Por mucho que los multiplicáramos, no repetiriamos nunca bastante estos actos de fe en la divinidad de Cristo.- Esta fe la hemos recibido en el Bautismo, y no debemos dejarla enterrada ni adormecida en el fondo del corazón; antes por el contrario, hemos de pedir a Dios que nos la aumente; debemos ejercitarla nosotros mismos, con la repetición de actos.- Y cuanto más pura y viva sea, tanto más penetrará nuestra existencia y tanto más sólida, verdadera, luminosa, segura y fecunda será nuestra vida espiritual. Pues la convicción profunda de que Cristo es Dios y que nos ha sido dado, contiene en sí toda nuestra vida espiritual: de esa íntima convicción nace nuestra santidad como de su fuente, y cuando la fe es viva, penetra por entre el velo de la humanidad que oculta a nuestras miradas la divinidad de Cristo. Ora se nos muestre sobre un pesebre bajo la forma de débil niño; ora en un taller de obrero; ora profeta, blanco siempre de las contradicciones de sus enemigos; ora en las ignominias de una muerte infame, o ya bajo las especies de pan y vino, la fe nos dice con invariable certidumbre que siempre es el Hijo de Dios, el mismo Cristo, Dios y Hombre verdadero, igual al Padre y al Espíritu Santo en majestad, en poder, en sabiduría, en amor. Cuando llega a ser profunda esta convicción, entonces nos arrastra a un acto de intensa adoración y de abandono en la voluntad de aquel que, bajo el velo del hombre, permanece lo que es, Dios todopoderoso y perfección infinita.
Debemos, si no lo hemos hecho hasta ahora, postrarnos a los pies de Cristo, y decirle: «Señor Jesús, Verbo Encarnado, creo que eres Dios; verdadero Dios engendrado del Dios verdadero; no veo tu divinidad, pero desde el momento que tu Padre me dice: «Este es mi Hijo muy amado», creo y porque creo quiero someterme todo entero a ti, cuerpo, alma, juicio, voluntad, corazón, sensibilidad, imaginación, mis energías todas; quiero que en mí se realicen las palabras del Salmista: «Que todas las cosas os estén sometidas a título de homenaje; «Todo lo rendiste a sus pies» (Sal 8,8; +Heb 2,8); quiero que seas mi jefe, que tu Evangelio sea mi luz, y tu voluntad mi guía; no quiero ni pensar de otro modo que tú, pues eres verdad infalible, ni obrar de otro modo que lo quieres tú, pues eres el único camino que lleva al Padre, ni buscar contento y alegría fuera de tu voluntad, ya que eres la fuente misma de la vida. «Poséeme todo entero, por tu Espíritu, para gloria del Padre».-Con este acto de fe, ponemos el verdadero fundamento de nuestra vida espiritual: «Nadie puede poner otro fundamento que el ya puesto, esto es, Cristo Jesús» (1Cor 3,11. +Col 2,6).
Si renovamos con frecuencia este acto, entonces, Cristo como dice San Pablo, «habita en nuestros corazones» (Ef 3,17), o lo que es lo mismo, reina de un modo permanente, como maestro y rey de nuestras almas; llega, en una palabra, a ser en nosotros, por medio de su Espíritu, el principio de la vida divina. Renovemos, por consiguiente, lo más a menudo que podamos, este acto de fe en la divinidad de Jesús, seguros de que, cada vez que así lo hacemos, consolidamos más y más el fundamento de nuestra vida espiritual, haciéndolo poco a poco inconmovible.- Al entrar en una iglesia y ver la lamparita que luce ante el sagrario, y anuncia la presencia de Jesucristo, Hijo de Dios, sea nuestra genuflexión algo más que una simple ceremonia hecha por rutina, sea un homenaje de fe interna y de profunda adoración a nuestro Señor, cual si le viéramos en el esplendor de su gloria; al cantar o recitar en el Gloria de la Misa todas estas alabanzas y estas súplicas a Jesucristo: «Señor Dios, Hijo de Dios, Cordero de Dios, que a la diestra del Padre estás sentado. Tú solo eres Santo, Tú solo Señor, Tú solo Altísimo, junto con el Espíritu Santo en la infinita gloria del Padren, entonces, digo, salgan esas alabanzas antes del corazón que de los labios; al leer el Evangelio, hagámoslo con la convicción de que quien en él habla es el Verbo de Dios, luz y verdad infalibles que nos revela los secretos de la divinidad, al cantar en el Credo la generación eterna del Verbo, a la que había de unirse la humanidad, no nos detengamos en la corteza del sentido de las palabras o en la belleza del canto; por el contrario, escuchemos en ellas el eco de la voz del Padre que contempla a su Hijo y atestigua que es igual a El: Filius meus es tu, ego hodie genui te; al cantar: Et incarnatus est, «y se encarnó», inclinemos interiormente todo nuestro ser en un acto de anonadamiento ante el Dios que se hizo Hombre y en quien puso el Padre todas sus complacencias; al recibir a Jesús en la Eucaristía, lleguémonos con tan profunda reverencia cual si cara a cara le viésemos presente.
Tales actos, repetidos, son muy agradables al Eterno Padre, porque todas sus exigencias-y éstas son infinitas- se compendian en un deseo ardiente de ver a su Hijo glorificado.
Y cuanto más oculta el Hijo su divinidad y se rebaja por nuestro amor, más profundamente debemos nosotros ensalzarle y rendirle homenaje como a Hijo de Dios. Ver glorificado a su Hijo constituye el supremo deseo del Padre: «Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,28); es una de las tres palabras del Padre Eterno que el mundo escuchó: por ellas quiere glorificar a Jesucristo, su Hijo y su igual, honrando su humildad: aporque se ha anonadado, hale el Padre ensalzado y dádole un nombre superior a todo nombre, a fin de que toda rodilla se doble ante El, y toda lengua proclame que nuestro Señor Jesucristo comparte la gloria de su Padre» (Fil 3, 7-9). Debido a eso, cuanto más se humilló Cristo haciéndose pequeñito, ocultándose en Nazaret, sobrellevando las flaquezas y miserias humanas que eran compatibles con su dignidad, padeciendo como un malvado la muerte en el madero (Is 53,12) y ocultándose en la Eucaristía, cuanto más atacada y negada es su divinidad por parte de los incrédulos, tanto más elevado ha de ser el lugar en que nosotros le situemos en la gloria del Padre y dentro de nuestro corazón; más profundo el espíritu de intensa reverencia y completa sumisión con que debemos darnos a El sin reservas, y más generoso el trabajo con que nos consagremos sin descanso a la extensión de su reino en las almas.
Tal es la verdadera fe, la fe perfecta en la divinidad de Jesucristo, la que, convertida en amor, invade todo nuestro ser, abarcando prácticamente todas las acciones y todo el complejo de nuestra vida espiritual, y constituye como la base misma de nuestro edificio sobrenatural, de toda nuestra santidad.
Para que sea verdaderamente fundamento, es preciso que la fe informe y sostenga las obras que llevamos a cabo y se convierta en el principio de todos nuestros progresos en la vida espiritual [Iustificati... in ipsa iustitia per Christi gratiam accepta, cooperante fide bonis operibus crescunt ac magis sanctificatur. Conc. Trid., Sess. VI, c. 10]. «Yo, dice San Pablo en su carta a los Corintios, según la gracia que Dios me ha dado, eché en vosotros, cual perito arquitecto, el cimiento del espiritual edificio, predicándoos a Jesús, mire bien cada uno cómo alza la fábrica sobre ese fundamento» (1Cor 3,10).
-Son nuestras obras las que forman y levantan este edificio espiritual. San Pablo dice además que «el justo vive de la fe» (Rm 1,17) [Es digno de notarse que San Pablo insiste en esta verdad en tres ocasiones: +Gál 3, 11, y Heb 10, 38]. El «justo» es aquel que, mediante la justificación recibida en el Bautismo, ha sido creado en la justicia y posee en sí la gracia de Cristo y, conjuntamente, las virtudes infusas de la fe, la esperanza y el amor; ese justo vive por la fe. Vivir es lo mismo que tener en sí un principio interior, fuente de movimientos y operaciones. Es cierto que el principio interior que ha de animar nuestros actos para que sean actos de vida sobrenatural, proporcionados a la bienaventuranza final, es la gracia santificante; pero la fe es la que introduce al alma en la región de lo sobrenatural. No seremos partícipes de la adopción divina mientras no recibamos a Cristo, ni recibiremos a Cristo, sino por la fe. La fe en Jesucristo nos conduce a la vida, a la justificación, mediante la gracia; por eso dice San Pablo que el justo vivirá de la fe. En la vida sobrenatural la fe en Jesucristo es un poder tanto más activo cuanto más profundamente arraigada se halle en el alma. La fe comienza por aceptar todas las verdades que constituyen materia adecuada a esta virtud, y como para ella Cristo lo es todo, todo lo ve a través del prisma divino de Cristo, y de la persona misma de Cristo desciende y se extiende sobre cuanto El dijo, sobre cuanto hizo o llevó a cabo, sobre cuanto instituyó: la Iglesia, los Sacramentos, sobre todo lo que constituye ese organismo sobrenatural establecido por Cristo para que vivan nuestras almas la vida divina.- Además, la íntima y profunda convicción que tenemos de la divinidad de Cristo, pone en movimiento nuestra actividad para cumplir generosamente sus mandamientos, para permanecer inquebrantables en la tentación: «Fuertes en la fe» (1Ped 5,9) para conservar la esperanza y la caridad a pesar de todas las pruebas.
¡Oh, qué intensidad de vida sobrenatural se encuentra en las almas íntimamente convencidas de que Jesús es Dios! ¡Qué fuente tan abundante de vida interior y de incesante apostolado es la persuasión, cada día más fuerte y enraizada, de que Cristo es la Santidad, la Sabiduría, el Poder y la Bondad por excelencia!...
«Creo, Jesús mío, que eres el Hijo de Dios vivo; creo sí, pero dignate aumentar más todavía los quilates de mi fe».
5. Por qué debemos tener fe viva, sobre todo en el valor infinito de los méritos de Cristo. Cómo la fe es fuente de gozo
Hay un punto sobre el cual deseo detenerme, porque más que otro alguno debe constituir el objeto explícito de la fe si queremos vivir plenamente de la vida divina: es la fe en el valor infinito de los méritos de Jesucristo.
Ya he apuntado esta verdad al exponer cómo Jesucristo ha constituido el precio infinito de nuestra santificación. Pero al hablar de la fe, importa volverlo a tratar, puesto que la fe es la que nos permite aprovechar todas esas inagotables riquezas que Dios nos otorga en Jesús.
Dios nos legó un don inmenso en la persona de su Hijo Jesús; Cristo es un relicario en el que se encierran todos los tesoros que han podido reunir para nosotros la ciencia y la sabiduría divinas; El mismo, con su pasión y su muerte, mereció el privilegio de poder hacernos a nosotros partícipes de esas riquezas, y ahora vive en el cielo, abogando de continuo por nosotros delante de su Etemo Padre.- Pero es preciso que conozcamos el valor de este don y el uso que de él debemos hacer. Cristo, con la plenitud de su santidad y el infinito valor de sus merecimientos y de su crédito. constituye este don; pero este don no nos será útil sino en proporción a la medida de nuestra fe. Si ésta es rica, viva, profunda, si está a la altura de tan excelso don, en cuanto ello es posible a una criatura, no tendrán límites las comunicaciones divinas hechas a nuestras almas por la humanidad santa de Jesús; en cambio, si no tenemos un aprecio sin límites de los méritos infinitos de Cristo, es que nuestra fe en la divinidad de Jesús no es bastante intensa, y cuantos dudan de esta divina eficacia ignoran lo que significa la humanidad de un Dios.
Debemos ejercitar a menudo esta fe en los méritos y satisfacciones adquiridos por nuestro Señor para nuestra santificación.
Cuando oramos, presentémonos al Padre Etemo con una confianza inquebrantable en los merecimientos de su divino Hijo: Nuestro Señor lo ha pagado, saldado y adquirido todo; y «sin cesar interpela a su Padre por nosotros» (Heb 7,25). Digamos en vista de esto al Señor: «Dios mío, yo bien sé que soy un pobre miserable; que no hago más que aumentar todos los días el número de mis pecados; sé que ante vuestra infinita santidad, de mí mismo, no soy otra cosa sino cual lodo y barro ante el sol; pero me prosterno ante Vos; soy miembro, por la gracia, del cuerpo místico de vuestro Hijo, de vuestro Hijo que me ha comunicado esa misma gracia, luego de haberme rescatado con su sangre; ahora que tengo la dicha de pertenecerle, no queráis arrojarme de la presencia de vuestra divina Faz».
No, Dios no puede arrojarnos cuando así nos apoyamos en el valimiento de su Hijo, pues el Hijo trata de igual a igual con el Padre.- Además, al reconocer de este modo que nada valemos por nosotros mismos, ni somos capaces de hacer nada, «sin mí nada podéis» (Jn 15,5), y que, en cambio, lo esperamos todo de Cristo, en particular aquello que nos es necesario para vivir de la vida divina, «todo lo puedo en aquel que me conforta», reconocemos que ese divino Hijo lo es todo para nosotros, que fue constituido como nuestro Jefe y Pontífice; y de este modo, afirma San Juan, rendimos al Padre -«que ama al Hijo», y quiere que todo nos venga por su Hijo, «puesto que le ha dado poder absoluto para lo referente a la vida de las almas»-, un homenaje gratísimo; mientras que, por el contrario, el alma que no tiene esa confianza absoluta en Jesús, no le reconoce plenamente por lo que es: Hijo muy amado del Padre, y, por tanto, no ofrece tampoco al Padre esa glorificación que tanto apetece: El Padre desea «que todos den gloria al Hijo como se la dan al Padre. Quien no dé gloria al Hijo, tampoco se la da al Padre que le envió» (Jn 5,23).
Igualmente, cuando nos acerquemos al sacramento de la Penitencia, tengamos gran fe en la eficacia divina de la sangre de Jesús, esa sangre que lava entonces nuestras almas de sus faltas, las purifica, renovando sus fuerzas y devolviéndoles su prístina belleza, sangre que se nos aplica en el momento de la absolución juntamente con los méritos de Cristo y que ha sido derramada en beneficio nuestro debido ai incomparable amor de Jesús, méritos iníinitos, sí, pero adquiridos al precio de padecimientos increíbles y de afrentosas ignominias. ¡Si conocieras el don de Dios!
Del mismo modo también, cuando asistís a la santa Misa, os halláis presentes al sacrificio conmemorativo del de la Cruz; el Hombre Dios se ofrece por nosotros en el altar como lo hizo en el Calvario. Aunque difiera el modo de ofrecerse, el mismo Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se inmola sobre el altar para hacernos partícipes de sus satisfacciones infinitas. Si fuera nuestra fe viva y profunda, ¡con qué reverencia asistiríamos a este sacrificio, y con qué avidez santa acudiríamos todos los dias -en conformidad con los deseos de nuestra Santa Madre la Iglesia- a la sagrada Mesa para unirnos con Cristo!; ¡con qué confianza inquebrantable recibiríamos a Cristo en el momento en que se nos da todo entero, su humanidad y su divinidad, sus tesoros y sus merecimientos; se nos da El mismo, rescate del mundo, el Hijo en quien Dios puso todas sus complacencias! «¡Si conocieras el don de Dios!»
Cuando hacemos frecuentes actos de fe en el poder de Jesucristo y en el valor de sus merecimientos, nuestra vida se convierte en un cántico perpetuo de alabanzas a la gloria de este Pontífice supremo, mediador universal y dador de toda gracia; con lo que entramos de lleno en los pensamientos eternos, en el plan divino, y adaptamos nuestras almas a las miras santificadoras de Dios, al mismo tiempo que nos asociamos a su voluntad de glorificar a su amantísimo Hijo: «Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré» (ib. 12,28).
Acerquémonos, pues, a nuestro Señor; sólo El sabe decirnos palabras de vida eterna. Recibamosle primero con una fe viva, doquiera esté presente; en los sacramentos, en la Iglesia, en su cuerpo místico, en el prójimo, en su providencia, que dirige o permite todos los acontecimientos, incluso los adversos; recibámosle, cualquiera que sea la forma que toma y el momento en que viene, con una adhesión entera a su divina palabra y una entrega completa a su servico. En esto consiste la santidad.
Todos hemos leído en el Evangelio el episodio, referido por San Juan con detalles deliciosos, de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-38). Luego que fue curado por Jesús, en día de sábado, le interrogan repetidas veces los fariseos enemigos del Salvador; quieren hacerle confesar que Cristo no es profeta, ya que no observa el reposo que la Ley de Moisés prescribe el día de Sábado. Pero el pobre ciego no sabe gran cosa; invariablemente responde que cierto hombre llamado Jesús le ha sanado enviándole a lavarse en una fuente; es todo cuanto sabe y lo que en un principio les contesta. Los fariseos no le pueden sonsacar nada contra Cristo y acaban por arrojarle de la sinagoga porque afirma que nunca se oyó decir que haya un hombre abierto los ojos a un ciego, y que, por tanto, Jesús debe ser el enviado de Dios. Habiendo llegado a oído de nuestro Señor esta expulsión, haciéndose el encontradizo con él, le pregunta: «¿Crees en el Hijo de Dios?» -Responde el ciego: «¿Quién es, Señor, para que yo crea en El?» ¡Qué prontitud de alma! -Dícele Jesús: «Le viste ya, y es el mismo que está hablando contigo». -Y al punto, el pobre ciego da fe a la palabra de Cristo: «Creo, Señor», y en la intensidad de su fe, se postra a los pies de Jesús para adorarle; abraza los pies de Jesús, y en Jesús, la obra entera de Cristo (Jn 9,38).
El ciego de nacimiento es la imagen de nuestra alma curada por Jesús, libertada de las tinieblas eternas y devuelta a la luz por la gracia del Verbo encarnado(+San Agustín. In Joan., XLIV, 1). Doquiera, pues, que se le presente Cristo, ha de decir: «¿Quién es, Señor, para que crea en El?» (Jn 9,36). Y luego inmediatamente deberá entregarse del todo a Cristo, a su servicio, a los intereses de su gloria, que es también la del Padre. Obrando siempre de este modo, llegamos a vivir de la fe; Cristo habita y reina en nosotros, y su divinidad es, por medio de la fe, principio de toda nuestra vida.
Esta fe, que se completa y se manifiesta por medio del amor, es además para nosotros fuente y manantial de alegría. Dijo nuestro Señor: «Bienaventurados aquellos que no vieron y creyeron» (Jn 20,29), y dijo estas palabras, no para sus discípulos, sino más bien para nosotros. Pero, ¿por qué proclama nuestro Señor «bienaventurados» a los que en El creen? La fe es causa de alegría, por cuanto nos hace participar de la ciencia de Cristo. El es el Verbo eterno, que nos ha enseñado los secretos divinos. «El Unigénito que habita en el seno del Padre es quien le dio a conocer» (ib. 1,18). Creyendo lo que nos ha dicho tenemos la misma ciencia que El; la fe es fuente de alegría, porque lo es también de luz y de verdad, que es el bien de la inteligencia.
Es además fuente de alegría, por cuanto nos permite poseer en germen los bienes futuros; es «sustancia de las realidades eternas que nos han sido prometidas» (Heb 11,1). Nos lo dice Jesucristo mismo: «Aquel que cree en el Hijo de Dios, tiene vida eterna» (Jn 3,36). Reparad en el tiempo presente «tiene»; no habla en futuro «tendrán, sino que habla como de un bien cuya posesión se halla ya asegurada [Dicitur iam finem aliquis habere propter spem finis obtinendi. I-II, q.69, a.2; y el Doctor Angélico añade: Unde et Apostolus dicit: Spe salvi facti sumus. Todo este artículo merece leerse]; del mismo modo que vimos cómo, aludiendo al que no cree dice que ya «está» juzgado. La fe es una semilla, y toda semilla lleva en sí el germen de la producción futura. Con tal de apartar de ella todo aquello que la pueda menoscabar, empailar y empequeñecer; con tal de desarrollarla por la oración y el ejercicio; con tal de proporcionarla constantemente ocasión de manifestarse en el amor, la fe pone a nuestra disposición la sustancia de los bienes venideros y hace nacer una esperanza inquebrantable: «Quien cree en El, no será confundido» (Rm 9,33).
Permanezcamos, como dice San Pablo, «cimentados en la fe» (Col 1,23); «fundados en Cristo y afianzados en la fe»: «Puesto que habéis recibido a Jesucristo nuestro Señor, andad en El, injertados en su raíz, y edificados sobre El y robustecidos en la fe, como así lo habéis aprendido» (Col 2, 6-7).
Permanezcamos, pues, firmes; porque esta fe ha de verse probada por este siglo de incredulidad, de blasfemia, de escepticismo, de naturalismo, de respeto humano, que nos rodea con su ambiente malsano. Si estamos firmes en la fe, dice San Pedro -el príncipe de los Apóstoles, sobre quien Cristo fundó su Iglesia al proclamar aquél que Cristo era Hijo de Dios- nuestra fe será «un título de alabanza, de honor y de gloria cuando aparezca Jesús, en quien creéis y a quien amáis sin haberle visto nunca vuestros ojos, pero en quien no podéis creer sin que este acto de fe haga brotar en vuestros corazones la fuente inagotable de una alegría inefable, ya que el fin y el premio de esta vida es la salvación, y, de consiguiente, la santidad de vuestras almas» (1Pe 1, 7-9).
2 El bautismo, sacramento de adopción y de iniciación, muerte y vida
El Bautismo, primero de todos los Sacramentos
La primera disposición de un alma frente a la Revelación que se le hace del plan divino de nuestra adopción en Jesucristo es, como lo hemos visto, la fe. La fe es la raíz de toda justificación y el principio de la vida cristiana, y se adhiere, como a su objeto primordial, a la divinidad de Jesús enviado por el Padre para llevar a cabo nuestra salvación: «En esto consiste la vida eterna: en conocerte a Ti, ¡oh solo Dios verdadero! y a Jesucristo a quien has enviado» (Jn 17,3).
Partiendo de este acto inicial, que consiste en creer en Cristo, se amplía y extiende, si así podemos decirlo, sobre todo aquello que concierne a Cristo: los Sacramentos, la Iglesia, las almas, la Revelación entera, llegando a la perfección cuando bajo la inspiración del Espíritu Santo se transforma en amor y adoración, mediante la entrega total de nuestro ser al cumplimiento fiel de la voluntad de Jesús y de su Padre.
Pero la fe sola no basta.
Cuando envía a sus Apóstoles el divino Maestro a que continúen en la tierra su misión santificadora, dice que «el que no creyere será condenado»; y nada más añade con respecto a los que se niegan a creer, porque siendo la fe raíz de toda santificación, todo lo que se hace sin ella está completamente desprovisto de valor ante Dios: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6); pero para quienes creen, añade Cristo, como condición de incorporación a su reino, la recepción del Bautismo: «El que creyere y se bautizare, se salvará» (Mc 16,16). San Pablo afirma igualmente que «quienes reciben el Bautismo están revestidos de Cristo» (Gál 3,27). Este Sacramento, pues, es la condición de nuestra incorporación a Gisto. El Bautismo es, en orden, el primero de todos los Sacramentos; la primera infusión en nosotros de la vida divina se efectúa por medio del Bautismo, y todas las comunicaciones divinas o sobrenaturales convergen hacia ese Sacramento o le presuponen normalmente; de ahí le viene su excelencia.
Detengámonos a considerarlo; en él encontraremos el origen de nuestros títulos de nobleza sobrenatural, puesto que el Bautismo es el Sacramento de la adopción divina y de la iniciación cristiana, al mismo tiempo, descubriremos en él sobre todo, como en su germen, el doble aspecto de «muerte al pecado y de vida en Dios», que deberá caracterizar toda la existencia del discípulo de Cristo.
Pidamos al Espíritu Santo, que santificó con su divina virtud las aguas bautismales en las que fuimos regenerados que nos haga comprender la grandeza de este Sacramento y las obligaciones contraídas en él; su recepción señaló para nosotros el instante por siempre bendito en que llegamos a ser hijos del Padre Celestial, hermanos de Jesucristo, y en el que nuestras almas fueron consagradas, como un templo vivo, al Espíritu Santo.
1. Sacramento de adopción divina
El Bautismo es el Sacramento de la adopción divina. Ya os he explicado que por la adopción divina nos hacemos hijos de Dios; el Bautismo es como el nacimiento espiritual por el que se nos confiere la vida de la gracia.
Poseemos dentro de nosotros, primeramente, la vida natural, que recibimos de nuestros padres, según la carne; por ella entramos en la familia humana, esta vida dura algunos años, luego se acaba con la muerte. Si no tuviéramos otra vida que ésta, nunca jamás veríamos la faz de Dios. Ella nos hace hijos de Adán, y, por ende, a partir del momento de nuestra concepción, quedamos tiznados con el sello del pecado original. Oriundos de la raza de Adán, hemos recibido una vida emponzoñada en su origen, y compartimos la desgracia del cabeza de nuestra raza; nacemos, dice San Pablo, Filii irae, «hijos de la ira»; «siempre que nace un hombre, nace Adán, un condenado de otro condenado» [Quisquis nascitur, Adam nascitur, damnatus de damnato. San Agustín, Enarr. in Ps. CXXXII].
Esta vida natural, que tiene sus raíces en el pecado, de por sí sola, es estéril para el Cielo. «La carne de nada sirve» (Jn 6,64).
Pero esta vida natural, Ex voluntate viri, ex voluntafe carnis, no es toda la vida, Dios desea, además, darnos una vida superior, que sin destruir la natural, en lo que tiene de bueno, la sobrepuje, la realce y la deifique; Dios quiere, en otros términos, comunicarnos su propia vida.
Recibimos la vida divina mediante un nuevo nacimiento, un nacimiento espiritual, que nos hace nacer de Dios: «Nacieron de Dios» (ib. 1,13). Esa vida es una participación de la vida de Dios, es de suyo inmortal (1Pe 1,23); y si logramos poseerla en la tierra, tenemos como una prenda adelantada de la bienaventuranza eterna; por el contrario, si no la poseemos, nos hallamos excluidos para siempre de la sociedad divina.
Ahora bien, el medio ordinario instituido por Cristo para nacer a esta vida no es otro que el Bautismo. Ya conocéis por el relato de San Juan (Jn 3,1 y sig.) el episodio de la entrevista de Nicodemus con Cristo Nuestro Señor: el doctor de la ley, miembro del gran Consejo, va a ver a Jesús, sin duda para hacerse su discípulo, pues considera a Cristo como a un profeta. A su pregunta, contéstale Jesús: «En verdad, en verdad te digo que nadie puede gozar del reino de Dios, sin antes nacer de nuevo»; y Nicodemus, que no comprende, se atreve a preguntar: «¿Cómo puede nacer un hombre viejo? ¿Puede acaso volver otra vez al seno de su madre y renacer?» -¿Qué le responde el Señor? -Lo mismo que antes dijo, pero explicado: «En verdad, en verdad te digo que nadie, si no renace por medio del agua y la gracia del Espíritu Santo, puede entrar en el reino de Dios» [«Ser bautizado, es decir, sumergirse en el agua para ser purificado, era cosa muy frecuente entre los judíos; sólo faltaba explicarles que habría un Bautismo en el cual, uniéndose al agual el Espíritu Santo, renovaría el espíritu del hombre». Bossuet. Méditations sur l’Evangile, la Cène, XXXVI
e jours]. Y luego opone entre sí las dos vidas, la natural y la sobrenatural: «Porque lo que ha nacido de la carne, carne es, y lo que del Espíritu, espíritu es»; y concluye como al principio: «No extrañes que te haya dicho que es menester que renazcas otra vez».La Iglesia, en el Concilio de Trento [Sess. VII, De Bapt., canon 2], ha expuesto y fijado la interpretación de este pasaje, aplicándolo al Bautismo, y declarando que el agua regenera al alma por la virtud del Espíritu Santo. La ablución del agua, elemento sensible, y la efusión del Espíritu Santo, elemento divino se unen para producir el nacimiento sobrenatural como decía San Pablo: «Dios nos ha salvado, no en virtud de las obras de justicia que hayamos hecho personalmente sino por razón de su misericordia, haciéndonos renacer por el Bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros en abundancia, por Jesucristo Nuestro Señor; a fin de que, justificados por su gracia, lleguemos a ser ya desde ahora, por la esperanza, herederos de la vida eterna» (Tit 3, 5-7).
Veis, por tanto, que el Bautismo constituye el Sacramento de la adopción: sumergidos en las aguas bautismales, nacemos a la vida divina; y por eso llama San Pablo al bautizado «hombre nuevo» (Ef 3,15; 4,24), puesto que Dios, al hacernos liberalmente participar de su naturaleza, por un don que infinitamente sobrepuja nuestras exigencias, nos crea, en cierto modo, de nuevo; y somos, según otra expresión del Apóstol, «una nueva criatura» (2Cor 5,17; Gál 6,15); y por cuanto es divina esta vida, viene a ser la Trinidad entera la que nos favorece con este don.
Al principio del mundo, la Trinidad presidió la creación del hombre: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanzan» (Gén 1,26), de igual modo también en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo tiene lugar nuestro nuevo nacimiento, no obstante ser, como lo demuestran las palabras de Jesús y de San Pablo, especialmente atribuido al Espíritu Santo, ya que la adopción tiene por fuente el amor de Dios: «Admirad el amor tan grande que nos ha mostrado el Padre, pues ha querido que nos llamemos y que seamos efectivamente hijos de Dios» (1Jn 3,1).
Hállase muy subrayado este pensamiento en las oraciones con que bendice el obispo, el día de Sábado Santo, las aguas bautismales destinadas al Sacramento. Oíd algunas muy significativas: «Envía, Dios Todopoderoso, el Espíritu de adopción para regenerar estos nuevos pueblos que la fuente bautismal te va a engendrar». «Dirige, Señor, tus miradas sobre la Iglesia y multiplica en ella tus nuevas generaciones». Luego invoca el oficiante al Espíritu divino para que santifique esas aguas: «Dignese el Espíritu Santo fecundar, por la impresión secreta de su divinidad, esta agua preparada para la regeneración de los hombres, a fin de que, habiendo concebido esta divina fuente la santificación, se vea salir de su seno purísimo una raza del todo celestial, una criatura renovada». -Todos los ritos misteriosos que la Iglesia se recrea en prodigar en este momento, no menos que las invocaciones de tan magnífica y simbólica bendición, abundan en este pensamiento: que es el Espíritu Santo quien santifica las aguas a fin de que cuantos sean en ellas sumergidos nazcan a la vida divina luego de purificados de toda mancha: «Descienda sobre todas estas aguas la virtud del Espíritu Santo». A fin de que todo hombre a quien se aplique este misterio de regeneración renazca a la inocencia perfecta de una nueva infancia».
Tal es la grandeza de este Sacramento, señal eficaz de nuestra divina adopción; por él llegamos verdaderamente a ser hijos de Dios e incorporados a Cristo; él nos abre las puertas de todas las gracias celestiales. Retened esta verdad: todas las misericordias de Dios con nosotros, todas sus condescendencias, derivan de la adopción. Cuando dirigimos la mirada del alma a la divinidad, la primera cosa que se nos presenta y nos revela los amorosos y eternos planes de Dios sobre nosotros es el decreto de nuestra adopción en Jesucristo; todos los favores con que puede Dios colmar a un alma en la tierra, hasta que llegue el momento de comunicarse a ella para siemprer en la bienaventuranza de su Trinidad, tienen por primer eslabón, al que se enlazan los demás, esta gracia inicial del Bautismo: en este momento predestinado entramos en la familia de Dios, nos hacemos de la raza divina, y recibimos, en germen, la divina herencia.
En el momento del Bautismo, por el que Cristo imprime en nuestra alma un carácter indeleble, recibimos la «prenda del Espíritu» divino (2Cor 1,22; 5,5), que nos hace dignos de las complacencias del Padre, y nos garantiza, si somos fieles en conservar esa prenda, todos los favores prometidos a los que Dios mira como hijos suyos.
Debido a eso, los santos, que tienen una idea tan clara de las realidades sobrenaturales, han tenido siempre en gran estima la gracia bautismal; el día del bautismo significaba para ellos algo así como la aurora de las liberalidades divinas y de la futura gloria.
2. Sacramento de iniciación cristiana; simbolismo y gracia del Bautismo explicados por San Pablo
Todavía aparecerá mayor el Bautismo si le consideramos en su aspecto de Sacramento de la iniciación cristiana.
La divina adopción se hace en Jesucristo. Nos hacemos hijos de Dios para poder llegar a ser semejantes, por la gracia, al Hijo único del Padre: No olvidéis jamás que «Dios no nos predestinó a la adopción, sino en su Hijo muy amado» (Rm 8,29).
Las satisfacciones de Cristo son, por otra parte, las que nos merecieron esta gracia, del mismo modo que Cristo es nuestro modelo cuando queremos vivir como hijos del Padre celestial. Esto lo comprenderemos perfectamente si recordamos el modo con que se llevaba a cabo en la edad primitiva la iniciación cristiana.
En los primeros siglos de la Iglesia, no se confería de ordinario el Bautismo más que a los adultos, después de largo período de preparación, durante el cual se instruía al neófito en las verdades que debía creer. El Sábado Santo, o mejor, la noche misma de Pascua, se administraba el Sacramento en el baptisterio, capilla separada de la iglesia, como todavía se ve en las catedrales italianas. Terminados por el Obispo los ritos de la bendición de la fuente bautismal, el catecúmeno, esto es, el aspirante al Bautismo, descendía a la fuente; allí, como lo indica la palabra griega baptixein, se le sumergía en el agua, mientras el pontífice pronunciaba las palabras sacramentales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». El catecúmeno estaba como sepultado bajo las aguas, de donde salía luego por las gradas del borde opuesto de la fuente; allí le aguardaba el padrino, quien le enjugaba el agua santa y le vestía. Bautizados todos los catecúmenos, el Obispo les entregaba una vestidura blanca, símbolo de la pureza de su corazón después los signaba en la frente con una unción de óleo consagrado, diciendo: «El Dios Todopoderoso, que te ha regenerado por el agua y el Espíritu Santo y te ha perdonado todos los pecados, te consagre asimismo para la vida eterna». Terminados todos estos ritos, volvía la procesión a emprender el camino de la basílica, precediendo los nuevos bautizados, vestidos de blanco, y llevando en la mano un cirio encendido símbolo de Cristo, luz del mundo. Comenzaba entonces la Misa de resurrección, que celebraba el triunfo de Cristo saliendo del sepulcro, victorioso y animado de nueva vida, que comunicaba a todos sus elegidos. Se consideraba tan dichosa la Iglesia con este nuevo aumento del rebaño de Cristo, que durante ocho días les reservaba sitio aparte en el templo, y su recuerdo llenaba la liturgia durante toda la octava pascual.
[Los catecúmenos que, por no hallarse presentes o no poseer la suficiente preparación para el Bautismo, no lo podían recibir la noche de Pascua, recibíanlo en la vigilia de Pentecostés, en la fiesta que conmemora la venida visible del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico y cierra el tiempo pascual, repitiéndose entonces los ritos solemnes de la bendición de la fuente y administración del Sacramento. En esta ocasión aumentaba el simbolismo, pues al que llevaba consigo la Pascua -que perdura íntegro todo el periodo pascual- venía a añadirse la memoria del Espíritu Santo, que por su divina virtud y eficacia regenera las almas en la pila bautismal. Del mismo modo que la liturgia de la Octava de Pascua, las Misas de la Octava de Pentecostés contienen más de una alusión a los recién bautizados].
Como veis, estas ceremonias están henchidas de simbolismo, y como afirma el mismo San Pablo, significan la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo, de las que participa el cristiano.
Pero hay más que simbolismo; hay la gracia producida, y si bien los ritos antiguos, cargados de simbolismo se han simplificado algo desde que se introdujo el uso de bautizar a los niños, permanece, con todo, íntegra la virtud del sacramento, el simbolismo es como la corteza exterior los ritos sustanciales han quedado, y, juntamente con ellos, la gracia íntima del sacramento.
San Pablo explica de una manera profunda el primitivo simbolismo y la gracia bautismal. Abarquemos primero con una mirada la síntesis de su pensamiento, para que nos haga comprender mejor sus propias palabras. La inmersión en las aguas de la fuente representa la muerte y sepultura de Cristo; participamos de ella sepultando en las aguas sagradas el pecado, junto con todas las afecciones al mismo, a las que también renunciamos con él; «el hombre viejo» [El hombre viejo en San Pablo indica el hombre natural que nace y vive moralmente, hijo de Adán, antes de ser regenerado en el Bautismo por la gracia de Jesucristo] manchado con la culpa de Adán, desaparece bajo las aguas y es como sepultado, a manera de un muerto (sólo a ellos se sepulta) en un sepulcro.- La salida de la fuente bautismal es el nacimiento del hombre nuevo, purificado del pecado, regenerado por el agua que fecunda el Espíritu Santo; el alma es hermoseada con la gracia, principio de vida divina, con las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. El que se sumergió en la fuente, para dejar en ella sus pecados, era un pecador; mas se ha trocado en justo, cuando, a imitación de Cristo, que salió radiante del sepulcro, sale de ella para vivir vida divina [Ut unius eiusdemque elementi mysterio et finis esset vitiis et origo virtutibus. Bendición solemne de las fuentes bautismales, el Sábado Santo].
Tal es la gracia del Bautismo expresada por el simbolismo; simbolismo que mejor que ahora adquiria todo su relieve y su completa significación cuando era administrado el Bautismo en la noche pascual.
Oigamos ahora a San Pablo (Rm 6): «¿Por ventura ignoráis que todos los que hemos sido bautizados para llegar a ser miembros del cuerpo [místico] de Cristo, lo hemos sido en virtud de su muerte?» -Es decir, que la muerte de Jesús es para nosotros el ejemplar y causa meritoria de nuestra muerte para el pecado por el Bautismo. ¿Por qué morir? -Porque Cristo, nuestro modelo, ha muerto. Pero, ¿qué es lo que muere? -La naturaleza viciada, corrompida, el «hombre viejo». ¿Para qué? -Para que nos veamos libres del pecado. «Hemos sido, por tanto, continúa diciendo San Pablo al explicar el simbolismo, sepultados con Cristo en el bautismo en conformidad con su muerte, a fin de que a ejemplo de Jesucristo resucitado de entre los muertos, en virtud del poder glorioso de su Padre, caminemos también nosotros hacia una nueva vida». [Complantati facti sumus similitudini mortis eius... Vetus homo noster simul crucifixus est, ut destruatur corpus peccati, et ultra non serviamus peccato. Rm 6,3-13. Sicut ille qui sepelitur sub terra, ita qui baptizatur immergitur sub aqua. Unde et in baptismo fit trina immersio non solum propter fidem Trinitatis sed etiam ad repræsentandum triduum sepulturæ Christi, et inde est quod in sabbato sancto solemnis baptismus in Ecclesia celebratur. Santo Tomás, In Epist. ad Rm., c. VI, 1,1].
Ved formulada aquí la obligación que nos impone la gracia bautismal: «vivir nueva vida», vida a la cual nos incita, por medio de su resurrección, Cristo, nuestro modelo y ejemplo. ¿Y esto por qué? Porque «si hemos reproducido, mediante nuestra unión con El, la imagen de su muerte, menester es también que reproduzcamos, con una vida del todo espiritual, la imagen de su vida de resucitado, nuestro hombre viejo ha sido crucificado con El, es decir, ha sido destruido por la muerte de Cristo, para que no seamos ya esclavos del pecado, puesto que el que ha muerto, se halla libre del pecado» [«El hombre pecador, asegura Santo Tomás, está sepultado por el Bautismo en la pasión y muerte de Cristo; viene a ser algo así como si padeciera y muriera él mismo los padecimientos y la muerte del Salvador. Y así como la pasión y muerte de Cristo tienen poder de satisfacer por el pecado y por todas las deudas del pecado, del mismo modo el alma, asociada por el Bautismo a esta satisfacción, está libre de toda deuda ante la justicia de Dios». III, q.69, a.2]. Así, pues, en el Bautismo hemos renunciado para siempre al pecado.
Pero esto solo no basta: hemos recibido además el germen de la vida divina, y debemos también desarrollar en nosotros ese germen, como nos lo recuerda a renglón seguido San Pablo. «Porque si, dice, hemos muerto con Cristo, creemos que hemos de vivir igualmente con El», sin que cese nunca ese vivir, «pues Cristo -que no sólo es modelo, sino que infunde además en nosotros su gracia-, una vez resucitado no vuelve a morir: la muerte no tiene ya dominio sobre El; porque en cuanto al haber muerto como fue por destruir el pecado, murió una sola vez; mas en cuanto al vivir, vive para Dios y es inmortal».
Concluye San Pablo su exposición con esta aplicación dirigida a aquellos que, por el Bautismo, participan de la muerte y vida de Cristo, su modelo: «Así, ni más ni menos, vosotros considerad también que realmente estáis muertos al pecado por el Bautismo y que vivís ya para Dios en Jesucristo», a quien estáis incorporados por la gracia Bautismal (Rm 6, 3-13).
Tales son las palabras del Apóstol; según él, el Bautismo representa la muerte y resurrección de Jesucristo, y produce aquello que significa y representa: hácenos morir para el pecado y vivir en Jesucristo.
3. Cómo la existencia de Cristo encierra el doble aspecto de «muerte» y de «vida», que reproduce en nosotros el Bautismo
Para que comprendáis mejor aún esta profunda doctrina, vamos a aclarar este doble aspecto de la vida de Cristo que se reproduce en nosotros por el Bautismo, y que deberá imprimir un sello en nuestra vida entera.
Como hemos repetido, el plan divino de la adopción sobrenatural a que fue elevado Adán, ha sido frustrado por el pecado; el pecado de la cabeza del género humano transmítese a toda su descendencia, excluyéndola del reino eterno. Para que las puertas del cielo se abrieran de nuevo, era menester una reparación a la ofensa divina, una satisfacción adecuada y total, que borrase la malicia infinita del pecado; el hombre, simple criatura, era de todo punto incapaz de poder ofrecerla ¡el Verbo encarnado Dios hecho hombre, se encargó de esta misión; y por este motivo, toda su vida, hasta el instante de la consumación de su sacrificio, fue marcada con un carácter de muerte.- Cierto que nuestro Señor no incurrió en la falta original ni cometió pecado alguno personal, ni padeció las consecuencias del pecado, incompatibles con su divinidad, tales como el error, la ignorancia, la enfermedad; «aseméjase en todo a sus hermanos, si se exceptúa que no ha cometido pecado», más bien es Cordero que quita los pecados del mundo, y viene a salvar a los pecadores.- Pero Dios puso sobre sus hombros las iniquidades de los pecadores; y al aceptar Cristo, desde su venida al mundo, el sacrificio que reclamaba de El su Padre, su existencia toda, desde el pesebre al Calvario, va sellada con el carácter de víctima. [Cristo, sin embargo, no puede llamarse penitente en el sentido riguroso de la palabra; el penitente tiene que saldar ante la justicia una deuda personal, y Cristo es un «Pontífice santo y sin mancilla»; la deuda que paga es la deuda del género humano, y sólo la paga porque amorosísimamente se ha puesto en nuestro lugar]. Vedle en las humillaciones de Belén vedle huir ante la cólera de Herodes, vedle vivir como humilde carpintero; vedle durante su vida pública soportar el odio de sus enemigos, vedle durante su pasión dolorosa, desde la agonía que inunda su alma de tedio y de angustia, hasta el abandono por parte de su Padre en la Cruz, «como un cordero llevado al matadero» (Jer 11,19), «cual gusano de tierra maldito y pisoteado» (Sal 21,7), pues «había venido en la semejanza de la carne pecadora» (Rm 8,3) y hecho propiciación por los crímenes del mundo entero, no llega a saldar la deuda universal si no es con su muerte en el madero.
Esta muerte nos ha valido la vida eterna.- Jesucristo hace que muera y sea destruido el pecado en el momento mismo en que la muerte le hiere a El, víctima inocente de todos los pecados de los hombres. «La muerte y la vida libraron singular combate; el autor de la vida, muere; pero, vuelto a ella, reina y vence» [Mors et vita duello conflixere mirando; Dux vitæ mortuus regnat vivus. Sec. del día de Pascua]. En otro tiempo, ya el profeta había cantado este triunfo de Cristo: «¡Oh muerte yo he de ser tu muerte!; ¿dónde está, oh muerte, tu victoria?» Y San Pablo, repitiendo estas palabras, dice: «La muerte ha sido absorbida por la victoria de Cristo saliendo del sepulcro» (1Cor 15, 54-55; +Os 13-14). «Con su muerte ha destruido nuestra muerte. y resucitando nos restituyó la vida» [Mortem nostram moriendo destruxit et vitam resurgendo reparavit. Prefacio del tiempo Pascual]. En efecto, una vez resucitado Jesucristo, ha vuelto a tomar nueva vida. Cristo ya no muere más, «la muerte pierde su imperio sobre El»; ha destruido para siempre el pecado y su vida en adelante será una vida para Dios, vida gloriosa, que se verá coronada el día de la Ascensión.
Me diréis: la vida de Cristo, ¿no fue siempre por ventura una vida para Dios? -Cierto que sí; Jesucristo no ha vivido sino para el Padre; viniendo al mundo, se ofreció todo entero para hacer la voluntad de su Padre (Heb 10,9); en esto consiste su comida: «Mi alimento consiste en hacer la voluntad de Aquel que me envió» (Jn 4,34). Hasta su Pasión misma la acepta llevado del amor a su Padre (ib. 14,31); pese a la repugnancia de su naturaleza sensible, acepta en la agonía el cáliz que le ofrecen; no expira hasta que todo se ha consumado. Muy bien puede resumir toda su vida diciendo: «Cumplí siempre lo que era del agrado del Padre» (ib. 8,29), pues lo que siempre procuró en todo fue la gloria de su Padre. «No apetezco mi gloria sino que honro a mi Padre» (ib. 8, 49-50).
Es cierto por lo mismo que aun antes de su resurrección no vivió Nuestro Señor más que por Dios y para Dios, no consagró a otra cosa su vida sino a los intereses de su Padre, pero hasta entonces esa vida ha estado como subordinada a su carácter de víctima; y, en cambio, una vez resucitado, libre ya de toda deuda con la divina justicia, Cristo no vive más que para Dios, y en adelante tiene una vida perfecta, una vida en toda su plenitud y en todo su esplendor, sin enfermedad alguna, sin perspectivas de expiación, de muerte, ni del más ligero padecimiento. Todo en Cristo resucitado tiene carácter de vida; vida gloriosa, cuvas prerrogativas admirables de libertad y de incorruptibilidad se manifiestan, ya desde este mundo, a la mirada atónita de los discípulos en su cuerpo, libre ya de toda servidumbre; vida que es un cántico ininterrumpido de alabanzas y de acción de gracias, vida que será para siempre ensalzada en el día de la Ascensión, cuando Cristo tome definitivamente posesión de la gloria debida a su humanidad.
Este doble aspecto de muerte y de vida que caracteriza la existencia del Verbo encarnado entre nosotros, y que alcanza su máximo de intensidad y esplendor en la Pasión y en la Resurrección, debe ser reproducido por todos los cristianos, por todos aquellos que han sido incorporados a Cristo por el Bautismo.
Convertidos en discípulos de Jesús en la sagrada pila, merced a un acto que simboliza tanto su muerte como su resurrección, debemos reproducir esta muerte y esta resurrección durante los días que nos corresponda pasar en la tierra.- Lo dice muy bien San Agustín: «Nuestro camino es Cristo; miremos, pues, a Cristo; y veamos cómo vino a padecer para merecer la gloria; en busca de desprecios. para ser glorificado; a morir, para luego también resucitar» (Sermo., LXII, c. 11). Esto no es sino el eco de lo que nos dijo antes San Pablo: «Debéis consideraros cual muertos para el pecado, al que habéis renunciado, para no vivir sino para Dios». [Ita et vos existimate. «Vivir para el pecado, morir para el pecado» son expresiones corrientes de San Pablo; significan: «permanecer en el pecado, renunciar al pecado»].
Al contemplar a Cristo, ¿qué vemos en El? -Un misterio de muerte y de vida: «Fue entregado a la muerte a causa de nuestros pecados y ha resucitado para nuestra santificación» (Rm 4,25).- El cristiano revive durante su existencia este doble misterio que le hace semejante a Cristo. Oigamos a San Pablo tan explícito sobre este particular: «Sepultados, nos dice, con Cristo, en el Bautismo, habéis sido por el mismo Bautismo devueltos a la vida eterna, luego de haberos perdonado todas vuestras ofensas; vosotros que, por vuestros pecados, estabais muertos a esa vida» (Col 2, 12-13). Del mismo modo que Cristo dejó en el sepulcro los sudarios que envolvían su santo cuerpo, y que constituían como un símbolo de su muerte y de su vida pasible, así también nosotros dejamos en las aguas bautismales todos nuestros pecados, y como Cristo salió vivo y libre del sepulcro, salimos igualmente nosotros de la pila sagrada, no solamente purificados de toda falta, sino con el alma adornada con la gracia santificante, gracia que debemos a la operación del Espíritu Santo, y que, con su cortejo de virtudes y dones, viene a ser para nosotros germen y principio de vida divina. El alma se ha transformado en templo donde habita la Santísima Trinidad y en objeto de las divinas complacencias.
4. Toda la vida cristiana no es más que el desarrollo práctico de la doble gracia inicial conferida en el Bautismo; «muerte al pecado» y «vida para Dios». Sentimientos que debe despertar en nosotros el recuerdo del Bautismo: gratitud, alegría y confianza
Hay una verdad ya insinuada por San Pablo, verdad que no debemos perder de vista, y es que esta vida divina otorgada por Dios, solamente la recibimos en germentiene que crecer y desarrollarse, del mismo modo que nuestra renuncia al pecado y nuestra «muerte para el pecado» tienen que renovarse y mantenerse incesantemente.
Lo perdimos todo de una vez con el pecado de Adán, pero Dios no nos devuelve de una vez en el Bautismo toda la integridad del don divino, sino que deja en nosotros, para que se convierta en fuente de méritos, mediante las luchas que provoca, la concupiscencia, foco del pecado, que propende a disminuir y a destruir la vida divina; de tal modo que nuestra existencia entera debe perfeccionar lo que el Bautismo inaugura; mediante el Bautismo, participamos del misterio y de la virtud de la muerte y de la vida resucitada de Cristo. La «muerte para el pecado» se ha realizado; pero, a causa de la concupiscencia que permanece, tenemos que mantener esa muerte con nuestro continuo renunciar a Satanás, a sus inspiraciones y a sus obras y a las solicitaciones del mundo y de la carne. En nosotros, la gracia es principio de vida, pero es un germen que debe desarrollarse; el reino de Dios en nosotros es comparado por Nuestro Señor mismo a una semilla, a un grano de mostaza que llega a ser árbol frondoso. Así acontece con la vida divina en nosotros.
Ved cómo San Pablo nos expone esta verdad: «Por el Bautismo habéis dejado el hombre viejo que desciende de Adán, junto con sus obras de muerte, y os habéis revestido del hombre nuevo creado en la justicia y la verdad -el alma regenerada en Jesucristo por el Espíritu Santo-, que se renueva sin cesar a imagen de aquel que la creó» (Col 3, 9-10). Lo mismo repite a sus amados fieles de Efeso: «Se os ha enseñado en la escuela de Cristo a despojaros, teniendo en cuenta vuestra vida pasada, del hombre viejo corrompido por las concupiscencias engañosas; a renovaros en lo más íntimo del alma, y a revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdadera» (Ef 4, 20-24). En este mundo, pues, mientras realizamos nuestra peregrinación terrena tenemos que proseguir esta doble operación de muerte para el pecado y de vida por Dios: Ita et vos existimate.
En los planes amorosísimos de Dios, esta muerte para el pecado es definitiva, y esta vida es, por su naturaleza, inmortal; pero podemos, no obstante esto, perderla y recaer en la muerte por el pecado. Nuestra obra, nuestro trabajo, deberá consistir, por tanto, en preservar, conservar y desarrollar ese germen hasta tanto que lleguemos a la plenitud de la edad de Cristo, en el último día. Toda la ascética cristiana deriva de la gracia bautismal; se reduce a hacer brotar, libre de todo obstáculo, el divino germen arrojado en el alma por la Iglesia en el día de la iniciación de sus hijos.
La vida cristiana no es otra cosa sino el desarrollo y desenvolvimiento progresivo y continuo, la aplicación práctica, en el curso de toda nuestra existencia humana, del doble acto inicial verificado en el Bautismo, del doble resultado sobrenatural de «muerte» y de «vida» producido por este sacramento; en eso consiste todo el programa del Cristianismo.
Del mismo modo también, no es otra cosa nuestra bienaventuranza final que la liberación total y definitiva del pecado, de la muerte y del padecimiento, y el florecimiento glorioso de la vida divina depositada en nosotros al imprimirnos el carácter de bautizado. Como veis, son la muerte y la vida misma de Cristo las que se reproducen en nuestras almas desde el instante del Bautismo; pero la muerte es para la vida. ¡Oh, quién comprendiera las palabras de San Pablo!: «vosotros los que estáis bautizados os habéis revestido de Cristo» (Gál 3,27). No sólo revestido como una prenda exterior, sino revestidos interiormente. [Esta verdad está significada por el vestido blanco que revestían los neófitos al salir de la fuente bautismal; ahora en el bautismo de los niños, el sacerdote, después de la ablución regeneradora, coloca un velo blanco sobre el bautizado]. Estamos «injertados» en El, sobre El, dice San Pablo, pues «El es la vid y nosotros los sarmientos», circulando en nosotros su savia divina (+Rm 11,61 ss.), para «transformarnos en El» (2Cor 3,18).
[Véase una hermosa oración de la Iglesia que contiene toda esa doctrina; nótese que se dice el sábado de Pentecostés, un poco antes de la bendición solemne de la fuente bautismal y de la administración del bautismo a los catecúmenos: «Dios todopoderoso y eterno, que has dado a conocer a tu Iglesia por tu único Hijo, que eres el viñador celeste, que cuidas con amor, con el fin de que produzcan más abundantes frutos, los sarmientos que su unión a este mismo Cristo, verdadera vid, vuelve fecundos; no permitan que invadan las espinas del pecado los corazones de tus fieles, a quienes has hecho pasar por la fuente bautismal, cual viña trasplantada de Egipto; protégelos por tu Espíritu de santificación a fin de que en ellos abunden las riquezas de una incesante cosecha de buenas obras»].
Mediante la fe en Cristo, le recibimos en el bautismo; su muerte es nuestra muerte para Satanás, para sus obras, para el pecado; su vida se convierte en nuestra vida; ese acto inicial, que nos hace hijos de Dios, nos ha hecho igualmente hermanos de Cristo, incorporados a El, miembros de su Iglesia, animados de su Espíritu. Bautizados en Cristo, hemos nacido, mediante la gracia, a la vida divina en Cristo. Por esta razón, dice San Pablo, tenemos que caminar in novitate vitae. «Debemos emprender un nuevo tenor de vida» (Rm 6,4). Caminemos, pues, no por la vía del pecado, al que renunciamos, sino por el camino de la luz y de la fe, bajo la acción del Espíritu divino, que nos permitirá producir con nuestras buenas obras frutos copiosos de santidad.
Renovemos a menudo la virtud de este sacramento de adopción y de iniciación, renovando las promesas, a fin de que Cristo, engendrado en nuestras almas por la fe, crezca más y mas en nosotros ad gloriam Patris. Es una práctica muy útil de piedad. Mirad a San Pablo: en la Epístola a su discípulo Timoteo le suplica que «resucite en su alma la gracia de su ordenación sacerdotal». Lo mismo quiero deciros a vosotros respecto de la gracia que recibisteis en el Bautismo: hacedla revivir, renovando los votos entonces formulados por el padrino que nos representaba.
Cuando por la mañana, verbigracia, al hallarse presente Nuestro Señor en nuestro corazón después de la comunión, renovamos, con fe y amor, las disposiciones de arrepentimiento, de renuncia a Satanás, al pecado, al mundo, para no adherirnos sino a Cristo y a su Iglesia, entonces la gracia del Bautismo brota, por decirlo así, del fondo del alma, en la que queda grabado indeleble el carácter de bautizado; y esta gracia produce, por la virtud de Cristo, que habita en nosotros, con su Espíritu, como una nueva muerte para el pecado; nuevos bríos para resistir al demonio; como un nuevo infiujo de vida divina y un mayor estrechamiento de los lazos que nos ligan a Jesucristo.
Así, «cada día, dice San Pablo, el hombre terrestre, el hombre natural, se acerca más y más a la muerte; en cambio, el hombre interior, que ha recibido la vida mediante el nacimiento sobrenatural del Bautismo, y que ha sido recreado por segunda vez en la justicia de Cristo, el hombre nuevo, se renueva de día en día» (2Cor 4,16).
Esta renovación, inaugurada en el Bautismo, continúa durante toda nuestra existencia cristiana y permanece hasta que hayamos alcanzado la perfección gloriosa de la eterna inmortálidad: «Las cosas que se ven ahora son temporales, mas las que no se ven son eternas» (ib. 18). «En este mundo, continúa diciendo, está oculta esta vida en el fondo del alma; se traduce ciertamente al exterior, por las obras, pero su principio permanece oculto dentro de nosotros; solamente en el día final, al presentarse Cristo, nuestra vida, apareceremos nosotros también en la gloria» (Col 3, 3-4).
En espera de este bendito día, en el que brillará en todo su esplendor nuestra renovación interior, debemos dar gracias a Dios a menudo por la adopción divina que nos concedió en el Bautismo, gracia inicial de la que se derivan todas las demás.- Nuestra grandeza tiene su origen en el Bautismo, que nos comunicó la vida divina; sin ella, la vida humana, por muy brillante que sea al exterior, por muy fecunda que parezca, carece de valor para la eternidad; el Bautismo es, en fin de cuentas, el que comunica a nuestra vida el principio de su verdadera fecundidad.- Este reconocimiento debe manifestarse por una fidelidad generosa y constante a las promesas bautismales, tan penetrados hemos de estar del sentimiento de nuestra dignidad sobrenatural de cristianos, que debemos esforzarnos por arrojar y rechazar firmemente cuanto pudiera empañarla, y buscar, en cambio, con diligencia suma, lo que la favorezca [Deus... da cunctis qui christiana professione censentur et illa repuere quæ huic inimica sunt nomini, et ea auæ sunt apta sectari. Oración del III domingo después de Pascua].
El primer sentimiento que ha de despertar en nosotros la gracia bautismal es el de gratitud, el segundo el de alegría.- Nunca deberíamos pensar en el Bautismo sin un sentimiento profundo de alegría interior. El día del Bautismo nacimos, en principio, a la vida eterna; más aún, poseemos una prenda de esa vida: la gracia santificante que nos fue comunicada en el sacramento, y ya alistados en la familia de Dios, tenemos derecho a participar de la herencia de su Unigénito Hijo. ¡Qué motivo de alegría tan grande para un alma es pensar que, en el día venturoso del Bautismo, la cariñosa mirada del Padre Eterno se posó con amor en ella, y la llamó -susurrando dulcemente a su oído el nombre de hijo- a participar de las bendiciones de que está Cristo henchido!
Por fin, y sobre todo, debemos fomentar en nuestra alma una gran confianza, y en nuestra relación con el Padre celestial debemos acordarnos que somos hijos suyos, por la participación en la filiación de Jesucristo, nuestro hermano mayor. Dudar de nuestra adopción, de los derechos a ella inherentes, es dudar del mismo Cristo. No olvidemos nunca que en el día de nuestro Bautismo «nos revestimos de Cristo» (Gál 3,27), o mejor dicho, nos incorporamos a El, y, por tanto, tenemos derecho a presentarnos ante el Padre Eterno y decirle: «Yo soy tu primogénito»; a hablarle en nombre de su Hijo, a solicitar de El con entera confianza cuanto podamos necesitar.
La Santísima Trinidad, al crearnos, lo hizo «a imagen y semejanza suya», al conferirnos la adopción en el Bautismo, imprime en nuestras almas los rasgos mismos de Cristo, y, debido a esto, al vernos adornados de la gracia santificante, por la que nos asemejamos a su divino Hijo, el Padre Eterno no puede menos de otorgarnos cuanto le pidamos, fiando, no en nosotros mismos, sino apoyados en aquel en quien El puso todas sus complacencias.
Tal es la gracia y el poder que nos confiere el Bautismo: hacernos, mediante la adopción sobrenatural, hermanos de Cristo, capaces con toda verdad de participar de su vida divina y herencia eterna: «Os revestisteis de Cristo» (Gál 3,27).
¿Cuándo te darás cuenta, oh cristiano, de tu grandeza y dignidad?... ¿Cuándo proclamarás con tus obras que eres de estirpe divina?... ¿Cuándo vivirás como digno discípulo de Cristo?...
PARTE II-A
La muerte para el pecado fruto primero de la gracia bautismal, primer aspecto de la vida cristiana
Por su simbolismo y por la gracia que produce, el Bautismo, como lo indica San Pablo, imprime en toda nuestra existencia un doble carácter de «muerte para el pecado» y de «vida para Dios»: Es el cristianismo, propiamente hablando, una vida, no cabe duda: «Vine para que tengan vida», nos dice Nuestro Señor; es la vida diviua, que de la humanidad de Cristo, donde reside en toda su plenitud, rebosa a cada una de las almas. Ahora bien, esta vida no se desenvuelve en nosotros sin esfuerzo; su desarrollo presupone la destrucción previa de lo que a ella se opone, esto es, el pecado; el pecado es el obstáculo que impide la vida divina; pone trabas a su desarrollo y aun a su permanencia en nuestras almas.
Pero, me diréis, ¿acaso no destruyó el Bautismo al pecado en nosotros? -Cierto que sí; borra el pecado original, y tratándose de adultos, también los pecados personales; y aun remite las deudas del pecado, y produce en nosotros «la muerte para el pecado». Según los designios de Dios, de una manera definitiva, de suerte que no debcmos recaer más «en la servidumbre del pecado».
El Bautismo, sin embargo, no desarraiga la concupiscencia; ese foco de pecado perdura en nosotros, porque Dios así lo quiso, para que nuestra libertad pudiera ejercitarse en la lucha y el combate, y de ese modo lográsemos, según frase del Concilio Tridentino, «una amplia cosecha de méritos» (Catecismo, c. XVI). La muerte para el pecado, comenzada en el Bautismo, es para nosotros condición de vida; debemos seguir cohibiendo todo lo posible la acción de la concupiscencia, pues sólo con esta condición, y en el grado mismo en que renunciemos al pecado, a sus hábitos y sus ligaduras, se desenvolvera en nuestra alma la vida divina.
Uno de los medios para llegar a esta destrucción necesaria del pecado consiste en tenerle odio y en no pactar con él, como no se pacta con un enemigo a quien se odia.
Para llegar a este odio del pecado, sería menester que conociéramos su profunda malicia e infernal fealdad. Mas, ¿quién podrá conocer debidamente la malicia del pecado? -Para ello sería preciso conocer al mismo Dios, a quien el pecado ofende; por eso exclama el Salmista: «¿Quién comprende lo que es el pecado?» (Sal 18,13).
Tratemos, con todo, de formarnos alguna idea de él aunque sea borrosa, a la luz de la razón, y sobre todo de la Revelación. Supongamos a un cristiano que comete a sabiendas un pecado grave: que viola deliberadamente, en materia grave, uno de los Mandamientos de la Ley de Dios. ¿Qué hace esa alma? ¿Qué le sucede? -Pues, sencillamente, desprecia a Dios; se alista en las filas de los enemigos de Cristo para darle muerte, y, por otra parte, destruye en sí misma la vida divina: éste es el fruto del pecado.
1. El pecado mortal, desprecio en la práctica de los derechos y perfecciones de Dios; causa de los padecimientos de Cristo
El pecado, se ha dicho, es el mal de Dios.
Este término, como sabéis, no es estrictamente exacto, y sólo se ajusta a nuestro modo de hablar, pues el padecimiento es incompatible con la divinidad. El pecado es el mal de Dios, en el sentido de que es la negación, por parte de la criatura, de la existencia de Dios, de su verdad, de su soberanía, de su santidad, de su bondad. ¿Qué hace, en efecto, el alma de que os hablé, al cometer libremente una acción contraria a la Ley de Dios? -Prácticamente niega que Dios sea la soberana sabiduría y tenga autoridad para poder legislar; niega de hecho la santidad de Dios y rehusa tributarle la adoración que le es debida; en la práctica, niega su Omnipotencia, y su derecho a reclamar obediencia de seres que todo lo recibieron de El; no reconoce, además, su bondad suprema, digna de ser preferida a todo lo que no sea ella; rebaja a Dios y le coloca en grado inferior a la criatura. Non serviam! «No os reconozco, ni os he de servir» el alma pecadora repite estas palabras del rebelde en el día de su rebelión. ¿Las profiere acaso verbalrnente? -No, siempre, por lo menos, no; no lo quisiera tal vez, pero lo dice a gritos con sus actos. El pecado es la negación práctica de las perfecciones divinas, el desprecio práctico de los derechos de Dios; prácticamente, si no lo hiciera imposible la naturaleza de la divinidad, el alma pecadora heriría la majestad y la bondad infinitas: destruiría a Dios.
¿No es precisamente esto lo que ha sucedido? ¿No llegó el pecado hasta dar muerte a Dios, cuando Dios asumió una naturaleza humana?
Ya dijimos cómo los padecimientos y la Pasión de Cristo constituyen la revelación más sorprendente del amor divino: «Ningún amor supera a este amor» (Jn 15,13). Igualmente no hay revelación más impresionante de la inmensa malicia del pecado.- Contemplemos con fe, durante algunos instantes, los dolores que el Verbo encarnado hubo de soportar cuando llegó la hora de expiar el pecado; difícilmente podremos sospechar hasta qué abismos de padecimientos y humillaciones le hizo descender el pecado. Cristo Jesús es el propio Hijo único de Dios; objeto de las complacencias del Padre; su Padre nada desea tanto como su glorificación: «Le glorifiqué y de nuevo le glorificaré» (ib. 12,28); está lleno de gracia, sobrenadando en gracia; es un pontífice inocente; si bien es verdad que se nos asemeja, no conoce, con todo ello, el pecado; ni siquiera la menor imperfección: «¿Quién, preguntaba a los judíos, me podrá redarguir de pecado?» (ib. 8,46). «El príncipe del mundo, esto es, Satanás, nada encontrará en mí que le pertenezca» (ib. 14,30). Tan cierto es esto, que sus más encarnizados enemigos, los fariseos, escudriñaron inútilmente en su vida, examinaron su doctrina, espiaron también, como sólo es capaz de hacerlo el odio, todos sus actos y palabras, y no pudieron encontrar motivo alguno para condenarle; y para inventar un pretexto, fue necesario acudir a falsos testigos. Jesús es la pureza misma, el «reflejo de las perfecciones infinitas de su Padre, el esplendor fulgurante de su gloria» (Heb 1,3).
Mas ved, esto no obstante, cómo trató el Padre a tal Hijo, llegado el momento en que Jesús saldaba por nosotros la deuda debida a la divina justicia por nuestros pecados. Ved cómo ha sido maltratado este «Cordero de Dios» que ha ocupado el lugar de los pecadores.- Quiso el Padre Eterno, con ese querer al que nada resiste, destrozarlo con los padecimientos (Is 53,10). En el alma santa de Jesús se agolpan oleadas de tristeza, de tedio, de temor y de fatiga hasta el punto de cubrirse su cuerpo inmaculado de un sudor de sangre; está tan «turbado y oprimido por el torrente de nuestras iniquidades» (Sal 17,5), que ante la repugnancia experimentada por su naturaleza sensible, pide a su Padre que le exima de tener que beber el cáliz de amargura que se le presenta. «¡Padre mío! ¡Si es posible, aparta de mí este cáliz!» La víspera, en la última Cena, no hablaba de este modo. «Quiero», decía entonces a su Padre, pues es su igual; pero ahora, la vergüenza con que le cubren los pecados de los hombres, que El tomó sobre Sí, embarga toda su alma, y cual si fuera un criminal, dirige esta humilde súplica: «Padre, si es posible...»
Pero el Padre no lo quiere; es la hora de la justicia, la hora en que ha de entregar a su Hijo, a su propio Hijo, cual si fuera un juguete, al poder de las tinieblas. «Esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas» (Lc 22,53). Traicionado por uno de sus Apóstoles, abandonado de los otros, renegado por el jefe de todos ellos, Jesucristo se convierte, en manos de la chusma, en objeto de burlas y de ultrajes; vedle, a El Dios Todopoderoso, abofeteado; su adorable rostro, alegría de los santos, cubierto de salivazos; se le flagela, atraviesan su frente y su cabeza con punzante corona de espinas; por escarnio se le coloca un manto de púrpura sobre los hombros, se le pone una caña en la mano, y luego, la soldadesca dobla la rodilla ante El con insolente mofa. ¡Qué cúmulo de ignominias soportó Aquel ante quien tiemblan los ángeles! ¡Contempladle! ¡El Dueño del mundo, tratado de malhechor, de impostor, puesto en parangón con un insigne criminal que obtiene las preferencias de las turbas !Vedle puesto fuera de la ley, condenado y clavado en la cruz, entre dos ladrones, soportando los dolores de los clavos que atraviesan sus miembros la sed que le tortura; y ved al pueblo a quien colmó de tantos beneficios menear la cabeza en señal de desprecio y proferir airados sarcasmos contra su víctima: «¡Mirad: ha salvado a los otros, y no puede salvarse a Sí mismo! Baje de la cruz, y entonces, pero entonces solamente, creeremos en El». ¡Qué de humillaciones y de oprobios!
Contemplemos el cuadro aterrador, dibujado y descrito con muchos siglos de antelación por el profeta Isaías, de las torturas de Cristo; ni un solo verso se le puede quitar; es preciso leerlos en su totalidad, pues todos están cargados de sentido:
«Muchos se han quedado estupefactos al verle; tan desfigurado estaba. Su aspecto no era el de un hombre, ni su rostro semejante al de los hijos de los hombres; carecía de figura y de belleza que pudieran atraer nuestras miradas, y de toda apariencia capaz de excitar nuestro amor; veíasele despreciado y abandonado de los hombres; varón de dolores, visitado por el padecimiento, objeto tan repugnante, que ante El todos se tapan la cara; era el blanco del desprecio, sin que para nada hiciéramos caso de El. Verdaderamente iba cargado de nuestros dolores, en tanto que le teníamos por un hombre castigado, dejado de la mano de Dios y sometido a las humillaciones. Ha sido atravesado por nuestros pecados y quebrantado a causa de mlestras iniquidades; sobre El hizo el Señor recaer la iniquidad de todos nosotros; se le maltrata, y El se somete al padecimiento, y ni abre en queja la boca, semejante al cordero que es conducido al matadero, o a la oveja muda ante sus esquiladores. Injustamente ha sido condenado a muerte, y nadie entre los de su generación paró mientes en que desaparecia del número de los vivos, ni en que padecía a causa de los pecados de su pueblo. Porque plugo a Dios quebrantarle con el padecimiento» (Is 53,2 ss.).
¿No basta lo dicho? No, aun hay más: nuestro divino Salvador no ha apurado aún la copa del dolor.- ¡Contempla, alma mía, contempla a tu Dios colgado en la cruz; no tiene ni siquiera aspecto de hombre; hase convertido en «el desecho, en el objeto del desprecio de un populacho enfurecido»: «Soy un gusano y no un hombre; oprobio de los hombres y desecho de la plebe» (Sal 21,7). Su cuerpo es una llaga, y su alma está como fundida y derretida por el continuo padecer y los desprecios. Y en ese momento, nos dice el Evangelio, Jesús lanzó un profundo gemido: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?» Jesús se ve abandonado de su Padre... Nunca llegaremos a saber qué abismo tan profundo de atroz tortura supone este abandono de Cristo por su Padre; hay en ello un misterio que ningún alma podrá nunca sondear. ¡Jesús abandonado por su Padre! ¿Acaso hizo otra cosa durante toda su, vida que cumplir la adorable voluntad del Padre? ¿No ha llevado a cabo fielmente la misión que recibiera de manifestar su nombre al mundo? «He dado a conocer tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). Por ventura, ¿no fue el amor -«para que conozca el mundo que amo al Padre» (ib. 14,31)- lo que le decidió a entregarse? Sin duda algna. Entonces, ¿por qué, Padre Eterno, atormentáis así a vuestro amado Hijo? -«A causa del pecado de mi pueblo» (Is. 53,8). Desde el momento en que Jesucristo se ha entregado por nosotros a fin de dar plena y entera satisfacción por nuestras culpas, el Padre ya no ve en El sino el pecado de que se revistió, hasta tal punto, que «parecía que el verdadero pecador era El». «Al que no había conocido pecado, le transformó en pecado» (2Cor 5,21); entonces llega a convertirse en «un maldito» (Gál 3,13); le abandona su Padre, y aun cuando en las esferas superiores de su ser conserva Cristo la alegría inefable de la visión beatífica, semejante abandono por parte del Padre sume al alma de Jesús en un dolor tan profundo, que le arranca este grito de insondable angustia: «¡Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?» La justicia divina, dispuesta a castigar el pecado de los hombres, «se ha lanzado a manera de torrente impetuoso sobre el propio Hijo de Dios»: «No perdonó a su propio Hijo, entregándole por todos nosotros» (Rm 8,32).
Si queremos ahora saber lo que piensa Dios del pecado no tenemos sino contempiar a Jesús en su Pasión. Cuando veo a Dios castigar a su Hijo, a quien ama infinitamente, con la muerte en cruz, comienzo a comprender lo que es el pecado a los ojos de Dios. ¡Oh! Si pudiéramos comprender, con el auxilio de la oración, todo el significado de este hecho: que durante tres horas estuvo Jesús suplicando con gritos al Padre: «Padre, si es posible, aparta de Mí este cáliz», y que la respuesta del Padre fue siempre: «¡No!»; si entendiéramos que Jesús ha tenido que pagar nuestra deuda hasta con la última gota de su sangre; que «a pesar de sus gemidos y gritos de angustia, a pesar de su llanto» (Heb 5,7), Dios «no le perdonó»; si pudiéramos comprender todo esto, ¡ah, entonces sí que tendríamos un santo horror al pecado!
¡Cómo nos revela la malicia y fealdad del pecado todo ese conjunto de oprobios, ultrajes y humillaciones por que hubo de pasar el alma de Jesús! ¡Cuán poderosa tenía que ser la repugnancia y cuán grande el odio de Dios al pecado para castigar a Jesús más allá de toda ponderación, hasta aniquilarle bajo el peso del padecimiento y de la ignominia!
El alma que comete deliberadamente el pecado, aporta su parte a esos dolores y ultrajes que llueven sobre Cristo; contribuye a acibarar el cáliz que se presenta a Jesús durante la agonía; se suma a Judas para traicionarle a la soldadesca, para cubrir el rostro divino de salivazos, vendarle los ojos y darle golpes en la cara; a Pedro, para renegar de El; a Herodes, para convertirle en objeto de mofa y escarnio; a la turba, para reclamar insistentemente su muerte; a Pilatos, para condenarle cobardemente por medio de una sentencia inicua; acompaña asimismo a los fariseos, que escupen sobre Cristo agonizante todo el veneno de su odio insaciable; a los judíos que se mofan de El y le zahieren con sarcasmos; finalmente, ella es la que, para calmarle la sed, ofrece a Jesús, en el instante supremo, hiel y vinagre. Eso hace el alma que rehúsa someterse a la ley divina; causa la muerte del Unigénito de Dios, la muerte de Jesucristo. Si alguna vez tuvimos la desgracia de cometer voluntariamente un solo pecado mortal, nosotros fuimos esa alma... y con razón podemos decir: «La Pasión de Jesús es obra mía. ¡Oh Jesús, clavado en la cruz, tú eres el Pontífice santo, inmaculado, la víctima inocente y sin mancha, y yo... yo soy un pecador!...»
2. El pecado mortal destruye la gracia, principio de la vida sobrenatural
El pecado, además, mata la vida divina en el alma, rompe la unión que deseaba Dios establecer con nosotros.
Ya dijimos que Dios quiere comunicársenos de un modo que sobrepuja las exigencias de nuestra naturaleza: Dios quiere darse a sí mismo, no solamente como objeto de contemplación, sino también como objeto de unión; realiza esta unión en el mundo, presupuesta la fe, por la gracia. Dios es amor; el amor propende a unirse con el objeto amado; mas para ello requiere que el objeto amado se haga una cosa con él, y en eso consiste el divino amor.
Lo propio pasa con el amor que Cristo nos profesa; el Padre le envía «para que se nos dé»: «Tanto amó Dios al mundo que entregó por él a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16). Y Cristo viene al mundo para dársenos y dársenos sobreabundantemente, según conviene a Dios: «Vine para que tengan vida y cada vez más abundante» (ib. 10,10).
Y encarga a sus discípulos que «permanezcan en El» (ib. 15,4). Y para llevar a cabo esta unión, nada le arredra: ni las humillaciones de la cuna, ni las oscuridades y sinsabores de la vida pública, ni los dolores de la cruz, para completar esa unión, instituye los sacramentos, establece la Iglesia, nos da su Espíritu.- Por su parte, cuando contempla todas estas divinas prevenciones, el alma se apresta a corresponder para unirse al soberano bien.
Mas he aquí que el pecado constituye de suyo un obstáculo invencible para la unión. «Vuestras iniquidades se interponen entre vosotros y vuestro Dios» (Is 59,2). ¿Por qué? -Según la definición de Santo Tomás, el pecado consiste en «apartarse de Dios para volverse a la criatura» [aversio a Deo et conversio ad creaturam. I-II, q.87, a.4]. Es un acto conocido, querido, por el cual el hombre se aparta de Dios, su creador, su redentor, su padre, su amigo, su fin último, anteponiéndole a El una criatura cualquiera. Ese acto presupone siempre una elección, la mayor parte de las veces implícita, pero al fin elección, y en cuanto de nosotros depende, entre Dios y la criatura concedemos preferencia a la criatura, momentáneamente al menos, y puede sucedernos que la muerte nos fije para siempre en lo elegido.
He aquí, por tanto, lo que es el pecado mortal deliberado: una elección, llevada a cabo premeditadamente. Es algo así como si se dijera a Dios: «Dios mío, sé que prohibís tal cosa y que al hacerla he de perder vuestra amistad; pero a pesar de eso lo haré». Desde luego comprenderéis cuán opuesto es de suyo el pecado mortal a la unión con Dios; no se puede, por un mismo acto, unirse a alguien y separarse de él. «Nadie, dice Nuestro Señor, puede servir a dos señores (Lc 16,13); amará al uno y odiará al otro». El alma que da entrada al pecado grave, prefiere libremente la criatura y la propia satisfacción a Dios mismo y a la ley de Dios; la unión con Dios queda enteramente rota, y destruida la vida divina, semejante alma se hace esclava del pecado (Jn 18,34). El esclavo del pecado no puede ser servidor de Dios; entre Belial y Jesús, entre Cristo y Lucifer, hay absoluta incompatibilidad (2Cor 6, 14-16). Siendo Jesucristo fuente de santidad, comprenderéis también que el alma que se aparta de El por el pecado mortal, se aparta de la vida: el alma, que no tiene vida sobrenatural sino mediante la gracia de Crísto, llega a ser por el pecado rama muerta, que no recibe la savia divina; por eso el pecado, que rompe totalmente la unión establecida por la gracia, se llama mortal. Veis, pues, que es para nosotros un mal, el mal opuesto a nuestra verdadera felicidad: «Aquel que ama la iniquidad es verdadero enemigo de su alma» (Sal 10.6). El pecado, que destruye en nosotros la vida de la gracia. nos hace incapaces de todo mérito sobrenatural; tal alma no puede merecer cosa alguna de condigno en riguroso y estricto derecho, como aquel que posee la gracia, ni aun siquiera poder tornar a Dios; si Dios le da la contrición, es por misericordia, porque tiene a bien inclinarse hacia la criatura caída. Como sabéis, toda la actividad de un alma en estado de pecado mortal resulta estéril, aunque por otra parte, aparezca brillante a los ojos del mundo, en el orden natural; sarmiento seco, que no recibe por culpa suya la savia divina de la gracia, el mismo Jesucristo compara al alma que permanece en este estado «con el leño seco que sólo vale para echarlo al fuego a fin de que se consuma en él» (Jn 15,6).
3. Expone el alma a la privación eterna de Dios
Os he dicho que Cristo invoca siempre a su Padre en favor de sus discípulos a fin de que abunde en ellos la gracia: «Vive eternamente para rogar por nosotros» (Heb 7,25). Pero el alma que permanece en el pecado, no pertenece ya a Cristo, sino al demonio, pues Satanás ocupa el lugar de Cristo, y el demonio, muy al contrario de Cristo, se constituye ante Dios en acusador de esta alma: «Es mía», dice a Dios; la reclama noche y día porque efectivamente le pertenece: «Acusador de nuestros hermanos, los acusaba sin descanso, día y noche, ante el trono del Señor» (Ap 12,10).
Suponed ahora que la muerte sorprende a dicha alma sin que tenga tiempo de reconciliarse. Tal suposición no es infundada, puesto que Nuestro Señor mismo nos advierte que vendrá «como un ladrón, cuando menos lo pensemos» (ib. 3,3). El estado de aversión de Dios se hace entonces inmutable: la depravada disposición de la voluntad, fija ya en su objeto, no puede cambiarse; el alma no puede ya tornar al bien último del cual se ha separado para siempre [+Santo Tomás, IV Sentent. 50,9, q.2, a.1; q.1], la eternidad no hace más que ratificar y confirmar el estado de muerte sobrenatural, libremente elegido por el alma que se aparta de Dios. No es ya tiempo de prueba y misericordia; es la hora del juicio y de la justicia. Dios entonces «es el Dios de las venganzas» (Sal 93,1). Y esa justicia es terrible, porque Dios, que reivindica entonces sus derechos hasta aquel momento desconocidos y obstinadamente despreciados, a pesar de tantas treguas y divinos llamamientos, tiene la mano poderosa. «Porque Dios es vengador poderoso» (Jer 51,56).
Jesucristo, para bien de nuestras almas, ha querido revelarnos esta verdad: Dios conoce todas las cosas en su intimidad y esencia, y las juzga por lo mismo infaliblemente con infinita exactitud: «Hay peso y medida en los juicios de Dios» (Prov 16,11), porque lo juzga todo desapasionadamente (Sab 12,18). Dios es la sabiduría eterna, que lo regula todo con peso y medida; es la bondad suprema; aceptó las satisfacciones abundantes que ofreció Jesús sobre la cruz por los crímenes del mundo.
Con todo, al llegar la hora de la eternidad, Dios persigue con odio al pecado en los tormentos sin fin, en aquellas tinieblas, donde, según la afirmación de nuestro benditísimo Salvador, no hay más que llanto y crujir de dientes (Mt 22,13); en aquella gehena, donde no se extingue el fuego (Mc 9,43); donde Cristo nos mostraba al rico malvad